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Usuario (Francia)
BATALLA DE ANGACO, LA MÁS SANGRIENTA ENTRE UNITARIOS Y FEDERALES. “La deserción sufrida por el ejército unitario compuesto de paisanaje federal arreado contra su voluntad, tomaba proporciones tremendas”, dice Quesada. Las Memorias de Lamadrid son expresivas: “Llegué el 22 a La Rioja habiendo sufrido la deserción de los cívicos de Tucumán; el batallón Libertad entre Catamarca y La Rioja también había sufrido una numerosa y los escuadrones de Salta alguna”. Deserción de la jineteada criolla del paisanaje federal. Lamadrid destaca a Acha con 900 hombres, los mejores del ejército, para adelantarse a San Juan y apoderarse de caballos y dinero. No obstante encontrarse rodeado de las fuerzas superiores de Aldao y Benavídez, Acha en un gesto de audacia entra en San Juan el 13 de agosto sin lucha (había intimado “Si se dispara un solo tiro, la guerra será a muerte”, y el prudente delegado Oyuela se retiró sin combatir). La entrada de Acha en San Juan fue singular; “el sepulcral silencio, cerradas las puertas y ventanas, daba a ese pequeño grupo, extenuado por las marchas forzosas, sin auxilio de ninguna clase, descalzo, hambriento, un aspecto verdaderamente desolador”, dice Larrain. No se amilana Acha: impone contribuciones bajo pena de muerte, requisa caballos, se apodera de alimentos y vestuario. Pero sus efectivos disminuyeron de 900 a 600 por la deserción. En San Juan no podía reponer las bajas porque no quedaba casi nadie. El general Mariano Acha entra a San Juan. Benavídez y Aldao van sobre Acha. Le habían dejado San Juan como una ratonera sin salida posible. Los federales tienen 2.000 hombres, Acha solamente 600 con dos cañones. El general unitario elige para la batalla el lugar de Angaco al norte de San Juan (que en los partes federales se llamaba “Albardón”) protegido por una acequia. Además de la defensa natural contra las cargas de caballería cuyana, que era la acequia, Aldao y Benavídez tenían la desventaja de llegar a Angaco después de una “travesía” sin agua de 30 leguas. En cambio, las tropas de Acha estaban descansadas y alimentadas. Cometieron el grave error de dar batalla en esas condiciones, convencidas que su superioridad arrollaría a los arrollaría a los adversarios. Angaco resulto una gran victoria a los unitarios; la única en toda la campaña. Acha la consiguió con apenas 500 hombres, porque los otros cien estaban esparcidos buscando ganado. Benavídez y Aldao se estrellaron contra la defensa de Acha y el tiro certero de sus dos cañones. Durante siete horas se aplastaron inútilmente contra el Albardón. Hubo entreveros de caballería e infantería; se combatió con fusiles, lanzas, piedras, hasta con las manos limpias. El general José Félix Aldao. “Aquella legión de demonios que capitaneaba el salvaje Acha”, como dice un jefe federal, quedó reducida a 280 hombres pero no se rendía. Su intrépido jefe debió cambiar tres veces de caballo porque le mataban el que montaba. Acabó dueño del campo. Aldao y Benavídez dejaron mil cadáveres y 157 prisioneros. Las pérdidas de Acha fueron insignificantes en proporción: 170 muertos. Como el jefe unitario no estaba en condiciones de perseguir, los federales pudieron salvar su parque. Croquis de la batalla de Angaco realizado por el general José María Paz. Poco le duraría el triunfo a Acha. De Angaco volvía a San Juan, sin saber que Benavídez estaba en la ciudad. Al acercarse, Benavídez lo atacó en la Chacarita (afueras de San Juan), el 18; pero Acha consiguió abrirse camino hasta el centro, refugiándose en la catedral, después de abandonar los prisioneros de Angaco y gran parte de las armas tomadas. En la torre de la catedral resistirá cuatro días, debiendo rendirse el 22 con los últimos cien hombres que le quedaban. General Nazario Benavídez Benavídez le hizo promesa de vida que desdichadamente no se cumplió. Al ser conducido a Buenos Aires, una partida de soldados de Aldao raptó al vencido, fusilándolo a orillas del Desaguadero el 15 de septiembre. Su cabeza fue puesta en un algarrobo. Se ha atribuido la orden a Pacheco o a Aldao (Benavídez protestó con vehemencia). Lo presumible es que a nadie –sino al carácter de esa guerra- se deba esa inmolación. Acha era odiado por los federales por haber entregado a Dorrego en 1828.

San Martín, la independencia del Perú y la esclavitud San Martín acariciaba hacía tiempo el sueño de entrar en Lima y terminar con el centro del despotismo español en América. Hacía dos años había dirigido una carta a los peruanos en las que les decía que estaba dispuesto a ingresar, dirigido por las autoridades de Chile y las Provincias Unidas, para defender la causa de la libertad. Así, en agosto de 1820 partió desde Valparaíso hacia el norte, con una escuadra de 24 buques y 4800 soldados. Luego de sucesivas victorias y alertando a todo el pueblo del Perú los motivos de su llegada, San Martín ingresó a Lima, donde miles de españoles mantenían todavía su influencia económica y política. Finalmente, el 28 de julio, el general nacido en Yapeyú proclamó la independencia del país del antiguo imperio inca. De inmediato se formó un gobierno independiente que nombró a San Martín su Protector, con plena autoridad civil y militar. A pesar del disgusto que le acarreaba dicha responsabilidad, lo habían convencido de que el peligro realista todavía no había desaparecido. Una de las primeras acciones del nuevo gobierno fue decretar la reforma del sistema de esclavitud, tendiente a eliminar dicha institución centenaria. Palabras de San Martín cuando proclamó la abolición de la esclavitud el 12 de agosto de 1821. “Cuando la humanidad ha sido altamente ultrajada y por largo tiempo violados sus derechos, es un grande acto de justicia, si no resarcirlos enteramente, al menos dar los primeros pasos al cumplimiento del más santo de todos los deberes. Una porción numerosa de nuestra especie ha sido hasta hoy mirada como un efecto permutable, y sujeto a los cálculos de un tráfico criminal: los hombres han comprado a los hombres, y no se han avergonzado de degradar la familia a que pertenecen, vendiéndose unos a otros. Las instituciones de los siglos bárbaros apoyadas con el curso de ellos, han establecido el derecho de propiedad en contravención al más augusto que la naturaleza ha concedido. Yo no trato, sin embargo, de atacar de un golpe este antiguo abuso: es preciso que el tiempo mismo que lo ha sancionado lo destruya: pero yo sería responsable a mi conciencia pública y a mis sentimientos privados, si no preparase para lo sucesivo esta piadosa reforma, conciliando por ahora el interés de los propietarios con el voto de la razón y de la naturaleza. Por tanto declaro lo siguiente: 1) Todos los hijos de esclavos que hayan nacido y nacieren en el territorio del Perú desde el 28 de julio del presente año en que se declaró la Independencia, comprendiéndose los departamentos que se hallen ocupados por las fuerzas enemigas y pertenecen a este Estado, serán libres y gozarán de los mismos derechos que el resto de los ciudadanos peruanos, con las modificaciones, que se expresarán en un reglamento separado. 2) Las partidas de bautismo de los nacidos serán un documento auténtico de la restitución de este derecho. Imprímase, publíquese y circúlese.”
