Elhereje
Usuario (Argentina)
¿Podríamos vivir solamente de cerveza? El mito de la barriga cervecera y el experimento de los marineros borrachos Clephane era un médico de la flota inglesa que realizó una prueba clínica en plena Guerra de los Siete Años, de 1756-1763. Tres barcos fueron partieron de Inglaterra a América: A uno de ellos (el Grampus) se le suministró cerveza en abundancia, mientras que a las dos naves de control (el Daedalus y el Tortoise) se les asignó la cuantía habitual de bebidas alcohólicas. Después de una travesía insólitamente larga debido al mal tiempo, Clephane informó que en el Daedalus y en el Tortoise habían necesitado hospitalización 112 y 62 hombres respectivamente. Sin embargo en el Grampus sólo habían sido 13, un resultado bastante claro. Al parecer, los marineros tenían asignadas 8 pintas de cerveza diarias. Es decir, más de 4,5 litros Uno podría pensar, no obstante, que ingerir tanta cerveza se traducirá en la famosa barriga cervecera. Bien, hasta cierto punto es así: si se consume a espuertas y, además, acompañada de comidas de alto contenido calórico, y manteniendo una vida sedentaria. Pero no ocurre así entre las personas que consumen cerveza moderadamente y tienen una dieta mediterránea. A pesar del mito de que el consumo de cerveza produce distensión abdominal, las conclusiones de diversos estudios indican que un consumo moderado de esta bebida fermentada de baja graduación alcohólica no provoca aumento de peso, ni modificaciones en la composición corporal, como el Asociación entre el consumo moderado de cerveza tradicional y sin alcohol y la composición corporal, llevado a cabo por la investigadora en el Instituto del Frío-ICTAN del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Ana María Veses Alcobendas. El estudio se hizo incorporando dos latas de 330 mililitros para los varones y una lata para las mujeres en la dieta. Los resultados de otro estudio publicado hoy parecen confirmar que tampoco hay atisbo de barriga cervecera en un consumidor habitual. El trabajo, elaborado por el Hospital Clínic, la Universidad de Barcelona y el Instituto de Salud Carlos III, que ha sido presentado hoy en el Colegio Oficial de Médicos de Asturias, se ha realizado sobre una muestra de 1.249 participantes, hombres y mujeres mayores de 57 años que, por edad, tienen mayor riesgo cardiovascular. La dosis recomendada por los médicos es de dos cañas diarias para las mujeres y de tres para los hombres, siempre con comidas equilibradas, y siempre que las personas realicen una vida normal. Y ahora, brindad por este artículo. FUENTE
En 1995 DC y Marvel editan en conjunto Green Lantern/Silver Surfer: Unholy Alliances, donde estos dos heroes se unen para para detener a Thanos y Parallax. Las escenas finales de la historia muestran un callejón de New York en donde hay una gran caja de cartón que empieza a emitir poderosos rayos de energia. Este crossover seria el paso previo a la serie de 4 capitulos (y todos sus apendices) conocida como Marvel vs. DC. Descargar Green Lantern & Silver Surfer: Unholy Alliances.rar 31.05 MB: http://www.youswap.com/index.php?download_id=ee0d460e-b822-102a-ba9d-000b6a3d2c0b
Bueno gente, este es mi primer post. Y elegí estos dibujos (que son los que en la serie pinta Isaac Mendez al tener sus visiones, pero el verdadero artista es Tim Sale) porque me mataron y espero que a ustedes tambien les gusten. La verdad es que mi intención era subir capitulos del comic, porque ví que no había mucho del tema. Pero como les dije, es mi primer post y no me doy mucha idea de como hacerlo. Lo que si les puedo ofrecer como data es el link de donde los bajo: http://www.heroes-spain.com/laserie/comics.php Hasta el momento hay 47 episodios traducidos (que son los que quería subir y no pude, je) Que lo disfruten y tengan piedad de de mi que es la primera vez!!!
¿Qué es el afecto? M.P. González, E. Barrull, C. Pons y P. Marteles, 1998 Aproximación al afecto En general se suele identificar el afecto con la emoción, pero, en realidad, son fenómenos muy distintos aunque, sin duda, están relacionados entre sí. Mientras que la emoción es una respuesta individual interna que informa de las probabilidades de supervivencia que ofrece cada situación (véase ¿Qué es la emoción?), el afecto es un proceso de interacción social entre dos o más organismos. Del uso que hacemos de la palabra 'afecto' en la vida cotidiana, se puede inferir que el afecto es algo que puede darse a otro. Decimos que "damos afecto" o que "recibimos afecto". Así, parece que el afecto debe ser algo que se puede proporcionar y recibir. Por el contrario, las emociones ni se dan ni se quitan, sólo se experimentan en uno mismo. Las emociones describen y valoran el estado de bienestar (probabilidad de supervivencia) en el que nos encontramos. Solemos describir nuestro estado emocional a través de expresiones como "me siento cansado" o "siento una gran alegría", mientras que describimos los procesos afectivos como "me da cariño" o "le doy mucha seguridad". En general, no decimos "me da emoción" o "me da sentimiento" y sí decimos "me da afecto". Además, cuando utilizamos la palabra 'emoción' en relación con otra persona, entonces decimos "fulanito me emociona" o "fulanito me produce tal o cual emoción". En ambos casos, se alude básicamente a