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PinkJelly

Usuario (Argentina)

Primer post: 1 may 2014Último post: 12 may 2014
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Charles Bukowski - Tres Mujeres 1977
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/1/2014

Bukowski no fue un genio, ni un visionario, ni un anarquista. No pertenece a la generación beat, sus escritos no se consideran cultura ni conocimiento, pero como escritor poseía un ojo perceptivo, crudo de la realidad. Conocía la realidad y no le temía. Escribía como algo recreativo. Como si quisiera ordenar sus pensamientos. Tres mujeres Linda y yo vivíamos justo frente al parque McArthur, y una noche que estábamos bebiendo vimos por la ventana que caía un hombre. una visión extraña, parecía un chiste, pero no era ningún chiste pues el cuerpo se estrelló en la calle. «dios mío», le dije a Linda, «¡se espachurró como un tomate pasado! ¡no somos más que tripas y mierda y material pegajoso! ¡ven! ¡ven! ¡míralo! ». Linda se acercó a la ventana, luego corrió al baño y vomitó. luego volvió. me volví y la miré. «te lo digo de veras, querida, es exactamente igual que un gran cuenco de espaguettis y carne podrida, aderezado con una camisa y un traje rotos!». Linda volvió corriendo al baño y vomitó otra vez. me senté y seguí bebiendo vino. pronto oí la sirena. lo que necesitaban en realidad era el departamento de basuras. bueno, qué coño, todos tenemos nuestros problemas. yo no sabía nunca de dónde iba a venir el dinero del alquiler y estábamos demasiado enfermos de tanto beber para buscar trabajo. cuando nos preocupábamos, lo único que podíamos hacer para eliminar nuestras preocupaciones era joder. esto nos hacía olvidar un rato. jodíamos mucho y, para suerte mía, Linda tenía un polvo magnífico. todo aquel hotel estaba lleno de gente como nosotros, que bebían vino y jodían y no sabían después qué. de vez en cuando, uno de ellos se tiraba por la ventana. pero el dinero siempre nos llegaba de algún sitio; justo cuando todo parecía indicar que tendríamos que comernos nuestra propia mierda, una vez trescientos dólares de una tía muerta, otra un reembolso fiscal demorado. otra vez, iba yo en autobús y en el asiento de enfrente aparecen aquellas monedas de cincuenta centavos. yo no sabía, ni lo sé todavía, qué significaba aquello, quién lo había dejado allí. me cambié de asiento y empecé a guardarme las monedas. cuando llené los bolsillo, apreté el timbre y bajé en la primera parada. nadie dijo nada ni intentó detenerme. en fin, cuando estás borracho, sueles ser afortunado; aunque no seas un tipo de suerte, puedes ser afortunado. pasábamos siempre parte del día en el parque mirando los patos. te aseguro que cuando andas mal de salud por darle sin parar a la botella y por falta de comida decente, y estás cansado de joder intentando olvidar, no hay como irse a ver los patos. quiero decir, tienes que salir del cuarto, porque puedes caer en la tristeza profunda profunda y puedes verte en seguida saltando por la ventana. es más fácil de lo que te imaginas. así que Linda y yo nos sentábamos en un banco a mirar los patos. a los patos les da todo igual, no tienen que pagar alquiler, ni ropa, tienen comida en abundancia, les basta con flotar de aquí para allá cagando y graznando. picoteando, mordisqueando, comiendo siempre. de cuando en cuando, de noche, uno de los del hotel captura un pato, lo mata, lo mete en su habitación, lo limpia y lo guisa. nosotros lo pensamos pero nunca lo hicimos. además es difícil cogerlos; en cuanto te acercas ¡SLUUUSCH! una rociada de agua y el cabrón se fue... nosotros solíamos comer pastelitos hechos de harina y agua, o de vez en cuando robábamos alguna mazorca de maíz (había un tipo que tenía un plantel de maíz) no creo que llegase a conseguir comer ni una mazorca, y luego robábamos siempre algo en los mercados al aire libre... me refiero a las tiendas que tienen mercancías expuestas a la puerta; esto significaba un tomate o dos o un pepino pequeño de cuando en cuando, pero éramos ladronzuelos, raterillos, y nos basábamos sobre todo en la suerte. los cigarrillos era más fácil, te dabas un paseo de noche y siempre alguien dejaba la ventanilla de un coche sin subir y un paquete o medio paquete de cigarrillos en la guantera. en fin nuestros auténticos problemas eran la bebida y el alquiler. y jodíamos y nos preocupábamos por esto. y como siempre llegan los días de desesperación total, llegaron los nuestros. no había vino, no había suerte, ya no había nada. no había crédito de la casera ni de la bodega. decidí poner el despertador a las cinco y media de la mañana y bajar al Mercado de Trabajo Agrícola, pero ni siquiera el despertador funcionó bien. se había estropeado y yo lo había abierto para arreglarlo. tenía un muelle roto y el único medio que se me ocurrió de arreglarlo fue romper un trozo y enganchar de nuevo el resto, cerrarlo y darle cuerda. ¿queréis saber lo que les pasa a los despertadores, y supongo que a toda clase de