L

LeCacho

Usuario (Argentina)

Primer post: 7 mar 2015Último post: 5 oct 2016
10
Posts
283
Puntos totales
28
Comentarios
I
Impresionante órgano de mar transforma las olas en...
InfoporAnónimo12/23/2015

Impresionante órgano de mar transforma las olas del mar en melodías El arquitecto croata Nikola Bašić creó un impresionante órgano marino que traduce las olas del mar en relajantes armonías ¡El mar, el mar! Dentro de mí lo siento. Ya sólo de pensar en él, tan mío, tiene un sabor de sal mi pensamiento. José Gorostiza, “Pausas 1” El sonido del mar (su ritmo) es en sí mismo relajante; sin embargo, en la costa de Zadar, en Croacia, el mar suena distinto. Y es que el arquitecto Nikola Bašić creó un impresionante órgano marino que produce música por medio del empuje de las olas, que pasan por un conjunto de tubos de polietileno situados debajo de una enorme estructura escalonada de mármol (con una cavidad resonante). Los sonidos salen a través de agujeros dispuestos a lo largo de la estructura marmórea. El Morske orgulje se abrió al público desde el año 2005 como parte de un proyecto enfocado a diseñar una nueva costa en Zadar (Nova Riva), en un intento por reparar la destrucción generada por la Segunda Guerra Mundial. Con este diseño, el arquitecto croata ganó el premio ex aequo de la cuarta edición del Premio Europeo del Espacio Público Urbano. Este sitio se ha convertido en un punto popular tanto para los turistas como para los lugareños. link: https://www.youtube.com/watch?v=QeGDjvCCkfk

45
24
E
El memorable debate entre Foucault y...
InfoporAnónimo12/31/2015

El memorable debate entre Foucault y Chomsky El encuentro entre dos figuras emblemáticas de la intelectualidad actual en la Universidad de Amsterdam, allá por 1971, dentro del International Philosophers Project. En los apenas 13 minutos de grabación que hemos encontrado, podemos observar lo mejor y lo peor de cada uno de los autores: En Foucault vemos el perfecto análisis de la violencia ejercida por instituciones aparentemente neutrales como la universidad o la familia, pero también la tendencia al inmovilismo propia del relativismo postmoderno que es incapaz de dar alternativas a la sociedad que critica. En Chomsky es de agradecer la llamada a la acción de uno de uno de esos raros intelectuales que no solo critica desde su torre de marfil sino que se convierte en activista social, pero también queda en evidencia la debilidad epistemológica de una visión idealista que parte de conceptos como “naturaleza humana”. El debate integro fue publicado como libro bajo el titulo " Chomsky – Foucault: La Naturaleza Humana Justicia Versus Poder ” Enfrentar a Chomsky y Foucault en una discusión tenía cierto sentido. En 1971 los dos eran famosos intelectuales en todo el mundo; los dos habían dedicado obras a la estructura del lenguaje, aunque entrenamientod de Chomsky era de linguística y no en filosofía, sobre todo, los dos habían adquirido fama por sus posiciones políticas combativas. Chomsky había publicado, en 1967, en la influyente The New York Review of Books uno de los artículos que más pesaron en el ataque a la guerra de Vietnam. Chomsky recuerda que se conocieron y pasaron juntos varias horas antes del programa y que establecieron un terreno común a pesar de la barrera del idioma (Chomsky hablaba muy poco francés y Foucault aún no dominaba el inglés comom lo haría más tarde). Intercambiaron opiniones políticas generales, discutieron acerca de los gramáticos de Port-Royal (uno de los intereses académicos que compartían). Pero ya había indicios de que éste no iba a ser un debate común y corriente. Con la esperanza de molestar la pulcra sobriedad del público holandés, el moderador del programa, Fons Elder, anarquista confeso, se había conseguido una brillante peluca roja y trató, infructuosamente, que Foucault se la pusiera. Por otra parte, y sin que lo supiera Chomsky, habían dado a Foucault, en pago por su presentación, una importante porción de hachís a la cual el filósofo y sus amigos llamarían, jocosamente y durante los meses que les duró, ‘el hachís de Chomsky’.” “La conversación continuaba en este tono y Elders no dejaba de pisar a Foucault por debajo de la mesa, señalandole la peluca roja y susurrandole “póngasela, póngasela”. Foucault intentaba ignorarlo, pero las preguntas de Elders se volvían más y más apremiantes, y el filósofo empezó a irritarse”.

20
0
¿
¿Por que Napoleon guardaba su mano en su chaqueta?
InfoporAnónimo10/5/2016

Para sus retratos más famosos, el emperador francés Napoleón Bonaparte colocó su mano derecha de una forma determinada sobre la que se ha debatido lo suyo Son múltiples las razones de que siempre haya existido un profundo interés por el conocimiento de cuantos detalles sean posibles de la vida y obra, porte y carácter, virtudes y vergüenzas de las figuras históricas más relevantes, y tanto la ojeriza como la admiración son dos de suma importancia. Por ello, seguro que a muchas personas les gustaría saber, y sirva de ejemplo, qué era lo que llevaba a Napoleón Bonaparte (1769-1821) a meterse la mano en una abertura de su chaleco sobre el estómago, entre los botones, disposición con la que le retrataron algunas veces. Se trata de una de esas curiosidades que al menos harán las delicias de los aficionados a la Historia, pero no sólo a estos pues, por lo general, cuando se representa al bueno de Napoleón en ilustraciones, encima del escenario o ante cámaras de rodaje, su mano derecha se esconde a la vista; e incluso los típicos locos megalómanos caricaturizados de ala psiquiátrica y camisa de fuerza que se toman a sí mismos por el Emperador corso, tras fabricarse un bicornio con lo que pueden si no se abrazan el cuerpo por la camisa y encasquetárselo bien, lo primero por lo que les da es imitar el gesto y, claro, erguirse seguidamente en pose augusta. Simón Bolívar y George Washington No pocos pensaban que se ponía la mano así en los retratos porque sufría problemas gastrointestinales, quizá una úlcera, y trataba de aliviárselos un poco de tal manera. De hecho, sabido es que tuvo que abandonar durante unos minutos la decisiva batalla de Waterloo, en la que fue vencido por el mariscal de campo prusiano Gebhard Leberecht von Blücher y el británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, porque le había sobrevenido un ataque de diarrea. Pero no; pese a que esos problemas eran reales, no ocultaba la mano por ello. Ni porque lo que padeciera fuese un cáncer o una infección dérmica, ni porque tuviese la mano imperial deformada o los pintores para los que posó en diversas ocasiones no supiesen plasmar bien esa parte corporal en un lienzo; y aunque lo último pueda resultarnos la idea más absurda de todas, no lo es en realidad: los conspiranoicos no descansan ni un instante sus cabezas de chorlito, y no tardaron en asegurar que ponerse la mano de tal guisa sobre el pecho o el vientre es un gesto secreto de la masonería. Pero, naturalmente, para que estos imaginativos seres humanos sugiriesen semejante cosa, habrían tenido que encontrarse con el gesto en más de uno y de dos retratos, ya no sólo de Napoleón, sino también en los de otros personajes históricos de importancia. Y así es, de hecho: presidentes estadounidenses como George Washington y Abraham Lincoln, el estadista venezolano Simón Bolívar, el intelectual alemán Karl Marx y hasta un tipo como el dictador soviético Josef Stalin fueron pintados o fotografiados de esta manera igualmente. Karl Marx y Josef Stalin Porque esta pose era muy común en su época, y ello se debía a que se había convertido en una moda derivada de una convención social según la que todo hombre bien educado debía posar así. Ello consta en el libro Las reglas del decoro y la urbanidad cristiana, publicado en 1702 por el sacerdote Jean-Baptiste de La Salle para aleccionar a los niños y los adolescentes pobres de las escuelas que había fundado sobre cómo debían comportarse: “… si no se tiene bastón, ni manguito, ni guantes, es bastante común posar el brazo derecho sobre el pecho o sobre el estómago, poniendo la mano en la abertura de la chaqueta (…). En general, hay que mantener los brazos en una situación que sea honesta y decente”, explicaba La Salle. El libro gustó tanto que sus proposiciones fueron asumidas también por la clase alta, y como Napoleón había estudiado en una de estas escuelas religiosas, la de la borgoñona Autun concretamente, y es más que probable que conociera por ello el manual del sacerdote, alguien que había ido escalando en la Francia pre y posrevolucionaria hasta ser capaz de autoproclamarse emperador, tela marinera, no dudó en adoptar esta posición de la mano para que fuese indudable para todo el mundo que él era una persona bien educada. Que mandaba ejércitos para invadir otros países, pero educada de todas formas. Faltaría más. El post ha finalizado. No te olvides de comentar, dejar puntos y recomendar a tus seguidores este aporte. Seguime para ver mas contenido como este en el futuro. ¡Un saludo y gracias por pasar!

20
24
2
2. El mar cruel
InfoporAnónimo3/9/2015

Los prisioneros fueron colocados en fila. Eran catorce, más un cadáver extendido a sus pies. La tripulación del «Compass Rose», en semicírculo, examinaba a aquellos cautivos: unos tipos insignificantes. El agua, que correaba de sus manos y pies, formaba agujeros en la cubierta. Sus rostros consternados dejaban traslucir un inmenso alivio. ¡Ah, no tenían aspecto de héroes!... Sin su barco apenas parecían hombres. La tripulación del «Compass Rose» se sentía decepcionada y frustrada de una captura tan mísera. «¿Es esto –se decían- la tripulación de un submarino alemán?». Además, la presencia e aquellos extranjeros abordo provocaba una sensación de malestar, como una espina enquistada en un organismo sano. No eran solo alemanes, sino «alemanes de submarino», sus más encarnizados enemigos. Inmediatamente se les cacheo, y después de hacer una lista de ello, se les envió a la sentina. Ericson dio orden de que se les encerrase en su propio camarote al capitán alemán, colocando un centinela en la puerta, como disponía el reglamento. Aquella misma mañana, algo más tarde, el capitán bajo para conocer a su adversario. El alemán, de pie en el centro del camarote, contemplaba el mar por el ojo de buey, con actitud taciturna. Cuando entro Ericson se volvió y adopto inmediatamente la actitud envarada que reservaba para cuando está en presencia de otros. Era joven, ciertamente, pero su rostro mostraba los estigmas de la enfermedad del poder. -«¡Heil Hitler!» -dijo secamente el alemán-. Lo primero que tengo que decirle… -No –le atajo Ericson sin cumplidos-. Es inútil adoptar ese tono. Y antes que nada, ¿Cuál es su nombre? El alemán le lanzo una mirada furibunda: -Von Hellmunth, Kapitän-Leutnant von Hellmuth. Usted es también capitán, sin duda. Ha tomado usted mi barco por sorpresa, capitán –dijo con amargura-, si no… Parecía querer acusar al vencedor de traición, de haberse valido de una táctica desleal, digna de un inglés, de un negro o de un polaco, pero indigna del honor alemán. «¿Y qué es lo que ha estado haciendo usted durante tantos meses –se disponía a replicar Ericson-, sino ataca a la gente por sorpresa y acosarla sin dejarle el menor resquicio para salvarse?» Pero eso hubiera sido predicar en el desierto. Ericson prefirió renunciar a cualquier discusión. Por lo tanto, se limito a replicar sonriendo irónicamente: -¡Es la guerra! Lamento que haya resultado penoso para usted. Le volvió la espalda y salió del camarote para ir a sentarse en su butaca del puente de mando, haciendo un meritorio esfuerzo para recobrar su serenidad. Se sentía agotado. Su extenuación y la violencia de sus sentimientos le habían puesto taciturno. Cuando Lockhart fue a proponerle celebrar el acontecimiento descorchando unas botellas en el comedor de oficiales, le despidió con cajas destempladas. -¡Es preferible no ponerse a beber en alta mar! –dijo Ericson que, evidentemente, soslayaba toda conversación sobre el submarino. Sin embargo, en su fuero interno, el capitán el «Compass Rose» se sentía feliz y orgulloso de esta victoria. No compartía el entusiasmo delirante que se había apoderado del barco ocasionando las ruidosas explosiones de alegría de los marineros, pero experimentaba igual que ellos la satisfacción del deber cumplido. Habían realizado bien su misión y aquella victoria era el coronamiento de dos largos años de duras pruebas y esfuerzos. Habían pasado muchas penalidades para obtener aquel resultado; habían conocido el cansancio, el tedio, el agotamiento, el frio y toda clase de sufrimientos. Ahora, de pronto, la destrucción del submarino les compensaba de tantas horas trágicas: la pizarra había sido borrada, la cuanta, saldada. Pero Ericson consideraba aquel saldo como una cuestión personal y no quería compartirla con nadie. La armada británica reaccionaba con todas sus energías. Los cincuenta destructores retirados del servicio y prestados por los Estados Unidos a Inglaterra en septiembre de 1940 vinieron a reforzar la flota protectora de los convoyes. La utilización más inteligente y el perfeccionamiento de los aparatos detectores de submarinos tuvo como consecuencia la destrucción de muchos de estos terribles enemigos. A finales de 1940 Doenítz comprobó que, lejos de permitirle aumentar sus fuerzas para reforzar así las posibilidades de las «jaurías», las nuevos construcciones apenas bastaban para cubrir las bajas, que se elevaban ya a 31 submarinos. Pasados los meses de invierno, la lucha se reanudó en la primavera de 1941; pero los submarinos alemanes ya no obtuvieron los éxitos prodigiosos del año anterior. Este fracaso —relativo, puesto que los ingleses perdieron 325.000 toneladas en el mes de abril— era imputable a la elaboración de una estrategia conjunta por el Almirantazgo británico. El 6 de marzo de 1941, Churchill proclamó que la batalla del Atlántico estaba entablada, y dio sus famosas instrucciones en las que se daba una prioridad absoluta a la lucha contra los submarinos y los bombarderos. «¿Qué sucederá —decía el Premier en su discurso del 9 de abril a la Cámara —sí continúan nuestras pérdidas al mismo ritmo? ¿Dónde encontraremos los tres o cuatro millones de toneladas que nos faltan?... Construimos barcos mercantes cada vez en mayor escala y hacemos todo lo que podemos para acelerar la rotación de nuestros buques. Puedo asegurar a la Cámara que hemos puesto toda nuestra energía y todos nuestros medios al servicio de este fin y que ya obtuvimos resultados muy satisfactorios... Pero hay que ganar la batalla del Atlántico no sólo en las fábricas y en los astilleros, sino en el mar, sobre todo en el mar...» Con este fin, y para proteger a los convoyes de los ataques aéreos que se iban haciendo tan temibles como los submarinos, se estobleció una colaboración más eficaz entre el Almirantazgo y la R. A. F. El 1º de abril, el control de operaciones del «Coastal Command» pasó al Almirantazgo, que pudo así coordinar la acción aérea con los desplozamíentos de los convoyes. El «hueco» del Atlántico central, que tan terrible había sido en los últimos meses de 1940, se vio notablemente reducido por la llegada a Islandia de aviones de gran radio de acción que cubrían una gran parte de la zona hasta entonces sin protección. Paralelamente, el incremento de la flota canadiense no tardó en asegurar a los convoyes una escolta en la zona occidental del Atlántico. El 27 de mayo de 1941 salió el primer convoy, que fue escoltado durante toda la travesía del océano. En fin, los propios buques mercantes pudieron responder a los ataques de los bombarderos, gracias a sus nuevas baterías antiaéreas y algunos de ellos fueron dotados incluso de una catapulta que les permitía lanzar un avión Hurricane. En cuanto a los nuevos buques de escolta, que llevaban más combustible y gozaban, por lo tanto, de mayor radio de acción, fueron equipados en los meses siguientes con aparatos de radar y de detección submarina perfeccionados. Era de esperar que después de la «belle époque» de los submarinos iba a empezar por fin un período de menos peligro para la flota mercante inglesa. La protección reforzada de los convoyes y la aparición de los primeros portaaviones de escolta obligaron al Alto Mando de los submarinos y, en particular, a su jefe, el almirante Doenitz, a replantearse el problema de la utilización eficaz de los sumergibles.

