RodrigoAlfaro
Usuario (Argentina)
Entre Venezuela y Nadalandia Eduardo Galeano Extraño dictador este Hugo Chávez. Masoquista y suicida: creó una Constitución que permite que el pueblo lo eche, y se arriesgó a que eso ocurriera en un referéndum revocatorio que Venezuela ha realizado por primera vez en la historia universal. No hubo castigo. Y esta resultó ser la octava elección que Chávez ha ganado en cinco años, con una transparencia que ya hubiera querido Bush para un día de fiesta. Obediente a su propia Constitución, Chávez aceptó el referéndum, promovido por la oposición, y puso su cargo a disposición de la gente: “Decidan ustedes”. Hasta ahora, los presidentes interrumpían su gestión solamente por defunción, cuartelazo, pueblada o decisión parlamentaria. El referéndum ha inaugurado una forma inédita de democracia directa. Un acontecimiento extraordinario: Cuántos presidentes, de cualquier país del mundo, se animarían a hacerlo? Y cuántos seguirían siendo presidentes después de hacerlo? Este tirano inventado por los grandes medios de comunicación, este temible demonio, acaba de dar una tremenda inyección de vitaminas a la democracia, que en América Latina, y no sólo en América Latina, anda enclenque y precisada de energía. Un mes antes, Carlos Andrés Pérez, angelito de Dios, demócrata adorado por los grandes medios de comunicación, anunció un golpe de Estado a los cuatro vientos. Lisa y llanamente afirmó que “la vía violenta” era la única posible en Venezuela, y despreció el referéndum “porque no forma parte de la idiosincrasia latinoamericana”. La idiosincrasia latinoamericana, o sea, nuestra preciosa herencia: el pueblo sordomudo. Hasta hace pocos años, los venezolanos se iban a la playa cuando había elecciones. El voto no era, ni es, obligatorio. Pero el país ha pasado de la apatía total al total entusiasmo. El torrente de electores, colas enormes esperando al sol, a pie firme, durante horas y horas, desbordó todas las estructuras previstas para la votación. El aluvión democrático hizo también dificultosa la aplicación de la prevista tecnología último modelo para evitar los fraudes, en este país donde los muertos tienen la mala costumbre de votar y donde algunos vivos votan varias veces en cada elección, quizá por culpa del mal de Parkinson. “¡Aquí no hay libertad de expresión!”, claman con absoluta libertad de expresión las pantallas de televisión, las ondas de las radios y las páginas de los diarios. Chávez no ha cerrado ni una sola de las bocas que cotidianamente escupen insultos y mentiras. Impunemente ocurre la guerra química destinada a envenenar a la opinión pública. El único canal de televisión clausurado en Venezuela, el canal 8, no fue víctima de Chávez sino de quienes usurparon su presidencia, por un par de días, en el fugaz golpe de Estado de abril del año 2002. Y cuando Chávez volvió de la prisión, y recuperó la presidencia en andas de una inmensa multitud, los grandes medios venezolanos no se enteraron de la novedad. La televisión privada estuvo todo el día pasando películas de Tom y Jerry. Esa televisión ejemplar mereció el premio que el rey de España otorga al mejor periodismo. El rey recompensó una filmación de esos días turbulentos de abril. La filmación era una estafa. Mostraba a los salvajes chavistas disparando contra una inocente manifestación de opositores desarmados. La manifestación no existía, según se ha demostrado con pruebas irrefutables, pero se ve que este detalle no tenía importancia, porque el premio no fue retirado. Hasta ayercito nomás, en la Venezuela saudí, paraíso petrolero, el censo reconocía oficialmente un millón y medio de analfabetos, y había cinco millones de venezolanos indocumentados y sin derechos cívicos. Esos y otros muchos invisibles no están dispuestos a regresar a Nadalandia, que es el país donde habitan los nadies. Ellos han conquistado su país, que tan ajeno era: este referéndum ha probado, una vez más, que allí se quedan. Tomado de: Página/12,

Venimos a preguntarle a la patria, a nuestra patria, ¿por qué nos dejó ahí tantos y tantos años? ¿Por qué nos dejó ahí con tantas muertes? Y queremos preguntarle otra vez, a través de ustedes, ¿por qué es necesario matar y morir para que ustedes, y a través de ustedes, todo el mundo, escuchen a Ramona -que está aquí- decir cosas tan terribles como que las mujeres indígenas quieren vivir, quieren estudiar, quieren hospitales, quieren medicinas, quieren escuelas, quieren alimentos, quieren respeto, quieren justicia, quieren dignidad? Márcos A: Eduardo Galeano. Montevideo, Uruguay. De: Subcomandante Insurgente Marcos Montañas del Sureste Mexicano. Chiapas, México. Señor Galeano: Le escribo porque... porque me dieron ganas de escribirle. Porque ya pasó el día del niño acá en México y se me ocurre que a usted le puedo platicar lo que acá pasa, en un día del niño, en medio de una guerra sorda. Le escribo porque no tengo ninguna razón para hacerlo y, entonces, puedo así contarle lo que pasa o lo que me viene a la cabeza, sin la preocupación de que no se me vaya a olvidar el motivo de la carta. Porque sí, pues. También porque perdí el libro que me regaló y porque ese ratón cambista que suele ser el destino (?) ha repuesto el libro perdido con otro libro. Y porque se me ha quedado bailando en la cabeza una parte de su libro "Las palabras Andantes". Porque dice así: "¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?". Ventana sobre la palabra (VIII), p.262. Y entonces yo me he recostado para pensar y fumar. Es de madrugada y como almohada tengo un fusil (bueno, en realidad no es un fusil, es una carabina que fue de un policía hasta enero de 1994. Antes servía para matar indígenas, ahora sirve para que no los maten). Con las botas puestas y la pistola recostada a un lado, cerca de la mano, pienso y fumo. Afuera, alrededor de humo y pensamientos, mayo se engaña a sí mismo fingiendo que es junio y hay ahora una tormenta de lluvia, rayos y truenos que logró lo que parecía imposible: callar a los grillos. Pero yo no estoy pensando en la lluvia, no estoy tratando de adivinar cuál de los relámpagos que está por rasguñar la tela de la noche será el de la muerte, ni siquiera me preocupa que el techito de nylon que cubre mi estancia es demasiado pequeño y se moja la orilla del camastro (¡Ah! Porque resulta que me hice una camita de ramas y horcones, amarrados con bejucos. Lo hice porque la uso de escritorio, bodega y, a veces, para dormir. En la hamaca no me acomodo o me acomodo demasiado, me quedo muy dormido y el sueño profundo es un lujo que, acá, se puede pagar muy caro. En la cama de varillas de palo se está lo suficientemente incómodo como para que el sueño sea apenas un pestañazo). No, no me preocupan ni la noche, ni la lluvia, ni los truenos. Me preocupa eso de "¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?". El libro me lo mandó la Ana María, una indígena tzotzil que tiene el grado de mayor de infantería en nuestro ejército. Alguien se lo mandó a ella y ella me lo mandó a mí, sin saber que yo perdí un su libro de usted y este libro repone el libro perdido, que no es lo mismo pero tampoco es igual. El libro está lleno de dibujitos en tinta negra y yo creo que así deben ser los libros y las palabras: dibujitos que salen de la cabeza o la boca o las manos y que van y se ponen a bailar en el papel, cada que el libro se abre, y en el corazón cada que el libro se lee. El libro es el regalo más grande que el hombre se ha dado a sí mismo. Pero volvamos a su libro de usted que yo tengo ahora. Lo leí con un cabito de vela que cargaba en la mochila. El último tramo de pabilo se fue con esa página 262 (¡capicúa!, ¿no? ¿una señal?). Y entonces me recordé la frase aquella de Perón que me mandó y luego mi torpe respuesta y, más después, el libro que me envió. Y aquí la pena de contarle que el libro lo dejé botado en la "graciosa huida" de febrero. Y entonces me llegan este libro y las letras sobre el saber callar. Y yo ya llevo varias noches dándole vueltas al asunto, aun antes de que me llegara el libro. Y me pregunto si no llegó la hora de callar, si no será que ya se pasó el momento y ya no es el lugar, si no es la hora de morir la boca... Y le escribo esto en una madrugada de mayo, pasado ya el 30 de abril de 1995, que es el día del niño acá en México. Nosotros los niños mexicanos celebramos ese día, las más de las veces, a pesar