Maxrain
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El agente del FBI Mark Safarik no cree en la rehabilitación de los asesinos en serie El agente del FBI Mark Safarik no cree en la rehabilitación de los asesinos en serie El agente del FBI Mark Safarik, una de las autoridades mundiales en la técnica del "perfil criminal" y asesor de la serie de televisión "CSI", ha asegurado que no es posible la rehabilitación de los asesinos en serie porque "a veces son presos modelo, pero en la calle pueden volver rápidamente a sus hábitos". Safarik, que participa en un seminario internacional sobre criminología en Valladolid, ha precisado, en declaraciones a Efe, que muchos de los agresores en serie son psicópatas y su reinserción en la sociedad es muy difícil porque sólo cumplen unas reglas en el ambiente de un centro penitenciario. Fue en 1982, mientras trabajaba como detective de homicidios en la Policía Local de California, cuando conoció a dos perfiladores criminales -profesionales que trabajan en definir el perfil de los atacantes- y comenzó a interesarse por el estudio de la escena de la muerte desde el punto de vista del comportamiento. Después de once años, tomó el cargo de perfilador del FBI y, desde entonces, se ha convertido en una de las autoridades de la técnica del "perfil criminal" para la captura de los asesinos en serie, un trabajo en el que se requiere "mucha experiencia" para "recolectar las evidencias correctas". "Para llegar a ser un perfilador criminal es necesario un gran entrenamiento, que abarca desde el estudio de psicopatías hasta el análisis de las manchas de sangre que hay en la escena de un crimen", ha precisado. Aunque en los últimos años se ha dado a conocer por su trabajo como asesor de la serie CSI, donde ayuda a que los casos "se ajusten lo máximo posible a la realidad", ha señalado que en la televisión lo que se persigue es "entretener" al espectador y en la realidad los casos son "mucho más diversos". Los asesinos que aparecen en televisión son "demasiado inteligentes y demoniacos, pero a la vez pueden desarrollar la habilidad de parecer normales", ha argumentado. En su día a día como consultor del FBI trabaja con casos "muy complejos e interesantes", aunque ha asegurado que hay sucesos sin resolver que aparecen en los medios sobre los que le gustaría investigar. Gracias a la técnica del perfil criminal Safarik logra una aproximación a la escena del crimen "desde el punto de vista multidisciplinar", aunque mucha gente malinterpreta este método y "cree que consiste en ver a una persona y decidir qué tipo de sujeto es". Lo que se hace realmente es "analizar el comportamiento violento que se refleja en un crimen, siempre teniendo en cuenta las evidencias forenses para ayudar a dirigir la investigación", ha precisado. En cuanto al futuro de esta técnica, Safarik ha señalado que se está extendiendo por todo el mundo y se están incorporando distintos aspectos para el análisis, como por ejemplo el relacionado con el perfil geográfico. Mark Safarik ha trabajado durante veintidós años como supervisor de la unidad de ciencias del comportamiento del FBI y ha sido profesor de la Academia Nacional del FBI en Quantico, Virginia (Estados Unidos). Safarik ha colaborado con el criminólogo y ex perfilador del FBI Robert Ressler, quien acuñó por primera vez en la historia el término "Serial Killer" -asesino en serie-. Asimismo, ha tenido contacto con perfiladores criminales españoles, en concreto para trabajar en el caso del "asesino de ancianas", José Antonio Rodríguez Vega. LINK
José Pablo Feinmann: de filósofo seudoprogresista a alcahuete del poder De todos los chupamedias del poder, los que me resultan más despreciables son los que usan su inteligencia y su pluma para ejercer la alcahuetería superficial. Debo aceptar que durante un tiempo me resistí a colocar a José Pablo Feinmann en esa categoría, pero el agresivo artículo que escribió el pasado domingo 13 de diciembre, en Página 12, me terminó de convencer. Feinmann, uno de los chupamedias K más inteligentes, quien cobra un importante sueldo del muy interesante Canal Encuentro, metió todo y a todos en su misma bolsa de envidia y resentimiento. Así, me colocó junto a Joaquín Morales Solá, Edy Zunino y Marcos Aguinis en el bando de “los enemigos” que escriben libros y a los que “les brota la basura por todos sus poros”. Pareció muy enojado por el éxito de ventas de lo que considera libros “anti-K”. Levantó su dedo (derecho) y dictaminó que todas las obras citadas estaban escritas por “periodistas con un tufillo aventurero. Gente que no ha demostrado talento ensayístico ni atesorado prestigio intelectual a lo largo