EL_CHOBY
Usuario (Argentina)
Gasómetro, el gigante de San Martín Muchos no saben de qué se trata este ícono, que proveía de gas a las casas de familia. Antes, en el lugar había una pequeña laguna, donde la gente de una caballeriza cercana llevaba a sus animales para que se refrescaran y tomaran agua. Pero a fines de la década del 40 aquel paisaje bucólico cambiaría en forma drástica. Las necesidades de una ciudad en expansión obligaban cambios. Y el descampado vecino al cruce de las avenidas General Paz y De los Constituyentes se olvidó de la laguna y adoptó un elemento que se mantiene como uno de los símbolos de otro Buenos Aires: el gigantesco tanque de gas, ése al que todos, simplemente, llaman “gasómetro”. Empezaron a construirlo en 1949 sobre terrenos del partido de San Martín, en el límite entre la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. El trabajo estuvo a cargo de la empresa alemana MAN y todas sus partes fueron traídas en barco desde Europa. Son 2.256 paños de chapa envolvente (cada uno mide 80 centímetros de alto por 7,10 metros de largo) y fueron ensamblados por técnicos y personal también llegados de Alemania. Los paneles estaban hechos con tanta precisión que tenían los agujeros para la posición exacta. Y más: la construcción no tiene soldaduras, se armó con remaches en caliente. La estructura tiene 24 vigas verticales hechas con hierro de perfil doble T y sujetadas con bulones, además de varios refuerzos horizontales. La altura de la mole es de 80 metros (como un edificio de unos 25 pisos) con un diámetro de 54 metros. En el techo hay un domo de 15 metros de diámetro y 3 metros de alto y el conjunto se completa con doce banderolas de vidrio armado a dos aguas que mide 1,90 metros de frente, por 3 de fondo y 1,20 de alto. Dentro hay un pequeño y pesado ascensor que en tres minutos llega de la base al techo. Quien elija la escalera exterior deberá subir 340 escalones. La capacidad de almacenaje del gran tanque (su superficie externa se estima en más de 20 mil metros cuadrados) era de 150 mil metros cúbicos de gas. Ese fluido se obtenía en la llamada Usina Corrales (estaba en Amancio Alcorta y Luna, en Parque Patricios) quemando carbón de coque. Luego, ese gas iba por cañerías hasta el “gasómetro” de General Paz y Constituyentes. El llenado se hacía de noche y durante el día se distribuía a la red domiciliaria. Ese gas era muy caro: la concesión la tenían compañías inglesas que importaban el coque desde Inglaterra. Y los costos subieron mucho con las dos Guerras Mundiales. Hacia 1949 la obra de un gasoducto desde Comodoro Rivadavia hasta Buenos Aires (1.605 kilómetros) marcó el fin de ese servicio y el uso del gas natural extraído de los pozos petrolíferos. Hoy el tanque está bajo la administración de la empresa Gas Natural BAN, que se encarga de la distribución en 30 partidos de la zona Norte y Oeste cercana a la Ciudad Autónoma. Pero en el tanque ya no se almacena gas: fue desactivado a mediados de la década del 50. Ahora la parte baja la usa el sector Automotores de la empresa y otra parte se utiliza como depósito de herramientas y accesorios. El techo de esas áreas es el viejo pistón que comprimía el gas. Pesa 200 toneladas y está a 13 metros del piso sostenido por seis columnas de hierro de 24 pulgadas cada una. Todo el tanque fue repintado entre 2007 y 2008 y también se le colocaron dos paneles gigantes para poner publicidad. Entre 1970 y 1980, la empresa Gas del Estado había decidido desmantelarlo, pero un accidente en el desguace de otros tanques que estaban en Floresta postergó la acción y el de San Martín quedó. Los otros se convirtieron en recuerdo, en especial uno que estaba cerca de la vieja cancha de San Lorenzo, en la zona de la avenida La Plata, entre Inclán y Las Casas. Fue el que le dio nombre el estadio: siempre lo llamaron “el Gasómetro”. Pero esa es otra historia. ayundenme con unos puntines, tenia una cuenta durante tres años y me la banearon hace tres meses y la estoy remando de vuelta. Gracias!!!!!!

hoy les voy a dejar un segundo informe de la buenos aires secreta que nadie o pocos conocemos, espero que lo disfruten y recuerden, comentar y puntuar no cuesta nada. gracias!!!! El rock nacional tuvo su Cueva: Pajarito Zaguri, Javier Martínez y Sandro alquilaron en 1965 un local que hizo historia Algunos compararon al lugar con el Cavern Club de Liverpool. Inclusive hasta llegaron a decir que había “un pasadizo secreto” que conectaba ese rincón de Buenos Aires con aquel de la ciudad inglesa en el que cantaron, entre otros, The Beatles, The Rolling Stones, The Who, Queen, Elton John y John Lee Hooker. Pero nunca se pudo comprobar. Lo que sí quedó demostrado es que La Cueva fue el lugar que la historia del rock nacional tiene como el mojón que, en la década del 60, marcó el punto de partida para esos jóvenes bohemios que le dieron vida. Estaba en la avenida Pueyrredón 1723, a metros de Juncal. Dicen que allí había funcionado un cabaret llamado Jamaica, después conocido como El Caimán, para luego convertirse en La Cueva de Pasarotus, un local que era refugio de músicos dedicados al jazz moderno. Inclusive cuentan que ahí, entre talentosos artistas locales, hasta llegaron a actuar el gran Dizzy Gillespie y la francesa Juliette Gréco. Y hubo más: en el lugar se filmaron algunas escenas de “El Perseguidor”, una película que se basaba en un cuento que Julio Cortázar dedicó a Charlie Parker. La película la dirigió Osías Wilenski, el guión lo adaptó Ulises Petit de Murat y la música la puso el Gato Barbieri. Los historiadores del rock afirman que el local no era de lo mejor: tendría cuatro o cinco metros de ancho por