un proceso interno más que a una transmisión. Parece que una diferencia fundamental entre emoción y afecto es que la emoción es algo que se produce dentro del organismo, mientras que el afecto es algo que fluye y se traslada de una persona a otra. A diferencia de las emociones, el afecto es algo que puede almacenarse (acumularse). Utilizamos, por ejemplo, la expresión "cargar baterías" en vacaciones, para referirnos a la mejoría de nuestra disposición para atender a nuestros hijos, amigos, clientes, alumnos, compañeros, etc. Lo que significa que en determinadas circunstancias, almacenamos una mayor capacidad de afecto que podemos dar a los demás. Parece que el afecto es un fenómeno como la masa o la energía, que puede almacenarse y trasladarse. Por otra parte, nuestra experiencia nos enseña que dar afecto es algo que requiere esfuerzo. Cuidar, ayudar, comprender, etc., a otra persona no puede realizarse sin esfuerzo. A veces, no nos damos cuenta de este esfuerzo. Por ejemplo, la ilusión de una nueva relación no nos deja ver el esfuerzo que realizamos para agradar al otro y para proporcionarle bienestar. Pero, en la mayoría de los casos, todos experimentamos el esfuerzo más o menos intenso que realizamos para proporcionar bienestar al otro. Por ejemplo, cuidar a alguien que está enfermo requiere un esfuerzo y es una forma de proporcionar afecto. Tratar de comprender los problemas de otro es un esfuerzo y es otra forma de dar afecto. Tratar de agradar a otro, respetar su libertad, alegrarle con un regalo, etc., son acciones que requieren un esfuerzo y todas ellas son formas distintas de proporcionar afecto. Ahora bien, a pesar de las diferencias, el afecto está íntimamente ligado a las emociones, ya que pueden utilizarse términos semejantes para expresar una emoción o un afecto. Así decimos: "me siento muy seguro" (emoción) o bien "me da mucha seguridad" (afecto). Parece, pues, que designamos el afecto recibido por la emoción particular que nos produce. Por último, todos estamos de acuerdo en que el afecto es algo esencial en los humanos. No oiremos ninguna opinión que niegue la necesidad de afecto que todos los seres humanos tenemos. En este sentido, todos tenemos la sensación que la especie humana necesita una gran cantidad de afecto contrariamente a otras especies, como los gatos o las serpientes. Esta necesidad se acentúa al máximo en ciertas circunstancias, por ejemplo, en la infancia y en la enfermedad. En resumen, nuestro conocimiento del afecto nos permite señalar algunas características claras: - El afecto es algo que fluye entre las personas, algo que se da y se recibe. - Proporcionar afecto es algo que requiere esfuerzo - El afecto es algo esencial para la especie humana, en especial en la niñez y en la enfermedad. Pero ahora nos queda por decir qué es ese algo al que llamamos afecto y que tiene, entre otras, las propiedades que hemos visto. Afecto como ayuda social El conjunto de los seres vivos puede dividirse en especies sociales y asociales. Se entiende por especies asociales aquellas cuyos individuos no necesitan, en ninguna ocasión, la colaboración de otros individuos de su misma especie para sobrevivir. Esto significa que los recursos que un individuo de una especie asocial necesita los puede obtener por sí mismo. Existe un gran número de especies asociales, como puedan ser el mosquito o la zarzamora. Por el contrario, las especies sociales son aquellas que, por lo menos en algún período de su vida, necesitan ineludiblemente la colaboración de otros miembros de su misma especie para sobrevivir. Un individuo social no puede obtener por sí mismo todos los recursos que necesita para sobrevivir. Para ello, necesita la ayuda y la colaboración de sus congéneres. El hecho social es, pues, el resultado de la necesidad del otro para la supervivencia o, lo que es lo mismo, de la dependencia de los demás para obtener los recursos necesarios para sobrevivir. La cooperación social constituye una necesidad para todas aquellas especies que denominamos sociales. Sin ayuda social, sin la cooperación de los demás, un individuo de una especie social no puede sobrevivir. Existe un gran número de especies sociales con grados muy distintos de necesidad y organización social. Muchas especies sólo son sociales durante una parte de su vida (normalmente mientras son crías) para luego convertirse en individuos solitarios. El oso, por ejemplo, es una especie social sólo en los pocos años en los que la cría necesita la ayuda de su madre para sobrevivir. Luego, cuando la madre lo abandona, el oso vivirá en completa soledad, a excepción de los encuentros inevitables con otros osos, que siempre son más o menos agresivos. Otras especies son sociales durante toda su vida. Especies como las hormigas, los leones o los hombres son altamente sociales, ya que no pueden sobrevivir sin la colaboración y la ayuda de otros individuos de su misma especie. Por supuesto, el grado de complejidad y necesidad social varía mucho de una especie a otra. Dentro de los mamíferos, la especie más social es, sin duda, el hombre. Esto quiere decir que un hombre no puede sobrevivir solo, sin la colaboración directa e indirecta de otros hombres. Desde que nace, el hombre necesita constantemente la colaboración de sus congéneres. Por supuesto, esta dependencia