El_Choripibe
Usuario (Bolivia)

Cómo saber quien visita tu perfil en Facebook. LA VERDAD (esta vez es real) Bueno después de ver tantos virus y trampas al respecto voy a mostrarles con un 100% de fiabilidad como saber si alguien visita tu perfil en Facebook. Me extraña que nadie utilice este método tan efectivo y confiable. Ubicamos a una victima al azar, en este caso seleccioné al amigo Gaston Mira ya que estaba online y sabía iba a funcionar rápido. Una vez elegido el objetivo tienen que hacer click en “Enviar Mensaje”. Y rápidamente confeccionamos un mensaje con el objetivo de obtener la tan deseada información. ¿Visitaste mi perfil? Al cabo de unos minutos, a veces horas o días, depende de la onlineabilidad de la persona vamos a obtener la respuesta. Este método también depende mucho de la honestidad de la persona, aun así es mucho mas efectivo que los virus que hay dando vueltas que en definitiva no hacen nada y toda la info que publican es falsa. Acá les dejo otro ejemplo de una amiga que se vió sorprendida por mi mensaje. En este caso ella NO VISITÓ mi perfil. Hasta ahora todas las veces que usé este método me dio un 100% de efectividad. Me comentaron que también es muy efectivo el teléfono y los mensajes SMS para saber si alguien visitó tu perfil. Pruebenlo y después me cuentan.
Acá tienen al q algunos llamaron "bananero comunista", aca tienen al "borracho", al "incompetente", al "garca", aca lo tienen. A ese del q liberaron(?) a Chile en 1973. "Porque un obrero sin trabajo, no importa que sea o no sea Marxista, no importa que sea o no sea Cristiano, no importa que no tenga ideología política, es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo nosotros"

El gato negro Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que barrocas. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos. La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos, y nunca me consideraba tan feliz como cuando les daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter, y cuando fui un hombre hice de ella una de mis principales fuentes de gozo. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los gozos que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural. Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato. Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo. Plutón—llamábase así el gato—era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle. Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter. Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad. Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción. Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho. No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre... ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley? Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y últimamente a llevar a efecto el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios. En la noche siguiente al día en que fue cometida una acción tan cruel, me despertó del sueño el grito de: "¡Fuego!" Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado, y me entregué desde entonces a la desesperación. No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí la fábrica había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovada recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud, y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras: "extraño", "singular", y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda. Apenas hube visto esta aparición—porque yo no podía considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre, y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía. Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato, y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle. Hallábame sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del tonel, y me sorprendió no haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho. Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era pues, el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta entonces. Continué acariciándole, y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando, caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llego a ella se encontró como si fuera la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer. Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues, precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba. Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de vergüenza, y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible, y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa presencia. Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros. Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, acurrucábase bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias espantosas. Si me levantaba para andar, metíase entre mis piernas y casi me derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror del animal. Este terror no era positivamente el de un mal físico, y, no obstante, me sería muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba el animal habíanse acrecentado a causa de una de las fantasías más perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande, tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos. En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, la imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía! Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la Humanidad. Una bestia bruta, cuyo hermano fue aniquilado por mí con desprecio, una bestia bruta engendraba en mí en mí, hombre formado a imagen del Altísimo, tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, dejábame el animal. Y de noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y que parecía eternamente posada en mi corazón. Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames pensamientos convirtiéronse en mis íntimos; los más sombríos, los más infames de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La mas paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de una furia a la que ciertamente me abandoné desde entonces. Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la escalera me seguía el gato, y, habiéndome hecho tropezar la cabeza, me exasperó hasta la locura. Apoderándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido. Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambien la idea y decidí embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el mas factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas. La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre y no hacía mucho tiempo había sido cubierto en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó endurecer la humedad. Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso. No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta postura hasta poder establecer sin gran esfuerzo toda la fábrica a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables, me preocupé una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique. Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: "Por lo menos, aquí, mi trabajo no ha sido infructuoso". Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir o imaginar la intensa, la apacible sensación de alivio que trajo a mi corazón la ausencia de la detestable criatura. En toda la noche se presentó, y ésta fue la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma. Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo. Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca: Mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción. Inicióse una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura. Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de Policía y procedió de nuevo a una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable del escondite, no experimenté ninguna turbación. Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me altere lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente. Recorrí el sótano de punta a punta, cruce los brazos sobre mi pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la Policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su convicción con respecto a mi inocencia. —Señores—dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacción habrá desvanecido sus sospechas. Deseo a todos ustedes una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen ustedes aquí una casa construida—apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros...¿Se van ustedes, señores? Estos muros están construidos con una gran solidez. Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón. ¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio. Apenas húbose hundido en el silencio el eco de mis golpes, me respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y encontrada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se hinchó en un prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano, un alarido, un aullido, mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno, horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación. Sería una locura expresaros mis sentimientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome, caí contra la pared opuesta. Durante un instante detuviéronse en los escalones los agentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos de los circundantes. Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba.