de los años”. Para empezar, alguien le debería decir a Feinmann, de una buena vez, que no escribe tan bien como supone. El término “talento ensayístico” me exime de mayores comentarios. Para seguir, es increíble que un intelectual de su trayectoria no registre la diferencia entre un panfleto como el de Aguinis, un libro de autoayuda como los que citó en su nota, una recopilación de columnas como las de Morales Solá y las investigaciones periodísticas de Zunino y de quien esto escribe. Es más: es inconcebible que no reivindique a la investigación periodística como uno de los instrumentos más nobles para fortalecer el sistema democrático. Y para completar la idea, confirmé, a través de fuentes confiables, que el estudioso de las ideas ajenas no se tomó ni siquiera el trabajo de leer por arriba "El Dueño". Si lo hubiera hecho, habría comprobado que se trata de una investigación periodística de más de 500 páginas, muy lejos de los instant books con los que quiso emparentar mi trabajo. Eso me sirvió para confirmar que Feinmann no tiene la mínima honestidad intelectual, la que aconseja, entre otras cosas, leer un material antes de calificarlo de basura. De inmediato me pregunté sobre los verdaderos motivos de su miserable ataque. ¿Qué es lo que hace que un pensador comprometido con esta gestión, de repente, haga el trabajo “sucio” de “tirar estiércol” a periodistas que informan, denuncian e investigan, igual que lo hicieron durante el gobierno de Carlos Menem, Fernando De la Rúa o Eduardo Duhalde? ¿Es solo la admiración personal que un día Feinmann confesó que sentía por Cristina Fernández, cuando lo invité a Hemisferio Derecho, el programa que conduzco en Canal a? Sabía que Néstor Kirchner no hablaría de "El Dueño" por dos razones. Una: para no generar todavía más revuelo alrededor del libro. Y dos: para evitar responder sobre su presunto enriquecimiento ilícito, entre otras causas que lo comprometen. Sabía también que el kichnerismo tenía pensado utilizar a su bandita de periodistas paraoficiales para desacreditar el trabajo, pero que la movida no había tenido éxito porque la mayoría coincidía en que "El Dueño" estaba apoyado en una larga investigación. Así, cuando la operación basura contra el libro estaba cayendo por su propio peso, irrumpió la intrincada pluma de Feinmann. Incluso, en su desagradable nota, el intelectual termina aceptando que “hay corrupción en este gobierno”. Pero, entonces ¿a qué obedece la extemporánea reacción de Feinmann? ¿A un pedido de Néstor y/o Cristina? ¿A una necesidad propia de devolver, de algún modo, lo que recibe del Estado que hoy maneja el poder de turno? Mientras sigo buscando respuestas a su acción, leo que Feinmann termina justificando la corrupción K porque “el horrible fascismo que está armándose es mucho, pero mucho peor” (N del A: ¿Quién le habrá aconsejado a Feinmann que para enfatizar las ideas hay que repetir las palabras?). ¿Qué nos quiere decir, de verdad, José Pablo? ¿Qué un poco de corrupción está bien, solo porque el tipo que la apaña es más parecido a todos nosotros que un dinosaurio como Abel Posee? Me encantaría que Feinmann usara sus neuronas para responder por qué sigue defendiendo, con argumentos tan retorcidos, a un gobierno que se presenta como de izquierda pero que, en realidad, es de derecha. Son preguntas muy sencillas: ¿Es progresista un gobierno que tolera y apaña la corrupción? ¿Es progresista un gobierno que ayudo a “incorporar”, durante los últimos tres años, tres millones de pobres? ¿Es progresista un gobierno que le deja la bandera de la lucha contra la inseguridad a la derecha, aún cuando sabe que las principales víctimas de los delitos son los que menos tienen? ¿Es progresista un gobierno que no hace caso a los jueces y que no tolera las críticas y las denuncias que involucran a sus funcionarios? ¿Es progresista un gobierno que reparte los fondos del Estado de manera discrecional? Feinmann forma parte del nuevo autoritarismo ideológico de la pseudoizquierda, que ve como representante de la derecha a todo aquel que no apoya de manera incondicional a Néstor y a Cristina. Por si no tiene tiempo de leer un libro de más de 500 páginas como "El Dueño", aprovecho para informarle que participé de las primeras marchas convocadas por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, voté al candidato del Frente para la Victoria en 2003, aplaudí la conformación de la última Corte Suprema de Justicia que impulsó el ex Presidente e ingresé junto a miles de personas a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) el 24 de marzo de 2004, convencido de que, hasta ese momento, ningún gobierno había realizado más para aclarar los delitos de la dictadura que el de Néstor Kirchner. De todos los chupamedias del poder, los que más me repugnan son los que usan su inteligencia para justificar lo injustificable. Son los peores. Porque se escudan en su supuesto prestigio para decir y hacer cualquier cosa. Y además son baratos: los compran con un programa de televisión, o con una palmadita oficial en la espalda, el toque justo para engordar su enorme ego. LINK
