NarakuInuyasha
Usuario (Argentina)

En los barrios, casi siempre, la gente es feliz. En los barrios la gente es feliz. No importa quién gobierne, tampoco el día del año. No importa si hay malandros o si no hay luz. En los barrios la gente es feliz. La rutina es diferente, todos se conocen, la mayoría son familia, hay chismes, hay peleas; pero también hay sonrisas, cuentos, historias, unidad. Tempranito por la mañana, a eso de las 5am o más temprano, el café se cuela, el agua para bañarse se calienta, se guarda el almuerzo, los muchachos preparan su ropa para ir a trabajar. El “buenos días” se cruza entre vecinos cuyas ventanas se encuentran una frente a la otra. Vecinos que, sin importar su tendencia política, siempre estarán ahí para ayudar porque en los barrios la gente es feliz. Si es sábado, el barrio se despierta tarde. Aunque tempranito ya hay muchachitos en la calle sin mucho oficio; otros lavan la moto, arreglan la casa. A las 11am ya se comienza a despertar, la gente va a la calle sin ganas de querer pasear, el barrio se despertó, es sábado cerca de navidad y todo es alegría en aquel lugar. Olor a pintura, martillos tumbando paredes, cocinas que rediseñan, olor a guiso, el vino y la cerveza, el ponche crema. En los barrios hubo un tiempo de tensión, donde los vecinos no se hablaban, las familias se peleaban. El éxtasis de la borrachera divisoria pasó, en medio del ratón los amigos vuelven a aparecer. Claro, aún hay vecinos que de ventana a ventana joden con la tendencia política, con las elecciones, con el país, pero ellos se quieren… En los barrios la gente es feliz. Falta la comida, falta la paz, falta la seguridad, faltan las ganas de progresar; pero sobra la hermandad, la camaradería, la mano extendida. Tal vez en los barrios entiendan algo que nosotros, quienes no vivimos ahí no entendamos, algo sobre la vida; o tal vez simplemente no saben vivir de otra manera, en otro lugar. Por ahora, por lo menos hoy, en el barrio de mis abuelos la gente es feliz.

La semana pasada nos mentimos y fue hermoso Fue una de esas mentiras hermosas que parecían ser pre-acordadas en algún contrato o “términos y condiciones” que vienen en las promociones. Nos mentimos como quién miente para poder continuar de una fantasía. Nos mentimos para aferrarnos a un recuerdo de eso que no pudo ser porque estamos demasiado ocupados. Tú me dijiste que estabas full con el trabajo, yo te dije que entendía perfectamente porque también lo estaba. Los dos supimos, desde que leímos el mensaje, que sería el comienzo de esas mentiras acordadas que terminan en mensajes olvidados. Qué hermoso es mentirse cuando ambos están conscientes de aquello. Nos mentimos al decirnos que reprogramaríamos el almuerzo tan deseado. Que ese lugar, el del almuerzo, sería nuestro lugar para siempre. Justo en ese momento quise mentirte y decirte que ese día, el de la comida, te daría un libro parecido a mi <<Una chica cualquiera>> de Arthur Miller, porque eso soy yo, una chica cualquiera que se mete en la vida ajena. Porque eso eres, un chico cualquiera que me recordó que vale la pena. Nos mentimos al decirnos que extrañábamos las largas conversaciones. Esa mentira cómplice que se traducirá en miradas silentes si algún día nos cruzamos en la calle delante de la gente. No habrá reclamos de ninguna parte porque ambos sabremos que mentir, de a ratos, también es hermoso. Antes no quise mentirte, pero hoy disfruto hacerlo. Nos vemos más tarde, cuando entre mensajes sueltos, nos captemos unas mentiras.