quince de largo, su acústica dejaba mucho que desear, igual que la ventilación y no había mesas ni sillas. Un mostrador largo cubría un lado y al otro había algunos almohadones y pocos sillones. El escenario, por llamarlo de alguna manera, estaba casi a la entrada, a poco de bajar los cinco o seis escalones que llevaban al recinto donde los concurrentes estaban parados. Fue en 1965 cuando Alberto Ramón García (para el rock Pajarito Zaguri), junto con Javier Martínez (después “prócer” de Manal) hablaron con Roberto Sánchez (más conocido como Sandro) para alquilar ese local cuyo dueño se llamaba Roberto Rosado. El hombre designó a un señor llamado Bravo como administrador. Y allí empezó a funcionar “La Cueva de Sandro”. Se recuerda que el decorado era muy elemental. “El decorado éramos nosotros”, contó alguna vez Miguel Abuelo quien iba al lugar “a juntarse con amigos y a buscar novias”. Después aquello fue el punto de encuentro donde aparecían Félix Francisco Nebbia Corbacho (Litto Nebbia); Mauricio Birabent (Moris) y José Alberto Iglesias (Tanguito, Ramsés VII o Donovan El Protestón). También se mezclaban Claudio Gabis, Alejandro Medina y los periodistas Pipo Lernoud (luego creador de la revista Expreso Imaginario) y Miguel Grinberg. De aquella movida iban a surgir grupos como Los Beatniks, Manal, The Seasons o Los Náufragos. Es que “naufragar” era el “deporte” predilecto de esa gente que también llegaba desde la vecina Plaza Francia, refugio de hippies de pelo largo. La salida a la superficie comercial la marcó el gran éxito de “La Balsa”, el tema de Nebbia y Tanguito, que grabaron Los Gatos: vendió 200.000 discos en pocas semanas. Claro que ya no eran buenos tiempos para la libertad. Desde 1966, la dictadura militar que encabezaba Juan Carlos Onganía no permitía esas cosas. Y las razzias policiales tenían a La Cueva como punto. Por ejemplo Nebbia tuvo el record de 21 detenciones en un mes. Y Miguel Abuelo solía andar con la chapa de la puerta de su casa colgada del cuello. “Es que estoy podrido de que me pare la cana y me pregunte dónde vivo”, contaba. La Cueva fue clausurada en 1967 y después ahí se instaló una casa de venta de artículos de electricidad. Luego el edificio se demolió y construyeron departamentos. Con aquel cierre, los jóvenes buscaron refugio en un bar al que solían ir después de pasar la noche cantando. Caminaban 18 cuadras hasta la avenida Rivadavia y, tomando café con leche, mostraban sus frases o anotaciones que después originaron otras canciones. Ahí fue donde Nebbia y Tanguito habían empezado a componer “La Balsa”. El bar se llama “La Perla de Once” y, aunque remodelado, sigue estando en la esquina de Rivadavia y Jujuy. Andá a Villa Ortúzar a ver si llueve: El Observatorio Central del Servicio Meteorológico es mucho más que los datos del tiempo Es cierto que esto de la alta temperatura es una vieja costumbre que tiene el verano. Pero la seguidilla de días agobiantes fue tan fuerte que se convirtió en pesadilla. Ante esto muchos buscaron una referencia, una especie de oráculo, que anunciara cuándo llegaría el alivio. Entonces surgió el nombre de un lugar al que recurrir en estos casos: el “observatorio de Villa Ortúzar”. Instalado desde julio de 1906 en lo que entonces eran terrenos fiscales y parte del Instituto Superior de Agronomía y Veterinaria (que en 1909 se convirtió en la actual Facultad que depende de la UBA), lo más curioso del Observatorio Central de Buenos Aires (ese es su nombre real) es que no está en Villa Ortúzar, sino en Agronomía. La denominación popular se origina en que, en aquellos años de principio del siglo XX, la zona era parte del primero de los barrios. Recién en 1972, los límites iban a cambiar y la Avenida de los Constituyentes iba a quedar afuera de Ortúzar. La entrada al observatorio (una dependencia del Servicio Meteorológico Nacional – SMN) está en Constituyentes 3454, a unos metros de la Avenida Francisco Beiró. El edificio, rodeado de un amplio parque, es lugar de trabajo para nueve observadores que están en la Estación Meteorológica, más cuatro especialistas del Departamento de Teledetección y Aplicaciones Ambientales, doce especialistas del Departamento de Vigilancia de la Atmósfera y Geofísica y diez docentes del Departamento de Capacitación, las cuatro áreas que conviven en el lugar. Trabajan en turnos rotativos de 24 horas, los 365 adías del año. Y lo hacen de acuerdo con los estándares internacionales de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Además de las antenas especiales que sobresalen en el edificio central, el lugar tiene equipamientos extraños para quien no está en el tema. Por ejemplo, hay unas casetas con persianas que se llaman “abrigo meteorológico”. Están a un metro y medio del piso (la altura promedio de una persona) y sirven para las mediciones de temperatura. También hay un termohidrógrafo, un aparato que, con un sistema de relojería y una pluma, deja sobre un rodillo especial la tendencia de la temperatura y la humedad. Y para medir la cantidad de lluvia y el ozono están el pluviómetro y el espectofotómetro Dobson, un equipo que desarrolló el físico y meteorólogo británico Gordon Miller Bourne Dobson (1889/1976) en la Universidad de Oxford. Justamente, la unidad para medir el ozono lleva su apellido. El Departamento de Capacitación tiene un alto valor: la OMM lo reconoce como Centro Regional de Instrucción para América del Sur. Es porque allí se hacen cursos técnicos para observadores meteorológicos y para todo el personal del SMN. Como se ve, el “observatorio de Villa Ortúzar” es mucho más que los datos del tiempo que, cada día y a toda hora, se conocen a través de