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David Hume David Hume (n. 7 de mayo de 1711, Edimburgo † 25 de agosto de 1776)[1] fue un filósofo, economista e historiador escocés y constituye una de las figuras más importantes de la filosofía occidental y de la ilustración escocesa. Los historiadores consideran la filosofía de Hume, como una profundización en el escepticismo, aunque esta visión ha sido discutida, argumentando que el naturalismo tiene un peso comparable en su pensamiento. El estudio de Hume ha oscilado entre los que enfatizan la vertiente escéptica de Hume (como es el caso del positivismo lógico), y los que, en cambio, consideran más importante la vertiente naturalista (como Don Garret, Norman Kemp Smith, Kerry Skinner, Barry Stroud y Galen Strawson). Hume estuvo fuertemente influido por los empiristas John Locke y George Berkeley, así como por varios escritores franceses como Pierre Bayle, y algunas figuras del panorama intelectual anglófono como Isaac Newton, Samuel Clarke, Francis Hutcheson y Joseph Butler. Hume afirma que todo conocimiento deriva en ultima instancia de la experiencia sensible, siendo esta la única fuente de conocimiento y sin ella no se lograría saber alguno. Infancia y adolescencia Hume nació en Edimburgo, aunque de vez en cuando durante su vida viviría temporadas en su casa familiar de Chirnside, Berwickshire. A la precoz edad de doce años, su familia le envió a la Universidad de Edimburgo (lo habitual era ingresar a los catorce). En un principio decidió dedicarse al derecho, pero acabó desarrollando, según sus palabras: «una infranqueable aversión a todo excepto las indagaciones de la filosofía y al saber general, y mientras mi familia creía que estaba estudiando detenidamente a Voet y Vinnius; Cicerón y Virgilio eran los autores que devoraba en secreto ». Mostró poco respeto por los profesores, como se recoge en un comentario suyo de 1735 a un amigo: «No hay nada que se pueda aprender de un profesor que no se pueda encontrar en los libros». En 1729, a la edad de dieciocho, Hume realizó un descubrimiento filosófico que le abriría «un nuevo lugar del pensamiento». No dijo cuál había sido ese descubrimiento, pero parece probable que fuese su teoría de la causalidad - que nuestras creencias acerca de la causa y el efecto dependen de los sentimientos, la costumbre y el hábito, y no de la razón o las abstractas e imperecederas leyes de la naturaleza. Primeras obras En 1734, tras unos meses en Bristol, dejó el estudio autodidacta y realizó experimentos mentales en La Fleche (Anjou, Francia). Durante los cuatro años que permaneció allí, diseñó su plan de vida, como escribiría en De mi propia vida, decidiendo «hacer que una estricta frugalidad supla mi falta de fortuna, para mantener mi independencia intacta, y para considerar todos los objetos contingentes excepto la mejoría de mi talento para la literatura». En La Fleche completó Tratado de la naturaleza humana a la edad de veintiséis años. Aunque hoy en día se considera al Tratado el trabajo más importante de Hume y uno de los libros más relevantes de la historia de la filosofía, el público británico le dispensó una fría acogida. El mismo Hume describió la falta de reacción popular ante la publicación de su Tratado en 1739–40 al escribir que «Nacido muerto desde la imprenta, sin ni siquiera alcanzar la distinción necesaria para levantar un murmullo entre los fanáticos. Pero, de temperamento alegre y optimista, me recuperé pronto de la decepción y proseguí con ardor mis estudios». Entonces escribiría Un resumen de un libro publicado recientemente; titulado, Tratado de la naturaleza humana. Donde el argumento central del libro se ilustra y explica. Sin revelar su autoría, intentó hacer su trabajo más intelegible acortándolo, pero incluso esta labor publicitaria erró en su propósito de despertar el interés en el Tratado. Tras la publicación de Ensayos de moral y política en 1744 solicitó una cátedra de ética y pneumática (psicología) en la Universidad de Edimburgo, pero fue rechazado. Durante la Rebelión Jacobita de 1745 fue tutor del Marqués de Annandale. Fue entonces cuando comenzó su gran trabajo histórico Historia de Gran Bretaña (libro), que tardaría 15 años en acabar y cuya extensión supera el millón de palabras, y fue publicado en seis volúmenes entre 1754 y 1762. En 1748 ejerció durante tres años como secretario del General St Clair durante los que escribiría Ensayos filosóficos acerca del entendimiento humano, que se publicaría más tarde con el nombre de Investigación sobre el entendimiento humano. Esta obra no alcanzaría más éxito que el Tratado. Hume fue acusado de herejía, pero sus amigos le defendieron alegando que al ser ateo estaba fuera de la jurisdicción de la Iglesia de Escocia. A pesar de resultar absuelto y posiblemente debido a la oposición de Thomas Reid de Aberdeen, que durante ese año criticó su metafísica desde el cristianismo, le fue denegada la cátedra de filosofía en la Universidad de Glasgow. En 1752, como relata en De mi propia vida, «La facultad de derecho me eligió como bibliotecario, un empleo por el que recibía escasos o nulos emolumentos, pero que puso bajo mi mando una gran biblioteca». Esta biblioteca le proporcionó las fuentes que le permitieron continuar con las investigaciones históricas necesarias para la escritura de su Historia. El reconocimiento de su obra Hume se granjeó notoriedad como ensayista e historiador. Su gigantesca Historia de Gran Bretaña desde los reinos sajones hasta la Revolución Gloriosa se vendió mucho en su época. En ella, Hume presentaba al hombre como una criatura de costumbres, predispuesto a someterse en silencio al gobierno establecido a menos que se enfrente a la incertidumbre. Según él, sólo las diferencias religiosas podían desvíar al hombre de sus vidas cotidianas para hacerle pensar en política. El ensayo de Hume Hay un relato (probablemente falso) sobre David Hume supuesto ateísmo. En él, Hume cae de su caballo en un barrizal y se empieza a hundir. Entonces pasa por allí una anciana y pía dama. Cuando ve al célebre ateo agitando sus brazos en un intento de salvar su vida se acerca al borde y le mira. Hume le suplica a la dama que le acerque una rama para poder escapar, pero ella responde que se niega a menos que proclame su devoción a Dios Todopoderoso. Hume finalmente hace lo que le pide y la dama le ayuda a salir. De 1763 a 1765 Hume ejerció como secretario de Lord Hertford en París, donde se ganó la admiración de Voltaire y fue agasajado por las damas de la alta sociedad. Allí trabó una amistad con Rousseau que más tarde se estropearía. Escribió sobre su estancia en París «A menudo añoré la tosquedad de The Poker Club de Edimburgo . . . para corregir y rectificar tanta exquisitez». En 1768 se estableció en Edimburgo. En 1770, el filósofo alemán Immanuel Kant avivó el interés por los trabajos filosóficos de Hume al declarar que le habían despertado de «sueños dogmáticos» (circa) y desde entonces gozó del reconocimiento que había perseguido durante toda su vida. James Boswell visitó a Hume pocas semanas antes de su muerte. Hume le dijo que sinceramente veía la vida después de la muerte como «el capricho más irracional». Hume escribió su propio epitafio: «Nacido en 1711, Muerto en [----]. Dejando a la posteridad que añada el resto» que está grabado conjuntamente con el año de su fallecimiento en la «sencilla tumba romana» que dejó escrito que prefería y que está situada, como deseaba, en la ladera este de Calton Hill, desde la que se ve su casa, en el número 1 de St David Street del New Town de Edimburgo. Legado Aunque Hume escribió sus obras en el siglo