de los adultos. Por ejemplo, gracias al supremo gobierno, hoy muchos niños indígenas mexicanos celebran su día en la montaña, lejos de sus casa, en malas condiciones de higiene, sin fiesta y con la pobreza más grande: la de no tener un lugar donde recostar el hambre y la esperanza. El supremo gobierno dice que no ha expulsado a estos niños de sus hogares, sólo ha metido a miles de soldados en sus terrenos. Con los soldados llegaron el trago, la prostitución, el robo, las torturas, los hostigamientos. Dice el supremo gobierno que los soldados vienen a "defender la soberanía nacional". Los soldados del gobierno "defiende" a México de los mexicanos. Estos niños no han sido expulsados, dice el gobierno, y no tienen por qué sentirse espantados de tantos tanques de guerra, cañones, helicópteros, aviones y miles de soldados. Tampoco tienen por qué asustarse, aunque esos soldados traigan órdenes de detener y matar a los papás de estos niños. No, estos niños no han sido expulsados de sus casa. Comparten el piso irregular de la montaña por el gusto de estar cerca de sus raíces, comparten la sarna y la desnutrición por el simple placer de rascarse y por lucir una figura esbelta. Los hijos de los dueños del gobierno pasan su día en fiestas y regalos. Los hijos de los zapatistas, dueños de nada como no sea su dignidad, pasan su día jugando a que son soldados que recuperan las tierras que les quitó el gobierno, juegan a que siembran la milpa, a que van por leña, a que se enferman y nadie los cura, a que tienen hambre y, en lugar de comida, se llenan la boca de canciones. Por ejemplo, esa canción, que les gusta cantar en la noche, cuando más cerradas son la lluvia y la niebla, y que dice, más o menos así: "Ya se mira el horizonte, combatiente zapatista, el camino marcará a los que vienen atrás" Y, por ejemplo, en el horizonte aparece, marcando el paso, el Heriberto. Y atrás del Heriberto, por ejemplo, va el hijito del Oscar que lo llaman Osmar. Y van, los dos, armados de sus dos varitas que pasaron a llevar de un acahual cercano ("No son varitas", dice el Heriberto y asegura que se trata de poderosas armas que son capaces de destruir un nido de hormigas arrieras que está cerca del arroyo y que le picaron al Heriberto y hubo de tomar represalias). Avanzan el Heriberto y el Osmar en columna. Y por el frente opuesto avanza la Eva, armada de un palo que tiene la ventaja de convertirse en muñeca cuando el ambiente es menos bélico. Y detrás de la Eva viene la Chelita, que levanta sus casi dos años apenas unos centímetros del suelo y que tiene unos ojos de venado lampareado que ya desvelarán, alguna noche, al tal Heriberto o al que se deje herir por destello tan moreno. Y atrás de la Chelita va un chuchito (perrito) que de puro flaco parece una marimba diminuta. Y a mí todo esto me lo están contando, pero como si lo estuviera viendo al Wellington frente a Napoleón en esa película que se llamó "Waterloo" y, creo, salía el Orson Wells y al Napoleón lo derrotaban por culpa de un dolor de panza. Pero aquí no hay Orson que valga, ni flanqueos de infantería, ni apoyo de artillería, ni defensa en cuadro contra las cargas de los de a caballo, porque tanto el Heriberto como la Eva han decidido optar por el ataque frontal y sin escaramuzas ni tanteos previos. Yo estoy a punto de opinar que eso parece batalla de sexos, pero ya se está lanzando el Heriberto sobre la Chelita, evitando la carga directa de la Eva que se ve, de pronto, frente a un Osmar que no la espera cara a cara,, ni de pie sino que está de lado y en cuclillas porque ahí no más le dieron ganas de cagar y la Eva proclama que el Osmar se cagó de miedo y el Osmar no dice nada porque ahora quiere montar el chuchito se le acercó a oler, y en el entretanto la Chelita se puso a llorar cuando vio venir al Heriberto y el Heriberto ahora no sabe qué hacer para que se calle la Chelita y le ofrece una piedrita de regalo ("Acaso es piedrita", dice el Heriberto que asegura que se trata de oro puro) y la Chelita nada que para su chilladera y yo estoy pensando que hasta que le dieron una sopa de su propio chocolate al Heriberto cuando llega la Eva, en maniobra que llaman de "voltear la posición enemiga", y le cae el Heriberto por la espalda (cuando Heriberto ya le está ofreciendo su arma antihormiga-arriera a la Chelita, la cual está considerando la oferta, entre chillido y chillido), y entonces, ¡pácatelas!, la muñeca-arma de la Eva llega en su cabeza del Heriberto y empieza la chilladera, (estereofónica, porque la Chelita se siente estimulada por los gritos del Heriberto y no se quiere quedar atrás), y hay sangre y ya viene la mamá de no sé quien, pero trae un cinturón en la mano y los dos ejércitos se desbandan y el campo de batalla queda desierto y en la enfermería declaran que el Heriberto tiene un chipote del tamaño de su nariz y que, como la Eva está intacta, ganaron la mujeres en esta batalla. El Heriberto se queja de arbitraje parcial y prepara el contra-ataque pero no será hasta mañana porque ahorita hay que comer los frijoles que no llenan ni el plato ni la panza... Y así pasaron el día del niño, dicen, los niños de un poblado que se llama Guadalupe Tepeyac. En la montaña lo pasaron, porque en su pueblo hay varios miles de soldados defendiendo "la soberanía nacional". Y dice el Heriberto que, cuando sea grande, va a ser chofer de un camioncito y piloto de avión no quiere ser porque, dice, si se le poncha la llanta del carrito, ahí nomás te bajas y te vas caminando, en cambio si se le poncha la llanta al avión no hay para donde hacerse. Y yo me digo que cuando sea grande voy a ser uruguayo-argentino y escritor, en ese orden, y no crea usted que será fácil porque lo que es el mate, no lo puedo tragar. Pero no era esto lo que yo quería contarle. Lo que yo quería era contarle un cuento para que usted lo cuente: Me enseñó el Viejo Antonio que uno es tan grande como el enemigo que escoge para luchar, y que uno es tan pequeño como grande el miedo que se tenga. "Elige un enemigo grande y esto te obligará a crecer para poder enfrentarlo. Achica tu miedo porque, si él crece, tú te harás pequeño", me dijo el Viejo Antonio una tarde de mayo y lluvia, en esa hora en que reinan el tabaco y la palabra. El gobierno le teme al pueblo de México, por eso tiene tantos soldados y policías. Tiene un miedo muy grande. En consecuencia, es muy pequeño. Nosotros le tenemos miedo al olvido, al que hemos ido achicando a fuerza de dolor y sangre. Somos, por tanto, grandes. Cuéntelo usted en algún escrito. Ponga que se lo contó el Viejo Antonio. Todos hemos tenido, alguna vez, un Viejo Antonio. Pero si usted no lo tuvo, yo le presto el mío por esta vez. Cuente usted que los indígenas de sureste mexicano achican su miedo para hacerse grandes, y escogen enemigos descomunales para obligarse a crecer y ser mejores. Esa es la idea, estoy seguro que usted encontrará mejores palabras para contarlo. Escoja usted una noche de lluvia, relámpagos y viento. Verá cómo el cuento sale así nomás, como un dibujito que se pone a bailar y a dar calor a los corazones que para eso son los bailes y los corazones. Vale. Salud y un muñequito sonriente, como ésos con los que firma. Desde las montañas del Sureste Mexicano. Subcomandante Insurgente Marcos P.D. de advertencia policiaca. Es mi deber informarle que soy, para el supremo gobierno de México, un delincuente. Por lo tanto mi correspondencia puede ser implicatoria. Le ruego que se grabe usted el contenido de la presente, es decir, la encomienda que suplica, y destrúyala inmediatamente. Si el papel fuera de chicle, le recomendaría que lo comiera y, masticando, se pusiera a hacer esas bombitas de chicle que tanto escandalizan a las buenas conciencias, y que demuestran la falta de urbanidad y educación de quien las hace. Aunque hay algunos que las hacen con la esperanza de que una de las bombitas sea lo suficientemente grande como para llevarlo a uno de esa ruta luminosa que, allá arriba, se alarga... como se alargan el dolor y la esperanza sobre el cielo de nuestra América. P.D. improbable. Salude usted de mi parte, si lo ve, al tal Benedetti. Dígale usted, por favor, que sus letras, puestas por mi boca en el oído de una mujer, arrancaron alguna vez un suspiro como esos que echan a andar a la humanidad entera. Dígale también, que quién quita y lo de "Marcos" fue por "el cumpleaños de Juan Ángel".