0
0
1. El mar cruel
1. El mar cruel
InfoporAnónimo3/9/2015

Nicholas Monsarrat, oficial de la armada británica, vivió durante cinco años, en un buque de escolta, la tragedia de los convoyes aliados en el Atlántico. Nadie ha evocado mejor en forma novelesca, la oscura odisea de los barcos acosados por los submarinos y la admirable abnegación de sus tripulantes. El mar cruel La partida que se estaba jugando en el mar parecía inclinarse peligrosamente en favor del enemigo. Los alemanes llevaban la iniciativa en dos terceras partes del Atlántico y sus implacables ataques se hacían cada vez más violentos y eficaces. Se diría que una gran mancha de aceite negro invadía progresivamente la inmensidad del océano, donde las zonas de seguridad se Iban reduciendo y las aguas mortales se iban ensanchando. Los convoyes libraban una larga y sangrienta batalla contra enemigos cada vez más numerosos. Porque el enemigo no sólo se multiplicaba; también se organizaba. Los submarinos cazaban ahora por «jaurías», en grupos de seis o siete, que rastrillaban una gran extensión de rutas marítimas y reunían todas sus fuerzas tan pronto descubrían algún convoy. Disponían en Francia, en Noruega y en el litoral báltico de bases perfectamente equipadas y de aviones de gran radio de acción que se dedicaban a descubrir las presas. Su primer ataque en masa echó a pique 10 de los 22 barcos de un convoy. A partir de aquel momento, el ritmo de los torpedeamientos creció de manera inquietante: 53 en un mes, 57 en otro. Los submarinos extendieron progresivamente sus operaciones hacia el oeste, de tal suerte que pronto no hubo, en medio del Atlántico, ninguna zona segura donde pudieran dispersarse los convoyes. Ni las islas británicas, ni el Canadá, ni Islandia se hallaban en condiciones de garantizar una protección aérea suficiente, y el aguante de los buques de escolta tenía sus límites. La mancha de aceite se extendía, pues, a su placer, y los barcos aliados desaparecían a un ritmo alarmante. La defensa, naturalmente, fue reorganizada. Las patrullas aéreas extendieron su radio de acción; se dotó a algunos barcos mercantes de cazas, que despegaban por medio de catapultas, y el armamento de los buques de escolta se fue modernizando poco a poco. Estas mejoras costaron a los alemanes la pérdida de siete submarinos en sólo un mes, a mediados de 1941, cifra máxima de toda la guerra. Pero ¿qué significaban siete submarinos? Los sumergibles proseguían su caza, siempre demasiado numerosos, mientras que los Aliados no disponían de suficientes buques de escolta para proteger con eficacia a sus convoyes. El «Compass Rose» se encontraba en el centro de esta carnicería. Sus tripulantes se habían acostumbrado a oír mugir la sirena de alarma y la vista de los desgraciados náufragos que eran izados a bordo ya no les impresionaba. Curtidos por el espectáculo del sufrimiento y la destrucción, concentraban todos sus esfuerzos en salvar el mayor número de hombres con el propósito de enviarlos nuevamente a la lucha lo antes posible. Aún realizaron cuatro misiones de escolta en las condiciones difíciles, penosas y dramáticas que eran ya acostumbradas en todos los convoyes. Y luego, una reforma del buque les proporcionó un largo permiso, su primer verdadero descanso desde que habían embarcado en el «Compass Rose». El almirante sir Dudley Pound, jefe del Estado Mayor naval, mandó con energía indomable hasta su muerte, ocurrida en 1943, la marina británica. Les costó trabajo reconocer al «Compass Rose» después de su reforma. El barco parecía haber sido borrado definitivamente de la categoría de las corbetas para ascender a un rango tan honorífico como inesperado. Su nuevo puente era la réplica exacta del puente de un destructor. Se le habían aumentado la provisión de cargas de profundidad y el número de piezas de artillería antiaérea, dotándole además de un aparato sensacional: el radar. Ya sería innecesario, por la noche, torturarse la vista buscando un barco perdido o un convoy de regreso. Se les vería claramente en la pantalla, que revelaría su presencia a muchas millas de distancia. El radar, arma defensiva que los alemanes desconocían, iba a establecer un equilibrio de fuerzas en el Atlántico al evitar los ataques solapados gracias a su maravilloso mecanismo, que fue el mejor descubrimiento que la ciencia pudo ofrecer a los Aliados. Después de este reposo bienhechor, volvieron gustosamente a formar parte de una escolta reforzada —dos destructores y cinco corbetas—, encargada de proteger 21 mercantes que, abarrotados de carga, se dirigían a Gibraltar. Pero no pudieron hacerse ilusiones mucho tiempo sobre la facilidad de su nueva misión. La fiesta se reanudó con la aparición de un cuatrimotor de reconocimiento Focke-Wulf, que surgió del este y empezó a describir lentamente amplios círculos en torno al convoy, manteniéndose prudentemente fuera del alcance de los cañones de la D. C. A. No era la primera vez que recibían una visita semejante, y no cabía la menor duda sobre las intenciones de aquel aparato. Pero esta vez la incursión enemiga se producía al iniciarse su viaje. El cuatrimotor se retiró al anochecer. Sobre cubierta, y mientras preparaban el camuflaje nocturno del buque, los tripulantes le vieron partir haciendo pronósticos pesimistas. Ericson, el comandante, resumió el pensamiento de todos. —Para él es coser y cantar —gruñó—. Le basta con girar a nuestro alrededor y emitir una señal para que en cien millas a la redonda todos los submarinos se dirijan hacia nosotros. Ojalá se levante un poco de viento, porque con este tiempo tenemos todas las bazas en contra. Nada ocurrió aquella noche, aparte de un mensaje del Almirantazgo al jefe de la escolta: «Cinco submarinos en su sector. Algunos más se les incorporan.» Cuando cayó la noche, el convoy modificó su ruta para despistar a los submarinos que el avión había lanzado a perseguirles. La maniobra debió dar resultado, o bien los submarinos estaban demasiado lejos al recibir el aviso; el caso es que las cinco horas de oscuridad transcurrieron sin incidentes y que en la pantalla del radar la masa compacta de los mercantes rodeada de buques de escolta avanzaba con regularidad, tranquilamente, sin llamar la atención. Al amanecer, el «Viperous», que mandaba la escolta, al hacer su ronda habitual alrededor del convoy dijo al pasar cerca del «Compass Rose»: «¡Me parece que les hemos despistado!» Pero cuando lo estela del «Viperous» comenzaba a bambolear al «Compass Rose» se oyó el zumbido de un avión, y otra vez el espía empezó a evolucionar alrededor del convoy. Amparado por las alas tutelares de un hidroavión Sunderland, un convoy británico navega por el Atlántico. El enemigo puede hacer su aparición y atacar en cualquier momento. ¿Cuántos marineros y cuántos cargamentos habrá devorado el océano? A mediodía torpedearon el primer barco, que se incendió. Era un gran petrolero. Los 21 barcos del convoy, cuya mayor parte debía seguir rumbo a Malta, eran presas apetecibles y de importancia. La batalla, que duró ocho días, impuso un pesado tributo al convoy, que cada noche veía reducirse el número de sus unidades con terrorífica regularidad. Los buques se defendían lo mejor posible. Pero la lucha era desigual y su coraza defectuosa no resistía los golpes de un enemigo que les atacaba por todas partes a la vez. ¡Seis barcos perdidos! ¡Seis barcos en dos días! Y aún les quedaba una semana de navegación antes de entrar en aguas territoriales. Sin embargo, la suerte pareció sonreírles. Dos noches muy oscuras y un nuevo cambio de ruta despistaron a sus perseguidores. El convoy, reducido a 15 unidades, forzaba la marcha hacia el sur, el horizonte de la seguridad. La esperanza renace a bordo del «Compass Rose». ¡Después de todo, tal vez acaben por llegar a puerto! Prosiguieron así durante dos días y dos noches; luego el avión los descubrió y reanudó su ronda infernal. El primero que lo oyó fue Rose, el joven timonel. Era un ligerísimo temblor muy arriba, en el cielo; un ronroneo imperceptible, que anunciaba que ya habían sido descubiertos. — ¡Ahí está! —gritó de pronto, señalando con el dedo. Por un costado, surgiendo de la nacarada bruma matinal que aún cubría el horizonte, apareció el avión enemigo. Todos los tripulantes lo contemplaron, unidos por el mismo sentimiento de rabia y de odio, ¡Era tan desleal!... Todavía, con los submarinos había alguna defensa. Bastaba con que un poco de mal tiempo ayudase a los marineros para que el convoy, a fuerza de astucia y cambiando de dirección, escapase a sus perseguidores. Pero no existía ningún medio de evitar la indiscreción de aquel pérfido observador, de aquel rapaz mensajero que venía de otra esfera. Al divisar un avión, los marineros experimentaban una sensación de impotencia y de desamparo que degeneraba en una rabia, tanto mayor cuanto que sabían que era completamente vana. El avión debió realizar su misión con rapidez y los submarinos no debían estar muy lejos, puesto que doce horas más tarde reanudaron su ataque, y el balance de aquella noche se saldó con la pérdida de otros dos barcos de un convoy ya bastante disminuido. La caza proseguía y la jauría redoblaba su encarnizado ataque. Para defenderse, los buques de escolta contraatacaron con cargas de profundidad y el convoy cambió de ruta y aumentó su velocidad. Todo ello sin resultado. Amaneció el sexto día, cayó la sexta noche y a las doce exactamente sonó la alarma: el primer cohete de auxilio se elevó en la oscuridad, indicando que un barco acababa de ser herido de muerte y pedía socorro. El mercante ardió mucho tiempo, reflejando en el agua fulgores infernales; pronto su masa incandescente, que el oleaje mecía con lentitud, fue sólo una especie de hoguera aceitosa y vacilante que iba quedándose atrás. Los tripulantes disfrutaron entonces de dos horas largas de tregua, durante las cuales se quedaron tumbados en sus puestos de combate. El convoy las aprovechó para apresurar su marcha hacia el sur, a favor de una noche sin luna. Una «jauría» de submarinos. Sumergidos, los submarinos sólo desarrollaban una velocidad de tres o cuatro nudos, pero navegando en superficie alcanzaban fácilmente los dieciocho nudos; la velocidad de la mayoría de los buques de escolta era inferior. El día séptimo, a mediodía, sólo quedaban 11 barcos de los 21 de que estaba compuesto el convoy. Dejaba tras de sí 10 excelentes mercantes hundidos, un número incalculable de hombres ahogados y un buque escolta, el «Sorrel», igualmente perdido. Era terrible pensar que durante centenares de millas el océano estaba sembrado de toda aquella cantidad de aceite, restos de barcos y cadáveres. De hecho, la agresividad de uno de los dos adversarios y los inútiles intentos que el otro hacía para esquivarlo daban a aquel combate el aspecto de una lucha demasiado desigual. En efecto, se enfrentaban muchos submarinos con muy pocos buques de escolta y no existía la menor esperanza de que llegasen a igualarse las fuerzas. Sólo un milagro podía sacar al convoy de la red en que había caído, y, por desgracia, el milagro no se produjo. Sentenciados a un fracaso cierto, los barcos se veían reducidos a estrechar sus filas, manteniendo la mayor velocidad posible, y a sudar la gota gorda hasta el final. Jamás se había visto el «Compass Rose» tan abarrotado de náufragos. Catorce oficiales de la marina mercante se alojaban en el comedor de oficiales y 121 marineros se hacinaban de día en la cubierta superior y se agolpaban por la noche en la cámara de la marinería para comer, dormir y esperar a que amaneciera. La séptima noche, la jauría de submarinos sólo tuvo un barco que llevarse a la boca: el más pequeño de todo el convoy. Fue alcanzado en la popa y se hundió sin prisas. Sólo se perdió un hombre de toda su tripulación: un marinero enloquecido que saltó —o creyó saltar— al agua, pero que cayó de cabeza en el centro de una lancha de salvamento. En aquel clima de hecatombe hay que confesar que una caída tan cómica casi hacía sonreír. Ello no obsta para que aquel barco fuera el undécimo que se hundía. Finalmente, en la octava y última noche hubo más horrores de los precisos para borrar el recuerdo de las escasas horas de tregua que los marineros habían tenido en el transcurso del viaje. Aquella noche, a 300 millas de Gibraltar, el convoy perdió otros tres barcos, uno de ellos un gran petrolero, al que asistió en sus postrimerías el «Compass Rose». La corbeta navegaba pegada al mercante cuando un torpedo lo incendió. La corbeta se puso inmediatamente a describir círculos en torno al barco siniestrado; pero el petróleo que manaba de sus flancos abiertos se inflamaba al momento, extendiéndose sobre el mar como un tapiz de llamas, que bien pronto alcanzaron 15 metros de altura. Destacándose sobre el telón de fondo incandescente, el «Compass Rose» se podía ver a varias millas a la redonda y era un blanco insuperable a pesar de sus rápidas evoluciones. Ericson se preguntaba si debía detener el barco para recoger a los supervivientes o si no sería más prudente no correr el riesgo de inmovilizarlo ante aquel muro luminoso. ¿Había que exponer 200 vidas para salvar 50? Terrible responsabilidad, que en aquel momento nadie hubiera querido asumir. Finalmente llegó la orden, breve y categórica: —¡Paren las máquinas! —¡Paren las máquinas, capitán!... ¡Máquinas paradas, timón a la vía, capitán! Luego Ericson llamó al primer oficial: —I Lockhart! —I A la orden, mi capitán! —Ocúpese de recoger a los supervivientes. No podemos botar lanchas al agua. Tendrán que nadar o remar hasta nosotros. ¡Caramba! No pueden dejar de vernos con esta maldita iluminación. —¡A la orden, mi capitán! —respondió Lockhart. El comandante añadió con voz tranquila: —No hay tiempo que perder. De repente un manto de silencio envolvió al «Compass Rose», que, habiendo parado sus máquinas, esperaba balanceándose a la luz de las llamas. Lockhart dirigía con serenidad los preparativos de salvamento. Hizo preparar una trinca para los heridos y colocó en los costados del barco grandes redes, trepando por las cuales los náufragos podrían subir a bordo. Entonces empezó la operación de salvamento, que, aunque llevada a toda velocidad, les pareció interminable. Ya en el fin de aquel torturante viaje, los marineros, extenuados, se estremecían ante la idea de quedar inmovilizados durante unos minutos sobre un buque tan peligrosamente iluminado. —Si esta vez no nos hunden —comentó Wainwright, el .cabo torpedista—, es que los «Fritz» no merecen ganar la guerra. Los salvadores recogieron a los supervivientes de tres lanchas y a un puñado de nadadores. Los tripulantes que tenían algo que hacer estaban de suerte; los que sólo tenían que esperar, como Ericson en el puente de mando o los fogoneros bajo la línea de flotación, tuvieron la oportunidad de conocer durante aquellos momentos de angustia el verdadero significado de la palabra «miedo». Nada ocurrió, y en esto consistió el milagro de aquella noche. Cuando ya no quedaban náufragos, la corbeta reemprendió su ruta. De un extremo a otro de la embarcación, el trepidar de las máquinas fue acogido con una mezcla de alivio y estupefacción. El «Compass Rose», sin haber tenido que arrepentirse de su temeridad, no tardó en alejarse de las llamas y del olor a petróleo con una carga suplementaria de supervivientes arrancados a la muerte. «Sin barcos no podemos vivir; sin barcos no podemos vencer», había afirmado Churchill. En primer plano, los cañones del acorazada «King George V», gigantesco perro guardián de los océanos. Pero un barco más fue echado a pique antes de amanecer, y entre dos luces el «Compass Rose» fue testigo del último drama del viaje. Un tercer mercante, situado al extremo de la fila, fue torpedeado y comenzó a escorarse con rapidez. Luego fue hundiéndose lentamente, sin que ninguna de sus lanchas fuese botada al agua. ¿Esto fue debido a mala organización o a imposibilidad material, causada por la escora que había provocado el torpedeamiento? El caso es que su tripulación tuvo que saltar al agua para alejarse a nado y evitar la terrible absorción. Cuando el barco se acostó totalmente y desapareció en un gran remolino, Ericson dirigió el «Compass Rose» hacia las cabezas que se agitaban en el agua. Pero el salvamento no se realizó porque en el preciso momento en que el capitán abría la boca para dar la orden de lanzar una chalupa, el «asdic» registró un contacto, un eco submarino tan claro y tan preciso que sólo podía tratarse de un sumergible. Al percibir el eco, Lockhart, que se hallaba en su puesto, sintió que el corazón se le paraba. ¡Tenía que suceder!... Gritó por la porta abierta: —¡Eco! ¡Situación: dos dos cinco babor! Luego volvió a inclinarse sobre el aparato y concentró en él toda su atención. Ericson ordenó inmediatamente: —¡Avante toda! El «Compass Rose» se alejó apresuradamente del emplazamiento indicado para aumentar la distancia, pues si tenía que lanzar de un momento a otro granadas submarinas, sería preciso tomar espacio suficiente para adquirir la velocidad necesaria. —¿Qué pasa, Lockhart? —gritó el capitán. El primer oficial escuchó el áspero ruido metálico y lanzó una ojeada al gráfico antes de contestar: —Un submarino, mi capitán. No puede ser otra cosa. Continuó detallando las marcaciones y las distancias mientras Ericson se preparaba a lanzar su barco a la velocidad de ataque y a arrojar en el trayecto un rosarlo de granadas submarinas. De repente, y en el momento en que el «Compass Rose» ponía proa al objetivo y adquiría la velocidad precisa, todos observaron algo que no habían notado hasta entonces: el punto exacto en donde se encontraba el submarino, el sitio donde debían lanzar sus cargas de profundidad era un hormiguero de náufragos que nadaban hacia un hipotético socorro. Ericson tuvo la sensación de que le habían dado un puñetazo en la boca del estómago. Había unos cuarenta nadadores, agrupados en una zona muy reducida. Proseguir el ataque sería matarlos a todos. Ericson, desgraciadamente, conocía de sobra los terribles efectos de la explosión de una tanda de granadas en el agua, la explosión que levantaba un enorme geiser en el mar, sembrándolo de algas destrozadas y peces muertos. Pero esta vez no se trataba de algas ni de peces, sino de seres humanos, de náufragos que nadaban confiados hacia él, llenos de esperanza... Y, sin embargo, allí estaba el submarino. Era uno de los perros de la jauría que día tras día les había acosado y desangrado, un asesino cuya destrucción era más importante que todo, aunque sólo fuese por el daño que podía seguir haciendo a otros barcos. Transcurrían los segundos mientras Ericson luchaba contra sus escrúpulos y su conmiseración, que ya estaban a punto de dominarle. El manual ordenaba: «Atacar, cueste lo que cueste.» Vivía una de las páginas más penosas del libro; la vida de aquellos hombres que nadaban en el mar cruel no debía ser tenida en cuenta desde el momento en que se trataba de castigar a un asesino. Todavía, durante unos instantes, buscó a su alrededor el apoyo y la confianza que necesitaba para cumplir su espantosa obligación: —¿Y ahora, Lockhart? —Siempre igual, mi capitán... Eco sólido, dimensiones reconocibles... Es, indudablemente, un submarino. —¿Se mueve? —Muy despacio. —Hay hombres nadando exactamente en ese sitio. —¡Qué se le va a hacer! Tienen un submarino debajo. «¡Entonces, sea! —pensó Ericson, refugiándose en un inesperado acceso de crueldad—. Vamos a atacar...» Sin más vacilación se volvió hacia la popa y dio la orden al equipo encargado de lanzar las cargas: —¡A sus puestos para el ataque! Los náufragos hicieron gestos desesperados cuando comprendieron lo que pasaba. Unos gritaban, otros trataban de esquivar la proa de la corbeta, nadando furiosamente con la esperanza de salvarse; otros, en fin, menos perspicaces o más próximos al agotamiento, creyeron que el «Compass Rose» volaba en su socorro, y estuvieron sonriendo y agitando alegremente la mano hasta su último instante... El barco se metió entre ellos como un ángel exterminador. Una idéntica expresión de estupor y de espanto se dibujó al momento en los rostros de los desgraciados náufragos y en los de los tripulantes del «Compass Rose». Transcurrieron unos minutos mortales, durante los cuales los náufragos y los tripulantes del «Compass Rose» tuvieron tiempo de mirarse unos a otros. Todavía brillaba en sus ojos, desorbitados por el espanto, un destello de incredulidad. Luego se oyó un siniestro martilleo: las cargas de profundidad estallaban. Nadie se atrevió a mirar a Erícson cuando salieron de la zona de la explosión. Y más valió que fuese así, pues los tripulantes se habrían aterrado viendo el espanto que reflejaba el rostro lívido del capitán. Cuando, después de haber atravesado el estrecho, después de haber aspirado el cálido perfume de África a la altura de Ceuta, enfilaron su ruta hacia Gibraltar, todos se hallaban en un estado próximo a la desesperación. La prueba, en verdad, había durado demasiado tiempo; había costado demasiado cara y la expedición arrojaba un doloroso balance. La tripulación había permanecido constantemente, durante ocho días, en sus puestos de combate, sin dormir, sin tomar otro alimento que unos sandwiches de carne en conserva acompañados de un poco de cacao. El peligro había estado acechándoles continuamente, sin tregua ni descanso, y el hambre, la sed y la fatiga habían constituido su pan de cada día. Y, finalmente, habían tenido que mantener una vigilancia constante en un buque desorganizado por la multitud de náufragos recogidos, que triplicaba el número normal de personas a bordo. Y todo ello inútilmente; no se podía imaginar un derroche de energía más estéril. Además del «Sorrel» habían perdido 14 barcos, en un total de 21; las dos terceras partes del convoy habían sido exterminadas por una serie de ataques tan hábiles y crueles que nada había servido contra ellos. Y esta inevitable sensación de impotencia era lo más penoso del viaje. ¿Qué cabe hacer cuando los submarinos son más numerosos que los buques de escolta y pueden atacarnos cuando les viene en gana? Encerrados entre los flancos de su barco, estos hombres procuran distraerse como pueden; en cualquier momento pueden tener que entrar en combate. El sexto día de su viaje de regreso, ya muy cerca del mediodía, el jefe de máquinas, Watts, se presentó en el puente de mando con aire preocupado. Hasta entonces todo había ido bien y el convoy caminaba sin contratiempos: ningún avión había venido a espiarles y los submarinos no les habían tendido la menor emboscada. Pero he aquí que las cosas parecían tomar de nuevo mal cariz. — ¡Mi capitán! Ericson, que se disponía a tomar la altura del mediodía, se volvió al oír su voz: —¿Qué ocurre, oficial? ¿Hay algo que no marcha? —iMucho me lo temo, capitán! Watts se aproximó mientras se limpiaba las manos en su mono de trabajo. En su rostro, surcado de arrugas, se notaba una gran preocupación. —Hay un cojinete que no me gusta... Se recalienta cada vez más... Está casi al rojo. Convendría parar el barco para examinarlo a fondo, mi capitán. —¿Se refiere usted al árbol de transmisión, oficial? —Sí, mi capitán. Me parece que la conducción de engrase está obstruida. —¿Y si nos limitásemos a aflojar la marcha? Si es posible evitarlo, prefiero no parar. Watts meneó enérgicamente la cabeza: —Si dejamos que el árbol siga girando así, acabará agarrotándose, mi capitán. Y además me es imposible revisar el circuito de engrase si no se paran las máquinas. —Está bien, oficial —dijo Ericson, decidiéndose—. Voy a enviar un aviso al convoy y luego le daré la orden de parar. Haga la reparación lo más de prisa posible. —De acuerdo, mi capitán. Se hallaban en aquel momento a la vista del «Viperous», que navegaba zigzagueando a la cabeza del convoy con amplias bordadas. Cuando el «Compass Rose» le comunicó la noticia de su avería, la respuesta del jefe de escolta fue lacónica: «Libertad de maniobra. Téngame al corriente.» —Acuse recibo —dijo Ericson al timonel de guardia—. Timón a estribor, diez, ¡Paren las máquinas! El «Compass Rose» se separó del convoy trazando una amplia curva, siguió avanzando algún tiempo por el impulso que llevaba y por fin se detuvo. La tripulación, sobre cubierta, esperaba en silencio, viendo pasar a los últimos barcos del convoy. En la sala de máquinas. Watts y un jefe de calderas llamado Gracey se pusieron inmediatamente a revisar el circuito de engrase. En aquella tercera cubierta hacía un calor sofocante y los dos hombres tenían que trabajar completamente agachados para llegar a la tubería donde se sospechaba que estaba la avería. Necesitaron más de dos horas para descubrirla: un codo de la tubería completamente obstruido. Watts salió reculando, se enderezó y cogiendo el sector de tubería con una mano se enjugó con la otra la frente, empapada en sudor. —Y ahora —dijo enfáticamente—, ¿cómo vamos a saber lo que hay dentro? —No hay más que chupar y ver qué es lo que sale —respondió Gracey, que tenía una bien ganada reputación de bromista. —Coge un trozo de alambre que no sea muy grueso —le ordenó secamente Watts—. Voy a avisar al capitán. Eran muy pocas las personas que podían permitirse una broma con el jefe de máquinas, pero de esta categoría privilegiada estaban rigurosamente excluidos los jefes de calderas. Después de trabajar dos horas desesperadamente, no habían avanzado un paso. El tapón que obstruía la tubería se negaba enérgicamente a dejarse extraer. Mientras tanto, en el puente de su buque, paralizado, Ericson se aguantaba difícilmente las ganas de precipitarse en la sala de máquinas para decir a los dos hombres que dejaran de divertirse y activaran un poco el trabajo. Pero estaba seguro de que hacerlo no serviría de nada. Tascaba, pues, el freno, con la mirada perdida en el agua, negra y aceitosa. A las 4, cuando los últimos barcos del convoy se habían perdido en el horizonte, Ericson envió un mensaje al «Viperous» explicándole lo que pasaba. La respuesta consistió en un lacónico acuse de recibo. El «Compass Rose» estaba completamente inmóvil. Su bandera pendía lamentablemente y su reflejo en el agua no se modificaba en una sola línea. Esperaba el arreglo de sus maquinas resignado a las peores eventualidades, que podían llegarle en cualquier momento, de sopetón y sin darle la menor oportunidad de defenderse. ¿Cómo saber, en efecto, lo que ocultaba la superficie sombría del mar? En la cubierta de popa, algunos marineros mataban el tiempo pescando con caña. Había por lo menos mil brasas de fondo, pero ¿qué importaba la profundidad? En semejantes momentos más valía pescar, aunque sólo fuese con una bolita de miga de pan suspendida a dos mil metros del fondo del mar, que estarse mano sobre mano. En la sala de máquinas. Watts había decidido cortar por lo sano. Esta decisión suponía el riesgo de un retraso considerable, y aun de exponerse a estropearlo todo y convertir la avería en irreparable. Pero no tenía elección. Después de una última e infructuosa tentativa, le dijo a Gracey: —Vamos a tener que serrar el tubo centímetro a centímetro hasta que encontremos el tapón. —¿Y luego? —Luego habrá que soldar todos los trozos. —Tardaremos en hacer ese trabajo toda la noche —refunfuñó Gracey. —Y si no lo hacemos tardaremos toda la guerra —replicó Watts—. Coge una sierra para metales mientras voy a avisar al capitán. La reparación no duró toda la noche, pero sí varias horas, largas y agobiantes. Watts tuvo que seccionar ocho veces la tubería hasta localizar el tapón, un trozo de borra de algodón endurecido que se hallaba en el ángulo del codo. La noche sucedió al crepúsculo. El capitán había tomado todas las precauciones imaginables para que no se advirtiera nuestra presencia. Lockhart había