FerenczyV
Usuario (México)
Observa detras de ti Resonaban secos los pasos en aquella iglesia de la época inquisitoria. Habia ido allí con un propósito, desentrañar los secretos de las irreales leyendas que circulaban por aquella localidad prácticamente deshabitada. Antiguamente, no hará hace muchos años, la localidad rebosaba vitalidad y en las calles se podía respirar tranquilidad, pero desde hace un año las desapariciones inexplicables de chicas vírgenes cerca de la iglesia en la que me encontraba habian suscitado el terror de los habitantes, obligandolos a abandonar sus casas por riesgo a que aquellas desapariciones desencadenasen algo peor. Recorrí el pasillo que hay entre los bancos hasta el altar. Las paredes de la iglesia parecian manchadas de la sangre de aquellas vírgenes desaparecidas y por alguna extraña casualidad las estatuas de los santos tenían un brillo especial en los ojos, como si fueran humanos. Súbitamente un escalofrío hizo que me levantase como si tuviese un resorte en mi espalda, la luz de la luna desaparecía por las ventanas, oscureciendo la sala y todo lo que había en ella. Al final del pasillo, en dirección contraria a donde yo caminaba, dos fantasmagóricos ojos rojos rodeados de una neblina negra que parecía matar todo lo que a su paso tocaba se fijaban en los míos de forma casi hipnótica y por mi cuerpo empezó a vibrar un terror frío tan atroz como jamás hubiera nadie sentido, ni siquiera al encontrarse frente a la muerte. No sabía quien me esperaba, qué o quién era aquello que me provocaba aquella necesidad de huir dejando todo atrás. De repente, y sin darme tiempo a reaccionar, la presencia recorrió la considerable distancia existente entre nosotros como si de una exhalación se tratase, y ocurrió, hundió su mano en mi pecho y sintiendo como desgarraba cada un de mis venas y arterias al intentar arrancarmelo fijó sus ojos en los míos que empezaron a salirse de sus cuencas. El dolor no me dejaba pensar y sentía morir mi cuerpo con cada gota de sangre que derramaba y sin saber de donde venía, una presencia aun más tenebrosa que la anterior apartó a aquel espectro de mi cuerpo casi moribundo y parecieron desaparecer las dos en una neblina opaca, antes de que la luz de la luna volviera a bañar mi cuerpo casi sin vida sobre un charco sangriento. Aún hoy, despues de casi experimentar la muerte más horrible que puede existir sigo con vida. Mis ojos se salieron definitivamente de sus cuencas aquella noche y desaparecieron en la iglesia pero aún puedo ver. ¿Cómo les puedo explicar que sin ojos, sea capaz de ver?, es sencillo, solo tienes que observar en cualquier lugar de tu habitación, mis ojos ven en cualquier parte, rojos y vacíos, como los del espectro de aquella noche, vacíos como la cavidad donde ya no está mi corazón. Comentar es Gratis
ACLARO QUE SOY MEXICANO La ortografía es el conjunto de normas que regulan la escritura de una lengua, aqui algunos de aquellos que les valió madres: Fotos tomadas a lo largo de la Republica Mexicana. Igual no esta en México pero se ve cagado no? Sí te gusto comparte y si no pus no jajajajja

LOS OJOS - Guillermo Estrella Se casaron y los esponsales fueron para ellos, como un sueño de cánticos y perfume. Luego entró la muerte en la casa y el hombre quedó yerto. La viuda deliró de dolor. Todos los detalles del velorio rivalizaban por señalarle la magnitud de su pérdida: el ataúd dilatado, para que cupiera el ancho cuerpo varonil; los documentos amarillos que atestiguaban su buen linaje; la presencia de un desconocido que venía a saldar a su modo, un ignorado acto de bondad. Las amigas acudieron en masa. Venían llorando, sobreexcitadas desde el zaguán por el ambiente tétrico de la pompa mortuoria. -¡La pobre Julia! -clamaban, y entraban en montón de negro a las habitaciones. En su mayoría eran jóvenes; amigas de tes y bailes, que habían asistido al noviazgo de los dos. Una que otra, tras de taponarse los ojos con el pañuelo, permanecía con la mirada perdida, religiosamente quieta. Quizá sintiera en el fondo de la entraña una íntima viudez; tal vez renovara el dolor de la pérdida de un hombre, llevado primero por otra mujer que por la muerte. Allí estaba la mujer que Tito había cortejado antes de prendarse de la otra; allí estaba la que lo había adorado en silencio; allí estaba la fea, que lo había querido sin antes, sin después, y sin silencio. Yo también era amigo de Tito y fui a verlo por última vez. Al entrar, uno de esos parientes que nunca faltan, me cerró el paso: -¿Qué prefiere usted, tomar café o ver primero al muerto? Opté por el café. Una convulsión de sollozos, llegaba desde las estancias vecinas, cerradas a pura persiana con las mirillas en alto, como un raspón a contrapelo. Venía de ese punto un confuso lamentar entrecortado y cuando los elogios de las mujeres subían de punto, he ahí que surgía repentinamente la voz de la viuda, con un no sé qué extemporáneo acento de desafío: "¡Tito! ¡Tito mío! ¡Mío solamente!" Supuse que se disponían a dirigirse a la pieza mortuoria y quise evitar el encuentro. Siempre he odiado