Nosotros iremos hacie el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán. Augusto C. Sandino Luz y Verdad Pues bien hermanos: Todos vosotros presentís una fuerza superior a si mismos y a todas las otras fuerzas del Universo. Esa fuerza invisible tiene muchos nombres, pero nosotros lo hemos conocido con el nombre de Dios. Seguramente de que entre vosotros hay muchos quienes han querido encontrar la oportunidad de quien les explique esas cosas tan hermosas. Pues bien hermanos: Lo que existió en el Universo, antes de las cosas que se pueden ver o tocar, fue el éter como sustancia única y primera de la Naturaleza (materia). Pero antes del éter, que todo lo que llena en el Universo, existió una gran voluntad; es decir, un gran deseo de Ser lo que no era, y que nosotros lo hemos conocido con el nombre de Amor. Por lo explicado se deja ver que el principio de todas las cosas es el Amor: o sea Dios. También se le puede llamar Padre Creador del Universo. La única hija del Amor, es la Justicia Divina. La injusticia no tiene ninguna razón de existir en el Universo, y su nacimiento fue de la envidia y antagonismo de los hombres, antes de haber comprendido su espíritu. Pero la incomprensión de los hombres solamente es un tránsito de la vida universal: y cuando la mayoría de la humanidad conozcan de que viven por el Espíritu, se acabara para siempre la injusticia y solamente podrá reinar la Justicia Divina: única hija del Amor. Pues bien hermanos: Muchas veces habréis oído hablar de un Juicio Final del mundo. Por Juicio Final del mundo se debe comprender la destrucción de la injusticia sobre la tierra y reinar el Espíritu de Luz y Verdad, o sea el Amor. También habréis oído decir de que en este siglo veinte, o sea en el Siglo de las Luces, es la época de que estaba profetizado el Juicio Final del Mundo. Pues bien hermanos: El siglo en cuestión se compone de cien años y ya vamos corriendo sobre los primeros treinta y uno; lo que quiere decir de que esa hecatombe anunciada deberá de quedar definida en estos últimos 69 años que faltan. No es cierto que San Vicente tenga que venir a tocar trompeta, ni es cierto de que la tierra vaya a estallar y que después se hundiría; No. Lo que ocurrirá es lo siguiente: Que los pueblos oprimidos romperán las cadenas de la humillación, con que nos han querido tener postergados los imperialistas de la tierra. Las trompetas que se oirán van a ser los clarines de guerra, entonando los himnos de la libertad de los pueblos oprimidos contra la injusticia de los opresores. La única que quedara hundida para siempre es la injusticia; y quedara el reino de la Perfección, el Amor; con su hija predilecta la Justicia Divina. Cábenos la honra hermanos: de que hemos sido en Nicaragua los escogidos por la Justicia Divina, a principiar el juicio de la injusticia sobre la tierra. No temáis mis queridos hermanos; y estad seguros, muy seguros y bien seguros de que muy luego tendremos nuestro triunfo definitivo en Nicaragua, con lo que quedara prendida la mecha de la "Explosión Proletaria" contra los imperialistas de la tierra. Sinceramente vuestro hermano. Manifiesto a los miembros de nuestro Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua Impulsión divina es la que anima y protege a nuestro Ejército, desde su principio y así lo será hasta su fin. Ese mismo impulso pide en Justicia de que todos nuestros hermanos miembros de este Ejército principien a conocer en su propia Luz y Verdad, de las leyes que rigen el Universo. Cuartel General del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua. El Chipotón, Las Segovias, Nic. C. A. Febrero de 1931, 15 Feb. Patria y Libertad A. C. SANDINO Tomado de: El pensamiento vivo de Sandino, Casa de las Américas, La Habana, 1980.