recorrido tres o cuatro veces el puente para asegurarse de que no se filtraba al exterior ninguna luz. En el comedor de oficiales y en las cámaras de la tripulación se habían desconectado todas las radios y se hicieron circular órdenes severísimas prohibiendo cualquier ruido inútil. Se habían sacado los pescantes de las lanchas de salvamento para que éstas estuvieran listas para ser echadas al agua y se desencapillaron las trincas de las balsas para el caso en que —como decía cínicamente Tallow— «la natación se convirtiera en el más urgente de los trabajos». Lo único que ya quedaba por hacer era esperar. Los turnos de guardia se iban sucediendo. Los marineros se dirigían a sus puestos de puntillas en vez de andar pesadamente sobre cubierta, haciendo resonar sus botas de agua contra las escalas metálicas, como tenían por costumbre. Colgaba del cielo una media luna radiante, como una linterna, que permitía a los marinos medir la magnitud del riesgo que corrían. El único incidente que se produjo en el transcurso de aquella larga noche heló de espanto a la tripulación. En medio del sordo silencio que sucedió al cambio de guardia, exactamente después de medianoche, se oyó un ruido horrible: una violenta sucesión de martillazos que venían de la cala y retumbaban por todo el barco. Todo el mundo, bruscamente sobresaltado, trató de tranquilizarse preguntando a su vecino. Los marineros, en su fuero interno, maldecían a aquellos «imbéciles» que en la sala de máquinas habían despertado tan brutalmente el miedo y la rabia de toda la tripulación. El estruendo debía oírse a varias millas a la redonda. Ericson se volvió hacia el alférez de navío Morell, que comenzaba su turno de guardia. —Vaya a ver a Watts —le dijo con tono tajante—. Dígale que pare inmediatamente esos martillazos o que los amortigüe como pueda. Dígale que no podemos permitirnos el lujo de armar semejante estrépito... Y dígale también que él sería el primero en recibir el torpedo. «En efecto, es lo más probable», se decía Morell mientras bajaba precipitadamente las sucesivas escalas que llevaban al fondo del barco. El joven oficial sentía una cordial admiración por aquellos dos hombres que durante largas horas seguidas habían trabajado pacientemente a 3 metros por debajo del nivel del mar. Evidentemente, éste era su trabajo; pero la sangre fría que demostraban realizándolo en circunstancias tan peligrosas y en el sitio más vulnerable del barco exigía disfrutar de un temple poco común. Bastaría un torpedo para que todo el personal de la sala de máquinas muriese al instante. Dispondrían tal vez de diez segundos para huir de los torrentes de agua que la invadirían. Pero para unos hombres que se tendrían que disputar en la oscuridad la única escala de salida, esos diez segundos los condenarían a una muerte espantosa. Cesaron los últimos martillazos cuando Morell llegó al final de la última escala. Al oír el ruido de sus pasos. Watts se volvió: —¿Ha venido a presenciar la última sesión, señor? ¡Ya queda poco! —Es una estupenda noticia, contramaestre. Pero —prosiguió— ese ruido preocupa un poco al capitán. ¿No habrá manera de amortiguarlo? —Ya está casi terminado. Sólo falta volver a colocar este codo... ¿Se oían los martillazos? —¿Que si se les oía? En cien millas a la redonda, los submarinos habían subido a la superficie para protestar del escándalo. Los hombres que trabajaban en la tubería de engrase acogieron la broma con una sonrisita cortés. En la tercera cubierta, los mejores chascarrillos sobre submarinos no hacen reír a nadie. —¡La verdad es que parece que estamos haciendo todo lo necesario para sacar el premio gordo! —gruñó Watts—. Si esta vez no nos pillan, no nos pillarán ya nunca. —¿Cuánto tiempo les falta aún, contramaestre? —Cerca de dos horas. —Jamás he visto una avería tan larga —comentó Gracey—. Se diría que estamos realmente en un barco de guerra. —¡Cuando volvamos a tierra, me voy al cuartel de cabeza! —dijo un aprendiz mecánico llamado Broughton—. ¡Preferiría ser cargador en Chatam que volver a embarcarme en este maldito ataúd! —¡No eres tú el único! —replicó Spurway, el más joven y borracho de los fogoneros—. Yo preferiría limpiar los retretes de los diques aunque tuviera que hacerlo todos los días. Morell se dio cuenta de pronto del grado de sobreexcitación en que se encontraban aquellos hombres. — ¡Adiós y buena suerte!—les dijo. Entre las dos y las tres de la mañana sonaron de pronto unos pasos en la escala que conducía al puente de mando; unos pasos vivos y presurosos, como no se habían vuelto a oír desde después de la avería. Era Watts, el jefe de máquinas. —¡Mi capitán! —dijo dirigiéndose a la silueta borrosa y encogida en el extremo del puente. Ericson, entumecido a consecuencia de su larga vigilia, se volvió trabajosamente hacia él. —¿Qué hay, oficial? —¡Listos para navegar, mi capitán! «¡Por fin!», pensó Ericson poniéndose en pie y desperezándose. Así, pues, su barco podía ponerse en marcha y huir de aquel lugar tan peligroso. Desbordaba de gratitud. Tenía deseos de felicitar a Watts a gritos, de cogerle ambas manos y estrechárselas, de dar rienda suelta a una alegría delirante. Pero se limitó a decirle: —¡Gracias, oficial! ¡Ha hecho usted un buen trabajo! Y luego, en el portavoz: —¡Puente! —¡Puente, mi capitán! —respondió la voz, un poco sorprendida, del cabo de guardia. —¡Atención! ¡Todo a babor! ¡Avante todo! Al ser atacado, este convoy queda envuelto en torbellinos de humo, mientras los buques escolta le defienden. Pueden verse los cañones de un crucero que acaband de disparar contra el enemigo. Pronto navegaban a todo vapor, proa al norte, para alcanzar al convoy. Con la vibración cada vez más regular de sus máquinas, el buque entero pareció reconfortarse y la tripulación recobró la esperanza. Hacia las 6 de la mañana, a las primeras luces del alba, Lockhart, que estaba de guardia, observó con satisfacción un débil eco en el extremo borde de la pantalla del radar: habían «enganchado» a los otros. El convoy se hallaba aún a muchas millas de distancia y probablemente no estarían en contacto franco hasta mediada la mañana, pero aquella presencia lejana les reconfortaba: ya no estaban solos en aquel desierto líquido que hubiera podido servirles de sepultura. Eran cerca de las 8, y la primera guardia de la mañana se terminaba. El timbre del radar sonó. Lockhart se inclinó sobre el portavoz: —¡Puente! Monótona, un poco cansada pero serena, la voz del operador llegó hasta él: —Un eco ligero detrás del convoy, oficial. ¿Lo ve usted? Lockhart lanzó una mirada a la pantalla del radar, situada al lado del portavoz, y meneó la cabeza. ¡No cabía duda! Entre el convoy y el «Compass Rose» podía apreciarse un pequeño eco, vacilante y tembloroso como la llama de una vela a punto de apagarse.Lockhart la examinó unos segundos antes de contestar. Tenía la forma de un punto luminoso no más grueso que la cabeza de un alfiler, pero se trataba, indudablemente, de un contacto que no había que perder de vista. Lockhart volvió a inclinarse sobre el portavoz: —Sí, lo veo... ¿Qué cree usted que es? —y sin esperar la respuesta preguntó—: ¿Quién habla desde la estación de radar? —Sellars, señor. Sellars era su mejor técnico de radar, un operador de toda confianza, a quien podía ser útil hacer algunas preguntas. —¿Qué cree usted que es? —repitió Lockhart. —Es difícil decirlo, señor. Es muy débil, pero constante, y sigue regularmente la marcha del convoy. —¿Un barco retrasado tal vez? —Es demasiado pequeño para ser un barco, señor. ¿Ve usted aquel que está en el extremo borde a estribor?... Es, sin duda, un buque escolta, y es mucho mayor. Una ojeada convenció a Lockhart de que Sellars tenía otra vez razón. A retaguardia, a estribor, se destacaba un eco muy claro; era sensiblemente mayor que el que les intrigaba y debía proceder, en efecto, de una corbeta. Lockhart dudaba si debía comunicarlo al capitán. Después de todo, tal vez fuera sólo un defecto de la puesta a punto del radar recién nacido y al que todavía «no le habían salido los dientes». A menos que fuese —a pesar de las apariencias— alguno de los barcos pequeños del convoy o, sencillamente, un fuerte chaparrón. Sin embargo, bien podía ser la cosa que menos hubieran querido ver. Era lo más probable. Lockhart observó durante algunos minutos todavía aquel eco que se hacía levemente más preciso y que mantenía siempre la misma marcha que el convoy. Luego se dirigió al portavoz y lo conectó con el camarote del capitán. Ericson subió al puente restregándose los ojos, con la cara todavía abotagada por el sueño. Estaba de un humor endiablado. Apenas había dormido cuatro horas y se le despertaba —según decía— porque una maldita gaviota se había posado en la antena del radar, sin que al primer oficial se le hubiese ocurrido la idea de espantarla. —¿Quién es el operador del radar? —preguntó. —Sellars, mi capitán. El capitán se acercó al portavoz, carraspeó y gruñó: —¡Radar! —¡Radar, puente! —contestó Sellars. —¿Qué hay de ese eco? —Sigue ahí, capitán (Sellars le indicó la marcación y la distancia). Esto lo sitúa a unas diez millas a barlovento del último barco del convoy capitán. —¿No habrá nada estropeado en su radar? — iOh, no, capitán! —replicó Sellars con indignación—. El aparato está perfectamente. A las 7 h. 50 de la mañana, con un frío glacial, Sellars se sentía poco dispuesto a tolerar agravios, aunque proviniesen de un capitán malhumorado. —¿Observó anteriormente algún eco como éste? —preguntó Ericson. Sellars vaciló un momento. —No exactamente, capitán. Este tiene las dimensiones del eco de una boya o de una embarcación muy pequeña. —¿Un pesquero? ¿Un barco barredero? —Aún más pequeño, capitán. Más bien parece una chalupa. Lockhart se reía por dentro viendo cómo Ericson miraba con atención la pantalla del radar. El mal humor del capitán cedía ostensiblemente ante la evidente competencia de Sellars. —iA los puestos de combate! —ordenó Ericson enderezándose, ¡Avante toda! ¡Gobierne por diez grados a estribor! Después de hacer una rápida inspección a su alrededor, a popa, a proa, comprobándolo todo por última vez, Lockhart comunicó: -¡Todos en sus puestos de combate capitán! Luego se volvió hacia el aparato del cual él era el único responsable, el «asdic», el mejor instrumento de muerte cuando era necesario. Pronto Lockhart y sus hombres sintieron vibrar al «Compass Rose» bajo sus pies. Se hubiera dicho que la corbeta se estremecía al contacto de aquellos combatientes dispuestos a entrar en acción. Ericson no apartaba la vista de la pantalla del radar. Su orden de zafarrancho de combate solo había sido un movimiento reflejo; la dio impulsado por la cólera, para despertar a la tripulación con la misma brusquedad con que se le había despertado a él. Y, sin embargo, no cabía duda que habían detectado un eco extraño que, seguramente, les reservaba una sorpresa. Pero si era verdad que esta vez se hallaban sobre una buena pista—según todas las apariencias—la vista del «Compass Rose», listo y dispuesto desde la quilla a la perilla levantaba los ánimos de todos. Ericson cogía sus gemelos de vez en cuando para escrutar la bruma matinal que tapaba el horizonte. Echó una nueva ojeada a la pantalla del radar. —¿Situación del objetivo?— preguntó. Sellars indicó la marcación y la distancia del contacto. La «cosa» había adoptado la marcha lenta del convoy y el «Compass Ro-se» lo alcanzaba rápidamente. -Se hace un poco más neto, capitán —observó el operador—; las mismas dimensiones, pero el eco es más claro. Debe ser algo de una gran solidez. La pantalla del radar reflejaba ahora una imagen muy clara de la escena Todo el convoy era perfectamente visible: la masa compacta de los buques, la línea de los navíos de escolta y, detrás, el pequeño intruso persiguiéndoles obstinadamente. Ericson empezaba a creer en ello. Se convenció de pronto de que lo que veía era un submarino persiguiendo un convoy que aún estaba fuera de su alcance, tal vez después de un ataque nocturno infructuoso, y esperando pacientemente la oscuridad para situarse otra vez en posición de tiro y atacar de nuevo. Pero, como carecía del ojo perspicaz del radar, el submarino debía ignorar la existencia de aquel buque de escolta rezagado a causa de una avería de las máquinas, de aquel barco con el que no contaba y que llegaba a tiempo para desbaratar sus planes. ¡Si por lo menos pudieran aproximarse lo suficiente sin ser descubiertos! Los alemanes al principio de la guerra utilizaron torpedos de aire comprimido. Luego los reemplazaron por torpedos eléctricos y más tarde por torpedos «acústicos», mucho más eficaces. En la foto puede verse la este de uno de estos últimos torpedos. El «Compass Rose» proseguía su ruta. Todo el mundo a bordo parecía hipnotizado por esta presa. Si tenían la suerte de que fuese un submarino, iban a aprovecharse de la ocasión más inesperada de su campaña y asestar al enemigo el golpe magistral que tanto habían anhelado. Su tenacidad se vería recompensada y sus esfuerzos adquirirían la plenitud de su sentido en la hora que se aproximaba. La esperanza iluminaba los rostros en la cubierta superior. La noticia de que estaban persiguiendo «algo» había corrido como un reguero de pólvora y los informes que se filtraban desde el puesto del radar llevaban hasta el colmo el nerviosismo de la tripulación. En el puesto de mando, el capitán, el timonel Wells y los dos vigías habían cogido sus gemelos, y seguían con los ojos desorbitados la línea del horizonte, al acecho de la pieza que iba a surgir de un momento a otro. La espuma saltaba a ambos lados de la roda del «Compass Rose» mientras que una estela burbujeante se extendía tras del barco que navegaba de bolina en su impaciencia por dar alcance a su presa. El mar brillaba a lo lejos y la bruma matinal empezaba a disiparse a los pálidos rayos del sol, un sol alegre que parecía salir para ayudarles. Después de aquella noche de prolongada inmovilidad, era justo que se cambiaran los papeles y poderse lanzar a una implacable persecución. El «Compass Rose» se iba acercando. —¿Posición del objetivo?— preguntó Ericson por quinta o sexta vez. Desde abajo, la voz vibrante de Sellars iba indicando diligentemente las distancias decrecientes y confirmaba la eventualidad de un encuentro particularmente animado. Ericson tenía la sensación de que el barco entero se reunía bajo su mano y que éste tensaba sus músculos para el asalto final. Sentía al barco bajo él, como un jinete siente a su caballo, satisfecho y orgulloso de su magnífica docilidad. ¡He aquí por fin la recompensa de tantas penalidades! Se dirigió a la giroscópica, tomó la situación de acuerdo con las indicaciones del radar y con sus gemelos escrutó el horizonte. Lo descubrió casi inmediatamente; un pequeño rectángulo negro se destacaba sobre la superficie: era la torreta de un submarino. Mucho más lejos unos penachos de humo revelaban la presencia del convoy a más de veinte millas de distancia. Ericson se precipitó hasta el borde de la toldilla. —¡Morell!— gritó. —¡Mi capitán! —¡Hay un submarino en la superficie, enfrente justo de nosotros! Está todavía fuera de nuestro alcance, pero esté preparado. Hay que disparar antes de que se sumerja... si llegamos a situarnos lo bastante cerca. El capitán se volvió hacia Lockhart. En aquel momento, Wells, que estaba mirando con sus gemelos, gritó: —¡Le veo, capitán!... ¡Justo enfrente de nosotros!... Con la excitación, su grito casi fue un rugido pero su conciencia profesional le hizo volver en seguida al orden: —¿Hay que enviar un mensaje de aviso, capitán? —Sí, informe al oficial de radio. (Ericson reflexionó un momento). Transmita: «Compass Rose» a Almirantazgo retransmitido a «Viperous». Submarino en superficie a diez millas a retaguardia del convoy TG. 104. Rumbo 345. Velocidad cinco nudos. Me lanzo al combate.» Luego se inclinó sobre el aparato del asdic: —¡Lockhart, hay un...! El rostro sonriente del primer oficial se asomo a la ventanilla de su cabina: — ¡He estado escuchando detrás de la puerta, capitán!—dijo Lockhart— Todavía está un poco lejos, en mi opinión. Ericson sonrió: —Sí, pero pronto vamos a necesitar su endiablada caja de sorpresas. ¡Atención! En cuanto nos descubran, se sumergirán en menos que canta un gallo. —Capitán —replicó Lockhart— ¡Aprovechemos la ocasión ahora que están con el culo al aire! Inmediatamente, una actividad febril se difundió por todo el barco. Las órdenes de estar dispuestos para entrar en acción se transmitieron a la sala de máquinas y al puesto de artillería. —¡Eche toda la carne al asador. Watts! —rugió Ericson en el portavoz—. ¡No nos dejará jugar mucho tiempo con él! La distancia seguía disminuyendo. La voz de Sellars era cada vez más vibrante. Unos minutos más tarde resonó en cubierta un timbre poco habitual, el timbre de alerta para el cañón de cuatro pulgadas, y Morell, con el gesto cortés de un hombre que presenta sus respetos, dijo: —¡Creo que podría atinarle ahora, capitán! La distancia que les separaba era ya sólo de cuatro millas: siete mil quinientos metros. Una gran distancia para un cañón tan pequeño. Empezar el combate desde tan lejos era correr el riesgo de fracasar. Pero, como pensaba Ericson, aquel imbécil inmóvil, en su torreta iba a volverse de un momento a otro y descubrirlos. —Rugiría: ¡Donnerwetter! (¡Rayos y truenos!), o bien: ¡Gott in Himmel! (¡Cielo Santo!), y pondría inmediatamente su submarino a buen recaudo por una rápida y profunda inmersión— Ericson esperó todavía un poco, pesando el pro y el contra: de un lado, las probabilidades que tenían de ser descubiertos; del otro, el alcance máximo de aquel cañoncito que constituía el arma más importante de su barco. Luego, inclinándose sobre la barandilla dio a Morell la autorización de disparar. El dedo de Morell debía estar ya acariciando el disparador, pues el estampido del cañón resonó al momento. El disparo salió bien dirigido gracias al radar que servía también de telémetro, pero desgraciadamente, no fue certero. El proyectil se hundió en el agua, treinta metros delante del submarino, levantando un enorme surtidor. El alemán no daba crédito a sus ojos; miró a su alrededor lleno de estupefacción, luego desapareció de la torreta cuya tapa cerró tras él. El silencio fue rasgado nuevamente por el rugido del cañón y el capitán lanzó una violenta maldición porque esta vez el tiro fue demasiado corto y la columna de agua levantada por el impacto les tapaba la vista del submarino. Cuando se restableció la visibilidad éste había iniciado su inmersión y se hundía rápidamente entre un torbellino de espuma. Si la vigilancia del submarino había fallado, su rápida maniobra de inmersión atestiguaba en cambio el admirable funcionamiento de sus mecanismos: en pocos segundos el casco y las tres cuartas partes de la torreta quedaron sumergidos. Morell se dio el gustazo de lanzar un tercer cañonazo antes de que el mar se cerrase completamente sobre el submarino. El proyectil había estallado cerca del casco. Tal vez lo había tocado. Al desaparecer, el submarino había virado a la derecha. —¡Lockhart! ¡Se ha sumergido! —gritó Ericson, —¡Por el contacto, capitán! —replicó inmediatamente Lockhart. El repiqueteo regular del asdic era lo bastante claro y fuerte para ser oído en el puente superior. Con los nervios a punto de estallar, Lockhart vigilaba al operador que, por su parte, hacía todo lo posible para conservar el contacto. La cosa parecía fácil, ya que el «Compass Rose» avanzaba muy, de prisa. Pero el submarino parecía querer escaparse del haz del asdic y Lockhart tuvo que aguijonear al operador que sudaba de puro nervioso y daba grandes puñetazos en el borde de su silla. —Se mueve muy de prisa hacia la derecha, señor. Lockhardt lo comunicó al puente de mando mientras aprobaba en su fuero interno a Ericson, que acababa de modificar la ruta para cortar en ángulo recto e interceptarle el camino. El «Compass Rose» se hallaba ahora muy cerca de su objetivo y el sonido del contacto se confundía con el ruido de las máquinas. Era el minuto decisivo. Si el submarino sabía escoger el momento oportuno para cambiar bruscamente de dirección, tal vez conseguiría salirse de la zona mortal de la explosión. Esperaron todavía unos segundos... El tiempo necesario para recorrer los últimos metros antes de atacar... Luego Lockhart dio la orden de abrir fuego y las granadas submarinas fueron lanzadas. La explosión del rosario de cargas de profundidad hizo surgir enormes surtidores. Sin embargo, el submarino no fue lanzado en pedazos por el aire, lo que pareció tan incomprensible como indignante a la tripulación, que estaba segura de haber alcanzado a su presa. Mientras el «Compass Rose» proseguía su siembra de cargas, los marineros no apartaban la vista del gran cuadrilátero de agua descolorida que señalaba el lugar de la deflagración. Todos esperaban que el submarino saliese a la superficie para rendirse. Desgraciadamente, nada de eso sucedió. —¡Maldición! —rugió Lockhart, interpretando el pensamiento de la tripulación—. Le hemos tocado indudablemente. No cabe duda que ese cerdo estaba allí... —¡Sigan buscando! —dijo secamente el capitán—. Aún no hemos terminado. Lockhart dio la orden de seguir buscando por la popa, y se inclinó sobre el asdic. Volvió a encontrarse el contacto inmediatamente, a cincuenta metros del sitio en que se habían lanzado las granadas. 2.714 barcos mercantes británicos (11.455.906 toneladas brutas) fueron hundidos durante la guerra en los distintos campos de operaciones, ocasionando la muerte de 30.248 marineros. En estas fotografias puede verse el trágico final de dos cargueros. Al punto el «Compass Rose» viró ciento ochenta grados y se lanzó al ataque. Su tarea, esta vez, parecía más sencilla. Las primeras cargas debían haber causado algunos destrozos porque el submarino no parecía moverse. —¡Objetivo inmóvil, capitán! —informó Lockhart mientras la corbeta terminaba de virar. El primer oficial siguió repitiendo su informe a intervalos regulares hasta el momento del asalto. Las cargas de profundidad fueron lanzadas nuevamente y la enorme explosión hizo retemblar todo el barco. Esperaron nuevamente a ver si sus esfuerzos habían tenido éxito. Se oyó que alguien susurraba en el puente: —¡Ahora ya sólo es cuestión de minutos!... En efecto el submarino no tardó en emerger en la estela del «Compass Rose», como un enorme cetáceo reluciente al sol y la tripulación, agrupada en el puente superior, lo acogió con rugido triunfal. El submarino salió a flote de proa, casi verticalmente, desequilibrado por la violencia de la explosión. Era evidente que ya no respondía a los mandos. El agua chorreaba por sus planchas y hervía a la altura de su torreta. Hacia el centro, el aceite chorreaba a través del blindaje reventado. — ¡Abran fuego! —rugió Ericson. El cañoncito automático de dos libras, oculto detrás de la chimenea, era la única pieza que se podía colocar en posición de tiro. Inmediatamente el fuerte traqueteo de sus disparos agitó el aire y unas pequeñas granadas rojas corrieron a ras de agua en dirección al submarino que casi había recobrado su estabilidad. La proximidad a aquella cosa repugnante, responsable de tantas noches de espanto y horror, era indudablemente un espectáculo que llenaba de indignación a la tripulación del «Compass Rose». Sin embargo, el cañoncito disparaba con precisión y hacía blanco. El «Compass Rose» se aproximó nuevamente a su presa dando un fuerte bandazo al virar bruscamente. Dispararon las ametralladoras del puente y del timón. Inmediatamente el submarino empezó a hundirse y salieron unos hombres de la torreta. La mayoría de ellos corrían hacia la proa dando traspiés por la galería del puente, abarrotada. Gritaban y agitaban los brazos levantados, en señal de rendición, cuando de pronto uno de ellos, sin duda más furioso o más valiente que los demás, hizo accionar la ametralladora de la torreta y disparó una ráfaga contra el flanco del «Compass Rose». El fuego cesó bruscamente. El valeroso artillero acababa de caer atravesado en la torreta. El resto de la tripulación se lanzó al agua o cayó bajo el fuego de la corbeta. El odioso casco gris del submarino chorreaba sangre. De repente empezó a hundirse por la popa, en un torbellino de aceite y burbujas. De pronto asomó un hombre en lo alto de la torreta. Tiró un gran saco al agua y luchó desesperadamente durante unos minutos para acabar de salir de la torreta. Pero el cadáver del artillero debía obstruir la boca de la escotilla de socorro, pues el submarino desapareció antes de que lo consiguiera. Una última explosión levantó un geiser de agua aceitosa. Luego se hizo el silencio. —¡Alto el fuego! —ordenó Ericson. Una enorme capa de aceite pesado se iba extendiendo sobre la superficie apaciguada del mar. — ¡Timón a la vía! —gritó el capitán—. ¡Parar máquinas! ¡Preparen las redes de abordaje! El minuto maravilloso había pasado... También había pasado, hacía un rato, para uno de los tripulantes del «Compass Rose», un joven marinero, uno de los servidores del cañón antiaéreo, que había caído fulminado por los disparos de ametralladora del marinero alemán que había intentado una inútil y última resistencia. Hace quince días que su barco fue torpedeado. Sin agua ni alimentos, estos marinos están extenuados; para llamar la atención de algún salvador eventual, han colocado unas tapas de metal que reflejan los rayos del sol. Sus compañeros, inclinados sobre el cadáver y embargados de pena, quedaban ocultos por la cureña del cañón y formaban un pequeño grupo doloroso que contrastaba con la atmósfera general de la corbeta. Los supervivientes del submarino nadaban vigorosamente hacia el «Compass Rose». Muchos de ellos, en el paroxismo del espanto o en la extenuación del agotamiento, jadeaban y pedían socorro, mientras nuestra tripulación les animaba con gritos irónicos. Igual que tantos otros náufragos que el «Compass Rose» había sacado del agua, unos gritaban, otros nadaban silenciosos y formalitos hacia sus salvadores, otros, en fin, se iban a pique antes de haber podido ser salvados. Hubo, sin embargo, una excepción, un náufrago de un individualismo tan admirable, que estuvo a punto de dar al traste con toda la operación de salvamento. Mientras nadaba con energía hacia la red que colgaba del costado del barco, lanzó de pronto una mirada a los marineros que se disponían a ayudarle, alzó el brazo derecho y rugió: —Heil Hitler! Al momento se elevó del «Compass Rose» un clamor de rabia y los marineros se negaron a seguir izando a bordo a los náufragos. —¡Partida de ratas! —gruñó el servidor de los torpedos—. ¡Deberíamos dejarlos a remojo para siempre! Lockhart, que vigilaba las operaciones de salvamento, había presenciado la escena y se sintió invadido por una violenta cólera. Estaba a punto de dar su franca aprobación a la actitud de Wainwríght. Si él hubiera sido el capitán habría ordenado inmediatamente: «¡Todo avante!», abandonando a aquellos tipos a su suerte. Pero no se dejó dominar por el odio más tiempo ni hizo caso del mal humor de los marineros que le rodeaban. —iDaos prisa! —gritó—, no vamos a pasarnos así todo el día. Los supervivientes fueron izados a bordo uno tras otro. El alemán que había gritado Heil Hitler fue sacado el último. En cuanto estuvo sobre el puente, la bota del marinero Tonbridge —un coloso de un peso impresionante— aplastó su pie descalzo. El nazi lanzó otro grito, aunque esta vez de un género distinto. —iNo arme tanto jaleo! —ordenó Lockhart con expresión severa—. ¡Ya no está usted en peligro!... Agonía de un submarino, alcanzado a popa por una bomba. Se inventaron posteriormente armas más perfeccionadas para destruir a los submarinos, como el temible «erizo» (hedgehog) lanza-cohetes.