relojes, si les pones un muelle más pequeño? os lo diré: cuanto más pequeño sea el muelle, más deprisa andan las manecillas. era una especie de reloj loco, os lo aseguro, y cuando nos cansábamos de joder para olvidar las preocupaciones, solíamos contemplar aquel reloj e intentar determinar la hora que era realmente. y veías correr aquel minutero... nos reíamos mucho. luego, un día, tardamos una semana en adivinarlo, descubrimos que el reloj andaba treinta horas por cada doce horas reales de tiempo. y había que darle cuerda cada siete u ocho, porque si no se paraba. a veces despertábamos y mirábamos el reloj y nos preguntábamos qué hora sería. —¿te das cuenta, querida? —decía yo— el reloj anda dos veces y media más deprisa de lo normal. es muy fácil. —sí, pero ¿qué hora era cuando pusiste el reloj por última vez? —me preguntó ella. —que me cuelguen si lo sé, nena, estaba borracho. —bueno, será mejor que le des cuerda porque si no se parará. —de acuerdo. le di cuerda, luego jodimos. así que la mañana que decidí ir al Mercado de Trabajo Agrícola no conseguí que el reloj funcionase. conseguimos en algún sitio una botella de vino y la bebimos lentamente. yo miraba aquel reloj, sin entenderlo, temiendo no despertar. simplemente me tumbé en la cama y no dormí en toda la noche. luego me levanté, me vestí y bajé a la calle San Pedro. había demasiada gente por allí, paseando y esperando. vi unos cuantos tomates en las ventanas y cogí dos o tres y me los comí. había un gran cartel: SE NECESITAN RECOGEDORES DE ALGODON PARA BAKERSFIELD. COMIDA Y ALOJAMIENTO. ¿qué demonios era aquello? ¿algodón en Bakersfield, California? pensé en Eli Whitney y el motor que había eliminado todo aquello. luego apareció un camión grande y resultó que necesitaban recogedores de tomates. bueno, mierda, me fastidiaba dejar a Linda en aquella cama tan sola. no la creía capaz de dormir sola mucho tiempo. pero decidí intentarlo. todos empezaron a subir al camión. yo esperé y me aseguré de que todas las damas estaban a bordo, y las había grandes. cuando todos estaban arriba, intenté subir yo. un mejicano alto, evidentemente el capataz, empezó a subir el cierre de la caja: «¡lo siento, señor,1 completo»! y se fueron sin mí. eran casi las nueve y el paseo de vuelta hasta el hotel me llevó una hora. me cruzaba con mucha gente bien vestida y con expresión estúpida. estuvo a punto de atropellarme un tipo furioso con un Caddy negro. no sé por qué estaba furioso. quizás el tiempo. hacía mucho calor. cuando llegué al hotel, tuve que subir andando porque el ascensor quedaba junto a la puerta de la casera y ella andaba siempre jodiendo con el ascensor, limpiándolo y frotándolo, o simplemente allí sentada espiando. eran seis plantas y cuando llegué oí risas en mi habitación. la zorra de Linda no había esperado mucho. en fin, le daré una buena zurra y también a él. abrí la puerta. eran Linda, Jeannie y Eve. —¡querido! —dijo Linda. se acercó a mí. estaba toda elegante, con zapatos de tacón alto. me dio un montón de lengua cuando nos besamos. —¡Jeannie acaba de recibir su primer cheque del desempleo y Eve está en la ayuda a los desocupados! ¡estamos celebrándolo! había mucho vino de Oporto. entré y me di un baño y luego salí con mis pantalones cortos. me gusta mucho enseñar las piernas. nunca he visto unas piernas de hombre tan grandes y vigorosas como las mías. el resto de mi persona no vale demasiado. me senté con mis raídos pantalones cortos y posé los pies en la mesita de café. —¡mierda! ¡mirad esas piernas! —dijo Jeannie. —sí, sí —dijo Eve. Linda sonrió. me sirvieron un vaso de vino. 1 En castellano en el original. (N. de los Ts.) ya sabéis cómo son esas cosas. bebimos y hablamos, hablamos y bebimos. las chicas salieron a por más botellas. más charla. el reloj daba vueltas y vueltas. pronto oscureció. yo bebía solo, aún con mis raídos pantalones cortos. Jeannie había ido al dormitorio y se había derrumbado en la cama. Eve se había derrumbado en el sofá y Linda en otro sofá de cuero más pequeño que había en el vestíbulo, delante del baño. yo seguía sin entender por qué me había dejado en tierra aquel mejicano. me sentía desgraciado. entré en el dormitorio y me metí en la cama con Jeannie. era una mujer grande, estaba desnuda. empecé a besarle los pechos, chupándolos. —eh, ¿qué haces? —¿qué hago? ¡joderte! le metí el dedo en el coño y lo moví arriba y abajo. —¡voy a joderte! —¡no! ¡Linda me mataría! —¡nunca lo sabrá! la monté y luego muy lenta lenta quedamente para que los muelles no rincharan, pues no debía oírse el menor rumor, entré y salí y entré y salí siempre despacio despacio y cuando me corrí pensé que nunca pararía. uno de los mejores polvos de mi vida. mientras me limpiaba con las sábanas, se me ocurrió este pensamiento: quizás el hombre lleve siglos jodiendo mal. luego salí de allí, me senté en la oscuridad, bebí un poco más. no recuerdo cuánto tiempo estuve allí sentado. bebí bastante. luego me acerqué a Eve. Eve la de la ayuda a los desocupados. era una