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Primer post: 20 jul 2015Último post: 28 abr 2017
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Historia de terror: Papá ¿puedes verlo?
Historia de terror: Papá ¿puedes verlo?
ParanormalporAnónimo7/20/2015

Es sabido por todos que los niños poseen una imaginación prodigiosa por el simple hecho de ser niños, dales una caja vacía y harán de ella una nave, un auto o hasta desearán vivir en ella, miramos con ternura como se divierten descubriendo el mundo y examinando aquellas cosas que desconocen, hasta es posible que noten algo que nosotros no. La siguiente historia me la contó mi abuelo, ustedes podrán leer un poco más de él en otra historia que escribí (para ello visitar el post "historia de terror de mi pueblo" ). Él es un hombre campesino hecho y derecho, nacido y criado entre los cerros de la Sierra Madre del Sur. Cuando el era un niño abundaban las leyendas e historias de seres extraños y peligrosos, algunos robaban niños, mientras que otros hacían que los borrachos olvidaran donde estaban y cuando entraban en razón se hallaban caminando hacia su muerte en la cima de un escarpado cerro. Los niños crecían con un constante temor a lo que pudiera haber afuera del pequeño pueblo, a las penumbras que señoreaban las oscuras calles de la comunidad a la que aún no llegaba la energía eléctrica. En una ocasión mi abuelo jugaba entre la maleza y los árboles junto con algunos niños y su prima, comenzaba a oscurecer pero allá nada significan los números en el reloj, la gente duerme cuando tiene sueño y se levanta cuando cantan los gallos, así que los despreocupados infantes corrían descalzos por el árido suelo pisando hierba seca y golpeándose con varas que encontraban, como Dios manda. Mi abuelo se apartó de los demás chicos por un momento y por simple capricho del destino se quedó observando el camino, era una pequeña vereda formada por el constante paso de caballos y burros, realmente no era muy larga pero parecía extenderse más allá de la vista, y se perdía entre los matorrales y los cercados de alambre de púas, aquellos que los campesinos colocaban para que el ganado no entrase a los terrenos de cultivo y arrase con todo a su paso. El pequeño estaba a punto de dar marcha atrás y regresar con sus amigos cuando notó algo a la distancia, muy a lo lejos veía una figura que avanzaba de forma miserable hacia su posición, casi como si estuviese herida, conforme se acercaba podía apreciar más detalles. Tenía el pelo largo, seguro que era mujer, muy delgada, el pelo alborotado y vestiduras blancas, pero había algo más, sus piernas no eran normales, éstas se encontraban dispuestas de una forma tan extraña que inmediatamente causó pavor en el niño, estaban cruzadas en forma de equis y caminaba igual que un compás marca distancias sobre una hoja de papel, lo más asombroso era la velocidad a la que iba en esa posición, era como si estuviese corriendo movida por el más básico instinto de devorar o asesinar a lo primero que viera. El niño no lo pensó dos veces, regresó corriendo a donde estaban sus amigos y tomó a su prima fuertemente de la mano para correr con ella lo más rápido que sus piernas le permitiesen, sus ojos empapados en lágrimas se enfocaban únicamente en las tenues luces de las lámparas de petróleo del pueblo, su prima entendía que algo malo pasaba pero aún no era capaz de observar que era aquello de lo que escapaban. - ¡Gabriel! ¿qué pasa? ¿porqué corremos? - ¡Nos viene siguiendo, no te detengas! Al llegar a su casa, el pequeño Gabriel cerró con fuerza la improvisada puerta de madera de la humilde construcción de adobe y se tiró al suelo sollozando, su madre rapidamente fue a él y lo levantó mientras que asustada le preguntaba que había sucedido, el