¡Qué admirable y digna de atención es nuestra situación, la de los hijos de esta Tierra! Cada uno de nosotros sólo se halla aquí para cumplir una breve visita. No sabemos con qué fin, aunque… a veces creemos sentirlo. Desde el punto de vista de la vida cotidiana, y sin reflexionar con más profundidad, sabemos lo siguiente: estamos en la Tierra para los demás, y en primer lugar, para aquellos de cuya sonrisa y bienestar depende plenamente nuestra propia dicha. También existimos para los innumerables desconocidos con cuyo destino nos ligan y encadenan lazos de simpatía. Todos los días pienso muchísimas veces que mi vida –exterior e interior- descansa sobre el trabajo de los hombres del presente y de los que ya no se encuentran entre los vivos, y que debo realizar un esfuerzo para retribuir en igual medida todo lo que he recibido y lo que sigo recibiendo. Experimento la necesidad de ser frugal, pero a menudo tengo la sensación –diríase apremiante- de que exijo de mi prójimo más de lo necesario. Considero injustificadas las diferencias sociales y que, en realidad, están basadas en la violencia. Creo también que sería conveniente para todos, y tanto para el cuerpo como para el espíritu, una vida exterior sencilla y sin mayores pretensiones. No creo en la libertad de los hombres, tomándola en el sentido filosófico de la palabra. Cada uno obra y procede no sólo bajo una coerción exterior, sino también en la medida de ciertas necesidades interiores. La sentencia de Schopenhauer: “Aún cuando el hombre puede hacer lo que quiere, no puede, sin embargo, querer lo que quiere”, ha penetrado vivamente en mi espíritu desde mi juventud al verme en presencia de las exigencias de la vida y siempre me sirvió de consuelo, a la vez que de inagotable fuente de tolerancia. Este conocimiento suaviza el sentimiento de responsabilidad –que actúa en forma paralizadora- obrando en el sentido de convencernos de que no debemos tomarnos en serio nosotros no a los demás; lleva a una concepción de la vida que también permite en forma especial el humorismo. Siempre me pareció insensato, desde el punto de vista objetivo, formularme preguntas sobre el sentido y la finalidad de mi propia existencia, así como la de los semejantes. No obstante, cada individuo abriga ciertos ideales que orientan sus tendencias y sus juicios. En este sentido, jamás me pareció que los placeres y la dicha poseyeran un fin ni tuvieran un objetivo (esta base ética la denomino también “ideal de una piara de cerdos”). Los ideales que alumbraron mi camiino y me infundieron alegre ánimo para vivir, fueron siempre el bien, la belleza y la verdad. Sin la sensación de estar de acuerdo con los que piensan de la misma manera, sin la ocupación de lo objetivo, de lo eternamente inalcanzable en el mundo del arte y de la investigación científiva, la vida me habría parecido vacía, desprovista de contenido. Los objetivos triviales de las tendencias humanas: la posesión de bienes, el éxito exterior y el lujo, me parecieron execrables desde mis años juveniles. Mi apasionamiento por la justicia social y por las obligaciones del mismo orden, hallábase siempre en íntima contradicción y en pugna con la expresa carencia de necesidad en cuanto al trato y contacto inmediato con los hombres y las comunidades humanas. Soy un verdadero y auténtico Einspänner (viajero solitario), y no pertenezco por completo al Estado, ni al hogar, ni al círculo de amigos y ni siquiera al círculo familiar más estrecho. Experimento frente a todos estos vínculos, una sensación de extrañeza y la necesidad de soledad, de aislamiento –una sensación que va en aumento con el curso de la edad-. Siento agudamente –aun cuando sin comprenderlo- los límites que separan de la comprensión y del entendimiento con los demás. Bien es cierto que en tales condiciones uno pierde parte de su indiferencia y su despereocupación, pero en cambio se torna completamente independiente de las opiniones, costumbres y juicios del prójimo, y no cae en la tentación de colocar su estado de equilibrio sobre una base tan poco sólida. Mi ideal político es la democracia; que cada uno sea respetado como individuo y que nadie sea idolatrado. Es en verdad una ironía del destino que se me haya manifestado y exteriorizado, precisamente a mí, tanta admiración, sin tener yo la culpa o el mérito para ello. El origen de tal sentimiento muy bien podría haber sido el deseo de muchos de comprender el par de teorías que formulé con mis débiles fuerzas y como fruto de un constante y continuo bregar. Y aunque sé que para lograr cualquier fin organizado es necesario que uno mismo piense, ordene y soporte la mayor parte de la responsabilidad, los dirigidos y gobernados no han de ser forzados, sino que deben tener libertad para elegir a sus dirigentes. Un sistema autocrático de violencia degenera –a mi juicio- en muy poco tiempo. La violencia atrae siempre a los moralmente inferiores y, de acuerdo con mi convicción, es ley que los tiranos geniales tienen como sucesores a los canallas. Basándome en ello, siempre fui un adversario apasionado de los sistemas como los que rigen actualmente [1931] en Italia y en otros países. El hecho de que la forma democrática –que hoy día impera en Europa- haya caído en el descrédito, no reside en la idea fundamental de la democracia, ni hay que echarle a ésta la culpa de ello, sino que hay que atribuirla a la falta de estabilidad en las cumbres gubernamentales y al carácter impersonal de las eleccionees. Creo con firmeza que los Estados Unidos de la América del Norte han acertado en este sentido: tienen un presidente electo por un período suficiente, quien se hace cargo de una gran responsabilidad y cuenta con el poder necesario para ser efectivamente el portador de la misma. En cambio, aprecio en nuestra organización estadual la preocupación por el individuo, para el caso de enfermedad o de necesidad. Lo único verdaderamente valioso, según mi opinión, en el mecanismo de la sociedad humana, no es el Estado, sino el individuo creador, el individuo que siente, la personalidad: es ella sola la que crea lo noble y lo sublime, mientras que la multitud, en su calidad de tal, es torpe en el pensar, y no lo es menos en cuanto a sentir. Hablando de todo esto, llego al peor engendro de la humanidad: el militarismo, que me es tan odioso. El que se siente en condiciones de marchar con placer, en fila, codo a codo, al son de la música marcial, ha recibido un cerebro grande sólo por equivocación, puesto que le hubiera bastado con tener únicamente la médula espinal. Este oprobio, la mancha que gravita sobre la civilización, ha de ser borrada para que desaparezca tan pronto como sea posible. El heroísmo a la voz de mando, la violencia irracional y el vano patriotismo ¡con cuánto ardor, con qué intensidad los odio! ¡Qué execrable me parece la guerra! ¡Me dejaría cortar en pedazos antes que participar en hechos tan abominables! Tengo una opinión tan elevada de la humanidad, que creo que ese fantasma hubiera desaparecido hace mucho si el sano criterio de los pueblos no se corrompiera sistemáticamente, por los intereses comerciales y políticos, por medio de las escuelas y la prensa. Lo más hermoso de la vida es lo insondable, lo que está lleno de misterio. Es éste el sentimiento básico que se halla junto a la cuna del arte verdadero y de la auténtica ciencia. Quien no lo experimenta, el que no está en condiciones de admitir o asombrarse, está muerto, por decirlo así, y con la mirada apagada. También la religión se basa en lo misterioso, aunque con una mezcla de temor. El conocimiento de que existe algo impenetrable para nosotros, de que hay manifestaciones de la razón, de la conciencia más honda y de la belleza más deslumbrante, accesibles a nuestra conciencia sólo en sus formas más primitivas; todo este saber, conocer y sentir, da origen a la verdadera religiosidad; en este sentido, y sólo en él, pertenezco a los hombres profundamentes religiosos. Pero no alcanzo a imaginar a un Dios que premia o castiga a sus criaturas, o que, en general, posee una voluntad semejante a la que observamos y sentimos en nosotros mismos. Tampoco me es posible concebir que un individuo sobreviva a su murte corporal; esta clase de pensamientos sólo pueden servir de alimento para las almas débiles, temerosas, o ridículamente egoístas. A mí me basta con el misterio de la eternidad de la vida, con el conocimiento y el sentir de la admirable estructura de la existencia, con lo presente, así como con la abnegada tendencia hacia la comprensión y el logro aunque sea de la mínima parte de la Razón que se manifiesta en la Naturaleza. Albert Einstein. Cómo veo el mundo. Siglo Veinte. Buenos Aires, 1978, pg. 9 y ss.
