Tengorotalabarra
Usuario (España)

Diseño y construcción de circuitos impresos 1.- Introducción Desde hace varios años, la realización de los circuitos electrónicos se implementa sobre un soporte rígido que lleva situados los conductores sobre él de forma pegada y sujeta, el circuito impreso, a esto se le conoce como placa del circuito. En ésta unidad didáctica vamos a estudiar como se realiza un circuito impreso. Una placa virgen, consiste en una plancha base aislante (cartón endurecido, baquelita, fibra de vidrio o plástico flexible), que servirá de soporte, y sobre una de las caras o las dos, se deposita una fina lámina de cobre firmemente pegada al aislante que cubre completamente al soporte. Sobre esta placa actuaremos para hacer desaparecer todo el cobre sobrante y que queden nada más las pistas que configuran el circuito. La realización actual está totalmente automatizada de manera que con ayuda de un ordenador se diseña la disposición de los elementos y pistas, para más tarde pasar a las máquinas de construcción de prototipos, que obtiene el circuito impreso terminado. Este sistema automatizado excede de nuestros objetivos por lo que en esta unidad explicaremos como obtener un circuito impreso diseñado y montado manualmente en su totalidad. 2.- Materiales utilizados para el diseño - Regla, escuadra, goma de borrar y el resto de útiles de dibujo que se consideren necesarios. - Lapiceros o portaminas de dureza media (HB) para realizar los bocetos del diseño. No conviene que las minas sean extremadamente duras, pues, al principio suele ser necesario borrar muy a menudo. - Hojas de papel cuadriculado en décimas de pulgada. Los componentes electrónicos se diseñan en pulgadas por lo que los terminales de los mismos coinciden generalmente con las intersecciones de la cuadrícula de éste papel. Si la cuadrícula es de un color suave, facilitará reconocer el trazo. 3.- Normas de Diseño de la realización manual a.- Partimos del esquema eléctrico o electrónico que queremos implementar. Adquirimos todos los componentes que vamos a utilizar, incluidos los terminales de conexión y regletas, u obtenemos sus dimensiones reales de catálogos de fabricantes. b.- Situamos los componentes sobre la hoja cuadriculada en décimas de pulgada, de modo que los terminales de los componentes coincidan con la intersección de las líneas. Todos los componentes se colocarán paralelos a los bordes de la placa, y como norma general, se deben dejar, una o dos décimas de pulgada de patilla entre el cuerpo de los componentes y el punto de soldadura correspondiente. c.- Marcamos los puntos de los terminales sobre la hoja de papel. Dejando un círculo central sin dibujar, dibujamos los puntos de soldadura (pads) sobre la hoja de papel, será de forma circular con un diámetro de al menos, el doble del ancho de la pista que en él termina. d.- Trazamos las pistas coincidiendo con las líneas de la cuadrícula o formando un ángulo de 45º con éstas. e.- Se trata de realizar un diseño lo más sencillo posible, cuanto más cortas sean las pistas y más simple la distribución, mejor resultará el diseño. f.- No se realizarán pistas con ángulos de 90º; cuando sea necesario efectuar un giro en una pista, se hará con ángulos de 135º; si es necesario realizar una bifurcación en la pista, se hará suavizando los ángulos con sendos triángulos a cada lado. g.- El ancho de las pistas dependerá de la intensidad que vaya a circular por ella. Se tendrá en cuenta que 0,8 mm puede soportar, dependiendo del espesor de la pista, alrededor de 2 Amperios, 2 mm, unos 5 Amperios y 4,5 mm, unos 10 Amperios. En general, se realizarán pistas de unos 2 mm aproximadamente. h.- Entre pistas próximas y entre pistas y puntos de soldadura se observará una distancia que dependerá de la tensión eléctrica que se prevea que exista entre ellas; como norma general, se dejará una distancia mínima de unos 0,8 mm; en casos de diseños complejos, se podrá disminuir hasta 0,4 mm. En algunas ocasiones será preciso cortar una porción de ciertos puntos de soldadura para que se cumpla esta norma. i.- La distancia entre pistas y los bordes de la placa será de dos décimas de pulgada, aproximadamente unos 5 mm. j.- No pasarán pistas entre dos terminales de componentes activos (transistores, tiristores, etc.) a no ser que se conecten a otro terminal del mismo o que sea imprescindible. k.- Se debe prever la sujeción de la placa a un chasis o caja; para ello se dispondrá de taladros de 3,5 o 4 mm en las esquinas de la placa. 4.- Herramientas y materiales para la construcción del circuito Para realizar la construcción necesitaremos las herramientas y materiales siguiente: Herramientas: - Punzón - Alicates de punta plana - Alicates de corte - Soldador electrónico (de unos 30 w de potencia) con soporte - Pinzas de plástico - Tijeras - Taladro y broca de 0,9 mm, 1 mm, 1,25 mm, 1,5 mm , 4 mm dependiendo del grosor de las patillas de los elementos y de los agujeros que haya que realizar. Materiales: - Los componentes del circuito - Rotuladores de tinta permanente resistentes al ataque del ácido. Pueden ser de distintos grosores 0,4 mm 1,2 mm según el tipo de línea a trazar - Placa virgen de circuito impreso del tamaño adecuado - Agua oxigenada de 110 volúmenes - Salfumán - Esparto metálico - Estaño para soldar (de 60% Sn y 40% Pb) - Agua abundante - Barniz protector - Bandeja de plástico - Celo 5.