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Diegouru

Usuario (Uruguay)

Primer post: 1 ene 2009Último post: 9 ene 2009
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Leyendas Urbanas Del Uruguay
InfoporAnónimo1/1/2009

Cualquier lugar del mundo cuenta con alguna Leyenda Urbana. Algunas son conocidas y otras no tanto. Aca les dejo unas cuantas leyendas que son de mi país, Uruguay. Espero las disfruten... PRIMERA PARTE: EL EXORCISMO DEL DAYMAN: La protagonista de la historia fue una muchacha mestiza, aún no completamente desarrollada -digamos seis o siete años- que vivía en una casita de la zona. Se llamaba L*** y había nacido en el Brasil, más precisamente en Rio Grande do Sul, sitio desde el que poco tiempo atrás había emigrado junto a su madre. Un buen día, y luego de haber convalecido de dolor toda una noche sin causa aparente, L*** comenzó a ejecutar algunas acciones extrañas y a ser víctima de accidentes ciertamente estrafalarios. Los parientes, amigos y vecinos que fueron testigos de estos prodigios, alucinados y asombrados en su imaginación, llegaron a la certidumbre irrefutable de que, verdaderamente, la muchacha "tenía a Mandinga en el cuerpo". En ocasiones, L*** padecía de unos violentos ataques durante los que se comportaba casi como un animal. Comenzaba a gritar, a semejanza de un chancho que están carneando, y clamaba a viva voz que alguien había venido a llevársela a un paraje terrorífico. Se retorcía como una histérica, gemía como una desquiciada y lloraba escandalosamente. En estos accesos, la joven se estiraba completamente en la cama, y tiesa como estaba, parecía que la arrastraban de las piernas, escurriéndose del reposo. Uno y hasta dos hombres de campo muy forzudos no eran lo suficientemente poderosos como para sujetarla; por esta razón, y a pedido de la propia aterrada madre de la criatura, se convino en amarrarle las muñecas a la cabecera de la cama con unas sábanas. Otras veces, y aún cuando segundos antes se encontrara apaciblemente tomando mate y conversando con su gente, la joven se transformaba de súbito, y comenzaba a proferir insultos soeces a todos los que se atrevían a dirigirle la palabra o a mirarla con atención. Se arañaba, afirmando que no era ella, sino otro ser invisible quien le clavaba las uñas. Golpeaba con recias patadas las puertas, las paredes, los muebles y las ventanas de la casa, y hasta se orinaba o defecaba en los rincones. También articulaba unos silbidos muy penetrantes, que parecían provenir de lo profundo del bosque circundante. Otra costumbre extravagante de la poseída era la de salir intempestivamente a los fondos de la casa y desde allí arrojar piedras al aire con tan milagrosa habilidad que las piedras retornaban al mismo lugar del que habían partido. Otro rasgo extraño de la historia es que esta endemoniada, antes de haber entrado en este estado, no hablaba sino su lengua natal, el portugués. No obstante, desde que iniciaron los ataques, la muchacha comenzó a expresarse con tal corrección el castellano como si fuera una nativa, al punto que ni siquiera por el acento pudiera distinguirse del habla de los hijos del país, circunstancia que provocó la perplejidad de los vecinos. La situación de L*** empeoraba cada vez, y entonces llegó un momento en que la familia de la niña se vio obligada a tomar cartas en el asunto. Se decidió, entonces, convocar a un exorcista. Sin embargo, y diferencia de lo que nos tienen acostumbrados los argumentos de las series televisivas, este ritual no fue llevado a cabo por un sacerdote de la Iglesia Católica, sino por el contrario, por un curandero popular. Pocos datos hay sobre este oscuro personaje, salvo que se trataba de un viejo con fama de brujo y de hechicero, y que ya tenía alguna experiencia en los métodos del magnetismo animal. Aunque también es cierto que, pese a su condición profana, las figuras y los instrumentos de que se valía para sus conjuros eran los mismos que se esgrimen en la liturgia cristiana: también el exorcista, además de brebajes y conjuros, portaba un crucifijo, rociaba agua bendita e invocaba el glorioso nombre de Dios. Pese a tantas previsiones, el exorcismo culminó en un rotundo fracaso. Ya desde el principio, la endemoniada manifestó toda serie de irreverencias hacia los poderes de su sanador. Por ejemplo, el exorcista recitaba oraciones y le decía cosas tales como: "Clama, hija mía: Dios conmigo y el Diablo al Infierno", y la joven, enfurecida, respondía insultante: "El Diablo conmigo y Dios a la p ". En tales contratiempos, y como todo recurso, el exorcista la rociaba con más agua bendita y rezaba cada vez en tono más solemne. Por supuesto que, por momentos, el exorcismo parecía dar algún resultado, pues la muchacha cesaba de maldecir y no realizaba tantas extravagancias, pero el mal pronto volvía a exacerbarse. Y L***, conforme pasaban los días, estaba cada vez peor. Hacia el final, al borde de la locura, no hacía sino cubrirse el rostro con las manos o con las sábanas, y mientras sujetaba fuertemente las manos de una vieja, como buscando terrenal consuelo, manifestaba su malestar y su espanto con penetrantes gemidos. Un atardecer, luego de una larga sesión de espiritismo que había abarcado toda la noche y el día anterior, L*** finalmente murió. Una vez fallecida la desventurada criatura, la casa en la que fue llevado a cabo el ritual adquirió una fama siniestra. Se decía del edificio -como del Teatro Larrañaga o del Museo de Bellas Artes- que fuerzas oscuras y misteriosas habían asentado allí su dominio infernal. Según hemos llegado a saber, este lugar fue, en repetidas ocasiones, escenario de apariciones de fantasmas, voces pavorosas, ayes fatídicos, luces que vagan solitarias, ruidos subterráneos y otras proposiciones infames por el estilo. Los antiguos vecinos del Daymán solían referirse a este sitio con mucho respeto, como si se tratara de un lugar de culto, aunque, temerosos, preferían no frecuentarlo demasiado. Hoy en día, y para beneplácito de los espantadizos, esta casa ya no existe; fue demolida, y en el lugar en que se encontraba fue edificado un lujoso hotel que hace las delicias de los turistas más exigentes. LOS ESPÍRITUS DEL LICEO IPOLL (Salto) Tal vez, algún día, los diligentes funcionarios del Catastro Nacional pondrán fin a la controversia. Sin embargo, hasta que tal cosa no ocurra, la acalorada polémica acerca del sitio exacto en el que se encontraba el antiguo cementerio de la ciudad, continuará. Diversos postulantes aspiran a la candidatura, como los subsuelos del nuevo local de la Regional Norte de la Universidad de la República, los de la Plaza Artigas o los descampados aledaños al Liceo del Salto Nuevo. No obstante, las versiones más persistentes afirman que dicho cementerio se encontraba en los terrenos sobre los que fue edificado el Instituto Politécnico Osimani y Llerena, y en el que funciona, desde hace ya varios años, el Liceo Nº 1 I.P.O.LL. Esta es la razón, según he podido saber, por la cual una vez que comienzan a esfumarse en el horizonte los últimos rayos del sol, este lugar es el escenario de un gran número de eventos misteriosos y paranormales. De hecho, el repertorio de estos sucesos es tan amplio y variado que su detalle, menos que instruir, podría aburrir a cualquier lector. Simplemente señalaré que, entre otras cosas, se habla de bancos y pupitres que se mueven solos; de pizarrones que amanecen con bizarros dibujos y leyendas en idiomas extrañas; de papeleras misteriosamente desparramadas por manos anónimas en un sitio recién higienizado; de teléfonos que suenan persistentemente en salones que carecen de tal aparato; de puertas cerradas por dentro con postigo que, al abrirse, dan paso a habitaciones vacías; de inexplicables roturas de vidrios y hasta de insólitas desapariciones de expedientes, exámenes y documentos oficiales. Algunas veces, también pueden adivinarse sombras de ahorcados, proyectadas por los corredores, y figuras humanas deambulando que luego se desvanecen, atravesando paredes y muros, como por arte de magia. Naturalmente, entre los testigos más frecuentes de tales prodigios figuran tanto los alumnos, como los profesores, las autoridades y el personal del servicio de limpieza del liceo. No obstante, las anécdotas más interesantes acerca de los misteriosos sucesos del Liceo I.P.O.LL me fueron comunicadas de primera mano por un agente de la Policía, padre de un buen amigo, que ha debido pasar largas noches en solitario en el edificio cumpliendo la guardia como sereno. Este hombre, digo, cuya veracidad es para mi el Evangelio, me comunicó que se manifiestan allí visiones de todos los colores imaginables: cuando no es una canilla que se abre sola en el baño, es una cisterna accionada por el aire; cuando no es una cisterna, se presentan increíbles ventoleras de frío, aún cuando sea en pleno verano y en los alrededores los árboles estén quietos y adormecidos por el agobiante calor; cuando no es una corriente de aire, es una neblina cerrada de color blanco que invade la atmósfera; cuando no es una neblina, se perciben luces y fogonazos en los corredores; y cuando no es ni éste ni ninguno de tales prodigios, en ocasiones puede detectarse un fortísimo olor a azufre emanando de los lugares más insólitos: el laboratorio, el salón de actos, la sala de profesores, el galponcito de gimnasia, la biblioteca. También se ven -me asegura- rostros inhumanos insinuándose en el fondo de los espejos. Según mi testigo, son tantos los policías y serenos que podrían corroborar estas apariciones que, desde hace ya mucho tiempo, y fatigosamente atemorizados, ninguno de ellos se anima a hacer la guardia permaneciendo en el interior del liceo, sino que invariablemente realizan la ronda de vigilancia en los perímetros exteriores. (Anécdotas) Verónica y Mónica, dos estudiantes del turno nocturno del liceo, afirman que una vez, al salir a la medianoche, sintieron ruidos de cadenas y estallidos en el laboratorio (el lugar del instituto que más leyendas acumula). Al acercarse a mirar, descubrieron que los muebles en donde se guardan los instrumentos estaban abiertos, y una ventana aparecía abierta a pesar de haber sido cerrada por las propias estudiantes minutos antes. A la semana siguiente, las jóvenes volvieron a escuchar los ruidos de cadenas y al acercarse vieron una sombra. Las estudiantes no volvieron más al liceo y aseguran que jamás olvidarán lo sucedido allí. Una ex funcionaria del IPOLL, que pidió que su identidad no fuera revelada, trabajó allí en el '85. Recuerda los comentarios en torno a los supuestos espíritus y comenta un caso que le impactó. Por aquella época quedó un funcionario de sereno, que debió quedarse todo enero mientras el liceo estaba cerrado. Cuando los profesores se reintegraron en febrero, el funcionario comentó los horrores que había pasado: gritos en la noche, lamentos, cosas extrañas. Ese compañero se suicidó a los pocos días de comenzar su licencia, y los restantes profesores recuerdan con pena no haber dado más importancia a sus relatos o contenerlo. Otra de las tantas historias que nos llegaron proviene de un ex estudiante, que pide especialmente que no se mencione su nombre."Respecto al liceo he escuchado esa historia y también alguna más reciente", nos cuenta. "En los laboratorios de química, hace algunos años, un profesor salió espantado luego que al intentar echar un líquido en un tubo de ensayo, el chorro se dividiera en dos y cayera en los costados, sin que entrara una gota en el tubo". "Cuando yo iba al liceo", continúa, "se hablaba de un fantasma con nombre y apellido. Yo me he quedado en algunas ocasiones de noche en la Universidad -atrás del liceo- y también se oyen pasos y ruidos extraños durante la noche. Actualmente sólo quedan policías afuera del liceo, en el ala opuesta a los laboratorios". NO SOLO LOS PERROS LAMEN: La historia data de varias décadas atrás, y se desarrolla en una casa pudiente en las afueras de Montevideo. Allí vivía una familia adinerada, bien posicionada, influyente y con una hija única, de unos diez años. La niña, independiente y de buena educación, cargaba con el peso de su soledad, ya que sus padres solían ausentarse del hogar para asistir a compromisos sociales. Con el objetivo de hacer más llevaderas las horas solitarias, sus padres le compraron un cachorro de labrador. Con el correr de los años, la niña y el perro se volvieron inseparables, compartiendo espacio dentro del propio cuarto. Todas las noches, cuando la protagonista del relato se iba a dormir, el labrador se acurrucaba debajo de la cama; la niña estiraba entonces su mano y el perro se la lamía, a modo de saludo nocturno que se convirtió en una tradición o código entre ambos. Una noche, los padres se retiraron a un nuevo evento social, quedando la joven sola con su perro. Se sumió en un sueño profundo hasta que a eso de las 2 de la mañana la despertó un fuerte ruido, que se derivó luego en algunos rasguños y golpeteos. Asustada, y también nerviosa por su perro, la niña bajó la mano en la oscuridad, esperando que el perro la lamiese. El can así lo hizo y su dueña pudo volver a dormirse con tranquilidad. Horas después, al despertarse, comenzó a sentir un ruido extraño, como un goteo grueso e insistente que parecía provenir del baño. Caminó hasta allí, temerosa, y dio un grito de terror al abrir la puerta; su perro, descuartizado y sangrando, colgaba de una cuerda en el baño. Al regresar al cuarto, en medio de un ataque de pánico vio las siguientes letras escritas en rojo en el espejo del tocador: "No sólo los perros lamen". Dio un grito y cayó desmayada en el medio de la habitación. Cuando los padres regresaron, se encontraron con la casa desvalijada, el grotesco espectáculo del cuarto de baño y su hija en estado de shock, repitiendo en loop: "¿Quién me lamió?". Según algunas de las versiones, la niña debió ser internada en un manicomio, en el que permaneció hasta su muerte. Sus padres emigraron finalmente al extranjero. LA SIRENA DEL RÍO URUGUAY: El mito de la sirena del Río Uruguay es una de esas clásicas leyendas que desde tiempos inmemoriales seduce la imaginación de los hombres de todo el litoral oeste del país, e incluso de aquellos que habitan todavía más hacia el sur de la