los medios de difusión. Y aunque esté afuera de las 130 manzanas que tiene el pequeño y casi desconocido barrio con el que lo identifican, es una dependencia importante para la vida cotidiana. Y quizá su nombre sirva algún día para contar la vida de don Santiago Francisco de Ortúzar, nacido en España en 1822. El hombre murió soltero y le dejó a un sobrino esas tierras donde ya, en 1827, se había radicado un grupo de agricultores alemanes que, a instancias de Bernardino Rivadavia, dieron origen al pueblo de Chorroarín, en homenaje a un reconocido sacerdote. El primer monumento patrio: Nació como Obelisco, pero para todos es la Pirámide de Mayo. Y está en pie desde 1811. Es uno de los símbolos de la Ciudad. Y aunque casi no hay gente que no la conozca, la mayoría no sabe que pertenece al barrio de Monserrat. Tampoco saben que es un obelisco, aunque todos, aún desde los tiempos en que la proyectaron, la llamaron pirámide. Seguramente, también desconocen que se salvó dos veces de la demolición. Por eso, la “Pirámide de Mayo” también merece un recordatorio que rescate algo de su larga historia, que empezó en 1811 y dos siglos después sigue teniendo protagonismo. Considerado como el primer monumento patrio, su construcción formó parte de la celebración del primer aniversario de la Revolución de Mayo. En marzo de 1811 se presentó el proyecto ante el Cabildo, en abril se aprobó y enseguida se empezó el trabajo. La dirección de la obra quedó a cargo del alarife Francisco Cañete, un hombre nacido en Cádiz a quien, en aquellos tiempos, se lo consideraba uno de los buenos constructores que tenía la Ciudad. La suma a invertir: 5.160 pesos y 6 reales. La supervisión del trabajo la realizó Martín Rodríguez, coronel del regimiento de Húsares. El monumento estaba rodeado de una verja de hierro y en cada ángulo se colocó un farol que usaba grasa de potro como combustible. Ya en 1826 apareció la primera amenaza. Para evocar la gesta de Mayo, el presidente Bernardino Rivadavia quería que hubiera un monumento más ampuloso y quiso demolerla. Pero aquel proyecto quedó en eso y la pirámide se salvó. Recién en 1856 se decidió mejorarla, tarea que se le encomendó al pintor y arquitecto Prilidiano Pueyrredón. Fue en ese momento en que se le agregó la Estatua de la Libertad (mide algo más de tres metros y medio) que realizó el francés Joseph Dubourdieu. También ese artista hizo otras cuatro estatuas (representaban a la agricultura, el comercio, las ciencias y las artes) hechas en tierra cocida y estucada. Los faroles fueron reemplazados por otros, a gas. Hacia 1883 Buenos Aires empezaba a dejar atrás la “gran aldea” para convertirse en “la París de Sudamérica”. El impulsor era el intendente Torcuato de Alvear. Fue entonces cuando otra vez surgió la idea de derrumbar la pirámide. Ya se había demolido la Vieja Recova. La idea era, nuevamente, hacer un “monumento digno” para recordar a la Revolución. Pero el Concejo Deliberante no lo aprobó y además pidió que la pirámide fuese preservada de futuros daños. En 1912, la histórica Pirámide de Mayo pasa a ocupar el centro de la plaza. Así, en ocho días y usando unos carriles especiales, se la desplazó más de 50 metros, hasta su lugar actual. No fue tarea fácil: el monumento completo pesa más de 200 toneladas. En el siglo XX la pirámide se convirtió en punto de encuentro de las madres de desaparecidos que se reunían a reclamar por sus hijos. En 1977, la primera vez que se juntaron, los policías les dijeron “circulen señoras, circulen”. Así surgió la ronda de cada jueves alrededor del monumento. Allí, en 2005, se depositaron las cenizas de Azucena Villaflor, una de las primeras mujeres que fue a reclamar y que también había sido secuestrada y desaparecida. Con respecto a las estatuas que se colocaron en 1856, el deterioro hizo que las sacaran en 1873. Sin embargo, en 1877, para adornar a la pirámide, se pusieron otras cuatro estatuas hechas en mármol de Carrara, que también eran obras del francés Dubordieu. Originalmente, habían adornado el edificio del Banco de la Provincia de Buenos Aires, en la calle San Martín al 100. En total, esas estatuas eran 16. Las cuatro que rodeaban a la pirámide estuvieron hasta 1912 y en 1972 fueron colocadas en una plazoleta que está en Alsina y Defensa. Otras seis se encuentran en la terraza del ex Asilo y actual Centro Cultural Recoleta. Un museo, un tesoro en sí mismo: La casa de Xul Solar, premiada por su estilo vanguardista, guarda la historia del genial Artista. Muchos de los turistas que llegan a Buenos Aires suelen traer un papel con una dirección anotada: Laprida 1214. Por lo general son alemanes, ingleses, italianos y hasta estadounidenses. Para ellos, interesados en el arte y la arquitectura moderna, el lugar es una referencia ineludible a la hora de visitar la Ciudad. Lo curioso del caso es que para muchos de los habitantes locales, el sitio resulta casi desconocido. Una verdadera paradoja: allí no sólo está la obra de uno de los artistas argentinos más reconocidos en el mundo, sino también un edificio que, por su diseño vanguardista, hasta recibió premios internacionales. Es la sede del Museo Xul Solar. Tal vez el nombre suene extraño y hasta se lo asocie con la luz del sol. Algo de eso hay. Pero ese nombre está relacionado con una persona, hijo de inmigrantes (padre de Letonia; madre de Italia), que nació en San Fernando el 14 de diciembre de 1887, hace casi 126 años. Se llamó Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari, un chico que con el tiempo y bajo la sintética denominación de Xul Solar, se iba a convertir en un curioso explorador de la pintura, la música, las religiones, la