cosa gorda, un poco arrugada, pero tenía unos labios muy atractivos, obscenos, feos, muy cachondos. Empecé a besar aquella boca terrible y bella. no protestó en absoluto, abrió las piernas y entré. se portó como una cerdita, gruñendo y tirando pedos y sornando y retorciéndose. no fue como con Jeannie, largo y emocionante, fue sólo plaf plaf y fuera. salí de allí. y antes de que pudiese llegar a mi sillón otra vez la oí roncar de nuevo. sorprendente... jodía igual que respiraba... no le daba la menor importancia. cada mujer jode de un modo distinto, y eso es lo que mantiene al hombre en movimiento. eso es lo que mantiene a un hombre atrapado. me senté y bebí algo más pensando en lo que me había hecho aquel sucio mejicano hijo de puta. no merece la pena ser cortés. luego empecé a pensar en la ayuda a los desocupados. ¿podrían acogerse a ella un hombre y una mujer que no estuviesen casados? por supuesto que no. que se muriesen de hambre. y amor era una especie de palabra sucia. pero eso era algo de lo que había entre Linda y yo: amor. por eso pasábamos hambre juntos, bebíamos juntos, vivíamos juntos. ¿qué significaba matrimonio? matrimonio significaba un JODER santificado y un JODER santificado siempre y finalmente, sin remisión, significa ABURRIMIENTO, llega a ser un TRABAJO. pero eso era lo que el mundo quería: un pobre hijo de puta, atrapado y desdichado, con un trabajo que hacer. bueno, mierda, me iré a vivir al barrio chino y traspasaré a Linda a Big Eddie. Big Eddie era un imbécil, pero al menos compraría a Linda algo de ropa y le metería filetes en el estómago, que era más de lo que yo podía hacer. Bukowski Piernas de Elefante, el fracasado. terminé la botella y decidí que necesitaba dormir un poco. di cuerda al despertador y me acosté con Linda. se despertó y empezó a frotarse conmigo. —oh mierda, oh mierda —dijo—. ¡no sé que me pasa! —¿qué hubo, nena? ¿estás mala? ¿quieres que llame al Hospital General? —oh no, mierda, sólo estoy ¡CALIENTE! ¡CALIENTE! ¡MUY CALIENTE! —¿qué? —¡digo que estoy muy caliente! ¡JODEME! —Linda... —¿qué? ¿qué? —estoy cansadísimo. llevo dos noches sin dormir. ese largo paseo hasta el mercado de trabajo y luego la vuelta, treinta y dos manzanas, con aquel sol... es inútil. no hay nada que hacer. estoy hecho migas. —¡yo te AYUDARE! —¿qué quieres decir? se arrastró por el sofá y empezó a chupármela. gruñí agotado. —querida, treinta y dos manzanas con aquel sol... estoy liquidado. ella siguió. tenía una lengua como papel de lija y sabía usarla. —querida —le dije— ¡soy una nulidad social! ¡no te merezco! ¡déjalo, por favor! como digo, ella sabía hacerlo. unas pueden; otras no. La mayoría sólo conocen el viejo chup chup. Linda empezó con el pene, lo dejó, pasó a las bolas, luego las dejó, volvió otra vez al pene, fue subiendo en espiral, despertando un maravilloso volumen de energía, Y DEJANDO SIEMPRE EL CAPULLO PROPIAMENTE DICHO. INTACTO. Por último, yo me disparé y me lancé a decirle las diversas mentiras sobre lo que haría por ella cuando consiguiese por fin enderezar el culo y dejar de ser un golfo. entonces ella atacó el capullo, colocó la boca a un tercio de su longitud, hizo esa pequeña presión con los dientes, el mordisquito de lobo y yo me corrí OTRA VEZ... lo cual significaba cuatro veces aquella noche. quedé completamente agotado. Hay mujeres que saben más que la ciencia médica. cuando desperté estaban todas levantadas y vestidas, y con buen aspecto. Linda, Jeannie y Eve. intentaron destaparme, riendo. —¡bueno, Hank, vamos a divertirnos un poco! ¡y necesitamos un trago! ¡estaremos en el bar de Tommi-Hi! —¡vale, vale, adiós! salieron las tres meneando el culo. todo el Género Humano estaba condenado para siempre. cuando ya iba a dormirme sonó el teléfono interior. —¿sí? —¿señor Bukowski? —¿sí? —¡vi a esas mujeres! ¡venían de su casa! —¿y cómo lo sabe? tiene usted ocho pisos y unas siete u ocho habitaciones por piso. —conozco a todos mis inquilinos, señor Bukowski. aquí no hay más que gente trabajadora y respetable. —¿sí? —sí, señor Bukowski, llevo regentando este lugar veinte años, y nunca jamás había visto cosas como las que pasan en su casa. siempre hemos tenido aquí gente respetable, señor Bukowski. —sí, son tan respetables que cada poco un hijo de puta se sube a la terraza y se tira de cabeza a la calle y va a caer a la entrada entre esas plantas artificiales que tienen ustedes allí. —¡le doy de plazo hasta el mediodía para irse, señor Bukowski! —¿qué hora es en este momento? —las ocho. —gracias. colgué.. busqué un alka-seltzer. lo bebí en un vaso sucio. luego busqué un poco de vino. corrí las cortinas y miré el sol. era un mundo duro, no me decía nada, pero odiaba la idea de volver otra vez al barrio chino. me gustan las habitaciones pequeñas, sitios pequeños donde poder pelearse un poco. una mujer. un trago. pero nada de trabajo diario. no podía soportarlo. no era lo bastante listo. pensé en tirarme por la ventana pero no podía. me vestí y bajé a Tommi-Hi's. las chicas reían