L

LP_CHAZYCHAZ

Usuario (Argentina)

Primer post: 8 nov 2010Último post: 22 feb 2013
3
Posts
272
Puntos totales
96
Comentarios
Miku: relato propio.
Miku: relato propio.
ArteporAnónimo2/22/2013

Hacía tanto que no posteaba que ya casi había olvidado como hacerlo. Después de mi ausencia de ya-no-sé-cuánto-pasó regreso, no con un post de traducciones, sino con un relato propio. Los fans de Vocaloid se habrán percatado de que el nombre de la protagonista femenina no es un accidente ni un producto propio (soy desastroso para inventar nombres, prueba de ello es el título del post ). En fin, antes de pasar a lo que vine permítanme hacer un par de aclaraciones que creo necesarias: -Es un texto bastante largo, así que si no les gusta leer, son libres de dar media vuelta y salir del post. Aviso también que tengo un estilo bastante descriptivo y que para algunos puede llegar a ser agotador e incluso irritante. Si se aburren a mitad de la narración, también están invitados a retirarse. -Desde ya que las críticas están permitidas, sean éstas positivas o negativas, en tanto se hagan respetuosamente y con criterio. Cualquier comentario insultante u ofensivo hacia el autor o cualquier usuario que se haya expresado en las respuestas será automáticamente borrado. -Ya que, como dije, es un escrito muy largo para lo que se acostumbra en Taringa, trataré de incluir algunas imágenes para hacer la lectura menos pesada, las cuales, de ser posible, estarán ligadas de algún modo al texto. -Por último y más importante, quiero aclarar que si bien este cuento no es bajo ninguna circunstancia un relato pornográfico ni una apología del sexo, éste sí contiene algunas referencias y momentos "fuertes" que (aunque es improbable) podrían resultar poco gratos para ciertas personas. Todo el que lea lo hace bajo su propio juicio... Un detalle aparte que me gustaría mencionar es que antes que darme puntos, preferiría que comentaran y que, de ser de su agrado, recomendaran. De todos modos, los puntos siempre son bienvenidos. Ahora que llegaron hasta acá, ¡comiencen el viaje taringueros y taringueras...! La primera vez que la vi, la luz de los ángeles penetró mis pupilas. Las vacaciones de verano habían terminado y, retomando la odiosa rutina, iba de camino al colegio arrastrando los pies de cansancio, parpadeando pesadamente, mientras murmuraba entre dientes cuanto insulto podía recordar, maldiciendo mi estúpida decisión, todas las noches repetida, de permanecer desvelado hasta altas horas de la madrugada, devorando el brillo artificial del portátil ávidamente y cargando mi cerebro con una fuga constante de estática. Absorbido como estaba por el malhumor y concentrado en mi vulgar poema aún me sorprende que haya sido capaz de notar el breve, pero intenso destello fugaz de aquellas coletas aguamarina que ondearon frente a mis ojos un instante mientras desaparecían en una esquina. Hipnotizado por esas ondas azuladas me lancé mecánicamente a correr hasta el extremo de la cuadra y, sin torcer en el ángulo de la pared, asomé la mitad de mi rostro. Odio parecer un pervertido, pero no pude evitar que mis ojos revolotearan tras ella. Es casi imposible detener la fuerza del instinto animal, e incluso hoy resuena la pregunta en mi cabeza. ¿Cómo pude contenerme ante tal belleza? Resulta tan antinatural como quedarse quieto en medio de las vías del tren, mientras esa mole humeante y metálica se abalanza sobre ti. Aún así lo hice. Entretanto, yo seguía asomado y resguardado por la sombra del árbol que tenía a mi izquierda. La miré detenidamente: dos mechones de largo cabello emergían de los rizos rojos y negros que adornaban su peinado y se extendían hasta sus tobillos, casi rozando el suelo y sacudiéndose con cada movimiento. Lo siguiente que observé fue sus piernas. Vestía una falda, así que pude deleitar mis retinas cuanto quise. La piel sonrosada de sus proporcionados muslos y sus delgadas pantorrillas comenzaron a templar la sangre que fluía por mi cuerpo. Vi sus caderas anchas y cintura delgada y sólo pude pensar en deslizar mis manos por aquella superficie curvada en forma tan armónica y dorada. Las idas y vueltas de ese cuerpo escultural me guiaron hacia su torso. Sus pechos no eran excesivamente prominentes y sus medidas se ajustaban con exactitud matemática a mis gustos, tanto que hubiera jurado que fueron moldeados deliberadamente para mí. Bajé la vista hacia mis manos. Cada una de esas mullidas almohadillas habría cabido con perfección milimétrica entre mis dedos extendidos. ¡Qué tanto más podría decir del uniforme que vestía! Aquel otoño era especialmente caluroso, por lo que el uso de la ropa escolar de verano se había prolongado más de lo normal. Fue una fortuna, para alivio mío y de mis compañeros, que nuestro instituto hubiera sido de los pocos que se apegaran a esa medida. Y había resultado especialmente provechoso para mí, pues el regalo que me hacía la vista en ese momento era invaluable, amén del destino, fuera causalidad o casualidad. Era la típica vestimenta de secundaria: la parte inferior se componía de una falda corta, mientras que de la cintura para arriba constaba de una blusa blanca de cuello marinero a