En un nuevo aniversario de su “paso a la inmortalidad” la figura de Evita sigue vigente en la memoria de los argentinos y siempre será recordada como “la abanderada de los humildes”. Hoy se cumplen 63 años de la muerte de Eva Perón, la "abanderada de los humildes", una figura destacada en la historia argentina del Siglo XX. El fallecimiento se produjo el 26 de julio de 1952, a las 20:23, pero el comunicado oficial emitido por el gobierno fijó para la historia las 20:25 como el horario del deceso. La 'jefa espiritual de la Nación' había pasado a la inmortalidad. Murió como consecuencia de un cáncer, con tan sólo 33 años. link: https://www.youtube.com/watch?v=6PyWG3ygjfA Figura polémica de la historia argentina, supo ganarse la simpatía y el amor del pueblo justicialista pero también el rechazo de los opositores al gobierno del entonces presidente Perón. Había nacido el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, provincia de Buenos Aires. Hija de Juan Duarte y de Juana Ibarguren, fue la menor de cinco hermanos (Blanca, Elisa, Juan y Erminda). En su infancia mostró una fuerte inclinación artística que se tradujo en 10 años de actuación (1935-1945) con numerosas sesiones fotográficas, reportajes en revistas y actuaciones en teatro, radio y cine. En 1944, tras el terremoto en San Juan, se realizó un festival en el Luna Park a fin de asistir a las víctimas. Allí su encuentro con Juan Domingo Perón signó la vida de ambos. Luego Eva colaboró en la Secretaría de Trabajo y Previsión -de la que Perón era su titular-, fue militante del sindicato de artistas, a la vez que creó y presidió la Asociación Radial Argentina. Tras la liberación de Perón por los sucesos del 17 de octubre de 1945, la pareja se casó el 22 de octubre por civil y el 10 de diciembre por Iglesia en La Plata. Luego acompañó a Perón en la campaña presidencial, y cuando asumió en 1946 ella desarrolló una actividad inusual para las primeras damas, involucrándose en temas sociales y políticos. Al poco tiempo impulsó la ley 13010 de voto femenino que estableció los derechos cívicos de la mujer. link: https://www.youtube.com/watch?v=AstpW48AYl4 En 1948 creó la Fundación Eva Perón. Desde allí estuvo con los humildes e impulsó hospitales, escuelas, hogares de tránsito, hogares de ancianos, colonias de vacaciones, los campeonatos infantiles y estudiantiles, entre otras obras. El 22 de agosto de 1951 fue proclamada como candidata a vicepresidenta pero debido al progresivo debilitamiento de su propia salud y a presiones políticas, debió renunciar al cargo el 31 de agosto. El 26 de julio de 1952, a los 33 años, falleció víctima de cáncer. Sus restos fueron velados durante catorce días, en el marco de una ceremonia con honores de primer mandatario. Tras su muerte, el cuerpo sufrió secuestros y profanaciones hasta su descanso definitivo en el Cementerio de la Recoleta.
Se realiza la primera ejecución con guillotina a manos de Revolución Francesa (1792) La Revolución francesa es uno de los referentes inmortales para los progresistas de los dos últimos siglos. La romántica y arrebatadora imagen de la toma de la Bastilla o de las masas tomando las Tullerías se ha hecho dueña de conciencias y ha movido voluntades. No hay político de izquierdas que no se haya sentido heredero directos de aquellos gallardos revolucionarios franceses que hace más de doscientos años, a golpe de guillotina, acabaron con el Antiguo Régimen. Lo cierto es que la Revolución francesa tiene mucho de admirable, especialmente en su primera etapa. Esta fase moderada siguió en lo esencial un esquema revolucionario clásico y sus logros bien podrían estar a la altura de lo que los pioneros norteamericanos habían conseguido en las colonias británicas sublevadas. Sin embargo, pronto se pervirtió. En 1790, un año después de estallar la revuelta parisina, la situación se había estabilizado. Monarquía y Revolución habían llegado a una acuerdo por el cual la primera aceptaba las imposiciones de la segunda y ésta se legitimaba a través de la corona, que servía como engarce con el pasado. La fuga del monarca a Varennes fue la coartada perfecta para que los agitadores jacobinos hiciesen su agosto a costa del descontento popular. La cosecha de 1791 había sido escasa y el alza de precios que le siguió creó el caldo de cultivo adecuado para que las manifestaciones callejeras y los desmanes se propagasen como la pólvora. La Revolución, que venía incubando el virus jacobino desde los primeros días, dio el giro de tuerca definitivo y sus destinos quedaron en manos de una minoría. Siguiendo un diseño que, en revoluciones posteriores se demostraría tremendamente efectivo, los jacobinos se hicieron con todo el poder con la excusa de liquidar al "enemigo interior". El partido jacobino era el modelo de minoría autolegitimada y radical que utiliza el sistema para dinamitarlo desde dentro. Marat y Robespierre, sus más conspicuos líderes, una vez se sintieron fuertes acusaron a todos sus rivales políticos de ser contrarrevolucionarios y procedieron a su eliminación inmediata. Las purgas se sucedieron. En septiembre de 1792 mil doscientos prisioneros fueron ejecutados sin juicio. Era sólo el principio. Marat proclamaba desde las tribunas que la Revolución necesitaba 100.000 sacrificios en su altar para librarse del fantasma de la contrarrevolución. Meses después París se había convertido en un inmenso tribunal jacobino por el que desfilaron miles de inocentes ante una multitud enfervorecida. La revolución devorándose a sí misma. Robespierre instituyó un abstruso Comité de Seguridad que se hizo tristemente famoso por sus atropellos y por un celo homicida no conocido hasta la fecha. El asalto sobre la economía nacional no se hizo esperar. Conforme fue avanzando el proceso, los revolucionarios trataron de parchear sus desmanes con cada vez mayores interferencias en la economía. Un poder absoluto precisaba de un control también absoluto sobre las finanzas públicas. Recurrieron a prácticas como la emisión masiva de papel moneda que desató una inflación feroz y empobreció sin remedio a casi todos los franceses. Se expropiaron los bienes eclesiásticos en un postrer intento de dotar de capital a un Estado que lo devoraba todo. De nada sirvió. Conforme los abastos de las ciudades comenzaron a escasear los revolucionarios impusieron controles de precios que, en lugar de garantizar el abastecimiento, trajeron aún más escasez y dio lugar a que las transacciones más comunes se sumergiesen en el mercado negro. En 1794 la economía francesa estaba devastada y la población al borde del motín de subsistencia. Las alarmas se encendieron en toda Europa. La primera revolución liberal del continente había acabado ahogada en sangre, concluyeron muchos. Los partidarios del Antiguo Régimen y el absolutismo miraron con resquemor y desdén hacía Francia augurando el fin de la experiencia revolucionaria. Sin embargo, nada de esto había sucedido en Norteamérica, muy al contrario. Los colonos nunca habían puesto en entredicho la propiedad. El espíritu de la Revolución Americana, era, esencialmente, descentralizador y profundamente desconfiado del Estado. En Francia, algunos revolucionarios, los de la primera hora, lo compartieron, de hecho, al principio muchos veían en la caída del Antiguo Régimen el fin de la vieja burocracia y el ocaso no sólo de los privilegios estamentales, sino también de los abusos de la monarquía. En los recién nacidos Estados Unidos no se desafió ni al derecho natural ni, naturalmente, a la tradición. Paul Johnson asegura que la principal diferencia entre las revoluciones francesa y americana es