el espectáculo de las mujeres llorando. Empiezan por darme una infinita sensación de desamparo y terminan por parecerme terriblemente cargosas. Por eso resolví aplazar la visita. Quedé en el patio, escuchando la conversación de un grupo de hombres. Eran todos de la misma oficina, y como es natural no tardaron en enzarzarse en una discusión política. Y no estuve desacertado en quedarme allí. Pasó la viuda hacia la cámara del velorio sostenida por amigas de confianza y pasaron otras llorosas más, formándole el cortejo de la desgracia. Julio me saludó al pasar, doloridamente, y dejó caer las palabras antes de seguir: -¡Está tan natural! Comenzaron a entrar en la lúgubre estancia. Y entonces vi la cosa. Apenas pisado el umbral, las mujeres se erguían rápidamente, se secaban los ojos, componían el cabello con gesto rapidísimo y certero. Dios me perdone si vi mal, pero aquello me fue patente en esos momentos. ¡Si hasta parecía que echaban de menos la polvera! Algo se escandalizó dentro de mí mismo. ¿Sería posible, ¡Dios mío!, que las mujeres tuvieran que componerse hasta para ver a un hombre muerto? Llegué bruscamente a la estancia, pasé por entre el grupo de mujeres y me arrimé al ataúd. Al mirar hacia adentro, un detalle me proporcionó la clave de la insensata frivolidad femenina. ¡El cadáver tenía los ojos abiertos, en su estuche de caoba! Y comprendí el significado del gran grito de antes, que se repetía ahora como una contestación a todas las mujeres; el grito que tenía un extraño, fantástico, excluyente acento de desafío: "¡Mío! ¡Solamente mío!" Allí había algo más que una pena. LOS CAZADORES DE RATAS - Horacio Quiroga Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oír insólito ruido. Como la vista no es su agudeza particular, las víboras mantuviéronse inmóviles, mientras prestaban oído. -Es el ruido que hacían aquéllos...-murmuró la hembra. -Sí, son voces de hombres; son hombres -afirmó el macho. Y pasando una por encima de la otra se retiraron veinte metros. Desde allí miraron. Un hombre alto y rubio y una mujer rubia y gruesa se habían acercado y hablaban observando los alrededores. Luego, el hombre midió el suelo a grandes pasos, en tanto que la mujer clavaba estacas en los extremos de cada recta. Conversaron después, señalándose mutuamente distintos lugares, y por fin se alejaron. -Van a vivir aquí -dijeron las víboras-. Tendremos que irnos. En efecto, al día siguiente llegaron los colonos con un hijo de tres años y una carreta en que había catres, cajones, herramientas sueltas y gallinas atadas a la baranda. Instalaron la carpa, y durante semanas trabajaron todo el día. La mujer interrumpíase para cocinar, y el hijo, un osezno blanco, gordo y rubio, ensayaba de un lado a otro su infantil marcha de pato. Tal fue el esfuerzo de la gente aquella, que al cabo de un mes tenían pozo, gallinero y rancho prontos. -aunque a éste le faltaban aún las puertas. Después, el hombre ausentose por todo un día, volviendo al siguiente con ocho bueyes, y la chacra comenzó. Las víboras, entretanto, no se decidían a irse de su paraje natal. Solían llegar hasta la linde del pasto carpido, y desde allí miraban la faena del matrimonio. Un atardecer en que la familia entera había ido a la chacra, las víboras, animadas por el silencio, se aventuraron a cruzar el peligroso páramo y entraron en el rancho. Recorriéndolo, con cauta curiosidad, restregando su piel áspera contra las paredes. Pero allí había ratas; y desde entonces tomaron cariño a la casa. Llegaban todas las tardes hasta el límite del patio y esperaban atentas a que aquella quedara sola. Raras veces tenían esa dicha. Y a más, debían precaverse de las gallinas con pollos, cuyos gritos, si las veían, delatarían su presencia. De este modo, un crepúsculo en que la larga espera habíalas distraído, fueron descubiertas por una gallineta, que, después de mantener un rato el pico extendido, huyó a toda ala abierta, gritando. Sus compañeras comprendieron el peligro sin ver, y la imitaron. El hombre, que volvía del pozo con un balde, se detuvo al oír los gritos. Miró un momento, y dejando el balde en el suelo se encaminó al paraje sospechoso. Al sentir su aproximación, las víboras quisieron huir, pero únicamente una tuvo el tiempo necesario, y el colono halló sólo al macho. El hombre echó una rápida ojeada alrededor, buscando un arma y llamó -los ojos fijos en el gran rollo oscuro: -¡Hilda! ¡Alcanzáme la azada, ligero! ¡Es una serpiente de cascabel! La mujer corrió y entregó ansiosa la herramienta a su marido. Tiraron luego lejos, más allá del gallinero, el cuerpo muerto, y la hembra lo halló por casualidad al otro día. Cruzó y recruzó cien veces por encima de él, y se alejó al fin, yendo a instalarse como siempre en la linde del pasto, esperando pacientemente a que la casa quedara sola. La siesta calcinaba el paisaje en silencio; la víbora había cerrado los ojos amodorrada, cuando de pronto se replegó vivamente: acababa de ser descubierta de nuevo por las gallinetas, que quedaron esta vez girando en torno suyo, gritando todas a contratiempo. La