social tiene sus beneficios ya que, gracias a la colaboración, el grupo se hace más fuerte y el individuo tiene más probabilidades de sobrevivir y reproducirse. Cuando decimos habitualmente que el ser humano necesita afecto para su bienestar, nos estamos refiriendo, en realidad, al hecho de que necesita la ayuda y la cooperación de otros seres humanos para sobrevivir. Es decir, la necesidad de ayuda social la expresamos como necesidad de afecto o necesidad afectiva. De ahí que el afecto sea considerado algo esencial en la vida de todo ser humano. Dar afecto significa ayudar al otro, procurar su bienestar y su supervivencia. Efectivamente, el afecto, entendido como ayuda o cooperación para la supervivencia Afecto como trabajo no remunerado en beneficio de los demás. Pero, para ayudar realmente a otra persona hay que realizar algún tipo de trabajo en su beneficio y es por ello que proporcionar afecto requiere un esfuerzo. La verdadera naturaleza del afecto consiste en la capacidad de cada individuo para realizar un esfuerzo o trabajo en beneficio de los demás. Proporcionamos afecto cuando realizamos un trabajo concreto en beneficio de la supervivencia de otra persona u otro ser vivo. Por supuesto, existen muchísimas formas de proporcionar afecto ya que una persona puede realizar trabajos muy diversos que sean en beneficio de los demás. Fundamentalmente se pueden distinguir dos tipos de trabajo: el trabajo muscular y el trabajo cerebral. Para realizar cualquier tarea, por simple que sea, es necesario realizar un trabajo muscular, por pequeño que sea. El solo hecho de mantener el tono muscular o la respiración o el bombeo sanguíneo requieren de trabajo muscular. Pero además, es imprescindible un trabajo cerebral, de procesamiento de la información, de cálculo de posibilidades, de toma de decisiones, etc. El cerebro es un maravilloso ordenador, con una capacidad de procesamiento de datos, que aún siendo increíble, es limitada. La revolución científica e industrial nos ha liberado en gran medida del trabajo muscular, que es realizado por todo tipo de máquinas. Pero el trabajo cerebral aún lo debe realizar nuestro cerebro. Es cierto que los sistemas informáticos actuales empiezan a sustituir algunas funciones muy elementales de nuestro cerebro, pero está muy lejos el día en que puedan realizar el complejo trabajo cerebral necesario para orientar nuestro comportamiento. Por lo tanto, aunque deberíamos considerar las dos formas de trabajo, en la especie humana el afecto queda determinado casi exclusivamente por el trabajo cerebral que se realiza en beneficio de los demás. Además, en la especie humana, se suele considerar el trabajo como todo aquello por lo que obtenemos una remuneración económica. Pero, si por trabajo entendemos cualquier acción que consuma energía, entonces no paramos de trabajar en ningún momento. Incluso durmiendo realizamos una pequeña cantidad de trabajo. Así, todo el trabajo que realizamos fuera de nuestra actividad laboral es no remunerado. Una parte del trabajo no remunerado lo hacemos en beneficio propio, como por ejemplo, descansar, ir al médico, comer, etc. Otra parte del trabajo no remunerado lo hacemos en beneficio de los demás, como por ejemplo, fregar los platos de la familia, acompañar al médico, hacer un regalo, escuchar los problemas de otro, etc. Esta parte del trabajo no remunerado en beneficio de los demás es la que consideramos realmente como conducta afectiva o afecto. Podemos definir el afecto, pues, como el trabajo no remunerado en beneficio de la supervivencia de otras personas u otros seres vivos. En general, este trabajo consistirá en ayudar a obtener algún recurso (alimento, hábitat o conocimiento) necesario para la supervivencia del otro o cederle algún recurso que se ha obtenido previamente. Efectivamente, no sólo proporcionamos afecto realizando directamente un trabajo en beneficio de otra persona sino que también le damos afecto proporcionándole recursos directamente. Cuando damos un recurso a otra persona le estamos proporcionando la energía que tuvimos que consumir para realizar el trabajo necesario para obtenerlo. Dar dinero o un bien, ayudar a resolver un problema, animar cuando se está triste o enseñar algo que no se sabe, significa realizar un trabajo no remunerado en beneficio de la supervivencia del otro y significa, por tanto, darle afecto. En consecuencia, quien recibe afecto experimenta normalmente una emoción positiva, puesto que ve mejorada sus probabilidades de supervivencia (véase ¿Qué es la emoción?). La relación entre afecto y emoción estriba en que al recibir afecto experimentamos una emoción positiva. Así, emoción y afecto están íntimamente relacionados, de ahí que designemos el afecto recibido con un término similar al que utilizamos para describir la emoción que nos produce. La capacidad afectiva de cada individuo viene dada por su capacidad de trabajar en beneficio de los demás de forma no remunerada. La capacidad que tiene un individuo de ayudar a los demás es limitada, ya que depende directamente de la cantidad de recursos a que se tiene acceso y de la capacidad para realizar trabajo. Por lo tanto, podemos decir, también, que la capacidad afectiva (de ayuda social) es algo que puede acumularse, es decir, es algo que puede variar en el tiempo y según