astrología, la filosofía y hasta en el creador de intrincados lenguajes. No es el propósito repasar la biografía de Xul Solar. Pero alcanzan algunas referencias. Por ejemplo que empezó a estudiar arquitectura y dejó a los dos años; que fue un fanático de Wagner y de Bach; que era amigo de Juan de Dios Filiberto, a quien un día llevó al Teatro Colón para que escuchara la Novena Sinfonía de Beethoven; que en Italia conoció a su gran amigo Emilio Pettorutti; que en París, donde solía vestirse con un poncho de rayas blancas y celestes, se codeó con sus contemporáneos Amedeo Modigliani y Pablo Picasso o que entabló una amistad indisoluble con Jorge Luis Borges. Justamente, en el mismo lugar donde está el Museo (allí vivía Xul Solar) los dos se encontraban para pasar horas leyendo o compartiendo sus conocimientos. Pero volvamos al museo y a su edificio. De aquellos cuatro departamentos (dos en planta baja y dos en la planta alta) que la familia compró en 1928, hoy sólo queda la antigua fachada de estilo italiano, con grandes puertas y ventanas de cedro y los balcones de hierro forjado. Adentro, salvo el departamento que ocupó el artista y su esposa Micaela “Lita” Cadenas (lugar que se conserva intacto, pero que no es de acceso público) todo lo demás fue demolido y hecho a nuevo. Se podría pensar ¡qué herejía! Sin embargo el resultado es tan impactante que hace olvidar lo que había para centrarse en lo que hay. Todo es obra del arquitecto Pablo Beitía, quien vivió allí como inquilino. Para desarrollarla tuvo el apoyo clave de “Lita” (murió en 1988) y de Natalio Povarché, el marchand de Xul. El edificio, una mezcla que combina cemento, madera, escaleras y mucha luz natural, fue inaugurado el 13 de abril de 1993. Y resulta el marco ideal para mostrar, en forma cronológica, la colección permanente de 86 obras que no se venden. Las pinturas (mayoría de acuarelas, el elemento preferido de Xul para su obra) se entrecruzan con documentos, libros, escritos y otras creaciones surgidas de su extraño talento. El museo es la sede de la Fundación Pan Klub, dedicada a preservar y difundir sus trabajos. Xul Solar murió el 9 de abril de 1963. Cuentan que en sus manos sostenía un rosario de 71 piezas de madera tallada, que él había coloreado, y que tenía la cruz de Caravaca. Fue en una casa que está junto al río Luján, en el Tigre, y que había comprado en 1954. Aquella casa tenía el nombre de “Li-Tao”, en homenaje a su mujer. Ahora, la Fundación está trabajando para que ese lugar también pueda recuperarse y ser otra referencia más de este argentino genial. El legado de un gran científico: El hospital Roffo, en Agronomía, recuerda a un médico pionero en la lucha contra el Cáncer Los que alguna vez escucharon hablar de él, saben que es el nombre de un hospital porteño. Para otros, ni siquiera eso. Y, salvo en los círculos científicos de la Argentina y el mundo, el nombre de Angel Honorio Roffo no significa demasiado. Sin embargo este médico, que nació en Buenos Aires el 30 de diciembre de 1882, es mucho más: su investigación y su lucha contra una enfermedad cruel como el cáncer todavía hacen que esté en un lugar destacado entre los hombres de ciencia. Después de sobresalir como estudiante secundario (su apego por la investigación lo hizo figurar siempre en el cuadro de honor), en 1902 Roffo entró a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Ocho años después, el 10 de enero de 1910, su tesis “El cáncer, contribución a su estudio”, le valió el diploma de honor y la medalla de oro. Tal fue el impacto de su trabajo que, por sugerencia de los profesores que integraron la comisión examinadora, se decidió que fuera impreso y distribuido en la comunidad científica. Dicen que marcó el comienzo de una etapa nueva en la lucha contra esa enfermedad. Y afirman que, un siglo después, es una referencia en este tema. De allí en adelante, la vida de Roffo estuvo dedicada a estudiar y divulgar teorías inéditas sobre el cáncer. Fue uno de los primeros en demostrar la influencia de los alquitranes del tabaco en el desarrollo de tumores, vínculo que, a fines de la década del ’20, estaba totalmente confirmado. Claro que aquello no le generó simpatías en la industria dedicada al rubro tabaco. Pero igual no se cansó de cosechar premios nacionales e internacionales que siempre incluían la medalla de oro. Inclusive, en 1939, Francia lo distinguió con la Orden de Caballero de la Legión de Honor, por sus investigaciones sobre la existencia de sustancias cancerígenas en algunos alimentos. Además de aquella tesis universitaria, otro trabajo de Roffo había sido clave en su carrera de científico. Un estudio, que él tituló “Cáncer experimental”, fue el argumento que otro médico (Daniel Juan Cranwell) presentó ante la Academia Nacional de Medicina para que se considerara la creación de un instituto especializado en el estudio y tratamiento de la enfermedad. La propuesta se hizo en 1912 y se concretó en 1922 con la creación de lo que hoy es el “Instituto de Oncología Angel H. Roffo”, que depende de la UBA y que ocupa un predio de casi 4 hectáreas en la zona de Agronomía. Se lo considera el primer establecimiento oncológico creado en América. El dicho popular sostiene que junto a todo gran hombre siempre hay una gran mujer. Y el caso de Roffo no fue la excepción. Su esposa Helena Larroque, entrerriana nacida también en 1882, resultó un apoyo importante. Había estudiado Medicina (de hecho la pareja se conoció en la Facultad) y, a pesar de no haberse recibido, colaboró en las investigaciones de su marido. En su corta vida (murió en febrero de 1924 con sólo 42 años), ella también fue la impulsora para la creación, en 