víbora mantúvose quieta, prestando oído. Sintió al rato ruido de pasos -la Muerte. Creyó no tener tiempo de huir, y se aprestó con toda su energía vital a defenderse. En la casa dormían todos, menos el chico. Al oír los gritos de las gallinetas, apareció en la puerta, y el sol quemante le hizo cerrar los ojos. Titubeó un instante, perezoso, y al fin se dirigió con su marcha de pato a ver a sus amigas las gallinetas. En la mitad del camino se detuvo, indeciso de nuevo, evitando el sol con el brazo. Pero las gallinetas continuaban en girante alarma, y el osezno rubio avanzó. De pronto lanzó un grito y cayó sentado. La víbora, presta de nuevo a defender su vida, deslizóse dos metros y se replegó. Vio a la madre en enaguas correr hacia su hijo, levantarlo y gritar aterrada. -¡Otto, Otto! ¡Lo ha picado una víbora! Vio llegar al hombre, pálido, y lo vio llevar en sus brazos a la criatura atontada. Oyó la carrera de la mujer al pozo, sus voces. Y al rato, después de una pausa, su alarido desgarrador: -¡Hijo mío...! Comentar es gratis

Este relato no es de H.P. Lovecraft pero si esta redactado (segun yo), a su mas puro estilo, espero les guste: Cualquiera que se considere cuerdo, lo primero que pensará de la historia que estoy plasmando en el reverso de los folios mecanografiados por una sola cara que encontré en una de las casas de Postville es que se trata de una historia pergeñada por la mente trastornada de un residente loco fugado del manicomio de North Temple. Y si he de ser franco, posiblemente lo esté. Por ello, una vez que concluya con la ardua labor de escribir lo acontecido en las últimas horas, lo más probable es que me arme de valor, forme una especie de cuerda con las sábanas de la cama de mi habitación del hospital en donde me encuentro, lo anude alrededor de la lámpara del techo, y si este resiste mi peso, decida ahorcarme para librarme del terrible futuro que me aguarda... Todo tuvo su inicio el día 2 de Abril, cuando me encontraba conduciendo mi Ford descapotable del 61 por la carretera mal asfaltada de Lowchester a poco más de noventa por hora. Recuerdo estar tarareando una canción comercial de Elvis cuando me vi sorprendido por la súbita aparición de un tipo emergiendo de entre la maraña de altas hierbas del lado izquierdo de la carretera, situándose frente a mi coche y haciendo con vehemencia señales con los brazos para que me detuviese. Eso hice más que nada por no llevármelo por delante. El hombre que se acercaba a la ventanilla de mi lado tendría unos treinta años, era alto, de fisonomía atlética y encima vestía con aparente buen gusto. Bajé el cristal de la ventanilla para ver qué se le ofrecía. - ¡Baje deprisa, por favor! ¡Mi mujer se encuentra en grave estado! Con su coche la podremos acercar al centro sanitario más cercano - me dijo en un ruego de lo más desesperado. Convine en serle de ayuda en lo que pudiera y bajé del coche. El hombre me precedió por un estrecho camino creado por el continuo peso de las pisadas de algún que otro excursionista de fin de semana hasta que llegamos ante una especie de choza sucia y muy mal conservada. - Mi mujer se encuentra en el interior. Ayúdeme a sacarla de allí. Está inconsciente - me informó el hombre. Entramos en la choza y allí dentro estaba su esposa echada de medio lado sobre un catre destartalado y mugroso. Entre los dos conseguimos sacarla y volvimos por el mismo camino estrecho que nos llevaría hasta la carretera donde tenía mi coche estacionado. La introdujimos en la parte trasera y yo coloqué la cubierta de mi Ford para cubrirla del sol que picaba los ojos. Su marido se sentó a su lado cogiéndole una de sus manos entre las dos de él y me urgió: - ¿A qué espera a poner el vehículo en marcha? ¡Está muy grave! - Ya voy. Ya voy. Pero relájese un poco. Procure no alterarse en exceso, ya que está usted tratando con una persona que pierde los nervios con enorme facilidad. El hombre se quedó callado unos instantes. Me miró algo perplejo. Desde luego no podía tener ninguna queja de mi ayuda desinteresada, pero si continuaba por esos derroteros de la histeria, no me quedaría más remedio que reventarle un buen puñetazo. Con voz más razonable, me preguntó: - Donde estará el Hospital o lo que sea más cercano. - Está en Postville, a unos 15 kilometros - le contesté. El hombre se relajó algo más, dejándose caer reclinado de espalda contra el respaldo del asiento trasero. Yo estaba muy desorientado por el extraño suceso ocurrido a su mujer y por eso decidí no andarme con rodeos. - ¿Qué le ha ocurrido a su esposa? ¿Se ha tropezado y se ha roto algo? ¿O ha sufrido un golpe de calor? - Algo mucho peor - me respondió muy angustiado. - Le mordió un animal enorme. Tendría unos dos metros de altura desde la cabeza a los pies, con mucho pelo por todo el cuerpo. - ¿Acaso algún oso?