República, pues es evidente que la famosa sirena del Río de la Plata, sobre la que misteriosamente refieren algunos pescadores montevideanos, no es sino la mismísima ninfa de aguas dulces en una de sus excursiones más alejadas. Con todo, es probable que en ningún otro sitio como en Salto esta leyenda posea tantas anécdotas y testimonios que den prueba de su existencia. Pese al ostensible nombre de esta bestia, la sirena del Río Uruguay es un animal que apenas recuerda a su congénere de la mitología clásica. Una diferencia notoria proviene de las apreciaciones fisonómicas de cada una de estas especies. Las sirenas de la antigüedad helénica fueron seres de forma híbrida, que de la cintura para arriba asemejaban unas hermosísimas doncellas de largas cabelleras y de formas voluptuosas, mientras que de la cintura para abajo eran unos peces gigantescos. En cambio, la sirena del Río Uruguay no es un mero complemento entre una especie humana y otra animal, sino tal vez un híbrido indeterminado entre ambos términos. Se sabe que tiene extremidades, pero éstas no son los tiernos brazos de una náyade, sino unas especies de tentáculos provistos de largas garras y de aletas. Hay también consenso en que tiene abundantes cabellos, pero éstos no son finos y delicados, sino verduzcos y pinchudos como si se tratara de un puñado de bigotes de surubí. Sus ojos son amarillos y saltones, como los de un sapo, y no toleran la luz. El conjunto del monstruo da la impresión de un axolote enorme, pero cuyas facciones evocan, lejanamente, rasgos humanos. Su piel, brutalmente salpicada de erupciones, es de un color gris piedra que le permite un camuflaje sin igual en las oscurecidas aguas del río. Otra diferencia importante es que al tiempo que las sirenas sobre las que nos refieren los relatos de la mitología y la epopeya clásica siempre avanzan en grupos, verdaderos harenes fantásticos de seductoras marinas, la sirena del Río Uruguay, en cambio, es un ente tristemente solitario. Es probable que se trate del último espécimen de su raza. La pobre criatura vaga de aquí para allá, desamparada, sin otra compañía que la corriente del río y la ocasional cercanía de otros peces que el azar de las aventuras pone en su camino. Pero tal vez la principal diferencia entre la especie helénica y la sirena del Río Uruguay -a quienes conviene reconocer, sin embargo, como parientes muy lejanas-, es la absoluta disparidad entre sus respectivos comportamientos en relación a los humanos. Las sirenas de la antigüedad clásica encontraban singular deleite en provocar la desgracia y la muerte de los hombres. Sus hermosas melodías y sus hipnóticos cantos atraían la atención de los navegantes, que descuidaban el curso de sus naves y las estrellaban así contra los arrecifes, pereciendo toda la tripulación en las aguas. Por el contrario, la sirena del Río Uruguay es un ser absolutamente pacífico, y más que bonachón, casi inocente, que nunca ha causado y es previsible que no causará jamás daño a nadie. Puesto que, como se dijo, se trata de un ser solitario en extremo, posee, eso sí, una gran curiosidad. Pero es de un carácter tan arisco y huraño que toda vez que se acerca a un humano, y es percibida por éste, la sirena se zambulle de súbito en las aguas y huye despavorida, como si la sola idea de ser contemplada por los ojos de la gente le provocara un estremecimiento más poderoso que su osadía de mostrarse. Desde que los practicantes de la religión afro-umbandista instalaron en la playa Las Cavas una bellísima escultura de Ie-Manjá, los avistamientos más frecuentes de la sirena en la ciudad de Salto se produjeron precisamente en esa zona del Río Uruguay. Muchos de los devotos de esta diosa, que habitualmente se acercan a la costa del río a realizar sus rituales y a presentar sus ofrendas de flores, velas y animales, juran haber divisado más de una vez a la "Madre de las Aguas" saltando a lo lejos, o a veces también paseando en una barca, vestida con sus conocidos atuendos de colores blanco y turquesa, su silueta recortándose en el espejo de plata de la luna. Estas visiones me fueron confirmadas también por algunos de los muchachos del cuerpo de Guardavidas de la Intendencia que en las épocas del verano custodian las playas salteñas. Hacia el atardecer, cuando van a recoger las boyas de seguridad, se ven a menudo espantados por el súbito borbollón de agua que, en su torpe desplazamiento por debajo de la chalana, produce la sirena al pasar. Igualmente, los marineros de la Prefectura, hastiados de caminar y de vigilar con sus binoculares toda la costa del Salto, fueron testigos de sus fugaces apariciones. Fuera de estos registros recientes, hubo una época en la que los avistamientos más frecuentes de la sirena del Río Uruguay se realizaron en el puerto de la ciudad. Tal vez por esta razón, quienes están en mejores condiciones de proporcionar datos fidedignos sobre la existencia de este apacible monstruo acuático, sean los habituales pescadores que noche tras noche van allí a tirar sus plomadas. También los pescadores de río adentro, que rastrillan la zona portuaria con sus embarcaciones y sus redes, se ven de ordinario sorprendidos por la visita de este curioso engendro. En ocasiones, las personas que hacia el atardecer regresan de Concordia en la lancha, pudieron observar también de qué simpática manera acompañaba la sirena el surco blanco de agua que el motor produce en el río, asomando la cabeza y hundiéndose en forma reiterada. Otras zonas de avistamientos frecuentes de la sirena del Río Uruguay en Salto son las rocas del Ayuí, las cuevas de San Antonio y las compuertas de la Represa de Salto Grande, sitio en el que no es por cierto infrecuente advertir a este fantástico animal, saltando alegremente junto a los dorados en los torbellinos de agua. LOS OVNIS DE LA AURORA: La estancia "La Aurora se encuentra a pocos metros de distancia del puente fronterizo Salto-Paysandú tendido sobre el río Daymán, con un pie en cada uno de estos departamentos, y a ella se accede a través de un estrecho sendero de tierra y polvo que se abre silenciosamente a un costado de la Ruta 3. En el portón de entrada a este distrito hay un cartel que reza: "Por el tema OVNI preguntar en la NASA". Los dueños del lugar han puesto esta leyenda, previsiblemente, con el ingenuo propósito de sumir aún más en el secreto la serie de hechos misteriosos y sobrenaturales que supuestamente ocurren allí. Incluso la sigla "OVNI" es un eufemismo, pues ya no existe ninguna duda de que allí verdaderamente se registra una copiosa actividad extraterrestre. Para explicar esta presencia alienígena, la imaginación popular ha urdido varias teorías. La más difundida de todas explica que en "La Aurora" hay ubicado aquello que los chamanes llamarían un axis mundo -o eje del mundo-, es decir, una abertura de carácter dimensional que permite comunicar las diferentes regiones del Universo. Puesto que, en efecto, el suelo allí es rico en cuarzos y cristales, se concentra una potente energía que al cabo de períodos regulares colapsa las categorías del espacio y del tiempo y abre un canal a través del cual seres de otras dimensiones pueden acceder a nuestras coordenadas. No se trata, estrictamente, de la abertura a una ciudad intraterrena, sino de un portal con el que se puede conectar con otras realidades coexistentes con la de nuestro planeta, pero ubicadas en niveles diferentes de la existencia. El caso no es original; a lo largo de la historia se recuerdan muchos epicentros energéticos como éste en la Tierra, aunque de diferente potencia. Los más poderosos son los del nivel siete, como los de Erks y Azgar en Rusia, el del Tibet, el del Triángulo de las Bermudas y el de la Antigua Capital de los Mayas; el hoyo energético de "La Aurora", en cambio, como el de Isidris en Mendoza y como otros sitios de Brasil, Colombia, China, EEUU y Europa, es apenas de segundo nivel. Según otra versión, la menos convincente, en "La Aurora" habría instalado un observatorio subterráneo de la NASA en el que el gobierno norteamericano lleva a cabo ciertas operaciones secretas en confabulación con las células de inteligencia de nuestro país. Tal vez por esta razón, muchos de los avistamientos de objetos voladores registrados en la zona han sido atribuidos a falsas percepciones de satélites, aviones, prototipos de combates y otras maquinarias de las operaciones militares. Esta hipótesis es por cierto incontrastable, ya que amén de las repetidas visitas realizadas a Salto por el astronauta Neil Armstrong, "el primer hombre que pisó la luna" y uno de los agentes más universalmente conocidos de la NASA, no existen visiblemente en "La Aurora" elementos que den prueba de su veracidad. Hay todavía una versión más rigurosa, que pude conocer gracias a la pericia de un astrólogo y ufólogo amigo, pero que exige una explicación preliminar. Según es fama, desde hace miles de años, los pueblos del Universo han estado librando una guerra. Dos son los bandos en eterno conflicto: por un lado, las Fuerzas de la Oscuridad, una congregación de colonialistas interplanetarios que intenta hacerse con el poder del Cosmos para dictar sus leyes y hacer agosto de la esclavitud de las razas; y por el otro, las fuerzas de la Confederación Intergaláctica, la unión de los pueblos libres del universo reacios a cualquier intervención forzosa y que participan de la idea de que todo organismo vivo que existe en la inmensidad del espacio debe ser el único rector de su destino. En términos generales, puede decirse que la Confederación Intergaláctica ha estado ganando sistemáticamente esta guerra; sin embargo, las Fuerzas de la Oscuridad intentan dar ocasionalmente algún golpe, buscando revertir la situación, y lo hacen precisamente tomando como objetivo a aquellos planetas que, como la Tierra, recién están en los primeros pasos de su evolución. Para evitar esta intervención clandestina sobre los pueblos neutrales, la Confederación Intergaláctica instaló en ellos, en secreto, sistemas defensivos y escudos de protección capaces de derribar toda agresión exterior, tal como puede comprobarse, por ejemplo, recordando lo ocurrido en el famoso caso Roswell. Pues bien, en "La Aurora", precisamente, habría instalada una base de este tipo, y las naves que allí se divisan por docenas no son sino las centinelas de la guardia de la Confederación. Sea como fuere, las evidencias de la actividad de naves y de seres extraterrestres en los campos de la estancia son tan variadas que cualquiera de ellas daría material de primera para un buen capítulo de la serie televisiva Los Archivos X. Los automovilistas que transitan por la carretera realizan con frecuencia avistamientos de platillos voladores solitarios o en formaciones de hasta cinco o seis individuos. Por las mañanas, y aún cuando en toda la noche no se escuchó un solo ruido, los peones encuentran misteriosas huellas de aterrizajes en el pasto, como si un objeto muy caliente se hubiera posado de pronto y quemado todo la gramilla circundante con su fulgor. Se divisaron también luces y bolas de fuego que recorren a una velocidad muy lenta el descampado y que de pronto ascienden con una propulsión imposible hacia los cielos, donde se pierden para siempre. Si uno es capaz de desarrollar sus facultades mentales en grado extremo, y logra dominar el arte de la telepatía, encontrará allí una sintonía especial para comunicarse -sin palabras ni imágenes- con seres de toda la galaxia. En ocasiones, hasta hay testigos que han logrado encuentros cercanos con algunos de estos internautas y visitantes de otros mundos, los que fueron descritos de maneras tan heterogéneas y contradictorias que es preferible no entrar en materia. Por esta razón, los muchachos de las comunidades dedicadas al estudio del fenómeno OVNI de todas partes del mundo, como así también los iniciados en las artes de lo oculto, lo ausente y lo lejano, tienen entre sus itinerarios de actividades viajes y excursiones de todo tipo a este característico paisaje de la fantasía salteña con el fin de lograr, cosa que ocurre, alguna evidencia de los extraterrestres. EL FANTASMA DE HORACIO QUIROGA: Según los registros más fieles, la última vez que Horacio Quiroga puso un pie en Salto fue hacia fines del año 1902 o principios del 1903, cuando ya estaba radicado en Buenos Aires luego del trauma que le había provocado la muerte de su amigo Federico Ferrando. Juró entonces -cosa que literalmente cumplió- no regresar jamás en su vida. Las razones parecían justificadas: la ciudad natal, para Quiroga, no era otra cosa que un enorme signo de su desdicha personal. Salto había sido el escenario de dos muertes que calaron hondo en su espíritu (la de su padre Prudencio en 1879, y la de su padrastro Ascencio Barcos, en 1891). Fueron los salteños quienes desdeñaron con indiferencia sus ejercicios literarios en Gil Blas y en La Revista; y era también salteño, finalmente, el hermano del alma que acababa de morir, víctima de su propio descuido. Nada parecía haber en Salto que el precoz escritor -por entonces de apenas veinticinco años de edad- pudiera asociar con la felicidad o siquiera lejanamente con la alegría. Sin embargo, muchos son los biógrafos que han advertido que, hacia los últimos instantes de su vida, Horacio Quiroga planeó casi secretamente una íntima reconciliación con el suelo natal. En buena medida, este propósito ya podría adivinarse considerando con atención la correspondencia quiroguiana hacia la época de su segundo exilio misionero y las reiteradas ocasiones que en ella el escritor recuerda con cariño y nostalgia las ya lejanas horas de la juventud. En algunas, como las cruzadas con Fernández Saldaña, Quiroga habla a menudo de rostros, de nombres y de amigos del Salto, y cuenta con insistencia humorísticas anécdotas y recuerdos allí vividos. En otras, como las mantenidas con su amigo y coterráneo Enrique Amorim, el escritor habla mucho más explícitamente de un proyecto general de "rever el paisaje salteño", proyecto que incluía no solamente una revaloración de las posibilidades estéticas del recuerdo del terruño sino también, acaso, una vuelta al hogar ("Al fin y al cabo -escribió una vez- hasta los elefantes van a morir todos al sitio dónde dieron sus primeros