rayas, con un gran pañuelo escarlata atado desde la espalda, cuyo nudo caía sobre el pecho. Las mangas cortas adornadas con un sencillo pliegue dejaban al descubierto unos blanquísimos brazos de extrema delicadeza que terminaban en unos dedos delgados y estilizados. Más tarde comprendí el por qué, cuando tomé conocimiento de su talento musical. Fue en el preciso instante en que se volteó que centré mi atención en su rostro. Ella no me había visto, pero oteó en mi dirección, como si intuyera mi presencia. Apenas pude frenar el impulso de arrojarme sobre la muchacha. Fue un cuadro que despertó en mí el más puro sentimiento de amor que alguna vez hubiera sentido. Aquel rostro angelical irradiaba un resplandor propio. Una diminuta nariz curvada hacia adentro flanqueada por dos preciosos ojos turquesa; grandes pestañas naturalmente curvas; una boca pequeña rodeada por unos labios de intenso color que invitaban a ser besados con locura. Cuando creía que no podría encontrar nada más bello en aquel semblante descubrí que detrás de ese panorama carmesí se escondía una sonrisa como pocas. Eso acabó con lo que restaba de mi malhumor y estaba seguro de que al menos por el resto de la jornada nada, ni el suceso más sombrío podría apagar pequeña vela que se había encendido esa mañana. No volví a verla en todo el día, pero desde luego no estaba dispuesto a quedarme con nada más que una imagen de la personificación de la diosa Afrodita. Dediqué los días que siguieron a indagar, cautelosa, pero minuciosamente acerca de esta chica. Sí, reconozco que fue una actitud bastante atrevida y desvergonzada, pero mínimamente me aseguré de hacerlo en forma natural, como quien hace nuevos amigos. Mis pesquisas me pusieron al tanto de todo lo que necesitaba saber: me enteré por medio de mis compañeros que iba al salón 2-C, que era un año más joven que yo y uno de los mejores promedios de toda la secundaria, además de ser la representante de su clase. Ese último dato llamó sumamente mi atención ya que yo también era delegado en mi curso y no recordaba haberla visto en las reuniones del consejo estudiantil. Esa inquietud se disolvió cuando la presentaron en la siguiente asamblea, y aún perdido en mi estúpido embelesamiento mantuve la suficiente concentración como para advertir que había sido transferida durante el receso de verano desde un colegio de los suburbios. Fue en esa ocasión en la que tuve la dicha de oír su nombre, emergido de sus propios labios y flotando en una voz inmaculada que tenía una musicalidad propia, y que trasladó mis oídos a un estado total de éxtasis. El nombre Miku Hatsune quedó grabado a fuego en todos mis sentidos. No se trataba de una obsesión enfermiza ni mucho menos pero, en simples palabras, estaba loco por ella. No podía evitar (y me avergüenza confesarlo) ver su cuerpo con un febril sentimiento de lujuria. Aunque intentara controlarme, era sumamente dificultoso para mí evitar que mis ojos se escabulleran disimuladamente hacia su feminidad: sus pechos, su trasero o sus piernas. Esto no sucedía muy a menudo ya que sólo la veía en las reuniones del consejo de estudiantes y ocasionalmente en los pasillos del edificio. No lo hacía voluntariamente y mucho menos con malas intenciones. Después de todo mantengo un firme respeto por la figura de la mujer, aunque siendo un joven heterosexual es imposible erradicar pensamientos lascivos o eróticos de mi cabeza. No es necesario que profundice ni que sea demasiado explícito acerca del contenido de esas fantasías. Al mismo tiempo debo recalcar que no se trataba de una mera atracción sexual, como comprobé más tarde. Pese a que no solía tratar con ella, exploté cada oportunidad de conocerla. Durante una reunión con todos los delegados fui el afortunado que se sentó a su lado. Si bien estábamos todos concentrados en el tema de debate, tuve la posibilidad de cruzar algunas opiniones, y algo que representó un acercamiento considerable fue notar que estábamos de acuerdo en la mayoría de los puntos importantes del eje de la discusión, lo cual derivó de que cada uno apoyara constantemente la sugerencia del otro frente a lo que parecía una decisión unánime. Parecía un grotesco y deliberadamente desigual partido de ping-pong. Tras la congregación tuve otra oportunidad de hablar con ella, y valiéndome de la polémica terminada hacía tan sólo segundos pude adentrarme más en sus intereses. No había clases después de las deliberaciones puesto que se hacían a última hora de la tarde. Eso dejó el camino libre para establecer una conversación después de que todos se fueran. El hilo de la charla se fugó por quién sabe cuántos nudos, vueltas y reveses hasta empalmar con una invitación atada a su extremo final. Se trataba de un ofrecimiento de parte suya de participar del Club de Música, el cual ella presidía. Todo se originó de súbito a partir de una simple pregunta huida de mi boca: “¿Tú cantas?”, le pregunté con prudencia, a lo que respondió afirmativamente y a la vez que se ruborizaba ligeramente, haciendo que sus mejillas adoptaran un matiz rosa intenso. Esa actitud me pareció sumamente encantadora, aunque no fuese precisamente un fetichista de esa clase de reacciones. La