Casi todas las argentinas están disconformes con su imagen El peso, la celulitis y la falta de tonicidad son los motivos de queja más frecuentes, según una encuesta a la que tuvo acceso Clarín. Sólo el 5% de las mujeres dice que se lleva bien con su cuerpo. Para la cultura occidental, la belleza y la fealdad son valores. Para miles de mujeres, la imposibilidad de estar a tono con el modelo corporal de ficción puede convertirse en un problema: terminar entendiendo cuerpo e identidad como sinónimos. El 95% de las argentinas se siente insatisfecha con su imagen y los especialistas coinciden en que ésto genera el "fenómeno del espejo": quien se ve mal, mal se siente. Una encuesta hecha por D'Alessio Irol entre 876 mujeres indicó que sólo el 5% de las encuestadas está conforme con su imagen. El resto reniega de alguna parte, especialmente de su peso, de su celulitis o de su flaccidez. Un dato habla de cierta distorsión de la percepción: el 90% de las encuestadas dijo que en algún momento de su vida se sintió gorda (haya tenido o no kilos de más). "Por un lado están las mujeres que sienten una insatisfacción real y concreta y creen que tienen una imagen fuera de los cánones de la estética, aunque estemos hablando sólo de un poco de celulitis o estrías. El hecho de no poder hacerse un tratamiento, por miedo, falta de dinero o de tiempo, genera angustia y muchas se sienten desvalorizadas", dice María Luisa Rijana, docente de la especialización en Clínica Estética de la UBA. "Por otro lado, están las que tienen una insatisfacción virtual, ilusoria, es decir que tienden a querer imitar determinados cuerpos o caras, van con la foto de una celebridad al cirujano y sus expectativas no tienen nada que ver con sus vidas reales. Este grupo es el que genera los grandes caos porque ante ese anhelo de perfección no existe cirugía ni tratamiento posible". Es que muchas pretenden "soluciones mágicas": 3 de cada 10 encuestadas no hace actividad física. Jorge Braguinsky, director del posgrado en Nutrición de la Universidad Favaloro, opina: "En un mundo que empuja a la obesidad hay, a la vez, una fuerte crítica al sobrepeso en la mujer. Ese doble mensaje es sin dudas un conflicto neurotizante. La mujer de clase media argentina no engorda porque se censura. Esto no pasaba cuando la mujer no era pública pero ahora que hace de todo adquirió una nueva forma de esclavitud: la de estar en un mundo competitivo, ocuparse de sus hijos y a la vez estar delgada y bonita". Si la apología a las curvas y al consumo light –a veces disfrazado de salud– no bastaba para notar que los modelos son inalcanzables, está Barbie. "Estamos en la 'Cultura Barbie", el problema es que si Barbie fuera de carne y hueso mediría 1.70, pesaría 41 kilos, tendría 99 cm de busto, 55 de cintura y 83 de cadera: una locura", compara Marcelo Bregua, psicólogo de ALUBA. Jorge Patané, jefe de cirugía plástica del Hospital Fernández, repasa: "Los modelos no son estáticos. Las mujeres de Botticcelli eran de caderas anchas y senos grandes, no eran objeto sexual sino de reproducción. En los 70, se creía que una señorita sin busto y sin cola como Twiggy era el ideal, pero hoy sería una anoréxica. Las mujeres se constituyen como objetos visuales, el asunto es qué toman como parámetro". Braguinsky habla de lo que ve en su consultorio: "La grasa en las mamas y en la cola es vista como una patología. Hay muchas mujeres que vienen con bajo índice de masa corporal pero se ven gordas. Hasta vienen nenas de 10 años que se ven gordas". Un dato de la encuesta verifica la tendencia: casi la mitad de las que se quejan de su celulitis tiene menos de 24 años. Pero ¿siempre esta insatisfacción conduce a conductas riesgosas, como trastornos de alimentación? Dice Bregua: "No. Depende de las herramientas con las que se esté equipado. Por ejemplo, si una chica se saca un 8 en la escuela y los padres, en vez de felicitarla, le preguntan por qué no se sacó un 10, esa chica no puede construir una autoestima inspirada en lo que es sino que se tiene que resignar a lo que no es". FUENTE