trotes". De hecho, este último propósito estuvo muy cerca de concretarse hacia el año 1935 cuando el propio Amorim le realizó una invitación al chalet "Las Nubes", que Quiroga a la postre rechazaría alegando su voluntad de evitar los previsibles homenajes oficiales. No obstante, la verdadera razón por la que el proyecto quiroguiano de la recuperación del Salto quedó finalmente trunco fue mucho más drástico: poco tiempo más tarde el escritor comenzaría a padecer los primeros síntomas de un irreversible cáncer gástrico, y tanto su salud como su desequilibrado estado anímico lo arrastraron obligatoriamente hacia Buenos Aires. Allí, aquejado por el sufrimiento y la soledad, la idea del suicidio se instaló en su mente con más fuerza que la del regreso. Sin embargo, es verosímil que hacia sus últimos segundos, y ya de cara a Dios, Quiroga siguiera pensando, como en un sueño, en su Salto nativo. Pensó tal vez -como había dejado escrito en el Diario de Viaje a París- que solamente en Salto había encontrado alguna vez diversión. Que entre los amigos que lo acompañaron fielmente durante toda su vida figuraban muchos salteños. Que fueron los primeros escritos salteños, acaso, los únicos que le produjeron verdadera felicidad creativa. Que la absurda Comunidad de Los Tres Mosqueteros -precursora del célebre Consistorio del Gay Saber- fue una de las experiencias más delirantes que alguien pudiera imaginar. Que los carnavales salteños le proporcionaron el conocimiento de algunos amores imborrables; y que fueron muchos también, en definitiva, los buenos recuerdos de su vida de estudiante en el Instituto Politécnico. Es también verosímil suponer que la fatídica noche de febrero de 1937 en que Quiroga entró en la muerte en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, luego de ingerir una fuerte dosis de cianuro, llevara todas o siquiera algunas de estas imágenes impregnadas en su retina. Pues bien, tal es la razón, y no otra, por la que el fantasma de Horacio Quiroga se aparece todavía en tantos lugares del Salto: para conseguir, desde el más allá, la anhelada vuelta al hogar que su cuerpo humano no pudo alcanzar en vida. Tal vez también por esta razón, los lugares en que con más frecuencia se manifiesta su espectro sean las dos casas que éste habitó en la ciudad. En la primera, ubicada sobre calle Uruguay, sucesivos inquilinos han visto ciertas noches al fantasma de Quiroga deambulando por la oscuridad de los corredores, envuelto en una larga manta de color rojo; y en la segunda, la casona ubicada sobre Avenida Viera en que funcionaba hace no mucho tiempo la llamada "Escuela al Aire Libre", suele presentarse a los niños, caseros y cocineros del centro educativo, la mayoría de las veces sentado en una silla de hamaca ubicada junto a la estufa del lugar, aunque también hacia los terrenos del fondo, revolviendo las plantaciones de verduras o utilizando clandestinamente las herramientas del galpón. En tales casos, el fantasma aparece invariablemente con el aspecto con que recuerdan a Quiroga sus últimas fotografías: enflaquecido, la piel arrugada y amarillenta, la espesa barba comiéndole la cara, la mirada triste y como perdida en el vacío. Pero no son por cierto éstos los únicos sitios de sus póstumas peregrinaciones salteñas. Por el contrario, se refieren apariciones suyas en la zona de la Costanera Sur, más precisamente en los alrededores del Mausoleo erigido en su nombre y en el que está ubicada la famosa -y también maldita- urna de Ezria que guarda sus terrenales cenizas. Igualmente, hay testimonios que aseguran la presencia del fantasma de Horacio Quiroga re-editando en bicicleta la célebre travesía Salto-Paysandú, pedaleando muy orgulloso con su camiseta del Club Ciclista Salteño. Tales apariciones salteñas del espectro de Quiroga, naturalmente, suelen promover el espanto de sus ocasionales testigos. Sin embargo, viéndolo de otro modo, son la cosa más natural del mundo. Al fin y al cabo ¿qué otro destino más conveniente para el fantasma de un hombre que en toda su vida no fue sino un perpetuo desterrado, que el de intentar recuperar, al cabo de ésta, el familiar sabor del suelo natal, vale decir, regresar a las entrañas mismas de la madre tierra? LA APARIENCIA DE LA RUTA 3: Fuera de esta sumisa anécdota, que referiré a continuación, no existen, que yo sepa, otras visiones de la Aparecida o de la Madre de la Ruta 3. Sin embargo, he podido comprobar que es tal el sobrecogimiento que invade indefectiblemente al ánimo del auditorio cuando se cuenta esta leyenda, tanto el miedo y la angustia que sobreviene ante su sola mención, que acaso no hay otra tan impactante como ella en todo el catálogo de los misterios salteños. Ésta me fue referida, casi al azar, en conversaciones privadas con uno de los propios involucrados en el hecho. Cierta noche muy lluviosa, un camionero que regresaba a Salto por la Ruta 3 luego de haber dejado en Río Grande un cargamento de naranjas, divisó, poco antes de llegar a la entrada de Belén, a una mujer que gesticulaba y hacía ademanes, presa de notoria ansiedad. El camionero, al principio, no sospechó nada en particular, pues para la gente de su profesión encontrarse con peregrinos que hacen dedo a la vera del los caminos, incluso bajo un diluvio y en medio de la nada, es pan de todos los días. No obstante, y conforme las luces de los focos del camión fueron acercándose al sitio en el que la mujer se hallaba, sus impresiones comenzaron a tomar una dirección muy diferente, más aún cuando pudo comprobar que algunos cuantos metros más adelante, justo en la naciente de una curva, había un auto volcado, con signos de haberse estrellado recientemente y que ya comenzaba a encenderse en llamas. Al divisar esto, el camionero detuvo violentamente la máquina, y bajó precipitadamente a prestar auxilio a la mujer. Pudo advertir entonces que se trataba de una jovencita seriamente lastimada; sangraba profusamente, cojeaba de una pierna y tenía una herida muy profunda a un costado de la cabeza. No obstante, y para sorpresa del camionero, ésta no parecía mayormente interesada en su propia salud. -¡Ayude, por favor, a mi hijo! gimió, casi suplicante, la joven-. ¡Mi hijo está atrapado en el auto! ¡Si no sale de allí pronto se va a morir! ¡Por favor, ayúdelo! Al camionero le costó trabajo reaccionar. Dijo entonces lo primero que se le pasó por la mente: le preguntó a la mujer si se encontraba bien, o si había sufrido ella misma algún tipo de herida que necesitara atención inmediata. Pero la mujer no parecía escucharlo. -¡Mi hijo! gritaba angustiada-. ¡Por favor, salve a mi hijo! El camionero, todavía perplejo, se alejó entonces de la mujer y salió corriendo a todo galope en dirección al auto accidentado. Al llegar a él, le costó bastante trabajo encontrar algún hueco por donde asomar la cabeza; el auto había dado muchas vueltas y casi no era otra cosa que un puñado de chatarra humeante y retorcida. Además, la fuerza del agua, mezclada con el hedor a nafta desparramada, tornaba casi imposible la respiración. Y hay que sumar a todo esto que la presencia de las llamas auguraba una inminente explosión. De todos modos, y haciendo acopio de su valor, el camionero se las ingenió para llegar a los asientos traseros, luego de romper una ventanilla, donde pudo notar que se hallaba un bulto de color blanco. Prestando mayor atención, pudo advertir también que, envuelto en aquellas mantas, se encontraba acurrucado un niño en su más tierna infancia, casi un bebé, que sollozaba bajito. El camionero lo sacó del auto presurosamente, tratando de alejarlo del peligro. Sin embargo, y cuando ya comenzaba a creer que su tarea había terminado con éxito, pudo advertir, para su sorpresa, un elemento que no había previsto: un segundo cuerpo yacía atrapado entre los hierros. En eso, otra camioneta se detuvo en la ruta. Se trataba de una pareja de oficiales de la Policía Caminera que, al advertir el accidente, frenaron a prestar ayuda. El camionero fue a su encuentro con el niño en brazos y en dos palabras, jadeante, les explicó la situación. Puso especial énfasis en la necesidad de obrar con velocidad. Dicho esto, los dos oficiales tomaron de la parte trasera de la patrulla un bomberito y salieron corriendo en dirección al auto a prestar ayuda a la segunda víctima, mientras el camionero aplicaba los primeros auxilios al bebé. Afortunadamente, se encontraba sano y salvo. Cuando por fin pudo cerciorarse de esto, y tener un segundo de descanso y reflexión, es verosímil suponer que el camionero no pudo sin dudas dejar de advertir que la mujer que lo había detenido en medio de la ruta, solicitándole ayuda, hacía ya un largo rato que había desaparecido. Lo que sigue a continuación, el final de la historia, seguramente el lector ya lo habrá adivinado. Los dos oficiales llegaron al auto, y luego de forzar una puerta, con grave dificultad, consiguieron sacar la segunda víctima al exterior. Se trataba de una mujer, casi completamente desfigurada por las heridas, pero que el camionero pudo reconocer, estupefacto, como la misma que lo había detenido en la ruta. Era, en efecto, la propia madre de la criatura rescatada, salvo el hecho inexplicable de que hacía varios minutos que estaba muerta. Según mi testigo estrella, resulta innegable que la Aparecida de la Ruta 3 había sido el propio espíritu o el fantasma de la madre del niño, que una vez muerta en el accidente, y antes de emigrar al reino tenebroso, había querido asegurarse de dejar a buen resguardo la vida del pequeño. ESPECTO DE MADRE: Esta historia de principios del siglo XX sucedió cerca del río Santa Lucía grande, límite natural que separa Florida con Canelones, en el entonces pequeño poblado de Fray Marcos, recordado por dos hechos bien marcados: el trágico tornado del 21 de abril de 1970 que dejó como triste saldo 10 personas fallecidas y la Batalla de 1904 (guerra civil del Uruguay) donde triunfaran los "blancos" de Aparicio Saravia sobre las fuerzas "coloradas" del comandante Melitón Muñoz. Esa sangrienta contienda fue una conmoción también para todos los habitantes de esta zona porque participaron en ella muchos civiles que tenían aquí su vivienda y cuyos descendientes aún siguen afincados en estas tierras. Tal es el caso de doña Emilia, hoy septuagenaria, cuyo padre (siendo joven y soltero) estuvo nueve meses alistado junto al ejército revolucionario a la orden del "chiquito" Saravia ("el general de poncho blanco" y cuya madre no conoció ya que falleció cuando apenas tenía seis meses de vida (ni siquiera posee una sola fotografía). Fue criada por otra señora, su "madrastra", quien golpeaba y maltrataba con asiduidad a la pequeña Emilia. Cierta vez que, nuevamente sin motivo alguno, le "propinó" una páliza, corrió desesperada a refugiarse en su cama, no sin antes encender el candil con el cual siempre iluminaba aquella precaria pieza del humilde rancho donde vivía. Al poco rato, las lágrimas de sus ojos no impidieron que observara, en ese mismo instante, como lentamente se acercaba hacia ella una espectral figura blanca que apareció en forma sorpresiva, como surgida desde la propia sombra del viejo ropero. Presa del miedo cerró fuertemente sus ojos y sintió que una mano fría acariciaba con suavidad su pequeña mejilla. Quedó inmóvil. Ni siquiera se animaba a abrir sus ojos. Cuando logró hacerlo observó (como todas las noches) las penumbras que se movían a la luz del candil, que eran siempre objeto de diversión (se pasaba las horas mirándolas hasta que se dormía) pero que esa noche la aterrorizaron. Sacando fuerzas de flaqueza esbozó un grito de auxilio e inmediatamente llegó su padre, con el mismo trabuco con el cual 30 años atrás había defendido sus ideales (y también su vida), revisó cada rincón pero no pudo hallar nada. Apresuradamente, salió pero sólo pudo divisar la silueta de su caballo en el campo y los perros, que ladraron sin pausa alrededor del humilde rancho durante toda la oscura noche, siendo los constantes y únicos perturbadores del silencio sepulcral reinante... LA CAMINANTE ESPECTRAL: Una noche fría y ventosa, cerca del cementerio del Buceo (algunas versiones mencionan otros lugares) un hombre vio mientras conducía en su auto a una muchacha joven y bonita al costado del camino. La chica hacía dedo, y aunque el hombre no tenía por costumbre levantar gente en la ciudad, parecía tan agradable y desamparada que decidió subirla al auto. Iniciaron una charla amena y descubrieron al instante una sintonía inmediata. Pasaron buena parte de la noche juntos y al terminar la velada el hombre la llevó a la casa donde la muchacha indicó que vivía. Al día siguiente, el protagonista de nuestra historia descubrió que la joven había olvidado su bufanda en el auto. Se dirigió hacia allí y golpeó la puerta de la casa que la joven había señalado. Una pareja mayor abrió la puerta, y cuando el hombre intentó explicar el motivo de su visita, preguntando por la chica, el matrimonio reaccionó violentamente. ¿Cómo se atrevía un desconocido a burlarse de la desgracia ajena? ¿Cómo podía hacerles afrontar el dolor de la pérdida? El hombre, que no entendía nada, intentó explicarse mejor y les mostró como prueba de su historia la bufanda. La pareja quedó helada, resolvió entonces hacerlo entrar a la casa y lo condujo a un cuarto. Allí, sobre una mesa, estaba el retrato de la joven que había levantado la velada anterior, abrigada por la misma bufanda que el hombre aferraba en sus manos. Sus padres le explicaron que la chica estaba muerta desde hace años y yacía enterrada en el cementerio cercano. EL CONTAGIO SINIESTRO: Un hombre sale a bailar una noche y descubre que en la barra hay una mujer hermosa, que lo mira fijamente. El protagonista de la historia no puede creer su suerte y se lanza a la conquista. Lo hace con tal éxito que ambos se van juntos del lugar y deciden pasar la noche en un motel. Bastante borrachos y obnubilados por la pasión, tienen sexo en forma repetida, sin protegerse. A la mañana siguiente, ya tarde, el hombre se despierta exhausto. No hay nadie en la cama y descubre que la mujer del pub se fue, vaya uno a saber hace cuanto. Al dirigirse hacia el baño, nota que su acompañante le dejó un mensaje escrito con lápiz de labios en el espejo: "Bienvenido