DemianHell
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Hasta ahora, los intentos por desarrollar una pastilla anticonceptiva para el hombre no han sido muy fructíferos. Pero en Israel, investigadores han elaborado una pastilla que desactiva el esperma antes de alcanzar el utero. Y lo mejor es que se trata de una pastilla que debe ser tomada una sola vez cada tres meses, así que la excusa de ‘me olvidé’ queda fuera del juego. Los científicos que han creado este producto aseguran que estará en el Mercado en tres años. Funcionamiento: Esta no contiene una mezcla de la hormona masculina testosterona con la femenina progesterona, como otros intentos. Lo que sucede con esta pastilla es que remueve una proteína vital en el esperma que es necesaria para la concepción. Así que, aunque el esperma llegue al útero, es inútil para fertilizar. Los científicos creen que estas pastillas tienen una efectividad del 100 por ciento. Ventajas: El hecho de que no se tenga que tomar a diario no representa la única ventaja. No hay efectos secundarios como los que sufren las mujeres con las pastillas aniconceptivas femeninas. Los hombres que ya han probado las pastillas que se están desarrollando para ellos –no estas nuevas- han reportado sentir depresión y falta de apetito sexual. El profesor de la Universidad israelí de Bar-Ilan, Haim Breitbart, quien ayudó a desarrollar la pastilla, asegura que “los hombres no toleran los efectos secundarios, lo que podría desanimar a muchos. No habrán esa clase de problemas con esta pastilla”. La pastilla vendría en dos dosis: una que debe ser tomada cada mes y otra cada tres meses. Los ratones en los que se hicieron los experimentos no mostraron en ningún momento alteraciones en el hambre y el sexo. “Las pruebas en humanos empezarán el próximo año”, explica el científico.
Todavía existen muchos objetivos por lograr en la medicina. Cualquiera de nuestros lectores que estudie o ejerza la medicina puede pensar en metas mucho más válidas, pero algo que hemos visto en varias ocasiones aquí es el reemplazo de miembros perdidos. La medicina regenerativa podría vencer a aquellos gigantescos obstáculos que todavía se mantienen firmes. Una persona podría recuperar dedos, manos, brazos, pies, abandonar la silla de ruedas, ver o escuchar nuevamente, y otras tantas cosas que aún nos es imposible restaurar del todo. La clave para recuperar un miembro u órgano perdido está en nuestras mismas células, en nuestro ADN. Nuestro cuerpo carga (de una forma u otra) con su propio manual de instrucciones, y sólo nos falta "convencerlo" para que vuelva a leer esas instrucciones y cree otra vez lo que por múltiples razones puede llegar a perderse. Mientras tanto, se sigue trabajando en alternativas como son los transplantes de órganos, y en este caso, los órganos bioartificiales. El proyecto involucró a científicos del Hospital General de Massachusetts junto a miembros de la Escuela Médica de Harvard en Boston. Se extrajo el pulmón izquierdo de unas ratas, y luego se procedió a quitar células de dichos pulmones a través de un proceso conocido como "descelularización". A forma de estructura se mantuvieron los vasos sanguíneos, las vías respiratorias y los tejidos conectivos. En la combinación también se agregaron células epiteliales, endoteliales y nutrientes. El resto del proceso se llevó a cabo dentro de un biorreactor, para acelerar el proceso de crecimiento de las células pulmonares. En menos de una semana los pulmones cultivados adquirieron un tamaño similar al de los pulmones originales, y apenas se demostró que había intercambio de gases, fueron implantados en las ratas. Estudios en el flujo de oxígeno confirmaron que los pulmones bioartificiales estaban funcionando, y así lo hicieron durante seis horas, hasta que fallaron debido a la acumulación de fluído. Los científicos involucrados admiten que los experimentos no regeneraron por completo a todas las células que se encuentran en los pulmones, por lo que todavía queda un largo camino antes de que se pueda realizar algo similar a la escala de un pulmón humano, y que la mejor alternativa para un paciente crítico sigue siendo un transplante. Sin embargo, se estima que podrían llegar a verse este tipo de "órganos cultivados" dentro de aproximadamente una década.

