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Albertino

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Derechos y Humanos
InfoporAnónimo8/6/2008

Además de "El Silencio es Salud", siniestro mensaje que, en esos tiempos debía ser entendido "calláte o sos boleta", los publicistas que trabajaban para la dictadura habían elaborado otra frase igualmente siniestra, ésta última con motivo de la visita de una Comisión Investigadora en la materia Derechos Humanos enviada por la O.N.U. Esa frase, repetida hasta el hartazgo por los medios, las calcomanías en los vidrios de los autos, etc. decía "Los Argentinos somos Derechos y Humanos". Si alguno lo creyó, o aún lo sigue creyendo, aquí tienen ésta noticia y la reacción, la sincera reacción proveniente del fondo oscuro y sucio de su alma, de una "Derecha y Humana".No me agradezcan "por el aporte": el asco es gratis. Primera condena a represores en Corrientes: penas de entre 18 años y prisión perpetuaRecayeron sobre 4 ex militares que habían actuado en el Regimiento de Infantería 9 de esa provincia durante la última dictadura. Un quinto acusado, el ex suboficial de Gendarmería Carlos Piriz, fue absuelto.Cuatro condenados –incluyendo uno a prisión perpetua- y un absuelto. Ese fue el saldo de la primera condena en un juicio en la provincia de Corrientes contra ex militares por violaciones a los derechos humanos, en una causa por la represión ilegal en el Regimiento de Infantería 9. Los militares condenados son el teniente coronel Julio Rafael Barreiro (prisión perpetua), el ex capitán y ex titular de la Sociedad Rural de Corrientes Juan Carlos de Marchi (25 años), el teniente coronel Horacio Losito (25 años) y el ex comandante de Gendarmería Raúl Alfredo Reynoso (18 años de prisión). Otro de los acusados, el ex suboficial Carlos Piriz fue absuelto por el Tribunal Oral en los Criminal Federal presidido por Víctor Antonio Alonso e integrado además por Lucrecia Rojas de Badaró y Guillermo Navarro. La absolución de Piriz fue festejada en la sala por Cecilia Pando, esposa del mayor Rafael Mercado y defensora de la represión ilegal en la última dictadura. La mujer también reaccionó airadamente e insultó a los jueces a viva voz con una de las condenas.El juicio oral y público se había iniciado el 5 de febrero del presente año y es el primero que se realizó en la provincia por crímenes de lesa humanidad. El expediente tuvo como principales casos las desapariciones de Juan Ramón Vargas, dirigente de las Ligas Agrarias, y Rómulo Gregorio Artieda, militante de la Juventud Peronista. http://www.clarin.com/diario/2008/08/06/um/m-01731350.htm

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Ataque a la Libertad de Prensa
InfoporAnónimo8/12/2008

Estamos acostumbrados, mal acostumbrados, a que nuestro país y los otros países de la región ( salvo Colombia que es casi un Estado Libre Asociado ) sea evaluado casi permanentemente por entidades extranjeras de todo tipo: pública, privadas, ligadas a intereses económicos o políticos concretos y explícitos, "independientes" ( o sea, iguales que las anteriores pero donde dice "explícito" debe leerse "implícito" ), Universidades, organizaciones no gubernamentales, etc. Todas ellas se dedican a evaluar distintos indicadores políticos, económicos, sociales, de gestión gubernamental, etc. para elaborar "rankings" en los que, en general, los países de la región salen bastante mal parados. Otro rasgo común que tienen esos "estudios" es que rara vez son realizados sobre el país que suele ser sede o financista de tales entidades. Un botón de muestra sobre el tratamiento que recibe la Libertad de Prensa por parte del Gobierno del Gran País del Norte, que confirma una vez más que la primera víctima de una guerra es la verdad. EE.UU. castiga la difusión de fotos de soldados muertos en irak La cruda verdad de la cámara El comando militar de EE.UU. expulsó de Irak a un fotógrafo independiente por haber difundido en internet imágenes de un ataque contra tropas norteamericanas. En la guerra de Irak sólo mueren iraquíes. Ésa parece ser la regla tácita del Departamento de Defensa de Estados Unidos, que desde el inicio de la invasión a Irak, en 2003, controla férreamente las imágenes tomadas en el frente de batalla. Sobre todo las que demuestran que los soldados norteamericanos también sufren y mueren, y no siempre en un acto de gloria militar. La difusión online de una foto que muestra a marines muertos en un atentado suicida, le valieron a Zoriah Miller, un fotógrafo freelance de 32 años, la expulsión inmediata del territorio iraquí. En 2006 Miller recibió autorización militar para acompañar a un batallón de marines en Fallujah, a 70 km al oeste de Bagdad. Un día, en lugar de seguir a los soldados a una reunión con autoridades locales en la alcaldía de Garma, decidió sumarse a otra unidad que realizaba un patrullaje de rutina. Mientras caminaban por las calles oyeron una explosión: un atacante suicida se había inmolado en la alcaldía. Al llegar al lugar del atentado, Miller se encontró con una escena atroz, en la que se veían los restos de las 20 personas destrozadas por la explosión. “Mientras corría vi cuerpos desmembrados... un trozo de cráneo con pelos, huesos astillados”, dice Miller. “Uno de los marines que había corrido conmigo empezó a vomitar. Otros estaban parados ahí, sin saber qué hacer. Era completamente surreal”. Las imágenes tomadas por Miller circularon por la base militar y no fueron objetadas por ninguno de los compañeros de los soldados muertos. Por eso decidió subirlas a su página web, junto con fotos de la vida cotidiana de las tropas. Poco después Miller recibió una carta del Comando de Marina que daba por terminada su acreditación en Irak y le impedía el acceso a cualquier otra base militar norteamericana. http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=9785

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Para leer en Vacaciones: un fragmento de A. Laiseca
ArteporAnónimoFecha desconocida

