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Señores, aca les dejo algo que tuve que transcribir hace poco, tal vez a alguien le sea útil. Adolescencia, posmodernidad y escuela secundaria. Guillermo A. Obiols * Silvia Di Segni de Obiols Modernidad y posmodernidad: elementos para entender un debate. El cambio parece ser el denominador común de las últimas décadas. Aunque afecte todos los ámbitos y produzca crisis se vive diferente según territorio, sociedad, institución, grupo, generación, sector. Aunque advertimos la interrelación de los cambios entre sí, más difícil resulta encontrar un hilo conductor que nos permita aproximarnos a comprender las grandes líneas de los procesos de cambio los que participamos, un hilo conductor que nos permita llegar a entender el sentido global de los mismos y nos posibilite una ubicación más o menos lúcida en relación con ellos. Consideraremos como punto de referencia la transición, el corte o el enfrentamiento modernidad-posmodernidad que atraviesa las disciplinas científicas pero también las expresiones estéticas, el mundo de los valores la política, la economía, la educación y la vida cotidiana. La posmodernidad fue ocupando espacio a partir de los años ochenta. Definimos posmodernidad entonces como la cultura que correspondería a las sociedades posindustriales, sociedades que se habrían desarrollado en los países capitalistas avanzados a partir de los años cincuenta sobre la base de la reconstrucción posguerra. La posmodernidad debe comprenderse por referencia a lo que se denomina modernidad, ya sea que se la considere contrapartida, como su continuidad o su superación. 1. Las ideas de la modernidad en los siglos XVII y XVIII La modernidad se había gestado en las ciudades comerciales de la Baja Edad Media en las que se había desarrollado el capitalismo y surgido una nueva clase social: la burguesía. De estas ciudades había partido el impulso de viajar y conocer el mundo, de afán, de riquezas y de conocimiento científico. Entonces, el progreso. El predominio económico y político se desplaza del Mediterráneo al Atlántico, a partir del siglo XVI. En materia religiosa, en el mismo siglo se produce la Reforma Protestante que defendía la libre interpretación de la Biblia. La religión se recluye así en la conciencia individual y se retira d los asuntos públicos. Los cambios llevan a una crisis de la concepción medieval del mundo centrada en Dios y en considerar al ser humano una criatura trascendente cuyo auténtico destino es la salvación de su alma. La modernidad va a elaborar una concepción mas bien antropocéntrica, menos religiosa y más profana, para la cual la auténtica vida es la terrenal y el cuerpo recupera su lugar al lado del alma. Con la crisis de la concepción medieval del mundo se cuestionan las grandes autoridades medievales: la Biblia, la Iglesia y Aristóteles. Como contrapartida, con el desarrollo científico, los tiempos modernos darán progresivamente más importancia a la observación y la experimentación que a cualquier autoridad. Galileo Galilei y Descartes, entre otros, expresan sus dudas sobre lo enseñado. Los principios aristotélicos y los valores tradicionales. Este fue el sentimiento de la época frente a las transformaciones que han tenido lugar. Esto implicó una democratización del saber y una concepción revolucionaria para la época. Inicialmente Descartes duda de todo, y aparece como un escéptico, pero profundizando en la duda descubre que en tanto que duda piensa y si piensa existe. “Pienso luego existo” se constituye en la primera verdad. La primera certeza es la existencia del yo que piensa. Nunca antes de Descartes se le había dado un papel tan fundamental al sujeto pensante. Crece el empirismo vigorosamente en Inglaterra, según éste, el conocimiento se halla fundado en la experiencia y, por experiencia, se entiende algún tipo de información sensorial. Para los empiristas no hay ideas innatas; la conciencia es una tabla rasa, un papel en blanco por escribir, y quien escribe es la experiencia. La tradición racionalista francesa, el empirismo británico y el desarrollo de las ciencias son en el plano de las ideas, las fuentes de las que se nutre el Iluminismo en el siglo XVIII. Esta corriente de pensamiento defiende una razón que se apoya en la experiencia, que va de lo singular a lo universal, de los hechos a los principios y que cada vez más, va tomando a la ciencia natural como el modelo de todo conocimiento. En 1751 comenzó a publicarse la Enciclopedia o Diccionario Razonado de las Ciencias, de las Artes y de los Oficios. Característica de la Enciclopedia y del movimiento ilustrado es la idea de que el conocimiento es útil debe divulgarse y tiene un carácter liberador, pues a mayor instrucción corresponderá mayor virtud y mayor felicidad; en la divulgación del conocimiento los ilustrados le darán un papel privilegiado a la educación, la escuela y el libro. En general los ilustrados ven el progreso como una posibilidad de la humanidad. El Iluminismo tiene una vocación universalista, sus ideales son de tipo universal, el ciudadano ilustrado rechazará los prejuicios de raza, nacionalidad o religión y se identificará con cualquier otro ilustrado en cualquier continente. Los ilustrados son librepensadores. Está muy extendida la idea de una religión natural o deísmo. Las normas morales y jurídicas de un pueblo se originan generalmente a partir de las tradiciones religiosas. Durante siglos se concibió al Estado como dotado de una religión oficial. En la Europa medieval, la religión católica es la fuente de las normas morales y jurídicas, las minorías son apenas toleradas. Con la Reforma Protestante y las guerras de religión del siglo XVII se quiebra la unidad religiosa y la idea de fundamentar la moral y el derecho en la religión cede su paso entre los iluministas a una concepción que busca establecer normas universales fundamentadas racionalmente. El progreso consistirá en buscar establecer normas que, en lugar de valer para un pueblo o una cultura determinados, valgan para todos, sean universales, tengan un fundamento racional. Los requisitos de racionalidad y universalidad se complementan. La ética de Kant, expuesta en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres y en la Crítica de la razón práctica va a constituir el más elaborado intento por construir una ética universal de naturaleza racional. Lo importante es la voluntad. Una voluntad buena lo es en cualquier circunstancia independientemente de que alcance un fin propuesto. Las otras cualidades no pueden ser llamadas buenas sin restricción. La voluntad sólo es buena cuando obra por deber, sólo estas acciones son las que merecen la calificación de moralmente buenas. Kant define al deber como la necesidad de una acción por respeto a la ley. Se refiere a la ley moral universal. Lo moralmente malo consiste en que el sujeto se permita acciones que no les permite a los demás. El imperativo categórico se constituye así en el fundamento racional de las normas morales que la modernidad buscaba. La ética kántica es a priori, puesto que el imperativo categórico no depende de condiciones o circunstancias empíricas, es formal porque lo que enuncia es la condición general a que deben someterse las acciones para ser consideradas moralmente buenas, pero no dice en concreto qué es lo que debe hacer cada individuo, por dejar librada a cada individuo la elección de las máximas con la sola restricción de que sean universalizables, la ética kantiana es autónoma. El proceso de revoluciones independentistas que desde fines del siglo XVIII se desarrolla en el continente es expresión del clima de ideas de la modernidad. 2. El siglo XIX: Criticas y replanteos de las ideas de la modernidad. En lo económico-social, el siglo XIX es la época de la consolidación del desarrollo industrial con la aplicación en gran escala de la máquina a las comunicaciones y a la producción. Con la Revolución industrial se desarrolla un nuevo sector social, el proletariado o la clase obrera, que va a librar importantes luchas sociales, que se transformaran en luchas políticas. Todo el periodo esta marcado por un ascenso constante en todos los países europeos de la burguesía. La burguesía, por una parte se opone a la nobleza; por la otra, se opone a las reivindicaciones obreras y populares, siendo ella misma heterogénea y tejiendo alianzas alternativamente con uno u otro sector social. En el plano político, la primera mitad del siglo XIX oscilará entre la revolución y la restauración entre las repúblicas o monarquías constitucionales y las monarquías absolutistas. Ya en la segunda mitad, la revolución política se desvanece y lo que predomina es el despliegue del capitalismo en el mundo. La restauración, después de la derrota de Napoleón en 1815 reacciona contra el iluminismo. De maistre y Bonald, pensadores tradicionalistas, desechan la posibilidad de que el hombre programe racionalmente la sociedad. Para la Escuela histórica de derecho, la generación anterior carecía de “sentido histórico”. Se desenvuelve el nacionalismo que constituirá una fuerza importante en el siglo XIX. Aunque el siglo XVII, llamado el siglo de las luces, es el siglo de la razón universalista y de la idea de progreso, no faltaran tendencias que cuestionaran estas ideas en el plano practico y teórico. G. Herder en su “Filosofía de la historia para la educación de la humanidad” sostiene una concepción providencialista de la historia en la que cada pueblo debe desarrollar sus propias instituciones y formas espirituales que le son características. Para Herder, cada época constituye una plenitud en si y no hay progreso en la historia. Mientras el iluminismo se identifica con la razón y la ciencia, el romanticismo tiene una mayor inclinación por la emoción, la fuerza, la sensibilidad y lo instintivo. Lo estético es mas valorado que lo utilitario. Los románticos admiran lo exótico y lo misterioso y reivindican la edad media. Se idealizan labores campesinas y se condena al industrialismo que se asocia con fealdad. La personalidad debe librarse de la moralidad y convencionalismos sociales al servicio del orden. Hay un culto del héroe y del gran hombre que vive la vida intensa y arriesgadamente. Políticamente el romanticismo es antiuniversalista y nacionalista. El romanticismo es fuertemente antiliberal en la medida en que el liberalismo considera a la sociedad como la suma de los individuos y defiende los derechos de estos. Es fuertemente aristocratizante. Por sus propias concepciones, el romanticismo es un movimiento más literario que filosófico. La critica de la modernidad en el siglo XIX iniciada por el romanticismo culminara en su segunda mitad con el pensamiento de Federico Nietzsche. Para este, la filosofía occidental, ha sido una filosofía del ser que busca un fundamento absoluto y que se ha olvidado del devenir, una filosofía del concepto que ignora la vida y la voluntad de vivir. Nietzsche también critica a la moral por su antinaturalidad, por su oposición a la vida. La moral tradicional es para Nietzche una moral de esclavos que exalta el dolor y que niega la que seria una moral de señores que apreciaría la vida. La moral tradicional ha significado un ascenso de los valores de los débiles; el liberalismo; la democracia; la revolución Francesa y los movimientos sociales del S XIX. La critica de la religión comienza por hacer notar que la religión nace del miedo. Para que el hombre viva, Dios ha de morir. Pero Dios ha muerto como fruto de la modernidad. No hay lugar para dios en la cultura moderna que es una cultura secularizada. Hemos matado a Dios. Como resultado de la muerte de Dios, el hombre moderno ha llegado al nihilismo que significa una falta de metas, de respuestas a los porqué. Nos hallamos perdidos. La experiencia del nihilismo se acentuará en la experiencia vital del siglo XX después de las guerras mundiales. Pero el siglo XIX no es todo romanticismo. Tres son los grandes pensadores que expresan una continuidad crítica respecto de la ilustración: Comte, Hegel y Marx. Comte funda el positivismo en la primera mitad del siglo XIX. Comte dice que positivo significa lo real frente a lo quimérico, lo real es lo dado desde la experiencia; positivo significa lo útil; lo preciso; lo constructivo. Por ultimo, positivo es lo relativo, frente a lo absoluto, conocimiento de fenómenos, no de esencia. El punto de partida de Comte es una filosofía de la historia que se resume en la Ley de los tres estados. El estado teológico, el metafísico y el positivo. El pasaje por los tres estados, además de una dimensión social, tiene una dimensión individual: el niño es teólogo: el adolescente, un metafísico, y el adulto, un científico o una mentalidad positiva. La ciencia, para el positivismo, se apoya en una metodología general del tipo inductivista. La ciencia tiene un carácter instrumental, es valiosa por que sirve a la técnica y a la industria. Las ciencias se ordenan en una jerarquía que tiene en su base a la ciencia más general: la matemática. La sociología es concebida por Comte como una ciencia natural, la denomina “física social”. Cuando la sociología ingrese con Comte, al estado positivo, la humanidad en su conjunto habrá ingresado al tercer estado. Esta concepción de las ciencias sociales como desarrollo de las ciencias naturales es típica del positivismo. Cada estado (teológico, metafísico y positivo) constituye una situación transitoria, a excepción del ultimo, que es el estado definitivo. Hegel, en los primeros años del siglo XIX, en su filosofía de la historia, trata de demostrar que el mundo de la voluntad no esta sometido al azar, que lo que sucede en la historia tiene un carácter racional. La primera categoría que surge al pensar el proceso histórico es la de “variación”, la de que en la historia todo pasa y nada permanece. Pero a la categoría de variación incesante, sucede la categoría del “rejuvenecimiento”: de la muerte surge una nueva vida. A esta superposición entre el fin de la historia y el fin subjetivo, Hegel la llama la argucia de la razón. Con estas categorías analiza el papel desempeñado en la historia por cada pueblo o cultura. A mediados del siglo XIX, Marx construye su filosofía. De la filosofía Alemana Marx rescata buena parte del pensamiento de Hegel y Feurbach. De la economía política británica, Marx toma la teoría del trabajo como base del valor. Este pensamiento socialista es calificado por Marx como socialismo utópico, como una expresión voluntarista al que opondrá el socialismo científico. Marx entiende al socialismo como el avance hacia un mayor grado de complejidad y desarrollo social, posibilitado por el capitalismo. Según Marx, el modo de producción capitalista lleva a una concentración de la burguesía-habra cada vez menos burgueses, cada vez más ricos- y a la proleterización de la inmensa mayoría de la sociedad. De las condiciones en que se desenvuelve el modo de producción capitalista surge la necesidad de un nuevo modo de producción: el socialismo, en el cual se establecerá la propiedad colectiva de los medios de producción y desaparecerá la burguesía como clase social. El proletariado, a través de la revolución social, puede y debe acelerar el proceso de surgimiento de la nueva sociedad. Las ideas de Marx inspiraron la mayor parte de los procesos revolucionarios del siglo XX. Hegel, Marx y Comte expresan, cada uno a su manera, un pensamiento que cree ver en el desarrollo histórico de la humanidad una cierta lógica. Los tres confían en que la humanidad puede progresar. Los tres tienden a pensar en términos de la humanidad en su conjunto y aunque a ellos les interesa el desarrollo del individuo y su libertad, encuentran las posibilidades de realización del mismo inscribiéndolo en proyectos colectivos. También cuestionan las ideas iluministas y la revolución francesa. Es por eso que los consideramos como expresiones de la modernidad ya que tendrán gran influencia a lo largo del siglo XX. Las ideas de la modernidad surgidas en interacción con la lucha política y el desarrollo científico-tecnológica modelaron el mundo en el que vivimos. Su sello se encuentra presente en las instituciones políticas y las practicas sociales, en los valores, las creencias y en las actitudes de millones de hombres. 3. Sociedades posindustriales y cultura. Para Lyotard, la posmodernidad seria una edad de la cultura que se correspondería con un tipo de sociedad a la que se llama sociedad posindustrial. La sociedad posindustria, era tecnotrónica; se habría desarrollado fundamentalmente en los países capitalistas avanzados luego de finalizada la segunda guerra mundial, desde los años cincuenta en adelante y se caracteriza por un notable desarrollo de las fuerzas productivas que producirá una enorme riqueza material, y una profunda modificación en la composición de las clases sociales: disminución de la cantidad de obreros agrícolas e industriales, aumento de profesionales liberales, técnicos, científicos y empleados. Las sociedades desindustriales se habían desarrollado sobre la base del modelo taylorista de producción en grandes series, la línea de montaje. En cambio en las sociedades posindustriales predominaría la producción de, relativamente, pequeñas series de artículos que son fabricados para una duración mucho más breve, ya que la constante innovación tecnológica los tornara obsoletos rápidamente. Por otra parte, el sector terciario, la producción de servicios concentra la mayor parte de la población económicamente activa, porque la industria automatizada necesitaremos personal pero mucho más capacitado. El conocimiento es la fuerza de producción fundamental y es imprescindible para el éxito de los emprendimientos económicos. También la producción agropecuaria sufre importantes modificaciones: Continua el desarrollo de la tecnificaron. Las modificaciones tienen lugar no sólo en la faz productiva, si no también en la comercialización, en la que se desarrollan nuevas y sofisticadas formas de marketing. Las líneas de producción y comercialización correspondientes a las sociedades industriales requieren actualización e innovación constantes, decisiones rápidas y descentralizadas. Estos cambios en lo económico han significado una modificación importante en varios ordene y, en partícula, han implicado nuevas demandas al sistema educativo, ya que la producción necesita un trabajador que tenga buena formación general que le permita adaptarse a nuevas tecnologías a lo largo de su vida productiva; la comercialización requiere un empleado más calificado. Las sociedades posindustriales se han desarrollado plenamente en los llamados países capitalistas avanzados en la segunda mitad del S.XX. Allí se habría gestado la cultura posmoderna, pero gracias a los medios de comunicación dicha cultura se extendería rápidamente por todo el mundo. El concepto de sociedad posindustrial no es aceptado por otros autores que prefieren hablar de capitalismo tardío o capitalismo avanzado para resaltar que de lo que se trata es de la etapa del capitalismo multinacional, en el que el capital se extiende a territorios antes no tan mercantilizados como los relacionados con la producción estética. La otra cara de este capitalismo tardío seria la ampliación de la brecha que separa ricos y pobres y la extensión de la marginalidad social aun en las propias sociedades capitalistas desarrolladas en las que coexisten. 