XVIII, su trabajo sigue siendo relevante en las disputas filosóficas de la actualidad, lo que contrasta con las aportaciones de muchos de sus contemporáneos. A continuación se ofrece un sumario de sus trabajos filosóficos más influyentes: Ideas e impresiones Hume cree que todo el conocimiento humano proviene de los sentidos. Nuestras percepciones, como él las llamaba, pueden dividirse en dos categorías: ideas e impresiones. Así define estos términos en Investigación sobre el entendimiento humano: «Con el término impresión me refiero a nuestras más vívidas impresiones, cuando oímos, o vemos, o sentimos, o amamos, u odiamos, o deseamos. Y las impresiones se distinguen de las ideas, que son impresiones menos vívidas de las que somos conscientes cuando reflexionamos sobre alguna de las sensaciones anteriormente mencionadas». Más adelante precisa el concepto de las ideas, al decir «Una proposición que no parece admitir muchas disputas es que todas nuestras ideas no son nada excepto copias de nuestras impresiones, o, en otras palabras, que nos resulta imposible pensar en nada que no hayamos sentido con anterioridad, mediante nuestros sentidos externos o internos». Esto constituye un aspecto importante del escepticismo de Hume, en cuanto equivale a decir que no podemos tener la certeza de que una cosa, como Dios, el alma o el yo, exista a menos que podamos señalar la impresión de la que tal idea se deriva. El problema de la causalidad Cuando un acontecimiento continuamente sucede tras otro, la mayoría de la gente piensa que una conexión entre ambos acontecimientos hace que el segundo suceda al primero (post hoc ergo propter hoc). Hume desafió a esta creencia en su primer libro Tratado de la naturaleza humana y más tarde en su Investigación sobre el entendimiento humano. Se dio cuenta de que aunque percibimos que un elemento suceda al otro, no percibimos ninguna conexión necesaria y suficiente entre los dos. Y, de acuerdo con su epistemologia escéptica, sólo podemos confiar en el conocimiento que adquirimios a través de nuestras percepciones. Hume declaró que nuestra idea de causalidad consiste en poco más que la esperanza de que ciertos acontecimientos se den tras otros que los preceden. «No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto que ciertos objetos siempre han coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables. No podemos penetrar en la razón de la conjunción. Sólo observamos la cosa en sí misma, y siempre se da que la constante conjunción de los objetos adquiere la unión en la imaginación»(Hume, 1740: 93). En realidad no podemos decir que un acontecimiento causó al otro. Todo lo que sabemos es con seguridad que un acontecimiento está correlacionado con el otro. Para describir esto, acuñó el término conjunción constante. Que consiste en que cuando vemos como un acontecimiento siempre causa otro lo que en realidad estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en conjunción constante con el otro. En consecuencia, no tenemos ninguna razón para creer que el primero causó al segundo, o que continuarán apareciendo siempre en conjunción constante en el futuro (Popkin y Stroll, 1993: 268). La razón por la que presentamos este comportamiento no es que la causa-efecto sea el comportamiento de la naturaleza, sino los hábitos de la psicología humana (Popkin y Stroll, 1993: 272). Esta concepción le quita toda la fuerza a la causación, y otros humeanos posteriores, como Bertrand Russell han deshechado la misma noción de causación aduciendo que es un tipo de superstición. Pero esto desafía al sentido común, creando el problema de la causación – ¿Qué justifica nuestra confianza en la existencia de una conexión causal y de qué clase de conexión podemos saber? – un problema para el que no se ha encontrado solución. Hume sostuvo que tanto nosotros como otros animales tenemos una tendencia instintiva a creer en la causación debido al desarrollo de hábitos de nuestro sistema nervioso, una creencia que no podemos eliminar, pero que no podemos probar mediante ningún argumento, deductivo o inductivo. El problema de la inducción En Investigación sobre el entendimiento humano (EHU), §4.1.20-27, §4.2.28-33.[2] , Hume articuló su tesis de que todo el razonamiento humano pertenece a dos clases, Relaciones de ideas y Hechos. Mientras que las primeras involucran conceptos abstractos como las matemáticas y están gobernadas por las certezas deductivas, los segundos comportan la experiencia empírica donde todos los razonamientos son inductivos. Dado que de acuerdo con Hume no podemos conocer nada de la naturaleza con anterioridad a la experimentación, incluso un hombre racional sin experiencia «no podría haber inferido de la transparencia y la fluidez del agua que sofocaría su sed, o a partir de la luz y el calor del fuego que le consumiría»(EHU, 4.1.6) Así que todo lo que podemos decir, pensar o predecir de la naturaleza debe venir de la experiencia previa, lo que lleva a la necesidad de la inducción. La inferencia inductiva presupone que se puede confiar en los actos pasados como regla a partir de la que se puede predecir el futuro. Por ejemplo, si en el pasado ha llovido el 60% del tiempo cuando se dan unas condiciones atmosféricas determinadas, entonces en el futuro probablemente lloverá un 60% del tiempo si se dan las mismas condiciones. Pero aún queda el problema de cómo justificar tal inferencia, conocida como el principio de inducción. Hume sugirió dos posibles justificaciones, que sin embargo rechazó: 1. La primera justificación descansa en la suposición, tomada como una necesidad lógica, de que el futuro debe de parecerse al pasado. Pero Hume puntualiza que podemos concebir un mundo caótico y errante en el que el futuro no tiene nada que ver con el pasado – o un mundo como el nuestro hasta el presente, que llegado a un punto cambia totalmente. Así que nada hace que el principio de inducción sea una necesidad lógica. 2. La segunda justificación, más modesta, apela a los éxitos anteriores de la inducción – en el pasado ha funcionado en la mayoría de las ocasiones, así que probablemente seguirá haciéndolo en el futuro. Pero, como Hume comenta, esta justificación hace uso del razonamiento circular en un intento de justificar la inducción mediante la reiteración, lo que nos devuelve al punto de partida. El notable filósofo del siglo XX Bertrand Russell, confirmó y elaboró el análisis de Hume del problema en su trabajo Los problemas de la filosofía, capítulo 6.[3] A pesar de la crítica de Hume a la inducción, sostuvo que era superior a la deducción en el reino del pensamiento empírico. Tal y como declara: «esta operación de la mente, por la que podemos inferir los efectos de las causas y viceversa, es esencial para la subsistencia de todas las criaturas humanas, es probable que pueda confiarse más en ella que en las falacias de la deducción de nuestra razón, que es lenta en sus operaciones; no aparece en los primeros años de la infancia; y como mucho es, en cualquier edad y periodo de la vida humana, extremadamente proclive al error».