el carácter religioso de la primera y el sesgo anticristiano de la segunda. En las colonias emancipadas el individuo se convirtió en el centro del quehacer político mientras que en Francia el nuevo Estado se arrogó la exclusiva de la moral y hasta de la vida íntima de sus sufridos súbditos. Mientras que la primera enmienda de la Constitución norteamericana, ratificada en 1791, garantizaba la libertad de culto y negaba la posibilidad de que la Unión se dotase de una confesión oficial, en el reino del terror de Robespierre y sus sans culottes el Estado invadió todas las esferas de la vida privada. Se impuso el uso del "tu" y se procuró erradicar el lenguaje formal por considerarlo las autoridades contrarrevolucionario. Los dialectos regionales fueron perseguidos y se promovió el uso exclusivo del francés como lengua de la revolución. El culto católico llegó incluso a ser abolido y reemplazado por una nueva deidad, la diosa razón, a la que se le llegó a dedicar la catedral de Notre Dame en una ceremonia grotesca, digna de un carnaval, en la que la divinidad era representada por una prostituta. Los desvaríos de los revolucionarios llegaron a todos los rincones, incluido el de la medición del tiempo. Robespierre inauguró una cronología revolucionaria destinada a regular la vida de todos los franceses. Los meses fueron rebautizados y la semana dejó de tener siete días. Todas las festividades tradicionales fueron eliminadas en el nuevo calendario. A cambio, los miembros de la Convención, establecieron cinco fiestas ideológicas. Y todo por evitar una supuesta contraofensiva revolucionaria y construir una sociedad que presumían perfecta. Los asesinatos políticos, la ruina económica y los extravíos en materia moral y social de los jacobinos condujeron a su irremediable final. La revolución volvió a transformarse en Saturno y tanto Robespierre como Marat fueron devorados por el monstruo que ellos mismos habían creado. En Norteamérica, sin embargo, los paladines de la rebelión contra los ingleses pasaron a formar parte del panteón político de la patria y hoy son justamente reconocidos como los Founding Fathers o Padres Fundadores. George Washington, símbolo vivo de la liberación, una vez conseguida la victoria, se retiró a su casa hasta que fue reclamado por el Congreso para presentarse a las primeras elecciones. A poco que se aplique una mirada juiciosa sobre el proceso revolucionario francés sus carencias y excesos saltan a la vista. La Revolución Francesa no fue la primera revolución liberal y, en todo caso, le cabe el dudoso orgullo de ser la primera vez en la que una minoría se hizo dueña absoluta del destino de millones de personas defendiendo un ideal radicalmente distinto del que aplicaba en la práctica. No es extraño que pensadores como Albert Mathiez considerase a la francesa la precursora de la revolución bolchevique en 1917, o que los socialistas del siglo XX viesen en ella el debut histórico de su pretendida lucha de clases. El resultado final de la Revolución francesa fue que, tras años de caos y luchas por el poder, un militar, Napoleón Bonaparte, se hiciese con el control del país y lo transformase en un imperio de talante tanto o más absoluto que la monarquía borbónica. Habría de pasar casi una centuria para que en Francia se consolidase el sistema republicano de corte liberal, inspirado en la democracia representativa, el respeto a la ley, la libre empresa y el gobierno limitado. Para entonces, para finales del siglo XIX, los Estados Unidos habían emprendido ya el camino que los llevaría a situarse como potencia hegemónica tras la primera guerra mundial. Hacia 1870, cuando París se despertaba de la traumática experiencia liberticida de la Comuna, Estados Unidos se extendía imparable hacia el oeste basándose en las misma ideas que profesaban sus fundadores, es decir, libertad, imperio de la ley y soberanía del individuo. La revolución francesa o, mejor dicho, las experiencias revolucionarias inspiradas en la Convención republicana, han cambiado el mundo ciertamente, pero para peor. La revolución americana y sus epígonos han contribuido, en cambio, a hacer de los países donde se han aplicado sus recetas, lugares más pacíficos, más prósperos y, sobre todo, más libres.

La Batalla de los Campos Catalaunicos La Batalla de los Campos Cataláunicos (también llamada Batalla de Ch"lons, o Batalla de Locus Mauriacus) enfrentó en el año 451 a una coalición romana liderada por el general Flavio Aecio y el rey visigodo Teodorico I contra la alianza de los hunos comandada por su rey Atila. Esta batalla fue la última operación a gran escala en el Imperio Romano de Occidente y la cumbre de la carrera de Aecio. Es considerada una de las batallas más importantes y decisivas de la Historia. Hacía medio siglo que el Imperio se había fraccionado en dos, y ahora había sendos emperadores: uno en el este y otro en el oeste. El Imperio de Occidente se encontraba sumamente debilitado, y los gobernantes "de facto" de una gran parte de la Galia eran los visigodos que décadas atrás se habían visto obligados a cruzar el Danubio por culpa precisamente de la presión huna, derrotando a los romanos en Adrianópolis, asolando los Balcanes, y saqueando Roma en el 410 En este contexto, las referencias a Atila habían llegado a todos los rincones de Europa. Algunos pueblos bárbaros enviaban emisarios con proposiciones de alianzas, mientras otros buscaban apoyo en el decadente Imperio Romano de Occidente. La cristiandad se había extendido por gran parte del continente; tanto el Imperio Romano de Oriente, como el de Occidente habían abandonado los antiguos cultos, al igual que diversos pueblos bárbaros que se habían romanizado y adquirido el cristianismo. Las noticias de los saqueos y la destrucción que había sufrido el Imperio de Oriente a manos de Atila habían llegado a Occidente. El temor a que los hunos se dirigieran al Imperio de Occidente era una realidad, los militares los temían, y el pueblo también. No obstante, el emperador de Occidente, Valentiniano III, había entablado negociaciones con Atila para destruir entre ambos el Reino visigodo de Tolosa, en la Galia. Atila llevaba un tiempo sopesando y midiendo el poder del Imperio Romano de Occidente, así como a los francos y visigodos que se habían apoderado de las tierras galas de los anteriores, y no tardó en decidirse a actuar con la primera excusa. En los últimos días del mes de junio del año 451 DC, o 1.204 "Ab Urbe Condita" (desde la fundación de la ciudad, en referencia a Roma), el ejército de Atila inició la invasión de las Galias, parece ser que con la excusa de reclamar la mitad del Imperio Romano de Occidente como dote por su pretendido matrimonio con Honoria, hermana del emperador occidental Valentiniano III, aunque sobre este extremo hay dudas acerca de su autenticidad. En cualquier caso, Atila y sus germanos recorrían hacía tiempo el norte de la Galia a sus anchas, al igual que el Imperio Oriental, que habían saqueado a su antojo y obligado a rendir tributo. Habían aprendido técnicas de asedio anteriormente, y habían asediado y saqueado Tournai, Cambrai, Amiens, Beuvais, Colonia, Mains, Traer, Metz y Reims. Lutecia (París) se había salvado in extremis, y ahora, Atila había concentrado sus tropas para asediar Aurelianum (Orleáns), ciudad fortificada que cerraba el paso del río Loira. Se dice que los hunos ya estaban sobre las murallas Orleáns cuando el ejército de Aecio apareció en el horizonte. Entonces Atila salió al encuentro del ejército enemigo para no verse sorprendido y acorralado frente a las murallas de la ciudad, y decidió enfrentarse a los