chico contó con detalles todo lo que vió, describió la apariencia del extraño ser y lo rápido que corría, pero había un detalle, nadie más lo había visto. A la mañana siguiente el jovencito se apresuró a preguntarle a todos sus amigos si habían visto a aquella horrenda aparición tambien, pero todos lo negaron rotundamente, quizás fue su imaginación, o tal vez lo que vio no fue sino a un poblador severamente afectado por el alcohol, cosa que no escaseaba en el pueblo. De cualquier manera fue un suceso que no significó mucho, pasó el tiempo y el mundo se volvió cada vez menos misterioso, llegaron compañías de electricidad y de repente las calles le habían sido arrebatadas a las tinieblas nocturnas, llegaron escuelas y los niños aprendieron que los eclipses eran sucesos naturales y dejaron de esconderse cuando sucedían, el pueblo perdió un poco de misticismo y superstición. En una ocasión mi abuelo, ya casado y con una abundante cantidad de hijos, se encontraba de regreso de un poco exitoso día de pesca, de la mano traía a una de sus hijas de unos 7 años y juntos caminaban a la orilla de la playa rumbo a su casa, debían de ser las 7 de la tarde pues el sol comenzaba con su rutinario declive y sus últimos rayos arañaban el horizonte, tornando el cielo de un hermoso color anaranjado, por momentos con una leve tonalidad púrpura. La playa estaba completamente vacía y ellos dos eran los únicos hasta donde el ojo humano podía alcanzar a ver. Repentinamente la pequeña apretó la mano del pescador. - Papá, quiero irme a casa. - Ya vamos para allá mi amor, en un rato más llegamos. - Pero yo quiero irme ahora. - Nos falta un poco más ¿no me dijiste que te gustaba la playa? - Si, pero me da miedo esa señora, camina extraño. El hombre volteó tras de si extrañado, a lo lejos la playa se extendía a muchos kilómetros pero no alcanzaba a ver nada. Su hija tiraba con fuerza de su camisa mientras se ocultaba de lo que tanto la asustaba. - ¿Qué ves?- dijo Gabriel a la pequeña. -Rápido papá, vámonos. Ella viene hacia nosotros, es una señora de blanco, tiene los pies cruzados y camina muy rápido. Tengo miedo. Sólo bastaron esas palabras para que un maduro hombre de 40 años levantara a su hija en sus brazos y huyera corriendo con un intenso terror. La temperatura de la cálida costa descendió drásticamente y Gabriel sentía como una presencia puramente malvada se acercaba velozmente, aunque lo que más lo aterraba era lo familiar que le resultaba esa presencia. Al llegar al pueblo sintió con alivio como esa malévola sensación de ser perseguido se esfumaba, entró a su hogar, cerró con fuerza la improvisada puerta de madera de su casa de adobe y se tiró al suelo jadeando, su esposa rapidamente fue hacia él y lo levantó mientras asustada le preguntó que le había sucedido, ésta vez Gabriel no dijo nada, pidió una copita de mezcal y le explicó a su mujer que un perro los perseguía, de cualquier manera no había visto nada en realidad. Mi abuelo me contó esta historia hace mucho, de hecho fue hace tanto tiempo que no la recordaba, no fue sino hasta hace unos días que vino a mi mente a raíz de un curioso acontecimiento. Me encontraba caminando por la calle con mi sobrinito de 4 años, habíamos ido a comprar unas cosas para su escuela y comíamos helado de regreso a casa. Repentinamente sentí como su pequeña mano apretaba con fuerza la mía y con su tierno dedo apuntó a un terreno baldío. - Tío ¿tú conoces a esa señora de allá? No me gusta como camina, sus pies están como cruzados. ¿Podemos irnos? No había nadie allá. Jamás había corrido tanto en mi vida. Autor: Eduardo Villavicencio Gracias por tomarte el tiempo de leer hasta acá, si la historia te gustó te agradecería mucho tus comentarios y recomendaciones. Que tengas un excelente día.

