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AlejoRuizVentura

Usuario (Argentina)

Primer post: 20 jul 2010
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Fase 7 - Personajes
InfoporAnónimo3/15/2011

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¿Por qué se celebra hoy en el mundo, el Día del Amigo?
InfoporAnónimo7/20/2010

¿Por qué se celebra hoy en el mundo, el Día del Amigo? El 20 de julio de 1969, un hombre pisó, por primera vez, el distante suelo lunar. Este acontecimiento motivó al Doctor en Odontología y Profesor de Historia y Ética Enrique Febbraro, a homenajear el trabajo de tantos seres humanos para emprender semejante desafío. El 20 de julio era pues, una buena fecha para conmemorar la amistad. Para concretar dicho homenaje, solicitó la colaboración de algunas personas amigas y cercanas a su pensamiento, entre ellos Mirta Lancillotta Duarte. El equipo trabajó durante un año sobre la idea de Febbraro, quien enfatizaba : «Mi amigo es mi maestro, mi discípulo y mi condiscípulo. Él me enseña, yo le enseño. Ambos aprendemos y juntos vamos recorriendo el camino de la vida, creciendo. Sólo el que te ama te ayuda a crecer». Ese día envió más de 1000 cartas a diferentes países. Le respondieron 700 personas y enseguida, el Día del Amigo quedó instaurado en 100 naciones diferentes, en coincidencia con la llegada del hombre a la Luna. Desde ese momento buscaron el consenso necesario para instituir la celebración. El Gobierno de la Provincia de Buenos Aires la autorizó con el decreto Nº 235/79 y luego se fueron sumando entidades de Argentina y países de América Latina. Posteriormente Lancillotta Duarte, fundó el 20 de julio de 1988, el Banco Mundial de la Amistad, el cual se extiende actualmente por 82 países.

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HP Spectre: Ultraportátil
InfoporAnónimo8/16/2012

HP Spectre: Ultraportátil Le presentamos la nueva HP Spectre, una computadora portátilque realmente es digna de llevar ese nombre. Esta ultrabook –así es como le dicen a esta nueva generación de computadoras– solo pesa 1,80 kilogramosy tiene una pantalla de alta definición de 14 pulgadas. Pero aún más sorprendente que esto, es que estárecubierta con un cristal ligero resistente a los rasguños. ¿Todavía no está convencido de que es un muybuen gadget? El Spectre se prende en tan solo 17 segundos, sale del modo de hibernación en menos deuno, tiene una memoria de 128 gigas y una batería que puede durar hasta nueve horas y media. Es decir,esta es la computadora perfecta para llevar a todas partes. Eso sí, no le diga a su jefe que la compró, porqueseguro lo pone a trabajar en su próximo paseo. Ficha Técnica: Sistema operativo:Windows 7Home de 64 bits Tarjeta gráfica: Intel HDGraphics 3000 Procesador: Intel Corei5-2467M de 1,6 GHz Pantalla: Pantalla RadianceHD+ Infinity con luz de fondoLED de 14 pulgadas Disco duro: 128 GB de estadosólido Peso: 1,80 kg Dimensiones: 32,7 cm (largo)x 22,1 cm (ancho) x 2,0 cm(alto) Fuente: Nota de la Revista SH

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Viva los malos polvos!
OfftopicporAnónimo9/27/2010

Por Daniel Samper Pizano Queridos miembr… perdón: queridos socios de Unmapol: nos hemos reunido en este viejo motel convertido en restaurante de comida japonesa para celebrar el cuadragésimo aniversario de nuestra organización. Parece mentira que se cumplan ya cuatro decenios de aquella tarde en que decidimos fundar la primera asociación de normalización sexual, que más tarde se convirtió en la Unión Nacional de Malos Polvos. Éramos pocos. Pero éramos valientes. Estábamos decididos,en estos tiempos que premian la hipocresía sexual, a poner al sexo en su sitio. ¿Dónde queda ese sitio? Ustedes lo saben muy bien, porque la propia naturaleza nos lo dice en una de las más luminosas lecciones de ética anatómica: ni tan arriba, ni tan abajo: en el justo medio. Sí, queridos socios de Unmapol: ni tan arriba que no se te aparte de la cabeza, ni tan abajo que lo desprecies y pordebajees. Si la naturaleza hubiera querido que pensáramos todo el día en el sexo, como ocurre con muchos conciudadanos atenazados por la sociedad de consumo sexual, pueden estar seguros de que lo tendríamos en la cabeza. Literalmente. Colgaría de la nuca, o hendiría el cráneo en dos. Sobra decir que ello habría obligado a un rediseño absoluto del arte de los sombreros. Pero aun así, las tendencias animales y competitivas del ser humano desequilibrado lo habrían conducido a nuevas formas de exhibicionismo: “Mi sombrero es más grande que el tuyo…” “Yo lo tengo tan gordo que necesito cubilete…” “La desvergonzada de su secretaria usa la pañoleta transparente, porque le gusta que le vean la raya…” “Mi novia se depila el pericráneo y eso me excitamuchísimo…” Aquel filósofo antiguo según el cual la verdad es equidistante de los extremos estaba pensando seguramente en la dorada mitad donde se ubica el sexo en nuestro cuerpo. Deberíamos aprender la metáfora y entender que el apetito erótico no puede copar nuestras preocupaciones y ocupaciones, como sucede con la mayoría de los humanos atribulados por la tiranía de la moda y el placer fácil. Pero tampoco puede relegarse al lugar pecaminoso al que lo destierra la doctrina católica. El celibato, tal como lo proclaman los religiosos, equivale a ubicar el sexo en los pies. Es algo antinatural y peligroso. Por eso muchos sacerdotes terminan con falsas “sobrinas” o preguntando por niños inflables en los sex shops. La “dulce medianía” sexual que defiende Unmapol reposa a mitad de camino entre la frigidez y el frenesí, y los rechaza a ambos. Dicen que algunos amantes famosos, como Giacomo Casanova y Catalina la Grande, se obligaban a un mínimo de dos actos sexuales por día. Menos mal que nunca llegaron a formar pareja, porque habrían muerto en pleno cortocircuito: no se puede abusar de lo que natura otorga para un uso moderado. La estupidez humana en materia sexual no tiene límites. Para combatirla, justamente, nació Unmapol. Aún recuerdo, aún recordamos, aquella primera mención que hizo de nosotros en su columna Alfonso Castillo Gómez. Después vinieron varias más de Klim, mi querido maestro. Como él tuvo la ocurrencia de mencionar mi nombre, recibí incontables llamadas de mis amigos y amigas que me auguraban un futuro carente de toda actividad amatoria. “¿Quién va a quererse acostar con un mal polvo confeso?”,se burlaban. “¿A quién le va a interesar una aventura con alguien oficialmentedeclarado como un pésimo amante?”, preguntabancon sorna. En fin, ustedes conocen a esta clase de individuos y los sufren a diario; ustedes saben la mueca de burla que asomaen los labios de quienes se enteran de la Asociaciónde Malos Polvos. ¡Pobrecitos! Ignoran ellos el imán de la fruta prohibida, el poderoso atractivo que ejercen lo descalificado, lo reprobable. El solo hecho de repudiar los estándares artificial y comúnmente aceptados de calidad sexual despierta en algunos incontrolable excitación. La curiosidad los tortura. Quieren comprobarlo, verlo consus propios ojos, tocarlo con sus propias manos, experimentarlo en sus propias carnes. Es por eso que nos tocare doblar la voluntad para negarnos a aceptar sus propuestas y en algunos casos rozar la grosería para expresarun NO. Así tiene que ser. Los miemb… perdón, los socios de Unmapol no se tienden con el primero que pasa. Somos gente selectiva. Un buen polvo lo puede echar cualquiera en cualquier momento, según nos revelan el cine y los libros de memorias: en el ascensor, en un armario, debajo de una estufa, detrás de las cortinas de un museo… Un mal polvo, en cambio, es algo que merece cuidado y dedicación. Para empezar, los socios de Unmapol pensamos, al igual que las abejas, los pelícanos y otras criaturas maravillosas, que el ceremonial del cortejo resulta mucho más importante que el acto sexual en sí mismo. Conquistar exige gracia, inteligencia, tacto, capacidad de seducir, encanto. Para echarse encima de un colchón y perpetrarun coito canino no hace falta más que un colchón, cinco minutos y un perro. Los socios de Unmapol partimos de la base de que el sexo es necesario y de que puede llegar a ser agradable. Pero nos resistimos a convertirlo en un arte, una religión, un deporte, un concurso, una obsesión o, incluso, una ocupación cotidiana. Lo desaconsejamos, sobre todo, despuésde las comidas pesadas. Creemos, además, que se trata, esencialmente, de una actividad muy poco estética. Por los órganos involucrados, por la humedad requerida, por los ruidos emitidos y por los movimientos que se acostumbran, el acto sexuales un espectáculo bastante grotesco. ¿Se han detenido los amantes del sexo a mirar a la luz del día, con curiosidad y sin morbo, las partes del cuerpo comprometidas en la unión de macho y hembra? ¿Los inquietantes colores, las arrugas, las verrugas, los paisajes intestinales, los palpitantes trozos de carne, las molestas pelambres que pueblan esos órganos? ¿Aceptan acaso —y este punto lo mencionaré una sola vez, por su condición repulsiva— los fastidiosos olores que suelen acompañar la maquinaria carnal del sexo? ¿No entienden que, además, su fealdad natural aumenta con los años? Hacemos nuestras las palabras del filósofo Nicolás Gómez Dávila cuando dijo: “Pocas suposiciones más desagradables que la de una cópula de cincuentón con cuarentona”. De allí que los socios de Unmapol afirmemos de manera tajante que es aconsejable practicar el sexo con la luz apagada y, en algunos casos, apercibidos de antifaz y mascarilla contra los malos olores. Y con medias, siempre con medias, para evitar un resfrío. No solo es antiestético el acto sexual, sino que suele ser antihigiénico. Por un fatal error de economía fisiológica, la naturaleza asigna sucias funciones excretoras a los órganos reproductivos. Digámoslo con claridad: el mismo aparato sirve para hacer pipí y bebés. Esta doble misión constituye claro atentado contra la higiene y a veces contra la salud. Por eso creemos en la necesidad del baño anportes, después y aundurante el polvo. Adicionalmente, el sexo, al destapar nuestra más recóndita intimidad, induce a otras prácticas de excesiva confianza poco recomendables, como dormir juntos, compartir ducha o exhibir innecesariamente la desnudez. Se tratade tres operaciones en las cuales impera un embarazoso derroche de ruidos, olores, sudores, gorduras, carnes fofas y halitosis, sin mencionar lagañas,pelambres y otras miserias del cuerpo humano. Los socios de Unmapol repudiamos la creciente confusión entre sexo y gimnasia. El auge de la trivialidad ha traído también la de los ejercicios. Abundan hoy las técnicas de puesta a punto del cuerpo; desde el inútil pilates hasta las artes marciales chinas, desde el mortal trote hasta la musculación deformadora. Personalmente lo considero una idiotez, pero cada quien pierde el tiempo como quiere. Lo inaceptable —y esta ya no es una opinión personal sino una posición del gremio— es que se contamine la sencilla ecuación del acto sexual (limpiar,izar, abrir, penetrar o recibir, cumplir, extraer, volver a limpiar) en un ballet de gimnasias y posiciones absurdas, que en vez de causar placer, son fuente de incomodidad y podrían causar esguinces, desgarros, lesiones demeniscos y fracturas. Queridos socios de Unmapol: este es uno de los puntos en que jamás transigiremos: ¡atrás la gimnasia, sobretodo la gimnasia atrás! Somos conscientes, además, de que la ansiedad sexual engaña tanto como la famosa tristeza que acomete al ser humano al finalizar el acto. Por eso recomendamos que nadie tome decisiones importantes en ninguno de los dos estados. La ansiedad ha llevado a muchos incautosa organizar asuetos en el Amazonas con una pareja insoportable; transcurridos dos días, sobreviene el arrepentimiento, cuando ya solo pueden quejarse ante los micos, las babillas y las mapanás. La tristeza post coital, a su turno, ha impelido a huir por la ventana o la chimenea a quienes, apaciguado el polvorín, comprenden que no valían la pena unos minutos de excitación a cambio delargas horas de padecer a una pareja insoportable. Dijo Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Hagamos el acto sexual dos veces bueno: hagámoslo breve. Agregó otro sabio que “la repetición mata el gusto y la imaginación” y un famoso economista habló de la Ley de los Rendimientos Decrecientes, que se aplica con mágica precisión al sexo. Reafirmemos, pues, nuestra consigna: “Repetir, nunca; repetir, nunca; repetir, nunca”. Nos esperan fuera de la cama muchas cosas maravillosas —los libros, el fútbol, el cine, la televisión, Internet, los parques, los restaurantes—como para perder el tiempo en fatigas vanidosas e innecesarias. Corren malos tiempos para los malos polvos, queridos socios. El mundo no parece habitado por seres humanos dispuestos a cumplir con un mínimo de placer el mandato de las hormonas, sino por atletas profesionales de lacompetencia sexual. Como si fuera poco, atletas dopados con pastillas, artilugios y brebajes. Hemos trasladado a la cama la ansiedad de los concursos y los retos olímpicos: más alto, más rápido, más fuerte… Sé, queridos socios, que nos azotan vendavales de mala prensa. Dicen que practicamos el sexo vestidos. Mentira. No conozco al primer socio de Unmapol que copule con sombrero o zapatos, y sé, en cambio, de muchos fetichistas que así lo hacen. Aseguran que odiamos el sexo. Falso. Nos gusta, como nos gusta, por ejemplo, el ariquipe, pero no por esto intentamos comerlo a toda hora, ni untarlo con los dedos, ni introducirlo por las fosas nasales. Afirman, finalmente, que confesamos nuestra condición de malos polvos como recurso de distracción para ocultar terribles perversiones. Es muy fácil: que lo averigüen. Tendrán que ducharse antes y después, apagar la luz y lavarse los dientes, pero podrán saberlo. En fin, queridos socios, son cuarenta largos años de incomprensiones y burlas. Pero seguimos imperturbables y cada vez con mayor éxito en nuestra misión. Prueba de ello es que somos ya dieciséis socios. Pero muy pronto seremos dieciocho. Pues, hastiados de la falsedad reinante, la semana pasada pidieron ingreso a la Unión una famosa y hermosa diva que responde a las iniciales de A. G. y un valeroso denunciador del gustico a quien solo identificaré como “Su Excelencia”. Señores socios: ¡Moderación e higiene! ¡Viva Unmapol! ¡Arriba los malos polvos! Nos disponemos a interpretar nuestro himno, así que, por favor, todos parados… quiero decir, todos de pie. Buenas noches. Fuente: Nota de la Revista SH, de su fan page oficial de Facebook.