- Diseño y construcción del circuito En primer lugar diseñamos el circuito impreso sobre papel, para ello necesitamos las dimensiones de los componentes o mejor los componentes, y el esquema que vamos montar. a.- Se toma el papel cuadriculado y siguiendo las normas de diseño, situamos los elementos en la disposición que deseemos, y empezamos a confeccionar la cara de componentes con ayuda del lápiz. b.- Obtenemos los puntos donde se conectarán los terminales de los elementos. c.- Marcamos todos los taladros (pads) por donde se van a soldar los terminales. d.- Trazamos las pistas que unen a los terminales. e.- Marcamos los límites de la placa y los agujeros para sujetar la placa al chasis. f.- Por la parte de debajo del papel, marcamos los agujeros, pistas y límite de la placa y así obtenemos la cara de pistas real. Un truco puede ser utilizar un papel de calco mientras se realiza el diseño. g.- Continuamos serigrafiando la cara de componentes, con la silueta de los componentes que vamos a colocar y a demás colocamos su nombre de referencia para identificarlos. Con esto queda terminado el diseño de la placa sobre papel, con la cara de componentes serigrafiada y la cara de pistas. Ahora pasamos a transferir el diseño a la placa virgen. h.- Cortamos un trozo de placa virgen del tamaño del diseño obtenido anteriormente. Es conveniente cortar un trozo ligeramente mayor con el objeto de limar los bordes y dejarlos en perfecto estado. i.- Situamos la placa encima del diseño, de manera que el cobre esté en contacto con la cara de componentes. Esta es la posición que debe tener la placa cuando esté terminada. Se sujeta al papel con cinta adhesiva o celo. j.- Damos la vuelta a la placa y el papel juntos. Con ayuda de un punzón, se marcan con suavidad los centros de los agujeros por la cara de pistas (cobre). Prestar especial atención a no profundizar con el punzón sobre el soporte aislante o se quebrará. Para esta tarea utilizar la mano y nunca el martillo. k.- Una vez marcados todos, se separan placa y papel, y se pasa al taladrado de todos los agujeros con las brocas correspondientes. Terminado el taladrado, se lijan suavemente los agujeros realizados para eliminar las rebabas. l.- Se limpia el cobre de la placa dejándolo libre de todo tipo de suciedad y con un rotulador de tinta permanente resistente al ataque del ácido, se dibujan los pads o puntos de soldadura. m.- Terminados los círculos se trazan las pistas, una vez terminadas es necesario esperar al secado de las pistas. n.- A continuación se procede al atacado. Para su realización se puede recurrir a varios tipos de mordiente (líquido atacador): el cloruro férrico (muy lento, pero poco corrosivo), el ácido clorhídrico (rápido, pero muy corrosivo) u otros. Nosotros hemos utilizado una mezcla de salfumán, agua oxigenada de 110 vol. y agua del grifo. Todo ello en proporciones de dos partes de salfumán, una de agua oxigenada y otra de agua del grifo, una mayor concentración de agua oxigenada acelera el proceso, mientras que una mayor concentración de salfumán lo hace más lento, pero garantiza el éxito. El agua baja la concentración total. ¡CUIDADO!: El ácido obtenido es muy corrosivo. Si no se maneja con cuidado puede provocar deterioros en la piel o la ropa, por lo que debe prestarse la máxima atención cuando se manipule. A demás debe realizarse en un sitio con abundante agua y muy bien ventilado. Si, por accidente, el ácido tocará la piel, ojos o boca, lavar inmediatamente con agua y acudir urgentemente a un médico. o.- Se sitúa el ácido sobre una cubeta de plástico (¡ojo! nunca metálica) y se introduce la placa. Dejar actuar a la mezcla dando un ligero movimiento a la cubeta observando la placa. En ocasiones la reacción es muy rápida, y se producen muchos vapores en este caso retirar la placa para evitar que se pierdan las pistas y se malogre. Para manipular la placa utilizar pinzas de plástico, las pinzas metálicas se verían afectadas por el ácido y se destruirían. Una vez que ha desaparecido todo el cobre, menos el oculto por las pistas, se retira la placa con cuidado, se coloca bajo el grifo y se lava con agua abundante. El ácido puede utilizarse varias veces. Una vez que ya no es activo se diluye con mucho agua y se arroja por el desagüe. p.- Cuando ya está seca la placa, se elimina la tinta que cubre el cobre; para ello se puede utilizar disolvente o un estropajo. Un vez seca se puede depositar una fina capa de barniz protector soldable, para evitar que se oxiden la pistas. q.- Ahora serigrafiamos los elementos sobre la cara de componentes para conocer su ubicación. Con esto tenemos terminada la placa con el circuito. 6.- Montaje de componentes A continuación pasamos a soldar los componentes sobre la misma. r.- Empezaremos colocando los elementos que quedan pegados al soporte, resistencias, diodos, diacs ... por lo generan las resistencias deben estas separadas de la placa 1 mm, para conseguir esta separación podemos utilizar un trozo de papel colocado bajo estas. s.- Soldamos los terminales y los cortamos. t.- Continuamos con el resto de elementos de mayor tamaño, hasta terminar la placa. Y con esto queda terminada la placa, falta realizar las comprobaciones para asegurarse de que todo a salido bien, después se pueden colocar los tornillos y fijarla en el chasis donde se vaya a instalar.
