Shuri_Ken
Usuario (México)
Las compilaciones de datos curiosos siempre son entretenidas, sin embargo he visto que casi siempre los que ponen por aquí son reposteados (no todos, claro) y a veces mal traducidos. Por eso les comparto estos datos de algunos objetos que agarré de una revista (que me gusta mucho por la información que comparte), así que creo que al menos uno de estos datos no lo conocían (y si no es así, estoy segura que me lo harán saber ). De cualquier forma, comencemos pues con la lista: • Muñecas En el antiguo Egipto se usaban unas pequeñas “muñecas paleta”, hechas en tablillas de madera ligeramente tallada, a veces con brazos, pero nunca con piernas. Se fabricaban no para jugar, sino para enterrarlas con las niñas que morían a corta edad, para que les hicieran compañía. Durante el Imperio Romano, se fabricaban unas muñecas de barro, madera y hueso, y tenían el mismo propósito que las “muñecas paleta”. También tenían otra función, pues eran ofrendadas a Venus cuando una mujer iba a casarse, para simbolizar que dejaban de ser niñas. Fue hasta el siglo XVIII, en Inglaterra, que empezaron a fabricarse muñecas con el propósito de usarse para juegos. Pero el auge sucedió hasta el siguiente siglo, después de que se publicaran varios estudios que indicaban la importancia del juego en la niñez. En el siglo XIX, Inglaterra, Francia y Alemania eran los principales productores de muñecas. La muñeca típica era de cabeza y brazos de cera y el torso de tela. En ésta época, las familias Montanari y Pierotti eran las familias productoras más importantes. En Francia, las muñecas se hacían con cuerpo de jovencitas (en lugar de niñas pequeñas), con el propósito de que lucieran vestidos elegantes, lo que provocó que se usaran para modelar nuevos vestidos (aunque ya existían los maniquíes, aún no se usaban para este propósito). • La ouija La patente de la ouija la obtuvo Charles Kennard el 10 de febrero de 1891 bajo la descripción “juego o juguete”. Durante la segunda mitad del siglo XIX hubo una “fiebre de espiritismo” en EUA, y se puso de moda que todos trataran de contactarse con el más allá a través de médiums. Estas sesiones resultaban lentas y aburridas, y a menudo el procedimiento consistía en recitar el abecedario esperando una señal. Kennard y sus socios aprovecharon esto y crearon la tabla para simplificar el procedimiento, para lo que crearon la Kennard Novelty Company. Originalmente se llamaban “talking boards”, pero después fueron bautizadas como Ouija, que fue la palabra que se formó durante una sesión hecha por la cuñada de uno de los socios, Helen Peters. Ella preguntó cómo debería llamarse la tabla, y cuando vieron el nombre “Ouija”, preguntaron por el significado. La tabla respondió “good luck”. • Los pañuelos desechables (kleenex) La empresa Kimberly-Clark (cualquiera que haya trabajado en una papelería reconoce ese nombre), fundada en 1872, creó los pañuelos desechables durante la I Guerra Mundial, para ser usados como vendajes (también se usaban debajo de las máscaras antigás), y eran producidos de un material llamado “cellucotton”, para no tener que usar algodón. En 1924, la empresa empezó a comercializar una línea de pañuelos faciales para remover maquillaje llamados “Kotex”, y a petición popular empezaron a comercializar los mismos pañuelos bajo el nombre “Kleenex”, con el propósito de usarse para limpiar la nariz. Si no se han dado cuenta aún, “Kleenex” es un juego de palabras formado de “clean” (limpio) y “Kotex”. • La máscara de pestañas (rímel) En 1834, el perfumista francés Hyacinthe Mars Rimmel abrió una tienda llamada “House of Rimmel” (la abrió en Londres, no en Francia), en donde vendía cosméticos. Su hijo, Eugene, fue su aprendiz, y quien inventó la máscara para pestañas (esto pasó a mediados del siglo XIX), cuyo nombre pasó a ser el apellido de su creador. El rímel original consistía en un estuche que contenía una pastilla de carbón. Un pincel (o cepillo) remojado en vaselina se frotaba en la pastilla, y con eso se cepillaban las pestañas. En 1913, el químico T.L. Williams desarrolló una sustancia similar al rímel para su hermana Maybel. Ésta se hizo popular, y en unos años montó la compañía de cosméticos Maybelline (o sea, mei-bel-lain). La versión moderna del rímel (en el frasquito con la máscara líquida y el cepillo) fue creada por Helena Rubinstein en 1957. • Piano El nombre real de lo que conocemos como “piano” es en realidad “pianoforte”, que viene del italiano “piano” (suave) y forte (fuerte), y se le llamó así porque, a diferencia de otros instrumentos de la misma familia, se podía regular el volumen del sonido (para hacerlo más suave o más fuerte). Este es un pianoforte ...... Hay muchos miembros de la misma familia de instrumentos que son comúnmente confundidos con el pianoforte, o simplemente son llamados “piano” sin mayor complicación, tales como el fortepiano (no, no es lo mismo), el clavicordio, el clavecín y la clavinova. ... y este es un fortepiano. • Dinero y Monedas En la antigua Roma había una moneda de cobre llamada “as”. Eventualmente acuñaron una moneda equivalente a 10 aes, la cual se llamaba “denario” (literalmente significa “diez aes”). El denario se hizo tan común y de uso tan extendido que se convirtió en la moneda base del comercio Romano. Como suele suceder en estos casos, el nombre, que pasó al español como “dinero”, se convirtió en la palabra para designar todo aquél instrumento que representa un valor de intercambio de mercancías. El origen de la palabra "moneda" es un poco más largo. En el año 392 A.C. los galos atacaron al imperio latino con suma agresividad, obligándolos a refugiarse en el monte Capitolino. Durante el sitio, los galos aprovecharon para sorprender a los romanos en la noche. Sin embargo, no contaron con que los gansos que tenían los latinos empezaron a graznar, quienes despertaron a un soldado de nombre Manlio, quien también empezó a gritar, hasta que los gritos y los graznidos despertaron a todo el campamento y así los romanos pudieron repeler el ataque de los galos. Los romanos consideraron que los gansos habían sido enviados por Juno, la diosa de los buenos consejos y las advertencias. A raíz de ello, llamaron a Juno como Moneta, que significa “la consejera, la avisadora”, y le construyeron un gran templo en su nombre en el monte Capitolino. En este templo se empezó a acuñas una “as” con el perfil de la diosa Moneta, razón por la que se le llamó “Monetaes”. Al volverse popular este tipo de “as”, el nombre pasó a convertirse en genérico, el cual derivó en la palabra “moneda” que usamos hoy en día. Ruinas del templo de Juno-Monetas. Como dato adicional, “Moneta” (y por lo tanto, “moneda”) viene del verbo “monere”, que significa “avisar o aconsejar, recordar”. De esta palabra también surgen otras que usamos en el español, como “amonestar” (dar un aviso o advertencia a alguien), “monitor” (aquél que avisa o advierte), “monumento” (objeto para recordar, o avisar), e incluso “monstruo”. Éste último viene del latín monstrum que significaba “advertencia de desgracia por parte de los dioses” (que debido a su naturaleza y a su extenso uso, eventualmente pasó a designar cualquier cosa aterradora). • Los gnomos de jardín Los gnomos de jardín son esas figurillas con forma de gnomos o duendes que se colocan en el patio a manera de decoración. Sin embargo, en su origen, no eran figurillas sino personas de verdad, los ermitaños decorativos. En el siglo XVI, el Papa Pío IV mandó a hacer su casa sobre los restos de la villa Tívoli, la cual contenía una pequeña casa aislada del resto pensada para usarse para reflexión a solas. Sin embargo, en el siglo XVII se tuvo la ocurrencia de “adornarla” con gente que viviera en ella. Durante la época gregoriana en Inglaterra (en algún momento entre los siglos XVII y XIX) surgió una moda entre los hacendados de hacer esto mismo en sus enormes jardines y bosques, surgiendo así los ermitaños decorativos de jardín. Obviamente, las personas que vivían de esta forma no eran ermitaños de verdad. Mediante un contrato laboral (que podía durar varios años) un hombre de edad avanzada se comprometía a aparecer entre los árboles y rincones de la hacienda, debiendo dejarse crecer el cabello, las barbas y las