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Cuánto tarda en llegar el helado
OfftopicporAnónimo1/7/2011

Cuánto tarda en llegar el helado Cuando la temperatura empieza a subir, el deseo de refrescarse con un postre helado va en aumento, pero ¿cuanto hay que esperar para saciar el antojo veraniego? Primero fueron los taxis y la lluvia. Y ahora, el sol y el helado. A nadie le gusta esperar y menos aún cuando la urgencia corre. Entonces, ya sea por apuro o puro antojo, mientras la temperatura en Capital Federal va en ascenso (el día en que hicimos esta nota, la térmica rozó los 35), uno empieza a temer que el delivery con el postre más común del verano nunca llegue. Los llamados arrancaron a las 20.20 hs., y una a una fueron convocadas las seis cadenas de heladerías aquí nombradas (vale aclarar que originalmente eran siete, pero PerTe nunca contestó el teléfono). Los gustos pedidos fueron tres, y siempre fueron los mismos: dulce de leche granizado, tramontana y chocolate suizo. El tamaño: 1/2 kilo, el mínimo que habilita a cualquier delivery a salir de su negocio. . ¿La conclusión? Se trate de una cadena de gran prestigio o de una más popular —siempre con buena relación precio/ calidad—, todos piden 40 minutos para llegar, aunque, en esta oportunidad, el tiempo jugó a su favor, ya que ninguno superó su tan poca prometedora espera · Chungo Teléfono: 0800-888-2486. Promesa: 40 minutos. Tardó: 21 minutos. Pedido mínimo: 1/2 kilo. Precio: $ 38. Faricci: Teléfono: 4555-4265 (sucursal Belgrano). Promesa: 40/45 minutos. Tardó: 36 minutos. Pedido mínimo: 1/2 kilo. Precio: $ 25 Frahel: Teléfono: 3979-7775 (sucursal Las Cañitas). Promesa: no hizo. Tardó: 28 minutos. Pedido mínimo: 1/2 kilo. Precio: $24. Freddo: Teléfono: 0810-333-73336. Promesa: 45 minutos. Tardó: 37 minutos. Pedido mínimo: 1/2 kilo. Precio: $ 41 La Veneciana: Teléfono: 0800-999-3000. Promesa: 30 minutos. Tardó: 22 minutos. Pedido mínimo: 1/4 kilo. Precio: $ 31 Persicco: Teléfono: 0810-333-7377. Promesa: 40 minutos. Tardó: 34 minutos. Pedido mínimo: 1/4 kilo más adicional o 1/2 kilo. Precio: $ 37 Fuente: nota sacada del fan oficial de Revista SH de FB.