romanos y sus aliados en campo abierto. Se replegó hacia el norte, a una llanura conocida como Campos Catalúnicos, o Chalons. Estableció una precaria fortificación para su campamento mediante la disposición de las carretas, y esperó la llegada de Aecio. Formaban sus tropas toda suerte de pueblos germanos aliados y vasallos, desde los Urales hasta el Rin. Atila contaba con una gran cantidad de los jinetes de las estepas que habían conformado su pueblo, así como una gran cantidad de infantería de los reinos que le habían rendido vasallaje, como los ostrogodos, gépidos, hérulos, turingios y muchos más. El ejército romano estaba comandado por el "magister militum" Flavio Aecio, apodado por los historiadores como "el último de los romanos" por sus denodados esfuerzos por defender un Imperio Occidental que se derrumbaba a pasos agigantados. Cuando el desafío de Atila llegó a la corte de Valeriano, éste envió a Flavio Aecio con la orden de detener a Atila en sus pretensiones. Porque, si Atila se apoderaba de la Galia y subyugaba a los germanos francos y visigodos, Italia sería lo único que le quedaría por conquistar, y sin más apoyos, perecería irremediablemente. Aecio reunió las pocas tropas romanas que pudo antes de marchar al norte: básicamente, auxiliares no profesionales. Roma no podía reunir las legiones de antaño. Los soldados que siguieron a Aecio eran ciudadanos, campesinos y artesanos, mal equipados y con precaria formación militar. Sin embargo, Aecio consiguió infundir en ellos el valor suficiente para enfrentarse al más poderoso enemigo de Roma. Sin embargo, Aecio sabía que no serían suficientes. Tenía muy claro que necesitaba la ayuda de otros enemigos de Roma: los reinos visigodo y franco, los únicos con poder militar efectivo, con fieros soldados, que Aecio conocía bien por haber luchado junto a él como federados. Por ello, el astuto Aecio se dirigió a la corte e Teodorico, rey visigodo del reino de Tolosa, para convencerle de que se aliara con él contra los hunos. Se dice que cuando Teodorico vio la ruina de ejército que comandaba Aecio, decidió que sería más seguro quedarse en casa y esperar a Atila en sus propias tierras. Sin embargo, Aecio no se rindió fácilmente. Buscó apoyo en un consejero de Teodorico, Avio, que finalmente convenció a Teodorico. Luego, Aecio y Teodorico marcharon hacia los francos. Como estaban en el camino de Atila, Meroveo, rey de los francos, fue más fácil de convencer. Además, Avio consiguió atraer también a las tribus alanas que en aquel momento se habían asentado entre los francos y los visigodos. Finalmente, toda aquella última alianza se puso en marcha para interceptar a Atila. Aecio, desde una colina, vio pasar todo el ejército hacia el norte, pensando que aquél era el último poder militar que quedaba en occidente. Finalmente, aquel día de junio del 451 d. de C. se encontraron en la llanura de Ch"lons los dos ejércitos. Los historiadores de la época hablan de que ambos bandos superaban el medio millón de hombres, pero esta cifra es seguramente exagerada y habría que reducirla, en términos realistas, a unos 30.000-50.000 por cada bando. Atila se encontraba entonces en una difícil posición, entre los visigodos de Turismundo y los romanos de Aecio; la colina defendida por los romanos había costado un gran número de vidas y a pesar de todo no había sido tomada, y ante la perspectiva de verse rodeado emprendió la huida hacia el círculo de carromatos que protegía su campamento, donde se refugió mientras los hunos no dejaban de disparar flechas desde su interior para defenderlo. Aquí se inicia un momento que ha creado no pocas especulaciones entre los historiadores. El caso es que en lugar de asestar el golpe final a los hunos y a Atila, que ordenó incluso preparar su pira funeraria para evitar ser cogido vivo, Aecio no atacó las posiciones defensivas de Atila y éste pudo, más tarde, retirarse más allá de la frontera del Rin. La opinión de Jordanes, historiador de la época que nuetros contemporáneos han hecho suya también, es que Aecio no quería romper el equilibrio de fuerzas existentes y pensó que aplastar a los hunos podría dar alas a los visigodos para expandirse por toda la Galia y amenazar la misma Roma. Pero no hay que olvidar que Jordanes, era visigodo. Es cierto que Aecio había hecho y desecho alianzas con varios pueblos germanos (especialmente los hunos) antes de la aparición de Atila, pero no parece claro que pudiese pensar en algún beneficio que reportase el permitir a Atila conservar su ejército (que de hecho al año siguiente invadió Italia), y tampoco podía tener muchos motivos para temer a los visigodos, que hasta entonces se habían asentado pacíficamente en la Aquitania como "foederati". Sí parece más probable que Turismundo, una vez repelido el ataque huno en el que se había visto envuelto, no respetase la alianza con los romanos que su hermano fallecido había sellado (al fin y al cabo él no la había firmado, y no tenía por qué estar de acuerdo con su hermano), y optase por regresar rápidamente a Tolosa para asegurar su puesto en el trono frente a las habituales luchas internas visigodas por el poder (como más adelante se vería). En definitiva, los visigodos abandonaron a sus aliados en pleno campo de batalla. Aecio actuó de la única forma posible, reducidas sus fuerzas a sus propios hombres (una sombra de lo que fueron las legiones de Augusto y Trajano), y con el peligro de sufrir una derrota atacando a un enemigo acorralado que le dejase libres las puertas de la Galia y de toda Italia. Aecio, Turismundo y Atila abandonaron el campo de batalla de Ch"lons dejando tras de sí tantos cadáveres, que según los contemporáneos las almas de los muertos siguieron luchando en el lugar durante varias noches y, durante generaciones, los campesinos de la zona siguieron desenterrando huesos y armas mientras labraban la tierra. Al año siguiente Atila lo intentó de nuevo invadiendo Italia, y sólo la superstición endémica del rey huno unida a la peste y la hambruna que amenazaba su ejército lo detuvo de seguir avanzando hacia Roma (la historia del encuentro entre Atila y el Papa Leon I fue un hecho circunstancial, posteriormente magnificado por la Iglesia). Atila murió al año siguiente en una orgía tras contraer matrimonio con la princesa goda Ildico, murió por una hemorragia nasal. Lo cierto es que el caudillo las sufría con cierta periodicidad, pero en aquella ocasión, ebrio, se durmió boca arriba y se ahogó en su propia sangre. La retirada de Atila y su muerte al año siguiente supusieron sendos reveses para la imagen de que gozaba Aecio ante Valentiniano III, que sospechaba que su mejor general tenía aspiraciones al trono imperial. Aecio había apostado desde el principio de la invasión de Italia por una solución militar a pesar de lo reducido de sus fuerzas, pero Valentiniano III prefirió permanecer a la defensiva y resistir desde Roma; con la muerte de Atila en 453 DC, el emperador occidental pensó que la habilidad negociadora y militar de Aecio ya no eran tan necesarias, ahora que había desaparecido el peligro de Atila. Por estas razones, y alentado por las habituales intrigas palaciegas, en el año 454 d. de C. Valentiniano III lo mandó llamar a palacio y él mismo asesinó le por sorpresa atravesándole con la espada imperial. Al año siguiente, dos antiguos oficiales de Aecio asesinaron al emperador durante un desfile, seguramente a instancias del influyente y rico senador romano Petronio Máximo, que aspiraba al trono. Poco despues, Roma caería para siempre a manos del vándalo Genserico, que invadió y saqueó Roma consiguiendo un sustancial botín.