(EHU, 5.2.22) La teoría del yo Tendemos a pensar que somos la misma persona que hace cinco años, aunque hemos cambiado en muchos aspectos. Podríamos empezar a pensar qué características han cambiado sin que cambie el yo. Hume, sin embargo, niega que haya una distinción entre las diferentes características de una persona y el misterioso yo que supuestamente las lleva puestas. Después de todo, como puntualizó Hume, cuando se experimenta con la introspección, se descubren pensamientos, sentimientos y percepciones, pero nunca se percibe ninguna sustancia que se pueda llamar “el yo”. Así que Hume llega a la conclusión de que no hay nada que se pueda llamar yo, aparte de una gran y efímera colección de percepciones. Si las ideas estuvieran sueltas e inconexas sólo el azar podría unirlas, y es imposible que las mismas ideas formaran regularmente otras más complejas (cosa que hacen habitualmente) sin una cierta unión entre ellas, alguna cualidad asociativa por la cual una idea introduce naturalmente otra. [...] Está claro que en el transcurso del pensamiento y en la constante revolución de nuestras ideas, nuestra imaginación salta fácilmente de una idea a otra que se le parece, y que esta sola cualidad es un enlace suficiente para la imaginación. Resulta también evidente que los sentidos, al cambiar sus objetos, necesitan cambiarlos regularmente, y tomarlos como si estuvieran contiguos unos a los otros, la imaginación debe de acostumbrarse a adquirir el mismo método de pensamiento, y saltar por las partes del espacio y el tiempo al concebirlas como sus objetos.[4] Según Hume, tales percepciones no pertenecen a nada. En lugar de eso, Hume compara el alma con una mancomunidad, que retiene su identidad no a causa de alguna única substancia, sino por estar compuesta de muchos elementos diferentes, relacionados y en constante cambio. La cuestión de la identidad personal pasa a ser una cuestión de caracterizar la cohesión de la experiencia personal de cada uno. En el apéndice del Tratado, Hume sin embargo dijo que no estaba satisfecho con esta explicación del yo, pero nunca volvería a tratar el asunto. Razón práctica: instrumentalismo y nihilismo La mayoría de las personas consideran algunas conductas más razonables que otras. Por ejemplo, comer papel de aluminio parece irracional. Pero Hume negó que la razón tuviera un papel importante cara a motivar o desalentar la conducta. Según él, la razón no es más que una calculadora de conceptos y experiencia. Lo que en definitiva importa es como nos sentimos respecto a la conducta. Su trabajo se asocia con la doctrina del instrumentalismo, que dice que una acción es razonable si y sólo sí sirve para alcanzar las propios deseos, sean los que sean. La razón puede participar solamente informando acerca de las acciones que serán más útiles para alcanzar las metas y deseos, pero nunca dirá qué metas y deseos se deben de tener. Así que si alguien quiere ingerir papel de aluminio la razón dirá dónde encontrarlo, y no hay nada irracional en el hecho de comerlo o en querer hacerlo (a menos que se tenga un deseo más fuerte de conservar la salud). Hoy en día, sin embargo, se aduce que Hume fue un paso más allá adentrándose en el nihilismo, pues dijo que no había nada irracional en frustrar los propios deseos y metas. Tal conducta sería anormal, pero no sería contraria a la razón. Ética Hume trató la ética por primera vez en Tratado de la naturaleza humana. Más tarde extrajo y extrapoló las ideas allí propuestas en un ensayo más corto titulado Investigación sobre los principios de la moral. La aproximación de Hume a los problemas morales es fundamentalmente empírica. En lugar de decir cómo debería de operar la moral, expone cómo realizamos los juicios morales. Tras proporcionar varios ejemplos llega a la conclusión de que la mayoría (si no todas) de las conductas que aprobamos lo hacemos para incrementar la utilidad pública. Sin embargo, al contrario que el también empirista Thomas Hobbes, Hume declara que no sólo realizamos juicios morales teniendo en cuenta nuestro propio interés, sino también el de nuestros conciudadanos. Hume defiende esta teoría de la moral al asegurar que nunca podemos realizar juicios morales basándonos únicamente en la razón. Nuestra razón trata con hechos y extrae conclusiones a partir de ellos, pero no nos puede llevar a elegir una opción sobre otra; sólo los sentimientos pueden hacerlo. Este argumento contra la moral fundamentada en la razón forma parte hoy en día de los argumentos antirealistas. Por tanto, Hume niega la existencia de una "razón práctica" y la posibilidad de una fundamentación racional de la ética. El objeto de la moral (pasiones, voliciones y acciones) no es susceptible de ese acuerdo o desacuerdo entre las ideas sobre las que se basan lo verdadero y lo falso. Si la razón no puede ser la fuente del juicio de valor, habrá que buscarlo en el sentimiento, que surge espontáneo en nosotros ante acciones susceptibles de lo que consideramos valoración moral. El análisis de este sentimiento revela que es una forma de placer o de "gusto". Ello le lleva a excluir de la moral todo rastro de austero moralismo o de mortificación del alma o del cuerpo, porque el fin de la moral es la felicidad y el gozo de vivir del mayor número de hombres posible. Igualmente duro se muestra Hume ante el problema religioso. Menoscaba la pretensión de las pruebas de la existencia de Dios, y niega su existencia apelando al problema del mal en el mundo. La religión tiene su origen en el sentimiento de miedo de la gente y en la ignorancia de las causas de los eventos terribles de la naturaleza. En su libro Historia natural de la religión, defiende una evolución a partir del politeísmo, hasta llegar a la idea abstracta de la divinidad propia de las religiones monoteístas. Determinismo y libre albedrío Muchos han advertido el conflicto aparente entre el libre albedrío y el determinismo – si las acciones que se relizan estaban predeterminadas desde hace miles de millones de años, entonoces ¿Cómo es que podemos decidir? Pero Hume advirtió otro conflicto, al ver el problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío es incompatible con el indeterminismo. Si las acciones realizadas no están determinadas por los acontecimientos anteriores entonces las acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia para la filosofía humana, no están determinadas por el carácter o la personalidad – los deseos, las preferencias, los valores, etc. Pero, ¿Cómo podría ser alguien responsable de una acción que no es consecuencia de su carácter, sino que ocurre de forma aleatoria? El libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo contrario el agente y la acción no estarían conectados. Así que, mientras que el libre albedrío parece contradecir al determinismo, al mismo tiempo necesita del determinismo. La concepción de Hume de la conducta humana tiene causas, y por lo tanto al hacer a las personas responsables por sus acciones se debería intentar recompensarlas o castigarlas de tal forma que intentaran hacer lo que es moralmente deseable e intentaran evitar hacer lo que es moralmente indeseable. El problema del ser y el deber ser Hume se percató de que muchos escritores hablaban sobre lo que debería ser partiendo de la base de lo que es; pero hay una gran diferencia entre las proposiciones descriptivas (lo que es) y las prescriptivas (lo que debe ser) (ver libro III, parte I, sección I del Tratado de la naturaleza humana). Hume pide a los escritores que se pongan en guardia ante estos cambios sin aportar explicaciones acerca de como se supone que las proposiciones prescriptivas deben de seguirse de las declarativas. La cuestión de ¿con qué exactitud se puede derivar el 'deber' del 'ser'? ha llegado a ser una de las cuestiones centrales de la teoría ética, y a Hume se le adjudica normalmente la opinión de que tal derivación es imposible (otros interpretan que Hume no dijo que una aserción fáctica no puede devenir en una aserción ética, sino que no podía hacerse sin prestar atención a los sentimientos humanos). Hume es probablemente uno de los primeros escritores que realizó una distinción entre lo normativo (lo que debería ser) y lo positivo (lo que es). G. E. Moore