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Historia de Terror: Estábamos equivocados
ParanormalporAnónimo4/28/2017

La siguiente historia no pretende ofender ni criticar las creencias de ninguna persona, es tan solo un cuento y por lo tanto un producto de la imaginación, y de ninguna manera refleja una opinión o creencia. Ten en cuenta esto mientras lees. Puedes quitarle a un hombre todas sus riquezas, sus energías, puedes oscurecer el cielo sobre él y hacer que la tierra bajo sus pies tambalee, sin embargo, no tardarás en encontrarte con alguien que podrá soportarlo, alguien que aun perdiendo todo podrá ponerse de pie ante el ocaso de su propia existencia. Es asombroso lo que la fe y la esperanza pueden lograr, quizás te sorprenda lo mucho que puede resistir alguien tan solo con la certeza de que existe un ser superior a todo entendimiento que lo respalda, pero ¿te has imaginado que sería de esas personas (o de ti) si eso no fuese cierto? No el hecho de la inexistencia de semejante ser, sino de que nuestra creencia en su amor hacia nosotros estuviera equivocada. Deberían de ser las 10 de la mañana cuando Andrea despertó, un certero y cálido rayo de luz solar se infiltró por su ventana e hizo que su rostro formara una graciosa mueca. Miró su reloj, la posición de las manecillas le provocó un sobresalto y con un rápido movimiento se sentó sobre su cama, tardó un momento en recordar que era domingo y aliviada se dejó caer sobre su almohada nuevamente. Afuera, los pajarillos cantaban sobre los cableados del servicio eléctrico y podía escuchar como los hijos del vecino ya se habían levantado y jugaban en el patio, era el comienzo del típico domingo aburrido, igual de hermoso y soleado como siempre. La joven de cabello rizado se puso de pie y caminó al baño, mientras se lavaba los dientes podía oler el agradable aroma de los hot cakes que su mamá acostumbraba preparar para el desayuno los fines de semana. Una vez que estuvo lista bajó las escaleras y saludó a su madre, se sentaron en la mesa y comenzaron a platicar de lo que harían hoy, de que si visitarían esa tienda en la que vieron aquel lindo vestido, o de que si le comprarían a papá el perfume que vieron en aquel anuncio. En la sala contigua la televisión sintonizaba de fondo una noticia: Algunas desapariciones se habían dado en un país de medio oriente pero, a decir verdad, la televisión sólo estaba ahí como ruido de fondo, ese que uno desea oír cuando te encuentras haciendo el aseo o preparando el desayuno. Ambas mujeres se alistaron y cuando se disponían a salir oyeron un estruendo peculiar por sobre sus cabezas, a unos peligrosos mil metros de altura, un avión se precipitaba hacia el suelo a una velocidad de quizás ochocientos kilómetros por hora, madre e hija se tomaron de las manos y contemplaron absortas como la impresionante maquinaria se estrellaba de lleno contra el centro de su ciudad. Miguel, reportero delegado a cubrir el conflicto armado en la franja de Gaza, se encontraba desayunando en un pequeño puesto de comida en la ciudad de Ascalón en Israel, hacía ya media hora que le había pedido al mesero la cuenta pero este aún no llegaba, mientras esperaba leía el periódico. En los últimos meses habían ocurrido un par de catástrofes alrededor del mundo y eso hacía de la lectura del periódico algo más interesante; por ejemplo, un volcán en Ecuador había hecho erupción y había devorado un par de comunidades cercanas a él, provocando también una columna de cenizas que oscureció el Sol durante varias semanas; además, apenas unas semanas después, un terremoto destruyó parcialmente una ciudad en China llevándose muchas vidas bajo los escombros de los edificios; existía también otra noticia que tenía a las redes sociales llenas de grabaciones de teléfonos celulares, al parecer en distintas ciudades del globo se habían registrado casos en los que se oían estruendos provenientes de Dios sabe dónde, era un sonido parecido al de un tumulto de personas furiosas o de una orquesta que venía del cielo. De cualquier forma él tampoco estaba en un paraíso, la ciudad había estado bajo un terrible bombardeo por parte de las fuerzas del grupo Hamás desde hace varios meses, al parecer el ejército israelí había empujado lo suficiente a los rebeldes como para que Miguel pudiera darse el lujo de beber un café en la ciudad, sin embargo, algo a lo lejos captó su atención. A la distancia, a unas seis cuadras de su posición, un estrepitoso bullicio se acercaba velozmente, conforme la distancia entre el reportero y aquel desordenado grupo se reducía pudo reconocer un símbolo que hizo que la sangre en sus venas se congelara: la bandera de Hamás. El joven periodista corrió velozmente dentro del negocio de comida y buscó al mesero por todos