¿Es posible entrenar nuestra mente para que perciba el paso del tiempo de una manera diferente? Según algunos investigadores, si. Aseguran que con el entrenamiento adecuado, podemos hacer que la velocidad con la que transcurre nuestra vida sea mucho menor, aprovechando mejor el tiempo y logrando controlar su frenético ritmo. Mike Hall, un entrenador de los deportes de Edimburgo ha aprendido a “estirar” el tiempo. Hall asegura que desde los 12 años tiene el poder de hacer que su percepción temporal cambie, haciendo que el tiempo subjetivo transcurra más lentamente. Esto ha contribuido, según él, a convertirlo en un mejor jugador de squash. “Es difícil de describir, pero es una sensación de quietud, de que ya no estoy atrapado en el tiempo secuencial”, dice. “La pelota sigue rebotando, pero se mueve por la cancha a diferentes velocidades, dependiendo de las circunstancias. Es como que he salido de tiempo lineal.” La primera impresión que uno tiene al leer esto es que el bueno de Mike ha perdido un tornillo. El tiempo debería ser uno solo, y el mismo para todo el mundo. De no ser así, cosas muy extrañas podrían pasar. Sin embargo, varios biólogos, neurólogos e investigadores de otras áreas coinciden en que lo expuesto por Hall es verdad. El neurólogo Warren Meck es una de las autoridades con más peso en el estudio de la forma en que el cerebro mide el paso del tiempo. Meck ha clasificado dentro de tres grandes grupos nuestra habilidad para medir el transcurso del tiempo: en un extremo ha situado a los ritmos circadianos, que controlan cosas como sueño y la vigilia durante períodos de 24 horas. En el otro extremo ha puesto nuestra capacidad de “medir” tiempos en el rango de los milisegundos, que utilizamos en las tareas que requieren de motricidad fina. Y en el medio, dentro del rango temporal que va desde unos segundos hasta algunos minutos, se encuentra nuestro sistema que percibe conscientemente el paso del tiempo. Extrañamente, los científicos son capaces de comprender que partes de nuestro cerebro intervienen en el control de los ritmos circadianos y de los lapsos de tiempo muy cortos, pero es poco lo que se sabe sobre la manera en que utilizamos nuestro cerebro para medir tiempos dentro del rango medio. Muchos pensaban que la percepción del tiempo era poco más que un efecto secundario de la cognición en general, y se negaban a verlo como una disciplina por derecho propio. Pero ahora, se han descubierto algunas zonas del cerebro que parecen especializadas en la medición del paso del tiempo, una especie de “ritmómetro” biológico. Meck cree que el cerebro utiliza esta especie de marcapasos interno para cronometrar eventos. Cuando necesitamos hacer una estimación de cuánto tiempo ha pasado, por ejemplo cuando estamos esperando un autobús o preparando una taza de té, simplemente “consultamos” este cronometro. Lo interesante del caso es que la velocidad con la que mide el paso del tiempo este cronometro interno puede variar. Experimentos llevados a cabo en roedores entrenados para mover una palanca que les proporciona comida y que funciona solo cada un determinado intervalo de tiempo demuestran que la producción de dopamina afecta la forma en que el animal percibe el transcurso del tiempo. Si se añade dopamina, el ritmómetro de las ratas va más deprisa; si se elimina, el reloj se hace más lento. Los defectos de este ritmómetro, según Meck , podrían explicar varias dolencias. La dislexia, la hiperactividad, la enfermedad de Parkinson y la esquizofrenia pueden estar asociadas a la forma en que percibimos el paso del tiempo. Y también explicaría por qué en un accidente de automóvil tres segundos perecen tres minutos o incluso de qué forma algunas drogas (como la cocaína) producen una sensación de velocidad, mientras otras, como la marihuana, nos hacen sentir que el tiempo transcurre más lentamente. Todo esto demuestra que el truco de Mike Hall para hacer que su juego de squash sea mejor es posible. De alguna manera, Hall puede