Les propongo que lean éste fragmento de "La Mujer en la Muralla" de Alberto Laiseca. Como no tengo el "medidor de escritores" a mano, no puedo afirmar que lo suba porque el autor sea un "gran escritor argentino contemporáneo", pero sí puedo decir que lo hago porque me gustó, y por eso lo pongo a consideración de la comunidad de Taringa. La imagen es de "Kuan Yu, guerrero chino" y es la primera que apareció en Google. El libro, al menos en la edición que yo compré ( porque me gustó tanto el capítulo I que se reproduce a continuación que me compré el libro ) no tiene figuritas ni ilustraciones. Saludos y que lo disfruten. "La mujer en la muralla", de Alberto Laiseca LA CAÍDA DEL REY NAN EL REY NAN SE DESPERTÓ SOLO, naturalmente. ¿Quién iba a despertarlo si sus sirvientes habían huido? Siempre fue un hombre muy animoso que por las mañanas revisaba decenas de expedientes, aun cuando ello no tuviera utilidad alguna ya que sus órdenes no se cumplían, incluso en aquella época. Obligábase a ello para evitar desmoralizaciones, propias y ajenas. Siempre se levantó de un salto, el último soberano de la dinastía Chou. El protocolo establecía que su sueño fuese interrumpido por el Mandarín del Despertar. Éste lo hacía, en efecto, claro que con miles de cuidados y gestos de disculpas: agitaba una campanilla de jade en su oreja, si esto no daba resultado apelaba a una campanilla más grande, y luego a otra aún mayor, hasta llegar a la súper, gigante y de bronce, idónea para príncipes parranderos y remolones. Como es lógico, aquel instrumento de broncíneo acento no podía usarse así como así: este acto dramático requería poco menos que una consulta de Estado. Se recordaban por lo menos tres casos de Mandarines del Despertar que debieron —absolutamente horrorizados y lívidos— poner en funciones tan fastidioso e impopular instrumento. Uno de los Mandarines fue enterrado vivo. Otro debió padecer el suplicio de la Arena del Viento de Mongolia y el tercero sufrió la legendaria Muerte de las Mil Heridas, ya citada por Confucio. Esta última constituye un fin de naturaleza tan atroz que evitaré detallarlo, a fin de que el lector no se horrorice por anticipado. Claro que todo esto no ocurrió con el rey Nan sino con otros monarcas Chou, sus predecesores; en primer lugar porque Nan siempre fue muy humano y jamás dio suplicio sin motivos o por un arrebato o un ataque de furia inspirado por faltas insignificantes (ni siquiera lo daba, muchas veces, cuando el otro lo merecía de sobra). En segundo lugar digamos que tenía el sueño muy ligero y acostumbraba levantarse solo, sin ayuda del Mandarín del Despertar, ni del de la Primera Colación, ni del Horóscopo del Día, ni de la Lectura de las Audiencias, ni del Ayudante de las Babuchas Imperiales u otras estupideces. Tales protocolos le parecían estúpidos, al menos. Sus faltas contra el ceremonial de la madrugada le trajeron no pocos problemas. "El ritual abastece al príncipe en su concordia. Lo calma, lo comunica con los ancestros y así es como éstos pueden ayudarlo", decían sus Consejeros. Y él: "Qué tontería. Aunque tengan algo de razón igual estoy en desacuerdo. Si mi destino es ser ayudado lo seré de todas formas. Los tiempos se aceleran. El enemigo se acerca". "Justo por eso, mi Señor. Más que nunca debes tener la calma que otorga el ritual. No procedas como un bárbaro que lo primero que toca es su espada, no bien se despierta. Las armas pierden su filo con el transcurso del día. ¿No es más prudente acercarse a ellas por la tarde, para que así su poder se conserve intacto?" Pero él, con frialdad: "Ordena que traigan mis expedientes". Y ahora, por fin había llegado su mañana postrera. Ya nadie lo importunaría por no haber esperado a la campanilla de jade. La Cámara Real de Nan estaba casi vacía pero cubierta de azul: tal el cromatismo de las losas del piso y de la seda que ocultaba las paredes. Sólo su cama era roja y parecía una cuevita o la caparazón de una tortuga. Esto es: la cama constaba en la parte superior de una suerte de dosel cóncavo, de madera, como ella, semejante a la defensa de un gliptodonte. En el centro del techo de la cámara, pintado, un fénix de oro: tan diminuto que para distinguirlo hubiera sido preciso treparse a un taburete. El azul descansa, el rojo potencia, el fénix protege. Ahora, en el extremo de su vida, el rey Nan se despertó por última vez. Como siempre le costó salir de su gliptodonte. Miró el fénix y se vistió de prisa. Los ladrones no se habían animado a entrar en la cámara, aunque nada demasiado valioso hubieran podido encontrar en ella, pero Nan no ignoraba que el resto del Palacio, a estas horas, estaría totalmente desvalijado. Salió al corredor gigantesco lleno de columnas y dragones. Ni risas de mujeres ni órdenes lejanas de guardias. ¿Qué se había hecho del cuchicheo de los eunucos, siempre charlatanes? El Palacio estaba tan desierto que parecía Gobi. Sobre el pavimento, Nan pudo ver sangre, ropas tiradas, porcelana rota y hasta el cabo de una lanza sin su punta de hierro. Muy cerca, a la derecha del ancho pasillo, se abría la puerta policromada del sector de las concubinas. La tarde anterior, antes de encerrarse en su aposento, el Emperador habló con sus mujeres a fin de explicarles la situación. Los ejércitos de Chou habían sido derrotados y las tropas de Chau Siang, Rey de Ch'in, se acercaban. Ignoraba si la intención del enemigo era tomar Lo, la Capital, pero esto era lo de menos: la dinastía estaba muerta. "No esperen clemencia. Ustedes, como mis esposas, serán maltratadas y usadas como pasto de tropa. Quizá las maten o las vendan como esclavas. A nada las obligo. La que quiera escapar al Este, y así sobrevivir un tiempo más, puede hacerlo. Yo permaneceré aquí, pero nadie tiene por qué acompañarme a los Torrentes Amarillos (1). Quedan, como mis guardias y asistentes, liberadas del servicio. Sólo les recomiendo que tomen su decisión cuanto antes. Dejo veinte monedas de oro a cada una y mis últimos veinte hombres, que se harán matar con tal de abrirles paso hasta Chou Oriental. Allá gobierna mi pariente, pero no se hagan ilusiones pues él también está en grave peligro y su caída es sólo cuestión de tiempo. Les digo adiós y que el Cielo las acompañe." Cuando Nan terminó de hablar el escándalo estalló entre las mujeres. Algunas daban gritos, otras lloraban; las menos permanecían en silencio, pálidas, de rodillas y mirando el suelo. Una de estas últimas, Ciruelo Dorado, era joven y hermosa. Levantó el rostro, miró a Nan y le pidió sin aspavientos ni lágrimas: "Déjame permanecer contigo". Ciruelo Dorado era su favorita y, al ver su rostro de niña, él siempre se conmovia. La sola idea de suponerla muerta lo ponía loco, de modo que ideó una estratagema a fin de salvarla: "En mi hora final no necesito mujeres. Esta noche dormiré solo". Dio media vuelta y se marchó raudo, a fin de que su rostro no denunciara la debilidad. Ciruelo Dorado, impenetrable, miró el diminuto fénix del techo de las concubinas. Esa mañana, al ver la puerta de madera polícroma del gineceo, decidió entrar a fin de verificar si alguna se había quedado ganándose el derecho a morir con su Emperador. Pero tuvo una horrible sorpresa: Ciruelo Dorado y otras siete se habían quitado la vida. Ternura, horror y culpa. Por salvarlas perdió la felicidad final de morir juntos. Qué omnipotencia pensar que los demás siempre obrarán como uno espera. Una tos discreta, a su espalda, lo hizo volver. Era Li, su último mago fiel. Éste entendía todo sin preguntas y dijo, luego de una respetuosa reverencia: —Mi Señor. ya nada puedes hacer aquí. Salgamos al jardín pues quiero hablarte. —Li. Ella, anoche... Ciruelo Dorado me dijo que deseaba quedarse, pero yo creí que podía... —Cuando uno trata de mejorar ciertos destinos sólo consigue complicarlos. Vámonos de este sitio, te lo suplico. Las puertas del Palacio estaban abiertas y también las del muro externo. El pasto de los jardines había sido cortado pocas jornadas atrás pero era tal la sensación de abandono, en aquel desolado erial, que el espejismo de imaginarios yuyos se levantaba entre las junturas de las losas, al pie de las plantas frutales, los pinos y los macizos de flores. Nan y Li cruzaron un pequeño puente sobre un arroyuelo y desembocaron en una pequeña pradera esplendorosa. La persistencia enjoyada del pasto debíase a que los ladrones y la gente entrada en pánico no lo habían pisoteado. No por respeto, ciertamente, sino debido a una superstición. Las residencias reales, en China, siempre fueron descentralizadas. Los reyes europeos, y también muchos asiáticos, ordenaron para su gloria la erección de grandes edificios compactos, con cientos de habitaciones y poderosas murallas, capaces de resistir un asedio. En tal sentido se dan la mano los palacios asirios y egipcios, babilónicos e ingleses. Los chinos, en cambio, más individualistas y respetuosos de los distintos estadios del alma (que, a veces, desea estar sola), construyeron para sus Emperadores sistemas arquitectónicos discontinuos. Para ellos era inconcebible que las mujeres, los guardias, los eunucos, el Museo, las armas y el Tesoro Real estuviesen confundidos en el mismo edificio con el Hijo del Cielo, en un mazacote único, promiscuo, sin flores y sin belleza. Ríos artificiales y pequeños puentes separaban las distintas partes del todo. Si en el Palacio Imperial del último Chou el dormitorio del soberano era contiguo con el recinto de las concubinas, ello se debió a una orden de Nan a sus arquitectos. Darles tanta importancia y jerarquía a las mujeres, tanta como para desear tenerlas excesivamente cerca, fue una decisión muy criticada por los cortesanos. De todos los puentes que salían de la residencia propia de Nan, sólo uno estaba reservado con exclusividad al soberano. Por una curiosa superstición, muy difícil de explicar, los mismos que no se hicieron matar por él y que incluso robaron sus pertenencias en la huida respetaron en cambio el imperial Puente del Fénix. Como nadie pasó por allí, la pequeña pradera esplendorosa de la cual hablamos pudo salvarse de la destrucción. Nan y Li se sentaron sobre el pasto. El mago había traído una diminuta caja de madera, en cuya tapa corrediza estaba grabado el símbolo Yin—Yang rodeado por los ocho trigramas del Pa Kua, y un envoltorio más voluminoso. Dejando la cajita a un lado procedió a desenvolver el paquete grande. —Traje un poco de comida de mi casa, pues imaginé que en tu Palacio tan enorme los cobardes no habrían dejado ni un puñado de trigo con gorgojos. A ver. Veamos qué tenemos aquí: verduras en salmuera, arroz con pollo, el Huevo Chino de los Cien Años y algo de vino. Te propongo que comamos sin más ceremonias. —Li peroraba a fin de distraerlo. No quería que el Hijo del Cielo muriese domesticado por el dolor. Miró de reojo a su Rey y prosiguió: Estás muy silencioso, mi Señor. Quizá te ofende que haya violado el protocolo. —Ciruelo Dorado, pobrecita... ¿Por qué me habrá querido tanto, si no soy más que un viejo? —Y no era la única en quererte. Otras siete se mataron con ella. —Es cierto. Aun ahora soy inhumano. No tendrán funerales, pobres hermosas, ni tableta ancestral que las recuerde. —Hazles funerales dentro de ti. Que tu propio corazón sea la tableta con ideogramas. —Pronto arrasarán el Panteón de los Chou. Yo mismo padeceré en el otro mundo por falta de ofrendas, recién ahora se me ocurre. —No es que te recomiende que lo hagas, pero es mi obligación recordarte que aún puedes huir al Este. Tengo caballos. —Si huyo a Chou Oriental quedaré transformado en un Emperador irrisorio. Caeré cada vez más bajo. Cuando los Imperios cambian su Capital es porque ha llegado el fin de la dinastía. Bonito espectáculo daría yo, huyendo, cuando hasta mis mujeres han tenido el valor de matarse. Estos cobardes han huido porque creen que Ch'in tomará Lo. Yo no lo creo. La reserva como postre, para cuando tome todo Chou, incluyendo la parte del Este. Más allá de la pradera esplendorosa, donde reposaban Nan y Li cruzando un riacho y al lado de un macizo de flores amarillas pisoteadas, al aire libre pero frente a la puerta del Museo, podían verse unos objetos cilíndricos de basalto negro: los famosos tambores de piedra de la dinastía Chou. Eran rocas con más o menos la apariencia de tambores. Allí estaban grabados setecientos ideogramas que daban cuenta de cierta expedición de caza que realizó un Emperador quinientos cincuenta años antes de Nan. Esta expedición había sido importante, y sobre todo lo fue consignarla, pues así como se caza se guerrea. Las palabras comenzaban a borrarse pero aún eran legibles. Mientras Li partía el Huevo Chino de Cien Años en partes iguales, dijo Nan luego de tomar un sorbo de vino: —Si no fuera por lo que pesan, esos bandidos se hubiesen llevado hasta los tambores de piedra. —No te preocupes: ya se los llevarán los Ch'in a su Museo de la Guerra —comentó Li con indiferencia, tendiéndole la mitad del Huevo. —Los Ch'in. Pensar que seis siglos atrás uno de mis antepasados nombró Duque de Ch'in a un tal Fei Tzi, que no era otra cosa que un caballerizo. Sin duda mi antecesor no se soñaba que los descendientes de ese hombre se tragarían a Chou como el gusano devora la manzana. Incluso es probable que el buen rey Chau Siang corte la cabeza de mi cadáver para construirse con ella una copa y tomar vino. Éstas son algunas de las bonitas costumbres que tomaron de los Hsiang Nu, los Hu y otros bárbaros. —Si quieres puedo quemar tu cabeza para que Chau no pueda darse ese gusto. —No, nada de eso. No lo prives de ese placer. Después de todo se lo ha ganado. Ch'in esperó seiscientos años este glorioso momento. Pienso, en cambio, crearle una preocupación menor con los Nueve Tripodes Sagrados (2). Hace tres días los saqué de Lo. Al fin, claro, caerán en sus manos, pero lo hago para molestarlo. En ese instante, del Oeste al Este pasó volando una grulla negra. El rostro de Nan ensombreció: —Es la Grulla de Ch'in. Li echó un rápido vistazo al ave y siguió comiendo y tomando cortos sorbos de vino sin hacer comentarios. Nan prosiguió: —Me parece que por primera vez veo las cosas. Sonidos, colores. Con la realidad de los sueños pero mejor, pues aquí soy dueño de mi persona. —¿Por qué "la realidad de los sueños"? —Porque los sueños son violentos y reales, pero te dominan. Y este sitio es tan verdadero como un sueño pero incomparablemente superior. Durante cincuenta y ocho años he sido un Emperador de fantasía, que ni siquiera fue Rey... —Has sido un gran Rey y quizás el más noble de todos los Emperadores Chou. —Pero no tenía poder verdadero y mis órdenes no se cumplían. Todo me salió mal y, aparte, el Dragón Negro de los Ch'in está muy alto en el Cielo. Pero no es de esto que deseaba hablarte. Por más Emperador de pacotilla que yo haya sido lo fui durante cincuenta y ocho años, y con las mismas obligaciones y servicios que un verdadero Hijo Celestial. Nunca tuve una mañana para mí. No hemos sido campesinos ni tú ni yo, Li. —Yo sí. —Ah: es verdad que tú vienes del Ducado de Lu, lo mismo que Confucio. —Y fui muy pobre. Hasta que tú me elevaste, mi Señor. —Me olvidé. Han pasado tantos años. Pena que no fui campesino. Lamento no saber qué es la expectativa de levantarse cada mañana y ver el bosque. Sus sonidos y colores. Ya no podré hacerlo. Es una lástima. —Si te sirve de consuelo te diré que el campesino tampoco puede. No tiene tiempo. —No lo había pensado. El campesino es una de las cosas que nunca miré. —El Rey (o quizás Emperador) Nan se quedó meditando. Luego preguntó: —¿Entonces nadie tiene tiempo de ver el bosque, en China? —Solamente los poetas. Esos que algunos tontos llaman desocupados, ociosos e inservibles. Por eso siempre sostuve que el Estado debe protegerlos, para que alguien pueda ver y oír. Dicen que las montañas no cambian, pero es mentira. Sí que cambian. La montaña respira y su mole se mueve. Las aguas del Wei no son las mismas hoy que ayer. ¿Cómo van a saber, las personas de dentro de dos o tres mil años, la forma que tenía un árbol mientras vivían los Chou? La poesía es la historia secreta de nuestro país. Nan miró el sol que seguía subiendo. —¿Qué harías tú, Li, si yo te ordenase viajar al Oriente y salvar tu vida? —Sentiría mucha pena porque nunca desobedecí una orden de mi Emperador. Me aterra la posibilidad de terminar toda una vida de servicio con un acto tan reprochable. Nan suspiró. —Podríamos aún concedernos dos horas para hablar de las cosas buenas que vivimos: de las sopas de tortuga y nido de golondrina, de las codornices cocidas en queso, de las hierbas aromáticas y los picantes, de la infancia y los juegos del amor... —recordó de pronto a Ciruelo Dorado y a las otras siete—. Pero todo ello haría más difícil la tarea inevitable. Es preciso entonces no vacilar y endurecer el corazón. Li asintió y procedió a tomar la cajita de madera que tenía grabados el Pa Kua y el símbolo Yin—Yang. Corrió la tapa mostrándole al Rey Nan su interior: —Hay aquí dos perlas negras, tal como puedes ver. Las obtuve de las amapolas (3). Son una sustancia muy particular, que sirve para curar, apagar el dolor o viajar a los Torrentes Amarillos sin dificultades ni molestias. Caerás en un sueño cada vez más profundo. Al principio raro pero placentero. Después aparecerán algunos monstruos, pero no temas: no es más que la vida, ansiosa de seguir viviendo y que se defiende. Por último aparecerán en lontananza las Nueve Cisternas, señal de que falta poco. Para ese entonces la vida habrá dejado de luchar y los Torrentes te conducirán en forma placentera hacia el fondo. Toma esta perla y bébela con un poco de vino. —Nan se apresuró a obedecerlo. Luego Li prosiguió:— Mientras esperamos... aguarda un instante a que yo tome la otra... te contaré un cuento. Es uno que inventé para mi hijo, que cuando era pequeño tenía mucho miedo a la muerte. Tú ya seguramente recuerdas que murió catorce años atrás, como oficial tuyo, combatiendo contra Ch'in (4) ¡Cómo los derrotamos en aquella ocasión! Pero eran otros tiempos. El cuento se llama El Fantasma y el Dragón. Un hombre perdió la vida y su espectro dirigióse a los Torrentes Amarillos. Caminó y caminó por un páramo desolado, con cenizas de un metro de alto. Luego de vadear la ceniza se encontró con la horrenda Catarata que, oro y espectral, se precipitaba desde una enorme elevación. Parte de la ceniza del camino caía en copos, revoloteando como la nieve. El hombre, para cumplir con su muerte, se arrojó. Tardó cien años en llegar al fondo, tan profundo es ese abismo. Abajo encontró un dragón que acababa de morir. Empezaron a caminar juntos hasta el Castillo de los Muertos, donde los esperaba el Prinape Yen. Hacía mucho frío. —Li vio de reojo que Nan, con los ojos cerrados, temblaba levemente—, y debieron atravesar ríos de mercurio a cuyas márgenes crecían plantas de piedra. Caminaron días y días. El dragón se limitaba a mirarlo cada tanto, pero sin responder a ninguno de sus comentarios. Caminaron meses y meses. El hombre empezó a cansarse de tanto silencio. "Oye, dragón, ¿por qué no me hablas? Después de todo estás tan muerto como yo." El dragón lo observó con lástima y afecto. Se ve que no podía hablar. Caminaron años y años. El Castillo de los Muertos estaba cada vez más cerca. El umbral de la entrada solo era más alto que las montañas de la cordillera Tsinglin. "Pronto deberemos trepar el altísimo umbral y aún no te has dignado dirigirme la palabra. Quisiera saber, por ejemplo, los motivos de tus cambios de color. Cuando te encontré eras azul. Luego, al marchar, te tornaste negro, verde, rojo. Ahora eres como de plomo, con partículas doradas. ¿Cuál es el misterio?" —Nan ya estaba inmóvil.— El dragón parecía a punto de hablar, pero justo en ese momento se oyeron tres fuertes golpes que conmovieron todo, hasta el Castillo de los Muertos. Las partículas doradas del dragón crecieron hasta ocupar su cuerpo, que se hizo de oro esplendente, como en fragua. El hombre despertó en su cama. A un lado vio a su mujer llorando de alegría y a cierto médico taoísta. "Estuviste sin sentido durante tres días y muerto por completo durante un minuto", dijo el médico. "Felizmente, luego de golpearte tres veces en el pecho, logré mutar el dragón a tiempo." Y le mostró un vaso lleno de líquido dorado. Cuatro días más tarde el hombre trabajaba otra vez en el arrozal. Li auscultó a Nan y pudo verificar que el Hijo del Cielo estaba muerto. El mago, tal su intención, había tragado una falsa perla, inofensiva e inocua. Ahora, ya cumplido el servicio, sacó de entre sus ropas el opio verdadero y se apuró a tragarlo con la ayuda de un poco de vino. El anciano Rey Chau Siang, de Ch'in, no tomó Lo, capital de Chou. Tal como Nan había predicho la "reservaban como postre": todo Chou cayó siete años después de la muerte de Nan Hwang, el último Emperador Chou. En cuanto a los Trípodes Sagrados de los Shang, que estuvieron nueve siglos en manos de la dinastía Chou, fueron capturados por Ch'in en el año 255 antes de la era cristiana (uno después del suicidio del glorioso rey Nan). (1) Los Torrentes Amarillos o Las Nueve Fuentes Arnarillas: el Mundo de los Muertos, para los antiguos chinos. (2) Los Nueve Trípodes Sagrados eran de bronce y fueron fabricados durante la dinastía Shang. En ellos estaban grabados los rnapas del Imperio y sus nueve divisiones. Los Chou los conservaron novecientos años en su poder, pues representaban el poder imperial. Quien no tenía los Trípodes no era reconocido como Hijo del Cielo. (3) La introducción del opio, en China, es muy posterior a la muerte del rey Nan. El mago Li, con seguridad, descubrió la droga por su cuenta. En su casa tenía arnapolas para sus magias. (4) Si bien el Emperador Nan no se involucró directamente en ese conflicto, envió oficiales a luchar, disimuladamente, contra Ch'in. Este último Estado advirtió a Nan que la repetición de tales acciones bélicas encubiertas desembocaría en guerra franca.