Evo Morales se declara marxista leninista ´Yo también soy marxista-leninista ¿y qué, me van a expulsar (de la OEA)?´, cuestionó el mandatario boliviano en entrevista a diario argentino, donde también defendió a Cuba. El presidente de Bolivia, Evo Morales, se declara "marxista-leninista" en una entrevista publicada hoy en Argentina en la que rechaza que la Organización de Estados Americanos (OEA) mantenga discriminada a Cuba desde 1962. "No se puede entender que por motivos ideológicos alguien sea expulsado de la OEA. Yo también soy marxista-leninista ¿y qué, me van a expulsar?", subrayó Morales al diario Clarín, de Buenos Aires. "¿Cuántos países hay hoy en América Latina con gobiernos de izquierda?", agregó al expresar la esperanza de que Estados Unidos "pueda levantar" el embargo a Cuba. El mandatario boliviano subrayó que los "principios" del marxismo "son parte de la lucha del movimiento indígena por la liberación, por la igualdad, por la dignidad y, sobre todo, por el territorio". Señaló que la cuestión de Cuba acaparó las conversaciones en la Cumbre de las Américas celebrada en Trinidad y Tobago a mediados de mes. Dijo que el documento de la cumbre americana no se firmó porque había sido preparado sin el debate de los mandatarios "hace 18 meses, cuando no había esta crisis financiera del capitalismo ni este gran sentimiento a favor de Cuba". "Todo lo que hablamos en la cumbre fue Cuba, Cuba y Cuba y eso no estaba en el documento", apuntó. Morales consideró "un paso importante" que el presidente de EE.UU., Barack Obama, "haya escuchado al resto" de los mandatarios americanos" durante la cita de Trinidad y Tobago. "Además, algunos mensajes que lanzó (Obama) son parte de nuestro programa, por ejemplo las relaciones de respeto mutuo, la necesidad de acabar con eso de socios mayores y socios menores", afirmó antes de matizar que "de los dichos a los hechos hay un largo camino". Además Morales, que también habló con el diario Página/12, remarcó además que buscará la reelección en los comicios de diciembre "para terminar" el proceso de cambios que puso en marcha en Bolivia y que sus opositores "no tienen candidatos, no tienen programa, no tienen nada". El presidente boliviano dijo a Página/12 que él "va ganando" el pulso con la oposición e insistió en que su gobierno era el blanco de un grupo extremista detectado en Santa Cruz de la Sierra (oriente) hace quince días. "Si buscan matarnos es porque se sienten derrotados", aseguró. "La mejor oposición son los jerarcas de la Iglesia Católica y algunos medios de comunicación. Esa es nuestra oposición", opinó. FUENTE
Los ateos tienen también su dios Reflexiones "Las iglesias, y en primer lugar la Iglesia católica, pensaron que debían predicar al dios de Jesucristo como si fuera ese dios demostrable", dice Vattimo. El filósofo italiano Gianni Vattimo se pregunta los porqué del creciente interés por demostrar que Dios no existe. ¿Por qué tanto interés en demostrar que Dios no existe? Es una pregunta que, ciertamente, gente como Hitchens refutaría, o al menos zanjaría de inmediato, diciendo que la verdad merece ser conocida más allá o más acá de cualquier interés. Sin embargo, eso de por sí torna sospechoso su enfoque. Como enseñó Nietzsche, quien habla de la verdad como un valor supremo muestra que todavía cree en un dios último. Pero entonces, si no puede, y no debería, invocar el amor por la verdad, ¿por qué a Hitchens le preocupa tanto la demostración de la no existencia de Dios? Sobre todo, teniendo en cuenta que, como observan muchos semi-creyentes, si Dios existe, la verdad es que hace sentir muy discretamente su presencia. Podemos aventurar una hipótesis, que vale no sólo para Hitchens sino para todos los numerosos ateos militantes que comparten su mismo programa. Quieren demostrar que Dios no existe porque "perturba", o mejor: porque constituye un límite para nuestra libertad. De ahí que tenga sentido oponer a Nietzsche al ateísmo racionalista de Hitchens y otros semejantes. ¿Someterse a la verdad es realmente mejor, para nuestra libertad, que someterse a Dios? Si tomamos, por ejemplo, el iusnaturalismo en la ética y la filosofía del derecho, someterse a la ley (derechos y deberes) "natural" ¿es realmente mejor que someterse a Dios? Los ateos racionalistas deberían ser más coherentes. Tendrían que adoptar el lema que servía de título a un texto anárquico de hace un tiempo, de Hans Peter Duerr (si no me equivoco): Ni dieu ni mètre –ni dios ni metro–. Ni dios ni orden racional del mundo que deban ser respetados; o también: ni dios ni verdad científica asumida como base para una conducta racional. En suma: el orden objetivo que la "razón" descubriría en la realidad, y que estaría al alcance de la razón de "todos", es tan poco liberador, y peor quizá, que el dios de la tradición. Naturalmente, el