uñas, además no podían bañarse ni dirigir palabra a los sirvientes. A cambio, recibían comida, hospedaje, sueldo anual y protección. Esta es una oferta de trabajo para un ermitaño decorativo. En español: "Se solicita - Ermitaño decorativo para que habite caverna natural bajo cascada por siete años. El candidato definitivo será provisto de Biblia, agua, lentes, capa, reloj de arena y comida casera.No se permite cortarse las uñas, cabello o barba. Cantidad ofrecida: 600 libras." Cuando el ermitaño ya no era capaz de seguir con el contrato, a veces se sustituía por un muñeco. Ésta práctica eventualmente se popularizó, convirtiéndose en el paso del tiempo en los gnomos de jardín (originalmente los muñecos simulaban un ermitaño, viejo con barbas y uñas largas, que después se asemejó a un gnomo, y finalmente terminaron por hacerse éste tipo de figuras para usarse como adorno). • Piedras preciosas Para que una piedra sea preciosa, debe cumplir con tres requisitos: dureza, escasez y perfección (en relación con el brillo, color y transparencia de la piedra). La dureza se mide en la escala de Mohs que ordena diez minerales de acuerdo a su dureza, de menor a mayor, bajo la premisa de que un material puede rayar uno más blando pero no a la inversa. Hasta ahora sólo se conocen cuatro piedras preciosas: el diamante, el rubí, el zafiro y la esmeralda. El diamante: ------- Su nombre viene de la palabra griega para “indomable”, que pasó al latín como adamantis, y de ahí al latín vulgar como diamantis. ------- El diamante es el más duro conocido, y tiene 10 en la escala de Mohs. Puede variar de colores, pero los más preciados son los incoloros llamados “diamantes blancos”. ------- Si el diamante tiene boro en su composición se verá azul, mientras que si tiene nitrógeno se verá amarillo. El diamante se forma de carbono, por lo que su pureza se refiere al porcentaje de este elemento y la carencia de los anteriores. ------- El diamante más caro vendido, fue un diamante de 59 quilates, vendido en 2013 por una suma de 62 millones de euros. ------- Los diamantes son el compuesto con mayor conductividad térmica que se conoce. El rubí: ------- Su nombre viene del latín “ruber” que significa “rojo” (de donde viene también “rubor”), por ser este el color distintivo del rubí. ------- Está formado principalmente por corodio, un material muy resistente que alcanza 9 en la escala de Mohs. El color rojo se lo da la combinación de hierro y cromo, dando tonalidades de rosa a púrpura; pero el más cotizado es el tono “sangre de paloma” (que es un rojo brillante con un toque de azul). ------- El rubí más grande del que se tiene noticia pesó 400 carats (poco más de 53 quilates). ------- Sólo entre el 1% y el 5% de los rubíes son seleccionados para usarse en joyería. El zafiro: ------- También está constituido por corodio, pero es de cualquier otro color distinto del rojo. El tono azul intenso es el menos común, y por ello es el tono más preciado. También tiene una dureza de 9 en la escala de Mohs. ------- Existen cuatro variedades de zafiro: zafiro azul, zafiro de agua (abarca el resto de las tonalidades azules), zafiro blanco (es transparente e incoloro), y el zafiro oriental (que es de tonalidad amarilla). ------- El zafiro más grande se encontró en 1966, un zafiro estrella de 630 quilates (12.6 kilogramos). La esmeralda: ------- Se caracterizan por su color verde y su transparencia. Está formado principalmente por berilio, que al combinarse con un poco de cromo adquiere la tonalidad verde. Su dureza es de 8 en la escala de Mohs. ------- Sólo el 30% de las esmeraldas extraídas se usa en joyería, se extrae manualmente (literalmente, a palazos, pues está cubierta de un material blanco quebradizo). ------- Una de las esmeraldas más grandes es la Mogul Esmeralda, de 217.8 quilates y 10 centímetros de altura. Esta es la Esmeralda Mogul. Bueno, eso es todo por ahora, déjenme saber si quieren las partes siguientes de la lista. Fuentes: Revista Algarabía, números 120 a 130. (Según parece, Taringa no cree que pueda sacar mi información de medios impresos jajajajaja).
En cuanto a géneros literarios se refiere, tengo preferencia especial a los cuentos por sobre a las novelas o la poesía, en particular porque disfruto la brevedad de las historias y lo que ello conlleva. Por eso, decidí que cada fin de semana voy a poner algún cuento que me haya gustado para compartirlo. El autor de esta semana: Isaac Asimov. Veredicto Era indudable que Montie Stein, con fraudulenta astucia, había robado más de cien mil dólares. También era indudable que lo habían detenido un día después de expirar la ley de prescripción. 1 Pero el meollo del trascendental caso del Estado de Nueva York contra Montgomery Harlow Stein, con todas sus consecuencias, fue el modo en que Stein burló el arresto durante ese periodo, ya que introdujo en la cuarta dimensión la jurisprudencia.2 Lo que hizo Stein, después de cometer el desfalco y embolsarse los cien mil, fue meterse en una máquina del tiempo, de la cual estaba en posesión ilícita y programar los controles para siete años y un día en el futuro. El abogado de Stein lo expresó con sencillez. Ocultarse en el tiempo no era diferente de ocultarse en el espacio. Si las fuerzas de la ley no descubrían a Stein en ese periodo de siete años, peor para ellas. El fiscal señaló que la ley de prescripción no tenía la finalidad de ser un juego entre la justicia y el delincuente; era una medida misericordiosa, destinada a proteger al infractor de un temor indefinidamente prolongado al arresto. Para ciertos delitos se consideraba que un periodo limitado de aprensión por la aprehensión (por decirlo así) era ya un castigo suficiente. Pero Stein, insistió el fiscal, no había pasado por dicho periodo en ningún caso. El abogado de Stein no se inmutó. La ley no decía nada acerca de medir el temor y la angustia del culpable. Simplemente, fijaba un límite de tiempo. El fiscal afirmó que Stein no había superado ese límite. El defensor alegó que Stein tenía ya siete años más que en el momento del delito y, por lo tanto, había superado el límite. El fiscal cuestionó esa afirmación y la defensa presentó el certificado de nacimiento de Stein. Había nacido en el año 2973. En el año del delito, el 3004, tenía treinta y un años. En ese momento, trasladado al 3011, tenía treinta y ocho. El fiscal gritó que fisiológicamente Stein no tenía treinta y ocho años, sino treinta y uno. La defensa señaló que el derecho (una vez que se admitía que el individuo era dueño de sus facultades) sólo reconocía la edad cronológica, la cual se obtenía restando sencillamente la fecha de nacimiento de la fecha actual. El fiscal, perdiendo los estribos, juró que si Stein quedaba en libertad la mitad de las leyes escritas serían inútiles. Pues cambiemos las leyes, replicó la defensa, para que se tenga en cuenta el viaje por el tiempo. Pero añadió que mientras las leyes no se hubiesen modificado había que aplicarlas tal como estaban escritas. El juez Neville Preston se tomó una semana para reflexionar y, luego, presentó su sentencia. Fue un momento crucial en la historia del derecho. Es una lástima, pues, que algunas personas sospechen que el juez Preston estuvo influenciado en su criterio por el irresistible impulso de expresar la sentencia del modo en que lo hizo. Pues el texto completo de la sentencia fue: "A niche in time saves Stein". 3 1 Se refiere al tiempo que por ley debe transcurrir para que la autoridad ya no pueda perseguir a alguien por un delito en particular. En el caso del delito de esta historia, el término de la prescripción es de siete años. 2 Se refiere a las decisiones de los jueces que interpretan las leyes (sus carencias y falta de claridad). 3 Literalmente "Una hendidura en el tiempo salva a Stein", es un juego de palabras que viene del proverbio "a stich in time saves nine" ("una costura a tiempo ahorra nueve más", el equivalente en español sería "más vale prevenir que lamentar" ). De hecho el título es un juego de palabras igual a este, pues el cuento se llama "A loint of Paw" en lugar de "A point of Law". Bueno, espero les guste, y publico otro cuento la próxima semana. Fuente: Isaac Asimov, Cuentos Completos II, pp. 386 y 387, editorial Ediciones B, México, 2009.