al fondo del bar con dos tipos. Marty, el encargado, me conocía. le hice una seña. no hay dinero. me senté allí. apareció ante mí un whisky con agua y una nota. «reúnete conmigo en el Hotel Cucaracha, habitación 12, a medianoche, la habitación será para nosotros. amor, Linda.» bebí el whisky, salí de allí, fui al Hotel Cucaracha a medianoche. —no, señor —me dijo el recepcionista—, no hay ninguna habitación 12 reservada a nombre de Bukowski. volví a la una. había estado todo el día en el parque, toda la noche. allí sentado. lo mismo. —no hay ninguna habitación 12 reservada para usted, señor. —¿ninguna habitación reservada para mí a ese nombre o a nombre de Linda Bryan? comprobó sus libros. —nada, señor. —¿le importa que mire en la habitación 12? —no hay nadie allí, señor. se lo aseguro. —estoy enamorado, amigo, lo siento. ¡déjeme echar un vistazo, por favor! me echó una de esas miradas que se reservan para los idiotas de cuarta categoría y me dio la llave. —si tarda más de cinco minutos en volver, tendrá problemas. abrí la puerta, encendí las luces. —¡Linda! las cucarachas, al ver la luz, volvieron todas corriendo a meterse debajo del empapelado. había miles. cuando apagué la luz, las oí corretear saliendo otra vez. el propio empapelado no parecía más que una gran piel de cucaracha. volví a bajar en ascensor. —gracias dije—, tenía usted razón. no hay nadie en la habitación 12. por primera vez, su voz pareció adoptar un vago tono amable. —lo siento, amigo. —gracias —dije. salí del hotel y giré a la izquierda, es decir hacia el Este, es decir, hacia el barrio chino. mientras mis pies me arrastraban lentamente hacia allí, me preguntaba, «¿por qué mienten las personas?» ahora ya no me lo pregunto, pero aún recuerdo, y ahora, cuando mienten, casi lo sé mientras están mintiendo, pero aún no soy tan sabio como el recepcionista del Hotel Cucaracha que sabía que la mentira estaba en todas partes, o la gente que pasaba volando ante mi ventana mientras yo bebía oporto en cálidas tardes de Los Angeles frente al parque McArthur, donde aún cazan, matan y devoran a los patos, y a la gente. el hotel aún sigue allí, y también la habitación en la que parábamós, y si algún día te molestas en venir, te lo enseñaré. pero eso tiene poco sentido, ¿verdad? digamos sólo que una noche jodí a tres mujeres, o me jodieron ellas. y cerremos con esto la historia.

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Philip K. Dick - Dr Bloodmoney I
Philip K. Dick - Dr Bloodmoney I
Apuntes Y MonografiasporAnónimo5/12/2014

Dr. Bloodmoney, or How We Got Along After the Bomb ©1965 by Philip K. Dick I Temprano en aquella brillante mañana dorada por el sol, Stuart McConchie barría la acera frente a la Modern TV, Ventas y Reparaciones, escuchando los coches que recorrían la avenida Shattuck y las secretarias apresurándose sobre sus altos tacones hacia sus oficinas, todos los movimientos y delicados olores de una nueva semana, una nueva época en la que un buen vendedor podía hacer grandes cosas. Pensó en el bollo caliente y el café que se tomaría en su segundo desayuno, a las diez aproximadamente. Pensó en los clientes a los que había convencido para que volvieran a formalizar la venta, quizá todos ellos hoy, su talonario de ventas rebosante como aquella copa de la Biblia. Mientras barría, tarareaba una canción del nuevo álbum de Buddy Greco, y pensó en lo que sentiría uno sabiéndose famoso, un gran cantante conocido en todo el mundo y la gente pagando para verle en lugares tales como Harrah's en Reno o los carísimos clubs de Las Vegas que no había visto nunca pero de los que había oído hablar muchas veces. Tenía veintiséis años y a menudo conducía, ya tarde algunos viernes por la noche, por la autopista de diez carriles que va de Berkeley a Sacramento y a través de las Sierras hasta Reno, donde uno puede jugar y encontrar chicas; trabajaba para Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, a sueldo y comisión, y como era un buen vendedor se ganaba bien la vida. Y de todos modos estaban en 1981 y los negocios no iban mal. Otro buen año que empezaba bien, con América haciéndose más grande y más fuerte y todo el mundo prosperando. —Buenos días, Stuart. —Con una inclinación de cabeza, el señor Crody, un hombre de mediana edad, propietario de la joyería del otro lado de la avenida Shattuck, pasó por su lado camino de su pequeña tienda. Todas las tiendas, las oficinas, estaban abriendo ya; eran las nueve pasadas, e incluso el doctor Stockstill, el psiquiatra y especialista en desórdenes psicosomáticos, apareció, llave en mano, para iniciar su bien pagado trabajo en el consultorio que tenía alquilado en el edificio de cristal que había edificado con parte de sus excedentes financieros la compañía de seguros. El doctor Stockstill había estacionado su coche de importación en el aparcamiento; podía permitirse el lujo de pagar cinco dólares al día. Y entonces llegó su espectacular secretaria, alta y de bien torneadas piernas, pasándole una cabeza a su