dios cuya no existencia se demuestra según Hitchens es el dios de nuestra tradición –una entidad personal que habría creado al mundo y al hombre y con la cual el hombre puede ponerse en comunicación para conocer su voluntad, sus propósitos, su eventual plan de salvación–. ¿Podemos decir el dios cristiano? Si es así, y creo que es así, considerar a este dios como un obstáculo a la libertad y a la responsabilidad del hombre tiene poco sentido; o por lo menos, se funda en un error, pues de quien nos quieren liberar es del dios-poder que quiere imponernos su autoridad a través de todo tipo de exigencias y prohibiciones. En esto, puedo estar más de acuerdo con Hitchens que un creyente. Para los creyentes, al contrario, justamente para salvar la propia fe, sobre todo en este momento de la historia en que el multiculturalismo nos ha hecho conocer tantas experiencias religiosas distintas, es decisivo separar a dios de toda disciplina clerical, de toda pretensión de poder de imposición sobre la libre elección del hombre. Desde el punto de vista del interés por la libertad, en cambio, se debería reconocer que la idea de un dios personal que nos comunica su voluntad y sus propósitos es mucho más aceptable que la de un orden objetivo que, ciertamente, como en Spinoza, nos invita a "no llorar ni gozar, sino solo entender" la necesidad lógica de todo. No precisamente un gran avance para la libertad que se intentaba salvar. Es cierto que de este dios tenemos noticias sólo a través de textos mitológicos, nunca lo descubrimos en una experiencia sensible o mediante un procedimiento científico ordenado. No es un "fenómeno", diría Kant; o, como escribe en cambio más claramente Bonhoeffer, "un dios que está (como una cosa, un objeto de posible experiencia) no está". Y sin embargo, todos tenemos el sentimiento, sí, como una impresión de fondo de la que no podemos liberarnos, de que nuestra existencia fue hecha posible, en sus aspectos afectivos, de evaluación, de elecciones morales, solo por esa herencia mitológica, en cuyo interior, por otra parte, maduró también la mentalidad científica de la que Hitchens quiere ser defensor. El dios cuya no existencia es demostrada (sin turbarnos en absoluto) por Hitchens es el que, por el contrario, pareció tan a menudo demostrable (de San Anselmo a Descartes) a los filósofos; si ese dios existiera, adiós libertad, estamos de acuerdo. Pero es justamente el "dios de los filósofos", al que ya Pascal consideraba poco creíble. Las iglesias, y en primer lugar la Iglesia católica, pensaron que debían predicar al dios de Jesucristo como si fuera ese dios "demostrable"; y cometieron ese error por puros motivos de poder –el Dios que la razón "demuestra" parece portador de una autoridad más absoluta y universal (pensemos en cómo la Iglesia insiste en el hecho de que "por naturaleza", el matrimonio "naturalmente" heterosexual es indisoluble, y así puede prohibir el divorcio también a los no creyentes. Y así sucesivamente). El dios en el cual siguen creyendo los creyentes no tiene nada que ver con el dios, inexistente, de Hitchens. Su libro puede, en cambio, ayudar a todos a liquidar la siempre resurgente tentación de identificar la palabra divina con alguna autoridad despótica, llámese la iglesia o la "ciencia". LINK
Daggering: Sexo con ropa El reggaetón llegó para quedarse, pero comienzan a aparecer derivaciones de bailes que ocupan de base esta música pero que en su ejecución distan mucho de ser un baile y se acercan más a una excusa barata para tener encuentros sexuales. El “perreo” del reggaetón es ya muy conocido, y de ahí nace el Daggering, mucho más que un pasito hot sugerente, es como el hardcore al erotismo, su identidad no tiene nada de sugestivo, todo es explícito. Y ya hay heridos. Aparentemente, las características necesarias para este baile son mucho ritmo y algo de violencia. Los pasos de baile se pueden aprender con el Kamasutra porque imitan a las posiciones y movimientos sexuales. Ver Daggering es como ver a dos personas teniendo sexo de manera brutal pero con la ropa puesta. Hace furor sobre todo en Jamaica y es allí donde ya las autoridades tuvieron que poner la alarma: ahora está prohibido promocionar la música y las imágenes del baile. Y no se critica solamente al baile, también están las letras que hablan de sexo. Lo cierto es que el Daggering cobró la rotura de varios miembros masculinos. Hay que ver la brutalidad con que en la pista de baile se imitan los movimientos sexuales y las chicas saltan como resortes sin amortiguación sobre sus compañeros. Y sí, un pene puede terminar desgarrado. Los hospitales jamaiquinos ya están familiarizados con las lesiones a causa de este baile hot. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=EjW2Np3Z6so LINK