0
1
Messerschmitt contra Spitfire
Messerschmitt contra Spitfire
InfoporAnónimo3/9/2015

El siguiente Post y los sucesivos, seran la continuacion de la serie que comenzo con "La hora del ejercito alemán" que en estos momentos se encuentra en revision por los moderadores. Adolf Galland, el futuro general en jefe de la aviación de caza alemana, tomó parte, al frente de una escuadrilla de Messerschmitt, en la batalla de Inglaterra. Este relato, extraído de sus memorias, explica hasta qué punto contaba Hitler con la aviación para obligar al adversario a pedir la paz. Messerschmitt contra Spitfire Según cálculos alemanes, los 2.500 aparatos de que aproximadamente disponía la Luftwaffe iban a enfrentarse con 3.600 aviones situados en las islas Británicas. Sin embargo, esta inferioridad numérica se hallaba compensada, en cierta medida al menos, por nuestra superioridad técnica: en 1940, el Messerschmitt 109 era, con mucha diferencia, el mejor avión de caza del mundo. El Spitfire VIckers-Supermarine, el último modelo de caza británico, era un poco menos veloz que el Messerschmitt alemán, pero indudablemente más manejable. En cuanto a los viejos Hawker-Hurricane con los que todavía estaban formadas, en aquella época, la mayoría de las escuadrillas inglesas, el Messerschmitt 109 los aventajaba mucho, desde todos los puntos de vista. De Igual modo, nuestro armamento y nuestras municiones eran incontestablemente superiores a todo lo que la R. A. F. podía oponernos por entonces. Además, el motor del Messerschmitt 109 tenía bombas de inyección, en lugar del carburador clásico de los motores ingleses, lo que le evitaba tener que cortar gases en las fuertes disminuciones de velocidad que pueden producirse en un combate aéreo. Los pilotos ingleses acosados por un caza trataban en general de despegarse dando una media vuelta de campana, seguida de medio rizo, mientras que nosotros podíamos seguirles con un simple viraje en ángulo recto, con el motor funcionando a pleno rendimiento y —todo hay que decirlo— con los ojos saliéndosenos de las órbitas. Hitler no conocía ni valoraba más que una sola estrategia: la ofensiva. Sus éxitos iniciales le confirmaron en su opinión. Aplastar al enemigo bajo una especie de apisonadora aérea, sofocando toda resistencia por medio de bombardeos en masa: he aquí los métodos que se ajustaban admirablemente a su estrategia de la guerra relámpago. Era indispensable derrotar al enemigo utilizando simultáneamente todos los medios ofensivos, antes de que este pudiera rehacerse lo suficiente para pasar a la ofensiva. El primer jefe de estado mayor de la Luftwaffe, el general Wever, muerto en 1936 en accidente aéreo y pilotando él mismo su avión, era también partidario de este mètodo. Había dedicado toda su atención, de perfecto acuerdo con Hitler y con Goering, a los aviones de bombardeo, por lo cual los cazas alemanes representaron, desde el principio, un papel de segundo orden. Se «toleraba» a los aviones de caza considerándoles como un mal necesario, como una concesión inevitable a las necesidades hipotéticas de la defensiva.Según cálculos alemanes, los 2.500 aparatos de que aproximadamente disponía la Luftwaffe iban a enfrentarse con 3.600 aviones situados en las islas Británicas. Sin embargo, esta inferioridad numérica se hallaba compensada, en cierta medida al menos, por nuestra superioridad técnica: en 1940, el Messerschmitt 109 era, con mucha diferencia, el mejor avión de caza del mundo. El Spitfire VIckers-Supermarine, el último modelo de caza británico, era un poco menos veloz que el Messerschmitt alemán, pero indudablemente más manejable. En cuanto a los viejos Hawker-Hurricane con los que todavía estaban formadas, en aquella época, la mayoría de las escuadrillas inglesas, el Messerschmitt 109 los aventajaba mucho, desde todos los puntos de vista. De Igual modo, nuestro armamento y nuestras municiones eran incontestablemente superiores a todo lo que la R. A. F. podía oponernos por entonces. Además, el motor del Messerschmitt 109 tenía bombas de inyección, en lugar del carburador clásico de los motores ingleses, lo que le evitaba tener que cortar gases en las fuertes disminuciones de velocidad que pueden producirse en un combate aéreo. Los pilotos ingleses acosados por un caza trataban en general de despegarse dando una media vuelta de campana, seguida de medio rizo, mientras que nosotros podíamos seguirles con un simple viraje en ángulo recto, con el motor funcionando a pleno rendimiento y —todo hay que decirlo— con los ojos saliéndosenos de las órbitas. Hitler no conocía ni valoraba más que una sola estrategia: la ofensiva. Sus éxitos iniciales le confirmaron en su opinión. Aplastar al enemigo bajo una especie de apisonadora aérea, sofocando toda resistencia por medio de bombardeos en masa: he aquí los métodos que se ajustaban admirablemente a su estrategia de la guerra relámpago. Era indispensable derrotar al enemigo utilizando simultáneamente todos los medios ofensivos, antes de que este pudiera rehacerse lo suficiente para pasar a la ofensiva. El primer jefe de estado mayor de la Luftwaffe, el general Wever, muerto en 1936 en accidente aéreo y pilotando él mismo su avión, era también partidario de este mètodo. Había dedicado toda su atención, de perfecto acuerdo con Hitler y con Goering, a los aviones de bombardeo, por lo cual los cazas alemanes representaron, desde el principio, un papel de segundo orden. Se «toleraba» a los aviones de caza considerándoles como un mal necesario, como una concesión inevitable a las necesidades hipotéticas de la defensiva. Nombrado en 1943 segundo teniente de la Luftwaffe, que estaba en vías de reorganización, Adolf Galland recibió el baustismo de fuego en la guerra de España, en la cual realizó mas de 300 misiones. Bien adiestrado gracias a esta experiencia única en la aviacion de caza, ascendió rápidamente en su carrera. Después de haberse distinguido brillantemente en la batalla de Inglaterra, en enero de 1942 fue puesto al frente de la aviación de caza alemana y ascendido a general en noviembre del mismo año. Contaba entonces treinta años. Hasta esa fecha habia obtenido 97 victorias homologadas. Más tarde, en enero de 1945, por discrepancias con Hitler y Goering, cayó en desgracia y terminó la guerra a la cabeza de una escuadrilla. Cortés e intrépido hasta la temeridad, Galland fue uno de los últimos «caballeros del aire». La Luftwaffe era, pues, un instrumento ofensivo al que había que dotar, ante todo, del mayor número de bombarderos. Estos aparatos tenían que conquistar el indispensable dominio del cielo destruyendo, en tierra, a la aviación enemiga. En caso de que el ataque por sorpresa no produjese los resultados que se esperaban, habría que decidirse a hacer escoltar los bombarderos por la aviación de caza. Pero ésta no era más que una eventualidad lejana y enojosa, pues semejante escolta habría reducido el ya limitado radio de acción de los aviones de bombardeo, disminuyendo sus posibilidades estratégicas. El primer año de guerra confirmó, en cierto modo, esta concepción del alto mando alemán. En Polonia, lo mismo que en Francia, las fuerzas aéreas enemigas habían sido aplastadas en tierra más bien que aniquiladas en combate. Pero, ahora, no había más remedio que admitir que, contra la R. A. F., la lucha no iba a ser tan fácil para la Luftwaffe. Desde el comienzo de la batalla de Inglaterra, habíamos comprobado lo que ya se podía suponer después de los primeros duelos aéreos de la campaña de Francia: los británicos poseían una numerosa aviación de caza, mejor dirigida que la nuestra gracias al radar, y cuyos pilotos, admirablemente entrenados, daban pruebas de una acometividad extraordinaria. En rigor, la aviación de caza alemana se encontraba ante una tarea que desbordaba ampliamente los cometidos que se le habían asignado. Se le exigía, lisa y llanamente, el aniquilamiento de la aviación de caza británica en una serie de grandes batallas, a fin de lograr la supremacía aérea indispensable para efectuar posteriormente los bombardeos masivos previstos. Así, pues, la suerte estaba echada. En julio de 1940, la 2ª y 3ª flotas aéreas se situaron a lo largo del Canal de la Mancha. Mi propia unidad, el grupo 3º de la 25ª escuadra de caza, se instaló en un aeródromo perfectamente camuflado, cerca de Guiñes, en el Paso de Calais. Desde el 24 de julio al 8 de agosto de 1940, todo el peso de las operaciones recayó sobre la aviación de caza. El día que comenzó la lucha, fui enviado por vez primera a territorio británico con mi grupo. En la región de la bahía exterior del Támesis tuvimos un violento encuentro con unos Spitfire que escoltaban un convoy. Llevando en mi estela al grupo de estado mayor, me lancé sobre dos secciones de Spit. Efectuando una amplia espiral descendente pudimos atacarlos por sorpresa, en condiciones muy favorables. Conseguí pegarme a la cola del aparato del flanco izquierdo y, cuando iniciaba una subida en candela, pude enviarle una larga ráfaga de ametralladora. Alcanzado en el centro del fuselaje, el inglés, inclinándose sobre un ala, cayó como una piedra. Me lancé en picado en su persecución, pero en aquel instante vi salir volando, casi delante de mi hélice, el techo de su carlinga. El piloto saltó y, segundos más tarde, el aparato chocó contra las olas. Un centenar de metros algo más lejos, un segundo geiser, más pequeño, señaló la tumba del piloto. Su paracaídas no se había abierto... Este primer encuentro nos costó dos aparatos, pérdida importante, aunque se compensase con tres victorias confirmadas. De regreso a nuestro campo nos miramos gravemente. Ahora sabíamos a qué atenernos: la R. A. F. era un adversario de cuidado. El caza Messerschmitt 109 pesa 2.765 kilos a plena carga. Es un aparato monomotor, puede volar a 630 km/h. a 10.000 metros; está armado con un cañon de 15 o 20 mm. y con dos ametralladoras. Techo: 12.000 m. Velocidad ascensional: 1.000 m. por minuto A partir del 24 de julio de 1940, la caza alemana del frente del Canal estuvo en acción casi de modo permanente. Cada aparato hacía una media de dos o tres salidas diarias. En general, las órdenes de misión estaban redactadas de este modo: «Caza libre por encima del sudeste de Inglaterra.» Un programa que dejaba a los jefes de escuadrilla un gran margen de iniciativa, pero que imponía a los pilotos un enorme esfuerzo físico y nervioso. Después de despegar, las formaciones se agrupaban, volando aún sobre el continente a una altura de 5.000 a 6.000 metros, para elevarse, durante la travesía del Canal, hasta 7.000 u 8.000 metros. Como todos tratábamos de dominar al adversario, los combates se desarrollaban cada vez a mayor altura. Mi propio record, en aquella época, era de 8.200 metros. Pero ya se podían encontrar Messerschmitt y Spitfire volando a más de 9.000 metros, bastante cerca del límite inferior de la estratosfera, en una atmósfera enrarecida en la que se veían de lejos las estelas de la condensación de gases. Desde el aeródromo de salida hasta la costa inglesa, en la parte más estrecha del Canal, tardábamos alrededor de media hora. Como teníamos una autonomía de vuelo de ochenta minutos, sólo disponíamos de veinte minutos para realizar nuestra misión. En consecuencia, nuestra penetración en el espacio aéreo enemigo era tan limitada que los aparatos estacionados en las regiones del Paso de Calais y el Cotentin no podían rebasar el sudeste de Inglaterra. Nuestros campos de actividad, con un radio aproximado de acción de 200 kilómetros alrededor de las bases respectivas, confluían exactamente en la región de Londres. El territorio situado más allá quedaba prácticamente fuera de nuestro alcance. Ese era el punto débil de nuestra ofensiva. Para una defensa aérea local, como la que se había asignado inicialmente a la aviación de caza, este radio de acción de 200 kilómetros era suficiente; para la tarea que ahora nos encomendaban, no lo era. En el transcurso de la batalla de Inglaterra fue cuando, por primera vez en la historia militar, se pensó en utilizar una poderosa fuerza aérea con fines estratégicos. El agente de ejecución de esta estrategia fue el bombardero. Pero he aquí que no se confió esta ofensiva a los bombarderos, sino a la aviación de caza, considerada hasta entonces como un arma esencialmente táctica. En Berlín se esperaba que la aparición de nuestras escuadrillas atraería, en la zona accesible a nuestra aviación, a la totalidad de los cazas británicos. En rigor, esto era aplicar para la guerra aérea la estrategia que se había utilizado en 1916 en la batalla de Verdun. Entonces Ludendorff había querido detener, desgastar y destruir al ejército francés; ahora Goering se creía en condiciones de hacer sufrir la misma derrota a la R. A. F. De este modo pensaba conseguir el dominio del aire o, por lo menos, una superioridad suficiente, extendida al conjunto de las Islas Británicas, que quedarían indefensas ante nuestra aviación de bombardeo. Pero las cosas no sucedieron así, ni mucho menos. Las escuadrillas de caza alemanas despegaron. Hubo efectivamente algunas batallas aéreas, igualmente costosas para ambos bandos. Dada la superioridad alemana, probablemente se habría logrado el resultado apetecido si la batalla se hubiese prolongado por algún tiempo. Pero los ingleses no tenían de ninguna manera la intención de dejarse manejar. Evacuaron las bases situadas en la proximidad de la costa sur y concentraron sus escuadrillas de caza, muy castigadas, pero en modo alguno aniquiladas, en un «cerrojo» alrededor de Londres. En otros términos, esquivaron la guerra «en» el aire para poder replicar con todo su vigor a su consecuencia lógica, la guerra que «viene» del aire. La aviación de caza alemana se encontraba así en la situación exasperante de un perro encadenado que quiere saltar a la garganta de un enemigo que permanece fuera de su alcance. El junker 87, o «stuka», bombardero en picado, de dos plazas. Velocidad máxima: 325 km/h. Techo: 5.000 m. Su peso es de 4.250 kilos, con carga máxima. Va armado con tres ametralladoras y puede llevar 500 kilos de bombas. Al alto mando se le ocurrió entonces la idea de agregar a las formaciones de aviones de caza algunos bombarderos y stukas, que pronto fueron conocidos con el apodo de «los cebos». Táctica inteligente, pues solamente con estos aparatos portadores de bombas existía la posibilidad de una guerra que viniese «del» aire, es decir: el ataque directo al sudeste de Inglaterra. Impedir estos ataque era justamente la gran preocupación de los dirigentes británicos. Arrojaron de nuevo al combate a los cazas de la R. A. F., pero de modo tan parsimonioso que los resultados quedaron muy lejos de producir el «efecto de bomba aspirante» que daba por descontado el bando alemán. En las primeras batallas entre aviones de caza, los ingleses se encontraron en situación muy desventajosa a causa de su táctica de vuelo en formación cerrada, los alemanes, en cambio, habíamos aprendido ya en España el método del dispositivo abierto, que desplegaba las diversas secciones, patrullas y escuadrillas sobre un espacio considerable y las escalonadas a niveles diferentes. Esta formación ofrecía varias ventajas: protección de un extenso sector, mayor libertad de acción para los pilotos que no se veían obligados a consagrar especialmente su atención al rígido mantenimiento del dispositivo, disminución de la superficie visible de la formación y, sobre todo, mejora de la visibilidad para el piloto. En el combate aéreo, lo más importante es divisar al enemigo antes de ser visto. Igual que el cazador se acerca a la pieza hasta la distancia ideal, el piloto de caza se esfuerza en descubrir a su adversario lo más pronto posible, a fin de poder colocarse en la posición más favorable para atacarle. Este principio fundamental, los ingleses lo conocían sin duda alguna tan bien como nosotros. Pronto se dieron cuenta de la superioridad de nuestro dispositivo, y modificaron el suyo en consecuencia. En primer lugar establecieron el sistema de los «Charlies», dos vigías colocados detrás y por encima del grueso de la formación y que volaban en zigzag y describiendo un arco. Luego copiaron pura y simplemente nuestro dispositivo. Todavía en la actualidad, la formación espaciada y escalonada sigue siendo, con ligeras modificaciones, el método preferido de toda la aviación moderna. Además, los pilotos ingleses tenían la ventaja de un sistema de radar muy superior al alemán. Durante los cuatro meses de la batalla de Inglaterra, su célebre «ground control» (control desde tierra) representó un papel de primer plano, dirigiendo a los aparatos de segundo en segundo, llevándoles al combate en las condiciones más favorables y en el mejor momento. Los pilotos alemanes, en cambio, no podían contar más que con su vista. Cuando entraban en contacto con el enemigo, sus instrucciones, recibidas aproximadamente tres horas antes, no tenían ya valor, rebasadas por la evolución de las operaciones. Había aún otros factores, cada uno de los cuales pesaba sensiblemente en la balanza. Nuestros ataques, sobre todo los confiados a los bombarderos, se dirigían forzosamente contra los puntos más importantes de la defensa británica. No podíamos proceder, como más tarde harían los Aliados en su ofensiva aérea, escogiendo los lugares menos defendidos y cambiando continuamente sus rutas de ataque a fin de aparecer por donde menos se les esperaba. La Luftwaffe, por el contrario, sólo podía lanzar ataques frontales contra una defensa admirablemente organizada y valerosa. Además, la R. A. F. luchaba por encima de su propio territorio. Los pilotos derribados —si lograban saltar a tiempo— eran inmediatamente utilizados de nuevo, mientras que los nuestros eran hechos prisioneros. Sus aviones averiados podían casi siempre llegar a su base o, por lo menos, hacer un aterrizaje forzoso, mientras que una simple avería del motor en nuestros aviones significaba casi siempre la pérdida del piloto y del aparato. Y, finalmente, había también el factor moral. La situación desesperada en la que se encontraba Inglaterra parecía haber estimulado la energía latente de este pueblo duro y consciente de su grandeza histórica, energía que los dirigentes de Gran Bretaña concentraban sobre una sola finalidad: rechazar, a cualquier precio, la ofensiva alemana. Antes de quitar su envoltura al motor y a las ruedas del Messerschmitt, se montan sus ametralladoras. Suprimiendo el depósito auxiliar en los vuelos a corta distancia, se le puede cagar con una bomba de 250 kilos. Así pues, tuvimos que darnos cuenta al cabo de varias semanas de que, a pesar de la impresionante lista de aviones enemigos derribados, nunca llegaríamos a conquistar el dominio, ni siquiera relativo, del aire. El alto mando alemán, indeciso ya en cuanto a la prioridad de nuestros objetivos, comenzó a vacilar. Se nos dio la orden de atacar las bases británicas en vuelos rasantes, y ésta fue una empresa difícil y sumamente costosa. Los aeródromos ingleses estaban protegidos por una defensa antiaérea muy nutrida, compuesta de piezas medias y ligeras. Además, disponían de una nueva arma: un cohete con cables que descendían lentamente sujetos a un paracaídas, obstruyendo las capas inferiores del aire sobre el campo de aviación. Y como la R. A. F. había llegado a un alto grado de perfección en el camuflaje de los aparatos en tierra, el número de los aviones enemigos destruidos en sus bases nunca justificaba nuestras propias pérdidas. Al mismo tiempo, escoltábamos a los stukas y a los bombarderos encargados de la lucha contra la marina mercante inglesa. También en este campo, los resultados obtenidos fueron decepcionantes. Los stukas, sobre todo, tenían la desventaja de su reducida velocidad. Con sus bombas sujetas en la parte exterior, lo que aumentaba su resistencia al aire, el stuka alcanzaba apenas los 250 kilómetros por hora. Como volaba además a una altitud máxima de 3.500 a 4.000 metros, atraía a los Spitfire como la miel atrae a las moscas. Los ingleses comprendieron muy pronto que los stukas, en cuanto se separaban de la formación para picar aislados, quedaban prácticamente indefensos. Y los cazas alemanes, mucho más rápidos, a los cuales resultaba difícil aminorar su velocidad en pleno vuelo, eran incapaces de seguir estos vuelos en picado, hasta el punto de que las pérdidas de stukas aumentaban diariamente. Por supuesto, se hizo responsable de esta situación a la aviación de caza —esa pariente pobre de la Luftwaffe—, mientras que ésta recogía fáciles laureles y se esperaban de ella verdaderos milagros. En semejantes circunstancias, la ofensiva anunciada a bombo y platillo en la prensa alemana no podía saldarse más que con un fracaso. Goering, sin embargo, no dio su brazo a torcer. Con arreglo a sus cálculos y a la cifra oficial de nuestras victorias, la aviación de caza inglesa ya no debía existir, pero la lista de nuestras pérdidas continuaba. Nuestro optimismo había dejado paso a una sorda irritación. Exasperados por los continuos reproches del Alto Mando, hostigados por instrucciones superiores», siempre diferentes y a menudo contradictorias, empezábamos a criticar abiertamente al mando supremo, a los constructores de aparatos, a los jefes de las escuadras de stukas. En resumen, dudábamos de todo y de todos, incluso de nosotros mismos. En los comedores de oficiales, el ambiente era fúnebre. Arrojados en holocausto a aquel Moloch voraz en que se había convertido la batalla de Inglaterra, nuestros mejores pilotos desaparecían uno tras otro. Todos los días quedaba vacío un nuevo puesto en la mesa común. Podíamos contar nuestras probabilidades de supervivencia con los dedos de las manos, pues, sencillo e implacable, el cálculo de probabilidades nos permitía a cada uno de nosotros prever la fecha en que le tocaría el turno de ser dado como desaparecido en vuelo sobre Gran Bretaña. Bastante desmoralizado, me quedé sorprendido e inquieto a la vez al recibir un aviso de presentarme en Karinhall, la fastuosa residencia de Goering. ¿Iba a comunicarme que había caído en desgracia o, sencillamente, a consultarme en mi calidad de jefe de una escuadrilla que combatía en el frente del Canal? Con gran alivio por mi parte, el «Gordo» estaba de excelente humor. Primero me entregó, igual que a Mölders, el as de los ases de la aviación de caza en el frente occidental, la insignia de oro y diamantes, que había creado para sus mejores pilotos. Después nos notificó nuestro ascenso al grado de comodoro. Al anochecer, cuando nos disponíamos a subir al suntuoso coche que había de llevarnos a la estación, se informó de nuestros deseos. Mölders pidió motores más potentes para nuestros Messerschmitt. Goering le dio un palmadita amistosa. —Los tendrá muy pronto, amigo mío. Motores formidables. Y usted, Galland, ¿qué es lo que desea? —Quisiera que mi escuadrilla estuviese compuesta de Spitfire —dije aturdidamente. En el mismo instante, me mordí la lengua. Ya era demasiado tarde; había soltado la palabra, Esperaba una explosión de furia. Pero Goering estaba demasiado estupefacto para reaccionar. Dio media vuelta y se marchó refunfuñando. Fue la radio alemana la que empezó. Por todas las estaciones, a todas las horas del día, transmitía una canción, marcial a fuerza de redobles de tambor, evocadora a fuerza de zumbidos de motor, cuyas ripiosas rimas proclamaban con descarada insistencia: «Bombas sobre lnglater...er...erra.» En realidad, aún estábamos bastante lejos de eso. Únicamente durante la tercera fase de la batalla de Inglaterra —pongamos del 8 de agosto al 7 de septiembre— fue cuando los bombarderos, cuyos ataques se habían hasta entonces limitado a los objetivos marítimos, empezaron a actuar sobre territorio británico. Volvían a actualizar así la teoría que preconizaba el aplastamiento de las fuerzas aéreas enemigas en tierra. Sólo que, para realizar esta tarea, se habrían necesitado oleadas de bombarderos que oscureciesen el cielo. Pero la realidad estaba muy alejada de estos sueños estratégicos. El Heinkel 111, bombardero bimotor, lleva una tripulación de cuatro hombres; es capaz de elevarse a 2.000 m. en ocho minutos; vuela a 422 km/h. Peso: 12.385 kilos cargar máxima. Armamento: tres ametralladoras, 2.000 kilos de bombas. Radio de acción: de 1.200 a 3.300 kilómetros. Una vez más, la defensa inglesa se aprovechaba de la insuficiencia del radio de acción de la aviación de caza alemana. Gracias a esta insuficiencia, el campo de batalla aéreo no cubría ni siquiera una décima parte de la superficie de las islas. En las otras nueve, la R. A. F. podía, pues, con toda tranquilidad, construir aparatos, formar pilotos, constituir reservas que lanzaban en el momento oportuno sobre el estrecho teatro de operaciones, sobre todo en la región londinense. Churchill, en sus «Memorias», reconoce la situación difícil de la aviación de caza inglesa, superada al principio de los combates por la Luftwaffe, y salvada in extremis por una concentración total de aparatos que permitió llenar mal que bien los huecos, concentración que habría sido imposible si la Luftwaffe hubiese podido volar sobre todo el territorio británico. Únicamente un bombardero de gran radio de acción podía dar a la Luftwaffe esta posibilidad. Y este bombardero estratégico no existía aún en el arsenal del Reich. Después de un largo período de titubeos, se adoptó el Heinkel 177, un cuatrimotor en el cual dos motores acoplados impelían una hélice. Hitler, que más de una vez había dado pruebas de una pasmosa intuición en materia de motores, hizo algunas objeciones contra el sistema; resultaron justificadas posteriormente, pues este acoplamiento originó una multitud de dificultades técnicas que retrasaron la fabricación en serie del aparato durante cerca de tres años. Por otra parte, Hitler invocó, más tarde, la exactitud de su previsión para intervenir continuamente en el desarrollo técnico de la Luftwaffe, con resultados catastróficos la mayor parte de las veces. De todas maneras, en 1940, el bombardeo estratégico no existía todavía más que en la imaginación de algunos profetas. Sólo mucho más tarde, cuando Doenitz, nombrado jefe supremo de la marina, exigió aparatos capaces de apoyar a los submarinos que operaban en el Atlántico, se acordaron del Heinkel 177 y se emprendió su fabricación. El aparato fue utilizado, por primera vez, durante el invierno de 1942-1943, a fin de abastecer al Vlº ejército copado en Stalingrado. Los éxitos espectaculares de la Luftwaffe al principio de la guerra y también la aversión secreta de Hitler por una guerra total contra Inglaterra relegaban esta cuestión, al menos en apariencia, a segundo, por no decir a último plano. El Spitfire, orgullo de la aviación de caza inglesa, está armado con ocho ametralladoras de ala. Lleva un solo asiento y puede elevarse a 3.500 metros en cuatro minutos ocho segundos. Velocidad: 587 km/h. a 5.600 metros de altura. Peso a toda carga: 2.610 kilos. Techo: 10.000 m. De suerte que tuvimos que resignarnos a lanzar nuestra ofensiva contra una parte limitada y, por consiguiente, fuertemente protegida del territorio británico. Sin embargo, esta parte incluía a Londres, capital y corazón del Imperio. Ciudad de unos siete millones de habitantes, centro intelectual y nervioso de la actividad militar y política, puerto enorme y conglomerado industrial, Londres era un objetivo de importancia excepcional. El hecho de que este objetivo fuera accesible a los bombarderos escoltados por la aviación de caza figuraba como un factor positivo en el plan de la ofensiva alemana. Nosotros, los pilotos de caza, al borde de la desesperación porque nos habían encomendado una tarea superior a nuestras fuerzas, esperábamos con impaciencia el comienzo de los bombardeos. ¡Al fin, pensábamos, los cazas Ingleses iban a salir de su reserva! Una vez más, vino Goering al frente del Canal para dar la señal de una nueva ofensiva. Cuando, la tarde del 7 de septiembre, las escuadrillas alemanas se agruparon por encima de la costa—stukas, bombarderos, cazas, cazas-bombarderos; más de 1.000 aparatos en total— y esta fuerza, la mayor conocida hasta entonces, puso rumbo hacía Londres, todo el mundo comprendió que vivíamos una hora histórica. La batalla de Inglaterra entraba en su cuarta fase. En el día de hoy es fácil sonreírse de las esperanzas que pusimos en este ataque. Sabemos que un número doble o triple de bombarderos, con una carga cuádruple o quíntuple de bombas, provistos de dispositivos de puntería perfeccionados y empleando una táctica infinitamente mejor, no pudo aniquilar, ni siquiera paralizar una ciudad como Berlín, a pesar de sus incesantes ataques. Pero, en aquella época, el primer bombardeo en masa de Londres constituía una empresa enorme, un paso decisivo en un terreno inexplorado. En el transcurso de este ataque —el primero de los treinta y ocho vuelos importantes sobre la región londinense—, la Luftwaffe se contentó todavía con bombardear las instalaciones portuarias y los depósitos de gasolina. Sólo más tarde se extendieron los ataques a otros objetivos. Los aparatos lanzaban bombas explosivas de 50, 250, 500 y 1.000 kilogramos. La carga oscilaba entre 1.000 y 1.800 kilos por aparato. El peso total de las bombas arrojadas durante un ataque era aproximadamente de 500 toneladas. Además, estas 500 toneladas de bombas se repartían sobre un número excesivo de objetivos pequeños. La unidad de ataque era en general la escuadra de bombardeo—de 50 a 80 aparados—, escoltada por una escuadra de caza. Cada raid reunía de 400 a 500 bombarderos y 200 stukas, más la protección suministrada por 500 cazas y 200 cazas-bombarderos. Según nuestros cálculos, los ingleses no podían oponer a esta flota aérea más que alrededor de 200 aparatos de caza. Desgraciadamente, los jefes de la Luftwaffe seguían ateniéndose a la clasificación establecida por los teóricos: el bombardero es un arma ofensiva, el avión de caza un arma defensiva. Pero el caso es que aquello que era exacto sobre el papel no lo era en realidad en el aire. En vuelo, el bombardero sólo actúa a la defensiva, mientras que el caza, so pena de convertirse en un adorno inútil, tiene siempre y a todo trance que lanzarse al ataque. Ahora bien, a juicio de nuestro alto mando, como la aviación de caza no había podido borrar del cielo a las fuerzas enemigas, debía limitarse en lo sucesivo a proteger a los bombarderos. Era una táctica insensata que nos paralizaba por completo. En la práctica produjo este resultado: se asignó a cada escuadra de caza una formación determinada de bombarderos a la que en ningún caso debía abandonar. Esto originó una confusión indescriptible. Numerosos grupos de bombarderos llegaron con retraso a la cita fijada sobre el Canal de modo que los cazas asignados a su escolta se encontraron ante una penosa alternativa: como no podían seguir esperando, tenían que regresar a su aeródromo —lo que habría llevado a los pilotos ante un consejo de guerra— o unirse a otra formación. Esta se encontraba entonces doblemente protegida, mientras que los rezagados iban a afrontar las defensas inglesas sin ninguna escolta. El resultado fue catastrófico: cuarenta y ocho horas después del comienzo de la ofensiva, fue preciso retirar del combate a las escuadrillas de stukas o, mejor dicho, lo que quedaba de ellas. Goering vociferó a más y mejor, amenazó con suprimir pura y simplemente la aviación de caza y nos puso verdes. Entretanto, la batalla continuaba cada vez más costosa, haciendo estragos decepcionantes. Los combates con los cazas británicos seguían siendo rudos y violentos. Un día, al regresar de un ataque en masa sobre Londres, descubrí, al norte de Rochester, una formación de 12 Hurricane. Atacando por detrás, conseguí, gracias a una diferencia de altitud de 800 metros, arrojarme en medio del grupo. Mi primera andanada hizo estallar un aparato cuyos pedazos faltó poco para que se incrustasen en mi avión. Afortunadamente, los ingleses se asustaron aún más que yo. Aprovechando la confusión general, me despegué con un violento viraje de costado que me permitió divisar, 1.000 metros más abajo, las corolas de dos paracaídas. Satisfecho, puse rumbo a Francia. Acababa de volar sobre Dungeness cuando avisté, mucho más abajo, un Hurricane aislado. Un picado frontal me colocó en buena posición de tiro. A la segunda ráfaga de ametralladora, el aparato se incendió. Pero, en lugar de caer, continuó su vuelo, siguiendo una línea ligeramente sinuosa. Le alcancé aún tres veces más, sin conseguir derribarle. No era más que un pecio, agujereado, empenachado de humo y de llamas y, sin embargo, este pecio se mantenía en el aire. Intrigado, reduje la distancia al mínimo. Y entonces vi, en la carlinga abierta de par en par, a un muerto cuyas manos se crispaban sobre la palanca de mando. Suavemente, el aparato descendía hacia los brumosos prados. No me sentí capaz de volver a disparar. El limitado radio de acción del Messerschmitt demostraba cada vez más ser una desventaja decisiva. En una sola salida, mi escuadra perdió —sin contar los aviones derribados por el enemigo— 12 aparatos, y eso únicamente porque, al cabo de dos horas, la formación de bombarderos que escoltábamos no había regresado todavía al continente. Cinco de estos aviones pudieron, con sus últimas gotas de carburante, llegar a una playa normanda y aterrizar sobre el vientre, maniobra que los redujo a chatarra. Los otros siete tuvieron que acuatizar en el Canal de la Mancha. La experiencia nos había enseñado que era preferible acuatizar que saltar al mar en paracaídas. El aparato, antes de hundirse, flotaba en general sus buenos cuarenta o cincuenta segundos, dando al piloto un respiro suficiente para desatarse y salir de la carlinga. Tenía entonces una buena probabilidad de ser sacado del agua por las veloces motoras del salvamento marítimo. Era cierto que el chaleco y la canoa neumáticos, la bolsita de polvo colorante y la pistola de cohetes estorbaban en la carlinga, ya de suyo sumamente estrecha, pero, en el momento crítico, uno se alegraba mucho de tenerlos a mano. El 24 de septiembre, mi cuadragésima victoria aérea me valió las Hojas de Roble. Hitler, en persona, debía entregármelas en Berlín. El Führer me recibió en la nueva Cancillería. Era la segunda vez que me encontraba sentado frente a él. Con gran asombro por mi parte, no representó ni por asomo el papel del jefe abrumado de trabajo. Por el contrario, me interrogó minuciosamente sobre mis impresiones personales. Yo no le oculté mi admiración por el adversario contra el que luchábamos en el cielo inglés. A mi juicio, los cazas británicos, en condiciones de inferioridad, tanto numérica como técnica, habían salvado a su patria en el momento de mayor peligro, gracias a su tenacidad y a su denuedo. No pude menos de protestar contra ciertos comentarios de la prensa y de la radio que hablaban de la R. A. F. en un tono desdeñoso y arrogante. Me quedé pasmado al ver que Hitler, lejos de tomar la defensa de sus servicios de propaganda, coincidía por completo con mi opinión. El también, declaró, sentía el mayor respeto por los ingleses, y lamentaba esta guerra que se veía obligado a hacerles, una guerra a muerte que no podía terminarse más que con el aniquilamiento de uno de los dos antagonistas. El pájaro de la muerte ronda por encima de Londres. En este 7 de septiembre, a las 18 h. 45, la visibilidad es casi perfecta. La ciudad se ofrece en sus mejores detalles al siniestro visitante; cerca del «recodo de U» del Támesis, los muelles. Confieso que al salir de la Cancillería estaba profundamente impresionado. Hitler había logrado aplacar por completo mi amargura. Desde Berlín me trasladé a Prusia Oriental, invitado por Goering a pasar unos días en su pabellón de caza. Era la época en que los ciervos braman en las profundidades de los bosques, y, todas las noches, los monteros tocaban la trompa de caza a lo largo del recorrido previsto para el día siguiente. Goering me había reservado, además de sus felicitaciones, una sorpresa de primera calidad: un ciervo excepcional que había cuidado largo tiempo como a las niñas de sus ojos y que ahora me cedía no sin pesar. Veinticuatro horas más tarde, pude darme cuenta de que no había exagerado: era verdaderamente un magnífico animal de astas impresionantes. Di las gracias expresivamente a mi anfitrión y, después de un almuerzo perfecto, me dispuse a despedirme. Pero Goering me retuvo aún. Iba a recibir los informes cotidianos de la 2ª y 3ª flotas aéreas, y quería examinarlos conmigo. Entretanto, me dijo, podía pasearme por las orillas del lago. En cuanto a él, tenía «papelotes que despachar». Dos horas más tarde, un suboficial vino a buscarme y me introdujo en el despacho donde trabajaba el mariscal. En lugar del hombre que, durante la comida, había bromeado despreocupadamente, me encontré con un hombre aterrado. Con un gesto cansado de la mano, me señaló los informes que acababa de recibir. Los hojeé rápidamente. Las noticias eran efectivamente catastróficas: en el último ataque a Londres habíamos sufrido pérdidas aún más elevadas que al principio de la ofensiva. Goering, muy alterado, me pidió que le dijese la verdad, sin tratar de disfrazarla. No era capaz de comprender por qué razón nuestras pérdidas de bombarderos aumentaban sin cesar. Le repetí lo que ya había expuesto a Hitler: a pesar del número considerable de cazas ingleses derribados, no se podía comprobar, en el enemigo, ni una disminución decisiva de los efectivos ni un descenso, aunque fuese ligero, de su moral. Al contrario, la R. A. F. devolvía golpe por golpe. Inglaterra mostraba entonces al mundo hasta qué cimas de valor y de heroísmo es capaz de elevarse un pueblo decidido. Unos años más tarde, el pueblo alemán iba a demostrarlo a su vez. La batalla aérea prosigue cada vez más ensañada. Desde que hace una semana Goering ha desencadenado la operación Águila —aplastamiento de la R. A. F., preludio de la invasión de Inglaterra—, todos los días centenares de Messerschmitt se enfrentan con los cazas británicos. El 15 de agosto, la Luftwaffe lanza el grueso de sus fuerzas —800 bombarderos, 1.200 cazas— sobre Inglaterra. A despecho de las graves pérdidas que sufre la Luftwaffe, los asaltos se intensifican. Pero la R. A. F., a pesar de la limitación de sus medios, resiste mejor de lo que había previsto Goering. Los pilotos de los Spitfire y de los Hurricane parecen luchar en todas partes a la vez. En la Cámara de los Comunes, Churchill exalta el valor de estos Jóvenes «caballeros del aire» en un vibrante discurso que se ha hecho memorable: «No hay un hogar en nuestra isla, ni en nuestro imperio, ni aun en el mundo entero —a no ser entre los culpables— que no esté lleno de agradecimiento hacia estos valientes paladines, hacia estos aviadores británicos que, sin dejarse intimidar por la superioridad, sin cansarse, aceptando sin cesar el reto y arrostrando sin cesar la muerte, hacen retroceder con su valentía y su abnegación la marea amenazadora de esta guerra mundial. Jamás, en toda |a historia bélica del mundo, tantos hombres han contraído una deuda tan grande para con tan pocos.»