Buenos días a todos Continuando con el cuento semanal, esta vez les traigo uno que se aparta un poco de la ciencia ficción (aunque no enteramente) y se va hacia el lado del horror. Bueno, no considero que este cuento de miedo, pero definitivamente es uno de mis favoritos, espero lo disfruten. P.D. Este es un poco más largo que el anterior, espero no les resulte cansado El autor de esta semana: Stephen King. SOY LA PUERTA Richard y yo estábamos sentados en el porche de mi casa, mirando las dunas del Golfo. El humo de su cigarro se enroscaba mansamente en el aire, alejando a los mosquitos. El agua tenía un fresco color celeste y el cielo era de un color azul más profundo y auténtico. Era una combinación agradable. —Tú eres la puerta —repitió Richard reflexivamente—. ¿Estás seguro de que mataste al chico... y de que no fue todo un sueño? —No fue un sueño. Y tampoco lo maté... ya te lo he explicado. Ellos lo hicieron. Yo soy la puerta. Richard suspiró. —¿Lo enterraste? -Sí. —¿Recuerdas dónde? —Sí. —Busqué en el bolsillo de la pechera y extraje un cigarro. Mis manos estaban torpes, con sus vendajes. Me escocían espantosamente—. Si quieres verla, tendrás que traer el ‘buggy’ de las dunas. No podrás empujar esto —señalé mi silla de ruedas—, por la arena. El ‘buggy’ de Richard era un Volkswagen 1959 con neumáticos grandes como cojines. Lo usaba para recoger los maderos que traía la marea. Desde que había dejado su actividad de agente inmobiliario en Maryland, vivía en Key Caroline y confeccionaba esculturas con los maderos de la playa, que luego vendía a los turistas de invierno a precios desorbitados. Le dio una calada a su cigarro y miró el Golfo. —Aún no. ¿Quieres volver a contarme la historia? Suspiré y traté de encender mi cigarro. Me quitó las cerillas y lo hizo él. Di dos caladas, inhalando profundamente. El prurito de mis dedos era enloquecedor. —Está bien —asentí—. Anoche a las siete estaba aquí afuera, contemplando el Golfo y fumando, igual que ahora, y... —Remóntate más atrás —me exhortó. —¿Más atrás? —Háblame del vuelo. Sacudí la cabeza. —Richard, lo hemos repasado una y otra vez. No hay nada... Su rostro arrugado y físurado era tan enigmático como una de sus esculturas de madera pulida por el océano. —Es posible que recuerdes —dijo-—. Es posible que ahora recuerdes. —¿Te parece? —Quizá sí. Y cuando hayas terminado, podremos ir a buscar la tumba. —La tumba —repetí. La palabra tenía un acento hueco, atroz, más tenebroso que todo lo demás, más tenebroso aún que aquel tétrico océano por donde Cory y yo habíamos navegado hacía cinco años. Tenebroso, tenebroso, tenebroso. Bajo las vendas, mis nuevos ojos escrutaron ciegamente la oscuridad que las vendas les imponían. Escocían. Cory y yo entramos en la órbita impulsados por el Saturno 16, aquel que los comentaristas denominaban el cohete Empire State Building. Era una mole, sí señor. Comparado con él, el viejo Saturno 1-B parecía un juguete, y para evitar que arrastrase consigo la mitad de Cabo Kennedy había que lanzarlo desde un silo de setenta metros de profundidad. Sobrevolamos la Tierra, verificando todos nuestros sistemas, y después nos disparamos. Rumbo a Venus. El Senado quedó atrás, debatiendo un proyecto de ley sobre nuevos presupuestos para la exploración del espacio profundo, mientras la camarilla de la NASA rogaba que descubriéramos algo, cualquier cosa. —No importa qué —solía decir Don Lovinger, el niño prodigio del Proyecto Zeus, cada vez que tomaba unas copas de más—. Tienen todo el equipo, más cinco cámaras de TV reacondicionadas y un primoroso telescopio con un trillón de lentes y filtros. Encuentren oro o platino. Mejor aún, encuentren a unos bonitos y estúpidos hombrecitos azules, para que podamos estudiarlos y explotarlos y sentirnos superiores a ellos. Cualquier cosa, para empezar, nos conformaríamos con el fantasma de Blancanieves. Cory y yo estábamos ansiosos por complacerle, con lo poco que fuera posible. El programa de exploración del espacio profundo había sido siempre un fracaso. Desde Borman, Anders y Lovell que habían entrado en órbita alrededor de la Luna, en 1968, y habían encontrado un mundo vacío, hostil, semejante a una playa sucia, hasta Markhan y Jacks, que se posaron en Marte quince años más tarde y encontraron un páramo de arena helada y unos pocos líquenes maltrechos, el programa había sido un fiasco costoso. Y hubo bajas. Pedersen y Lederer, que girarían eternamente alrededor del Sol porque todo había fallado en el penúltimo vuelo Apolo. John Davis, cuyo pequeño observatorio en órbita había sido perforado por un meteorito a pesar de que sólo existía una posibilidad entre mil de que se produjera semejante accidente. No, el programa espacial no prosperaba. Tal como estaban las cosas, el vuelo orbital alrededor de Venus sería nuestra última oportunidad de cantar victoria. Fue un viaje de dieciséis días —comimos un montón de concentrados, jugamos muchas partidas de póker, y nos contagiamos mutuamente un resfriado— y desde el punto de vista técnico fue un paseo. Al tercer día perdimos un transformador de humedad atmosférica, recurrimos al dispositivo auxiliar, y eso fue todo, con excepción de algunas nimiedades, hasta el regreso. Vimos cómo Venus crecía y pasaba del tamaño de una estrella al de una moneda de veinticinco centavos y luego al de una bola de cristal lechoso, intercambiamos chistes con el control de Huntsville, escuchamos cintas magnetofónicas de Wagner y los Beatles, vigilamos los dispositivos automáticos que lo abarcaban todo, desde las mediciones del viento solar hasta la navegación del espacio profundo. Practicamos dos correcciones de rumbo a mitad de trayecto, ambas infinitesimales, y después de nueve días de vuelo Cory salió de la nave y martilleó la AEP retráctil hasta que ésta se decidió a funcionar. No pasó nada raro hasta que... —La AEP —me interrumpió Richard—. ¿Qué es eso? —Un experimento frustrado. La jerga de la NASA para designar la Antena de Espacio Profundo... Irradiábamos ondas pi en alta frecuencia para cualquiera que se dignara escucharnos. —Me froté los dedos contra los pantalones pero fue inútil. En todo caso empeoró el prurito—. El mismo principio del radiotelescopio de West Virginia..., tú sabes, el que escucha a las estrellas. Sólo que en lugar de escuchar transmitíamos, sobre todo a los planetas del espacio profundo: Júpiter, Saturno, Urano. Si hay vida inteligente en ellos, en ese momento se estaba echando una siesta. —¿El único que salió fue Cory? —Sí. Y si introdujo una peste interestelar, la telemetría no la detectó. —Igualmente... —No importa —proseguí, irritado—. Sólo interesa el aquí y el ahora. Anoche ellos asesinaron a ese chico, Richard. No fue agradable verlo... ni de sentirlo. Su cabeza... estalló. Como si alguien le hubiera ahuecado los sesos y le hubiera introducido una granada de mano en el cráneo. —Termina el relato —dijo Richard. Lancé una risa hueca. —¿Qué quieres que te cuente? Entramos en una órbita excéntrica alrededor del planeta. Una órbita radical, declinante, de noventa por ciento, quince kilómetros. En la segunda pasada nuestro apogeo estuvo más alto y el perigeo más bajo. Disponíamos de un máximo de cuatro órbitas. Recorrimos las cuatro. Le echamos una buena mirada al planeta. Más de seiscientas fotos y sólo Dios sabe cuántos metros de película. La capa de nubes está formada en partes iguales por metano, amoníaco, polvo y mierda voladora. Todo el planeta se parece al Gran Cañón en un túnel de viento. Cory calculó que el viento soplaba a unos novecientos kilómetros por hora cerca de la superficie. Nuestra sonda transmitió durante todo el descenso y después se apagó con un gemido. No vimos vegetación ni rastros de vida. El espectroscopio sólo detectó vestigios de minerales valiosos. Y eso era Venus. Nada de nada..., con una sola salvedad: me asustó. Era como girar alrededor de una casa embrujada en medio del espacio. Sé que ésta no es una definición muy científica, pero viví sobrecogido por el miedo hasta que nos alejamos de allí. Creo que si se nos hubieran parado los cohetes, me habría degollado en medio de la caída. No es como la Luna. La Luna es desolada pero relativamente antiséptica. El mundo que vimos era totalmente distinto de cuantos se habían visto antes. Quizá sea una suerte que esté cubierto por el manto de nubes. Parecía una calavera descarnada... Ésta es la única analogía que se me ocurre. Durante el vuelo de regreso nos