pregunta había dado en el clavo con tanta precisión que se había enterrado profundamente en la madera, al punto de ser irrevocable. Me confesó que además era multiinstrumentalista, pues sabía tocar el piano y tenía algunos conocimientos básicos de guitarra y bajo. Aún así, su técnica era muy limitada y ninguno de los miembros restantes tenía experiencia con los seis hilos de metal. Siendo yo un guitarrista, no experto, pero relativamente avanzado y conocedor de las cuerdas y el diapasón consideré oportuno mencionar tal detalle acerca de mi persona. Por un segundo me miró perpleja, y al instante que siguió me sonrió. Podía imaginarme lo que el brillo turquesa en sus ojos me auguraba, pero de todos modos mantuve la boca cerrada hasta que ella habló. Cuando despegó sus labios no la oí, pero igualmente comprendí. Desde aquella conversación mi felicidad fue tal que sería imposible describirla. Por primera vez iba dichoso a clases si bien el contenido de éstas definitivamente no era de mi interés. Yo esperaba a que acabara el tedioso y repetitivo sermón mientras fingía poner atención. Y cada vez que ese nombre pasaba por mi cabeza mi cara se torcía en una mueca de incuestionable buen humor, lo cual despertaba el interés de mis compañeros y hacía que el salón se llenara con un hervidero de susurros que flotaban entre los estudiantes, a veces incluyendo a los oídos del profesor en esa maraña de risitas y balbuceos que yo pasaba de intentar descifrar. De seguro mi expresión debía ser bastante ridícula, pero no me importaba. Una vez que ese monólogo infernal llegaba a su fin, le dirigía a toda la clase un saludo monótono y falto de interés, salía calmadamente por la puerta cargando el estuche negro con mi guitarra dentro y recorría mecánicamente el trecho que me separaba del aula de música. Obviamente, decir que lo hacía con calma es sólo una apariencia, pues siempre que iba a ensayar podía sentir como todo dentro de mí se aceleraba y se revolvía: la respiración, el pulso, los pensamientos, todo. Y en esos momentos competía dentro de mí una enmarañada mezcla de ideas y sensaciones, que implicaban el romance a la vez que el sexo. Ambas luchaban furiosamente por hacerse con el control de mis acciones, y yo era quien tenía que mediar para llevarlas a un punto de equilibrio, equilibro que era extremadamente volátil y que en cualquier momento podía degenerar en un desastre. Así empezó todo. Ella cantaba y yo tocaba la guitarra. Por otra parte, una pareja de mellizos, hermano y hermana, se ocupaban del bajo y la batería. Ellos tres se habían conocido poco antes de que yo apareciera en escena, y de hecho había sido la melliza quién había arrastrado a su hermano al grupo. Ocurrió unos dos meses después de haberme sumado a los ensayos del club. Los gemelos se habían ido mucho más temprano de lo usual, por lo que nosotros dos decidimos ensayar solos. Probamos algunas canciones hasta que finalmente nos aburrimos y nos dedicamos a holgazanear, echados en el suelo del salón tarareando a media voz una melodía y acompañados por la guitarra acústica. Así pasó cerca de una hora. El resto del edificio permanecía en absoluto silencio. Si aún quedaba alguien, con certeza estaría paseándose por el extremo opuesto de la construcción. Fue cuando hice la guitarra a un lado y me puse de pie, dispuesto a irme, que las cosas comenzaron a rotar en un ángulo inesperado. Abrí la puerta y no había llegado a descansar la base del pie en el pasillo cuando escuché algo moverse detrás de mí y sentí un tirón tembloroso e inseguro pero suave en el extremo inferior mi camiseta. Me tomé mi tiempo para girar mi cabeza y clavar la mirada en la figura que, a contraluz, taladraba un hoyo en el atardecer que se colaba por el ventanal de la habitación. Soltó mi ropa e instintivamente se encogió sobre sí misma. Sus pupilas se movían frenéticamente de lado a lado sin encontrar un punto de apoyo, mientras hacía nudos con los dedos de sus manos y pequeñas gotas de sudor se formaban en su cara resbalando hasta perderse entre las fibras del uniforme escolar. Acto seguido y temblando como un cachorro asustado empezó a retorcer su falda y a hablar para sí misma sin proferir el más mínimo sonido. Siguió retorciendo los pliegues de su ropa al tiempo que clavaba la vista en el suelo, como si esperara encontrar en las tablas de madera algún indicio de lo que debía decir. No lo creí necesario, pues tan pronto como un agudo silbido se filtró entre sus labios en un inútil intento de hablar, di un brusco paso al frente, la tomé por la espalda y crucé mi dedo índice sobre su boca. A escasos centímetros de su piel crucé mis ojos con los suyos y los vi cómo dos grandes gemas turquesa que me devolvían una mirada trémula. Al tiempo que contemplaba mi borroso reflejo azulino, deslicé la mano que había usado para callarla sobre sus mejillas sonrosadas y me acerqué más. En ese punto sentía el calor de su rápida respiración hormigueando sobre mi cara. Mi mano derecha continuó con su excursión, acariciando el blanco y delicado cuello, deteniéndose en la clavícula, dudando unos instantes, como si hubiera perdido el rumbo. Justo antes de que mi diestra se decidiera