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Primer post: 18 may 2011
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La triste historia del perro polar argentino
InfoporAnónimoFecha desconocida

Este es mi primer post, espero que les parezca tan interesante como a mí Saludos! Adios al amigo Cuando alguien habla de "la raza de perros argentina", normalmente todos pensamos en el Dogo Argentino, raza creada en la década del 50 por el médico cordobés Antonio Nores Martínez. Pero todos se olvidan de que hubo otra, creada algunos años antes, que acompañó al hombre argentino en una de sus aventuras más importantes, que le dio su apoyo, su calidez y su entrega y a la cual, con la desidia que nos caracteriza como nación (y posiblemente como especie) dejamos morir sin un gemido como si nunca la hubiésemos conocido. Esa soberbia raza se extinguió por nuestra culpa, y hoy se ha ido para siempre sin dejarnos más que su recuerdo. Conocemos lo suficientemente bien las extinciones de animales y plantas salvajes, que día a día reducen la diversidad genética de nuestro planeta y amenazan el delicado equilibrio ecológico, intrincado como la filigrana de un orfebre. De lo que no hemos recibido tanta información (acaso porque a los científicos no les preocupa, y a los medios menos aún) es de la extinción de especies o variedades domésticas, fenómeno que ha sucedido, sucede y seguirá ocurriendo en tanto no formemos conciencia y responsabilidad. Las extinciones de especies domésticas no son raras: ocurren a una vergonzosa tasa de dos razas o variedades por semana. Un millar de razas de animales o plantas domésticas se han extinguido en el último siglo. No hay que ser un especialista para comprender la razón de este estremecedor ritmo de extinción: los granjeros o agricultores a escala comercial e industrial se apoyan únicamente en aquellas variedades que producen más leche, carne, lana, toneladas de trigo por hectárea o lo que sea, y dejan a las menos productivas o a las razas indígenas (muchas de ellas ancestros genéticos de las comerciales) libradas a su suerte, lo que normalmente conduce a su desaparición. Las industrias internacionales del cerdo y del pollo se basan apenas en una o dos variedades, mientras que cientos de razas de bisontes, búfalos, abejas, cabras, ovejas, ñandúes, vacas, llamas y avestruces están, en este mismo instante, al borde mismo de la muerte. Solamente en Estados Unidos y Canadá, un tercio de las 259 razas registradas de animales domésticos se encuentra en peligro de extinción. Esto representa unas 90 variedades a las que próximamente conoceremos sólo a través de las enciclopedias o los documentales. Entre los perros —el "mejor amigo del Hombre"— las extinciones de razas enteras no son raras, lo que demuestra que el animal puede ser nuestro mejor amigo, pero que Homo sapiens deja bastante que desear como amigo del cánido. Entre las razas extinguidas podemos mencionar el Bullenbeiser, el Moloso (ancestro del San Bernardo y el Rottweiller), el Talbot y muchos más. Algunas otras razas fueron rescatadas de la extinción por mera suerte o por la dedicación de los aficionados. Una de las razas argentinas más lloradas y hoy completamente extinta fue el Perro de Pelea Cordobés, utilizado en las peleas de perros durante mucho tiempo. La base genética del Cordobés provenía del Bull Terrier, y se habían exacerbado las características agresivas para obtener un perro fuertemente agresivo hacia los demás perros. La extinción del Cordobés se debió a dos factores: primero, a la espantosa mortandad que provocaban los combates, y, en segundo lugar (pero tal vez el motivo más importante) es que los ejemplares eran tan violentos que al intentar hacerlos reproducir, el macho y la hembra intentaban asesinarse mutuamente en lugar de aparearse. La supervivencia de semejante raza, como se comprende, era prácticamente imposible. Pero el ser humano ha contribuido a la extinción de otra raza argentina, no por su agresividad, no por degeneraciones genéticas y ciertamente no porque careciera de las ventajas evolutivas necesarias para sobrevivir. A ella dedicamos el artículo de este mes. Hablaremos de la extinción del magnífico Perro Polar Argentino. Desarrollada por enfermeros veterinarios del Ejército Argentino pensando en dotar a los miembros de las expediciones antárticas argentinas y a los habitantes de nuestras bases de un compañero recio, inteligente, afectuoso, eficaz y trabajador, incansable y provisto de un enorme y enconmiable espíritu de sacrificio, esta raza era, en todos los sentidos, productora de los mejores perros de trabajo que jamás se vieron por las tierras australes. En el origen del Perro Polar Argentino se encontraban varias de las principales razas árticas de trabajo: se lo desarrolló a partir del Husky Siberiano, del Alaskan Malamute, del Groenlandés y de Spitz Manchuriano. La formación y estabilización de las características de esta raza insumió la friolera de 31 años de trabajo a cargo de un equipo de más de treinta suboficiales enfermeros veterinarios militares, entre los que se recuerda a Héctor Martín y a Félix Daza Rodríguez. El Polar Argentino era un perro de respetable tamaño, que llegaba a pesar 60 kilos en los machos y 52 en las hembras. Estaba poderosamente blindado contra el frío: tenía el pelaje dividido en tres capas (lana, pelo y subpelo), con una capa de grasa subcutánea de 2 cm. de espesor que lo