A 48 años de la muerte de Ernesto Che Guevara su legado sigue vivo, en su momento fue considerado el guerrillero más peligroso, y es que sus ideales iban acorde con las necesidades y frustraciones de miles de personas en cuba y el mundo entero. Hoy lo recordamos con un supuesto de lo que hubiera pasado si siguiera vivo: La Revolución se hubiera expendido por toda América Latina apoyando movimientos insurreccionales y armados en cada país, como el movimiento de 1968 en México. Hubiera intentado convencer a Fidel Castro de tener elecciones presidenciales y dar a Cuba un gobierno democrático. Todos los días la gente se arregla el cabello, ¿por qué no el corazón?" Seguiría criticando el imperialismo norteamericano ante organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional. Cuba hubiera llegado a ser una potencia industrial a nivel mundial. Pudo publicar más libros sobre movimientos sociales, critica a gobiernos latinoamericanos y cómo se necesita de condiciones sociales para un cambio. Prefiero morir de pie, a vivir arrodillado Se hubiera deprimido por la falta de apoyo al Ejército de Liberación Nacional en Bolivia, así que vendría a México a escribir y ahora su casa sería un museo. En algún momento habría hecho ‘las pases’ con los hermanos Castro. Desmentiría cada semana la muerte de Fidel Castro haciendo declaraciones como "ayer hablé con Fidel..." Hubiera tenido reuniones con Hugo Chávez y todos serían amigos... o por lo menos se llevarían bien. Ahora viviría en una Cuba más libre, democrática e industrializada. El manejaría su cuenta de Twitter Che_Guevara. Seamos realistas y hagamos lo imposible

Antes de la llegada de los conquistadores españoles en 1492 se estima que existían unos 80 millones de habitantes en América . Se estima que en el siglo XVI los españoles y los portugueses consiguieron sin cámaras de gas ni bombas hacer desaparecer entre sesenta y ciento cincuenta millones de indígenas en América latina. Desde 2006, cada 27 de de enero se lleva a cabo el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Y aunque hoy sólo se recuerde a las víctimas de la llamada 'solución final', en la historia de la humanidad ha habido otros casos de genocidio, actos atroces perpetrados con la intención de destruir a un grupo por motivos étnicos o religiosos. Según corrientes indigenistas, sobre todo de la escuela de Berkeley, la cifra es de entre 90 a 112 millones de indígenas. No obstante, nuevas ponderaciones hacen suponer en el presente que en América existían unos 80 millones de habitantes antes de la invasión en 1492. De esta cantidad, las tres cuartas partes (unos 65 millones), corresponderían al territorio que luego fue Hispanoamérica. Sus grandes centros poblacionales eran el Imperio Inca, con cerca de 30 millones, y el Mexica con unos 20. " América debe callar, pero no calla, no callamos, renunciamos al silencio y reclamamos la verdad" Se estima que hacia el año 1.700, siglo y medio después, este total se había reducido de manera dramática a cinco millones; lo que representa la desaparición de 60 millones de indígenas "masacrados" por el imperio español, unos 400 mil cada año. Estas cifras se pueden comparar con el número de muertos resultado de la segunda Guerra Mundial. De esta conflagración tampoco se tienen cifras exactas en cuanto a los decesos. El "método de guerra de los conquistadores" El catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona, Antonio Espino López, explica que las "masacres, asesinatos, amputaciones de manos y pies, heridas curadas con aceite hirviendo, violaciones… semejantes crímenes parecen sacados de una mente perturbada". "Esto era el día a día en las batallas que tuvieron lugar durante la conquista de América . Un periodo de nuestra historia que tiende a mitificarse obviando sus pasajes más oscuros", asegura el también especialista, en Historia Militar. Espino López da en su libro La Conquista de América , una revisión crítica, donde se sirve de los testimonios dejados en las numerosas crónicas de Indias para describir con precisión las armas, tácticas, batallas y sangrientas prácticas que 'héroes' como el español, Hernán Cortés llevaron a cabo. El caso de Tóxcatl La Matanza de Tóxcatl llevada ejecutada el 20 de mayo de 1520, bajo la dirección de Pedro de Alvarado, capitán español subordinado de Hernán Cortes, ha de tomarse como referencia para recordar el día del holocausto de los pueblos indígenas de América . Las razones que presentan los defensores de la corrientes indígenas, es que esta matanza estuvo dirigida a acabar con la élite indígena que podía resistir en México la invasión española. Dicha masacre dio origen a la llamada por los españoles “Noche triste”, noche en la cual los españoles sufrieron una dura derrota proporcionada por los mexicas como reacción entre otras muchas cosas a la matanza de Tóxcalt. La tercera razón es que dicha matanza esta bien documentada y su fecha es fácil de establecer.
La batalla de Tucumán del 24 de septiembre de 1812 es uno de los hechos más extraordinarios de la historia argentina. Tiene, para la causa de la Revolución una importancia y una trascendencia excepcionales. Es el primer acto del triunfo argentino del norte, del cual, el segundo es la batalla de Salta. Las batallas de Tucumán y Salta son las únicas de carácter campal libradas contra los españoles en el suelo argentino. Lo que cuenta el General José María Paz de Manuel Belgrano, en su retirada del norte, después de hacerse cargo de los restos del ejército patrio derrotado en el Desaguadero, es admirable. Se retiraba éste de Jujuy, hacia fines de agosto de 1812, en dirección a Tucumán. Comandaba un ejército de apenas 1.500 hombres, casi desorganizado y de todo desprovisto. Venía en su persecución muy cerca, el general Tristán, destacado por Goyeneche, con un ejército bien pertrechado y armado, de más de 3.000 hombres. Avanzadas del ejército español venían hostigando peligrosamente la retaguardia del nuestro. Y a pesar de todo, según dice Paz, el general Belgrano se mantenía como siempre, sereno y valeroso y con su palabra y con su ejemplo logró que sus soldados no entren en pánico. Porque eran en circunstancias como ésas, adversas, cuando se mostraba él en su verdadera estatura moral, según Paz, "jamás desesperó de la salud de la patria, mirando con la más marcada aversión a los que opinaban tristemente" sobre ella. En cuanto a su valor en las campañas, refiere Paz: "era siempre en el sentido de avanzar sobre el enemigo, de perseguirlo; o si era éste el que avanzaba, de hacer alto y rechazarlo". Un valor muy distinto del intrépido valor de un granadero al estilo Aráoz de Lamadrid. Ese valor contagiado a sus tropas, impulsó a los soldados para arrancar el triunfo en la acción de Las Piedras, que el 3 de septiembre libró contra avanzadas españolas del coronel Huici. Esta acción levantó la moral de la tropa. El 27 de febrero de ese mismo año el Triunvirato, había ordenado a Belgrano lo siguiente: "Si la superioridad de las fuerzas de Goyeneche le hicieron dueño de Salta, y sucesivamente emprendiese, como es de inferir, la ocupación del Tucumán, tomará V.S. anticipadas disposiciones para trasplantar a Córdoba la fábrica de fusiles que se halla en aquel punto, como la artillería, tropa y demás concerniente a su ejército". Pero Belgrano, no estaba dispuesto a cumplir tal orden sin lógica y sin entereza, cuyo cumplimiento tendría consecuencias desastrosas. Pues en ella no se autorizaba a Belgrano a empeñar ningún combate. ¿ Cómo iba a saber de la superioridad de las fuerzas invasoras sin medirse con ellas? ¿Tan