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Un post idiota Tanta idiotez, ¿nos puede hacer mal? Idiota es una palabra derivada del griego ἰδιώτης, idiōtēs (persona que carece de capacidad profesional, "un ciudadano privado y egoísta que no se preocupaba de los asuntos públicos), de ἴδιος, idios (privado, uno mismo). En América la palabra idiota (una persona normal y corriente) precedieron al término del latín tardío que significa persona sin educación o ignorante. Su significado y la forma moderna data de alrededor del año 1300, del francés antiguo idiote (sin educación o Persona ignorante). En 1487 la palabra idiotez pudo haber sido el modelo de analogía de las palabras profeta y de la profecía. En término de medicina la idiotez, idiotismo o idiocia, es una enfermedad mental caracterizada por una deficiencia casi total de facultades psíquicas de las personas, cuya detección es muy temprana, los individuos poseen una edad mental inferior a los tres años y su cociente intelectual de 0 a 24 (adulto con 2 años mentales). La idiotez es el retardo mental más agudo. Los síntomas de los afectados suelen ser la inmovilidad, adolecen incontinencia de los esfínteres, babean, suelen ser mudos o sólo emiten sonidos sin sentido, son en general asociales y no tiene noción del mundo exterior. La retentiva memorística es inexistente, la respuesta a estímulos está disminuida en alto grado, y es frecuente el enanismo. Según el autor Krapelin en su libro Lehrbuch d. Psychiatrie de 1920, se distinguen varios tipos: * simple o absoluto o completo. Estado vegetativo. o profundo. Existen funciones rudimentarias de relación o leve o atraso mental. Se disponen de leves aptitudes o moral. Perversión de los instintos * compuesto o polisárcico. Característico por su obesidad extrema o hemipléjica o dipléjica o epiléptica o amaurótica o mongólica Se clasifican en dos agrupaciones: Idiocia amaurótica familiar: agrupación de enfermedades hereditarias. Idiocia amaurótica de Bielschowsky: una forma infantil de la idiocia amaurótica familiar. Suelen comenzar los síntomas entre los 4 y 8 años comenzando por la pérdida de visión y continuando con multitud de síntomas variados. También es conocida como síndrome de Bernheimer-Seitelberger. En gran parte de los casos es una enfermedad de nacimiento, bien por causas hereditarias, o por trastornos durante la gestación. Los otros casos son provocados por accidentes cerebrales: golpes, ausencia de oxígeno en el cerebro, lobotomía. Considerada incurable, sus efectos son dificilmente amortiguales. Relacionada con el cretinismo, Mequetrefe, imbecilidad y la mixedema. Idiotas en imagenes Idiotas en Videos Link Link Link Link
Registrate y eliminá la publicidad! Distrito de la Oroya El distrito de La Oroya, capital de la provincia de Yauli, pertenece a la Región Junín, en la Sierra Central del Perú. Según la tradición local, debe su nombre a una especie de puente colgante que permite trasladar personas y carga en recipientes llamados "oroyas", que tienen forma de canasta y que cruzaban el río Mantaro de una orilla a la otra. En esta ciudad, la carretera Central se divide en dos ramales: uno se dirige a la ciudad de Huancayo, capital de la región; y el otro, a la selva central del Perú, lo cual convierte a La Oroya no sólo en un punto de convergencia de los viajeros del centro del país, sino también en una zona estratégica para el comercio y la industria. Es conocida además por poseer una de las chimeneas más altas de Sudamérica. Su calidad de gran centro metalúrgico ha provocado uno de los mayores casos de contaminación en el Perú y el mundo tanto del aire como del suelo, así como también de las aguas de los ríos Mantaro y Yauli, por lo cual carecen de vegetación y vida acuífera. El Instituto Blacksmith calificó en el 2006 a la ciudad de La Oroya como una de las 10 ciudades más contaminadas del mundo. Las grandes compañías mineras, tanto nacionales (CENTROMÍN-PERÚ) como extranjeras (Cerro de Pasco Co. y DOE RUN PERÚ), asentadas allí desde el siglo XIX, poco o nada hicieron para paliar esta situación, lo que ha derivado actualmente en el grado de contaminación del aire, que a ciertas horas del día, especialmente al mediodía, se hace casi irrespirable. Está ubicada a 175 kilómetros de Lima, en Perú. Una organización ambientalista la colocó entre las diez con mayor contaminación del mundo. Imágenes y video sobre la vida de su gente, que respira el aire más insalubre del continente. Los enormes réditos económicos que el Estado peruano está logrando por sus riquezas mineras le están costando un alto precio a la ciudad de La Oroya, a 3.750 metros sobre el nivel del mar. Días atrás, una organización ambientalista volvió a colocarla como la más contaminada de América y entre las diez del mundo. Encajonada en un valle andino, a sólo 175 kilómetros de Lima, sin vegetación y castigada por el frío, La Oroya es sede de la principal fundición metalúrgica del país. La ciudad tiene unos 33 mil habitantes y en el lugar no llama la atención la basura o el barro: es un municipio más limpio y ordenado que el promedio de la zona andina. Allí la contaminación es casi invisible: está en el aire, donde flotan micropartículas de plomo, sulfuro, arsénico, cadmio y otros componentes altamente tóxicos. Todo asciende al cielo desde la enorme e incansable chimenea de la fundición. En las mañanas, sobre todo en invierno, el aire se espesa. Se produce una neblina y, a los pocos minutos, llegan la picazón en la garganta y el ardor en los ojos. Según cifras de la organización estatal DIGESA, sólo el dióxido de azufre superaba –en una medición de este mes- los 27 mil microgramos por metro cúbico. Mundialmente, a partir de los 2.500 se considera una situación de emergencia. La empresa estadounidense Doe Run, que opera la enorme fundición, produce cobre, zinc y plomo. Y es la principal proveedora de empleos –directos e indirectos- de la ciudad. Sus directivos no niegan la gravedad del problema. Pero dicen que la llamada "contaminación histórica" es anterior a su llegada al lugar, en 2003. Y afirman que están haciendo "esfuerzos" para mejorar el ambiente en la zona. En los últimos años, la necesidad de rescatar el ambiente, que se ha transformado en un clamor mundial, y la toma de conciencia de la población local han propiciado que el Estado exija a la empresa metalúrgica allí establecida que ponga en marcha las medidas pertinentes para revertir esta nefasta situación. Por otro lado, esta ciudad cuenta con algunas urbanizaciones y edificios: Chúlec Viejo, Chúlec Nuevo, Hospital de Chúlec, Tortilla, Chupampa, Mayupampa, Amachay, Torres de Hidro, edificio Sesquicentenario, Hotel y Club Inca, Sudete, Hotel Junín, Club Peruano, Marcavalle. Imagenes Les dejo estas imagenes que a mi me shockearon la verdad, me parecen muy tristes.
Registrate y eliminá la publicidad! Los Protocolos de los sabios de Sion ¿Los protocolos de Sion - verdad o falso? "Los Protocolos de los ancianos de Sion", desagradables como son, es un documento que debe leer cualquiera persona que desee entender la dirección que esta tomando la política del mundo hoy. Los párrafos siguientes reflejan el documento, protocolo por protocolo, recalcando simplemente las características salientes, sin tentativa de presentarlos en su totalidad porque es una diatriba muy larga. Los que todavía no han leído el trabajo completo, y quieren hacerlo, pueden encontrar algunos sitios en la tela donde está disponible. Protocolo 1 … 3. Debe ser observado que los hombres con malos instintos están más en número que los cuales con buenos, y por lo tanto los mejores resultados de gobernarlos son logrados por la violencia y el terrorisation, y no por discusiones académicas. Cada hombre tiene como objetivo imperio … y raros son los hombres que no estarían dispuestos a sacrificar el bienestar de todos para el motivo de asegurar la comodidad suya… 6… la libertad política es una idea pero no un hecho.... 7. En nuestro día el poder que ha substituido el de los reyes … es la energía del oro. 8.Si un estado se agota en sus propias convulsiónes o si su discordia interna lo trae bajo el mando de enemigos externos… entonces está en nuestro poder. 11.... Las grandes calidades nacionales, como franqueza y honradez, son vicios en políticas, porque han trajido abajo los reyes de sus tronos con más eficacia y más certeza que un enemigo de gran alcance. Tales calidades deben ser las cualidades de los reinos del goyim, pero no debemos ser dirigido por éllas. l2. La nuestra derecha depende de la fuerza. 15. Nuestro dominio … será más invencible que cualquier otro, porque seguirá siendo invisible… 17. Delante de nosotros esta un plan en el cual se coloca estratégico la línea de la cual no podemos desviarnos sin correr el riesgo de ver el trabajo de muchos siglos traídos a la nada. 20. Una gente, dejada a sí mismo, se trae a la ruina por las disensiónes del partido excitadas por la búsqueda del poder. … 22. Mire a los animales alcohólicos, los borrachos, la derecha a un uso inmoderado de el cual viene junto con la libertad.....por lo tanto que no debemos parar en el soborno, el engaño y la traición cuando deben servir hacía el logro de nuestro objecto. … 26. En todas las esquinas de la tierra las palabras "libertad, igualdad, fraternidad," trajeron a nuestras filas, gracías a nuestros agentes ocultos, las legiónes enteras que llevan nuestras banderas con entusiasmo… Nos dan la posibilidad, entre otras cosas, de conseguir en nuestras manos la tarjeta principal - la destrucción de los privilegios, o en otras palabras de la existencia de la aristocracia del goyim… 27. Nuestro triunfo ha sido hecho más fácil por el hecho que en nuestras relaciónes con los hombres, quienes deseamos, hemos trabajado siempre sobre los acordes más sensibles de la mente humana, sobre el dinero, sobre la avaricia , sobre el insaciable deseo para las necesidades materiales del hombre.... Protocolo 2 1. Es imprescindible para nuestro propósito que las guerras, en la medida de lo posible, no deba dar lugar a aumentos territoriales. 2. Los administradores, que elegiremos entre del público con respeto terminante a sus capacidades para la obediencia servil, no serán personas educadas en el arte del gobierno, y por lo tanto se volvieran facilmente los empeños en nuestro juego.... 3. No suponga por un momento que estas declaraciónes son palabras vacías… A nosotros los judíos, de todos modos, debe ser claro que importancia estos directorios han tenido sobre las mentes del goyim. 5. En las manos de los estados de hoy hay una gran fuerza que crea el movimiento del pensamiento en la gente, y esto es la prensa. … gracias a la prensa tenemos el oro en nuestras manos… cada víctima en nuestro lado valen, en la vista del dios, mil goyim. Protocolo 3 l. Hoy puedo decirle que nuestra meta ahora es solamente algunos pasos fuera. Hay unicamente un espacio pequeño a cruzarse y la trayectoria larga que hemos pisado esta lista ahora cerrar su ciclo de la serpiente simbólica, por la cual nosotros simbolizamos nuestra gente. Cuando este anillo se cierra, todos los estados de Europa serán trabados en su rollo como en una rosca poderosa. 2.....Nosotros hemos hecho un golfo entre la soberana presagiada y la fuerza ciega del muchedumbre de modo que ambos hayan perdido todo el significado. Como el ciego y su palillo, ambos separados estén impotente. 3.... De estados hemos hecho las arenas gladiadorias en donde muchas cuestiones confusas están afirmadas… un poco más y los desórdenes y la bancarrota serán universales. 5..... Las derechas republicanas para un hombre pobre no son más que un pedazo amargo de ironía, porque con la necesidad que el tiene que trabajar casi todo el dia no le da ningún uso de ellas… 6. La gente, bajo nuestra dirección, ha aniquilado a la aristocracia, que era su unica defensa.... 7. Aparecemos en la escena como salvadores alegados de los trabajadores - socialistas, anarquistas, comunistas. La aristocracia, que gozó por ley del trabajo de los trabajadores, estaba interesada en ver que los trabajadores (empleados or esclavos ) comian bien y estaban sanos y fuerte. Estamos interesados en exactamente el contrario - en la disminución - la matanza del goyim. 8. Por medio de la necesidad y la envidia y el odio que engendra nosotros controlaremos el muchedumbre y con sus manos borraremos todos los que nos impidieron en nuestra meta. 10. … el conocimiento verdadero de la estructura de la sociedad, (en los secretos de que no admitimos el goyim,) demostraría a todos los hombres que pueden convertirse en una fuente del sufrimiento humano, presentándose de una educación que no corresponda con el trabajo que tienen que hacer. … 11.... Crearemos por todos los métodos subterráneos secretos abiertos a nosotros y con la ayuda del oro, que está todo en nuestras manos, una crisis económica universal por el que echaremos por las calles un gran muchedumbre de trabajadores, satisfechados de verter la sangre de los que, en la simplicidad de su ignorancia, han envidiado de sus horquillas, y saquear su propriedad. l6… En este momento nosotros estamos hoy, como una fuerza internacional, invencible, porque si estemos atacados por algunos, otros estados nos sostendremos. Protocolo 4 2....La francmasoneria Gentile sin saber sirve como pantalla para nosotros y nuestros objetos pero el plan de la acción de nuestra fuerza, incluso su lugar, queda para la gente entera un misterio desconocido. 4. Para no dar al goyim ningún tiempo para pensar y para tomar la nota, se deben divertir sus mentes hacia industria y comercio. Así, todas las naciónes serán tragadas para arriba en la búsqueda del aumento, y, en la carrera para ella, no tomarán la nota de su enemigo común. Pero otra vez, para que la libertad pueda desintegrar y arruinar de una vez todas las comunidades del goyim, debemos poner industria en una base especulativa: el resultado de esto será que lo qué es retirada de la tierra por la industria se deslizará a través de las manos y pasará en la especulación, es decir, a nuestras clases. 5. La lucha intensificada para la superioridad… fomentará una aversión fuerte hacia el político más alto y hacia la religión. Su unica guía es aumento, que es el oro, que erigirá en un culto verdadero, para esos placeres materiales que pueda dar.... Protocolo 5 l.... crearemos una centralización intensificada del gobierno para agarrar en nuestras manos todas las fuerzas de la comunidad.... 3. En los tiempos cuando la gente miraba sobre reyes en sus tronos como en una manifestación pura de la voluntad del dios, ella sometió sin murmullos al imperio despótico de reyes. Pero, cuando insinuamos en sus mentes el concepto de sus propias derechas, ella comenzó a mirar a los inquilinos de tronos como mortales ordinarios. 5. Por un rato quizás una coalición del goyim de todo el mundo pudiera frustrarnos: pero contra este peligro la discordia que existe entre ellos nos protegera… Hemos fijado uno contra otro los calculos personales y nacionales de los goyim los odios religiosos y de la raza, que hemos fomentado..durante los últimos veinte siglos… 6. … Fue dicho por los profetas que Dios él mismo nos elegimos para gobernar sobre la tierra entera. El dios nos ha dotado con el genio que podemos ser iguales a nuestra tarea… que toda la maquinaria de todos los estados va por la fuerza del motor, que está en nuestras manos, y el motor de la maquinaria de los estados es oro. 7. Para cooperar sin límites, el capital debe estar libre establecer un monopolio de la industria y del comercio. Esto se está poniendo ya en la ejecución por una mano oculta en todos los cuartos del mundo. 8. En todos los siglos la gente del mundo… ha aceptado las palabras para los hechos… y se detiene raramente para observar si las promesas son seguidas por ejecución. Por lo tanto estableceremos instituciónes que están únicamente una demostración ostentosa de ningún valor... 10. Para poner la opinión pública en nuestras manos debemos traerla en un estado del desconcierto, dando, de todos los lados, muchas opiniónes contradictorias… como será suficiente hacer que el goyim pierde sus cabezas en el laberinto. Ésto es el primer secreto. 11. El segundo requisito secreto es multiplicarse a tal grado, los defectos nacionales; hábitos, pasiónes, condiciónes de la vida civil, de modo que la gente en consecuencia no pueda entender uno al otro…por todos estos medios agotaremos el goyim, hasta que sea contento a ofrecernos el poder internaciónal… Protocolo 6 l. Pronto comenzaremos a establecer los monopolios enormes, depósitos de las riquezas colosales, de las cuales, incluso las fortunas grandes del goyim dependerán hasta tal punto que irán al fondo, junto con el crédito de los estados, en el día después de la rotura violenta política… 4. La aristocracia del goyim como fuerza política, es muerta. No necesitamos tomarla en cuenta, sino como propietarios territoriales pueden todavía hacernos daño. Es esencial por lo tanto para nosotros en cualquier coste para privarlos de su tierra. 6. En el mismo tiempo debemos patrocinar intensivamente el comercio e industria. … qué deseamos es que esa industria deba avenar el capital y el trabajo del campo y, por medio de la especulación, transfera todo el dinero del mundo en nuestras manos.… 7. Para terminar la ruina de la industria del goyim que traeremos a la ayuda de la especulación, el lujo que hemos desarrollado entre el goyim, que es una demanda codiciosa para el lujo que está tragando todo. Levantaremos el índice de los salarios, que, sin embargo, no traerá ninguna ventaja a los trabajadores, por que al mismo tiempo, produciremos una súbida de precios de los primeros necesidades de la vida, alegando que se presenta por razones de la declinación de la agricultura y crianza de ganados..... Además destruiremos los centros de la producción acostumbrando los trabajadores a la anarquía y a la embriaguez… Protocolo 7 1. La intensificación de armamentos, el aumento de las fuerzas del policía es todo esencial para la terminación de los planes ya mencionados. Qué tenemos que conseguir es que debe haber, en todos los estados del mundo: nosotros y solamente las masas del proletario, algunos millonarios, dedicados a nuestros interéses, la policía y los soldados. 