hacer que su ritmómetro funcione a una mayor velocidad, haciendo que su percepción de la realidad cambie, y que fenómenos que duran segundos en el “tiempo normal”, a él le parezcan minutos. No es algo tan descabellado, simplemente es el equivalente biológico de usar un cronometro que marche más rápido: si medimos con él la velocidad de un objeto cualquiera, este parecerá viajar más lentamente, ya que tardará más cantidad de “segundos rápidos” para recorrer una distancia determinada. Un dato interesante sobre este temas es que la existencia de algún cronometro interno ya había sido sugerida hace mas de 70 años. Un psicólogo estadounidense, Hudson Hoagland, escuchó a su mujer quejarse de que su marido se había marchado de la habitación durante mucho tiempo, cuando en realidad había salido sólo un momento. La señora Hoagland estaba padeciendo una fiebre intensa, y era cuidada por su marido. Picado por la curiosidad, el psicólogo le pidió a su mujer que le dijera cuándo había pasado un minuto. Solo 37 segundos más tarde ella dijo que ya había pasado el tiempo. Puesto a investigar, Hoagland descubrió que medida que subía su temperatura, la percepción del tiempo de su mujer era aun más lenta (su cronometro funcionaba más rápido, como el de Hall).Más tarde también pudo determinarse que haciendo descender la temperatura del cuerpo de una persona en dos o tres grados se podía acelerar el sentido subjetivo del tiempo (o sea, disminuir la velocidad del ritmómetro). Dado que hay una correlación entre la cantidad de dopamina y la percepción del paso del tiempo, y que los niveles de esta sustancia en el cerebro disminuyen con la edad, el sistema nervioso y su ritmómetro se hacen más lentos al envejecer. Esto explica porque los ancianos a menudo confunden el tiempo. Los experimentos demuestran que cuanto más viejo se hace uno, más se tiene la impresión de que el tiempo vuela. Meck cree que con todos estos conocimientos nuevos sobre la forma en que funciona nuestra percepción temporal sería posible entrenar el cerebro para que crea que el tiempo transcurre más o menos rápidamente. O utilizar alguna medicina que tenga el mismo efecto. Esto haría posible que el hombre maneje de una forma mucho más eficiente su posesión más apreciada: el tiempo. Fuente: http://zonadecaos.com/Blog/?p=913

La física cuántica es una verdadera caja de sorpresas. Cuando pensamos en el “espacio vacío” tendemos a imaginarnos un sitio en el que, como su nombre sugiere, no hay nada. Sin embargo, además de los ocasionales átomos de hidrógeno que se encuentran en cada rincón del universo, parece que una verdadera sopa de partículas virtuales bulle continuamente en él. Según se desprende de lo enunciado por Werner Karl Heisenberg en su “principio de incertidumbre”, y a pesar del famoso credo que reza “nada se crea ni nada se destruye”, en el vacío pueden surgir espontáneamente pares partícula-antipartícula. Estas “partículas virtuales” pueden aparecer “de la nada” tomado prestada energía al vacío, energía que debe devolverse rápidamente. Tanto el tiempo como la cantidad de energía de la que estamos hablando son sumamente pequeños. Si bien un físico que lea este párrafo puede terminar con un agudo dolor de estómago, no hay muchas maneras de explicar esto sin utilizar formulas demasiado complejas para el común de los mortales. Lo interesante de estos pares de partículas es que no siempre tienen la posibilidad de aniquilarse mutuamente. Imaginemos que nuestras amigas virtuales tienen la “suerte” de aparecer espontáneamente en los alrededores de un agujero negro. Más que en los alrededores, en la región exacta en que se encuentra su horizonte de sucesos. A pesar de que la probabilidad es baja, es posible que uno de los miembros de este par de partículas se forme en el interior del agujero y la otra en el exterior del mismo. Cuando esto ocurre, la primera se precipitaría dentro del campo gravitatorio del agujero mientras que la segunda puede escapar alegremente del