1922, de la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer (Lalcec) y una escuela de enfermería. El doctor Angel Honorio Roffo murió en Buenos Aires el 23 de julio de 1947. Y aunque ya pasaron 66 años, sus trabajos marcan senda en la Medicina de aquí y del mundo. También se mantiene vigente algo que surgió del esfuerzo de su esposa y que él sostuvo: la Asociación Cultural de Villa del Parque, Villa Devoto y Villa Talar. Algunos ya se estarán preguntando qué es eso de Villa Talar. Es un área comprendida entre las avenidas San Martín, Beiró, Constituyentes y Mosconi que, al hacerse la división oficial de los barrios porteños, no se incluyó y quedó como un barrio no oficial de Buenos Aires. Villa Talar también es parte del pasado y el presente de la Ciudad. Jeans de contrabando, en pleno Once: En los 60, la Galería Internacional fue el lugar para comprar pantalones traídos de EE.UU El ruido bullicioso se mantiene. Pero el rubro principal de los locales no. Ahora, la mayoría está en el negocio de la compra y venta de teléfonos celulares. Hace cuatro décadas, en cambio, la cuestión pasaba por el rubro textil. Y aquello se parecía a la escena de una película de espionaje del tiempo de la “Guerra Fría” en la que uno no se jugaba la vida aunque la situación tenía su cuota de adrenalina. Se recorría los pasillos mirando las vidrieras de reojo. Entonces, aparecía un vendedor y hacía su oferta “secreta”, tanto que la conocía medio Buenos Aires: la “mercadería” eran jeans traídos desde Estados Unidos, de contrabando; y el lugar, la Galería Internacional. Instalada desde octubre de 1959 en la avenida Corrientes, a metros del cruce con Pasteur, hoy aquella galería famosa ni siquiera conserva el cartel que, con letra cursiva, la hacía destacarse en el corazón de la zona comercial del Once. Eran 108 locales en los que se encontraban las cosas que no había en ningún otro comercio de la Ciudad. Por supuesto, la vedette eran aquellos jeans de una lona gruesa creados para mineros estadounidenses. La tela tenía la particularidad de desteñirse con los años y el uso. También llamaba la atención el café que vendía un señor al que conocían como Arancibia. Tenía tres opciones: el de 0,50 centavos, el de 0,70 y el de un peso. En la década de los años 60 el negocio era tan fuerte que daba hasta para ciertos lujos promocionales. Por ejemplo: contratar a Barry Moral, el líder de una banda que hacía música “característica” como se denominaba al jazz y sus “parientes” con melodías cercanas. El grupo actuaba sobre el techo de un local, en medio de la galería. El local todavía está. Inclusive mantiene la parte superior del techo con esas pequeñas cerámicas y una modesta escalera de madera para que los músicos accedieran a ese sector desde el pasillo superior. Las notas y los aplausos de la gente se perdieron entre los bocinazos y el smog del tránsito de la avenida. Pero no todo fue alegría para la Galería Internacional. En febrero de 1966, sus dueños (el grupo de los hermanos Todres) fueron a la quiebra, en medio de un escándalo financiero que hizo historia. Y esa situación afectó el funcionamiento de toda la galería. Así, una década más tarde la propiedad de muchos locales salió a remate. Cuentan que los más caros se vendieron en valores que orillaban los “1.500 millones de pesos viejos”, como mencionan las crónicas de octubre de 1976. En la actualidad quedan muy pocos de aquellos locales en los que había perchas llenas de ropa que colgaban como guirnaldas navideñas y le ponían color a los pasillos. Y hasta desapareció el negocio que, hasta hace unos años, estaba en el fondo como una curiosidad. Allí había pintada una frase convocante: “Una cita obligada con Gardel y con el tango”. En ese comercio vendían fotos, videos y otros elementos vinculados con el “inventor” del tango-canción y otros artistas del rubro. Cuentan que la mercadería de ese local aún se mantiene a la venta en una oficina de los 11 pisos que hay en el mismo edificio. De los buenos tiempos aquellos sorprende que todavía estén las viejas barandas de bronce que le dan marco a las amplias escaleras, previstas para recibir multitudes, aunque ahora en el piso superior haya locales vacíos y menos movimiento. Es que aquella era una época de ebullición y cambios. Y ya que se mencionan cambios, se podría recordar que en esos años hubo también una galería comercial que se metió en el recuerdo del Buenos Aires de los años 60. Estaba (y aún está) en la calle Florida, a metros del cruce con Marcelo T. de Alvear. Se la conoce como la Galería del Este. Y fue el epicentro de la vanguardia artística de entonces con un sello imborrable. espero que les allá gustado esta segunda parte, en otro post seguire subiendo mas informes... y no se olviden de comentar y dejar puntines, gracias!!!
hoy les voy a dejar una serie de informes de la buenos aires secreta que nadie o pocos conocemos, espero que lo disfruten y recuerden, comentar y puntuar no cuesta nada. gracias!!!! La estatua del hombre sin tumba: En Recoleta, rinde homenaje al diplomático sueco que salvó a miles del Holocausto. El monumento es simple pero tiene la fuerza suficiente para evocar al homenajeado. Y aunque se trata de un héroe, la figura no está sobre ningún pedestal, ni montado en un gran caballo, ni empuñando espada alguna: está de pie junto a una pared donde sólo grabaron su apellido. La obra se encuentra en Austria y Figueroa Alcorta, fue inaugurada el 17 de noviembre de 1998 y recuerda a Raoul Gustaf Wallenberg, un hombre que, con apenas 31 años de vida, se convirtió en un símbolo de lucha contra los abusos de poderosos y dictadores. Hijo de una prestigiosa familia donde había muchos diplomáticos y banqueros, Wallenberg nació en Suecia el 4 de agosto de 1912. Pero su acción se encaminó hacia otro rumbo, ya que estudió Arquitectura en la Universidad de Michigan, en Estados Unidos. Sin embargo, aquella herencia familiar vinculada con la diplomacia, iba a entrar con fuerza en su vida. Todo comenzó en 1939, cuando empezó a trabajar en una empresa internacional que tenía contactos en Hungría. Eso le permitió acceder a zonas que ya habían sido ocupadas por los alemanes. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y la barbarie nazi ya se esparcía por Europa. Su preocupación por las persecuciones de las que era testigo, hizo que Wallenberg fuera designado como primer secretario de la legación sueca en Budapest, que tenía un departamento humanitario. Aquel nombramiento iba a ser clave para muchos. La historia y los testimonios de los sobrevivientes recuerdan que, utilizando pasaportes de su país, el hombre salvó a miles de judíos que tenían marcado un destino trágico como parte de “la solución final” que promovían los nazis. Dicen que Wallenberg, esgrimiendo salvoconductos suecos, llegó a subirse a los trenes para rescatar a gente que iba hacia los campos de concentración y exterminio. En enero de 1945, cuando ya las tropas rusas ocupaban Budapest y el final de la Guerra estaba muy cercano, Raoul Wallenberg seguía en esa ciudad. Y lo último que se sabe de él es que fue detenido por fuerzas soviéticas y entregado a la NKVD, la agencia de inteligencia luego conocida como KGB. Se cree que lo acusaban de haber hecho espionaje para Estados Unidos. Desde entonces ese hombre, que había enfrentado al poder de los alemanes, está desaparecido. En 2000 una versión sostenía que había muerto en 1947 en la sede de la KGB en Moscú. Pero eso nunca se pudo confirmar. Desde su desaparición, a Wallenberg se lo conoce como “el héroe sin tumba”. El monumento que está en Recoleta fue realizado por el escultor Philip Jackson, un hombre nacido en Inverness, Escocia, en 1944. Es una réplica del que el mismo autor realizó en 1996 y que un año después fue instalado en la Great Cumberland Place, en el área de Marylebone, en Londres. Jackson, al que denominan “un escultor con magia”, había trabajado como reportero gráfico hasta que comenzó a realizar sus obras, preferentemente en mármol. Argentina es el primer país sudamericano en erigir un monumento dedicado a la memoria de Wallenberg. Y se eligió esta ciudad porque muchas de las personas salvadas por el sueco vinieron a vivir al país. Claro que este monumento no es el único que en Buenos Aires recuerda un hecho trágico vinculado con la numerosa comunidad judía de la Argentina. En Plaza Lavalle, frente a Tribunales, una obra de 1,60 por 1,60 metros (está hecha en quebracho y mármol) recuerda a las víctimas del atentado terrorista a la AMIA. Está allí desde 1996 y su autora es Mirta Kupferminc, una artista argentina, nacida en Buenos Aires, que es hija de una mujer húngara y un hombre polaco, inmigrantes que llegaron al país como sobrevivientes de Auschwitz. Lola Mora debió esperar 93 años: En el Congreso ya reinstalaron réplicas de las esculturas de la artista quitadas en 1921 Dicen que Lola Mora fue amante de Julio A. Roca, que era bisexual y que se casó con un hombre 17 años menor para acallar rumores. También dicen que, ni bien murió, sus sobrinas quemaron todos sus papeles para que nada de esto se supiera. Cuentan que vestía bombachas de gaucho y que quiso entrar en la masonería, pero la rechazaron por ser mujer. Pero poco se sabe con certeza sobre Dolores Candelaria Mora Vega. Ni siquiera su fecha y lugar de nacimiento. Según su acta de bautismo, nació el 22 de abril de 1867 en Trancas, Tucumán. Pero muchos dan por cierta la versión de una vecina de El Tala, que dijo que la escultora le contó que la dieron a luz en una estancia de esa localidad, el 17 de noviembre de 1866. A Lola Mora la estigmatizaron como libertina porque se atrevió a ser artista y a mostrar el esplendor del cuerpo humano. Algo inaceptable para la sociedad pacata y machista de inicios del siglo XX. El 1° de marzo, en la inauguración de las sesiones ordinarias, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner saldó una deuda histórica con ella, cuando descubrió las réplicas de dos grupos escultóricos que había creado para la explanada del Congreso. Los originales, emplazados en 1907, fueron quitados hace 93 años, calificados como “adefesios horribles”. Uno de ellos representaba dos leones, la Libertad y el Progreso, y el otro, a la Justicia, el Trabajo y la Paz. Y la Paz tenía un seno descubierto. “No demuestran nuestra cultura ni nuestro buen gusto artístico”, afirmó el diputado conservador Luis Agote, que instó a que los retiraran. En 1921, las esculturas fueron donadas a Jujuy. Hace diez años, hubo intentos oficiales para recuperarlas. Como los jujeños se negaron a cederlas, se recurrió a la tecnología para replicarlas. “Las escaneamos en 3D y corregimos virtualmente los daños, con la guía de fotos antiguas –detalla el arquitecto Luis Gorodner, de Progorod S.A., a cargo de la tarea–. La empresa Fabrinco caló los moldes en poliuretano rígido, que se rellenaron con mármol molido, cemento blanco y hormigón armado. Después se soldó pieza por pieza”. Hija de un hacendado, Lola Mora tomó clases particulares en Tucumán con el pintor italiano Santiago Falcucci, que le inculcó su estilo neoclasicista y romántico. Cuando expuso sus trabajos se armó revuelo, sólo por el hecho de que era mujer. En 1896, ganó por concurso una beca nacional para perfeccionarse en Roma. Allí fue discípula del pintor Francesco Paolo Michetti y