4. Las ideas de la posmodernidad Considerada negativamente la edad de la posmodernidad sería la época del desencanto, del fin de las utopías, de la ausencia de los grandes proyectos que descansaban en la idea de progreso. Lyotard denomina peyorativamente, “grandes relatos” a los proyectos o utopías cuya finalidad era legitimar, dar unidad y fundamentar las instituciones y las prácticas sociales y políticas, las legislaciones, las éticas y las maneras de pensar. Para aceptar provisionalmente el nombre con que Lyotrad denomina a estos proyectos de la modernidad se podía fundamentar la institución escolar: formación del espíritu y búsqueda del saber por el saber mismo en las pedagogías idealistas de tanta influencia en el desarrollo de una escuela clásica, humanista y “desinteresada” apoyada en la enseñanza del arte, la ciencia y la filosofía, concientización para la emancipación y escuela productiva en las pedagogías de orientación socialista; escuela científica y tecnológica, con base en la biología y la psicología, desprecio por la metafísica y afirmación explícita de fines utilitarios, en las pedagogías de orientación positivista y liberal. Según Lyotard todos los grandes relatos han entrado en crisis. Han sido invalidados por diferentes acontecimientos. Según Lyotrad el pensamiento y la acción de los siglos XIX y XX están dominados por la idea de la emancipación de la humanidad, el progreso liberará a toda la humanidad de la ignorancia, de la pobreza, de la incultura, del despotismo y generará ciudadanos ilustrados, dueños de su destino. La declinación de los ideales modernos según Lyotard sería el resultado del desarrollo de los mismos que han llevado a las guerras, los totalitarismos, la pobreza. Sólo el lenguaje de la política seguiría siendo moderno pero a su vez el tema de la presunta muerte de las ideologías es uno de los tópicos que se ha convertido en un lugar común del lenguaje de vastos sectores políticos que justifican de esta manera una conducta pragmática y la adaptación de su discurso a las nuevas condiciones. La crisis de los principios de la modernidad ha sido diagnosticada desde ciertas cosmovisiones orientales que consideran a las ideas de dominio de la naturaleza desarrolladas en Occidente a partir de Bacon y Descartes están llevando a la aniquilación de la vida y la destrucción del mundo. La posmodernidad tendría la fuerza de los hechos consumados, pero no es unívoca la interpretación y valoración de esos hechos, distintos autores han destacado ciertos sucesos y menospreciado otros con lo que han llegado a distintas cosmovisiones posmodernas, a veces contrapuestas entre sí. 5. La cultura de la imagen: otra estética. En arquitectura, la piqueta que en nombre del progreso derriba lo viejo seria típicamente moderna, el “reciclaje” que recupera el pasado, posmoderno. Otra tendencia posmodernista es el predominio de lo ornamental y lo escenográfico. En forma paralela, en arte y literatura, se imponen la desconstrucción y la recomposición, es decir, la descomposición de un todo y la organización de un nuevo producto con la mezcla de partes, dando lugar a un “collage”, la ruptura de la distinción entre literatura critica, cierto populismo estético y el desvanecimiento de la antigua frontera entre la cultura de elite y la cultura comercial o de masas. Las tecnologías audiovisuales tienen un papel hegemónico en la comunicación y gracias a ellas todo es omnipresente. Las cosas son hechas para ser televisadas, hasta hay sexo telefónico y muchas imágenes muy sofisticadas acompañadas de pocas palabras, constituyen la forma de comunicación predominante. Signos icónicos, logotipo, en todos los casos, la comunicación por la imagen predomina. La multiplicación de las imágenes puede producir saturación en los receptores y condenar a las imágenes a una vida efímera: no están destinas a perdurar, si no mas bien a provocar un impacto y orientar una conducta; impacto y conducta que se buscara reforzar con nuevas imágenes. Aunque el espectador es bombardeado por las imágenes, no necesariamente permanece pasivo frente a las mismas. El tipo de conductas como el zapping, el zipping, el flipping y el grazing, le permiten al argentino Oscar Landi preguntarse no sólo que es lo que la televisión ha hecho con la gente, si que es lo que la gente ha hecho con la televisión, constatando que hay una acción reciproca. Según Landi, el videoclip se constituye en el lenguaje de fin de siglo. La otrora inmóvil señal de cada canal se construye con el mecanismo del “collage” electrónico que termina haciendo surgir de las profundidades de la pantalla él numero que identifica cada emisora; los montajes rápidos, las superposiciones, fusiones, etc. Están a la orden del día de los programas para jóvenes, que se acostumbran rápidamente a las pautas de un lenguaje visual muy complejo y rápido y que se aburren frente a un paneo, una cámara fija o una comunicación con muchas palabras. La estética del videoclip también se traslada al cine. La publicidad que mueve millones de dólares, se torna omnipresente; las marcas abandonan el púdico dobladillo y se exhiben, como “adidas” o “benetton”, en un par de zapatillas o en letras en gran tamaño en una remera. La publicidad es aceptada como arte y el artista integrado al sistema social. La producción estética posmoderna, a diferencia del modernismo artístico, ya no escandaliza a nadie, por el contrario se encuentra incorporada a la cultura oficial de la sociedad occidental en la medida en que se ha integrado en la producción de mercancías en general. La escuela ,en general, permanece al margen de esta revolución en las comunicaciones que implican los medios e ignorante de la cultura de la imagen en la que se encuentra, a pesar, de que sus alumnos, son los mayores consumidores de esa cultura de la imagen. Por el contrario, lejos de desempeñar el papel de un ámbito para el análisis del mundo de las imágenes, la escuela desarrolla para los alumnos, en la figura de las autoridades y profesores, una imagen, vetusta y obsoleta, que no puede competir con las imágenes de los medios y cuyos mensajes son tratados como uno mas de los que reciben permanentemente. 6. Del sujeto moderno al individuo posmoderno La posmodernidad había significado la emancipación del individuo del sometimiento al medio familiar o social. En la cultura posmoderna se acentúa el individualismo hasta el nivel del egoísmo, en un proceso de personalización que abarca todos los aspectos de la vida social y que significa la fractura de la socialización disciplinaria y la elaboración de una sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de las necesidades. Desaparece la trascendencia laica de una vida consagrada a un ideal, cualquiera que éste sea. La consigna es mantenerse joven. Se trata de lucir un envoltorio superficialmente presentable y es por eso que la exaltación del cuerpo se acompaña de una exaltación de los sentidos y de un hedonismo que generalmente conspira contra la salud. Este individuo se halla fundamentalmente solo entre otros individuos que persiguen su propia satisfacción, la imagen de la realización personal y la felicidad es el “relax”, un estado de ausencia de tensiones. Vive su existencia como un perpetuo presente. Busca el confort, el consumo, los objetos de lujo, el dinero y el poder. Este sujeto se halla muy lejos de aquel que hacía de la conciencia y del cultivo esforzado de una persona su mayor orgullo. Lipovetzky sintetiza: “Lo que desaparece es esa imagen rigorista de la libertad, dando paso a nuevos valores que apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la legitimación del placer, el reconocimiento de las peticiones singulares, la modelación de las instituciones en base a las aspiraciones de los individuos.” La segunda revolución individualista trae el triunfo del libre despliegue de la personalidad íntima, con el derecho a la expresión sin límites y a vivir una sexualidad en la que ya no hay tabúes. Lipovetzky habla de dos caras del proceso de personalización. Una amplia u operativa que consiste en todos los procedimientos fluidos y desestandarizados que las sociedades avanzadas ponen a disposición de sus miembros para las opciones de sus ciudadanos-clientes. La otra cara a la que se puede llamar salvaje o paralela, se origina en la voluntad de autonomía y de particularización de los grupos e individuos: feministas, neofeministas, de amigos de video, de homosexuales, de minorías étnicas, etc. Para Lipovetzky la sociedad posmoderna es la era del vacío en la que los sucesos y las personas pasan y se deslizan, no hay ídolos, ni tabúes definitivos pero tampoco tragedia o Apocalipsis. No hay lugar para la revolución ni fuertes compromisos políticos. La educación también se modifica. Después de la educación autoritaria y mecánica que Lipovetzky atribuye a la modernidad, se constituye el “régimen homeopático y cibernético”, después de la administración imperativa, la programación opcional. La crisis del individuo constituido en los tiempos modernos también es aprovechada para revitalizar concepciones orientalistas de tipo holístico y naturalistas. Según ellas, la armonía del hombre con la naturaleza se lograría a través de una suerte de disolución del individuo en el cosmos. Habría que insertarse en ella como un ente para vivir en paz con los otros hombres, las otras especies vivas y en equilibrio con todo el medio ambiente. 7. Un nuevo papel para la ciencia. La modernidad había inventado la ciencia y le había consagrado un lugar fundamental en la sociedad por sus promesas de llegar a la verdad y lograr un mundo mejor. Estas promesas de la ciencia habían triunfado por sobre las promesas de la religión: Verdad y salvación, y desde los siglos XVII y XVIII habían definido el ideal del científico como un hombre consagrado a la búsqueda de la verdad y al servicio de la humanidad. Ambos ideales son cuestionados en el siglo XX. La verdad ya no parece poder alcanzarse. Las teorías científicas son consideradas como una aproximación infinita a la verdad por las concepciones hipotético- deductivistas de la ciencia sostenidas por Karl Popper y otros filósofos de la ciencia; estas concepciones no serian mas que una razonable adecuación del ideal moderno. Pero, posiciones mas radicales como la de Thomas Kuhn, se fueron desarrollando desde los años sesenta en adelante. Kuhn sostiene que en el desarrollo de la ciencia se producen revoluciones científicas que constituyen un enfrentamiento entre paradigma; es decir, entre una teoría que define un campo, una área de problemas y métodos legítimos, lo suficientemente abarcadora y lo bastante incompleta para dejar muchos problemas para ser resueltos por los científicos y otro paradigma alternativo. Kuhn afirma que la adhesión a uno u otro paradigma en disputa no puede decidirse acudiendo a una instancia que este por encima de los paradigmas, ni por procedimientos “científicos”, pues estos mismo están en disputa. La adhesión a uno u otro paradigma es mas bien una cuestión emocional que lógica. Kuhn ha llamado la atención sobre los aspectos sociales de la ciencia, mostrando que en la concreta producción del conocimiento científico juegan un papel importante las comunidades científicas y sus prejuicios. Otros autores como Paul Feyerbend consideran a las comunidades científicas como grupos de presión política e interesadas, tras la bandera de la importancia de la ciencia, en defender sus propios privilegios. Por otra parte, desde la ciencia misma la idea de un universo regular, ordenado, parece una utopía. Hay un lugar para el azar y la idea de un edificio científico perfectamente construido donde las teorías armonicen, no parece poder alcanzarse. En consecuencia, la ciencia, según Lyotard, constituye simplemente un “juego de lenguaje” o, mejor, una pluralidad de juegos de lenguaje creados por los científicos y no hay otro criterio de legitimidad que el consenso de los que participan. La otra gran promesa de la ciencia moderna, el ideal mundo mejor que podría obtenerse gracias al desarrollo científico, se ve cuestionado por las aplicaciones militares y la posibilidad de contaminación y destrucción de la naturaleza debida a las aplicaciones tecnológicas de la ciencia. La actitud posmodernista más general es la aceptación de la ciencia de la ciencia, validada por sus aplicaciones tecnológicas, pero despojada de los ideales de verdad y progreso. Sin embargo, al mismo tiempo, junto a la ciencia hay lugar para el mito, la magia o la religión y practicas de origen oriental en la medida en que sean eficaces o presuntamente eficaces. Así, la critica posmodernista de la ciencia aunque termina con cierto cientificismo que había reducido todo conocimiento a conocimiento científico, abre el camino a una ciencia que puede desarrollarse lejos de cualquier humanismo, que es otra forma del cientificismo. 8. Los finales de la historia. Otra área fuertemente conmovida por la irrupción de las ideas de posmodernidad es la historia. Si los grandes proyectos de la modernidad están agotados, si no hay lugar para la utopía de un futuro distinto, ¿puede todavía seguirse hablando de la historia humana como un proceso abierto, no concluido o es más razonable pensar que los países desarrollados han llegado a una especie de poshistoria, en la que nada significativamente nuevo es dable esperar? En 1989 el Norteamérica de origen japonés Francis Fukuyama publico un articulo que tuvo un alto impacto especialmente fuera de los medios académicos con él titulo “ ¿El fin de la historia?”. En el mismo se plantea que a lo largo del siglo XX el liberalismo contenido en la primera guerra mundial con los restos del absolutismo todavía triunfante en Rusia en 1917, y contra el fascismo en la segunda guerra mundial y, finalmente, con el maoísmo chino que amenazaba con la tercera guerra mundial. Con el derrumbe de los regímenes comunistas en Europa Oriental y la Unión Soviética la democracia liberal de estilo occidental habría quedado sin rivales a la vista y la historia política de la humanidad habría llegado a su fin. No habría ya un modelo social con pretensiones de representar una forma diferente y mas avanzada de organización de la sociedad humana. Paralelamente, asociada a la democracia liberal, la cultura occidental de consumo seria la aspiración de todo el mundo. La poshistoria en la que ya se hallarían los países democráticos y desarrollados se caracterizaría por priorizar el desarrollo económico, el desentendimiento y la apatía política, la construcción de riqueza material en grado acelerado y la “mecanización común” de la política mundial; mas centrada en la economía que en la política. La no-participación de amplios sectores en las elecciones, la crisis de representatividad de los partidos políticos, el surgimiento de candidatos no políticos. La importancia creciente que se le otorga a los ministros de economía, se explicaría por esta clausura de una lucha política en la que ya no hay alternativas excluyentes, sino apenas una diferencia de matices entre candidatos muy semejantes. Esta clausura de la historia con el presunto triunfo mundial de la democracia liberal y la cultura occidental de consumo, con sus serios problemas sociales como el racismo, la violencia, la marginación y la droga, plantea también una clausura de los ideales de la modernidad, afirmando que se han realizado, y aceptando la condición posmoderna como un estado definitivo de la humanidad. Otros autores, como Takeshi Umehara polemizado con Fukuyama señalando que el colapso del marxismo, al que considera como una rama lateral desprendida de la modernidad, seguirá el colapso del liberalismo occidental, el tronco principal de las ideas modernas. Como alternativa, el pensador Japonés supone que se desarrollara una sociedad humana en armonía con la naturaleza fundada en una ética mutualista y una concepción cíclica del tiempo, tradicional en las culturas orientales, que interpreta la vida, la muerte y la reencarnación como partes del mismo todo. La clausura de la historia humana o la postulación de un carácter cíclico para la misma que la asimila a una historia natural constituyen de desde distintas ópticas posturas que impugnan las utopías y luchas por una sociedad mejor que se habían desarrollado con la modernidad. 9. Recreación de los proyectos de la modernidad Las ideas de Lyotard, Lipovetzky y Fukuyama dan por sentado el final de la modernidad y sus proyectos y su reemplazo por la posmodernidad sin utopías, individualista, eficiente, consumista. Para Finkielkraut se trata de evitar la derrota del pensamiento que significa vivir en la época de los feelings, para los que ya no hay ni verdad ni mentira. Cuestiona la exaltación de la noción antropológica de cultura como el conjunto de hábitos o valores que el individuo adquiere por vivir en esa sociedad. No se nace individuo, se llega a serlo superando la ignorancia, el desorden de los apetitos, la mezquindad del interés privado, la tiranía de las tradiciones. José Sebreli sostiene que en las últimas décadas, la sociedad occidental ha abandonado los rasgos que la distinguieron: racionalismo, creencia en la ciencia y la técnica, idea de progreso, humanismo, etc. La negación del progreso del siglo XX constituye una utopía reaccionaria. La concepción activista del progreso no dice que nos aguarda un futuro mejor, sólo afirma que el mismo es posible y que vale la pena esforzarse por construirlo. El presente determina el presente. El éxtasis de la existencia momentánea no puede mantenerse mucho tiempo, el placer se vuelve tedio. Al actuar el hombre sobrepasa el instante presente, se desborda inexorablemente hacia el porvenir. La realidad humana tiene tres dimensiones indisolublemente unidas, el pasado, el presente y el futuro. Adolfo Sánchez Vázquez afirma que la sociedad posindustrial no es más que el capitalismo multinacional que se desarrolla con posteridad a la segunda guerra mundial, y que el posmodernismo, sería la ideología de este capitalismo tardío que niega el proyecto de emancipación de la modernidad, para legitimar la realidad existente, niega la historia y si la hubo considera que estamos en la poshistoria. Para el filósofo alemán Frankfurt, Jürgen Habermas, las ideas de la posmodernidad se parecerían a las de la premodernizad y serían la expresión del auge neoconservador que siguió a la crisis del estado de bienestar en los años ochenta, y que condujo al desarrollo de un sistema económico casi autónomo que subordina al conjunto de la sociedad. El proyecto de la modernidad consistió en un esfuerzo por desarrollar una ciencia objetiva, una moralidad y leyes universales y un arte autónomo para el enriquecimiento de la vida social cotidiana. Estas tres esferas tienen cada una su propio lenguaje que es ordinario. Éste presume la existencia de una razón comunicativa que se constituye a través y por encima de los diálogos reales y es la que posibilita cierta unidad y objetividad. La modernidad aunque fue constitutiva de la emancipación nacional, no dejó de ser una modernidad periférica que casi no tocó amplios territorios e instituciones del país y la posmodernidad que se nos ofrece no se corresponde con el desarrollo de una sociedad posindustrial, sino más bien desindustrializada. La cuestión modernidad-posmodernidad atraviesa las distintas áreas de la vida social y tiene una llamativa influencia en la medida en que las ideas que se sostienen en la discusión son la base teórica de propuestas en el plano político, económico, educativo, etc. propuestas que buscan encauzar la vida de los hombres en determinadas direcciones.