cada individuo, ya que tanto los recursos disponibles como la capacidad de trabajo son variables acumulativas. Si la emoción se comporta como una variable de estado intensiva, el afecto lo hace como variable de estado extensiva (el valor total es igual a la suma de las partes). Por último, las necesidades de afecto varían de unos individuos a otros. Así, los individuos más dependientes socialmente, como los niños, la gente muy mayor o enferma, etc., son los colectivos que más afecto necesitan para sobrevivir. Por el contrario, los individuos adultos que han experimentado un desarrollo madurativo adecuado, necesitan mucho menos afecto y, en consecuencia, pueden proporcionar más afecto a los demás. Señales de afecto Hemos planteado que el afecto es una necesidad de todos los organismos sociales, ya que se refiere al trabajo que un organismo realiza en beneficio de otro. En la evolución de las especies sociales hacia grados más complejos de estructura social, aparecen nuevos comportamientos que tienen como función mantener la estructura social de la especie. En la especie humana aparecen normas, valores, rituales y señales afectivas cuya función es el mantenimiento de la estructura social del grupo. Las señales afectivas, en particular, se expresan en un amplio repertorio de conductas estereotipadas, genética y culturalmente, cuya función es garantizar la disponibilidad afectiva de quien las emite con respecto al receptor. La sonrisa, el saludo cordial, las señales de aceptación, las promesas de apoyo, etc., sirven para comprometer a quien las emite y constituyen una fuente de afecto potencial para el receptor. Tanto la etología como la antropología estudian profusamente este tipo de señales o comportamientos. Un organismo social no sólo necesita el apoyo de sus congéneres en el presente, sino que, también, necesita tener alguna seguridad de que este apoyo se mantendrá en el futuro. La función de las señales afectivas reside en satisfacer esta necesidad. Cuando una persona sonríe a otra le está transmitiendo la confianza de que puede contar con ella en el futuro, que es y será reconocido como miembro de su grupo y que, por tanto, está dispuesta a proporcionarle afecto cuando lo pueda necesitar. El resultado es que la persona que recibe la sonrisa experimenta una emoción positiva. No obstante, el hecho de emitir señales afectivas no asegura, en todos los casos, una cesión futura de afecto, debido a que esto dependerá de la capacidad real de trabajo que pueda realizar el emisor. Esto explica como, en la práctica, personas que emiten señales afectivas (sonrisas, saludos, promesas, etc.) luego no pueden proporcionar la ayuda requerida ya que no disponen de la capacidad necesaria para realizar un trabajo. Esta divergencia entre intención afectiva y capacidad afectiva real causa frecuentes y variados conflictos en las relaciones humanas. Las señales afectivas son también un modo de incentivar la reciprocidad en el intercambio afectivo, puesto que el receptor de las mismas experimenta una obligación para compensar el afecto (potencial) recibido. Si un organismo que realiza un trabajo en beneficio de otro, es decir, que proporciona afecto real al otro, no emite señales afectivas, corre el riesgo de no ser compensado por el otro. Así, no sólo ayudamos a los demás sino que, además, hacemos que lo sepan para que los mecanismos sociales (genéticos y culturales) responsables de establecer un compromiso e intercambio recíproco actúen. En resumen, el afecto es la necesidad que tienen todos los organismos sociales de recibir ayuda y colaboración de sus congéneres para poder sobrevivir. El afecto se proporciona mediante la realización de cualquier clase de trabajo (no remunerado en el caso humano) en beneficio de la supervivencia de otro individuo y, por tanto, es transferible y limitado. A medida que aumenta la complejidad social de las especies aparecen las señales afectivas, comportamientos estereotipados cuya finalidad es garantizar la cohesión y la reciprocidad en el intercambio afectivo del grupo. La economía del afecto, en las relaciones sociales humanas, es enormemente compleja y el conocimiento que hoy día tenemos es muy general y tosco. Esperemos que en los próximos decenios puedan cambiar significativamente las actitudes científicas hacia fenómenos tan fundamentales para la supervivencia humana como lo es el intercambio afectivo. ¿Puede ser el déficit afectivo una causa de enfermedad? El gran desarrollo de la Medicina desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, ha cambiado por completo la cantidad y calidad del bienestar humano, especialmente en las sociedades industriales avanzadas. El descubrimiento de Pasteur acerca de la vida microscópica y de su enorme incidencia en la enfermedad de los seres vivos ha conducido a un gran control de las enfermedades infecciosas. Pero, a la par que se van controlando este tipo de enfermedades, estamos asistiendo a la emergencia de un gran número de 'nuevas' enfermedades o, mejor dicho, de enfermedades que antes del siglo XX no tenían casi oportunidad de aparecer. La característica común de todas estas 'nuevas' enfermedades es que no son causadas por agentes microbianos, es decir, ni por virus ni por bacterias. Enfermedades como el cáncer, el infarto, la alergia, la depresión