Hola a todos! Vi un tutorial en YouTube sobre como hacer un aire acondicionado casero. La verdad es que si le das tiempo lo podes hacer más prolijo. Por otro lado recomiendo agregar hielo a la caja así se enfría más!!! En fin... Materiales: Un ventilador cualquiera Un par de metros de tubo de cobre (dependiendo el tamaño del ventilador ver video) Manguera de goma (largo a convenir y que quede justa para meter el caño de cobre) Un recipiente tipo heladerita de camping. Una bomba de agua entrada mismo grosor que la manguera de goma Precintos o bridas Manos a la obra! El video esta en inglés pero se entiende perfectamente!
Sentate y divertite! Todos se han visto y seguro muchos posteados pero para que valga el recuerdo!!! No encontre otra barra separadora!

Hola a todos!! En este corto post les quiero mostrar una página muy buena que tiene una base de datos enorme (más de 300.000 títulos) de carátulas de DVD, cd de música, series de tv, de juegos, bluray, etc... Sin más preámbulos les dejo el

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial LOS ENIGMAS QUE ENCIERRAN LOS MUROS DE EL ESCORIAL Una de las obras más bellas y sorprendentes concebidas por el hombre no escapa de insólitas leyendas que alimentan aún más su interesante historia. El Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial es un edificio grandioso regido por las reglas de la razón y el equilibrio, aunque con bastante locura en su concepción. Era el sueño de juventud de Felipe II, un inmenso palacio con panteón para sus padres (Carlos V e Isabel de Portugal) y descendientes, biblioteca y monasterio, un lugar para perpetuar la gloria de la Monarquía y la grandeza de la casa de Austria. Su interminable fachada, cuyos ladrillos a la puesta del sol semejan al oro, hace que inevitablemente nos recorra un leve escalofrío. Dice la leyenda, que el embajador de Francia preguntó a Felipe II si era tan fácil empezar como acabar obra tan grande o se quedaría por falta de medios inacabada como tantas otras. En réplica, al terminar la edificación, el Rey mandó colocar varios ladrillos de oro en las torres. Sin embargo, no son lo que parecen, y son las cajas que guardan las reliquias de varios santos las que producen este efecto ubicadas en ese lugar para que éstos protegieran al recinto de las tormentas. Muchos expertos han sido los que han calificado a este emblemático edificio de obra contradictoria: por un lado, es una obra del Renacimiento, regida por criterios racionalistas; por otro, es una construcción levantada según coordenadas astrológicas. La magia es evidente cuando se constata que la gran obra es una reproducción del templo de Salomón. Las semejanzas entre el Templo de Salomón y el Monasterio de El Escorial no sólo han sido tratadas por los cronistas del siglo XVI y XVII, sino que los historiadores modernos las han discutido tanto desde el punto de vista simbólico, como desde el punto de vista de la posible influencia del prototipo bíblico en la traza arquitectónica escurialense. Un clarificador ejemplo es el de José Luis Gonzalo, Doctor en Historia Moderna, que tras profundas investigaciones llega a la presente teoría (citamos textualmente): “El tema del Templo de Salomón estuvo muy presente en las lecturas escolares del joven Felipe II. No se trataba de un interés específico por parte de su maestro y preceptores, sino de una materia de interés general en la Cristiandad, siempre obsesionada por la recuperación de Jerusalén y los Santos Lugares de Palestina, bajo dominio otomano…. Así pues, ante la pregunta de si concibió Felipe II El Escorial como una gran recreación de su precedente salomónico, la respuesta parece que debe ser afirmativa. En nuestra opinión, el deseo de dar forma pétrea a la metáfora salomónica se encuentra en los mismos orígenes de la fundación de El Escorial…. No en vano, en la traza de El Escorial se funden todas las interpretaciones: la planta del Templo visionario de Ezequiel para dar forma a los atrios del monasterio, la del templo material de Salomón se reserva sólo para la iglesia, y sobre ésta, una magnífica cúpula, reminiscencia del templo centralizado con que el Templo de Salomón fue idealizado durante siglos. El Real Monasterio constituye, dentro de esta interpretación, una restauración en piedra de la Nueva Jerusalén, concebida en la mente de Felipe II y de sus consejeros como una representación de la nueva Iglesia católica reformada. Se trataba de una variación universalista de la idea del templo surgida en torno a la conversión al catolicismo de Inglaterra. A pesar de este fracaso religioso y político, la idea persistió y encontró un nuevo acomodo en el proyecto providencialista católico que se acuñó con el advenimiento de Felipe II al trono. La restauración del templo salomónico era una manera de expresar la esperanza en la restauración de una unidad de la Iglesia, de la que el monarca español era protector y paladín principal". Después de cuatro siglos, infinidad de leyendas envuelven al Monasterio, como la de la bóveda plana del sotacoro, a la entrada de la basílica. Cuentan las crónicas que cuando Felipe II la vio por primera vez, Juan de Herrera intentó demostrar que se suspendía sola, el Rey, incrédulo, le reprendió: “Herrera, Herrera, con los Reyes no se juega”. La gran escultura de San Lorenzo