2. Por toda Europa y en otros continentes también, debemos crear fermentos, discordia y hostilidad. En el primer lugar para mantener un control de todos los países… y en el segundo lugar, por medio de nuestros encantos enredaremos juntos todos los hilos de rosca que hemos estirado en los gabinetes de todos los estados. 4. El elemento principal del éxito en el político es el secreto de sus empresas, la palabra del diplomata no debe convenir con sus hechos. 5. Debemos obligar a los gobiernos del goyim que actuen en la dirección favorecida por nuestro proyecto. .... por medio de éso "gran poder" - la prensa, que, con pocas excepciónes que puedan ser desatendidas, está ya enteramente en nuestras manos. Protocolo 8 1. Control de banqueros, de industriales y de capitalistas. Debemos proveernos con todas las armas que nuestros adversarios pudieron emplear contra nosotros… Nuestros jefes deben rodearse con todas estas fuerzas de la civilización.... Inutil para decir que no tomarán las ayudantes talentosas de la autoridad desde el goyim. 3. Al principio, hasta que no este ningun riesgo en confiando los puestos responsables en nuestro estado a nuestros hermanos judios los pondrámos en las manos de las personas de quienes el pasado y la reputación es tal que entre ellas y la gente hay un abismo, las personas que en caso de desobediencia a nuestras instrucciones, deban hacer frente a cargas criminales o desaparecer, ésta para asegurar que defienden nuestros interéses hasta su suspiro final. Protocolo 9 2.... Las palabras del liberal,.. son en efecto las palabras de nuestra seña masonica, a saber, "libertad, igualdad, fraternidad". … hoy en día, si algunos estados levantan una protesta contra nosotros, es solamente en nuestra discreción y por nuestra dirección, y en una forma favorable a nosotros porque su anti-semitismo es imprescindible a nosotros para la manejo de nuestros hermanos menores. 9. Para aniquilar a las instituciónes del goyim… hemos tomado control del asimiento de los extremos de los resortes que mueven su mecanismo. Estos resortes ponen en un sentido terminante pero justo de la orden; los hemos substituido por la licencia caótica del liberalismo. Tenemos nuestras manos en la adminstración de la ley; en la conducta de elecciónes; en la prensa; en la libertad de la persona; pero principalmente en la educación y el entrenamiento como siendo las piedras angulares de una existencia libre. 10. Hemos engañado, y corrompidos la juventud del goyim, alzándolas en principios y las teorías que se saben a nosotros ser falsas, aunque nosotros las hemos inculcadas. 13. Usted puede decir que el goyim se levantará sobre nosotros, las armas a disposición, si conjeturan que va encendido antes del tiempo viene; pero en el oeste tenemos contra esto una maniobra de tal terror espantoso que los corazones más duros acorbarse.Los metropolitanos, esos pasillos subterráneos que, al llegar el momento, será conducida bajo todos los capitales y de dónde esos capitales se estarán henchidos en el aire con todas sus organizaciónes y archivos. Protocolo 10 2. La multitud se siento una afición y un respecto especial por los genios del poder politico y acepta todos sus hechos de la violencia. 5....debemos assegurar que todos votan sin la distinción de clases y las calificaciónes, para establecer una mayoría absoluta, que no puede ser conseguida de las clases de propriedad. De esta manera, inculcando en todo un sentido de la presunción, destruiremos entre el goyim la importancia de la familia y de su valor educativo y quitaremos la posibilidad de mentes individuales apareciendo … De esta manera crearemos una fuerza poderosa ciega, que nunca estará en una posición a moverse en cualquiera dirección sin la dirección de nuestros agentes… 6. Bajo varios nombres existe, en todo los países, aproximadamente la misma cosa: Representación; El ministerio; Senado; Consejo Del Estado; Cuerpo legislativo y ejecutivo.... Estas instituciónes han dividido para arriba entre sí mismos todas las funciónes del gobierno.... Si dañamos una porción de la maquinaria del estado, el estado cayera enfermo, como un cuerpo humano, y morirá. 9. Cuando introdujimos en el organismo del estado el veneno del liberalismo su tez política entera experimentó un cambio… l0. El liberalismo produjó los estados constituciónales, que tomaron el lugar de cuál era la única salvaguardia del goyim, a saber Despotismo; y una constitución ... no es nada sino una escuela de discordias… La tribuna de los "habladores" tiene, con eficacia igual que la prensa; condenó los gobernadores a la inactividad y a la impotencia… para esta razón han sido depuesto en muchos países. Entonces era que la era de repúblicas se convirtió en una posibilidad… y entonces substituiremos el gobernador por una caricatura de un gobierno - por un presidente, tomado de la multitud, del medio de nuestras criaturas de la marioneta, o de los esclavos. Ésta era la fundación de la mina que hemos puesto debajo de la gente del goy. l3. Para que nuestro esquema pueda producir este resultado, arreglaremos elecciónes en el favor de los presidentes tales como tienen en su pasado algúna oscura mancha disconocida. … entonces él será un agente digno de confianza para la realización de nuestros planes. … independientemente de esto invertiremos al presidente la derecha de declarar un estado de la guerra. Justificaremos esta última derecha en el hecho que el presidente como jefe del ejército entero del país debe tenerlo en su disposición… 16. El presidente, en nuestra discreción, interpretara el sentido de tales de los leyes existentes que admite de la varia interpretación; él los annulara cuando indicamos a él la necesidad a hacerlo… 18. … el momento para este reconocimiento vendrá cuando la gente, cansada completamente por las irregularidades y la incompetencia - una cuestión que nosotros mismos arreglaremos - de sus gobernadores , clamoreará "lejos con ellas y nos da un rey sobre toda la tierra que nos unirá y aniquilará las causas de las fronteras de los desórdenes; nacionalidades; religiones; deudas del estado… 19. Pero ustedes mismos saben perfectamente que para producir la posibilidad de la expresión de tales deseas por todas las naciónes, es imprescindible desordenar en todos los países, las relaciónes de la gente con sus gobiernos… por la inoculación de la enfermedad; por privación, de modo que el goyim no pude ver ningun otro curso abierto a ellos que al refugio en nuestra soberanía completa sobre dinero y sobre todo . Protocolo 11 4. Los goyim son una multitud de ovejas y nosotros somos los lobos. 7.¿ Para qué propósito entonces hemos inventado esta política entera y la hemos insinuada en las mentes del goy…? Para nada más que obtener de una manera indirecta, lo que para nuestra tribu dispersada inalcanzable por el camino directo. Es el que ha servido como la base para nuestra organización de la Francmasoneria. Estos ganados del goy no se sabe ni sospecha que es la punteria. Atraídos por nosotros a las multiples fachadas de las logías masonicas que utilizamos para lanzar el polvo en los ojos de sus compañeros. 8. El dios ha concedido a nosotros, su gente elegida, el regalo de la dispersión y en el que aparece en todos los ojos ser nuestra debilidad, ha venido adelante nuestra fuerza, que ahora nos ha traído al umbral de la soberanía sobre todo el mundo. Protocolo 12 3.... ¿Cuál es el papel hecho por la prensa hoy? Sirve para excitar y para inflamar esas pasiones que son necesarios para nuestro propósito, o bien sirven las razónes egoísticas de partidos. Es a menudo sosa, injusta, mentirosa y la mayoría del público no tiene la idea más leve qué proposito la prensa realmente sirve..... Le pido que observe que entre ésos que hacen ataques sobre nosotros también seré órganos establecidos por nosotros, pero que atacarán exclusivamente los puntos que hemos predeterminado para alterar. 4. No un solo aviso alcanzará a público sin nuestro control. 12. Todos nuestros periódicos estarán de todas las tezes posibles - aristocráticas, anárquicos, uniforme republicano, revolucionario. Protocolo 13 1. La necesidad del pan diario forza los goyim guardar silencio y para ser nuestros criados humildes. 3. Para distraer a la gente que puede ser demasiado molesta… la distraeremos con diversiónes; juegos; pasatiempos; pasiónes; palacios de la gente… Pronto comenzaremos a través de la prensa a proponer competiciónes en arte; en el deporte de todas las clases; finalmente divertiremos sus mentes de las preguntas en las cuales encontrarnos obligado a oponerse. Hasta el moment cuando esta desacostumbrada a reflejar y formar opiniónes por su misma y la gente comenzará a hablar en el mismo tono… 6. Quién entonces sospechará que toda esta gente habia sido manejada por nosotros según un plan político que nadie ha adivinado en el curso de muchos siglos… Protocolo 14 l....debemos por lo tanto desarraigar el resto de las formas de creencia.... 5. En los países conocidos como progresivo y aclarados hemos creado una literatura insensata, obscena y repugnante. … Protocolo 15 1. Cuando vengamos finalmente en nuestro reino por la ayuda de golpes de estado.... mataremos sin compasión todos que toman armas para oponer nuestra llegada a nuestro reino… 3. En las sociedades del goy, en quienes hemos plantado y discordia y protestantismo profundamente arraigados, la única manera posible de restaurar orden es emplear las medidas sin piedad que prueban la fuerza directa de la autoridad....Como era hasta epocas recientes la autocracia rusa que era nuestro unico enemigo en el mundo, sin dar cuenta del papado… 4. Crearemos y multiplicaremos las libres logías masonicas en todos los países del mundo…por medios de estas logías encontraremos nuestra oficina principal de la inteligencia y de la influencia… su composición serán compuestos de todos los clases de la sociedad. Todas las conspiraciónes políticas más secretas serán sabidas a nosotros y caeran en nuestras manos ... 5. La clase de la gente que entra con más voluntad en sociedades secretas es la cual que viva por sus ingenios, los ambiciosos y la mayoria es de mente frivolo ..... Es natural que nosotros y ningún otro debemos conducir las actividades masónicas por que sabemos donde estamos conduciendo; sabemos el objetivo final de cada forma de actividad, mientras que los goyim tienen conocimiento de nada… 6. El goy entra en las logías masonicas por razones de curiosidad, o en la esperanza, por sus medios, de conseguir un mordisco en la empanada pública.... Estos tigres en aspecto tienen las almas de ovejas y los soplos del viento sonan libremente a través de sus cabezas… 8. Eran previstos nuestros ancianos eruditos en épocas antiguas, cuando dijeron, que para lograr a un designio serio, es importante utilizar los medios necesarios, cualquieras sean, y no darse cuenta de las víctimas sacrificadas para el motivo de ese designio… No hemos contado a víctimas del origen goy, aunque hemos sacrificado muchos de nuestro gente... 9. La muerte es el final inevitable para todos. Es mejor traerla más cerca a los que impieden nuestros asuntos que a nosotros mismos. Ejecutamos a masónicos en tal manera que ningunos, incluso las victimas ellas mismas, puedan tener una suspición de nuestra sentencia de muerte, ellos mueren, cuando sea necesario, como de una enfermedad normal.… sabiendo esto, incluso la fraternidad no puede protestar. ... Mientras que predicemos liberalismo al goy al mismo tiempo guardamos nuestra propria gente y nuestros agentes en un estado de sumisión absoluta. 10. Bajo nuestra influencia la ejecución de los leyes de los goyim se ha reducido a un minimo … los jueces deciden como nosotros les dictamos …por medio de las personas que son nuestras juguetas, aunque no aparecemos tener cualquiera cosa en común con ellas.... 12. Cuando viene la época de nuestra soberania regla , la época de manifestar la benedición reharemos a todas las legislaturas. 13.... La aureola de nuestra poder exige apropriados (es decir cruel) castigos contra aun las infracciónes minimas hechas para el objeto del ganancia contra nuestro prestigio supremo ... 15. En estos dias los jueces de los goyim consenten a cada clase de crimen; sin tener un justo entendimiento de su oficina, porque los gobernadores de hoy nombran jueces a la oficina, sin tomando ningún cuidado para inculcar en ellos un sentido del deber y del sentido de sus responsabilidades importantes. .... 17. Arraigaremos fuera el liberalismo de los postes estratégicos de nuestro gobierno… tengo que comentar que todo el dinero en el mundo será concentrado en nuestras manos, por lo tanto nuestro gobierno no tendra ningun razón de temer costo. 20. Nuestro gobierno tendrá el aspecto de una tutela patriarcal de parte del gobernador. … 21. … la derecha de obligar la ejecución del deber es la obligación directa de un gobierno que sea un padre para sus sujetos. Tiene la derecha de la fuerza que puede utilizarla para la ventaja de dirigir humanidad hacía esa orden que sea definida por la naturaleza, a saber, sumisión… 22. Somos obligados sin vacilación a sacrificar los individuos, que cometen una infracción del orden establecido.… Protocolo 16 1. Para efectuar la destrucción de todas las fuerzas colectivas, a menos que las de nuestras, castremos la primera etapa del colectivismo - las universidades, y reeducándolas en una nueva dirección. … 3. El conocimento mal-dirigido de una gran cantidad de personas con cuestiónes del gobierno, crea soñadores utópicos y malos sujectos, como se puede ver del ejemplo de la educación universal… 4. Clasicismo, como también cualquier forma de estudio de la historia antigua… substituiremos por el estudio del programa del futuro. Borraremos de la memoria de hombres todos los hechos de los siglos anteriores que son poco deseables a nosotros y dejaremos solamente los que representen todos los errores del gobierno del goyim.... 7. Suprimiremos cada clase de libertad de la instrucción… 8. En una palabra, sabiendo, por la experiencia de muchos siglos, que la gente vive y es dirigida por ideas, y que estas ideas se embebieron por la gente solamente por la ayuda de la educación… nosotros tragaremos y confiscaremos a nuestro propio uso, el ultimo vestigio de la independencia del pensamiento… Protocolo 17 2. Desde largo tiempo hemos descreditado el sacerdocio del goyim, y de esta manera hemos arruinado su misión en el mundo que actualmente pudo todavía ser un gran obstáculo a nosotros.... Se declaró por todas partes la libertad de la conciencia de modo que ahora solamente pocos años nos dividen del momento de la destrucción completa de la religion cristiana; concerniendo las otras religiónes haremos menos dificultad. 3. Al llegar el momento para destruir finalment el corte papal, el dedo de la mano oculta puntara las naciónes hacia el corte.... 5. Pero mientras tanto reeducutaremos la juventud en nuevas religiónes tradiciónales y después en la nuestra. Agarraremos abiertamente por dentro las iglesias que existen pero lucharemos contra ellas por el medio de crítico, de una manera calculada de producir cismo. 9. Exactament como esta obligado nuestra gente a denunciar al cabal, a su proprio riesgo, apostatos de su propria familia o otros que se observaba haciendo algo en oposición al cabal. Protocolo 18 2. ...Debe ser recordado que el prestigio de la autoridad diminuye al descubrir conspiraciónes contra si mismo. Eso implica una consciencia de debilidad. ... 4 Si admitamos esto pensamiento como ha hecho el goy y aun continua a hacerlo, en efecto estariamos firmando nuestro contrato de muerte. ... 8. Con la fondacion de la defensa oficial el misterio del prestigio de la autoridad desaparece... Protocolo 19 3. Para destruir el prestigio del heroísmo por los crimenes politicos lo enviaremos por juicio en la categoria del latrocinio, asesinato y todo tipo de crimen abominable y obsceno. ... 4. Hemos hecho lo todo posible y espero que hagamos tenido exito en asegurar que el goy no llega a esto recurso para combatir sedición. Por esta razón por medio de la Prensa y en discursos, y indirectamente, en los libros escolasticos de la historia, hemos anunciados el martirio alegato como un idea de los traficantes de la sedición. Este anuncio ha aumentado el numero de los liberales y ha traido milles de los ganados goyim dentro de nuestras filas. Protocolo 20 2. Al llegar a nuestro reino, recordando que el gobierno juega el papel de padre y protector, de un principio de resguardo evitaremos a cargar el muchedumbre con impuestos. 30. ¿Que es en realidad un prestamo - especialmente un prestamo extranjero? Un prestamo es una edición de billetes de cambio del gobierno con un obligación de pago de un porcentaje proporciónal del capital prestado. Si el prestamo tiene un cargo de 5% entonces en veinte años el Estado paga, inutilmente, una suma en redito igual al prestamo, en cuarenta años ha pagado doble, y en sesenta años un suma triple y todo el tiempo la deuda continua y nunca está pagada. 33. Si los reyes goyim hagan puesto sus países como deudores a nuestra tesoreria por razónes de o su irresponsibilidad con relación a los negocios del estado y la venalidad de los ministros o la falta de un entendimento de las materias bancarias del parte de otras personas de poder, esto no ha sido efectuado sin un gasto enorme de esfuerzo y dinero por nuestros. 