HelloFrank_94
Usuario (Argentina)
Calavero El viejo calavero pasaba sus tiempos en esta jodida esquina ruidosa y muy circulada, a veces me preguntaba qué tan eternas eran sus noches en la amarga calle durante el invierno, o si ya estaba tan acostumbrado que todos los días eran igual de desolados y carentes de algún sentido. La esquina donde calavero siempre estaba sentado, se encontraba en frente, bien ubicado frente al bar de don rosco, podías sentarte al lado de la gran ventana de vidrio, pedir un café con medialunas, tomar la taza con cuidado, mirar sobre tu hombro y enseguida chocarte visualmente con la imagen del olvidado y harapiento calavero contra el paredón, entre las letras de papel pegadas a la gran vidriera que daban a la calle; Yo más precisamente lo veía por entre el orificio de la letra R. Nadie sabía muy bien los precedentes de este señor, eran muchos los chismes pero poquísimas las certezas, se decía que era ex jugador de futbol (fracasado) , que había ganado el premio gordo de la lotería nacional y lo había malgastado en excesivas noches de drogas y alcohol, o que simplemente había venido colado en un vagón desde otra ciudad cercana porque lo habían expulsado del hogar de ancianos que lo hospedaba. En fin nadie nunca se animaba a preguntárselo, no tenía muchas amistades.Solo una vez pude escuchar y apreciar la ronca voz del calavero, fue de pura casualidad cuando estaba terminando de cruzar la desdibujada senda peatonal y justo le decía – Gracias - a un hombre que le acababa de comprar media docena de flores, las cuales nunca supe de donde las traía o quién, pero siempre las tenía ahí, listas para que las compre algún joven enamorado o las personas mayores que iban a visitar a sus difuntos al cementerio que quedaba a un par de cuadras de su puesto. No era ningún sonso ni mucho menos. Lo que si era todo lo opuesto a la pulcritud, tenía los típicos guantes cortados en los dedos que utilizan la mayoría de los linyeras, su saco marrón anticuado y manchado de carbón, de brea, de cal, de todas las cosas que se puedan imaginar, y sus chancletas con las que pateaba por el pavimento caliente en los veranos, para buscar alguna damajuana durante sus recesos. Tenía su cartelito de “vuelvo en cinco minutos” mal escrito y todo, al parecer sabía leer poco y nada, a los vinos que tomaba los conocía por las etiquetas no por el nombre. Volvía a su puesto después de comprar su bebida y algún sanguche y automáticamente se ponía a beber y aromatizar ese rincón tan peculiar del barrio. Uvas pisadas, humo de escape, agua estancada junto al cordón. ¡Por Dios! Que misterioso era Mr. calavero, me causaba una intriga, deseaba desesperadamente saber más sobre él con el paso del tiempo, no sé con exactitud el porqué de esa sensación pero empecé a sacarle información a cada vecino que podía sobre el zaparrastroso don nadie. Quería averiguar el porqué de su apodo aunque fuere, o saber su apellido. Todos en barrio lo conocían por ese sobrenombre. Le pregunte al dueño del bar, a doña celinda , a Lupe el carnicero. Por poco más y no le preguntaba a los perros callejeros que a veces se tiraban a su lado a tomar el solcito de las siestas; al parecer él les tenía mucho afecto, pues se lo veía más con ellos que con cualquier persona. Un Mediodía ya no daba más de tanta intriga y curiosidad acumulada, estaba yendo camino al bar cuando veo que el enigmático anciano estaba dejando su cartelito de cinco minutos, y atravesó la calle en busca de alguna damajuana, seguramente. Entonces en ese instante preciso no pude controlar mi impulso, y me deje llevar, crucé la calle en los pocos segundos que le quedaban de verde al semáforo, llegué saltando a la otra vereda, me ligué algún bocinazo, pero ahí estaba, parado en la esquina del vago florero, y eso no era todo, quise experimentar que se sentía estar sentado contra el tapial grafitteado donde él pasaba allí las cuatro estaciones, tomando vino y canjeando flores por monedas. Al apoyar mi trasero en el suelo siento que Una brisa extraña acaricio mi rostro y que raspaba mi barba, súbitamente sin ninguna explicación, observo con asombro mis manos heladas como caños de bicicleta, cubiertas por guantes de lana cortados en los dedos , por donde se veían los míos, pintados de un color carbonizado. Me encuentro impregnado por hedor a humo y salpicaduras de termidor, y unos perros se me arrimaron para darme la pata como si me dieran la bienvenida. Ya no era yo. Estaba vestido con un sobretodo marrón y sentía como mi cuerpo estaba diez veces más estropeado.Y así quedé. Calavero jamás volvió. Pasaron los meses Y Aquí estoy todavía, sentado en la jodida esquina esperando que regrese, de repente por arte de magia, me libré de toda mi vacilación. Nunca más podré irme de aquí. Franc.