a avanzar hacia su primer objetivo me deshice del último resto de cobardía que retenía todos los impulsos que se habían acumulado dentro de mí. La besé. Rota la última barrera, no había nada que yo pudiera hacer para detenerme. Mientras nuestros labios seguían juntos como si los hubieran unido con pegamento, se movían los unos sobre los otros apasionadamente. A través de esa húmeda conexión ocurría secretamente un juego entre ambas lenguas, que se enroscaban, se rozaban e incursionaban inescrupulosamente en la boca del otro, y los fluidos se escurrían de una a la otra como mensajeros líquidos. Simultáneamente y con sigilosa lentitud, mi palma alcanzó a posarse definitivamente sobre sus pechos. Sentí como su cuerpo entero se estremeció, sin embargo, no intentó impedir que mis cinco dedos acariciaran ese modesto, pero hermoso busto. Aún así, quedaba algo que mantenía mis ansiosas extremidades lejos de palpar directamente la piel de sus senos. A la vez que la llevaba de espaldas contra la única pared desprovista de mueblería de la habitación, seguía excitando las terminaciones nerviosas de mis labios con el calor que emanaba de su piel. Iba dejando su boca de lado y exploraba otros lugares. Me concentré en besuquear y morder tiernamente su cuello, que relucía pálidamente con minúsculos cristales de sudor que se acumulaban sobre su tez. En eso, pude sentir una ráfaga de su aroma, aumentado por la calurosa humedad que poco a poco se esparcía por el aire del cuarto, casi convirtiéndolo en un sauna. Ni la flor más dulce hubiera podido competir con la esencia que emanaba de aquel ser. Era una densa fragancia afrodisíaca que enloqueció los receptores de mi nariz y se apoderó de mi cuerpo. Me decidí a levantar con cautela la blusa que escondía aquel tesoro de terciopelo. Mi cara seguía ocupada con sus labios y su cuello pero mis manos, en un arranque casi involuntario, masajeaban los costados y sigilosamente ganaban terreno, deseosas de explorar cada centímetro, cada pulgada de su piel. Cuando se escabulleron debajo del brassiere al mismo tiempo que escuché un lento gemido de placer, me detuve en seco y la miré, pero proseguí inmediatamente tras ver que sus labios se curvaron en una sonrisa. Froté y pellizqué cariñosamente ambos senos y complacía mis oídos escuchándola lanzar suspiros de satisfacción. Por su parte, ella desabotonaba mi camisa y deslizaba sus manos delgadas dentro de mi ropa, haciéndome cosquillas. Cada vez sentía mi cuerpo más acalorado y empapado. Sudaba copiosamente y jadeaba, rodeándome con una nube de vaho. Volví a ocupar su boca con mi lengua, mucho más ardorosamente que durante el primer contacto. Nos tomamos un pequeño respiro. Yo me quité la camisa y vi como me daba la espalda quitándose la blusa, revelando la hebilla que unía los dos extremos del sostén. Me aproximé, desabroché la prenda y dejé que se la sacara ella misma. Me tomé unos segundos para atesorar esa imagen. Ambas coletas corriendo sobre su espalda como dos cataratas, el cuello delgado, las caderas redondeadas que antes sólo había podido imaginar debajo de los pliegues del uniforme. Todo ese espectáculo se perdía debajo de la falda de tablas, lo cual no me importó en lo más mínimo, pues me agradaba la visión del torso desnudo con la saya puesta. De algún modo la hacía ver como una sirena; una de las náyades de Poseidón estaba frente a mí. Me acerqué y dejé reposar mis manos sobre sus hombros y a continuación las deslicé sobre la piel de sus brazos al tiempo que le daba pequeños besos en la nuca y el cuello. Cuando llegué a sus manos las tomé y las crucé sobre su delantera con delicadeza. Entretanto, la besaba debajo del mentón. No miraba su semblante, pero sabía que mantenía sus ojos cerrados mientras exhalaba pesadamente sobre mi cabello. En un momento dado solté sus manos y empecé a jugar con sus pechos nuevamente. Los acariciaba con exacerbada suavidad y esmero. Trazaba toda clase de figuras curvas sobre ellos: círculos, eses y espirales. Usé mi mano izquierda para abrazarla por sobre el abdomen y con mi diestra cubrí uno de sus senos. Acto seguido, usando el pulgar y el índice, apreté el pezón evitando toda rudeza y sin causarle otra sensación que la de los placeres carnales. Mientras hacía eso la apoyaba por la espalda, lo cual provocó que la protuberancia que había estado incendiando mis pantalones se endureciera de súbito. Ese contacto directo a la vez que indirecto la excitó aún más, llevándola a girar sobre sí misma violentamente y a restregar su cuerpo contra mi piel sin ninguna clase de restricciones ni titubeos. El contacto con sus pezones desnudos era sumamente excitante, tanto que en ese momento desee recostarme sobre su pecho y dormir en el cálido y mullido abrazo que ahí me esperaba, arrullado por el latido uniforme de su corazón. Con sus brazos atrapó mi cuello tan firmemente como un candado y jalándome hacia abajo me ofrecía otra vez sus labios de rubí, combados en una apacible sonrisa y sensualmente separados. Accedí a la silenciosa petición y los labios se debatieron otra vez en una lucha incansable confundiéndose hasta fusionarse, mordiéndose juguetonamente. Bajaron mis manos sobre su