en la fachada principal, también cuenta con historia. De ella aseguran que dirige su fría mirada pétrea hacia la montaña, donde se encuentra escondido un tesoro del que, sin embargo, nadie ha encontrado vestigios. Y aún más, otra leyenda relata que esta figura y las de los seis Reyes de Judá que aparecen en la fachada central del patio de los Reyes salieron de una única y colosal piedra. En la sacristía del convento se guarda una singular reliquia: la Sagrada Forma, que tiene cuatro siglos de antigüedad, con una leyenda también detrás. Dicen que llegó hasta aquí procedente de la ciudad alemana de Gorcum tras haber sido pisoteada por un grupo de protestantes armados en la iglesia donde se ubicaba, aunque otra versión de los hechos cuenta que en el siglo XVII la basílica fue profanada por las tropas del duque de Medina Sidonia y que fue uno de sus soldados el que pisó la Sagrada Forma, que comenzó a manar sangre. El militar, impresionado por el milagro que acababa de presenciar, ingresó en un convento de franciscanos. Una de más esotéricas, es la leyenda urdida en torno al sitio de El Escorial que afirma que su emplazamiento fue elegido por una vieja tradición que situaba allí la puerta del infierno. O la que tiene como escenario el bosque de la Herrería, a dos kilómetros en línea recta de San Lorenzo, donde se encuentra la silla de Felipe II, que, según las crónicas, era el lugar desde el que el Rey contemplaba el desarrollo de las obras del monasterio. EL PERRO DIABOLICO DEL MONASTERIO Según la leyenda, durante la construcción del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, un misterioso perro negro aterrorizaba a los obreros por las noches, obstaculizando las obras. Quizás el perro infernal protegía el lugar, pues se ha atribuido a El Escorial el ser una de las puertas del Infierno que se extienden por el mundo (otra de las cuales es la ciudad italiana de Turín); ésta fue una de las razones por las que Felipe II mandó construir el monasterio en este lugar: para mantener cerrada dicha puerta. El perro fue encontrado y se ordenó que se le ahorcase en una de las torres del monasterio, donde permaneció mucho tiempo. Cuando Felipe II regresó dfinitivamente a El Escorial para morir, desde su lecho de muerte (acompañado de multitud de reliquias de santos), siguió oyendo los ladridos de ese perro infernal, que ya había sido muerto hacía años. LA SIMA DE LOS PASTORES Existe la creencia de que en los montes cercanos a San Lorenzo de El Escorial existe un tesoro oculto (de ser esto cierto, por lo concurrido y transitado de esta zona, lo más posible es que el que lo haya encontrado ya esté disfrutándolo o lo haya disfrutado). Esta leyenda tiene origen también en el Monasterio de El Escorial, parece ser que un tal Rafael Corraliza empleado de la pagaduría de las obras del monasterio se sintió tentado por el continuo tintineo de doblones a diestro y siniestro ante él y decidió hacerse con un botín de estos y sujetándoselos al cinto se escapó como alma que lleva el diablo camino de Portugal por la ruta que pensó menos vigilada tomando la vereda que conducía a la próxima aldea de Robledondo. Como era ya de anochecida al llegar a la zona conocida como Sima de los Pastores se hundió en ella dando con sus huesos en el fondo tragando vida y doblones, no se sabe con certeza pero parece ser y quiere creer la gente que el mismo santo intercedió en la aventura del desafortunado pagador. Con el paso del tiempo esta sima fue tapada con ramas y piedras por temor a que el ganado o cualquier desdichado sufriese la misma suerte del tal Corraliza, aunque aún sigue ahí la sima para visita del que se precie a rememorar significante historia. LA PISADA DEL DIABLO Esta leyenda atribuye un origen diabólico a una oquedad que aparece sobre una roca, que asemeja una huella de talón izquierdo, situada aproximadamente a un kilómetro de distancia de la Silla de Felipe II. Según la tradición, una muchacha llamada Martiña, muy devota de la Virgen María, se encontró con el diablo que, disfrazado de peregrino, intentó apoderarse de su alma ofreciéndole bienes terrenales si renegaba de la Virgen. Ante la negativa de la joven, el diablo saltó enfurecido sobre la piedra y provocó una gran explosión, que formó la citada huella. LAS APARICIONES MARIANAS Luz Amparo Cuevas, mujer humilde y madre de siete hijos, afirmó ser testigo de diferentes apariciones marianas, en concreto de la Virgen Dolorosa, entre 1981 y 2002. La Virgen se le aparecía sobre la corona de un fresno, situado en el paraje conocido como Prado Nuevo, en las inmediaciones de El Escorial, ante la concurrencia de numerosos fieles. El lugar continúa siendo, a día de hoy, un lugar de peregrinación, especialmente el primer sábado de cada mes. Curaciones milagrosas, movimientos del Sol o estigmatizaciones son algunos de los fenómenos que supuestamente se han producido en torno a estas apariciones. FELIPE II Y EL MISTERIO DE EL ESCORIAL La Muerte del Demonio del Mediodía Nacer y morir tal vez sean experiencias muy similares. Y Felipe II, a quienes sus admiradores llamaron Rey Prudente y sus enemigos Demonio del Mediodía, tuvo miedo a ambas. Tuvo miedo a nacer y el parto se demoró 13 interminables días. Y tuvo miedo a morir y su agonía se convirtió en vía crucis de 53 jornadas. Un