lados, o al cocinero, o algún cliente pero… el lugar estaba vacío. Repentinamente escuchó el sonido de la puerta del lugar siendo abierta de una patada, seguido de una voz en un idioma que no entendía. Miguel sólo alcanzó a esconderse tras una alacena y juntando sus manos comenzó a rezar por su seguridad. Los rebeldes seguían avanzando por la ciudad, todos con un tremendo entusiasmo gritaban consignas y realizaban tiros al aire, la resistencia del ejército israelí había sido nula, ni uno solo de los enemigos se había presentado a la batalla, como si todos ellos hubieran huido. De cualquier forma la ciudad era suya y ya no había fuerza que los detuviera, tomaron como rehén a un reportero que se hallaba escondido solo en un restaurante y no se detuvieron hasta llegar al centro de la ciudad. Al llegar a la plaza central se encontraron con un sitio abandonado, era como si ellos ya hubiesen pasado por ahí, los autos estaban estáticos en medio de la calle y solo unas cuantas personas deambulaban por el lugar, con las manos en las cabezas, algunos lloraban y otros buscaban entre el desorden algún rostro familiar. El ruido de los motores de tanques y humvees era lo único que podía oírse a la distancia, ninguna de las personas que estaban ahí parecían israelíes. El líder de los insurrectos, un hombre de nombre Khaled, se apartó por un momento del festival de la victoria que sus aliados protagonizaban, el no entendía cómo era posible que el batallón israelí del que sus espías le habían alertado hubiera simplemente desaparecido. Khaled contactó por radio a sus homólogos en otras ciudades, todas habían caído ante el paso de los sublevados, más bien, todas habían sido abandonadas por las fuerzas militares del país, Jerusalén fue tomada sin disparar una sola bala. Era como si los judíos se hubieran desvanecido en el aire. Andrea y su madre permanecieron paralizadas frente a la puerta de su casa por un momento, se miraron a los rostros estupefactas, sin poder entender que era lo que había sucedido. No tuvieron más opción que regresar a su casa, seguían sin entender lo que sucedía pero una cosa era segura, esto cambiaría por completo los planes que tenían para el domingo. Cerraron todas las puertas con candado, Andrea subió a su cuarto para cerrar sus ventanas y a lo lejos pudo ver como el centro de su ciudad expelía gigantescas columnas de humo negro, su madre había encendido la televisión y preparó café, juntas observaron a través de la pantalla el caos que envolvía a su propia ciudad. Según el presentador de las noticias la aeronave accidentada era un avión comercial, había salido del aeropuerto Ben Gurión en Israel y tenía como destino el aeropuerto de su ciudad, aproximadamente unos quince minutos antes del impacto se perdió contacto total con los pilotos de la nave y ninguna señal de auxilio fue emitida, el avión impactó el suelo a una altísima velocidad que no fue reducida en ningún momento y no se habían reportado sobrevivientes. Surgieron teorías al respecto, se decía que quizás había sido un desperfecto en los motores de la aeronave, pero en las revisiones rutinarias no se había detectado ninguna anomalía, además de que en ningún momento se recibieron avisos de algún desperfecto por parte del piloto, este simplemente soltó los controles de la nave. Una de las teorías que comenzaba a vislumbrarse con mayor fuerza era la de un ataque terrorista, en ese mismo instante las noticias cambiaron bruscamente de tema como si la situación de la ciudad fuera tan solo un reporte del clima, aunque viéndolo de otra forma tal cambio tenía sentido: La nación de Israel había sucumbido esta mañana ante el asedio palestino, sin embargo, no habían rehenes, ni refugiados, ni siquiera una historia triste de algún israelí en un campo de concentración, de hecho no había israelíes. Nadie entendía nada, no había reporte alguno de emigraciones masivas desde la nación judía, tampoco existía un gobierno que diera declaraciones o pidiera ayuda internacional, ni siquiera había gente que ayudar puesto que en ese momento casi todos en Israel eran palestinos “liberados” por los insurgentes. Todo mundo estaba atónito, en cada país se reportaban desapariciones de por lo menos dos mil personas, y todas tenían algo en común, eran judíos o eran descendientes de ellos. Las embajadas de Israel en todos los países estaban vacías, salvo por los trabajadores de mantenimiento o secretarios que no pertenecían a la nación judía, pero nadie estaba capacitado o lo suficientemente seguro como para hacer declaraciones, nadie tenía la verdad absoluta. Pasados unos días la prensa internacional comenzó a indagar acerca de los últimos sucesos que se dieron en Oriente Medio, sin un gobierno oficial en Israel no había quien pudiera decir realmente