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Historia de un Taxidermista
Historia de un Taxidermista
OfftopicporAnónimo2/16/2011

YO SOY TAXIDERMISTA por Guillermo Violini Ponce Lo primero que me tocó hacer fue un pescado, y no lo hice nada bien. Por lo general, el camino del taxidermista comienza de esa forma: con animales chicos, como pescados o pajaritos. Cuando viene un alumno a mi clase, le encargo ese primer trabajo, y me doy cuenta de si sirve o no. Por ejemplo, si demora seis horas en coser un cuero, le digo que no vuelva más y le devuelvo a plata. No me gusta sacarle plataa la gente. Empecé como un hobby y después me formé tanto acá como en los Estados Unidos, donde hice un máster. Además, soy biólogo, y eso me ayuda a realizar mi trabajo con mayores detalles y nivel de perfección. Tengo todo tipo de pedidos. Por ejemplo, terminé a Brenda, una perra setter color café que es de mi amigo y colega Lito. Como es su mascota de toda la vida, él no se animó a meterle mano, entonces le hice el trabajo. Ahora lo va a acompañar por siempre. También tengo clientes que vienen del extranjero a cazar y se lleven sus ejemplares ya listos. Un catalán fue a cazar a Corrientes y quería pájaros para adornar una escalera. Hay viejitas que quieren preservar a sus mascotas, aun cuando muchas veces no están en el mejor estado de conservación. Se han dado casos de personas que traen animales con elpelo feo y te piden que hagas magia y les devuelvas un peluche. El más loco de todos los clientes que tengo me pidió una mano de gorila, porque como es fumador de habanos quería usarla como cenicero; otra vez quiso que le hiciera monos para sostener las bandejas en la mesa. ¡Un loco! En mi casa tengo todo tipo de ejemplares de animales salvajes: prix, whartog, búfalo cape, eland, nyala, waterbuck, ciervo axis. Tengo un Bambi bebé que murió por causas naturales. La pieza más grande que me tocó trabajar fue un búfalo de 3.000 kilos. Para moverlo hubo que apelar a grúas y guinches. El tema es que una vez que empezás, no podés detenerte porque se te pudre la piel. ¡He llegado a estar 24 horas seguidas trabajando! Por lo general se descuera al animal en el lugar del hecho, luego se enrolla el pellejo y se traslada al taller como si fuera una alfombra. Allí comienza el verdadero trabajo, la parte más artesanal, como puede ser coser puntadas de un milímetro. De esa manera se diferencia un buen taxidermista de otros. Yo no trabajo ni comercio piezas sin papeles al día. Hay especies que están prohibidas por Fauna, como los pumas, entonces tengo que revisar el certificado de cada animal. La otra vez me llamaron para ofrecerme unos osos… pero estaban vivos, ¡pobrecitos! Así es como aparecen las noticias, después, sobre los animales abandonados por los circos. Mantener uno de esos bichos con vida sale un fangote. Comen cincuenta kilos de carne por día. A ese gente le respondí que yo era taxidermista y no un asesino. Mis trabajos salieron en publicidades de televisión, en videoclips. Muchas veces me piden material, pero movilizarlo es muy caro. Se firman seguros de mucha plata por si algo se daña. Lo que recomiendo, antes de contratar a un taxidermista, es asesorarse bien, averiguar, porque hay muchos colegas que cobran dos mangos pero rellenan al animal con formol. Eso es fácil, pero no sirve. Debido a mis estudios y mi experiencia estoy capacitado para embalsamar seres humanos, pero la ley no lo permite. Solo hay una cochería autorizada. Este trabajo no es fácil, porque tenés que lidiar con el cadáver del animal, los olores, la sangre, más de una vez te manchás todo con los líquidos, pero esto es una pasión, y yo por suerte puedo vivir de lo que elegí · Fuente:Nota de la Revista SH, sacada del Fan oficial de Facebook.

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Defensa de los hombres feos
Defensa de los hombres feos
OfftopicporAnónimo11/12/2010

DEFENSA DE LOS HOMBRES FEOS Una encendida defensa del atributo del 99% de los hombres: la fealdad, la ordinariez o lo que sea que nos aleja de la belleza. por Julieta Pink Todas tenemos un muerto en el placard. Que frase que detesto. ¿Qué es exactamente un muerto en el placard? ¿Un escracho, un indeseable, alguien que no puede calentar a nadie? Ah, ok, pero bien que te lo bajaste. ¿Qué es un tipo feo? No voy a dar nombres para no desilusionar al que todavía no sabe que lo es, pero quiero tratar de entender. ¿Nos referimos a poco agraciado? ¿Poco estético? Puede ser feo al principio, pero después te acostumbrás… cuando probamos la cerveza por primera vez nos pareció horrible, amarga… ¿y? ¿Hoy no es un super plan una pinta helada en una mesita moderna de Palermo? Bueno, a eso voy. ¿A qué le llamamos feo? ¿Qué tan feo puede ser? ¿Qué queremos? ¿Que el encargado del edificio sea Jude Law? No va a pasar. Y si pasara, se bajaría a todas las minitas del edificio y nos parecería un pelotudo. Nos dejaría de gustar en dos semanas. Es así, si el lindo no sostiene con algo más su belleza, nos termina cansando. Fijate que con un feo puede pasar lo contrario. Quizá tarde en cerrarte, pero una vez que entró, con todos sus pros, listo,compraste. Los lindos son para recrear la vista, para materializar ese galán que supimos ver en las novelas. Ahí es donde nos cagaron la cabeza. Si de chiquitas hubiéramos visto culebrones donde el protagonista tenía mandíbula antepuesta y ojos de pequinés quizá tendríamos menos prejuicios. Eso es lo bueno: feos hay para tirar para arriba. Comerte un feo te da un tema más de conversación para tu vida. Si te anotás en un cursito de Stand Up te armás seguro tu primer monólogo con el relato de los hechos: “Viste cuando te transás un pibe que parece un bombón y te das cuenta en su auto que viene para atrás… qué mal, tierra, tragame”. Los feos son graciosos. Casi siempre. Tienen desarrollado el sentido del humor como nadie. El feo te gana haciéndote reír. Ojo, también hay mucho feo que se sabe diez chistes de Internet. Ése no. Pero el feo que te sorprende, que llama tu atención, que sabe que no le vas a dar bola, pero que la pelea, por lo general algo se lleva. Y si al feo le damos un par de chances, hay muchas probabilidades de que nos enganche. Mientras él habla en una fiesta de cumpleaños, lo ignoramos casi por naturaleza, porque es feo. Al rato, si nos sacó una sonrisa, decimos: “Qué divino, si no tuviera esa napia”. Promediando la noche empezamos a creer que la nariz es lo que le da personalidad a un hombre y no sé qué otras frases hechas más. No se quién estableció que nos tienen que gustar los lindos. Los lindos nos gustan porque son pocos, porque queremos sentirnos especiales, es ego puro. Porque los lindos pueden tener a la chica que quieran y queremos que nos elija entre las demás, es una competencia femenina. Como cuando tenemos un casamiento y nos vestimos pensando en las esposas y novias que van a ir. Les queremos gustar a las minas y no sé si gustar es el verbo. Es más enfermo el asunto: queremos que nos odien por los zapatos que tenemos, por cómo nos queda el pelo recogido o la espalda descubierta. Nos gusta saber que nos están escaneando. Si la mujer del amigo de nuestra parejanos elogia la cartera, con la mejor cara de boluda decimos:“Ah… viste, es divina la tengo hace un montón”. Somos turras. Muy turras. ¿Por qué sigue siendo tema cuando una mujer hermosa sale con un fulero? No podemos dejar de comentar:“¿Qué onda? ¿Qué le vio? ¿Qué tendrá?”. Los lindos son las Cataratas: sí… impresionantes, una quiere sacarles fotos, mostrárselas a tus amigas, guardar imágenes mentales, recuerdos imborrables, quizás hasta soñar con volver algún día, pero ni en pedo me quedo a vivir en un hotel frente a la garganta del diablo. Los llamados feos son geniales. Son agradecidos, no pueden creer que les dimos bola, te elevan la autoestima minuto a minuto, tratan de complacernos para que no los dejemos, se reinventan, son humildes y son… la mayoría · La nota es de la revista SH, la saque del facebook oficial.

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El actor porno mas viejo del mundo
OfftopicporAnónimo9/23/2010