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El Monstruo de la Laguna Negra
ArteporAnónimoFecha desconocida

Antes del cable, la video y la PC, cuando la televisión era en blanco y negro y los canales solamente 4 ( o 5 si podías captar el Canal 2 de La Plata ), en las tardes del sábado en Canal 11 ( hoy "Telefé" ) se brindaba a la mente infantil una fuente inagotable de material para la fantasía, la imaginación y las pesadillas: era un ciclo llamado "Cine de Súper Acción". Daban por lo general, alguna de vaqueros, alguna de "monstruos" o de "platos voladores", alguna "de romanos" ( películas italianas con patovicas haciendo de "Hércules" o de "Sansón" o de cuánto forzudo hubiera en la mitología ) y algún policial. Uno de mis monstruos preferidos era éste: Aquí les paso un pequeño estudio sobre la "Trilogía del Monstruo de la Laguna Negra", siglos antes de la de "El Señor de los Anillos". Espero que les guste. El monstruo de la laguna negra: una trilogía monstruosa En medio de una época de temor radiactivo y avidez de monstruos, la Criatura de la Laguna extiende su zarpa. Fabián Cepeda La década del ’50 caracterizó al cine por una marcada preponderancia de películas del género de terror y ciencia ficción. El continuo avance de la tecnología permitió filmar todo tipo de extravagancias varias imposibles de realizarse antes, hechas mucho más creíbles utilizando sofisticados efectos especiales, y también gracias a logrados maquillajes. Las tres películas que tuvieron a la Criatura de la Laguna Negra como protagonista dejaron huella imborrable en los espectadores de entonces, fuera ya por sus probados argumentos como por lo original y distintivo de la figura, y, en una gran parte, gracias a la atractiva ayuda otorgada por la entonces novedosa pantalla tridimensional (3-D). Esta propuesta visual, que brindaba a los espectadores una ilusión de profundidad y relieve en las imágenes mediante la utilización de lentes especiales, no duró mucho. Ya a fines de 1953 las continuas quejas de las personas que alegaban fuertes mareos y dolores de cabeza luego de estar expuestos a una proyección de una hora, indujeron un temprano final a esta fascinante novedad cinematográfica. Pero la trilogía que nos ocupa hizo excelente uso de ese jugoso proceso y, sumado al atractivo de sus contenidos, una firme mano directiva, una cuidada producción, la agradable fotografía en brillante Technicolor y un promedio regular de buenas actuaciones, el material alcanzó el éxito esperado, superándolo con creces. Cómo era la Criatura La criatura de la Laguna Negra fue el resultado palpable de un experimento científico, y no un sombrío ser sobrenatural como los que abundaban en los argumentos de ese entonces. Aunque ha sido descripta como mitad humano y mitad pez, o un eslabón perdido anfibio, muchos amantes del cine la consideran una especie de saurio. A diferencia de muchos de su antecesores “reptílicos” que aparecieron en, por ejemplo, The Lost World (El mundo perdido, 1925), este nuevo exponente de la creatividad cinematográfica fue un animal atractivamente blindado, e inteligentemente diseñado como una figura de sorprendente arquitectura biológica. Las garras palmeadas de la criatura le acrecentaban sus habilidades para nadar, a la vez que le permitían capturar pequeños animales, y podía causar severo daño (o matar) a ejemplares más grandes. Una formación dentada que le recorría la espalda y le llegaba hasta los muslos fortalecía su apariencia, a la vez que ensombrecía su aspecto. Esta estructura servía para darle estabilidad en el agua, y al mismo tiempo actuaba como un radiador natural que contribuía a mantener una temperatura corporal constante. Para su defensa contra ataques, estaba provista de escamas superpuestas que le creaban una especie de escudo flexible en su torso, brazos y piernas. Su cabeza tipo yelmo, cruzada por dos líneas de branquias, le permitía - gracias a su formato aerodinámico- deslizarse rápidamente a través del agua. Respecto de sus pies, éstos también poseían bordes palmeados como sus garras, pero además cada uno estaba provisto de una pequeña ala dentada situada en cada talón, que funcionaba como sensor y la habilitaba para mantenerse balanceada cuando debiera caminar por algún terreno. Esta abominación era una perfecta fantasía cuyas cualidades estéticas y anatómicas la transformaron en un material óptimo para ser explotado en películas destinadas a pegar fuerte en la taquilla (embellecida por el adecuado uso de la tercera dimensión), y prontamente se transformó en un ser supremo del cine de ciencia ficción, especialmente durante este corto reinado de esta modalidad de cine, munida de anteojos de colores y proyectores estereoscópicos. La Trilogía En la primer película de la trilogía, Creature From the Black Lagoon (El monstruo de la Laguna Negra, 1954), dirigida por Jack Arnold, un paleontólogo desentierra una monstruosa mano prehistórica en la cuenca del Amazonas, por lo que rápidamente se forma una expedición para buscar el resto del fósil. Los exploradores, liderados por el ictiólogo David Reed (Richard Carlson) y el contratista Mark Williams (Richard Denning) se toparán con mucho más de lo que esperaban: un ser lleno de escamas devenido en soberano de un submundo acuático llamado Laguna Negra. La criatura se enfurece al advertir la invasión, pero se obsesiona con una bella mujer, Kay (Julia Adams), miembro del grupo explorador. En una escena que quedó para la posteridad, cuando la mujer nada en las aguas de la laguna, la criatura, debajo de la superficie, imita sus movimientos y la sigue, como tratando de descubrir a una hembra de su especie al emular sus ademanes. Abundan imágenes de gran belleza, sobre todo bajo el agua. En las escenas submarinas, columnas de burbujas y diversas variedades de peces van y vienen continuamente hacia la cara del espectador, aprovechando la magia del 3-D. La segunda de las películas, Revenge of the Creature (El regreso del monstruo, 1955) también dirigida por Arnold, tiene un argumento más prosaico, ya que la intención inicial se centra en los preparativos para la captura de la criatura en un afluente del Amazonas, su transportación a un oceanario de Florida, su subsiguiente entrenamiento y tormento en el cautiverio y su posterior escape. Esta vez, la criatura se siente atraída hacia la bella Helen Dobson (Lori Nelson), y debe lidiar con los avances de dos científicos que buscan domesticarla de cualquier forma, Clete Ferguson (John Agar) y Joe Hayes (John Bromfield). Harta de los malos tratos y llena de desilusión, la criatura se las arregla para escaparse de su prisión, y logra adentrarse en el mar. Esta secuela no fue tan exitosa como su predecesora, pero el director Arnold supo imprimirle su inconfundible sello, al plagarla de escenas nocturnas de realismo inquietante y un uso de sombras más que singular. Aunque también filmada en 3-D, la película fue exhibida mayormente en pantalla plana, ya que para 1955, año de su estreno, la tercera dimensión ya había perdido su atrapante encanto. Y el tercer envío de la serie, titulado The Creature Walks Among Us (no estrenada comercialmente en cines en Argentina pero exhibida en televisión como EL MONSTRUO VENGADOR, 1956) no estuvo a la altura de los que lo antecedieron, aunque, a decir de muchos, fue injustamente criticada. Si bien carecía del atractivo tridimensional, el argumento era débil y las apariciones de la taquillera criatura eran menores en número, se debe rescatar la riqueza de imágenes que abundan por doquier, gracias a la experta mano del director, John Sherwood, un ex-alumno de Arnold. En esta secuela, la criatura sufre graves quemaduras, que debilitan su “caparazón”, y los médicos que la controlan, el Dr. William Barton (Jeff Morrow) y el especialista genético Dr. Thomas Morgan (Rex Reason) descubren asombrados que bajo las escamas existe un frágil animal dolorido y lastimado, que respira con dificultad. En el resto de los 78’, la criatura hará lo imposible para volver a su hábitat natural, el agua, la que él sabe, podrá curar sus heridas y regenerar su capa branquial protectora. Y la escena final, en la que la criatura parece saborear el paisaje acuático al que ha llegado luego de muchas penurias, considerándolo su paraíso particular, ha quedado en los anales de la historia del cine de ciencia ficción. Conclusión El gran éxito alcanzado por estas películas motivó, como era de esperarse, innumerables copias del personaje, manteniendo una estructura casi idéntica y con pocas modificaciones. Bastará revisar los argumentos y los monstruos de The Phantom from 10,000 Leagues (El fantasma de las 10.000 leguas, 1956) o los de The Monster of Piedras Blancas (El monstruo de Piedras Blancas, 1958) entre muchas otras para advertir de inmediato de dónde salieron los conceptos y las ideas para filmar esas películas. La popularidad adquirida fue tal que en varias oportunidades se planeó filmar una “remake” oficial de las películas, pero todos los intentos quedaron como proyectos no realizados. Hasta en los ’80 tanto el director Jack Arnold como la productora, Universal, se entusiasmaron con la idea, desistiendo a último momento. Hoy por hoy, la trilogía (y especialmente la criatura) gozan de un merecido culto, explotado en las formas más diversas: existen posters de las películas, muñecos de la criatura, videos de los filmes y documentales acerca de su filmación, libros y revistas especializados en ciencia ficción y hasta kits completos de sus personajes más recordados. Esta comercialización parece demostrar que, quizás en un futuro no tan lejano, la criatura podrá reencarnarse en algún proyecto de filmación novedoso, y podrá, así, salir nuevamente de su querido pantano para volver a asustarnos -y deleitarnos- una vez más. CREATURE FROM THE BLACK LAGOON El monstruo de la Laguna Negra Productora: UNIVERSAL-INTERNATIONAL PICTURES; Estreno USA: 18/02/1954; Estreno Argentina: 30/09/1954; Guión: Harry Essex y Arthur A. Ross; Idea original: Maurice Zimm; Música: Robert Emmett Dolan, Henry Mancini, Milton Rosen, Hans J. Salter y Herman Stein; Fotografía: William E. Snyder y Charles S. Welbourne; Edición: Ted J. Kent; Dirección artística: Hilyard M. Brown y Bernard Herzbrun; Decorados: Ray Jeffers y Russell A. Gausman; Vestimentas: Rosemary Odell; Maquillaje: Bud Westmore, Robert Hickman, Jack Kevan y Chris Mueller; Sonido: Joe Lapis y Leslie I. Carey; Producida por William Alland; Dirigida por Jack Arnold; en 3-D; Technicolor; Duración: 79'. Intérpretes: Richard Carlson (Dr. David Reed), Julia Adams (Kay Lawrence), Richard Denning (Dr. Mark Williams), Antonio Moreno (Dr. Carl Maia), Nestor Paiva (Lucas, Capitán del Rita), Whit Bissell (Edwin Thompson), Bernie Gozier (Zee), Henry A. Escalante (Chico), Perry López (Tomás), Sydney Mason (Dr. Matos), Rodd Redwing (Louis, capataz de la expedición), Ricou Browning (la criatura, en agua), Ben Chapman (la criatura, en tierra), Ginger Stanley (doble de Julia Adams), Al Wyatt, Sr. (doble de riesgo). REVENGE OF THE CREATURE El regreso del monstruo Productora: UNIVERSAL-INTERNATIONAL PICTURES; Estreno USA: 30/11/1955; Estreno Argentina: 01/06/1956; Guión: William Alland y Martin Berkeley; Música: William Lava, Frank Skinner, Henry Mancini, Milton Rosen, Hans J. Salter y Herman Stein; Fotografía: Charles S. Welbourne; Edición: Paul Weatherwax; Dirección artística: Alexander Golitzen y Alfred Sweeney; Decorados: Julia Heron y Russell A. Gausman; Vestimentas: Rosemary Odell; Maquillaje: Bud Westmore; Sonido: Jack A. Bolger Jr. y Leslie I. Carey; Producida por William Alland; Dirigida por Jack Arnold; en 3-D; Technicolor; Duración: 82'. Intérpretes: John Agar (Profesor Clete Ferguson), Lori Nelson (Helen Dobson), John Bromfield (Joseph Hayes), Nestor Paiva (Capitán Lucas), Grandon Rhodes (Jackson Foster), Dave Willock (Lou Gibson), Robert B. Williams (George Johnson), Charles R. Cane (Capitán de policía), Perry López (Tomás), Robert Nelson (Dr. McCuller), Brett Halsey (Pete, adolescente asesinado por el monstruo), Robert F. Hoy (Charlie), Bob Wehling (Joe, hombre con linterna), Don C. Harvey (ayudante de Joe), Diane DeLaire (Srita. Abbott, entrenadora de chimpancés), Ned Le Fevre (empleado en Instituto), Clint Eastwood (técnico laboratorista), Jack Gargan (Skipper), Sydney Mason (anunciante), Mike Doyle, Charles Gibb y Charles Victor (agentes de policía), Loretta Agar (mujer en el bote), Ginger Stanley (chica secuestrada por el monstruo), Don House (lugareño), Ricou Browning (la criatura, en agua), Tom Hennesy (la criatura, en tierra). THE CREATURE WALKS AMONG US Productora: UNIVERSAL-INTERNATIONAL PICTURES; Estreno USA: 28/12/1956; Guión: Arthur A. Ross; Música: Irving Gertz, Henry Mancini, Heinz Roemheld, Hans J. Salter y Herman Stein; Fotografía: Clifford Stine y Maury Gertsman; Edición: Edward Curtiss; Dirección artística: Alexander Golitzen y Robert Emmet Smith; Decorados: John P. Austin y Russell A. Gausman; Vestimentas: Jay A. Morley Jr.; Maquillaje: Bud Westmore; Sonido: Robert Pritchard y Leslie I. Carey; Producida por William Alland; Dirigida por John Sherwood; Technicolor; Duración: 78'. Intérpretes: Jeff Morrow (Dr. William Barton), Rex Reason (Dr. Thomas Morgan), Leigh Snowden (Marcia Barton), Gregg Palmer (Jed Grant), Maurice Manson (Dr. Borg), James Rawley (Dr. Johnson), David McMahon (Capitán Stanley), Paul Fierro (Sr. Morteno), Lillian Molieri (Sra. Morteno), Larry Hudson (terrateniente), Frank Chase (Steward), Ricou Browning (la criatura, en agua), Don Megowan (la criatura, en tierra). James Jackson Jr. (doble de Palmer), Al Wyatt Sr. (doble de riesgo). Fuente ( Laguna Negra ): http://www.cinefania.com/terroruniversal/index.php?id=111

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Philip K. Dick. Inventor de Realidades Parte II
ArteporAnónimoFecha desconocida