aislaba del ambiente. Eran impresionantes animales de tiro, con una capacidad de tracción que duplicaba la de cualquiera de las razas de las que descendía, con increíbles registros de resistencia y velocidad. Un tiro de 11 perros polares argentinos era capaz de arrastrar un trineo cargado con 1,1 toneladas a 50 km/h en terreno llano y a 80 en terrenos de 45° de inclinación durante 6 horas ininterrumpidas. Los 70° bajo cero constituían para ellos una temperatura normal de trabajo, y cuando la base soviética Vostok registró el récord mundial histórico de frío (89,3° bajo cero) los perros polares argentinos se encontraban allí de visita y jadeaban tranquilamente en ese frío capaz de congelar el aliento. Los Polares se alimentaban una sola vez al día (el doble que los Huskies siberianos), pero igualmente su mantenimiento era incomparablemente más barato que el gasoil de los tractores, que por supuesto no rendían las mismas prestaciones que los perros. Ni siquiera era necesario darles de beber, ya que solventaban sus necesidades de agua ingiriendo hielo. Uno de los peligros más importantes en las travesías antárticas son las grietas, no importa si se utilizan trineos de perros o tractores orugas. Pues bien, entre las soberbias capacidades del Perro Polar Argentino se contaba la de "detectar" u "olfatear" (el mecanismo íntimo continúa sumido en el misterio, y los animales no están aquí para estudiarlos) las grietas, evitando los accidentes y salvando vidas humanas que de otra forma se habrían perdido (recuérdese el luctuoso accidente de hace unos meses que costó la vida a un soldado y un científico). Uno de aquellos perros, llamado "Poncho" —entrenado por el teniente Oscar Sosa— se destacó de tal manera en este aspecto que, a su muerte, el sacerdote Juan Ticó embalsamó su cuerpo, el cual se conserva actualmente en la ciudad argentina de Ushuaia. Eran capaces de intuir o predecir las tormentas, ayudando a evitar salidas fallidas; no perdíanr la orientación jamás, ni siquiera en medio del temporal más espantoso; se especializaban en encontrar a hombres o vehículos perdidos (lo que los convertía en excelentes rescatistas), y su capacidad para transitar terrenos cuya escasa solidez nunca hubiera soportado el peso de los tractores-oruga era una virtud inapreciable. El caso particular de "Poncho" fue muy especial, porque pudo guiar con seguridad y por el camino más rápido a un equipo de rescate que buscaba a los tripulantes de un avión estrellado. Así, los aviadores pudieron ser extraídos de los restos del aparato más rápida y seguramente de lo que lo hubieran sido si no hubieran existido los perros polares argentinos. La utilidad última del Polar Argentino, el último sacrificio que era capaz de hacer por sus amos y amigos, era el hecho de que podía servir de sustancioso alimento en casos de muy extrema necesidad. Más de una vez —sobre todo en las primeras expediciones de principios del siglo XX—, los exploradores debieron comerse a algunos de sus perros o sacrificar a algunos de los del tiro para que los demás comieran y poder llegar a destino. Esto, como se comprende, tampoco puede hacerse con un tractor. Pero independientemente de todo ello, los habitantes de las bases antárticas argentinas con cierta antigüedad recuerdan con cariño y devoción a sus perros desaparecidos porque —como tampoco podrían hacerlo los tractores— representaron para ellos y a lo largo de décadas, inagotables fuentes de amor, afecto, abrigo y compañía en las largas, interminables noches polares en plena soledad. Ante semejantes y excelentes prestaciones, el lector se preguntará con todo derecho: ¿por qué se extinguió el Perro Polar Argentino? ¿Cómo permitimos semejante cosa? Para conocer la explicación, hay que referirse al entrenador de perros y experto argentino Sergio Grodsinsky, que ha sido el único que ha escrito sobre el tema y a quien consideramos la máxima autoridad sobre el particular. En agosto de 1991, los países con presencia en la Antártida se reunieron en Madrid para redactar y aprobar el Tratado Antártico de Protección del Medio Ambiente (TAPMA). El TAPMA, según Grodsinsky, "impulsó entre otras ‘cositas` impedir hacer reclamaciones territoriales hasta 50 años después y compelió a ‘preservar el ecosistema" aludiendo pretextos proteccionistas". Afirma el experto que el TAPMA dispuso expresamente el retiro de los perros polares del territorio austral, estableciendo que el 1° de abril de 1994 no podía quedar ninguno en el continente entero. Si alguno no hubiese podido ser evacuado, tendría que ser sacrificado. Pero...¿por qué? Porque una institución denominada Scientific Commitee on Antartic Research ("Comité Científico de Investigación Antártica" ) dictaminó en la reunión madrileña que los Perros Polares Argentinos "transmitían el moquillo a las focas" (¿?), que "depredaban las pingüineras" y que "albergaban en su pelaje parásitos capaces de alterar el equilibrio ecológico de la Antártida". Tal sarta de argumentos es calificada por el experto argentino de la siguiente manera: "No hay mito ni leyenda que encuentre oposición cuando la superstición viene del `Primer Mundo`, es `moderna` y se autoproclama `científica`". Analizaremos, siguiendo a Grodsinsky, los falaces y seudocientíficos argumentos del citado Comité: La enfermedad de Carré (conocida comúnmente como distemper o "moquillo canino" ) no se transmite a las focas ni a ninguna otra especie aparte