enteramos de que el Senado había resuelto reducir a la mitad el presupuesto para la exploración espacial. Cory dijo algo así como “parece que volvemos a la época de los satélites meteorológicos, Artie”. Pero yo estaba casi contento. Quizás el espacio no es un buen lugar para nosotros. Doce días más tarde Cory estaba muerto y yo había quedado lisiado para toda la vida. Todas las desgracias nos ocurrieron durante el descenso. Falló el paracaídas. ¿Qué te parece esta ironía? Habíamos pasado más de un mes en el espacio, habíamos llegado más lejos que cualquier otro ser humano, y todo terminó mal porque un tipo con prisa por tomarse un descanso dejó que se enredaran unos cordeles. La caída fue violenta. Un tripulante de uno de los helicópteros dijo que nos precipitamos del cielo como un bebé gigantesco, con la placenta flameando atrás. Cuando nos estrellamos me desvanecí. Recuperé el conocimiento mientras me transportaban por la cubierta del Portland. Ni siquiera habían tenido tiempo de enrollar la alfombra roja que teóricamente deberíamos haber recorrido. Yo sangraba. Sangraba y me llevaban a la enfermería sobre una alfombra roja que no estaba ni remotamente tan roja como yo... —...Pasé dos años en el hospital de Bethesda. Me dieron la Medalla de Honor y una fortuna y esta silla de ruedas. Al año siguiente vine aquí. Me gusta ver cómo despegan los cohetes. —Lo sé. —Richard hizo una pausa—. Muéstrame las manos. —No. —La respuesta fue inmediata y vehemente—. No puedo permitir que ellos vean. Te lo he advertido. —Han pasado cinco años —dijo Richard—. ¿Por qué ahora, Arthur? ¿Me lo puedes explicar? —No lo sé. ¡No lo sé! Quizás eso, sea lo que fuere, tiene un largo periodo de gestación. ¿Y quién puede asegurar, además, que me contaminé en el espacio? Eso, lo que sea, pudo haberse implantado en Fort Lauderdale. O tal vez en este mismo porche. ¿Qué se yo? Richard suspiró y contempló el agua, ahora enrojecida por el sol del crepúsculo. —Procuro creerte. Arthur, no quiero pensar que estás perdiendo la cordura. —Si es indispensable, te mostraré las manos —respondí. Me costó un esfuerzo decirlo—. Pero sólo si es indispensable. Richard se levantó y cogió su bastón. Parecía viejo y frágil. —Traeré el ‘buggy’ de las dunas. Buscaremos al chico. —Gracias, Richard. Se encaminó hacia la huella accidentada que conducía a su cabaña: veía el tejado de ésta asomando sobre la Duna Mayor, la que atraviesa casi todo el ancho de Key Caroline. El cielo había adquirido un feo color ciruela, sobre el agua, en dirección al Cabo, y el fragor del trueno me llegó débilmente a los oídos. No sabía cómo se llamaba el chico pero lo veía de vez en cuando, caminando por la playa al ponerse el sol, con la criba bajo el brazo. El sol le había bronceado y estaba moreno, casi negro, y siempre vestía unos vaqueros deshilachados, tijereteados a la altura del muslo. Del otro lado de Key Caroline hay una playa pública, y en una jornada propicia un joven emprendedor puede reunir hasta cinco dólares, tamizando pacientemente la arena en busca de monedas enterradas. A veces le saludaba agitando la mano y él contestaba de igual manera, ambos con displicencia, extraños pero hermanos, eternos habitantes de ese mundo de derroche, de Cadillacs, de turistas alborotadores. Supongo que vivía en la pequeña aldea apiñada alrededor de la estafeta, a casi un kilómetro de mi casa. Cuando pasó esa tarde ya hacía una hora que yo estaba en el porche, inmóvil, alerta. Hacía un rato que me había quitado las vendas. El prurito había sido intolerable, y siempre se aliviaba cuando podían ver con sus ojos. Era una sensación que no tenía igual en el mundo: como si yo fuera un portal entreabierto a través del cual espiaban un mundo que odiaban y temían. Pero lo peor era que yo también podía ver, hasta cierto punto. Imagina que tu mente es transportada al cuerpo de una mosca común, una mosca que mira tu propia cara con mil ojos. Entonces quizás empezaras a entender porqué tenía las manos vendadas incluso cuando no había nadie cerca, nadie que pudiera verlas. Empezó en Miami. Yo tenía que tratar allí con un hombre llamado Cresswell, un investigador del Departamento de Marina. Me controla una vez al año, porque durante un tiempo tuvo todo el acceso que es posible tener a los materiales secretos de nuestro programa espacial. No sé qué es exactamente lo que busca. Tal vez un destello taimado en mis ojos, o una letra escarlata en mi frente. Sólo Dios sabe por qué. La pensión que cobro es tan generosa que se vuelve casi embarazosa. Cresswell y yo estábamos sentados en la terraza de su habitación, en el hotel, discutiendo el futuro del programa espacial norteamericano. Eran aproximadamente las tres y cuarto. Empezaron a picarme los dedos. No fue algo gradual. Se activó como una corriente eléctrica. Se lo mencioné a Cresswell. —De modo que tocó una hiedra venenosa en esa islita escrofulosa —comentó sonriendo. —El único follaje que hay en Key Caroline es un arbusto de palmito —respondí—. Quizás es la comezón del séptimo año. —Me miré las manos. Manos absolutamente vulgares. Pero me picaban. Más tarde firmé el mismo viejo documento de siempre (“Juro solemnemente que no he recibido ni revelado ni divulgado ninguna información susceptible de...”) y volví a Key Caroline. Tengo un antiguo Ford, equipado con freno y acelerador de mano. Lo adoro..., me hace sentirme autosuficiente. El trayecto de regreso es largo, por la Autopista 1, y cuando salí de la carretera y doblé por la rampa de salida de Key Caroline ya estaba casi enloquecido. Las manos me escocían espantosamente. Si alguna vez has tenido que soportar la cicatrización de un corte profundo o de una incisión quirúrgica, quizás entiendas la clase de comezón a la que me refiero. Algo vivo parecía estar arrastrándose por mi carne y perforándola. El sol casi se había ocultado y me estudié cuidadosamente las manos bajo el resplandor de las luces del tablero. Ahora en tas puntas de los dedos había unas pequeñas manchas rojas, perfectamente circulares, un poco por encima de la yema donde están las impresiones digitales y donde se forman callos cuando uno toca la guitarra. También había círculos rojos de infección entre la primera y la segunda articulación de cada pulgar y de cada dedo, y en la piel que separaba la segunda articulación del nudillo. Me llevé los dedos de la mano derecha a los labios y los aparté rápidamente, con súbita repulsión. Dentro de mi garganta se había formado un nudo de horror, agodonoso y asfixiante. Los puntos donde habían aparecido las marcas rojas estaban calientes, como si tuvieran fiebre, y la carne estaba blanda y gelatinosa, como la pulpa de una manzana podrida. Durante el resto del trayecto traté de convencerme de que en verdad había tocado una hiedra venenosa sin darme cuenta. Pero en el fondo de mi mente germinaba otra idea chocante. En mi infancia había tenido una tía que había pasado los últimos diez años de su vida encerrada en un desván, aislada del mundo. Mi madre le llevaba los alimentos y estaba prohibido pronunciar su nombre. Más tarde me enteré de que había padecido la enfermedad de Hansen, la lepra. Cuando llegué a casa telefoneé al doctor Flanders, que vivía en tierra firme. Me atendió su servicio de recepción de llamadas. El doctor Flanders estaba participando de un crucero de pesca, pero si se trataba de algo urgente el doctor Ballenger... —¿Cuándo regresará el doctor Flanders? —A más tardar mañana por la tarde. ¿Le parece...? —Sí. Colgué lentamente el auricular y después marqué el número de Richard. Dejé que la campanilla sonara doce veces antes de colgar. Permanecí un rato indeciso. La comezón se había intensificado. Parecía emanar de la carne misma. Conduje la silla de ruedas hasta la biblioteca y extraje la destartalada enciclopedia médica que había comprado hacía muchos años. El texto era exasperantemente vago, podría haber sido cualquier cosa, o ninguna. Me recosté contra el respaldo y cerré los ojos. Oí el tictac del viejo reloj marino montado sobre la repisa, en el otro extremo de la habitación. También oí el zumbido fino y agudo de un reactor que volaba hacia Miami. Y el tenue susurro de mi propia respiración. Seguía mirando el libro. El descubrimiento se infiltró lentamente en mí y después se implantó con aterradora brusquedad. Tenía los ojos cerrados pero seguía mirando el libro. Lo que veía era algo desdibujado y monstruoso, una imagen deformada, cuatridimensional, pero