defendió una posición similar con su argumento de la pregunta abierta, en un intento de refutar cualquier identificación entre las propiedades morales y las naturales—la llamada falacia naturalista. Tumba de David Hume en Edimburgo Utilitarismo Hume, junto con los demás miembros de la ilustración escocesa, fue probablemente el primero en proponer que la razón de los principios morales puede buscarse en la utilidad que tratan de promover. El papel de Hume, sin embargo, no debe de sobreestimarse; fue Francis Hutcheson el que acuñó el lema del utilitarismo: «la mayor felicidad para el mayor número». Pero fue tras leer el Tratado de Hume cuando Jeremy Bentham sintió por primera vez la fuerza del sistema utilitario. Sin embargo, el proto-utilitarmismo de Hume es peculiar. No cree que la adición de unidades de utilidad proporcione la forma de llegar a la verdad moral. Al contrario, Hume era un sentimentalista moral y, como tal, pensaba que los principios morales no podían justificarse intelectualmente. Algunos principios simplemente nos parecen mejores que otros; y la razón de por qué los principios utilitarios nos parecen mejores es porque favorecen nuestros intereses y los de nuestros coetáneos, con los que simpatizamos. Los seres humanos están fuertemente predispuestos a aprobar normas que promuevan la utilidad pública de la sociedad. Hume usó esta idea para explicar como evaluamos un amplio abanico de fenómenos, desde las instituciones sociales y políticas gubernamentales a los rasgos de la personalidad. El problema de los milagros Para Hume, el único apoyo de la religión más allá del estricto fideísmo son milagros, pero añadió que no eran gran cosa. Dio muchos argumentos, todos a partir de su concepción de milagro: una violación de las leyes de la naturaleza. Su definición exacta de milagro se puede encontrar en su Investigación sobre el entendimiento humano, donde dice que los milagros son violaciones de las leyes naturales y por tanto son muy improbables. Se ha criticado esta idea mediante el contraargumento de que tal dictado asume el carácter de los milagros y las leyes de la naturaleza antes de examinar los milagros, lo que es una sutil forma de dar por sentada la conclusión. También puntualizaron que este razonamiento apela a la inferencia inductiva, problemática en la filosofía humana, pues nadie ha observado todos los acontecimientos de la naturaleza ni examinado todos los posibles milagros (por ejemplo, los que no han sucedido todavía). Otra oposición a este argumento parte de que el testimonio humano nunca puede ser suficientemente digno de confianza para contradecir la evidencia de las leyes de la naturaleza. Este punto de vista se ha aplicado a la cuestión de la resurrección de Jesús, respecto a la que Hume no dudó en preguntar, «¿Qué es más probable – que un hombre ascienda de entre los muertos o que el testimonio esté, de alguna forma, errado?». Esta pregunta es similar a la navaja de Occam. Este argumento es la espina dorsal del movimiento escéptico y todavía constituye un problema para los historiadores de la religión. El argumento del diseñador Uno de los argumentos más antiguos y utilizados para demostrar la existencia de Dios es el argumento teleológico – que todo el orden y el propósito es un indicio de su origen divino. Hume hizo la crítica clásica a este argumento en Diálogos sobre religión y en Investigación sobre el entendimiento humano y, aunque el asunto está lejos de estar resuelto, muchos creen que Hume refutó el argumento con éxito. Su argumentación se sostiene en que: 1. Para que el argumento sea cierto, debe de ser verdadero que el orden y el propósito se observen cuando resulten de un diseño. Pero se puede observar el orden con frecuencia en procesos carentes de planificación como la cristalización. El diseño sólo es causante de una minúscula parte de nuestra experiencia. 2. Además, el argumento del diseñador se basa en una analogía incompleta: dada nuestra experiencia con los objetos, podemos reconocer los diseñados por el hombre, comparando por ejemplo un montón de piedra con una pared. Pero para reconocer un universo diseñado necesitamos conocer una variedad de universos diferentes. Como sólo podemos conocer uno, la analogía no puede aplicarse. 3. Incluso si el argumento fuera perfectamente válido, no podría establecer un teísmo robusto; pues se puede llegar fácilmente a la conclusión de que la configuración del universo es el resultado de un agente o agentes no inteligentes cuyos métodos sólo tienen una remota similitud con el diseño humano. 4. Si un mundo natural ordenado necesita de un diseñador, entonces la mente de Dios (que es ordenada) también necesita un diseñador. Entonces, este diseñador necesita de otro diseñador, y así ad infinitum. Se podría responder apelando a una inexplicablemente mente divina auto-ordenada; pero entonces por qué no contentarse con un inexplicablemente auto-ordenado mundo? 5. A menudo, cuando se trata del propósito, cuando parece que el objeto X tiene la característica C para poder lograr la recompensa O, se puede explicar mejor mediante un filtrado: es decir, el objeto X no existiría si no tuviese la característica F, y la recompensa O sólo es una proyección de las metas humanas en la naturaleza. Esta explicación de la teleología anticipó la idea de selección natural. Conservadurismo y teoría política Muchos ven a David Hume como un conservador, y en ocasiones se le llama el primer filósofo conservador. Expresó su desconfianza por los intentos de reformar la sociedad para llevarla lejos de la costumbre establecida, y aconsejó a los pueblos que no se rebelasen contra sus gobernantes excepto en casos de tiranía flagrante. Sin embargo, se resistió a tomar parte por ninguno de los partidos políticos británicos, los Whigs y los Tories, y creía que se debe equilibrar el anhelo de libertad con la necesidad de una autoridad poderosa, sin sacrificar ninguna de las dos. Apoyó la libertad de prensa y se mostró simpatizante de la democracia, aunque con restricciones. Se ha dicho que fue una gran inspiración para James Madison, en particular para el libro Federalista Nº 10. También se mostró optimista respecto al progreso social, pues creía que gracias al desarrollo económico que resulta de la expansión del comercio las sociedades progresaban desde la barbarie a la civilización. Según él, las sociedades civilizadas son abiertas, pacíficas y sociables, y sus ciudadanos son, en consecuencia, mucho más felices. Aunque fuertemente pragmático, Hume produjo un ensayo titulado Idea de la mancomunidad perfecta, donde detallaba qué reformas se deberían acometer, que incluían la separación de poderes, descentralización, extender el sufragio a todo el que tuviera propiedades de valor y limitar el poder de la iglesia. Propuso el sistema del ejército Suizo como la mejor forma de protección. Las elecciones deberían de tener lugar anualmente y los representantes del pueblo no deberían de cobrar emolumentos. Contribuciones al pensamiento económico En el transcurso de sus argumentaciones políticas, Hume desarrolló muchas ideas que gozan de prevalencia en la economía, principalmente acerca de la propiedad intelectual, la inflación y el comercio exterior. La concepción humana de la propiedad privada es que la propiedad privada no es un derecho natural, pero se justifica porque es un bien limitado. Si todos los bienes fueran ilimitados y estuvieran disponibles, entonces la propiedad privada no tendría sentido. Hume creía en la distribución desigual de la propiedad, dado que la igualdad perfecta destruiría las ideas de industria y el ahorro, lo que llevaría al empobrecimiento. Hume