de Canis lupus. Así como nosotros no podemos transmitir nuestra gripe a un gato o un perro, el cánido no transmite el moquillo a la foca. Es cierto que estos pinnípedos tienen su propia versión del moquillo, como la tienen los gatos (panleucopenia felina) y los monos (catarro de Fisher), pero son provocadas por diferentes virus, ineptos para infectar a otra especie que a sus huéspedes natural. Tanto la base argentina General San Martín (al sur del Círculo Polar Ártico) como la base Esperanza, ubicada en el extremo norte de la Isla Trinidad, las dos en las cuales moraban los perros polares argentinos, siempre vacunaron a sus animales contra el moquillo. Y los vacunaron bien. Esto significa: dos dosis al cachorro y un refuerzo anual para los adultos, aplicado sin falta todos los años. Esta revacunación anual en la hembras gestantes impide también la aparición de la enfermedad en los ejemplares neonatos. Las expediciones argentinas sin base permamente siempre estuvieron obligadas a seguir el mismo plan de vacunación. Por último, desde que los primeros perros polares argentinos pusieron sus fuertes patas en el continente blanco por primera vez (1951) hasta la expulsión del TAPMA (1994), nunca se declaró, denunció ni documentó un caso de moquillo entre los ejemplares argentinos. A fuer de ser sinceros, tampoco en los animales de otras razas pertenecientes a bases extranjeras. Nunca, jamás, en ninguna base de ningún país se detectó moquillo. Es una enfermedad que jamás existió en el continente antártico. Por el contrario, las únicas patologías caninas presentes en las bases argentinas consistieron en parasitosis y dermatitis producidas en los perros por picaduras de piojos y pulgas... ¡transmitidos a los perros por focas y pingüinos! Con respecto a los perros "depredadores de pingüinos", hace falta señalar que, una vez más, se trata de una falacia. No es imposible que alguna vez un perro haya matado a un pingüino, pero corresponde decir que la superpoblación de los pingüinos, depredadores del krill ellos mismos, produce graves enfermedades por hacinamiento. Esta superpoblación de aves jamás podría verse afectada por uno o dos ejemplares que se escaparon de sus bases a lo largo de toda la historia. Con respecto a las focas, resulta directamente ridículo imaginar a un perro de 60 kilos atacando y matando a una foca de 500 o 600 kilos. Si alguna vez un perro argentino devoró a una foca, fue porque encontró su cadáver en la costa, ya que las vivas huyen de los depredadores terrestres zambulléndose (siendo que el buceo es una de las pocas capacidades que el Perro Polar Argentino nunca logró desarrollar). Por último, si los perros argentinos eran "una especie exótica" que "desequilibraba el ecosistema antártico", exactamente lo mismo puede decirse de los seres humanos, incluidos los "científicos" que decidieron la expulsión de los cánidos. Por no hablar del hecho de reemplazar a los perros por tractores a gasoil, que, además de liberar gases de efecto invernadero, contaminan la Antártida con los malolientes y untuosos desechos de la combustión de hidrocarburos y los cambios de lubricantes. Finalmente, el especialista argentino se hace una última pregunta capital: si se han prohibido los perros en la Antártida pero no en el Polo Norte: "¿Por qué los perros en el Ártico no contagian a la focas?". La Argentina, como firmante del Tratado Antártico, no quiso denunciarlo y se sometió mansamente a la obligación de retirar a sus perros, dejando claramente asentada, sin embargo, su posición mediante el voto en contra. Así, pues, los 56 ejemplares que la nación mantenía en la Antártdia se dispusieron a ser evacuados a Tierra del Fuego antes de que se cumpliera la fecha límite del tratado. Pero, ¡ay!... considérese que los perros polares argentinos llevaban 43 años siendo criados en la Antártida, generación tras generación, sin contacto con perros provenientes de fuera y, lo que es más importante, sin contacto con los gérmenes patógenos normales en los perros. La conclusión es que habían perdido toda inmunidad orgánica. De la primera tanda de 30 animales llevados a Ushuaia, 28 murieron en brevísimo lapso, víctima de enfermedades para las cuales cualquier perro callejero se encuentra inmunizado naturalmente. Los dos ejemplares sobrevivientes de aquel grupo no tuvieron ninguna posibilidad de reproducirse... porque ambos eran machos. El segundo embarque (26 ejemplares) también sufrió los rigores de bacterias y virus para los que no estaban preparados, cayendo víctimas de una espantosa mortandad. Los pocos sobrevivientes (animales tal vez más fuertes que sus compañeros) fueron dispersados y desperdigados en manos de distintos propietarios adoptivos, ubicados muy lejos unos de otros. Incapaces de reproducirse entre ellos, los perros polares argentinos se cruzaron con otras clases de caninos, y su fuerte y extraordinaria genética se diluyó en la población canina de Tierra del Fuego, extinguiéndose de este modo esa portentosa raza argentina. Así, la emigración obligada por una ley basada en mentiras, logró lo que el hostil ambiente del invierno antártico, el hambre, la soledad, el trabajo a destajo, los vientos brutales y el frío asesino nunca hubiesen conseguido: privar a nuestros hijos y nietos del placer de la compañía de este soberbio y deventurado perro criollo. Tal vez alguien, en un futuro cercano, reproduciendo los cruzamientos de aquellos tesoneros veterinarios militares, pueda reproducir las cruzas que ellos hicieron y lograr, con cuidado, respeto y cariño, que el hermoso y orgulloso Perro Polar Argentino vuelva a caminar y tirar alegremente de los trineos, si no en la Antártida, al menos en las dilatadas tierras de la Patagonia Argentina. Fuente: Marcelo Dos Santos, para revista Axxon Links de interés: http://www.voraus.com/v2/modules/wfsection/article.php?articleid=134 http://www.voraus.com/v2/modules/wfsection/article.php?articleid=136