¡Qué admirable y digna de atención es nuestra situación, la de los hijos de esta Tierra! Cada uno de nosotros sólo se halla aquí para cumplir una breve visita. No sabemos con qué fin, aunque… a veces creemos sentirlo. Desde el punto de vista de la vida cotidiana, y sin reflexionar con más profundidad, sabemos lo siguiente: estamos en la Tierra para los demás, y en primer lugar, para aquellos de cuya sonrisa y bienestar depende plenamente nuestra propia dicha. También existimos para los innumerables desconocidos con cuyo destino nos ligan y encadenan lazos de simpatía. Todos los días pienso muchísimas veces que mi vida –exterior e interior- descansa sobre el trabajo de los hombres del presente y de los que ya no se encuentran entre los vivos, y que debo realizar un esfuerzo para retribuir en igual medida todo lo que he recibido y lo que sigo recibiendo. Experimento la necesidad de ser frugal, pero a menudo tengo la sensación –diríase apremiante- de que exijo de mi prójimo más de lo necesario. Considero injustificadas las diferencias sociales y que, en realidad, están basadas en la violencia. Creo también que sería conveniente para todos, y tanto para el cuerpo como para el espíritu, una vida exterior sencilla y sin mayores pretensiones. No creo en la libertad de los hombres, tomándola en el sentido filosófico de la palabra. Cada uno obra y procede no sólo bajo una coerción exterior, sino también en la medida de ciertas necesidades interiores. La sentencia de Schopenhauer: “Aún cuando el hombre puede hacer lo que quiere, no puede, sin embargo, querer lo que quiere”, ha penetrado vivamente en mi espíritu desde mi juventud al verme en presencia de las exigencias de la vida y siempre me sirvió de consuelo, a la vez que de inagotable fuente de tolerancia. Este conocimiento suaviza el sentimiento de responsabilidad –que actúa en forma paralizadora- obrando en el sentido de convencernos de que no debemos tomarnos en serio nosotros no a los demás; lleva a una concepción de la vida que también permite en forma especial el humorismo. Siempre me pareció insensato, desde el punto de vista objetivo, formularme preguntas sobre el sentido y la finalidad de mi propia existencia, así como la de los semejantes. No obstante, cada individuo abriga ciertos ideales que orientan sus tendencias y sus juicios. En este sentido, jamás me pareció que los placeres y la dicha poseyeran un fin ni tuvieran un objetivo (esta base ética la denomino también “ideal de una piara de cerdos”). Los ideales que alumbraron mi camiino y me infundieron alegre ánimo para vivir, fueron siempre el bien, la belleza y la verdad. Sin la sensación de estar de acuerdo con los que piensan de la misma manera, sin la ocupación de lo objetivo, de lo eternamente inalcanzable en el mundo del arte y de la investigación científiva, la vida me habría parecido vacía, desprovista de contenido. Los objetivos triviales de las tendencias humanas: la posesión de bienes, el éxito exterior y el lujo, me parecieron execrables desde mis años juveniles. Mi apasionamiento por la justicia social y por las obligaciones del mismo orden, hallábase siempre en íntima contradicción y en pugna con la expresa carencia de necesidad en cuanto al trato y contacto inmediato con los hombres y las comunidades humanas. Soy un verdadero y auténtico Einspänner (viajero solitario), y no pertenezco por completo al Estado, ni al hogar, ni al círculo de amigos y ni siquiera al círculo familiar más estrecho. Experimento frente a todos estos vínculos, una sensación de extrañeza y la necesidad de soledad, de aislamiento –una sensación que va en aumento con el curso de la edad-. Siento agudamente –aun cuando sin comprenderlo- los límites que separan de la comprensión y del entendimiento con los demás. Bien es cierto que en tales condiciones uno pierde parte de su indiferencia y su despereocupación, pero en cambio se torna completamente independiente de las opiniones, costumbres y juicios del prójimo, y no cae en la tentación de colocar su estado de equilibrio sobre una base tan poco sólida. Mi ideal político es la democracia; que cada uno sea respetado como individuo y que nadie sea idolatrado. Es en verdad una ironía del destino que se me haya manifestado y exteriorizado, precisamente a mí, tanta admiración, sin tener yo la culpa o el mérito para ello. El origen de tal sentimiento muy bien podría haber sido el deseo de muchos de comprender el par de teorías que formulé con mis débiles fuerzas y como fruto de un constante y continuo bregar. Y aunque sé que para lograr cualquier fin organizado es necesario que uno mismo piense, ordene y soporte la mayor parte de la responsabilidad, los dirigidos y gobernados no han de ser forzados, sino que deben tener libertad para elegir a sus dirigentes. Un sistema autocrático de violencia degenera –a mi juicio- en muy poco tiempo. La violencia atrae siempre a los moralmente inferiores y, de acuerdo con mi convicción, es ley que los tiranos geniales tienen como sucesores a los canallas. Basándome en ello, siempre fui un adversario apasionado de los sistemas como los que rigen actualmente [1931] en Italia y en otros países. El hecho de que la forma democrática –que hoy día impera en Europa- haya caído en el descrédito, no reside en la idea fundamental de la democracia, ni hay que echarle a ésta la culpa de ello, sino que hay que atribuirla a la falta de estabilidad en las cumbres gubernamentales y al carácter impersonal de las eleccionees. Creo con firmeza que los Estados Unidos de la América del Norte han acertado en este sentido: tienen un presidente electo por un período suficiente, quien se hace cargo de una gran responsabilidad y cuenta con el poder necesario para ser efectivamente el portador de la misma. En cambio, aprecio en nuestra organización estadual la preocupación por el individuo, para el caso de enfermedad o de necesidad. Lo único verdaderamente valioso, según mi opinión, en el mecanismo de la sociedad humana, no es el Estado, sino el individuo creador, el individuo que siente, la personalidad: es ella sola la que crea lo noble y lo sublime, mientras que la multitud, en su calidad de tal, es torpe en el pensar, y no lo es menos en cuanto a sentir. Hablando de todo esto, llego al peor engendro de la humanidad: el militarismo, que me es tan odioso. El que se siente en condiciones de marchar con placer, en fila, codo a codo, al son de la música marcial, ha recibido un cerebro grande sólo por equivocación, puesto que le hubiera bastado con tener únicamente la médula espinal. Este oprobio, la mancha que gravita sobre la civilización, ha de ser borrada para que desaparezca tan pronto como sea posible. El heroísmo a la voz de mando, la violencia irracional y el vano patriotismo ¡con cuánto ardor, con qué intensidad los odio! ¡Qué execrable me parece la guerra! ¡Me dejaría cortar en pedazos antes que participar en hechos tan abominables! Tengo una opinión tan elevada de la humanidad, que creo que ese fantasma hubiera desaparecido hace mucho si el sano criterio de los pueblos no se corrompiera sistemáticamente, por los intereses comerciales y políticos, por medio de las escuelas y la prensa. Lo más hermoso de la vida es lo insondable, lo que está lleno de misterio. Es éste el sentimiento básico que se halla junto a la cuna del arte verdadero y de la auténtica ciencia. Quien no lo experimenta, el que no está en condiciones de admitir o asombrarse, está muerto, por decirlo así, y con la mirada apagada. También la religión se basa en lo misterioso, aunque con una mezcla de temor. El conocimiento de que existe algo impenetrable para nosotros, de que hay manifestaciones de la razón, de la conciencia más honda y de la belleza más deslumbrante, accesibles a nuestra conciencia sólo en sus formas más primitivas; todo este saber, conocer y sentir, da origen a la verdadera religiosidad; en este sentido, y sólo en él, pertenezco a los hombres profundamentes religiosos. Pero no alcanzo a imaginar a un Dios que premia o castiga a sus criaturas, o que, en general, posee una voluntad semejante a la que observamos y sentimos en nosotros mismos. Tampoco me es posible concebir que un individuo sobreviva a su murte corporal; esta clase de pensamientos sólo pueden servir de alimento para las almas débiles, temerosas, o ridículamente egoístas. A mí me basta con el misterio de la eternidad de la vida, con el conocimiento y el sentir de la admirable estructura de la existencia, con lo presente, así como con la abnegada tendencia hacia la comprensión y el logro aunque sea de la mínima parte de la Razón que se manifiesta en la Naturaleza. Albert Einstein. Cómo veo el mundo. Siglo Veinte. Buenos Aires, 1978, pg. 9 y ss.