al club más grande del mundo, el club de los que tienen SIDA". El MOTEL INDISCRETO: Historia 1 Una pareja, ya se trate de novios jóvenes o esposos, decide reservar la habitación de un motel para pasar la noche. Todo sucede de acuerdo a lo previsto y la pareja se permite disfrutar de la cantidad de espejos que posee la habitación. Se retiran luego, pasan varios meses y ambos olvidan el tema. Una noche, deciden alquilar una película para adultos en un sitio especializado, que cuenta con una oferta de videos de aficionados . Su sorpresa es mayúscula cuando al poner el film elegido en el videograbador descubren que los espléndidos actores de esta cinta -digna de una producción triple XXX- son ellos mismos, pescados in fraganti por dos cámaras colocadas en espejos de doble cara, en su incursión hotelera de meses atrás. Comentarios Esta es una historia que recorre el mundo entero y que debe haber afectado a más de un hotel del rubro, pero que es doblemente dudosa no sólo por la casualidad del hecho sino por el riesgo que afronta un hotel con una acción de este tipo, no demasiado redituable por otra parte. Sin embargo, hace escasas semanas un hombre fue detenido en Chile por colocar cámaras en los espejos de su pensión, que utilizaba para fabricar sus películas caseras, aunque no se guarda registro sobre novios que se hayan convertido a la vez en espectadores y actores protagónicos. Sea como sea, quizá más de uno tiene por costumbre revisar concienzudamente la habitación después de haber escuchado una historia similar a ésta. Historia 2 Otra historia relacionada con moteles. Un hombre va con su pareja a una casa de citas y al salir ve estacionado en el parking el auto de un gran amigo, coche para el que había comprado días atrás un estéreo muy costoso. Divertido por pescar a su amigo in fraganti, decide hacerle una broma. Como el auto estaba sin llave, entra, saca la radio y se la lleva, con intenciones de devolvérsela a las pocas horas o al día siguiente y confesarle en qué lugar lo vio. Cuando va a la casa de su amigo a burlarse de él, lo encuentra muy preocupado. Antes de poder explicarle la situación para tranquilizarlo, su amigo le relata cómo su mujer fue a cuidar a una amiga internada y le robaron su querida y reluciente radio. El hombre, según las diferentes versiones, entrega la radio a su mujer o decide no devolverla con tal de no tener que apenar a su compañero. (Gracias a Leticia) Comentarios El cuento del esposo inocente es un clásico, a tal punto que las versiones varían en las maldades que planea el amigo, la excusa que inventa la mujer, la decisión final del hombre que hizo la broma y la cantidad de amigos que preparan el chiste, en ocasiones compañeros de trabajo. Nada indica que una situación como la descrita no pueda darse, pero la cantidad de versiones alternativas casi idénticas existentes y los muchos amigos de amigos a los que les ha sucedido la historia la convierten una clásica leyenda urbana, aunque no incluya muertos resurrectos o contagios estrafalarios. Fuente: http://www.montevideo.com.uy/catleyendas_332_1_1.html Esta fue la PRIMERA parte, no se olviden de visitar la segunda y tercera parte de estas Leyendas Urbanas del Uruguay.. Saludos Para Todos Diegouru http://www.taringa.net/posts/info/1947100/Leyendas-Urbanas-Del-Uruguay-(2da-Parte).html http://www.taringa.net/posts/info/1947102/Leyendas-Urbanas-Del-Uruguay-(Parte-3).html

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Leyendas Urbanas Del Uruguay (Segunda Parte)
InfoporAnónimo1/1/2009

Cualquier lugar del mundo cuenta con alguna Leyenda Urbana. Algunas son conocidas y otras no tanto. Aca les dejo unas cuantas leyendas que son de mi país, Uruguay. Espero las disfruten... SEGUNDA PARTE: UN SUSTO DE MUERTE: Cuenta la historia, ambientada a principios de siglo, que varios paisanos se hallaban tomando unas copas en un bar frente al Cementerio del Cerro. Bien entrada la noche, el alcohol ya había calentado los cuerpos y soltado las lenguas de unos cuantos, que envalentonados por la bebida espirituosa comenzaron a comparar su coraje y bravura. A uno de ellos, un poco más sobrio que los demás, se le ocurre lanzar a viva voz un desafío espeluznante, asegurando que ninguno se atreverá a realizarlo. La prueba consiste en pasar el resto de la noche sentado encima de una de las lápidas de cementerio, dejando como prueba su facón clavado allí. Uno de los paisanos, más valiente o más borracho que los demás, acepta el desafío y trepa –ayudado por los demás- las rejas del cementerio. Sus compinches acuerdan ir a esperarlo a la madrugada a las puertas del lugar. Llega la mañana y el hombre jamás aparece, por lo que los intrigados paisanos entran al cementerio a buscarlo. Lo encuentran muerto sobre una lápida, con el facón clavado sobre la misma junto a una esquina de su poncho. El hombre, al sentarse, había enterrado con su cuchillo sin darse cuenta un trozo de la tela. Cuando se quiso marchar sintió que alguien lo tironeaba de la ropa, y creyendo que un espectro reclamaba su cuerpo cayó al suelo fulminado por un ataque cardíaco, sin percatarse de que se trataba simplemente de su poncho enganchado por el cuchillo. Versiones y Comentarios La misma historia se repite en diversas épocas que van desde principios de siglo a la década del ’50 e incluyendo a varios cementerios. Aunque la leyenda más frecuente es atribuida al Cementerio del Cerro, otras versiones mencionan el del Buceo, el Central y el del Norte. Un usuario, que lo relata en primer persona, agrega el siguiente detalle: la tumba pertenecía a una médium muy famosa en su tiempo. En otro relato, más aggiornado, los protagonistas son jóvenes amigos y es una chica la que decide saltar las rejas del Cementerio del Norte. Otro usuario nos cuenta que esta misma leyenda le llegó desde pequeño con su bisabuelo como protagonista, ambientado en el Buceo. En esta versión el personaje principal, amigo de su bisabuelo, intenta cruzar el predio del cementerio del Buceo y muere del susto cuando su capa queda enganchada en una cruz. Hay otro cuento cuyo desenlace varía. Está ambientado en el Cementerio Central, y en este caso se trata de tres muchachos que llegan a la parte trasera del lugar, ya caída la noche. Uno de ellos acepta una apuesta que lo desafía a cruzar todo el predio hasta llegar a las puertas de Gonzalo Ramírez en competencia con sus dos compinches, que harán el trayecto fuera del cementerio. Llegan los tres al mismo tiempo, pero cuando el valiente descubre que no hay modo de cruzar las puertas de Gonzalo Ramírez, que llegan hasta el techo, debe desandar su camino. Según el relato, jamás volvió a aparecer. LOS FANTASMAS DE MAROÑAS: La historia se desarrolla muchos años atrás en la zona de Maroñas, cuando aún no se soñaba con reformar el lugar y el siglo abandonaba impertérrito sus primeras décadas. Cuatro amigos vuelven a pie de un cumpleaños, muy tarde en una noche fría, cuando se topan con la parte posterior del complejo de Maroñas. Cansados, deciden acortar camino saltando el muro y atravesando las instalaciones del hipódromo. Al avanzar en el camino, la noche comenzó a cerrarse lentamente sobre ellos. Aunque la luna brillaba, las sombras de las añejas instalaciones se alargaban y creaban conos de sombra y figuras fantasmales, entremezclándose con una niebla espesa que hacía difícil cualquier tipo de orientación. Detrás de esa inmensa nada generada por las sombras y la niebla, oyen un ruido amortiguado y lejano. Intermitentemente, el sonido crecía de intensidad, asemejando unos cascos de caballos. Después de cada silencio súbito, reaparecía lo que ahora era un inequívoco galope, cada vez más fuerte. Los cuatro amigos, asustados, advirtieron en voz alta al presunto jinete, pero cada vez que alzaban la voz el ruido callaba y surgía en otro lado. De improviso, un espantoso relinchar les heló la sangre, proveniente de un lugar indeterminado y cercano entre los jirones de niebla. El susto fue tan grande que treparon el muro más cercano con la facilidad de medallistas olímpicos, huyendo del hipódromo. En la calma de sus hogares, dos de los amigos, avergonzados por su pánico irracional y atribuyéndolo a la borrachera de la fiesta, deciden investigar a fondo lo sucedido. Tres noches más tarde juntan el valor para volver a cruzar el muro a la misma hora y comprobar con sus sentidos lo que realmente sucede allí. Al principio, la calma que reina en Maroñas en aquella noche invernal y neblinosa parece darles la razón, pero un tiempo después vuelve a surgir aquel sordo golpeteo de las herraduras. Esta vez, sin embargo, el ruido creció en violencia e intensidad a un ritmo casi demoníaco. Los cascos de caballos se multiplicaban por todas partes y relinchos salvajes lastimaban los oídos, tan cerca que uno creía posible tocar los caballos y sentir el viento provocado por sus cuerpos. Enloquecidos de miedo, los dos compañeros no atinan a otra cosa que correr desesperadamente sin rumbo alguno, perdiéndose en su camino. En el colmo de su horror, ciegos por el terror y la noche hermética se topan en el camino con una figura enjuta, que resulta ser el anciano vigilante del lugar. Amablemente, el sereno los tranquiliza y les pregunta qué sucede. Al escuchar la historia poca es la sorpresa del viejo, quien confiesa que ha escuchado los sonidos de los animales innumerables veces a lo largo de los años. Ante su estupor, el anciano narra que se trata de las almas de los caballos que eran gravemente lesionados en las carreras y posteriormente sacrificados por los peones, que los ahogaban en una piscina que ya no existe. En la noches oscuras, las almas de los equinos reiniciaban la interminable carrera en la que sus cuerpos habían hallado finalmente la muerte. LA LLORONA DEL PARQUE RIVERA: Versión 1 Una tarde de otoño, hace muchos años, una joven mujer decide salir a pasear por el Parque Rivera. A pesar de un viento frío y cortante que hacía gemir a los árboles y sumía al parque en la más absoluta soledad, la chica decide salir y llevar consigo a su bebé, que había tenido en condición de soltera. Estando en vísperas de su boda la joven se aventura en el parque, por entonces más agreste que ahora y mostrando los resultados de recientes lluvias. Se la ve bordear el lago junto a su niño, mientras el viento arrecia con fuerza, desapareciendo de la vista. La futura novia, sin embargo, no regresará por ese sendero. Al día siguiente encuentran su cuerpo inerte en el lago del parque, sin rastros del paradero del pequeño. Cuenta la historia que desde entonces, en las noches brumosas y tristes del otoño, puede verse a una joven vestida de novia en los alrededores del lago. Camina sola y llora desconsoladamente, mientras clama por un bebé que perdió hace mucho tiempo. (Gracias a Sofía, que narra que una amiga le aseguraba que su padre había visto a la llorona ) Versión 2 Hace mucho tiempo, en los inicios del mismo Parque Rivera, vivía una pareja en una casa contigua al lugar. Un miércoles 9, mientras marido y mujer se hallaban fuera, unos ladrones irrumpen en la casa. El esposo llega antes que terminen su faena y los sorprende in fraganti: desesperados, los delincuentes le quitan la vida con un cuchillo. Cuando intentan esconder el cuerpo sienten los ruidos provocados por su mujer, que vestida de blanco llega a la casa. Se esconden detrás de una puerta y observan cómo la joven, aterrada, descubre el cuerpo de su marido. Mientras la mujer llora desconsoladamente sobre él, los ladrones, decididos a todo, llegan por detrás y la ajustician de igual manera. Para ocultar las huellas los delincuentes arrojan los dos cuerpos en la laguna del parque. Desde entonces, los vecinos de la zona comentan que todos los 9 de cada mes se oyen extraños llantos y quejidos que provienen de la laguna, en el lugar donde los cuerpos de los infortunados amantes fueron arrojados. FANTASMAS CASEROS: Caso 1 Casa quinta de Lezica La historia se desarrolla a principios del Siglo XX. La dueña de casa actuaba despóticamente con sus sirvientes, en especial con una morenita, una niña que trabajaba de criada. Una vez, en castigo a su desobediencia, la pomposa señora decide dejar a la jovencita afuera de la casa, en una crudísima noche de invierno. Los vecinos sintieron ruido y quejidos entre la hojarasca durante la noche, pero no prestaron mayor atención al creer que se trataba de algún perro. A la mañana siguiente encuentran el cuerpo sin vida de la niña, razón por la que su patrona es encarcelada y luego pierde completamente la cordura. Cuentan que incluso hoy en día, si uno pasa frente a la casa en las noches de invierno, pueden sentirse los lamentos y cómo algo o alguien corre entre las hojas secas. Caso 2 Hospital de Montevideo Se cuenta que hace tiempo, en un hospital de Montevideo cercano al barrio Brazo Oriental, una enfermera del lugar debió ser internada con una gravísima enfermedad, muriendo finalmente presa de grandes dolores. Al tiempo de su muerte, en la sala en la que la enfermera había fallecido comenzaron a sentirse llantos, súplicas y ruidos de vidrios rotos, a tal punto que la leyenda cuenta que se debió clausurar esa sala. Se relata que desde entonces la enfermera fue vista caminando por los pasillos en más de una ocasión, reprochando a todo aquel con el que se encuentra que no se le dieron suficientes calmantes durante su tormento final. Caso 3 Antigua casa en Montevideo Un hombre fallece en su hogar, una gran casona, y pide como último deseo que el lugar se use para dar cobijo a los niños sin hogar, como una suerte de internado gratuito. Algunos parientes sin embargo, ignoran el pedido, mudándose a la enorme casa. Al tiempo descubren que es imposible dormir. Puertas que se abren y golpean, cadenas, vaijillas que se rompen, roces en la oscuridad y otros ruidos inexplicables inquietan a la familia. Cansados, los nuevos habitantes deciden abandonar la casa y acatar las últimas órdenes de su pariente. Cuando se hacen todos los arreglos y los niños se mudan allí, los ruidos cesan por completo y nada vuelve a turbar la paz del hogar. Caso 4 Casa del Centro Los dueños de una casa colonial intentan venderla a muy buen precio pero no logran comprador. La razón es que por las noches se sienten espantosos