que había sucedido ahí. Hasta el momento, los únicos que en verdad tenían algo para decir eran los nuevos gobernantes, un hombre llamado Khaled y su grupo de sublevados. Al principio pensaron en no decirle al mundo lo que sucedió, tenían planeado narrar la valentía de sus soldados al asediar Jerusalén y del gozo que les dio realizar sus festejos en el domo de la roca, pero la verdad es que nada de eso había sucedido, hacía una semana que no se había visto a ningún israelí y nadie se creería que todos estuvieran dentro de las fronteras del país. Se decidió decir la verdad, Khaled podría ser un hombre frío e implacable, pero en esta ocasión la incertidumbre lo abrumaba y su sed de respuestas era mayor que su orgullo. Se permitió el paso de una expedición internacional liderada (para variar) por los Estados Unidos e Inglaterra con el fin de investigar el caso, tardaron 2 meses en dar un veredicto final, pero sus resultados fueron contundentes: No toda Israel había desaparecido, tan sólo los judíos “puros”, aquellos de madre judía y que practicaban la religión. No existía una sola sinagoga que tuviera al menos un devoto dentro de sus muros. A un año de la desaparición de Israel ya no había más guerra en Medio Oriente, existía un clima de paz en la región y ya no se lanzaban misiles ni había bombardeos en la franja de Gaza, la gente salía de sus casas a reconstruir lo que la guerra destruyó. Se liberaron varios prisioneros, ya no existía la necesidad de mantenerlos cautivos y fueron entregados a sus respectivos países. Entre los liberados se encontraba Miguel el periodista, su estancia en la base de Hamás duró poco tiempo así que no se encontraba tan desnutrido ni enfermo como el resto de los rehenes, su embajada lo recibió y rápidamente se reintegró a su vida laboral como periodista de su agencia de noticias. Miguel tendría mucho trabajo, habían estado sucediendo bastantes cosas a un año de la desaparición de Israel y había mucho que contar. Los altos mandos de su empresa fueron informados de movimientos de fuerzas armadas a la cercanía de oriente medio, quizás en unos meses más los grupos militares de la zona se disputarían los territorios de la extinta Israel, principalmente su capital Jerusalén y los jefes de Miguel querían estar al tanto de la masacre que se avecinaba. En la ciudad de Andrea la gente se recuperaba de poco a poco, aquel accidente aéreo destruyó casi en su totalidad la zona comercial del centro urbano y junto con él desapareció la fuente de ingresos de muchas familias, pero la ayuda gubernamental e internacional no tardó en llegar y la economía comenzó a reactivarse. La familia de Andrea administraba un salón de belleza bastante rentable en la zona afectada que (como muchos otros negocios) fue destruido por el impacto, así que tuvieron que comenzar nuevamente. Deberían ser las diez de la mañana cuando Andrea caminaba por el centro de la ciudad, había comprado unas cosas en el supermercado e iba de regreso a casa, pasó cerca del memorial que el municipio construyó en honor a los fallecidos en el accidente de hace un año, y observó cómo se desarrollaba una ceremonia por la misma causa. Mucha gente había asistido, algunos lloraban y casi todos llevaban flores que depositaban en una placa con los nombres de los fallecidos grabados en ella. La joven no pudo evitar sentirse un poco mal, en especial porque conocía a muchas personas que perdieron su vida en el accidente, además gran parte de su vida la había pasado trabajando en el negocio familiar, que ahora no era más que una triste superficie plana de concreto. La luz del Sol atravesaba las nubes en forma de hermosos rayos que iluminaban a la multitud, mientras que el párroco de la ciudad daba unas palabras de aliento a las familias: - Hermanos, hoy se conmemora un año de los lamentables acontecimientos en los que perdimos a varios de nuestros conocidos, hermanos, padres y amigos. Hemos salido adelante y reconstruimos nuestras vidas, logramos sobrellevar las pérdidas y ahora somos una ciudad más fuerte, aun así recordamos a aquellos que perdimos y lloramos su partida de este mundo. Sin embargo, creo en Dios y sé que ellos están en un lugar mejor, en uno donde no existe el sufrimiento ni el dolor, donde no hay tristezas y las lágrimas no son necesarias. No estén tristes pues algún día estaremos con ellos, porque el señor así lo ha prometido, que seremos arrebatados en las nubes con aquellos que ya no están y juntos nos encontraremos con nuestro señor. Elevemos una oración al señor y pidamos por nuestr... Andrea estaba a punto de marcharse cuando un estrépito colmó el aire y todos los ojos apuntaron al cielo, las nubes se apartaron dejando un espacio entre ellas por el cual un brillante destello blanco emergía, era como