verdadero camino hacia el calvario, sino fuera porque sus enemigos dirían que no fue un Mesías del catolicismo, como él pensó, sino el mismísimo Demonio. Y ya fuera Dios o fuera el Demonio quien lo ideó, su muerte, rodeado de fantasmas interiores, heridas sangrantes y huesos de muerto fue un verdadero martirio. Desde 1592 su salud se había deteriorado irremediablemente. La gota había afilado aún más sus garras para clavarlas en las carnes del rey, hasta el punto de que ni siquiera podía firmar los documentos que tenía ante sí. Los dolores eran tan intensos que ni siquiera podía permanecer en la cama sin padecerlos. Tampoco había modo de estar sentado, y fue entonces cuando su ayuda de cámara, Jean L’Hermite, ideó un ingenio consistente en una silla articulada que permitía al monarca cambiar de postura. Siendo consciente de que el tiempo se le escapaba de entre sus doloridos dedos y que le llegaba el momento de enfrentarse con sus propios fantasmas, el rey prefirió hacerlo en su madriguera y ordenó su traslado al monasterio de El Escorial. El mes de junio de 1598 expiraba cuando salió del alcázar madrileño una comitiva espectral. El 30 de junio partió de Madrid para no regresar. Durante seis días su silla articulada fue transportada por porteadores que se turnaban en el oficio. Jamás pareció el monasterio escurialense tan lejano de Madrid como en aquel verano en el que el rey que se creyó Mesías comenzó su itinerario hacia otro mundo. Y al fin, el día 5 de julio pudo ver las torres orgullosas y enigmáticas de su templo. Al día siguiente entró en la fábrica de Dios cuya construcción tanto había incomodado al Demonio. In ictu oculi “En un abrir y cerrar de ojos” se va la vida. Se escurren los granos del reloj de arena de modo tan sigiloso que no escuchamos sino la caída al fondo del último de ellos, cuando ya todo es demasiado tarde y nos enfrentamos a las imágenes de nuestra propia vida. ¿Qué hemos hecho en ella? Dicen que el insigne pintor barroco del siglo XVII Juan de Valdés Leal se inspiró en El Discurso de la Verdad, escrito por Miguel de Mañara, para pintar los dos lienzos tenebrosos que evocan Las Postrimerías de la Vida. En uno de ellos se representa el Triunfo de la Muerte bajo la forma de un esqueleto que porta una guadaña. El descarnado personaje se alza sobre todas las cosas de este mundo, desde una tiara papal hasta los libros de los más sabios. “In ictu oculi”, en un abrir y cerrar de ojos, se lee en una leyenda que aparece en la obra, todo se fue. Detengámonos en este cuadro, puesto que si bien es cierto que es posterior a Felipe II y nada tiene que ver con él, la verdad es que la muerte del monarca podría haber inspirado al andaluz Valdés Leal tanto o más que el texto cuya lectura lo impulsó pintar esta obra. Fray José de Sigüenza nos dice en su crónica sobre El Escorial que el monarca sufrió el 22 de julio de 1598 calenturas a las que se unió un principio de hidropesía. Se le hincharon vientre, piernas y muslos al tiempo que una sed feroz lo consumía. Aquella fiebre lo marchitó durante siete días completos, presintiéndose tan a las puertas del infierno que el fraile jerónimo afirma que Felipe se sintió “asado y consumido del fuego maligno”. ¿Creyó tal vez el rey que aquél era su postrer destino? Ya fuera Dios o el Diablo, alguien envió al monarca una agonía cruel. Apareció encima de la rodilla derecha “una postema de calidad maligna, que fue creciendo y madurando poco a poco con dolores muy fuertes”, escribe Sigüenza. El médico Juan de Vergara abrió con hierro aquel absceso purulento, pero aquel sajar y sangrar no sería el último, sino el primero de los que padecería el rey en su temible agonía. Pudiera ser fe, pero también miedo, lo que llevó a Felipe a ordenar lo que en seguida se dispuso. Buscó burladero en Dios y se confesó ante fray Diego de Yepes, a quien le pidió que le leyera la pasión según San Mateo. ¿Era lectura para confortar el alma o porque se sentía en igual trance que el Mesías? Mandó que trajeran ante sí sus reliquias favoritas, de modo que al pie de su cama, de cuya vera no se movió su hija Isabel Clara Eugenia, se fue formando un espectral espectáculo con “la rodilla entera con el hueso y pellejo del glorioso mártir San Sebastián”, un brazo de San Vicente Ferrer, una costilla del obispo Albano y otros fetiches de similar naturaleza. Y todo ello fue traído ante la minúscula alcoba del gran monarca en una procesión de gran solemnidad que habría que haber visto para poder describirla con justicia recorriendo los sombríos pasillos del monasterio. El confesor Diego de Yepes, el prior fray García de Santa María y el mismísimo príncipe Felipe, en breve Felipe III, formaron parte de la dantesca romería. Llegan brazos y canillas ante el moribundo y tiene lugar otra escalofriante escena en la que el atormentando rey besa “con boca y ojos” aquellas reliquias y pide que se las pongan sobre la rodilla herida. Naturalmente, de inmediato siente alivio, de modo que le confeccionan un altar allí mismo, a los pies de su cama, con huesos y pellejos. Es hora de revisar una vida, suponemos. Y entonces Felipe II “mandó hacer muchas y notables limosnas en estos días que duró su enfermedad”, escribe Sigüenza. Y así fue como se casaron muchas huérfanas, se socorrió a viudas y gente humilde y se dijeron