Aquí les va la segunda parte de "La Fé de Nuestros Padres" de Philip K. Dick, bajado de ésta página argentina dedicada a su obra y su vida. Saludos. link a "La Página Preservadora": http://www.sadrac.com.ar/webs/phildick/ —En el discurso de esta noche, el Líder se dirigió a usted en especial —dijo la señorita Lee—. ¿No le sonó extraño? ¿Usted entre todos? Un funcionario menor de un pobre Ministerio. —Lo admito —dijo—. Me dio esa impresión, sí. —Era auténtico. Su Excelencia está preparando una elite de hombres jóvenes, de posguerra; espera que infunda nueva vida a la jerarquía fanática y moribunda de vejestorios y mercenarios del Partido. Su Excelencia lo eligió a usted por la misma razón que nosotros: si prosigue su carrera en forma correcta, ésta lo llevará a la cúspide. Al menos por un tiempo..., por lo que sabemos. Esas son las perspectivas. »Así que prácticamente todos confían en mí —pensó Chien—. Salvo yo mismo; y mucho menos después de la experiencia con el rapé antialucinógeno. Eso había sacudido años de confianza. Sin embargo, empezaba a recuperar la serenidad; al principio lentamente, luego de golpe. Fue hasta el videófono, alzó el receptor y comenzó a marcar el número de la Policía de Seguridad de Hanoi, por segunda vez en esa noche. —Entregarme sería la segunda decisión regresiva que usted puede hacer —dijo la señorita Lee—. Les diré que me trajo aquí para sobornarme; usted pensaba que por mi posición en el Ministerio yo sabría qué examen escrito elegir. —¿Y cuál fue mi primera decisión regresiva? —preguntó él. —No tomar una dosis mayor de fenotiacina —dijo llanamente la señorita Lee. Mientras colgaba el videófono, Chien pensó: «No entiendo lo que me está pasando. Hay dos fuerzas: por un lado el Partido y Su Excelencia... por el otro esta muchacha con su supuesto grupo. Uno quiere hacerme ascender lo más posible dentro de la jerarquía del partido; el otro...» ¿Qué quería Tanya Lee? Por debajo de las palabras, dentro de una membrana de desdén casi trivial por el Partido, el Líder, los esquemas éticos del Frente Democrático Unido del pueblo: ¿qué pretendía ella respecto a él? —¿Es usted anti-Partido? —preguntó con curiosidad. —No. —Pero... —hizo un gesto—. Eso es todo lo que existe: Partido y anti-Partido. Usted debe de ser del Partido, entonces. —La miró a los ojos, perplejo; ella le sostuvo la mirada con serenidad—. Ustedes tienen una organización y se reúnen. ¿Qué pretenden destruir? ¿El funcionamiento normal del gobierno? Son como los estudiantes desleales de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, cuando detenían a los trenes de tropas, hacían demostraciones... —No era así —dijo la señorita Lee con tono cansado—. Pero olvídelo; ese no es el tema. Lo que queremos saber es esto: ¿quién qué nos está dirigiendo? Debemos avanzar lo suficiente como para enrolar a alguien, un joven técnico en ascenso del Partido, que pueda llegar a ser invitado a una entrevista personal con el Líder, ¿comprende? —Su voz se hizo apremiante; consultó el reloj, era obvio que estaba ansiosa por partir: casi habían pasado los quince minutos—. En realidad, hay muy pocas personas que ven al Líder. Quiero decir verlo verdaderamente. —Está recluido —dijo él—. Por su avanzada edad. —Tenemos esperanzas de que si usted pasa la prueba fraguada que le han preparado, y con mi ayuda lo hará, será invitado a una de las reuniones que el Líder convoca de vez en cuando, de las que por supuesto no informan los periódicos. ¿Entiende ahora? —Su voz se hizo aguda, en un frenesí de desesperación—. Entonces sabríamos. Si usted puede entrar bajo la influencia de la droga antialucinógena, podrá enfrentar cara a cara lo que él es realmente... Pensando en voz alta, Chien dijo: —Y terminar con mi carrera como servidor público. Y quizá también con mi vida. —Usted nos debe algo —estalló Tanya Lee, con las mejillas blancas—. Si yo no le hubiera dicho qué texto escoger habría elegido el equivocado y su carrera de servidor público habría terminado de cualquier manera. Habría fallado... ¡fallado en una prueba que ni siquiera sabía qué se pretendía con ella! —Tenía un cincuenta por ciento de posibilidades a mi favor —dijo él con suavidad. —No. —La muchacha sacudió la cabeza con furia—. El texto herético está adulterado con un montón de jerga partidista; elaboraron los dos escritos deliberadamente para atraparlo. ¡Quieren que usted falle! Chien examinó otra vez los textos, confundido. ¿Tenía ella razón? Era posible. Probable. Conociendo como conocía a los funcionarios, y en particular a Tso-pin, su superior, aquello sonaba convincente. Se sintió cansado. Derrotado. Luego dijo a la muchacha: —Lo que están tratando de obtener de mí es un quid pro quo. Ustedes hicieron algo por mí: consiguieron, o pretenden haber conseguido, la respuesta para esta consulta del partido. Pero ya cumplieron con su parte. ¿Qué puede impedirme que la eche de aquí de mal modo? No estoy obligado a hacer absolutamente nada. Oyó su propia voz, monótona, con la pobreza de énfasis emocional típica de los círculos del Partido. La señorita Lee dijo: —Mientras usted siga subiendo en la escala jerárquica, habrá otras consultas. Y las controlaremos también para usted en esos casos. Estaba tranquila, serena; era obvio que había previsto su reacción. —¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo? —Ahora me voy. No tenemos prisa; usted no va a recibir una invitación a la villa del Río Amarillo del Líder ni la semana próxima ni el mes próximo. —Mientras se dirigía a la puerta y la abría, hizo una pausa—. Nos pondremos en contacto con usted a medida que le den las pruebas de clasificación camufladas; le suministraremos las respuestas: se encontrará con uno o más de nosotros en esas ocasiones. Lo más probable es que no sea yo; ese veterano de guerra incapacitado le venderá las hojas con las respuestas correctas cuando usted salga del edificio del Ministerio. —Le brindó una sonrisa breve, como una vela que se apaga—. Pero uno de estos días, seguramente en forma inesperada, recibirá una invitación formal, elegante y oficial para ir a la villa del Líder, y cuando lo haga irá bien sedado con estelacina... quizá la última dosis de nuestra ya escasa provisión. Buenas noches. La puerta se cerró tras ella: había partido. «Pueden chantajearme por lo que he hecho —pensó—. Y ni siquiera se molestó en mencionarlo; visto y considerando en lo que están implicados, no valía la pena hacerlo. Ya había informado a la patrulla de la Polseg que le habían dado una droga que resultó ser una fenotiacina. Así que ellos lo saben. Me vigilarán; estarán alerta. Técnicamente, no he violado ninguna ley, pero... estarán vigilando... Sin embargo, siempre vigilan, de un modo u otro.» Se relajó un poco pensando en eso. Con el paso de los años se había acostumbrado, como todos. «Veré al Benefactor Absoluto del Pueblo como es —se dijo—. Cosa que posiblemente nadie haya hecho. ¿Qué será? ¿Cuál de las subclases de imágenes no alucinatorias? Clases que ni siquiera conozco... una visión que puede abrumarme por completo. ¿Cómo voy a mantener la calma y el equilibrio durante esa noche, si es como la forma que vi en la pantalla del televisor? El Triturador, el Chirriante, el Pájaro, el Tubo Trepador, el Tragón... o algo peor.» Se preguntó en qué consistían algunas de las otras visiones... y luego abandonó ese tipo de especulación; era improductiva. Y provocaba ansiedad. A la mañana siguiente, el señor Tso-pin y el señor Darius Pethel lo encontraron en su oficina, ambos tranquilos pero expectantes. Sin decir una palabra, les tendió uno de los dos «exámenes escritos». El ortodoxo, con su breve y angustioso poema árabe. —Este es obra de un dedicado miembro o candidato a miembro del Partido —dijo con firmeza—. El otro... —arrojó las hojas restantes sobre el escritorio—. Basura reaccionaria. —Se sentía furioso—. A pesar de una superficial... —Está bien, señor Chien —dijo Pethel, asintiendo—. No necesitamos explorar todas y cada una de las ramificaciones; su análisis es correcto. ¿Oyó que anoche el Líder lo mencionó en su discurso televisivo? —Por supuesto que sí —dijo Chien. —Entonces sin duda habrá deducido que hay algo muy importante implicado en lo que estamos intentando —dijo Pethel. El Líder está interesado en usted; eso es evidente. Para ser más precisos, se ha comunicado conmigo al respecto. —Abrió su atestado portafolios y revolvió en su interior—. Extravié el maldito asunto. De todos modos... —Miró a Tso-pin, que asintió levemente—. A Su Excelencia le agradaría verlo en la cena que ofrecerá el próximo jueves por la noche en la villa del Río Yangtsé. Sobre todo, la señora Fletcher aprecia... —¿La señora Fletcher? —dijo Chien—. ¿Quién es la señora Fletcher? Luego de una pausa Tso-pin dijo con voz seca: —La esposa del Benefactor Absoluto. El verdadero nombre de Su Excelencia, que sin duda usted no habrá oído nunca, es Thomas Fletcher. —Es un caucásico —explicó Pethel—. Procede del Partido Comunista Neozelandés; participó en la difícil lucha por el poder en ese país. Esta información no es secreta en sentido estricto, pero por otra parte no se ha divulgado. —Titubeó, jugueteando con cadena de su reloj—. Probablemente sea mejor que la olvide. Desde luego, apenas se encuentre con él cara a cara lo advertirá, se dará cuenta de que es un caucásico. Como yo. Como muchos de nosotros. —La raza no tiene nada que ver con la lealtad hacia el Líder y el Partido —señaló Tso-pin—. El señor Pethel es un ejemplo. «Su Excelencia engaña —pensó Chien—. Sobre la pantalla de televisión no parecía ser occidental.» —En la televisión... —comenzó a decir. —La imagen es sometida a una complicada serie de retoques habilidosos —interrumpió Tso-pin—. Por motivos ideológicos. La mayor parte de las personas que ocupan altos puestos lo saben. Y clavó en Chien una mirada de dura crítica. «Así que todos están de acuerdo —pensó Chien—. Lo que vemos todas las noches no es real. La cuestión es: ¿hasta qué punto es irreal? ¿Parcialmente? ¿O completamente?» —Estaré preparado —dijo con rigidez. «Ha habido un fallo —pensó—. El grupo que representa Tanya Lee no esperaba que yo consiguiera entrar tan pronto. ¿Dónde está el antialucinógeno? ¿Podrán alcanzármelo o no? Es probable que no, con tan poco tiempo.» Extrañamente, se sintió aliviado. Iba a presentarse ante Su Excelencia en una situación que le permitiría verlo como ser humano, verlo como él (y todos los demás) lo veían en la televisión. Sería una cena partidista estimulante y alegre, con algunos de los miembros más influyentes del Partido en Asia. «Creo que podremos pasarlo bien sin las fenotiacinas», se dijo. Y su sensación de alivio aumentó. —Por fin la encontré —dijo Pethel de pronto, extrayendo un sobre blanco del portafolios —Su tarjeta de entrada. Usted viajará en sino-cohete hasta la villa del Líder el jueves por la mañana; allí el oficial de protocolo lo instruirá acerca de cómo debe comportarse. Se trata de una cena de etiqueta, con corbata blanca y frac, pero la atmósfera será cordial. Siempre hay brindis en abundancia. He asistido a dos reuniones semejantes. —Emitió una sonrisa chillona—. El señor Tso-pin no ha sido honrado de la misma forma. Pero como dicen, todo llega para quien sabe esperar. Ben Franklin lo dijo. —Para el señor Chien la ocasión ha llegado de modo bastante prematuro —dijo Tso-pin. Se encogió de hombros filosóficamente. Pero nunca solicitaron mi opinión. —Otra cosa —le dijo Pethel a Chien—. Es posible que cuando vea a Su Excelencia en persona se sienta desilusionado en ciertos aspectos. Esté atento para que no se note, si esos son sus sentimientos. Siempre nos hemos inclinado, y hemos sido educados para eso, a considerarlo como algo más que un hombre. Pero en la mesa es... un tonto malicioso. En algún sentido, como nosotros mismos. Por ejemplo, puede dar rienda suelta a un aspecto moderadamente humano de actividad oral agresiva y pasiva; quizá cuente una broma fuera de lugar o beba demasiado... Para ser francos, nadie sabe por anticipado cómo terminarán esas reuniones, pero por lo general duran hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Así que sería sensato que acepte la dosis de anfetaminas que le ofrecerá el oficial de protocolo. —¿Cómo? —dijo Chien. Aquello era algo nuevo e interesante. —Para la tensión nerviosa. Y para equilibrar los efectos de la bebida. Su Excelencia tiene un poder de resistencia admirable; a menudo sigue en pie y ansioso por continuar cuando todos los demás han abandonado. —Un hombre notable —intervino Tso-pin—. Creo que sus... excesos sólo demuestran que es un compañero magnífico. Y completo; es como el hombre ideal del Renacimiento: como Lorenzo de Médicis, por ejemplo. —Sí, eso es lo que uno piensa —confirmó Pethel. Escrutó a Chien con tanta intensidad, que éste volvió a sentir el temor de la noche pasada. «¿Me están llevando de trampa en trampa? —se preguntó—. Aquella muchacha; ¿era en realidad un agente de la Polseg, poniéndome a prueba, buscando en mí una veta desleal, antipartidista?» Se las arregló para esquivar al vendedor sin piernas de remedios vegetales al salir del trabajo; volvió al departamento por un camino totalmente distinto. Tuvo éxito. Evitó al vendedor ese día, y también al día siguiente, y así hasta el jueves. El jueves por la mañana, el vendedor ambulante salió como un bala de abajo de un camión estacionado y le obstruyó el camino enfrentándolo. —¿Mi medicina? —preguntó el vendedor—. ¿Le sirvió? Sé que lo hizo; la fórmula viene de la dinastía Sung... podría asegurar que surtió efecto. ¿No es así? —Déjeme —dijo Chien. —¿Tendría la bondad de contestarme? —El tono no era el lloriqueo esperado, clásico de un vendedor callejero operando en forma marginal; y ese tono llegó con fuerza a Chien; lo oyó alto y claro... según el dicho proverbial de las tropas títeres imperialistas. —Sé lo que me dio —dijo Chien—. Y no quiero más. Si cambio de idea puedo comprarlo en una farmacia. Gracias. Empezó a caminar, pero el carrito, con su ocupante sin piernas, lo persiguió. —La señorita Lee estuvo hablando conmigo —dijo el vendedor en voz alta. —Ajá —dijo Chien, y aumentó en forma automática la marcha distinguió un taxi y empezó a hacerle señas. —Esta noche va a asistir a la cena de la villa del Río Yang —dijo el vendedor, jadeando por el esfuerzo de mantener el ritmo de marcha—. ¡Tome la medicina... ahora! —Implorante, tendió un envoltorio—. Por favor, Miembro del Partido Chien por su propio bien, por el de todos nosotros. Así podremos saber contra qué luchamos. Buen Dios, podría ser algo extraterrestre ese es nuestro principal temor. ¿No comprende, Chien? ¿Qué su maldita carrera comparada con eso? Si no podemos averiguarlo... El taxi frenó sobre el pavimento; su puerta se abrió. Chien empezó a abordarlo. El paquete pasó junto a él, aterrizó sobre el borde inferior de la puerta, luego se deslizó hacia la alcantarilla, mojada por la lluvia reciente. —Por favor —dijo el vendedor—. Y no le costará nada; hoy es gratis. Sólo agárrelo, úselo antes de la cena. Y no utilice las anfetaminas; son un estimulante talámico, contraindicado cuando se toma un depresivo de las adrenales como la fenotiacina... La puerta del taxi se cerró tras Chien, y éste se sentó. —¿Adónde vamos, camarada? —preguntó el mecanismo robot de conducción. Le dio la chapa con el número que indicaba su departamento. —Ese mercachifle imbécil se las arregló para introducir su mugrienta mercancía en mi inmaculado interior —dijo el taxi—. Fíjese. Está junto a su zapato. Chien vio el paquete; era sólo un sobre de aspecto común. «Supongo que es así como las drogas llegan a uno», pensó; de pronto estaba allí. Se quedó inmóvil por un momento. Luego lo levantó. Como en la primera vez, un papel escrito acompañaba al producto, pero vio que ahora estaba escrito a mano. Una letra femenina: de la señorita Lee: «Nos sorprendió por lo repentino. Pero gracias al cielo estábamos preparados. ¿Dónde se encontraba el martes y el miércoles? De todos modos, aquí lo tiene y buena suerte. Me pondré en contacto con usted durante la semana; no quiero que trate de localizarme.» Le prendió fuego a la nota y la hizo arder en el cenicero del taxi. Y se quedó con los gránulos negros. «Durante todo este tiempo —pensó—. Alucinógenos en nuestra agua corriente. Año tras año. Décadas. Y no en tiempo de guerra sino de paz. Y no de parte del enemigo sino de nuestro propio campo. Quizá debiera tomar esto; quizá debiera averiguar qué es él o eso y dejar que el grupo de Tanya Lee lo sepa.» Lo haré, decidió. Y además... tenía curiosidad. Una emoción perniciosa, lo sabía. Sobre todo en las actividades del Partido la curiosidad era un estado de ánimo que podía poner punto final a su carrera. Un estado de ánimo que por el momento lo invadía por completo. Se preguntó si duraría hasta la noche, si inhalaría en realidad la droga cuando llegara el instante preciso. El tiempo lo diría. Eso y todo lo demás. Como lo expresaba el poema árabe, «somos capullos en flor sobre la llanura, donde los elige la muerte». Trató de recordar el resto del poema, pero no pudo. Tal vez no tuviera importancia. El oficial de protocolo de la villa, un japonés llamado Kimo Okubara, alto y fornido, sin duda un ex luchador, lo examinó con hostilidad innata, incluso luego de haberle presentado su invitación grabada y demostrarle en forma fehaciente su identidad. —Me sorprende que se haya molestado en venir —murmuró Okubara—. ¿Por qué no quedarse en casa y mirar la TV? Nadie le echa de menos. Hasta ahora lo pasamos bien sin usted. —Ya he mirado la televisión —dijo Chien, envarado. Y, de todos modos, rara vez se televisaban las cenas del Partido; eran demasiado indecentes. La pandilla de Okubara lo cacheó dos veces en busca de armas incluyendo la posibilidad de un supositorio anal, y luego le devolvieron la ropa. Sin embargo, no encontraron la fenotiacina. Porque ya la había tomado. Sabía que los efectos de dicha droga duraban unas cuatro horas. Era más que suficiente. Y tal como Tanya le había dicho, era una dosis fuerte. Se sentía perezoso, inepto y mareado, la lengua se le movía en espasmos, en un falso mal de Parkinson, un efecto secundario desagradable que no había previsto. A su lado pasó una muchacha, desnuda a partir del pecho, con largo cabello cobrizo cayéndole sobre los hombros y la espalda. Interesante. Una muchacha desnuda a partir de las nalgas apareció en sentido opuesto. Interesante, también. Las dos parecían desocupadas y aburridas, y completamente dueñas de sí mismas. —Usted también debe entrar así —informó Okubara a Chien. Alarmado, Chien dijo: —Tenía entendido que debía llevar corbata blanca y frac. —Es broma —dijo Okubara—. Sólo las muchachas van desnudas. Hasta puede llegar a disfrutarlo, a menos que sea homosexual. «Bueno —pensó Chien—, supongo que será mejor que me guste.» Comenzó a vagar entre los demás invitados. Usaban corbata blanca y frac, como él, y las mujeres vestidos largos de noche, y se sintió ansioso, a pesar del efecto tranquilizante de la estelacina. «¿Por qué estoy aquí?», se preguntó. No se le escapaba la ambigüedad de su situación. Estaba allí para adelantar en su carrera dentro del aparato del Partido, para obtener el gesto de aprobación íntimo y personal de Su Excelencia... Y por otro lado estaba allí para demostrar que Su Excelencia era un engaño. No sabía qué tipo de engaño, pero lo era: un engaño contra el Partido, contra todos los pueblos democráticos y amantes de la paz de la Tierra. Siguió mezclándose