Si esperaban ver aquí una dura crtítica a la gestión de Chávez en Venezuela, o una servil obsecuencia se equivocan. Es que yo no soy venezolano, ni jamás pise esa tierra latina, por lo tanto, ¿cómo alguien que no es de Venezuela ni nunca la visitó puede opinar sobre lo que pasa en ese país? Me parece de estúpido, de ignorante. Sólo puedo hablar de la puerta para afuera, de Venezuela para afuera. Hoy (por ayer en relidad, 5 de marzo) murió el otrora presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Hugo Chávez. Lejos está este escrito de representar su gestión socio-económica y política en tal país, por los motivos que ya les expuse. Simplemente dedico una palabras a decirles que yo me acuerdo de Chávez, ese Hugo Chávez latino y orgulloso de serlo, que defendió la unión latinoamericana a más no poder, inculcando en todos nosotros nuestro sentimiento de hermanos de tierra. Ese Chávez que sin miedo se enfrentó a Bush, y le dijo lo que todos pensamos, al ALCA, nunca temió a ningún poder imperialista, ni inclinó la cabeza ante usurpadores. Ese mismo que también le hizo frente al Rey de España, sí, el heredero del linaje que esclavizó a nuestros ancestros y sometió a nuestras patrias, reconociendo igualdad, entre todos. Sin linajes, sin distinciones. De ese Chávez yo me acuerdo, del Chávez latinoameticano, y orgulloso de serlo, igual que yo. (Perdón por cerrar los comentarios, es que me cansé de tantos idiotas que insultan a sus hermanos y no entienden que el sentimiento latino es el de unidad)
"Siempre quise patearle el trasero" — Rocky Balboa divagando "¡Ese negro debió morir en Vietnam!" — George Foreman rival de Ali, al perder el Título de los pesos completos en 1974 "Jotea un poco, con pasos sexis y luego zumba como abeja africana y pica, pica, pica!" — Muhammad Ali durante entrevista con Hugo Chavez Muhammad Hussein Obama Ali nació el 17 de enero de 1942. Anteriormente llamado Cletus Marcelus Wallace Clay, cambió su nombre cuando se unió a un grupo terrorista pacifista llamado la Nación del Islam. Es un boxeador estadounidense-islámico, actualmente r̶e̶t̶i̶r̶a̶d̶o̶ en espera de una nueva pelea. Considerado como el más grande jodedor de la historia en la categoría de pesos bien pesados (le partía la cara a cualquiera), fue también una personalidad r̶e̶p̶u̶d̶i̶a̶d̶a̶ destacada y sumamente controvertida a nivel mundial por su activismo político pro-musulmán y pro-negros. (Ali preguntándose quién ganaría una pelea entre su yo y su superyo) Comienzos Muhammad nació en una granja de Kentucky, del condado de Fried Chicken, en EUA. Cuando tenía 12 años, un drogadicto llamado Shorty le robó su bicicleta. Un cantinero (y ex-boxeador) llamado Moe Sislack, alias “Kid Moe” fue testigo del robo y le sugirió a Cletus Clay que debía empezar a pelear, y bajo su tutela creció rápidamente en las categorías juveniles. A pesar de ser un alumno regular, Muhammad ganó 6 veces los guantes dorados de Kentucky Fried Chicken, y se graduó a pesar de sus bajas notas. Previendo el futuro, el director anunció en una ocasión al resto de los profesores de la escuela que Ali algún día haría famosa a la institución. En los Juegos Olímpicos de Guatemala 1960 obtuvo la medalla de oro en la categoría de peso semipesado. Tras ello, se volcó al profesionalismo bajo la tutela de otra leyenda del boxeo: José “el mantequilla” Nápoles. Clay pronto se volvió famoso por su estilo poco ortodoxo, que implicaba el uso de codazos, cabezazos y dos que tres rodillazos; sus resultados espectaculares y su constante autopromoción. Muchas veces recitaba poemas compuestos por él mismo en los que mencionaba en qué round noquearía a su oponente, ejemplos: “Tres más dos son cinco y desde aquí te brinco… caerás en el round cinco”, “Chile, limón y vinagre… te voy a partir la madre…si no te gustó