si una estrella hubiese nacido por sobre sus cabezas. Se oyó un estruendo como de trompeta que castigó los oídos de los presentes. Andrea se tiró al suelo con las manos en la cabeza, tratando de proteger su lastimado sentido del oído, corrió y buscó refugio dentro de una tienda cercana. Al sonar la séptima trompeta la tierra se abrió y de ella comenzó a surgir un humo que oscureció el cielo, la gente gritaba y buscaba a sus familiares y amigos, mientras que Andrea se arrastraba por debajo de una mesa bastante asustada. Se podían escuchar los gritos de las personas allá afuera y un sonido como el de una colmena de abejas embravecidas. La joven estilista se levantó un poco y asomó la cabeza por fuera de su escondite para poder ver tan siquiera un poco de lo que sucedía afuera, pero no pudo dar crédito a lo que sus ojos le mostraron. Unos horrendos seres con apariencia de escorpión surcaban los cielos, en sus colas llevaban un enorme aguijón y sus alas emitían un fragor como el de mil caballos en estampida, sus rostros no tenían ningún parecido con el de ningún animal que ella conociera, por el contrario parecían rostros humanos, solo que estos no mostraban otra expresión que no fuera la de una furia implacable y una terrible demencia. Andrea pudo observar cómo estas horripilantes criaturas levantaban a las personas por los aires y se perdían entre las columnas de humo que aún emergían del suelo, solo para después dejar caer cuerpos inertes y pálidos con una terrible mueca de dolor en el rostro, retorciéndose en el suelo gimiendo pero aún vivos. La chica se llevó las manos a la boca para no dejar escapar ningún ruido que delatara su posición, pero estos seres tenían todo el tiempo del mundo para buscarla, no tardaron mucho tiempo en entrar a la tienda y llevarse a las primeras personas que encontraron. Andrea se escabulló como pudo por debajo de un anaquel y aterrada escuchaba los alaridos de terror de las personas que tenían la mala fortuna de estar ahí, podía oír como las delgadas y puntiagudas patas de esas bestias resbalaban sobre el piso de azulejo de la tienda, y como sus pasos se acercaban más a ella, repentinamente el mueble donde se refugiaba voló varios metros a la distancia y pudo ver frente a sus ojos uno de esos monstruos, la criatura la observó y lentamente acercó su espantoso rostro al de ella mientras siseaba como una serpiente. Andrea no pudo más, cubrió su cara con sus manos y entre llantos comenzó a rezar. El extraño ser se detuvo, no hizo sonido alguno, solo acercó su boca al oído de la joven y dijo: - Te has equivocado de Dios, querida. Miguel viajaba en una camioneta con el equipo de grabación hacia una zona al norte de la ciudad de Jerusalén, a una colina llamada Megido. Venían siguiendo desde hace unas semanas los movimientos militares de las fuerzas armadas de las Naciones Unidas, los constantes conflictos por los territorios anteriormente ocupados por Israel generaron inquietud en la comunidad internacional, así que casi todos los países habían enviado tropas para asegurar la paz del área. En toda su vida como reportero, Miguel jamás había visto un despliegue militar de semejante envergadura, no sería exagerado decir que en esa zona se encontraban las fuerzas armadas de casi todos los países del mundo, formados tan amenazadoramente que parecía que el fin del mundo se desencadenaría en cualquier instante. Sin embargo, los ejércitos no se encontraban ahí para guerrear entre ellos, asombrosamente parecía como si compartieran recursos tácticos, se veía que estaciones de combustible estadounidenses abastecían a tanques rusos, y pilotos norcoreanos comían y bebían en los campamentos ingleses, era como si un enemigo común los uniese. Incluso podía sentirse una especie de hermandad entre las personas reunidas ahí, por primera vez parecía que los gobiernos habían recordado que los países estaban conformados también por personas. Miguel consideró que aquel momento era perfecto para una fotografía, desenfundó su potente cámara fotográfica con un zoom de 50x y apuntó a un grupo de soldados que jugaban fútbol, pero algo más captó su atención, un grupo de figuras en el cielo que descendían a gran velocidad en dirección al campamento. Las sirenas del lugar se activaron y todos los hombres se apresuraron a sus puestos de batalla, todos los aviones disponibles despegaron y un enjambre de helicópteros dejó el suelo preparados para la que parecía la más épica de las batallas jamás libradas. No obstante, Miguel no estaba completamente seguro de lo que sucedía, si los ejércitos de casi todo el planeta se encontraban en ese árido páramo, ¿quién sería el demente que planeaba atacarlos? Ningún ojo, humano o animal estaría preparado para lo que los ojos de Miguel vieron aquella