se cuenta entre los primeros que desarrollaron un flujo precio-especie automático, una idea que contrasta con el sistema mercantil. Expuesto en una forma simplificada, cuando un país incrementa sus flujos entrantes de oro, esto resulta en una inflación de precios, que dejará sin comerciar a países que lo habrían hecho de no haber dicha inflación. Esto redunda en un decremento del flujo entrante de oro a largo plazo. Hume también propuso una teoría de la inflación beneficiosa. Creía que incrementar el suministro de dinero avivaría la producción a corto plazo. Este fenómeno estaría ocasionado por un margen entre el incremento del suministro de dinero y los precios. El resultado es que los precios no se elevarían a corto plazo y puede que no lo hicieran nunca. Esta teoría se desarrolló más tarde por John Maynard Keynes. Racismo Esta controvertida nota al pie aparece en el original del ensayo De los caracteres nacionales: Sospecho que los negros y en general todas las otras especies de hombres (de las que hay unas cuatro o cinco clases) son naturalmente inferiores a los blancos. Nunca hubo una nación civilizada que no tuviera la tez blanca, ni individuos eminentes en la acción o la especulación. No han creado ingeniosas manufacturas, ni artes, ni ciencias. Por otra parte, entre los blancos más rudos y bárbaros, como los antiguos alemanes o los tártaros de la actualidad, hay algunos eminentes, ya sea en su valor, forma de gobierno o alguna otra particularidad. Tal diferencia uniforme y constante no podría ocurrir en tantos países y edades si la naturaleza no hubiese hecho una distinción original entre estas clases de hombre, y esto por no mencionar nuestras colonias, donde hay esclavos negros dispersados por toda europa, de los cuales no se ha descubierto ningún síntoma de ingenio; mientras que la gente pobre, sin educación, se establece entre nosotros y se distinguen en todas las profesiones. En Jamaica, sin embargo, se habla de un negro que toma parte en el aprendizaje, pero seguramente se le admira por logros exiguos, como un loro que ha aprendido a decir varias palabras. Debe de tenerse en cuenta que esta forma de racismo era habitual en la cultura europea de la época de Hume, 'era hijo de su epoca'. Obras * Historia amable de mi vida (1734) Biblioteca Nacional de Escocia Una carta a un medico en la que se pide consejo acerca de la "Enfermedad de lo aprendido" que le aflige. En esta obra declara que a los dieciocho años de edad «pareció abrirse ante mí una nueva área del pensamiento..» que le hizo «abandonar otro placer u ocupación» y le condujo a la búsqueda de la erudición. * Tratado sobre la naturaleza humana: Un intento de introducir el método de razonamiento experimental en las cuestiones morales. (1739–40) o Libro 1: "Del entendimiento" Tratado que comprende desde el origen de las ideas a su división. o Libro 2: "De las pasiones" Tratado de las emociones. o Libro 3: "De la moral" Ideas morales, justicia, obligaciones, benevolencia. Hume esperó a ver si el Tratado alcanzaba el éxito, y de ser así lo completaría con libros dedicados a la política y a la crítica. Sin embargo, no lo logró, así que nunca lo completaría. * Resumen de un libro recientemente publicado: Titulado Tratado sobre la naturaleza humana (1740) En ocasiones atribuido a Adam Smith, en la actualidad se cree que fue un intento de Hume de popularizar su Tratado. * Ensayos sobre moral y política (first ed. 1741–2) Colección de ensayos escritos durante muchos años y publicados en varios volúmenes antes de ser reunidos en uno hacia el final de la vida de Hume. Estos ensayos pueden resultar confusos por la gran variedad de asuntos de los que tratan: cuestiones de juicio estético, la naturaleza del gobierno británico, el amor, el matrimonio, la poligamia o la demografía de las antiguas Grecia y Roma, por enumerar sólo unos pocos de los temas considerados. Sin embargo, hay temas recurrentes, como la cuestión de qué constituye el "refinamiento" en materias de gusto estético, educación y moral. Los ensayos están escritos imitando inequívocamente el estilo de Joseph Addison, a quién Hume leyó con avidez en su juventud. * Cartas de un caballero a su amigo de Edimburgo: Edimburgo (1745). * Investigación sobre el entendimiento humano (1748) Contiene revisiones de los puntos principales del Tratado, Libro 1, con la adición de material sobre el libre albedrío, milagros, y el argument del diseñador. * Investigación sobre los principios de la moral (1751) Otra revisión de temas tratados en el Tratado con un enfoque más didáctico. Hume lo consideró el mejor de sus trabajos filosóficos, tanto por sus ideas filosóficas como por su estilo literario * Discursos políticos Edimburgo (1752). Incluido en Ensayos y Tratados de muchos asuntos (1753-6) reimpreso en 1758 - 77. * Cuatro disertaciones: Historia natural de la religión. De las pasiones. De la tragedia. Del criterio del gusto Londres (1757). Incluido en Ensayos y Tratados de muchos asuntos * Historia de Inglaterra (1754–62) Se puede considerar como una colección de libros en lugar de como un único trabajo. Es un trabajo monumental que comprende «desde la invasión de Julio César a la revolución de 1688». Esta obra le aportó a Hume casi toda la fama que se granjearía en vida, editándose más de un centenar de veces. Muchos la consideran "la" historia de Inglaterra hasta la publicación de la Historia de Inglaterra de Thomas Macaulay. * Historia natural de la religión (1757) ISBN 0-8047-0333-7 * "Mi vida" (1776) Escrita en abril, poco antes de morir, esta autobiografía fue realizada con la intención de incluírla en una nueva edición de Ensayos y tratados de muchos asuntos. * Diálogos sobre la religión natural (1779) Publicada póstumamente por su sobrino, también llamado David Hume. Es una discusión entre tres personajes de ficción que esgrimen argumentos para probar la existencia de Dios, tratando con detenimiento el argumento del diseño. A pesar de una cierta controversia, la mayor parte de los estudiosos de Hume están de acuerdo en que la postura de Philo, el más escéptico de los tres, es la más cercana a la del propio Hume. Espero que les cope el post, es un filosofo que me toco a estudiar y me parecio que a modo de admiracion, venía bien un buen post sobre el querido David Proximamente voy a subir "La vida de David Hume" (1800)de William Smellie
Primera entrega de Aviones de papel. Hoy les paso un modelo llamado Tripi. No es muy constructivo hacer esto, pero si es bueno para acallar a sobrinos y niños molestos. Si les cabio, avisen y subo varios modelos mas. P.D.: Avisen como salio...
Como sigue la muchachada que no tiene plata para comprarse un avion a escala y se divierte con papeles? Que clase de hombre podes ser si a tu hijo o sobrino no podes hacerle un "avionsito" de papel? Sorprende a suegros y cuñados ortivas! Hoy les paso un ALTO JET. RECUERDEN QUE SE USAN HOJAS A4 (si, las de impresora) Algunos tips: * Trata de hacer los pliegues lo mas exactos posibles, ya que al tener tantos dobleses se te complica despues * Marca bien con la uña o algo duro los pliegues * No apuntes a los ojos * No los prendas fuego para luego lanzarlos