el poema chin…a tu mad…”, "El culo te abrocho, así no pasas del round ocho" Por otro lado, eran reconocidas sus alabanzas a sí mismo con frases como "Soy el más grande", “Lo tengo más grande”, “Así ¿o más grande?”, “No, no tan grande” o "Soy joven, hermoso, rápido, fuerte, cabrón y negro y nadie me puede vencer". ("Vos... Vas a cobrar" ) El 29 de octubre de 1960, en Carson City, obtuvo su primera victoria como profesional. Fue por puntos, en una pelea a 26 asaltos enfrentando a James “Clubber” Lang, quien era el jefe de policía de Fayetteville, West Virginia. Entre 1960 y 1963, el joven pugilista alcanzó un récord de 19-0, incluyendo 15 knockouts. Derrotó a boxeadores de la talla de Balrog, Ivan Drago, Drederick Tatum, Russell “Cenicienta” Crowe y Tommy Gun. También se enfrentó a albañiles mexicanos, que son bien buenos para los trancazos, y les llegó a ganar por decisión dividida. Logró ganarle a un par de transexuales que se burlaron de su corte de cabello; a pesar de que le metían tremendas cachetadas, con sus manotas toscas, el supo cómo moverse y terminó golpeándolos hasta quedar como el Fabiruchis. Como nota anecdótica, Cletus Clay aparece en el film Loca Academia de Policia interpretando al grandulón Moses Hightower y estuvo nominado al Oscar como mejor revelación del año. (Debút profesional de Ali, vs. Clubber Lang) Ali: el Campeón de todos los tiempos (Ali en una de sus relajadas ruedas de prensa) Entre las victorias más resonantes de Muhammad en esta época, deben resaltarse las disputadas con Philliph “Tío” Banks (que logró tirar a la lona a Cassius durante la pelea) y Balrog (una leyenda del boxeo que tenía en su haber 200 victorias). Curiosamente, tanto Banks como Balrog murieron en el ring en combates posteriores. A los funerales asistieron el príncipe del Rap: Will Smith, Carlton Banks, la tía Vivian, Jeffry el mayordomo (por parte del Tío Phill) y Vega, M. Bison y Sagat (por parte de Balrog). Cassius se transformó en el aspirante número uno por el título que en aquel entonces ostentaba Apollo Creed. (Apollo Creed diciendole a Ali: "Te voy a llenar la cara 'e dedo') Éste era temido y respetado, de golpes frontales y muy potentes, y prácticamente nadie otorgaba al joven Cassius oportunidades de derrotar al campeón. Sin embargo, Cassius consiguió la victoria en este combate con su técnica peculiar que el mismo había definido como "vuelo como una mariposa maricona y pico como una abeja africana" la cual se basaba en moverse alrededor del rival de manera sensual y provocativa e ir golpeándole las bolas y demás zonas blandas constantemente de forma que el rival no pudiese pensar en casi ningún momento del combate. (Apollo Creed luego de su pelea vs. Ali) Un año después Cletus Clay (ya llamado Muhammad “el hijo del papá” Ali Binladen Hussein Obama por su conversión a los musulmanes negros) dio la revancha con el título del mundo en juego a Apollo Creed pero éste no pudo hacer nada y fue derrotado en el primer asalto con uno de los KO más bonitos de la historia del boxeo, el golpe con el que lo noqueó fue conocido como Dim-mak y le fue enseñado por Jean Claude Van Damme. (Ali en una de sus tantas espectaculares defensas del título mundial) Ali defendería su corona de campeón del mundo de los pesos pesados en diversas ocasiones y en diferentes escenarios: en castillos, cuevas, en ferias y hasta debajo del agua, hasta que por su negativa a acudir a la maldita guerra de Vietnam (a la que G.W. Bush tampoco asistió y aún así fue presidente) fue desposeído de su título y condenado a 15 años de prisión en Alcatraz y una multa de 10, 000.000 dólares (por ser un negro famoso y rico). Pese a que cueste creerlo (tras enfrentarse a leyendas como Balrog o Apolo Creed), Ali decía que Carlos Gardel, el boxeador y tanguero (porque hacía tangas) argentino, fue