espalda con un sigilo y una fluidez mágicos; casi con vida propia y caladas de dulce sudor acariciaron la falda y como dos serpientes hambrientas se colaron debajo de ésta, revelando unas bragas rayadas horizontalmente por franjas turquesa. En ese instante me detuve sin comprender el porqué, me separé de sus labios de mala gana y la miré sin conjurar ni una expresión que permitiera interpretar mis pensamientos. Únicamente la miraba con la mente bloqueada y confundida a la vez que la tomaba por los brazos. Miré a mi alrededor como si en ese segundo me hubiera percatado de que alguien nos observaba. Ella sólo atinó a mirarme con los ojos como platos y a torcer el cuello en un gesto de interrogación. -¿Estás segura? -Sí. A partir de ese instante perdí toda capacidad de elaborar cualquier pensamiento. Sólo actué de acuerdo a la simplicidad del instinto. ¿De qué podía servirme la razón más que para complicar las cosas? No puedo poner en palabras concretas lo que sucedió después. Mi cabeza era una tormenta de conceptos vagos e indefinibles, entregada a la inocente pulcritud de los sentimientos y las sensaciones: amor, lujuria, aromas, deseo, placer, inseguridad, confusión, texturas, sonidos. En otras palabras, vida en su expresión más acertada. Puedo decir con total seguridad que fui feliz como nunca en toda mi vida. Cuando todo terminó me sentí como un ave que es liberada de las cadenas que la alejan del cielo. Al fin había dejado el nido y me había atrevido a volar con osadía. Libre, libre… Nos vestimos jadeando, temblando de nervios y frío, mirando paranoicamente hacia todos lados, igual que si nos esforzáramos en encontrar a algún desquiciado husmeando a través de un hoyo en la pared o espiando desde detrás de los cristales de la ventana. Por momentos miraba de reojo como aquel cuerpo desnudo volvía a ocultarse tras los pliegues de la ropa. Primero las bragas con líneas paralelas verdeazuladas, luego el sostén y después la falda; seguido a eso, se puso la blusa marinera y ajustó las ligas que sostenían sus coletas. Yo me coloqué mi uniforme apresuradamente, tropezando un par de veces cuando trataba de ponerme los pantalones y provocando que se riera a carcajadas, primero del traspié y luego de mis infructuosos intentos de ocultar el rubor que a traición había coloreado mi cara. Al final salimos del instituto a hurtadillas puesto que no teníamos una excusa creíble para haber permanecido ahí dentro hasta el crepúsculo. Ninguno de los dos habló más que para despedirse cuando hubimos de tomar caminos separados para volver a casa. Cuando ella se fue me quedé mirando su andar grácil hasta que torció en una esquina y la perdí de vista. Me apoyé sobre el muro que tenía a mis espaldas y me quedé allí con la vista taladrando hoyos en el pavimento de tanto mirarlo, la mente en blanco y confundido por la experiencia que acababa de tener lugar. Así permanecí por unos quince minutos hasta que finalmente reaccioné y di media vuelta retomando el camino a casa. Durante todo el trayecto mantuve la idea fija en la cabeza hasta que comenzó a dolerme. Cuando crucé el umbral me encontré con un telón de sombras frente a mí. Nadie. La casa estaba tan desolada que hizo que el vacío lunar pareciera la calle más bulliciosa del centro de Tokyo. Subí las escaleras descalzo, entré a mi cuarto y tan pronto como la puerta se cerró detrás de mí me arrojé sobre la cama y me enfrasqué en seguir las marcas en el cielorraso con las pupilas hasta sumirme en la paz del sueño. Al despertar estaba convencido de que no había sido otra cosa que una de esas malas pasadas que juega la mente para atormentar el instinto animal de los adolescentes y adultos jóvenes. Era sábado, así que me quedé tumbado entre las sábanas mientras seguía hurgando en mis recuerdos tratando de encontrar un indicio de cuál era la naturaleza de aquellos. ¿Había sido un sueño? Tras varios intentos fallidos de piratear las barreras mentales de mi cerebro me levanté, desayuné un par de tostadas y más tarde salí sin un rumbo ni un motivo concreto. Antes de darme cuenta estaba en el parque, sentado en un banco y con una lata de café negro entre los dedos a medio vaciar. Inclinado sobre mis rodillas y enfocando mi atención en el polvo del suelo, seguí dándole vueltas al asunto insistentemente. ¿Realmente lo habíamos hecho en el aula de música? El sexo no era un concepto nuevo para mí, pero era la primera vez que ponía un pie en el vasto universo que encierra hacer el amor. Si en verdad había sucedido, era algo que ignoraba y, sin embargo, las sensaciones que recordaba eran completamente diferentes y mucho más intensas que las del contacto íntimo ordinario. Una voz me sacó de mis cavilaciones como si me hubieran puesto los dedos en un tomacorriente. -¡Hola! Abrí los ojos violentamente y mientras miraba hacia todas partes noté una mano en mi hombro, una mano liviana y femenina que se me hacía muy familiar. Torcí la vista hacia la derecha y me encontré con esos dedos de mármol. Mis ojos siguieron andando sobre el dorso de esa mano, el antebrazo, el brazo y el hombro, hasta toparse con el rostro que esperaba al final de aquel trecho. Tropecé con su mirada marina y su