100
12
La victoria de los Panzers
La victoria de los Panzers
InfoporAnónimo3/10/2015

A la cabeza de sus panzers, el general Heinz Guderian había sido el principal artífice de las victorias alemanas en Polonia y en Francia. ¿Alcanzaría la misma gloria en Rusia? El siguiente relato, extraído de sus memorias evocan la fulgurante ofensiva de sus tanques al principio de la operación Barbarroja. Pero demuestran también cual fue su drama de conciencia cuando estimo que su deber era oponerse a las ordenes de Hitler y de los jefes nazis. La victoria de los Panzers El 14 de junio, Hitler reunió a sus generales en Berlín a fin de exponerles sus motivos para atacar a Rusia. Dada la imposibilidad de derrotar a Inglaterra, dijo en substancia, tenía que triunfar en el continente; ahora bien, las posiciones alemanas en Europa no serían inexpugnables hasta que Rusia fuese aplastada... Estas justificaciones de la guerra preventiva contra Rusia no eran convincentes. Mientras la lucha prosiguiese en el oeste, toda nueva empresa militar llevaría a la guerra en dos frentes. En 1914, esta misma situación había conducido a la derrota, y la Alemania de Adolfo Hitler no parecía mejor armada que la del Káiser. De ahí que la asamblea acogiese sin comentarios el discurso de Hitler, en medio de una atmósfera muy tensa. Ningún intercambio de opiniones se produjo y nos separamos en silencio. Antes de describir los acontecimientos, lancemos una breve ojeada sobre la situación de conjunto del ejército alemán al comienzo de esta decisiva campaña de Rusia. Según los informes de que dispongo, las 205 divisiones alemanas se distribuían, el 22 de junio de 1941, de la manera siguiente: en el oeste habían quedado 38 divisiones, 12 se hallaban en Noruega, una en Dinamarca, siete en los Balcanes, dos en Libia; así, pues, 145 divisiones se encontraban disponibles para la campaña del Este. Esta división de las fuerzas demostraba un lamentable desmenuzamiento de su poder. La cifra de 38 divisiones para el oeste, más 12 para Noruega, parecía exagerada. Además, la campaña de los Balcanes tuvo como consecuencia demorar el ataque a Rusia. Pero la subestimación del adversario ruso tuvo un efecto aún más grave. Los informes del ejército, sobre todo los del general Koestring, nuestro excelente agregado militar en Moscú, sobre la potencia militar del gigantesco imperio soviético encontraron tan poco crédito en Hitler, como los informes sobre la capacidad de producción industrial o la solidez de la cohesión interna del régimen. En cambio, Hitler había sabido transmitir su optimismo irrazonado a su camarilla militar, y el O. K. W. y el O. K. H., convencidos de que la campaña habría terminado antes del comienzo del invierno, no habían previsto el equipo apropiado, en el ejército de tierra, más que para un hombre de cada cinco. El general Heiz Guderian, que mandaba el 2º grupo blindado de la Wehrmacht, fotografiado en el frente en compañia de sus oficiales de estado mayor. Hasta el 30 de agosto de 1941, el O. K. H. no se ocupó seriamente de dotar con este equipo a las unidades más importantes. No puedo en modo alguno admitir una afirmación que se oye ahora de vez en cuando: Hitler fue el único culpable de que faltase ropa de invierno a las fuerzas terrestres en 1941. La Luftwaffe y las Waffen S. S. se hallaban, en efecto, ampliamente provistas y habían recibido estos equipos a su debido tiempo. Pero el mando supremo soñaba con vencer militarmente a Rusia en unas ocho o diez semanas y provocar después el derrumbamiento político. Tan firmemente confiaba en este proyecto quimérico que, ya en 1941, se operó la reconversión de la industria que trabajaba para el ejército de tierra hacia otros sectores de la economía. Incluso se pensó en volver a traer a Alemania, al principio del invierno, de 60 a 80 divisiones del este, con el convencimiento de que el resto de las fuerzas bastaría para contener a Rusia durante la estación invernal; en cuanto a las tropas que quedasen en Rusia, al terminar las operaciones de otoño, se quería que invernasen en buenos acantonamientos, en una línea de apoyo. Toda parecía muy sencillo y regulado a las mil maravillas. Se rechazaron las objeciones con optimismo. La narración de los acontecimientos demuestra cuán alejados de la dura realidad estaban estos proyectos. Mencionemos aún otro asunto que, más adelante, fue muy perjudicial para el prestigio alemán. Poco antes del comienzo de las hostilidades, una orden del O. K. W. sobre el trato que debía darse a las poblaciones civiles y a los prisioneros de guerra en Rusia fue transmitida directamente a los cuerpos de ejército. Con arreglo a estas disposiciones, ya no era obligatorio aplicar el código de justicia militar para sancionar las sevicias cometidas contra la población civil y los prisioneros de guerra, sino que cada caso debería someterse a la apreciación de los superiores. Esta orden podía perjudicar gravemente la disciplina. Prohibí divulgarla entre mis divisiones y ordené su devolución a Berlín. Otra orden, igualmente injusta, disponía la ejecución inmediata de los comisarios políticos, es decir, de los miembros del partido comunista destacados cerca de los jefes militares capturados. Si bien, al parecer, fue recibida en el grupo de ejércitos del Centro, jamás llegó a conocimiento de mis unidades. Retrospectivamente, no puede menos de lamentarse que estas órdenes no hubiesen sido anuladas por el O. K. W. o el O. K. H. evitando el desprestigio del buen nombre alemán y los amargos sufrimientos de soldados irreprochables. Poco importaba que los rusos se hubiesen o no adherido a los convenios de La Haya, que hubiesen reconocido o no la convención de Ginebra; los soldados alemanes debían ajustar su actitud a estas prescripciones internacionales y a los imperativos de su fe cristiana. Aún sin estas órdenes excesivas, ya la guerra pesaba abrumadoramente sobre la población civil rusa, la cual tenía tan poca responsabilidad como la nuestra en el desencadenamiento de las hostilidades. Así pues, el 22 de junio, las tropas alemanas cruzaron la frontera. En unas cuantas semanas realizaron un enorme avance. En el centro, Smolensk fue tomado en el transcurso del mes de julio. Moscú sólo se encontraba a 300 kilómetros. Al norte, los ejércitos marchaban a buen paso hacia Leningrado, mientras que al sur amenazaban a Kiev. El 23 de agosto fui citado a una conferencia en el grupo de ejércitos. El jefe del Alto Estado Mayor del Ejército, general Halder, asistió a ella. Me comunicó que de ahora en adelante Hitler estaba decidido a renunciar a las operaciones previstas tanto hacia Leningrado como en dirección a Moscú; quería apoderarse en primer término de Ucrania y de Crimea. Se discutió largamente sobre la manera de modificar «la Inquebrantable decisión» de Hitler. Considerábamos unánimemente que la solución, adoptada ya irrevocablemente, de dirigir nuestro esfuerzo en dirección a Kiev, nos llevaría inevitablemente a una campaña de invierno y provocaría las complicaciones que el O. K. H. tenía poderosas razones de evitar. Después de largas y estériles discusiones, el mariscal von Bock propuso que yo acompañase al general Halder al cuartel general del Führer, para exponerle nuestra posición. Como yo venía directamente del frente, creí que mis argumentos tendrían más peso y podría lograr que se nos permitiese hacer un último ataque contra Moscú. Se aceptó el proyecto, partimos a media tarde, y a la hora del crepúsculo aterrizamos en el aeródromo de Loetzen, en Prusia Oriental. Fui a ver a Hitler. Ante un vasto auditorio del que formaban parte Keitel, JodI, Schmundt y otros generales del Oberkomando de la Wehrmatch, pero, desgraciadamente, ningún representante de las fuerzas terrestres, hice una exposición de la situación de mi panzergruppe, de su estado y de la configuración del terreno. Cuando terminé, Hitler me preguntó: —¿Después de lo que acaban de hacer, considera usted aún capaces a sus unidades de realizar un gran esfuerzo? —Sí; siempre que se fije a las tropas un objetivo cuya importancia pueda ser comprendida por cualquier soldado —respondí. —Evidentemente, piensa usted en Moscú —replicó Hitler. —Sí, dije—. Puesto que ha abordado el tema, permítame que le explique mis razones. Hitler consintió en ello; le expuse detalladamente los motivos en pro de la prosecución de las operaciones hacia Moscú y en contra de la marcha sobre Kiev. Expliqué que, desde el punto de vista militar, lo más importante era destruir las fuerzas combatientes del enemigo, ya muy debilitadas en los últimos encuentros. Describí la importancia geográfica de la capital de Rusia. A diferencia de París para Francia, Moscú no era solamente el centro de la red de transportes y de transmisiones y el corazón político del país, sino también una importante zona industrial; su caída causaría una inmensa impresión tanto en el pueblo ruso como en el mundo. Hablé de la moral de la tropa que sólo esperaba la orden de marchar sobre Moscú y se había preparado con entusiasmo para ello. Traté de demostrar que, una vez iniciado el ataque en la dirección decisiva, los territorios de Ucrania, tan importantes desde el punto de vista económico, caerían como fruta madura en nuestro poder, pues los desplazamientos de norte a sur de los rusos se complicarían notablemente a causa de la desorganización que la toma de Moscú causaría en sus comunicaciones. Describí el estado de las carreteras en el sector de ofensiva que me había sido asignado y las dificultades de abastecimiento, que aumentarían de día en día en el caso de avanzar hacia Ucrania. Mencioné, en fin, los graves problemas que suscitaría una demora de las operaciones. Si éstas tenían que proseguir durante el período de mal tiempo, sería entonces demasiado tarde para llevar a cabo los proyectos del Estado Mayor y asestar el golpe decisivo sobre Moscú antes de terminar el año 1941. Hitler me dejó hablar sin interrumpirme una sola vez, después tomó la palabra y explicó con todo detalle por qué había preferido adoptar otra decisión. Las materias primas y la base de abastecimiento de Ucrania, explicó en particular, eran de vital necesidad para proseguir la guerra. A partir de ahí, siguió subrayando la importancia de Crimea, «portaaviones natural que podía servir a la Unión Soviética para lanzarse sobre el petróleo rumano». Había que eliminarla de la partida. Por primera vez oí la frase: «Mis generales no entienden nada de la economía de guerra.» Por primera vez fui testigo de una escena que iba a repetirse muy a menudo: todos los presentes aprobaban cada frase de Hitler, y yo me encontré solo frente a él. Ante el bloque compacto del O. K. W., contradiciéndome, renuncié a luchar aquel día, pues en esa época todavía creía que nadie podía permitirse hacer una escena violenta al jefe supremo del Reich en presencia de su camarilla. Era más de medianoche cuando regresé a mi alojamiento. El 24 por la mañana fui a ver al jefe del Alto Estado Mayor del Ejército y le informé del fracaso de la última tentativa de hacer cambiar de opinión a Hitler. Hitler proclamó su resolución de aplastar la U. R. S. S.: «La conquista de su territorio no es suficiente. Se trata de aniquilar hasta sus posibiilidades de existencia.» Las atrocidades que se cometieron fueron innumerables. Con arreglo a las órdenes del Führer, la batalla de Kiev se entabló el 25 de agosto. Los combates terminaron victoriosamente el 26 de septiembre. Los rusos capitularon. La cifra de prisioneros se elevó a 665.000 hombres. El general en jefe del frente sudoeste y su jefe de estado mayor perecieron en los últimos encuentros intentando perforar nuestro frente. El general que mandaba el V Ejército fue hecho prisionero. Tuve con él una conversación interesante: —¿Cuándo se enteró usted de que mis tanques se desplegaban a su espalda? —Hacia el 8 de septiembre. —¿Por qué no evacuó Kiev en aquel momento? —Habíamos recibido la orden de evacuar y de retirarnos hacia el este, y ya nos disponíamos a cumplirla cuando una contraorden nos obligó a hacer frente nuevamente al enemigo y a defender Kiev a toda costa. La ejecución de la contraorden tuvo como consecuencia el aniquilamiento de aquel grupo de ejércitos. Nos asombramos de semejante intervención. El enemigo no volvió a repetirla. Pero nosotros padecimos, desgraciadamente, las peores intromisiones del mismo orden. Sin duda esta victoria representaba un gran éxito táctico, pero era dudoso que produjese consecuencias estratégicas de importancia. Eso dependía de una cosa: ¿lograrían los alemanes obtener resultados decisivos antes del invierno, e incluso antes de que, ya entrado el otoño, la tierra se convirtiera en un barrizal? Desde luego, ya había sido preciso renunciar al ataque proyectado para estrechar el cerco de Leningrado. Sin embargo, el Oberkomando de las fuerzas terrestres creía que el adversario no estaba ya en condiciones de oponer al grupo de ejércitos del sur un frente de defensa coherente y capaz de ofrecer una seria resistencia. Con aquel grupo de ejércitos podría, pues, conquistar la cuenca del Donetz y llegar al Don antes del invierno. Pero Moscú era el punto donde había que asestar el golpe principal con el grupo de ejércitos del Centro reforzado. ¿Tendríamos tiempo para ello? La ofensiva sobre Orel-Briansk constituía una fase preliminar del ataque a Moscú. Una vez más concluyó victoriosamente la batalla, pero ¿tendríamos fuerza para proseguir el ataque y explotar la victoria? Esta era la interrogación más grave que la guerra había planteado hasta entonces al mando supremo. Mientras las operaciones de invierno proseguían de este modo, nos preocupábamos de alimentar a Alemania, a nuestros ejércitos y a la población civil rusa. Después de las abundantes cosechas del otoño de 1941, se encontraba en todo el país gran cantidad de cereales panificables. Tampoco había penuria de ganado para el matadero. Las necesidades de la tropa fueron cubiertas y como el lamentable estado de las vías férreas, hasta la primavera de 1942, impedía al II Ejército blindado enviar estos productos a Alemania, se entregaron a la población, especialmente a la de Orel. Algunas fábricas de esta ciudad, cuya maquinaria no pudo ser evacuada por los rusos, se pusieron de nuevo en servicio para cubrir las necesidades del ejército y dar trabajo y pan a la población civil. Esto sucedió con una fábrica de hojalata y con talleres que trabajaban el cuero y el fieltro para la fabricación de calzado. En cuanto al estado de ánimo de la población rusa, se refleja en una conversación que sostuve en Orel, durante ese período, con un viejo general zarista. «Si ustedes hubieran venido hace veinte años», me dijo, «les habríamos acogido con entusiasmo. Pero ahora, es demasiado tarde. Llegan ustedes cuando empezábamos a revivir y nos hacen retroceder veinte años atrás; tenemos que rehacerlo todo desde el principio. Ahora combatimos por Rusia y estamos todos unidos en la lucha.» Además, cuando los comisarios del Reich, todos ellos funcionarios nazis, reemplazaron a la administración militar, se las arreglaron para matar en poco tiempo toda posible simpatía por los alemanes y preparar así la plaga de los guerrilleros. Matar es su oficio, pero no piensa que a él también le puede llegar su turno. Habíamos instalado nuestro puesto de mando avanzado en Yasnaia Poliana, la célebre finca de Tolstoi, y allí me trasladé el 2 de diciembre. Se encuentra a siete kilómetros al sur de Tula. La propiedad constaba de dos edificios: el «castillo», que fue dejado para uso exclusivo de la familia Tolstoi, y el museo, donde nosotros nos instalamos. Todos los muebles y los libros que podían haber pertenecido al gran escritor se guardaron en dos habitaciones, cuyas puertas se sellaron. Amueblamos nuestras habitaciones con muebles sencillos, construidos por nuestros hombres con toscas tablas. La leña del bosque vecino suministraba la calefacción. No se quemó ningún mueble, y ningún libro ni manuscrito fue cambiado de sitio. Todo cuanto han dicho los rusos a este respecto después de la guerra es falso. Fui a ver la tumba de Tolstoi. Se hallaba en buen estado. Ningún soldado alemán la tocó. Y así estuvo hasta el momento en que abandonamos la propiedad. Desgraciadamente, la propaganda rusa de una posguerra rencorosa no ha vacilado en tergiversar tendenciosamente la verdad para probar nuestra pretendida barbarie. Todavía viven muchos testigos que pueden confirmar mi descripción. ¡En cambio los rusos habían minado concienzudamente los alrededores de la tumba de su gran escritor! ¿Los rusos han volado los puentes? No importa; los ingenieros militares los reconstruirán en un tiempo récord; la técnica funciona a la perfección. El 2 de diciembre, las divisiones panzer 3.ª y 4.ª abrieron brecha en las posiciones avanzadas del enemigo. El ataque le sorprendió. Prosiguió, el 3 de diciembre, con violenta nevada y fuerte viento. El hielo en los caminos dificultaba los movimientos. La división panzer 4.ª voló la vía férrea Tula-Moscú y se apoderó de seis cañones; llegó por fin a la carretera Tula-Serpukhov, pero la falta de carburante y el agotamiento de los hombres la obligaron a detenerse. El enemigo pudo zafarse hacia el norte. La situación seguía siendo tensa. Se desarrollaron combates encarnizados en la zona de bosques, al este de Tula, el 4 de diciembre. Se progresó muy poco en la jornada. El termómetro descendió hasta —35º y el reconocimiento aéreo descubrió un poderoso grupo enemigo que se encaminaba hacia el sur desde Kachira. Una fuerte protección de cazas rusos nos Impidió observarla desde más cerca. Como esta presencia amenazaba mis flancos y mi retaguardia y como mis fuerzas no podían maniobrar con una temperatura anormalmente baja de —50º, en la noche del 5 al 6 de diciembre decidí, por primera vez desde el comienzo de esta guerra, detener el ataque —un ataque llevado aisladamente— e hice retroceder a mi vanguardia para ponerla a la defensiva en la línea general Alto Don-Chatt-Upa. Aquella misma noche informé telefónicamente a mi superior, el mariscal von Bock. Me preguntó: «¿Dónde se encuentra su puesto de mando?» Me creía en Orel, alejado de las operaciones. Los generales de panzers no deben alejarse del campo de batalla; pero yo me encontraba lo bastante cerca, tanto del frente como de mis soldados, para tener una opinión sólidamente fundada. Nuestra ofensiva contra Moscú había fracasado. Los esfuerzos y los sacrificios de la tropa habían sido vanos. Acabábamos de sufrir una grave derrota, que por la obstinación del alto mando iba a ser fatal en las semanas próximas. En la lejana Prusia Oriental, los jefes del O. K. H. y del O. K. W. no podían hacerse la menor idea, pese a los informes, de la verdadera situación de sus tropas en esta guerra invernal. Este descubrimiento les condujo a exigir sin cesar desmesurados esfuerzos. Para restablecer la situación en pocos meses, lo mejor hubiera sido replegarnos a su debido tiempo y con amplitud suficiente a posiciones fortificadas en un lugar donde la configuración del terreno nos favoreciese. En el sector del II Ejército blindado, la posición Zucha-Oka, fortificada en octubre, parecía la más indicada. Pero Hitler no se decidía a aceptar esta solución. Además de su testarudez, ¿representó la política exterior un papel importante en las decisiones que se tomaron aquellos días? Nunca lo supe. Pero me inclino a creerlo, pues el 7 de diciembre se produjo la entrada del Japón en la guerra, seguida el 11 por la declaración de guerra de Alemania a los Estados Unidos. He aquí el monstruo de acero que se hizo legendario en los campos de batalla de Europa; sin embargo, resultó ineficaz en los terrenos pantanosos y sobre los ríos helados de Rusia, a diferencia del T 34 soviético, que no tardó en entrar en servicio. Nuestros soldados se asombraron al ver que Hitler declaraba la guerra a los Estados Unidos sin que el Japón la declarase a su vez a la Unión Soviética, lo cual permitió que las fuerzas rusas del Extremo Oriente fueran utilizadas contra los alemanes, trayéndolas a nuestros frentes en trenes que se sucedían sin descanso. La consecuencia de esta extraña política no fue un alivio, sino una agravación de nuestra situación, cuyo alcance era difícil de calcular. La guerra, cada vez, iba haciéndose más «total». El potencial económico y militar de la mayor parte del globo se coaligaba contra Alemania y sus débiles aliados. Pero volvamos a Tula. Durante los días siguientes, el 24º cuerpo blindado consiguió efectuar un ordenado repliegue ante el enemigo, mientras que, desde Kachira, se ejercía una fuerte presión sobre el 53º C. A., al mismo tiempo que un ataque inesperado de los rusos la noche del 7 al 8 de diciembre arrebataba Mikhailov al 47º cuerpo blindado, infligiendo elevadas pérdidas a la X.ª D. I.M. A nuestra derecha, el II Ejército perdió Ielets aquel día; el adversario avanzó hacia Livny y se fortificó ante Yefremov. En esta guerra, en la que se enfrentan millones de hombres, los alemanes comenzaron por hacer innumerables prisioneros. La foto de arriba, explotada por la propaganda nazi, muestra al «primer soldado ruso capturado durante la campaña.» Una carta del 8 de diciembre refleja lo que yo pensaba entonces: «Nos encontramos ante una triste situación: el mando supremo ha tirado demasiado de la cuerda porque no quiso creer en el descenso del poder combativo de la tropa; ha formulado sin cesar nuevas exigencias sin tomar medidas contra los rigores del invierno, y ahora se encuentra sorprendido por el frío ruso, que llega a 35º bajo cero. Nuestras fuerzas no han sido capaces de rematar con una victoria la ofensiva contra Moscú, y así fue como el 5 de diciembre, con el ánimo afligido, tomé la decisión de interrumpir un combate que a nada conducía, retirándome a una línea bastante corta, previamente elegida; con las fuerzas que tengo no aspiro más que a mantenerla. Los rusos nos acosan de manera incesante y tenemos que prever toda clase de penosos incidentes. Las pérdidas, sobre todo por enfermedad y congelación, fueron considerables, aunque haya esperanza de recuperar parte de ellas cuando las unidades puedan tomarse algún descanso. Las causadas por el frío en los vehículos y en los cañones sobrepasan todo lo previsto. Utilizamos trineos como recurso provisional, pero los servicios que prestan son pequeños. Hemos logrado conservar nuestros tanques. Pero ¿cuánto tiempo seguirán funcionando con este frío? «Jamás hubiera creído que en dos meses cambiase hasta este punto una situación tan brillante. Si se hubiese tomado a tiempo la decisión de Interrumpir la ofensiva y de instalarse cómodamente durante el invierno en una línea adecuada para la defensa, nada peligroso podía acontecer. Por espacio de meses, todo será ahora una interrogante... No me inquieta mi propia suerte, me inquieta mucho la de nuestra Alemania; temo por ella...» El 13 de diciembre, el II Ejército prosiguió su repliegue. Pero en estas condiciones no podía realizar su intención de mantenerse en la línea Stalinogorsk-Chatt-Upa, tanto más cuanto la XI D. I. no tenía ya la capacidad de resistencia indispensable para frenar a las fuerzas rusas de refresco. Hubo que continuar el movimiento de repliegue detrás del Plava. El IV Ejército que estaba a nuestra izquierda, y los grupos de tanques 3.º y 4.º no pudieron tampoco seguir manteniendo sus posiciones. El 14 de diciembre hice llegar al Führer una descripción pesimista de la situación. Esperaba, al terminar el día, una llamada telefónica que me trajese su respuesta. Aquella tarde escribí: «A menudo paso la noche acostado, sin dormir, torturándome y preguntándome: ¿Qué más puedo hacer para aliviar a mis pobres soldados, obligados a permanecer a la intemperie sin protección contra este terrible frío? Es espantoso, inimaginable. Los miembros del O. K. H. y del O. K. W., que jamás han visto el frente, no pueden hacerse idea de estas condiciones de vida. No hacen más que cablegrafiar órdenes que no se pueden cumplir y denegar todas las peticiones que se les hacen.» La respuesta telefónica que yo esperaba de Hitler llegó por la noche. Exhortaba a mantenerse firme, prohibía los movimientos de repliegue, prometía la llegada de un refuerzo —500 hombres si no me equivoco— por vía aérea. Tuvo que repetirme sus palabras porque se le oía muy mal. En vista de ello decidí, con autorización superior, trasladarme en avión al cuartel general del Führer y explicarle personalmente la situación de mi ejército, puesto que todos los informes telefónicos y escritos no habían surtido efecto. La entrevista fue fijada para el 20 de diciembre. Por más que diga el general Guderian, los nazis saquearon la casa de Tolstoi, como lo demuestra esta foto del cuarto del escritor, tomada el 17 de diciembre de 1941, inmediatamente después de ser liberada Yasnaia Poliana. «Fraile, frailecito, emprendes un arduo camino.» Mis camaradas me recordaron este estribillo de mi tierra cuando les comuniqué mi decisión de tomar el avión para ir a ver a Hitler. Sabía muy bien que no sería fácil convencer al Führer. Pero en aquella época todavía tenía confianza en nuestro jefe supremo; creí que haría caso de razonamientos sensatos si un general con experiencia del frente se los exponía. El 20 de diciembre, a eso de las 3 h. 30 de la tarde, aterricé en el aeródromo de Rastenburg. Mí conversación con Hitler duró cinco horas, con dos cortas Interrupciones de una media hora para cenar y para la exhibición del noticiario cinematográfico que el Führer no dejaba de ver nunca. A las 6 h. de la tarde fui recibido por Hitler en presencia de Keltel, Schmundt y otros altos jefes. Ni el jefe del Alto Estado Mayor ni ningún representante del O. K. H. tomaron parte en esta conferencia con el nuevo comandante en jefe de las fuerzas terrestres. (Hitler había asumido el puesto al despedir al mariscal von Brauchitsch). Igual que el 23 de agosto de 1941, volví a encontrarme solo frente a la camarilla del O. K. W. Mientras Hitler se adelantaba para saludarme observé por vez primera que clavaba en mí una mirada hostil. Esto despertó en mí el convencimiento de que le habían predispuesto en contra mía. La oscuridad del pequeño aposento aumentó mi desazón. La conferencia empezó exponiéndoles la situación. Después hablé de mi intención de replegar por etapas los dos ejércitos hacia la posición Zucha-Oka. Mi sorpresa fue grande al oír a Hitler exclamar con violencia: «¡No; lo prohíbo terminantemente!», ya que no le quedaba otra alternativa si quería conservar sus tropas y mantenerse durante el invierno en posiciones estables. —Es preciso incrustarse en el suelo y defender cada metro de terreno —dijo Hitler. —No es posible incrustarse en todas partes en el suelo —respondí—; está helado hasta un metro o metro y medio de profundidad, y nuestras deficientes herramientas de campaña no nos permiten ya excavar trincheras. —Abran hoyos en el suelo con la artillería pesada. Es lo que hacíamos en Flandes durante la primera guerra. —En la primera guerra —rebatí—, nuestras divisiones ocupaban en Flandes sectores de cuatro a seis kilómetros de ancho, y los defendían con dos o tres grupos de cañones pesados y abundancia de municiones. Mis divisiones tienen que defender frentes de 20 a 40 kilómetros y yo tengo cuatro cañones pesados por división, dotados de 50 disparos por cañón. Jamás hubo en Flandes temperaturas tan bajas como las que soportamos. Además, necesito municiones para rechazar a los rusos. Ni siquiera podemos ya clavar postes en el suelo para instalar nuestras líneas telefónicas; tenemos que abrir los hoyos a fuerza de explosivos. ¿De dónde sacaríamos explosivos suficientes para construir una posición de semejante extensión? En Vitebsk, en 1941. El combate ha sido implacable, y mientras el incendio continúa haciendo estragos, los soldados, agotados, comen de pie: apenas tienen tiempo para descansar. Pero Hitler reiteró su orden: resistir donde nos encontrábamos. —Eso significa pasar a la guerra de posiciones en un terreno inadecuado, como en el frente occidental durante la primera guerra —le advertí—. En ese caso sufriremos las mismas batallas de desgaste y las mismas pérdidas enormes que en aquella época, sin obtener un resultado decisivo. Siguiendo esa táctica este invierno, sacrificaremos a la flor y nata de nuestros oficiales y suboficiales, con sus reservas; este sacrificio será estéril, y, por lo demás, no podremos compensarlo. —¿Cree usted que los granaderos de Federico el Grande morían por capricho? —preguntó Hitler—. También ellos querían vivir y, sin embargo, el rey podía pedirles el sacrificio de sus vidas. Considero que yo también tengo derecho a exigir el mismo sacrificio a todos los soldados alemanes. Se combate hasta en los suburbios y las calles de cada ciudad. Cada aldea es rudamente disputada. Emboscados tras este muro, unos soldados rusos disparan contra los tanques enemigos que avanzan.. -El soldado alemán sabe que, en tiempo de guerra, debe poner su vida a la disposición de su patria, y, verdaderamente, lo ha demostrado hasta ahora. Pero no debe exigírsele este sacrificio sino en caso de absoluta necesidad. Le ruego que piense que la intensidad del frío nos ha costado doble número de bajas que el fuego enemigo. Quien ha visto los hospitales llenos de hombres congelados sabe lo que eso significa. —Me consta —dijo Hitler— que ha trabajado usted mucho y ha convivido con la tropa. Lo reconozco. Pero ve las cosas demasiado cerca. Le impresionan demasiado los sufrimientos del soldado y siente demasiada compasión por él. Necesitaría alejarse un poco para ver la perspectiva. Créame: de lejos se ven las cosas con mayor precisión. —Mi deber, por supuesto, es aminorar cuanto pueda los sufrimientos de mis soldados. Pero esto es muy difícil cuando los hombres no tienen ropa de Invierno, y casi toda la infantería lleva aún pantalones de verano. —No es cierto —dijo Hitler encolerizándose—. El jefe de la intendencia me ha dicho que el equipo de invierno ha sido enviado. —Enviado, sí; más no ha llegado todavía —dije—. Sigo con precisión su ruta. Desde hace varias semanas se encuentra en la estación de Varsovia; está allí parado porque faltan locomotoras y a consecuencia del embotellamiento de las vías férreas. Se llamó al jefe de la intendencia, que se vio obligado a confirmar mi relato. La campaña para el aprovisionamiento de ropas que hizo Goebbels en las Navidades de 1941 fue consecuencia de esta conversación. Pero el producto de esta colecta no llego a manos de los soldados durante el invierno de 1941-1942. Luego tocamos la cuestión de los efectivos de las unidades de combate y de los servicios. A causa de numerosos vehículos inutilizados por los barrizales de otoño, y después por los grandes fríos, el parque de transporte para el abastecimiento era insuficiente tanto en las unidades como en los servicios de retaguardia. Como los vehículos perdidos no eran reemplazados, la tropa tenía que arreglárselas con los medios del país. Estos consistían en carros de campesinos y en trineos de capacidad muy reducida; para reemplazar a los camiones que faltaban había que utilizar un elevado número de estos vehículos, que además requerían demasiados hombres. Hitler exigió entonces la reducción implacable de los efectivos, muy numerosos a su parecer, de las unidades de abastecimiento y del parque móvil, a fin de recuperar fusiles para el frente. Ni que decir tiene que ya se había procedido a ello hasta donde era posible sin poner en peligro el abastecimiento. Para reducirlos aun más seria preciso mejorar todos los medios de abastecimiento en general y las comunicaciones ferroviarias en particular. Resulto penoso hacerle comprender a Hitler esta perogrullada. Después, la conversación verso sobre los acontecimientos. Algunas semanas antes se había celebrado en Berlín una exposición que presentaba las medidas llenas de solicitud previstas por el O. K. H. para el invierno. El mariscal von Brauchitsch había insistido para llevar a Hitler a verla. Aunque la exposición había sido filmada por el noticiario y era tan maravillosa, la tropa no poseía, desgraciadamente, ninguna de las bellas cosas que en ella se exhibían. La ininterrumpida guerra de movimientos había impedido construir, y el país ofrecía pocos recursos. Nuestros acantonamientos eran míseros. También a este respecto la confusión en la mente de Hitler. El ministro de Armamentos, Todt, asistió a esta parte de la conversación; era un hombre razonable, de sanos y humanos sentimiento. Profundamente impresionado por la condiciones de vida en el frente que yo había descrito, me regalo dos estufas de trinchera que tenia intención de enseñar a Hitler y que debían servir a la tropa de modelos de lo que se odia fabricar con los medios del país. ¡Así obtuve, por lo menos, un resultado positivo de aquella larga entrevista! Durante la cena, sentado junto a Hitler, aproveche la ocasión para darle detalles acerca de la vida en el frene. Pero estos relatos no surtieron el efecto que yo esperaba. A Hitler, lo mismo que a su camarilla, le parecían exagerados. Por esta razón propuse, cuando se reanudo la conferencia después de cenar, transferir al O. K. W. y al O. K. H. a oficiales de estado mayor que hubiesen experimentado la guerra en el propio frente. -La reacción de los miembros del O. K. W. –dije- me ha dado la impresión de que nuestras comunicaciones y nuestros informes no son bien comprendido s y que, por consiguiente, no le son correctamente presentados. Me parece, pues, necesario trasladar a los puestos de estado mayor del O. K. H. y del O. K. W. a oficiales que tengan experiencia en el frente. Decídase a proceder a un relevo de guardia. Aquí, en la cumbre, hay oficiales que forman parte de un de los dos estados mayores desde el principio de la guerra, hace ya dos años por consiguiente, y que nunca han visto el frente. Esta guerra es tan diferente de la anterior que no vale nada haber servido en la de 1914. Me había metido en un avispero. -¡No es ahora el momento oportuno para separarme de mis consejeros! –replico Hitler con indignación. -No tiene necesidad de separarse de sus ayudantes personales; no se trata de eso —respondí—. Lo que importa, en cambio, es destinar a los puestos clave de los estados mayores a oficiales que tengan una experiencia reciente del frente y, sobre todo, de las campañas de invierno. Esta petición fue también rechazada secamente. Todas mis proposiciones acababan en un total fracaso. Cuando abandonaba la sala de la conferencia, Hitler dijo a Keitel; <¡No he convencido a ese hombre.» Así se consumó entre nosotros una ruptura que ya no fue posible reparar. El 21 de diciembre regresé a Orel para redactar y difundir las órdenes que debían ajustarse a las intenciones de Hitler. El 24 de diciembre, el ll.º ejército perdió Livny. La noche del 24 al 25 de diciembre perdimos Chern a consecuencia de un ataque envolvente del enemigo. El éxito de los rusos nos sorprendió por su amplitud. Di inmediatamente cuenta de este desgraciado incidente al grupo de ejércitos. El mariscal von Kluge me hizo los más vivos reproches y aquella misma noche tuvimos una violenta explicación; me acusó de haberle transmitido un Informe falso, y colgó el teléfono diciendo: «Daré un informe al Führer sobre usted.» Esta vez se había colmado la medida. Dije al jefe de Estado Mayor del grupo de ejércitos que pedía ser relevado de mi mando y transmití inmediatamente por telégrafo esta decisión. El mariscal von Kluge se me había adelantado en el O. K. H. pidiendo mi relevo, que fue, en efecto, dispuesto por Hitler; la orden me llegó el 26 de diciembre, por la mañana, juntamente con mi traslado a la reserva de mando del O. K. H. Mi sucesor era el general Rudolf Schmidt, que mandaba el 11.º ejército. Así, pues, el irresistible avance alemán no ha logrado nada decisivo. La Wehrmacht se atasca ante Moscú a pesar de los brillantes éxitos que obtiene en otros lugares, pues la brillante campaña del ejército del Centro no debe hacer olvidar que el ejército del Norte comienza, ya en septiembre, el sitio de Leningrado, ni que en el sur, especialmente, los resultados de las operaciones sobrepasan todas las esperanzas. Los alemanes ocupan las ricas llanuras de trigo de Ucrania, y a partir del 27 de septiembre, la ciudad de Kiev, su capital; el gran puerto de Odesa, sitiado desde hace dos meses, cae en sus manos el 16 de octubre. A principios de noviembre penetran en la cuenca minera del Donets, ocupan Stalino, Kursk y Kharkov y llegan a Rostov, en la desembocadura del Don. Continuando su avance, el invasor penetra en Crimea y pone sitio a Sebastopol. Pero ¿de qué sirven todas estas conquistas si el objetivo principal no puede ser alcanzado? Y he aquí que Moscú parece inexpugnable. El irresistible General Invierno ha entrado en escena. Los alemanes, que no contaban con una campaña tan larga, se hallaban mal preparados para enfrentarse con él, pero Hitler se niega a compadecerse de los sufrimientos de sus soldados: hay que utilizar hasta el límite el material humano. Hitler hará recaer sobre sus generales la responsabilidad de este fracaso. A fines de diciembre diezma implacablemente las filas del alto mando. Como Guderian, von Rundstedt es relevado; von Bock es reemplazado; el brillante general Hoepner y el general von Sponeck, que había dirigido la invasión de Holanda por las tropas aerotransportadas, son degradados; por último, el mariscal von Brauchitsch dimite. ¿Quién iba a reemplazar a este hombre, al que Hitler había colocado a la cabeza de la Wehrmacht y a quien ahora trataban de «cobarde vanidoso, de cretino y de fantoche», como cuenta Goebbels en su diario? Nadie, al parecer, reunía las cualidades necesarias, y el Führer acabó por... nombrarse a sí mismo. Acababa así de realizar su sueño de dominio concentrando todos los poderes en sus manos. ¡El antiguo cabo se había convertido en amo absoluto del Reich: ministro de la Guerra, jefe supremo de los tres ejércitos! ¡Qué ascenso! Por lo que se refiere a los territorios conquistados, esta reorganización iba a tener como consecuencia un endurecimiento de la política de ocupación. Hitler no hizo caso de las advertencias de numerosos dirigentes alemanes que hubieran deseado presentarse como liberadores del pueblo ruso, sometido al yugo bolchevique. Mas he aquí que incluso en Ucrania, donde una cierta tradición de independencia con respecto a Moscú hubiera podido ser reavivada, prevaleció la táctica de la conquista brutal, y el pillaje desenfrenado de las riquezas naturales desencadenó muy pronto la guerra de guerrillas en la retaguardia de los ejércitos alemanes, con el apoyo de la población oprimida. A partir de 1940, Hitler se había jurado a sí mismo «aplastar a la nación soviética..., aniquilar sus posibilidades de existencia». Iba a intentarlo todo para cumplir su palabra. Los Einsatigruppen, aquellos pelotones de exterminación dirigidos por Adolf Eichmann, asesinaban judíos, comunistas y guerrilleros por centenares de millares cuando no los deportaban; las poblaciones se veían reducidas al hambre. Las salvajadas de los ocupantes tuvieron como resultado hacer imposible toda colaboración de los países bálticos o de Ucrania con Alemania. La desaparición de los antiguos jefes militares agravó la situación. Entre los soldados disminuyó rápidamente el entusiasmo de los primeros días. «En el momento de la batalla de Moscú —escribe el general Blumentritt—, los hombres comenzaron a proferir sarcasmos dirigidos contra los responsables militares que se encontraban a cubierto en Alemania.» Profundamente decepcionados en sus esperanzas, los soldados tenían la sensación de ser vencidos no por el enemigo, sino por las desastrosas condiciones que habían presidido la preparación de esta campaña. Todavía en la actualidad los alemanes suelen pensar que el vencedor de la batalla de Moscú no fue el ejército rojo, sino el general Invierno. A una llanura blanca sigue otra llanura blanca. Los soldados soviéticos se adaptaron admirablemente a las terribles condiciones de esta guerra. He aquí unos soldados de Infanteria arrastrándose hacia las líneas enemigas, en las que se disponen a infiltrarse.