muchos novenarios de misas. Y mientras, el rey no pierde de vista sus reliquias, hasta el punto de cuando caía en la inconsciencia su hija solía gritar que nadie las tocara, aunque nadie las tocaba, para que de inmediato su padre recobrar la conciencia ante el temor de que, en efecto, algún cortesano las cambiase de sitio. ¿Dónde fue a parar el rey del mundo? ¿Adónde se llevaron al nuevo rey Salomón? ¿Quién es ése desconocido que ocupa su lugar en esa cama? ¿Cómo fue que se esfumó tan gran monarca en un abrir y cerrar de ojos? Cave, cave, dominus videt “Mandó poner a todos los lados de la cama y por las paredes de su dormitorio crucifijos e imágenes”, leemos en la crónica de Sigüenza. Entre esas imágenes estaban algunos cuadros de un pintor extraño, un cicerone de mundos lejanos y próximos al mismo tiempo, cancerbero de infiernos y caricaturista de la moral humana: Hieronimus van Aeken, El Bosco. ¿Por qué ordenó Felipe II que trajeran a El Escorial cuantas obras de El Bosco fuera posible? ¿Qué razón tuvo para consumir sus últimas horas en este mundo contemplando las aterradoras descripciones del infierno que plasmó en sus obras el genial artista flamenco? Esas preguntas serían suficientes para escribir un libro, pero aún resulta más inexplicable responder por qué Felipe II hizo traer a su presencia todas las obras que pudo de ese pintor. Y se dice que llegó a tener al menos nueve de ellas, entre las cuales estaban algunos de los trabajos más representativos de nuestro hombre. Detengámonos en alguno de ellos para comprender la tremenda incomodidad que supone para la ortodoxia explicar la muerte de Felipe II contemplando imágenes de esa guisa y no de santos convencionales. Tomemos, por ejemplo, la Mesa de los Pecados capitales. ¿Qué nos encontramos en ella? En primer lugar, sorprende que la obra se estructure en cinco círculos. El más grande es el del centro, dividido a su vez en tres anillos concéntricos. Se supone que es el Ojo de Dios, y una leyenda escrita en latín nos advierte que todo lo vigila: Cave, cave, dominus videt (Cuidado, cuidado, el señor observa). En el anillo exterior están representados los siete pecados capitales: Ira, Soberbia, Lujuria, Avaricia, Gula, Pereza y Envidia. Finalmente, en los cuatro ángulos de la tabla hay otros tantos círculos donde aparece el tema favorito de El Bosco: Muerte, Juicio Final, Infierno y Gloria. Y ahora, imaginen a Felipe II. Los ojos desorbitados, los labios resecos, las llagas supurando, mascullando oraciones y besando pellejos y huesos de santo mientras en la pared de su alcoba se daban cita los peores sueños de El Bosco. Y es que hay algunos autores que creen que en esas horas finales de su vida el rey hizo que trajeran a su presencia todos los cuadros de este pintor flamenco que tenía en el monasterio. Otros creen que no tuvo todas las obras en la habitación, pero sí varias. Y desde luego, existe el consenso de que la sí tuvo delante en el postrer instante de su existencia fue El Jardín de las Delicias, o al menos una copia de ella. El Jardín de las Delicias es otro tríptico sobrecogedor que cuando está cerrado nos muestra una inquietante burbuja de cristal que a modo de un matraz alquímico representa la Creación. Y una vez abierto, nos encontramos ante el despliegue propio del microcosmos de Hieronimus. En la tabla izquierda aparece la creación de Adán y Eva. Él se muestra absolutamente desnudo, y ello ha llevado a algunos investigadores a plantear la posibilidad de que El Bosco pudiera haber estado vinculado a la corriente herética de los Adamitas. Se trató de una secta cuyo origen algunos fechan en el segundo siglo de nuestra era y que se mostraba a favor de la desnudez del cuerpo y de la práctica del sexo de forma absolutamente libre. Padres de la Iglesia como San Epifanio o San Agustín ya los mencionan, de modo que debían traer de cabeza a los prebostes católicos desde el principio. Para esta curiosa secta, el matrimonio era cosa detestable y realizaban sus rituales completamente desnudos. Los hay que hermanan a este grupo curioso con los gnósticos carpocratianos, que también tenían costumbres muy relajadas en lo que al sexo se refiere. En todo caso, huelga decir que fueron perseguidos con saña, pues nada molesta tanto a la Iglesia como el cuerpo humano que el propio Dios creó, y además a su imagen y semejanza. Y ésa es una reflexión que podrían hacerse cardenales y mitrados sin demora. En cualquier caso, fuera El Bosco o no adamita, lo que nos deja sin aliento es el resto de esa obra. Allí, una fuente de la vida extravagante; acullá, un Árbol del Bien y del Mal estrambótico, y todo repleto de seres fabulosos jamás vistos en estos páramos de la realidad ordinaria. En la tabla central el sensualismo rebosa carne. Un lago repleto de mujeres desnudas es rodeado en romería lujuriosa por una multitud mientras las ilusiones del mundo se representan con el dibujo preciosista del artista flamenco. Finalmente, a la derecha aguarda al infierno. Pero no contento con las torturas típicas y los tormentos socorridos, Hieronimus ve en el fondo de su mente instrumentos musicales que sirven para dar escarnio a los pecadores. ¿Adamita? ¿Conocimientos secretos? ¿Crítica social? ¿Quién inspiró a El Bosco? ¿Qué supo de él Felipe II que quiso cruzar al otro lado contemplando