sonrisa radiante. No pude evitar reír estúpidamente y articular un saludo que se perdió en seguida en el aire gris de otoño. No recuerdo bien de qué hablamos, sólo sé que asentía y gesticulaba automáticamente mientras ella hablaba. La oía pero estaba enfrascado en mirarla disimuladamente y no podía concentrarme en otra cosa en el movimiento de sus labios, cada parpadeo de sus ojos y en las curvas que formaba cada uno de sus mechones de pelo. Me hipnotizaba. El diluvio que se avecinaba se desplomó sobre nosotros. En ese instante pensé en ello como un acontecimiento de lo más intempestivo, pero luego me arriesgué a creer que incluso el destino estaba jugando a mi favor. Me tomó del brazo y nos lanzamos a correr. Así seguimos por unos cinco minutos hasta que cruzamos una verja y nos paramos, goteando agua helada, sobre el descanso que precedía la entrada a una casa de estilo occidental. Atravesamos el umbral y me encontré en el recibidor. Me quité el abrigo mojado mientras ella se adentraba en el edificio y volvía unos minutos después con un par de toallas y unas pantuflas extra. Una vez que dejé de chorrear como una cubeta llena de agujeros, me invitó a pasar y me ofreció quedarme allí, al menos hasta que pasara el temporal. Me guió hasta la sala y ahí nos sentamos, en extremos opuestos del sillón, casi como dos extraños. El cuarto estaba en penumbra ya que no encendimos las luces pese a la oscuridad producida por las gruesas nubes que parecían filtrarse a través de las ventanas. La miré de soslayo y vi que ocultaba su mirada detrás del flequillo que caía como agua sobre sus parpados, todavía mojado por la lluvia. No se había cambiado y la remera blanca pegada por la humedad se trasparentaba dejando entrever los detalles del sostén. No era de copa completa, por lo que pude otear disimuladamente la mitad superior de los pechos curvándose hacia adelante y atrayendo mis ojos como un pozo gravitatorio. La oí carraspear y tan pronto como levanté la mirada noté que inclinaba el mentón apretando los dientes en una clara señal de frustración. Volví a bajar la mirada y me di cuenta de que había cerrado los puños con fuerza sobre las rodillas. Levanté la mano del brazo del sillón y dejé que reposara en el respaldo, luego crucé las piernas y fingí mirar para otro lado distraídamente. Aunque no lo pareciera, seguía atento a lo que hacía. Era consciente de lo que iba a ocurrir pero, en un arranque de inocente malicia mezclada con incertidumbre y confusión, decidí aparentar que no estaba interesado y esperar a que ella reaccionara de algún modo (y toadavía me pregunto por qué lo hice). A los cinco minutos se puso de pie de un salto, salió de la sala subió las escaleras como un rayo. Tras escuchar el portazo, yo también me levante y con calma caminé hasta el pie de las escaleras y comencé a pisar los escalones tomado del pasamano. Una vez en el segundo piso torcí en la dirección del golpe de la puerta contra el umbral. Al final del pasillo me encontré con dos entradas. Dejé la decisión al azar y giré el picaporte de la que se encontraba a la izquierda del pasillo. Entré y lo primero que divisé fue a esta chica sentada sobre sus pantorrillas y con los pies descalzos torcidos hacia afuera, dándome la espalda e inclinada sobre sí misma. Parecía estar llorando. Me acerqué y la rodeé con mis brazos. Afuera seguía lloviendo y la atmósfera se hacía cada vez más oscura y opresiva. No lograba contemplar los detalles a mi alrededor y lo único de lo que estaba seguro era que me encontraba en el suelo una habitación casi sin luz abrazando a una chica. Cuando la solté y me alejé unos centímetros vi la expresión de su rostro: una mirada apagada y fría me veía directamente a los ojos. Hubiera jurado que me encontraba frente a un cadáver si no me hubiera dado cuenta de que su pecho subía y bajaba al compás de una respiración lenta y silenciosa. Obviamente me sentí inquieto y confuso, y una sensación helada me recorría el cuerpo. Tragué saliva pero no moví un músculo más. De súbito, una sonrisa que nunca había visto recorrió su semblante de lado a lado, una sonrisa maliciosa y perversa. Entré en pánico, pero se arrojó sobre mí antes de que lograra actuar. Con el peso de su cuerpo logro tumbarme, golpeando la parte inferior de mi cabeza contra el suelo. El impacto me hizo perder el conocimiento por un momento. Cuando recuperé la consicencia aún estaba totalmente desorientado y con los sentidos parcialmente incapacitados para entender bien qué ocurría. En medio de ese torbellino de imágenes fugaces y sonidos borrosos alguien prácticamente arrancó mi camisa y me quitó los jeans que llevaba puestos. Una figura femenina casi indiscernible se inclinaba sobre mí, refregando sus senos desnudos sobre mi torso. Intenté moverme, pero no pude. Supuse que mis manos estaban atadas contra lo que creí que sería el respaldo de una cama. No puedo decir que se trataba de una tortura, pero no era precisamente agradable estar atado y presuntamente siendo abusado por una persona que yo ya dudaba que fuera la misma chica que me había arrastrado hasta su casa en medio de la lluvia y que esa misma mañana me había saludado alegremente. Mientras