2
0
L
La hora del ejército alemán
InfoporAnónimo3/7/2015

El siguiente Post, y sus sucesores, comprenderan una serie de secciones que fueron extraidos de la colección Gran cronica de la Segunda Guerra Mundial. Estas, seran publicadas tal cual lo fueron en su momento, difieriendo, talves, en las imágenes. La hora de ejército alemán Para realizar las ambiciones que acaricia desde hace mucho tiempo, Hitler tiene que forjar el instrumento de su política: un ejército moderno, poderoso y que le obedezca ciegamente. Animado por una implacable obstinación vencerá todos los obstáculos que se oponen a este propósito, bien se trate de dificultades diplomáticas, de la oposición interior o de dificultades financieras. Nadie mejor que Benoist-Méchin, el célebre especialista de la historia militar alemana, para describir esta colosal aventura. «El año 1938 —proclama Hitler en el mensaje de año nuevo que dirige al pueblo alemán el 1 de enero de 1939— ha sido el más rico en acontecimientos en la historia de nuestro país». Estos acontecimientos han convergido hacia un fin único: la reunión, en el centro de Europa, de setenta y seis millones y medio de alemanes formando un bloque étnico y una comunidad política. En el espacio de unos meses la población del Reich se ha incrementado con 10.400.000 habitantes. Su territorio ha aumentado en 112.935 kilómetros cuadrados. Checoslovaquia, «esa fortaleza franco-rusa» situada en el flanco del Reich, en el mismísimo centro del espacio vital alemán, ha sido arrasada. Como consecuencia de ello, la fisonomía de la Europa central y oriental está cambiada. El Reich domina ya todo el territorio que se extiende desde el Rhin a la frontera soviética. «Tiene acceso directo a los Balcanes —escribe Paul Stehlin en «Testimonio para la historia»—. Tiene abiertas las puertas hacia Oriente. La construcción de una zona fortificada en su frontera occidental le garantiza una mayor libertad para dirigir la mirada hacia el este y poner definitivamente al abrigo de cualquier ataque la obra de unificación nacional realizada por Hitler.» La unión de Austria al Reich, y después la de la región de los Sudetes, ha representado el triunfo de una idea, la del «Volkstum», que se presenta como una variante nacionalsocialista del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Este era el principio que Francia, Inglaterra y los Estados Unidos habían establecido en 1918 como uno de los objetivos de la guerra; pero que en las gestiones de paz había sido arrumbado definitivamente. Veinte años más tarde, Adolfo Hitler lo hace suyo, explotándolo a fondo, y esto le va a permitir conseguir ventajas inmensas, sin recurrir a las armas. «Se nos había relegado a segundo término—declarará von Neurath el 20 de abril de 1939—, y nos hemos convertido en la potencia de la que depende el destino de Europa.» Las reivindicaciones alemanas triunfaron por diversos factores; ante todo, la utilización de la fuerza. (Alemania jamás habría podido conseguirlas estando desarmada.) Al resplandor de las antorchas, los nazis celebran uno de sus aniversarios preferidos: el de la marcha que hicieron en Munich el 9 de noviembre de 1923. De la derecha a la izquierda: Frick, Kriebel, Graf, Hitler, Goering y Weber. Añádase el hecho de que Hitler hablase en nombre de 80 millones de alemanes, cuya unidad moral había realizado mucho antes de que fuesen derribados los postes fronterizos. Y finalmente, el rápido desarrollo de su aviación, la más poderosa de la época, con una gran ventaja sobre todas las demás, que representó un papel decisivo como elemento intimidador que obligó a Francia e Inglaterra a hacerle concesiones que jamás habrían hecho si el equilibrio de fuerzas no les hubiera sido tan desfavorable. «Sin la amenaza militar —prosigue Paul Stehlin—, sin la tenacidad del canciller alemán, Alemania habría seguido con las fronteras que le habían sido impuestas por la victoria aliada de 1918. En el extranjero, y especialmente en nuestro país, los métodos empleados por él habían sido calificados de chantaje, utilizando la amenaza de guerra y el «bluff». En realidad eran Francia e Inglaterra las que habían utilizado el «bluff» haciendo creer que la política conjunta, las alianzas y la influencia franco-británica en Europa harían retroceder al canciller alemán.» No sin razón pudo escribir la «Gaceta de Colonia»: «La transformación de las fronteras de la Europa central sin disparar un solo tiro ha sido el mayor prodigio de 1938, al mismo tiempo que la revelación de los recursos que puede ofrecer la paz.» Durante este tiempo las fábricas trabajan a pleno rendimiento. El nivel de vida de las poblaciones sube. Desaparece el paro. Se prolongan las autopistas y el país goza de una prosperidad desconocida desde 1914. Las ciudades obreras se multiplican. Hitler ha dado a una pléyade de arquitectos la orden de proceder a un gigantesco programa de construcciones: en Nuremberg, una sala de congresos con cabida para 60.000 delegados; un estadio de dimensiones babilónicas en cuyas gradas podrán sentarse 500.000 espectadores; los propileos del campo de Marte y del Zeppelinfeld, en donde las reuniones del partido podrán celebrarse con un millón de asistentes. En Múnich, un completo conjunto arquitectónico alrededor de la Kónigsplatz. En el Chiemsee, una escuela superior del Partido. En Berlín, en donde se acaban de quitar los andamios del Ministerio del Aire y de la Nueva Cancillería, una casa del Alto Mando y un palacio de la Nación, cuya cúpula, de 150 metros de altura, se alzará al extremo de la gran avenida este-oeste de 5 kilómetros de largo, con una anchura de 300 metros, a cuyos lados se alzará una sucesión de arcos de triunfo, museos y palacios. En fin, el próximo congreso de Nuremberg, que debe celebrarse a mediados de septiembre de 1939, se llamará —tranquilizadora perspectiva— el «congreso de la paz». Después de tantos años de miseria, cuyo recuerdo no se ha borrado aún de las mentes, el pueblo alemán asiste, con feliz estupefacción, a la transformación del país y espera poder gozar al fin de una tranquilidad bien ganada. Pero para Hitler todos los éxitos conseguidos y todos los trabajos en vías de realización no son más que un preludio, ya que no ha renunciado a sus proyectos de expansión hacia el este. El deseo manifestado por el pueblo alemán de saborear, por fin, los beneficios de la paz y no meterse en nuevas aventuras le irrita de una manera terrible. ¿Se habrán olvidado los alemanes de que la vida no es más que un combate? ¿Estará empezando a aflojarse su voluntad? ¿No ven acaso que aún queda lo más duro por hacer? Algunos síntomas de carácter sicológico Inquietan al Führer y le hacen reflexionar. En la noche del 27 de septiembre de 1938, es decir, treinta y seis horas antes de la conferencia de Múnich, en el momento en que parece consumada la ruptura con Londres y París y en que la guerra parece inevitable, ordena que se organice un «desfile de propaganda» por barrios residenciales de Berlín. La división motorizada de Pomerania pasa rugiendo a lo largo de la Wilhelmstrasse, donde se encuentran la embajada de Gran Bretaña y la Cancillería del Reich. En la imposiblidad de reequiparse, el ejército alemán utiliza en las grandes maniobras de 1931 el material de la ultima guerra y tanques improvisados para aquella ocasión con automoviles particulares. Pero debajo ed las cenizas arden las brasas de la revancha, y Hitler no tardara en hacer trizas el tratado de Versalles. «El motivo de este despliegue de fuerzas —escribe Fritz Wiedemann, ayudante de campo del Führer— era estimular el ardor bélico de los berlineses. Pero el resultado fue exactamente el opuesto. Tropecé con la columna en marcha al salir del hotel Adlon para ir a la Cancillería. Las calles estaban llenas de gente, pero el entusiasmo brillaba por su ausencia. El temor de que esta demostración pudiese ser una prefiguración de la realidad pesaba sobre la multitud. No se vitoreaba a los soldados. Era un desfile mudo. Lo comparé, sin querer, a la marcha de mí regimiento en 1914... Cuando entré en el gran vestíbulo de la Cancillería, ya invadido por las sombras del crepúsculo, exclamé sin poderlo evitar: — ¡Chicos!, este desfile parece un cortejo fúnebre. — ¡Cierra el pico —me dijo mi colega Schaub, corriendo hacia mí—; «él» está asomado a la ventana!» En efecto, Hitler presencia el desfile desde el balcón. Destocado, con las manos hundidas en los bolsillos de su guerrera, se inclina sobre la balaustrada. Le rodean algunos generales, a respetuosa distancia. Se entrevén, en la penumbra, los bordados de oro del almirante Raeder. Los rostros de los espectadores que se agolpan en las aceras están helados. Sólo se ven frentes ceñudas y bocas cerradas. ¿Por qué no lanzan sus habituales «Sieg Heil»? Los tanques pasan. La gente se calla. Despechado, Hitter se retira sin que nadie le aclame... En cambio, dos días más tarde, cuando regresa a Berlín, después de la firma del pacto de Múnich, más de un millón de almas le aclaman con delirio. Pero Hitler no se deja engañar: sabe que la multitud aclama al hombre que ha salvado la paz, al que ha solucionado la cuestión de los Sudetes sin disparar un tiro. Hitler frunce el entrecejo. Es la primera vez que unas aclamaciones le dejan un regusto de amargura. Tiene que rendirse a la evidencia: el pueblo alemán no quiere la guerra. Acepta con gratitud las ventajas materiales que él le ha proporcionado. Pero no comprende — ¿o acaso se niega a comprender?— sus proyectos para el porvenir, la visión que le obsesiona de un imperio alemán del Este. ¿Acaso no comprende que todo lo realizado hasta ahora no es más que un desescombro preliminar, una manera de abrir el camino que conduce al gran enfrentamiento que será el término y la coronación de toda su historia? ¿Habrá perdido el pueblo alemán el sentido del heroísmo? ¿Acaso no quiere más que conquistas fáciles, victorias sin esfuerzo? «¡Mi Führer! (habla el niño) Te conozco bien y te amo como a mi padre y a mi madre. Siempre te escucharé como si fueras mi padre y mi madre. Y cuando sea mayor, te ayudaré como a mi padre y a mi madre. Y estaras satisfecho de mí, como mi padre y mi madre.» Cuando Hitler subió al poder en 1933, las elecciones sólo le habían dado el 44,7 por ciento de los votos. Únicamente declarando ilegal al Partido comunista e impidiendo que sus representantes asistiesen al Reichstag logró reunir el 52 por ciento de los puestos, es decir, la mayoría absoluta que le permitió gobernar sin el apoyo de los demás partidos. Esta base popular se ha ensanchado muchísimo desde entonces. ¿Se ha ensanchado únicamente porque tenía el poder, la radio, la prensa y la policía, es decir, todos los medios de persuasión y de coacción? No. Aunque no pertenecieran al partido nazi, millones de alemanes votaron por él porque aprobaban su política social, porque le estaban agradecidos por haber roto las cadenas del tratado de Versalles y porque veían en él la barrera más eficaz contra el comunismo. Pero ahora que el problema se plantea en términos de paz o guerra, la mayoría vacilan y se muestran esquivos. «Dos guerras en una sola vida es demasiado», se dicen a sí mismos. ¿Será insuficiente la influencia del partido? ¿La propaganda no ha conseguido que la voluntad de todos los alemanes se pliegue a la suya? El quiso hacer de Alemania una comunidad armada, que maniobrase en el corazón de Europa como una gigantesca falange macedónica. Pero aún no ha conseguido este resultado. Las medidas que Hitler dispondrá en el transcurso de las semanas venideras tendrán por objeto galvanizar las masas, tensar sus energías... A partir del mes de enero se ponen en estado de alerta todas las organizaciones del Partido. Se militariza a las S. A. El jefe de las milicias pardas de la región berlinesa reúne a sus cuadros y les dice: «El año 1939 será un gran año para Alemania. Nadie se figura todavía la importancia de los acontecimientos que se preparan, ni de los éxitos que logrará el pueblo alemán. El mundo va a quedarse atónito.» HImmIer, el jefe del Estado Mayor de las S. S. prepara el agrupamiento de las milicias negras en divisiones idénticas a las del ejército en armamento y organización. Se constituyen rápidamente formaciones de paracaidistas en el centro de experiencias tácticas de Barth. A fines del mes de marzo, Goering procede a la reorganización del ejército del aire. Se crea una cuarta flota aérea en Viena. Tampoco permanece inactivo el Almirantazgo alemán. Pone la quilla de nuevos barcos de acuerdo con un programa aprobado por Hitler el 1º de enero de 1939. El gran al mirante Doenitz detalla en sus memorias que este programa prevé la construcción de seis acorazados de 50.000 toneladas (además del «Bismarck» y del «Tirpitz», de ocho cruceros ligeros de 20.000 toneladas, y de cuatro portaaviones de 20.000 toneladas, de gran cantidad de cruceros ligeros y de 233 submarinos. En Kummersdorf y en Peenemünde, en donde se trabaja, dentro del mayor secreto, en poner a punto armas «especiales», el coronel Dornberger, Wernher von Braun, Klaus Riedel, Helmut Groettrup y los equipos de técnicos que les ayudan, reciben la orden de acelerar sus trabajos. Finalmente, el plan de cuatro años, que orienta y coordina todas las actividades de la industria alemana, recibe un nuevo impulso. Todos los ciudadanos alemanes, sin distinción de edad ni de sexo, que no estén ya empleados en jornadas completas, deben consagrar varías horas al día a las empresas de interés nacional. Se multiplican las manufacturas de guerra, el almacenaje de materias primas y la requisa de material móvil. Poco a poco toda Alemania se transforma en un campo atrincherado. El 20 de abril de 1939 cumple el Führer cincuenta años. Hitler decide celebrarlo con el mayor desfile militar que Alemania haya visto jamás. Para esta demostración se hacen preparativos de una gran amplitud que debe provocar al mismo tiempo la admiración y el temor. 5 de septiembre de 1934. El partido nacionalsocialista celebra en Nuremberg su congreso anual, que empieza a los acordes de la obertura de Egmont en las arenas de Luitpold: 30.000 personas abarrotan el auditórium. Este es el decorado que se alza en la explanada. Después de recibir las felicitaciones del cuerpo diplomático, Hitler sale de la Cancillería y pasa, en su gran Mercedes negro, ante las formaciones agrupadas a lo largo de la gran avenida Este-Oeste, entre el Lustgarten y la estación del Tiergarten. Luego, desde la tribuna oficial alzada en la plaza de la escuela superior técnica de Charlottenburgo, saluda a las tropas que desfilan ante él desde las 11 de la mañana hasta las 3 de la tarde como un torrente ininterrumpido de carne y de acero. «Durante cuatro años seguidos —nos cuenta el general Stehlin, agregado francés del Aire en Berlín— he ocupado el mismo lugar en esta tribuna, muy cerca del estrado destinado a Hitler. He podido observarle, seguir sus ademanes, adivinar su satisfacción, descubrir la exaltación que le va invadiendo. ¿Durante cuánto tiempo seguirá contentándose con exhibir la fuerza que ha creado para realizar sus ambiciones? La tentación de utilizarla para transformar esta revista en un gran desfile de la victoria tiene forzosamente que incitar su imaginación en medio de este continuo huracán de aclamaciones, de marchas militares, de botas marcando el paso y haciendo retemblar el suelo de ruidos de motores, de retumbar de tanques. Tiene cincuenta años y ha llegado el momento de acelerar el ritmo de sus conquistas. Gregorio Gafenco, ministro de Asuntos Exteriores de Rumania, que asiste también a este desfile, lo ha descrito en estos términos: «Durante seis horas, las tropas motorizadas del Reich estuvieron desfilando sin interrupción en una grandiosa exhibición de tanques, de morteros, obuses y cañones gigantes..., espectáculo grandioso que se inicia jovialmente a los acordes alegres de las bandas militares bajo un cielo azul y primaveral; que se prolonga luego horas y horas entre un ruido obsesionante de metal y que luego, ante un público abrumado de cansancio, con los nervios deshechos, parece eternizarse como una visión dantesca, como una interminable pesadilla de la que no se logra despertar. Una pesadilla de seis horas, preludio angustioso del drama de seis años que iba a seguirla... Hitler, de pie, inmóvil, no apartaba la vista del inmenso ejército en marcha. Era como si le hubiese cedido la palabra para que éste impusiese su argumento supremo e irrefutable al mundo entero.» El 2 de junio se efectúa un nuevo desfile de cuatro horas en honor del príncipe Pablo de Yugoslavia. El día 6 se invita a los berlineses a festejar el regreso de la legión Cóndor. Esta vez el desfile no dura tanto, ya que la legión sólo consta de 10.000 hombres. Pero la ceremonia no tiene por ello menos importancia, pues los regimientos que tomaron parte en los grandes desfiles del 20 de abril y del 2 de junio eran bisoños, mientras que la oficialidad y los soldados de la legión Cóndor han tomado parte en la guerra de España donde recibieron el bautismo de fuego. Se trata, pues, de veteranos de los cuales muchos exhiben con orgullo sus medallas y sus cicatrices. La ideología nacionalsocialista crea en torno al Fürer una especie de misticismo pomposo y fanatico. en la foto de arriba, un desfile de las Juventudes Hitlerianas en el Congreso de Nuremberg. El enrolamiento empieza desde la infancia. en la foto de abajo vemos un desfile de jóvenes del S.P.O (Servicio de Trabajo Obligatorio) A causa de la importancia del papel que han jugado las formaciones de la Luftwaffe, Goering las recibe en primer lugar en la explanada del Lustgarten. Enumera las batallas en que tomaron parte; Madrid, Bilbao, Santander, Brúñete, Teruel, las batallas del Ebro, de Cataluña, de Barcelona y de Valencia. Después de rendir homenaje a sus muertos, termina su alocución con estas palabras: «Poseemos hoy día un Ejército poderoso dentro de una Alemania poderosa, porque la Providencia nos ha dado un jefe de energía indomable. En esta hora solemne queremos afirmar al Führer que el Ejército entero cumpliré siempre sus órdenes con tanto valor como audacia. Habéis partido con la orden de luchar y habéis vuelto vencedores.» A continuación Hitler dirige a los legionarios un discurso en que destaca sobre todo la experiencia militar que han adquirido y el significado político de su combate: «Camaradas —les dice—, me siento feliz de saludaros personalmente y de teneros ante mí, porque estoy orgulloso de vosotros... Partisteis para ayudar a España en una hora de peligro y volvéis convertidos en aguerridos soldados. Vuestra mirada no sólo se ha dado cuenta de las proezas realizadas por los soldados alemanes en la Primera Guerra mundial; os habéis calificado para servir de ejemplo y convertiros en los instructores de los jóvenes soldados de nuestro nuevo Ejército. De esta forma contribuiréis a reforzar la confianza que tenemos en nuestro Ejército y en el valor de nuestras armas... Habéis visto con vuestros propios ojos el terrible destino de España y las espantosas destrucciones que ha sufrido. Y habéis combatido, finalmente, al lado de vuestros camaradas italianos, bajo las órdenes de un prestigioso jefe militar que jamás dudó de la victoria y bajo cuya dirección deseamos un nuevo renacimiento al noble pueblo español. ¡Viva el pueblo español y su jefe Franco! ¡Viva el pueblo italiano y su Duce Mussolini! ¡Viva nuestro pueblo y el Gran Reich alemán! Después Hitler hace entrega de una insignia especial a los legionarios de la 53’ escuadrilla aérea, al 9° regimiento de la D. C. A. y al 3er regimiento de enlaces aéreos que se han distinguido de manera relevante en los combates. En Berlín, el canciller Hitler pasa revista a una seccion de asalto nazi. En la bruma grisásea de una tarde invernal, este espectaculo sin importancia toma un carácter opresivo. La S.A, fuerza de choque del partido nacionalsocialista, habia sido dirigida por Röhm, que fue liquidado en la tristemente célebre «Noche de los cuchillos largos.» En julio de 1939 el ejército alemán ha alcanzado el grado máximo de desarrollo a que pudo llegar en tiempo de paz. ¡Qué enorme camino se ha recorrido desde el 5 de julio de 1919, fecha en la que el general Von Seeckt echó los cimientos del ejército profesional! En aquella época no le estaba permitido al ejército alemán poseer ningún órgano de mando superior al de cuerpo de ejército. Los grados más altos de la jerarquía militar eran los dos Gruppenkommandos de Berlín y Kassel. El Alto Estado Mayor había sido disuelto; se había cerrado la Academia Militar; el ejército, cuyos efectivos había limitado el tratado de Versalles a 100.000 hombres, no poseía ni artillería pesada, ni tanques, ni aviones. El domingo 17 de marzo de 1935 tiene lugar en Berlín una grandiosa ceremonia para honrar a los héroes de la patria. Esta ceremonia celebra en realidad la abrogación del tratado de Versalles, que Hitler ha hecho pedazos la víspera, y el resurgimiento del militarismo alemán. Antes de entrar en las arenas de Luitpold, donde va a celebrarse el nuevo congreso nazi, el 13 de septiembre de 1937, algunas personalidades del régimen conversan en la calle; de izquierda a derecha: el capitán Pfeffer (de espaldas), Rudolf Hess, Hermann Goering, Julius Streicher -apóstol del antisemitismo- y el doctor Goebbels. Veinte años más tarde la estructura del ejército alemán es la siguiente: En la cúspide, Adolfo Hitler, Führer y Canciller del Reich, tiene el mando supremo de las fuerzas armadas de Tierra, Mar y Aire. Le secunda en esta tarea un estado mayor, el Oberkommando de la Wehrmacht (O. K. W.), encargado de coordinar la acción de los tres ejércitos. Lo componen: el general Keitel, el general JodI, el teniente coronel von Lossberg (que ha reemplazado desde hace poco al coronel Zeitzier) y el coronel Warlimont. Inmediatamente debajo están: I. El mando superior de las fuerzas terrestres (Oberkommando des Heeres, u O. K. H.): general von Brauchitsch; jefe de estado mayor: general Halder.II. El mando superior de las fuerzas navales (Oberkommando der Kriegsmarine, u O. K.M.): gran almirante Raeder; jefe de estado mayor: almirante Schniewind.III. El mando superior de las fuerzas aéreas (Oberkommando der Luftwaffe, u O. K. L.): mariscal Goering; jefe de estado mayor: general Jeschonnek. Las fuerzas terrestres están divididas en seis Heeresgruppenkommandos, o mandos de grupos de ejércitos, repartidos como sigue: BERLIN: general von Bock.FRANKFURT AM MAIN: general von Witzleben.DRESDE: general von Blaskowitz.LEIPZIG: general von Reichenau.VIENA: general List.HANNOVER: general von Kluge. Estos comandantes de grupos de ejércitos —que se convertirán en mariscales en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, con excepción del general Blaskowitz— tienen bajo sus órdenes a dieciocho mandos de cuerpos de ejército (Generalkommandos), de los que cada uno es susceptible de dar origen a un ejército el día de la movilización general. Los cuerpos de ejército están compuestos generalmente de tres divisiones en activo. Al total de efectivos hay que añadir tres divisiones de infantería de montaña (la primera en Garmisch-Partenkirchen, la segunda en Innsbruck y la tercera en Groz, compuesta principalmente por soldados nacidos en Austria), una brigada de caballería (en Insterburg, en Prusia Oriental) y cinco divisiones Panzer creadas por el general Guderian, cuyas bases están situadas en Weimar, Viena, Berlín, Würzburg y Oppeln. Hay otras cinco divisiones acorazadas organizándose, de suerte que la Wehrmacht dispondrá de seis divisiones acorazadas a finales de agosto de 1939, y de diez en junio de 1940. En el Palacio de Deportes de Berlín, Hitler arenga a 5.000 oficiales. «Cualquier actividad humana y social -escribía en 1935 la «Deutsche Wahr»-, está justificada si contribuye a preparar para la guerra.» Las fuerzas aéreas se componen de tres Luftwaffengruppen, que corresponden a los mandos de los grupos de ejércitos: I. GRUPO ESTE, en Berlín: general Kesselring.II. GRUPO OESTE, en Brunswick: general Felmy.III. GRUPO SUR, en Múnich: general Sperrie, que había mandado en España la aviación de la legión Cóndor. A estos tres grupos están incorporados tres Luftwaffenkommandos (en Königsberg, Kiel y Viena), que se subdividen a su vez en diez regiones aéreas (Luftgaukommandos) en Königsberg, Berlín, Dresde, Munster, Múnich, Breslau, Hannover, Wiesbaden, Nuremberg y Viena. Diez inspecciones, encargadas cada una de un sector determinado (aviones de reconocimiento, de caza, de bombardeo, defensa aérea, seguridad aérea, conservación de material, enlaces aéreos, conservación de bases e instrucción de personal), están puestas bajo la autoridad del general Milch, inspector general de la Luftwaffe. Al recibir a su vez al canciller Hitler en 1938, Mussolini no quiso quedar a la zaga en espectacularidad: ejercicios navales, revistas aéreas, desfiles, fiestas folklóricas, inmensas concentraciones de multitudes entusiastas; no se escatimó nada para dar a este encuentro el máximo esplendor. Indudablemente, las cosas sólo son perfectas sobre el papel. Subsisten muchos puntos débiles que preocupan al alto mando alemán. Su maquinaría es tan compleja que impide una perfecta delimitación de competencias. La inserción de unidades de las Waffen S. S. en el ejército de tierra, la adaptación de la industria del plan cuatrienal, las rivalidades entre las instituciones del Partido y las instituciones del Estado plantean muchos problemas en los cuales el prestigio personal juega un gran papel. El material es ultramoderno, pero los neumáticos de los vehículos y las juntas de los motores de aviación son de caucho sintético. En vez de ser de seda natural, la tela de los paracaídas es de seda artificial. Los tanques y los aviones consumen carburante sintético. Como el general Halder hará observar más adelante a Peter Bor: «Nuestro verdadero rearme sólo empezó después de la ruptura de las hostilidades. Entramos en la guerra con 75 divisiones y el 60 por ciento de la población en edad de tomar las armas aún no había recibido instrucción militar.» Y el general Kurt von Tippelskirch añade: «Es indudable que nuestro ejército de 1939 no estaba exento de imperfecciones. Ciertamente, no estaba «listo» en el sentido absoluto y superlativo en que utilizan esta los estados mayores. Pero tampoco carecía de ciertas cualidades que solo habían de revelarse plenamente en el campo de batalla. En conjunto, el ejército alemán estaba mejor equipado, mejor organizado y mejor instruido que todos los ejércitos adversarios. La superioridad de su organización y de su armamento provenía, en primer lugar, del hecho de que era un ejército de nueva planta; luego, de que el Gobierno había destinado presupuestos extraordinarios a su reconstrucción. Ya en tiempos de paz, los efectivos de las divisiones en activo alcanzaban casi el nivel de los efectivos en tiempos de guerra. Su equipo era más nuevo y más diversificado que el de las naciones vecinas. Al crear divisiones acorazadas y divisiones ligeras motorizadas se había lanzado osadamente por un camino nuevo que los demás países renunciaron a seguir o siguieron con vacilación. En suma, nuestro ejército se hallaba a la altura de las misiones que le correspondieron en las primeras fases de la guerra y las iba a cumplir de una manera que a el mismo le sorprendería.» Hacia primeros de agosto la Wehrmacht empieza a desbordar la estructura que había tenido en tiempo de paz. La movilización secreta se prosigue insensiblemente. No hay toques de clarín, ni carteles multicolores. Todo se realiza en silencio, lejos de las miradas indiscretas. Solo se adquiere conciencia de la situación cuando se observa el vacio insólito de las ciudades y las aldeas. Tan pronto se recoge la cosecha, los campos se despueblan. En las calles se eleva el promedio de edad de los viandantes, ya que la juventud ha desaparecido misteriosamente. Los trenes se hacen más raros y las carreteras están casi desiertas. Todo cuanto hay de vivo y de fuerte en la nación va siendo absorbido por el ejército. Así, aun antes de que estalle la guerra, se diría que la paz muere en un suspiro… Mientras tanto, los cuarteles, los almacenes y los campos de entrenamiento se llenan. Y cada vez un número mayor de unidades aprovechan la noche para dirigirse hacia el Este…, en dirección a Polonia.