Venimos a preguntarle a la patria, a nuestra patria, ¿por qué nos dejó ahí tantos y tantos años? ¿Por qué nos dejó ahí con tantas muertes? Y queremos preguntarle otra vez, a través de ustedes, ¿por qué es necesario matar y morir para que ustedes, y a través de ustedes, todo el mundo, escuchen a Ramona -que está aquí- decir cosas tan terribles como que las mujeres indígenas quieren vivir, quieren estudiar, quieren hospitales, quieren medicinas, quieren escuelas, quieren alimentos, quieren respeto, quieren justicia, quieren dignidad? Márcos Carta de Marcos a Eduardo Galeano: A: Eduardo Galeano. Montevideo, Uruguay. De: Subcomandante Insurgente Marcos Montañas del Sureste Mexicano. Chiapas, México. Señor Galeano: Le escribo porque... porque me dieron ganas de escribirle. Porque ya pasó el día del niño acá en México y se me ocurre que a usted le puedo platicar lo que acá pasa, en un día del niño, en medio de una guerra sorda. Le escribo porque no tengo ninguna razón para hacerlo y, entonces, puedo así contarle lo que pasa o lo que me viene a la cabeza, sin la preocupación de que no se me vaya a olvidar el motivo de la carta. Porque sí, pues. También porque perdí el libro que me regaló y porque ese ratón cambista que suele ser el destino (?) ha repuesto el libro perdido con otro libro. Y porque se me ha quedado bailando en la cabeza una parte de su libro "Las palabras Andantes". Porque dice así: "¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?". Ventana sobre la palabra (VIII), p.262. Y entonces yo me he recostado para pensar y fumar. Es de madrugada y como almohada tengo un fusil (bueno, en realidad no es un fusil, es una carabina que fue de un policía hasta enero de 1994. Antes servía para matar indígenas, ahora sirve para que no los maten). Con las botas puestas y la pistola recostada a un lado, cerca de la mano, pienso y fumo. Afuera, alrededor de humo y pensamientos, mayo se engaña a sí mismo fingiendo que es junio y hay ahora una tormenta de lluvia, rayos y truenos que logró lo que parecía imposible: callar a los grillos. Pero yo no estoy pensando en la lluvia, no estoy tratando de adivinar cuál de los relámpagos que está por rasguñar la tela de la noche será el de la muerte, ni siquiera me preocupa que el techito de nylon que cubre mi estancia es demasiado pequeño y se moja la orilla del camastro (¡Ah! Porque resulta que me hice una camita de ramas y horcones, amarrados con bejucos. Lo hice porque la uso de escritorio, bodega y, a veces, para dormir. En la hamaca no me acomodo o me acomodo demasiado, me quedo muy dormido y el sueño profundo es un lujo que, acá, se puede pagar muy caro. En la cama de varillas de palo se está lo suficientemente incómodo como para que el sueño sea apenas un pestañazo). No, no me preocupan ni la noche, ni la lluvia, ni los truenos. Me preocupa eso de "¿Sabe callar la palabra cuando ya no se encuentra con el momento que la necesita ni con el lugar que la quiere?. Y la boca, ¿sabe morir?". El libro me lo mandó la Ana María, una indígena tzotzil que tiene el grado de mayor de infantería en nuestro ejército. Alguien se lo mandó a ella y ella me lo mandó a mí, sin saber que yo perdí un su libro de usted y este libro repone el libro perdido, que no es lo mismo pero tampoco es igual. El libro está lleno de dibujitos en tinta negra y yo creo que así deben ser los libros y las palabras: dibujitos que salen de la cabeza o la boca o las manos y que van y se ponen a bailar en el papel, cada que el libro se abre, y en el corazón cada que el libro se lee. El libro es el regalo más grande que el hombre se ha dado a sí mismo. Pero volvamos a su libro de usted que yo tengo ahora. Lo leí con un cabito de vela que cargaba en la mochila. El último tramo de pabilo se fue con esa página 262 (¡capicúa!, ¿no? ¿una señal?). Y entonces me recordé la frase aquella de Perón que me mandó y luego mi torpe respuesta y, más después, el libro que me envió. Y aquí la pena de contarle que el libro lo dejé botado en la "graciosa huida" de febrero. Y entonces me llegan este libro y las letras sobre el saber callar. Y yo ya llevo varias noches dándole vueltas al asunto, aun antes de que me llegara el libro. Y me pregunto si no llegó la hora de callar, si no será que ya se pasó el momento y ya no es el lugar, si no es la hora de morir la boca... Y le escribo esto en una madrugada de mayo, pasado ya el 30 de abril de 1995, que es el día del niño acá en México. Nosotros los niños mexicanos celebramos ese día, las más de las veces, a pesar de los adultos. Por ejemplo, gracias al supremo gobierno, hoy muchos niños indígenas mexicanos celebran su día en la montaña, lejos de sus casa, en malas condiciones de higiene, sin fiesta y con la pobreza más grande: la de no tener un lugar donde recostar el hambre y la esperanza. El supremo gobierno dice que no ha expulsado a estos niños de sus hogares, sólo ha metido a miles de soldados en sus terrenos. Con los soldados llegaron el trago, la prostitución, el robo, las torturas, los hostigamientos. Dice el supremo gobierno que los soldados vienen a "defender la soberanía nacional". Los soldados del gobierno "defiende" a México de los mexicanos. Estos niños no han sido expulsados, dice el gobierno, y no tienen por qué sentirse espantados de tantos tanques de guerra, cañones, helicópteros, aviones y miles de soldados. Tampoco tienen por qué asustarse, aunque esos soldados traigan órdenes de detener y matar a los papás de estos niños. No, estos niños no han sido expulsados de sus casa. Comparten el piso irregular de la montaña por el gusto de estar cerca de sus raíces, comparten la sarna y la desnutrición por el simple placer de rascarse y por lucir una figura esbelta. Los hijos de los dueños del gobierno pasan su día en fiestas y regalos. Los hijos de los zapatistas, dueños de nada como no sea su dignidad, pasan su día jugando a que son soldados que recuperan las tierras que les quitó el gobierno, juegan a que siembran la milpa, a que van por leña, a que se enferman y nadie los cura, a que tienen hambre y, en lugar de comida, se llenan la boca de canciones. Por ejemplo, esa canción, que les gusta cantar en la noche, cuando más cerradas son la lluvia y la niebla, y que dice, más o menos así: "Ya se mira el horizonte, combatiente zapatista, el camino marcará a los que vienen atrás" Y, por ejemplo, en el horizonte aparece, marcando el paso, el Heriberto. Y atrás del Heriberto, por ejemplo, va el hijito del Oscar que lo llaman Osmar. Y van, los dos, armados de sus dos varitas que pasaron a llevar de un acahual cercano ("No son varitas", dice el Heriberto y asegura que se trata de poderosas armas que son capaces de destruir un nido de hormigas arrieras que está cerca del arroyo y que le picaron al Heriberto y hubo de tomar represalias). Avanzan el Heriberto y el Osmar en columna. Y por el frente opuesto avanza la Eva, armada de un palo que tiene la ventaja de convertirse en muñeca cuando el ambiente es menos bélico. Y detrás de la Eva viene la Chelita, que levanta sus casi dos años apenas unos centímetros del suelo y que tiene unos ojos de venado lampareado que ya desvelarán, alguna noche, al tal Heriberto o al que se deje herir por destello tan moreno. Y atrás de la Chelita va un chuchito (perrito) que de puro flaco parece una marimba diminuta. Y a mí todo esto me lo están contando, pero como si lo estuviera viendo al Wellington frente a Napoleón en esa película que se llamó "Waterloo" y, creo, salía el Orson Wells y al Napoleón lo derrotaban por culpa de un dolor de panza. Pero aquí no hay Orson que valga, ni flanqueos de infantería, ni apoyo de artillería, ni defensa en cuadro contra