con la gente. Una muchacha de pechos pequeños, brillantes, iluminados, se acercó a pedirle fuego. Sacó el encendedor con gesto abstraído. —¿Qué es lo que hace resplandecer sus pechos? —le preguntó—. ¿Inyecciones radiactivas? La muchacha se encogió de hombros y no dijo nada. Pasó por su lado, dejándole solo. Sin duda había actuado en forma incorrecta. Quizá se tratase de una mutación de la época de la guerra, estimó. —¿Una copa, señor? Un sirviente le tendió una bandeja con elegancia. Aceptó un martini (que era el trago de moda entre las clases altas del Partido en China Popular) y probó el sabor seco y helado. Un buen gin inglés. O posiblemente la mezcla original holandesa; con enebro o algo así. No estaba mal. Siguió avanzando, sintiéndose mejor. En realidad, la atmósfera del lugar le resultaba agradable. Aquí la gente tenía confianza en sí misma. Habían triunfado y ahora podían relajarse. Evidentemente, era un mito que estar cerca de Su Excelencia producía ansiedad neurótica: al menos allí no veía el menor indicio, y él mismo apenas la sentía. Un hombre calvo, maduro y fornido lo detuvo por el simple procedimiento de apoyar su copa contra el pecho de Chien. —La pequeña que le pidió fuego —dijo el hombre, y resopló—. La tipa con los pechos como adornos navideños... era un muchacho, de compañía —soltó una risita—. Aquí hay que tener cuidado. —¿Y dónde puedo encontrar mujeres auténticas, si es que las hay? —preguntó Chien—. ¿Entre las corbatas blancas y los fracs? —Muy cerca —dijo el hombre, y partió con un tropel de invitados hiperactivos, dejando a Chien a solas con su martini. Una mujer alta, elegante, bien vestida, que estaba de pie cerca de Chien, le agarró de pronto el brazo con la mano; Chien sintió que los dedos de la mujer se tensaban y ella le decía: —Ahí viene Su Excelencia. Es la primera vez que lo veo. Estoy un poco asustada. ¿Tengo bien el pelo? —Espléndido —dijo Chien, pensativo, y siguió la mirada de la mujer para ver por primera vez al Benefactor Absoluto. Lo que cruzaba la habitación hacia la mesa del centro no era un hombre. Y Chien advirtió que tampoco se trataba de un aparato mecánico. No era lo que había visto en la televisión. Evidentemente, aquello era un sencillo dispositivo para emitir discursos, así como Mussolini había utilizado un brazo artificial para saludar los desfiles largos y tediosos. «Dios —pensó, y se sintió enfermo—. ¿Era esto lo que Tanya llamaba el «horror acuático»?» No tenía forma. Ni pseudópodos de carne o metal. En cierto sentido no estaba allí. Cuando lograba mirarlo de frente, la forma se desvanecía. Veía a través de ella, veía la gente al otro lado: pero no la forma en sí misma. Su embargo, si giraba un poco la cabeza y la miraba de lado, la captaba y podía determinar sus limites. Era terrible; lo abrumó de horror. A medida que avanzaba absorbía la vida de cada persona; devoró a la gente allí reunida, siguió su camino, volvió a comer, siguió comiendo con un apetito insaciable. Aquello odiaba. Chien sentía su odio. Aquello aborrecía. Chien sentía cómo aborrecía a todos los presentes: en realidad, él compartía su aborrecimiento. De repente, Chien y todos los que estaban en la enorme villa eran cada uno una babosa retorcida, y por encima de los caparazones de babosa caídos, la criatura saboreaba, se demoraba, pero siempre yendo hacia él: ¿o era una ilusión? «Si esto es una alucinación —pensó Chien—, es la peor que he tenido en mi vida. Si no lo es, entonces es una realidad maligna. Es algo maligno que mata y lastima.» Vio el rastro de sobras de hombres y mujeres pisoteados, amasados que el ser dejaba a su paso; los vio tratando de reponerse, de actuar con sus cuerpos tullidos: oyó cómo trataban de hablar. «Sé quién eres —pensó Tung Chien—. Tú, el caudillo supremo de la estructura mundial del Partido. Tú, que destruyes cuanto objeto viviente tocas. Comprendo aquel poema árabe, la búsqueda de las flores de la vida para comerlas: te veo montado a horcajadas sobre la llanura que para ti es la Tierra, una llanura sin profundidades ni alturas. Vas a todas partes, apareces en cualquier momento, devoras todo. Edificas la vida y luego la engulles, y disfrutas al hacerlo. Eres Dios.» —Señor Chien —dijo la voz que venía del interior de su cráneo y no del espíritu sin boca que se iba formando directamente ante él—. Me alegra volver a verle. Usted no sabe nada. Váyase. Usted no me interesa. ¿Por qué tendría que importarme el barro? Barro. Estoy atascado en él. Debo excretarlo, y así lo hago. Puedo destrozarlo, señor Chien. Incluso puedo destrozarme a mí mismo. Debajo de mí hay rocas filosas. Desparramo objetos con puntas agudas por encima del pantano. Hago que los sitios ocultos, profundos, hiervan como en una marmita. Para mí el mar es como un pote de ungüento. Las partículas de mi carne están unidas a todo. Usted es yo. Yo soy usted. No importa, como no importa si la criatura de pechos encendidos era una muchacha o un muchacho. Uno puede aprender a disfrutar de cualquiera de los dos. Se rió. Chien no podía creer que le estuviera hablando. No podía imaginar —era demasiado terrible— que le hubiera elegido a él. —Los he elegido a todos —dijo aquello—. Nadie es demasiado pequeño. Cada uno cae y muere y yo estoy allí para contemplarlo. Sólo necesito contemplar. Es automático. Fue dispuesto de ese modo. Y entonces dejó de hablarle. Se autodisgregó. Pero Chien lo seguía viendo. Sentía su presencia múltiple. Era un globo que colgaba en la habitación, con cincuenta mil ojos, con un millón de ojos..., miles de millones. Un ojo para cada ser viviente mientras esperaba que cada ser cayera, y luego lo pisoteaba cuando yacía debilitado. Había creado los seres para eso, y Chien lo sabía. Lo comprendía. Lo que en el poema árabe parecía ser la muerte no era la muerte sino Dios. O, mejor dicho, Dios estaba muerto, aquello era una fuerza, un cazador, una entidad caníbal, y fallaba una y otra vez, pero como tenía toda la eternidad por delante podía permitirse fallar. Advirtió que era como en los dos poemas. También el de Dryden. La gastada procesión. Eso es nuestro mundo y tú lo estás fabricando. Urdiéndolo para que así sea. Amarrándonos. «Pero al menos me queda mi dignidad», pensó. Con dignidad abandonó su copa, se dio vuelta, caminó hacia las puertas del salón y pasó a través de ellas. Caminó por un largo vestíbulo alfombrado. Un sirviente de la mansión, vestido de púrpura, le abrió una puerta. Se encontró de pie afuera, en la oscuridad de la noche, en una galería, solo. Pero no estaba solo. El ser lo había seguido. O ya estaba allí antes de que él llegara. Sí, lo había estado esperando. En realidad no había terminado con él. —Allá voy —dijo Chien, y se precipitó sobre la baranda. Estaba en un sexto piso, y abajo brillaba el río, y la muerte, la verdadera muerte, no lo que había vislumbrado el poema árabe. Mientras trataba de saltar, aquello apoyó una extensión de sí mismo sobre su hombro. —¿Por qué? —dijo Chien. Pero se detuvo, intrigado y sin comprender nada. —No caigas por mí —dijo. Chien no podía verlo porque se había colocado detrás de él. Pero lo que estaba apoyado sobre su hombro... había comenzado a parecerse a una mano humana. Y entonces el ser rió. —¿Qué hay de gracioso? —preguntó Chien, mientras se balanceaba sobre la baranda, sostenido por la falsa mano. —Estás haciendo mi trabajo —dijo—. No estás esperando. ¿No tienes tiempo para esperar? Te escogeré entre los demás. No necesitas acelerar el proceso. —¿Y qué pasa si lo hago por repulsión a ti? El ser rió y no contestó. —Ni siquiera me lo vas a decir —dijo Chien. Tampoco esta vez hubo respuesta. Comenzó a deslizarse hacia atrás, hacia la galería. Y la presión de la falsa mano se aflojó de inmediato. —¿Tú fundaste el Partido? —preguntó Chien. —Fundé todo. Fundé el anti-Partido y el Partido que no es un partido, y los que están a favor de él y los que están en contra, los que tú llamarías Yanquis Imperialistas, los del campo reaccionario, y así hasta el infinito. Fundé todo. Como si fueran hojas de hierba. —¿Y estás aquí para disfrutarlo? —Lo que quiero es que me veas como soy, como me has visto, y que luego confíes en mí —dijo el ser. —¿Qué? ¿Confiar en ti para qué? —preguntó Chien temblando. —¿Crees en mí? —Sí. Puedo verte. —Entonces vuelve a tu empleo en el Ministerio. Cuéntale a Tanya Lee que soy un anciano gastado, obeso, que bebe mucho y pellizca el trasero de las muchachas. —Oh, Cristo —dijo Chien. —Mientras sigas viviendo, incapaz de detenerte, te atormentaré —dijo aquello. —Te quitaré partícula por partícula todo lo que posees o deseas. Y cuando estés destrozado hasta la muerte te revelaré un misterio. —¿Cuál es el misterio? —Los muertos vivirán, los vivos morirán. Yo mato lo que vive, salvo lo que ha muerto. Y te diré esto: hay cosas peores que yo. Pero no te encontrarás con ellas porque para entonces te habré matado. Ahora regresa al salón y prepárate para la cena. No cuestiones lo que estoy haciendo. Hacía lo mismo antes de que existiera alguien llamado Tung Chien y lo seguiré haciendo mucho después de que deje de existir. Chien lo golpeó con la máxima fuerza posible. Y experimentó un intenso dolor en la cabeza. Y oscuridad, con una sensación de caída. Luego, otra vez oscuridad. «Te alcanzaré —pensó—. Me ocuparé de que tú también mueras. De que sufras. Vas a sufrir, como nosotros, exactamente del mismo modo. Volveré a enfrentarte, y te sujetaré con clavos. Juro por Dios que te crucificaré contra algo. Y dolerá. Tanto como me duele a mí ahora.» Cerró los ojos. Lo sacudían con rudeza. Y oía la voz de Kimo Okubara. —Deténgase, borracho. ¡Vamos! Sin abrir los ojos, dijo: —Necesito un taxi. —El taxi ya espera. Váyase a casa. Desastre. Hacer el ridículo ante todos. Poniéndose temblorosamente en pie, abrió lo ojos, se examinó. «El Líder a quien seguimos —pensó— es el Unico Dios Verdadero. Y el enemigo contra el que luchamos y hemos luchado también es Dios. Tienen razón: está en todas partes. Pero no entiendo lo que eso significa.» Clavó la mirada en el oficial de protocolo y pensó: «Tú también eres Dios. Así que no hay escapatoria, quizá ni siquiera saltando. Como yo empecé a hacerlo, instintivamente.» Se estremeció. —Mezclar copas con drogas —dijo Okubara con tono ofendido—. Arruinar la carrera. Lo he visto muchas veces. Desaparezca. Vacilante, caminó hacia la gran puerta central de la villa del Río Yangtsé. Dos criados, vestidos como caballeros medievales, con penachos de plumas, le abrieron ceremoniosamente la puerta. Uno de ellos dijo: —Buenas noches, señor. —Para usted —dijo Chien, y entró en la noche. A las tres menos cuatro de la mañana, mientras estaba sentado e insomne en la sala de estar de su departamento, fumando un Cuesta Rey Astoria tras otro, sonó un golpe en la puerta. Cuando abrió se encontró frente a Tanya Lee, con su impermeable y el rostro marchito de frío. Sus ojos ardían, interrogantes. —No me mires así —dijo él ásperamente. Su cigarro se había apagado. Volvió a encenderlo—. Ya me han mirado lo suficiente. —Lo viste —dijo ella. El asintió. La muchacha se sentó en el brazo del sillón y tras un momento dijo: —¿Quieres contármelo? —Vete lo más lejos posible —dijo Chien—. Bien lejos. Y luego recordó. No había camino que se alejara bastante. Recordó haber leído también eso. —Olvídalo —dijo. Poniéndose en pie, fue con paso torpe hasta la cocina y empezó a preparar café. Siguiéndolo, Tanya dijo: —¿Fue... tan malo? —No podemos ganar —dijo él—. Ustedes no pueden ganar. No quise incluirme. Yo no entro en eso. Sólo quiero seguir haciendo mi trabajo en el Ministerio y olvidarme. Olvidarme de todo el maldito asunto. —¿Es extraterrestre? —Sí. —¿Es hostil a nosotros? —Sí —dijo Chien—. No. Las dos cosas. Sobre todo hostil. —Entonces tenemos que... —Vete a casa y acuéstate. —La escrutó con cuidado. Había permanecido sentado un largo rato y había pensado mucho acerca de muchas cosas—. ¿Estás casada? —preguntó. —No. Ahora no. Lo estuve. —Quédate conmigo esta noche —dijo él—. Por lo menos el resto de la noche. Hasta que salga el sol. Durante la noche es horrible. —Me quedaré —dijo Tanya, desabrochándose el cinturón del impermeable—, pero necesito algunas respuestas. —¿Qué quería decir Dryden con eso de que la música destemplaría el cielo? —dijo Chien—. ¿Qué puede hacer la música al cielo? —Que todo el orden celestial del universo termina —dijo la muchacha mientras colgaba el impermeable en el armario del dormitorio. Debajo llevaba un suéter anaranjado a rayas y pantalones elásticos. —Eso es lo malo —dijo Chien. La muchacha hizo una pausa, reflexionando. —No sé. Supongo que sí. —Es concederle mucho poder a la música. —Bueno, ya conoces la antigua idea pitagórica acerca de la «música de las esferas». Con gestos precisos se sentó en el borde de la cama y se sacó sus zapatos livianos como chinelas. —¿Crees en eso? —dijo Chien—. ¿O crees en Dios? —¡Dios! —rió la muchacha—. Eso desapareció junto con la caldera a vapor. ¿De qué estás hablando? ¿De Dios o de dios? Se acercó a él, mirándole a los ojos. —No me mires tan de cerca —dijo Chien con voz aguda, retrocediendo—. No quiero que me vuelvan a mirar así. Se apartó, irritado. —Creo que si hay un Dios le importan muy poco los asuntos humanos —dijo Tanya—. Bueno, esa es mi teoría. Quiero decir que a Él no parece importarle que triunfe el mal o que la gente y los animales sean heridos y mueran. Francamente, no veo Su presencia a mi alrededor. Y el Partido siempre ha negado cualquier forma de... —¿Alguna vez lo viste a Él? —preguntó Chien—. ¿Cuándo eras niña? —Oh, desde luego, cuando niña. Pero también creía... —¿Alguna vez se te ocurrió que el mal y el bien son nombres que designan la misma cosa? ¿Qué Dios podría ser al mismo tiempo bueno y malo? —Te prepararé un trago —dijo Tanya, y entró descalza a la cocina. —El Triturador, el Chirriante, el Tragón y el Pájaro y el Tubo Trepador... —dijo Chien—, más otros nombres, otras formas. No sé. Tuve una alucinación. En la cena. Una alucinación enorme. Terrible. —Pero la estelacina... —Provocó una peor —dijo él. —¿Hay algún modo de luchar contra lo que viste? —dijo Tanya sombríamente—. ¿Contra ese fantasma al que llamas alucinación pero que sin duda no lo era? —Creer en él —dijo Chien. —¿Qué lograremos con eso? —Nada —dijo él, agotado—. Absolutamente nada. Estoy cansado. No quiero un trago... Acostémonos. —Está bien. —Regresó silenciosa al dormitorio, comenzó a sacarse el suéter a rayas por encima de la cabeza—. Lo discutiremos a fondo más tarde. —Una alucinación es algo misericordioso —dijo Chien—. Me gustaría haberla tenido. Quiero que vuelva la mía. Quiero estar antes de que tu vendedor ambulante me encuentre con aquella fenotiacina. —Ahora ven a la cama. Seré amable. Toda calor y ternura. Chien se sacó la corbata, la camisa... y vio, sobre su hombro derecho, la marca, el estigma que le había dejado aquello cuando le impidió saltar. Marcas lívidas que parecían estar allí para siempre. Entonces se puso la chaqueta del pijama: ocultaba las marcas. —De todos modos tu carrera ha adelantado muchísimo —dijo Tanya cuando él entró en la cama—. ¿No estás contento? —Por supuesto —dijo él, asintiendo invisible en la oscuridad. Muy contento. —Ven, acércate a mí —dijo Tanya, rodeándolo con los brazos—. Y olvídate de todo lo demás. Al menos por ahora. Entonces Chien la atrajo hacia él, haciendo lo que ella pedía y él quería hacer. La muchacha fue limpia; se movió con eficacia, con rapidez y cumplió su parte. No se molestaron en hablar hasta que por fin Tanya dijo «¡Oh!», y se relajó. —Me gustaría que pudiéramos seguir para siempre —dijo Chien. —Lo hicimos —dijo Tanya—. Es algo fuera del tiempo. No tiene límites, como un océano. Así éramos en la época cámbrica, antes de que emigráramos a la tierra. Es como las antiguas aguas primordiales. El único momento en que retrocedemos es cuando lo hacemos. Por eso es tan importante para nosotros. Y en aquellos días no estábamos separados: era como una gran gelatina, como esas burbujas que flotan hasta la playa. —Que flotan y allí se quedan, a morir —dijo Chien. —¿Puedes alcanzarme una toalla? —preguntó Tanya—. ¿O un trapo? Lo necesito. Chien caminó descalzo hasta el baño, y entró a buscar una toalla. Allí, y ahora completamente desnudo, vio por segunda vez su hombro, vio el sitio donde el ser lo había aferrado y lo había sostenido, tirándolo hacia atrás, quizá para juguetear con él un poco más. Las marcas, inexplicablemente, sangraban. Se limpió la sangre. En seguida brotó más, y al verla se preguntó cuánto tiempo le quedaba. Era probable que sólo unas horas. Volviendo a la cama, dijo: —¿Puedes seguir? —Por supuesto. Si te queda energía. Tú decides. La muchacha lo miraba sin pestañear, apenas visible en la difusa luz nocturna. —Me queda —dijo Chien. Y la atrajo con fuerza hacia él. No soy partidario de ninguna de las ideas de La fe de nuestros padres; no pretendo, por ejemplo, que los países de más allá del Telón de Acero vayan a ganar la guerra fría... o que moralmente debieran hacerlo. Un tema de la historia, sin embargo, parece apasionarme, con vistas a los recientes experimentos con drogas alucinógenas: la experiencia teológica, que tanta gente que ha tomado LSD ha informado. Se me aparece como una frontera enteramente nueva; en cierta medida, la experiencia religiosa puede ser en la actualidad estudiada científicamente... y, lo que es más, considerada como alucinación parcial pero conteniendo también otros componentes reales. Dios, como tópico en la ciencia ficción, cuando aparecía en ella, acostumbraba a ser tratado polémicamente, como en Out of the Silent Planet (Más allá del planeta silencioso). Pero yo prefiero tratarlo como una excitación intelectual. ¿Qué ocurriría si, a través de las drogas psicodélicas, las experiencias religiosas se convirtieran en un lugar común en la vida de los intelectuales? El viejo ateísmo, que nos parecía a tantos de nosotros —incluido yo— válido en términos de nuestras experiencias, o mejor falta de experiencias, debería ser dejado momentáneamente de lado. La ciencia ficción, sondeando siempre lo que está a punto de ser pensado o de ocurrir, deberá finalmente enfrentarse sin preconcepciones a una futura sociedad neomística en la cual la teología constituya una fuerza tan importante como en el período medieval. Esto no es necesariamente un paso atrás, porque actualmente estas creencias pueden ser comprobadas..., obligadas a justificarse o a callarse. Yo, personalmente, no poseo auténticas creencias acerca de Dios; sólo mi experiencia de que Él está presente... subjetivamente, por supuesto; pero el reino interior es real también. Y en una historia de ciencia ficción uno proyecta lo que ha sido una experiencia interior personal en un medio determinado; se convierte en algo socialmente compartido, y en consecuencia discutible. La última palabra, sin embargo, sobre el tema de Dios, puede que ya haya sido dicha, en el siglo IX de nuestra era, por Juan Escoto Eríugena, en la corte del rey franco Carlos el Calvo: «No sabemos lo que es Dios. El propio Dios no sabe lo que Él es debido a que no es nada. Literalmente, Dios no es, porque trasciende el propio ser». Una visión mística tan penetrante —y Zen—, aparecida hace tanto tiempo, será difícil de superar; en mis propias experiencias con las drogas psicodélicas he conocido muy pocas iluminaciones comparables a la de Eríugena. FIN Título Original: Faith of Our Fathers © 1967. Edición digital: Somellier. Revisión y reedición: Sadrac.