la osada fémina manoseaba cada milímetro de mi cuerpo yo volvía en mí lentamente. Cuando por fin logré enfocar la vista me di cuenta de que se había sentado sobre mí a la altura de las caderas, separando las piernas y con su cuerpo enteramente desnudo. En la penumbra del cuarto llegué a distinguir como ambos pechos se balanceaban de arriba abajo delante de mis ojos. Sin dudas era algo hipnótico ver como todo el cuerpo de la joven se agitaba en la oscuridad. Era algo sensual verla moverse sobre mí, pero vagamente macabro al mismo tiempo, y fue más aterrador cuando creí ver un brillo rojizo en sus pupilas que se apagó rápidamente entre el sudor, los suspiros y la lujuria. No recuerdo bien cómo ni cuándo, pero en algún punto de ese frenesí desenfrenado de sexo me quedé dormido (o inconsciente). No especulé demasiado acerca de los motivos ni intenté forzar las escenas que por buenas razones se habían borrado de mi mente. Lo que recordaba era que una chica me había atado a la cama sobre la que ahora flotaban mis reflexiones y que ella misma había satisfecho sus deseos e impulsos libidinosos conmigo. Cuando desperté, ya era de día y no había rastros del temporal de la noche anterior. Aún me dolía el golpe en mi cabeza y me sentía tan enfermo como quién se ha tomado todo un tarro de pastillas vomitivas. Asimismo, me sentía desorientado igual que si hubiera bebido hasta aburrirme y, con la sangre convertida en un contenedor de alcohol etílico, hubiera dado miles de vueltas diabólicamente rápido en un carrusel, esperando acrecentar el efecto del licor. Así me sentía yo, pero seguía teniendo las facultades del pensamiento lo suficientemente claras, de modo que pude pensar con coherencia. Definitivamente había tratado con dos chicas diferentes en la misma casa. Una de ellas risueña y tímida hasta lo encantador y la otra sumamente inescrupulosa y de depravación casi aterradora. Las posibilidades se redujeron a dos opciones, ambas igualmente perturbadoras. Al tiempo que exploraba esos escenarios en mi cabeza, la puerta del cuarto se abrió y ella entró, seguida por las acostumbradas coletas, dirigiéndome la familiar sonrisa de buen humor que siempre estaba pegada a sus labios. Cerró detrás de ella, dejó reposar su espalda sobre la puerta y levanto la vista hacia el techo de la habitación. Evidentemente estaba eligiendo las palabras para expresarse. Pensé que haría alguna alusión a lo que había ocurrido en esa habitación, pero al final solo dijo: -Lamento lo de ayer… ¿Se refería a su actitud mientras estuvimos en la sala de estar? No estaba del todo convencido, pero asumí que eso había de ser el motivo de la disculpa. Mi respuesta fue simplemente un sonoro suspiro seguido de un gesto despreocupado. Me senté en el colchón y al hacerlo me di cuenta que los nudos que habían sido usados para maniatarme y amarrarme a la cama se habían evaporado como hielo seco. No llevaba nada puesto a excepción de mi ropa interior. El resto de mis cosas descansaban en el respaldo de una silla. Preferí ignorar lo que había pasado, de momento. Le hice una seña, invitándola a acercarse a y mí mirándola con mi mejor sonrisa. Me respondió con una expresión seductora y caminó despacio en mi dirección. Apoyé mis pies descalzos en el suelo de la habitación. Cuando la tuve frente a mí acercó su rostro al mío, cerró sus párpados y me tendió los labios, invitándome a besarla. No dudé en hacerlo y, tomándola por la cintura la traje hacia mí. Acto seguido, se sentó sobre mis piernas, cada vez más librada a los placeres de la libido. Finalmente aquel erotismo propio de una pareja joven y entusiasta llegó a su obvia conclusión. Tendidos entre un revuelo de sábanas y mimetizados ambos cuerpos desnudos en un abrazo estrecho, nos quedamos dormitando toda la mañana. Cerca del mediodía decidimos levantarnos para almorzar. Mientras nos cambiábamos una pregunta que había estado flotando en mi cabeza desde el día anterior se escurrió entre mis labios antes de que yo mismo pudiera detenerla: -Esto… ¿Será posible que tengas una hermana melliza? En ese preciso instante ella se había inclinado para recoger una prenda que había caído al suelo; se detuvo en seco. Un hilo de sudor corría por sus sienes cuando volteó lentamente para mirarme con una expresión de vivo terror. Sus ojos se abrieron como platos y temblaron en sus órbitas. Estremeciéndose, miró nerviosamente en todas direcciones, igual que si esperara ser testigo de alguna clase de aparición fantasmal. Tras recorrer toda la habitación, volvió a mirarme inquieta. -¿Una… hermana? Sí, pero hace mucho tiempo que vivimos separadas. Un día como hoy, hace años, cuando mi madre fue a despertarla a su cuarto, la descubrió en un rincón de la habitación envuelta en una sábana, con la mirada desencajada y balbuceando escenas espeluznantes que no me atrevo a repetir. No pasó mucho tiempo hasta que mis padres decidieran internarla en una clínica psiquiátrica. Ellos la visitan regularmente, pero yo nunca fui capaz de volverla a ver a los ojos. Y aún temo que el horror que la llevó a la locura siga merodeando bajo el mismo techo que nosotros. ESO FUE TODO, LADIES AND GENTLEMEN SALUDOS Y GRACIAS POR PASAR.