o la obesidad mantienen a la comunidad científica en un perpetuo desconcierto acerca de su origen. Sabemos muchas cosas de ellas, cómo paliar sus síntomas e incluso cómo eliminarlas, pero sus causas son aún un misterio científico en la actualidad. En este artículo queremos plantear la idea de que el déficit afectivo crónico es la causa de enfermedades no infecciosas y de trastornos del comportamiento. En otro artículo de esta Web (véase ¿Qué es el afecto?) hemos visto que la especie humana es extraordinariamente social. Necesita, a lo largo de toda su vida, la ayuda y la colaboración de sus congéneres para sobrevivir y reproducirse. Las diversas formas de ayuda y colaboración social que intercambiamos los seres humanos para lograr nuestra supervivencia las agrupamos bajo el término común de 'afecto'. Tambien hemos visto como el afecto se proporciona realizando cualquier clase de trabajo no remunerado en beneficio de los demás. ¿Qué puede ocurrir cuando una persona no recibe suficiente ayuda de las demás? ¿O cuando una persona proporciona mucha más ayuda de la que recibe? Es decir, ¿qué puede ocurrir cuando una persona tiene un déficit afectivo? Creemos que este tema no ha recibido la atención científica que se merece, a pesar de que la economía de los intercambios afectivos es crucial para la supervivencia del individuo. Para evaluar la relación entre el déficit afectivo y la salud de un organismo es necesario prestar un poco más de atención a lo que significa el hecho de dar afecto. Hemos dicho que dar afecto significa efectuar alguna clase de trabajo cerebral no remunerado en beneficio de otra persona (véase ¿Qué es el afecto?). Cuando un organismo realiza un trabajo, consume una parte de la energía que posee, proporcionalmente a la magnitud del trabajo realizado y a la eficacia con que lo realiza. No sólo consume energía metabólica sino que consume parte de su capacidad de procesamiento cerebral. Efectivamente, para la mayoría de trabajos se necesita utilizar el cerebro para coordinar todas las acciones involucradas en realizar la tarea. Esto significa que el cerebro deja de atender a otras actividades menos urgentes para concentrarse en la tarea principal. Aunque sabemos muy poco del cerebro, la Neurobiología nos enseña que el cerebro ejerce un importante control de las funciones y actividades vitales para el organismo. El cerebro se informa, procesa y trata de controlar los acontecimientos internos y externos del organismo. Por lo tanto, del cerebro dependen la salud de todos los órganos del cuerpo y la adaptación al medio de todo el organismo. Cada fallo del cerebro, cada error de cálculo, se traduce, tarde o temprano, en una disfunción, por pequeña que sea, de alguna parte del organismo. Así, una disminución significativa la eficacia del cerebro producirá una anomalía o enfermedad en algún lugar del organismo. Aunque la evolución que nos precede nos ha dotado genéticamente de un organismo muy eficaz y resistente a las anomalías tanto internas como externas, no cabe duda que, si el cerebro no ejerce su control adecuadamente sobre alguna función orgánica, esta acabará desestabilizándose en forma de enfermedad o trastorno. Lo que queremos razonar es que el déficit afectivo sistemático disminuye la eficacia del cerebro y, en consecuencia, origina enfermedades y trastornos del comportamiento. ¿En qué consiste un déficit afectivo? Hemos visto que el afecto es la ayuda social que intercambiamos los seres humanos con el fin de poder sobrevivir y que ello se realiza mediante el trabajo no remunerado en beneficio de los demás. La parte más importante de este trabajo lo realiza el cerebro. Cada persona recibe ayuda (afecto) y, a su vez, proporciona ayuda (afecto) a los demás. A su vez, cada individuo tiene necesidades afectivas distintas, en cantidad y cualidad, dependiendo de su grado de autonomía. Los niños, por ejemplo, necesitan grandes cantidades de afecto ya que, por ellos mismos, tienen muy poca capacidad para obtener los recursos que necesitan. Los adultos, por el contrario, necesitan menos afecto en general, aunque no pueden prescindir de él. Cuando una persona carece de ayuda suficiente para sobrevivir adecuadamente experimenta un déficit afectivo. Pero para ello no sólo hay que tener en cuenta la ayuda que recibe sino también la ayuda que proporciona. Si proporciona mucha más ayuda de la que recibe de los demás, también puede experimentar un déficit afectivo. Teniendo en cuenta que el trabajo fundamental lo realiza el cerebro, si designamos por WT la cantidad total de trabajo que puede realizar una persona, por Wp la cantidad de trabajo que porporciona, por Wr el trabajo que recibe y por Ws la cantidad total de trabajo que necesita para sobrevivir, todo ello referido a un periodo de tiempo determinado, definimos el estado de déficit afectivo cuando se cumple la siguiente condición: WT - Wp + Wr < Ws Es decir, se produce un déficit afectivo cuando el trabajo total que puede realizar una persona, menos el trabajo (afecto) que proporciona a los demás, más el trabajo (afecto) que recibe de los demás es inferior a la cantidad de trabajo que necesita para sobrevivir. En el caso de los niños, el déficit afectivo se producirá, en general, por el hecho de no recibir la ayuda suficiente para desarrollarse normalmente. Puesto