LOS JUSTICIEROS Hace muchos años se fundó en Buenos Aires, no sin formalidades de estatuto y juramento, la Sociedad de los Reventadores, una patota de espectadores teatrales cuya finalidad era hostilizar al género chico español. Los principios en nombre de los cuales procedían eran ciertamente dos: el primero, un disgusto artístico ante las obras precitadas; el segundo, un resentimiento de criollo desplazado. Los Reventadores asistían a las salas teatrales a veces hasta en número de cien. Pagaban la entrada para que los eventuales gestos de rechazo formaran parte de la protesta permitida al espectador defraudado. Debe señalarse que la indignación no surgía de las torpezas artísticas que iban observando, sino que éstas eran la señal para hacer estallar unos enconos que ya traían de su casa. Los procedimientos eran los usuales para arruinar una función: silbidos, abucheos, frases de reprobación, rimas con la última palabra de cada parlamento y, en los casos más graves, estallido de petardos, invasión del escenario, desalojo de los actores y destrucción de las instalaciones. Con los años, la Sociedad fue decayendo o, acaso, el género chico español fue mejorando. Y en 1910 eran un recuerdo. Pero mucho después iba a surgir otra cofradía más rigurosa que la anterior y más secreta: hablo de Los Justicieros de las Tablas. Se ha dicho repetidamente que este grupo fue una de las tantas consecuencias de una patología clásica de los espectadores teatrales: la confusión entre lo ficticio y lo real. Sin embargo, ha venido a saberse que el jefe secreto de aquellos conjurados era nada menos que Enrique Argenti, el enloquecido director de Barracas. Los Justicieros se precipitaban al escenario cada vez que se producía un acto de maldad o de bajeza. Por regla general, trataban de impedir los crímenes y las traiciones. Muchas veces revelaban al personaje cuya muerte se tramaba lo que habían planeado los conspiradores en la escena anterior. Cuando no podían impedir los actos viles, se conformaban con castigar a los responsables. Pero hay un detalle singularísimo: durante sus invasiones ejercían una impecable conducta teatral. Es decir, se conducían como actores, con impostaciones y movimientos de notable academicismo. Para evitar ser reconocidos iban enmascarados o disfrazados. Algunos historiadores, desconociendo la participación de Enrique Argenti tenían, sin embargo, la vaga intuición de que la Hermandad estaba integrada por actores enfurecidos por la falta de reconocimiento. Otros han hablado de empresarios inescrupulosos que enviaban Justicieros para hacer fracasar las obras de la competencia. Actores o no, la violencia era casi inevitable. Los fratricidas eran especialmente castigados. Críticos memoriosos han conservado este fragmento de Hamlet. El rey Claudio, asesino de su hermano, está planeando la muerte de su sobrino: CLAUDIO: Dale, Inglaterra, a Hamlet pronta muerte. Mientras no sepa que está dado el golpe, por bien que me tratare la fortuna, no hallaré paz ni dicha en parte alguna. ENRIQUE ARGENTI: ¡Qué dicha ni qué paz, juna gran siete! Ahora Hamlet rumbo a su fin se embarca; detén a tus sicarios, vamos, vete o a la primera patada en el juanete vas a volar por toda Dinamarca. A Otelo llegaron a conversarlo durante media hora para hacerle entender que Desdémona no lo engañaba. A Segismundo lo durmieron de una pina. Para aplacar a Antígona, Argenti representó el papel del finado Polinices regresando de la muerte. Por temor a estas invasiones muchos directores modificaban los diálogos y aun los argumentos, para evitar cualquier infracción a la más estricta moral. Pero con el tiempo, los principios éticos del grupo se fueron resquebrajando. Se dice que, algunas veces, los Justicieros invadían el escenario sólo para sacar ventajas personales. En 1951, Enrique Argenti se coló en la cama de Julieta. En ese mismo año, atropellaron a las bailarinas de la revista. Estos churros son porteños. También se robaron unos jarrones egipcios de la escenografía de Antonio y Cleopatra. En el momento de su apogeo, el público festejaba las apariciones de los Justicieros con impresionantes ovaciones. Pero este éxito generó una verdadera calamidad artística: ciertos empresarios voraces prepararon falsos justicieros que, siguiendo un libreto, interrumpían las escenas. Estas intervenciones eran anunciadas en el programa para atraer a los espectadores. A partir de entonces, resultó difícil distinguir entre los Justicieros originales y sus mezquinos imitadores. Allá por 1955, apareció un segundo grupo con fines opuestos. Se llamaron a sí mismos Los Guardaespaldas del Autor. Asistían a los teatros para garantizar el cumplimiento del plan original de cada obra y sólo se movilizaban ante la eventual aparición de los hombres de Argenti. En tales casos, subían también ellos al escenario y empezaban las controversias verbales, los empujones y los sillazos. Cada obra era entonces un campo de batalla entre la ortodoxia y la heterodoxia, entre los que querían que Edipo se acostara con su madre y los que querían impedirlo a toda costa. Algunos se entusiasmaron con estos sucesos y declararon que nacía una nueva dramaturgia. Muy pronto se comprendió que ese nuevo teatro no era otra cosa que el teatro de siempre, ya que toda obra es un encontronazo entre seres que tratan de hacer prevalecer sus deseos. Los Justicieros y los Guardaespaldas se aniquilaron en su propia redundancia. Su declive fue lento: las invasiones del escenario se volvieron esporádicas, el alto precio de las entradas redujo su número y un público mayoritariamente conformista los fue aplacando a fuerza de chistidos. Hoy, ya domesticadas las muchedumbres burguesas por la vasta acción homogeneizante de la televisión, nadie se indigna ante las bajezas artísticas. Los Reventadores, Los Justicieros y aun los Guardaespaldas han desaparecido de los teatros. De Enrique Argenti no se tenían noticias. Pero la otra noche, a la hora en que estaba a punto de terminar la telenovela más exitosa, mientras los vecinos obedientes de la ciudad aceptaban pasivamente un casamiento imperdonable, se oyó una voz que resonaba desde algún patio: —¡Hijos de puta! ¡Despierten! El arte es grande y la vida es breve. Apaguen el televisor y salgan a la calle a vivir, a vivir que nos estamos muriendo... Fuente: Bar del infierno. Alejandro Dolina Espero que les cope la idea de postear cuentos cortos para leer al toque en T!, porque mucha gente es la unica forma que se cuelga a leer algo. Suerte
CONVERSIONES En el siglo XIII, Danubio abajo, mucho más allá de Hungría, vivían unos gitanos cuyo caudillo se llamaba Anguil. Adoraban a Itoga y otras confusas divinidades de los Tártaros. Vivían en tiendas de cuero y basaban su economía en la caza, las ovejas o el saqueo de caravanas. Un día llegó hasta allí Giovanni Di Pian Carpino, un franciscano que se dirigía a la China, por pedido expreso del Papa Inocencio IV. Los hombres de Anguil lo tomaron preso y como Giovanni se negara a honrar aquellos dioses montaraces, resolvieron quemarlo vivo. No sin cierta dificultad se completó una pira. La región era muy árida y la vegetación escasa. Giovanni fue amarrado a un poste y el propio Anguil puso fuego a las ramas secas que lo rodeaban. En ese momento, sin permitir siquiera que el misionero empezara a calentarse, un súbito aguacero apagó las llamas. Hubo un gran estupor de los presentes, pues en aquella región no llovía casi nunca. Anguil juzgó aquel hecho como milagroso. Desató a Giovanni y le preguntó en qué consistía exactamente la religión que predicaba, para ordenar a todos sus hombres que se convirtieran a ella. Por fin, después de unas breves explicaciones de Giovanni Di Pian Carpino, todos se hicieron cristianos y prometieron construir una iglesia, no bien pudieran hacerse de los materiales indispensables. Giovanni dio misa al pie del mismo poste al que lo habían atado, bautizó apresuradamente a los que pudo y partió hacia la China, llevando las alforjas llenas de obsequios y alimentos. Diez años más tarde, pasó por allí Abdel El Salim, virtuoso embajador del Califa de Bagdad, que se dirigía a la China para