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A lo largo de la pasada década, los avances en la tecnología de los diodos emisores de luz, o LEDs, han ayudado a mejorar el rendimiento de aparatos diversos, que van desde pantallas de televisor y ordenador hasta linternas. A medida que se amplían los usos para los LEDs, los científicos continúan buscando formas de incrementar su eficiencia simplificando al mismo tiempo cómo se fabrican. En su formato de capa individual, el bisulfito de molibdeno es ópticamente activo, lo que significa que emite luz cuando se le hace pasar corriente eléctrica o cuando recibe un disparo láser no destructivo. Por su parte, el bisulfito de molibdeno multicapa es fabricable de manera más fácil y barata, pero normalmente no es luminiscente. En un nuevo trabajo de investigación y desarrollo, llevado a cabo por expertos del Instituto de Nanosistemas de California (CNSI), dependiente de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), se ha demostrado por vez primera la electroluminiscencia del bisulfito de molibdeno multicapa. El equipo de Xiangfeng Duan y Dehui Li ha creado el primer dispositivo de bisulfito de molibdeno multicapa que muestra una fuerte luminiscencia cuando se hace pasar corriente eléctrica a través de él. El descubrimiento podría llevar a una nueva clase de materiales para fabricar LEDs. El equipo de Duan y Li está actualmente trabajando para aplicar este enfoque de elaboración a materiales semejantes, incluyendo diseleniuro de tungsteno, diseleniuro de molibdeno, y bisulfito de tungsteno, con el objetivo de ayudar a crear una nueva generación de dispositivos emisores de luz que sean menos caros y más fáciles de fabricar.
Una investigación publicada en Journal of Arqueological Science estudia cómo las poblaciones neolíticas de los yacimientos de Baume Brune (Vaucluse, Francia) y el valle de Ividoro (Puiglia, Italia) tenían en cuenta las propiedades acústicas -concretamente el eco- de e los lugares a la hora de escoger los que decoraban con pinturas rupestres. «Los resultados obtenidos muestran que las poblaciones prehistóricas entendían el paisaje no solo en función de los elementos tangibles, sino también de los intangibles, como el sonido», apunta una de las autoras del artículo, Margarita Díaz-Andreu, profesora de investigación ICREA de la Sección de Prehistoria y Arqueología del Departamento de Historia y Arqueología de la UB (Catalunya, España). Díaz-Andreu lleva años investigando en el ámbito de la arqueocústica, es decir, el uso que hacían del sonido las sociedades del pasado. En este caso se han estudiado el farallón de Baume Brune y la garganta del valle de Ividoro. En las dos zonas existen numerosos abrigos formados en las rocas, pero solo algunos presentan arte rupestre. Los investigadores han constatado que los abrigos con mejor eco son los que presentan más pinturas y más representativas. «Eso significa que hay una fuerte probabilidad de que las poblaciones neolíticas usaran la ecolocalización para seleccionar los abrigos donde representaban pinturas rupestres», explican los investigadores. http://noticiasdelaciencia.com/upload/img/periodico/img_44772.jpg Respecto a investigaciones anteriores, en esta última los expertos han mejorado la técnica para identificar las propiedades sonoras de los lugares. Si hasta ahora se utilizaba la técnica binaural (con dos micrófonos para grabar el sonido, a imitación de los dos oídos humanos, técnica empleada por otros equipos, por ejemplo en Finlandia), ellos han utilizado la técnica ambisonics, que registra el sonido mediante un micrófono compacto integrado por múltiples micrófonos colocados en forma de esfera. Se trata de un sistema que permite mayor precisión. Además, han conseguido que el equipo necesario para tomar las medidas acústicas sea de tamaño pequeño y, por tanto, mucho más fácil de transportar hasta los lugares con pinturas rupestres, a menudo en localizaciones montañosas con un acceso difícil. (U. Barcelona
Pilas eléctricas que dejen de funcionar si se calientan demasiado y vuelvan a funcionar cuando se enfríen lo suficiente Unos investigadores han desarrollado la primera batería de ion-litio que deja de actuar antes de sobrecalentarse peligrosamente, y que después se reactiva cuando la temperatura desciende lo bastante. La nueva tecnología podría prevenir casos de dispositivos electrónicos que se incendian, como los que han provocado retiradas de unidades y prohibiciones, sobre dispositivos de muy variados tipos, incluyendo teléfonos móviles. Se han aprobado varias estrategias para resolver el problema de los fuegos accidentales en baterías de ion-litio, pero el equipo de la ingeniera química Zhenan Bao, de la Universidad de Stanford en California, Estados Unidos, ha