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Tres breves de J. L. Borges
ArteporAnónimoFecha desconocida

Tres breves extractos de "El Libro de los Seres Imaginarios" ( también conocido como "Manual de Zoología Fantástica" ) de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero. Esto, que nosotros leemos hoy con divertida extrañeza, era parte de los que la gente conocía, o creía conocer, del mundo que los rodeaba. Sería bueno preguntarnos qué parte de lo que hoy “conocemos” de nuestro mundo será vista algunas vez, con los mismos ojos con que nosotros vemos estas pequeñas fábulas. Animales de los espejos En algún tomo de las "Cartas edificantes y curiosas" que aparecieron en París, durane la primera mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la Compañía de Jesús, proyectó un examen de las ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser fugitivo y resplandecientte que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó inconcluso: ciento cincuenta años después Herbert Allen Giles tomó la tarea interrumpida. Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época legendaria del Emperador Amarillo. En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos: no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz, se entraba y salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico. El primero que despertarán será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua. En el Yunnan no se habla del Pez, sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas A Bao A Qu Para contemplar el paisaje más maravilloso del mundo, hay que llegar al último piso de la Torre de Victoria, en Chitor. Hay ahí una terraza circular que permite dominar todo el horizonte. Una escalera de caracol lleva a la terraza, pero sólo se atreven a subir los no creyentes de la fábula, que dice así: En la escalera de la Torre de la Victoria, habita desde el principio del tiempo el A BAO A QU, sensible a los valores de las almas humanas. Vive en estado letárgico, en el primer escalón, y sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. La vibración de la persona que se acerca le infunde vida, y una luz interior se insinúa en él. Al mismo tiempo, su cuerpo y su piel casi traslúcida empiezan a moverse. Cuando alguien asciende la escalera, El A BAO A QU se coloca en los talones del visitante y sube prendiéndose del borde de los escalones curvos y gastados por los pies de generaciones de peregrinos. En cada escalón se intensifica su color, su forma se perfecciona y la luz que irradia es cada vez más brillante. Testimonio de su sensibilidad es el hecho de que sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así el A BAO A QU queda como paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y la luz vacilante. El A Bao A Qu sufre cuando no puede formarse totalmente y su queja es un rumor apenas perceptible, semejante al roce de una seda. Pero cuando el hombre o la mujer que lo reviven están llenos de pureza, el A Bao A Qu puede llegar al último escalón, ya completamente formado e irradiando una viva luz azul. Su vuelta a la vida es muy breve, pues al bajar el peregrino, el A Bao A Qu rueda y cae hasta el escalón inicial, donde ya apagado y semejante a una lámina de contornos vagos, espera al próximo visitante. Sólo es posible verlo bien cuando llega a la mitad de la escalera, donde la prolongaciones de su cuerpo, que a manera de bracitos lo ayudan a subir, se definen con claridad. Hay quien dice que mira con todo el cuerpo y que el tacto recuerda a la piel del durazno. En el curso de los siglos el A Bao A Qu ha llegado una sola vez a la perfección. El capitán Burton registra la leyenda del A Bao A Qu en una de las notas de su versión de las Mil y Una Noches. http://sololiteratura.com/bor/borellibrode.htm El Borametz El CORDERO vegetal de Tartaria, también llamado borametz y polypodium borametz y polipodio chino, es una planta cuya forma es la de un cordero, cubierto de pelusa dorada. Se eleva sobre cuatro o cinco raíces; las plantas mueren a su alrededor y ella se mantiene lozana; cuando la cortan, sale un jugo sangriento. Los lobos se deleitan en devorarla. Sir Thomas Browne la describe en el tercer libro de la obra Pseudodoxia Epidemica (Londres, 1646). En otros monstruos se combinan especies o géneros animales, en el borametz, el reino vegetal y el reino animal. Recordemos a este propósito, la mandrágora, que grita como un hombre cuando la arrancan, y la triste selva de los suicidas, en uno de los círculos del Infierno, de cuyos troncos lastimados brotan a un tiempo sangre y palabras, y aquel árbol soñado por Chesterton, que devoró los pájaros que habían anidado en sus ramas y que, en la primavera, dio plumas en lugar de hojas. http://www.babab.com/no04/jorge_borges.htm

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Un cuento de Jack London
ArteporAnónimoFecha desconocida