del escultor Giulio Monteverde, que la convenció de que se dedicara sólo a la escultura. Tres años después, durante la segunda presidencia de Roca, Lola volvió al país con un boceto de la Fuente de las Nereidas. Se la ofreció a la Municipalidad a cambio de que le pagaran los materiales. El intendente Adolfo Bullrich la aceptó para ponerla en Plaza de Mayo. En Roma, la escultora talló en mármol las distintas partes. Y en 1902, las trajo a Buenos Aires. Pero los moralistas se horrorizaron al ver la versión de Mora del nacimiento de Venus, con tritones y nereidas desnudos y la diosa del amor sentada en una valva. Y se opusieron a que la fuente estuviera frente a la Catedral. Terminó en el Parque Colón, en Alem y Perón. La escultora espantó a todos porque usaba pantalones y se trepaba a los andamios. La fuente fue inaugurada el 21 de mayo de 1903, pero 15 años después la relegaron a la Costanera Sur. También en 1903, a Mora le encargaron las obras para el Parlamento. Las diseñó en su atelier de Roma, donde Roca solía visitarla. En 1906, ya aquí, se fue a vivir al Congreso, donde instaló un taller para terminar el trabajo. Allí se enamoró de Luis Hernández, un empleado legislativo mucho menor que ella con quien estuvo casada seis años. El castillo de La Boca y sus leyendas: Se luce por su arquitectura y por los mitos que lo habitan: fantasmas, duendes y suicidios. Quienes abonan la leyenda la llaman “la torre del fantasma”. Y hablan de gnomos y del suicidio de una pintora muy bohemia. Los más fantasiosos dicen que se escuchan ruidos de cadenas y gritos. Del otro lado están quienes descreen de todo eso, lo desmienten y agregan: nunca existió tal suicidio y todo es parte de otra incomprobable leyenda urbana. Son los que conocen al lugar como “el castillo de La Boca”. Lo concreto es que la construcción ya tiene más de un siglo y, con su estilo catalán modernista, sigue luciéndose en el cruce de la avenida Almirante Brown con la calle Wenceslao Villafañe y la avenida Benito Pérez Galdós, en ese barrio al que muchos vecinos todavía definen como “República”. El edificio ocupa un terreno con forma de trapecio y cuentan que todo empezó cuando alguien con visión comercial le sugirió a María Luisa Auvert Arnaud que lo comprara para hacer allí una casa de renta. La mujer era una rica estanciera con campos en la zona de Rauch y aquello le pareció oportuno, ya que el barrio crecía fuerte por la llegada de muchos inmigrantes. Promediaba la primera década del siglo XX. Así fue como ella le encargó la construcción al arquitecto Guillermo Alvarez, un hombre nacido en 1880 en la gallega provincia de Orense. Alvarez era hijo de un carpintero que emigró hacia la Argentina en 1885. Por su descendencia catalana, la mujer pidió que la obra tuviera la impronta de esa Catalunya lejana. Entonces el diseño tuvo la estética que imperaba en Barcelona. Con planta baja y dos pisos, en la ochava (une las tres calles) la construcción (terminada en 1908) está rematada por una torre con almenas. Es el único sector del edificio que tiene un tercer piso. Además, la parte superior de la torre incluye un tanque de agua, posiblemente el primero de ese tipo que se instaló en La Boca. Ornamentada con motivos geométricos de gran factura, la torre acompaña la belleza del conjunto, también trabajado con delicadeza. En 1910, la Municipalidad le otorgó un primer premio por su arquitectura. Dicen que cuando Auvert Arnaud vio el edificio, optó por convertirlo en su vivienda. Lo decoró a su gusto, trayendo hasta plantas desde España. Los que adhieren a la leyenda, incluyen entre esas plantas algunas con hongos alucinógenos. Y sostienen que en esos hongos solían habitar los “follet”, unos pequeños duendes traviesos que convirtieron el lugar en inhabitable. Cuentan que, por eso, la estanciera dejó el edificio y se fue a Rauch. Allí es donde comienza la otra parte de la leyenda que incluye a una bella mujer llamada Clementina, una artista plástica que había venido a estudiar a Buenos Aires. La ubican viviendo en la torre, como una de las inquilinas que fueron allí cuando el edificio se convirtió en casa colectiva. Y agregan que una vez los duendes fueron fotografiados, se enojaron y provocaron el suicidio de Clementina, por instigación o por acción directa. Nunca pudo comprobarse, pero el mito se mantiene. Y ya que se habla de mitos, no muy lejos del “castillo de La Boca”, en Barracas, también hay otros lugares que alimentan leyendas. Uno es “la casa de los leones”, una mansión que fue de Eustaquio Díaz Vélez. La construcción está en Montes de Oca al 100, junto a la ex Casa Cuna. Cuentan que ahí había tres leones enjaulados, a los que soltaban de noche para que protegieran la casa. Y dicen que cuando la hija de Díaz Vélez celebraba su compromiso con un joven, también de buena familia, un león se soltó y en medio de la fiesta despedazó al novio. Afirman que el dueño de la mansión mató al león con un certero disparo de escopeta. Y que, al poco tiempo, la deprimida hija terminó suicidándose. Caras de la estación Constitución: Una parte del gran edificio remite a la Francia renacentista. La otra es más moderna. Si uno lo mira desde la plaza, en el frente que da a la calle Brasil, se parece al castillo de Maisons Laffitte, de Francia. Y algo de eso hay porque se dice que, para su diseño, los arquitectos ingleses Samuel Parr, James Strong y John Edweston Parr (hijo de Samuel) se inspiraron en aquel edificio neo renacentista. Pero si uno hace unos metros y lo ve desde la calle Hornos, todo es diferente. Allí la imagen que pensaron el inglés Paul Bell Chambers y el estadounidense Louis Newbery Thomas tiene una propuesta