EL ACTOR PORNO MÁS VIEJO DEL MUNDO Este es Shigeo Tokuda, un japonés que se metió en el mundo XXX ya de jubilado, protagonista de títulos como El abuelo insaciable. por Mario Castro Comencemos por el final. Cinco años después de haberse iniciado como actor de cine porno, y luego de filmar más de 300 películas en las que ha hecho el amor con unas 150 mujeres, el japonés Shigeo Tokuda con 75 años, el actor porno más viejo del mundo, no es rico, ni feliz, ni famoso, sino más bien una especie de anécdota o fenómeno curioso dentro del mundo de los “videos para adultos”, que es la forma solapada, edulcorada y eufemística de llamar, también aquí en Japón, a las películas que muestran hombres y mujeres en pelotas. El internacional y parrandero barrio de Roppongi, uno de los centros más alegres y palpitantes de los varios que tiene la capital nipona,me pareció el sitio ideal para citar y entrevistar a quien yo esperaba, sería uno de los japoneses más orgullosos del planeta por representar un ejemplo de vitalidad y virilidad, la antítesis de la mayoría de sus compatriotas a quienes las encuestas sobre sexo ponen en el sótano de la clasificación mundial con 45 coitos... al año. Viviendo tantos años en Japón y conociendo, como conozco, su cultura y su gente, debí saber que en este país incluso las estrellas porno lo son, pero al estilo japonés. Después de haberlo visto en fotos y hasta de haber alquilad ouno de sus videos como objeto de estudio para esta crónica (solo como objeto de estudio, aclaro), divisé a Tokuda con su menuda figura, su cabeza canosa y semi calva y su ropa sencilla y gastada, abrirse paso entre modelos, mujeres hermosas y hostess (anfitrionas), la mayoría de ellas extranjeras que a esa hora de la tarde transitaban por la zona, estas últimas, rumbo al nightclub de turno donde adinerados okyaku-sama (clientes) intentarán, tarjeta de crédito en mano, cosechar sus encantos. Porque con una hostess un polvo no se compra, se cultiva. Cuando Tokuda llegó a la mesa del café donde lo esperaba, la sospecha se convirtió en certeza. Tenía ante mis ojos al actor porno más viejo del mundo, y me era imposible (a pesar de haberlo visto en video) imaginarlo practicando el noble y espirituoso arte de fornicar. Más que un macho cabrío que jadea, maldice y gime, Tokuda encajaba mejor con la imagen de Mr.Miyagi, de la saga de películas de Karate Kid,que como protagonista de El abuelo insaciable, una de sus producciones más comentadas. Tokuda no proyecta la imagen de una estrella porno porque, según él, no se siente y mucho menos habla, se viste o se mueve como una de ellas. Su hablar es pausado y sus respuestas están llenas de metáforas, como las de cualquier japonés que evita responder preguntas “difíciles” pero normales en este caso, del tipo “¿Usa viagra para lograr erecciones durante el rodaje?”. El septuagenario actor tampoco usa el lenguaje honorífico propio de la gente de su generación, pero sus maneras son suaves y respetuosas, como cualquiera de los 128 millones de nipones cuyo anhelo es no destacar, mimetizarse con la multitud, sepultarse en el anonimato de la homogeneidad. Y Tokuda parece uno más del montón. Pero si dentro de la pantalla del video Tokuda es todo un fenómeno del porno, fuera de ella fácilmente podría protagonizar una película de espías. Porque ni su esposa, con la que se casó hace 46 años, ni sus dos hijos mayores, y mucho menos su nieto de seis años, saben que el patriarca de la familia se revuelca sobre sábanas que no son precisamente las que su cónyuge tiende en la cama matrimonial. Así como lo lee: la familia de Shigeo Tokuda no sabe que tiene una estrella porno en casa. Ellos solo conocen a Yasuo Ishii, el esposo, el padre, el abuelo, el hombre común y corriente, el jubilado que desde hace cinco años actúa dentro y fuera de la pantalla. Y si para mí, que vivo en este país, fue difícil de creer, supongo que para muchos de ustedes que habitan al otro lado del mundo y que conocen Japón a través de Internet, el cine y la televisión, la cosa les parecerá sencillamente imposible. Pero no es imposible, es Japón. Típico hijo de la shitamachi o casco antiguo de la ciudad, para entender la historia de Tokuda hay que comprender el contexto en el que se desarrolla, es decir, de dónde viene. Hay que saber las particularidades del lugar donde nació, creció, se casó, tuvo sus hijos y vive hasta la actualidad. Conocer un poco la historiade los barrios más antiguos de Tokio es la clave, según me parece, para entender cómo este venerable abuelo se convirtió de oficinista de una agencia de viajes en estrella porno; la clave para descifrar su flexibilidad moral, que considera todo esto como un simple trabajo que, por cierto, no lo mantiene porque vive de su pensión de jubilado; la clave para comprender cómo ha hecho para ocultarle la verdad a toda la familia y, a la vez, atreverse a ofrecer entrevistas a rostro descubierto no solo a SH, sino a la CNN, la BBC e incluso a la edición estadounidense de Playboy. La shitamachi es considerada un área única no solo en Tokio, sino en todo el país. A sus habitantes, pero especialmente a los que como Tokuda nacieron dentro de sus límites, se les denomina edokko, es decir, hijo de Tokio. Y serlo, entre otras cosas, implica hablar con un lenguaje preñado de jergas y modismos, haber tenido como canción de cuna el rumor de los mercados que pueblan la zona, pero sobre todo, haber crecido en un área que durante mucho tiempo fue proscrita para la gente “decente” y las autoridades del país, ya que dentro de sus fronteras se ubicaba Yoshiwara, la zona roja; la Ciudad del placer, como la llamaban; un conjunto de barrios en los que solo había burdeles, teatros de kabuki y casas de geishas que, desde el siglo XVII, fueron el centro de diversión para poetas, artistas, comerciantes y guerreros samuráis. Incluso, clásicos son dentro de la actual filmografía nipona los dramas ambientados en Yoshiwara, donde geishas y samuráis se enamoran y terminan suicidándose bajo el rito del shinju (literalmente, doble suicidio de amor), porque el guerrero no tiene dinero suficiente para comprar la libertad de su amada. Hoy en día, casas de geishas y teatros ya no existen en la zona, las primeras porque el mismo arte de ser una cortesana educada y con dotes artísticas casi ha desaparecido y tiene poquísimas exponentes; mientras que los segundos han emigrado a barrios más lujosos, porque el kabuki pasó de ser un arte proscrito y de baja estofa, a un símbolo del Japón moderno. Los que todavía existen en esta antigua, entrañable y acogedora área son los burdeles, que siguen operando bajo la pantalla de baños termales ya que la prostitución está prohibida en Japón. Lo que tampoco ha desaparecido es el carácter festivo y liberado de la gente del shitamachi, el cual se aprecia en los pequeños bares que se ubican a la vera de tortuosas callejuelas, donde no es raro ver a mujeres y hombres de avanzada edad beber, bromear, bailar sobre las mesas y tener un contacto físico que la etiqueta nipona moderna ha proscrito completamente en el resto del país. De oficinista en unaagencia de turismo,Tokuda pasó a la industriadel cine para adultos,donde ha participado enmás de 150 películas. Ahora sí, arranquemos por el principio. Tokuda se inició en el porno por pura casualidad. Al menos eso es lo que él dice. Pero su historia no cuadra completamente, no solamente en fechas sino en detalles que un idioma tan enrevesado como el japonés revela de inmediato. Sospecho que el apacible abuelo que tengo sentado frente a mí tuvo contacto con el mundo del porno mucho antes de lo que quiere aceptar, si bien no como actor, sí como uno de sus más fieles aficionados. Pero a la larga eso es intrascendente, porque también en su caso “lo importante no es llegar, sino mantenerse”. Y nuestro vigoroso entrevistado piensa seguir en actividad hasta los 80 años, momento en el cual evaluará si aún le quedan fuerzas, y sobre todo ganas. La historia oficial refiere que Tokuda, a quien detrás de cámara todo el mundo conoce como Ishii, fue reclutado por un director que a la vez regentaba una tienda de alquiler de videos donde el abuelo acudía periódicamente por la ración de sexo que con toda seguridad y de acuerdo a las costumbres japonesas, no tiene en casa. Dos años —siempre según la versiónde Tokuda— se demoró en aceptar la propuesta: “Y el día que acudí a un rodaje me sorprendió la seriedad con que esas personas hacían su trabajo. Luego comprobé que este mundo no tiene nada que ver con la yakuza (mafia), que era otra de las ideas que tenía, así que le dije al director que quería probar”. El “trabajo” al que se refiere Tokuda, en su caso y por lo general, se limita a escenas de sexo sugerido, al cual y si le sumamos la censura que la ley impone a cualquier escena o foto donde aparezcan los órganos reproductores o incluso el vello púbico, deja muy poco que ver. No es que quiera restarle méritos al abuelo, pero lo cierto es que sus películas están lejos de mostrar un bosque de virilidad, lubricadas y bien decoradas vaginas, poses acrobáticas o penetraciones explícitas al mejor estilo gringo. En Japón los códigos prohíben a actores y directores mostrar órganos reproductores o escenas explícitas. Está prohibido, incluso, mostrar vello púbico. Y esto es algo que se explica muy fácilmente: es cine porno japonés, producido según códigos japoneses, para consumo de japoneses. Y la nipona