ruidos, cuchillos muebles que se arrastran y goznes que crujen, por lo que los vecinos alertan siempre a los posibles compradores. El más viejo de ellos cuenta que todo se debe al primero de sus habitantes, un prestidigitador denunciado luego de un truco fallido realizado a un discípulo con un estilete. Narran que se encerró en la casa y no volvió a salir jamás. Los ruidos continuaron hasta que mucho tiempo después los restos de su cuerpo fueron encontrados, sin rostro, volviendo definitivamente a la calma. Caso 5 Casa en la calle Luis de la Torre Hace muchos años, una hermosa vivienda de Punta Carretas no lograba encontrar comprador a pesar de su precio. Nuevamente son los vecinos los que se encargan de disuadir a los futuros inquilinos al narrar con detalle los gritos desgarradores de mujer que se escuchan por la noche. Un día aparece una familia dispuesta a arrendarla y resuelta a hacer oídos sordos a los rumores. La casa era antigua y por ejemplo carecía ya de la escalera que condujera al altillo, cuya puerta sin embargo podía verse. Transcurre una semana sin novedades, pero al cabo de esos días, la familia entera se despierta una noche a causa de los gritos que provenían, justamente, de la alta habitación. El padre de familia, valeroso, consigue una escalera móvil para llegar al altillo: cuando ingresa descubre a una mujer ensangrentada, quejándose de dolor. Horrorizado, el hombre baja en busca de auxilio médico, pero la joven herida lo sigue y desaparece raudamente por la puerta. Jamás vuelven a encontrarla, pero al investigar el caso con la policía encuentran que en ese hogar se había cometido un crimen muchos años atrás, cuando una mujer fue muerta a puñaladas por el marido. Luego del incidente, la familia pudo vivir por largos años sin volver a ser molestada. AULLIDOS EN LA PLAZA LAFONE: La silenciosa madrugada comienza a despuntar tímidamente en el barrio La Teja, sin lograr disipar aún la oscuridad que se cierra como un puño hermético sobre la Plaza Lafone. Hace frío, y una pareja joven que regresa de un café céntrico debe apurar el paso para calentar las piernas, dejando atrás la parada del ómnibus y la fuente que asoma a la distancia como una silueta apenas delineada. La pareja se sorprende al descubrir la compañía de un perro delgado, que bajo la noche fría y estrellada en plenilunio gime en busca de un poco de calor. El novio parece desinteresarse del asunto, pero el aspecto lastimoso y descarnado del can enternece a la joven. A pesar de que él desoye sus súplicas, el infatigable perro acompaña fielmente a ambos, gimiendo en forma desamparada. La chica logra finalmente convencer al novio, a tal punto que le pide su corbata para usar a modo de lazo, y llevar al animal hasta el portón de su casa. En su jardín, protegido del viento, el perro podría encontrar reposo y abrigo frente al frío invernal de Montevideo. Cuando llega la mañana la joven despierta y corre hasta el jardín, donde queda muda de asombro ante lo que ve. Allí permanece aún la corbata de su novio, pero el cuello que rodea la tela ya no es el del perro de la noche anterior: un hombre delgado y desnudo, de barba, cabello largo y entrado en años, tirita de frío mientras la mañana se abre paso en la barriada de La Teja. MENTIRAS CASERAS: El microondas secador: Cuando los hornos microondas recién habían llegado al mercado y la gente desconocía bien su funcionamiento (junto a las dudas y posibles riesgos que presentaba un sistema innovador de calentamiento) se hizo popular la siguiente macabra historia. Una joven se lava la cabeza antes de salir a bailar, y en su apuro por llegar a tiempo a su cita decide secárselo con el maravilloso y ultra rápido horno microondas. Gracias a un destornillador logra burlar el sistema de seguridad e introduce su cabeza en el horno mientras lo pone en funcionamiento. Pocos minutos después fallece, ya que como es sabido los microondas calientan los objetos de adentro hacia fuera, causándole daños irreparables en el cerebro al secarlo completamente. Los magníficos secuestradores: Si bien los secuestros configuran en la Sudamérica de hoy una realidad triste, allá por las décadas del ’80 y ’90 circuló en Uruguay una leyenda que jamás pudo probarse y cuyos detalles eran demasiado cuidados para ser verosímiles. La historia aconsejaba tener especial cuidado con las camionetas negras (al estilo Los Magníficos) y de vidrios polarizados, ya que se dedicaban al secuestro organizado de niños con equipos muy sofisticados. Se decía que rondaban las escuelas, lo que en su momento generó un cuidado especial en madres y padres, a pesar de no comprobarse jamás la existencia de dichas supercamionetas. El perro dientudo Una persona compra un perrito pequeño y extraño (pero de aspecto simpático) en la feria de Tristán Narvaja. Lo lleva para su casa y le dispensa el mismo trato que a cualquier can, pero con el tiempo, sin embargo, nota extrañada que el perro no crece. Como se alimentaba en exceso para su tamaño decide llevarlo al veterinario, que luego de examinarlo aclara que se trata de un tipo de rata gigante muy extraña, llegada del África o Asia y traída probablemente por algún tripulante de un barco extranjero. Esta leyenda circula en forma casi idéntica en todas partes del mundo cambiando el origen de la rata peluda (generalmente es de Haití) y la forma en que se adquiere, ya que a veces se la encuentra en las aguas del puerto. Las tazas de Piedras Blancas Un hombre descubre que le robaron una de las cuatro tazas del auto, y como se trata de un coche lujoso pero un poco antiguo descarta la posibilidad de conseguir una nueva. Se decide por ello a ir a la feria de Piedras Blancas, famosa por la venta de objetos viejos y robados. Va hasta allí con su auto, estaciona y comienza a recorrer el lugar. Después de dar vueltas un rato queda maravillado al descubrir entre varios puestos la taza del modelo que busca (de hecho hay más de una). La compra y regresa a su auto, sólo para descubrir que le faltan las tres tazas que aún tenía en su coche y que acaba de comprar justamente una de ellas, robada hace pocos minutos en la misma feria. Este relato es contado en primera persona (o en formato ADUA) por tantas personas que se constituyó a esta altura en un mito, más allá de las posibilidades de que algo similar ocurra. APARICIONES Y AULLIDOS: La leyenda del carruaje de San Borjas En Durazno cuentan que en la primera luna llena luego del 12 de octubre (fecha de fundación de San Pedro del Durazno), aparece una carreta humilde en el transitado Puente de San Borjas. Nada de esto sería extraño si no fuera porque los pasajeros de tan desacostumbrado vehículo no pertenecen a esta era ni a este mundo. La noche de la fundación del poblado, una mujer y sus tres hijos decidieron asistir a la gala brindada en la villa del comandante Fructuoso Rivera. Cuando llegaron al puente de San Borjas el río, embravecido, comenzaba a desbordarse. La mujer se atrevió a cruzar de todos modos, pero la carreta no resistió el empuje del agua y se ahogó junto a sus tres hijos. Los cuerpos fueron hallados en la primera luna llena después del suceso. Desde entonces, aquellos que cruzan el puente se topan con la espectral visión de la carreta y sus cuatro fantasmagóricos ocupantes, mientras la luz de una redonda luna tiñe de sombras blancas el departamento de Durazno. La leyenda de la taba Durazno parece un lugar particularmente apto para la fermentación de leyendas. En Arroyo de los Perros, ubicado en dicho departamento, una historia subsiste desde los tiempos en que la esclavitud aún era permitida. Un estanciero, que trataba cruelmente a sus esclavos, decidió una noche de alcohol jugar a la taba con su lacayo mulato. Este último estaba con gran suerte esa noche y fue ganando poco a poco una gran suma de dinero a su patrón. Éste, acongojado por haber perdido contra su propio súbdito jugó una última vez y apostó todo su capital, incluso el campo. El mulato se vio favorecido una vez mas y ganó la propiedad, a lo que el estanciero, hombre fiel a su palabra, entregó sus pertenencias. A la noche siguiente, sin embargo, el patrón no fue capaz de asumir la afrenta, se presentó en el nuevo aposento del esclavo y lo asesinó a puñaladas. Muda testigo de los hechos, la taba permanecía sobre la mesada de mármol en la cocina de la estancia, donde se consumó el crimen. Cuando el estanciero recupera sus bienes decide enterrar la taba que tantas penas y apremios había causado. A la mañana siguiente, sin embargo, volvió a parecer en la mesada, imperturbable. Una y otra vez sucedió esto, como acusador recordatorio de lo sucedido. El hombre optó por guardarla con llave en un baúl y despidió a todo aquel que conociera su historia, desconfiado de una broma recurrente. La taba, no obstante, seguía apareciendo... Poco tiempo después el estanciero fue hallado muerto, aparentemente por mano propia y a causa de la aparición pertinaz del endemoniado objeto, que desde entonces no volvió a reaparecer. FANTASMAS: La dama de blanco: Como un espectro pálido de antaño, la figura de la dama de blanco se cuela en varios puntos del país y la capital, abarcando en los vaivenes de sus viajes tanto a Rocha como a Montevideo. Su historia siempre es trágica, a tal punto que hay quien dice que existe una sola dama de blanco en todo el Uruguay, repartiendo su tristeza en un itinerario interminable por nuestra tierra. En Salto: Entre las calles Zorrilla y 19 de abril, detrás del Museo del Hombre, hay una plazoleta que esconde una locomotora antigua y varios juegos para los niños. Por la noche, sin embargo, los viejísimos árboles del lugar y los ingenios mecánicos para niños -olvidados en las penumbras nocturnas-, forman sombras grotescas y lúgubres. Cuando en las noches de invierno las calles quedan completamente desiertas, una muchacha joven, vestida de blanco, aparece en la plazoleta. En ocasiones, la figura espectral tiene una horca al cuello y su sola presencia da un susto de muerte al transeúnte despistado. Recorre esas calles desde principios del siglo XX como resultado de un amor imposible, fuente inagotable de nuevos fantasmas. Enamorada de un obrero pobre de AFE, su familia de alta alcurnia impidió que se casara con quien consideraba su verdadero amor. Una fría madrugada de invierno, ensombrecida por el pesar, se dirigió a la plazoleta y se ahorcó de la rama de un árbol. Su silueta puede verse aún hoy en día, cuando el frío la obliga a recorrer la plaza con la cuerda al cuello. En la Costa de Oro: En las playas que van de Araminda hasta Los Titanes suele verse, de acuerdo al testimonio de varios personajes, la figura de una dama de blanco a la orilla del mar, generalmente cuando despunta la madrugada. Entre varios relatos del avistamiento recogimos el siguiente. Diez años atrás un grupo de jóvenes salía de bailar de un boliche en Araminda, emprendiendo el regreso por la playa. En un momento determinado, tres de los jóvenes quedaron relegados en el viaje, cuando uno de ellos notó algo extraño en el agua. A unos cuantos metros de la orilla, con el agua a la cintura, una mujer de blanco oteaba el horizonte. Mientras todos observaban, la mujer desapareció súbitamente, en forma que ninguno de ellos puede explicar hasta el día de hoy. Quisieron entrar al agua, creyendo quizá que la joven estaba ahogándose, pero el susto de la situación -potenciado por la noche cerrada y la visión extraña- hizo que decidieran echarse atrás. En la zona se cuenta que aquella figura fantasmal no es otra cosa que el espíritu de una mujer ahogada, cuyo cuerpo jamás pudo ser encontrado. Narran que los espectros de quienes perdieron la vida en el mar regresan cada tanto, como si pasearan indolentemente a orillas del mar que les quitó al vida. En Soriano La ciudad de Mercedes también tiene su pálida visitante. Donde actualmente se encuentra el museo paleontológico del lugar, se erigía el castillo del Conde de Mauá, cercano a un puente antiguo. Algunos habitantes de Mercedes afirman que una figura espectral, en la forma de una dama vestida de blanco, visita la zona desde principios del siglo XX. Al parecer, la joven habría hallado la muerte en el puente que conducía al viejo castillo, y desde entonces los viernes a la medianoche la mujer asoma en el puente, reviviendo los minutos fatales de aquella hora ya lejana. En Rocha El paseo de la dama de blanco la lleva en ocasiones hasta Rocha. La joven recorre el camino de La Paloma hasta Cabo Polonio, en una versión menos inofensiva que las anteriores Cuando algunos hombres infortunados cruzan las dunas enormes por las noches, pueden toparse con la aparición de una mujer de blanco de aspecto lúgubre. Se dice que quienes la encuentran y sostienen su mirada no vuelven a ser vistos con vida. En La Paloma aseguran que ronda el mítico faro del lugar, cuando cae la noche. En Montevideo Los 21 de Junio de todos los años un hecho curioso se repite en la rambla del Buceo, perceptible sólo para algún transeúnte aislado que se encuentre allí a la hora indicada. Una muchacha atraviesa corriendo la rambla, cruza la arena y se arroja al agua. Allí permanece boca abajo mientras se aleja en el mar, hasta que desaparece. En el Buceo se cuenta que es el espíritu de una joven que se suicidó por amor y que no logra descansar en paz, lo que la emparenta con las innumerables damas espectrales que recorren el país. Tiene el pelo rubio, es pálida y viste de blanco. Falleció un 21 de junio hace mucho tiempo y vuelve a revivir su muerte cíclicamente en la fecha mencionada. Quien se acerca a ella, se ha dicho, corre el riesgo de terminar en las aguas del Buceo. LA CASA DE BUSCHENTAL: Margarita Salvo vivía en un caserón ubicado en Agraciada casi Buschental, acompañada de una numerosa servidumbre con la que guardaba una relación de afecto poco usual para la época. Los vecinos del barrio recordaban sus largos paseos por las calles del Prado. Todos los días, las cuatro estaciones del año, el movimiento azul de sus vestidos se anunciaba indefectiblemente por la Avenida Buschental, que solía recorrer de un extremo a otro en sus periplos vespertinos. En el caserón de los Salvo, sobre una chimenea amplia en la sala de estar, colgaba un cuadro particularmente vívido. En él, Margarita Salvo