igualmente inconfundible, de un libro. Y yo no era el único que miraba. Abrí los ojos y sentí la contracción de mi músculo cardíaco. La sensación se atenuó un poco, pero no por completo. Estaba mirando el libro, viendo con mis propios ojos las letras impresas y las ilustraciones, lo cual era una experiencia cotidiana perfectamente normal, y también lo veía desde un ángulo distinto, más bajo, y con otros ojos. No lo veía como un libro sino como algo anómalo, algo de configuración aberrante e intención ominosa. Alcé las manos lentamente hasta mi rostro, y tuve una macabra imagen de mi sala transformada en una casa de horrores. Lancé un alarido. Unos ojos me espiaban entre las fisuras de la carne de mis dedos. Y en ese mismo instante vi cómo la carne se dilataba, se replegaba, a medida que esos ojos se asomaban insensatamente a la superficie. Pero no fue eso lo que me hizo gritar. Había mirado mi propia cara y había visto un monstruo. El ‘buggy’ de las dunas bajó por la pendiente de la lona y Richard lo detuvo junto al porche. El motor ronroneaba intermitentemente. Hice rodar mi silla de ruedas por la rampa situada a la derecha de la escalinata común y Richard me ayudó a subir al vehículo. —Muy bien, Arthur —dijo—. Tú mandas. ¿A dónde vamos? Señalé en dirección al agua, donde la Duna Mayor finalmente empieza a menguar. Richard hizo un ademán de asentimiento. Las ruedas posteriores giraron en la arena y partimos. Yo solía burlarme de Richard por su manera de conducir, pero esa noche no lo hice. Tenía demasiadas cosas en las cuales pensar... Y demasiadas cosas para sentir. Ellos estaban disgustados con la oscuridad y me daba cuenta de que hacían esfuerzos por espiar entre las vendas, exigiéndome que se las quitara. El ‘buggy’ se zarandeaba y rugía entre la arena en dirección al agua, y casi parecía levantar vuelo desde la cresta de las dunas más bajas. A la izquierda, el sol se ponía con sanguinaria espectacularidad. Directamente enfrente y del otro lado del agua, las nubes oscuras avanzaban hacia nosotros. Los rayos zigzagueaban sobre el mar. —A tu derecha —dije—. Junto a esa tienda. Richard detuvo el ‘buggy’ junto a los restos podridos de la tienda, despidiendo un surtidor de arena. Metió la mano en la parte posterior y extrajo una pala. Respingué cuando la vi. —¿Dónde? —preguntó Richard inexpresivamente. —Allí —respondí, señalando. Se apeó y se adelantó despacio por la arena, vaciló un segundo, y después clavó la pala en el suelo. Me pareció que excavaba durante un largo rato. La arena que despedía por encima del hombro tenía un aspecto húmedo. Las nubes eran más negras y estaban más altas, y el agua parecía furiosa e implacable bajo su sombra y en el reflejo rutilante del crespúsculo. Mucho antes de que dejara de excavar me di cuenta de que no encontraría al chico. Lo habían cambiado de lugar. La noche anterior no me había vendado las manos, de modo que habían podido ver... y actuar. Si habían conseguido servirse de mí para matar al chico también podían haberlo hecho para trasladarlo, incluso mientras dormía. —No hay nada aquí, Arthur. Arrojó la pala sucia en la parte posterior del ‘buggy’ y se dejó caer, cansado, en el asiento. La tormenta en ciernes proyectaba sombras movedizas, semicirculares, sobre la playa. La brisa cada vez más fuerte hacía repicar la arena contra la carrocería herrumbrada del vehículo. Me picaban los dedos. —Me usaron para transportarlo —dije con voz opaca—. Están asumiendo el control, Richard. Están forzando su puerta para abrirla, poco a poco. Cien veces por día me descubro en pie delante de un objeto que conozco como una espátula, un cuadro o una lata de guisantes, sin saber cómo he llegado allí, y tengo las manos alzadas, mostrándoselo, viéndolo como lo ven ellos, como algo obsceno, como algo contorsionado y grotesco... —Arthur—murmuró—. No, Arthur. Eso no. —Bajo la luz menguante su rostro tenía una expresión compungida—. Has dicho que estabas en pie delante de algo. Has dicho que transportaste el cuerpo del chico. Pero tú no puedes caminar, Arthur. Estás muerto de la cintura para abajo. Toqué el tablero de instrumento del ‘buggy’ de las dunas. —Esto también está muerto. Pero cuando lo montas puedes hacerlo marchar. Podrías hacerlo matar. No podría detenerse aunque quisiera. —Oí que mi voz aumentaba de volumen histéricamente—. ¿Acaso no entiendes que soy la puerta? ¡Ellos mataron al chico, Richard! ¡Ellos transportaron el cuerpo! —Creo que será mejor que consultes a un médico —dijo con tono tranquilo—. Volvamos. ¡Investiga! ¡Pregunta por el chico, entonces! Averigua... —Dijiste que ni siquiera sabes cómo se llama. —Debía de vivir en la aldea. Es un pueblo pequeño. Pregunta... —Cuando fui a buscar el ‘buggy’ telefoneé a Maud Harrington. No conozco a una persona más chismosa que ella, en todo el Estado. Le pregunté si había oído el rumor de que un chico no había vuelto anoche a su casa. Contestó que no. —¡Pero tenía que vivir en esta zona! ¡Tenía que vivir aquí! Richard se dispuso a hacer girar la llave del encendido pero le detuve. Se volvió para mirarme y yo empecé a quitarme las vendas de las manos. El trueno murmuraba y gruñía desde el Golfo. No había consultado al médico ni había vuelto a llamar a Richard. Pasé tres semanas con las manos vendadas cada vez que salía. Tres semanas con la ciega esperanza de que desaparecieran. No era un comportamiento racional, lo confieso. Si yo hubiera sido un hombre sano que no necesitaba una silla de ruedas para sustituir sus piernas o que había vivido una vida normal consagrándose a una ocupación normal, quizás habría recurrido al doctor Flanders o a Richard. Aun en mis condiciones podría haberlo hecho si no hubiera sido por el recuerdo de mi tía, aislada, virtualmente convertida en una prisionera, devorada en vida por su propia carne enferma. De modo que guardé un silencio desesperado y le pedí al cielo que me permitiera descubrir un día, al despertarme, que todo había sido una pesadilla. Y poco a poco los sentí. A ellos. Una inteligencia anónima. Nunca me pregunté qué aspecto tenían ni de dónde provenían. Habría sido inútil. Yo era su puerta, y su ventana abierta sobre el mundo. Recibía suficiente información de ellos para sentir su revulsión y su horror, para saber que nuestro mundo era muy distinto del suyo. La información también me bastaba para sentir su odio ciego. Pero igualmente seguían espiando. Su carne estaba implantada en la mía. Empecé a darme cuenta de que me usaban, de que en verdad me manipulaban. Cuando pasó el chico, alzando la mano para saludarme con la displicencia de siempre, yo ya casi había resuelto llamar a Cresswell, a su número del Departamento de Marina. Había algo cierto en la teoría de Richard: estaba seguro de que lo que se había apoderado de mí me había atacado en el espacio profundo o en esa extraña órbita alrededor de Venus. La Marina me estudiaría pero no me convertiría en un monstruo de feria. No tendría que volver a ahogar un grito cuando me despertaba en la oscuridad crujiente y los sentía vigilar, vigilar, vigilar. Mis manos se estiraron hacia el chico y me di cuenta de que no las había vendado. Vi los ojos que miraban en silencio, en la luz crepuscular. Eran grandes, dilatados, de iris dorados. Una vez había pinchado uno con la punta de un lápiz y había sentido que un dolor insoportable me recorría el brazo. El ojo pareció fulminarme con un odio impotente que fue peor que el dolor físico. No volví a pincharlo. Y ahora estaban mirando al chico. Sentí que mi mente se disparaba. Un momento después perdí el control de mis actos. La puerta estaba abierta. Corrí hacia él por la arena, moviendo velozmente las piernas insensibles, como si éstas fueran maderos accionados por un mecanismo. Mis propios ojos parecieron cerrarse y sólo vi con aquellos ojos extraterrestres: vi un monstruoso paisaje marino de alabastro rematado por un cielo semejante a una gran franja purpúrea, y vi una cabaña ladeada y corroída que podría haber sido la carroña de una desconocida bestia carnívora, y vi un ser abominable que se movía y respiraba y llevaba debajo del brazo un artefacto de madera y alambre, un artefacto compuesto por ángulos rectos geométricamente imposibles. Me pregunto qué pensó él, ese pobre chico anónimo con la criba bajo el brazo y los bolsillos hinchados por una insólita multitud de monedas arenosas perdidas por los turistas, qué pensó él cuando me vio correr hacia él como un director