Eterno retorno El eterno retorno es una concepción filosófica del tiempo postulada en forma escrita, por primera vez, por Nietzsche en su libro "Así habló Zaratustra". En el "eterno retorno", como en una visión lineal del tiempo, los acontecimientos siguen reglas de causalidad. Hay un principio del tiempo y un fin... que vuelve a generar a su vez un principio. Sin embargo, a diferencia de la visión cíclica del tiempo, no se trata de ciclos ni de nuevas combinaciones en otras posibilidades, si no que los mismos acontecimientos se vuelven a repetir en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación. En su obra La gaya ciencia Nietzsche plantea que no sólo son los acontecimientos los que se repiten si no también los pensamientos, sentimientos e ideas, vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. En "Así habló Zaratustra", el protagonista descubre esta visión del tiempo y queda desmayado por la impresión. Es sólo a través de la realización de que el "eterno retorno" incluye tanto los fracasos como los éxitos que logra "despertar" del estado de trance en el que está, sabiendo que, aunque el Hombre vuelva a ser Mono, nuevamente Zaratustra aparecerá para predicar el Superhombre, nuevamente se dará cuenta de lo que es el "eterno retorno" y nuevamente despertará... El valor del concepto de eterno retorno ha sido tan discutido como poco entendido. En general, se le considera únicamente desde el punto de vista cronológico, en el sentido de repetición de lo sucedido. Pocas veces es pensado como uno de los conceptos más poderosos de la filosofía moral de todos los tiempos: obra de modo que un horizonte de infinitos retornos no te intimide; elige de forma que si tuvieras que volver a vivir toda tu vida de nuevo, pudieras hacerlo sin temor. Nietzsche, en su teoría del eterno retorno, nos enseña sólo una cosa: El hombre logrará transformarse en el "Superhombre" cuando logre vivir sin miedo. Jorge Luis Borges, el mayor erudito de las letras argentinas, usó la idea del eterno retorno como tema para algunos de sus cuentos. Asimismo le dedicó dos noticias asombrosas, en las que exploró los precedentes (y algunas variaciones) de esa visión ("La doctrina de los ciclos" y "El tiempo circular", en Historia de la eternidad). Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Eterno_retorno Eterno Retorno Concepción del tiempo característica de la filosofía de Nietzsche. Consiste en aceptar que todos los acontecimientos del mundo, todas las situaciones pasadas, presentes y futuras se repetirán eternamente. Ésta es una de las tesis más extrañas de Nietzsche, particularmente porque parece contraria al modo dominante de interpretar la sucesión de acontecimientos: a una cosa le sigue otra, y a ésta la siguiente, y las que quedan en el pasado son irrecuperables, ya no podrán darse más; las personas que creen en la inmortalidad del alma afirman, en todo caso, que los seres queridos podrán “retornar”, que volveremos a tener una experiencia de ellos, que podremos recuperarlos. Pero nadie ha defendido que otros objetos –por ejemplo el ámbito de los objetos “insignificantes” que rodea nuestra existencia, como la piedra con la que tropiezo, o la hoja que cae sobre la acera, o el vaso que se acaba de romper, ...– puedan recuperar su existencia. Las historias de la filosofía suelen indicar que esta concepción, tan profundamente incrustada en nuestra mente, del carácter irreversible del tiempo y de todas las cosas que caen en su interior, se debe a la influencia del pensamiento cristiano. Según esta interpretación, el cristianismo introduce una visión lineal de la historia y del tiempo, una visión que establece un sentido en la historia, sentido que se expresa además en la idea del progreso: la historia comienza con la creación, tiene momentos cruciales como la encarnación de Dios en la figura de Cristo y la presencia de la Iglesia, y culminaría con la segunda llegada de Cristo, al final de los tiempos. Independientemente de si esta consideración es correcta, y de si antes de la visión cristiana las personas tenían una visión cíclica del tiempo, las tesis de Nietzsche relativas al tiempo son tan radicales y extrañas que difícilmente las podemos encontrar en alguna cultura de la que se tengan datos históricos. Según la tesis del eterno retorno todo va a repetirse un número infinito de veces. Fijémonos en el alcance de esta afirmación: * las personas que conocemos volverán a estar presentes; * pero también el resto de los seres (animales, plantas, objetos inertes); * volverán las mismas cosas con las mismas propiedades, en las mismas circunstancias y comportándose de la misma forma. ¿Por qué Nietzsche propone esta extraña teoría? Cabe presentar dos interpretaciones: * la primera se refiere al “argumento” que presenta en su defensa, argumento que se expresa casi de forma matemática: dado que la cantidad de fuerza que hay en el universo es finita y el tiempo infinito, el modo de combinarse dicha fuerza para dar lugar a las cosas que podemos experimentar es finito. Pero una combinación finita en un tiempo infinito está condenada a repetirse de modo infinito. Luego todo se ha de dar no una ni muchas sino infinitas veces; * sin embargo, es posible entender también la tesis nietzscheana del eterno retorno como la expresión de la máxima reivindicación de la vida, como una hipótesis necesaria para la reivindicación radical de la vida: la vida es fugacidad, nacimiento, duración y muerte, no hay en ella nada permanente (recordemos las críticas de Nietzsche a toda filosofía que postula la existencia de entidades permanentes). Pero podemos recuperar la noción de permanencia si hacemos que el propio instante dure eternamente, no porque no se acabe nunca (lo cual haría imposible la aparición de otros instantes, de otros sucesos) sino porque se repite sin fin. En cierto modo, y aunque pueda parecer paradójico, Nietzsche consigue con esta tesis hacer de la vida lo Absoluto. “¿Qué sucedería si un demonio... te dijese: Esta vida, tal como tú la vives actualmente, tal como la has vivido, tendrás que revivirla... una serie infinita de veces; nada nuevo habrá en ella; al contrario, es preciso que cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro... vuelvas a pasarlo con la misma secuencia y orden... y también este instante y yo mismo... Si este pensamiento tomase fuerza en ti... te transformaría quizá, pero quizá te anonadaría también...¡Cuánto tendrías entonces que amar la vida y amarte a ti mismo para no desear otra cosa sino ésta suprema y eterna confirmación!” (“El Gay saber”). Fuente: www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiacontemporanea/Nietzsche/Nietzsche-EternoRetorno.htm JORGE LUIS BORGES LA DOCTRINA DE LOS CICLOS En Historia de la eternidad, Madrid, Alianza Editorial, 1978, págs. 81-94 Esa doctrina (que su más reciente inventor llama del Eterno Retorno) es formulable así: El número de todos los átomos que componen el mundo es, aunque desmesurado, finito, y sólo capaz como tal de un número finito (aunque desmesurado también) de permutaciones. En un tiempo infinito, el número de las permutaciones posibles debe ser alcanzado, y el universo tiene que repetirse. De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursaras todas las horas hasta la de tu muerte increíble. Tal es el orden habitual de aquel argumento, desde el preludio insípido hasta el enorme desenlace amenazador. Es común atribuirlo a Nietzsche. Antes de refutarlo -empresa de que ignoro si soy capaz- conviene concebir, siquiera de lejos, las sobrehumanas cifras que invoca. Empiezo por el átomo. El diámetro de un átomo de hidrógeno ha sido calculado, salvo error, en un cien millonésimo de centímetro. Esa vertiginosa pequeñez no quiere decir que sea indivisible: al contrario Rutherford lo define según la imagen de un sistema solar, hecho por un núcleo central y por un electrón giratorio, cien mil veces menor que el átomo entero. Dejemos ese núcleo y ese electrón y concibamos un frugal universo, compuesto de diez átomos. (Se trata, claro está, de un modesto universo experimental: invisible, ya que no lo sospechan los microscopios; imponderable ya que ninguna balanza lo apreciaría.) Postulemos también -siempre de acuerdo con la conjetura de Nietzsche- que el número de cambios de ese universo es el de las maneras en que se pueden disponer los diez átomos, variando el orden en que estén colocados. ¿Cuántos estados diferentes puede conocer ese mundo, antes de un eterno retorno? La indagación es fácil: basta multiplicar 1 x 2 x 3 x 4 x 5 x 6 x 7 x 8 x 9 x 10, prolija operación que nos da la cifra de 3.628.800. Si un partícula casi infinitesimal de universo es capaz de semejante variedad, poca o ninguna fe debemos prestar a una monotonía del cosmos. He considerado 10 átomos; para obtener dos gramos de hidrógeno, precisaríamos bastante más de un billón de billones. Hacer el cómputo de los cambios posibles en ese par de gramos -vale decir, multiplicar un billón de billones por cada uno de los números enteros que lo anteceden- es ya una operación muy superior a la paciencia humana. Ignoro si mi lector está convencido; yo no lo estoy. El indoloro y casto despilfarro de números enormes obra sin duda ese placer peculiar de todos los excesos, pero la Regresión, sigue más o menos Eterna, aunque a plazo remoto. Nietzsche podría replicar: Los electrones giratorios de Rutherford son una novedad para mí, así como la idea -tan escandalosa para un filólogo- de que pueda partirse un átomo. Sin embargo, yo jamás desmentí que las vicisitudes de la materia fueran cuantiosas; yo he declarado solamente que no eran infinitas. Esa verosímil contestación de Friedrich Nietzsche me hace recurrir a Gerg Cantor y a su heroica teoría de conjuntos. Cantor destruye el fundamento de la tesis de Nietzsche. Afirma la perfecta infinitud del número de puntos del universo, y hasta de un metro de universo, o de una fracción de ese metro. La operación de contar no es otra cosa para él que la de equiparar series. Por ejemplo, si los primogénitos de todas las casas de Egipto fueron matados por el Ángel, salvo los que habitaban en casas que tenía en la puerta una señal roja, es evidente que tantos se salvaron como señales rojas había, sin que esto importe enumerar cuántos fueron. Aquí es indefinida la cantidad; otras agrupaciones hay en que es infinita. El conjunto de los números naturales es infinito, pero es posible demostrar que son tantos los impares como los pares. Al 1 corresponde el 2 Al 3 corresponde el 4 Al 5 corresponde el 6, etcétera. La prueba es tan irrefutable como baladí, pero no defiere de la siguiente de que hay tantos múltiplos de tres mil dieciocho como números hay -sin excluir de éstos al tres mil dieciochos y sus múltiplos. Al 1 corresponde el 3018 Al 2 corresponde el 6036 Al 3 corresponde el 9054 Al 4 corresponde el 12072, etcétera. Cabe afirmar lo mismo de sus potencias, por más que éstas se vaya ratificando a medida que progresemos. Al 1 corresponde el 3018 Al 2 corresponde el 30182 el 9.108.324 Al 3, etcétera. Una genial aceptación de estos hechos ha inspirado la fórmula de que una colección infinita -verbigracia, la serie natural de números enteros- es una colección cuyos miembros pueden desdoblarse a su vez en series infinitas. (Mejor para eludir toda ambigüedad: conjunto infinito es aquel conjunto que puede equivaler a uno de sus conjuntos parciales.) La parte, en esas elevadas latitudes de la numeración, no es menos copiosa que el todo: la cantidad precisa de puntos que hay en el universo es la que hay en un metro, o en un decímetro, o en la más honda trayectoria estelar. La serie de los números naturales está bien ordenada: vale decir, los términos que la forman son consecutivos; el 28 precede al 29 y sigue al 27. La serie de los puntos del espacio (o de los instantes del tiempo) no es ordenable así; ningún número tiene un sucesor o un predecesor inmediato. Es como la serie de los quebrados según la magnitud. ¿Qué fracción enumeraremos después de 1/2? No 51/100 porque más cerca está 201/400; no 201/400 porque más cerca... Igual sucede con los puntos, según George Cantor. Podemos siempre intercalar otros más, en número infinito. Sin embargo, debemos procurar no concebir tamaños decrecientes. Cada punto ya es el final de una infinita subdivisión. El roce del hermoso juego de Cantor con el hermoso juego de Zarathustra es mortal para Zaratustra. Si el universo consta de un número infinito de términos, es rigurosamente capaz de un número infinito de combinaciones -y la necesidad de un eterno retorno queda vencida. Queda su mera posibilidad, computable en cero. II Escribe Nietzsche, hacia el otoño de 1883: Esta lenta araña arrastrándose a la luz de la luna, y esta misma luz de la luna, y tú y yo cuchicheando en el portón, cuchicheando de eternas cosas, ¿no hemos coincidido ya en el pasado? ¿Y no recurriremos otra vez el largo camino, en ese largo tembloroso camino, no recurriremos eternamente? Así hablaba yo, y siempre con voz menos alta, porque me daban miedo mis pensamientos y mis traspensamientos. Escribe Eudemo parafraseador de Aristóteles, unos tres siglos antes de la Cruz: Si hemos de creer a los pitagóricos, las mismas cosas volverán puntualmente y estaréis conmigo otra vez y yo repetiré esta doctrina y mi mano jugará con este bastón, y así de lo demás. En la cosmogonía de los estoicos, Zeus se alimenta del mundo: el universo es consumido cíclicamente por el fuego que lo engendró, y resurge de la aniquilación para repetir una idéntica historia. De nuevo se combinan las diversas partículas seminales, de nuevo informan piedras, árboles y hombres -y aún virtudes y días, ya que para los griegos era imposible un nombre sustantivo sin alguna corporeidad. De nuevo cada espada y cada héroe, de nuevo cada minuciosa noche de insomnio. Como las otras conjeturas de la escuela del Pórtico, esa de la repetición general cundió por el tiempo, y su nombre técnico, apokatastasis, entró en los Evangelios (Hechos de los Apóstoles, III, 21), si bien con intención indeterminada. El libro doce de la Civitas Dei de San Agustín dedica varios capítulos a rebatir tan abominable doctrina. Esos capítulos (que tengo a la vista) son harto enmarañados para el resumen, pero la furia episcopal de su autor parece preferir dos motivos; uno, la aparente inutilidad de esa rueda; otro, la irrisión de que el Logos muera como un pruebista en la cruz, en funciones interminables. Las despedidas y el suicidio pierden su dignidad si los menudean; San Agustín debió pensar lo mismo de la Crucifixión. De ahí que rechazara con escándalo el parecer de los estoicos y pitagóricos. Éstos argüían que la ciencia de Dios no puede comprender cosas infinitas y que esa eterna rotación del proceso mundial sirve para que Dios lo vaya aprendiendo y se familiarice con él; San Agustín se burla de su vanas revoluciones y afirma que Jesús es la vía recta que nos permite huir del laberinto circular de tales engaños. En aquel capítulo de su Lógica que trata de la ley de la causalidad, John Stuart Mill declara que es concebible -pero no verdadera- una repetición periódica de la historia, y cita la egloga mesiánica de Virgilio: Jam redit et virgo, redeunt Saturnia regna... Nietzsche, helenista, ¿pudo acaso ignorar a esos precursores? Nietzsche el autor de los fragmentos sobre los presocráticos, ¿pudo no conocer una doctrina que los discípulos de Pitágoras aprendieron? Es muy difícil creerlo -e inútil. Es verdad que Nietzsche ha indicado, en memorable página, el preciso lugar en que la idea de un eterno retorno lo visitó: un sendero en los bosques de Silvaplana, cerca de un vasto bloque piramidal, un mediodía del agosto de 1881 - a seis mil pies del hombre y del tiempo. Es verdad que ese instante es uno de los honores de Nietzsche. Inmortal el instante, dejará escrito, en que yo engendré el eterno regreso. Por ese instante yo soporto el Regreso (Unschuld des Werdens, II, 1308). Opino, sin embargo, que no debemos postular una sorprendente ignorancia, ni tampoco una confusión humana harto humana, entre la inspiración y el recuerdo, ni tampoco un delito de vanidad. Mi clave es de carácter gramatical, casi diré sintáctico. Nietzsche sabía que el Eterno Retorno es de las fábulas o miedos o diversiones que recurren eternamente, pero también sabía que la más eficaz de las personas gramaticales es la primera. Para un profeta, cabe asegurar que la