37. Es una prueba del genio de nuestro mente elegido que hemos tramado a presentar la cuestión de prestamo de tal manera que parece como una ventaja a ellos mismos. 41. Los reyes goyim, que una vez aconsejamos, eran distraídos de las ocupaciónes del Estado por recepciónes, atención a la etiqueta, y pasatiempos, que eran unicamente abrigos a nuestra dominio . ... 42. Sabe usted la situación de disorden bancario en que ellos han llegado por razón de esta negligencia, a pesar de la industria sorprendente de su gente. ... Protocolo 21 2. Hemos tomado ventaja de la venalidad de los ministros y el descuidado de los reyes y gobernadores para aumentar nuestro dinero doble, triple y más, prestando dinero a los gobiernos goy que no lo necesitaba. 3. Los Estados anuncian que un prestamo va ser concluido y abren subscripciónes por sus proprios billetes de cambio... en pocos dias los depositos de la tresoria se estan desbordando y hay más dinero que necesitan. Se alega que la subscripción esta cubierta muchas veces encima de lo prestamo original. Todo esto es nada más que una escena manipulada ... 4. Pero a la conclusión de la comedia aparece que hay una deuda y una deuda muy pesada y para pagar el redito es necesario tener nuevos prestamos y al agotar ese credito es menester nuevos impuestos para cubrir no la deuda pero la renta. Estos impuestos son una deuda para cubrir una deuda. ... Protocolo 22 2. Hay en nuestras manos el poder más grande del mundo - oro. En dos dias podemos obtener desde nuestros almacenes cualquiera cantidad deseamos.. Protocolo 23 Los dos protocols finales, los numeros 23 y 24, presentan un designio por el gobierno del futuro. Instilar obediencia . Reducir las mercancias lujosas El gobernador supremo reemplazar todos los otros gobernadores. Protocolo 24 Las cualidades del gobernador supremo. Selectionar y educar la semilla de David. Firmado por los representantes del Sion del grado 33. Sin duda es un document desagradable y malevolo. Se han hechos gran esfuerzos para suprimirlo por su "contra-Semitismo", pero nunca se han probado las afirmaciónes de falsifacción. La prueba más segura que Los Protocolos no son falsa es el hecho que la historia del mundo sigue exactamente el documento. La conspiración ha existido mucho tiempo.(Protocolo 5, para. 5, Protocolo 13, para., 6) Como prueba que una conspiración de algun tipo existe hace much tiempo hemos : "...Y el "Sono" me dijo que una conspiracion existe entre los seres de Judah y entre los habitantes de Jerusalem..."(Jeremiah verso 11.9 - cerca 590 antes cristo) Y otra vez in Ezekiel Verso 22.35: "Hay una conspiración de sus profetas, como un leon comiendo su presa, ellos han devorado almas... La similaridad de los Protocolos y el consejo (citado en otra lugar) dado al Chemor, el gran rabbin de España por los Ancianos de Sion en 1492 no puede ser una coincidencia. Los "Escritos del Orden de los Illuminados" de 1776 tuvieron como su objecto la fundación de un nuevo orden mundial. En 1865 un rabbin llamado Rzeichorn dió un discurso en Prague, que in sus referencias al oro, a los bancos, el poder de la Prensa y la necesidad de semer discordia resonan a los Protocolos. Los escritos más tempranos de los Israelitos (El Torah) hasta los más nuevos (El Talmud y el Zohar) prometen que el mundo seria dado a los Israelitos y los naciónes "goyim" serian consumidas. (2) Hoy los financieros judaicos y el dinero judio controlan el politico mundial. (Protocolo 6, para 7, Protocolo 8, para 1). (3) Las religiónes han sido atacadas. (Protocolo 4, para. 5, Protocolo 14, para. 1, Prococolo 17, para 2. ) La religion cristiana ha sido sujectado a cismas. El enorme cataclismo al mundo oeste de la "Reformación" dejó un legado de rencor que tuvo como resulto la Guerra de Treinta años y ha cambiado Europa dejandola lista para recebir los ideas de "La Illuminación"> Erasmus dijo in 1518: "Veo (los judios) una nación llena de fabricaciónes tediosos, quien difunde una bruma sobre todo. Talmud, Kabbala, Tetragrammaton, "Puertas de Luz" - palabras, palabras, palabras. Prefiria mezclar Cristo con Scotus que con este desperdicio de ellos." Luther publicó un libro en 1543 intitulado: "Sobre los Judios y sus mentiras." Max Weber, un sociologo aleman del siglo veinte,en 1904 sugerió que habia una conexion entre los dos fenominos, Protestantismo y el espiritu de capitalismo. (4) Las monarquias y aristocracias se han desparecidas de la mayoria de los paises europeos. (Protocolo 3, paras. (2) y (6), Protocolo 6, para (4) ) (5) La Prensa y todas las otras formas de comunicación estan controladas por los Judios. (Protocolo 2, para (5), Protocolo 7, para (5), Protocolo 9, para (9), Protocolo 12, paras. (3), (4) y (12) ). (6)La educacion de la juventud ha sido socavado (Protocolo 9, paras. (9) y (10), Protocolo 10, para (5), Protocolo 16, paras. (!), (4) y (8). (7) La francomasoneria y sus diferentes ramos son agentes de la agenda de los Protocolos. (Protocolos 4, para (2), Protocolos 11, para (7), Protocolos 15, para. (4). ) (8) Liberalismo ha sido la aclamación del siglo veinte; presidentes muñecos han sido puesto en poder. (Protocolo 9, para (2), Protocolo 10, paras (9) (10) y (13).) (9) Se han utilizado historias fraudulentas para engañar el goyim.(Protocolo 1, para (22), Protocolo 9, para (13).) (10) Se han creado los monopolios en todas secciónes de la industria. (Protocolo 6, para (1).) (11)Se ha utilizado la palabra "Anti-Semitismo" para contrabalancear alguna sugestión de mala conducta judia. (Protocolo 9, para (2), Protocolo 11, para (8) Los Protocolos de los sabios de Sion - History Channel link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=FXwG47bYiuk link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=ZxGcKqJae3k link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=tdJZImsvzr8 link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=FU-AhylQ5Gw link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=HbFrR9u1ZlQ link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=H2f8UPvnUCw link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=hDX5-mRx9tI link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=PzC8ah3Tteo Fuente A mi me shockeo todo esto, pero hace bastante que lo habia leido nada mas que recien me dieron ganas de postearlo. ToxiMaxe
Edgar Allan Poe - El hundimiento de la casa Usher Durante un día entero de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que las nubes se cernían pesadas y opresoras en los cielos, había yo cruzado solo, a caballo, a través de una extensión singularmente monótona de campiña, y al final me encontré, cuando las sombras de la noche se extendían, a la vista de la melancólica Casa de Usher. No sé cómo sucedió; pero, a la primera ojeada sobre el edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu. Digo insufrible, pues aquel sentimiento no estaba mitigado por esa emoción semiagradable, por ser poético, con que acoge en general el ánimo hasta la severidad de las naturales imágenes de la desolación o del terror. Contemplaba yo la escena ante mí la simple casa, el simple paisaje característico de la posesión, los helados muros, las ventanas parecidas a ojos vacíos, algunos juncos alineados y unos cuantos troncos blancos y enfermizos, con una completa depresión de alma que no puede compararse apropiadamente, entre las sensaciones terrestres, más que con ese ensueño posterior del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo. Era una sensación glacial, un abatimiento, una náusea en el corazón, una irremediable tristeza de pensamiento que ningún estímulo de la imaginación podía impulsar a lo sublime. ¿Qué era aquello —me detuve a pensarlo—, qué era aquello que me desalentaba así al contemplar la Casa de Usher? Era un misterio de todo punto insoluble; no podía luchar contra las sombrías visiones que se amontonaban sobre mí mientras reflexionaba en ello. Me vi forzado a recurrir a la conclusión insatisfactoria de que existen, sin lugar a dudas, combinaciones de objetos naturales muy simples que tienen el poder de afectarmos de este modo, aunque el análisis de ese poder se base sobre consideraciones en que perderíamos pie. Era posible, pensé, que una simple diferencia en la disposición de los detalles de la decoración, de los pormenores del cuadro, sea suficiente para modificar, para aniquilar quizá, esa capacidad de impresión dolorosa. Obrando conforme a esa idea, guié mi caballo hacia la orilla escarpada de un negro y lúgubre estanque que se extendía con tranquilo brillo ante la casa, y miré con fijeza hacia abajo —pero con un estremecimiento más aterrador aún que antes— las imágenes recompuestas e invertidas de los juncos grisáceos, de los lívidos troncos y de las ventanas parecidas a ojos vacíos. Sin embargo, en aquella mansión lóbrega me proponía residir unas semanas. Su propietario, Roderick Usher, fue uno de mis joviales compañeros de infancia; pero habían transcurrido muchos años desde nuestro último encuentro. Una carta, empero, habíame llegado recientemente a una alejada parte de la comarca -una carta de él-, cuyo carácter de vehemente apremio no admitía otra respuesta que mi presencia. La letra mostraba una evidente agitación nerviosa. El autor de la carta me hablaba de una dolencia física aguda -de un trastorno mental que le oprimía, y de un ardiente deseo de verme, como a su mejor y en realidad su único amigo, pensando hallar en el gozo de mi compañía algún alivio a su mal. Era la manera como decía todas estas cosas y muchas más, era la forma suplicante de abrirme su pecho, lo que no me permitía vacilación, y, por tanto, obedecí desde luego, lo que consideraba yo, pese a todo, como un requerimiento muy extraño. Aunque de niños hubiéramos sido camaradas íntimos, bien mirado, sabía yo muy poco de mi amigo. Su reserva fue siempre excesiva y habitual. Sabía, no obstante, que pertenecía a una familia muy antañona que se había distinguido desde tiempo inmemorial por una peculiar sensibilidad de temperamento, desplegada a través de los siglos en muchas obras de un arte elevado, y que se manifestaba desde antiguo en actos repetidos de una generosa aunque recatada caridad, así como por una apasionada devoción a las dificultades, quizá más bien que a las bellezas ortodoxas y sin esfuerzo reconocibles de la ciencia musical. Tuve también noticia del hecho muy notable de que del tronco de la estirpe de los Usher, por gloriosamente antiguo que fuese, no había brotado nunca, en ninguna época, rama duradera; en otras palabras: que la familia entera se había perpetuado siempre en línea directa, salvo muy insignificantes y pasajeras excepciones. Semejante deficiencia pensé - mientras revisaba en mi imaginación la perfecta concordancia de aquellas aserciones con el carácter proverbial de la raza, y mientras reflexionaba en la posible influencia que una de ellas podía haber ejercido, en una larga serie de siglos, sobre la otra -, era acaso aquella ausencia de rama colateral y de consiguiente transmisión directa, de padre a hijo, del patrimonio del nombre, lo que había, a la larga, identificado tan bien a los dos, uniendo el título originario de la posesión a la arcaica y equívoca denominación de «Casa de Usher», denominación empleada por los lugareños, y que parecía juntar en su espíritu la familia y la casa solariega. Ya he dicho que el único efecto de mi experiencia un tanto pueril —contemplar abajo el estanque— fue hacer más profunda aquella primera impresión. No puedo dudar que la conciencia de mi acrecida superstición —¿por qué no definirla así?— sirvió para acelerar aquel crecimiento. Tal es, lo sabía desde larga fecha, la paradójica ley de todos los sentimientos basados en el terror. Y aquélla fue tal vez la única razón que hizo, cuando mis ojos desde la imagen del estanque se alzaron hacia la casa misma, que brotase en mi mente una extraña visión, una visión tan ridícula, en verdad, que si hago mención de ella es para demostrar la viva fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación había trabajado tanto, que creía realmente que en torno a la casa y la posesión enteras flotaba una atmósfera peculiar, así como en las cercanías más inmediatas; una atmósfera que no tenía afinidad con el aire del cielo, sino que emanaba de los enfermizos árboles, de los muros grisáceos y del estanque silencioso; un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas discernible, de tono plomizo. Sacudí de mi espíritu lo que no podía ser más que un sueño, y examiné más minuciosamente el aspecto real del edificio. Su principal característica parecía ser la de una excesiva antigüedad. La decoloración ocasionada por los siglos era grande. Menudos hongos se esparcían por toda la fachada, tapizándola con la fina trama de un tejido, desde los tejados. Por cierto que todo aquello no implicaba ningún deterioro extraordinario. No se había desprendido ningún trozo de la mampostería, y parecía existir una violenta contradicción entre aquella todavía perfecta adaptación de las partes y el estado especial de las piedras desmenuzadas. Aquello me recordaba mucho la espaciosa integridad de esas viejas maderas labradas que han dejado pudrir durante largos años en alguna olvidada cueva, sin contacto con el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina extensiva, el edificio no presentaba el menor síntoma de inestabilidad. Acaso la mirada de un observador minucioso hubiera descubierto una grieta apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado, de la fachada, se abría paso, bajando en zigzag por el muro, e iba a perderse en las tétricas aguas del estanque. Observando estas cosas, seguí a caballo un corto terraplén hacia la casa. Un lacayo que esperaba cogió mi caballo, y entré por el arco gótico del vestíbulo. Un criado de furtivo andar me condujo desde allí, en silencio, a través de muchos corredores oscuros e intrincados, hacia el estudio de su amo. Muchas de las cosas que encontré en mi camino contribuyeron, no sé por qué, a exaltar esas vagas sensaciones de que he hablado antes. Los objetos que me rodeaban -las molduras de los techos, los sombríos tapices de las paredes, la negrura de ébano de los pisos y los fantasmagóricos trofeos de armas que tintineaban con mis zancadas- eran cosas muy conocidas para mí, a las que estaba acostumbrado desde mi infancia, y aunque no vacilase en reconocerlas todas como familiares, me sorprendió lo insólito que eran las visiones que aquellas imágenes ordinarias despertaban en mí. En una de las escaleras me encontré al médico de la familia. Su semblante, pensé, mostraba una expresión mezcla de baja astucia y de perplejidad. Me saludó con azoramiento, y pasó. El criado abrió entonces una puerta y me condujo a presencia de su señor. La habitación en que me hallaba era muy amplia y alta; las ventanas, largas, estrechas y ojivales, estaban a tanta distancia del negro piso de roble, que eran en absoluto inaccesibles desde dentro. Débiles rayos de una luz roja abríanse paso a través de los cristales enrejados, dejando lo bastante en claro los principales objetos de alrededor; la mirada, empero, luchaba en vano por alcanzar los rincones lejanos de la estancia, o los entrantes del techo abovedado y con artesones. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El mobiliario general era excesivo, incómodo, antiguo y deslucido. Numerosos libros e instrumentos de música yacían esparcidos en tomo, pero no bastaban a dar vitalidad alguna a la escena. Sentía yo que respiraba una atmósfera penosa. Un aire de severa, profunda e irremisible melancolía se cernía y lo penetraba todo. A mi entrada, Usher se levantó de un sofá sobre el cual estaba tendido por completo, y me saludó con una calurosa viveza que se asemejaba mucho, tal vez fue mi primer pensamiento, a una exagerada cordialidad, al obligado esfuerzo de un hombre de mundo ennuyé (1). Con todo, la ojeada que lancé sobre su cara me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos, y durante unos momentos, mientras él callaba, le miré con un sentimiento mitad de piedad y mitad de pavor. ¡De seguro, jamás hombre alguno había cambiado de tan terrible modo y en tan breve tiempo como Roderick Usher! A duras penas podía yo mismo persuadirme a admitir la identidad del que estaba frente a mí con el compañero de mis primeros años. Aun así, el carácter de su fisonomía había sido siempre notable. Un cutis cadavérico, unos ojos grandes, líquidos y luminosos sobre toda comparación; unos labios algo finos y muy pálidos, pero de una curva incomparablemente bella; una nariz de un delicado tipo hebraico, pero de una anchura desacostumbrada en semejante forma; una barbilla moldeada con finura, en la que la falta de prominencia revelaba una falta de energía; el cabello, que por su tenuidad suave parecía tela de araña; estos rasgos, unidos a un desarrollo frontal excesivo, componían en conjunto una fisonomía que no era fácil olvidar. Y al presente, en la simple exageración del carácter predominante de aquellas facciones, y en la expresión que mostraban, se notaba un cambio tal, que dudaba yo del hombre a quien hablaba. La espectral palidez de la piel y el brillo ahora milagroso de los ojos me sobrecogían sobre toda ponderación, y hasta me aterraban. Además, había él dejado crecer su sedoso cabello sin preocuparse, y como aquel tejido arácneo flotaba más que caía en torno a la cara, no podía yo, ni haciendo un esfuerzo, relacionar a aquella expresión arabesca con idea alguna de simple humanidad. Me chocó primero cierta incoherencia, una contradicción en las maneras de mi amigo, y pronto descubrí que aquello procedía de una serie de pequeños y fútiles esfuerzos por vencer un azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. Estaba yo preparado para algo de ese género, no sólo por su carta, sino por los recuerdos de ciertos rasgos de su infancia, y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y de su temperamento. Sus actos eran tan pronto vivos como insolentes. Su voz variaba rápidamente de una indecisión trémula (cuando su ardor parecía caer en completa inacción) a esa especie de concisión enérgica a esa enunciación abrupta, pesada, lenta -una enunciación hueca-, a ese habla gutural, plúmbea, muy bien modulada y equilibrada, que puede observarse en el borracho perdido o en el incorregible comedor de opio, durante los períodos de su más intensa excitación. Así, pues, habló del objeto de mi visita, de su ardiente deseo de verme, y de la alegría que esperaba de mí. Se extendió bastante rato sobre lo que pensaba acerca del carácter de su dolencia. Era, dijo, un mal constitucional, de familia, para el cual desesperaba de encontrar un remedio; una simple afección nerviosa, añadió acto seguido, que, sin duda, desaparecería pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones extranaturales... Algunas, mientras me las detallaba, me interesaron y confundieron, aunque quizá los términos y gestos de su relato influyeron bastante en ello. Sufría él mucho de una agudeza morbosa de los sentidos; sólo toleraba los alimentos más insípidos; podía usar no más que prendas de cierto tejido; los aromas de todas las flores le sofocaban; una luz, incluso débil, atormentaba sus ojos, y exclusivamente algunos sonidos peculiares, los de los instrumentos de cuerda no le inspiraban horror. Vi que era el esclavo forzado de una especie de terror anómalo. —Moriré —dijo—, debo morir de esta lamentable locura. Así, así y no de otra manera, debo morir. Temo los acontecimientos futuros, no en sí mismos, sino en sus consecuencias. Tiemblo al pensamiento de cualquier cosa, del más trivial incidente que pueden actuar sobre esta intolerable agitación de mi alma. Siento verdadera aversión al peligro, excepto en su efecto absoluto: el terror. En tal estado de excitación, en tal estado lamentable, presiento que antes o después llegará un momento en que han de abandonarme a la vez la vida y la razón, en alguna lucha con el horrendo fantasma, con el miedo. Supe también a intervalos, por insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otra particularidad de su estado mental. Estaba él encadenado por ciertas impresiones supersticiosas, relativas a la mansión donde habitaba, de la que no se había atrevido a salir desde hacía muchos años, relativas a una influencia cuya supuesta fuerza expresaba en términos demasiado sombríos para ser repetidos aquí, una influencia que algunas particularidades en la simple forma y materia de su casa solariega habían, a costa, de un largo sufrimiento, decía él, logrado sobre su espíritu un efecto que lo físico de los muros y de las torres grises, y del oscuro estanque en que todo se reflejaba, había al final creado sobre lo moral de su existencia. Admitía él, no obstante, aunque con vacilación, que gran parte de la especial tristeza que le afligía podía atribuirse a un origen más natural y mucho más palpable, a la cruel y ya antigua dolencia, a la muerte -sin duda cercana- de una hermana tiernamente amada, su sola compañera durante largos años, su última y única parienta en la tierra. —Su fallecimiento -dijo él con una amargura que no podré nunca olvidar- me dejará (a mí, el desesperanzado, el débil) como el último de la antigua raza de los Usher. Mientras hablaba, lady Madeline (así se llamaba) pasó por la parte más distante de la habitación, y sin fijarse en mi presencia, desapareció. La miré con un enorme asombro no desprovisto de terror, y, sin embargo, me pareció imposible darme cuenta de tales sentimientos. Una sensación de estupor me oprimía conforme mis ojos seguían sus pasos que se alejaban. Cuando al fin se cerró una puerta tras ella, mi mirada buscó instintiva y ansiosamente la cara de su hermano, pero él había hundido el rostro en sus manos, y sólo pude observar que una palidez mayor que la habitual se había extendido sobre los descarnados dedos, a través de los cuales goteaban abundantes lágrimas apasionadas. La enfermedad de lady Madeline había desconcertado largo tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía constante, un agotamiento gradual de su persona, y frecuentes, aunque pasajeros ataques de carácter cataléptico parcial, eran el singular diagnóstico. Hasta entonces había ella soportado con firmeza la carga de su enfermedad, sin resignarse, por fin, a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como su hermano me dijo por la noche con una inexpresable agitación) al poder postrador del mal, y supe que la mirada que yo le había dirigido sería, probablemente, la última, que no vería ya nunca más a aquella dama, viva al menos. En varios días consecutivos no fue mencionado su nombre ni por Usher ni por mí, y durante ese período hice esfuerzos ardorosos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintamos y leímos juntos, o si no, escuchaba yo, como un sueño, sus fogosas improvisaciones en su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me admitía con mayor franqueza en las reconditeces de su alma, percibía yo más amargamente la inutilidad de todo esfuerzo para alegrar un espíritu cuya negrura, como una cualidad positiva que le fuese inherente, derramaba sobre todos los objetos del universo moral y físico una irradiación incesante de tristeza. Conservaré siempre el recuerdo de muchas horas solemnes que pasé solo con el dueño de la Casa de Usher. A pesar de todo, intentaría en balde expresar el carácter exacto de los estudios o de las ocupaciones en que me complicaba o cuyo camino me mostraba. Una idealídad ardiente, elevada, enfermiza, arrojaba su luz sulfúrea por doquier. Sus largas improvisaciones fúnebres resonarán siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo dolorosamente cierta singular perversión, amplificada, del aria impetuosa del último vals de Weber. En cuanto a las pinturas que incubaba su laboriosa fantasía -que llegaba, trazo a trazo, a una vaguedad que me hacía estremecer con mayor conmoción, pues temblaba sin saber por qué-, en cuanto a aquellas pinturas (de imágenes tan vivas, que las tengo aún ante mí), en vano intentaría yo extraer de ellas la más pequeña parte que pudiese estar contenida en el ámbito de las simples palabras escritas. Por la completa sencillez, por la desnudez de sus dibujos, inmovilizaba y sobrecogía la atención. Si alguna vez un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos, en las circunstancias que me rodeaban, de las puras abstracciones que el hipocondriaco se ingeniaba en lanzar sobre su lienzo, se alzaba un terror intenso, intolerable, cuya sombra no he sentido nunca en la contemplación de los sueños, sin duda, refulgentes, aunque demasiado concretos, de Fuseli. Una de las concepciones fantasmagóricas de mi amigo, en que el espíritu de abstracción no participaba con tanta rigidez, puede ser esbozada, aunque apenas, con palabras. Era un cuadrito que representaba el interior de una cueva o túnel intensamente largo y rectangular, de muros bajos, lisos, blancos y sin interrupción ni adorno. Ciertos detalles accesorios del dibujo servían para hacer comprender la idea de que aquella excavación estaba a una profundidad excesiva bajo la superficie de la tierra. No se veía ninguna salida a lo largo de su vasta extensión, ni se divisaba antorcha u otra fuente artificial de luz, y, sin embargo, una oleada de rayos intensos, rodaba de parte a parte, bañándolo todo en un lívido e inadecuado esplendor. Acabo de hablar de ese estado morboso del nervio auditivo que hacía toda música intolerable para el paciente, excepto ciertos efectos de los instrumentos de cuerda. Eran, quizá, los límites estrechos en los cuales se había confinado él mismo al tocar la guitarra los que habían dado en gran parte aquel carácter fantástico a sus interpretaciones. Pero en cuanto a la férvida facilidad de sus impromptus, no podía uno darse cuenta así. Tenían que ser, y lo eran, en las notas lo mismo que en las palabras de sus fogosas fantasías (pues él las acompañaba a menudo con improvisaciones verbales rimadas), el resultado de ese intenso recogimiento, de esa concentración mental a los que he aludido antes, y que se observan sólo en los momentos especiales de la más alta excitación artificial. Recuerdo bien las palabras de una de aquellas rapsodias. Me impresionó acaso más fuertemente cuando él me la dio, porque bajo su sentido interior o místico me pareció percibir por primera vez que Usher tenía plena conciencia de su estado, que sentía cómo su sublime razón se tambaleaba sobre su trono. Aquellos versos, titulados “El Palacio Hechizado”, eran, poco más o menos, si no al pie de la letra, los siguientes: En el más verde de nuestros valles, habitado por los ángeles buenos, antaño un bello y majestuoso palacio —un radiante palacio— alzaba su frente. En los dominios del rey Pensamiento, ¡allí se elevaba! jamás un serafín desplegó el ala sobre un edificio la mitad de bello. II Banderas amarillas, gloriosas, doradas, sobre su remate flotaban y ondeaban (esto, todo esto, sucedía hace mucho, muchísimo tiempo); y a cada suave brisa que retozaba, en aquellos gratos días, a lo largo de los muros pálidos y empenachados se elevaba un aroma alado. III Los que vagaban por ese alegre valle, a través de dos ventanas iluminadas, veían espíritus moviéndose musicalmente a los sones de un laúd bien templado, en torno a un trono donde, sentado (¡íporfirogénito!) con un fausto digno de su gloria, aparecía el señor del reino. IV Y refulgente de perlas y rubíes era la puerta del bello palacio, por la que salía a oleadas, a oleadas, a oleadas, y centelleaba sin cesar, una turba de Ecos cuya grata misión era sólo cantar, con voces de magnífica belleza, el talento y el saber de su rey. V Pero seres malvados, con ropajes de luto, asaltaron la elevada posición del monarca; (¡ah, lloremos, pues nunca el alba despuntará sobre él, el desolado!). Y en torno a su mansión, la gloria que rodeaba y florecía es sólo una historia oscuramente recordada de las viejas edades sepultadas. VI Y ahora los viajeros, en ese valle, a través de las ventanas rojizas, ven amplias formas moviéndose fantásticamente en una desacorde melodía; mientras, cual un rápido y horrible río, a través de la pálida puerta una horrenda turba se precipita eternamente, riendo, mas sin sonreír nunca más. Recuerdo muy bien que las sugestiones. suscitadas por esta balada nos sumieron en una serie de pensamientos en la que se manifestó una opinión de Usher que mencionó aquí, no tanto en razón de su novedad (pues otros hombres han pensado lo mismo)(2), sino a causa de la tenacidad con que él la mantuvo. Esta opinión, en su forma general, era la de la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su trastornada imaginación la idea había asumido un carácter más atrevido aún, e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino inorgánico. Me faltan palabras para expresar toda la extensión o el serio abandono de su convencimiento. Esta creencia, empero, se relacionaba (como ya antes he sugerido) con las piedras grises de la mansión de sus antepasados. Aquí las condiciones de la sensibilidad estaban cumplidas, según él imaginaba, por el método de colocación de aquellas piedras, por su disposición, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los árboles enfermizos que se alzaban alrededor, pero sobre todo por la inmutabilidad de aquella disposición y por su desdoblamiento en las quietas aguas del estanque. La prueba —la prueba de aquella sensibilidad— estaba, decía él (y yo le oía hablar, sobresaltado), en la gradual, pero evidente condensación, por encima de las aguas y alrededor de los muros, de una atmósfera que les era propia. El resultado se descubría, añadía él, en aquella influencia muda, aunque importuna y terrible, que desde hacía siglos había moldeado los destinos de su familia, y que le hacía a él tal como le veía yo ahora, tal como era. Semejantes opiniones no necesitan comentarios, y no lo haré. Nuestros libros —los libros que desde hacía años formaban una parte no pequeña de la existencia espiritual del enfermo— estaban, como puede suponerse, de estricto acuerdo con aquel carácter fantasmal. Estudiábamos minuciosamente obras como el Vertvert et Chartreuse de Gresset; el Belphegor de Maquiavelo; El cielo y el infierno de Swedenborg; El viaje subterráneo de Nicolás Klimm de Holberg; la Quiromancia de Roberto Flaud de Jean d'Indaginé y de De la Chambre; el Viaje por el espacio azul de Tieck, y la Ciudad del Sol, de Campanella. Uno de sus volúmenes favoritos era una pequeña edición in octavo del Directorium Inquisitorium, por el domínico Eymeric de Gironne; y había pasajes, en Pomponius Mela, acerca de los antiguos sátiros africanos o egipanes, sobre los cuales Usher soñaba durante horas enteras. Su principal delicia, con todo, la encontraba en la lectura atenta de un raro y curioso libro gótico in quarto -el manual de una iglesia olvidada-, las Vigiliae Mortuorum Secundum Chorum Ecclesiae Maguntinae. Pensaba a mi pesar en el extraño ritual de aquel libro, y en su probable influencia sobre el hipocondriaco, cuando, una noche, habiéndome informado bruscamente de que lady Madeline ya no existía, anunció su intención de conservar el cuerpo durante una quincena (antes de su enterramiento final) en una de las numerosas criptas situadas bajo los gruesos muros del edificio. La razón profana que daba sobre aquella singular manera de proceder era de esas que no me sentía yo con libertad para discutir. Como hermano, había adoptado aquella resolución (me dijo él) en consideración al carácter insólito de la enfermedad de la difunta, a cierta curiosidad importuna e indiscreta por parte de los hombres de ciencia, y a la alejada y expuesta situación del panteón familiar. Confieso que, cuando recordé el siniestro semblante del hombre con quien me había encontrado en la escalera el día de mi llegada a la casa, no sentí deseo de oponerme a lo que consideraba todo lo más como una precaución inocente, pero muy natural. A ruego de Usher, le ayudé personalmente en los preparativos de aquel entierro temporal. Pusimos el cuerpo en el féretro, y entre los dos lo transportamos a su lugar de reposo. La cripta en la que lo dejamos (y que estaba cerrada hacía tanto tiempo, que nuestras antorchas, semiapagadas en aquella atmósfera sofocante, no nos permitían ninguna investigación) era pequeña, húmeda y no dejaba penetrar la luz; estaba situada a una gran profundidad, justo debajo de aquella parte de la casa donde se encontraba mi dormitorio. Había sido utilizada, al parecer, en los lejanos tiempos feudales, como mazmorra, y en días posteriores, como depósito de pólvora o de alguna otra materia inflamable, pues una parte del suelo y todo el interior de una larga bóveda que cruzamos para llegar hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, estaba también protegida de igual modo. Cuando aquel inmenso peso giraba sobre sus goznes producía un ruido singular, agudo y chirriante. Depositamos nuestro lúgubre fardo sobre unos soportes en aquella región de horror, apartamos un poco la tapa del féretro, que no estaba aún atornillada, y miramos la cara del cadáver. Un parecido chocante entre el hermano y la hermana atrajo en seguida mi atención, y Usher, adivinando tal vez mis pensamientos, murmuró unas palabras, por las cuales supe que la difunta y él eran gemelos, y que habían existido siempre entre ellos unas simpatías de naturaleza casi inexplicable. Nuestras miradas, entretanto, no permanecieron fijas mucho tiempo sobre la muerta, pues no podíamos contemplarla sin espanto. El mal que había llevado a la tumba a lady Madeline en la plenitud de su juventud había dejado, como suele suceder en las enfermedades de carácter estrictamente cataléptico, la burla de una débil coloración sobre el seno y el rostro, y en los labios, esa sonrisa equívoca y morosa que es tan terrible en la muerte. Volvimos a colocar y atornillamos la tapa, y después de haber asegurado la puerta de hierro, emprendimos de nuevo nuestro camino hacia las habitaciones superiores de la casa, que no eran menos tristes. Y entonces, después de un lapso de varios días de amarga pena, tuvo lugar un cambio visible en los síntomas de la enfermedad mental de mi amigo. Sus maneras corrientes desaparecieron. Sus ocupaciones ordinarias eran descuidadas u olvidadas. Vagaba de estancia en estancia con un paso precipitado, desigual y sin objeto. La palidez de su fisonomía había adquirido, si es posible, un color más lívido; pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. No oía ya aquel tono de voz áspero que tenía antes en ocasiones, y un temblor que se hubiera dicho causado por un terror sumo, caracterizaba de ordinario su habla. Me ocurría a veces, en realidad, pensar que su mente, agitada sin tregua, estaba torturada por algún secreto opresor, cuya divulgación no tenía el valor para efectuar. Otras veces me veía yo obligado a pensar, en suma, que se trataba de rarezas inexplicables de -la demencia, pues le veía mirando al vacío durante largas horas en una actitud de profunda atención, como si escuchase un ruido imaginario. No es de extrañar que su estado me aterrase, que incluso sufriese yo su contagio. Sentía deslizarse dentro de mí, en una gradación lenta, pero segura, la violenta influencia de sus fantásticas, aunque impresionantes supersticiones. Fue en especial una noche, la séptima o la octava desde que depositamos a lady Madeline en la mazmorra, antes de retirarnos a nuestros lechos, cuando experimenté toda la potencia de tales sensaciones. El sueño no quería acercarse a mi lecho, mientras pasaban y pasaban las horas. Intenté buscar un motivo al nerviosismo que me dominaba. Me