jefe. Y, si, mientras Stuart observaba, apoyado en el mango de su escoba, el furtivo primer loco del día estaba ya deslizándose con aire culpable hacia la consulta del psiquiatra. Este es un mundo de locos, pensó Stuart, observando. Por eso los psiquiatras se llenan los bolsillos. Si yo tuviera que ir a un psiquiatra, entraría y saldría por la puerta de atrás. Nadie me vería para reírse de mí. Quizás algunos de ellos lo hagan, pensó; quizá Stockstill tenga una puerta de atrás. Quizá para los más responsables, o mejor (se corrigió) para aquellos que no quieren darse al espectáculo; quiero decir los que simplemente tienen un problema, por ejemplo esos que se preocupan por la acción policial en Cuba y que no están exactamente locos, sino tan sólo inquietos. Y él mismo se sentía inquieto, ya que todavía era posible que lo llamaran a movilización para la guerra con Cuba, que de nuevo se había estabilizado en las montañas, pese a las nuevas y pequeñas bombas antipersonal que localizaban a los asquerosos mugrientos amarillos por muy hondo que se ocultaran. No le reprochaba nada al Presidente. No era culpa del Presidente el que los chinos hubieran decidido respetar su pacto. Era tan sólo que difícilmente regresaba uno a casa después de luchar contra los asquerosos mugrientos amarillos sin haber pillado una infección vírica hasta los huesos. Un combatiente veterano de treinta años regresaba con el aspecto de una momia reseca que hubiera sido dejada fuera de su pirámide durante todo un siglo... y a Stuart McConchie le costaba imaginarse a sí mismo vendiendo de nuevo televisores estéreo en esas condiciones, reemprendiendo su carrera de vendedor al detall. —Buenos días, Stu —dijo una voz femenina, sobresaltándolo. La pequeña vendedora de la tienda de dulces de Edy y sus oscuros ojos—. ¿Ya soñando tan pronto por la mañana? —Sonrió mientras pasaba por la acera a su lado. —Infiernos, no —dijo él, barriendo de nuevo vigorosamente. Al otro lado de la calle el furtivo paciente del doctor Stockstill, un hombre de aspecto sombrío, cabello y ojos negros, tez pálida, envuelto prietamente en un gran abrigo color noche profunda, hizo una pausa para encender un cigarrillo y mirar a su alrededor. Stuart vio las hundidas facciones, los ojos intensos, y la boca, sobre todo la boca. Estaba crispada y sin embargo la carne colgaba blanda, como si la presión, la tensión hubiera roído allí desde hacía tiempo los dientes y la mandíbula; la tensión era aun visible en aquel rostro infeliz, y Stuart desvió la mirada. ¿Es así como se ve?, pensó. ¿El estar loco? Corroído de ese modo, como devorado por... no sabía decir por qué. El tiempo o quizás el agua; algo lento pero que nunca se detenía. Había visto aquel mismo deterioro antes, observando el ir y venir de los pacientes del psiquiatra, pero nunca tan profundo, nunca tan completo. El teléfono sonó en el interior de la Modern TV, y Stuart se apresuró hacia allí. Cuando miró de nuevo hacia la calle el hombre vestido de negro había desaparecido, y el día había recuperado de nuevo su brillantez, su promesa y su aroma de belleza. Stuart se estremeció al tomar de nuevo su escoba. Conozco a ese hombre, se dijo. He visto su foto o ha venido a la tienda. O es un cliente, uno antiguo, quizás incluso un amigo de Fergesson, o es una celebridad importante. Pensativo, siguió barriendo. El doctor Stockstill dijo a su nuevo paciente: —¿Una taza de café? ¿Té, una cola? —Leyó la fichita que la señorita Purcell había dejado sobre su escritorio—. Señor Tree —dijo en voz alta—. ¿Ninguna relación con la famosa familia inglesa de literatos? Iris Tree, Max Beerbohnt... Con voz dotada de un marcado acento, el señor Tree dijo: —Este no es mi nombre auténtico, ¿sabe? —Parecía irritable e impaciente—. Se me ha ocurrido mientras hablaba con su empleada. El doctor Stockstill miró interrogativamente a su paciente. —Soy mundialmente famoso —dijo el señor Tree—. Estoy sorprendido de que usted no me reconozca; debe estar siempre recluido o algo así. —Pasó una temblorosa mano por sus largos cabellos negros—. Hay miles, quizá millones de personas en todo el mundo que me odian y que desearían destruirme. Así que naturalmente he de tomar medidas; me veo obligado a darle un nombre falso. —Carraspeó y chupó rápidamente su cigarrillo; sujetaba el cigarrillo al estilo europeo, con el extremo prendido envuelto en el cuenco de su mano, casi tocando la palma. Oh Dios mío, pensó el doctor Stockstill. Reconozco a este hombre. Es Bruno Bluthgeld, el físico. Y está en lo cierto; hay un montón de personas tanto aquí como en el Este que desearían echarle la mano encima a causa de su error de cálculo allá por 1972. A causa de la terrible caída de partículas procedentes de aquella explosión a gran altitud que se suponía no iba a dañar a nadie; las cifras de Bluthgeld lo probaron por anticipado. —¿Así que desea que sepa quién es usted? —preguntó el doctor Stockstill—. ¿O prefiere que lo acepte simplemente como «el señor Tree»? A mí me es indiferente; cualquiera