que los niños tienen menos capacidad para realizar trabajo (WT << Ws), el déficit dependerá fundamentalmente de la escasez de la ayuda recibida (Wr). En los adultos maduros el déficit afectivo se producirá por proporcionar ayuda a los demás por encima de sus posibilidades. Los adultos maduros tienen una mayor capacidad afectiva ( WT > Ws) y, por tanto, el déficit se producirá cuando la ayuda que prestan a los demás les prive de la energía suficiente para sobrevivir. Las personas que tienden a ayudar a las demás sin esperar ni recibir ningún tipo de recompensa suelen experimentar un déficit afectivo. El déficit afectivo en los niños es algo que intuimos habitualmente, pero en los adultos suele pasar desapercibido. Ahora bien, el déficit afectivo provoca que el cerebro esté sometido a un estrés excesivo debido a que, o bien tiene que atender a demasiadas situaciones que aún no está preparado para resolver, en el caso de los niños, o bien tiene que atender a demasiados problemas de otras personas, dejando de lado los propios problemas, en el caso de los adultos. En los niños, el déficit afectivo se produce tanto por subprotección como por sobreprotección. La subprotección hace que el niño deba afrontar problemas sin tener la capacidad suficiente para superarlos, lo que conduce a un desarrollo desequilibrado de sus capacidades y de su personalidad. Por el contrario, la sobreprotección hace que el niño no adquiera los aprendizajes necesarios para sobrevivir, es decir, que sufra un grave déficit de desarrollo, de modo que, posteriormente, será incapaz de afrontar los retos que le imponga la vida. Ayudar al desarrollo de un niño significa protegerlo de las situaciones que no puede superar y desprotegerlo de (enfrentarlo a) las situaciones que sí tiene capacidad para resolver. En los adultos, el déficit afectivo se produce cuando el trabajo de ayuda proporcionado a los demás merma su capacidad cerebral para atender a las propias necesidades. En general, todo adulto puede proporcionar una cierta cantidad de ayuda sin que, por ello, su cerebro no pueda atender a los requerimientos de su propia supervivencia. Pero existen muchas circunstancias que pueden favorecer el que un adulto sobrepase, sin darse cuenta, su límite personal de ayuda a los demás. Cuando esto ocurre, su cerebro pierde eficacia al tratar los problemas que incumben a su propia supervivencia y bienestar. Por tanto, si un déficit afectivo persiste, el cerebro no dispone de suficiente capacidad para evaluar correctamente cada situación y empieza a procesar incorrectamente informaciones vitales para el organismo. Se produce, así, un aumento de la ineficacia del cerebro (disfunción neuronal) y sus consiguientes errores emocionales (Véase ¿Qué es la emoción?): cree tener hambre cuando no es así, cree que no hay peligro cuando en realidad sí existe, no tiene tiempo para pensar en sí mismo o no le preocupa el daño que se hace al fumar, etc. El resultado de esta persistente ineficacia es la aparición, tarde o temprano, de alguna forma de enfermedad o trastorno cerebral. En resumen, creemos que una persistente falta de ayuda por parte de los demás (déficit afectivo) provoca un estrés cerebral o ineficacia cerebral que, a su vez, acaba produciendo enfermedades y trastornos de muy diversa índole, dependiendo de factores tales como la predisposición genética, la cultura o los determinantes ambientales. Aunque parece que el déficit afectivo está en el origen de muchas enfermedades, no determina, sin embargo, la forma particular que adoptan. Esto es debido a la enorme complejidad del cerebro y a su función central en el devenir de todo el organismo. Una disfunción cerebral puede afectar a cualquier función del organismo y de cualquier forma posible. Las combinaciones son casi infinitas y, por tanto, las sintomatologías son muy diversas. Puesto que es imposible desentrañar la estructura de la información almacenada en el cerebro, sólo podemos aproximarnos a ella a través de los elementos externos que la configuran. Simplificando, podemos decir que al cerebro le llegan tres tipos básicos de información: en primer lugar, información genética que le viene dada por la naturaleza particular del organismo en el que se encuentra, incluido él mismo (información acerca del 'hardware'). El cerebro tiene que controlar un enorme número de variables orgánicas que están definidas genéticamente (corazón, metabolismo, estómago, circulación sanguínea, huesos, músculos, etc.). En segundo lugar, el cerebro tiene que operar con información cultural, que en el caso de la especie humana adquiere su máxima expresión. Conocimientos, valores, normas sociales, símbolos, etc. constituyen informaciones muy complejas que operan directamente en y desde el cerebro (programas de actuación o 'software'). Finalmente, el cerebro tiene que procesar un gran flujo de información ambiental determinada por las condiciones externas en las que debe operar el organismo. La interrelación e integración de estas tres modalidades de información en cada cerebro particular determina la forma concreta en la que se manifiestan las disfunciones cerebrales en ese organismo. Así, podemos hablar de la incidencia simultánea y variable de los tres factores en la determinación de la sintomatología particular de cada caso. Los