sólo por el número de sus hombres y sus armas? Ya que la superioridad de un ejército no está sólo en el número: está en su valor y en su moral sostenida en la convicción. Y porque esas fuerzas se adueñasen de Salta, ¿ya no podíamos impedir que ellas ocuparan Tucumán? Todo esto era ilógico y además cobarde. El Triunvirato disponía que por el solo hecho de emprender los españoles la ocupación de Tucumán, Belgrano debía desmantelar, desguarnecer y abandonar enteramente esta plaza, para ir a establecerse en Córdoba. ¡Y Tucumán y Santiago quedarían inermes, como un regalo para los invasores, por la sola razón de haberse adueñado de Salta! Pero, ¿dónde y hasta cuándo estaría Belgrano esperando que éstos emprendiesen la ocupación de Tucumán? Véase, pues, con esto, lo que significaba cumplir ciegamente con semejante nota del gobierno central. Después de la acción de Las Piedras Belgrano, ya decidido a la desobediencia, escribía al Triunvirato: "V. E. debe persuadirse que cuanto más nos alejemos, más difícil ha de ser recuperar lo perdido, y también más trabajoso contener la tropa para sostener la retirada con honor, y no exponernos a una total dispersión y pérdida de esto que se llama ejército; pues debe saber cuánto cuesta y debe costar hacer una retirada con gente bisoña en la mayor parte, hostilizada por el enemigo con dos días de diferencia". Pero el gobierno, siguió insistiendo sobre la necesidad y la urgencia de que Belgrano se retirase hasta Córdoba. Belgrano, desde el río Salí, comunica, que contando con el pueblo ya estaba decidido a presentar batalla, el Triunvirato insiste, en nota del día 25 (al siguiente de la acción), que debía retirarse pese a todo, y rápidamente, "aún cuando en el ataque que esperaba del enemigo se declarase la fortuna por sus armas, pues lo que importaba era salvar la división". Lo cual ya era el colmo. Pues, ¿cómo se podía concebir que Belgrano, triunfante en Tucumán, se retirase a Córdoba dejando aquí en el campo al enemigo derrotado? Lo único que podría explicar, pero no justificar, tal actitud del Triunvirato, estaba con pánico, y sólo atinaba a salvar la Capital y su gobierno y poco le importaba la pérdida de nuestras ciudades del norte. ¡Lindo Triunvirato! Con todo esto se agranda la figura moral de Belgrano, que en esta campaña, de inminente peligro para nuestra patria, no sólo tuvo que pelear con las fuerzas de los españoles sino con las órdenes del gobierno. Tan funestas y contrarias al éxito eran unas como otras. Preparativos del Ejército del Norte En su retirada Belgrano llegó a la casa de Yatasto, dejó el camino y torciendo a la izquierda tomó por el viejo camino de Burruyacu que era el de las carretas, el cual podía llevar a Santiago sin tocar esta ciudad. El coronel Toranzo, en una conferencia de 1918, explica los motivos en lo que él llama "consecuencias favorables", de esa táctica de Belgrano, "para el éxito de nuestra causa"; y que son las siguientes: "Engañó a Tristán, que creyó... que Belgrano abandonaba Tucumán"; con lo cual, orgulloso y confiado, "descuidó las más elementales precauciones de orden militar"; dando así lugar a la captura en Trancas "del imprudente Huici". "Hizo creer a los hombres de Tucumán que, siguiendo las instrucciones del gobierno se retiraría por Santiago sin defender su capital, con lo cual ponía a prueba y sondeaba en modo contundente su patriotismo y decisión". "Se puso en condiciones de exigir a los patriotas tucumanos los mayores sacrificios, en refuerzos de toda naturaleza para su ejército". "El ejército enemigo perdió el contacto inmediato con el suyo". Y al ocurrir todo esto, tal cual Belgrano lo previera, su táctica del cambio de rumbo demuestra su "talento preclaro", según la expresión del coronel Toranzo. Lo que prueba que en esta campaña Belgrano, era ya un experto militar. Después de pasar por el poblado de Burruyacu, Belgrano se detuvo con sus tropas en La Encrucijada, inmediato a La Ramada, por lo tanto ya cerca de Tucumán. Y desde allí, según cuenta él mismo, envió a ésta a Juan Ramón Balcarce, "dándole las más amplias facultades para promover la reunión de gente y armas y estimular al vecindario a la defensa". Balcarce expuso a los vecinos principales la situación apremiante; publicó un bando, y se dio a juntar armas y a dirigir el alistamiento militar de gente. El vecindario tucumano le respondió con entusiasmo. Se reunió el Cabildo en sesión pública y se resolvió enviarle a Belgrano una diputación, para persuadirlo a quedarse en Tucumán y, con el más amplio concurso de este pueblo, organizar la defensa y presentar combate al invasor. La diputación llegó al campamento de Belgrano y le expuso su embajada. Este se hizo de rogar, como es lógico. Y siendo el primer convencido de que debía hacer pie en Tucumán, parecía que no se dejaba convencer. Hasta que habiéndole prometido todo lo que él quería, dijo que iba a quedarse. Había pedido dinero y gente en cantidad muy apreciable, y le ofrecieron y le dieron el doble. Con esto Belgrano siguió con su tropa hacia Tucumán. Y ya casi a sus puertas, el 12 de septiembre, desde el río Salí comunicó al gobierno central su decisión con estas palabras: "Son muy apuradas las circunstancias y no hallo otro medio que exponerme a una nueva lección: los enemigos vienen siguiéndonos. El trabajo es muy grande; si me retiro y me cargan, todo se pierde, y con ello nuestro total crédito. La gente de esta jurisdicción se ha decidido a sacrificarse con nosotros, si se trata de defenderla, y de no, no nos seguirá y lo abandonará todo; pienso aprovecharme de su espíritu público y energía para contener al enemigo, si me es dable, o para ganar tiempo a fin de que se salve cuanto pertenece al Estado. Cualquiera de los dos objetos que consiga es un triunfo, y no hay otro arbitrio que exponerse. Acaso la suerte de la guerra nos sea favorable, animados como están los soldados y deseosos de distinguirse en una nueva acción. Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos que son obra del cielo, que tal vez empieza a protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos, con la esperanza de hacer tremolar sus banderas en esa Capital".... Enviada esta nota, Belgrano entró en la ciudad y se dedicó febrilmente a organizar la defensa y preparar sus tropas. Esperaba contar sólo con dos o tres días para sus preparativos militares. Pero el general Tristán creyó, al parecer, que Belgrano, al tomar una ruta desviada, se iba poco menos que huyendo, sin tocar Tucumán, en dirección a Córdoba, así, con su ejército, ya no tenía apuro en su avance sobre Tucumán y se demoró en Metán. Con lo cual Belgrano dispuso, por suerte, en vez de dos, de doce días, para el adiestramiento y la organización de sus tropas. El plan del general Belgrano, como dice Mitre, consistía en "esperar al enemigo fuera de la ciudad, apoyando su espalda en ella", y después, "en caso de contraste, encerrarse en la plaza". Para lo cual, cuenta Paz que en ella "se fosearon las bocacalles y se colocó la artillería" que no iba a llevarse a la acción. Llegaron, aunque reducidos, contingentes de Catamarca y Santiago. Y así se formaron los cuerpos de caballería, llamados Decididos, de nuestras provincias del norte; los cuales eran adiestrados a diario y se equipaban como ellos podían. Careciendo hasta de armas, no digamos de uniformes, muchos soldados de éstos tuvieron que improvisar hasta sus lanzas con cuchillos enastados en palos y tacuaras. Y de casi todos era el arreo gaucho de todos los días: el puñal en la cintura, y en algunos las boleadoras, y en la montura de sus caballos, el lazo a los tientos