tarde. Cabalgando entre las nubes, blandiendo enormes y afiladas espadas, descendían cientos de miles de jinetes cubiertos de blancas vestiduras, estos pegaban clamores que dejaban al sonido de los motores de las máquinas de guerra como simples cantos de grillos. El reportero no tuvo tiempo ni de buscar refugio cuando la artillería antiaérea comenzó a desparramar fuego hacia el cielo. Miguel debería estar corriendo a unos cien metros de uno de los cañones, cuando escuchó un estallido y sintió como el aire a su alrededor se calentaba y expandía lanzándolo varios metros hacia adelante, varias flechas de al menos tres metros de largo cada una se encajaban en el suelo a una velocidad asombrosa, para luego estallar en una lluvia de fuego y muerte. En el aire, los aviones de combate luchaban con extrañas criaturas que parecían salidas de un cuento de hadas, los pilotos intercambiaban plomo por resplandecientes flechas, el fuego de su artillería lograba derribarlas pero, por cada una de esas bestias que caía tres aparecían para remplazarlas. Las manos de los pilotos de los modernos F-22 temblaban al pensar que combatían contra las fuerzas del mismísimo cielo, pero eso no evitaba que jalaran los gatillos de sus poderosas ametralladoras y enviaran a varios jinetes directo hacia el suelo. Jamás se llegó a pensar que la creación podría levantarse y luchar contra su creador, pero la tecnología y el ingenio habían puesto a la par a los humanos con los dioses. Abajo en el suelo, la infantería luchaba por acertar sus disparos contra los intrépidos guerreros a pie que los atacaban, eran unos gigantescos hombres de hermosa apariencia, pero también implacables luchadores que dejaban caer el peso de sus enormes espadas sobre los asustados soldados. Solamente las armas de mayor calibre parecían penetrar sus resplandecientes armaduras, y herir realmente a los resistentes guerreros celestiales, pero a pesar de su notoria superioridad física los soldados de las naciones ahí reunidas parecían poseer mejores estrategias de combate. Una voz se escuchó entre los cielos y la tierra tembló ante su potencia. - ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. - ¡Pero qué demonios está sucediendo!- exclamó Miguel aterrado por las palabras que oía, y no era una exageración, toda su vida había sido criado en una casa cristiana, fue bautizado, asistió a un colegio católico, realizó sus comuniones y todas las tradiciones que el amplio calendario religioso le marcaba. ¿Cómo era posible que él y toda la humanidad estuvieran condenados a la destrucción por el Dios en el que más de la mitad de la población creía y veneraba? Miguel se levantó, limpió el polvo de su rostro y tomó la videograbadora de las muertas manos de su camarógrafo, la enlazó con su cadena de noticias y comenzó a transmitir en vivo. - Buenas tardes amable audiencia, me encuentro en la región conocida como Megido, a 90km al norte de la ciudad de Israel. Tras de mí se está librando una batalla que definirá el futuro de nuestra existencia y afectará a cada uno de los seres vivientes de la Tierra. El ejército de los cielos ha descendido para borrar todo lo que alguna vez fuimos, cientos de miles de valientes hombres se encuentran batallando, dando sus vidas por sobrevivir a nuestra inminente destrucción. Créanme cuando les digo que estoy igual de asombrado que ustedes por lo que les estoy diciendo, ángeles y seres celestiales han atacado al campamento que las Naciones Unidas tenía en el área y una salvaje batalla ha comenzado. No puedo dejar de pensar en la relación entre estos sucesos y la desaparición de los judíos hace más de un año, me hace temblar la idea de que, al fin de cuentas, fue su pueblo escogido el único en ser llevado a los cielos, y que nosotros jamás formamos parte del mismo. Me siento engañado, y me destroza el alma pensar que hemos depositado nuestra confianza en nuestro verdadero verdugo... estábamos equivocados. La transmisión en vivo se podía ver en todas las pantallas del planeta, las familias se abrazaron y se consolaban, las madres soltaron los rosarios y escapularios, y todos miraron pasmados como una columna de luz devoraba el campamento a espaldas de Miguel. Pronto la señal se cortó y todo fue oscuridad. Había llegado el momento de luchar contra la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y hacerle frente a todas las aves que esperaban saciarse de las carnes de ellos. Autor: Eduardo Villavicencio Si has leído hasta acá te agradezco bastante, es el relato al que le he dedicado más tiempo. Si te gustó adradecería mucho que dejaras tus comentarios acerca de la historia, y si pudieras sería muy bueno que me apoyaras compartiéndola. Que tengas una excelente tarde.

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