posaba debajo de un árbol con las hojas marchitas. Era otoño, y el vestido azul de la mujer se estremecía con el viento, resaltando el color de la tela en contraste con un cielo plomizo. Lo habían mandado pintar muchos años atrás, y desde entonces dominaba la sala en lo alto de la chimenea, donde las llamas del fuego daban una curiosa impresión de movimiento a la figura impasible del retrato. En 1920 una enfermedad comenzó a consumir a Margarita por dentro. Recluida en su cama, rodeada por sus criados fieles y preocupados, el azul de su vestido dejó de verse en su recorrido usual de la calle Buschental. Una docena de doctores visitó el caserón de los Salvo, comprobando con perplejidad cómo la vida de la mujer se extinguía sin causas aparentes. Era una suerte de tristeza reptando desde adentro, conquistando terreno mientras Margarita parecía sufrir más el calvario de su propio encierro obligado que la decadencia de su cuerpo. En los últimos días de octubre del 20, los lamentos de la Dama Azul se hicieron más prolongados, oyéndose en ocasiones desde la calle Agraciada, cuando el ventanal de su cuarto permanecía abierto. Ese mismo mes, Margarita expiró sin volver a las calles del Prado. Como un guante oscuro, un profundo pesar envolvió la casa donde aún habitaban los sirvientes. El silencio ganó poco la sala de estar, donde la figura de la Dama dominaba aún desde el retrato los largos corredores antiguos y el ventanal enorme que daba a un fondo poblado de transparentes y palos borrachos. Dos de los criados debían permanecer en la casa con el objetivo de mantener el lugar hasta que se dilucidara su destino, evitando el abandono y protegiéndola de posibles intrusos. Sólo permanecieron un mes. Los sirvientes narraban con espanto que solían encontrar la reja del portón entreabierta por las noches y juraban haber visto el movimiento fugaz del vestido azul alejándose por Buschental. La chimenea aparecía prendida cuando nadie había iniciado el fuego y alumbrados por el resplandor trémulo de las llamas, los criados aseguraban que el cuadro de la Dama Azul aparecía vacío en aquellas ocasiones. Allí seguían los árboles de Buschental, mecidos por el viento, pero no había rastros de su señora en la pintura, como si la figura espectral escapara del marco que la contenía. Por entonces, el rumor comenzó a circular entre la vecindad. Algunos habitantes de la zona continuaban viendo la figura de Margarita Salvo con su vestido azul, pero evitaban comentarlo a los demás, como si el solo hecho de mencionarlo convirtiera en pavorosa y sobrenatural una situación común por tantos años. La casa fue abandonada, el tiempo pasó, se cerraron los postigos y las rejas y lo que antaño fuera un portento arquitectónico pasó a ser un viejo caserón más en esa zona del Prado. La leyenda languideció un tanto con el transcurso del tiempo, pero jamás murió totalmente. Hay quien narra que aún puede hallarse el portón entreabierto algunas noches, y que desde el jardín se escucha de tanto en tanto el lamento triste de Margarita. Hay quien jura que entró cuando niño en la casa, topándose con la silueta azul enmarcada en el gran ventanal del fondo, mientras un retrato vacío era testigo de la escena. Indiferente a todo, Margarita Salvo pasea su vestido azul por Buschental y observa cómo un nuevo siglo despunta tras el trillo de sus pasos. EL ÁRBOL DEL PRADO: Se conocieron entre los árboles de los campos del Prado. Él pertenecía a una clase social muy baja, pero ella era adinerada, hija de una familia de alcurnia. En la época en que les tocó vivir, la década del 30, su joven edad y la diferencia social que los separaba convirtió su relación en una situación prohibida de antemano. A pesar de ello, sus encuentros furtivos fueron haciéndose cada vez más frecuentes. Paseaban a la sombra de los árboles de un arroyo Miguelete aún cristalino, bordeando luego los parques y las rosaledas del antiguo hotel del Prado. Con el verde de un barrio sin mancillar como telón de fondo, fue creciendo una pasión tan prohibida como inevitable y que jamás pudieron disimular. Poco a poco, a medida que la relación se hacía más evidente, su presencia allí fue una mancha incómoda para una sociedad conservadora, encorsetada y llena de prejuicios. En el vecindario corrieron rumores sobre ambos, transformados luego en una serie de chistes maliciosos. Como resultado, los jóvenes sufrieron el escarnio público y una censura violenta por parte de sus padres, inmersos en el corrillo hipócrita de chismes barriales. De un modo shakesperiano y melodramático, la familia de la joven prohibió terminantemente que volvieran a verse, intentando generar en la pareja un sentimiento de culpa y una profunda vergüenza. Un día de primavera, los jóvenes volvieron a verse por última vez en el Prado, cuando el sol caía y las sombras de los árboles jugaban con la vieja fachada del hotel. Sabían que el suyo era un vínculo que no podían mantener, y antes de perder para siempre la relación que había pasado a constituir el sentido último de sus vidas, decidieron acabar con su existencia. Se suicidaron juntos, al pie de uno de los tantos árboles, donde fueron hallados recién a la madrugada siguiente. El árbol aún sigue en pie en esa zona del Prado, y aunque cuando despunta la mañana es imposible identificarlo, narran los vecinos que al caer la tarde, si uno se acerca lo suficiente, pueden escucharse los suspiros finales de los jóvenes amantes. Por las noches, algunas veces, aparece extrañamente iluminado y quien pasa por allí tiene la inquietante sensación de que alguien o algo lo observa, y que no es sólo el árbol lo que respira en esa zona mágica del Prado. http://www.montevideo.com.uy/catleyendas_332_1_1.html Esta fue la SEGUNDA parte, no te olvides de visitar la continuación de estas Leyendas Urbanas del Uruguay.. Saludos Para Todos Diegouru

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Leyendas Urbanas Del Uruguay (Tercera Parte)
InfoporAnónimo1/1/2009

Cualquier lugar del mundo cuenta con alguna Leyenda Urbana. Algunas son conocidas y otras no tanto. Aca les dejo unas cuantas leyendas que son de mi país, Uruguay. Espero las disfruten... TERCERA PARTE: LA LEYENDA DEL CHALET BONOMI: A finales de la década del cuarenta, bajo la primera presidencia del General Juan Domingo Perón, tres argentinos se afincaron en nuestro país con la intención de prosperar económicamente. Decidieron formar una sociedad y comprar unos terrenos en las proximidades de Aparicio Saravia y Burgues con la intención de construir un pequeño hotel de pasajeros, contando con el nutrido movimiento en la zona, el arribo de hacienda proveniente del norte hacia la capital y el creciente movimiento comercial de viajantes. Al ser una zona despoblada en aquellos años, los argentinos tenían como compañía unos pocos vecinos dedicados a la agricultura en pequeña escala, con árboles frutales y viñedos. Los tres amigos, con la obra a medio terminar, se adelantaron y colgaron un cartel anunciando la próxima apertura del petit hotel "Chalet Bonomi . Una noche, mientras se encontraban descansando, fueron sorprendidos por ladrones, quienes los amordazaron y luego torturaron para que confesaran donde estaban guardados tanto el dinero como los objetos de valor. La realidad era que los argentinos pasaban por una mala situación económica e incluso estaban pensando viajar a Buenos Aires con el fin de conseguir un préstamo para culminar las obras. Al confirmar los ladrones que no encontrarían botín alguno, decidieron matar a los infortunados, degollándolos y enterrándolos apresuradamente en el sótano de la construcción. Pasado un tiempo los pocos vecinos de la zona notaron la ausencia de los argentinos, pero como habían escuchado de boca de ellos la proximidad de un viaje a Buenos Aires en busca de un crédito, creyeron que se encontraban en esa diligencia. Sin embargo, sucesos extraños comenzaron a desarrollarse en la zona poco después. Gritos desgarradores, continuos golpes de pico y pala aún a altas horas de la noche y cadenas que se arrastraban llegaban a oídos de las personas que transitaban el lugar, sumados a la inquietante sensación de ser observados desde el edificio a medio terminar. Esta zona, que servía de atajo a los vecinos del Barrio Cerrito de la Victoria que concurrían a pie a la Gruta de Lourdes, fue paulatinamente quedando en desuso por las crecientes historias de los que se atrevían a pasar por el lugar y de los extraños accidentes que comenzaron a reportarse debido a inesperadas apariciones frente a los coches. El tiempo pasó y en ese lugar se construyeron (a partir de la década de los '70) conjuntos habitacionales que poblaron la zona. Hoy en día la sombra del chalet Bonomi no se ha desvanecido: pueden sentirse de tanto en tanto gritos extraños y los accidentes de tránsito se suceden con una frecuencia poco acostumbrada. Sin embargo, en una era donde priva el racionalismo, los ruidos son atribuidos a las reyertas dentro del complejo y las desgracias a la densa neblina invernal, aunque no ocultan los ecos de la leyenda que siguen transmitiendo los memoriosos del lugar. EL CATALÉPTICO DE CASTILLOS: En la década del ’30, un velorio como tantos otros tuvo lugar en la ciudad de Castillos, departamento de Rocha. Un hombre de familia, de edad mediana, fallece repentinamente por la noche, sumiendo en la congoja a todos los habitantes de la casa. Como se estilaba en el interior por aquellas épocas, el velorio se realizó en el propio hogar, siendo motivo de reunión social entre los vecinos del lugar. El día del deceso en cuestión, un fuerte viento soplaba sobre la ciudad de Castillos, herencia de un invierno particularmente frío y que no paraba de asediar al departamento de Rocha. Inmerso en este clima lúgubre, el carro fúnebre llegó entre los lamentos y los adioses de la barriada, listo para llevar los restos del finado al cementerio correspondiente. Como la lluvia arreciaba y los nubarrones tapaban la luz del sol hasta dejar la ruta en semipenumbras, sólo un reducido séquito acompañó al carro. En aquellos tiempos las calles de Castillos eran de tierra, volviéndose particularmente resbalosas los días de lluvia. Bajo el monumental aguacero de aquel día, el carro fúnebre traqueteaba y patinaba con dificultad en su camino al cementerio, que se encontraba en la parte alta de la ciudad. El recorrido constaba de unas pocas cuadras, pero bajo las inclemencias del tiempo éste se hacía lento y engorroso, hundiéndose las ruedas del carro a medida que se acercaba a su destino. Uno de los cruces del pueblo terminó por convertirse en el obstáculo final. La lluvia y el barro acumulado lo habían transformado en un arroyo que era casi un pantanal, a pesar de lo cual el carro y su séquito decidieron continuar, convencidos de la importancia de llevar al finado a su reposo final. El clima, sin embargo, no tenía tantas contemplaciones para los que abandonaban este mundo, dejando al vehículo hundido hasta las ruedas en medio del cruce. En ese momento todos debieron aunar fuerzas, conscientes del sacrilegio que implicaba abandonar al muerto en plena calle y bajo la lluvia. Bajaron del coche en gran confusión y dividieron las tareas: unos fueron en busca de palas, otros se encargaron de conseguir ramas de palmeras para ubicar bajo las ruedas y todos se prepararon para dar el empujón salvador. Cuando se aprestaban a dar el envión final, alguien percibió que el número de los pasajeros ubicados tras el vehículo no daba, y que una persona más estaba empujando con tanta vehemencia como los demás. Agradecido por esta aparición providencial, decidió callarse la boca y redoblar el esfuerzo. El coche fue saliendo finalmente del pantanal y salvó el escollo con elegancia, dejando al carro fúnebre fuera de peligro. Al subir al mismo, sin embargo, llegó el pánico general: el muerto había desaparecido misteriosamente del cajón y ni siquiera estaba dentro del vehículo. Los gritos de asombro fueron el prólogo de la posterior y verdadera desbandada, cuando al mirar hacia fuera descubrieron al finado más vivo que nunca, aguardando al lado de la rueda sin atisbos de comprender nada y ya a salvo de su ataque de catalepsia. EL CASO DEL DOCTOR LENGUAS: A fines de los años 60 o principios de los 70, una mujer a punto de dar a luz llegó al sanatorio del Círculo Católico del Uruguay. Iba acompañada por su hijo pequeño y su esposo, quien se mostraba preocupado por los gritos de dolor de su mujer. La joven tenía contracciones cada vez más frecuentes, pero como el personal del hospital estaba muy ocupado, la pareja debió esperar un rato mientras se hacían los preparativos. El nerviosismo del marido iba en aumento, pero finalmente un doctor preguntó por la paciente y un equipo de enfermeras se encargó de conducir a la parturienta a la sala correspondiente. Una vez dentro, el tiempo se hizo eterno para el futuro padre. El reloj de cuerda de la sala martillaba con persistencia segundo tras segundo, resonando como un gong en el silencio del hospital. El niño jugaba, pero el padre, nervioso, esperaba el momento de ir a conocer a su nuevo hijo. Minutos después, en lugar de una enfermera sonriente se presentó un doctor con aspecto apesadumbrado. Casi sin entender qué sucedía, el hombre escuchó en seguidilla las explicaciones detalladas del médico, como golpes secos y repetidos: se hizo todo lo posible, no resistió, un parto difícil, no hay nada que hacer, el cuerpo ya fue trasladado... El esposo estalló en un ataque de histeria, sintiendo que las cuatro paredes del hospital se desplomaban hacia adentro, reprimiendo el impulso de correr a la sala y llamar a su mujer a los gritos. Al rato se sumió en un rincón, temblando. En medio de su angustia, un señor canoso, mayor, con la túnica clásica de médico, cruza la sala. Se presenta al joven como el doctor Luis Pedro Lenguas y aclara que está dispuesto a ayudarlo, a lo que el esposo responde con furia y le reprocha con amargura haber llegado demasiado tarde. El anciano, sin embargo, habla con calma y suavidad. Está allí para ayudar, repite, y le pide que aguarde unos minutos. Segundos después, se siente un llanto de bebé y los gemidos confusos de una mujer. Por la puerta del sanatorio asoma una camilla, sobre la cual