Les paso un cuento de un escritor que escribió sobre lo que vivió y que vivió sobre lo que escribió: Jack London. Al leerlo da la impresión de que conoció el terror de sentirse nada frente al mar viajando a vela entre témpanos en un barco de madera, pero también el de sentirse nada al ver la grandiosa belleza de los paisajes de Alaska. Va antes una brevísima reseña biográfica. Espero que les guste. Jack London John Griffith London nació en San Francisco en 1876. Era hijo de un astrólogo ambulante, al que no conoció, y su madre era espiritista, se casó con John London unos meses después del nacimiento del niño- de quien el escritor tomó el apellido. Realizó estudios secundarios mientras trabajaba. Realizó diversos oficios, incluso fue marino. En 1897 viajó a Alaska. De regreso a su ciudad natal, comenzó a escribir los relatos de sus viajes. En 1900 publicó "El hijo del lobo" que fue muy bien acogido por el público. Escribió más de medio centenar de obras. También fue corresponsal de guerra. Su vida fue azarosa, llena de contradicciones, agitador político, dado al alcoholismo, con fracaso en sus dos matrimonios. Jack London se suicidó a los 40 años. "This is Jack London's old cabin that was built in the Yukon during the gold rush in 1897. The reason they know this was his cabin is because on the ceiling there are notes in Jack London's hand and they were authenticated by a handwriting expert. The cabin had sod with grass on the roof to help hold the heat in. The cabin is located next to the Heinold's First and Last Chance Saloon." o sea "Esta es la vieja cabaña de Jack London que fué construirída en el Yukón ( Alaska ) durante la fiebre del oro en 1897. La razón por la que se sabe que es su cabaña es que sobre el cielorraso hay notas manuscritas de Jack London que fueron certificadas por un períto calígrafo. La cabaña estaba cubierta con pasto en su techo para conservar el calor. La cabaña se encontraba al lado del "Salón de la Primera y la Última Oportunidad de Heinold" Buque ballenero "Antarctic". 1901. EL DIENTE DE BALLENA En los primeros días de las islas Fidji, John Starhurst entró en la casa-misión del pueblecito de Rewa y anunció su propósito de propagar las enseñanzas de la Biblia a través de todo el archipiélago de Viti Levu. Viti Levu quiere decir «País grande», y es la mayor de todas las islas del archipiélago. Aquí y allá, a lo largo de las costas, viven del modo más precario un grupo de misioneros, mercaderes y desertores de barcos balleneros. La devoción y la fe progresaban muy poco, nada, y algunas veces los al parecer convictos arrepentíanse de un modo lamentable. Jefes que presumían de ser cristianos, y eran por tanto admitidos en la capilla, tenían la desesperante costumbre de dar al olvido cuanto habían aprendido para darse el placer de participar del banquete en el que la carne de algún enemigo servía de alimento. Comer a otro o ser comido por los demás era la única ley imperante en aquel país, la cual tenía trazas de perdurar eternamente en aquellas islas. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila, que se habían comido cientos de seres humanos. Pero entre estos glotones descollaba uno, llamado Ra Undreundre. Vivía en Takiraki, y registraba cuidadamente sus banquetes. Una hilera de piedras colocadas delante de su casa marcaba el número de personas que se había comido. La hilera tenía una extensión de doscientos cincuenta pasos y las piedras sumaban un total de ochocientas setenta y dos, representando cada una de ellas a una de las víctimas. La hilera hubiera llegado a ser mayor si no hubiese sucedido el que Ra Undreundre recibió un estacazo en la cabeza en una ligera escaramuza que hubo en Sorno Sorno, a continuación de la cual fue servido en la mesa de Naungavuli, cuya mediocre hilera de piedras alcanzó tan sólo el exiguo total de ochenta y ocho. Playa de Islas Fidji hoy en día. Los pobres misioneros, atacados por la fiebre, trabajaban arduamente esperando que el fuego de Pentecostés iluminara las almas de los salvajes. Pero los caníbales de Fidji se resistían a dejarse civilizar mientras tuvieran provisiones abundantes de carne humana. Por aquella época fue cuando John Starhurst proclamó su intención de enseñar la Biblia de costa a costa y su propósito de penetrar en las montañas del interior, al norte de Rewa River. Los maestros indígenas lloraban silenciosamente. Sus compañeros misioneros trataron en vano de disuadirle. El rey de Rewa le advirtió que seguramente los montañeses le aplicarían en cuanto lo vieran el kaikai —esto es, que se lo comerían—, y que el rey de Rewa, como cristiano, no tendría más remedio que declarar la guerra a los montañeses, que le vencerían, a él se lo comerían y luego entrarían a saco en Rewa, y por tanto esta guerra costaría cientos de víctimas. Más tarde, una comisión de jefes indígenas de allí mismo se entrevistaron con él. Starhurst les escuchó pacientemente, pero no cambió un ápice su decisión y modo de pensar. A sus compañeros los misioneros les dijo que él no tenía vocación de mártir, pero que estaba seguro de que enseñando la Biblia en todo el Viti Levu no hacía más que cumplir un mandato divino, y que se creía el escogido por Dios para tal fin. Los mercaderes apelaron a objeciones y grandes argumentos para disuadirle de la idea, a todo lo cual él contestó: —Vuestras observaciones no tienen para mí valor alguno, están inspiradas en el temor de los daños que en vuestras mercaderías se puedan causar. Vosotros estáis muy interesados en ganar dinero y yo en salvar almas. Hay que salvar los habitantes de estas islas negras. John Starhurst no era un fanático. Hubiera sido él el primero en negar esta imputación. Era un hombre eminentemente sano y práctico, estaba seguro de que su misión iba a ser un gran éxito, pues tenía la certeza de que la luz divina alumbraría las almas de los montañeses, provocando una sana revolución espiritual en todas las islas. En sus suaves ojos grises no había destellos de iluminado, pero sí se veía una inalterable resolución emanada de la fe que tenía en el Poder Divino, que era quien le guiaba. Un hombre tan sólo aprobó la decisión de Starhurst. Era Ra Vatu, que le animaba en secreto y le ofreció guías hasta las primeras estribaciones de las montañas. El corazón de Ra Vatu, que había sido uno de los indígenas de peores instintos, comenzaba a emanar luz y bondad. Ya había hablado en varias ocasiones de querer convertirse en lotu (cristiano), y hubiera tenido acceso a la pequeña capilla de los misioneros a no ser por sus cuatro mujeres, a las cuales quería conservar; pero había asegurado a Starhurst que sería monógamo tan pronto como su primera mujer, que a la sazón estaba muy enferma, muriese. John Starhurst comenzó su gran empresa por el río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu. A distancia, recortándose la silueta en el cielo, divisábanse las montañas. en las que se veían varias columnitas de humo. Starhurst las contemplaba con cierta impaciencia. Algunas veces rezaba en silencio, otras uníase a sus rezos un maestro indígena que le acompañaba. Narau, que así se llamaba, era lotu desde hacía siete años, que su alma había sido salvada del infierno por el doctor James Eliery Brown, el cual le había conquistado con unas plantas de tabaco, dos mantas de algodón y una gran botella de un licor balsámico. A última hora, y después de cerca de veinte horas de solitaria meditación, Narau había tenido la inspiración de acompañar a Starhurst en su viaje de predicación por las montañas inhospitalarias. —Maestro, con toda seguridad te acompañaré —le había anunciado. El misionero le abrazó con gran alegría; no cabía duda de que Dios estaba con él, ya que con su ejemplo había decidido a un hombre tan pobre de espíritu como Narau, obligándole a seguirle. —Yo realmente no tengo valor, soy el más débil de los siervos del Señor —decía Narau durante la travesía del primer día de viaje en canoa. —Debes tener fe, mucha fe —replicaba animándole Starhurst. Otra canoa remontaba aquel mismo día el río Rewa, pero con una hora de retraso a la del misionero, y tomaba grandes precauciones para no ser vista. Iba ocupada por Erirola, primo mayor de Ra Vatu y su hombre de confianza. En un cestito, y siempre a la mano, llevaba un diente de ballena. Era un ejemplar magnífico; tenía seis pulgadas de largo, de bellísimas proporciones, y el marfil, con los años, había adquirido tonalidades amarillentas y purpúreas. El diente era propiedad de Ra Vatu, y en Fidji, cuando un diente de esa calidad intervenía en las cosas, éstas salían siempre a pedir de boca, pues es esta la virtud de los dientes de ballena. Cualquiera que sea el que acepta este talismán, no puede rehusar lo que se le pida antes o después de la entrega, y no hay un solo indígena capaz de faltar al compromiso que al aceptarlo contrae. La petición puede ser desde una vida humana hasta la más trivial de las alianzas o peticiones. Más allá, río arriba, en el pueblo de un jefe llamado Mongondro, John Starhurst descansó al final del segundo día de canoa. A la mañana siguiente y acompañado por Narau, pensaba salir a pie hacia las humeantes montañas, que ahora, de cerca, eran verdes y aterciopeladas. Mongondro era viejo y pequeño, de modales afables y aspecto de elefantiasis; por tanto, ya la guerra con sus turbulencias no le atraía. Recibió al misionero con cariñosas demostraciones, le sentó a su mesa y discutió con él de materias religiosas. Mongondro tenía espíritu muy inquisitivo y rogó a Starhurst que le explicase el principio del mundo. Con verdadera unción y palabra precisa, relatóle el misionero el origen del mundo de acuerdo con el Génesis, y pudo observar que Mongondro estaba muy afectado. El pequeño y viejo jefe fumaba silenciosamente una pipa y, quitándola de entre sus labios, movió tristemente la cabeza. —No puede ser —dijo-. Yo, Mongondro, en mi juventud era un excelente carpintero, y aun así tardé tres meses en hacer una canoa, una pequeña canoa, muy pequeña. ¡Y tú dices que toda la tierra y toda el agua la ha hecho un solo hombre...! —Ya lo creo; han sido hechas por Dios, por el único Dios verdadero —interrumpió Starhurst. —¡Es lo mismo —continuó Mongondro— que toda la tierra, el agua, los árboles, los peces, los matorrales, las montañas, el sol, la luna, las estrellas, hayan sido hechos en seis días! No, no y no. Ya te he dicho que en mi juventud era muy hábil, y tardé tres meses en hacer una pequeña canoa, y eso es una historia para chicos, pero que ningún hombre puede creerla. —Yo soy un hombre —dijo el misionero. —Seguro, tú eres un hombre; pero mi oscuro entendimiento no puede adivinar lo que tú piensas y crees. —Pues yo te aseguro que creo firmemente que todo fue hecho en seis días. —Eso dices tú, eso dices —replicaba humildemente el viejo caníbal. Cuando John Starhurst y Narau se fueron a dormir, entró en la cabaña Erirola, el cual, después de un discurso diplomático, entregó el diente de ballena a Mongondro. El jefe lo examinó; era muy bonito y deseaba poseerlo, pero adivinando lo que le iban a pedir no quiso aceptarlo y se lo devolvió a Erirola con grandes excusas. Al amanecer del día siguiente, Starhurst se dirigió a pie, calzado con sus hermosas botas altas de una sola pieza, precedido de un guía que le había proporcionado Mongondro, hacia las montañas. Seguíale el fiel Narau, y una milla detrás y procurando no ser visto iba Erirola, siempre con el cesto en el que llevaba guardado el famoso diente de ballena. Durante dos días fue siguiendo los pasos del misionero y ofreciendo el diente a todos los jefes de los pueblos por donde pasaban, pero ninguno quería aceptarlo, pues la oferta era hecha tan inmediatamente después de la llegada del misionero que, sospechando todos la petición que les iban a hacer a cambio del diente, rechazaban el magnífico presente. Ibanse internando demasiado en las montañas, y Erirola optó por dirigirse, aprovechando pasos secretos y directos, a la residencia del Buli de Gatoka, rey de las montañas. El Buli no tenía noticias de la llegada del misionero, y como el diente era un soberbio y bello talismán, fue aceptado con grandes muestras de júbilo por parte de todos los que le rodeaban. Los asistentes estallaron en una especie de aplauso al posesionarse del diente el Buli y grandes voces cantaban a coro: —¡A, woi, woi, woi! ¡A, woi, woi, woi! ¡A tabua levu! ¡Woi, woi! ¡A mudua, mudua, mudua! —Pronto llegará aquí un hombre blanco —comenzó a decir Erirola después de una breve pausa—. Es un misionero y llegará de un momento a otro. A Ra Vatu le gustaría tener sus botas, pues quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro, y también desearía que los pies se quedasen dentro de las botas, pues Mongondro es un pobre viejo y tiene los dientes estropeados. Asegúrate, gran Buli, de que los pies se queden dentro. El resto del misionero se puede quedar aquí. La alegría del regalo del diente se aminoró con tal petición, pero ya no había medio de rehusar, estaba aceptado. —Una pequeñez como es un misionero no tiene importancia —replicó Erirola. —Tienes razón, no tiene importancia -dijo en alta voz el Buli—. Mongondro, tendrás las botas; id vosotros tres o cuatro y traedme al misionero, teniendo cuidado de que las botas no se estropeen o se vayan a perder. —Ya es tarde —exclamó Erirola—. Escuchad, ya viene. A través de la maleza espesísima, John Starhurst, seguido de cerca por Narau, apareció. Las famosas botas se le habían llenado de agua al vadear el río y arrojaban finísimos surtidores a cada paso que daba. En la mirada del misionero se leía la voluntad y el deseo de vencer. Tan convencido estaba de que su misión era inspiración divina, que no tenía ni la más ligera sombra de miedo, a pesar de que sabía que él era el primer hombre blanco que se había atrevido a penetrar en los inexpugnables dominios de Gatoka. John Starhurst vio al Buli salir de su casa seguido de su séquito de montañeses. —Te traigo buenas nuevas -dijo saludando el misionero. —¿,Quién ha sido el que te ha enviado? —preguntó el Buli sorda y pausadamente. —Dios. —Ese nombre es nuevo en Viti Levu —replicó el Buli—. ¿De qué islas, pueblos o chozas es jefe ese que tú dices? —Es el jefe de todas las islas, pueblos, chozas y mares —contestó solemnemente Starhurst—. Es el supremo dueño y señor de cielo y tierra, y yo he venido aquí a traerte su palabra. —¿Me envía por tu conducto dientes de ballena? —replicó insolentemente el Buli. —No; pero mucho más valioso que los dientes de ballena es... —Entre jefes esa es la costumbre —interrumpió el Buli—. Tu jefe o es un negro despreciable o tú eres un gran idiota, por haberte atrevido a venir a estas montañas con las manos vacías. Mira, fíjate: otro mucho más generoso ha venido a verme antes que tú. Y diciendo esto, le mostró el diente, de ballena que acababa de aceptar de manos de Erirola. Narau empezó a desfallecer y a sentirse angustiado. —Es el diente de ballena de Ra Vatu —le dijo al oído a Starhurst—. Lo conozco muy bien, y ahora sí que no tenemos salvación. —Un obsequio muy estimable —contestó el misionero pasándose la mano por sus largas barbas y ajustándose las gafas—. Ra Vatu se las ha arreglado de modo que seamos bien recibidos. Pero Narau no las tenía todas consigo y disimuladamente empezó a alejarse de Starhurst, olvidando sus promesas de fidelidad hechas al empezar la temeraria aventura. —Ra Vatu será lotu dentro de muy poco tiempo —empezó a decir el misionero—, y yo he venido a que tú también te hagas lotu. —No necesito nada de ti —contestó orgullosamente el Buli— y es mi decisión que mueras hoy mismo. El Buli hizo una seña a uno de sus montañeses, quien avanzó haciendo filigranas en el aire con su maza de guerra. Narau, viendo el pleito perdido, corrió a ocultarse entre unas chozas donde estaban las mujeres y los chicos; pero John Starhurst se abalanzó hacia su ejecutor por debajo de la maza y consiguió rodearle el cuello con sus brazos. En esta ventajosa posición comenzó a argumentarle. Defendía su vida, ya lo sabía, pero la defendía sin nerviosidades ni miedo. —Cometerás un pecado muy grande si me matas—decía a su verdugo—. Yo no te he hecho ningún daño ni a ti ni al Buli. Tan bien agarrado estaba al cuello del montañés, que los demás no se atrevían a dejar caer sus mazas por miedo a equivocarse de cabeza. —Soy John Starhurst —continuó con calma—. He estado trabajando tres años, sin aceptar remuneración alguna, en las islas Fidji. He venido aquí para vuestro bien, ¿por qué me queréis matar? Mi muerte no beneficiará a ningún hombre. El Buli echó una mirada a su diente de ballena. Estaba bien pagada la muerte del misionero. Éste se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que hacían grandes esfuerzos por acercarse a la presa. El cantó fúnebre predecesor del banquete de carne humana empezó a dejarse oir, adquiriendo tales tonalidades que ahogaban por completo la voz del misionero. Tan hábilmente plegaba éste su cuerpo al del montañés, que no había medio de asestarle el golpe de gracia. Erirola sonreía y el Buli se exasperaba. —¡Fuera vosotros! —gritó—. Heroica historia para que la vayan contando por la costa una docena de hombres como vosotros, y un misionero sin armas tan débil como una mujer puede más que todos juntos. —¡Oh, gran Buli, y podré más que tú también! —gritó Starhurst, dominando a duras penas el griterío de los salvajes—. Mis armas son la Verdad y la Justicia, y no hay hombre que las resista. —Ven hacia mí entonces —contestó el Buli—. La mía no es más que una pobre y miserable maza de guerra, y, según tú dices, no es capaz de vencerte. El grupo separóse de él, y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se apoyaba en su enorme y nudosa maza guerrera. —Ven hacia mí, hombre misionero, y vénceme —gritaba el rey de las montañas, desafiándole. —Aun así, te venceré -contestó John, limpiando los cristales de sus gafas y guardándolas cuidadosamente mientras avanzaba. El Buli levantó la maza. —En primer lugar, te diré que mi muerte no te proporcionará provecho alguno. —Dejo la respuesta a mi maza -contestó el Buli. Y a cada tema que el misionero tocaba, respondía en la misma forma, sin dejar de observarle con atención para prevenirse del habilidoso abrazo. Entonces, y únicamente entonces, comprendió John Starhurst que su muerte era inevitable; pero llevado de su arraigada fe, se arrodilló y empezó a invocar al cielo, como si esperase algún milagro: —Perdónales, que no saben lo que hacen -decía como si estuviese en contacto con la Divinidad—. ¡Dios mío, ten compasión de Fidji! ¡Oh Jehovah, óyenos! ¡Por El, por su hijo, compadécete de Fidji! ¡Tú eres grande y Todopoderoso para salvarles! ¡Sálvales, oh Dios mío! ¡ Salva a los pobres caníbales de Fidji! El Buli, impaciente, dijo: —Ahora te voy a contestar. Levantó la maza sobre la cabeza del misionero, asiéndola con las dos manos. Narau, que estaba escondido, oyó el golpe del mazo contra la cabeza y se estremeció intensamente. Después, la salvaje y fúnebre sinfonía volvía a resonar en las montañas, y comprendió Narau que su amado maestro había muerto y que su cuerpo era arrastrado a la hoguera para ser condimentado. Escuchó y percibió las palabras de la fúnebre canción: ¡ Arrástrame suavemente, arrástrame suavemente! ¡Soy el campeón de mi patria! ¡Dad las gracias, dad las gracias! A continuación, una sola voz cantaba: ¿Dónde está el hombre valiente? Cien voces contestaban a coro: ¡Será arrastrado a la hoguera y asado! Y cantaba de nuevo la voz que había interrogado: ¿Dónde está el hombre cobarde? Y las cien voces vociferaban: ¡Se ha ido a contarlo, se ha ido a contarlo! Narau gemía angustiado. Las palabras de la canción salvaje eran ciertas. El era el cobarde; ya no le restaba más que huir, correr... ir a contar lo sucedido. http://www.bibliotecasvirtuales.com/biblioteca/otrosAutoresdelaLiteraturaUniversal/JackLondon/eldientedeballena.asp