unirse a un grupo de musulmanes que se proponían instalar allí el Islam. Anguil y sus hombres lo recibieron amistosamente y lo invitaron a rezar en el modesto templo que habían construido. Como Abdel El Salim se negó terminantemente a hacerlo, lo condenaron a ser decapitado. Muy pronto prepararon una piedra para que el embajador apoyara su cabeza y se designó a un veterano guerrero para que cumpliera el trámite con un hacha muy filosa. Pero en el instante mismo en que el golpe final iba a caer sobre el condenado, el verdugo quedó inmóvil, petrificado con los brazos en alto, como si fuera una estatua. Durante largos minutos trataron de moverlo, o de separar el hacha de sus manos, pero fue inútil. Finalmente, Anguil declaró que aquel milagro era muy superior al que había fundado su fe cristiana y resolvió que todos se convirtieran al islamismo. Recién entonces el verdugo recuperó el movimiento. Pasaron diez años de fe musulmana. Al cabo de ese lapso, llegó a la aldea el rabí Esdrás Gaon que, expulsado reiteradamente, se dirigía a la China —o quizás a Sumatra— en busca de tolerancia y tranquilidad. Pensaba establecer allí un yeshivot, es decir, un lugar de estudio. Convidado por Anguil a reverenciar a Alá, se rehusó con firmeza. De inmediato resolvieron precipitarlo desde una roca cercana, que se abría ante el abismo. El propio Anguil empujó al rabí que, después de caer unos metros, se detuvo en el aire y regresó volando a la roca. Rápidamente, todos se convirtieron al judaismo. Transcurridos otros diez años, vino a dar en aquellos andurriales el matemático y arquitecto Luiggi De Fosca, que marchaba hacia la China, creyendo que de allí provenían los conocimientos matemáticos que los árabes habían llevado a Venecia. De Fosca era ateo y despreciaba por igual a todas las religiones. Los hombres de Anguil le propusieron cumplir con los rituales establecidos. El matemático se negó y, sin perder tiempo, lo condenaron a morir lapidado. A tal fin, lo instalaron junto a una cantera a la salida del pueblo. Las piedras fueron cayendo sobre él y muy pronto un certero adoquín le destrozó la cabeza. Luiggi De Fosca murió. Anguil se paró sobre el cadáver y declaró que aquella muerte era el más prodigioso de los milagros que habían presenciado. Presa de una frenética inspiración, ordenó a todos que dejaran de creer y, desde entonces, ninguna divinidad es reverenciada en aquella aldea. Fuente: Bar del infierno. Alejandro Dolina Espero que les cope la idea de postear cuentos cortos para leer al toque en T!, porque mucha gente es la unica forma que se cuelga a leer algo. Suerte
INFORME SOBRE EL PAYADOR JULIÁN MAIDANA Buenos Aires, 1 de julio de 1984 Señor director de la revista Tradiciones históricas, DR. MARIO P. LOZANO Todos hemos oído decir que el inolvidable payador Julián Maidana nació en Teodelina, provincia de Santa Fe. Lo garantizaba la más célebre de sus composiciones, una quintilla que solía entonar a manera de saludo. Es paisaje en la neblina el canto que dejaré: soy una voz argentina he nacido en Teodelina, provincia de Santa Fe. Sin embargo, le aseguro que el historiador aficionado no tarda en llevarse por delante opiniones diferentes. Algunos juran que Maidana nació en Hurlingham, un pueblo cuya rima imposible lo indujo a falsificar su origen. No falta el que sostiene que el verdadero apellido no era Maidana, sino el itálico y prosaico Bolognini. Unos talabarteros de San Pedro que organizaban domas de potros y carreras de sortija me han dicho que el payador nació en ese pueblo y que se llamaba Nardelli. En cambio, unos periodistas rosarinos se pronunciaron, durante un asado, por Arroyo Seco y el apelativo Bejerman. Ni siquiera es fácil encontrar coincidencias en la descripción de sus virtudes artísticas. El musicólogo Ángel Belahunde, en su obra Repentinos de mi provincia Buenos Aires 1920 ha escrito: "Julián Maidana es el más rápido de los payadores que he conocido. Sus décimas presentan desprolijidades pero son despachadas a través de una milonga firme, sin calderones ni ritornellos. Por momentos, parece que no pensara". Como bien sabrá el señor director, la velocidad de Maidana ha sido siempre un tópico en las conversaciones entre payadores y aficionados. Pero existen testimonios en disidencia. El día de La Plata, comentando una presentación del año 1919, es terminante: "Julián Maidana estuvo muy bien en las canciones preparadas. A la hora de improvisar, sus versos, acaso interesantes, se vieron menoscabados por la exasperante lentitud del payador". En 1954, el poeta Mario Alderete, que lo había conocido en su juventud, declaró a la revista Mundo argentino que Maidana era veloz porque era fraudulento. Explicó que el hombre manejaba una colección de diez o quince décimas con las cuales contestaba cualquier pregunta, sin que le preocupara mayormente la pertinencia de los versos que cantaba. Como modesta contribución, he tenido la prolijidad de recopilar centenares de versiones taquigráficas que se tomaban en aquel entonces en los desafíos de contrapunto. Especialmente útiles han sido los cuadernos del taquígrafo de apellido Dubois, que siguió a Maidana a lo largo de veinte años. En sus registros pueden hallarse —tal como opinaba Alderete— algunas décimas que se repiten y contestan preguntas muy diferentes. La siguiente, con pequeñísimas variantes, ha sido anotada por Dubois en noventa y siete ocasiones. Sucesivamente ha servido para responder enigmas tales como: ¿qué es el silencio?, ¿qué es la nada?, ¿quién apaga las estrellas?, ¿dónde se guardan los vientos?, ¿a qué hora pasa el Cuyano por Justo Daract?, ¿por qué no se da la uva en Tres Arroyos? Compañero payador su espíritu indagatorio ante este vasto auditorio ha mostrado su esplendor. Pero este humilde cantor responde, en sentido inverso que los vientos* y los versos, la nieve, el fuego, el rosal siguen de un modo fatal órdenes del universo. Pero la taquigrafía, señor director, también muestra algunas veces versos cuyo carácter súbito resulta indiscutible. Algunos de ellos cumplen estrictamente las reglas métricas de la décima pero carecen de todo sentido. En la tiniebla silente donde relincha el hornero hay una voz, compañero que me grita: ¡viene gente! La pava gime, caliente, toca el cura su campana, en la laguna las ranas construyen su alegre nido, hasta que se oye un chistido ¿Sabe quién era?: su hermana. Enfatizo ante el señor director el carácter contradictorio de algunas afirmaciones sobre el arte de Maidana. El Faro de Azul lo ha presentado como un guitarrista habilidoso pero de voz pequeña. El diario de San Luis se atrevió a decir que era más cantor que guitarrista; el maestro Abel Zielinsky, que lo había escuchado en San Rafael, lo recordaba como un tenor de garganta; la Crónica de Banderaló lo describió como un barítono demasiado grave para el género. ¿A qué testimonios debemos atenernos? ¿Cómo cantaba Maidana? ¿Era lento o era rápido? ¿Era agudo o era profundo? El señor director podrá decir que los juicios artísticos están teñidos de capricho y que varían considerablemente de una persona a otra. Muy bien. Pero, ¿qué me dice del aspecto físico? A pesar de la carencia de fotografías, siempre se ha creído que los versos de Maidana permitían conjeturar su apariencia. Soy un paisano morocho, de mirada arisca y dura, ¿ quiere saber mi estatura ? Un metro sesenta y ocho. Aunque salud no derrocho, ando bien alimentao, me estoy quedando pelao y en señas particulares anóteme dos lunares y mi poncho colorao. La descripción parece definitiva. Sin embargo, en la peña El rodeo de El Palomar se conserva registrado un contrapunto entre Maidana y un repentino de apellido