- sugerí. - No. Eso no se trataba de ningún oso. Aunque el ataque sucedió de noche, el ruido que emitió no era el de un plantígrado. Además... No me creerá... - Siga, que estoy muy interesado en el asunto. - Lo que emitió más bien era, sin exagerar, una voz gutural endemoniadamente humana. Creo que lo que gritó antes de morderla era algo parecido a “Sangre. Necesito más SANGRE”. Créame, fue horrible. Estuve toda la noche vigilando la choza por si volvía a reaparecer para culminar su festín. Ya con la aparente seguridad del día me mantuve escondido entre la alta hierba observando si aparecía un vehículo o alguien que pudiera auxiliarnos. Gracias a Dios que en este momento usted pasaba por aquí. - Si. Esto es como jugar a la lotería. Por pura coincidencia me ha tocado a mí formar parte del guión de su película de terror. Ahora mantenga la calma, que enseguida llegamos a Postville. Apreté el acelerador al límite de la velocidad máxima que podía permitir el mal estado del asfalto bajo cuyas ruedas transitaba mi Ford descapotable, dado el estado de gravedad que revestía la mujer que perdía demasiada sangre aún a pesar del precario apósito aplicado por su marido para curarle la herida. A Postville llegamos a las dos y media de la tarde. La pequeña localidad de doscientos treinta y seis habitantes que nos había informado de manera detallada el letrero de bienvenida, estaba en apariencia desolada de tal manera que parecía que allí no había habitado nadie desde hacía unos cuantos años. Aún así dirigí el coche hacia las inmediaciones del edificio al que identifiqué lo más parecido a un pequeño hospital. Una cruz roja fluorescente colgaba a modo de cartel sobre el dintel de la entrada. Descendí del Ford y le dije al hombre que aguardara en el interior haciéndole compañía a su maltrecha mujer, pues yo me bastaba para pedir la ayuda necesaria. La puerta del hospital local estaba abierta. Entré muy decidido pero en su interior no encontré a nadie que me atendiera. El lugar de información estaba ausente de personal, el suelo estaba sucio y lleno de polvo, al igual que el mostrador, sobre el que vi desparramados unos cuantos periódicos apergaminados y amarillentos. Cogí uno de ellos pudiendo comprobar que la fecha de edición databa del 15 de mayo de 1917. Escogí otro de los allí dispuestos y era del mismo período. Sin necesidad de mayor información podía deducirse que aquel pueblo estaba desierto desde principios de siglo, por lo cual abandoné el recinto y me dirigí al coche. - El hospital está vacío y completamente abandonado. Hasta estoy por asegurarle que el resto del pueblo también lo está- me encargué de ponerle al corriente de la triste situación al hombre. - Mi mujer está que se me muere entre los brazos y usted me dice que aquí no vive nadie. ¿Cómo lo sabe? Demonios, si no ha visitado ninguna de las demás casas. - Mire, no soy adivino ni vidente de ninguna clase. Simplemente le digo que dentro del hospital lo único que he encontrado ha sido un montón de viejos periódicos, la mayoría datan del año 1917. Todo ello es tan esperanzador, que antes encontraremos petróleo que a un ser humano viviendo aquí. - Ok. le creo, pero si aquí no vive nadie, ¿a dónde nos dirigiremos para encontrar asistencia para mi mujer? Extraje un mapa de ruta plegable del bolsillo de mi camisa y tras mirarlo detenidamente por unos segundos, dije: - Veamos, el lugar más próximo se encuentra a 50 Kilometros y dudo de que pueda existir asistencia médica avanzada en ese lugar. - ¡50 KILOMETROS! - me gritó escupiendo saliva, fuera de sí.- ¡Vamos! Un puñetero paseo en bicicleta. Mi mujer se desangra como si estuviera en un matadero y usted encima indica la posibilidad de que ni tan siguiera exista un hospital pasados 50 Kilometros. - ¡Ya estuvo de echarme toda la mierda encima! ¿Entendido? - le repliqué harto de tanta bronca injusta. - ¿Qué culpa tengo yo de que hayan escogido esta zona tan poca poblada para ir de acampada? ¿Y de que hayan sufrido un ataque de una especie de oso o de lo que demonios sea? Aquí lo único que queda claro es que estoy intentando ayudarles en lo que puedo, y todo lo que estoy recibiendo a cambio es una catarata de reproches histéricos de un estúpido marido que no tiene ni puta idea de tapar como Dios manda una puta herida superficial. Solo dice MI MUJER SE DESANGRA. No se por qué no agarro el volante y los dejo a los dos aquí a su suerte. Así podría seguir gritando como un poseso mientras ella muere. El hombre se calmó de inmediato. Sinceramente, me avergüenza haber tenido que recurrir a tales expresiones, pero es que encima de que uno intentaba poner toda la voluntad del mundo en ayudarles... - Perdóneme. Me he excitado demasiado - se excusó el marido de manera sincera. - La realidad es que mi mujer se desangra por momentos y no tengo conocimientos de primeros auxilios... - Intentaré practicarle un torniquete. Tampoco es que yo esté muy ducho en estos temas, pero al menos algo se. ¿Tendrá por casualidad un pañuelo limpio? - Si, tenga. Pero dese prisa, por favor. Cogí un palo que encontré cerca de las raíces de un arbusto cercano y con el pañuelo realicé un tosco pero eficiente torniquete sobre la extremidad herida que haría detener la afluencia de sangre durante el tiempo esencial de encontrar algún tipo de asistencia médica. - ¿Qué hacemos ahora? - me