diseñado la primera batería que puede dejar de funcionar y volver a reactivarse a lo largo de repetidos ciclos de calentamiento y enfriamiento sin comprometer su rendimiento. Una batería típica de ion-litio consta de dos electrodos y un electrolito líquido o de gel que transporta las partículas cargadas entre ellos. Cortocircuitar la pila, sobrecargarla o agujerearla, genera calor. Si la temperatura alcanza unos 150 grados centígrados (aproximadamente 300 grados Fahrenheit), el electrolito puede incendiarse y producir una explosión. Hay diversas formas de impedir que las pilas comiencen a arder, como por ejemplo añadir materiales ignífugos al electrolito. Desafortunadamente, estas técnicas causan efectos irreversibles cuando entran en acción, así que la batería deja de ser funcional después de que se sobrecalienta, tal como remarca Yi Cui, colega de Bao. Para afrontar el problema, el equipo de Cui, Bao y Zheng Chen decidió recurrir a la nanotecnología. Bao inventó recientemente un sensor que se puede llevar puesto encima para monitorizar la temperatura del cuerpo humano. El sensor está hecho de un material plástico con diminutas partículas de níquel incrustadas, con púas de tamaño nanométrico surgiendo de su superficie. Para los experimentos con baterías, los investigadores recubrieron las erizadas partículas de níquel con grafeno, una capa de carbono con el grosor de un átomo, y las integraron en una película delgada de polietileno elástico. Unieron la película de polietileno a uno de los electrodos de la batería de manera que pudiera fluir a través de él una corriente eléctrica. Para conducir electricidad, las partículas erizadas tienen que tocarse físicamente entres sí. Pero durante la expansión térmica, el polietileno se estira. Eso causa que las partículas se separen, haciendo que la película no sea conductora, de modo que la electricidad ya no puede fluir a través de la batería. Cuando los investigadores calentaron la batería por encima de los 70 grados centígrados (160 grados Fahrenheit), la película de polietileno se expandió rápidamente como un globo, haciendo que las partículas puntiagudas se separasen y que la batería dejase de funcionar. Pero cuando la temperatura se redujo por debajo de ese umbral, el polietileno se encogió, las partículas volvieron a entrar en contacto y la batería empezó a generar electricidad otra vez. Con esta técnica de fabricación, se puede escoger la temperatura crítica. Para hacerla más baja o más alta, basta con variar la cantidad de partículas agregadas o el tipo de materiales de polímero empleados. Por ejemplo, se puede hacer que una pila deje de actuar a 50 grados centígrados, o a los 100.

Unos químicos han convertido con éxito serrín en componentes para gasolina. Utilizando un nuevo proceso químico, han logrado convertir la celulosa del serrín en cadenas de hidrocarburos. Estos hidrocarburos pueden utilizarse como aditivo para gasolina, o como componente en plásticos. La celulosa es la sustancia principal en la materia vegetal y está presente en todas las partes vegetales no comestibles de la madera, la paja, la hierba, el algodón y el papel viejo. En esencia, el método desarrollado por el equipo internacional de Bert Lagrain, Bert Sels y Beau Op de Beeck, de la Universidad Católica de Lovaina La Vieja en Bélgica, permite elaborar un producto “petroquímico” usando biomasa, uniendo por tanto el naciente mundo de la bioeconomía con el sector industrial petroquímico. En el proceso, un reactor químico es alimentado con serrín recogido de un aserradero, y se le agrega un catalizador, una sustancia que activa y acelera la reacción química. Con la temperatura y la presión correctas, se necesita aproximadamente medio día para convertir la celulosa del serrín en cadenas de hidrocarburos saturados, o alcanos. El resultado es un producto intermedio que requiere un último y sencillo paso para convertirse en gasolina completamente destilada. Esto ofrece una solución intermedia mientras nuestros automóviles sigan funcionando con gasolina líquida. Puede utilizarse como aditivo verde, reemplazando una porción de la gasolina refinada de forma tradicional. Pero las posibles aplicaciones van más allá de la gasolina: El hidrocarburo verde puede ser empleado también en la producción de etileno, propileno y benceno, los componentes para el plástico, la goma, la espuma aislante, el nailon (nylon), y otros materiales. Desde un punto de vista económico, la celulosa tiene mucho potencial. Está disponible en todas partes. Consiste esencialmente en desperdicios vegetales, lo que significa que no compite con los cultivos agrícolas alimentarios del modo en que lo hace la primera generación de cultivos agrícolas energéticos, de los que se extrae por ejemplo bioetanol.