La princesa italiana que dejó todo y vive en San Isidro Isabella en su casa de San Isidro contemplando un retrato de cuando era princesa en su castillo de Italia Cuando un oficial alemán le ordenó al padre de Isabella que se entregara, el general italiano se llevó una mano a la funda donde guardaba su pistola Beretta y gritó: "¡Un Gonzaga no se rinde nunca!". Fue entonces cuando lo barrió una ráfaga de ametralladora. Aunque no lo parezca, ésta no es una historia de guerra, sino de amor, y la princesa Isabella no vive en su palacio de Piacenza, sino en un departamento de San Isidro. Los Gonzaga tienen más de siete siglos y forman una noble familia italiana de guerreros, estadistas y mecenas: reinas, emperatrices del Sacro Imperio Romano Germánico, príncipes, condes, barones, duques y marqueses. Una Gonzaga fue pintada por Tiziano y su retrato cuelga en el Museo del Prado. Otro fue santo: San Luis de Gonzaga, patrono de los estudiantes. Una Gonzaga crió a uno de los Borgia. Setecientos años de sangre azul corren por las venas de Isabella Gonzaga, esta simpática y campechana mujer que cena una sopa Quick en la sala de una casa de Victoria, donde ha venido a contarme su renuncia a la nobleza, su largo y agridulce romance y su viaje al fin del mundo. El abuelo de Isabella se llamaba Mauricio y es considerado, aún hoy, uno de los grandes héroes italianos de la Primera Guerra Mundial. Después de gestas legendarias, de heridas y medallas de plata y oro al máximo valor, y de su lucha en el invierno del cólera, ese Gonzaga condujo la conquista del Monte Vodice, en 1917, contra el cansancio de sus propias tropas y la eficaz artillería austríaca. Fue un triunfo a sangre y fuego, y el abuelo siguió combatiendo todavía en otras batallas. Una lluvia de esquirlas le voló la mano derecha y aun así continuó su carrera llena de hazañas y reconocimientos, siempre respondiendo a su rey y en tensión con el fascismo. Fue el rey quien lo nombró marqués de Vodice, aunque ya tenía para entonces varios títulos de similar porte y brillo. Su hijo Ferrante, el padre de Isabella, era coronel cuando el marqués de Vodice moría. Y siguiendo la tradición había combatido en muchos lugares, como en Africa y Albania. Nueve meses después de que la princesa Luisa Anguissola diera a luz a Isabella, el hijo de Mauricio había ascendido a general y defendía la costa de Salerno, cuando un pelotón nazi se presentó en la gruta donde los italianos habían establecido su estado mayor. El oficial alemán también era noble y lo había conocido a Ferrante en Berlín. Le explicó que los tanques alemanes lo rodeaban y que tenía orden de disparar si se resistía. Luego de acribillarlo a balazos lo dejaron tirado en el interior de esa cueva, y la madre de Isabella estuvo todo un año sin saber si su marido había sido tomado prisionero o si efectivamente había muerto. Roma era un lugar peligroso. Fue en ese momento en el que se llevó a cabo la Masacre de las Fosas Ardeatinas, donde tuvo un oscuro protagonismo Erich Priebke. No era un sitio seguro para la esposa de un enemigo, ni para sus hijos. Intervino discretamente el Vaticano, e Isabella junto con sus dos hermanos y su gobernanta fueron ingresados, en carácter de pupilos, a un jardín de infantes. Y la princesa Luisa viajó en busca de sustento y refugio a Piacenza. Más tarde se enteró a través de la radio que un grupo de trabajadores, cavando una zanja, había descubierto el añejo cadáver del general y debió viajar a reconocerlo. Isabella recuerda su vida de princesa en Roma. El miedo que le daban los cascos alemanes. Sus juegos en las playas, dentro de búnkeres antiaéreos. Y después, cuando terminó la guerra, las largas temporadas en un castillo de la familia construido en el 1200, que tenía cuatro torres redondas y un puente levadizo. Y también los veranos que pasaba en otro palacio del 1400, hecho en forma de U, con tres pisos, lleno de muebles antiguos y objetos preciosos. La gobernanta la ayudaba a vestirse y a estudiar, la peinaba y la acompañaba a todos lados, le enseñaba el protocolo y le marcaba los errores. "Acuérdense que ustedes son príncipes Gonzaga", les decía su tía en las rondas de entrecasa. Y en las fiestas estaban en el ojo de la tormenta: el mundo miraba los mínimos gestos de la nobleza, y ellos debían guardar las formas en todo momento. La princesa Isabella era de una belleza majestuosa, una mezcla de Grace Kelly y Catherine Deneuve. Tuvo su fiesta de 15 años en el Gran Hotel de Roma. Asistieron figuras de la aristocracia europea, y en sucesivos bailes debió