y los guardamontes adelante. La batalla El ejército español que había dejado Metán, seguía por el camino de la posta y avanzaba confiado sobre Tucumán. Pero al entrar en su jurisdicción empezaron las sorpresas, siendo la más amarga, la captura del coronel Huici, el más jactancioso y audaz de los jefes españoles y el perseguidor más tenaz del ejército criollo. Huici, con su vanguardia, llegó al pueblo de Trancas y, adelantándose con dos compañeros (uno de ellos capellán), desmontaron frente a una casa donde había gente. Pero fueron vistos por la partida gaucha del capitán Esteban Figueroa, la cual rápidamente se acercó, los tomó y haciéndolos montar, cuando estaba llegando la columna enemiga, se escapó con ellos a toda la furia de sus parejeros. Los persiguieron tenazmente, sin poder darles alcance. Y a media noche de ese mismo día la partida hacía entrega a Belgrano de sus prisioneros. Las otras sorpresas del ejército invasor fueron el vacío y el silencio que hallaron a todo lo largo del camino. Y lo peor fueron las partidas criollas que, de todos lados, los venían hostigando a toda hora. Y así, hasta el 23 de septiembre, en que al llegar a Los Nogales y avistar ya nuestra ciudad, el general Tristán tuvo la máxima sorpresa: que Belgrano y su ejército lo esperaban junto a ella, listos a darle batalla. En la mañana del 24 de septiembre, el general Tristán con su ejército, desde Los Nogales, marchó en dirección de la ciudad. Pero al llegar a Los Pocitos, el oficial de Dragones, Gregorio Aráoz de Lamadrid, que salió con algunos de ellos a su reconocimiento, prendió fuego a los campos del frente, y el incendio, con el viento del sur, corriendo en temibles llamaradas hacia el ejército enemigo, lo desordenó, y lo hizo virar hacia el oeste hasta dar con el viejo camino del Perú, por donde siguió. Pasando a una legua de la ciudad de Tucumán, fue a detenerse y dar el frente a ésta en el lugar del Manantial. Se ha dicho que ésta fue táctica envolvente del general Tristán para cortar a Belgrano su retirada por el sur. Pero no hubo más táctica envolvente que en su contra y fue la del incendio. Belgrano con su ejército, que daba frente al norte, tuvo que contramarchar para ir a situarse en el Campo de las Carreras (por el sitio de la actual Plaza Belgrano), cerca y de cara al enemigo. Lo cual fue para éste una nueva sorpresa. El ejército español era de unos 4.000 hombres; el argentino de 2.000. Nuestras tropas de caballería cubrían las alas de este ejército, estando a la derecha mandada por Juan Ramón Balcarce, y apoyada por una sección de Dragones y la caballería gaucha de los tucumanos, que era la más entusiasta y de mayores bríos. En esta situación, esa mañana empezó la batalla. Dice un actor del drama y técnico militar como el General Paz, que "es el de Tucumán uno de los combates más difíciles de describirse, no obstante el corto número de los combatientes"... "Que la izquierda y centro enemigos fueron arrollados; nuestra izquierda fue rechazada y perdió terreno en desorden, en términos que el comandante Superí estaba prisionero por una partida enemiga, que luego tuvo que ceder a otra nuestra que la batió y lo represó. El enemigo, por consecuencia del diverso resultado del combate en sus dos alas, se vio fraccionado, a lo que se siguió una gran confusión"... que después hubo, en uno y otro bando, una gran confusión. Del punto de vista estrictamente militar, la batalla se reduce a lo que refiere Paz. Porque lo que sigue, y que acaba en victoria, ya es obra de la conjunción de distintos factores, diversos a la acción estrictamente militar: religiosos, populares, psicológicos, naturales y hasta puramente elementales. Cuenta el tucumano don Marcelino de la Rosa, a quien se lo contaron actores del drama, que a mitad de la batalla ocurrió de pronto algo que nunca habían visto los soldados enemigos del Alto Perú, y que, por lo mismo, contribuyó a desbandarlos y a llevarles el pánico. Fue un gran ventarrón, que llegó desatado y furioso del sur. Dice el señor De la Rosa: "El ruido horrísono que hacía el viento en los bosques de la sierra y en los montes y árboles inmediatos, la densa nube de polvo y una manga de langostas, que arrastraba, cubriendo el cielo y oscureciendo el día, daban a la escena un aspecto terrorífico". Porque millares de langostas, escapando del viento, al largarse en picada hacia tierra hacían fuertes y secos impactos en pechos y caras de los combatientes. Y si los mismos criollos, que las conocían, al sentir esos golpes, según Paz, se creyeron "heridos de bala", es de imaginar el espanto de los altoperuanos, o cuicos, al sentir en sus cuerpos tal granizada de balazos, que no eran sino langostazos. Otro factor de los más decisivos, para el triunfo, es la acción de la caballería gaucha, tucumana en su mayor parte, del ala derecha. Esta llevó su carga, o mejor dicho, su gran atropellada sobre el enemigo, de un modo formidable. Con las lanzas en ristre, a toda la furia de su caballada, haciendo sonar sus guardamontes y dando alaridos, cargaron estos gauchos lo mismo que una tromba. Y nada pudo oponerle el enemigo a su paso. La caballería enemiga de Tarija, al verlos llegar, se asustó, y huyó. Ni la infantería española pudo contenerlos; pasaron por encima y, cuando se dio cuenta, los encontró a su retaguardia. Por lo tanto, atravesaron de parte a parte el ejército enemigo como si fuera un matorral: se fueron hasta el fondo, hasta donde estaban los bagajes y con ellos las mulas cargadas de oro y plata y de ricos equipajes del ejército real. ¿Y qué hicieron entonces? Se dispersaron para dedicarse a despojar de todo eso a los enemigos. La caballería gaucha había sido improvisada, en días anteriores, y en su mayor parte era de hombres del campo, tan pobres como toscos. Y así, después de cumplir con su deber, cuando ellos dieron con aquellas riquezas de los enemigos, creyeron que tenían derecho a tomarlas. Y para tomarlas tenían que romper la formación. Para nuestros gauchos esas riquezas eran su botín. Finalmente, quizá el haber quedado el ejército realista sin plata ni equipaje en tierra enemiga y hostil, contribuyó a acobardarlo y a pensar en que era este otro motivo mas para retirarse. El general Belgrano, con otros oficiales, fue arrastrado, o empujado por el desbande de la caballería santiagueña posiblemente mal mandada, fuera del campo de batalla hasta cerca del Rincón, por Santa Bárbara. El general Tristán, replegado sobre el Manantial con una columna que salvó, trataba de reunir los contingentes dispersos. Mientras que la infantería patriota quedó dueña del campo de batalla, pero, viéndose sola, se replegó sobre la ciudad y entró en ella para acantonarse, y preparar desde allí su defensa bajo el mando del coronel Eustaquio Díaz Vélez; a todo esto, Tristán con el resto de su ejército llegó hasta las goteras de Tucumán, donde se estacionó como sitiándola; y Belgrano, acompañado del coronel Moldes y algunos soldados, se vino hasta el Rincón, donde estaba indeciso, sin saber del resultado final de la acción. Y en esta situación Paz, como cuenta en sus Memorias, se encuentra con Belgrano, relata de su entrada en la ciudad y lo anoticia de que en ella se hallaba fuerte toda su infantería, con lo que Belgrano, sabiendo ya del triunfo de la caballería tucumana, vio que la batalla se había decidido en su favor. Esa tarde y en todo el día 25 es notable la inacción o mejor el marasmo de Tristán y sus tropas. Las razones debieron ser varias; es una principal, el haberse perdido su parque y estar sin municiones. Otra pudo ser el espíritu ya acobardado de los soldados