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Tres Poemas
ArteporAnónimoFecha desconocida

Una amiga muy querida me prestó un libro de poesías de éste señor de nombre un tanto extraño. Ducho en el difícil arte de "poner buena cara cuando me regalan un par de medias para mi cumpleaños" le agradecí su buena voluntad y prometí leerlo. Para que no terminara en el rincón de los deberes incumplidos de la biblioteca, empecé a leerlo casi en ese mismo momento. No dejé de leerlo y de releerlo y de releerlo. Como me gustó, comparto algunos poemas traducidos, alguno en inglés y una pequeña reseña biográfica del autor. Espero que leerlos les resulte, como a mí, un grato descubrimiento. Intercalo unas pinturas de Edward Hopper porque me parecen adecuadas al tono de las poesías ( y porque también me gusta ). Saludos. ( Las fuentes están después de cada poema ) Foto de Joven Foto de Viejo DANSE RUSSE Si cuando mi mujer está durmiendo y el bebé y Kathleen duermen también y el sol es un blanco disco de fuego entre brumas sedosas arriba de árboles resplandecientes; si yo en mi cuarto del norte bailo desnudo, grotescamente ante mi espejo haciendo flamear mi camisa alrededor de mi cabeza mientras me canto en voz baja: "Estoy solo, solo. Nací para ser solitario, ¡Estoy mejor así!". Y admiro mis brazos, mi cara, mis hombros, flancos, nalgas contra las cortinas amarillas que han sido bajadas. ¿Quien se atreverá a decir que no soy El genio feliz de mi casa? http://www.geocities.com/revistaversoados/webpoemas_tres/carloswilliams.htm EL TÉRMINO Una hoja arrugada de papel de envolver del tamaño y aparente volumen de un hombre iba rodando con el viento despacio y rodando en las calles cuando un auto le pasó por encima y la aplastó en el suelo. Al contrario de un hombre se levantó otra vez rodando con el viento y rodando lo mismo que antes. http://www.tiramillas.net/libros/poema76.html JUSTO ES DECIRLO Me comí las ciruelas que había en la nevera y que probablemente tú reservabas para desayunar Perdóname estaban deliciosas tan dulces y tan frías THIS IS JUST TO SAY I have eaten the plums that were in the icebox and which you were probably saving for breakfast Forgive me they were delicious so sweet and so cold http://www.americanpoems.com/poets/williams/1047 LA COSA cada vez que suena pienso que es para mí pero no es para mí ni para nadie simplemente suena y nosotros amargamente la servimos juntos, ellos y yo http://islasenlared.blogspot.com/2004/10/dos-poemas-de-william-carlos-williams.html THE THING Each time it rings I think it is for me but it is not for me nor for anyone it merely rings and we serve it bitterly together, they and I http://www.americanpoems.com/poets/williams/1044 Reseña biográfica William Carlos Williams Poeta, novelista y médico estadounidense Nació el 17 de septiembre de 1883 en Rutherford, (Nueva Jersey). Cursó estudios en las universidades de Pennsylvania y Leipzig, (Alemania). Desde 1910 fue médico en su ciudad natal y en Paterson, profesión que simultaneaba con la literatura. Sus poemas iniciales se editaron en dos libros, Poemas (1909) y Temperamentos (1913). Sus obras posteriores recibieron influencias del movimiento imaginista, rechazando el sentimentalismo y la artificialidad. Ejemplos de su última poesía se pueden encontrar en Poemas completos (1938) y Poemas completos (1950). A últimos de la década de 1930, inicia un extenso poema acerca de la vida en su país durante los años de la Gran Depresión de 1929, titulado Paterson, Libros I-V (1946-1958). Entre sus trabajos en prosa se encuentra una colección de ensayos acerca de la historia de los Estados Unidos, Así comienza la vida (1925), y las novelas La mula blanca (1937), El cuerno de la abundancia (1940), y La construcción (1952). Recibió el Premio Nacional del Libro de Poesía en 1950. Falleció el 4 de marzo de 1963, en Rutherford, y recibió póstumamente el Premio Pulitzer por su colección de poemas Cuadros de Brueghel y otros poemas (1962). Su Autobiografía apareció en 1951 . Fuente de la biografía: http://buscabiografias.com/cgi-bin/verbio.cgi?id=4724

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Un cuento de Borges
ArteporAnónimo2/16/2008

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz Jorge Luis Borges I'm looking for the face I had Before the world was made. Yeats: The winding stair. El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro. Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza. En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así: En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció... El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro. http://www4.loscuentos.net/cuentos/other/3/10/97/ Una vez leído el cuento, ¿ Cuál es la esencia del criollo ? ¿ Qué es aquello que nos hace ser lo que somos, eso en lo que queremos reconocernos ? ? Cuál es ese carácter del que debemos sentirnos orgullosos nosotros, los que compartimos ésta tierra y éste tiempo ?: el poner por encima de la ley, La Ley que nos dice que hemos de ser solidarios con el mas débil frente al fuerte, el tomar el partido de la Justicia por encima del partido del Poder. Eso es lo que el "reaccionario", "gorila" y "extranjerizante" Borges nos dice en éste cuento. Una islita bloqueada con 12.000.000 de personas, empobrecida por años de dominación, explotación y monocultivo, contra un país de 305.000.000 el más rico y poderoso de la Tierra. Todos tenemos defectos, tampoco esa isla es el paraíso, pero que nuestro defecto no sea el de someternos genuflexos a los dictados del poderoso. Hay que elegir si ser como Martín Fierro, o sea, ser criollo, o ser un anónimo sin patria sirviente del poder. Saludos.

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Poesía en Los Sopranos
Poesía en Los Sopranos
ArteporAnónimo3/4/2008

En éstos días en que se apalea cartoneros en nombre de la ley, en que se forman trombas en el Río del Color del León, en que se bombardea países vecinos mostrando fotocopias ilegibles para justificarlo, en que se cierran Centros Culturales, mientras Chávez compró Taringa! y nos visita Luis Palau ( todo bajo la atenta mirada de Andrés Oppeheimer ) parece que se nos viene nomás el apocalipsis. Al menos, habré visto completa "Los Sopranos" ( aunque no "Lost" ). Y precisamente en esa excelente serie estadounidense, en la que se unen mafias, lealtades, traiciones, sexo, droga, rock and roll, política, negocios, dinero, amor, violencia y complejo de Edipo, se vió en el antepenúltimo capítulo de la última temporada, llamado "La Segunda Venida", a AJ, el hijo menor de Tony Soprano encontrando en la Universidad al fin algo que le interesa: "el mórbidamente apocalíptico poema "The Second Coming" de Yeats. En la cama, a la noche, él lee lo nuevamente: `Qué infame bestia...". A continuación, va el poema completo en una versión traducida y en su original, mas una biografía del autor. Cualquier semejanza con la realidad, es culpa de los artistas. Saludos. LA SEGUNDA VENIDA William Butler Yeats (Traducción de Juan Cueto-Roig) Girando y girando en el vasto girar el halcón no puede oír al halconero. Las cosas se destruyen, ceden los cimientos, la anarquía se desata sobre el mundo, una marea de sangre se desborda y se extingue en todas partes el ritual de la inocencia. Los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de fanática osadía. Sin duda nos hallamos ante una revelación: Sin duda la Segunda Venida se avecina. ¡La Segunda Venida! Apenas pronunciadas las palabras, cuando una horrenda imagen del Spiritus Mundi conmueve mi visión: en algún lugar en las arenas del desierto una forma con cuerpo de león y cabeza de hombre, una mirada vacía y despiadada como el sol está moviendo lentamente sus piernas, mientras acechan por doquier las sombras de las indignadas aves del desierto. Las tinieblas descienden de nuevo, pero ahora comprendo que veinte siglos de impávido sueño fueron trocados en pesadilla por el mecer de una [cuna. ¿Qué infame bestia, cuya hora al fin ha llegado, se arrastra hacia Belén para nacer? Original Turning and turning in the widening gyre The falcon cannot hear the falconer; Things fall apart; the center cannot hold; Mere anarchy is loosed upon the world, The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere The ceremony of innocence is drowned; The best lack all conviction, while the worst Are full of passionate intensity. Surely some revelation is at hand; Surely the Second Coming is at hand. The Second Coming! Hardly are those words out When a vast image out of Spiritus Mundi Troubles my sight: somewhere in the sands of the desert A shape with lion body and the head of a man, A gaze blank and pitiless as the sun, Is moving its slow thighs, while all about it Reel shadows of the indignant desert birds. The darkness drops again; but now I know That twenty centuries of stony sleep Were vexed to nightmare by a rocking craddle, And what rough beast, its hour come round at last, Slouches towards Bethlehem to be born? http://bizarrosininterrupcion.blogspot.com/ WILLIAM BUTLER YEATS Poeta y autor teatral irlandés. Premio Nobel de Literatura, fue el máximo representante del renacimiento irlandés, y uno de los escritores más sobresalientes del siglo XX. Nació en Dublín, el 13 de junio de 1865. Hijo del pintor John Butler Yeats, estudió pintura en Londres y en su ciudad natal. Pasó largas temporadas en el condado de Sligo, que le inspiró un enorme interés por las tradiciones irlandesas. En 1887, se trasladó, junto con su familia a Londres, y allí descubrió el hinduismo, la teosofía y el ocultismo. Escribió poemas líricos y simbólicos sobre temas paganos irlandeses, como El peregrinaje de Oisin (1889) y La isla del lago de Innisfree (1893), en un tono romántico y melancólico que él creía característico de los celtas. Escribió también El crepúsculo celta (1893) y La rosa secreta (1897), basados en leyendas irlandesas. En una visita a su país conoció a la bella patriota irlandesa Maud Gonne, a la que amó apasionadamente durante el resto de su vida. Ella inspiró gran parte de sus primeras obras y le introdujo en los círculos de irlandeses que luchaban por la independencia de su país. Regresó a Irlanda en 1896, y estableció una profunda amistad con la autora teatral nacionalista lady Gregory, a la que visitaba a menudo en sus propiedades de Coole Parke, y junto con la cual realizó un viaje a Italia. Con lady Isabella Augusta Gregory fundó el Teatro Abbey. A través de su labor como director y autor de obras de teatro, consiguió convertirlo en uno de los más importantes del mundo, y en centro principal del renacimiento literario irlandés. Entre las obras que escribió para la compañía del Abbey, destacan Cathleen ni Houlihan (1902), una obra teatral de carácter nacionalista con Maud Gonne como protagonista, y Deirdre (1907), una tragedia en verso. En esos años también publicó libros de poesía, como El viento entre los juncos (1899), Las aguas sombrías (1900) y El yelmo verde (1910). En ellas se pone de manifiesto el progresivo abandono del misticismo, que va siendo sustituido por un estilo más claro y comprometido. A medida que pasaban los años, el autor fue dedicándose cada vez más a la política activa. Fue senador de la primera legislatura del parlamento del recién constituido estado de Irlanda, entre 1922 y 1928. Durante sus años de vejez fue perfeccionando su estilo. Sus últimas obras se consideran las mejores de su producción. En ellas se deja sentir la influencia de Georgie Hyde-Lees, su esposa desde 1917, que tenía un talento especial, como médium que era, para la escritura automática. Una visión (1925) es un elaborado trabajo en prosa en el que el autor irlandés intenta explicar la mitología, el simbolismo y la filosofía que había utilizado a lo largo de sus obras. En él se refiere a la lucha entre los eternos opuestos: objetividad y subjetividad, arte y vida, cuerpo y alma, situada en la base de su pensamiento. Otras obras poéticas en esta línea son Los cisnes salvajes de Coole (1917), La torre (1928) y La escalera de caracol (1933). Escribió, además, varias obras teatrales con el héroe celta Cuchulain como protagonista, que publicó reunidas en Cuatro obras para baile (1921). En ellas resulta evidente la influencia del tradicional teatro japonés , que había comenzado a traducirse en Occidente en 1913 por el poeta estadounidense Ezra Pound, que trabajaba como secretario suyo en Sussex. Estas obras resultaban más apropiadas para representarse en reuniones pequeñas aristocráticas que en grandes teatros con un público de clase media. Del teatro extrajo algunos elementos característicos, como el uso de máscaras, los rituales, los coros y la danza, inyectando de nuevo poesía a los escenarios, una poesía que había permanecido alejada de sus obras anteriores, y fusionando un realismo estricto con visiones místicas, para crear dramas poéticos llenos de misterios e imágenes oníricas. Sin dejar de revisar continuamente su producción, reveló algunos episodios de su vida en Autobiografías (1927) y Dramatis personae (1936). Sus dos últimas colecciones son Luna llena en marzo (1935) y Ultimos poemas y Dos obras de teatro (1939). Recibió el Premio Nobel en 1923. Murió en Roquebrune (Francia), el 18 de enero de 1939, y fue enterrado en Irlanda en el condado de Sligo. http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2454

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