factores genéticos o predisposiciones genéticas son muy importantes porque determinan los puntos estructurales más débiles del organismo. De esta forma, la ineficacia cerebral tenderá a manifestarse en primer lugar en aquellos puntos del organismo estructuralmente más débiles. Pero las enfermedades no aparecen por el simple hecho de tener una predisposición genética. Es necesario que el cerebro cometa muchos errores para que se manifiesten en el lugar donde señalan los genes del enfermo. El avance de la investigación genética nos permite conocer mejor cuales son los puntos débiles del organismo y ayudar a prevenir que se colapsen. Pero, para prevenir que una predisposición genética se manifieste en enfermedad, será necesario contar también con los déficits afectivos que puedan provocar la enfermedad. Una de las razones por las que se hace difícil ver en la práctica la relación entre el déficit afectivo y la enfermedad es la enorme resistencia de nuestro organismo frente a las anomalías. Miles de millones de años de evolución a nuestras espaldas nos han dotado de un organismo capaz de resistir grandes pruebas. Es por ello que, con frecuencia, sólo al cabo de varios años un déficit afectivo se manifiesta en enfermedad, lo que dificulta enormemente ligar ambos hechos. No obstante, esta situación parece estar cambiando debido a que, desde la Revolución Industrial, la selección genética está desapareciendo. Cada nueva generación de hombres industriales incorpora variantes genéticas endebles, cuando no perniciosas, que no desaparecen debido a que las condiciones de extremada abundancia permiten su reproducción, pasando a formar parte del acervo genético de la población. El resultado es que cada nueva generación humana es más débil genéticamente que la anterior. Por tanto, es de esperar que el tiempo necesario para que un déficit afectivo se manifieste en enfermedad se irá acortando en las próximas generaciones y se hará más patente su incidencia en la salud de los seres humanos. Pero no sólo intervienen factores genéticos para señalar los puntos débiles del organismo. Otro gran grupo de factores son los culturales. La cultura, o información almacenada físicamente en el cerebro, constituye el 'software' vivo del organismo y determina una gran parte de su orientación conductual. Predispone al cerebro para atender diferencialmente a unos estímulos frente a otros, a dar más importancia a unas cosas que a otras. Por tanto, también podemos hablar de predisposición cultural a determinadas enfermedades. Un ejemplo servirá para ver como actúa la predisposición cultural. Supongamos que una persona da una enorme importancia a su imagen externa, a como le ven los demás. Su cerebro estará programado para atender, en primera instancia, a todo aquello que pueda afectar a su imagen externa. Por lo tanto, el cerebro tenderá a descuidar más las funciones de órganos internos, que no tienen una manifestación externa. El resultado será que, si esta persona está sometida a un déficit afectivo crónico, padezca una enfermedad que retrase al máximo su manifestación externa, como por ejemplo infarto, cáncer, etc. Es decir, factores culturales han determinado o limitado la localización de una enfermedad. Otro ejemplo muy frecuente es cuando una persona tiene un alto grado de responsabilidad frente a los demás y, por tanto, no puede permitirse el 'lujo' de estar enferma. Durante muchos años no manifiesta ningún síntoma ni ninguna debilidad. Pero llega un día en que, inexplicablemente, cae eferma, de forma grave e irreversible, sin esperanza alguna de recuperación. La incidéncia de los factores culturales, tales como la imagen externa o la responsabilidad frente a los demás, es aún muy poco conocida y es necesario aumentar su investigación. Por último, también hay que destacar los factores ambientales, como los geográficos y los socioeconómicos. Las enfermedades se distribuyen heterogéneamente según el hábitat y el nivel socioeconómico de los enfermos. Se sabe muy bien que la alimentación, la luz solar, la contaminación atmosférica, la humedad relativa, y miles de factores ambientales determinan la manifestación de una enfermedad. Igualmente, el nivel económico y social determina el acceso a determinados recursos que inciden sobre la aparición de determinadas enfermedades. Este grupo de factores, junto con los genéticos son los más estudiados y conocidos actualmente. Una analogía nos servirá para ejemplificar esta idea. Imaginemos que colocamos una olla a presión sobre un fuego, llena de agua y con sus válvulas de seguridad soldadas. Sabemos que tarde o temprano estallará. ¿Cuál ha sido la causa de su explosión? Sin lugar a dudas, el calor que ha recibido ha producido un incremento de la presión interna por encima de su límite de resistencia. Por tanto, la causa de la explosión ha sido el excesivo calor recibido. Pero ¿cual será el lugar por el que estallará o de que forma estallará? Sólo podemos saber que estallará por su punto más débil y este dependerá de múltiples factores. Las impurezas en el material, la calidad de la fabricación, la resistencia de las soldaduras, etc., son factores que decidirán el lugar, el momento y el modo en que se producirá el estallido de la olla. Lo que queremos plantear es que la enfermedad no infecciosa de un