los mundos invisibles pintados en aquellas tablas? Finis Gloriae Mundi Mencionábamos en líneas precedentes las obras del pintor barroco Valdés Leal porque nos recordaban la muerte de Felipe II, aunque no guardan relación directa alguna con ella. Y si antes nos demoramos en el cuadro titulado Triunfo de la Muerte, más popularmente conocido como In ictu oculi, en la hora del final de nuestro personaje nos pareció de interés posar la mirada sobre otra de las obras de este pintor andaluz: Finis Gloriae Mundi. Se trata de un óleo sobre lienzo en el que el autor representa lo efímera que es la vida y sus regalos ejemplificando la lección con una fosa donde los cadáveres se descomponen. Son claramente identificables los cuerpos carcomidos de un obispo, puesto que se advierte su mitra, y un caballero de Calatrava a quien denuncia su manto con la cruz de su Orden. Una mano llagada, que naturalmente pertenece por ello a Jesucristo, sostiene sobre los cuerpos en corrupción una balanza, escenificándose la vieja pesada del alma de los egipcios. En los platillos de la balanza se pesan las buenas y malas acciones, y leemos dos inscripciones en ellos: Ni más, Ni menos. En el platillo izquierdo de la balanza se representan los siete pecados capitales. En la obra de Valdés Leal esos pecados se representan alegóricamente con animales. Mientras, en el platillo de la derecha aparece una serie de objetos que, en algún caso, están a punto de ser mencionados también en esta historia maldita de Felipe II: disciplinas, cilicio y cadenas. Esta obra tenebrista y truculenta que Valdés Leal pinta en 1672, casi un siglo después de la muerte del soberano de El Escorial, nos inquieta. El frágil equilibrio entre ambos platillos puede conducir al difunto al cielo o al infierno, independientemente de los poderes y glorias terrenales de que haya disfrutado en vida. Recordando este cuadro de fuerza terrorífica una mañana en la que me detuve ante la alcoba en la que murió Felipe II en El Escorial me pregunté si el rey se hallaba en paz consigo mismo y con Dios. Creo que no, y de ahí su resistencia a nacer a la otra vida. Durante los 53 días de su agonía, en vísperas de que también una mano invisible pusiera sobre el fiel de la balanza sus virtudes y sus defectos, a mí me parece que el rey mostró terror a morir. Aquellos cuadros de El Bosco aludiendo al infierno, aquella sed suya de oraciones y lecturas… Temiendo caer en un estado de inconsciencia del que ya no le fuera posible salir, el primer día de septiembre el monarca solicitó la extremaunción, pero no de cualquier modo, sino a lo grande. Dice Sigüenza que “mandó a su confesor que le llevase el Manual, libro donde se administran los Santos Sacramentos, y le leyese todo lo que éste tocaba sin dejar letra”. Y para recibir el sacramento esmeró su precaria higiene, de modo que le cortaron las uñas y le lavaron las manos. Antes de recibir la extremaunción, el moribundo se confesó. Después, ordenó que estuviera presente su hijo Felipe, “porque veáis en lo que paran las monarquías deste mundo”, le dijo al príncipe. He hecho alusión a su higiene, y para mostrar aún mejor el dramatismo de aquellos últimos días tal vez sea necesario ahondar aún más en ese aspecto. Y es que el sufrimiento físico del rey era atroz, pero aún lo hacía más cruel la imposibilidad de lavarse como a él tanto le gustaba. Felipe II había sido extremadamente meticuloso en su higiene personal, pero ahora que las glorias del mundo estaban a punto de apagarse, también eso le fue vedado. Jean L’Hermite describe aquel terrible escenario de este modo: “Sufría de incontinencia, lo cual, sin ninguna duda, constituía para él uno de los peores tormentos imaginables, teniendo en cuenta que era uno de los hombres más limpios, más ordenados y más pulcros que vio jamás el mundo…No toleraba una sola mancha en las paredes o suelos de sus habitaciones… El mal olor que emanaba de estas llagas era otra fuente de tormento, y ciertamente no la menor, dada su gran pulcritud y aseo” Impedido, sin poder hacer sus necesidades sino en el propio lecho, se abrió un agujero en la misma cama para que de ese modo pudiera aliviar su cuerpo. Todos los cronistas mencionan el olor insoportable en medio del cual el rey tuvo que vivir sus últimos días. Una agonía de la que no perdieron un solo detalle los huesos y pellejos de todos aquellos santos mártires que hizo instalar ante su cama maloliente. Pero, por encima de todos, había un crucifijo. Seis años antes, estando en Logroño, el rey ordenó a Juan Ruiz de Velasco que abriese un cajón del escritorio que llevaba consigo. Dentro del cajón había un pequeño crucifijo y unas velas de Nuestra Señora de Montserrat. También conservaba el rey una disciplina bastante usada. Todas aquellas cosas habían sido de su padre, Carlos V, y le dijo al cortesano que recordara siempre dónde estaban, puesto que un día se las pediría cuando creyera que estaba próxima su muerte. Y ese momento, era evidente, había llegado ahora, de modo que mandó al mismo cortesano que abriera el mismo cajón. Carlos V había muerto empuñando aquel crucifijo, y Felipe II tenía el mismo propósito. Mandó colgarlo dentro de las cortinas de la cama, “frontero con sus ojos”, a decir de Sigüenza, y pidió que tras su muerte el crucifijo regresase al mismo cajón