es una sociedad sexualmente reprimida que no solo practica poco el sexo, según acepta el propio pornostar, sino que “habla poco del tema porque es algo que le incomoda”. Justamente y porque el sexo es una manifestación marcadamente cultural, este semental con olor a naftalina confiesa que si bien no tiene nada en contra de las mujeres extranjeras, “no sabría cómo hacer el amor con ellas”. Si bien Japón es conocido por ser un país de alta tecnología, por el monte Fuji, por las geishas y los samuráis, también es cierto que en el aspecto sexual es un paraíso donde existen servicios que no podríamos ni imaginar en Latinoamérica, desde el alquiler por horas de muñecas sexuales por las que se paga más que por una mujer de carne y hueso, hasta los clubes donde los hombres acuden solo para contestar un teléfono a través del cual establecen una cita que por lo general envuelve a una menor de edad. Y en el apartado del video porno, por no decir de la vida sexual del japonés promedio, la perversión y el sadomasoquismo son monedas comunes a las que se suman, cada vez con mayor frecuencia, la zoofilia y la coprofilia. Si bien Tokuda actúa dentro de producciones mucho más normales, él mismo acepta que “también hay cosas hardcore” en sus películas. Por eso mi siguiente pregunta se la suelto a boca de jarro, mirándolo a los ojos y sin que mi tono delate aprobación o rechazo: —¿Se avergüenza de lo que hace? Tokuda esquiva el dardo que le lanza mi retina como ha hecho desde que se sentó a la mesa, respira hondo, medita y responde, siempre con la vista perdida en los transeúntes que pasan apurados frente a él, sin reconocer un trozo de la historia cinematográfica de su país: —Tomo esto como un trabajo. Siento placer al hacerlo porque me gusta meterme en la piel de diferentes personajes, y a veces hasta me siento deprimido cuando creo que he actuado mal, por eso veo dos o tres veces mis propias películas. Pero es básicamente un trabajo. Nadie sabe que hago esto y si por ejemplo se lo contara a mis amigos del colegio, no lo entenderían y me marginarían. —Pero ¿se avergüenza? —insisto.— Yo he vivido una vida con altos y bajos, y este es solo otro periodo más, el sexto trabajo que tengo en mi vida a pesar de que el porno no me mantiene, vivo de mi pensión de jubilado. Pero agradezco poder trabajar mientras otras personas de mi edad no tienen nada que hacer. Típica. Me refiero a su respuesta. Tokuda acabade escurrir el bulto como normalmente hacen todos los japoneses cuando se trata de hablar claro, aunque debo aceptar que la pregunta era innecesaria porque, obviamente, se avergüenza de lo que hace, de lo contrario no lo ocultaría. Nuestra estrella porno se ha puesto algo incómoda por mi pregunta, lo noto en la forma como se mueve en la silla y porque ya casi nose atreve ni a mirarme, así que decido preguntar frivolidades. Los minutos pasan y sin prisa pero sin pausa, Tokuda me cuenta que debido a la crisis económica ahora graba hasta cuatro películas por día de trabajo; que cada uno desus “dramas”, como él los llama, dura menos de una hora; que todavía no le ha dado su nombre a ninguna pose sexual; que no usa fármaco alguno para poner en marcha la ex máquina reproductora; que acumula energía con base en una dieta de verduras y pescado, no fuma, toma poquísimo alcohol y realiza largas caminatas; que si se trata de escoger prefiere serla parte pasiva en la relación sexual; y que legusta filmar con mujeres de entre 30 y 40 años y no con jovencitas de 18, “porque saben lo que hacen en el futón”. Sin embargo, una mujer recuerda Tokuda entre todas con las que... ¿ha hecho el amor? Se trata de la actriz porno Jujito Ito, de 73 años, con quien filmó una de sus cintas más celebradas. Tokuda ya se relajó nuevamente, me lo demuestra el hecho de que cada vez sonríe con mayor frecuencia. El mozo trae otra ronda de té helado, y tras 70 minutos de conversación ya deduje que a Tokuda nunca le han pedido un autógrafo y mucho menos fémina alguna ha intentado, fuera de cámaras, llevárselo a la cama por ser un pornostar. Le pregunto si para “calentar” antes de una escena conversa con la actriz de turno para establecer una conexión que vaya más allá de la carne, y su respuesta me sorprende: “Está completamente prohibido hablar con la actriz antes de grabar. Es un tabú siquiera mirarla”. La respuesta trae de inmediato a mi mente las decenas de decenas de espectáculos sexuales de todo tipo a los que he asistido en este país, recuerdo que Japón es una sociedad sexualmente reprimida y de pronto las palabras de Tokuda cobran sentido: “Si pues —pienso— estamos en Japón. Aquí un acto tan normal y saludable como el sexo puede sufrir las más extrañas deformaciones”. El actor prefiere a las de 30 y 40 años sobre las de 18, porque “saben lo que hacen en el futón”. La mujer que más recuerda dentro de sus parejas en cámara es a la actriz porno Jujito Ito. Ella tiene73 años. “nadie sabe que hago esto y si se lo contara a mis amigos del colegio, no lo entenderían y me marginarían”. El tiempo casi se acaba, y me doy cuenta de que me falta una pregunta importante: ¿Qué significapara él ser el actor porno más viejo del planeta? Su respuesta, como varias de las que ha dado, me decepciona, porque me repite la letanía, verdadera o no, de que no se considera actor, que su rutina no se ha visto muy afectada por su condición de pornostar y, sobre todo, que no piensa hacer esto toda la vida. Y aunque la longevidad parece una marca japonesa registrada, no puedo evitar hacerme la cruel pregunta que todos ustedes acaban de hacerse leyendo esa respuesta: pero ¿cuánta vida más te queda? En Latinoamérica, este abuelo de dentadura postiza y problemas en la audición sería uno de los hombres más envidiados del continente. Aquí, es un ex agente de viajes que toma su condición de estrella porno como un trabajo cualquiera, casi, casi como una obligación que le ha planteado el destino y que esconde porque se avergüenza de ella, al punto de obligarlo a llevar una doble vida. Como diría Zarela, mi madre: “Dios da barbas a quien quijadas no tiene”. Regresemos un poco el reloj. Junto a Tokuda, en la mesa del café donde conversamos, está sentado Kono Gaichi, productor, director y ocasional actor porno que se ha convertido en una especie de representante del abuelo más eléctrico del país, al cual exhibe como una especie de trofeo. Y deduzco, porque en Japón esas cosas tienen que deducirse ya que Tokuda jamás lo mencionaría sin el consentimiento previo del aludido, que Gaichi fue el director que lo descubrió. El que lo introdujo en el mundo subterráneo del porno japonés que, según el director, “debe seguir siendo subterráneo porque allí todo está permitido. No nos interesa que salga a la luz”. Con Gaichi, lo que me interesa descubrir son las cifras. Según afirma este hombre orquesta del porno local, fue él quien creó el mercado de los videos para adultos de la tercera edad, y quien hizo de Tokuda la celebridad que es actualmente. Y le creo por una cuestión netamente numérica: Tokuda es el actor porno más viejo del mundo, porque de los dos sementales, también japoneses,que le quitaban el título, el que tenía 82 años se retiró no se sabe por qué razón, mientras que el de 90 años pasó a mejor vida, no se sabe si mientras grababa su último polvo. El costo, solo en actores, camarógrafos y locaciones, de producir una película de las que hace Gaichi, alcanza la suma de 600.000 yenes (6300 dólares). Ahora, y si hablamos del producto editado, impreso en un DVD y empaquetado para la venta, todo el proceso toma una semana y el costo aumenta a 1.600.000 yenes (16.800 dólares) por 2000 películas que en el mercado tendrán un precio unitario de 2980 yenes (31 dólares). “La mayoría de las productoras son pequeñas. Solo hay dos o tres que son grandes”, revela Gaichi, y todas ellas reparten sus producciones de la misma forma: a consignación. Es decir, si la película se vende las tiendas le pagan el producto, de lo contrario se lo devuelven. “La calle está dura”. La frase no es de Gaichi pero cae al pelo para la actual situación del cine porno nipón. Sin embargo, Gaichi es de los que creen eso de: “A grandes males, grandes remedios”. Por eso ya tiene en estudio un sistema de distribución ¡en asilos de ancianos! Y no es broma. Japón está lleno de estas instituciones debido a la gran cantidad de población adulta que tiene. Y Gaichi pretende llenarlas todas con sus videos porno para que los sexa, septua,octo y nonagenarios dejen de acosar a las enfermeras. O todo lo contrario. Lo único que debe descubrir el director para poner a rodar la cámara es “lo que le gusta a la gente”. “Desde hace unos cinco a seis años no se sabe qué vender exactamente. Antes era suficiente que en la película apareciera una mujer hermosa y la gente compraba, pero ahora esa fórmula ya no funciona”. La entrevista llega a su fin y luego de las formalidades de rigor, los buenos deseos y las inclinaciones de torso, veo alejarse a esta pareja que me recuerda a El gordo y el flaco, no por lo chistosos sino por lo diferentes. Y no puedo evitar quedarme con la impresión de haberme tropezado, más que con un actor y un director, con una anécdota. Sí, creo que esa sería la mejor definición para todo este fenómeno de alegres abuelos en pelotas: una gran anécdota que pronto será historia, un capítulo más del cine porno japonés · Fuente: De la Revista SH, saca del Fan Page oficial de Facebook.