su mejor oponente. Su primera derrota se produjo al tratar de reconquistar el cinturón de los pesados ante Joe Frasier Crane alias “Dr. Frasier”, derrota que fue por puntos en 30 asaltos. Pero se pudo desquitar en otro combate, a la salida del auditorio, en la calle. Lograría en 1974 la victoria legendaria Zaire, ante el increíble pegador y vendedor de parrillas para carnes George Foreman que venía de vencer a Frasier en el 3er round; esta colosal pelea es definitivamente la pelea del Siglo, que digo del siglo… del milenio!! (Ali bomaye) Los perros de la prensa, la mugrosa afición y los grandes conocedores del boxeo pronosticaban el fin del gran Ali, sólo creían en él sus fans haciendo famosa la frase Ali Bomayé (Ali es más cabrón), este ganaría la pelea abandonando temporalmente su estilo "baila como una mariposa maricona y pica como una abeja africana", no era el boxeador mamón que humillaba a sus rivales porque, simplemente, no podían tocarlo mientras les hablaba en el ring… era una roca que no mostraba fatiga, que no mostraba dolor y que encima en los entretiempos miraba a las tribunas que lo apoyaron todo el tiempo. Alí gana haciendo gala del estilo "hardcore" una estrategia que consiste básicamente en utilizar sillas, mazos, escaleras y todo lo que encuentre por ahí y golpear hasta medio matar al otro y luego lanzar un ataque letal con los puños. Esto le daría resultado pues acabaría noqueando a Foreman en el octavo Round. Esta pelea significó el inicio grande de Don King también llamado King Kong, como megapromotor en el mundo del boxeo. (Ali mostrándole a Foreman quién manda) (Foreman en la lona antes de que Ali le aplique su ya legendaria "Low kick a la cabeza") El gran Campeón anuncia su retiro (Ali haciendo facha en rueda de prensa, y ya que estaba anunció que se retiraba del boxeo) Anunció su retirada del boxeo, aunque volvió en el año 1980 para disputar el título mundial ante Hulk Hogan, con el que perdió antes del límite. Tras este combate, ponía fin a su carrera en el boxeo profesional de forma d̶e̶f̶i̶n̶i̶t̶i̶v̶a̶ temporal. Su récord al final de su carrera es de: 200 combates disputados con 195 victorias (190 por KO) y 5 derrotas que acabaron en venganza afuera de las Arenas de boxeo. Su regreso a los cuadriláteros (En legendaria contienda, Ali noqueó a Manny Pacquiao la noche que volvió al boxeo) Se dice que Ali está enfermo de mal de Parkinson pero en realidad ha estado preparando un retorno triunfal en su última gran pelea llamada “This is it” que se realizará en Londres, Inglaterra. La pelea será a 45 rounds contra los dos hermanos Klitschko y todos sus amigos del barrio, además los ucranianos podrán subir al ring armados con palos y piedras. Ali ya predijo que su victoria será por una afección cardíaca congenita que sufrirán los hermanos Klitschko antes de subir al cuadrilatero. Actualmente suspendió sus entrenamientos para trabajar en el poema sobre esta profecía. (Ali en rueda de prensa anunciando que el poema que está escribiendo "se zarpa en groso" ) ¿Sabías que... ...Muhammad Ali podría haber lastimado a Chuck Norris? ...Ali era considerado el Miguel de Cervantes del boxeo? ...Ali fue entrenado por Mr. Satán para participar en el Santo Torneo de las Artes Marciales? ...Will Smith interpretó el papel de Muhammad Ali en la película "Men in black", que habla sobre una etapa poco conocida de la vida del boxeador? (Will Smith en su papel de Ali, luego del estreno de la película Ali lo molería a golpes)