cuidarse mucho: los galanes la perseguían día y noche, y había que mantenerlos a raya. Tuvo con uno de ellos una galantería y apareció ese mes en una revista del corazón. En una recepción de la caballería, dos húsares que también eran príncipes trataron de tocarla bajo la mesa y ella tuvo que sacarlos carpiendo y volvió a casa llorando. Se enamoró de un joven de 17 años que tiraba piedras a su ventana, y mantuvo un largo romance a espaldas de su madre, que lo desaprobaba porque era hijo de dos divorciados. A los dos años y medio, Isabella le preguntó si se iba a casar con ella. El muchacho le respondió que tenía que pensarlo. Después la llamó por teléfono y le dijo: "Te quiero mucho, pero le temo al matrimonio". Isabella le respondió: "Te veo en una hora en tu garaje". Isabella llegó y lo llenó de bofetadas, regresó luego a casa y se emborrachó con una botella de vodka. Llevaba una vida aburrida y severa, entre oropeles y algodones, marcada por los deberes y pareceres, en castillos como jaulas, en ambientes teatrales. Máscaras de una vida triste y vacua. Se fue a esquiar a Suiza y en Saint Moritz conoció a Hans, el hijo de un alemán que para no vestir el uniforme nazi había huido a la Argentina. Que había empezado de abajo, desde el Hotel de Inmigrantes, y que había sido tendero de una ciudad inimaginable para la princesa: Rosario. Luego había ascendido, sin ni siquiera ser contador, hasta llegar a ser gerente financiero de una empresa y hasta miembro del Banco Mundial. Hans era un rubio bronceado de ojos celestes, ingeniero industrial recibido y turista primerizo en esas pistas. Isabella lo conoció en el hospital local: él se había clavado un bastón y ella tenía una infección en el labio. Algunas mañanas después, él se ofreció a cargar con sus esquíes. La derritió con sus silencios, en esos diez días en los que por primera vez en toda su existencia no había vigilantes, ni gobernantas ni nada arreglado. La libertad parecía maravillosa y aquel hombre, un dios rubio. Cuando las vacaciones terminaron, Isabella fue a despedirlo al andén. Hans caminaba de un lado a otro, nervioso por algo que ella no podía imaginar. Estaba cursando un máster en Alemania y tenía que partir ya mismo. Se separaron con un beso en la cara y él subió al tren y se asomó por la ventanilla. Su rostro estaba tenso y lívido. "¿Me tenés que decir algo?", le preguntó la princesa. "Te amo", le respondió él mientras arrancaba la formación. "¡Podrías habérmelo dicho antes!", le gritó Isabella y su voz se perdió, y se largó a llorar. Quince días después Hans viajó a Roma y pidió permiso para sacarla a pasear. Pasearon de noche, comieron pizza y se sentaron en una ruina del Coliseo a ver la luna. Hans entonces le hizo una pregunta: "¿Te casarías conmigo?". E Isabella Gonzaga tuvo una arcada y vomitó la cena. "Qué bonito efecto que te produzco", le dijo el argentino. Tardó otros 15 días en regresar a la capital de Italia. Isabella, completamente enamorada, comenzó a rezarle una novena a Santa Rita: "Que no se asuste, que no se asuste". Al llegar, el ingeniero pidió la mano, y la princesa Luisa, jefa de la familia, le hizo una pregunta sincera: "¿Y usted quién es?". Hans se quedó petrificado. El, en esos términos, no era nadie. Lo sometieron a un interrogatorio policial, y al final le dieron permiso para que los novios se vieran. En paralelo, Luisa pidió ayuda a la Nunciatura Apostólica, y los agentes de la Iglesia comenzaron a investigar a la familia de Hans. También intervinieron, en la pesquisa, tres ex embajadores argentinos ante el Vaticano. Los resultados fueron buenos: Hans era quien decía ser y no había nada oscuro ni inconveniente en la historia de sus padres. Isabella y su madre viajaron a Alemania y allí se fijó la fecha de compromiso. "¿Querés un anillo?", preguntó el novio. No sólo correspondía un anillo; los ritos de la nobleza exigían una sortija de la familia. Como aquella familia argentinizada no tenía abolengo ni escudo, madre e hija fueron a una joyería y eligieron un zafiro. Hans tuvo que gastar todos sus ahorros y vender los esquíes, la afeitadora, la filmadora y la cámara de fotos para pagarlo. Luego el novio fue recibido en el castillo de los Gonzaga. Allí lo encerraban, según la tradición, todas las noches en una torre para que no hubiera contacto carnal con la prometida. La torre se abría de mañana y se clausuraba al anochecer, cuando el sereno le decía al ingeniero: "Bueno, voy a cerrar". Y esperaba que se metiera solo en el cuarto. La boda se llevó a cabo en el gran salón y hubo cuatrocientos invitados. Había diplomáticos, políticos, sacerdotes y toda clase de nobles, aunque algunos parientes se