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Presidente Juan D. Peron: Discurso Día de la Raza 12/10/194
Presidente Juan D. Peron: Discurso Día de la Raza 12/10/194
InfoporAnónimo10/13/2012

Lo pongo como curiosidad. No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo. No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza. Únicamente puede justificarse el que rompa mi silencio, la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España. Espíritu contra utilitarismo Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu. En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza. Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo. Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la Raza. Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos, de los siglos, espejo y paradigma de su raza. Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestra, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”. En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos. Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible. Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad. Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental. Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la Historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos. Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano… Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil. Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad. Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos. Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica serie y desapasionado, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres. España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la Historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental. Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación- que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias, universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”. Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación -”teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”. España levantó, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva. Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios. Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”. Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que aliente a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escena rio turbulento de las calles de una ciudad. Señores: La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el decreto-, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”. Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”. El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporada y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales, les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944- que “tiene, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”. Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común. De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es precio identificar como genio auténticamente español, mal que no puede concebirse como no sea en España. Esta solemne sesión, que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver- la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana, se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana. Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar. Mientras unos soñaban y otros seguían amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europea crujen ante la proximidad de exóticos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza pretendidos profetas, a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización, y otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que, con la excusa de defender los principios de la Democracia (aunque en el fondo quieren proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una nueva y sangrienta Tiranía. Como miembros de la comunidad occidental, no podemos substraernos a un problema que de no resolverlo con acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos. Hoy, más que nunca, debe resucitar Don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid Campeador. Juan Domingo Perón Discurso en la Academia de Letras 12/10/1947

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Lourdes, Carlomagno y las flores del emir
InfoporAnónimo6/17/2011