mismo. Antes que comiences a pensar que el balance neto de energía es diferente de cero -al fin y al cabo una partícula se ha “creado de la nada” y escapado a su destrucción-, recuerda que la que ha caído en el agujero terminará aniquilándose con otra en su interior, dando como resultado una disminución de masa de éste, por lo que todo se mantiene dentro de las leyes físicas conocidas. Pero lo que nos interesa hoy es la partícula que logra escapar de la destrucción. Todas esas partículas que “escapan” del horizonte de sucesos del agujero negro constituyen la llamada “radiación de Hawking”. Recibe este nombre debido a que el famoso físico inglés Stephen Hawking postuló su existencia por primera vez en 1976, luego de haberse “inspirado” en 1973 durante un viaje a Moscú. En ese viaje, Hawking se reunió con dos científicos de esa nación -Yakov Zeldovich y Alexander Starobinsky- quienes le demostraron que, de acuerdo con el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, los agujeros negros en rotación deberían crear y emitir partículas. Lamentablemente, la distancia que nos separa de los agujeros negros conocidos y la baja intensidad de esa radiación hace que nunca haya sido posible detectarla. Sin embargo, un artículo aparecido en estos días da cuenta que ese fenómeno ha sido reproducido -por primera vez- en un laboratorio. Se trata de el equipo liderado por Franco Belgiorno, de la Universidad de Milan, que ha producido radiación de Hawking disparando un pulso láser de gran potencia a través de un material no lineal, es decir, uno en el que la propia luz puede cambiar el índice de refracción del medio. Si bien no hay un agujero negro implicado, la radiación es la misma: otros físicos ya habían demostrado antes que estas singularidades no eran las únicas capaces de formar horizontes de sucesos. Cualquier medio en el que viajen ondas a su través puede crear un horizonte de sucesos y, como acaban de probar, emitir radiación de Hawking. Según Belgiorno, cuando el pulso de luz se propaga por el material, se produce el cambio en el índice de refracción que crea una especie de “onda arco” en la que el índice de refracción mayor al del material que lo rodea. Esto provoca que la luz se ralentice, y como explica el físico, “eligiendo las condiciones apropiadas, es posible conseguir llevar a la luz a una parada”. Todo esto crea un límite que la luz no puede atravesar, algo que los físicos denominan “horizonte de sucesos de agujero blanco”, el inverso a un agujero negro. A pesar de lo que se podría deducir a partir de su nombre, estos “agujeros blancos” no son tan diferentes de los agujeros negros, al punto en que el mismo Hawking afirma que son formalmente equivalentes. Los pares de partículas que se forman en este tipo de horizontes se comportan de la misma forma que los que se crean en los alrededores de un agujero negro “normal”. Si un miembro del par atraviesa el horizonte, no puede seguir adelante y se ve atrapada, mientras que la otra escapa a la aniquilación y es libre de irse. El resultado de todo esto es que en el horizonte parecen generarse partículas cuánticas. Llegados a este punto, y antes de salir corriendo a la calle para festejar semejante descubrimiento, hay que aclarar que el artículo ha sido publicado en un sitio en el que cualquiera puede publicar su trabajo, sin que sea necesaria una comprobación por otro equipo de científicos independiente. No estamos tratando de decir que Belgiorno y su gente no hayan dado con esta especie de “Santo Grial” de la física, sino que -como mínimo- aún es demasiado pronto como para afirmar categóricamente que la radiación detectada es efectivamente radiación de Hawking y no algo diferente. Como sea, es muy posible que en los próximos días la prensa se haga eco de este trabajo de forma masiva, y que el resto de la comunidad científica emita su opinión al respecto. Mientras tanto, nos alegramos de estar un poco más cerca de la comprensión de este extraño mecanismo cuántico. Neoteo