negaron a asistir al evento porque Hans era un plebeyo. Sirvieron trucha salmonada, y los recién casados escaparon después de las cinco de la tarde. Tomaron un helado en Piacenza, durmieron en Génova y recalaron en Portofino. Al ver por primera vez a un hombre desnudo, la princesa volvió a vomitar de los nervios. Su madre la llamó para preguntarle cómo le había ido. "Sos la misma estúpida de siempre", le respondió al enterarse. Luisa, que había contraído un matrimonio combinado, apostaba en su interior por aquellos jóvenes vírgenes e irresponsables. Llegaron en barco a Buenos Aires en 1964. Isabella dejaba atrás su vida de princesa y comodidades, había renunciado a todo por amor, e iba a un país exótico y desconocido, donde ni siquiera tenía una amiga. Hans entró a trabajar en una fábrica de celulosa y los tortolitos ocuparon un departamento de dos ambientes en Zárate. La primera vez que el ingeniero partió hacia la fábrica, Isabella se puso a llorar. No tenía gobernanta ni mucama, no sabía cocinar ni usar la escoba, y jamás había vivido en un lugar tan estrecho. Enseguida le mandaron ocho cajones con cincuenta kilos de regalos de boda y tuvo que dejar todo en la Aduana porque no tenía dónde meterlos. De Piacenza a Zárate, del palacio y el castillo al departamentito, de los lujos a la austeridad, de las ocupaciones principescas a los días vacíos en los que, como Penélope, aprendió a esperar y a tejer. Esa fórmula signaría toda su coexistencia: Hans estaba obsesionado con el trabajo y ella se sentía eternamente abandonada. "Lo hago para darte lo mejor", se defendía Hans. Isabella se había convertido en una espartana: no necesitaba nada que no fuera la atención de su marido. Tuvieron hijos y, con los años, se mudaron primero al barrio de Belgrano y después a San Isidro. Pero la princesa sólo se sentía verdaderamente dichosa cuando Hans y ella se iban de vacaciones y podían estar juntos un largo tiempo. El resto eran paralelas que no se tocaban, una travesía de silencios e incomunicación. "Era tan bueno ?me cuenta en esta casa de Victoria, donde ahora está tomando un té?. Era tan bueno que no tuve corazón para hacerle el mal separándome". Siente la princesa que libró una lucha contra el trabajo de Hans, y que ella perdió esa guerra. Hans, que era íntegro y amoroso, no sabía demostrar el amor. "Una vez, en la intimidad, le imploré que me dijera algo dulce ?me explica?-. ¿Algo dulce, algo dulce?, se preguntaba él, como desarmado. No sé: ¡Miel!" Era parco el ingeniero, muy poco demostrativo, y ella pasó años tratando de penetrar en la coraza de ese hombre que la amaba sin poder expresarlo. Cuando a los 65 años, con un cáncer de pulmón, estaba agonizando, él le dijo a ella algo extraño: "Qué linda familia que tengo". Isabella cayó de rodillas: había estado esperando más de treinta años ese simple veredicto. Al día siguiente Hans, el amor de su vida, murió. Y ella fue viuda para siempre. Habían vivido juntos un atípico cuento de princesas, habían repechado la escalera de la vida y el dolor, y también habían sobrevivido, en la década del ?70, a la muerte accidental de una hija: Eleonora, de dos años, que cayó en una pileta de natación y se ahogó. Cuando estaban en el cementerio, aquel día tan lúgubre de 1976, y se abrazaban sin consuelo, Isabella había sacado de adentro el espíritu épico de su familia: "Hans, respondamos a esta muerte con más vida", le dijo. Y a los cuatro meses volvió a quedar embarazada. El año pasado voló a Italia porque su madre cruzaba los últimos días. La princesa Luisa tenía 105 años, y se despedía acariciando su mano y diciéndole una y otra vez: "Isabella, Isabella". Fueron dos funerales fastuosos. El alcalde de Roma envió flores y condolencias, y los acompañó en las exequias la princesa India, que es hija del rey de Afganistán. También cardenales, nobles y empresarios. Después viajaron con el ataúd a Piacenza y le dieron la última misa en el mismo lugar donde Isabella se había casado con Hans. Finalmente, la colocaron en la cripta familiar, donde Luisa comparte la eternidad con sus gloriosos antepasados. Isabella había elegido otra vida y otro país. Podría haber pertenecido incluso a la elite de Buenos Aires, pero se había negado. Prefería aquella clase media, donde había criado a sus cinco hijos y donde había formado amistades profundas, libres de todo interés. Cuando volvieron del sepelio, Isabella y sus primos se reunieron en el castillo y recordaron entre esos muros solemnes los viejos tiempos. La princesa estaba apenada y venía del llanto, pero sentía una extraña paz interior. Ahora tenía que seguir adelante. Como siempre. Una Gonzaga no se rinde nunca. LINK