las cargas de los de a caballo, porque tanto el Heriberto como la Eva han decidido optar por el ataque frontal y sin escaramuzas ni tanteos previos. Yo estoy a punto de opinar que eso parece batalla de sexos, pero ya se está lanzando el Heriberto sobre la Chelita, evitando la carga directa de la Eva que se ve, de pronto, frente a un Osmar que no la espera cara a cara,, ni de pie sino que está de lado y en cuclillas porque ahí no más le dieron ganas de cagar y la Eva proclama que el Osmar se cagó de miedo y el Osmar no dice nada porque ahora quiere montar el chuchito se le acercó a oler, y en el entretanto la Chelita se puso a llorar cuando vio venir al Heriberto y el Heriberto ahora no sabe qué hacer para que se calle la Chelita y le ofrece una piedrita de regalo ("Acaso es piedrita", dice el Heriberto que asegura que se trata de oro puro) y la Chelita nada que para su chilladera y yo estoy pensando que hasta que le dieron una sopa de su propio chocolate al Heriberto cuando llega la Eva, en maniobra que llaman de "voltear la posición enemiga", y le cae el Heriberto por la espalda (cuando Heriberto ya le está ofreciendo su arma antihormiga-arriera a la Chelita, la cual está considerando la oferta, entre chillido y chillido), y entonces, ¡pácatelas!, la muñeca-arma de la Eva llega en su cabeza del Heriberto y empieza la chilladera, (estereofónica, porque la Chelita se siente estimulada por los gritos del Heriberto y no se quiere quedar atrás), y hay sangre y ya viene la mamá de no sé quien, pero trae un cinturón en la mano y los dos ejércitos se desbandan y el campo de batalla queda desierto y en la enfermería declaran que el Heriberto tiene un chipote del tamaño de su nariz y que, como la Eva está intacta, ganaron la mujeres en esta batalla. El Heriberto se queja de arbitraje parcial y prepara el contra-ataque pero no será hasta mañana porque ahorita hay que comer los frijoles que no llenan ni el plato ni la panza... Y así pasaron el día del niño, dicen, los niños de un poblado que se llama Guadalupe Tepeyac. En la montaña lo pasaron, porque en su pueblo hay varios miles de soldados defendiendo "la soberanía nacional". Y dice el Heriberto que, cuando sea grande, va a ser chofer de un camioncito y piloto de avión no quiere ser porque, dice, si se le poncha la llanta del carrito, ahí nomás te bajas y te vas caminando, en cambio si se le poncha la llanta al avión no hay para donde hacerse. Y yo me digo que cuando sea grande voy a ser uruguayo-argentino y escritor, en ese orden, y no crea usted que será fácil porque lo que es el mate, no lo puedo tragar. Pero no era esto lo que yo quería contarle. Lo que yo quería era contarle un cuento para que usted lo cuente: Me enseñó el Viejo Antonio que uno es tan grande como el enemigo que escoge para luchar, y que uno es tan pequeño como grande el miedo que se tenga. "Elige un enemigo grande y esto te obligará a crecer para poder enfrentarlo. Achica tu miedo porque, si él crece, tú te harás pequeño", me dijo el Viejo Antonio una tarde de mayo y lluvia, en esa hora en que reinan el tabaco y la palabra. El gobierno le teme al pueblo de México, por eso tiene tantos soldados y policías. Tiene un miedo muy grande. En consecuencia, es muy pequeño. Nosotros le tenemos miedo al olvido, al que hemos ido achicando a fuerza de dolor y sangre. Somos, por tanto, grandes. Cuéntelo usted en algún escrito. Ponga que se lo contó el Viejo Antonio. Todos hemos tenido, alguna vez, un Viejo Antonio. Pero si usted no lo tuvo, yo le presto el mío por esta vez. Cuente usted que los indígenas de sureste mexicano achican su miedo para hacerse grandes, y escogen enemigos descomunales para obligarse a crecer y ser mejores. Esa es la idea, estoy seguro que usted encontrará mejores palabras para contarlo. Escoja usted una noche de lluvia, relámpagos y viento. Verá cómo el cuento sale así nomás, como un dibujito que se pone a bailar y a dar calor a los corazones que para eso son los bailes y los corazones. Vale. Salud y un muñequito sonriente, como ésos con los que firma. Desde las montañas del Sureste Mexicano. Subcomandante Insurgente Marcos P.D. de advertencia policiaca. Es mi deber informarle que soy, para el supremo gobierno de México, un delincuente. Por lo tanto mi correspondencia puede ser implicatoria. Le ruego que se grabe usted el contenido de la presente, es decir, la encomienda que suplica, y destrúyala inmediatamente. Si el papel fuera de chicle, le recomendaría que lo comiera y, masticando, se pusiera a hacer esas bombitas de chicle que tanto escandalizan a las buenas conciencias, y que demuestran la falta de urbanidad y educación de quien las hace. Aunque hay algunos que las hacen con la esperanza de que una de las bombitas sea lo suficientemente grande como para llevarlo a uno de esa ruta luminosa que, allá arriba, se alarga... como se alargan el dolor y la esperanza sobre el cielo de nuestra América. P.D. improbable. Salude usted de mi parte, si lo ve, al tal Benedetti. Dígale usted, por favor, que sus letras, puestas por mi boca en el oído de una mujer, arrancaron alguna vez un suspiro como esos que echan a andar a la humanidad entera. Dígale también, que quién quita y lo de "Marcos" fue por "el cumpleaños de Juan Ángel".
Hasta Siempre (Carlos Puebla, 1965) Aprendimos a quererte desde la histórica altura donde el sol de tu bravura le puso un cerco a la muerte. Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia, de tu querida presencia Comandante Che Guevara. Tu mano gloriosa y fuerte sobre la historia dispara cuando todo Santa Clara se despierta para verte. Aquí... Vienes quemando la brisa con soles de primavera para plantar la bandera con la luz de tu sonrisa. Aquí... Tu amor revolucionario te conduce a nueva empresa donde esperan la firmeza de tu brazo libertario. Aquí... Seguiremos adelante como junto a ti seguimos y con Fidel te decimos: hasta siempre Comandante. Aquí... NADA MAS (Homenaje a Ernesto Guevara) (Atahualpa Yupanqui) Teniendo rancho y caballo es mas liviano la pena. De todo aquello que tuve solo el recuerdo me queda. Nada más. No tengo cuentas con Dios. Mis cuentas son con los hombres. Yo rezo en el llano abierto y me hago león en el monte. Nada más. Me gusta mirarlo al hombre Plantado sobre la tierra Como una piedra en la cumbre Como un faro en la ribera Nada más. Alguna gente se muere Para volver a nacer. Y el que tenga alguna duda Que se lo pregunte al Che. Nada más. Zamba al Che Víctor Jara Vengo cantando esta zamba con redoble libertario, mataron al guerrillero Che comandante Guevara. Selvas, pampas y montañas patria o muerte su destino. Que los derechos humanos los violan en tantas partes, en América Latina domingo, lunes y martes. Nos imponen militares para sojuzgar los pueblos, dictadores, asesinos, gorilas y generales. Explotan al campesino al minero y al obrero, cuanto dolor su destino, hambre miseria y dolor. Bolívar le dió el camino y Guevara lo siguió: liberar a nuestro pueblo del dominio explotador. A Cuba le dió la gloria de la nación liberada. Bolivia también le llora su vida sacrificada. San Ernesto de La Higuera le llaman los campesinos, selvas, pampas y montañas, patria o muerte su destino. Che Miguel Barnet Che, tú lo sabes todo, los recovecos de la Sierra, el asma sobre la yerba fría la tribuna el oleaje en la noche y hasta de qué se hacen los frutos y las yuntas No es que yo quiera darte pluma por pistola pero el poeta eres tú. Yo tuve un hermano Julio Cortázar Yo tuve un hermano no nos vimos nunca pero no importaba. Yo tuve un hermano que iba por los montes mientras yo dormía. Lo quise a mi modo le tomé su voz libre como el agua. Camine de a ratos