A los pies de los Pirineos, a un siglo y medio de sus humildísimos inicios, Lourdes es el santuario católico más visitado del mundo y su atracción sigue en aumento. Un lugar donde los foráneos son a menudo más numerosos que los franceses, y para llegar hasta él, acompañando a los enfermos, han nacido sólidas y activas organizaciones. Entre los más de cinco millones anuales de peregrinos, quizá nadie sospecha por qué el Cielo, en el cual obviamente creen, decidió hacer surgir precisamente aquí este extraordinario lugar de devoción mariana. ¿Fue este lugar, de alguna manera, predestinado? ¿Hubo, acaso, una «Lourdes antes de Lourdes»? Hay una historia enigmática recientemente redescubierta gracias a la reimpresión de un libro de 1928. Una historia un tanto olvidada, que incluso el obispo de Tarbes y Lourdes —como descubrí una tarde en que me hospedó en su casa— la conocía sólo de oídas, y sospechaba que se trataba de una tradición legendaria. En realidad, no es así. La documentación histórica es muy completa y se conserva en los archivos, a disposición de cualquiera. Sólo los comienzos del milenario suceso no son avalados por textos escritos, aunque se basan en una sólida tradición, que a continuación fue fijada en los pergaminos. Estos comienzos relatan la historia de Carlomagno que, volviendo de España, donde se había enfrentado a los moros, puso asedio al monte sobre el cual se levantaba la fortaleza sarracena de Mirambel, el antiguo nombre de Lourdes. El emir que la guardaba, Mirat, había jurado a Alá que no se rendiría jamás ante ningún hombre. Pero cuando se vio reducido y asediado al extremo, acogió con alivio al obispo que iba con Carlomagno, que le propuso respetar el juramento, aunque se rindiera, no ante un hombre, sino ante una Mujer, Nuestra Señora de Le Puy, el mayor santuario de las Galias, al cual acudían peregrinos de toda Europa. Dado que María era venerada también por los fieles del Corán, Mirat aceptó, y seguido de sus dignatarios cabalgó hasta Le Puy. Los sarracenos llevaban atados a las lanzas ramos de flores tomados en el prado que había delante del castillo. El mismo prado donde se erigiría siglos más tarde la explanada para las procesiones con antorchas de los peregrinos de Lourdes. Las flores del emir fueron depositadas sobre el altar de la Virgen, en señal de vasallaje. Hasta aquí la tradición, atestiguada hasta el punto de haber dejado su signo en el escudo de la ciudad. Pero, a partir de 1602, documentos indiscutibles cuentan que los condes del lugar donaron a la Señora de Le Puy no sólo Lourdes, sino la región entera, La Bigorre, comprometiéndose al pago de un tributo anual, al capítulo del gran santuario de Le Puy. Cuando el territorio de Lourdes pasó a manos de los reyes de Francia, éstos renovaron el compromiso y lo respetaron hasta que la Revolución decapitó a Luis XVI y devastó Le Puy, llegando hasta el punto de quemar en la plaza, como un desperdicio más, la venerada imagen de la Virgen. Durante siglos, un día y una noche al año, en el castillo de Lourdes se arriaba la bandera real para que ondeara el estandarte mariano, y confirmar que aquello era «fief et domaine» -feudo y dominio- de la Virgen venerada en Le Puy. Durante la Restauración, en 1815, los Borbones reabrieron el santuario y le reconocieron sus antiguos derechos sobre la ciudad pirenaica. En 1829, por última vez, una delegación partía de Lourdes y, en señal de vasallaje, llevó al altar de Le Puy, en costumbre milenaria, las flores recogidas ante el castillo. Fue, decimos, la última vez, porque un año después, en 1830, los Borbones fueron expulsados por Luis Felipe de Orleans, el rey escéptico y voltairiano que abolió todos los compromisos con la Iglesia asumidos durante siglos por la monarquía francesa. El Estado rompía el lazo entre Le Puy y Lourdes que existía probablemente desde Carlomagno, y ciertamente desde 1062. Y aquí llegamos al hecho singular para los creyentes, quizá no tan casual: según el antiguo derecho feudal, la potestad del señor de un lugar se extinguía después de 30 años de incumplimiento de las obligaciones previstas en el acto de vasallaje. El último regalo llevado por la «vasalla» Lourdes a Le Puy, el último tributo pagado por la monarquía francesa, se remontaba a 1829; por tanto, los «derechos» de María sobre la ciudad pirenaica habrían prescrito en 1859. Pues bien, justo un año antes del tiempo fijado para la extinción, en 1858, la Señora se aparecía en Massabielle, la colina que está enfrente del castillo -sobre el cual, durante siglos, había ondeado su bandera, ante unos prados donde desde siempre se recogían flores para ella-, y pedía «a los sacerdotes» que «se construya aquí una capilla», exhortando a todos a ir «en procesión», como en homenaje a una reina. El pacto, por tanto, había sido renovado, los grandiosos santuarios erigidos tras las apariciones sustituyeron, cual nuevos palacios reales, a la antigua fortaleza. Su imagen había sido quemada en Le Puy, pero otra la sustituyó en un lugar que desde siempre había pertenecido a la Virgen. Si éstos son los hechos, es comprensible que los escépticos sospechen una cierta «conjura clerical» con las apariciones como escenario para seguir un guión. En realidad, no es así: en la confrontación secular sobre la verdad de Lourdes, nunca nadie hizo referencia a estas coincidencias históricas. Ningún sacerdote acudió a ellas para confirmar a los creyentes, ningún «libre penseur» las aireó para confirmar sus dudas. Eran cosas olvidadas que dormían en los archivos. Fue necesario esperar a aquel libro de 1928, escrito por Emile Bréjon, experto en derecho feudal y medievalista y que ahora ha sido reeditado. Precisamente en base a sus conocimientos, Bréjon fue el primero en recomponer las piezas de un puzzle que parece confirmar el enigma que aletea sobre las orillas del Gave. Vittorio Messori, traducción de Mar Velasco Fuente http://www.conoze.com

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¿Los católicos adoran imágenes?
¿Los católicos adoran imágenes?