96
25
Cien mil leguas bajo el mar
Cien mil leguas bajo el mar
InfoporAnónimo3/10/2015

Durante tres años, el almirante Doenitz, desde su puesto de mando de Kernével, dirigió la guerra submarina. Fue sin ningún género de dudas el creador indiscutible de una estrategia que costó a la marina inglesa sus más terribles pérdidas y que puso a Gran Bretaña al borde del abismo. Pero la reacción británica desorganizo los planes del almirante, el cual analiza aquí las razones de esta inversión de la situación, que iba a tener tan graves consecuencias. Cien mil leguas bajo el mar El comandante en jefe de la flota submarina tenía que tener, por decirlo así, la cabeza de Jano: con un rostro vuelto hacia el Atlántico y el otro hacia Alemania. En primer lugar, debía vigilar y dirigir los navíos que operaban en el océano. Mi Estado Mayor y yo participábamos mentalmente en los combates, los peligros y las duras condiciones de vida de las tripulaciones. A todas horas había que responder con nuevas instrucciones a las informaciones que recibíamos. Me regocijaba con sus éxitos, compartía sus fracasos, me inquietaba por su suerte y lanzaba un suspiro de alivio cuando alguno de ellos, después de un largo silencio, daba señales de vida. Mis preocupaciones respecto a cada navío solo se apaciguaban cuando llegaban a sus bases después de haber salvado felizmente los canales de acceso, llenos de peligros. Cada perdida me impresionaba dolorosamente y tenía que esforzarme por olvidarla a fin de comprometer nuevas vidas en igual destino. Siempre que podía visitaba a las tripulaciones en cuanto regresaban. Nunca los sentía más cerca en mi corazón que al verlos flacos, pálidos, agotados, con barbas de varias semanas, enfundados en sus trajes de cuero manchados de aceite y de la sal del mar. Nos sentíamos íntimamente compenetrados. Después de dirigirles unas palabras, les hacia entrega inmediata en nombre del jefe supremo de la Marina de las condecoraciones propuestas por el capitán. Pocos días después de su regreso, los tripulantes del submarino, ostentando la condecoración ganada durante la última travesía, podían ir a ver a su familia. Yo estimaba de la mayor importancia psicológica entregas las distinciones sin la menor demora. Pero también necesitaba volver los ojos a Alemania, de donde venían los nuevos buques que eran tan esperados. Allí se efectuaba el adiestramiento de las nuevas tripulaciones y se hacían las pruebas de los navíos recientemente entrados en servicio. En tiempo de paz, el adiestramiento tenía la prioridad. Se efectuaba en la misma región donde se llevaban a cabo los ejercicios tácticos y una misma plana mayor podía dirigir el conjunto. Pero en tiempos de guerra ya no era igual. Las operaciones contra el enemigo absorbían la mayor parte de mi actividad. El emplazamiento de mi puesto de mando debía permitirme al mismo tiempo un estrecho contacto con los combatientes y con los mandos. En cambio, la formación de las futuras dotaciones y la preparación de los nuevos submarinos no podía realizarse más que en el Báltico, al abrigo de las actividades del adversario. Por lo tanto, fue necesaria una reorganización. El gran almirante Raeder, menos entusiaste que Doenitz del arma submarina, fue el jefe supremo de la Marina alemana hasta 1943, en que fue sustituido por Doenitz. Las dos tareas —dirección de las operaciones y adiestramiento— debían mantenerse orgánicamente bajo la misma autoridad; nadie abrigaba la menor duda a este respecto. La experiencia del frente condicionaba, desde luego, la instrucción que se daba en la retaguardia. Era indispensable transmitir esta experiencia. Por consiguiente, los profesores y los instructores debían de ser oficiales y marineros veteranos. Además, un raudal continúo de órdenes y comunicaciones, etc., fluía de un lado al otro, entre el mando de las operaciones y las escuelas. Sólo una colaboración muy estrecha podía suministrarnos submarinos y tripulaciones que respondiesen a las características de la guerra, siempre cambiantes, y permitirnos evitar las pérdidas causadas por deficiencias en el adiestramiento de las tripulaciones. Eso hacía necesaria la unidad del mando. En 1938, el capitán de fragata von Fríedeburg fue puesto a mi disposición. Tenía una capacidad de trabajo y un espíritu de organización extraordinarios. Como todos los oficiales de la marina de superficie, necesitó mucho tiempo para adaptarse, física y mentalmente, al género de vida de los submarinos. Las grandes maniobras del invierno de 1938-1939, en las que inauguramos el empleo de la táctica de las jaurías en el Atlántico, fueron, según me dijo, las que le convencieron definitivamente de la peculiar importancia del arma submarina para los alemanes. Hasta su muerte, acaecida en mayo de 1945, fue para mí el más fiel de mis camaradas. Se calificaba a sí mismo de «proveedor» de submarinos, y a él y a su equipo se le debe en gran parte el éxito de la campaña submarina. El 17 de septiembre de 1939 le envíe de Wilhelmshaven al Báltico, con el «Erwin-Wassner», que enarbolaba mi pabellón, en el cual se encontraba todo el personal técnico y administrativo de mi estado mayor. Iba encargado de dirigir la preparación de los submarinos que entraban en servicio y de sus tripulaciones; tenía igualmente que ocuparse de todo lo relativo al personal, a la administración, al armamento, etc. Las flotillas del frente dependían de él a este respecto. La instrucción del personal de todas las graduaciones se efectuó, bajo su dirección, tanto en la parte teórica como en la parte práctica. A los futuros capitanes se les enseñó a lanzar los torpedos, a los maquinistas a desempeñar el papel capital de director de inmersión. Al final de los cursos embarcaban en submarinos nuevos y eran sometidos a un metódico entrenamiento, muy completo, que alcanzaba finalmente su punto culminante con los ejercicios de aplicación de la táctica de las jaurías contra un convoy fuertemente escoltado. La instrucción implicaba también una formación técnica muy precisa que tenía por objeto poner a los oficiales en condiciones de reaccionar ante cualquier eventualidad. Se simulaban todas las averías imaginables que pudieran ocasionar las granadas y las bombas de aviación; hasta la inutilización de los motores y de los timones de inmersión. Antes de incorporarse a la guerra las tripulaciones debían tener la sensación de que conocían todos los peligros y se encontraban en condiciones de hacerles frente. El resto de mi estado mayor constituía la sección de operaciones, bajo la dirección del capitón de corbeta Godt. Este organismo demostró también su capacidad y fue conservado hasta el final de las hostilidades. El almirante Doenitz siempre quiso estar cerca de sus hombres; hele aquí en el momento de felicitar a la tripulación de un submarino después de haber condecorado al capitán del mismo con la Cruz de Hierro. Pero también era preciso no perder de vista la construcción de nuevos submarinos. Una sección creada en Berlín con este objeto cuidaba de ello con arreglo a mis instrucciones. Desgraciadamente, no conseguimos construir una gran flota submarina con la rapidez que exigía su importancia. Esto dio a nuestros enemigos una gran ventaja que nunca se explicaron. En julio de 1945, siendo yo prisionero, un oficial de marina me presentó un cuestionario redactado por el Almirantazgo británico. Las dos primeras preguntas eran las siguientes: «¿Por qué los alemanes no han hecho todo lo posible por construir submarinos sabiendo sus ventajas por la experiencia de la Primera Guerra?» «¿Por qué no lo hicieron al comenzar la guerra o por lo menos cuando abandonaron definitivamente la idea de un desembarco en Inglaterra?» Los ingleses contaban con que impulsaríamos estas construcciones con todas nuestras fuerzas. Churchill no lo oculta en sus «Memorias»: «Ni que decir tiene que los alemanes construirán centenares de submarinos y, sin duda, numerosas series se encuentran ya en las gradas, en diversas fases de terminación.» En la historia oficial de la guerra naval, el comandante Roskill observa: «La lentitud con que los alemanes aumentaron sus construcciones de submarinos tuvo las mejores consecuencias para Gran Bretaña.» La gente de tierra suele creer que los submarinos navegan generalmente sumergidos y que no suben a la superficie sino de modo ocasional. Esto no es exacto. Los submarinos empleados hasta 1944 sólo se sumergían por razones de seguridad o para atacar de día. Navegaban en superficie y no eran verdaderos «submarinos», sino «sumergibles», capaces de hacerse invisibles sumergiéndose. Si operaban en superficie siempre que podían, era, por una parte, para tener la mayor visibilidad posible, y por otra, para estar en disposición de maniobrar a gran velocidad, a fin de situarse en posición favorable de ataque. Sumergidos, su velocidad se reducía considerablemente, nunca pasaba de 7 nudos y no podía sostenerse durante mucho tiempo; velocidad insuficiente para colocarse en posición favorable ante la proa de los barcos, generalmente mucho más rápidos. Así, pues, los submarinos permanecían, en cierto modo, estacionarios y su posibilidad de acción se asemejaba a las de una mina. Tenían que esperar a que el adversario acudiese hacia ellos, eventualidad poco probable. En estas condiciones, el submarino era comparable a una fiera que no toma la iniciativa de cazar y acecha pacientemente el paso de una presa. Y ésta no es una táctica propicia para obtener grandes éxitos. Si el tiempo claro le permitía avistar un navío a gran distancia, el submarino tenía que maniobrar en la superficie para alcanzar una posición favorable, es decir para colocarse a proa del rumbo seguido por el navío. Un torpedo, en efecto, tarda algún tiempo en recorrer el espacio existente entre su punto de lanzamiento y el casco enemigo. Durante este tiempo, el buque atacado también camina. Es preciso, pues, en la generalidad de los casos, que el torpedo se apunte un poco antes de la proa para dar en el blanco. Si se lanza apuntando hacia popa, la mayoría de las veces agota sus medios de propulsión y se hunde antes de alcanzar al navío. La movilidad constituía el principio fundamental de la táctica puesta en práctica por los submarinos alemanes a partir de 1935. El empleo de las jaurías exigía marchas de aproximación a gran velocidad durante varias horas, a veces durante todo un día, y esta velocidad no era menos necesaria para el despliegue formando barreras, la concentración, el mantenimiento del contacto y los ataques nocturnos. Esta movilidad condicionaba el éxito de los submarinos. Conservársela había sido mi continua preocupación desde el año 1936. Estaba amenazada, ante todo, por la aviación, que al obligar a sumergirse al submarino, le forzaba a detenerse. Yo traté, pues, de aumentar su velocidad bajo el agua. Short Sunderland, un eficaz hidroavión antisubmarino, apodado "el puercoespín volador" por su potente armamento. No obstante era vulnerable al fuego antiaéreo. En el puesto de mando de Kernével, mi Estado Mayor trabajaba en dos habitaciones que nosotros llamábamos «salas de la situación», porque las conferencias cotidianas sobre la situación se desarrollaban en ellas. Allí era donde se tomaban las decisiones. Las cartas marinas necesarias cubrían las paredes. Alfileres o banderitas indicaban la posición de nuestros submarinos y traducían lo que sabíamos del enemigo: convoyes que se esperaban, sus probables rutas, zonas vigiladas, radio de acción de la defensa, etc. Unos gráficos completaban estos mapas. Señalaban la diferencia de hora entre el puesto de mando y los diversos sectores, la fuerza y la dirección de las corrientes, las condiciones de hielo y de bruma, particularmente en el noroeste del Atlántico, la situación meteorológica cotidiana, el tiempo que aún debían seguir en el mar los submarinos en misión de guerra, las fechas en que volverían a estar disponibles los submarinos en reparación, etc. Un enorme globo terráqueo permitía hacerse una idea más aproximada de las distancias, que se deforman siempre en una proyección planimétrica. Al lado de estas habitaciones se encontraba la que habíamos bautizado con el nombre de «museo». En las paredes se veían gráficos que representaban las destrucciones, las pérdidas, las operaciones efectuadas contra los convoyes. Allí teníamos, sobre todo, un control gráfico de la situación. Las curvas indicaban la evolución de la cifra media de destrucciones diarias en el mar, calculada en toneladas de arqueo bruto, con arreglo a los informes enviados por los submarinos. Los informes pecaban siempre de exagerados, ésta era nuestra experiencia, pues es difícil apreciar correctamente el tonelaje hundido, especialmente por la noche, pero estas curvas permitían hacerse una idea de las variaciones relativas, a las cuales yo concedía una particular importancia. De igual modo que la hoja de la temperatura informa al médico sobre el estado de su paciente, ellas nos señalaban las mejorías o las agravaciones de la situación en los sectores de operaciones, que, de no ser así, podrían ser falseadas por brillantes éxitos pasajeros o por la ausencia de referencias precisas. Este control demostró que, desde noviembre de 1940 hasta diciembre de 1941, la media diaria de destrucciones en el mar seguía siendo elevada, pero menor que la de los meses anteriores. Era preciso estudiar los motivos. En 1939, Alemania no tenía más que 43 submarinos, mientras que Francia tenía 76 e Inglaterra 68; pero durante la guerra construyó más de mil, con perfeccionamientos cada vez mayores. A partir de 1943, la adopción del «schnorchel» permitió a los submarinos navegar sumergidos con sus motores Diesel, lo que les dio un gran radio de acción. Las condiciones atmosféricas eran uno de ellos. Aquel año, tempestades de invierno particularmente fuertes barrieron el Atlántico. La visibilidad fue escasa. Los submarinos que «sufrían», como dicen los marinos, es decir, que cabeceaban y se balanceaban fuertemente, no siempre podían utilizar sus armas. Las olas rompían contra la torreta. Los serviolas que se encontraban en ella —un oficial y tres suboficiales o marineros— tenían que atarse para no caer. En aquel invierno los tripulantes de los submarinos tuvieron ocasión de conocer la potencia grandiosa del océano desencadenado. Pero el mal tiempo no era el único motivo. La vigilancia de los «western approaches», o «atracaderos occidentales», nombre que dan los ingleses al espacio de mar que se extiende al oeste de sus islas hasta los 15 grados de longitud oeste, se hizo mucho más intensa. Aviones cada vez más numerosos participaban en ella, lo cual era un hecho importante para la dirección móvil de nuestras operaciones. Churchill ordenó que las peticiones que hiciese el Almirantazgo a la aviación para la lucha contra los submarinos tendría prioridad sobre todas las demás. En consecuencia, las zonas de operaciones de los submarinos se fueron desplazan-do gradualmente hacia el interior del Atlántico. Como el espacio se agrandaba, era más difícil descubrir el tráfico. Los contactos se hicieron menos frecuentes, y el número de ataques a los convoyes disminuyó. La elevada cifra del tonelaje hundido en octubre se debía, en parte, al empleo de la táctica de las jaurías; forzosamente tenía que bajar al aplicarse sobre un espacio más vasto. El descubrimiento de los convoyes planteaba, pues, un problema. Como todas las operaciones navales, las de los submarinos habrían debido beneficiarse con la ayuda de la aviación, pero tuvimos que pasarnos sin ella y ésta fue indudablemente una de nuestras más graves desventajas. Más tarde, en 1943, le dije a Hitler: —Los historiadores relatarán la Segunda Guerra Mundial de modo diferente, según su nacionalidad. Sin embargo, todos estarán conformes en un punto: en el siglo XX, el siglo del avión, la marina alemana combatió sin apoyo del ejército del Aire y sin tener aviación propia, como si el avión no hubiese existido y nadie podrá explicárselo. Tales eran las deficiencias y las restricciones que me impidieron este año dar a la guerra submarina todo el vigor que habría podido tener. Después de estudiar los problemas planteados por esta clase de combates desde el punto de vista de su dirección, es conveniente hablar de los acontecimientos que se desarrollaron en el frente, desde noviembre de 1940 hasta diciembre de 1941. Después de las victoriosas batallas de octubre de 1940 contra los convoyes, un vacío se produjo en el Atlántico. Los submarinos no tardaron en agotar sus torpedos durante los ataques nocturnos y tuvieron que regresar a sus bases mucho antes de lo que se había calculado. El U-99 fue uno de los primeros en volver a zarpar, en noviembre. El teniente de navío Kretschmer, un jefe relevante, estaba dotado de una sangre fría excepcional; se daba cuenta en el acto de una situación táctica, examinaba las posibilidades de la misma y las explotaba con una calma, una tenacidad y una habilidad excepcionales. El 3 de noviembre de 1940, al oeste de Irlanda, se encontró con dos cruceros auxiliares ingleses que regresaban de una travesía. Kretschmer los echó a pique, la misma noche, a los dos. Se trataba del «Laurentíc», de 18.724 toneladas, y del «Patroclus», de 11.314 toneladas. Para relatar esta hazaña, que completó con la destrucción del mercante «Casanare», cederé la palabra al propio Kretschmer: «22 h. 02. Segundo barco de nuevo a la vista en el 240 y un tercer barco en el 300. El segundo da media vuelta y se aleja a gran velocidad, sin zigzaguear. Maniobro para atacar al tercero y al acercarme, veo que se trata de un buque de dos chimeneas y un palo a proa. El palo de popa está cortado. Es, probablemente, un crucero auxiliar. A proa, algunos ojos de buey no están cegados. Es, pues, casi seguramente, un buque de guerra. No marcha a toda velocidad. »22 h. 50. Lanzo torpedo a 1.500 metros. Impacto bajo la chimenea de popa. Comunica, sin clave: «Torpedoed engineroom, all fires out.» Se halla, pues, al garete, pero apenas se hunde. Se encienden las luces rojas. Los botes son lanzados al mar. Es el gran paquebote británico «Laurentic», probablemente transformado en crucero auxiliar. El segundo barco reaparece en las cercanías. El capitán de un submarino escruta con el periscopio la superficie del mar; cuando descubre un convoy, lo señala por radio al Estado Mayor de Doenitz »23 h. 28. Torpedeo de nuevo al «Laurentic», que está parado. Fallo inexplicable. »23 h. 37. Golpe de gracia a 580 metros. El torpedo hace blanco bajo la chimenea de proa. Ningún efecto apreciable. »23 h. 40. El «Laurentic» dispara granadas luminosas bien colocadas, después proyectiles explosivos y luego otra vez granadas luminosas. Me alejo a todo velocidad acercándome al segundo barco que está parado y recoge a una embarcación de salvamento. »4 de noviembre. 0 h. 02. Lanzo torpedo a 1.200 metros contra el barco parado. Impacto a proa del puente de mando. Comunica su posición, sin clave, y echa sus botes al mar. Es el paquebote británico «Patroclus», convertido también, probablemente, en crucero auxiliar. »0 h. 22. Segundo torpedo contra el «Patroclus» a 1.200 metros. Impacto a popa. Ningún efecto particular. El barco transporta barricas vacías. Una gran cantidad de ellas caen al agua. »0 h. 44. Tercer torpedo contra el «Patroclus», a 950 metros. Impacto bajo el puente. Caen más barricas al mar. El barco, que se ha ido hundiendo casi sin escorarse, comienza a ladearse a estribor. Decido rematarle a cañonazos. »0 h. 58. Cuatro disparos de 88, a 100 metros. Dos dan en el blanco, uno de los cuales, según parece, hace estallar un depósito de municiones. Me veo obligado a alejarme porque el «Patroclus» replica con proyectiles bien situados. »1 h. 18. Cuarto torpedo contra el «Patroclus». Impacto bajo el palo de proa. Ningún efecto especial, aparte de la aparición de nuevas barricas. Como la tripulación no puede volver a cargar los tubos lanzatorpedos con la suficiente rapidez, aprovecho esta pausa para dirigirme hacia el «Casanare», pasando a proa del «Laurentic», que sigue flotando e, incluso, queda muy alto por encima del agua. »2 h. 15. El «Casanare» se ha hundido. Mientras interrogamos a los hombres de una de sus cinco embarcaciones, avistamos de pronto un «Sunderland» iluminado que da vueltas alrededor de nosotros a unos 500 metros. »2 h. 39. Inmersión. »4 h. 53. Segundo golpe de gracia contra el «Laurentic», a 1.400 metros. Impacto a popa. El navío se hunde de popa en unos minutos. Sus granadas estallan. »5 h. 16. Quinto torpedo contra el «Patroclus». Impacto en la cala de proa. Ningún efecto visible. Nuevas barricas. »5 h. 25. Sexto torpedo contra el «Patroclus». Impacto en las máquinas. El barco se parte por detrás del palo de proa. Se hunde rápidamente por la popa. La proa se sumerge con más lentitud. Me alejo a gran velocidad, pues el patrullero llega a aquellos parajes. »11 h. 18. Inmersión ante la aparición de un avión que llega por el 110, y que lanza su bomba muy lejos. Vuelta a la superficie a las 14 h. 03.» Este informe demuestra que los cruceros auxiliares no esperaban ser atacados de noche por un submarino navegando en superficie. Pero prueba también que la potencia explosiva de los torpedos alemanes dejaba mucho que desear. Los ingleses habían cargado sus buques con barricas vacías para hacerlos insumergibles, y la cantidad de torpedos gastados por el U-99 era elevadísima. Después de esta clase de encuentros, los submarinos, faltos de torpedos, no podían aprovechar nuevas ocasiones de ataque. Estos éxitos elevaron a más de 200.000 toneladas los hundimientos realizados por Kretschmer. El 4 de noviembre, después de haber recibido su informe, pedí para él la Cruz de Hierro con hojas de roble, que le fue concedida el mismo día. En enero y febrero de 1941, el enemigo perdió 60 buques, con un total de 323.565 toneladas, a consecuencia de nuevas operaciones contra convoyes y barcos aislados. A principios de marzo, el centro de nuestro dispositivo fue trasladado al sur de Islandia, porque suponíamos que los ingleses habían desplazado la ruta de sus convoyes hacia el norte. Al cabo de cinco días, los submarinos descubrieron uno, en efecto, hundiéndole cinco barcos y averiando dos. Una pausa, muy desagradable para el mando, se produjo entonces. No se volvió a ver ningún barco. Concebía serias inquietudes al enterarme de que cinco de nuestros submarinos habían sido destruidos en esta zona: el U-551 y el U-70, cuyos capitanes eran jóvenes, pero también el U-74, el U-99 y el U-100, cuyos capitanes, Prien, Kretschmer y Schepke, eran, en cambio, los más expertos de nuestra flota submarina. La muerte de Prien y de Schepke nos conmovió especialmente a mi estado mayor y a mí. Schepke, muy audaz, se había distinguido desde el comienzo de las hostilidades y había destruido 39 barcos, con un total de 159.130 toneladas. En cuanto a Kretschmer las cifras eran de 44 barcos y 266.629 toneladas. Prien tenía en su haber el hundimiento del «Royal Oak», en Scapa Flow, y más de 28 buques mercantes con un desplazamiento de 160.935 toneladas. Este hombre de gran carácter, lleno de vida y de alegría, se había consagrado por entero a su profesión. Era un ejemplo para sus hombres. Incluso en tiempos de paz, algunos de sus subordinados habían declarado que preferían un buen ejercicio de prácticas de ataque a un convoy a un buen permiso. Incluso después de que la hazaña de Scapa Flow le había granjeado una enorme popularidad, conservó su sencillez y su entusiasmo. La ausencia de tráfico al sur de Islandia y las misteriosas circunstancias de la desaparición de mis tres mejores capitanes me indujeron, a fines de marzo, a desplazar los submarinos hacia el sudoeste. La medida fue un acierto. El 2 de abril, un convoy que venía de los Estados Unidos —el SC-26— fue avistado y atacado en grupo. Perdió diez barcos. Descubrimos también que nuestras pérdidas del mes de marzo no eran la consecuencia de ninguna acción especial ni del empleo de nuevas armas. La pérdida simultánea de los tres ases de los submarinos había sido una mera coincidencia. En marzo y abril, los submarinos destruyeron 84 buques, con un total de 492.395 toneladas. A partir de mayo, la temporada de las noches cortas favoreció a la defensa inglesa en el Atlántico septentrional, pues sus aviones podían perseguir sin tregua y a placer a nuestros submarinos obligándoles a permanecer sumergidos. Disponíamos, por lo tanto, de mucho menos tiempo para los ataques nocturnos. En esa época se efectuaron dos ataques a convoyes. En el primero hundimos cinco barcos enemigos. El segundo se realizó en