única. Derivar su revelación de un epítome, o de la Historia philosophiae graeco-romanae de los profesores suplentes Ritter y Preller, era imposible a Zaratustra, por razones de voz y de anacronismo -cuando no tipográficas. El estilo profético no permite el empleo de las comillas ni la erudita alegación de libros y autores... Si la carne humana asimila carne brutal de ovejas, ¿quién impedirá que la mente human asimile estados mentales humanos? De mucho repensarlo y de padecerlo, el eterno regreso de las cosas es ya de Nietzsche y no de un muerto que es apenas un nombre griego. No insistiré: ya Miguel de Unamuno tiene su página sobre esa prohijación de los pensamientos. Nietzsche quería hombres capaces de aguantar la inmortalidad. Lo digo con palabras que están en sus cuadernos personales, en el Nachlass, donde grabó también estas otras: Si te figuras una larga paz antes de renacer, te juro que piensas mal. Entre el último instante de la conciencia y el primer resplandor de una vida nueva hay ningún tiempo -el plazo dura lo que un rayo, aunque no basten a medirlo billones de años. Si falta un yo, la infinitud puede equivaler a la sucesión. Antes de Nietzsche la inmortalidad personal era una mera equivocación de las esperanzas, un proyecto confuso. Nietzsche la propone como un deber y le confiere la lucidez atroz de un insomnio. El no dormir (leo en el antiguo tratado de Robert Burton) harto crucifica a los melancólicos, y nos consta que Nietzsche padeció esa crucifixión y tuvo que buscar salvamento en el amargo hidrato de cloral. Nietzsche quería ser Walt Whitman, quería minuciosamente enamorarse de su destino. Siguió un método heroico: desenterró la intolerable hipótesis griega de la eterna repetición y procuró educir de esa pesadilla mental una ocasión de júbilo. Busco la idea más horrible del universo y la propuso a la delectación de los hombres. El optimista flojo suele imaginar que es nietzscheano; Nietzsche lo enfrenta con los círculos del eterno regreso y lo escupe así de su boca. Escribió Nietzsche: No anhelar distantes venturas y favores y bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad. Mauthner objeta que atribuir la menor influencia moral, vale decir practica, a la tesis del eterno retorno, es negar la tesis -pues equivale a imaginar que algo puede acontecer de otro modo. Nietzsche respondería que la formulación del regreso eterno y su dilatada influencia moral (vale decir practica) y las cavilaciones de Mauthner y su refutación de las cavilaciones de Mauthner, son otros tantos necesarios momentos de la historia mundial, obra de las agitaciones atómicas. Con derecho podría repetir lo que ya dejó escrito: Basta que la doctrina de la repetición circular sea probable o posible. La imagen de un mera posibilidad nos puede estremecer y rehacer. ¡Cuánto no ha obrado la posibilidad de penas eternas! Y en otro lugar: En el instante en que se presenta esa idea, varían todos los colores- y hay otra historia. III Alguna vez nos deja pensativos la sensación de haber vivido ya ese momento. Los partidarios del eterno retorno nos juran que así es e indagan una corroboración de su fe en esos perplejos estados. Olvidan que el recuerdo importaría una novedad que es la negación de la tesis y que el tiempo lo iría perfeccionando -hasta el ciclo distante en que el individuo ya prevé su destino y prefiere obrar de otro modo... Nietzsche, por lo demás, no habló nunca de una confirmación mnemónica de Regreso . Tampoco habló -y eso merece destacarse también- de la finitud de los átomos. Nietzsche niega los átomos; la atomística no le parecía otra cosa que un modelo del mundo, hecho exclusivamente para los ojos y el entendimiento aritmético... Para fundar su tesis, habló de una fuerza limitada, desenvolviéndose en el tiempo infinito, pero incapaz de un número ilimitado de variaciones. Obró no sin perfidia: primero nos precave contra la idea de una fuerza infinita -¡cuidemos de tales orgías del pensamiento- y luego generosamente concede que el tiempo es infinito. Asimismo le agrada recurrir a la Eternidad Anterior. Por ejemplo: un equilibrio de la fuerza cósmica es imposible, pues de no serlo, ya se habría operado en la Eternidad Anterior. O si no: la historia universal ha sucedido un número infinito de veces -en la Eternidad Anterior. La invocación parece valida, pero conviene repetir que es Eternidad Anterior (o aeternitas a parte ante, según le dijeron los teólogos) no es otra cosa que nuestra incapacidad natural de concebirle principio al tiempo. Adolecemos de la misma incapacidad en lo referente al espacio, de suerte que invocar una Eternidad anterior es tan decisivo como invocar un Infinitud A Mano Derecha. Lo diré con otras palabras: si el tiempo es infinito para la intuición, también lo es para el espacio. Nada tiene que ver esa Eternidad Anterior con el tiempo real discurrido; retrocedamos al primer segundo y notaremos que éste requiere un predecesor, y ese predecesor otro más, y así infinitamente. Para restañar ese regressus in infinitum, San Agustín resuelve que el primer segundo del tiempo coincide con el primer segundo de la Creación -non in tempore sed cum tempore incepit creatio. Nietzsche recurre a la energía; la segunda ley de la termodinámica declara que hay procesos energéticos que son irreversibles. El calor y la luz no son más que formas de la energía. Basta proyectar una luz sobre una superficie negra para que se convierta en calor. El calor, en cambio, ya no volverá a la forma de la luz. Esa comprobación de aspecto inofensivo o insípido, anula el laberinto circular del Eterno Retorno. La primera ley de la termodinámica declara que la energía del universo es constante; la segunda, que esa energía propende a la incomunicación, al desorden, aunque la cantidad total no decrece. Esa gradual desintegración de las fuerza que componen el universo, es la entropía. Una vez alcanzado el máximo de entropía, una vez igualas las diversas temperaturas, una vez excluida (o compensada) toda acción de un cuerpo sobre otro, el mundo será un fortuito concurso, de átomos. En el centro profundo de las estrellas, ese difícil y mortal equilibrio ha sido logrado. A fuerza de intercambios el universo entero lo alcanzará, y estará tibio y muerto. La luz se va perdiendo en calor; el universo, minuto por minuto, se hace invisible. Se hace más liviano también. Alguna vez, ya no será más que calor: calor equilibrado, inmóvil, igual. Entonces habrá muerto. Una incertidumbre final, esta vez de orden metafísico. Aceptada la tesis de Zarthustra, no acabo de entender cómo dos procesos idénticos dejan de aglomerarse en uno. ¿Basta la mera sucesión, no verificada por nadie? A falta de un arcángel especial que lleve la cuenta, ¿qué significa el hecho de que atravesamos el ciclo trece mil quinientos catorce, y no el primero de la serie o el número trescientos veintidós con el exponente en dos mil? Nada, para la práctica -lo cual no daña al pensador. Nada para la inteligencia -lo cual ya es grave. Jorge Luis Borges 1934, Salto Oriental Fuente:http://www.nietzscheana.com.ar/borges_ciclos.htm Mito del eterno retorno en 6 textos de Borges, link: http://www2.udec.cl/~docliter/magister/blum.pdf

Jean-Jacques Rousseau Biografia: Nació el 28 de junio de 1712 en Ginebra (Suiza). Es bautizado el 4 de julio del mismo año. Fue educado por sus tios tras la muerte de su madre pocos días después de su nacimiento. Trabajó como aprendiz de grabador a los 13 años. A los dieciseis escapa de su localidad natal instalándose en saboya acogido por un sacerdote. A los 16 es secretario y acompañante asiduo de madame Louise de Warens, mujer rica que tuvo una profunda influencia en toda su vida. En el año 1742 se radica en París, donde trabaja como profesor, copista y secretario político. Hizo amistad con el filósofo francés Denis Diderot, quien le encargó escribir artículos sobre música para la Enciclopedia francesa. En 1750 ganó el premio de la Academia de Dijon por su Discours sur les sciences et les arts (Discurso sobre las ciencias y las artes, 1750), y en 1752 su ópera Le devin du village (El sabio del pueblo) fue interpretada por primera vez. En los anteriores, y en su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755), expuso su opinión de que la ciencia, el arte y las instituciones sociales han corrompido a la humanidad y que el estado natural, o primitivo, es superior, en el plano moral, al estado civilizado. Voltaire atacó las opiniones de Rousseau y por ello los dos filósofos fueron enemigos enconados. En 1756 se retiró a Montmorency, donde escribió la novela Julia o la nueva Eloísa (1760). En su famoso tratado político El contrato social (1762) expuso argumentos para libertad civil y ayudó a preparar la base ideológica de la Revolución Francesa al defender la voluntad popular frente al derecho divino. En su estudio Emilio (1762) señala la importancia de la expresión antes que la represión para que un niño sea equilibrado y librepensador. En 1762 escapa a Prusia y después a Inglaterra, donde fue amparado por el filósofo escocés David Hume. No obstante, pronto se enemistaron en cartas públicas y polemizaron entre ambos. Durante su estancia en Inglaterra preparó el manuscrito de su tratado sobre botánica publicado póstumamente, La Botanique (La Botánica, 1802). Regresó a Francia en 1768 bajo el nombre falso de Renou. En 1770 completó el manuscrito de su obra más notable, la autobiográfica Confesiones (1782), donde revela los conflictos morales y emocionales de su vida. Falleció el 2 de julio de 1778, en Ermenonville, Francia. Descargas: - “Emilio o de la educación” http://libros.astalaweb.com/Descargando.asp?titulo=fRousseau%20-%20Emilio%20o%20de%20la%20educaci%F3n Descripción: Emilio: o, De la educación es un tratado filosófico sobre la naturaleza del hombre escrito por Jean-Jacques Rousseau en 1762, quien la creía la “mejor y más importante de todas mis obras,” aborda temas políticos y filosóficos concernientes a la relación del individuo con la sociedad, particularmente señala cómo el individuo puede conservar su bondad natural (Rousseau sostiene que el hombre es bueno por naturaleza), mientras participa de una sociedad inevitablemente corrupta. En el Emilio, Rousseau propone, mediante la descripción del mismo, un sistema educativo que permita al “hombre natural” convivir con esa sociedad corrupta. Rousseau acompaña el tratado de una historia novelada del joven Emilio y su tutor, para ilustrar cómo se debe educar al ciudadano ideal. Sin embargo, Emilio no es una guía detallada, aunque sí incluye algunos consejos sobre cómo educar a los niños. Hoy se considera el primer tratado sobre filosofía de la educación en el mundo occidental. El texto se divide en cinco “libros”, los tres primeros dedicados a la infancia de Emilio, el cuarto a su adolescencia, y el quinto a la educación de Sofía la “mujer ideal” y futura esposa de Emilio, y a la vida doméstica y civil de este. El Emilio se prohibió y quemó en París y en Ginebra, a causa del controvertido fragmento sobre la “Profesión de la fe del vicario de Savoyano”; pero, a pesar, o a causa de su reputación, rápidamente se convirtió en uno de los libros más leídos en Europa. Durante la Revolución francesa el Emilio sirvió como inspiración del nuevo sistema educativo nacional. - "Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres". http://libros.astalaweb.com/Descargando.asp?titulo=fRousseau%20-%20Discurso%20sobre%20el%20origen%20de%20la%20desigualdad%20entre%20los%20hombres Descripción: «Hubiese querido nacer en un país donde el soberano y el pueblo no pudiesen tener más que el mismo interés, a fin de que todos los movimientos de la máquina tendiesen únicamente al bienestar común; lo cual no se podría hacer a menos que el pueblo y el soberano fuesen la misma persona; de todo ello se sigue que hubiese querido nacer bajo un gobierno democrático, sabiamente temperado.» Jean-Jacques Rousseau es una figura fundamental e inclasificable en la moderna cultura europea. Su obra amplia, original y extraña, desborda todo posible comentario y presenta un frescor y vitalidad que desafían toda conceptualización. A la Academia de Dijon cupo la gloria de ser la destinataria de las primeras producciones de este genio y lanzarlo a la fama literaria al premiar su polémico Discurso de 1750. Cuatro años después la misma institución recibiría el segundo Discurso, pieza rigurosamente articulada, en la que su autor verá luego el surgir de su pensamiento maduro; es, indudablemente, su primera obra maestra, en la que aparecen los motivos esenciales de su filosofía. Tampoco fue bien recibida, conformando así el destino que perseguirá siempre a la obra de Rousseau. El interés por este autor aumenta de día en día y se suceden las investigaciones textuales e históricas sobre su figura. - "El contrato social" http://libros.astalaweb.com/Descargando.asp?titulo=fRousseau%20-%20El%20contrato%20social Descripción: El contrato social fue un libro escrito por Jean-Jacques Rousseau en 1762, durante el llamado "siglo de las luces". Es un ensayo sobre filosofía política y habla principalmente sobre la libertad e igualdad de los hombres, en él se plantea la teoría del contrato social. Se dice que este libro fue uno de los muchos incitadores de la revolución francesa por sus ideas políticas. Bajo la teoría del contrato social se fundamenta buena parte de la filosofía liberal en especial del liberalismo clásico por su visión filosófica del individuo como ente de origen aislado o previamente atomizado que luego decide vivir en sociedad por lo que necesita del Estado de Derecho que asegure las libertades para poder convivir. Así también se dice que en este libro se exponen lo que en el futuro serían los principios de la filosofía política socialista, en parte por el concepto de la voluntad general. - "Las confesiones" http://libros.astalaweb.com/Descargando.asp?titulo=fRousseau%20-%20Las%20confesiones Descripción: Autor de escritos políticos capitales para entender el mundo que iba a traer la Revolución Francesa, como «Del contrato social. DIscursos», así como del tratado filosófico sobre la bondad natural del hombre y su sistema educativo («Emilio, o De la educación»), Jean-Jacques Rousseau puso en el presente libro los cimientos de la moderna autobiografía. En él, su autor va mas allá de unas simples memorias, convirtiendo al lector en «juez» de los hechos de su vida y exponiendo su testimonio sobre los hechos biográficos de un hombre que quiere desnudar su alma y su vida hasta tal punto que está seguro de que no tendrá nunca imitadores. En Las confesiones, Rousseau vive y revive su etapa de ilusiones infantiles y su adolescencia ambulante, en la que el amor de una mujer enciende en el joven un fuego cuyo rescoldo alienta todavía en la vejez, como reflejan «Las ensoñaciones del paseante solitario». Sin embargo, no es el registro intimista o sentimental el único que tiene cabida en esta amenísima obra: empleando como trama la lucha que sostuvo contra el destino, al aceptar las acusaciones vertidas contra él por considerarlas otras tantas virtudes que habían de conducirle a la gloria y volverse contra sus acusadores, el libro constituye un vívido retrato de una sociedad que no sólo abrumó al niño inocente de la primnera parte, sino que siguió haciendo lo propio con el hombre maduro de la segunda, que fue perseguido de forma infatigable por todos, incluidos sus propios amigos de juventud, como Diderot, Grimm o Voltaire, que no ahorraron encarnizamientos contra él. Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/El_Contrato_Social http://libros.astalaweb.com/Descargas/IndexFra.asp?autor=Rousseau http://www.agapea.com/Las-confesiones-n15523i.htm http://www.infotematica.com.ar/biblioteca/autores/autor.php/108/jean-jacques_rousseau http://es.wikipedia.org/wiki/Rousseau