descansa la joven esposa, lejos de estar muerta, y su hijo en brazos. Se funden en un abrazo incrédulo y hablan al mismo tiempo: ella no comprende lo sucedido y tiene una sensación extraña; él se deshace en lágrimas y busca con la mirada a los médicos. El personal del hospital, ante tanto clamor, llega al lugar de los hechos. Cuando el doctor ve a la mujer, se pone pálido y balbucea, incapaz de creer en la presencia milagrosa de la madre y su hijo recién nacido, desbordante de vida. El esposo está furioso y se niega a contestar a los médicos, aclarando que hablará únicamente con el doctor Lenguas. Ante la mención del apellido, tanto las enfermeras como el obstetra pierden nuevamente el color en el rostro. El médico lo mira fijamente y le señala un cuadro que cuelga en la pared. El hombre reconoce la figura al instante: el mismo rostro afable, la misma mirada, el porte inconfundible del anciano doctor. Debe estar equivocado , aclara el profesional. El doctor Luis Pedro Lenguas fue el fundador del sanatorio en 1885 y falleció en 1932 . El prodigio del rescate no demoró en correr por los pasillos del hospital y desde entonces la leyenda de Pedro Lenguas cobró forma en los pequeños milagros del sanatorio. Su presencia mítica erigió la leyenda del médico que desafió a la muerte por partida doble, logrando milagros desde ambos lados de la línea que separa a los muertos de los vivos. LA MONJA SIN CABEZA: El antiguo Colegio y Liceo de Nuestra Señora de la Misericordia, ubicado en Pocitos, supo ser hace muchísimos años un instituto exclusivo para mujeres, funcionando también como convento para un grupo no muy numeroso de monjas. Cuenta la leyenda que, tal cual se dice de muchas iglesias y conventos enfrentados, en el subsuelo del lugar había una pequeña puerta que conducía a un pozo. Entrando por allí se accedía a una escalera que culminaba en un pasillo secreto, conectando con el instituto de enfrente, el Colegio San Juan Bautista. El pasillo estaba cerrado y pocos conocían de su existencia, pero una monjita del lugar, más osada que las demás, comenzó a frecuentarlo. Quiso la casualidad que en algún momento coincidiera con un cura joven del San Juan Bautista, un encuentro casual que con el tiempo pasó a convertirse en una rutina oculta. Desafiando los preceptos de su religión y la moral de la época, el amor entre la Hermana y el Padre llevó a que los encuentros furtivos se repitieran con frecuencia. El romance, sin embargo, tuvo un final abrupto: la Superiora del Instituto, que sospechaba de las ausencias repentinas de la monja, descubrió a la pareja en el acto pecaminoso. Como resultado, la Hermana fue excluida del convento y encerrada como castigo en una de las habitaciones pequeñas, que luego se usaría para dar clases. Privada de las visitas a su enamorado, y manchada indeleblemente con la vergüenza del pecado descubierto, la monja se suicidó en el cuarto. Se cuerpo, según se afirma, fue enterrado en el patio del lugar, debajo de un monumento a Artigas (hoy en día funciona allí otro liceo privado) Cuentan que incluso en estos días, cuando las tardes comienzan adelantar su llegada en el otoño, puede verse a la monja sin cabeza recorrer los pasillos del lugar. En ocasiones, cuando las campanadas del reloj dan las 18 horas, el piano del salón de actos comienza a tocar solo, recordando los tiempos en que la religiosa desgranaba unas notas tristes en recuerdo de su enamorado prohibido. LOS VIEJOS DE YOUNG: Él era un tipo sumiso, paciente, que se había pasado toda la vida sin esperar nada, ya fuera de su esposa o de su trabajo como peón rural. Ella, sin embargo, había sido una mujer autoritaria y enérgica, madre de cinco y abuela de unos cuantos más. A los dos se los conocía en la ciudad de Young como el viejo y la vieja Aquino, llevando a cuestas casi ochenta años de edad. Vivían en un rancho pobre que se encontraba a kilómetro y medio de la ciudad, situado en un camino vecinal. Allí, los escasos vecinos eran testigos de los malos tratos continuos que la mujer le daba al viejo Aquino, gritándole constantemente y tratándolo de inservible desde las épocas de su jubilación. El espectáculo, según contaban en el pueblo, era bastante penoso, porque el anciano era sometido a una humillación permanente que parecía soportar con estoicismo. En el mes de diciembre de 1988 el calor parecía fundir la ciudad de Young, convirtiendo las tardes en un concierto continuo de chicharras. El viejo Aquino decidió tomar su bicicleta e ir hasta al BPS a cobrar la jubilación, con el objetivo de comprar a su vuelta algunas cosas para la cena de Navidad. Se prendió el pantalón con un palillo de ropa, se acomodó un sombrero viejo y sucio y antes de encarar el kilómetro y medio le preguntó a su mujer si quería algo especial para la Nochebuena. La vieja era fanática de los dulces, pero los estragos que había causado la edad en su dentadura no le permitían demasiadas concesiones, por lo que le encargó a su marido un par de turrones blandos. A las dos horas, el viejo Aquino regresó con un surtido modesto, suficiente para una cena navideña de dos personas. La mujer lo esperó a gritos a causa de la demora, tal cual era la costumbre, pero el anciano no soltó una sola queja. El 24 de diciembre sacaron al aire libre una mesa de madera, un par de sillas, un poco de carne, una botella de vino y los dos turrones prometidos para el postre. Llegado el momento del dulce el griterío recomenzó, más fuerte que nunca. El viejo Aquino, despistado como siempre, se había equivocado en los mandados: había traído dos turrones semiduros, imposibles de comer para su esposa. Los vecinos no podían creer que la mujer fuera incapaz de perdonar al anciano, sobre todo, teniendo en cuenta una fecha tan especial como la Navidad. Los insultos y quejas alcanzaron tal intensidad que el viejo se levantó de la mesa y se metió al rancho. A la medianoche comenzó la fanfarria navideña. Mientras volaban las cañitas y se multiplicaba el estruendo de los fuegos de artificio, dos estampidos pasaron desapercibidos en la algarabía vecinal. El viejo Aquino, cansado de una vida de sufrimiento y humillación, había puesto su vieja escopeta recortada sobre la frente de la mujer, disparando una vez a quemarropa. Luego giró el arma y apretó el gatillo por segunda y última vez, acabando con su vida. El cuento no remite a una simple crónica policial, ya que hasta el día de hoy la leyenda recorre las calles de Young. Cualquiera que pase un 24 de diciembre por la entrada de la casita, todavía deshabitada, podrá ver una mesa con dos ancianos comiendo, tomados de la mano y brindando a las risas por la Navidad. Parecen tan enamorados como en el primer día de su noviazgo, formando una escena encantadora perturbada por un simple detalle: sus cabezas están parcialmente destrozadas por los balazos de una vieja escopeta recortada. FANTASMAS DE RUTA: La curva de la muerte El lugar fue tristemente célebre por la cantidad de accidentes de auto que allí sucedían, a tal punto que las autoridades debieron optar por eliminar la curva hace ya un tiempo. Suele contarse que los conductores, momentos antes de llegar a la zona, veían una extraña figura haciendo gestos, como si les rogara que aminorasen la velocidad. La presencia de esta silueta era un símbolo fatídico: inevitablemente los autos se estrellaban poco después de su aparición. Este espectro amigable (o de mal agüero, según se lo mire) que intenta alertar al automovilista, recuerda mucho al guardavías de Charles Dickens, uno de los cuentos de terror más populares del siglo XIX: en él, una figura fantasmal parada sobre una tenebrosa boca de túnel- hacía exactamente estos mismos gestos antes de cada choque de tren. En el caso de la curva de la muerte , la silueta atenta era sustituida en muchas ocasiones por gente extraña que cruzaba la calle antes que los conductores doblaran. Con la eliminación de ese tramo, muchos años atrás, el fantasma atento presumiblemente uno de los primeros en fallecer en la trampa de la curva- fue liberado finalmente de su cíclica e inútil tarea: advertir eternamente sobre los peligros mortales de esa ruta y estar condenado a ser desoído para siempre. El mendigo del túnel de 8 de octubre El túnel que une la calle 8 de octubre con 18 de julio, aquí en Montevideo, es protagonista de una narración urbana que circuló oralmente durante un extenso período de años. Cuentan que poco después que dicho túnel fuera estrenado, un mendigo en estado de ebriedad -que daba un vistazo a la nueva obra desde arriba- cayó al suelo tras perder el equilibrio. Desorientado, el hombre decidió introducirse en la boca de la novísima construcción. Lo hizo con tanta mala suerte que tomó la senda contraria, siendo atropellado por un trolebus y perdiendo la vida inmediatamente Desde entonces, cuentan que la silueta del mendigo puede entreverse en ocasiones en medio del pasaje, cuando los buses transitan a gran velocidad. La figura desaparece momentos antes de repetir el impacto que sufriera en vida, como si intentara una y otra vez salir del túnel que lo llevó a la muerte. El relato tenía un agregado que no era menor, y que era repetido con frecuencia por madres crédulas y preocupadas: nadie que osara aventurarse a pie por un extremo del túnel lograba encontrar la vía de salida, ya que el mendigo atraía inevitablemente a los caminantes a su mismo destino fatal. El andante En las cercanías de la ciudad de Bella Unión, departamento de Artigas, un relato corre de boca en boca desde la época de auge del gran ingenio azucarero CALNU. En los accesos al lugar había una curva muy peligrosa, causa de muchísimos accidentes. Uno de ellos, trágico por sus características, acabó con la vida de un inversor de la cooperativa que llegaba desde Montevideo. Quienes viajan por esa vía en estos tiempos se topan a veces con un extraño caminante, que se dirige hacia CALNU y en ocasiones hace dedo: viste traje antiguo, usa sombrero y lleva una maleta. Cuando un conductor atento accede a llevarlo, extrañado ante una indumentaria tan poco común, el atildado señor comenta que es un inversor importante que se dirige hacia su trabajo. Al llegar a destino los choferes suelen ser víctimas de un ataque de nervios cuando su ocasional copiloto, con perfecta cortesía , emite un gracias frío y penetrante y se desvanece del coche como por arte de magia. LA GEMELA DE POCITOS: Una noche calurosa de noviembre a principios de los años ‘70, un joven se hallaba estudiando en su apartamento de Pocitos, en Bulevar España casi la Rambla. Mientras repasaba sus lecturas junto a un compañero de estudios, tocan a la puerta. El reloj marcaba las 12 en punto, una hora inusual para recibir visitas, por lo que el dueño de casa quedó extrañado. A través del visor de la puerta, sin embargo, aguardaba un niña de siete u ocho años, de rostro dulce y aspecto inocente, llevando un vaso vacío entre sus manos. Luego que el joven abriera la puerta sin dudar, la niña le pidió en tono suave un poco de leche. Ella aguardó en la puerta durante unos segundos, mientras el dueño de casa llenaba el vaso, agradeciendo posteriormente y retirándose. A la noche siguiente, el estudiante volvió a reunirse con su amigo para continuar con los estudios. Al caer la medianoche la puerta volvió a sonar con puntualidad implacable, preludio de la aparición de la niña de la noche anterior, que se repitió en esta ocasión con la exactitud de un calco. Llevaba el mismo atuendo, un vestido blanco con puntillas, y volvió a pedir un vaso con leche con muchísima amabilidad. El joven sintió esta vez un cierto cosquilleo incómodo, pero apenado ante la situación la invitó a pasar. Al verla sentada en un sillón de su hogar, con expresión desamparada, el estudiante se animó a preguntar el por qué de sus visitas tan tardías. Con total simpleza, la niña respondió que vivía un piso más arriba pero que allí, por cierto, no tenían leche. Terminó el vaso, aclaró que debía retirarse y abandonó el lugar una vez más. Al día siguiente, el joven decidió comprar un par de botellas de leche y llevarlas directamente a la niña misteriosa y nocturna que vivía en el piso de arriba. Eran 2 apartamentos por planta, por lo que al tocar el timbre del primero una mujer le explicó que probara en la puerta de al lado, donde vivía una niña de características similares. En el segundo apartamento atendió una chica de unos 12 años, muy parecida a su cordial visitante nocturna. Al ser preguntada al respecto negó tener una hermana, pero el joven, convencido de las semejanzas e instigado por lo sucedido en las tres noches anteriores, volvió a insistir. La pequeña comenzó a ponerse nerviosa y llamó a su madre. Cuando el joven explicó la situación, la reacción no pudo ser más inesperada: la mujer se abrazó a su hija y comenzó a llorar del mismo modo. Le pidió al estudiante que aguardara unos segundos y volvió a introducirse en la casa. Cuando regresó, tenía una fotografía entre las manos: en ella, podía verse a la mujer un hombre y dos niñitas exactamente iguales. El joven reconoció al instante el rostro y se sobresaltó al ver el vestido blanco con puntillas. Sólo tardó un instante en recomponer las piezas del puzzle, y pudo anticipar el relato de la mujer. El mismo día en que habían sacado la foto, la niña del vestido blanco -la visitante de la medianoche- había muerto, dejando a su familia inundada de tristeza. El joven, aterrado, pidió disculpas y volvió al apartamento. Llamó a su compañero de estudios, le contó la historia y le pidió que lo acompañara esa noche. Cuando llegó, ambos se dedicaron a la lectura sin olvidar por un momento la marcha inevitable del reloj hacia la medianoche. A las doce en punto la puerta sonó como de costumbre, pero potenciada por el clima enrarecido pareció resonar más fuerte que nunca. El estudiante, conociendo la historia macabra que se escondía detrás de su visitante, prefirió mirar por el visor antes de decidirse a abrir. Del otro lado, sin embargo, no había nadie. Abrió la puerta inquieto y halló a sus pies el vaso, el mismo que la niña llevaba día tras día, sólo que esta vez podía ver un papel enrollado dentro. Al desdoblarlo, el joven pudo leer una simple palabra: “¡Gracias!”