LordFennder
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Los Tios De Las Minas De Bolivia! La historia del Tío, personaje mítico en las minas de Bolivia, ha ocupado las mentes de muchos investigadores, antropólogos, escritores y poetas. Según los historiadores, los mineros bolivianos rendían pleitesía al Tío antes de la llegada de los españoles. Las palabras del cronista español, Vásquez de Espinoza, revela este hecho de gran importancia histórica: «... un gran edificio de piedras muy labradas de notable grandeza... hay debajo de la tierra grandes salas y aposentos tanto que hay cierta noticia que pasa por debajo del río» (Rostworowski Diez de Canseco). «Wari, dios chtónico, auspicia su culto en un templo subterráneo, debajo de tierra. El Tío es un miembro más de la familia minera. Los que están a su alrededor, le dan comida, bebida, le cantan, le hablan de sus penas y alegrías. Comparten sus comentarios de fútbol. También hablan de los sindicatos, de un futuro mejor y de las dictaduras militares. “En cuanto al sustantivo “Tío”, se cree fue introducido entre los años 1676 y 1736. Utilizando como nexo el término español de parentesco “Tío”, los mitayos buscaron un vínculo que estableciera una relación parental con la divinidad amanecida en su imaginario. Los mineros serían sus sobrinos Cuenta la leyenda que cuando llegaron los conquistadores con su carga evangelizadora, los urus empezaron a olvidar a su dios nativo Wari. Entonces fueron castigados con plagas. Wari envió un gran sapo por el norte, una serpiente por es sud, hormigas por el oeste y un lagarto por el este. A salvarlos llegó una Ñusta, que se asimila a una Virgen y convirtió en piedras y arena a los animales. La Ñusta derrotó a Wari que descendió al infierno. Esta figura, equiparable con el Supay (ser dividido, diablo) andino, devino en el Tío o dueño de la mina que, lejos de la concepción occidental, “ni es totalmente bueno ni totalmente malo” La Ñusta protectora de los urus, era la Virgen del Socavón. LA FURIA DEL TÍO El Tío es un ser misterioso, tan misterioso que en la noche mágica de San Juan, mientras el frío revienta las piedras y el viento silba en los penachos de la paja brava, emerge de la montaña en un estallido de humo y fuego. Lanza un bramido infernal en la bocamina y libera la furia contenida durante años de encierro. En la noche tendida como un gato negro, el Tío ronda por el campamento minero en busca de un amor perdido. Recorre por los ríos y los cerros desnudando a los borrachos desprevenidos, y se pasea por las plazas y las calles haciendo diabluras con las cholas del pueblo. Al rayar el alba, ni bien se oye el quiquiriquí de un gallo blanco y el lejano tañido de una campana solitaria, el Tío se envuelve en su manto de humo y fuego, y como Drácula, después de beber la sangre de los mineros, como ellos beben la chicha en las tutumas de la desgracia, retorna a las tenebrosas profundidades de su reino. TRAGEDIA El mismo día en que el minero se perdió como tragado por la oscuridad, se escuchó una voz lastimera emergiendo de las entrañas de la tierra. Sus compañeros de cuadrilla, sin resignarse a darlo por desaparecido, rastrearon la mina palmo a palmo, hasta que lo encontraron desnudo en una galería abandonada, los ojos desorbitados y el cuerpo destrozado como por las garras de una fiera salvaje. No muy lejos de allí, y antes de que la tragedia se supiera en el pueblo, la madre del minero despertó sollozando: soñó con el Tío de la mina, y en el sueño vio que su hijo se despedía de ella, alejándose en el vagón conducido por la muerte. LA PICARDÍA DEL TÍO El viernes de Carnaval, cuando todos podían entrar al interior de la mina, incluso las esposas y las guaguas de los mineros, entró en la galería del Tío una mujer que no podía tener hijos. La mujer, hermosa de cara y de cuerpo, se hincó ante el Tío. Le ofreció una botella de alcohol y una ch’uspa de coca. Le encendió dos velas y le dijo: —Tiíto, quiero que conviertas a mi marido en un toro, para que así se acabe el infierno en que me hace vivir este maldito pueblo, donde una mujer casada y sin hijos está vista como una perra sin dueño. El Tío, nada acostumbrado a este tipo de solicitudes, esbozó una sonrisa pícara y pensó que para una mujer joven debía ser más fácil acostarse sobre un lecho de víboras y cobijarse bajo un manto de fuego, que convivir con un impotente que no podía cumplir con su deber de macho. –¿Así que quieres un marido convertido en toro? –le preguntó el Tío, bañándola con su mirada de diablo. –Sí, Tiíto –respondió la mujer. –Está bien. Haré lo que me pides, pero primero desvístete. –¿Y para qué, pues? –preguntó ella. –Para comenzar por los cuernos del toro –contestó el Tío.