Pocho Lepratti Claudio Pocho Lepratti fue un militante social rosarino asesinado a sangre fría en Rosario (provincia de Santa Fe) en medio de una represión llevada a cabo por la policía de la provincia de Santa Fe. Nació el 27 de febrero de 1969 (según algunos sitios habría nacido en 1966) en Concepción del Uruguay (provincia de Entre Ríos), hijo mayor de Orlando Lepratti y Dalis Bel, que tuvieron cinco hijos más. Cursó la escuela primaria y secundaria en Concepción del Uruguay. Entre 1983 y 1985 estudió Derecho en la UNL como alumno libre. En 1986 ingresó como seminarista en el Instituto Salesiano de la localidad de Funes (a 15 km al oeste de Rosario, provincia de Santa Fe). En 1991 abandonó el seminario. Se quedó a vivir en el humilde barrio Ludueña y se acercó a colaborar en la tarea de contención social de los adolescentes del barrio, al tiempo que militaba gremialmente en la Cocina Centralizada, donde fue delegado y participó de la histórica carpa como uno de los tantos despedidos por su actividad sindical. En 1991 abandona el seminario y se radica definitivamente en Rosario, primero en el barrio Empalme Graneros y al año se muda al barrio Ludueña donde comienza a participar activamente de las organizaciones de base, que durante más de 20 años promovió el padre Edgardo Montaldo, referente religioso, social y ético que encontró Pocho en su búsqueda de llevar al terreno de las realidades su opción por los pobres. Participó y promovió la formación en más de veinte grupos de niños y jóvenes de las barriadas populares de Rosario. Siendo la primera agrupación La Vagancia. Participó en instancias de coordinación con otros grupos como la revista El Ángel de Lata, el movimiento Chicos del Pueblo, y con todas las comunidades eclesiales de base, como Poryajhú (‘pobres’ en guaraní), y el grupo Desde el Pie. Además participaba activamente como delegado de base de la ATE (Asociación Trabajadores del Estado) de Rosario y como congresal de la CTA-Rosario. Asesinato El 19 de diciembre de 2001, en medio de la crisis que terminaría con la caída del presidente De la Rúa, varios policías (que llegaron en el móvil n.º 2270 del Comando Radioeléctrico de la ciudad de Arroyo Seco, a 30 km al sur de Rosario) se pusieron a tirotear el fondo de la escuela. Lepratti subió al techo para defender a los menores que en su interior se encontraban comiendo. Se asomó gritando: “¡Hijos de puta, no tiren que hay pibes comiendo!”. Los uniformados Esteban Velásquez y Rubén Pérez hicieron fuego con sus escopetas Itaka, con balas de plomo (después entregaron a la pericia cartuchos de balas de goma) le acertaron un balazo que le entró a Lepratti por la tráquea. Murió en pocos instantes. La Dirección de Asuntos Internos de la policía provincial reconoció en un informe que “el asesinato del militante social Lepratti ocurrió fuera de la zona de saqueos y en los fondos de una escuela”, y que “no se justifica haber efectuado los disparos reconocidos, aun en carácter intimidatorio”. Los policías acusados argumentaron que habían abierto fuego porque habían sido atacados a balazos por vecinos apostados en el techo de la escuela. El vehículo policial tenía efectivamente marcas de balazos, pero todos realizados a nivel del suelo. Una de las testigos recogió un cartucho naranja (que corresponde a la munición de plomo), y lo entregó a los investigadores policiales, pero éstos —para encubrir el hecho— le entregaron a la Justicia un cartucho verde (que corresponde a las municiones de goma). Desde ese momento Lepratti se convirtió en un mártir y símbolo de la resistencia de los sectores más desposeídos de la provincia de Santa Fe. El trabajo nos hace ascender como personas, mientras que la falta de trabajo nos incita a la violencia, a la droga, a la delincuencia. Pocho Lepratti El ángel de la bicicleta A modo de homenaje el reconocido cantautor argentino León Gieco lanzó en 2005 una canción llamada El ángel de la bicicleta (con música —una cumbia muy estilizada— del pianista Luis Gurevich) donde parafrasea la frase que gritaba Lepratti al ser ejecutado: “Bajen las armas, que aquí sólo hay chicos comiendo”. Otros homenajes Graffiti: “30.000 Pochos viven”, referencia a los 30.000 desaparecidos. La hormiga es una alegoría al trabajo de Lepratti. El pañuelo blanco es el símbolo de las Madres de Plaza de Mayo Hoy existen más de 50 temas musicales dedicados a su trabajo de hormiga y cientos de escritos y expresiones artìsticas para honrar su memoria. También cuenta con un monumento en su honor en la ciudad de Concepción del Uruguay, mandado a construir en diciembre de 2006, en la intersección del bulevar Montoneras y la calle Pocho Lepratti. El grupo La Vagancia (que él coordinaba) elabora desde 2002 una publicación barrial llamada El ángel de lata (en referencia a las villas miserias, con techos y paredes de lata). En su primera editorial proclamaban ser “los que denunciamos la explotación de los padres y de los chicos, los que acusamos a los señores dueños de todo, hasta de la tierra que en un tiempo fue de todos”. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=facKCZhz7eE Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/Pocho_Lepratti
Los materiales: Todo lo que necesitas es barato. Herramientas: 1. Sierra para metal miniatura. 2. Agujas, si es posible sin punta. Deben ser agujas gruesas, de las utilizadas para las labores en cañamazo. También es conveniente tener una aguja lanera con punta para cuando el corte en el lomo del fascículo no llega hasta el centro. 3. Tijeras. 4. Un cutter. 5. Un pincel (redondo) y una paletina (brocha plana), ambos pequeños. 6. Un rodillo de plástico duro pequeño, de los usados para quitar las burbujas del papel pintado. 7. Plegadora. Es una pieza, habitualmente de hueso aunque ahora las hacen de plástico, alargada, con forma de huso y bordes estrechos pero redondeados, sin filo. 8. Una carda. 9. Una prensa, o más de una. Yo hice la mía con dos tablillas de madera de haya de 5,5x38x1,25 cm. A 12 mm de uno de los bordes largos hice un agujero cada 2cm con una broca de 8 mm y la presión la consigo con dos tornillos de cabeza hexagonal de unos 10 cm de largo que pasen más o menos ajustados (usé unos de métrica 8) por el agujero, con dos arandelas y una palomilla cada uno (ver imagen). Todos esos agujeros sirven para ajustar la anchura de la prensa al tamaño del libro. Tengo otra mayor, 60 cm, para libros muy grandes. 10. Sargentos (mordazas). Por lo menos 2, mejor si son 3. 11. Opcionalmente, un bastidor. Tiene su propia sección. * Cordelería: 1. Hilo fino y muy resistente, yo uso el de coser zapatos. 2. Cordel de cáñamo o yute de 1 o 2 mm de diámetro. 3. Cabezada. No es propiamente cordelería. Es la cinta de tela que se pone en la parte superior e inferior del lomo, que tiene un borde decorado y más grueso. Suelen venderla en papelerías. * Varios: 1. Cola blanca. 2. Hojas de plástico. Basta con recortar unas bolsas del supermercado. Quítales todas las "costuras" y deja los rectángulos más grandes que puedas obtener, uno de cada cara. 3. Un bote, mejor que no sea metálico, para evitar el óxido. Sirven los potitos de los bebés, por ejemplo. 4. Un par de cartulinas gruesas (1,5 a 2 mm), yo uso tapas de las usadas con fasteners. Si quieres hacerte unas pastas necesitarás además cartón de 2 o 2,5 mm de grueso y lo que quieras usar para forrarlas (guaflex, cuero, tela...) y cartulina de la usada en manualidades o, si puedes encontrarla, ligeramente más rígida. 5. Papel kraft (ese marrón de embalar). 6. Un trozo de cera virgen de abeja. El lugar de trabajo: Nada extraordinario: una mesa en la que te sientes con comodidad y que tenga una superficie útil de medio metro cuadrado. Debe tener al menos un borde con arista viva, sin molduras, que es el que elegiremos para trabajar. Yo me he hecho una dentro de un armario, mide 120 x 60. Tengo tableros a los lados donde colgar las herramientas y estantes para colocar los cordeles, el hilo, cajitas con las agujas, la cabezada... En la parte alta he puesto más estantes y una luz para ver bien lo que hago. Por supuesto, puedes tener las herramientas en una caja al efecto, aunque seguro que las prensas no te van a caber, y usar una mesa con cajón para guardar todos los objetos pequeños. La luz la puedes arreglar con un flexo. Encuadernar folios sueltos: Es la técnica más sencilla. Asegúrate de que todos los folios están correctamente orientados y ordenados. Parece una tontería, pero te ahorrará algún disgusto. Prepara la prensa colocándola con los tornillos en la parte baja abierta sobre la mesa de modo que, cuando metas los folios dentro, quede cierta holgura. Antes de introducir los folios coloca las dos cartulinas, una a cada lado, para que formen un sándwich con ellos. Una vez puestos los folios remuévelos para que queden igualados por la parte en contacto con la mesa. Por eso era importante la holgura. Levántalos y déjalos caer, agítalos de lado a lado... Poco a poco quedarán todos igualitos. Cuando ya los tengas bien, sujeta las cartulinas y los folios con una mano y toma la plegadora o uno de los sargentos y da unos GOL-PE-CI-TOS, no trompazos, golpecitos, en lo que será la parte superior de las páginas para cuadrarlos. Si hay algún folio especialmente tozudo va muy bien golpearlos en diagonal hasta que quedan escalonados (como los abanicos que forman los ciclistas cuando hay viento), cambiando entonces el sentido de la diagonal, y así varias veces. Poco a poco el folio escondido se pondrá a ras con los otros. Con todos estos golpecitos, las cartulinas llegarán a topar con el tornillo que cierra la prensa, simplemente hazla deslizar para que toquen el tornillo contrario y sigue. Ahora viene un momento delicado. Debes apretar las palomillas para sujetar con firmeza, pero sin estrujar, el tomo que acabas de formar sin que se descuadren los folios. Esto no plantea mucha dificultad, pero cuesta un poco hacerlo sin ayuda. Una vez que esté firme, pon el conjunto horizontal con la prensa sobresaliendo del borde de la mesa. Ahora viene lo difícil. No te preocupes si te toca reajustar los folios varias veces, al principio es normal. Tienes que sujetar los folios contra la mesa con fuerza y empujar la prensa de forma que el lomo del libro con las cartulinas sobresalga medio centímetro, más o menos. Cuando ya lo tengas, termina de apretar las palomillas. Deben quedar muy fuertes, porque ahora vamos a serrar el lomo y si los folios no están bien sujetos se resbalarán. Coloca el conjunto en el borde de la mesa tal como se ve en el dibujo y sujétalo fuerte con un sargento en cada extremo. Haz unas ranuras transversales con la sierra en el lomo, más o menos cada centímetro o centímetro y medio, con una profundidad suficiente para poder meter el cordel sin que quede raso, sino que sobre un poquito de ranura. Corta trocitos de cordel unos dos centímetros más largos que la anchura del libro, uno por cada corte que hayas hecho en el lomo. Extiende una capa generosa de cola (no tiene que chorrear, basta con que sea opaca) sobre el lomo e introduce los cordones en los cortes, asegurándote de que se llevan parte de la cola consigo hasta el fondo de la ranura. Una vez seco, da una segunda capa de cola. Cuando esta segunda mano esté también seca, desmonta toda la parafernalia de sargentos y prensa. Ya casi tienes el volumen listo para poner las tapas.Ahora viene otro momento delicado. Abre la cartulina como si fuera la tapa del libro y, usando el cutter, corta con cuidado la cola que la une al lomo, así como los cordeles. Pon especial cuidado en no dañar la primera hoja, que como comprenderás corre un peligro considerable. Muchas veces los libros baratos vienen encuadernados con una variante de esta técnica, simplemente raspan el lomo para que quede rugoso y aplican la cola. Para leerlos una vez aguantan medianamente bien, pero si los lee una segunda persona es bastante fácil que se desmonte hoja por hoja. Reparación de libros: Lo primero es terminar de romperlo, aunque suene extraño, y luego volver a encuadernarlo. Si tiene tapa dura, abre una de ellas y presiona con fuerza en el punto donde termina ésta más cercano al lomo para que la guarda se desprenda. Entonces corta la guarda con el cutter y haz lo mismo con la otra tapa. Una vez con el volumen en las manos, quita toda la cola que puedas del lomo (seguramente estará muy quebradiza y resultará fácil). Si es de folios, fuerza totalmente la apertura del libro. Sin la oposición del lomo de las tapas se doblará fácilmente y se desprenderán las hojas. Sepáralas una a una y quita con cuidado todos los restos de cola. Si está cosido, abre por el centro de los cuadernillos y corta el hilo. Separa luego las hojas más externas de cada fascículo con cuidado y elimina los restos de cola que puedan quedar. Deberás ponerle unas guardas nuevas. Si tiene tapa blanda, coloca el libro en el borde de la mesa con el lomo hacia afuera. Abre una de las tapas y apoyándote con fuerza en el cuerpo del libro, tira con fuerza para desprender el lomo. Si tiene guardas, antes de tirar corta con el cutter en el pliegue. Haz lo mismo con el otro lado y límpialo de cola con cuidado. Lo más seguro es que el lomo de las tapas se dañará. refuérzalo con una pieza de papel kraft y, en caso de que no tuviera guardas, pónselas para que oculten el refuerzo. Después lo reencuadernas y listo. Coser. En esta parte hablaré de la forma de coser los fascículos. Con cordones de apoyo: es lo que hago de forma más habitual. Para esto uso el bastidor, aunque hay ciertos libros muy grandes (atlas y similares) que no caben. Esos los hago "a pulso". El sistema es el mismo en cualquier caso. Tras comprobar el orden y la orientación de todos los fascículos, prepara el mismo sándwich que hemos hecho para los folios, pero ahora con los fascículos. Si no son muchos, es más fácil que con los folios. En el caso de que los fascículos queden muy gruesos en el doblez aplástalos con el rodillo, uno por uno. Eso los hará más manejables. Colóca el sándwich también con los sargentos sujeto al borde de la mesa. A una distancia entre 2 y 4 cm del borde superior de la página, dependiendo del tamaño del libro, haz con la sierra una ranura transversal, lo bastante profunda como para llegar al centro de los fascículos. Haz otra en la parte inferior a unos 3-5 cm. Una tercera más o menos en el centro de las dos marcas anteriores. Es mejor que las medidas no sean muy regulares, así si vas a coser un fascículo cabeza abajo te darás cuenta en seguida porque no te coincidirán los cortes. Aún no hemos terminado con las ranuras. La cantidad de las que debes hacer depende del tamaño del libro. Hasta 20-22 cm de altura bastará con que hagas un par más, a unos 2-3 cm de los cortes de los extremos. Si mide hasta 30 cm será mejor que hagas un par entre el corte central y cada uno de los de los extremos, el primero a los mismos 2-3 cm y el segundo a mitad de éste y el central. A partir de esa medida haz tres, imagina que el corte central es como uno de los extremos y haz las tres ranuras como si cada mitad fuera un libro de los pequeños que he explicado antes. Este caso resulta un poco más complejo porque se cose con dos agujas a la vez. Una vez hechas las ranuras necesarias, saca los fascículos de la prensa. Ya puedes guardar las cartulinas. Ahora viene el cosido. Si no usas bastidor, corta 3, 5 o 6 trozos de cordel, según el libro sea del primer, segundo o tercer tamaño, que sean 3 o 4 cm más largos que el grosor del lomo. Para medir el hilo necesario cuenta los fascículos. Si son pares necesitarás la mitad de vueltas y si son impares, súmale uno a la cantidad y divide por dos. Las vueltas se miden entre los agujeros de los extremos excepto en el caso de los nueve agujeros, que medirás dos hilos separados, uno de un extremo al centro y otro del centro al otro extremo. No escatimes el hilo y mide una vuelta de propina, para nudos y posibles roturas. Cuando tengas el hilo cortado encéralo haciendo que deslice sobre la cera, tensándolo de manera que se clave en ella. Ahora enhebra la aguja, dejando el hilo con un extremo más largo que el otro en, aproximadamente, el doble o el triple de un fascículo. Cada varios fascículos tendrás que hacer deslizar el hilo para no coser con doble hilo. Coloca los fascículos delante de tí pero apartados, de forma que el último quede arriba y tengas espacio para coser justo delante de ti, junto al borde de la mesa. Toma éste y apóyalo en la zona de trabajo con la última página apoyada en la mesa y el lomo mirando hacia ti. Busca el centro del fascículo contando las hojas (es conveniente tener una regla o un listón para marcar el centro) e introduce la mano no hábil para recoger la aguja por dentro. Empieza metiendo la aguja por el agujero del extremo de tu mano útil (el del pie de página si eres diestro y el del encabezado si eres zurdo). Sácala por el siguiente agujero y tira del hilo para pasarlo todo, dejando un cabo de 6 o 7 cm saliendo del primer agujero. Cuando completes