248
82
Un post de Peter Capusotto
Un post de Peter Capusotto
TaringaporAnónimo11/8/2010

Se me ocurrió hacer este post mientras miraba en youtube algunos de los videos del humorista argentino. En mi opinión él es uno de los mejores humoristas que he visto en mi vida. Me resulta muy graciosa la forma en que ilustra y parodia los comportamientos, pensamientos y actitudes típicas de los argentinos. En su programa actual, "Peter Capusotto y sus videos", utiliza un humor que alterna diversos matices, desde lo obvio a lo alegórico, incluyendo, en ocasiones, el doble sentido. Sin embargo, el humorista, actor y conductor no se vio encaminado por este camino desde sus inicios; de hecho "hasta los 17 años soñaba con ser jugador de fútbol"; también estuvo muy relacionado con la música: "tocaba la batería intuitivamente". Inició su carrera en televisión en 1992 con "De la cabeza" participando con actores y comediantes como Alfredo Casero, Fabio Posca, Mex Urtizberea y Fabio Alberti. "Peter Capusotto y sus videos" comenzó en 2006 y se ha convertido, en la actualidad, en el programa con mayor rating en Canal 7 pero debido a sus horario y competencia el programa es muy visto por internet (generalmente a través de la web Youtube). A comienzos de 2009 obtuvo su marca más alta al llegar a los 4 puntos de rating. Hay diversos personajes recurrentes en el programa, entre ellos: Pomelo: Una estereotípica estrella del Rock, cuya vida ronda alrededor de las drogas, el sexo y el alcohol. Frecuentemente acusado (tanto el actor como su personaje) de hacer una parodia de Juanse de Los Ratones Paranoicos, Andrés Calamaro y Charly García entre otros. Micky Vainilla: Cantante racista de Pop, con un atuendo y manierismos típicos de un nazi e ideología fascista, por la que siempre se está excusando y presentando inverosímiles subterfugios. Su aspecto y movimientos son los mismos de Adolf Hitler. La mayoría de sus canciones están basadas en melodías del grupo Miranda!, no así su contenido. Juan Carlos Pelotudo: Un joven aspirante a guitarrista, cuya finalidad es ganar la atención del sexo opuesto y que para aprender recurre a cursos por fax que tardan entre 26 a 250 meses dependiendo del tema Bob Nervio: Parodia de Bob Dylan, es un cantante cuya voz no lo favorece, pero aun así es muy querido por el público debido a otro atributo. Quiste Sebáceo: músico que tiene deseo de generarle miedo a su público a través del satanismo pero que siempre se frusta al ver que todo el mundo se burla de su ceceo. Nicolino Roche: es un músico adicto a toda clase de medicamentos, líder de la banda Los Pasteros Verdes. Su adicción le provoca espasmos mientras canta, pero la crítica especializada y el público ven en sus letras una renovación de la poética del rock. Su nombre hace referencia al popular boxeador argentino Nicolino Locche y el apellido es el nombre de un conocido laboratorio. Al mismo tiempo, el nombre de su banda parodia al de la conocida banda peruana Los Pasteles Verdes. Violencia Rivas: una cantante que afirma haber sentado las bases de la música punk antes que las bandas históricamente consideradas como las pioneras del género. En el recorrido de su vida se muestran sus actuaciones en el programa "La Barra de la Nueva Ola Juvenil" (en alusión a programas como El Club del Clan), un programa que presentaba los más populares cantantes de mediados de los 60. El nombre proviene de la cantante Violeta Rivas. Jesús de Laferrere: cargada al legendario Jesus de Nazaret, que representa a un rollinga que predica por las calles del Conurbano Bonaerense (Más precisamente en Laferrere) Ahora unos videos! Ay, ay, pomelo! link: http://www.youtube.com/watch?v=6g4EZD1HKxw Dicen que sos racista Micky... pero vos haces pop... pop para divertirte. link: http://www.youtube.com/watch?v=kLMYGl1iLgk Micky y su preocupación por la pobreza. link: http://www.youtube.com/watch?v=9lqWkJBJTp8 ¡El predicador argentino! link: http://www.youtube.com/watch?v=VU0ubWOtk64 Capusotto nos muestra que muchos de nosotros perdimos la fe. Pero que sin embargo la recobramos con esas pequeñas cosas... link: http://www.youtube.com/watch?v=ZmXOtTQc9GI Violencia Rivas se anticipó al punk, ¡es verdad! link: http://www.youtube.com/watch?v=pTqGKZsf2s4&feature=related Violencia Rivas se altera con facilidad... link: http://www.youtube.com/watch?v=n--Vzy7WIU8&feature=related Juan Carlos Pelotudo sigue en busca de mujeres... link: http://www.youtube.com/watch?v=reVIK6dlQEQ Pobre Juan Carlos... link: http://www.youtube.com/watch?v=WeClSn8sWGA Las nuevas tendencias musicales de Nicolino Roche. link: http://www.youtube.com/watch?v=evnMQrTNXe4&feature=fvst La verdadera razón de la fama de Bob Nervio. link: http://www.youtube.com/watch?v=rWwtGdZMUW8 Todos en contra de Quiste Sebáceo link: http://www.youtube.com/watch?v=TT2qiPtu-zU Y con esto digo "hasta luego" amig@s taringuer@s. Espero que les haya gustado.

0
0
C
Cuanto Cabrón: las mejores viñetas de todos los tiempos.
HumorporAnónimo8/27/2011

Bueno, les traigo esta recopilación de las mejores viñetas de Cuanto Cabrón. Para los que no lo conozcan es un sito en el que los usuarios registrados publican chistes gráficos. A veces son malos o muy repetitivos, pero en general hacen mucha gracia (al menos a mí). Esta primera parte recopila las primeras páginas de la sección de los mejores chistes (según los usuarios del sitio).Creo que ninguno de estos fue publicado alguna vez acá en Taringa! Si tienen buena recepción, seguiré haciendo más posts con estos chistes. Sin más que decir se los dejo. ¡Disfrútenlos! Comentá, y si te gustaron, ¡dejá puntos! Y si no te gustaron, ¡también! ¿QUÉ CREES QUE PASARÁ SI NO COMENTÁS?UNA PISTA, ÉL TENDRÁ ALGO QUE VER...

24
0
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.