de las dos formas me sirve. —Sigamos simplemente como hemos empezado —rechinó el señor Tree. —De acuerdo —el doctor Stockstill se acomodó confortablemente y su pluma rasgueó sobre el papel de su bloc de notas—. Adelante. —La imposibilidad de subir a un autobús normal, ya sabe, con quizás una docena de personas desconocidas para uno, ¿significa algo? —el señor Tree le observó intensamente. —Es posible —dijo Stockstill. —Tengo la impresión de que todos me están mirando. —¿Por alguna razón particular? —Debido —dijo el señor Tree —a lo desfigurado de mi rostro. Sin ningún movimiento aparente, el doctor Stockstill consiguió levantar la vista y escrutar a su paciente. Vio a un hombre de mediana edad, más bien gordo, de cabello negro, con una barba rala asomando su negrura sobre una piel anormalmente blanca. Vio círculos de fatiga y tensión bajo los ojos del hombre, y la expresión de sus ojos, la desesperación. El físico tenía una piel enferma y necesitaba un corte de pelo, y todo su rostro reflejaba su preocupación interna... pero no había nada «desfigurado». Excepto el visible estado de tensión, era un rostro de lo más común; en medio de un grupo no hubiera despertado la menor atención. —¿Ve usted las manchas? —dijo el señor Tree con voz ronca. Señaló sus mejillas, su mentón—. ¿Los horribles estigmas que me aíslan de todos los demás? —No —dijo Stockstill, aceptando el riesgo y hablando francamente. —Están aquí —dijo el señor Tree—. Están dentro de la piel, por supuesto. Pero la gente las ve, y me mira. No puedo tomar el autobús ni ir al restaurante ni al teatro; no puedo ir a la ópera de San Francisco ni al ballet ni a un concierto sinfónico ni siquiera a un club nocturno para ir a escuchar a uno de esos cantantes de folk; si consigo penetrar en uno de ellos, debo irme casi inmediatamente a causa de las miradas. Y de las observaciones. —Cuénteme qué dicen. El señor Tree permaneció en silencio. —Como usted mismo ha dicho —dijo Stockstill—, es mundialmente famoso... ¿y no es natural que la gente murmure cuando algún personaje mundialmente famoso viene y se sienta cerca de ella? ¿No ha sido así durante años? Y su trabajo ha sido controvertido, como usted mismo ha señalado... hostilidad y tal vez algunas observaciones desagradables. Pero alguien conocido... —No es eso —interrumpió el señor Tree—. Espero eso; escribo artículos y aparezco en la televisión, y espero eso; lo sé. Pero esto... tiene que ver con mi vida privada. Mis más íntimos pensamientos. —Miró fijamente a Stockstill y dijo—: Leen mis pensamientos y hablan de mi vida privada, de mis cosas personales, con todo detalle. Tienen acceso a mi cerebro. Paranoia sensitiva, pensó Stockstill; así que por supuesto habría que realizar algunos tests... el Rorschach en particular. Podía tratarse de una insidiosa esquizofrenia avanzada; podían ser los estadios finales de un proceso congénito de enfermedad. O... —Algunas personas pueden ver las manchas en mi rostro y leer mis pensamientos personales más claramente que otras —dijo el señor Tree—. He observado todo un espectro de habilidades... algunos apenas se dan cuenta, otros parecen tener un instantáneo gestalt de mis diferencias, de mis estigmas. Por ejemplo, mientras avanzaba por la acera hacia su consulta, había un negro barriendo al otro lado... ha dejado de trabajar y se ha concentrado en mí, pero naturalmente estaba demasiado lejos para burlarse de mí. De todos modos, ha visto. Es típico de las personas de clase baja. Lo he observado. En mayor proporción que la gente educada o culta. —Me pregunto por qué ocurre esto —dijo Stockstill, tomando notas. —Presumiblemente lo sabría si fuera usted competente. La mujer que me lo recomendó me dijo que era usted excepcionalmente capaz. —El señor Tree se le quedó mirando, como si no viera en absoluto ninguna señal de capacidad. —Creo que será mejor que me proporcione algunos datos sobre usted —dijo Stockstill—. Veo que ha sido Bonny Keller quien le recomendó que acudiera a mí. ¿Cómo está Bonny? No la he visto desde el pasado abril o así... ¿ha abandonado su marido aquel trabajo en el parvulario rural como decía? —No he venido aquí para hablar de George y Bonny Keller —dijo el señor Tree—. Me siento terriblemente apremiado, doctor. En cualquier momento pueden decidir completar su obra de destrucción conmigo; hace tiempo que me acosan que... —Cambió de tema—. Bonny cree que estoy enfermo, y siento un gran respeto hacia ella. —Su tono era bajo, casi inaudible—. Así que me he dicho ve allí, al menos una vez. —¿Siguen viviendo los Keller en West Marin? El señor Tree asintió. —Tengo una casa de verano allí —dijo Stockstill—. Soy un apasionado de la vela; voy a la Bahía Tomales cada vez que puedo. ¿Ha intentado usted practicar alguna vez la vela? —No. —Dígame dónde nació y cuándo. —En Budapest, en el 1934 —dijo el señor Tree. El doctor Stockstill, con un hábil interrogatorio, empezó a obtener con detalle la historia de la vida de su paciente, hecho por hecho. Era esencial para lo que