preguntó el hombre. - Ahora que hemos detenido de mejor manera la hemorragia, podríamos ir a una de las casas y llamar por teléfono a cualquier número que encontremos en alguna agenda. Quizás haya suerte y nos conteste alguien que se encuentre cercano a este lugar abandonado. Me asintió con la cabeza. A su esposa la dejamos echada de manera lo más cómoda posible. Cerré las puertas con el seguro echado y bajo llave por simple precaución. Lo primero que observamos al adentrarnos en el pueblo era la evidente ausencia de vida en sus calles. Los pocos vehículos que encontramos eran claras víctimas de la corrosión y los escaparates de las tiendas estaban claveteados con tablones. Le sugerí que cada cual eligiese una casa al azar. Yo me decidí por una de paredes exteriores invadidas por vegetación silvestre y con el porche frontal medio destartalado. La puerta de entrada estaba curiosamente igualmente abierta de par en par. El interior de la casa estaba desbaratado por el desorden. El suelo se encontraba con el linóleo levantado, cuarteado y recubierto de una especie de líquido blanquecino como la leche. Entré de puntillas en la cocina. Abrí la puerta del frigorífico por curiosidad innata en toda persona que investiga en casa ajena y de su interior me llegó un hedor insoportable. Era evidente que los restos de comida llevaban mucho tiempo allí almacenados. Sobre la puerta del congelador había una hoja de papel cuadriculado con varios nombres de pila, acompañados de números de teléfono. La tinta estaba apagada, pero la escritura aún era legible.Agarré la nota con decisión y decidí salir de la cocina. Recorrí un pasillo entre telarañas tupidas hasta llegar al otro extremo. Allí había una puerta medio resquebrajada. La abrí. En el cuarto lo primero que hice fue tirar de la correa de la persiana hasta que se iluminó lo suficiente. Me encontré con una cama. Junto al lecho había una mesita con un teléfono de los antiguos colocado encima. Me senté en el borde de la cama y cogí el receptor del teléfono. Al menos había línea.En el disco marqué el primer número que encabezaba la lista, a nombre de un tal Nathaniel. Al principio estaba comunicando pero al final alguien estaba decidido a contestarme. - Hola. ¿Con quién hablo? - pregunté esperanzado. - Con quien te contesta - rumió con aspereza una voz varonil, colgando al instante. Evidentemente se trataba de un lugareño huraño. Decidí olvidarme de él cuando sentí un ruido misterioso procedente del armario ropero que se encontraba al otro lado de la cama. Me levanté y dirigí mis pasos hacia allí. La llave estaba insertada en la cerradura y decidí abrirlo con suma precaución. Al tirar hacia fuera de la puerta un cadáver emergió de su interior y se desplomó contra el suelo como si pesara mil kilos. Ya se imaginarán cuál fue mi impresión al ver ese cuerpo putrefacto salir del armario. Para mi sorpresa y disgusto, no debería de llevar un tiempo muy relativamente largo muerto en ese peculiar sarcófago, pues el olor nauseabundo que despedía seguía vigente en lo inaguantable. Antes de abandonar la estancia corriendo me fijé que en su brazo derecho amoratado e hinchado destacaba una herida similar a la que tenía la esposa del hombre que recogí en la carretera. Abandoné la casa de manera precipitada. Ya en la calle decidí ir al encuentro de mi acompañante. En esas estaba cuando un aullido espeluznante llegó procedente desde el lugar donde estaba aparcado mi coche. Justo en ese instante llegaba el hombre a mi lado jadeando desde otra casa abandonada. - ¿Qué ocurre? - me preguntó de nuevo alterado. - Si no vamos a averiguarlo, nunca lo sabremos - respondí con sequedad. Ambos fuimos lo más deprisa que nuestras piernas nos lo permitían. Al llegar al lado del hospital local de Postville, vimos estupefactos como la mujer que se suponía que estaba gravemente herida estaba destrozando las luces de los focos y los cristales de las ventanillas de mi Ford descapotable con una piedra del tamaño de una pelota de béisbol. Me encaminé hecho una furia hacia donde estaba ella y le propiné una fuerte bofetada para sacarla de su trance de locura destructiva. - ¡Estúpida! ¿Qué se propone? ¿Destrozar el coche para que no podamos salir de este lugar? - le dije con la mano preparada por si hubiera necesidad de golpearla de nuevo. Se quedó quieta como una estúpida mientras su marido se acercó hasta arrimar su rostro al mío, dedicándome una mirada más propia de un demente. - USTED SE HA VUELTO LOCO. MI MUJER SE HALLA EN ESTE ESTADO Y USTED LA ABOFETEA. MISERABLE BASTARDO. VUELVA A HACERLO Y... - ¿Y qué? Está tan desquiciado que no ve que si no la detengo iba a destrozarnos el coche - contraataqué furioso. Mientras sucedía esta acalorada discusión, se nos acercó su mujer y me maldijo:- ¡Maldito hijo de perra! ¡Ojala te mueras ahora mismo y más tarde que en tu tumba los coyotes profanen tu descanso y se alimenten de tus huesos! Esto terminó por sacarme de mis casillas. Mira que le había avisado a su marido que yo era muy dado a perder los nervios con facilidad. Así que me senté frente al