esforcé por persuadirme de que lo que sentía era debido, en parte al menos, a la influencia trastornadora del mobiliario opresor de la habitación, a los sombríos tapices desgarrados que, atormentados por las ráfagas de una tormenta que se iniciaba, vacilaban de un lado a otro sobre los muros y crujían penosamente en torno a los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos fueron inútiles. Un irreprimible temblor invadió poco a poco mi ánimo, y a la larga una verdadera pesadilla vino a apoderarse por completo de mí corazón. Respiré con violencia, hice un esfuerzo, logré sacudirla, e incorporándome sobre las almohadas, y clavando una ardiente mirada en la densa oscuridad de la habitación, presté oído -no sabría decir por qué me impulsó una fuerza instintiva- a ciertos ruidos vagos, apagados e indefinidos que llegaban hasta mí a través de las pausas de la tormenta. Dominado por una intensa sensación de horror, inexplicable e insufrible, me vestí de prisa (pues sentía que no iba a serme posible dormir en toda la noche) y procuré, andando a grandes pasos por la habitación, salir del estado lamentable en que estaba sumido. Apenas había dado así unas vueltas, cuando un paso ligero por una escalera cercana atrajo mi atención. Reconocí muy pronto que era el paso de Usher. Un instante después llamó suavemente en mi puerta, y entró, llevando una lámpara. Su cara era, como de costumbre, de una palidez cadavérica; pero había, además, en sus ojos una especie de loca hilaridad, y en todo su porte, una histeria evidentemente contenida. Su aspecto me aterró; pero todo era preferible a la soledad que había yo soportado tanto tiempo, y acogí su presencia como un alivio. —¿Y usted no ha visto esto? —dijo él bruscamente, después de permanecer algunos momentos en silencio, mirándome—. ¿No ha visto usted esto? ¡Pues espere! Lo verá. Mientras hablaba así, y habiendo resguardado cuidadosamente su lámpara, se precipitó hacia una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta. La impetuosa furia de la ráfaga nos levantó casi del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa; pero espantosamente bella, de una rareza singular en su terror y en su belleza. Un remolino había concentrado su fuerza en nuestra proximidad, pues había cambios frecuentes y violentos en la dirección del viento, y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas, que pesaban sobré las torrecillas de la casa) no nos impedía apreciar la viva velocidad con la cual acudían unas contra otras desde todos los puntos, en vez de perderse a distancia. Digo que su excesiva densidad no nos impedía percibir aquello, y aun así, no divisábamos ni la luna ni las estrellas, ni relámpago alguno proyectaba su resplandor. Pero las superficies inferiores de aquellas vastas masas de agitado vapor, lo mismo que todos los objetos terrestres muy cerca alrededor nuestro, reflejaban la claridad sobrenatural de una emanación gaseosa que se cernía sobre la casa y la envolvía en una mortaja luminosa y bien visible. —¡No debe usted, no contemplará usted esto! —dije, temblando, a Usher, y le llevé con suave violencia desde la ventana a una silla—. Esas apariciones que le trastornan son simples fenómenos eléctricos, nada raros, o puede que tengan su horrible origen en los fétidos miasmas del estanque. Cerremos esta ventana; el aire es helado y peligroso para su organismo. Aquí tiene usted una de sus novelas favoritas. Leeré, y usted escuchará: y así pasaremos esta terrible noche, juntos. El antiguo volumen que había yo cogido era el Mad Trist, de sir Launcelot Canning; pero lo había llamado el libro favorito de Usher por triste chanza, pues, en verdad, con su tosca y pobre prolijidad, poco atractivo podía ofrecer para la elevada y espiritual idealidad de mi amigo. Era, sin embargo, el único libro que tenía inmediatamente a mano, y me entregué a la vaga esperanza de que la excitación que agitaba al hipocondriaco podría hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) hasta en la exageración de las locuras que iba yo a leerle. A juzgar por el gesto de predominante y ardiente interés con que escuchaba o aparentaba escuchar las frases de la narración, hubiese podido congratularme del éxito de mi propósito. Había llegado a esa parte tan conocida de la historia en que Ethelredo, el héroe del Trist, habiendo intentado en vano penetrar pacíficamente en la morada del ermitaño, se decide a entrar por la fuerza. Aquí, como se recordará, dice lo siguiente la narración: «Y Ethelredo, que era por naturaleza de valeroso corazón, y que ahora sentíase, además, muy fuerte, gracias a la potencia del vino que había bebido, no esperó más tiempo para hablar con el ermitaño, quien tenía de veras el ánimo propenso a la obstinación y a la malicia: pero, sintiendo la lluvia sobre sus hombros y temiendo el desencadenamiento de la tempestad, levantó su maza, y con unos golpes abrió pronto un camino, a través de las tablas de la puerta, a su mano enguantada de hierro; y entonces, tirando con ella vigorosamente hacia sí, hizo crujir, hundirse y saltar todo en pedazos, de tal modo, que el ruido de la madera seca y sonando a hueco repercutió de una parte a otra de la selva.» Al final de esta frase me estremecí e hice una pausa, pues me había parecido (aunque pensé en seguida que mi exaltada imaginación me engañaba) que de una parte muy alejada de la mansión llegaba confuso a mis oídos un ruido que se hubiera dicho, a causa de su exacta semejanza de tono, el eco (pero sofocado y sordo, ciertamente) de aquel ruido real de crujido y de arrancamiento descrito con tanto detalle por sir Launcelot. Era, sin duda, la única coincidencia lo que había atraído tan sólo mi atención, pues entre el golpeteo de las hojas de las ventanas y los ruidos mezclados de la tempestad creciente, el sonido en sí mismo no tenía, de seguro, nada que pudiera intrigarme o turbarme. Continué la narración: «Pero el buen campeón Ethelredo, franqueando entonces la puerta, se sintió dolorosamente furioso y asombrado al no percibir rastro alguno del malicioso ermitaño, sino, en su lugar, un dragón de una apariencia fenomenal y escamosa, con una lengua de fuego, y que estaba de centinela ante un palacio de oro, con el suelo de plata, y sobre el muro aparecía colgado un escudo brillante de bronce, con esta leyenda encima: El que entre aquí, vencedor será; el que mate al dragón, el escudo ganará. Y Ethelredo levantó su maza y golpeó sobre la cabeza del dragón, que cayó ante él y exhaló su aliento pestilente con un ruido tan horrendo, áspero y penetrante a la vez, que Ethelredo tuvo que taparse los oídos con las manos para resistir del terrible estruendo como no lo había él oído nunca antes.» Aquí hice de súbito una nueva pausa, y ahora con una sensación de violento asombro, pues no cabía duda de que había yo oído esta vez (érame imposible decir de qué dirección venía) un ruido débil y como lejano, pero áspero, prolongado, singularmente agudo y chirriante, la contrapartida exacta del grito sobrenatural del dragón descrito por el novelista y tal cual mi imaginación se lo había ya figurado. Oprimido como lo estaba, sin duda, por aquella segunda y muy extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, entre las cuales predominaban un asombro y un terror extremos, conservé, empero, la suficiente presencia de ánimo para tener cuidado de no excitar con una observación cualquiera la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No estaba seguro en absoluto de que él hubiera notado los ruidos en cuestión, siquiera, a no dudar, una extraña alteración habíase manifestado, desde hacía unos minutos, en su actitud. De su posición primera enfrente de mí había él hecho girar gradualmente su silla de modo a encontrarse sentado con la cara vuelta hacia la puerta de la habitación; así, sólo podía yo ver parte de sus rasgos, aunque noté que sus labios temblaban como si dejasen escapar un murmullo inaudible. Su cabeza estaba caída sobre su pecho, y, no obstante, yo sabía que no estaba dormido, pues el ojo que entreveía de perfil permanecía abierto y fijo. Además, el movimiento de su cuerpo contradecía también aquella idea, pues se balanceaba con suave, pero constante y uniforme oscilación. Noté, desde luego, todo eso, y reanudé el relato de sir Launcelot, que continuaba así: «Y ahora el campeón, habiendo escapado de la terrible furia del dragón, y recordando el escudo de bronce, y que el encantamiento que sobre él pesaba estaba roto, apartó la masa muerta de delante de su camino y avanzó valientemente por el suelo de plata del castillo hacia el sitio del muro de donde colgaba el escudo; el cual, en verdad, no esperó a que estuviese él muy cerca, sino que cayó a sus pies sobre el pavimento de plata, con un pesado y terrible ruido.» Apenas habían pasado entre mis labios estas últimas sílabas, y como si en realidad hubiera caído en aquel momento un escudo de bronce pesadamente sobre un suelo de plata, oí el eco claro, profundo, metálico, resonante, si bien sordo en apariencia. Excitado a más no poder, salté sobre mis pies, en tanto que Usher no había interrumpido su balanceo acompasado. Sus ojos estaban fijos ante sí, y toda su fisonomía, contraída por una pétrea rigidez. Pero cuando puse la mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió todo su ser, una débil sonrisa tembló sobre sus labios, y vi que hablaba con un murmullo apagado, rápido y balbuciente, como si no se diera cuenta de mi presencia. Inclinándome sobre él, absorbí al fin el horrendo significado de sus palabras. —¿No oye usted? Sí, yo oigo, y he oído. Durante mucho, mucho tiempo, muchos minutos, muchas horas, muchos días, he oído, pero no me atrevía. ¡Oh, piedad para mí, mísero desdichado que soy! ¡No me atrevía, no me atrevía a hablar! ¡La hemos metido viva en la tumba! ¿No le he dicho que mis sentidos están agudizados? Le digo ahora que he oído sus primeros débiles movimientos dentro del ataúd. Los he oído hace muchos, muchos días, y, sin embargo, ¡no me atrevía a hablar! Y 'ahora, esta noche, Ethelredo, ¡¡a, ¡a! ¡La puerta del ermitaño rota, el grito de muerte del dragón y el estruendo del escudo, diga usted mejor el arrancamiento de su féretro, y el chirrido de los goznes de hierro de su prisión, y su lucha dentro de la bóveda de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huir? ¿No estará ella aquí en seguida? ¿No va a aparecer para reprocharme mi precipitación? ¿No he oído su paso en la escalera? ¿No percibo el pesado y horrible latir de su corazón? ¡Insensato! -y en ese momento se alzó furiosamente de puntillas y aulló sus sílabas como si en aquel esfuerzo exhalase su alma-: Insensato. ¡Le digo a usted que ella está ahora detrás de la puerta! En el mismo instante, como si la energía sobrehumana de sus palabras hubiese adquirido la potencia de un hechizo, las grandes y antiguas hojas que él señalaba entreabrieron pausadamente sus pesadas mandíbulas de ébano. Era aquello obra de una furiosa ráfaga, pero en el marco de aquella puerta estaba entonces la alta y amortajada figura de lady Madeline de Usher. Había sangre sobre su blanco ropaje, y toda su demacrada persona mostraba las señales evidentes de una enconada lucha. Durante un momento permaneció trémula y vacilante sobre el umbral; luego, con un grito apagado y quejumbroso, cayó a plomo hacia adelante sobre su hermano, y en su violenta y ahora definitiva agonía le arrastró al suelo, ya cadáver y víctima de sus terrores anticipados. Huí de aquella habitación y de aquella mansión, horrorizado. La tempestad se desencadenaba aún en toda su furia cuando franqueé la vieja calzada. De pronto una luz intensa se proyectó sobre el camino y me volví para ver de dónde podía brotar claridad tan singular, pues sólo tenía a mi espalda la vasta mansión y sus sombras. La irradiación provenía de la luna llena, que se ponía entre un rojo de sangre, y que ahora brillaba con viveza a través de aquella grieta antes apenas visible, y que, como ya he dicho al principio, se extendía zigzagueando, desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la examinaba, aquella grieta se ensanchó con rapidez; hubo de nuevo una impetuosa ráfaga, un remolino; el disco entero del satélite estalló de repente, ante mi vista; mi cerebro se alteró cuando vi los pesados muros desplomarse, partidos en dos; resonó un largo y tumultuoso estruendo, como la voz de mil cataratas, y el estanque profundo y fétido, situado a mis pies, se cerró tétrica y silenciosamente sobre los restos de la Casa de Usher.

Edgar Allan Poe – El Cuervo UNA VEZ, AL filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyóse de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. “Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.” ¡Ah! aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; angustia del deseo del nuevo día; en vano encareciendo a mis libros dieran tregua a mi dolor. Dolor por la pérdida de Leonora, la única, virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada. Aquí ya sin nombre, para siempre. Y el crujir triste, vago, escalofriante de la seda de las cortinas rojas llenábame de fantásticos terrores jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie, acallando el latido de mi corazón, vuelvo a repetir: “Es un visitante a la puerta de mi cuarto queriendo entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más.” Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos: “Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía.” Y entonces abrí de par en par la puerta: Oscuridad, y nada más. Escrutando hondo en aquella negrura permanecí largo rato, atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar. Mas en el silencio insondable la quietud callaba, y la única palabra ahí proferida era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?” Lo pronuncié en un susurro, y el eco lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!” Apenas esto fue, y nada más. Vuelto a mi cuarto, mi alma toda, toda mi alma abrasándose dentro de mí, no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza. “Ciertamente —me dije—, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.” ¡Es el viento, y nada más! De un golpe abrí la puerta, y con suave batir de alas, entró un majestuoso cuervo de los santos días idos. Sin asomos de reverencia, ni un instante quedo; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más. Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa con el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía. “Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!” Y el Cuervo dijo: “Nunca más.” Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado pudiera hablar tan claramente; aunque poco significaba su respuesta. Poco pertinente era. Pues no podemos sino concordar en que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado sobre el dintel de su puerta, pájaro o bestia, posado en el busto esculpido de Palas en el dintel de su puerta con semejante nombre: “Nunca más.” Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto. las palabras pronunció, como virtiendo su alma sólo en esas palabras. Nada más dijo entonces; no movió ni una pluma. Y entonces yo me dije, apenas murmurando: “Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.” Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.” Sobrecogido al romper el silencio tan idóneas palabras, “sin duda —pensé—, sin duda lo que dice es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido de un amo infortunado a quien desastre impío persiguió, acosó sin dar tregua hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido, hasta que las endechas de su esperanza llevaron sólo esa carga melancólica de ‘Nunca, nunca más’.” Mas el Cuervo arrancó todavía de mis tristes fantasías una sonrisa; acerqué un mullido asiento frente al pájaro, el busto y la puerta; y entonces, hundiéndome en el terciopelo, empecé a enlazar una fantasía con otra, pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño, lo que este torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño quería decir granzando: “Nunca más.” En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho. Esto y más, sentado, adivinaba, con la cabeza reclinada en el aterciopelado forro del cojín acariciado por la luz de la lámpara; en el forro de terciopelo violeta acariciado por la luz de la lámpara ¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más! Entonces me pareció que el aire se tornaba más denso, perfumado por invisible incensario mecido por serafines cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado. “¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido, por estos ángeles te ha otorgado una tregua, tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora! ¡Apura, oh, apura este dulce nepente y olvida a tu ausente Leonora!” Y el Cuervo dijo: “Nunca más.” “¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!” Y el cuervo dijo: “Nunca más.” “¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio! ¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas, ese Dios que adoramos tú y yo, dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén tendrá en sus brazos a una santa doncella llamada por los ángeles Leonora, tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen llamada por los ángeles Leonora!” Y el cuervo dijo: “Nunca más.” “¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso. ¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Abandona el busto del dintel de mi puerta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta. Y el Cuervo dijo: “Nunca más.” Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo. Aún sigue posado, aún sigue posado en el pálido busto de Palas. en el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Registrate y eliminá la publicidad! Henry James - La Edad Madura Aquel día de abril era templado y luminoso, y el pobre Dencombe, feliz en la presunción de que sus energías se recuperaban, estaba parado en el jardín del hotel, comparando los atractivos de diversos paseos tranquilos, con una parsimonia en la cual, empero, todavía se echaba de ver cierta laxitud. Le gustaba la sensación de Sur, en la medida en que se la pudiera tener en el Norte; le gustaban los acantilados arenosos y los pinos arracimados, incluso le gustaba el mar incoloro. “Bournemouth es el lugar ideal para su salud” había sonado a simple anuncio, pero ahora él se había reconciliado con lo prosaico. El amigable cartero rural, al cruzar por el jardín, acababa de entregarle un paquetito, que él se llevó consigo dejando el hotel a mano derecha y encaminándose con andar circunspecto hasta un oportuno banco que ya conocía, en un recoveco bien abrigado en la ladera del acantilado. Daba al Sur, a las coloreadas paredes de la Isla de Wight, y por detrás estaba guarecido por el oblicuo declive de la pendiente. Se sintió bastante cansado cuando lo alcanzó, y por un momento se notó defraudado; estaba mejor, desde luego, pero, después de todo, ¿mejor que qué? Nunca volvería, como en uno o dos grandes momentos del ayer, a sentirse superior a sí mismo. Lo que de infinito pueda tener la vida había desaparecido para él, y lo que le quedaba de la dosis otorgada era un vasito marcado como lo está un termómetro por el farmacéutico. Se quedó sentado con la vista clavada en el mar, que parecía todo superficie y cabrilleo, harto más superficial que el espíritu del hombre. El abismo de las ilusiones humanas, ése sí que era la auténtica profundidad sin mareas. Sostenía el paquete, que a todas luces era de libros, en las rodillas, sin abrirlo, alegrándose, tras el ocaso de tantas esperanzas (su enfermedad lo había hecho ser consciente de su edad), de saber que estaba ahí, pero dando por hecho que ya jamás podría haber una repetición completa del placer, tan caro a la experiencia juvenil, de verse a sí mismo “recién impreso”. Dencombe, que tenía una reputación, había publicado demasiadas veces y sabía de antemano demasiado bien cómo luciría. Ese aplazamiento tuvo como vaga causa adicional, al cabo de un rato, a un grupo de tres personas —dos mujeres y un joven— a quienes, más abajo que él, se veía avanzar errabundos, juntos y al parecer callados, a lo largo de la arena de la playa. El joven tenía la cabeza inclinada hacia un libro y de vez en cuando se quedaba parado por el hechizo que sobre él ejercía ese volumen que, como percibía Dencombe incluso a esa distancia, tenía una cubierta chillonamente roja. Entonces, sus compañeras, un poco por delante, lo esperaban a que las alcanzara, hurgando en la arena con sus sombrillas y mirando alrededor el cielo y el mar, paladinamente conscientes de la belleza del día. A aquellas cosas el joven del libro se mostraba ajeno aún más paladinamente; retrasándose, fascinado, absorto, era motivo de envidia para un observador a quien se le había mar chitado toda candidez de su relación con la literatura. Una de las mujeres era voluminosa y entrada en años; la otra exhibía la delgadez de una contrastante juventud y de una situación social seguramente inferior. La mujer voluminosa transportaba la imaginación de Dencombe hacia la época de la crinolina; tenía un sombrero en forma de champiñón, adornado con un velo azul, y la portadora del mismo, en su agresiva imponencia, parecía aferrarse a una moda desvanecida y aun a una causa perdida. Al cabo su compañera sacó de entre los pliegues de un mantón una cojeante silla portátil, que desplegó rápidamente y de la cual tomó posesión la mujer voluminosa. Este acto, junto con algo en los movimientos de la una y de la otra, instantáneamente caracterizó a las ejecutantes —éstas actuaban para recreo de Dencombe— como matrona opulenta y como humilde señorita de compañía. Por lo demás, ¿de qué servía ser un novelista probado si no se era capaz de establecer las relaciones personales existentes entre tales figuras? Como por ejemplo: la imaginativa teoría de que el joven era hijo de la matrona opulenta, y de que la humilde señorita de compañía, hija de clérigo o de funcionario, abrigaba una secreta pasión por él. ¿No era visible eso por el modo como ésta última se había deslizado furtivamente detrás de su benefactora para volver la vista hacia donde él se había permitido quedarse completamente quieto en tanto su madre se sentaba a descansar? Ese libro era una novela; tenía la llamativa tapa de las ediciones económicas, y él, mientras el romanticismo de la vida quedaba desdeñado a su lado, se perdía en el romanticismo de la biblioteca circulante. Maquinalmente se trasladó a donde era más blanda la arena, y se dejó caer en ella para acabar el capítulo a sus anchas. La humilde señorita de compañía, desalentada por la inaccesibilidad masculina, erraba, con la cabeza martirizadamente gacha, en otra dirección, y la señora descomunal, contemplando las olas, ofrecía una borrosa semejanza con una máquina voladora caída en pedazos. Cuando empezó a desinteresarlo este espectáculo, Dencombe se acordó de que tenía, a fin de cuentas, otro pasatiempo aguardándolo. Aunque tanta celeridad fuera infrecuente por parte de su editor, él ya podía extraer del envoltorio su obra “más reciente”, quizá su obra última y final. La cubierta de La edad madura era certeramente llamativa, el aroma de las rozagantes páginas era el mismísimo olor de la beatitud; pero, de momento, él no pasó de ahí, habiéndose percatado de una rara alienación. Se le había olvidado de qué trataba su propio libro. El último ataque de su vieja dolencia, de la cual había venido ilusamente a protegerse a Bournemouth, ¿había quizá interpuesto un vacío absoluto respecto de lo que había precedido al mismo? Había finalizado la corrección de galeradas antes de salir de Londres, pero la posterior quincena en cama había pasado una esponja sobre los matices. No habría podido salmodiarse a sí propio una sola de sus frases, ni podía dirigirse a ninguna determinada página con curiosidad o seguridad. Se le había ido su tema, quedándole apenas una conjetura. Lanzó un sordo gemido al respirar el frío de su vacío absoluto: éste parecía tan desesperadamente representar la culminación de un siniestro proceso. Las lágrimas visitaron sus apacibles ojos: algo precioso se había evaporado. Tal había sido la congoja más punzante de unos cuantos años a esta parte: la sensación de la mengua del tiempo, de la reducción de las oportunidades; y lo que ahora notaba no era tanto que estuviera escapándosele su última oportunidad, cuanto que ya se le había escapado del todo. Aunque había hecho todo lo que podía, aún no había hecho lo que quería. Ése era el desgarro: que, virtualmente, su carrera había llegado a su término: era tan violento como una mano brutal en la garganta. Se levantó nerviosamente de su asiento, cual criatura invadida por el pavor; luego, en su debilidad, tornó a arrellanarse y abrió tembloroso la novela. Era un solo volumen: él prefería los volúmenes únicos, aspirando a una concisión exquisita. Se puso a leer, y poco a poco, en esa ocupación, fue sintiéndose tranquilizado y serenado. Todo principió a volver a su mente, pero volvía con asombro; volvía, sobre todo, con una belleza elevada y radiante. Leyó su propia prosa, pasó sus propias páginas, y, sentado allí, con el sol de primavera en sus hojas, sintió una peculiar e intensa emoción. Su carrera se había terminado, sin duda, pero, al menos, se había terminado con aquello. Durante su enfermedad había olvidado el trabajo del año pasado... pero lo que más había olvidado era que fuese tan extraordinariamente bueno. Volvió a zambullirse en su narración, y fue arrastrado a sus profundidades, como por mano de una sirena, hasta donde flotan extraños temas silenciosos en el tenue mundo sumergido de la ficción, la gran cisterna esmaltada del arte. Reconoció su tema y se rindió a su propio talento. Seguramente su propio talento nunca se había mostrado tan acendrado como en aquella ocasión. Sus ineptitudes seguían allí, pero lo que también seguía allí, para su percepción, aunque probablemente, ¡ay!, para la de nadie más, era la maña con que en la mayoría de los casos las había remontado. En el sorprendido goce de esa su destreza, entrevió un posible indulto. De seguro que su fuerza aún no estaba agotada; en ella todavía quedaba vida y servicio. No le había venido fácilmente, había llegado de modo tardío y esquivo. Era hija del tiempo, nutrida por la dilación; él había luchado y sufrido por ella, realizando incontables sacrificios, y ahora que la misma había madurado de veras, ¿iba a cesar de producir, iba a declararse brutalmente derrotada? Para Dencombe hubo una infinita satisfacción en sentir, como jamás anteriormente, que la pertinacia vincit omnia. El resultado producido en su librito era, sin saber muy bien cómo, un resultado que había rebasado sus propósitos conscientes; no parecía sino que él hubiera plantado su genio, se hubiera fiado de su método, y ellos hubieran crecido y florecido con esta bonanza. No obstante, aunque el logro había sido genuino, el proceso había sido bastante trabajoso. Lo que tan intensamente veía hoy, lo que sentía como un cuchillo clavado en sus entrañas, era que sólo ahora, en el tramo final, había llegado a la plena posesión de su capacidad. Su desarrollo había sido anormalmente lento, casi grotescamente paulatino. La experiencia lo había estorbado y retardado y, durante luengos períodos, él no había hecho sino buscar el camino a tientas. Se le había ido demasiada parte de su vida en producir demasiado poco de su arte. Por fin el arte había llegado, pero había llegado detrás de todo lo demás. A ese ritmo, una sola existencia era demasiado corta: sólo lo bastante larga para reunir material, de tal guisa que, para fructificar, para hacer uso de ese material, era menester una segunda existencia, una prórroga. Por esa prórroga fue por lo que suspiró el pobre Dencombe. Hojeando las últimas páginas de su libro se dolió: —¡Ah, quién tuviera otra oportunidad! ¡Ah, qué no daría yo por una ocasión mejor! Las tres personas a quienes había observado en la arena se habían esfumado y luego habían reaparecido: ahora estaban subiendo por un sendero, una subida artificial y cómoda, que conducía a lo alto del acantilado. A mitad de dicho caminito se hallaba el banco de Dencombe, en un saliente resguardado, y, en este instante, la señora voluminosa, persona maciza y heterogénea, de agresivos ojos oscuros y simpáticas mejillas coloradas, resolvió tomarse unos momentos de descanso. Llevaba unos largos guantes que se le habían manchado y unos inmensos pendientes de diamantes; al principio pareció vulgar, pero contradijo esa expectativa con un tono afablemente desenvuelto. Mientras sus acompañantes se quedaban aguardando de pie por ella, extendió sus faldas en el otro extremo del banco de Dencombe. El joven llevaba gafas de aros dorados, a través de los cuales, con el dedo aún metido en su libro de cubierta roja, lanzó una ojeada al volumen, encuadernado en la misma tonalidad del mismo color, que descansaba sobre el regazo del primer ocupante del banco. Luego de un instante, Dencombe creyó comprender que al joven lo sorprendía la similitud, que había reconocido el sello dorado en la tela carmesí, que él también estaba leyendo La edad madura, y que después tomaba conciencia de que había alguien más que iba a la par que él. El desconocido se sentía desconcertado, tal vez incluso una pizca contrariado, al descubrir no ser la única persona que había tenido la ventura de que le llegara a las manos uno de los primeros ejemplares. Los ojos de los dos lectores se encontraron un momento, y a Dencombe le hizo gracia la expresión de la mirada de su competidor o incluso, podría inferirse, de su admirador. Con ella confesaba cierta ofensa, semejaba decir: “¡Por todos los diablos, ¿ya lo tiene éste?! ¡Claro que será uno de esos estomagantes críticos literarios!” Dencombe escondió de la vista su ejemplar mientras la matrona opulenta, irguiéndose tras su descanso, prorrumpía en un: —¡Ya experimento lo bien que sienta este aire! —Yo no puedo afirmar lo mismo —dijo la señorita angulosa—. Yo me noto muy decaída. —Yo me noto enormemente hambrienta. ¿Para qué hora ha solicitado usted el almuerzo? —continuó su protectora. La joven desvió hacia su compañero la pregunta: —El almuerzo lo encarga siempre el doctor Hugh. —Hoy no he encargado nada: voy a hacerla seguir un régimen —dijo su compañero. —En ese caso, me voy a mis habitaciones a dormir. Qui dortdine! —Les rogaría que me excusaran un rato. ¿Puedo dejarla en manos de la señorita Vernham? —preguntó el doctor Hugh a su compañera de más edad. —¿No confía el doctor Hugh en USTED? —preguntó ésta traviesamente. —¡No demasiado! —osó declarar la señorita Vernham, mirando hacia el suelo—. Usted debe venir con nosotras, por lo menos hasta nuestro alojamiento —siguió, en tanto que la señora a quien parecían rendir pleitesía comenzaba a reanudar la subida. Dicha señora ya se había apartado un tanto del alcance de sus voces; no obstante, habida cuenta de la presencia de Dencombe, la señorita Vernham se volvió menos claramente audible a fin de quejársele al joven—: ¡Creo que no es usted consciente de todo lo que le debe a la condesa! Indiferentemente, por un instante, el doctor Hugh dirigió hacia ella la refulgencia de la dorada montura de sus gafas: —¿Es ésa la impresión que le doy? ¡Me hago cargo, me hago cargo! —Es rematadamente buena con nosotros —insistió la señorita Vernham, obligada, ante la inmovilidad de su interlocutor, a seguir allí a despecho de estar comentando asuntos privados. ¿De qué habría servido que Dencombe fuera sensible a los matices si no hubiese sido capaz de detectar en esa inmovilidad del joven una extraña influencia por parte del callado convaleciente anciano de la capa de paño escocés? De pronto la señorita Vernham pareció darse cuenta de una tal motivación, pues luego de un instante agregó—: Si lo que usted quiere es tomar el sol aquí, puede regresar después de acompañarnos hasta el hotel. Ante esto, el doctor Hugh titubeó, y Dencombe, pese a su deseo de simular que no se daba cuenta de nada, se arriesgó a mirarlo solapadamente. Con lo que de hecho acertaron ahora a encontrarse sus ojos fue, por parte de la señorita, con una extraña mirada fija, vidriosa por naturaleza, que hizo que el aspecto de la misma le recordara un personaje (no consiguió evocar su nombre) de alguna obra teatral o algún relato novelesco: alguna siniestra institutriz o solterona trágica. Ella parecía escudriñarlo, desafiarlo, decirle, con una indiscriminada ojeriza: “¿Por qué tiene usted que interferir en nuestros asuntos?” En ese mismo momento les llegó desde arriba la voz de la condesa, con sustancioso humor: —¡Vengan, vengan, corderitos míos, tienen que ir detrás de su vieja bergère! Ante esto la señorita Vernham se apartó para reanudar la ascensión, y el doctor Hugh, tras otra silenciosa apelación a Dencombe y un instante de visible demoranza, depositó su ejemplar en el banco, como para guardarse el sitio e incluso como señal de que regresaría, y procedió a subir sin dificultad por la zona más arriscada del acantilado. Inocentes e infinitos por igual son los placeres de la observación y los recreos deparados por la afición a analizar la vida. Al pobre Dencombe, ocioso en su reservada exposición al viento, lo divirtió pensar que estaba esperando una revelación de algo que estaba en lo recóndito de un joven espíritu selecto. Con intensidad miró el ejemplar en el otro extremo del banco, pero no lo habría tocado ni por todo el oro del mundo: le venía bien tener una teoría que no hubiera de exponerse a refutación. Ya se sentía mejor de su melancolía; según su acostumbrada forma de expresarlo, ya había asomado la cabeza por la ventana. La efímera presencia de una condesa podía animar la fantasía cuando, como la mayor de las damas que acababan de retirarse, era tan visible como la giganta de una troupe. Verlo todo detalladamente, no cabía duda, era lo terrible; ver cosas de modo fragmentario, en contra de una opinión generalmente expresada, era el refugio, era la medicina. No era dable que el doctor Hugh fuese sino un crítico que estaba de acuerdo con editores o periódicos para recibir ejemplares de los libros recientes. Este personaje reapareció al cabo de un cuarto de hora, con patente alivio al encontrar que Dencombe seguía allí y con un brillo de dientes blancos en una cohibida aunque generosa sonrisa. Quedó visiblemente decepcionado ante el eclipse del ejemplar que no era el suyo: había un pretexto menos para poder hablar con el desconocido. Pero habló con el desconocido, pese a ello: blandió su propio ejemplar y principió a conversar requiriendo: —¡Haga el favor, si tiene usted posibilidad de escribir sobre esta obra, de decir que es lo mejor que su autor ha creado hasta ahora! Dencombe respondió con una carcajada: eso de “hasta ahora” lo divertía tanto, hacía tan extensa avenida de lo futuro. Y, mejor aún, resultaba que el joven lo tomaba a él por un crítico. Sacó La edad madura de debajo de la capa, pero instintivamente reprimió toda actitud delatora de su paternidad. En parte se debió a que siempre resulta ridículo llamar la atención sobre la obra propia. —¿Es eso lo que va a escribir usted mismo? —le inquirió a su visitante. —No estoy muy seguro de que yo vaya a escribir nada. Por lo regular no escribo; me limito a disfrutar en paz. Pero el libro es rematadamente bueno. Durante un momento, Dencombe sostuvo un breve debate consigo mismo. Si su interlocutor hubiera empezado a vituperarlo, él habría confesado al instante su verdadera identidad; pero no había nada malo en incitarlo un poco a alabar. Lo incitó con tal exito que, en cuestión de instantes, su nuevo