InfoporAnónimo7/11/2011

Me preguntan por qué los católicos "adoramos imágenes". Es absolutamente falso que los católicos adoremos imágenes. Decirlo es ignorancia o malicia. Los católicos adoramos solo a Dios. Entonces, ¿porque tenemos imágenes? Estas son solo representaciones artísticas de Jesús, de María o de los santos. Nunca se adora la imagen. Como una esposa guarda la foto de su esposo, el cristiano utiliza el arte para representar a los que están en el cielo. La foto del esposo no es una necesidad para la esposa poder recordarlo. Es tan solo un signo que facilita el recuerdo. El cristiano tampoco necesita imágenes para orar. Tan solo son una ayuda para elevar los sentidos. El hombre siempre ha usado pintura, figuras, dibujos, esculturas, etc., para darse a entender o explicar algo. Estos medios sirven para ayudarnos a visualizar lo invisible; para explicar lo que no se puede explicar con palabras. Santo Tomás de Aquino explica en su Summa Teológica: El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imágen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que es imágen. (Summa theologiae, II-II, 81, 3, ad 3.) ¿La Biblia prohíbe las imágenes? Cuando el hombre cayó por el pecado y perdió la intimidad con Dios, comenzó a confundir a Dios con otras cosas y a darles culto como si fueran dioses. Este culto se representaba frecuentemente con esculturas o imágenes idolátricas. La prohibición del Decálogo contra las imágenes se explica por la función de tales representaciones idolátricas. El Primer Mandamiento: Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea... (Dt 4:15-16) (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #2129s.) Los Israelitas eran una minoría rodeada por pueblos idólatras. Dios quiso protegerlos de esas prácticas pero ellos frecuentemente caían. Los profetas, especialmente Oseas, Jeremías y Ezequiel hablaron en nombre de Dios para prohibir la idolatría y se llevaron a cabo muchas reformas para purificar las malas prácticas (cf. 2 R 23: 4-14). Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento, Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado. Ejemplos de imágenes permitidas por Dios en el AT: La serpiente de bronce (cf. Nm 21,4-9; Sb 16,5-14; Jn 3,14-15) Querubines, bueyes y otras imágenes en el Templo: Dios ordena poner grandes estatuas de querubines junto al Arca de la Alianza. Estas obviamente no eran para idolatría sino como símbolo de la adoración de los ángeles invisibles allí presentes. Inspiraban temor de Dios. "Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio: haz el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro. Los querubines formarán un cuerpo con el propiciatorio, en sus dos extremos. Estarán con las alas extendidas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio, uno frente al otro, con las caras vueltas hacia el propiciatorio." Ex 25, 18-20 "En el interior de la sala del Santo de los Santos hizo dos querubines, de obra esculpida, que revistió de oro". -II Crónicas 3,10 También en las paredes del Templo: "Revistió la Sala Grande de madera de ciprés y la recubrió de oro fino, haciendo esculpir en ella palmas y cadenillas" II Crónicas 3:5 "esculpió querubines sobre las paredes". II Crónicas 3,7 "Debajo del borde había en todo el contorno unas como figuras de bueyes, diez por cada codo, colocadas en dos órdenes, fundidas en una sola masa. Se apoyaba sobre doce bueyes; tres mirando al norte, tres mirando al oeste, tres mirando al sur y tres mirando al este. El Mar estaba sobre ellos, quedando sus partes traseras hacia el interior. -II Crónicas 4,3-4 "Las dos columnas; las molduras de los capiteles que coronaban las columnas; los dos trenzados para cubrir las dos molduras de los capiteles que estaban sobre las columnas; las cuatrocientas granadas para cada trenzado" -II Crónicas 4,12. Obviamente estas imágenes no eran idolátricas sino símbolos que inspiraban al culto al verdadero Dios creador de todas las cosas. Imágen de las catacumbas, siglo III, La Virgen con el Niño y un profeta. Fresco, comienzo del siglo III - Catacumba Santa Priscila, Roma. ( Foto: Pont. Comm. Arch.) Las imágenes y los cristianos. Las primeras comunidades cristianas representaban al Salvador del mundo con imágenes del Buen Pastor; mas adelante aparecen las del Cordero Pascual y otros iconos representando la vida de Cristo. Las imágenes han sido siempre un medio para dar a conocer y transmitir la fe en Cristo y la veneración y amor a la Santísima Virgen y a los Santos. Testigo de todo esto son las catacumbas donde aun se conservan imágenes hechas por los primeros cristianos. Estas imágenes dan testimonio de su fe y del uso de las imágenes. La que ves a la derecha es la Virgen con el Niño y un profeta. Es de la catacumba de Santa Priscila, principio del siglo III. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva economía de gracia Algunos objetan que la Iglesia cambió la enseñanza del Antiguo Testamento. No es cierto. Mas bien es Jesucristo mismo quien tomó lo antiguo y le dio una interpretación mas perfecta en su propia Persona. Mientras antes de Cristo nadie podía ver el rostro de Dios, ahora en Cristo, Dios se hizo visible. Antes de Jesús las imágenes con frecuencia representaban a ídolos, se usaban para la idolatría. En la plenitud de los tiempos, el verdadero Dios quiso encarnarse y así tener imagen humana. Jesucristo es la IMAGEN visible del Padre. Nos dice el Catecismo # 476: "Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar" la faz humana de Jesús (Ga 3,2). En el séptimo Concilio Ecuménico (Cc de Nicea II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas. Juan 14:9 "Le dice Jesús: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"?" El uso cristiano de las imágenes no es contrario al Primer Mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, el honor dado a una imagen se remonta al modelo original. El que venera una imagen venera en ella la persona que en ella está representada. El honor tributado a las imágenes sagradas es una veneración respetuosa, no una adoración, que sólo le corresponde a Dios. Fundándose en el misterio del Verbo Encarnado, el séptimo Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea en 787, permitió la institución de imágenes (Este concilio no instauró el uso de las imágenes, que como vimos se remonta al comienzo del cristianismo, mas bien afirmó la práctica) Las imágenes de la Virgen Santísima y de los santos. La Iglesia Católica venera a los santos pero no las adora. Adorar algo o alguien fuera de Dios es idolatría. Hay que saber distinguir entre adorar y venerar. San Pablo enseña la necesidad de recordar con especial estima a nuestros precursores en la fe. Ellos no han desaparecido en la nada sino que nuestra fe nos da la certeza del cielo donde los que murieron en la fe están ya victoriosos EN CRISTO. La Iglesia respeta las imágenes de igual forma que se respeta y venera la fotografía de un ser querido. Todos sabemos que no es lo mismo contemplar la fotografía que contemplar la misma persona de carne y hueso. No está, pues, la tradición Católica contra la Biblia. La Iglesia es fiel a la auténtica interpretación cristiana desde sus orígenes. No es sorprendente que algunos persistan en acusar a la Iglesia sin querer entender razones. Ya ocurrió así con los fariseos hace 2000 años. Acusan a Jesús y sus discípulos por sus prácticas sin querer ver la realidad. Acudían a El con muchas preguntas torcidas, acusándolo de romper la ley, hasta de ser del demonio (Cf. Jn 8). Las explicaciones de arriba solo servirán para los hermanos que sinceramente preguntan porque tienen dudas y quieren entender. Con gusto les podemos explicar lo que los cristianos siempre hemos creído y practicado. Padre Jordi Rivero Fuente: http://www.corazones.org

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La Leyenda Negra...
La Leyenda Negra...
InfoporAnónimo5/18/2011

La Leyenda Negra, siglos de mentiras Excelente artículo de Matthew Brock sobre un tema que siempre vuelve. Es de hace unos tres años, y conserva su vigencia. Se refiere a la original, luego se agregaron más "leyendas negras", siempre con el denominador común del ataque contra la España Católica. La leyenda negra Oliver Cromwell era una pieza de cuidado. Era comandante del invencible Nuevo Ejército Modelo, vencedor de la Guerra Civil, azote de Irlanda, Lord Protector de la «Commonwealth», terror de tiranos, defensor de la fe; en resumen, una de las peores personas que han vivido en Inglaterra. Pero él no lo hubiera creído así, ni tampoco aquellos que le escuchaban mientras hablaba al Parlamento inglés el 17 de septiembre de 1656. No, el «gran enemigo», el enemigo «de todo lo divino que cada uno de vosotros tiene» eran «los españoles». Pocos de los puritanos de cabezas redondas que le escuchaban en el Parlamento aquel día habrían estado en desacuerdo con él: España era el imperio malvado, una cruel, codiciosa, intolerante raza de semi-bárbaros que imponía su dominio con la prisión, la hoguera y el potro de tormento de la Inquisición. No estaban contentos con suprimir a sus propios pobres ciudadanos con el yugo de la superstición e idolatría sino que también querían esclavizar al mundo entero. «En verdad» —Cronwell dijo a su audiencia— «los españoles están interesados en vuestras entrañas». Esa ha sido la opinión de muchos durante los últimos cuatrocientos años. La Leyenda Negra —la imagen de España como una nación intolerante y cruel y la Inquisición como el colmo de la intolerancia— ha sido tan verdadera como el evangelio en muchas partes del mundo y la palabra Inquisición se ha convertido en sinónimo de caza de brujas, juicios-farsa, regímenes opresivos e intolerancia supersticiosa. ¿Cómo comenzó la Leyenda Negra? ¿Cuánto hay de verdad en sus acusaciones? La Inquisición española fue fundada por los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en 1480 para probar la buena fe de los conversos, los judíos convertidos al cristianismo. En el reino de los reyes católicos, la ortodoxia equivalía a lealtad política y, por tanto, usaron la Inquisición como un instrumento de la monarquía para asegurarse de ella. Bajo Tomás de Torquemada, la Inquisición cometió serios errores y en ocasiones fue más allá de lo justo en perseguir a los conversos, algunos de los cuales fueron entregados a la Inquisición por vecinos envidiosos de su riqueza o de su posición social. Durante los 15 primeros años de la Inquisición fueron ejecutados alrededor de 2,000 personas, pero hacia 1500, bajo un nuevo jefe, la Inquisición fue reformada considerablemente. Desde aquel momento se convirtió en el más benévolo tribunal de toda Europa. A lo mucho, sentenció a muerte a 60 personas durante todo el siglo XVI, algo admirable en una época en que la gente podía ser condenada a muerte por crímenes triviales y cuando otras naciones quemaban en la hoguera a decenas de miles de mujeres inocentes acusadas de practicar la