cerca de su sombra no nos vimos nunca pero no importaba. Mi hermano despierto mientras yo dormía. Mi hermano mostrándome detrás de la noche su estrella elegida. Che Samuel Feijoó Sobrio, tranquilo y tajante, Así, se levantaba, andaba latía. Ni un solo instante se perdió en flojeras, nimiedades, jactancias, quejas. Ni una solo vianda arrimo a su plato con su propia mano en la cena de todos. Era la justicia, sonreída y firme. Así, solo se ha visto. así. jamas tendra su noche en la memoria. Retornará como los huracanes y los rayos, todo encendido como era y es, en la justícia, y abatira a los cuervos y a las fieras, sangrientas águilas. No haya duelo por él, ganó la llamarada del que se ofrenda entero. Todos los apaleados del mundo lo entienden, lo besan, lo sujetan: héroe, sin esperar más gloria que el futuro alegre. No haya duelo. Su victoria es la nuestra; no cejamos: siglo tras siglo. Che Mario Benedetti Lo han cubierto de afiches / de pancartas de voces en los muros de agravios retroactivos de honores a destiempo lo han transformado en pieza de consumo en memoria trivial en ayer sin retorno en rabia enmbalsamada han decidido usarlo como epilogo como ultima thule de la inocencia vana como anejo arquetipo de santo o satanas y quizas han resuelto que la unica forma de desprenderse de El o dejarlo al garete es vaciarlo de lumbre convertirlo en un heroe de marmol o de yeso y por lo tanto inmovil o mejor como mito o silueta o fantasma del pasado pisado sin embargo los ojos incerrables del che miran como si no pudieran no mirar asombrados tal vez de que el mundo no entienda que treinta anos despues siga bregando dulce y tenaz por la dicha del hombre. Nicolás Guillén Che Comandante No porque hayas caído tu luz es menos alta. Un caballo de fuego sostiene tu escultura guerrillera entre el viento y las nubes de la Sierra. No por callado eres silencio. Y no porque te quemen, porque te disimulen bajo tierra, porque te escondan en cementerio, bosques, páramos, van a impedir que te encontremos Che Comandante, amigo. Credo del Ché por "Jorge Cruz" (Roque Dalton) El Ché Jesucristo fue hecho prisionero después de concluir su sermón en la montaña (con fondo de tableteo de ametralladoras) por rangers bolivianos y judíos comandados por jefes yankees-romanos. Lo condenaron los escribas y fariseos revisionistas cuyo portavoz fue Caifás Monje mientras Poncio Barrientos trataba de lavarse las manos hablando en inglés militar sobre las espaldas del pueblo que mascaba hojas de coca sin siquiera tener la alternativa de un Barrabás (Judas Iscariote fue de los que desertaron de la guerrilla y enseñaron el camino a los rangers) Después le colocaron a Cristo Guevara una corona de espinas y una túnica de loco y le colgaron un rótulo del pescuezo en son de burla INRI: Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices Luego lo hicieron cargar su cruz encima de su asma y lo crucificaron con ráfagas de M-2 y le cortaron la cabeza y las manos y quemaron todo lo demás para que la ceniza desapareciera con el viento En vista de lo cual no le ha quedado al Ché otro camino que el de resucitar y quedarse a la izquierda de los hombres exigiéndoles que apresuren el paso por los siglos de los siglos Amén. ELISEO DIEGO Donde nunca jamás se lo imaginan Entonces ya es seguro que estás muerto No volveremos otra vez a verte Jugar con el aliento de los hartos Al escribir como al desgano: Che, Sobre el dinero Entre leyendas Viniste brevemente a nuestro día Para después marcharte entre leyendas. Cruzabas en la sombra, rápido Filo sediento de relámpago, Y el miedo iba a tronar donde no estabas. Luego, es verdad, la boina seria Y el tabaco risueño, nos creímos –y tú sabrás, si cabe, perdonarlo– que te quedabas ya para semilla de cosas y de años. Hoy nos dicen Que estás muerto de veras, que te tienen Al fin donde querían Se equivocan Más que nosotros figurándose Que eres un torso de absoluto mármol Quieto en la historia, donde todos Puedan hallarte. Cuando tú No fuiste nunca sino el fuego, Sino la luz, el aire, Sino la libertad americana Soplando donde quiere, donde nunca Jamás se lo imaginan, Che Guevara Vicente Feliú al Che no in memoriam Tu piel ligada al hueso se perdió en la tierra. La lágrima, el poema y el recuerdo están labrando sobre el fuego el canto de la muerte con ametralladoras doradas desde ti. Y aquí a cada noche se busca en tus libros el propósito justo de toda acción. Y se abre tu memoria a todo aquel que renace, pero nunca falta alguien que te alce en un altar Y haga leyenda tu imagen formadora y haga imposible el sueño de alcanzarte y aprenda alguna de tus frases de memoria para decir: "seré como él", sin conocerte Y lo pregone sin pudor, sin sueño, sin amor, sin fe Y pierdan tus palabras sentido de respeto hacia el hombre que nace cubierto de tu flor Algún poeta dijo, y sería lo más justo, desde hoy nuestro deber es defenderte de ser Dios.
Ventana sobre el miedo (Eduardo Galeano) El gran negocio del crimen y el miedo sacrifica la justicia por Eduardo Galeano En un mundo que prefiere la seguridad a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares de la seguridad. En las calles de las ciudades se celebran las ceremonias. Cada vez que un delincuente cae acribillado, la sociedad siente alivio ante la enfermedad que la acosa. La muerte de cada malviviente surte efectos farmacéuticos sobre los bienvivientes. La palabra farmacia viene de pharmakos, que era el nombre que daban los griegos a las víctimas humanas de los sacrificios ofrendados a los dioses en tiempos de crisis. La industria del miedo El miedo es la materia prima de las prósperas industrias de la seguridad privada y del control social. Una demanda firme sostiene el negocio. La demanda crece tanto o más que los delitos que la generan, y los expertos aseguran que así seguirá siendo. Florece el mercado de las policías privadas y las cárceles privadas, mientras todos, quien más, quien menos, nos vamos volviendo vigilantes del prójimo y prisioneros del miedo. Clases de corte y confección: cómo elaborar enemigos a medida Muchos de los grandes negocios promueven el crimen y del crimen viven. Nunca hubo tanta concentración de recursos económicos y de conocimientos científicos y tecnológicos dedicados a la producción de muerte. Los países que más armas venden al mundo son los mismos países que tienen a su cargo la paz mundial. Afortunadamente para ellos, la amenaza de la paz se está debilitando, ya se alejan los negros nubarrones, mientras el mercado de la guerra se recupera y ofrece promisorias perspectivas de carnicerías rentables. Las fábricas de armas trabajan tanto como las fábricas que elaboran enemigos a la medida de sus necesidades. El miedo global * Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. * Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. * Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. * Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados. * La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir. * Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras. Es el tiempo del miedo. * Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. * Miedo a los ladrones, miedo a la policía. * Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar. * Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir… El hambre desayuna miedo. El miedo al silencio aturde las calles. El miedo amenaza. Si usted ama, tendrá sida. Si fuma, tendrá cancer. Si respira, tendrá contaminación. Si bebe, tendrá accidentes. Si come, tendrá colesterol. Si habla, tendrá desempleo. Si camina, tendrá violencia. Si piensa, tendrá angustia. Si duda, tendrá locura. Si siente, tendrá soledad.