ciego tendiendo las manos sobre una orquesta lunática, que pensó él cuando los rayos postreros del sol cayeron sobre mis manos, rojas y fisuradas y figurantes con su carga de ojos, qué pensó cuando las manos batieron súbitamente el aire un momento antes de que estallara su cabeza. Sé qué fue lo que pensé yo. Pensé que había atisbado por encima del borde del universo y había visto ni más ni menos que los fuegos del infierno. El viento tironeó de las vendas y las transformó en pequeños gallardetes flameantes a medida que las desenrollaba. Las nubes habían ocultado los vestigios rojos del crepúsculo, y las dunas estaban oscuras y cubiertas de sombras. Las nubes desfilaban y bullían sobre nuestras cabezas. —Debes hacerme una promesa, Richard —dije, levantando la voz por encima del viento cada vez más fuerte. —Si tienes la impresión de que intento..., hacerte daño, corre. ¿Me entiendes? —Sí. El viento agitaba y ondulaba su camisa de cuello abierto. Su rostro permanecía impasible, con los ojos reducidos a poco más que dos cavidades en la prematura oscuridad. Cayeron las últimas vendas. Yo miré a Richard y ellos miraron a Richard. Yo vi una cara que conocía desde hacía cinco años y que había aprendido a querer. Ellos vieron un monolito viviente, deforme. —Los ves —dije roncamente—. Ahora los ves. Se apartó involuntariamente. Sus facciones parecieron dominadas por un súbito pavor incrédulo. Un rayo agrietó el cielo. Los truenos rodaban sobre las nubes y el agua se había ennegrecido como la del río Estigia. —Arthur... ¡Qué inmundo era! ¿Cómo podía haber vivido cerca de él, cómo podía haberle hablado? No era un ser humano sino una pestilencia muda. Era... —¡Corre! ¡Corre, Richard! Y corrió. Corrió con grandes zancadas. Se convirtió en un patíbulo recortado contra el cielo imponente. Mis manos se alzaron, se alzaron sobre mi cabeza con un ademán aullante, aleteante, con los dedos estirados hacia el único elemento familiar de ese mundo de pesadilla: estirados hacia las nubes. Y las nubes respondieron. Brotó un rayo colosal, blanco azulado, que pareció marcar el fin del mundo. Alcanzó a Richard, lo envolvió. Lo último que recuerdo es la fetidez eléctrica del ozono y la carne quemada. Me desperté en mi porche, plácidamente sentado, mirando hacia la Duna Mayor. La tormenta había pasado y la atmósfera estaba agradablemente fresca. Se veía una tajada de luna. La arena estaba virgen, sin rastros del ‘buggy’ de Richard. Me miré las manos. Los ojos estaban abiertos pero vidriosos. Se hallaban extenuados. Dormitaban. Sabía bien qué era lo que debía hacer. Tenía que echar llave a la puerta antes de que pudieran terminar de abrirla. Tenía que clausurarla definitivamente. Ya empezaba a observar los primeros signos de un cambio estructural en las mismas manos. Los dedos empezaban a acortarse... y a modificarse. En la sala había una pequeña chimenea, y en verano me había acostumbrado a encender una fogata para combatir el frío húmedo de Florida. Prendí otra ahora, moviéndome de prisa. Ignoraba cuánto tardarían en captar mis intenciones. Cuando vi que ardía vorazmente me encaminé hacia la cuba de queroseno que había en la parte posterior de la casa y me empapé ambas manos. Se despertaron de inmediato, con un alarido de dolor. Casi no pude llegar de vuelta a la sala, y a la fogata. Pero lo conseguí. Todo eso sucedió hace siete años. Aún estoy aquí, contemplando el despegue de los cohetes. Últimamente se han multiplicado. Éste es un gobierno que da importancia a la exploración espacial. Incluso se habla en enviar otra serie de sondas tripuladas a Venus. Averigüé el nombre del chico, aunque eso ya no importa. Tal como sospechaba, vivía en la aldea. Pero su madre creía que pasaría aquella noche en tierra firme, con un amigo, y no dio la alarma hasta el lunes siguiente. En cuanto a Richard..., bien, de todos modos la gente opinaba que Richard era un bicho raro. Piensan que tal vez volvió a Maryland o se fugó con una mujer. A mí me toleran, aunque tengo fama de ser excéntrico. Al fin y al cabo, ¿cuántos exastronautas les escriben regularmente a los funcionarios electos de Washington para decirles que sería mejor invertir en otra cosa el dinero que se asigna a la exploración espacial? Yo ya me las arreglo muy bien con estos garfios. Durante el primer año los dolores fueron atroces, pero el cuerpo humano se acostumbra a casi todo. Me puedo afeitar e incluso me ato los cordones de los zapatos. Y como ves, escribo bien a máquina. Creo que no tendré problemas para meterme la escopeta en la boca ni para apretar el gatillo. Verás, esto empezó hace tres semanas. Tengo sobre el pecho un círculo perfecto de doce ojos dorados. Bueno, eso es todo por hoy. Ojalá to hayan terminado de leer. Para la siguiente semana estoy pensando en algo de Poe a tal vez algo de un autor menos conocido, ¿que será bueno .....? Fuente: Stephen King, "Soy la Puerta" en El Umbral de la Noche, pp. 97-112, Editorial Random Hause Mondadori (colección Debolsilo), México, 2006 (aunuqe le hice algunas adecuaciones al transcribirlo).

Buenos días Se supone que pondría esto desde el fin de semana, pero por alguna razón Taringa no me dejaba publicar nada. De cualquier forma, ahora sí voy a poner un cuento de Poe, aunque elegí uno que nunca he visto traducido al español (por eso lo traduje yo misma), ya que los que están en Narraciones Extraordinarias los han publicado y recontrapublicado infinidad de veces, así que preferí uno más desconocido, bueno, al menos yo no lo tenía en ninguno de los libros en español de Poe en mi colección. Este lo saqué de la edición de Barnes and Noble "All Poems and Tales of Edgar Allan Poe", que tiene casi todo el material que llegó a escribir el autor. Bueno, espero que alguien disfrute de este cuento SOMBRA - UNA PARÁBOLA Ustedes que leen se encuentran aún entre los vivos; pero yo que escribo hace mucho que habré partido a la región de las sombras. Por todas las cosas extrañas que deban suceder, y los secretos que se sabrán, y los muchos siglos que pasarán, sean estos monumentos vistos por el hombre. Y, cuando sean vistos, algunos no creerán, y otros dudarán, y aún así habrá unos pocos que encontrarán mucho a considerar sobre los personajes aquí gravados con pluma de hierro. Ese fue un año de terror, y de sentimientos más intensos que el terror para los cuales no hay nombre sobre esta tierra. Por los muchos prodigios y signos que tendrán lugar, a lo largo y ancho, sobre mar o tierra, se baten las negras alas de la Peste. Para aquellos, sin embargo, que son diestros en las estrellas, no les era desconocido que a los cielos les cubría un aspecto de enfermedad; y para mi, Oinos el Griego, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternancia de ese año setecientos noventa y cuatro cuando, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter se conjunta con el anillo rojo del terrible Saturno. El peculiar espíritu de los cielos, si no me equivoco, se manifestó, no solo en la física orbe de la tierra, sino en las almas, imaginaciones, y meditaciones de la humanidad. Sobre algunas botellas de vino rojo, dentro de las paredes de un noble pasillo, en una lúgubre ciudad llamada Ptolemais1, nos sentamos, de noche, un grupo de siete. A nuestra recámara no había otra entrada más que una desvencijada puerta de latón: y la puerta fue diseñada por el artesano Corinnos, y, al ser de raro trabajo, estaba cerrada desde adentro. Negras cortinas, así mismo, en la sombría habitación, nos ocultaban la luna, las nítidas estrellas, y las calles sin personas -pero de ellas no se excluía la presencia y el recuerdo del Mal. Había cosas a nuestro alrededor sobre las cuales no podría rendir cuentas (cosas materiales y espirituales), pesadumbre en la atmósfera (sensación de sofocación), ansiedad, y sobre todo ello, ese terrible estado de la existencia que experimentan los nervios cuando están vivos y despiertos, y mientras que los poderes del pensamiento permanecen dormidos. Un peso muerto estaba suspendido sobre nosotros. estaba sobre nuestras extremidades, sobre el mobiliario, sobre las copas de las cuales bebíamos; todas las cosas estaban deprimidas, y por ende decaídas, todas las cosas menos las flamas de las siete lámparas que nos iluminaban. Alzándose en delgadas líneas de luz, permanecieron ardiendo pálidas e inmóviles; y en el reflejo que su lustre formaba en la mesa redonda a la que nos sentamos, cada uno sentado con la palidez de su