Se trata de Marta Yegorovnam, quien en verano de 2009 descubrió lo que sin lugar a dudas debían ser los restos de un OVNI accidentado al lado de su casa en Petrozavodsk. Como mandan los cánones, afirma que estaba "casi insoportablemente caliente" (esas tres palabras son necesarias para dar a entender que el objeto ha pasado por la estratosfera) y que, milagrosamente intacto, ahí seguía el cuerpecito del alien que lo conducía: una criatura de 60 centímetros con una cabeza enorme, grandes ojos bulbosos y una apariencia a caballo entre un pez y un humanoide. Tiene, al parecer, un único brazo gelatinoso. Marta Yegorovnam afirma que hizo entonces lo que cualquiera hubiera hecho en su situación: envolvió el cadáver del alien en plástico y lo metió en el congelador. (Nota del creador del post: WTF!) Así hasta que, ahora, dos años más tarde, dos hombres entraron en su casa y, como mandan las películas de Hollywood, confiscaron el cuerpo del bicho. Se supone que eran de la Academia de las Ciencias Rusas y querían investigarlo. Pero una vez has tenido el cuerpo de un alien en tu congelador durante dos años, la tendencia es a sospechar de estas cosas. La historia ha llegado a los medios gracias a la intervención del escritor de lo paranormal Michael Cohen, que opina que "esto podría ser una broma muy elaborada, pero no debemos ignorar la posibilidad de que sea real: Rusia atrae mucha actividad extraterrestre y es posible que el OVNI fuera detectado y rastreado por agencias militares o civiles. Lo cierto es que los aliens seguramente nos parezcan extraños de apariencia, como este". Y aqui la tan esperada y preciosa(?) foto
No estaba vivo, sólo quería agua Los médicos brasileños declararon muerto a un niño de dos años de edad, después de sufrir "insuficiencia cardiorrespiratoria" en un caso de neumonía, se sentó en su ataúd durante su funeral, pidió agua, y luego "se acostó de nuevo para volver a morir." Los informes de Daily Mail que, según el sitio brasileño ORM, Kelvin Santos al parecer, murió después de haber dejado de respirar durante el tratamiento de la neumonía en un hospital de Belem, al norte de Brasil. Los médicos lo declararon muerto a las 19:40 el viernes. Su cuerpo fue entregado a su familia en una bolsa de plástico. Los padres de Kelvin que estan de luto llevaron a casa el cuerpo donde se llevó a cabo una vigilia durante toda la noche con sus familiares y amigos, y con el cuerpo del niño colocado en un ataúd abierto. Según la revista "The Sun", una hora antes del funeral del muchacho, el sábado, el muchacho supuestamente se sentó en su ataúd y dijo: "Papá, ¿puedes darme un poco de agua?" Según el "Daily Mail", el padre del niño Antonio Santos, dijo: "Todo el mundo empezó a gritar, no podía creer lo que nuestros ojos veian Entonces pensamos que era un milagro había tenido lugar y nuestro hijo había vuelto a la vida. Entonces Kelvin se recostó de nuevo de la misma forma en que estaba. No podían despertarlo. Estaba muerto de nuevo. " ORM informa que la familia del muchacho se apresuró al hospital Abelardo Santos, en Belem, donde los médicos, después de examinarlo, le aseguró a su familia que "en realidad estaba muerto". El Sr. Santos dijo: "Lo que me aseguró que él realmente estaba muerto y no me dió ninguna explicación de lo que habíamos visto y oído." La familia del muchacho decidió ir a lo seguro, retrasando su entierro. Pero el niño fue enterrado finalmente a las 5 de la tarde en un cementerio local. El Sr. Santos está convencido de que su hijo fue víctima de los médicos incompetentes y que a registrado una denuncia con la policía, informa el Daily Mail.. La policía ha puesto en marcha la investigación del caso. Mr.Santos dijo: "Quince minutos después de correr lo llevaron para la resusitación, vino y me dijo que estaba muerto y me entregó su cuerpo Tal vez no lo examinó adecuadamente los muertos no solo se despiertan y hablan... estoy decidido a averiguar la verdad. " El Departamento de Estado local confirmó que Kelvin fue internado en el hospital en "estado crítico" y fue declarado muerto después de sufrir "insuficiencia cardiorrespiratoria".