volante, puse en marcha el motor y di la marcha atrás decidido a dejarles allí tirados como dos colillas humeantes. Cuando me iba el tipo me dijo al borde del llanto: - ¡No! ¿Qué hace? ¡No nos deje aquí! ¡Mi mujer terminará por desangrarse! - OJALÁ - grité orgulloso de mi huída. - Si quieren pueden continuar intentando llamar por teléfono a alguien con mucha más paciencia que la mía. Aquí tienen una lista de aldeanos desagradables a quién chingar. Cuando me marchaba, escuché como él me chillaba colérico perdido: - ¡NO TIENE USTED CORAZÓN! ¡NI UNA PIZCA! Seguidamente de la letanía de su malograda mujer desde la lejanía: - No te preocupes por él, Albert. El Padre de los Padres le convertirá. Llevaba rodados un0s 20 kilometros, cuando el horror más indescriptible no hizo más que incrementarse como la capa de nieve conforme caía una arisca nevada sin tregua. Estaba conduciendo el Ford descapotable con la capota aún echada y completamente enfurecido por la escena que acaba de dejar atrás, cuando de nuevo en mitad de la carretera otro hombre surgió del arcén derecho, situándose de tal manera que no me quedó otra alternativa que pisar el freno y detenerme ante él, so pena de atropellarlo. - ¿Qué chingada madre quiere? - inquirí con los nervios a flor de piel. - respa dete no puche leteva - me respondió con voz gutural, entre gorgoteos de putrefacción. - ¿Qué dice? - volví a insistir. - duda lesteva norte precaste - volvió a decir horriblemente con la misma voz de antes. Entonces me fijé que en su brazo izquierdo llevaba una herida idéntica a las del muerto surgido del fondo del armario ropero y de la esposa del histérico que me había acompañado hasta Postville. Este hombre tan extraño me miraba con un interés verdaderamente malsano y de repente mostró un hacha que llevaba escondido por detrás de la espalda y se puso a golpear la puerta de mi lado. Aterrado, puse el vehículo en marcha hasta poner tierra de por medio entre él y yo. Estaba tan impreciso en la conducción por los nervios, que tuve que parar más adelante para tomarme unas pastillas para calmarme. Acto seguido puse dirección hacia la siguiente localidad marcada en el mapa de ruta. Se llamaba Castle y estaba a 100 kilometros de distancia. Cuando llevaba recorridos unas treinta y cinco, se me echó la noche encima, por lo cual no me quedó más remedio que esperar a que se hiciese de día (les recuerdo que la endemoniada mujer, además de destrozar tres ventanillas, me inutilizó los faros sin dejar ninguno en funcionamiento). Miré y vi que eran las ocho de la noche. Cogí un cojín que llevaba en los asientos traseros y me acomodé lo mejor posible para mi descanso. Me fue entrando una modorra que me mantenía medio despierto, medio dormido, soñando con el horrible personaje que se había cruzado en medio de la carretera con un hacha y que se puso a hablarme en una lengua extraña. Al fin fui despertado por un fulgor de luz que provenía desde detrás de una arboleda nada espesa. Esto me produjo una inmensa alegría ya que podía tratarse de una cabaña donde quizás sus dueños, de ser algo hospitalarios, podrían ofrecerme cena y cama por esta noche. Salí de mi coche, asegurando el cierre de las puertas. Con una pequeña linterna de mano me fui dirigiendo hacia el conjunto de árboles dispersos. Solo llevaría unos veinte pasos, cuando me fijé que la luz no procedía de las cristaleras de una cabaña sino más bien de una hoguera. Esto no era todo, pues también me fijé que un conjunto de unas veinte personas danzaban en círculo a su alrededor en una clase de baile demencial. Me acerqué más medio agachado y me escondí detrás del tronco ancho de un árbol para observar más detenidamente tan peculiar espectáculo. Entonces aprecié que a la derecha de la hoguera, a unos veinte metros de ella, había emplazado un trono de piedra ocupado por una horripilante criatura. No encuentro palabras adecuadas para describirlo de una manera exacta. Desde la distancia tenía un cierto parecido con un oso, con pelo por todas partes, predominando de manera especial en la cabeza, pero lo más llamativo es que en vez de dos patas, tenía una especie de cola grande y recia y completamente móvil, transformándolo en una sirena de tierra firme infernal y grotesca. Las personas que bailoteaban lo hacían al son del percutir de un tambor que tocaba un humanoide medio gorila con el brazo derecho tachonado de sangre coagulada debido a un gran mordisco en él infligido por unas fauces terribles. De repente la danza satánica quedó detenida y uno de los danzantes se aproximó al ser acomodado en el trono de piedra y le dijo henchido de satisfacción: - ¡Oh, Padre de los Padres! Como es hábito y costumbre, le traemos un sacrificio para que apacigüe su ENORME SED. El hombre que habló hizo una señal y desde detrás de otro árbol acercaron a la víctima propiciatoria sujetada de pies y manos por grilletes de hierro. La víctima era el marido de la mujer contagiada por la enfermedad de la locura que puso especial ahínco en inutilizar las luces y los cristales de mi querido Ford descapotable. Daba la casualidad