semblante, y la inquieta mirada baja de sus compañeros. Y aún así nos reíamos y estábamos contentos a nuestra propia manera, que era histérica; y cantamos canciones de Anacreonte2, que eran locura; y bebimos mucho, aunque el rojo vino nos recordaba a la sangre. Había otro habitante en nuestra recámara, el joven Zoilus. Muerto, y completamente extendido, recubierto; el genio y el demonio de la escena. A pesar de ello, no tenía cabida en nuestra garla, salvo por su semblante, distorsionado con la plaga, y sus ojos, en los que la Muerte había medio extinguido la pestilencia, parecía tener tanto interés en nuestra garla como el interés que tendría un muerto en la garla de aquellos que van a morir. Pero, a pesar de que yo, Oinos, sentí esos ojos de los fallecidos sobre mí, aún así me forcé a no percibir la amargura de su expresión, y mientras observaba directamente el reflejo en la mesa de ébano, cantaba con voz sonora y fuerte las canciones del hijo de Teos. Pero gradualmente mis cantos cesaron, y sus ecos, volando lejos de las cortinas de la recámara, se debilitaban hasta ser irreconocibles, y se desvanecieron. Y desde esas cortinas en las que las canciones se desvanecieron, avanzó una indefinida y oscura sombra, una sombra como la luna, que cuando baja en el cielo, puede parecerse a un hombre: pero no era la sombra ni de hombre ni de Dios, ni de cualquier cosa familiar. Y permaneciendo un poco entre las cortinas del cuarto, descansó a lo largo de la superficie de la puerta de latón. Pero la sombra era vaga, indefinida, informe, y no era la sombra ni de hombre ni de Dios, ni Dios de Grecia, ni Dios de Caldea, ni Dios de Egipto. Y la sombra permaneció ahi, en la puerta de latón, sin moverse, sin decir palabra, se quedó ahí. Si recuerdo bien, la sombra estaba a los pies del joven Zoilus. Pero nosotros siete que reunidos estábamos, no nos atrevimos a sostener la mirada sobre aquella sombra venida de las cortinas de la habitación, dirigiendo la vista sobre el reflejo en la mesa de ébano. Yo, Oinos, hablando en palabras bajas, demandé de la sombra su morada y apelativo. Y la sombra contestó, "Yo soy SOMBRA, y mi morada está cerca de las Catacumbas de Ptolemais y de aquellos Campos Elíseos que se avecinan a las hórridas aguas del canal Caroniano." Y entonces nosotros, los siete, nos levantamos de nuestros asientos en terror, y permanecimos temblando, sin poder hablar, ya que los tonos en la voz de la sombra no eran los tonos de un ser, sino una multitud de seres, y, variando sus cadencias de sílaba a sílaba, calló oscuramente en nuestros oídos de forma familiar y bien recordada los acentos de miles de amigos fallecidos. 1 Ptolemais o Ptolemaida fue una de las capitales antiguas de la Cirenaica. Probablemente toma su nombre de Ptolomeo III. Su nombre latino en época romana era Tolmeta, del que deriva el nombre de la ciudad libia actual de Tolmeitha (tomado de Wikipedia). 2 Anacreonte (en griego Ἀνακρέων) fue un poeta griego nacido en la ciudad jónica de Teos, situada en la costa de Asia Menor (actualmente Siğacik, en Turquía), más o menos en la época de la muerte de Safo de Lesbos (también tomado de Wikipedia). Bueno, eso es todo por ahora, espero que el proximo fin de semana si pueda publicar otro cuento.

Bueno, como dije con el cuento pasado, para reponer las semana que no subí, hoy pongo uno, y mañana también. Para esta ocasión pongo un cuento de miedo (bueno, no taaanto que digamos) de un autor que no se caracteriza por escribir relatos de miedo. Está poquito largo, pero esta disfrutable EL ESPEJO Desde hace un rato les oigo hablar de experiencias que han vivido y, no sé, a mí me da la impresión de que este tipo de relatos puede dividirse en ciertas categorías. En la primera categoría se encuentran aquellas historias donde el mundo de los vivos está en esta orilla y el de los muertos en la opuesta, pero existen unas fuerzas que hacen que, bajo determinadas circunstancias, pueda cruzarse de una orilla a la otra. Son las historias de fantasmas, por ejemplo. Otras historias se basan en la existencia de ciertos fenómenos o de ciertas facultades que trascienden el común conocimiento tridimensional del hombre. Me refiero a la videncia o a los presentimientos. Creo que, grosso modo, podríamos dividirlas en estos dos grupos. Pues bien, según he podido constatar, las experiencias de la gente, pertenezcan a una u otra categoría, se limitan a un solo ámbito. Es decir, las personas que ven fantasmas los ven con frecuencia, pero no tienen presentimientos, y las personas que sí tienen presentimientos no suelen ver fantasmas. Desconozco la razón de que esto sea así, pero es evidente que existen ciertas disposiciones personales al respecto. Vamos, al menos ésa es mi impresión. Luego, por supuesto, están los que no se encuadran en ninguna de ambas categorías. Yo, por ejemplo. Llevo viviendo más de treinta años, pero jamás he visto una aparición. Sueños premonitorios o presentimientos jamás los he tenido. Me ha sucedido que, encontrándome con dos amigos en el mismo ascensor, ellos han visto un fantasma y a mí se me ha pasado por alto. Mientras ellos dos veían a una mujer vestida con un traje chaqueta gris, de pie a mi lado, yo habría jurado que allí, mujer, no había ninguna. Que estábamos los tres solos. No miento. Y ellos no son de los que van tomándole el pelo a los amigos. En fin, ésta es una experiencia muy siniestra, pero no altera el hecho de que yo no haya visto jamás un fantasma. Ni se me ha aparecido nunca un espíritu, ni tengo poder paranormal alguno. Vamos, que mi vida debe de ser terriblemente prosaica. Sin embargo, una vez, una sola vez, me sentí tan aterrado que se me pusieron los pelos de punta. Hace ya más de diez años que pasó aquello, pero aún no se lo he contado a nadie. Incluso hablar de ello me causa terror. Me da la impresión de que, si !o menciono, volverá a ocurrir. Por eso me he callado hasta hoy. Pero esta noche todos han ido contando, por turno, experiencias aterradoras que han vivido y yo, como anfitrión, no puedo dar por finalizada la velada sin relatarles, a mi vez, mi historia. Así que voy a atreverme a hablar de ello. ¡No, por favor! Ahórrense los aplausos. No creo que mi historia los merezca. Tal como he dicho antes, ni he visto fantasmas ni tengo ningún poder paranormal. Así que es posible que mi historia les parezca poco terrorífica y que les decepcione. En fin, si es así, que así sea. Aquí la tienen. Acabé el instituto a finales de la década de los sesenta, unos años turbulentos, ya lo saben; era, de pleno, la época de las luchas estudiantiles contra el sistema. También yo me vi arrastrado por aquella oleada, así que rehusé ingresar en la universidad y decidí vagar unos cuantos años por Japón, trabajando con mis propias manos. Creía que ése era el modo de vida correcto. En fin, cosas de la juventud. Ahora, cuando pienso en aquellos días, me parecen muy felices. Dejando aparte la cuestión de si aquél era el modo de vida correcto o equivocado, si volviera a nacer, posiblemente volvería a hacer lo mismo. Durante el otoño de mi segundo año errático trabajé un par de meses como vigilante nocturno en una escuela. En un instituto de una pequeña población de Niigata. Durante todo el verano había trabajado muy duro y me apetecía tomarme un respiro. Y hacer de vigilante nocturno no era un trabajo que deslomara a nadie. Durante el día me dejaban dormir en las dependencias de los bedeles y, por la noche, sólo tenía que dar dos rondas por el recinto de la escuela. En las horas que me quedaban libres escuchaba discos en la sala de música, leía en la biblioteca o jugaba al baloncesto en el gimnasio. Allí solo, por la noche, se estaba muy bien. ¿Que si tenía miedo? No, no. ¡Qué va! A los dieciocho o diecinueve años se desconoce el miedo. Seguro que no han trabajado nunca de vigilante nocturno, así que, antes que nada, voy a explicarles un poco qué es lo que hay que hacer. Hay dos rondas de inspección, la primera a las nueve de la noche y la segunda a las tres de la madrugada. Así está establecido. La escuela era un edificio bastante nuevo, de hormigón, de tres plantas, y el número de aulas estaba sobre las dieciocho o veinte. No era muy grande. También estaban la sala de música, el aula de labores del hogar, el aula de dibujo y, además, la sala de profesores y el despacho del director. Aparte de las dependencias de la escuela estaban el comedor, la piscina, el gimnasio y el salón de