conocido, sentado a su vera, confesaba con abierta franqueza que las novelas de Dencombe eran las únicas que era capaz de leer por segunda vez. Él había llegado el día anterior de Londres, donde un amigo suyo, periodista, le había prestado su ejemplar de la más reciente de ellas: el ejemplar enviado a la redacción del diario y que ya había sido objeto de una “gacetilla” que a buen seguro (por prejuzgar que no quedara) se había tardado exactamente un cuarto de hora en redactar. Insinuó que sentía vergüenza de su amigo y, en lo que concernía a una novela que requería y ofrecía estudio, de tamaña conducta ordinaria; y con su propia apreciación fresca, y su inusitado deseo por expresarla, prontamente llegó a ser para el pobre Dencombe una extraordinaria, una deliciosa aparición. El azar había puesto al fatigado literato cara a cara con el más ferviente admirador que cabía suponerle entre la generación joven. Para ser exactos, este admirador era desconcertante: era tan raro caso toparse con un joven médico hirsuto —parecía un fisiólogo alemán— devoto de la forma literaria. Era una casualidad, pero más feliz que la mayoría de las casualidades, conque Dencombe, no menos solazado que confundido, se entregó media hora a hacer hablar a su visitante mientras él guardaba silencio. Justificó su propia posesión adelantada de La edad madura aludiendo a su amistad con el editor, el cual, sabiendo que él estaba en Bournemouth por motivos de salud, había tenido con él ese grato detalle. Dencombe reveló haber estado enfermo, pues el doctor Hugh lo habría adivinado de modo inevitable; incluso llegó a preguntarse si no podría esperar alguna “orientación” sanitaria por parte de alguien que aunaba un entusiasmo tan rutilante y una presumible familiaridad con los medicamentos ahora en boga. Quizá perturbara un poco la confianza de Dencombe el tener que tomarse en serio a un médico que era capaz de tomárselo tan en serio a él mas le había caído en gracia este efusivo joven moderno y sintió con aguda punzada que aún habría cosas que hacer en un mundo donde se ofrecían tan extrañas mezclas. No era cierto lo que había tratado de creer en pro de la renuncia: que todas las combinaciones estaban ya agotadas. No lo estaban, no, no lo estaban, eran innúmeras; el agotamiento estaba sólo en el desventurado artista. El doctor Hugh era un fisiólogo ardiente saturado del espíritu de la época; o sea, acababa de licenciarse; pero era original y polifacético, y hablaba como un hombre que de buena gana habría preferido dedicarse a la literatura. Le habría gustado crear frases hermosas, pero la Naturaleza le había rehusado el don. Algunas de las mejores frases de La edad madura lo habían impresionado sobremanera, y se tomó la libertad de leérselas a Dencombe en refuerzo de su argumentación. El doctor Hugh, en el aire perfumado, se tornó vívido al sentir de su compañero, para cuyo profundo consuelo parecía haber sido enviado; y con especial ardor se aplicó a describir cuán recientemente había tenido conocimiento de, y cuán instantáneamente se había entusiasmado con, el único novelista que había logrado poner carne entre las costillas de un arte que se moría de hambre a fuerza de timideces y dogmatismos. Aún no le había escrito: lo contenía un sentimiento de respeto. En ese instante, Dencombe se congratuló más que nunca de no haber concedido jamás su tiempo a los fotógrafos. La actitud de su visitante le prometía un gran obsequio de comunicación, mas barruntó que, para el doctor Hugh, gozar de cierta continuidad en su comunicación dependía no poco de la condesa. Dencombe no tardó en enterarse de con qué clase de condesa se las habían, así como del tipo de vínculo que unía entre sí al insólito trío. La señora voluminosa, inglesa de nacimiento e hija de un barítono célebre, cuya afición, aunque no su talento, ella había heredado, era viuda de un aristócrata francés y dueña de todo lo que quedaba de la extensa fortuna, fruto de las ganancias paternas, que había constituido su propia dote. La señorita Vernham, criatura extraña pero consumada pianista, estaba vinculada a ella por un sueldo. La condesa era desbordante, excéntrica, muy suya: viajaba con una trovadora y un médico de cabecera. Ignorante y abrumadora, sin embargo tenía momentos en que resultaba casi irresistible. Dencombe la vio como posando para un retrato en el generoso bosquejo que le hacía el doctor Hugh, y notó cómo se formaba en su propia mente la imagen de la relación que con ella mantenía su joven amigo. Dicho joven amigo, para ser representante de una nueva psicología, resultaba muy fácil de sugestionar, y aunque se puso anormalmente locuaz, ello no fue sino un signo de auténtico sometimiento. En consecuencia, Dencombe hacía con él lo que quería aun sin darse a conocer como Dencombe. Al ponerse enferma en un viaje por Suiza, la condesa lo había conocido en un hotel, y el azar de que él le cayera bien la movió a ofrecerle, con su imperiosa generosidad, unas condiciones que no pudieron menos que deslumbrar a un galeno aún sin clientela y cuyos recursos se habían consumido en sus estudios. No era la manera de pasar el tiempo que él habría escogido, pero era un tiempo que pasaría pronto, y, mientras tanto, ella era sumamente amable. Ella exigía constante atención, pero era imposible que no agradara. Él suministró toda clase de pormenores acerca de su pintoresca paciente, un “caso” como nunca había habido otro, que padecía, relacionado con su sofocada obesidad, y además de la veta morbosa de una voluntad violenta y sin objetivo, un grave trastorno orgánico; pero enseguida tornó a hablar de su bienamado novelista —a quien tuvo la felicísima inspiración de describir como más esencialmente poeta que muchos de quienes vivían de versificar— con su celo que había sido excitado, como igualmente lo había sido toda su ausencia de reserva, por la afortunada circunstancia de la simpatía de Dencombe y la coincidencia de lo que ambos estaban leyendo. Dencombe confesó conocer personalmente un poco al autor de La edad madura, pero no se sintió tan preparado como habría querido cuando su compañero —quien nunca hasta entonces había visto a un ser tan privilegiado— empezó ávidamente a solicitarle detalles. Incluso pensó que la mirada del doctor Hugh en aquel momento delató una vislumbre de sospecha. Pero el joven estaba demasiado inflamado para ser perspicaz, y abría una y otra vez el libro para exclamar “¿Se ha fijado usted en esto?” o “¿No lo impresionó soberanamente esto otro?” —Hay un pasaje hermosísimo hacia el final —espetó, y tornó a echar mano del libro. Según volvía las hojas tropezó con otra cosa distinta, y Dencombe lo vio mudar de color súbitamente. El joven había cogido el ejemplar de Dencombe, que estaba sobre el banco, en lugar del suyo, y al punto su vecino adivinó la razón de su sobresalto. Por un instante el doctor Hugh se quedó muy serio; a renglón seguido dijo—: ¡Observo que ha estado usted retocando el texto! Dencombe era un apasionado del corregir, un obseso del estilo; lo último a que llegaba era a una forma definitiva para él mismo. Su ideal habría sido publicar anónimamente, y luego, en el texto publicado, entregarse a sus revisiones maníacas, desautorizando siempre la primera edición y empezando para la posteridad, y aun para los pobrecillos coleccionistas, con la segunda. Esa mañana su lápiz había punzado en La edad madura una docena de burbujas. Lo sorprendió el efecto sobre él mismo del reproche del joven: por un momento lo hizo mudar ahora a él de color. Se puso, en todo caso, a tartamudear imprecisamente; luego, a través de una neblina de conciencia en reflujo, vio la extrañada mirada del doctor Hugh. Tuvo tiempo únicamente para darse cuenta de que estaba a punto de caer enfermo otra vez: todas estas emociones, la excitación, la fatiga, el calor del sol, el influjo del aire, se habían confabulado para jugarle una mala pasada, hasta el punto de que, tendiendo la mano hacia su compañero con una exclamación de sufrimiento, perdió por completo el sentido. Posteriormente supo que se había desmayado y que el doctor Hugh lo había llevado al hotel en un cochecillo cuyo cochero, que merodeaba por los aledaños en pos de clientes, acertó a recordar haberlo visto casualmente en el jardín del mismo. Había recobrado el sentido durante el trayecto, y en la cama, aquella tarde, tuvo una vaga remembranza del joven rostro del doctor Hugh, cuando estaba junto a él, inclinado sobre él con una sonrisa reconfortante que expresaba algo más que una mera sospecha de su verdadera identidad. Esta identidad ya no podía ser negada, y por eso se sintió aún más pesaroso y dolido. Había sido temerario, había sido estúpido, había salido a pasear demasiado prematuramente, se había quedado afuera demasiado prolongadamente. No habría debido ponerse al alcance de desconocidos, habría debido llevar consigo a su criado. Sintió como si hubiera caído en una sima demasiado honda para poder avistar el menor retazo de cielo. Estaba en confusión sobre el tiempo transcurrido; recogía los fragmentos para hacerlos casar. Había visto a su médico, el de verdad, el que lo había atendido desde el principio, y que de nuevo se había mostrado amabilísimo. Su criado entraba y salía de puntillas, poniendo cara de que él ya se lo había esperado todo por anticipado. Más de una vez dijo algo sobre aquel joven caballero tan inteligente. Lo demás era vaguedad, cuando no desesperación. Empero, la vaguedad era explicable teniendo en cuenta sus sueños, angustias en sopor, de las que finalmente emergió para percibir nítidamente un cuarto oscuro y la luz de una tamizada vela. —Volverá a estar del todo bien; ahora sé todo lo referente a usted —dijo cerca de él una voz, que reconoció como la de un hombre joven. Entonces le retornó a la memoria su encuentro con el doctor Hugh. Todavía estaba excesivamente desmayado para bromear sobre ello, pero pudo percatarse, al cabo de no demasiado, de que era intenso el interés de su visitante por él. —Por supuesto no puedo asistirlo profesionalmente: usted tiene su propio médico, con quien ya he hablado y que es excelente —siguió el doctor Hugh—. Pero debe permitirme que venga a verlo en calidad de buen amigo. Simplemente he entrado a echarle un breve vistazo antes de acostarme. Va usted marchando óptimamente, pero menos mal que estaba yo junto a usted en el acantilado. Vendré a visitarlo mañana temprano. Me gustaría poder hacer algo por usted. Quiero hacer todo lo posible. —Usted ha hecho muchísimo por mí. El joven extendió la mano, posándola sobre él, y el pobre Dencombe, percibiendo débilmente esa cálida presión, se limitó a seguir allí tendido y aceptó su devoción. No podía menos; necesitaba demasiado una ayuda. La idea de la ayuda que necesitaba le estuvo muy presente aquella noche, que pasó en despierta calma, con una intensidad de pensamientos que fue como una reacción contra sus horas de estupor. Estaba perdido, estaba perdido, estaba perdido si no había la posibilidad de salvarlo. No temía al sufrimiento, a la muerte; ni siquiera estaba enamorado de la vida; pero había tenido una profunda manifestación de deseo. Durante esas largas horas calladas se percató de que sólo con La edad madura había alzado el vuelo; sólo aquel día, visitado por procesiones silenciosas, había identificado su reino. Había tenido una revelación de su alcance. A lo que temía era a que su reputación hubiera de fundamentarse en algo incompleto. No era de su pasado sino de su futuro de lo que propiamente quería ocuparse. La enfermedad y la vejez se aparecían ante él como espectros de ojos despiadados: ¿cómo iba a sobornar a tales augures para que le concedieran una nueva oportunidad? Ya había tenido la única oportunidad que pueden tener los seres humanos: había tenido la oportunidad consistente en poder vivir. Muy tarde cayó dormido, y cuando despertó, el doctor Hugh estaba sentado junto a su cabecera. En él, a estas alturas, ya había algo de agradablemente íntimo. —No vaya a pensar que he suplantado a su médico —dijo—; actúo con su consentimiento. Él ha estado aquí y lo ha visto. Extrañamente, parece confiar en mí. Le he contado cómo nos conocimos usted y yo ayer por casualidad, y confiesa que tengo una prerrogativa peculiar. Dencombe lo miró con seriedad especulativa: —¿Cómo lo ha arreglado con la condesa? El joven se arreboló un poco, pero se rió: —¡Oh, no se preocupe por la condesa! —Me dijo usted que era muy exigente. El doctor Hugh guardó silencio unos momentos. —Sí que lo es —dijo. —Y la señorita Vernham es una intrigante. —¿Cómo sabe eso? —Yo lo sé todo. ¡Hay que saberlo todo para poder escribir decentemente! —Creo que es una loca —precisó el doctor Hugh. —Bien, pero no se pelee con la condesa; en la actualidad le es de gran ayuda a usted. —No me peleo —repuso el doctor Hugh—. Pero no me entiendo bien con las mujeres tontas. –Enseguida agregó—: Usted parece muy solo. —Eso pasa mucho a mi edad. He sobrevivido, pero he tenido pérdidas por el camino. El doctor Hugh vaciló; pero al fin, superando su leve escrúpulo, inquirió: —¿A quién ha perdido? —A todos. —¡Ah, no! —protestó el joven, poniéndole una mano sobre el brazo. —Tuve esposa, tuve un hijo. Mi esposa murió al nacer mi hijo, y a mi hijo, cuando aún iba al colegio, se lo llevaron unas fiebres tifoideas. —¡Ojalá hubiese estado yo allí! —dijo con sinceridad el doctor Hugh. —¡Bueno, está usted aquí! —respondió Dencombe con una sonrisa que, a pesar de la penumbra, traslució cuánto le gustaba su posibilidad de estar seguro del paradero de su acompañante. —Usted habla de su edad extrañamente. No es usted viejo. —¿Hipócrita tan pronto? —Digo fisiológicamente. —Así es como he estado hablándome a mí propio en los últimos cinco años, y eso exactamente es lo que me decía. ¡Y es que sólo cuando somos viejos comenzamos a decirnos que no lo somos! —Pero yo también me digo a mí propio que soy joven —declaró el doctor Hugh. —¡Y no sabe usted tan bien como yo con cuánta razón! —se rió el paciente, cuyo visitante desde luego admitió el hecho en cuestión, a juzgar por la rotundidad con que trocó su razonamiento de partida, comentando que debía de ser uno de los encantos de la vejez —por lo menos si se poseía una alta distinción el sentir que uno se ha esforzado y ha triunfado. El doctor Hugh empleó la manida expresión sobre el haberse ganado el descanso, y con ella hizo que, por un momento, el pobre Dencombe casi se irritara. Sin embargo, éste se rehízo para explicar, con suficiente claridad, que si él mismo, por desdicha, no conocía nada de tal bálsamo, sin duda era porque había malgastado años preciosos. Desde el principio se había consagrado a la literatura, mas había tardado toda una vida en ponerse a la altura de ese arte. Sólo en aquel momento, al fin, había empezado a entender; así que lo hecho hasta ahora no había sido sino un conjunto de movimientos ingobernados. Había madurado demasiado tarde y tenía un temperamento tan torpe que únicamente había logrado aprender a fuerza de errores. —En ese caso, yo prefiero sus capullos a las rosas abiertas de los demás, y sus errores a los aciertos de los demás —dijo galantemente el doctor Hugh—. Lo admiro por sus errores. —Feliz usted: usted no discierne —le replicó Dencombe. Consultando su reloj, el joven se había levantado; dijo a qué hora de la tarde regresaría. Dencombe lo amonestó para que no se comprometiera con tanta exactitud, y nuevamente exteriorizó todo su miedo de estar haciéndolo descuidar a la condesa, de estar quizá haciéndolo incurrir en su disgusto. —Quiero ser como usted: ¡quiero aprender a fuerza de errores! —repuso riendo el doctor Hugh. —¡Tenga cuidado de no cometer uno demasiado grave! De todas suertes, regrese —añadió Dencombe, con el atisbo de una nueva idea. —¡Debería usted tener más vanidad! —El doctor Hugh hablaba como si supiera cuál era la dosis exacta requerida para hacer normal a un literato. —No, no; sólo debería tener más tiempo. Quiero otra oportunidad. —¿Otra oportunidad? —Quiero una prórroga. —¿Una prórroga? —El doctor Hugh repetía otra vez las palabras de Dencombe, que, por lo visto, lo habían impresionado. —¿No comprende? Quiero más de eso que se llama vida. El joven, en son de despedida, había tomado la mano del paciente, la cual aferró la suya propia con cierta fuerza. Se miraron intensamente un momento. —Usted tiene ganas de vivir —dijo el doctor Hugh. —No sea frívolo. ¡Esto es demasiado serio! —¡Usted vivirá! —afirmó el visitante de Dencombe, tornándose pálido. —¡Ah, así está mejor! —Y mientras el doctor se retiraba, el enfermo se recostó agradecido, con acuitada risa. Todo aquel día y la noche inmediata se preguntó si no se podría conseguir eso. Volvió su médico habitual, su criado estuvo muy atento, pero fue a su joven confidente y amigo a quien se encontró solicitando mentalmente. Su desmayo en el acantilado estaba plausiblemente explicado, y se prometía su restablecimiento para el futuro, a condición de una prudencia más rigurosa; mientras tanto, empero, la fijeza de sus meditaciones lo mantenía inmóvil y lo tornaba indolente. La idea que lo trabajaba no era menos absorbente por tratarse de una mera fantasía enfermiza. Ahí estaba un inteligente hijo de la época, ingenioso y apasionado, que daba la casualidad de haberlo considerado digno de la veneración de los buenos degustadores. Este servidor de su altar estaba investido de toda la nueva sabiduría de la ciencia y de toda la vieja reverencia de la fe; por consiguiente, ¿no podría poner su conocimiento al servicio de su empatía y su habilidad al servicio de su cariño? ¿No se podía confiar en que él inventaría un remedio para un pobre artista a cuyo arte había rendido homenaje? Si no se podía, la alternativa era penosa: Dencombe habría de capitular ante el silencio, sin ser ni vindicado ni intuido. El resto del día y