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La nena de Dánica Dorada
OfftopicporAnónimo3/28/2011

QUÉ HAY DESPUÉS DEL CUARTO DE HORA DE FAMA “Todo el mundo tiene derecho a su cuarto de hora”, sentenció Andy Warhol. Pero irremediablemente después del minuto 15 llega el minuto 16, el del fin de la celebridad. SH buscó y encontró a personajes que desaparecieron de la vida pública que ahora viven lejos de la fama. Algunos felices de su presente, otros con la nostalgia del tiempo pasado. YO FUI LA NENA DE DÁNICA DORADA por Carla Crucianelli Yo no podía protagonizar la publicidad de Dánica Dorada. Pero lo hice. Era una nena de 7 años, y parece que el impedimento estaba en que tenía exclusividad con Hellmann’s, marca para la cual ya había hecho cuatro comerciales. No sé cómo, el tema lo terminaron resolviendo entre las empresas, y una vez que hice la publicidad, pasé a ser “la cara de”. A partir de ahí, empezó a jugar la apuesta de dar con un trabajo más importante o quedarse en eso. Después de Dánica, no volví a grabar para el circuito local: cuando algo pega tanto, terminan asociándote al producto, y yo quedé ligada a la manteca. Filmé un par de comerciales para el exterior, desfilé para Elsa Serrano y hasta almorcé dos veces en el programa de Mirtha Legrand. También hice un casting para una película con Graciela Borges. Y quedé. Desde la producción de aquella película llamaron para avisarme que el rodaje sería en enero y febrero. Fue entonces cuando papá dijo que yo no estaría en la película, que no sacrificaría a toda la familia por el proyecto. A él mucho no le entusiasmaba mi carrera y a mamá tampoco, aunque siempre me acompañaron, más teniendo en cuenta que arranqué con las publicidades, a los 4 años y casi de casualidad, cuando una prima modelo le llevó una foto a un director. Tuve después otras ofertas, pero dejaron de llegar a medida que papá las fue rechazando una a una. Igual, no tengo nada que reprocharles a mis viejos: no me imagino llevando otra vida que no sea esta, lejos de las cámaras, como distribuidora de ropa. Pero a la vez, mi hija Chiara ya está participando en publicidades, y sé que me gustaría que en el futuro sea ella quien decida si seguir o no. En su momento, yo no pude hacerlo, y es el día de hoy que mi papá me pregunta si me cortó las alas, y me dice que él lo hizo porque pensaba que a mí no me gustaba. Cuando uno arranca de tan chico, no se lo toma como un trabajo y para mí fue algo muy lindo. Después del éxito inesperado que tuvo la publicidad de Dánica, me di cuenta de lo fuerte que es la tele. Porque en esa época, era salir a la calle y que todo el mundo me reconociera y dijera “la nena de Dánica”. Fue un sello que me acompañó desde siempre. En el verano íbamos a Gesell, y no podía ni hacer castillitos de arena en la playa porque siempre venía lguien a interrumpirme. Todavía acá, en Haedo, con 46 años, algunos comentan: “¿Te acordás de ella? Es la nena de Dánica Dorada”. En su momento, mis hermanos eran “los hermanos de...”, algo bastante incómodo y pesado para ellos. Encima, yo no hablaba mucho de la publicidad, y cuando me peleaba con alguna amiga del colegio, no había peor ofensa que escuchar: “Vos, porque sos la nena de Dánica Dorada”. Me sacaba. Aun así, nunca me arrepentí de esa actuación. Después de muchos años, a los veintipico, cuando arranqué con terapia, la psicóloga me explicó que el hecho de haber sido aceptada socialmente de chica había sido muy positivo en mi vida y me había dado seguridad. A la distancia, veo que todo era un juego muy inocente del cual solo tengo gratos recuerdos, pero sin nostalgia · Fuente:Nota de la Revista SH, del fan de FB.

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El hotel de las travestis
OfftopicporAnónimo12/30/2010