españoles, también por diversos motivos; no siendo uno de los menores, en nuestro entender, el miedo que les infundieron los gauchos: por lo que hicieron y por lo que hacían; estos, después de su carga y dispersión, andaban en partidas por el campo y sus alrededores, dedicados a una prolija y metódica limpieza de enemigos sueltos. Ignorante de las fuerzas que salvara Belgrano, el general Tristán no sabía qué hacer. Pero, en la tarde del día 25 se convenció de que no tomaría la ciudad, vio que era amenazado de afuera por columnas patriotas que entorno de Belgrano se irían engrosando, se dio por vencido. Y esa misma noche emprendió la retirada en dirección a Salta. De la batalla de Tucumán ha dicho, el historiador Vicente Fidel López que fue "la más criolla de todas cuantas batallas se han dado en el territorio argentino". Y eso es, para él, "lo que la hace digna de ser estudiada con esmero por los oficiales aplicados a penetrar en las combinaciones con que cada país puede y debe contribuir de lo propio a la resolución de los problemas de la guerra". Sobre su trascendencia, Mitre ha expresado..." Lo que hace más gloriosa esta batalla fue no tanto el heroísmo de las tropas y la resolución de su general, cuanto la inmensa influencia que tuvo en los destinos de la revolución americana. En Tucumán salvóse no sólo la revolución argentina, sino que puede decirse contribuyó de una manera muy directa y eficaz al triunfo de la independencia americana. Si Belgrano, obedeciendo las órdenes del gobierno, se retira (o si no se gana la batalla), las provincias del Norte se pierden para siempre, como se perdió el Alto Perú para la República Argentina". Consecuencias de la batalla En Tucumán se salvó la revolución argentina; asimismo el triunfo ayudó de manera directa y eficaz al triunfo de la independencia americana. Si Belgrano hubiese obedecido las órdenes del Gobierno y se retira, las provincias del Norte se hubieran perdido, del mismo en que se perdió el Alto Perú para la República Argentina. El enemigo dominando Jujuy, Salta y Tucumán, podría haber levantado un ejército mayor que el que podía oponérsele y remontado su caballería. Derrotado el ejército patriota, el camino hasta Santa Fe quedaba libre. Luego, reforzado por Goyeneche que podía disponer de 2000 hombres más, habría puesto en campaña un ejército de seis a siete mil hombres, extendiendo sus conquistas hasta Córdoba. Con las provincias completamente desmoralizadas, las fuerzas revolucionarias reconcentradas sobre la margen occidental del Paraná (según las órdenes del gobierno, que ya habían empezado a ejecutarse), se hubieran visto obligadas a abandonar la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Misiones, y con la perspectiva de una nueva derrota. Probablemente Buenos Aires hubiera puesto en campaña un ejército igual o mayor que el de Goyeneche; pero éste, con el auxilio de la plaza de Montevideo, con el dominio de las aguas le era fácil desembarcar de 1000 a 1500 hombres en cualquier punto del Paraná, podía hacerse fuerte en Santa Fe, y circunscribir la revolución al solo territorio de Buenos Aires. En tal situación los portugueses hubiesen roto el armisticio, cooperando con Goyeneche. Con sus comunicaciones con las provincias argentinas cortadas, Chile habría sucumbido aislado, como sucumbió en 1814 en condiciones más ventajosas. Bien que la emancipación del Nuevo Mundo fuera un hecho fatal, que tenía que cumplirse más tarde o más temprano, no puede desconocerse que, derrotado el ejército patriota en Tucumán, la revolución argentina quedaba en grave peligro de ser sofocada por el momento, o por lo menos reducida a los estrechos límites de una provincia, privada de aquel gran poder de expansión que le hizo llevar sus banderas victoriosas hasta el Ecuador, dando origen a cuatro nuevas repúblicas, que sin su concurso habrían continuado por largos años bajo la espada española. Y si todas las revoluciones de la América del Sur fueron sofocadas casi a un mismo tiempo (1814-1815), menos la de las Provincias Unidas; y se medita que, sofocada o circunscrita la revolución argentina y paralizada en su acción externa, las expediciones sobre Montevideo, Chile, Lima, Alto Perú y Quito no habrían tenido lugar, debemos concluir que en los campos de Tucumán se salvó no sólo la revolución argentina, sino que se aceleró, si es que no se salvó en ellos, la independencia de la América del Sur. Se ve que Belgrano hizo bien en desobedecer las órdenes de retirada y arriesgar una batalla de dudoso resultado, puesto que el triunfo era la salvación, y la retirada importaba tanto como la derrota oscura de quien sucumbe sin combatir. El general vencedor tenía la conciencia de todo esto, cuando a los dos días de la batalla escribía a Rivadavia: "Dios protege la santa causa: nuestro triunfo no tiene igual; pero vea Vd. la ocasión de no poder continuar la victoria hasta el Desaguadero y tal vez hasta Lima. ¡Cómo ha de ser!". Pocos días después, el 16 de octubre, volvía a escribirle: "¡A salvar la Patria! Éste es nuestro clamor. Vengan auxilios de gente, y las provincias quedaran libres, y las banderas del ejército de la Patria tremolarán en Lima. Si no nos apresuramos, mucho nos ha de costar conseguir el fin, y acaso no lleguemos a él". Y como si el triunfo hubiese destemplado su alma, añadía: "Padezco mucho de cuerpo y de espíritu: ya el camino de la victoria está abierto, y confieso a Vd. que detesto al Perú, y todo lo que no es Buenos Aires y sus alrededores. Vengan otros a disfrutar, o a padecer; yo nada quiero ser. Lo he dicho muchas veces, y cada día me afirmo más en mi concepto".
Un kiosco de diarios y revistas ubicado en el centro porteño, en la avenida Julio Argentino Roca al 600, fue clausurado luego de que la Unidad Especializada en Discriminación de la Fiscalía de la Ciudad detectara que allí se vendía el libro Mi lucha, el polémico libro del líder nazi Adolf Hitler . La edición no tiene datos de publicación -ni editorial, ni imprenta-, por lo que los investigadores sospechan que podría haber una organización neonazi involucrada. Gustavo Galante, secretario general de la Fiscalía de la Ciudad , explicó a TN que si bien la la constitución nacional ampara la libertad de expresión, por lo que en el país no hay censura previa y se puede publicar cualquier tipo de material, el responsable de la publicación "no está exento de la persecución penal si lo que dijo constituye un delito, como lo es la ley antidiscriminatoria". "La venta de esta obra constituye una clara infracción a la Ley Antidiscriminatoria en su artículo 3 de la Ley 23.592. Este tipo de infracciones forma parte de la competencia de la Fiscalía de la Ciudad , que reprime entre otros delitos, la propaganda discriminatoria como la que surge de la obra en cuestión", informó la fiscalía. El dueño del kiosco fue imputado por la distribución de material con contenido discriminatorio y la Fiscalía sospecha que la publicación habría sido realizada por una organización neonazi. Tanto el vendedor como los editores y distribuidores podrían recibir una pena de entre un mes y tres años de prisión.
El libro negro místico Esta obra es única en su clase y posee un contenido que no es del agrado de muchas personas. El presente libro habla sobre magia, hechizos, embrujos, maleficios, bendiciones, y otros tipos de temas de caracter ocultista. El contenido del mismo queda a sujeto al uso del lector ya que si el mismo es intolerante a lo sobrenatural se recomienda alejarse de este libro no volver a tocarlo. http://labiblioteca666.blogspot.com.ar/2015/12/el-libro-negro-mistico.html