que era su propia esposa quien le traía a rastras. Entre tres hombres lo cogieron de manera definitiva y lo pusieron frente a la figura del ser abominable. Su enloquecida mujer se acercó al ser con un cuchillo ritual de sacrificio entre las manos y le anunció: - Aquí le traemos, Padre de los Padres, la ración nutritiva que apaciguará vuestra sed. El ser se puso tieso de pie sobre su propia cola y cogió el cuchillo. Pronunció una única palabra con voz cavernosa y gutural: - ¡SANGRE! El pobre infeliz estaba llorando como un niño y pedía a su esposa compasión y ayuda. - ¡KATHERINE! - volvió a pronunciarse el ser con el uso de su vil acento. - ¡MÁTALO! - ¡No, Katherine! ¡Por amor de Dios, no lo hagas! ¡Soy tu esposo! ¡Te quiero! ¡No lo hagas! El rostro de la mujer se dirigió con desgana hacia su marido. - Yo sólo atiendo a lo que me pida el Padre de los Padres - sentenció ella y sin esperar más, le desgarró la camisa, dejando su pecho y su vientre a la vista, hincó la punta del cuchillo en sus carnes y lo abrió en canal. Era un espectáculo horrible, pero lo más repulsivo fue cuando el ser blasfemo se dirigió de manera zigzagueante sobre su cola hacia la víctima ofrecida en sacrificio y la asió por las piernas, alzándola cabeza abajo para chuparle toda la sangre que manaba del tajo abierto en su vientre. Todos los asistentes entraron en trance de nuevo. Sus cuerpos se pusieron a danzar y a gritar vítores de alabanza en voz alta, repitiendo mil veces la misma palabra insana: “¡SANGRE!, ¡SANGRE!, ¡SANGRE!”. Después de esta orgía infernal, el ser se levantó otra vez de la comodidad de su trono y les dijo a todos: - Yo también voy a cumplir con mi parte del pacto. Hizo una señal y de detrás de unos árboles surgieron dos de sus secuaces, no se si bien eran humanos o bestias y aún me sigo preguntando si pertenecerán a este plano del mundo en el que nos movemos. Ambos portaban dos pucheros de barro cocido llenos hasta los bordes de un líquido espeso negrecino. Salía humo de los pucheros y una fuerte emanación hedionda que me llegaba a pesar de encontrarme a una distancia bastante alejada. Todos los discípulos de la criatura se fueron acercando en formación de dos filas de uno en uno a los pucheros depositados en el suelo. Los seres introducían un cazo en su contenido, lo llenaban y se lo daban de beber al primero de cada cola. Cada uno de los presentes al terminar de sorber el repulsivo líquido lanzaban al aire unos gritos inhumanos. Finalizado el acto de beber el brebaje maldito todos reanudaron sus bailes desgarbados. Tras un rato de frenesí se detuvieron de repente y me di cuenta que esto era debido a que acababa de ser descubierta mi posición desde el cual contemplaba el diabólico evento. El ser se alzó en su trono y apuntó con lo que parecía un dedo hacia el lugar donde me encontraba. Eché a correr con el corazón saliéndose por mi boca. Oí una serie de gritos enfurecidos detrás de mí iniciando mi persecución. Me atreví a echar la vista hacia atrás y vi que afortunadamente lo que acababan de beber les ralentizaba los movimientos, haciéndoles correr de manera muy lenta y torpe. Continué corriendo, hasta que atisbé gracias al halo de la luz lunar que de manera nítida se filtraba entre las nubes, un campo de hierba alta. Aumenté la velocidad de mis piernas, viendo como poco a poco, a pesar de que los seres andaban más que corrían, se me iban acercando de manera inexplicable. Cuando llegué al campo, me arrojé de cabeza, pues la alta hierba iba a servirme de camuflaje. Me faltaba el resuello. Estaba bien escondido, tendido entre la hierba cuan largo era y aún así estaba temblando de miedo como pura tarta de gelatina, pues no quería ni imaginar lo que pudiera pasar por el más cruel de los infortunios si alguno de los integrantes del ejército de seres me pisoteara por un casual y diera así conmigo. Mi sentido auditivo percibía como la plaga de exaltados se iba acercando más hacia mi zona, haciendo con ello incrementar mis rezos en forma de padrenuestros en un número superior a todas las oraciones invocadas en la totalidad de años que he ido a la iglesia. La horda estaba estrechando el cerco y finalmente llegó lo inconcebible: un ser baboso y repulsivo que llegó reptando me agarró del pie izquierdo y empezó a tirar de mí con toda su fuerza. Lo que recuerdo después es que desperté tirado de mala manera en medio del campo de alta hierba. Me incorporé poco a poco y me dirigí hacia la carretera de mis desdichas. Allí detuve un coche y su ocupante me trasladó a un hospital de urgencias. El médico de guardia de dicho hospital me administró un fuerte sedante para que durmiese. Finalmente me desperté dos días más tarde con el doctor acercándose a mi lado nada más ser avisado de mi recuperación por la enfermera del turno de noche. - Muy buenas, mi joven paciente. Debe darle usted gracias al conductor que le trajo aquí, si no a éstas alturas del calendario ya estaría formando parte de la sección de las esquelas del periódico local. Perdió usted mucha sangre y tuvimos que hacerle una transfusión. Eso