organismo, derivada de una ineficacia cerebral, es como el estallido de la olla. La enfermedad producida por un déficit afectivo se manifiesta en el punto más débil del organismo que está determinado por la interrelación simultánea de múltiples factores genéticos, culturales y ambientales. En el siguiente cuadro tratamos de resumir este planteamiento conocido como 'enfoque biopsicosocial'. El enfoque biopsicosocial se ha desarrollado en estos últimos años debido a la creciente conciencia de que en la enfermedad no sólo están involucrados los problemas orgánicos específicos sino que, además, existen importantes factores psicológicos y sociales que intervienen en el origen y en el curso de muchas enfermedades (Véase los links de biopsicosocial). Nuestro planteamiento es que un déficit afectivo significativo acaba produciendo algún tipo de disfunción neurológica, es decir, una disminución de la eficacia con que el cerebro procesa la información vital para la supervivencia del organismo. Esta situación, junto con un conjunto complejo de factores genéticos, culturales y ambientales, determina la manifestación de una sintomatología particular. En general, podemos distinguir cuatro grandes clases de manifestaciones de sintomatologías neurológicas: trastornos psicológicos: depresión, angustia, fobia, obsesión, etc. conductas de riesgo: conducción temeraria, drogas, sobre o sub alimentación, etc. déficits de desarrollo: fracaso escolar, laboral, reproductivo, etc. comportamientos violentos: asesinatos, malos tratos, violaciones, robos, etc. Los factores genéticos, culturales y ambientales son los que determinan la manifestación concreta en cada paciente particular. Pero los cuatro tipos de anomalías se derivan de un pobre e ineficaz rendimiento del cerebro en su tarea de procesar la información necesaria para lograr la supervivencia y la salud del organismo. Las enfermedades no producidas por virus ni bacterias, tales como el cáncer, el infarto o la obesidad, por ejemplo, están íntimamente asociadas a los trastornos psicológicos y a las conductas de riesgo fundamentalmente. En general, la ineficacia cerebral, producida por un déficit afectivo sistemático, produce algún trastorno en el funcionamiento cerebral que se manifiesta en algunas de las anomalías mencionadas. Estas, a su vez, acaban produciendo el padecimiento de alguna enfermedad somática. No obstante, creemos que una ineficacia cerebral puede traducirse directamente en una enfermedad somática, aunque no suele ser lo usual. Por último, creemos que existen razones para pensar que incluso en las enfermedades infecciosas existe una incidencia del déficit afectivo. Aunque dichas enfermedades están causadas por agentes microbianos, es sabido que el organismo dispone de mecanismos de defensa frente a ellos. Y, por lo que sabemos del cerebro, la capacidad inmunológica de un organismo está afectada por el funcionamiento cerebral de forma directa y, sobre todo, indirecta. Por tanto, la debilidad de un organismo frente a los ataques microbianos también puede atribuirse a la existencia de un déficit afectivo. En resumen, planteamos la hipótesis de que muchas de las enfermedades no microbianas y la mayoría de los trastornos del comportamiento están causados por un importante déficit afectivo en el enfermo y que múltiples factores (genéticos, culturales y ambientales) determinan la forma en que se manifiesta la enfermedad y su sintomatología. Por tanto, el diagnóstico de la enfermedad debería incluir un análisis de las relaciones afectivas del enfermo con el fin de determinar la existencia de un probable déficit afectivo. Así, además de hacer el tratamiento oportuno de la sintomatología, se podría tratar de orientar al enfermo para resolver determinadas relaciones deficitarias que están en el origen de la enfermedad. Si no se actúa también sobre la causa de la enfermedad, es de esperar que la misma, u otra enfermedad se vuelva a manifestar al cabo de un cierto tiempo, y así, sucesivamente. Ahora bien, una vez que se ha producido una enfermedad, es un error pensar que puede curarse mediante la eliminación del déficit afectivo que la provocó. Aunque el organismo tiene una cierta capacidad de autorecuperación, una enfermedad suele ser, en la mayoría de los casos, una degradación irreversible que sólo puede recuperarse mediante una intervención médica externa adecuada. Es decir, el diagnóstico de un déficit afectivo y su disminución o eliminación sólo produce efectos preventivos de la enfermedad, no curativos. A veces ocurre que cuando una persona cae enferma gravemente, hace un cambio importante en sus relaciones afectivas, logrando disminuir, cuando no erradicar, los déficits afectivos existentes. El paciente no tiene conciencia de ello, pero el resultado suele ser una recuperación muy satisfactoria y un pronóstico favorable. Muchos cambios en las relaciones afectivas se producen como consecuencia de una enfermedad. La Biopsicología puede jugar un papel importante en la orientación y asesoramiento del enfermo para que este proceso no ocurra sólo de forma esporádica y azarosa. Es en este sentido que creemos que la Biopsicología puede ayudar a la Medicina en su objetivo final de lograr el bienestar y la salud de las personas. M.P. González, E. Barrull, C. Pons y P. Marteles, 1998 Fuente