brujería. Inglaterra, bajo las reinas María e Isabel I, ejecutaron a más de 400 herejes de la forma más cruel imaginable, y excesos semejantes tuvieron lugar a lo largo y ancho de la Europa católica y protestante. Los extensos archivos de la Inquisición muestran que de las más de 7000 personas que fueron llevadas ante su tribunal en Valencia, sólo 2% fueron torturadas y sólo durante 15 minutos cada uno. Esto era una nonada en comparación con las doncellas de hiero, el potro de tortura, los azotes y la rueda aplastadora usada por los sistemas judiciales usados en los primeros años en la mayoría de las naciones modernas. Sin embargo la imaginación popular asocia irrevocablemente a la Inquisición española con verdugos encapuchados, torturas sádicas y malolientes calabozos. ¿Por qué ha sido España tan maltratada por la historia cuando otras naciones han sido mucho peores? La respuesta está en la Reforma protestante, en el poder bélico de España y en la imprenta, que acababa de ser inventada. En 1517 Lutero prendió el fuego de la revuelta protestante a lo ancho del norte de Europa. La guerra inicial de palabras se convirtió en guerra sangrienta, pero el ejército de los príncipes protestantes no fue un enemigo suficientemente poderoso para las tropas de Carlos V, emperador de Alemania y rey de España. Derrotados en el campo de batalla, los protestantes recurrieron a la guerra de palabras a través de la imprenta. En 1567 publicaron un folleto, traducido del inglés, al alemán, francés y flamenco, titulado Descubrimiento y simple declaración de las acendradas y sutiles prácticas de la santa Inquisición española. El autor, que escribe con el pseudónimo de Montanus, pretendía haber sido él mismo víctima de la Inquisición. Este folleto es considerado como el inicio de la Leyenda negra y fue el golpe de propaganda más sensacional del milenio. La mayoría de las tan conocidas patrañas tuvieron origen en él. Se esparció con rapidez por la Europa protestante, terreno fértil pare recibir la semilla de la mala propaganda contra un enemigo al que odiaban y temían por razones tanto políticas como religiosas. Felipe II, hijo de Carlos V, gobernó en un imperio en el «que no se ponía el sol» y las décadas siguientes fueron testigo de un choque espectacular entre la Inglaterra protestante y la España católica, que culminó con la derrota de la Armada Invencible de España en 1588. Mientras tanto, los propagandistas anti-españoles estaban atareados tejiendo otros dos hilos de la Leyenda Negra: que la Inquisición tenía un inmenso poder político y que la Inquisición había matado a cientos de miles de personas. En 1569, don Carlos, hijo de Felipe II, murió en un misterioso accidente y los enemigos de Felipe atacaron inventando una historia, repetida docenas de veces, hasta que adquirió carácter lapidario en el siglo XIX a golpe de pluma y batuta de Schiller y Verdi. La trama presentaba a don Carlos como mártir heroico de la libertad de conciencia. Por el contrario, Felipe II era un monstruo moral, empujado por el Gran Inquisidor a matar a su propio hijo para «salvar a la nación». Esta imagen de la Inquisición como la eminencia gris detrás del trono y de su poder policíaco que oprimía a la entera nación, ha tenido una larga vida. Nada está más lejos de la verdad. La Inquisición nunca fue numerosa pues constaba solamente de dos o tres inquisidores y de un grupo de empleados en cada uno de los 20 tribunales que se encargaban de toda España. Tenían poder en los pueblos y ciudades, es verdad, pero su poder era limitado, con frecuencia controlado por asociaciones civiles, otras autoridades eclesiásticas y magistrados locales. En el campo, en el que vivían cuatro de cada cinco españoles, tenía poco poder. Los historiadores aseguran que la gran mayoría de los campesinos de las áreas rurales nunca habrían visto a un inquisidor en su vida. El segundo hilo tiene origen en un folleto publicado en 1570. Era presentado como una carta a los inquisidores dándoles instrucciones para acabar con poblaciones enteras sospechosas de herejía. Hace tiempo ya se ha demostrado que es un documento falso, pero la leyenda sigue viva: la odiada Inquisición torturaba y mataba a miles, no, millones, de víctimas inocentes. La verdad es que la Inquisición sentenció aproximadamente a 4,000 personas durante sus 350 años de existencia, con lo cual es, con mucho, el tribunal nacional más benigno de Europa durante el mismo período. «Todo se vale en el amor y en la guerra», escribió Shakespeare en aquella época, pero después de 400 años ya es tiempo de gritar: «¡Ya basta!» Sin embargo, el daño ya está hecho y la mayor lección de la Leyenda negra es el poder de la prensa. El norte de Europa, especialmente Inglaterra, usó la imprenta con mucha más frecuencia y eficacia que España. Sirva como ejemplo que entre los cuarenta autores más traducidos a lo largo de 25 años de historia, veinticinco con de lengua inglesa y ni uno solo es español. Los grandes de España consideraban indigno de un caballero responder a las acusaciones contra su país tramadas por la máquina protestante de propaganda. De ser posible, preferían decidir la contienda en un duelo. Está muy bien, pero tales caballeros murieron hace cuatro siglos, mientras la imagen pintada por sus enemigos sigue adornando los salones de la cultura popular en todo el mundo. La historia la escriben los vencedores y el vencedor ha sido la pluma, no la espada.

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