El hotel de las travestis Una cronista accede a la intimidad del Gondolín, el hotel del barrio de Palermo que se transformó en bastión de las travestis. Un lugar donde vivir y a la vez una escuela de la calle para las recién llegadas. por Alejandra Dandan fotos Giancarlo Ceraudo cada vez que una nueva travesti llega al hotel Gondolín, Zoe hace dos cosas. Primero sirve un plato de comida caliente. Si la recién llegada esa noche está cansada, no sale a trabajar. Lo segundo que hace Zoe es dar un consejo: “Estate atenta si querés salir. Y cuando sientas tacos, preguntá si te acercan”. “¿¡Tacos!?”, pregunté la primera vez. “Sí. ¡Tacos! ¡Zapatos! Taca taca taca taca”. El sonido anuncia que es la hora de vestirse para salir a trabajar a la calle. El taca taca chirriante que estalla entre los escalones y los pasillos del hotel funciona como una campana. Un llamado que se dispara todos los días, a eso de las seis de la tarde. Pero el taconeo es además para muchas la primera escala de un viaje. Una aguja filosa bajo los pies que empieza a sujetar las formas de quienes aprenden a pararse por primera vez sobre las encorsetadas líneas de una mujer. O convertirlas en otra cosa. sesenta travestis viven en las veinte habitaciones del hotel de palermo. La mayoría en el gondolín son adolescentes que llegaron de los lugares más remotos. El hotel Gondolín es ese universo de acoples nuevos sobre viejas formas que crece en un edificio de pleno corazón de Palermo. Una vieja construcción de tres plantas con veinte habitaciones cerradas, ahogantes, donde viven sesenta travestis. La mayoría son adolescentes que llegaron de los lugares más remotos para empezar a transformar sus cuerpos. Las más grandes cobijan a las recién llegadas, las albergan gratis durante un año con la única condición de que a cambio trabajen duro y ahorren todo el dinero posible para operarse el cuerpo antes de irse. En el medio, el hotel se convierte en una suerte de escuela: ellas aprenden a ser mujeres. O a entender que jamás podrán serlo. Llamé a Zoe por primera vez un lunes, pero su celular sonaba y sonaba hasta que de pronto no sonó más. Se apagó como —empecé a entender— lo hacía ella después de cada noche de fiesta. Todo suele empezar de la misma manera: un vaso de cerveza a la noche mientras se calza los tacos azules, se saca el pulóver estirado de siempre y se acomoda un escote. Esos dobleces, el cambio de ropas, ese juego que al comienzo la divertía, ahora, a los treinta años, se le hace insoportable. Detrás de la cerveza empuja otra y luego otra, y va tragando las yerbas de un porro con cristales de cocaína y, al final, cuando no queda nada, la pasta base mala y barata que suele dejar el dealer del hotel. De inmediato cae redonda. Si no, termina de hacerlo tragándose un puñado de pastillas de Rivotril. Desde la última noche de fiesta pasaron dos días, calculé, cuando dejé de llamarla y decidí darme una vuelta por la casa. Zoe todavía dormía. La puerta del cuarto trancada por dentro la protegía del sonido fibroso de una cumbia que estallaba en el patio del hotel. Tolucía intenta desde hace ños irse a trabajar a rancia. Por una cama, a una travesti le cobraban lo que pagaba toda una familia por un cuarto. Como un gran living de paredes muy altas, el patio es el verdadero corazón de la casa: cruza las conversaciones de los cuartos de abajo con los comadreos de las que hablan más fuerte en los balcones de arriba. En un rincón, un bife hierve en aceite sobre una pequeña cocina mientras varias habitantes del hotel hacen fila frente a la puerta de un baño, esperan su turno vestidas en tacos y toallas. En el extremo, una escalera conecta los tres pisos de la casa: del patio a la “pajarera”, en lo más alto, donde los últimos cuartos, con techos de chapa, alojan a las recién llegadas. Con el correr de los días, ellas irán ganando mejores espacios en los pisos de abajo, pero todo empieza ahí, como si el cielo buscara protegerlas antes de dejarlas caer al infierno. *** Hasta hace diez años, el Gondolín era un hotel barato de pasajeros tradicionales: comerciantes de paso por Buenos Aires y algunas familias. El edificio estaba a cargo de un matrimonio. Él ponía orden a los gritos y a principio de mes ella golpeaba las puertas de los cuartos de los que se atrasaban en el pago. Cuando la primera zona roja de Buenos Aires estaba apenas a unas cuadras de ahí, sobre la calle Godoy Cruz, un día golpeó la puerta una travesti de Rosario. La mayor parte de los hoteles no las recibían, pero el encargado del Gondolín la aceptó convencido de que podía ser un gran negocio: instaló a la rosarina en la pajarera y por una cama le cobró lo que pagaba toda una familia por un cuarto. Detrás de la rosarina, llegó una travesti más y luego, otra. Para el hotel era un negocio redondo: cada una pagaba lo mismo que cuatro de los antiguos pasajeros. Al edificio se le caían las paredes, las bombitas quemadas colgaban de los cables de luz, pero el encargado no arreglaba nada. Como en los cuentos de hadas, al final, la avaricia le tendió una trampa: las travestis pagaban tanto dinero que él primero llenó la pajarera, luego ocupó las cinco piezas del segundo piso y siguió llenando el hotel de arriba abajo. Era 1998. En Buenos Aires se discutía el nuevo Código de Contravenciones en el que por primera vez se hablaba de la despenalización de la prostitución callejera. Zoe ya estaba en el hotel. Como imantada por ese espíritu de época, salió con algunas compañeras a protestar a la Defensoría del Pueblo y a la municipalidad por las malas condiciones de la casa. Días más tarde, el encargado levantó la voz para quejarse por algún asunto, pero las huéspedes esta vez lo pararon en seco: —¡No le vamos a pagar más! Golpearon las manos, gritaron y se amotinaron. El matrimonio de encargados dejó rápidamente el hotel. Y aunque les cortaron el gas y la luz, las travestis tomaron la casa. *** En el cuarto de Zoe, las sandalias asoman entre la ropa. Cuando ella finalmente se despierta, días después de aquel lunes en el que intentamos hablar con ella, completa el relato de la historia del hotel: —Una mañana —dice, apoyada en la cama— llegó la Prefectura con la policía y se quedaron doce horas. El dueño había hecho una denuncia como que nosotras le habíamos usurpado el lugar, pero usurpar es cuando vos te metés, y nosotras no nos habíamos metido, ¡vivíamos acá! En ese tiempo ya de por sí no podías salir ni a la esquina porque la policía te llevaba. Lo peor es cuando además te entran a tu casa, pateando puertas, sacándote desnuda, diciéndote: “Tirate al piso, tirate abajo” y apuntándote con armas. Nos golpearon, nos robaron. En ese por una cama, a una travesti le cobraban lo que pagaba toda una familia por un cuarto. tiempo había una chica que tenía HIV. Tenía toda su medicación, no la pudo tomar ese día ni al otro día ni al otro, porque la policía le agarró todas las pastillas, le abrieron los envases y las tiraron al piso. Zoe se calza un jean, zapatillas, y sale. Las zapatillas son gigantes y rosas, con pintas plateadas. “Te voy a presentar a Lucía”, dice, y vamos pisos abajo. Lucía le regaló las zapatillas a Zoe hace un tiempo, porque sí o porque seguramente le debía algo. Ése es uno de los códigos de hierro del hotel: la circulación constante de bienes y de dinero, aunque nadie habla de deudas o cuentas pendientes. El dinero simplemente viene y va. Los regalos circulan. La posesión de la plata determina roles, espacios y también las lides de la prostitución. Zoe, por ejemplo, pudo haberle presentado un cliente a Lucía y Lucía pudo haberle devuelto esa gentileza con el regalo. Nadie lo sabe. Y de eso no se habla. Los regalos están en todos lados: hasta es regalo el dinero que Zoe a lo mejor recibe cuando le presenta un cliente a las pupilas de la casa. el hotel tiene tres plantas. las más nuevas se alojan arriba, en la llamada “pajarera”. las históricas tienen los cuartos de abajo. En el cuarto de Lucía primero hay una puerta de rejas, y luego, la de madera. Ella es la rubia glamorosa, la chica de las paredes rococó, la lady con plumas que transformó el cuarto en altares gigantes donde cuelga la imagen de una Marylin. Hace años que intenta ir a trabajar a Francia, como muchas de las compañeras del hotel. Tiene el documento en orden, pero entre los antecedentes conserva dos causas penales por prostitución; así, no consigue el pasaporte. Un abogado le prometió sacarle las causas de encima, pero mientras tanto la espera hace de Buenos Aires una cárcel. Durante el día, pasea sin ropas contra la ventana del cuarto al estilo de las chicas de las marquesinas de Ámsterdam. Atraviesa la pieza sin camiseta mientras se agarra los dos globos inmensos que tiene alojados en el lugar de las tetas. Cada tarde, a unos metros de la ventana, estaciona un coche blanco. El conductor mira hacia adentro, detrás del vidrio donde Lucía pasa. —Uy, ¡mirá a ese tipo! —dice una de sus compañeras. Lucía ni siquiera lo mira. —Dejalo —dice—. ¡Si es una mariquita! ¡Encima se hace la novia para que yo la atienda gratis! *** La fachada externa del Gondolín parece haber sobrevivido a una guerra. Las ocho ventanas del frente se enciman unas sobre otras. En la ventana más alta está Cristal, la dueña de las cuatro gatas de la casa: Sofía, Luna, Serafina y Estrellita. A Cristal le encanta pasar el día asomada con los rulos al viento mientras despliega silbidos desinhibidos a los varones del barrio. La ventana de abajo es de Tamara, la cocinera del hotel. Llegó a Buenos Aires desde Salta, donde vendió su peluquería tras la muerte de su madre. Tolucía dos los mediodías es posible verla en los pasillos de la casa: vocea las ofertas de un menú de plato único y caliente, por unos diez pesos la porción. Al lado, está el cuarto de La Marcia, una de las rosarinas, ocupante desde los días de la toma. En la planta baja, están Lucía y Zoe. La puerta de entrada es sólo eso: una puerta de chapa blanca cerrada con llave. No hay timbres ni letreros. Ni nada que indique el nombre del hotel. Cuando alguien llega, sucede como en las casas antiguas: un grito, y una voz en cadena que va atravesándolo todo, como un gran eco, de pieza en pieza, del patio a la pajarera. Un martes, antes de las ocho de la mañana, fui a buscar a Zoe porque habíamos quedado en un encuentro temprano. El programa de los martes suele ser movidito porque las más jóvenes, en especial las recién llegadas, van a hacerse exámenes de tuberculosis a un hospital. Las más viejas les aconsejan que además vean a un ginecólogo o a un clínico. Muchas crecen aplicándose inyecciones de hormonas o recurren a aceites para agigantarse las curvas o afinarse los pelos, mientras sueñan que eso también les cambiará la voz. A las ocho de la mañana del martes, entonces, las que van al hospital se preparan en la puerta del hotel, en fila, listas para salir de a cuatro arriba de un taxi. Por si acaso, ese día, antes de acercame, volví a llamar a Zoe. —¿Vamos? —No. —¿Qué pasó? —Osvaldo se dio vuelta con el paco. Zoe es un nombre de guerra. Ella llegó a Buenos Aires hace quince años, cuando aún tenía dieciséis. Las dos primeras noches las pasó durmiendo en una plaza. Había salido de Salta en busca de esa tierra prometida a la que solía emigrar la mayor parte de quienes conocía. En su casa, el padre no estaba nunca porque trabajaba en el campo y la madre, de origen indígena, se las arreglaba como podía con varios trabajos a la vez. Zoe cada tanto salía a poner el cuerpo por ella para defenderla a los golpes cuando se le burlaban por ser india. Cierta vez también puso el cuerpo, pero en esa ocasión se embadurnó la cara con las pinturas de su madre. Le sacó la cartera, agarró las sombras de los ojos, se pintó y siguió con los labios. Así, se metió en un saloncito de la casa, una tarde, a la hora del mate, con toda la familia reunida por ahí. A partir de ese momento empezó a hacerlo con frecuencia. Dice que quería una reacción de su madre, un reto, un gesto, pero la mujer nunca dijo nada. El padre tampoco, pero desde entonces no pudo llamarla más ni por el nombre de varón ni por su nuevo nombre de mujer. A Osvaldo lo conoció en Buenos Aires, apenas llegó, en la calle. Lo recogió como recogió a su perra Negrita hace doce años. O como hace con los borrachos que caen todas las noches en la vereda del hotel: Zoe los tapa con una frazada y les acerca