también se lo debe al mismo hombre que le recogió en la carretera. Afortunadamente se ofreció como voluntario nada más saber que ambos compartían el mismo grupo sanguíneo. Le oía las palabras fluir de su boca con una lenta pesadez por efecto del último sedante que se me había administrado. Entonces miré de soslayo a mi brazo derecho y observé que tenía una herida visible igual que la herida del cadáver del armario de la casa del pueblo fantasma visitado por mí días atrás, idéntica al ser agresivo que me atacó en la carretera con un hacha, e igual que la terrorífica herida de la mujer chiflada que sacrificó a su propio esposo en un ritual infernal y de carácter impío. - Joven, este es el señor Brown, el conductor que se brindó a la transfusión de sangre - me aclaró el doctor con una larga sonrisa de satisfacción. En el vano de la puerta de mi habitación vi lo imposible. Lo inimaginable. El conductor que me había recogido era la víctima ofrecida por su enloquecida mujer al ser del trono. Las sábanas están quedando bien anudadas y enrolladas. Tan sólo me queda arrimar aquella silla de allí para acercarme al enganche de la lámpara del techo. Hay que ser razonable. A veces es mucho mejor morir estando aún cuerdo, que volver a vivir después de muerto. Comentar es gratis, pero si vas a comentar que es mucha lectura pasate por un post de imagenes y abstente de hacerlo aqui, gracias
Una noche mientras dormía me ocurrió algo increíble. Llevaría un par de horas dormido cuando sentí una carga encima de mí, como si algo me aplastase contra la cama, intenté despertarme pero no podía, cosa extraña ya que tengo el sueño ligero y casi cualquier cosa me despierta fácilmente. Me esforzaba en despertarme pero no lo conseguía, era como si algo controlase esa fase del sueño no dejándome escapar de ella. Seguí sintiendo esa fuerza aplastándome, notaba como el colchón se hundía por el peso extra. Luché por despertarme pero era inútil, en sueños grité de rabia, cada vez con más fuerza. De repente oí mi grito, mis cuerdas vocales lo emitieron, conseguí que ese alarido pasase de la fase inconsciente a la consciente, en ese momento me desperté por el fuerte rugido que produje, de alguna manera traspasé esa barrera que separaba las citadas fases a través del chillido y conseguí acceder a la consciencia que me era privada. Raudo y totalmente despierto me dirigí al interruptor de la luz. Antes de encenderla vi un destello rojo en la oscuridad, también me pareció oír un pequeño murmullo, algo gutural. Mi corazón latía apresuradamente, ya estaba totalmente consciente, y estaba seguro de no haber soñado ni el destello ni el murmullo. Sentí una presencia en la habitación, y no era mi miedo. Miré a todos lados, no vi nada. Al final desconcertado opté por dormirme de nuevo, yo no creía en lo sobrenatural, así que no le di mayor importancia. Seguí sintiendo la presencia, pero recurrí a mi mente científica decidiendo que alguna explicación lógica tendría todo eso, y la verdad importaba poco cual si asumía que era racional y no espiritual, así que resolví intentar dormir de nuevo. Lo conseguí al cabo de cierto tiempo. Al poco volví a notar algo extraño, ya no era un peso que me aplastase contra el colchón, ahora era algo que tiraba de mí, sacándome de la cama y hundiéndome en el suelo, en una especie de inframundo siniestro. Pero tenía la sensación de que dejaba mi cuerpo atrás, me despojaban de él y me hundía en algo tenebroso. Otra vez no podía despertarme, veía una cegadora luz roja, y una pequeña sombra oscura que emitía un ruido parecido al de un perro iracundo. Grité de nuevo, di un golpe al aire con el puño hacia delante. Me desperté, no estaba en el suelo, estaba en mi cama, pero la mano me dolía, y no había la posibilidad de haber golpeado la pared ni nada, pegué al aire hacia delante, me desperté justo en ese momento, y el puño estaba en el vacío. Estoy seguro de no haber golpeado nada físico. La mano me dolía cada vez más, durante varios días tuve un pequeño moretón. Mi corazón latía cada vez más fuerte, pero ahora era por la rabia, noté que mis músculos se llenaban de una energía impresionante. Obviamente estaba produciendo una ingente cantidad de adrenalina. Mis ojos se colmaron de sangre, lo se porque me picaban intensamente, mi pecho se agrandó por el aire que cogieron mis pulmones, las venas de mis brazos se ensancharon, sentí que debía atacar aunque no sabía a que. Fue una sensación extraña, algo primitivo, como una presa que se siente acorralada y para defenderse se prepara a asestar un único golpe con toda su fuerza. En ese momento sentí como si pudiera tirar la pared de un solo puñetazo. Entonces la lámpara se movió en el techo, como si hubiera una corriente de aire, pero todo estaba cerrado. Luego un sonido en los libros de mi estantería. Y finalmente el silencio más absoluto. Dejé de sentir la presencia. Algo vino a por mí una noche mientras dormía, lo se. No se que era, ni cuales eran exactamente sus intenciones. Pero si se una cosa. Volverá. Comentar es gratis pero comentarios adversos serán removidos