la segunda vuelta harás un nudo con ese cabo. Si eres hábil y sabes hacer el nudo con menos longitud, magnífico, más hilo te sobrará para posibles problemas más adelante.Vuelve a pasar la aguja por el mismo agujero que la has sacado y ahora sácala por el siguiente, colocando uno de los cordones en la coca que forma el hilo. Yo tengo la costumbre de girar el cordel de forma que quede abrazado por el hilo. Cuando llevas varios fascículos conviene tensar este cordel y da mucha rabia llevártelo y tener que deshacer el medio libro que ya tienes hecho. Repite la operación hasta que llegues al agujero del extremo opuesto. En el caso de los nueve cortes, empieza con una aguja de este modo hasta llegar al centro y con la otra aguja empieza en el centro para llegar al otro extremo. En el momento de tensar el hilo es muy importante hacerlo en el sentido longitudinal del lomo. Si tiras de forma transversal el hilo cortará el papel y estropeará el fascículo. Conviene no tensar el hilo hasta que lo sacas por el último agujero y además hacerlo de agujero en agujero, es decir, arrastrando el hilo que forma el bucle de un agujero al siguiente hasta que queda todo el sobrante en el extremo de la aguja. Si quieres tensarlo todo de una lo más fácil es que se te rompa. El hilo tiene la mala costumbre de enredarse y hacer nudos con mucha facilidad. Vigila esas tendencias y aplícale los correctivos necesarios, sin piedad. Ahora toma el siguiente fascículo. Mete la aguja por el agujero en que acabó la vuelta anterior y sácalo por el del siguiente cordón. Toma el tercer fascículo y, rodeando el cordón, introduce la aguja por su agujero correspondiente. Sácalo por el siguiente y rodea el segundo cordón, pasando de nuevo al segundo fascículo, y así, alternando del segundo al tercer fascículo, hasta llegar al último agujero, que será del fascículo que queda más arriba. Después de tensar el hilo anuda con un nudo doble el cabo sobrante de la primera vuelta con el hilo que acabas de pasar. En el dibujo he pintado los fascículos muy separados para que se aprecien los saltos del hilo, pero en la realidad están uno apoyado sobre el otro. En la siguiente vuelta coserás de nuevo dos fascículos de la misma forma, alternando una pasada por el de abajo y otra por el de arriba. Cuando llegues al extremo, pasa la aguja por el hilo que salta del primero al segundo (el señalado por una flecha en el dibujo). En cada vuelta pasarás la aguja de forma que el hilo se enganche con el del último "salto". Si el número de fascículos es par al final te quedará uno solo, que coserás como el primero. Si es impar, te quedarán dos. Coserás cada uno como el primero, pasando la aguja por todos los agujeros en entrada y salida. Al terminar de coser el último fascículo pásalo por debajo del fascículo anterior, igual que siempre, pero ahora haz un par de nudos para que no se deshaga. En el caso de los nueve agujeros, cuando coses con dos agujas, imagina cada una de las mitades como un libro de los pequeños y en el centro aprovecha el último salto, que habrás hecho con el otro hilo, para fijar los fascículos. Sin cordones de apoyo Esta forma de coser no me gusta tanto porque el lomo queda bastante más grueso que el resto del libro, y es que, aunque no lo parezca, el hilo contribuye de forma bastante considerable al grosor del lomo. Con el sistema anterior sólo lo hace engordar en la mitad de las pasadas, mientras que con éste lo hace en cada una de ellas. Sirve para libros de pocos fascículos de papel grueso y también para revistas, porque se dan pocas pasadas en relación al grosor final. Los cortes son parecidos a los practicados en el sistema de cordones: en los extremos haces cortes individuales a distancias parecidas y en medio varias parejas de cortes separados unos 2 cm. La cantidad de parejas de cortes dependerá, como antes, del tamaño del libro. Para coserlo comienza como antes, midiendo y encerando el hilo. Empiezas igualmente por el extremo de tu mano hábil y sacas la aguja por el segundo agujero. La metes por el tercero y la sacas por el siguiente, así hasta llegar al último. Tensa bien el hilo y toma entonces el siguiente fascículo. Empieza por el extremo en el que hayas terminado antes y procede de la misma forma, sacando la aguja para que los intervalos cortos de hilo queden por el exterior. Cada vez que saques el hilo crúzalo por dentro del tramo corto del fascículo anterior, para que así queden atados todos en varios puntos y no sólo en los extremos. Al terminar la segunda pasada haz un nudo como en el caso anterior y al final de cada pasada lo enganchas con el hilo que hizo el salto de un fascículo al siguiente, formando una cadeneta. En el último fascículo haz, igual que antes, un par de nudos al enganchar en el salto para asegurar la labor. Colocación de las tapas: Antes de colocar las tapas, independientemente del tipo de encuadernación que hayamos elegido, hay que colocar las guardas. Son unas hojas de papel dobladas por la mitad que normalmente te darán con las tapas y suelen llevar algún tipo de decoración. Si no te las dan compra cuadernillos de papel barba y usa una hoja como guarda. Con el pincel aplicas una línea de medio centímetro a lo largo del doblez, por la cara que tenga que ir pegada al tomo. En ocasiones en una orilla de las guardas, si tienen alguna decoración, está escrito "guarda delantera" y "guarda trasera". Fíjate bien en la orientación antes de encolarlas. Pégalas en el tomo lo más próximas posible al borde (a los cordones si lo has cosido así) de forma que se abran como una hoja más del libro. Si lo has cosido con cordones, usa la carda para peinar los cabos de los cordones y luego los abres en forma de abanico, que abatirás contra la guarda y pegarás a ésta con una gotita de cola que tomarás con la yema del dedo, recorriendo el pelo del cordón desde el lomo hacia el extremo del abanico. Cuando la cola esté seca pasarás al siguiente paso, que es común con el otro tipo de cosido. Con cualquier tipo de cosido, ahora colocarás el tomo en la prensa con el lomo hacia arriba sobresaliendo ligeramente (1/2 cm basta, la medida no tiene importancia) y sin apretarlo, simplemente sujetando para que al ponerlo vertical no resbale. Aplica una capa de cola que no deje transparentar los fascículos y espera a que seque para dar una segunda mano. A partir de ahora depende del tipo de tapas a colocar. Para encuadernar en rústica (tapa blanda) empieza por preparar las tapas. Si debes hacerlas tú, empieza por marcar el lomo en el centro de la cartulina o guaflex que vayas a usar. No te fíes de las medidas, colócalo sobre el tomo y dobla el material para que tenga la medida exacta. A una distancia entre 2 y 5 mm de cada uno de estos dobleces, invadiendo lo que va a ser la tapa, no el lomo, haz un segundo doblez de forma que quede como en el dibujo. Esta forma dará más duración a las tapas y al encuadernado. Si te han dado las tapas, dependerá de si tienen o no solapa. Si la tienen, ve a que te guillotinen el lado contrario al lomo. Marca la medida del corte para que quede proporcionado a las tapas. Con cola diluida, o poniendo una gota de cola y extendiéndola con el pincel mojado en agua, encola el lomo (lo que en el dibujo se ve como el fondo del canal) y a continuación coloca el libro sobre él. Frótalo fuertemente para que quede bien pegado, sin burbujas. Ponlo sobre la mesa apoyado sobre el lomo para que su propio peso lo mantenga en contacto con la tapa y sujétalo en vertical con objetos que lo mantengan en esa posición. Cuando esté seco coloca una de las hojas de plástico entre las guardas, o sea, justo bajo la primera hoja del volumen. El plástico impedirá que la cola que pudiera empapar la primera hoja de la guarda la deje pegada a la segunda. Encola la tapa de ese lado con cola diluida y, poco a poco y frotando con fuerza para que no queden burbujas, coloca la tapa sobre la guarda. Da la vuelta al libro para que la parte recién encolada se apoye en la mesa y coloca sobre él varios libros para que hagan peso. Déjalo por lo menos 10 horas y luego haz lo mismo con la tapa del otro lado. No olvides la hoja de plástico. La cola blanca pega muy mal sobre plástico, así que no tendrás problemas para retirarla cuando esté seca. Ahora sólo te falta guillotinarlo (o terminar de guillotinarlo si tiene solapas) y ya tienes listo el libro. Para encuadernar en tapa dura primero hay que guillotinarlo. Marca por dónde quieres los cortes y ve a la imprenta. Para tener una referencia de cuánto debes cortar fíjate en cómo queda un libro comprado. Si quieres poner una cinta para guía de lectura, éste es el momento. Pega la cinta al lomo en unos 2 cm y córtala dejando que sobresalga 4 o 5 cm de la diagonal del libro. Corta una tira de papel kraft que cubra el lomo y unos 5 cm de cada una de las guardas, aproximadamente 1 cm menor que el largo del lomo. Úntalo con cola diluida y pégalo al lomo y a las guardas. Ahora corta los dos trocitos de cabezada y pégalos en la parte superior e inferior del lomo. Prepara el fuelle. Es un tubo de papel kraft que, aplastado, tiene la misma anchura del lomo y llega a tapar parte de la tela blanca de las cabezadas. Cuando esté seco pégalo al lomo y deja secar de nuevo. Encola la tirilla central de las pastas, sin llegar al material del forro para que no se pegue la cabezada, y coloca sobre ella el libro, dejándolo secar en vertical tal como se explica para las tapas blandas. Las tapas se encolan como en el caso de tapa blanda, pero al ser rígidas no puedes flexionarlas tanto para evitar las burbujas. Déjalo secar igualmente con peso y procede con la otra tapa del mismo modo. Conviene dejar fuera de la mesa la tirilla de cartulina a la que se ha pegado el fuelle de forma que sólo quede apoyada la parte que es cartón. Una vez bien seco el libro se marca la cintura de las tapas poniendo un folio sobre la tapa y pasando con energía la plegadora por el canalillo que se forma donde no hay cartón. Ya tienes el libro listo para ponerlo en la librería. Confección de las tapas: La base serán dos cartones de 2 a 2,5 mm de grosor que tendrán 6 mm más de altura que el libro guillotinado y 1 mm menos de anchura. Además necesitarás una tira de cartulina de la misma altura que los cartones de las tapas y una anchura igual a la del volumen encuadernado mas el grosor de ambas tapas, es decir, añadiéndole 4 o 5 mm, según el cartón utilizado. Si es un libro muy delgado es mejor que hagas esta pieza del mismo cartón que las tapas. Estas tres piezas puedes pegarlas directamente al forro o sobre una tira de papel de embalar de la misma altura que la cartulina y unos 6 cm más ancha que esta. Primero se pega la cartulina en el centro del papel y después las tapas, dejando una separación de 6 mm entre tapas y lomo para hacer la cintura. Yo prefiero esta solución, porque te permite trabajar con más comodidad, sin estar tan pendiente de si se mueven o no las piezas al colocarlas en el forro. El forro es una pieza del material elegido (tela, papel decorado, cuero...) que sobresalga 1,5 cm en todo su perímetro del conjunto antes conseguido de tapas y lomo. Si lo has pegado a la tira de papel te resultará muy fácil tomar la medida, y si lo haces pegando directamente las piezas al forro tampoco será muy difícil, pero puedes cometer algún error. En cualquier caso, voy a suponer que has elegido como yo y usas la tira. Conviene dibujar la posición de la pieza con algo bien negro, para poder verlo a través de la cola. Extiende una hoja de periódico para no manchar la mesa y encola bien toda la pieza del forro por la cara "fea", la que ha de quedar hacia adentro. Coloca luego una de las tapas sobre el forro con la tira de papel a la vista y presiónalo para que se adhiera bien. Dale la vuelta al conjunto y, manteniendo la parte del forro levantada, elimina las posibles burbujas con la plegadora y luego, también con la plegadora, presiona el forro en el espacio hasta la cartulina, luego sobre la propia cartulina, el segundo espacio y la segunda tapa. Hazlo progresivamente y presionando siempe con la plegadora para que no queden burbujas en ningún punto. Si no has usado el papel, coloca las tres piezas en sus lugares después de encolar y dale la vuelta al conjunto. Ahora es cuando tendrás que pelearte con las posibles burbujas. Poniéndolo de nuevo con la parte bonita hacia abajo, corta la esquina del forro en diagonal de forma que quede una distancia de 1,5 veces (3 mm) el grosor del cartón entre el ángulo de la tapa y el corte. Si se te ha secado la cola, reencolas la parte que todavía no está pegada. Comienza a pegar por los lados más largos, es decir, el superior y el inferior de forma que el cartón quede parcialmente envuelto con el forro. A continuación aplasta los ángulos del forro hacia adentro antes de pegar los extremos. Una vez terminado, repasa las cinturas y haz que las tapas cierren en el borde de la mesa, varias veces hasta que quedes conforme con la cintura formada y la flexibilidad de apertura y cierre. Si no tienes troqueles para decorarlas o no puedes hacerle una serigrafía, ya tienes tus tapas listas para recibir el libro. El bastidor. Es una herramienta muy útil si vas a encuadernar de forma habitual. Es un tablero con agujeros y una tablilla puesta a cierta altura de forma que los cordones de apoyo para el cosido quedan siempre tensos y en posición. Prepara una tabla como las usadas para la prensa, que es la de arriba, y un tablero de 30 x 40 cm con agujeros similares cerca de su borde. Es conveniente que los agujeros coincidan lo mejor posible. Para hacer las columnas usa una varilla roscada de bronce de 8 mm. Yo compré una varilla de un metro y la corté en dos. Como me parecía muy alto, lo dejé en 40 cm cada trozo, pero con 30 ya es suficiente. Para terminar de construirlo necesitarás seis tuercas de métrica 8, cuatro palomillas y ocho arandelas. Esto es si lo quieres hacer desmontable, en caso contrario puedes sustituir las palomillas por otras tantas tuercas. El montaje mecánico queda reflejado en el dibujo. Como puedes apreciar, en el extremo inferior hay dos tuercas. Cuando tengas tomada la medida a lo que haya de sobresalir por abajo con la tuerca más próxima a la base, aprieta fuertemente la otra contra ella usando dos llaves, una para sujetar la tuerca y otra para apretar la contratuerca. En la parte superior no hice el mismo montaje porque así la altura del larguero es regulable con facilidad, aunque si no quieres regularlo puedes poner también dos tuercas. El cordel lo cargas en varias bobinas (yo tengo unos cuadrados de cartón en los que arrollé varios metros con un pequeño corte cerca de las esquinas para meter ahí el cabo y que no se desenrrolle) y pasas el extremo por un agujero haciendo el nudo que se ve en el dibujo. Tanto el cabo que sube (el que viene de la bobina) como el que baja pasan entre el trozo rojo y la madera. El nudo tiene su importancia, ya que te permite deslizar y fijar el cordel. Además de su importancia, también tiene su nombre. Se llama "ballestrinque". Tirando del tramo de la izquierda de los dos que quedan en el frontal del larguero tomas cordel de la bobina, que puedes ir pasando hacia abajo para hacer un nudo normal. Cuando ya tienes ese nudo, tiras del lado derecho para tensar el cordón y luego de la bobina para fijar el nudo. Si eres muy manitas puedes preparte una segunda tablilla o una pletina con unos tornillos que te haga de mordaza para sujetar los cordones en sustitución del nudo. Para empezar a coser, coloca el último fascículo (por el que empiezas a coser) y pon las bobinas en los agujeros adecuados a los cortes que hayas hecho. Una vez puestas todas las bobinas y tensados los cordones con el nudo, ya puedes empezar a coser. Cuando termines, corta los cordones un par de centímetros por encima del libro y desata el nudo de la base, dejando después otros dos centímetros de cordón en este otro lado. Hacer el bastidor lleva cierto tiempo, pero con él se cose con mucha más comodidad. Fuente:http://personal.telefonica.terra.es/web/aus/encuad/bastidor.htm