Cabrera. Cerca del final, Cabrera describe a su antagonista. Le dejo mi admiración, por su valor y su arrojo, arde en su cabello rojo un fuego de inspiración... Como si estas contradicciones no fueran suficientes, hace algún tiempo se presentó en mi estudio un tal Roberto Lamotta, que dijo ser sobrino nieto de Maidana. Me mostró unos modestos recortes y —por fin— una foto del payador. Era una imagen tan borrosa y había tanta gente amontonada que la mancha señalada como Maidana podía pasar por cualquiera. Lamotta me dijo que los numerosos amores clandestinos de Maidana eran una leyenda en la familia y que probablemente hubieran dejado algún rastro en los pueblos visitados por el cantor. Examinando los papeles de Dubois pude reconstruir un itinerario y hasta algunas fechas de 1923: Chivilcoy, Bragado, Pehuajó, 9 de Julio, Trenque Lauquen. Revisé los archivos de los diarios, hablé con historiadores, pregunté en los museos y busqué en los registros de los hoteles. Un día, recibí una comunicación del comisario de Carlos Casares quien, recordando mis investigaciones, dijo conocer a una anciana, la señora Rosa Fittipaldi que —según ella misma contaba— había tenido amores con Julián Maidana. Gracias a los datos del comisario me puse en contacto epistolar con esta dama y ella, con elegante prosa, me hizo algunas confidencias. Aprecie el señor director estas cinco líneas: Conocí a Maidana en 1924. Yo entonces era linda. La verdad es que todavía no me acostumbro a ser una vieja. Perder la belleza y la atracción es como perder el nombre, es como dejar de ser una. Desde 1940 vivo algo así como un destino ajeno, en un cuerpo al que he venido a dar misteriosamente, después de vaya a saber qué catástrofes. Doña Rosa me contó que estuvo dos noches con Maidana. La primera, en los galpones de la estación y la segunda en un hotel de 9 de Julio. Describió al payador como un hombre de unos cuarenta años, robusto, moreno y sorprendentemente parco. También me anotó unos dodecasílabos en forma de huella que, según dijo, tenía en su casa, escritos de puño y letra por el mismo Maidana. A la huella, mi china, cuando me vaya será inútil que digas lo que ahora callas. A la huella, a la huella, cuando me quede será inútil que digas que no se puede. A la huella, a la huella, cuando regrese has de decir al verme, ¿quién será ése? Hay una sola huella: la del olvido. Es inútil que sepas que te he querido. Casualmente, reconocí esos versos por haberlos visto muchas veces en los papeles de Dubois. Pero mi sorpresa fue aún mayor cuando, a las pocas semanas, recibí carta de una señora de O'Brien que —conociendo mi interés— no vaciló en confesar uos entreveros con Maidana ocurridos en 1926. Voy calculando el asombro del señor director cuando sepa que esta mujer me describió al payador como más bien rubio y jovencito. Para no ser redundante bastará con decir que junté hasta once novias del cantor. Ocho de ellas lo pintaban de tres maneras diferentes. Pude apreciar también una relación entre la geografía, el tiempo y las fisonomías. Al norte del ferrocarril Pacífico, Maidana era joven y pelirrojo. En la línea del Oeste, moreno y robusto. Al sur, y después de 1926, se convertía, redondamente, en un pelado de bigotes. Sin ánimo de presumir, le informo que ordené la taquigrafía de los versos según los pueblos y los años. Y ahí también descubrí que ciertas coplas se repetían únicamente en algunas regiones. La célebre décima "Soy hijo de Martín Fierro", con la que tropecé veinticuatro veces, nunca había sido cantada al norte del Río Salado. La que comienza con el verso "Si pública es la mujer" no aparece jamás después de 1920 y la quintilla "No me agacho por dos pesos" sólo aparece en los pueblos del ferrocarril Sur. La muerte de Maidana siempre fue un misterio para los aficionados. Después de 1940, su rastro se fue perdiendo. La última noticia cierta que se tiene de él proviene de la ciudad de Mercedes, en la República Oriental, donde al parecer actuó en 1942. Jamás fue visto de nuevo y jamás nadie informó acerca de su muerte. ¿Acaso vive Maidana? La semana pasada, señor director, recibí el último y definitivo testimonio acerca de estos asuntos que hoy pongo a su consideración. Al llegar a mi estudio, me encontré con un anciano que me esperaba desde hacía horas. Vestía solemnemente de negro y llevaba un prolijo estuche de guitarra. Imagíneselo bien, señor director, era como un funebrero. Me puso la mano en el hombro y me dijo: —Así que usted está interesado en Julián Maidana... Si es inteligente, ya se habrá dado cuenta de todo. Entonces le dije lo que le estoy diciendo a usted ahora: que había más de un Maidana, que había usurpadores que se hacían pasar por él o que existía una sociedad de al menos tres payadores que se repartían el trabajo. El hombre sacó dos recortes cuya fotocopia adjunto al señor director. Como usted podrá apreciar, se trata de la reseña de dos actuaciones de Julián Maidana en la noche del 21 de junio de 1923. Una, en James Craig, provincia de Córdoba. La otra en González Chávez, provincia de Buenos Aires. Después, casi como quien declama, recordó: —Todo empezó por casualidad. Una noche, Maidana tenía que cantar en Tapalqué y se sintió enfermo. A último momento, se le ocurrió mandar en su lugar a otro payador amigo. No está claro si se trataba del pardo Cingolani o de Anselmo Rufette. Nadie se dio cuenta de nada. Después, cuando creció su fama, Julián tomó la costumbre de arreglar presentaciones en todas partes, aunque no pudiera ir, y mandaba a cualquiera. En aquel entonces era fácil hacerlo, había pocas fotos y ninguna televisión. Como Homero, Maidana fue muchos cantores. Un hombre plural. Casi todos sus amigos payadores fueron Maidana alguna vez. Pero sucedió algo inesperado. Como usted sabrá, Maidana era un seudónimo. En realidad, nadie se llamaba así. Muy pronto, algunos de los artistas que tomaban ese nombre le disputaron al Maidana original el honor de haber creado aquel personaje. Y lo hicieron con tanto éxito que hoy ya no se sabe cuál de ellos fue el primero. Esta controversia fue aprovechada por nuevos Maidanas, muchas veces insolventes, que ocuparon aquella identidad vacante. Quise reconstruir estas palabras en estilo directo para que el señor director pudiera conjeturar mi emoción y mi sorpresa al escucharlas. Pero ahora viene lo mejor. El hombre se me acercó hasta resultar indiscreto y me gritó en la cara: —¡Maidana no ha muerto! Más aún... Maidana no morirá. Está en nosotros hacerlo vivir. Si muchos hombres han sido Julián Maidana, muchos otros pueden seguir siéndolo. ¿Por qué interrumpir la serie? Usted y yo podemos reanudar la vida del payador inmortal. Le pregunté torpemente si él había sido alguna vez Maidana, o si pensaba serlo ahora. —Cualquiera es Maidana, si es un buen payador. Desenfundó la guitarra e improvisó —o repitió— para mí esta décima: Me llamo Julián Maidana, soy el que usté está escuchando, o quizá el que anda cantando por otras tierras lejanas. Soy madre, novia y hermana, soy recuerdo y soy olvido, soy el retrato querido de alguien que no volvió más, soy el amigo que está y soy el que ya se ha ido. Hago mía esta décima, señor director, y lo invito a usted y a los periodistas de su destacada publicación al recital que ofrecerá el improvisador Julián Maidana en el Teatro Marconi de Saladillo, el 14 de julio a las 21 horas. Saludo al señor director con mi mayor consideración. Lauro Fedelli REPRESENTANTE DE ARTISTAS Fuente: Bar del infierno. Alejandro Dolina Espero que les cope la idea de postear cuentos cortos para leer al toque en T!, porque mucha gente es la unica forma que se cuelga a leer algo. Suerte