mucho más moderna. El edificio con esas dos caras es el de la imponente estación Constitución, uno de los centros ferroviarios clave de la Ciudad y pieza histórica de una Buenos Aires que entonces tenía y mostraba riqueza, al menos para construir esas obras. En 1865 hubo una primera estación. La habían diseñado los ingenieros Petto y Betts y se había construido con materiales traídos de Inglaterra por la empresa dueña del Ferrocarril del Sud. Estaba frente al viejo Mercado del Sur, ése que cada año recibía a miles de carretas que llevaban al puerto la lana y los cueros que llegaban en los trenes y se despachaban hacia Europa. Pero como pronto quedó chica, aquella construcción se cambió en 1885 por la que pensaron los Parr junto con Strong. El resultado es ese edificio de estilo académico francés (es decir: que guarda simetrías) con cúpulas y mansardas cubiertas con tejas de pizarra, de gran resistencia. Apenas cuatro años más tarde hubo reformas. Pero el continuo crecimiento del volumen de cargas y pasajeros llevó a que hacia principios del siglo XX la estación volviera a resultar insuficiente. Así es que antes del final de la primera década se genera un nuevo proyecto, el de Bell Chambers y Newbery Thomas. La idea era un gran rectángulo, con un imponente hall central cubierto por una importante bóveda de cañón corrido con más de 90 metros de largo y casi 40 de altura, sostenida por arcos de acero unidos con losas de cemento. Para aprovechar la luz natural, en cada extremo (sobre Hornos y sobre Lima) y en los laterales tendría grandes ventanales. Cuentan que la idea se tomó de las antiguas salas de los baños termales de la vieja Roma. Hoy, ese hall y esa bóveda son uno de los espacios públicos más grandes de Buenos Aires. En septiembre de 1925 se puso la piedra fundamental y se empezó la construcción. Pero el crack financiero mundial de 1929 dejó trunca la obra. Sólo se hizo el gran hall y los laterales. Y la parte del viejo edificio que sería demolida quedó sobre la calle Brasil. Por eso la estación muestra esas dos caras mencionadas al principio. Allí, en la construcción que conserva un gran reloj, aún se mantiene un símbolo de lo que significaba el ferrocarril a finales del siglo XIX: una gran rueda con dos alas; la conjunción de velocidad y movimiento. La estación Constitución es buen reflejo de un Buenos Aires diferente y ostentoso, de los tiempos en que era “La París de América”. Claro que no sólo tiene edificios para mostrar. También hay monumentos como los que evocan a dos figuras importantes de nuestro pasado. Ambos están en la vecina plaza que lleva el mismo nombre de la estación. Se trata de Juan Bautista Alberdi (un tucumano que fue inspirador de la Constitución Nacional y uno de los más grandes pensadores de la Argentina) y de Juan José Castelli, aquel abogado conocido como “el orador de la Revolución de Mayo” que no sólo lideró ejércitos libertadores sino que también reclutó militantes para la causa patriota. A él lo abatió un cáncer de lengua en octubre de 1812. espero que les allá gustado, en otro post seguire subiendo mas informes...
GIF Russ, la fiesta salvaje noruega: un mes entero de música, sexo y alcohol La organizan los jóvenes que están por terminar el secundario. Van en buses por todo el país Compiten para preparar las mejores fiestas en autobuses, tomar cerveza a raudales, bailar y cantar noches enteras, tener todo el sexo posible en el camino y llevar a cabo una serie de insólitos desafíos durante un mes entero. Se llama Russ (una abreviatura de una vieja celebración nórdica llamada Russefering), comienza a mediados de abril y termina el 17 de mayo, el Día de la Constitución y fiesta nacional noruega. La protagonizan los adolescentes noruegos que están por terminar sus estudios secundarios y es, quizá, la fiesta de adolescentes más salvaje del mundo. "Cuando ves películas estadounidenses tienes la impresión de que hacen fiestas muy locas, pero nosotros tenemos la celebración más descontrolada aquí en Noruega", dijo a Associated Press Frederik Helgesenn, un joven que lidera el comité Russ en su escuela del oeste de Oslo. "No creo que haya nada en el mundo como esto". Los adolescentes se juntan en grupo de entre 15 y 25 y alquilan un bus al que decoran y preparan como una disco ambulante con diferentes pistas. El costo de preparar cada bus puede llegar hasta los 120 mil dólares. Una vez que el bus está listo, los jóvenes se visten con un overol rojo y azul (russebukse), contratan un chofer y parten a las rutas por los fiordos noruegos y van parando en diferentes festivales musicales. La principal parada es en el Kongerparken, un parque en las afueras de la ciudad de Stavanger, donde se realiza una rave de tres días en las que se juntan unos 15 mil adolescentes. Los buses de todo el país compiten para ser los que preparan las mejores fiestas y atraen más gente. Cuando no están de fiesta, los adolescentes compiten en diferentes desafíos, como deambular todo un día con panes en los pies, tomar una cerveza con dos tampones en la boca, comerse una hamburguesa de McDonald´s en dos bocados, tener sexo a la intemperie y a la vista de todos o beber 24 tragos alcohólicos diferentes durante un día. Los ganadores de cada competencia reciben una insignia alusiva que van colgando de su cuello. En los últimos años, ha crecido la preocupación en Noruega por los excesos y descontrol del Russ, que suele terminar con algunos jóvenes heridos. Por eso, han aparecido nuevos desafíos para la fiesta que tienen que ver con realizarse tests para prevenir enfermedades de transmisión sexual o llevar comida a comedores sociales. y ahora... las imagenes!!!! GIF