tenía que hacer: primero diagnóstico y luego, si era posible, tratamiento. Análisis y luego terapia. Un hombre conocido por todo el mundo que sufría alucinaciones de que los extraños lo miraban... ¿cómo, en un caso así, podía separarse la realidad de la fantasía? ¿Qué referencias tomar para distinguir la una de la otra? Seria tan fácil, pensó Stockstill, diagnosticar allí un caso patológico. Tan fácil... y tan tentador. Un hombre tan odiado... Yo mismo comparto su opinión, se dijo, la de aquellos de quienes me está hablando Bluthgeld... o más bien Tree. Después de todo, yo también formo parte de la sociedad, parte de la civilización amenazada por los grandiosos, extravagantes errores de cálculo de este hombre. Podría ocurrir, quizás algún día ocurra, que fueran mis hijos quienes sufrieran las quemaduras porque este hombre haya tenido la arrogancia de asumir que él no podía equivocarse. Pero aún había algo más. En su tiempo, Stockstill había observado una cualidad retorcida en aquel hombre; lo había observado mientras era entrevistado por la televisión, lo había escuchado hablar, había leído sus fantásticos discursos anticomunistas... y llegado a la tentadora conclusión de que Bluthgeld sentía un profundo odio hacia la gente, lo suficientemente profundo y penetrante como para empujarle, a alguno de sus niveles inconscientes, a cometer un error, a desear poner en peligro la vida de millones de seres. No era de extrañar que el Director del FBI, Richard Nixon, hubiera hablado tan vigorosamente acerca de «los militantes anticomunistas aficionados en los altos círculos científicos». Nixon también se había alarmado mucho antes del trágico error de 1972. Los elementos paranoicos, con las ilusiones no sólo mesiánicas sino también megalomaníacas, habían sido palpables; Nixon, un experto conocedor de hombres, los había observado, y con él muchas otras personas. Y evidentemente habían estado en lo cierto. —Vine a América —estaba diciendo el señor Tree— a fin de escapar de los agentes comunistas que deseaban asesinarme. Estaban detrás de mí... como lo estaban también los nazis, por supuesto. Todos estaban detrás de mí. Entiendo —dijo Stockstill, sin dejar de escribir. Todavía lo están, pero en última instancia van a fracasar —dijo el señor Tree roncamente, encendiendo un nuevo cigarrillo—. Porque tengo a Dios de mi lado; ve mis necesidades, y a menudo me ha hablado, dándome la sabiduría necesaria para sobrevivir a mis perseguidores. Actualmente estoy trabajando en un nuevo proyecto, en Livermore; los resultados van a ser definitivos en lo que concierne a nuestro enemigo. Nuestro enemigo, pensó Stockstill. ¿Quién es nuestro enemigo... sino usted mismo, señor Tree? ¿No es usted quien está sentado aquí, derramándome sus ilusiones paranoides? ¿Cómo consiguió alguna vez ocupar el alto puesto que llegó a ocupar? ¿Quién es el responsable de haberle dado a usted poder sobre la vida de los demás... y de haber permitido que siguiera conservando ese poder incluso después del fracaso de 1972? Usted —y ellos— son seguramente nuestros enemigos. Todos nuestros temores sobre usted resultan confirmados; está usted trastornado, su presencia aquí lo prueba. ¿Lo prueba? pensó Stockstill. No, no lo prueba, y quizá deba retirarme; quizá no sea ético que intente ocuparme de usted. Considerando cuales son mis sentimientos... no sabría tomar una posición imparcial, desinteresada, con respecto a usted; no puedo permanecer genuinamente científico, y consecuentemente mi diagnóstico podría demostrarse erróneo. —¿Por qué me está mirando usted así? —estaba diciendo el señor Tree. —¿Perdón? —murmuró Stockstill. —¿Se siente usted repelido por mis desfiguraciones? —dijo el señor Tree. —No... no —dijo Stockstill—. No es eso. —¿Mis pensamientos, entonces? ¿Está usted leyéndolos y su carácter repugnante hace que desee que no hubiera entrado en su consulta? —Poniéndose en pie, el señor Tree se dirigió bruscamente hacia la puerta—. Buenos días. —Espere —Stockstill le siguió—. Terminemos al menos los datos biográficos; apenas hemos empezado. —Tengo confianza en Bonny Keller —dijo el señor Tree tras una pausa, mirándole fijamente—; conozco sus opiniones políticas... no forma parte de la conspiración de la internacional comunista que intenta matarme a la primera oportunidad. —Volvió a sentarse, algo más tranquilo ahora. Pero su postura era de alerta; no se iba a permitir el relajarse ni un instante en presencia de Stockstill, se dio cuenta el psiquiatra. No se abriría, no se revelaría sinceramente tal como era. Continuaría mostrándose suspicaz... y quizá no estuviera equivocado, pensó Stockstill. Mientras estacionaba su coche, Jim Fergesson, el propietario de la Modern TV, vio a su vendedor Stuart McConchie apoyado en su escoba frente a la tienda, no barriendo sino simplemente montando castillos en el aire o cualquier otra cosa semejante. Siguió la mirada de McConchie, y constató que el vendedor no estaba gozando de la vista de alguna chica que pasaba o de algún coche