una caja de vino barato para protegerles el sueño. Hace un tiempo, Osvaldo empezó a quedarse en el hotel. Aunque el reglamento de hierro de la casa prohíbe la permanencia de varones por tiempo completo, como parte de una férrea defensa de género, él consiguió romper la norma. El hotel lo acogió porque en pocos meses el sida le hizo perder cincuenta kilos y la pasta base suele dejarlo dado vuelta. Zoe lo sostiene, aunque estuvo a punto de matarlo dos veces. La primera, se le tiró encima con un cuchillo, dispuesta a partirlo en dos partes. La punta del cuchillo terminó dando contra una pecera y las astillas del vidrio le estallaron a ella en la cara. La segunda vez fue la noche anterior. —¡Vamos! —dijo mientras bajaba las escalares corriendo, las manos en los bolsillos, escote de día, enormes lentes oscuros. En la calle buscó un taxi. Desesperada. Uno se detuvo. El conductor se despidió de su acompañante: otra travesti que bajaba del auto arrojando besos al aire. —¿Tenés cambio de 50 pesos? —preguntó Zoe al conductor, y se subió sin darle tiempo a responder. El coche dejó la calle Aráoz al 900, camino a Barrio Norte, en dirección al Hospital Fernández. “Hace cinco años que Osvaldo está enganchado con la pasta base —contó ella—. Está arruinado, es portador de HIV y yo lo estoy ayudando, pero ayer ya se sentía por demás remal. Cuando fuma está bárbaro, pero deja de fumar y le agarra diarrea, vómitos, se caga, se mea, todo mal. Por eso lo llevé a internarlo”. Zoe lo llevó al hospital; los médicos lo mejoraron un poco con suero, pero lo mandaron de nuevo al hotel. Como en las noches de fiesta, cuando él llegó Zoe se tomó un vaso de cerveza y tres pastillas de Rivotril. —¡¿Qué vas a hacer con tu vida?! —le disparó a Osvaldo. Él dijo lo que podía decir: que no iba a hacer nada. Que en cuanto se pusiera mejor iba a volver a empastarse.Zoe se arrojó sobre Osvaldo, so bre sus 42 kilos raquíticos, le apretóel cuello con toda su fuerza hasta que se puso azul. Una amiga entró a la pieza justo en ese momento y se lo sacó de las manos. Zoe le puso un billete de veinte pesos en el bolsillo y lo mandó de nuevo al hospital en un taxi. Horas más tarde, en el taxi, camino al Fernández, se preguntaba si Osvaldo estaría en el hospital. ¿Habrá llegado? *** Mientras tanto, el patio estaba a pleno. En el Gondolín, todo el tiempo hay gente llegando. Una inmigrante de Salta, la pasante alemana de una ONG, estudiantes de psicología o una cámara. Las visitas ponen lo que sucede en estudio, investigando. Anormalizándolo. Cierta vez, llegó la quiosquera de la cuadra con la noticia de que una encuestadora daba vueltas por el barrio. “¿Les molesta la presencia de las travestis?”, indagaba en las preguntas. La supuesta responsable de la encuesta era una estudiante de sociología, y había pasado casa por casa. “¡Llamemos a Marta!”, dijo alguien. Marta es la vecina de al lado, una abogada de polleras largas, anteojos muy gruesos y enormes. Durante años, mantuvo muy malos tratos con las vecinas. Levantó una medianera, no habló, hizo protestas y hasta un juicio que terminó en una mediación. La vecina mejoró los modales y las habitantes del hotel se comprometieron a bajar el volumen de la casa los días de fiesta. Pero las cosas no cambiaron hasta que un día Marta perdió —literalmente— a su madre. La señora era una mujer muy anciana afectada por la falta de memoria. Zoe organizó a los vecinos hasta que la encontraron. Marta ahora es parte de los aliados. la escalera que recorre los tres pisos del gondolín balconea sobre el pati o entral. Apareció al instante en el patio del hotel. “A mí no me preguntaron nada de nada”, dijo. Las ocupantes de la casa la observaban reunidas alrededor, autoconvocadas en asamblea. En tanto, alguien llamó a una activista y otra a una diputada, parte de una red de contactos urgentes, tan necesarios en esa cornisa por la que se mueven y sobreviven las habitantes del hotel. *** Los espacios cerrados son los lugares más difíciles de la casa. Los cuartos, la intimidad. Las veinte habitaciones encierran todo tipo de historias, pero en conjunto diseñan una topografía con la organización del lugar. Así como las más nuevas se instalaban en la pajarera, otros cuartos permanecen ocupados por ocho habitantes históricas: las únicas que no dejan el hotel. La mayoría llegó en los primeros tiempos. Son como el comité de organización política y administrativa de la casa. Además de Zoe, está Lucía con su vida encadenada a un pasaporte; Cristal, con los gatos; la Marcia, una de las rosarinas y La Chichi, con fama de dura, que pasó años a cargo de una organización de las trabajadoras de las zonas rojas en Europa. Entre las ocho, estuvo Renata, una brasileña que durante años vivió con HIV. Natasha, una ex catequista y Marixa, la más anciana de la casa. Es una de las primeras travestis que taconearon la Buenos Aires de los años sesenta. Desde los días de la toma, ellas llevan adelante el hotel. Pusieron las reglas y, aunque llegaron en distintos momentos, se establecieron como un colectivo que regula el uso del espacio y la recolección del dinero para pagar servicios. Y las relaciones con el mundo exterior. Tejen redes políticas para articular acciones o deciden incluso cómo tutelar a las jóvenes. En el mundo de las travestis, la prostitución es un asunto complicado. Por un lado, aparece como una poderosa, y casi exclusiva, herramienta de supervivencia económica, pero además es una enorme arma de inclusión: en ese escenario de transformación de los cuerpos, la prostitución también es un modo en el que las pupilas aprenden a afirmar sus nuevas identidades ante la mirada de los otros, de las habitantes de la casa, y también ante la mirada de un varón. En ese juego aparecen las humoradas constantes, el desaire de Lucía a ese hombre del auto. La burla que de alguna manera parece protegerlas y desarmar la sordidez de lo que en otros espacios se lee sólo como comercio del cuerpo. Marixa es, de alguna manera, instructora de las jóvenes. Sin un pulmón, la cara demacrada y los años pesándole en el cuerpo, se tira en una cama iluminada por rojos de motel. En los estantes se ven muchas alcancías. Hay un gato Garfield que le regaló Gabriela, alguien que dejó el hotel hace tiempo y a la que Marixa alguna vez le dijo lo que mucho antes le habían dicho a ella: “Vos ponete una meta, que Buenos Aires da para mucho. Comprate una alcancía y empezá a juntar dinero; no bajes de los cien pesos por día como para tener una base. Vos hacés cien pesos, y los guardás. Después hacés un poco más para tus gastos, y ese día ya estás conforme”. Al lado de esa alcancía, está la de Lucy. Estuvo sólo veinte días en la casa, pero con los consejos ganó tanto dinero que se hizo las prótesis, consiguió un pasaje para irse a Roma y ahora llama cada tanto. Muy cerca, sobrevive un búho oscuro. “Como ya había de todo —dice Marixa— ese búho lo elegí para mí: soy una persona que no puede guardar nada de plata. Antes, sí; pero ahora, no: hago guardar a las demás, pero yo ya no puedo. Como ya hice todo lo que quise hacer, ahora descanso”. En el piso de arriba suele haber una puerta siempre cerrada. Un día la crucé. Adentro estaba Juli, con el cuerpo bajo las sábanas, envuelto de lado a lado por unas vendas. Los ojos negros eran lo único con lo que podía comunicarse. Alrededor, dormían sus compañeras en dos camas marineras. Pero en un momento, al ver el pedido desesperado de sus ojos, una de ellas saltó de la cama, la tomó por los brazos e intentó sentarla como si fuera una inválida. Bajo las sábanas, el cuerpo de Juli aguantó un poco erguido, pero enseguida volvió a deslizarse. La última vez que llamó al cirujano no hizo falta que le dijera demasiado. Juli ya había ahorrado dinero para las dos operaciones que él le había aconsejado: unos 1.400 dólares para pagar la cirugía de sus pechos con unos 110 centímetros de contorno y la lipoaspiración del abdomen. Un sábado a las once de la mañana entró a la sala de operaciones de una clínica privada. Le pusieron suero, anestesia y la bañaron en iodo. A las cuatro y media de la tarde se despertó en medio de una pesadilla: el cirujano le estiraba con fuerza la piel del tórax, levantándola como una cáscara. Cuando todo terminó, el médico ató una faja tirante en torno del pecho. Juli respiró hondo y casi enseguida sintió que empezaba a asfixiarse como si las nuevas tetas le provocaran un ataque de pánico. Juli tenía dinero para un postoperatorio cómodo en un hotel de lujo, pero prefirió volver al Gondolín. La querida Marlene Wayar, una dirigente de la comunidad trans y antigua habitante de la casa, suele explicarlo más o menos del mismo modo: “La vida acá más que prepararnos para el mundo, nos permite construir un mundo paralelo, un mundo donde las raras no somos nosotras, sino el resto”. Desde los días de la toma, el hotel nunca tuvo los papeles en regla. Los verdaderos dueños iniciaron un juicio de desalojo que hasta ahora no avanzó porque no se pusieron de acuerdo. En esas condiciones, el desalojo es un fantasma constante. Para evitarlo, el grupo de las ocho intenta darle forma a una asociación civil y sigue tejiendo estrategias de contacto con otras organizaciones. Aunque esas redes no les dan cobertura legal, al menos legitiman su presencia. Se enrolaron con la políticas de salud; los viernes a la noche reparten preservativos en la zona roja de los bosques de Palermo. O el día del Orgullo Gay suman una carroza del hotel a la marcha. La organización de la vida doméstica también tiene sus cosas. “Me pasó como a las otras chicas: vine a Buenos aires para tener un cuerpo bello”. —¡¡Solange!! ¡¡Solange!! —se oye de pronto, en cualquier momento. Y Solange aparece. Es la todoterreno de la casa. Odia trabajar en la calle, nunca se pinta, usa el pelo atado con rodete y, como es gordita, suele andar con pantalones enormes de gimnasia. Solange nació en un pueblo salteño, lejos de todas las capitales, y donde alguna vez se imaginó que era la única habitante del planeta en sus condiciones. Llegó a Buenos Aires hace años, limpia casas y cumple horario reglamentario en el hotel: de lunes a lunes entra a las 9 de la mañana y se va a las 6 de la tarde, excepto los jueves, día de franco. A la mañana, asea los espacios comunes. A la tarde, hace mandados y luego se dedica a lidiar con la belleza de las chicas. “A mí me pasó como a la mayoría —dice—. Vine a Buenos Aires con las intenciones de tener un cuerpo bello, la cara bella y otras cosas. La prostitución no la hice en mis pagos, la hice acá, por el tema de tener esa meta. Todo porque primero comenzás con la confusión de querer ser mujer, porque después, cuando estás en la situación de empezar a ser mujer, te das cuenta de que mujer no podés ser. Que mujer no vas a ser, que obviamente tenés que aceptar lo que sos, que sos travesti”. —¿Y qué es eso? —Eso: que no sos hombre ni mujer, sos travesti. De pitos y de tetas se habla en todos los cuartos, pero Fabiana no participa. Ella apareció una noche en la zona roja de Palermo. Estaba sola, con ropas de jean y aire setentista. Desembarcó en Buenos Aires después de varios días de un viaje a dedo desde Zapala, donde era una de las únicas dos travestis del pueblo. Ya había recorrido buena parte del país. Cavó minas en San Juan; trabajó de obrero en Ushuaia y fue Carmela en un prostíbulo de La Pampa. En Zapala vivía en un trailer al costado de la ruta, y soñaba poner un puesto de comidas al paso con el nombre de Bagdag Café. “Yo me crié con los milicos, ¿me entendés? —dice—. Si vos ves a las travestis de ahora, están todas liberadas, pero yo vengo llena de telarañas: mi viejo, que ya murió, hubiese querido tener un hijo narcotraficante, chorro, violador, pedófilo, pero no puto y menos, travesti. Mi vieja, no: toda la onda”. La Mochilera, como le dicen, duerme en uno de los uartos más altos. En mi última visita, hay carteles escritos a mano en los corredores del hotel. Los pegó Zoe: anotó los gastos generales de la luz y del gas, sumó todo y dividió la cuenta en sesenta partes iguales, unos treinta y dos pesos por cabeza. A la noche, cae dormida. Y duerme dos días más. El teléfono suena y suena y no suena más. “Ptsss... Ptsss...”, escucho en la puerta. Es Cristal que vuelve a salvarme· Fuente: Nota de la Revista SH sacada del Fan de FB

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