Naufragio del cazatorpedero “Rosales” “Las presiones políticas lograron acallar los hechos debido a que el comandante Funes era sobrino de la esposa del presidente Julio Argentino Roca.” El 7 de julio de 1892 zarparon del río de la Plata los cruceros argentinos “Almirante Brown” y “25 de mayo” y el cazatorpedero “Rosales”, invitados por el gobierno español al puerto de Palos para la conmemoración de los cuatrocientos años de su llegada a América. El cazatorpedero era una pequeña nave de apenas 550 toneladas de desplazamiento, diseñado para navegación fluvial o costera. Poco antes del viaje había sufrido una colisión con una nave mercante y la reparación no había sido aún concluida cuando zarpó al viejo mundo. Navegaba al mando del capitán de fragata Leopoldo Funes y la tripulación la formaban ochenta hombres, en su mayoría inmigrantes italianos y campesinos reclutados que carecían de experiencia, hasta el punto que algunos, por primera vez, veían el mar. Al día siguiente de abandonar Buenos Aires se desató un viento huracanado y una fuerte tormenta que levantó olas que alcanzaban a los nueve metros de altura y barrían la cubierta del pequeño buque y las fuertes sacudidas le abrieron una brecha en el casco, desprendiendo varias planchas a causa del trabajo aún inconcluso. Los dos cruceros que le acompañaban se habían perdido en el horizonte y se encontrarían luchando con el temporal, mientras el “Rosales” había quedado solitario, librado a su propia suerte y sin posibilidad de pedir auxilio. El comodoro de la formación, al no recibir respuesta de las señales luminosas transmitidas, dio por sentado que el cazatorpedero había buscado refugio en la costa y continuó viaje. Insuficiente cantidad de botes El naufragio era inminente, las bombas de achique era incapaces de expulsar el agua que lo inundaba, por lo que el comandante tomó la decisión de abandonar el buque. Los botes salvavidas con que contaba el “Rosales” eran insuficientes para salvar a toda la tripulación; más aún, no tenían capacidad para rescatar ni a la mitad. El comandante ordenó embarcar a los contramaestres y a los suboficiales en los botes disponibles y en su lancha acomodó a los oficiales, a los ingenieros, a dos marineros y él mismo, veinticuatro náufragos en total. El resto quedó librado a su suerte. De los contramaestres y suboficiales no se supo más, pues solamente llegó a la costa uruguaya la lancha del comandante. Al acercarse esta a un lugar donde avistaron un faro, chocó violentamente contra las rocas y se volcó, logrando sobrevivir solamente diecinueve. Entre los muertos estaba el alférez Miguel Giralt. La situación vivida comenzó a crear muchas dudas en la opinión pública, pues no parecía lógico que se hubiesen salvado todos los oficiales y la tripulación quedara abandonada a su suerte, pero inicialmente las presiones políticas lograron acallar los hechos debido a que el comandante Funes era sobrino de la esposa del presidente Julio Argentino Roca, el segundo comandante era hijo de un diputado y sobrino del ministro de Guerra y Marina y otro de los oficiales sobrevivientes era hijo del jefe de la policía. Confesión de Batagglia Los rumores y una protesta de la embajada de Italia obligaron a la detención de los sobrevivientes y el fogonero, Francesco Batagglia, destapó la olla. De acuerdo a su versión, antes de abandonar la nave, un contramaestre había sido designado para encerrar al resto de la tripulación en una bodega, la cual clamaba desesperadamente sobre la cubierta para que no los dejaran abandonados, mientras eran rechazados por los oficiales, revólver en mano. Una vez cumplida la macabra misión, el contramaestre fue asesinado de un balazo por un oficial. En la lancha en que se había salvado Batagglia estaba también el alférez Giralt, quien tuvo una violenta discusión con el comandante por su actitud, amenazándolo con declarar la verdad, por lo que al tocar tierra habría recibido un balazo del jefe, acallándolo así. Fue nombrado fiscal para investigar los hechos el contralmirante Antonio Pérez, quien sufrió toda clase de presiones de parte de los poderosos apoderados de los inculpados y cuando se aprestaba a dictar sentencia contra el comandante del “Rosales” al día siguiente, sobreseyendo al resto de los oficiales, repentinamente renunció “por razones de salud”. Fue reemplazado por el capitán de navío Jorge Lowry, que gozaba de fama de incorruptible y recto, quien pidió la pena de muerte para el comandante del buque por pérdida de su buque y culpabilidad criminal por abandono voluntario y criminal de su tripulación, diez años de prisión para el segundo comandante, diez años para otro oficial, seis para el resto de los náufragos y una menor para Batagglia por haber contribuido al esclarecimiento de los hechos, terminando su dictamen con la sospecha que Funes había asesinado al alférez Giralt al llegar a tierra. A pesar de las evidencias, el tribunal militar optó por desechar la pena de muerte para el comandante y la prisión y degradación para el resto de los oficiales, quedando como único castigo recibido por el primero el de inhabilitación por un año “por impericia en la navegación”. Germán Bravo V. Historiador Para los que quieran conocer mas del tema, les recomiendo el ensayo de Osvaldo Bayer titulado:"El naufragio de la Rosales: una tragedia argentina" Fuente:http://www.elsur.cl/edicion_hoy/secciones/articulo.php?id=94040&dia=1182916800
Severino di Giovanni Nacimiento: 17 de marzo de 1901 Abruzzos, Italia Fallecimiento: 1 de febrero de 1931 Argentina Ocupación: Tipógrafo Severino di Giovanni (1901-1931), militante anarquista italiano, radicado en Argentina, conocido por su accionar violento, apodado "el Robin Hood moderno". Infancia y Juventud Di Giovanni nació el 17 de marzo de 1901 en la región de los Abruzzos, Italia, a 180 kilómetros del este de Roma. Durante su infancia se vio fuertemente impactado por las imágenes de posguerra (Primera Guerra Mundial): hambre, pobreza y soldados mendigando en las calles. Severino empezó a rebelarse desde pequeño a cualquier tipo de autoridad. Autodidacta, en Italia ejerció de maestro sin título y tipógrafo. Se inició de joven en las ideas anarquistas con lecturas de Bakunin, Malatesta, Proudhon, Kropotkin y Eliseo Reclus. A la edad de diecinueve años quedó huérfano y en 1921 -a los veinte años- se entregó por entero a la militancia anarquista. En 1922 el fascismo de Mussolini se impuso en Italia y la censura y las persecuciones a los anarquistas obligaron a Severino a exiliarse con su familia a la Argentina. Argentina. Llega a Buenos Aires en la ultima gran oleada de inmigrantes italianos, en su mayoría gente muy pobre y analfabeta. A ellos dirigiría Severino la mayor parte de su propaganda política y escritos, principalmente a través su diario más célebre 'Culmine', que escribía durante las noches ya que trabajaba como tipógrafo u obrero durante el día. Fue un momento propicio a que muchos otros anarquistas italianos se organizaban en Argentina, siendo el país sudamericano donde las ideas libertarias más se propagaron. Los eventos retratados en La Patagonia Rebelde, película basada en el libro de Osvaldo Bayer, muestran la respuesta del gobierno a los insurgentes: la masacre. Di Giovanni también participa y protesta en actos en solidaridad por el arresto y homicidio de Sacco y Vanzetti en 1927. Gran parte de su estadía la paso prófugo, debiendo mudarse continuamente de un lugar a otro del país con su familia para evitar ser apresado. Culmine Periódico anarquista. Lo comenzó en agosto de 1925. Así sintetizaba Di Giovanni el objetivo de 'Culmine': * Difundir las ideas anarquistas entre los trabajadores italianos * Contrarrestar la propaganda de los partidos políticos seudorevolucionarios, que hacen del antifascismo una especulación para sus futuras conquistas eleccionarias. * Iniciar en el medio de los trabajadores italianos agitaciones de carácter exclusivamente libertario para mantener vivo el espíritu de aversión al fascismo. * Interesar a los trabajadores italianos en todas las agitaciones proletarias de Argentina. * Establecer una intensa y activa colaboración entre los grupos anarquistas italianos, los compañeros aislados y el movimiento anarquista regional. Acción y bombas Di Giovanni no se quedó en la teoría y los panfletos y no fueron sus escritos los que lo volvieron famoso sino su accionar violento. Él creía que era necesaria la 'revolución violenta' como se puede comprobar en este extracto del ultimo mensaje que escribió en su celda pocas horas antes de ser asesinado: ``[...]No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí elegi la lucha. Pasar monótonamente las horas enmohecidas de la gente común, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir, es solamente vegetar, llevar encima una masa informe de carne y huesos. A la vida hay que ofrecerle la exquisita rebelión del brazo y de la mente. Enfrente a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso.´´ Dentro de los atentados ``'terroristas´´ asociados a él se encuentra una bomba en un banco y otra en el consulado italiano en Buenos Aires donde murieron varios civiles inocentes por accidente, lo que provocó gran parte de la antipatía del resto de los grupos anarquistas y su condena en los periódicos. También participó en robos y ajustició a un policía asesino y torturador desfigurándolo de un tiro en la cara. El mayor robo del que participó fue a un camión pagador por 286.000 pesos, lo que le permitió realizar su sueño de abrir su propia imprenta. Captura y muerte En su ultimo panfleto Di Giovannni escribió ``Sepan Uriburu (presidente dictador argentino) y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados que sus vidas y posesiones serán quemadas y destruidas´´. Esa fue la gota que colmó el vaso. A las pocas horas de su detención (durante la cual murió una niña por una bala de la policía) de dictaminó su sentencia y fue fusilado el día siguiente, el primero de febrero de 1931. Pocas horas antes de ser fusilado pide un café dulce desde su celda. Lo rechaza al probar el primer sorbo: ``Pedí con mucha azúcar... No importa, será la próxima vez´´ dice con humor ácido. Muere fusilado al grito de Evviva l'Anarchia! (Viva la Anarquía!). Severino reposa actualmente en el Cementerio de la Chacarita. Fuente: es.wikipedia.org/wiki/Severino_di_Giovanni
Roberto Arlt "La luna roja" Nada lo anunciaba por la tarde. Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la ciudad. Olas humanas hormigueaban en los pórticos encristalados de los vastos establecimientos comerciales, o se detenían frente a las vidrieras que ocupaban todo el largo de las calles oscuras, salpicadas de olores a telas engomadas, flores o vituallas. Los cajeros, tras de sus garitas encristaladas, y los jefes de personal rígidos en los vértices alfombrados de los salones de venta, vigilaban con ojo cauteloso la conducta de sus inferiores. Se firmaron contratos y se cancelaron empréstitos. En distintos parajes de la ciudad, a horas diferentes, numerosas parejas de jóvenes y muchachas se juraron amor eterno, olvidando que sus cuerpos eran perecederos; algunos vehículos inutilizaron a descuidados paseantes, y el cielo, más allá de las altas cruces metálicas pintadas de verde, que soportaban los cables de alta tensión, se teñía de un gris ceniciento, como siempre ocurre cuando el aire está cargado de vapores acuosos. Nada lo anunciaba. Por la noche fueron iluminados los rascacielos. La majestuosidad de sus fachadas fosforescentes, recortadas a tres dimensiones sobre el fondo de tinieblas, intimidó a los hombres sencillos. Muchos se formaban una idea desmesurada respecto a los posibles tesoros blindados por muros de acero y cemento. Fornidos vigilantes, de acuerdo a la consigna recibida, al pasar frente a estos edificios, observaban cuidadosamente los zócalos de puertas y ventanas, no hubiera allí abandonada una máquina infernal. En otros puntos se divisaban las siluetas sombrías de la policía montada, teniendo del cabestro a sus caballos y armados de carabinas enfundadas y pistolas para disparar gases lacrimógenos. Los hombres timoratos pensaban: “¡Qué bien estamos defendidos!”, y miraban con agradecimiento las enfundadas armas mortíferas; en cambio, los turistas que paseaban hacían detener a sus choferes, y con la punta de sus bastones señalaban a sus acompañantes los luminosos nombres de remotas empresas. Estos centelleaban en interminables fachadas escalonadas y algunos se regocijaban y enorgullecían al pensar en el poderío de la patria lejana, cuya expansión económica representaban dichas filiales, cuyo nombre era menester deletrear en la proximidad de las nubes. Tan altos estaban. Desde las terrazas elevadas, al punto que desde allí parecía que se podían tocar las estrellas con la mano, el viento desprendía franjas de músicas, “blues” oblicuamente recortados por la dirección de la racha de aire. Focos de porcelana iluminaban jardines aéreos. Confundidos entre el follaje de costosas vegetaciones, controlados por la respetuosa y vigilante mirada de los camareros, danzaban los desocupados elegantes de la ciudad, hombres y mujeres jóvenes, elásticos por la práctica de los deportes e indiferentes por el conocimiento de los placeres. Algunos parecían carniceros enfundados en un “smoking”, sonreían insolentemente, y todos, cuando hablaban de los de abajo, parecían burlarse de algo que con un golpe de sus puños podían destruir. Los ancianos, arrellanados en sillones de paja japonesa, miraban el azulado humo de sus vegueros o deslizaban entre los labios un esguince astuto, al tiempo que sus miradas duras y autoritarias reflejaban una implacable seguridad y solidaridad. Aun entre el rumor de la fiesta no se podía menos de imaginárseles presidiendo la mesa redonda de un directorio, para otorgar un empréstito leonino a un estado de cafres y mulatillos, bajo cuyos árboles correrían linfas de petróleo. Desde alturas inferiores, en calles más turbias y profundas que canales, circulaban los techos de automóviles y tranvías, y en los parajes excesivamente iluminados, una microscópica multitud husmeaba el placer barato, entrando y saliendo por los portalones de los “dancings” económicos, que como la boca de altos hornos vomitaban atmósferas incandescentes. Hacia arriba, en oblicuas direcciones, la estructura de los rascacielos despegaba sobre cielos verdosos o amarillentos, relieves de cubos, sobrepuestos de mayor a menor. Estas pirámides de cemento desaparecían al apagarse el resplandor de invisibles letreros luminosos; luego aparecían nuevamente como “super dreadnoughts”, poniendo una perpendicular y tumultuosa amenaza de combate marítimo al encenderse lívidamente entre las tinieblas. Fue entonces cuando ocurrió el suceso extraño. El primer violín de la orquesta Jardín Aéreo Imperius iba a colocar en su atril la partitura del “Danubio Azul”, cuando un camarero le alcanzó un sobre. El músico, rápidamente, lo rasgó y leyó la esquela; entonces, mirando por sobre los lentes a sus camaradas, depositó el instrumento sobre el piano, le alcanzó la carta al clarinetista, y como si tuviera mucha prisa descendió por la escalerilla que permitía subir al paramento, buscó con la mirada la salida del jardín y desapareció por la escalera de servicio, después de tratar de poner inútilmente en marcha el ascensor. Las manos de varios bailarines y sus acompañantes se paralizaron en los vasos que llevaban a los labios para beber, al observar la insólita e irrespetuosa conducta de este hombre. Mas, antes de que los concurrentes se sobrepusieran de su sorpresa, el ejemplo fue seguido por sus compañeros, pues se les vio uno a uno abandonar el palco, muy serios y ligeramente pálidos. Es necesario observar que a pesar de la prisa con que ejecutaban estos actos, los actuantes revelaron cierta meticulosidad. El que más se destacó fue el violoncelista que encerró su instrumento en la caja. Producían la impresión de querer significar que declinaban una responsabilidad y se “lavaban las manos”. Tal dijo después un testigo. Y si hubieran sido ellos solos. Los siguieron los camareros. El público, mudo de asombro, sin atreverse a pronunciar palabra (los camareros de estos parajes eran sumamente robustos) les vio quitarse los fracs de servicio y arrojarlos despectivamente sobre las mesas. El capataz de servicio dudaba, mas al observar que el cajero, sin cuidarse de cerrar la caja, abandonaba su alto asiento, sumamente inquieto se incorporó a los fugitivos. Algunos quisieron utilizar el ascensor. No funcionaba. Súbitamente se apagaron los focos. En las tinieblas, junto a las mesas de mármol, los hombres y mujeres que hasta hacía unos instantes se debatían entre las argucias de sus pensamientos y el deleite de sus sentidos, comprendieron