de modelo raro —a Stu le gustaban las chicas y los coches, y era normal— sino que observaba en dirección a los pacientes que entraban en la consulta del doctor al otro lado de la calle. Aquello no era normal. ¿Qué interés podía tener McConchie en aquello? —Mira —dijo Fergesson mientras andaba rápidamente hacia la entrada de su tienda—, deja esto; algún día quizá seas tú el enfermo, y entonces ¿te gustaría que algún estúpido se te quedara mirando así mientras tú acudes a pedirle ayuda al médico? —Hey —respondió Stuart, girando la cabeza—, tan sólo estaba mirando a un tipo importante que acaba de entrar y que no consigo acordarme de quién es. —Sólo un neurótico espía a los otros neuróticos —dijo Fergesson, y penetró en la tienda, abriendo la caja registradora y llenándola de cambio para el día. De cualquier modo, pensó Fergesson, espera a ver a quien he contratado como reparador de televisión; entonces vas a tener realmente a quien mirar. Escucha, McConchie —dijo Fergesson—. ¿Sabes ese chico sin brazos ni piernas que va en ese carrito? ¿Ese focomelo que tiene tan sólo diminutos muñones como aletas de foca porque su madre tomó aquella droga en los años sesenta? ¿Ese que siempre está merodeando por aquí porque desea ser reparador de televisión? Stuart, sujetando su escoba, dijo: —Lo ha contratado. —Ajá. Ayer, mientras tú estabas fuera, vendiendo. Tras una pausa, McConchie dijo: —Es malo para el negocio. —¿Por qué? Nadie lo verá; va a estar abajo, en el Departamento de Reparaciones. Y de todos modos hay que darles trabajo a esa clase de personas; no es culpa suya que no tenga ni brazos ni piernas, es culpa de esos alemanes. Tras otra pausa, Stuart McConchie dijo: —Primero me contrata usted a mí, a un negro, y ahora a un foco. No soy nadie para decirlo, señor Fergesson, pero creo que está intentando organizarla. Sintiendo la erupción de la rabia, Fergesson dijo: —Yo no intento nada, yo hago; no monto castillos en el aire, como tú. Soy un hombre que toma sus decisiones y actúa. —Fue a abrir la caja fuerte—. Su nombre es Hoppy. Vendrá esta mañana. Tendrías que verle manejar el material con sus manos electrónicas; es una maravilla de la ciencia moderna. —Ya lo he visto —dijo Stuart. —Y te molesta. Stuart hizo un gesto. —Es... antinatural. Fergesson se le quedó mirando. —Escucha, no digas nada en esos términos al chico; si te pillo a ti o a cualquier otro de los vendedores o a quien sea que trabaje para mí... —De acuerdo —murmuró Stuart. —Estás aburrido —dijo Fergesson—, y el aburrimiento es una consecuencia de que no te empleas a fondo; holgazaneas, y en horas de trabajo. Si trabajaras duro no tendrías tiempo de apoyarte en esa escoba y burlarte a espaldas de la pobre gente que va a ver al doctor. Te prohíbo desde ahora que estés fuera, en la acera; si te descubro allí te despido. —Oh, Cristo, ¿cómo se supone entonces que iré a los sitios y a comer? ¿Y cómo entraré en la tienda, en primer lugar? ¿A través de la pared? —Puedes ir y venir —decidió Fergesson—, pero no haraganear. Con una dolida mirada, Stuart McConchie protestó: —¡Oh, mierda! Fergesson ya no prestaba atención a su vendedor; estaba preparando los expositores y los carteles publicitarios para la jornada.

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Experimental los Beatles. Esto es Rock Progresivo!
Experimental los Beatles. Esto es Rock Progresivo!
ArteporAnónimo5/9/2014

En el 70 hubo un cambio cultural importante. Black Sabbath lanzó el Paranoid, The Stooges lanzaron el Fun House, Pink Floyd lanzó el Atom Heart Mother, Deep Purple publicó el In Rock, Led Zeppelin, publicó el Led Zeppelin III. The Door produjo el excelente Morrison Hotel. Con este tsunami de música nueva, diferente, profunda y exquisita se establecieron nuevas fronteras en la cultura músical. De este año, todo lo posterior iba a ser influenciado indudablemente. Heavy Metal, Thrash Metal, Punk, Jazz Punk, Rock Progresivo, etc... Pero ahí, en la torre más elevada, en la altura más reveladora yace un genio. Y aún en la cultura del rock, la obra de este genio es desconocida. Abandona la escuela antes de que se pudra tu mente por exponerla a nuestro mediocre sistema educativo.¡Olvídate del título y ve a una biblioteca y edúcate a ti mismo si tienes las pelotas bien puestas! Algunos de ustedes parecen robots plásticos a quienes le dicen que leer] Si tienes una vida aburrida y mediocre es por haber escuchado a tu mami, a tu papi, a tus profesores, a los curas o a algún tipo en la televisión diciéndote cómo hacer las cosas ¡Así que te lo mereces! Trabajo de solamente dos hombres más un grupo de colaboradores. Este Jazz rock que penetra en el futuro más lejano de la música, es brutalmente desconocido, abominablemente intimidador. Un album que opaca al trabajo más valorado de su año, no digamos, que desintegra lo considerado "invaluable". Excelente, poseedor de estilo, elegancia y vanguardismo. Demasiado alucinante para los simples mortales.

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