- Bienvenidos a otro delicioso aporte de @El_Choripibe - Orcos: origen y significado. Orcos, J.R.R. Tolkien, El Señor de los Anillos, El Silmarilion, Tierra Media... Hasta aquí, todo previsible, razonable, aséptico, ¿pero qué sucede si afirmamos que los Orcos existen? O mejor dicho, existieron. ¿Qué son los Orcos? Aquellas criaturas deformes y corruptas al servicio de Sauron, y anteriormente de Morgoth, enemigos de los elfos, hombres y hobbits. El lector promedio de J.R.R. Tokien sabe que esas abominables entidades diabólicas son de su propia cosecha, que aparecen por primera vez en El Silmarilion (The Silmarilion) y luego en El Señor de los Anillos (The Lord of th Rings). Ahora bien, invitamos gentilmente a este hipotético lector promedio a que olvide todo lo que sabe sobre Orcos, pues los Orcos existieron realmente. En El Hobbit (The Hobbit), primera novela publicada de J.R.R. Tolkien en ambientar la Tierra Media, los Orcos son llamados Goblins. La palabra Orco recién aparece impresa en La Comunidad del Anillo (The Fellowship of the Ring), señalando una especie de humanoides abominables -elfoides, en realidad- al servicio del Señor Oscuro. Pero la palabra Orco (Orc, en inglés), a despecho del Diccionario de Oxford, no es una invención de J.R.R. Tolkien, sino el redescubrimiento de una raza mítica que ha dejado pocos rastros, pero rastros al fin. La palabra Orco -Orc- proviene del inglés antiguo. Se la puede traducir como "demonio", esto es, criatura sobrenatural de origen maligno, aunque tanto el término como su uso continúan siendo un misterio. ¿Existía en la perdida mitología inglesa una criatura llamada Orco? Nos atrevemos a afirmar que si. Como siempre que el lingüista se pierde en las formas laberínticas del inglés antiguo, Beowulf emerge como el gran salvador. Allí aparece la palabra Orcnéas -plural de Orc-, que deriva de una antigua palabra para denominar a los Ogros (þyrs), entidades cuya morfología es tan volátil como esquiva. Pero J.R.R. Tolkien, que buscaba desesperadamente dejar de lado los mitos clásicos en su visión de la Tierra Media, elevando así la oscura mitología de las islas británicas, advirtió con horror que la palabra Orc no sólo era parte del vocabulario antiguo de las islas, sino que la misma palabra también existía en latín para denominar una suerte de Dios del submundo y, en ocasiones, su castillo infernal, el Orcus. Orcus era un dios menor del Inframundo temido en algunas regiones montañosas de Italia. Más aún, su presencia se remonta al pueblo Etrusco, anterior a Roma y su posterior imperio. Los Etruscos no adoraban abiertamente a Orco, pero lo aplacaban mediante imágenes sepulcrales donde se lo mostraba como un anciano maltrecho, hirsuto; o bien en un misterioso templo que otrora coronaba la colina palatina en Roma. Más atrás en el tiempo los griegos temían al excecrable Horkos (ὅρκος, roble) una criatura sobrenatural cuyo arbol genealógico haría las delicias del satanista medieval. Pero J.R.R. Tolkien negó rotundamente cualquier vínculo entre sus Orcos y la palabra latina Orc, con sus antecedentes griegos y etruscos incluidos. Para no contradecir al maestro seguiremos su consejo. Dejemos de lado entonces al viejo Orcus en su casa de piedra, y busquemos el orígen de los Orcos en otra parte. Volvamos al Beowulf. Allí aparece la palabra Orcné (pl: orcnéas), el Hapax Legomenon por excelencia, esto es, una palabra que aparece escrita una sola vez en su contexto original (tres, en Beowulf, en distintos momentos del poema), haciendo casi imposible su traducción. La partícula Orc es, y continuará siendo, un misterio, pero casi todos coinciden en asociarla a lo infernal, lo subterráneo, al igual que los taciturnos orcos de J.R.R. Tolkien. Né, por su parte (terminación de Orcné), quizás provenga del gótico Naus, y el nórdico antiguo Nár, ambos con el significado de "cadáver". Normalmente el ingles antiguo utilizaba la palabra Líc para referirse a un cadáver (Nebbed, lit: cama del cadáver, es decir, ataúd), aunque existen excepciones (dryhtné, lit: cadáver del guerrero). Siguiendo esta línea lingüística podríamos sugerir que cuando un inglés contemporáneo del Beowulf escuchaba la palabra Orcné entendía por ello algo así como Cadáver diabólico, Cadáver del Orco, es decir, un