que no debían esperar. Ocurría algo que rebalsaba la capacidad expresiva de las palabras, y entonces, con cierto orden medroso, tratando de aminorar la confusión de la fuga, comenzaron a descender silenciosamente por las escaleras de mármol. El edificio de cemento se llenó de zumbidos. No de voces humanas, que nadie se atrevía a hablar, sino de roces, tableteos, suspiros. De vez en cuando, alguien encendía un fósforo, y por el caracol de las escaleras, en distintas alturas del muro, se movían las siluetas de espaldas encorvadas y enormes cabezas caídas, mientras que en los ángulos de pared las sombras se descomponían en saltantes triángulos irregulares. No se registró ningún accidente. A veces, un anciano fatigado o una bailarina amedrentada se dejaba caer en el borde de un escalón, y permanecía allí sentada, con la cabeza abandonada entre las manos, sin que nadie la pisoteara. La multitud, como si adivinara su presencia encogida en la pestaña de mármol, describía una curva junto a la sombra inmóvil. El vigilante del edificio, durante dos segundos, encendió su linterna eléctrica, y la rueda de luz blanca permitió ver que hombres y mujeres, tomados indistintamente de los brazos, descendían cuidadosamente. El que iba junto al muro llevaba la mano apoyada en el pasamanos. Al llegar a la calle, los primeros fugitivos aspiraron afanosamente largas bocanadas de aire fresco. No era visible una sola lámpara encendida en ninguna dirección. Alguien raspó una cerilla en una cortina metálica, y entonces descubrieron en los umbrales de ciertas casas antiguas, criaturas sentadas pensativamente. Estas, con una seriedad impropia de su edad, levantaban los ojos hacia los mayores que los iluminaban, pero no preguntaron nada. De las puertas de los otros rascacielos también se desprendía una multitud silenciosa. Una señora de edad quiso atravesar la calle, y tropezó con un automóvil abandonado; más allá, algunos ebrios, aterrorizados, se refugiaron en un coche de tranvía cuyos conductores habían huido, y entonces muchos, transitoriamente desalentados, se dejaron caer en los cordones de granito que delimitaban la calzada. Las criaturas inmóviles, con los pies recogidos junto al zócalo de los umbrales, escuchaban en silencio las rápidas pisadas de las sombras que pasaban en tropel. En pocos minutos los habitantes de la ciudad estuvieron en la calle. De un punto a otro en la distancia, los focos fosforescentes de linternas eléctricas se movían con irregularidad de luciérnagas. Un curioso resuelto intentó iluminar la calle con una lámpara de petróleo, y tras de la pantalla de vidrio sonrosado se apagó tres veces la llama. Sin zumbidos, soplaba un viento frío y cargado de tensiones voltaicas. La multitud espesaba a medida que transcurría el tiempo. Las sombras de baja estatura, numerosísimas, avanzaban en el interior de otras sombras menos densas y altísimas de la noche, con cierto automatismo que hacía comprender que muchos acababan de dejar los lechos y conservaban aún la incoherencia motora de los semidormidos. Otros, en cambio, se inquietaban por la suerte de su existencia, y calladamente marchaban al encuentro del destino, que adivinaban erguido como un terrible centinela, tras de aquella cortina de humo y de silencio. De fachada a fachada, el ancho de todas las calles trazadas de este a oeste se ocupaba de multitud. Esta, en la oscuridad, ponía una capa más densa y oscura que avanzaba lentamente, semejante a un monstruo cuyas partículas están ligadas por el jadeo de su propia respiración. De pronto un hombre sintió que le tiraban de una manga insistentemente. Balbuceó preguntas al que así le asía, mas como no le contestaban, encendió un fósforo y descubrió el achatado y velludo rostro de un mono grande que con ojos medrosos parecía interrogarlo acerca de lo que sucedía. El desconocido, de un empellón, apartó la bestia de sí, y muchos que estaban próximos a él repararon que los animales estaban en libertad. Otro identificó varios tigres confundidos en la multitud por las rayas amarillas que a veces fosforecían entre las piernas de los fugitivos, pero las bestias estaban tan extraordinariamente inquietas que, al querer aplastar el vientre contra el suelo, para denotar sumisión, obstaculizaban la marcha, y fue menester expulsarlas a puntapiés. Las fieras echaron a correr, y como si se hubiera pasado una consigna, ocuparon la vanguardia de la multitud. Adelantábanse con la cola entre las zarpas y las orejas pegadas a la piel del cráneo. En su elástico avance volvían la cabeza sobre el cuello, y se distinguían sus enormes ojos fosforescentes, como bolas de cristal amarillo. A pesar de que los tigres caminaban lentamente, los perros, para mantenerse a la par de ellos, tenían que mover apresuradamente las patas. Súbitamente, sobre el tanque de cemento de un rascacielos apareció la luna roja. Parecía un ojo de sangre despegándose de la línea recta, y su magnitud aumentaba rápidamente. La ciudad, también enrojecida, creció despacio desde el fondo de las tinieblas, hasta fijar la balaustrada de sus terrazas en la misma altura que ocupaba la comba descendente del cielo. Los planos perpendiculares de las fachadas reticulaban de callejones escarlatas el cielo de brea. En las murallas escalonadas, la atmósfera enrojecida se asentaba como una neblina de sangre. Parecía que debía verse aparecer sobre la terraza más alta un terrible dios de hierro con el vientre troquelado de llamas y las mejillas abultadas de gula carnicera. No se percibía ningún sonido, como si por efectos de la luz bermeja la gente se hubiera vuelto sorda. Las sombras caían inmensas, pesadas, cortadas tangencialmente por guillotinas monstruosas, sobre los seres humanos en marcha, tan numerosos que hombro con hombro y pecho con pecho colmaban las calles de principio a fin. Los hierros y las cornisas proyectaban a distinta altura rayas negras paralelas a la profundidad de la atmósfera bermeja. Los altos vitriales refulgían como láminas de hielo tras de las que se desemparva un incendio. A la claridad terrible y silenciosa era difícil discernir los rostros femeninos de los masculinos. Todos aparecían igualados y ensombrecidos por la angustia del esfuerzo que realizaban, con los maxilares apretados y los párpados entrecerrados. Muchos se humedecían los labios con la lengua, pues los afiebraba la sed. Otros con gestos de sonámbulos pegaban la boca al frío cilindro de los buzones, o al rectangular respiradero de los transformadores de las canalizaciones eléctricas, y el sudor corría en gotas gruesas por todas las frentes. De la luna, fijada en un cielo más negro que la brea, se desprendía una sangrienta y pastosa emanación de matadero. La multitud en realidad no caminaba, sino que avanzaba por reflujos, arrastrando los pies, soportándose los unos en los otros, muchos adormecidos e hipnotizados por la luz roja que, cabrilleando de hombro en hombro, hacía más profundos y sorprendentes los tenebrosos cuévanos de los ojos y roídos perfiles. En las calles laterales los niños permanecían quietos en sus umbrales. Del tumulto de las bestias, engrosado por los caballos, se había desprendido el elefante, que con trote suave corría hacia la playa, escoltado por dos potros. Estos, con las crines al viento y los belfos vueltos hacia las apantalladas orejas del paquidermo, parecían cuchichearle un secreto. En cambio, los hipopótamos a la cabeza de la vanguardia, buceaban fatigosamente en el aire, recogiéndolo con los golpes en vacío de sus hocicos acorazados. Un tigre restregando el flanco contra los muros avanzaba de mala gana. El silencio de la multitud llegó a hacerse insoportable. Un hombre trepó a un balcón y poniéndose las manos ante la boca a modo de altoparlante, aulló congestionado: —Amigos, ¡qué pasa, amigos! Yo no sé hablar, es cierto, no sé hablar, pero pongámonos de acuerdo. Desfilaban sin mirarle, y entonces el hombre secándose el sudor de la frente con el velludo dorso del brazo se confundió en la muchedumbre. Inconscientemente todos se llevaron un dedo a los labios, una mano a la oreja. No podían ya quedar dudas. En una distancia empalizada de fuego y tinieblas, más movediza que un océano de petróleo encendido, giró lentamente sobre su eje la metálica estructura de una grúa. Oblicuamente un inmenso cañón negro colocó su cónico perfil entre cielo y tierra, escupió fuego retrocediendo sobre su cureña, y un silbido largo, cruzó la atmósfera con un cilindro de acero. Bajo la luna roja, bloqueada de rascacielos bermejos, la multitud estalló en un grito de espanto: —¡No queremos la guerra! ¡No..., no..., no!... Comprendían esta vez que el incendio había estallado sobre todo el planeta, y que nadie se salvaría.
Transcribo algunas poesías, que se cantaban en la década de 1920. 1- Somos los que combatimos las mentiras patrioteras por que son la ruina entera de toda la humanidad, por que la patria y sus leyes son las que engendran la guerra sembrando en toda la tierra la miseria y la orfandad. Somos los que aborrecemos a todos los militares por ser todos criminales defensores del burgués, por que asesinan al pueblo sin fijarse de antemano que asesinan sus hermanos padres e hijos tal vez. Somos los que despreciamos las religiones farsantes por ser ellas las causantes de la ignorancia mundial: sus ministros son ladrones sus dioses una mentira y todos comen de arriba en nombre de la moral. Somos por fin los soldados de la preciosa Anarquía y luchamos noche y día por su pronta aparición; somos los que sin descanso entre las masas obreras propagamos por doquiera la Social Revolución. 2- La bandera azul y blanca por el suelo está rodando y en su sitio la roja, y en su sitio la roja, allí esta flameando. Y es la bandera del pueblo, la bandera más hermosa pues su insignia libertaria pues su insignia libertaria es del color de una rosa. 3- Adaptación del Himno. Viva! Viva! la Anarquía! No más el yugo sufrir coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir. Oid mortales el grito sagrado de Anarquía y Solidaridad oíd el ruido de bombas que estallan en defensa de la libertad. El obrero que sufre proclama la anarquía del mundo a través coronada su sien de laureles y a sus plantas rendido el burgúes. De los nuevos mártires la gloria sus verdugos osan envidiar la grandeza anidó en sus pechos sus palabras hicieron temblar. Al lamento del niño que grita: dame pan, dame pan, dame pan, lo contesta la tierra temblando, arrojando su lava el volcán. Guerra a muerte, gritan los obreros guerra a muerte al infame bugués, guerra a muerte, repiten los héroes de Chicago, Paríz y Jerez. Desde un polo hasta el otro resuena este grito que al burgués aterra, y los niños repiten en coro: nuestra patria burguéz, es la tierra. "Los Anarquistas expropiadores". Autor: Osvaldo Bayer.
AYER VI GANAR A LOS ARGENTINOS Roberto Arlt Ustedes dirán que soy el globero más extraordinario que ha pisado El Mundo por lo que voy a decirles: Ayer fue el primer partido de fútbol que vi en mi vida, es decir, en los veintinueve años de existencia que tengo, si no se cuentan como partidos de fútbol esos con pelota de mano que juegan los purretes y que todos, cuando menos, hemos ensayado con detrimento del calzado y de la ropa. Sí; el primer partido, de modo que no les extrañen las macanas que puedo decir. "Carnet" de Periodista Una naranja podrida reventó en el cráneo de un lonyi; cuarenta mil pañuelos se agitaron en el aire, y Ferreyra de una magnífica patada hizo el primer goal. Ni un equipo de ametralladoras puede hacer más ruido que esas ochenta mil manos que aplaudían el éxito argentino. Tanta gente aplaudía el éxito argentino. Tanta gente aplaudía tras mis orejas, que el viento desalojado por las manos zumbaba en mis mejillas. Luego, el juego decreció de entusiasmo y empecé a tomar apuntes. Aquí van ; para que se den cuenta cómo trabaja un cronista que no entiende ni medio de footbal (creo que así lo escriben los ingleses). He aquí lo que vi. Un negro que vendía un paraguas abollado para librarse del sol. Un regimiento de chicos que vendían ladrillos, cajones, tablas, naranjas, manzanas, bebidas sin alcohol, diarios, retratos de los footballistas, caramelos, etc., etc. Un jugador argentino dio una costalada, Cherro erró un goal; de pronto suenan aplausos y en la pista de "Las oficiales", más aplausos a granel. El "Torito de Mataderos", pasaba entre una barra de admiradores. Una voz grita tras mío: * Ese Evaristo está toda la tarde con la platea. (Y Evaristo fue el que hizo el segundo goal en combinación con Ferreyra). Otra naranja podrida estalla en el cráneo del mismo lonyi. Cientos de cachadores miran y se ríen. Cherro yerra otro goal y un fulano que se esconde tras de los bigotes, se lo retuerce al compás de malísimas palabras. Las gradas están negras de espectadores. Sobre estos cuarenta mil porteños, de continuo una mano misteriosa vuelca volantes que caen entre el aire y el sol con resplandores de hojas de plata. Se apelotonan jugadores uruguayos y argentinos en torno de un jugador estirado en el suelo. Fue una patada en la nuca. No hay vuelta; los deportes son saludables. Otra naranja podrida revienta en el cráneo del mismo lonyi. Ferreyra gambetea que es un contento. No hay vuelta, es el mejor jugador del equipo, con Evaristo. ¡Ferreyra solo!, gritan las tribunas, y otro: Ahí lo tienen al juego científico. Desde un techo Al sur de la cancha de San Lorenzo de Almagro, sobre Avenida la Plata, hay una fábrica con techo de dos aguas y varias claraboyas. Pues, de pronto, la gente empezó a mirar para aquel lado, y era que de las claraboyas, lo mismo que hormigas, brotaban mirones que en cuatro patas iban a instalarse en el caballete del tejado. Algo como de cinematógrafo. A todo esto el primer tiempo había terminado. Entonces, del alambrado que separa las populares de las plateas, vi despegarse al lonyi que recibía las naranjas podridas en el mate. Tenía el cogote chorreando de podredumbre, la jeta cansada de tanto estar colgado y se dejó caer en el portland del piso, con gran satisfacción de los propietarios de las naranja. Ahora el suelo quedó convertido en campamento gitano. Comencé a caminar. Había una cosa que me llamó la atención y era el agua que continuamente caía de lo alto de las tribunas. Le pregunté a un espectador por qué hacían ese regalo, y el espectador me contestó que eran ciudadanos argentinos que dentro de la constitución hacían sus necesidades naturales desde las alturas. También vi una cosa formidable, y era un montón de purretes colgados de los fierros en la parte inferior de las tribunas, es decir, del lado donde únicamente se ven los pies de los espectadores. Todos estos chicos rivalizaban en agarrarle las piernas a una espectadora para ellos invisible. Al margen del fútbol Seguí caminando, pensando en los espectáculos que la suerte me había deparado ver por primer vez en mi vida, y vi un regimiento de mujercitas de aspecto poco edificante acompañadas de la barra de sus "maridos". Habían hecho rueda en asientos de diarios y tragaban salame de caballo y mortadela de burro. El ruidoso trabajo de masticación era acompañado de una continua repetición de tragos de un brebaje misterioso que tenían encerrado en un porrón. Luego tropecé con una brigada de forajidos que vendían ladrillos, no para tirárselos a los jugadores, parece que para éstos se reservaban las botellas. Los ladrillos eran para servir de pedestal a los espectadores petisos. Apareció un negro arramblando con una hoja de puerta, levantó una tribuna y comenzó a vocear; "veinte centavos el asiento". Varios padres de familia subieron al palco improvisado. Avenida La Plata Salí del field, pocos minutos antes que Evaristo hiciera el segundo goal. Todas las puertas de Avenida La Plata estaban embanderadas de magníficas pebetas. ¡La pucha si hay lindas muchachas en esta Avenida la Plata! De pronto resonó el estruendo de toda una muchedumbre de aplausos; desde lo alto de la tribuna un brazo como un semáforo hizo una señal misteriosa sobre el fondo celeste, y la voz rápidamente levantó un grito en la garganta de todas las pebetas: * Ganamos los argentinos: 2 a 0. Hacía mucho tiempo que los porteños no jugaban con trepides. Los uruguayos dieron la impresión de desarrollar un juego más armónico que el de los argentinos, pero éstos aunque desordenadamente, trabajaron con lo único que da el éxito en la vida: El entusiasmo. Fuente: Transcripción propia.