el centro del Atlántico. Habiendo perdido cinco navíos en el transcurso de una noche, el comodoro del convoy HX-126 le ordenó que se dispersara y que los mercantes tratasen de llegar a Inglaterra separadamente. Nos aprovechamos de ello para hundir otros cuatro. A consecuencia de esta experiencia, el Almirantazgo británico no volvió a permitir a ningún convoy que navegase sin escolta por el Atlántico Norte. Los alemanes construyeron durante la guerra una veintena de tipos de submarinos. Uno de los modelos clásicos desplazaba, por ejemplo, 1.120 toneladas en la superficie y 1.232 sumergido. Su tripulación estaba compuesta por seis oficiales y 43 marineros. Al alargarse los días disminuyó el tonelaje destruido en esta zona, pero las operaciones realizadas más al sur, a la altura de la costa del África occidental, en las proximidades de Freetown, nos trajeron una compensación. En la primavera de 1941, este puerto constituía el punto de reunión de los barcos que venían del Cabo de Buena Esperanza y de América del Sur. Allí, los más lentos se formaban en convoy, y los más rápidos continuaban solos hacia Inglaterra por rutas diseminadas en un vasto espacio. A fin de operar de la manera más económica posible en esta lejana región —2.800 millas entre Freetown y los puertos del Golfo de Gascuña— el alto mando naval organizó el abastecimiento en alta mar de los submarinos. Los buques de superficie les suministraban combustible y torpedos en pleno Atlántico, lo cual les permitió duplicar el tiempo de su permanencia en alta mar. Siete submarinos, que operaban en estas condiciones, hundieron 74 navíos. Uno de ellos, el U-69, fondeó además delante de los dos importantes puertos de Lagos y de Takoradi, en la costa de Guinea, minas que hicieron volar a algunos barcos. El Almirantazgo británico tuvo que cerrar estos puertos durante algún tiempo. En mayo y en junio de 1941, 119 barcos, con un total de 635.635 toneladas, fueron hundidos a lo largo de Freetown y en el Atlántico Norte. En julio y agosto los resultados disminuyeron considerablemente. En el vasto espacio comprendido entre Groenlandia y las Azores, unos ocho o doce submarinos eran insuficientes para el rastreo de convoyes. Si los dispersaba, la táctica de las jaurías se hacía imposible aun admitiendo que alguno de ellos descubriese un convoy. Si los agrupaba, era precisa una casualidad verdaderamente extraordinaria para que el enemigo acertase a pasar por aquel lugar. La guerra submarina, sin un número suficiente de submarinos y sin reconocimiento aéreo, no es fácil. A consecuencia de las graves pérdidas sufridas ante Freetown, los ingleses suspendieron prácticamente el tráfico en esta región. Volví pues al Atlántico Norte distribuyendo mis submarinos en su parte oriental. El proyecto de colaborar con la escuadra aérea KG-40 contribuyó a esta medida. Con su ayuda, atacamos, al sur de Irlanda, a una serie de convoyes procedentes de Gibraltar. El número de buques hundidos fue bastante elevado, pero el tonelaje destruido fue escaso, porque estos convoyes se componían de mercantes cuyo arqueo iba de 1.000 a 3.000 toneladas. Además, intentamos extender nuestro radio de acción hasta el norte de Irlanda, pero inútilmente, pues por allí encontramos muchos aviones ingleses sin descubrir ningún buque. En julio y agosto, la cifra de destrucciones fue, pues, bastante pobre: 45 buques, con 174.519 toneladas. En septiembre, decidí «rastrillar» de nuevo el Atlántico hacia el oeste. Con arreglo al número de submarinos disponibles, constituí de dos a cuatro grupos de exploradores, desplegados en línea, que avanzaban a una marcha muy rápida a través del océano. Nos extendimos así hasta la costa este de Groenlandia, pues me Imaginaba que el adversario hacía torcer sus convoyes procedentes de Norteamérica hacia el norte en cuanto doblaban el Cabo Race, punta sudeste de Terranova. Abonaban en favor de esta hipótesis la ayuda norteamericana comenzada en 1941, la posibilidad de efectuar un reconocimiento aéreo a partir de Islandia, y el hecho de que ningún convoy había sido avistado más al sur en julio y en agosto. No tardé en comprobar que era acertada. El 11 de septiembre, los submarinos descubrieron un convoy, el SC-42, rumbo a Inglaterra, costeando el litoral de Groenlandia. Le hundieron 16 barcos; la bruma que se extendió durante la segunda noche impidió nuevos éxitos. Otro convoy, también en ruta hacia Inglaterra, fue atacado en la parte occidental del océano, perdiendo cuatro barcos. Aquel mismo mes, se avistó otro que procedía de Freetown. Se componía de 11 barcos, escoltados por cuatro buques de guerra; le hundimos siete. Un cuarto convoy, procedente de Gibraltar, fue también atacado en el curso de este mes, habiendo sido descubierto por los aviones de la KG-40. Diez destructores y corbetas constituían su poderosa escolta. A pesar de ello le hundimos nueve barcos. Las bases de los U-BOOTE, poderosas estructuras de protección. Se construyeron unos enormes complejos protegidos por un espeso blindaje de hormigón armado en la costa atlántica y en las principales bases de Alemania, para proteger a los submarinos de los potentes ataques aéreos. En septiembre, los ingleses perdieron 53 barcos, con un total de 202.820 toneladas. Durante los tres últimos meses de 1941, el número de submarinos empleados en el Atlántico decreció. Fue la «calma chicha en la batalla del Atlántico», la «marea baja» en las operaciones submarinas, según frase de la historia oficial británica. La razón capital de la misma fueron los submarinos que hubo que destacar al Mediterráneo, pero también existieron otras, pues si el 15 de octubre, en el Atlántico Norte, un convoy que navegaba rumbo a Inglaterra perdió nueve barcos, durante las semanas siguientes los pocos submarinos que merodeaban en esta región no tuvieron suerte. El 1 de noviembre, un submarino, enviado como explorador a las cercanías de Terranova, divisó un convoy. Una jauría, situada al este, se encontraba en una situación muy favorable para el ataque, pero la persistente bruma se lo impidió. Un hidroavión Sunderland ha atacado a un submarino en superficie, sin darle tiempo a sumergirse. Los submarinos temían sobre todo a esta clase de adversarios. En noviembre no hubo ningún otro encuentro en el Atlántico Norte. El escaso número de submarinos no permitió hacer suficientes reconocimientos. El envío de los submarinos a la región de Gibraltar en los últimos días del mes cerró definitivamente este período. En noviembre y en diciembre, continuó la racha de mala suerte en las operaciones del Atlántico Sur. El crucero auxiliar «Atlantis», mandado por el capitán de navío Rogge, había salido de Alemania en marzo de 1940 y, en el transcurso de una travesía de veinte meses por los océanos Atlántico, Indico y Pacífico, hundió 22 buques con un arqueo total de 145.697 toneladas. Dobló el cabo de Hornos y el 22 de noviembre de 1941 se encontró con el U-126 en el Atlántico, en el lugar convenido de antemano, al sur del ecuador, a fin de aprovisionarle de combustible. El teniente de navío Bauer, capitán del submarino, se trasladó a bordo del crucero auxiliar para convenir los detalles de la operación, pero la conversación fue interrumpida por la aparición de un crucero británico, el «Devonshire», que tenía la misión de descubrir a los abastecedores de submarinos en esta región. Un avión británico descubrió al «Atlantis». Bauer no tuvo tiempo de regresar a su submarino, cuyo mando tomó el primer oficial, el cual ordenó su inmersión. Entretanto, el crucero británico, demasiado distante del submarino para ser atacado con torpedos, hundió al «Atlantis». Cuando se alejó, el submarino subió a la superficie y remolcó los botes salvavidas. En cuanto me enteré de lo ocurrido, envié en su ayuda al U-124 y al U-129, que se encontraban en el Atlántico central. En la travesía, a unas 240 millas al nordeste de la isla Saint Paul, el U-124 echó a pique al crucero «Dunedin», encargado de la misma misión que el «Devonshire». El alto mando ordenó entonces al buque aprovisionador «Python» que recogiese a los supervivientes del «Atlantis», lo que hizo en los días 24 y 25 de noviembre. El «Python» debía también abastecer a los submarinos, y se fijó un punto de cita a unas 1.700 millas al sur del lugar donde fue hundido el crucero auxiliar. No obstante, el enemigo intervino una vez más. El crucero británico «Dorsetshire» hundió al «Python» el 1 de diciembre. Cuatro submarinos, que operaban en aquellos parajes, embarcaron a los 414 supervivientes del «Python» y del «Atlantis». Cada uno de ellos recogió más de 100. Se hizo imposible moverse a bordo, lo que les impidió, naturalmente, proseguir sus operaciones. Cruzaron la zona tropical, donde la temperatura en el interior se elevó hasta 38 grados centígrados. Hicimos que se reunieran al norte de las islas de Cabo Verde, con cuatro submarinos italianos, que el comandante de la base de Burdeos puso amablemente o nuestra disposición, los cuales tomaron a bordo la mitad de los náufragos. Antes de terminar el mes de enero de 1942, los ocho submarinos llegaron sanos y salvos a los puertos franceses, es decir, a más de 5.000 millas del lugar del naufragio. Estos acontecimientos demostraban que la era de los buques aprovisionadores tocaba a su fin. Los aprovisionadores submarinos, encargados al comienzo de la guerra, iban a reemplazarlos. En diciembre de 1941, los submarinos se hallaban dispuestos a ambos lados del estrecho de Gibraltar. El día 14, un convoy salió de Gibraltar con destino a Inglaterra. Lanzamos contra él los grupos apostados al oeste del estrecho y tres unidades más que a la sazón estaban disponibles en puertos franceses. La fuerte escolta prevista en nuestros cálculos, puesto que los ingleses conocían nuestra presencia en esta zona, constaba de tres destructores, siete corbetas, dos patrulleros y el portaaviones auxiliar «Audacity», que garantizaba un reconocimiento aéreo permanente. Aparatos que despegaban de Gibraltar asumieron la protección aérea hasta el momento en que el convoy penetró dentro de la zona de acción de los aviones procedentes del sur de Inglaterra. Durante toda la semana, los submarinos atacaron, noche y día, con la mayor tenacidad. El resultado fue desalentador. Cierto que el 21 de diciembre, el U-751 logró echar a pique al «Audaclty» y al destructor «Sydney», pero sólo dos barcos mercantes fueron hundidos. Y nosotros perdimos cinco unidades. Los submarinos no eran los únicos enemigos delos convoyes: las minas (en las aguas costeras) y los aviones alemanes causaron entre ellos inmensos estragos. He aquí un medio original, para un piloto, de llevar sus cuentas al día. Este fracaso, que sobrevino tras de los resultados insatisfactorios de los dos últimos meses, hizo declarar a mi estado mayor que ya no nos hallábamos en condiciones de atacar a los convoyes. Yo, sin embargo, aleccionado por las pasadas experiencias y considerando que una derrota tan grave sólo podía tener carácter excepcional, no pude adherirme a esta opinión. No obstante, el mando de los submarinos vio terminarse el año 1941 lleno de preocupación e inquietud. Durante el tercer trimestre de 1941, las pérdidas registradas por la Marina mercante inglesa sólo se elevaron a 380.000 toneladas y descendieron a 340.000 en los tres últimos meses del año. La protección aérea de los convoyes y sobre todo la utilización de portaaviones ligeros, verdaderos detectores de submarinos, fueron la causa principal de este estado de cosas. En diciembre de 1941, en nueve días, portaaviones y buques de escolta británicos enviaron cinco submarinos al fondo del mar. La guerra de Corso Pero los submarinos no eran el único peligro que amenazaba a los convoyes británicos. La Marina de guerra alemana, aferrada a las concepciones tradicionales de la guerra en el mar, contra las cuales se había pronunciado Doenitz sin éxito antes de comenzar las hostilidades, contaba sobre todo con los buques de superficie para asegurarse el dominio del Atlántico. De ahí que el gran almirante Raeder, apoyado por Hitler, se había preocupado especialmente de la construcción de acorazados de bolsillo y cruceros, los cuales, a partir de los primeros días de la guerra, surcaron el Atlántico en busca de buques mercantes. Sus primeros éxitos fueron pequeños, pues al contrario que los submarinos, estas grandes unidades no podían pasar desapercibidas. Eran fácilmente localizables por los medios usuales de reconocimiento —patrullas aéreas, radar— y sólo pocas veces lograban atacar por sorpresa. Se enfrentaban con los navíos de guerra ingleses en clásicas batallas navales. En noviembre de 1940, el acorazado de bolsillo «Scheer», cuando acechaba los convoyes que navegaban entre Halifax y las islas británicas, avistó uno de 37 unidades escoltadas por un solo crucero auxiliar. Esta oportunidad excepcional, de la que una jauría de submarinos habría sacado partido obteniendo una victoria resonante, fue mal aprovechada por el acorazado. Durante más de una hora, el «Scheer» cañoneó al pequeño y valeroso crucero inglés, hasta que consiguió echarlo a pique. Aprovechando este respiro, los mercantes se dispersaron detrás de una cortina de humo y los buques de guerra británicos, avisados por radio, acudieron en socorro del convoy. El «Scheer» sólo hundió cinco barcos antes de huir ante la llegada de los cruceros ingleses. Así, pues, una escolta, aun la más mínima, garantizaba una protección eficaz contra el ataque de un navío de superficie. Cuando el «Scheer» regresó a la base de Kiel, cinco meses más tarde, sólo tenía en su haber 16 barcos hundidos, con un total de 99.000 toneladas, lo cual hubiese sido un mezquino balance para cualquier submarino. Por su lado, los cruceros pesados «Hipper», «Scharnhorst» y «Gneisenau», que operaban aisladamente en el Atlántico realizando rápidos raids, no consiguieron hundir en dos meses más que 20.000 toneladas. ¿Convendría adoptar para estos grandes buques de superficie la táctica de las jaurías con la que tantos éxitos lograban los submarinos? En la primavera de 1941, el almirante Raeder, consciente de los fallos de una estrategia heredada de la pasada guerra, organizó una operación de gran envergadura. Se trataba de reunir a la altura de las costas francesas una verdadera escuadra de grandes navíos que, apoyada por los submarinos de Doenitz, bloqueara los convoyes que convergían en la costa occidental de Inglaterra. La preparación logística de la operación se hizo minuciosamente: petroleros, buques aprovisionadores, mercantes alemanes que navegaban con pabellón neutral, fueron apostados en los lugares convenidos. Pero la principal dificultad consistía en enviar al acorazado «Bismarck» y al crucero pesado «Prinz Eugen» a unirse en el Atlántico con el «Scharnhorst» y el «Gneisenau». Atacados por la R. A. F., los dos buques, que acababan de realizar pruebas en el Báltico, se dirigieron a Bergen. Con arreglo a las instrucciones de Raeder debían esperar en aquel puerto las condiciones meteorológicas favorables para hacerse a la mar y llegar al Atlántico doblando Islandia por el norte. El Almirantazgo británico, al cual no le podía pasar inadvertido este movimiento de las dos mayores unidades de la flota alemana —ligado con el despliegue de las unidades tácticas alemanas en el Atlántico—, sintió la amenaza de la poderosa concentración que se preparaba en este océano. Una decena de convoyes estaban en ruta o a punto de partir. Si el «Prinz Eugen» y el «Bismarck» se unían a la escuadra del Atlántico, era indudable que un desastre sin precedentes amenazaba a la marina mercante británica. Era preciso impedir a cualquier precio el acceso de los dos navíos al Atlántico. Pero ¿cómo oponerse a aquellos colosos de acero, y muy especialmente al «Bismarck», al que se reputaba de insumergible? La respuesta de Churchill fue tajante y lacónica: ¡Hundan al «Bismarck»! La flota de guerra británica vigila; surca los mares sin descanso. Con la ayuda de la Royal Air Force consiguió invertir la situación y diezmar a los submarinos de Doenitz.

0
0
L
La batalla del Atlántico
InfoporAnónimo3/9/2015

Este Post sera una breve introducción a la Batalla del Atlántico, en la que se enfrentaron británicos y alemanes por el dominio de este océano. Los tres Post que le seguiran comprenderán una serie de testimonios que daran cuenta de los sucesos ocurridos durante el periodo en el que se desarrolló esta lucha. La Batalla del Atlántico Octubre 1940 - Diciembre 1941 «Aquél que sea dueño del mar lo será tarde o temprano del Imperio» Temístocles Hay que destruir a la Gran Bretaña: esta sigue siendo, en octubre de 1940, la obsesión del canciller Hitler. En donde fracasaron los bombarderos, sus submarinos y sus acorazados deben triunfar. Lo que el terror caído del cielo no ha conseguido, tal vez lo logre el bloqueo. Hay que impedir que los británicos puedan salir al mar, y transformar su isla en una prisión. ¿Pero como echar cerrojo al Océano? ¿Cómo impedir que los convoyes unan el Viejo con el Nuevo Mundo? Se va a entablar una grandiosa batalla en las soledades del Atlántico. Lo que en ella se juega es, sencillamente, la victoria final, puesto que si los almenes consiguen paralizar los transportes marítimos británicos, cegaran al mismo tiempo la fuente de la que se abastece su adversario y le estrangularan hasta la asfixia. Pero cuando el ansia de vivir llena el alma entera, consigue a veces vencer todas las violencias y ocurre, en algunas ocasiones, que la presa lucha tan bien que se va convirtiendo insensiblemente en cazador. Los ingleses, llevados a su campo de batalla predilecto, el mar, ¿se dejaran expulsar de él? El bloqueo de las Islas Británicas Hitler, paralizado y mantenido en jaque en la batalla de Inglaterra, había tenido que renunciar también a la operación Otaria. Otros frentes terrestres y marítimos empezaban a requerir la atención de los estrategas alemanes e italianos. El Führer sólo tenía un medio para vencer al león británico: era preciso que la insularidad de Inglaterra, que la había salvado en las sombrías horas del «blitz», contribuyera a su pérdida. La vida económica de Gran Bretaña, y la prosecución de su esfuerzo bélico dependían, de manera vital, de sus comunicaciones marítimas. Inglaterra, aislada de su imperio y de los Estados Unidos, no podrá sobrevivir reducida a sus propios recursos agrícolas e industriales. Por consiguiente, Hitler debía triunfar donde Napoleón había fracasado: obligando a Gran Bretaña a capitular bloqueando sus costas e impidiendo el tráfico de sus buques. En esta batalla librada en toda la extensión del Atlántico, que duraría sin interrupción durante más de cuatro años, no tardó en revelarse un arma terrible: el submarino, cuyo inmenso poder nadie había valorado. Hitler nunca se interesó verdaderamente por la Marina. El Almirantazgo alemán, con gran desesperación del almirante Doenitz, jefe de la flota submarina, se preocupaba, sobre todo desde 1935, de realizar un programa de buques de superficie. De suerte que, el 1º de septiembre de 1939, los efectivos de la flota submarina alemana se limitaba a 57 unidades, de las cuales tan sólo 20 podían operar en el Atlántico. Fuerza irrisoria si se pretendía acabar con la flota mercante de Inglaterra (para esta empresa, Doenitz calculaba en 1939 que serían necesarios como mínimo 300 submarinos). Esta flota de submarinos, bien utilizada, podía, al menos, perturbar seriamente las comunicaciones inglesas, tanto más cuanto que el Almirantazgo británico había descuidado las posibilidades de responder a los ataques submarinos, considerando que la navegación independiente permitiría a los buques mercantes escapar a sus perseguidores y que la protección de algunos buques de escolta bastaría para garantizar la navegación en convoy, si esto se hiciera indispensable. Pero el Almirantazgo tuvo que renunciar a su optimismo desde el primer momento. El mismo día de la declaración de guerra un submarino germánico hundió el trasatlántico «Athenia». En los meses siguientes, se estableció una barrera de minas flotantes en el Estrecho de Calais para impedir que los submarinos alemanes cruzasen el Canal de la Mancha; todos los barcos de poca marcha fueron agrupados en convoyes. Convoy típico: se componia de entre 4' y 50 buques mercantes formados en varias comlumnas separadas entre sí alrededor de 1 kilómetro. Estrategia defensiva: Cuando el convoy era atacado por submarinos, varios escoltas dejaban sus puestos para atacarlos, lo que dejaba peligrosos huecos que los otros submarinos podían aprovechar. Distribucíon: El centro del convoy estaba destinado a los barcos con mercancias peligrosas, como munición o combustible. El jefe del convoy era un comodoro cuyo barco ocupaba la cabeza de la culumna central. El sacrificio de los convoyes La armada británica se había rendido a la evidencia: dejar que los buques mercantes navegasen aisladamente era entregarlos sin defensa al enemigo. Durante los cuatro primeros meses de la guerra, 102 barcos aislados fueron hundidos, mientras que de los 5.756 que navegaron en convoyes protegidos sólo se perdieron 12. Fue preciso improvisar un sistema de convoyes y movilizar todos los buques de escolta disponibles. El mejor dispositivo de protección consistía, evidentemente, en rodear por completo el conjunto de barcos mercantes. Pero como, por desgracia, se carecía de suficientes buques de guerra, el Almirantazgo recurrió a un sistema que al principio pareció eficaz. En un perímetro de 11 kilómetros —compuesto por diez columnas de cuatro barcos, con una separación de 500 metros—, los buques de escolta se colocaban en las cuatro esquinas del rectángulo, con algunos precediendo a la formación. La separación entre los buques mercantes reducía el blanco ofrecido a los torpedos, mientras que los buques de escolta, en cuanto se localizaba algún submarino que atacaba desde la superficie, trataban de obligarle a sumergirse, haciéndole así más vulnerable. Pero como los buques de escolta eran escasos y con frecuencia viejos, no podían dar caza al submarino atacante, el cual huía para volver luego a acosar al convoy. Esta táctica defensiva se mostró insuficiente cuando, después de la derrota de Francia, Hitler se adueñó del litoral a Atlántico. A partir del mes de julio fueron construidas bases fortificadas en Brest, Lorient, Saint Nazaire, la Rochela y Burdeos. Doenitz no tardó en instalar su cuartel general en Kernével, cerca de Lorient. De esta suerte, los submarinos alemanes, utilizando bases francesas, más cercanas a su campo de operaciones, pudieron emplearse más activamente en torpedear a los buques mercantes. Sobre todo porque al disponer de un mayor número de submarinos y de una rotación más rápida de las unidades utilizadas, Doenitz puso en práctica su «Rudeltaktik» o táctica de las jaurías, la cual sometió a una dura prueba a los convoyes ingleses, incluso cuando marchaban protegidos. Apoyados por la Luftwaffe, que ahora también tenía sus bases en Francia, los submarinos causaron terribles estragos desde el mes de agosto de 1940, inaugurando lo que se llamó más tarde la «belle époque» de los submarinos. Esta táctica resultó bien pronto catastrófica para los ingleses. Durante la campaña de Noruega y en Dunkerque, la armada real perdió gran parte de sus navíos de escolta. Día a día tenía que proteger a unos 2.000 buques mercantes, y los astilleros entregaban con cuentagotas los nuevos buques de escolta que precipitadamente se construían. Las pérdidas, que en marzo fueron de 107.000 toneladas, alcanzaron la cifra de 450.000 en septiembre de 1940. Mientras que la batalla de Inglaterra se podía considerar virtualmente perdida por los alemanes en el aire, ¿no serían los submarinos del almirante Doenitz los que acorralasen a Inglaterra, llevándola al desastre? En el Almirantazgo se consideraba que la situación era realmente dramática, y con razón escribió más tarde Churchill en sus memorias: «La única cosa que realmente me asustó durante la guerra fue el peligro submarino.» Los navíos escolta, en aquel otoño de 1940, no podían dar abasto, y en pleno Atlántico, tanto los convoyes reducidos a sus propios medios como los navíos que navegaban aislados se encontraban sin defensa frente a las «jaurías», que ni siquiera tenían ya que temer eventuales ataques aéreos procedentes de Inglaterra o del Canadá. En medio de las tempestades equinocciales, el océano Atlántico, entregado a la furia de los submarinos germánicos, fue la tumba de centenares y centenares de mercantes ingleses.

0
0
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.