. De tanto en tanto, incluso hoy en día, algunos habitantes del edificio se sobresaltan cuando sienten el timbre a medianoche y se enfrentan a la presencia amigable de una niñita de blanco, que recorre los pasillos culminando un paseo inconcluso de 35 años atrás. EL GUARDIA DE SUÁREZ: En la residencia presidencial, ubicada en Suárez y 19 de abril, quedaron grabadas las historias de decenas de personas que habitaron o recorrieron el lugar. Fiel ejemplar de las fincas señoriales del siglo XIX, que fueron erigidas en el entorno rural del Prado, sus orígenes se remontan a 1832, cuando los terrenos fueron adquiridos por Juan Sánchez, su primer propietario. Después de pasar por varias familias ilustres, como los Viana, los Bayley o los Bonifacino, en 1907 se levantó un edificio de tres pisos de aspecto opulento, rodeado por un extenso campo. En 1920, Matilde Ibáñez (la madre del ex presidente Jorge Batlle) conoció a quien sería su marido, Luis Batlle Berres, en la esquina de esta casa; veintisiete años después, cuando Batlle Berres se convirtió en presidente y el Ejecutivo buscaba una residencia adecuada, el recuerdo de dicho encuentro llevó a que Matilde insistiera en comprar aquella (por entonces no tanto) antigua casona. Con la llegada de la comitiva presidencial, la casa se fue ampliando para recibir a un personal amplio, que incluía tanto al servicio doméstico como la seguridad. Con el fin de custodiar la casa y sus terrenos, el gobierno decidió erigir un muro y colocar garitas en los rincones del perímetro, destinando una guardia permanente por turnos. Las torretas edificadas eran pequeñas y tenían lugar para una sola persona, por lo que los soldados se veían obligados a realizar una prolongada vigilia en soledad, a la espera de un compañero que viniera a relevarlos. Poco tiempo después de cumplirse el mandato de Andrés Martínez Trueba, entró al regimiento de Blandengues (los oficiales encargados de la seguridad externa de Suárez) un hombre muy callado e introvertido, al que le correspondía hacer la guardia nocturna en una de las garitas del perímetro. Como su comunicación con el resto de sus compañeros era muy escasa, pocos podían prever lo que ocurriría pocos meses después de su ingreso: de naturaleza taciturna y depresiva, quizá alimentada por las largas horas de vigilancia solitaria y el entorno melancólico del Prado, el joven guardia se quitó la vida en la garita, usando su propia arma de reglamento. Según cuenta la leyenda, mucho tiempo después del trágico suicidio del soldado la residencia de Suárez comenzó a ser testigo de fenómenos extraños. Una noche, mientras el oficial a cargo de los Blandengues formaba la guardia encargada de relevar a los que estaban apostados, apareció uno de los soldados de las garitas antes del relevo correspondiente. Consultado por el sargento, el hombre explicó que un blandengue nuevo había sido el encargado de sustituirlo en sus tareas. No supo decir su nombre, pero lo describió como un tipo extraño, vestido con cierta antigüedad pero que se trataba claramente de uno de los guardias del recinto, ya que estaba familiarizado con los horarios y algunos detalles de la residencia. Comprobando con extrañeza que todos los soldados asignados estaban presentes, el sargento le pidió detalles más específicos de su apariencia y se puso pálido al recibir el reporte; cuando fueron hasta la garita correspondiente y verificaron que estaba vacía, el oficial no tuvo dudas. Cada tanto, y al cumplirse la hora del comienzo del relevo nocturno, la figura del guardia muerto años atrás aparecía para seguir cumpliendo sus tareas con puntualidad, completando una ronda que culmina en el lugar donde apretara el gatillo de su arma. La silueta de esta aparición fantasmal suele surgir en las noches de abril, el mismo mes en el que se quitó la vida, espantando a los soldados a pesar de su tranquilidad inofensiva y su mueca impávida; se lo ve pulcramente uniformado, a tal punto de que los ocasionales transeúntes no sospechan, al pasar, que una presencia intangible custodia el hogar del presidente. LA DECAPITADA DE TIMOTE: Molles del TImote, una localidad del departamento de Florida, solía ser en las primeras décadas del siglo XX una zona calma y con características eminentemente rurales: mucho campo, pocos pobladores y una ausencia casi completa de construcciones. La tranquilidad de la pequeña localidad se vio conmovida en aquella época por un crimen pasional, protagonizado por una pareja que, como suele suceder en los pueblos chicos, era muy conocida entre los habitantes del lugar. Su flamante casamiento, fresco en el recuerdo de los concurrentes de Molles de Timote, poco hacía prever los sucesos que impactaron al pueblo poco después. Una noche, el esposo descubrió que su mujer lo engañaba con otro joven del pueblo, con el que se carteaba con frecuencia; haciendo honor a su fama de hombre temperamental, el hombre esperó a la mujer hirviendo de rabia y celos. Cuando cruzó el umbral no pudo contenerse y, tras obtener la confesión de su esposa, le decapitó a golpes de pala, ciego de ira. Más tarde, al comprender cabalmente lo que había hecho, el asesino intentó ocultar las evidencias del crimen monstruoso. Pudo encargarse de la cabeza de la finada -un objeto maniobrable por su tamaño- al enterrarla sin dificultades en el fondo de la casa: el cuerpo, sin embargo, requería un trabajo más arduo. Desesperado, envolvió con cuerdas a aquel peso muerto que había sido su esposa y le ató piedras para que actuaran a modo de lastre. Cargó el fardo hasta el arroyo Los Molles, que corre en esa localidad, y arrojó el cuerpo al agua con la esperanza de que se hundiera para siempre. La forma en que la difunta esposa delató el crimen de su marido, sin embargo, fue mucho más escalofriante de lo que hubiera podido imaginar el propio asesino. Desde las épocas de aquel fatídico día hasta nuestra época, la decapitada del Timote emerge del agua en una forma poco convencional. Quien cabalgue de noche por la zona y desee cruzar el arroyo Los Molles en forma segura, no debe nunca mirar hacia atrás: cuando los cascos de los caballos tocan el agua, la mujer sin cabeza se sube suavemente a las ancas del animal y acompaña al jinete hasta llegar a la otra orilla. Allí, la decapitada desciende silenciosamente y desaparece en la superficie calma de Los Molles, sin hacer un solo ruido ni dañar al valiente que le permite gentilmente compartir el caballo en ese breve trecho. Quienes osan mirar hacia atrás por curiosidad, sin embargo, sucumben al terror y comparten el trágico destino de la mujer sin cabeza, condenada a yacer eternamente en el lecho del arroyo. En la localidad circulan relatos oscuros sobre los hombres y mujeres que, como en el mito griego de la Medusa (también víctima de la decapitación), fueron conducidos a la perdición por ceder a la curiosidad, por tentarse en un trágico instante y observar aquello que les está vedado. Estos cuentos, que corren de boca en boca, suelen funcionar a modo de advertencia para los jinetes que se acercan a las aguas del arroyo entre el anochecer y el alba, desafiando los escalofríos que produce el recuerdo de la decapitada del Timote. LA TUMBA DEL ARROYO TOLEDO: A principios del siglo XIX, la zona del arroyo Toledo disfrutaba una calma impensada en estos días, a pesar de que sus aguas, entre Montevideo y Canelones, siguen guardando cierto encanto rural. Por aquellos tiempos, al costado del arroyo, vivía un estanciero que se dedicaba al tráfico y comercio de esclavos llegados de África. Los esclavos, mercancía legal en aquel tiempo, solían recorrer encadenados un largo trecho a la vera del arroyo, haciendo el camino entre dos haciendas. Durante el recorrido arduo, los negros caminaban bajo los rayos del sol y la mirada atenta de un capataz blanco, que solía someterlos a destratos de acuerdo a los cambios en su temperamento. En uno de esos recorridos viajaba un esclavo que llevaba sobre su cuerpo más grilletes de los demás. Se trataba de un personaje particularmente rebelde, que había tenido problemas con sus patrones en más de una ocasión a causa de su naturaleza conflictiva. Durante uno de esos largos paseos , cuando la siniestra comitiva iba a la altura de lo que hoy es el kilómetro 6 del Camino del Andaluz, el capataz golpeó con violencia a una joven esclava que caminaba con excesiva lentitud para su gusto. El negro, ciego de furia, no pudo tolerar el abuso: levantó sus cadenas y grilletes, se acercó por detrás a su patrón y lo estranguló con los propios hierros. Tras cometer el asesinato, el esclavo pudo ver en un pantallazo el futuro que lo esperaba: la tortura, el confinamiento y probablemente una muerte dolorosa. No lo pensó dos veces. Corrió hasta un promontorio de rocas altas, con los brazos y cadenas en alto, y se zambulló en un ojo de agua que se forma en esa parte del Arroyo Toledo. Tanto sus compañeros como los empleados del estanciero esperaron ver resurgir su figura en la superficie del arroyo. El negro, quizá resistiéndose a una perspectiva de vida entre grilletes o por el propio peso de las cadenas- no volvió a salir a la superficie. El curso del arroyo ha cambiado bastante en estos doscientos años, pero tanto las altas rocas como el ojo de agua siguen estando allí, desafiando el paso del tiempo. Hasta hace no tanto tiempo, los jóvenes más aventureros solían arrojarse desde el peñón hasta la superficie, jugando a sumergirse en lo más hondo. Desde el siglo XIX, la leyenda narra que quienes se zambullen en las profundidades del arroyo logran ver una sombra humana. Si prestan suficiente atención, pueden oír el ruido amortiguado de unas cadenas, las mismas que la memoria de un hombre hace sonar desde hace casi doscientos años, como símbolo de una muerte liberadora y preferible mil veces a una vida entre cadenas. LA CARRETA DE MELILLA: Por la zona de Melilla circula desde hace muchos años una historia que es casi el reverso de un mito infantil muy popular, como el viejo de la bolsa , una leyenda que tiene equivalentes en todo el mundo (por ejemplo, el cuco o the Boogeyman , en países angloparlantes, con características parecidas). Tras el cuento del viejo de la bolsa se escuda una advertencia admonitoria y un fin educativo incentivado por los propios padres, la misma idea subyacente en la leyenda de la carreta de Melilla. La figura es utilizada para infundir miedo en los niños, como amenaza para inducir una conducta determinada y también para remarcarles desde chicos una máxima preferida por los padres: nunca hables con extraños . La imagen universal es casi invariable: un viejo vagabundo con una bolsa de lona o arpillera a la espalda. La descripción está inspirada probablemente en los pordioseros norteamericanos en épocas de la depresión que, en busca de trabajo, llevaban sus escasas pertenencias en una bolsa. Dejando de lado las fantasías paternales, el único viejo de la bolsa que hizo méritos para ganar merecidamente esta mítica mala fama fue Albert Fish. Se trataba de un viejito estadounidense con aspecto de mendigo- que fue ejecutado en 1936 tras confesar el asesinato de 100 niños, a los que engañaba entregando las golosinas que llevaba en su bolsa. En Melilla, hace ya muchos años, circulaba a diario por las calles uno de los tantos viejos de la bolsa a los que Montevideo ha logrado acostumbrarse en los últimos tiempos. De aspecto bondadoso, recorría con su carreta el camino Melilla y hablaba con los niños que encontraba, regalándoles en ocasiones las pocas cosas que hallaba en los tachos de basura. Cargando el peso de una leyenda con mala reputación sobre sus espaldas, el viejo de la carreta era muy mal visto por los vecinos del lugar, sobre todo por su costumbre de acercarse a los niños. Sin embargo, y contra todos los clichés de este tipo de historias, el protagonista de este cuento era exactamente lo que parecía: un viejo pobre y bondadoso. En una ocasión, cuando el hombre quiso regalarle a una niña una muñeca maltrecha, ésta se puso a llorar y regresó corriendo junto a su madre. A partir de allí, el rumor corrió como una bola de nieve entre los habitantes del lugar, a tal punto que el incidente de la niña fue exagerándose cada vez más hasta convertirse en un episodio de acoso. Fue entonces cuando tres o cuatro de los vecinos decidieron darle un susto al viejo, con el objetivo de que no volviera más por el lugar. Un 31 de octubre, al caer la noche, se acercaron a una calle cortada junto al camino Melilla, donde el vagabundo solía dejar su carreta. La rociaron con querosén y la prendieron fuego, esperando que el viejo entendiera el mensaje. Pocos segundos después, al escuchar una serie de gritos, entendieron que algo había salido mal. Entre la montaña de bolsas y trapos no habían visto al anciano, que dormía en la carreta tal cual era su costumbre. El fuego se desperdigó con tanta rapidez entre sus ropas sucias que los hombres, asustados por el espectáculo, no pudieron hacer nada. Atemorizados ante la posible llegada de la policía, se marcharon de lugar helados de espanto, dejando al viejo incinerándose junto a su carreta. La policía catalogó el hecho como un accidente y archivó el caso, la historia quedó en el olvido rápidamente y los vecinos de Melilla no extrañaron la presencia diaria del viejo de la carreta. Así fue, al menos, hasta que transcurrió un año exacto. El 31 de octubre siguiente, un incendio se produjo en una zona de eucaliptus, lindera con el lugar de la tragedia. Al extinguir el fuego, los bomberos hallaron la causa del siniestro: una carreta vieja y destartalada, la misma que el hombre usaba en sus interminables paseos por Melilla. Desde entonces, los vecinos cuentan que todos los 31 de octubre la carreta aparece en llamas, recordando con puntualidad un asesinato que tuvo como cómplices la indiferencia y la mala reputación. Fuente: http://www.montevideo.com.uy/catleyendas_332_1_1.html Esta fue la TERCER y ÚLTIMA parte de las Leyendas Urbanas del Uruguay.. Saludos Para Todos Diegouru http://www.taringa.net/posts/info/1947099/Leyendas-Urbanas-Del-Uruguay.html http://www.taringa.net/posts/info/1947100/Leyendas-Urbanas-Del-Uruguay-(2da-Parte).html

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HumorporAnónimo1/9/2009

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