habitante del submundo. Pero J.R.R. Tolkien no sólo se nutría de hipótesis lingüísticas, sino en toponímicos muy antiguos, como el que señala las islas órcadas (Orkney), llamadas en gaélico antiguo Insi Orc, la Isla del Orco. Para algunos, estos orcos serían nada menos que los pictos, una tribu particularmente beligerante. Si tomamos como referencia a los vikingos como pueblo guerrero por excelencia, el término adquiere mayor profundidad ya que estos llamaban a esas islas Orkahaugr, El Montículo del Orco. Creo que aquí reside el mayor éxito de J.R.R. Tolkien: la recreación de lugares y criaturas a partir de jirones lingüísticos. Toda la Tierra Media podría reconstruirse de este modo. No sólo los Orcos existieron realmente (en el mito, el modo más real de existir que conozco), sino un sinnúmero de seres, ciudades y episodios de la Tierra Media, recapitulados por J.R.R. Tokien en un intento majestuoso por reivindicar una mitología perdida, olvidada, pero que aún susurra sus misterios en el oído atento, despertando en el lector una memoria que lo precede, aquello que Carl Jung denominó acertadamente Memoria colectiva. _______________________________________(SyS)_______________________________________________ Comunicado oficial Dado que @El_Choripibe © es de la gente en sus posts están habilitados para comentar todos los usuarios: por favor en lo posible dejar gigfs sexys, recuerden que #sexynoesporno FAPcias
Hoy les traigo otra obra del enorme Edgar Allan Poe, espero la lean y disfruten! El entierro prematuro Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa! Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos -abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición. La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta. Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida. En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido. La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características. Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto. Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba. Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce. La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación. El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen postmórtem (autopsia), pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado. Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva. Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo. Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro. El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro. Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal.. Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba. Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión. En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios". Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: "¡Levántate!" Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo: -¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes? -¿Y tú - pregunté- quién eres? -No tengo nombre en las regiones donde habito -replicó la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira! Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba: -¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso? Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?" Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas! Llegó una época -como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertando de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido. Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro. La desesperación -tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre. Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil. El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd. Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima. Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea. -Oye, oye, ¿qué es eso? -dijo una áspera voz, como respuesta. -¿Qué diablos pasa ahora? -dijo un segundo.. -¡Fuera de ahí! -dijo un tercero. -¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés? -dijo un cuarto. Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria. Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión -pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir. Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.