actos. Y yo sólo tenía que darme una vuelta por allí. Eran veinte los puntos que tenía que inspeccionar, y yo iba de una dependencia a otra, echaba una ojeada y ponía con el bolígrafo «OK» en el papel. Sala de profesores: OK; Laboratorio: OK... Claro que habría podido quedarme tumbado en la habitación de los bedeles y haber ido marcando OK, OK en todas las casillas. Pero nunca descuidé mi trabajo hasta ese punto. En primer lugar, no requería un gran esfuerzo y, además, de haberse colado algún tipejo dentro, al primero a quien hubiera sorprendido durmiendo habría sido a mí. Así que, a las nueve de la noche y a las tres de la mañana, me hacía con una linterna grande y una espada de madera y recorría la escuela de una punta a la otra. Con la linterna en la mano izquierda y la espada en la derecha. En el instituto había practicado kendo y tenía gran confianza en mi habilidad. Mientras mi contrincante no fuera un profesional, no me daba miedo aunque llevase una auténtica espada japonesa. Hablo de aquella época, claro. Hoy, saldría corriendo. Era una noche ventosa de principios de octubre. No hacía frío. Más bien hacía calor. Desde el anochecer pululaban los mosquitos. A pesar de estar en otoño, recuerdo que había tenido que encender dos barritas de incienso para ahuyentar los mosquitos. El viento ululaba. Justo aquel día, la puerta de la piscina se había roto y golpeaba con furia agitada por el viento. Se me pasó por la cabeza arreglarla, pero estaba demasiado oscuro. Y la puerta estuvo toda la noche abriéndose y cerrándose con estrépito. En la ronda de las nueve no descubrí nada anormal. OK en los veinte puntos. Las puertas estaban cerradas con llave, todo estaba donde tenía que estar. Ninguna novedad. Volví a las dependencias de los bedeles, puse el despertador a las tres y me dormí. Cuando el despertador sonó a las tres de la madrugada, me asaltó una extraña e indefinible sensación. No puedo explicarlo bien, pero me sentía raro. En concreto, no me apetecía levantarme. Era como si hubiera algo que estuviese anulando mi voluntad de incorporarme. A mí nunca me había costado levantarme de la cama, así que aquello me resultaba inconcebible. Con gran esfuerzo logré ponerme en pie y me dispuse a hacer la ronda. La puerta seguía golpeando con estrépito. No obstante me dio la sensación de que el sonido era distinto. Podían ser simples impresiones, ya lo sé, pero me sentía extraño en mi propia piel. «¡Qué raro! No me apetece nada hacer la ronda», pensé. Pero fui, claro está. Porque ya se sabe. En cuanto haces trampas una vez, ya no hay quien lo pare. Así que agarré la linterna y la espada de madera y salí de las dependencias de los bedeles. Era una noche odiosa. El viento soplaba cada vez más fuerte, el aire era más y más húmedo. La piel me picaba, no lograba concentrarme. En primer lugar, miré el gimnasio y el salón de actos. OK en ambos. La puerta seguía abriéndose y cerrándose con estrépito, parecía la cabeza de un demente haciendo gestos afirmativos y negativos. Sin regularidad alguna. «Sí, sí, no, sí, no, no, no...» Ya sé que es una comparación extraña, pero a mí me dio esa sensación. De verdad. En el interior de la escuela tampoco halle ninguna anomalía, todo estaba como siempre. Di una vuelta rápida y marqué OK en todas las casillas. Después de todo, no había ocurrido nada. Aliviado, me dispuse a volver a las dependencias de los bedeles. El último punto que había que inspeccionar era el cuarto de las calderas, en el extremo este del edificio. Las dependencias de los bedeles estaban en el extremo oeste. Por lo tanto, yo tenía que cruzar un largo pasillo de la planta baja para volver a mi habitación. Un pasillo negro como el carbón. Si había luna, estaba iluminado por su pálida luz, pero si no, no se veía nada en absoluto. Yo avanzaba dirigiendo el haz de luz de la linterna hacia delante. Aquella noche se aproximaba un tifón y no había luna. Muy de cuando en cuando se abría un jirón entre las nubes, pero la noche volvía a ser pronto tan oscura como boca de lobo. Avanzaba a un paso más rápido de lo habitual. Las suelas de goma de los zapatos de baloncesto producían pequeños chirridos al pisar el pavimento de linóleo. El pavimento era de color verde. De un verde oscuro como el musgo. Aún lo recuerdo. A medio pasillo se encontraba el vestíbulo. Me disponía a dejarlo atrás cuando: «¡Oh!», tuve un sobresalto. Me había parecido ver una figura en la oscuridad. Un sudor frío manó de mis axilas. Agarré con fuerza la espada de madera, me volví en aquella dirección. Apunté hacia allí el haz de luz de la linterna. Era por la zona donde estaba el mueble zapatero.* Y era yo. Es decir, un espejo. Ni más ni menos. Era mi figura reflejada en un espejo. La noche anterior no había ninguno, seguro que acababan de colocarlo allí. ¡Vaya susto! Era un espejo grande, de cuerpo entero. Al tiempo que me tranquilizaba, me iba sintiendo ridículo. «¡Seré imbécil!», pensé. Plantado ante el espejo dirigí hacia abajo el haz de luz de la linterna, me saqué un cigarrillo del bolsillo y lo encendí. Di una calada contemplando mi imagen reflejada en el espejo. La tenue luz de las farolas penetraba por las ventanas y llegaba hasta el espejo. A mis espaldas, la puerta de la piscina seguía dando golpes impulsada por el viento. A la tercera calada me asaltó, de pronto, una sensación muy extraña. La imagen del espejo no era la mía. De hecho, sí, su aspecto exterior era idéntico al mío. No cabía la menor duda. Pero no acababa de ser yo. Lo supe instintivamente. No. No es exacto. Hablando con precisión, sí era yo. Pero era otro yo. Un yo que jamás debería haber tomado forma. No me lo explico, me entienden, ¿verdad? Es que ésa es una sensación terriblemente difícil de traducir en palabras. Sin embargo, lo único que comprendí entonces era que él me odiaba con todas sus fuerzas. Con un odio parecido a un poderoso iceberg que flota en un mar oscuro. Con un odio que no podrá ser jamás aliviado por nadie. Eso es lo único que comprendí. Me quedé plantado ante el espejo, atónito. El cigarrillo se me escapó por entre los dedos y cayó al suelo. El cigarrillo del espejo también cayó al suelo. Nos contemplábamos el uno al otro. No podía moverme, como si estuviera atado de pies y manos. Poco después, él movió una mano. Se acarició el mentón con las yemas de los dedos de la mano derecha y, luego, muy despacio, fue deslizando los dedos hacia arriba, como un insecto que le reptara por el rostro. Me di cuenta de que yo estaba imitando sus gestos. Como si fuera yo la imagen del espejo. O sea, que era él quien estaba intentando controlarme a mí. En aquel momento hice acopio de las fuerzas que me quedaban y solté un alarido. Exclamé «¡Uoo!» o «¡Uaa!», o algo así. Entonces, las ataduras se aflojaron un poco y arrojé con todas mis fuerzas la espada de madera contra el espejo. Se oyó un ruido de cristales rotos. Eché a correr hacia mi habitación sin volverme una sola vez, cerré la puerta con llave y me cubrí con la manta. Me preocupaba el cigarrillo que había dejado caer en el pasillo. Pero fui incapaz de volver. El viento siguió soplando. La puerta de la piscina continuó golpeando con estrépito hasta poco antes del amanecer. «Sí, sí, no, sí, no, no, no...» Supongo que adivinaran cómo termina la historia. Eso es, el espejo no había existido jamás. Cuando el sol ascendió por el horizonte, el tifón ya se había alejado. El viento amainó y el sol continuó arrojando sus rayos cálidos y claros. Me acerqué al vestíbulo. Había una colilla en el suelo. Había una espada de madera en el suelo. Pero no había ningún espejo. Nunca lo hubo. Nadie había emplazado jamás un espejo al lado del mueble zapatero. Ésta es la historia. Así que no vi ningún fantasma. Lo único que yo vi fue... a mí mismo. Pero aún no he podido olvidar el terror que experimenté aquella noche. Y siempre pienso lo siguiente: «El hombre únicamente se teme a sí mismo». ¿Qué opinan ustedes? Por cierto, posiblemente se hayan dado cuenta de que en esta casa no hay ningún espejo. Y, ¿saben?, se tarda bastante tiempo en aprender a afeitarse sin mirarse al espejo. De verdad. * Se refiere a los pequeños casilleros que ponen en la entrada de las escuelas para que los alumnos guarden sus zapatos y se pongan las pantuflas de escuela. Para mañana pienso poner algo de Oscar Wilde tal vez, o uno de ciencia ficción, ya veré Fuente: Haruki Murakami, "Sauce Ciego, Mujer Dormida", TusQuets Editores, pp. 69-74, México, 2008