de donde lo sacaron para que, cuando llegara el momento, también su hijo Felipe (III) lo pudiera tener junto a sí. Y de este modo, armado de reliquias y de un crucifijo, pertrechado de oraciones y rodeado de clérigos, Felipe II siguió dando instrucciones para su tránsito como si fuera un antiguo faraón egipcio. Imaginamos que de vez en vez miraba aquellas terribles pinturas de El Bosco. ¿Adónde iría él? ¿Al cielo? ¿Al infierno que algunos decían que estaba debajo mismo de aquella fábrica de El Escorial? El Demonio reía y se relamía. ¿Qué estaría haciendo Dios en ese instante? Ordenó entonces hacer su ataúd, y además exigió que se lo trajesen allí mismo, “y daba en todo la traza y el modo, como si fuese negocio para otro”, leemos al fraile jerónimo. También dispuso que se le fabricase una caja de plomo, y ordenó que una vez muerto lo metieran dentro de ella para evitar los malos olores de la putrefacción. Y si esta biografía maldita está repleta de historias escalofriantes las unas y bellas las otras, no es menos poético el origen de la madera de su propio féretro. Cinco años antes, paseando cerca de Lisboa, el rey vio los restos de un barco varado en la arena. El viejo buque se había llamado Cinco llagas. Como si tuviese una premonición, Felipe comprendió que aquella madera debía servir para hacer su última morada. Las cinco llagas de Cristo tal vez le recordaron su mesiánica misión a favor del cristianismo, o quién sabe qué pasó por su mente. El propio Sigüenza reconoce en su crónica que desconoce el motivo por el cual el monarca tuvo aquella idea, pero lo cierto es que ordenó que se llevaran a El Escorial aquellos tristes maderos, de los cuales también se hizo una cruz para la basílica del monasterio. Con medio equipaje hecho, el rey aún se resiste a morir (o a nacer) Aguanta las acometidas de la Muerte hasta que el día 11 de septiembre se despide de los suyos. Les ordena perseverar en la fe y muestra su deseo de comulgar de nuevo. Tenía dicho a sus médicos que le informaran de cuándo había llegado su hora, y cuando éstos se lo hicieron saber, el monarca pidió refuerzos espirituales. ¿Acto de fe o terror desmedido? Solicitó la presencia otra vez de confesores y clérigos, incluido el Arzobispo de Toledo, y hubo mucha plática y oración, como si aquel moribundo no hubiera sido preparado una y mil veces para el viaje que se avecinaba. Y a pesar de todo, dice Sigüenza, él pedía más y más oraciones y discursos. Hora y media antes de expirar “tuvo un paroxismo tan grande que todos creyeron que había acabado”, de modo que comenzaron los lamentos y los llantos. Pero como en la mejor de las películas de terror, de pronto el supuesto muerto abrió desmedidamente los ojos y asió el viejo crucifijo de Carlos V con una fuerza propia de un hombre pletórico de salud ante la estupefacción, y tal vez un susto morrocotudo, de todos los presentes. Pasó una noche más en medio de inacabables oraciones y mil besos al crucifijo de marras repitiendo mil veces mil un millón que “moría como católico”. ¿A qué tanta repetición de lo obvio? ¿O no era obvio? El alba del día 13 de septiembre estaba a punto de romper por el Oriente. Eran las cinco de la madrugada cuando, al fin, “con un pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas, salió aquella santa alma y se fue (…) a gozar del Reino del Soberano”, asegura el cronista Sigüenza. Pero, ¿estaba el monarca tan seguro como el fraile jerónimo de que lo aguardaba el Reino de los Cielos? ¿Y si se incorporaba a aquellos escenarios terribles pintados por El Bosco y se convertía en un atormentado inquilino más del Infierno? Un día como aquel, pero 14 años atrás, se había puesto la última piedra de la fábrica del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la fortaleza que algunos dicen que selló una entrada al infierno. Compusieron el cuerpo según las instrucciones que el propio rey había dejado dichas. Lo envolvieron en una sábana sobre camisa limpia que le pusieron a solas don Cristóbal de Mora y don Fernando de Toledo para que nadie viera el terrible estado en el que se encontraba su cuerpo. Esos dos cortesanos fueron los encargados de cumplir una última voluntad del soberano: ataron a su cuello un cordel del que colgaba una vulgar cruz de palo, que fue la única joya, si puede ser llamada así, que llevó consigo hacia el más lejano poniente. Antes de cerrar el féretro, el futuro Felipe III quiso ver por última vez a su padre. Luego, gran copia de caballeros sacó el ataúd de la minúscula alcoba real y se formó una comitiva enlutada y dramática que recorrió como Santa Compaña los pasillos escurialenses con el muerto a hombros. Se celebró misa, y finalmente lo condujeron a dormir el sueño eterno con los suyos. No sé lo que hizo el Demonio al ver muerto a su adversario, pero Dios no pareció mover un músculo. Tras la muerte del rey amaneció precisamente el día del Señor, un domingo, luminoso y alegre. Era el día 13, el número que en el Tarot corresponde a la Muerte; una carta de cambio, muda y transformación. ¿En qué mudó Felipe? ¿En Rey Prudente o en Demonio del Mediodía? FUENTES: http://www.izca.net/foro/index.php?topic=6690.0 http://phantasmadas.blogspot.com/2008/04/las-puertas-del-infierno.html http://www.ikerjimenez.com/especiales/escorial/index.html SE ACEPTAN COMENTARIOS!