todo el día siguiente jugueteó en secreto con esa dulce y fútil preocupación. ¿Quién obraría para él el milagro sino el joven que podía combinar tanta lucidez con tanta pasión? Pensó en los cuentos de hadas científicos y se embelesó hasta olvidar que buscaba una magia que no era de este mundo. El doctor Hugh era una aparición sobrenatural, y eso mismo significaba que estaba por encima de las leyes naturales. Este iba y venía mientras su paciente, incorporado en la cama, lo seguía con ojos anhelantes. El interés de haber conocido al gran autor había hecho que el joven hubiese vuelto a empezar La edad madura, pues aquel hecho lo ayudaría a encontrar mayor riqueza de sentido en sus páginas. Dencombe le había desvelado qué era lo que había “intentado”; el doctor Hugh, pese a toda su inteligencia, había sido incapaz de percatarse de ello en una primera lectura. La desconcertada celebridad se preguntó entonces quién en el mundo sería capaz de percatarse; por enésima vez le hizo gracia el modo cabal y craso en que podía malentenderse una “intención”. Sin embargo, no estuvo dispuesto a ponerse a vilipendiar indiscriminadamente la mentalidad común, por consolador que ello hubiera sido en el pasado: la revelación que había tenido de su propia torpeza semejaba convertir toda estupidez en algo sagrado. Algún tiempo después, el doctor Hugh se mostró visiblemente agitado, terminando por confesar, ante las preguntas, un motivo de preocupaciones en su vida “doméstica”. —Siga unido a la condesa, no se preocupe por mí —dijo Dencombe, repetidamente; pues su acompañante fue suficientemente explícito sobre la actitud de la voluminosa señora. Era tan celosa que había caído enferma: la ofendía tamaño quebrantamiento de la fidelidad debida. Pagaba tanto por la lealtad de él que había de tenerla entera: le negaba el derecho a mostrar otras simpatías, lo acusaba de maquinar para dejarla morir sola, pues innecesario era comentar para cuán poco servía ante una emergencia la señorita Vernham. Al manifestar el doctor Hugh que la condesa ya se habría marchado de Bournemouth si él no la hubiese hecho quedarse en cama, el pobre Dencombe le apretó el brazo más fuerte y dijo con determinación—: Llévesela sin pérdida de tiempo. Habían salido juntos hasta el abrigado rincón donde, tan recientemente, se habían conocido. El joven, que había dado apoyo con su propia persona a su acompañante, declaró con énfasis que sentía limpia su conciencia: podía montar dos caballos a la vez. ¿Acaso no soñaba, para su porvenir, con una época en que tendría que montar a la vez quinientos? Con parejo anhelo de virtud, Dencombe contestó que en esa edad dorada ningún paciente pagaría para contratarle su exclusiva atención. Por parte de la condesa, ¿no era lícito su absolutismo? El doctor Hugh lo negó, diciendo que no había habido ningún contrato, sino únicamente un acuerdo amistoso, y que para un espíritu libre era imposible un servilismo sórdido; por si fuera poco, le gustaba hablar de arte, y ése fue el tema en que entonces, sentados los dos juntos en el banco soleado, trató primordialmente de involucrar al autor de La edad madura. Dencombe, volviendo a elevarse un poco con las débiles alas que le prestaba la convalecencia y obsesionado todavía por esa esperanzadora idea de un salvamento organizado, encontró un nuevo filón de elocuencia en defender la causa de una cierta y esplendorosa “manera final”: la ciudadela misma, como se demostraría, de su reputación, la fortaleza en que iba a congregarse su verdadero tesoro. Mientras su oyente le concedía toda la mañana y el gran mar tranquilo semejaba detenerse a escuchar, él tuvo un maravilloso rato de explicación. Incluso a su propio juicio estuvo él inspirado al describir en qué consistiría su tesoro: los metales preciosos que excavaría de la mina, las raras joyas, los collares de perlas que colgaría de las columnas de su templo. Estuvo prodigioso a su propio ver, por la densidad con que se agolparon sus convicciones; pero más prodigioso estuvo al ver del doctor Hugh, quien le aseveró, no obstante, que las mismísimas páginas que había publicado recientemente estaban ya incrustadas de gemas. No por ello dejó de anhelar el joven las combinaciones venideras, y, poniendo por testigo al hermoso día, le renovó a Dencombe el compromiso de que su profesión se haría responsable de otorgarle tal vida. Entonces, de pronto, se llevó velozmente la mano al bolsillo del reloj y solicitó venia para ausentarse media hora. Dencombe esperó allí a que regresara, mas por último lo hizo volver a la realidad la aparición de una sombra humana en el suelo. La sombra resultó ser la de la señorita Vernham, la damisela de compañía de la condesa; al reconocerla, Dencombe se dio tan clara cuenta de que venía a hablar con él, que se levantó del banco y permaneció así para agradecerle semejante cortesía. Lo cierto es que la señorita Vernham no se mostró especialmente cortés: parecía extrañamente atribulada y ahora su carácter era inequívoco. —Perdone que le pregunte —dijo— si será demasiado esperar que sea posible persuadirlo para que deje tranquilo al doctor Hugh. —Y luego, antes de que Dencombe, hondamente turbado, pudiera protestar, agregó—: Debe usted saber que está estorbándolo, que puede ocasionarle un perjuicio terrible. —¿Quiere decir dando motivo para que la condesa prescinda de sus servicios? —Haciéndola desheredarlo. —Ante esto, Dencombe quedó pasmado, y la señorita Vernham prosiguió, gustosa de comprobar que era capaz de producir toda una impresión—: Ha dependido de él obtener algo muy conveniente. Ha tenido unas perspectivas magníficas, pero creo que usted ha logrado echarlas a perder. —No a sabiendas, se lo aseguro. ¿No hay esperanzas de que se pueda enmendar el desaguisado? —preguntó Dencombe. —Ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él. Le entran prontos, se deja ir; es su forma de ser. No tiene parientes, es libre de disponer a su gusto de su dinero, y está muy enferma. —Lamento muchísimo saberlo —balbució Dencombe. —¿No le sería posible a usted marcharse de Bournemouth? Es eso lo que he venido a pedirle. El pobre Dencombe se dejó caer en el banco: —Yo también estoy muy enfermo, ¡pero lo intentaré! La señorita Vernham siguió allí inmóvil con sus descoloridos ojos y la brutalidad de su buena conciencia. —¡Antes de que sea demasiado tarde, se lo ruego! —dijo; y tras esto le volvió la espalda para desaparecer de su vista, deprisa, como si hubiera sido un asunto al que no hubiese podido consagrar más que un minuto de su precioso tiempo. Ah, claro, después de aquello, Dencombe se sintió muy enfermo, naturalmente. La señorita Vernham lo había trastornado con sus vehementes noticias feroces: para él había sido un choque por demás duro descubrir lo que estaba en juego para un joven sin dinero y de excelentes cualidades. Se quedó temblando en su banco, mirando fijamente la inmensa extensión del agua, sintiéndose deshecho por aquel golpe directo. De cierto que estaba demasiado débil, demasiado vacilante, demasiado asustado; pero haría el esfuerzo de marcharse, pues no estaba dispuesto a cargar con la culpabilidad de interferir, y realmente estaba en entredicho su honor. Se volvería tambaleante a su alojamiento, en cualquier caso, y entonces pensaría qué hacer. Volvió al hotel y, por el camino, tuvo una vislumbre caracterizadora del motivo fundamental del comportamiento de la señorita Vernham. La condesa odiaba a las mujeres, por supuesto, Dencombe lo veía clarísimo; así que la desposeída pianista carecía de esperanzas personales y sólo podía consolarse con el audaz plan de ayudar al doctor Hugh, ora fuera para casarse con él después de que él obtuviese el dinero, ora para inducirlo a reconocer el derecho de ella a una recompensa, que él pagaría para quitársela de encima. Si ella se había portado con él como amiga en una crisis fecunda, él verdaderamente se sentiría obligado a no olvidarse de ella, como hombre de delicadeza, y ella sabía qué esperar sobre esa base. En el hotel, el criado de Dencombe se empeñó en que su señor volviera a la cama. El enfermo había hablado de coger un tren y había empezado a impartir órdenes para hacer las maletas; tras lo cual sus alterados nervios sucumbieron a una sensación de desfallecimiento. Consintió en ver a su médico, al cual se mandó inmediatamente a buscar, mas deseó que se entendiera bien que su puerta estaba irrevocablemente cerrada para el doctor Hugh. Se había forjado un plan, que era tan espléndido que se regocijó con él después de volverse a la cama. El doctor Hugh, encontrándose desdeñado repentina e inmisericordemente, renovaría su vasallaje a la condesa por natural disgusto y para alegría de la señorita Vernham. Cuando llegó su médico, Dencombe se enteró de que tenía fiebre y de que eso era preocupante: había de cultivar la calma y procurar no pensar, si le era posible. Durante el resto del día trató de conseguir la estupidez; pero hubo una aflicción que lo mantuvo lúcido: la del probable sacrificio de su “prórroga”, el punto final de su trayectoria. Su consejero médico estaba cualquier cosa menos contento: las sucesivas recaídas eran un mal augurio. Lo exhortó a obrar con mano dura y quitarse de la cabeza al doctor Hugh: ello contribuiría sumamente a su tranquilidad. Ese intranquilizador nombre no volvió a ser pronunciado en su cuarto, pero su tranquilidad era tan sólo temor reprimido, y quedó puesta en peligro por un telegrama, recibido a las diez de esa noche, que su criado abrió y le leyó y que llevaba la firma de la señorita Vernham junto a una dirección de Londres. “Imploro use toda influencia para hacer nuestro amigo reunirse con nosotras mañana por la mañana. Condesa muchísimo peor por terrible viaje, pero todo puede salvarse aún.” Las dos mujeres habían hecho de tripas corazón y aquella tarde habían sido capaces de una rencorosa revuelta. Se habían dirigido a la capital, y aunque la de más edad, como comunicaba la señorita Vernham, estaba muy enferma, deseaba dejar claro que era no menos inexorable. El pobre Dencombe, que no era inexorable y, sinceramente, sólo quería que todo “se salvara”, envió ese mensaje directamente al alojamiento del joven, y a la mañana siguiente tuvo la alegría de saber que éste se había ido de Bournemouth en un tren temprano. Dos días después, el doctor Hugh entró arrolladoramente en la habitación con un ejemplar de una revista literaria en la mano. Había vuelto porque lo trabajaba un gran afán de tener noticias suyas y por el placer de mostrarle la grandiosa recensión de La edad madura. Ahí por fin había algo apropiado, a la altura de la ocasión: era una aclamación, una reparación, un deseo por parte de la crítica de poner al autor en la hornacina que limpiamente se había ganado. Dencombe lo aceptó y se sometió: no hizo objeciones ni preguntas, pues habían retornado viejos achaques y había pasado dos días atroces. Estaba convencido no sólo de que ya nunca volvería a levantarse de la cama, de modo que era perdonable dejar entrar a su joven amigo, sino también de que sería muy poco lo que requeriría de la paciencia de quienes lo atendían. El doctor Hugh había estado en Londres, y en sus ojos trató Dencombe de encontrar alguna señal de que la condesa se había apaciguado y de que el heredamiento estaba a buen recaudo; mas lo único que en los mismos pudo ver fue la luz de su juvenil alegría por dos o tres frases de la revista. Dencombe no se hallaba en condiciones de leerlas, pero cuando su visitante se empecinó en repetírselas más de una vez, fue capaz de hacer un gesto negativo con la cabeza sin dejarse embriagar: —¡Ah, no son ciertas, pero lo habrían sido referidas a lo que pude hacer! —Lo que alguien “pudo hacer” es primordialmente lo que en realidad hizo —objetó el doctor Hugh. —Primordialmente sí, ¡pero yo he sido todo un idiota! —dijo Dencombe. El doctor Hugh se quedó; se aproximaba raudamente el desenlace. Dos días después, Dencombe le comentó, a título del más endeble de los chistes, que ya no habría segunda oportunidad que valiese. Ante esto el joven lo miró con fijeza; seguidamente exclamó: —¡Pero sí la ha habido, sí la ha habido! ¡La segunda oportunidad ha sido para el público, la oportunidad de encontrar un modo de abordarlo a usted, de encontrar la perla! —¡Ah la perla! —suspiró desasosegado el pobre Dencombe. Una sonrisa tan fría como un atardecer invernal se insinuó en sus contraídos labios al añadir—: ¡La perla es lo que quedó sin escribir, la perla es lo que no tiene impurezas, lo ausente, lo perdido! Desde ese momento estuvo cada vez menos lúcido, a ojos vistas inconsciente de lo que acaecía a su alrededor. Su enfermedad era decididamente letal, de unos efectos tan implacables, tras la breve tregua que le había permitido confraternizar con el doctor Hugh, como una vía de agua en un gran buque. Hundiéndose constantemente, aunque su visitante, hombre de extraños recursos, ahora cordialmente aprobados por su médico, mostraba infinita pericia en defenderlo del dolor, el pobre Dencombe no se percataba de atenciones ni de descuidos, ni traslucía síntomas de sufrimiento o de agradecimiento. Pero hacia el final sí dio una señal de haberse percatado de que había habido dos días en que el doctor Hugh no había aparecido por su cuarto, señal que consistió en abrir de improviso los ojos para preguntarle si había pasado ese paréntesis con la condesa. —La condesa ha muerto —dijo el doctor Hugh—. Yo ya sabía que en unas circunstancias dadas no resistiría. He ido para visitar su tumba. Los ojos de Dencombe se abrieron más: —¿Le ha dejado a usted “algo muy conveniente”? Al joven se le escapó una risa casi demasiado frívola para hallarse en una habitación de agonía. —Ni un penique. Me maldijo en redondo. —¿Lo maldijo? —musitó Dencombe. —Por abandonarla. La abandoné por usted. Tuve que elegir —explicó su acompañante. —¿Eligió usted dejar escapar una fortuna? —Elegí aceptar las consecuencias de mi entusiasmo, cualesquiera que fueren —sonrió el doctor Hugh. Luego, como una ocurrencia todavía más jocosa, agregó—: ¡Al diablo la fortuna! Es culpa de usted si no puedo olvidarme de sus obras. El tributo inmediato a su humorada fue un largo gemido azorado; tras del cual, durante muchas horas y muchos días, Dencombe quedó postrado, sin movimiento y como ausente. Una respuesta tan radical, semejante vislumbre de un resultado definitivo y semejante sensación de reconocimiento actuaron conjuntamente en su ánimo y, desencadenando una extraña conmoción, alteraron y transfiguraron su desesperación lentamente. Lo abandonó la sensación de fría sumersión, pareció flotar sin esfuerzo. Este incidente fue extraordinario como aviso, y arrojó una luz más intensa. En su postrer momento, él le hizo una seña al doctor Hugh para que lo escuchara, y, cuando éste estuvo arrodillado junto a su almohada, lo hizo acercarse mucho. —Usted me ha convencido de que es todo una vana ilusión. —No su gloria, mi querido amigo —balbució el joven. —No mi gloria... ¡lo que haya de ella! La verdadera gloria consiste en ... en haber sido puesto a prueba, haber tenido una pequeña calidad y haber ejercido un pequeño hechizo. Lo importante es haber conseguido que alguien se sintiera interesado. Ocurre que usted está loco, pero ello no afecta esta verdad. —¡Usted es un gran triunfo! —dijo el doctor Hugh, imprimiéndole a su joven voz toda la vibración de unas campanas de boda. Dencombe se quedó asimilándolo; luego hizo acopio de fuerzas para hablar otra vez: —Una segunda oportunidad: ésa es la vana ilusión. Jamás ha habido más que una. Trabajamos a ciegas; hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra misión. Todo lo demás no es sino la demencia del arte. —Aunque haya usted dudado, aunque haya desesperado, siempre ha “logrado” —alegó finamente su visitante. —He logrado alguna que otra cosilla —concedió Dencombe. —Alguna que otra cosilla lo es todo. Es lo factible. ¡Es USTED! —¡Cuán conmovedor! —suspiró irónicamente el pobre Dencombe. —Pero es la pura verdad —insistió su amigo. —Es la pura verdad. La frustración es lo que no cuenta. —La frustración es tan sólo un hecho de la vida —dijo el doctor Hugh. —Sí, es lo que desaparece. —Al pobre Dencombe apenas si se lo oyó, pero con sus palabras había sellado el final definitivo de su primera y única oportunidad.

Registrate y eliminá la publicidad! Edgar Allan Poe - La Mascara de la Muerte Roja Durante mucho tiempo, la “Muerte Roja” había devastado la comarca. Jamás peste alguna fue tan fatal, tan horrible. Su encarnación era la sangre: el rojo y el horror de la sangre. Se producían dolores agudos, un repentino vértigo, luego los poros rezumaban abundante sangre, y la disolución del ser. Manchas púrpuras en el cuerpo y particularmente en el rostro de la víctima, segregaban a ésta de la humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasión. La invasión, el progreso y el resultado de la énfermedad eran cuestión de media hora. Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios perdieron la mitad de su población, llamó a un millar de amigos fuertes, vigorosos y alegres de corazón, escogidos entre los caballeros y las damas de su corte, y con ellos formó un refugio recóndito en una de sus abadías fortificadas. Era una construcción vasta y magnífica, creación del propio príncipe, de gusto excéntrico y, no obstante, grandioso. La rodeaba un espeso y elevado muro, y este muro tenía puertas de hierro. Una vez que entraron en ella los cortesanos, se sirvieron de hornillos y de mazas para soldar los cerrojos. Resolvieron atrincherarse contra los súbitos impulsos de la desesperación del exterior y cerrar toda salida a los frenesíes del interior. La abadía fue abastecida ampliamente. Gracias a estas precauciones, los cortesanos podían desafiar al contagio. Que el mundo exterior se las compusiera como pudiese. Entretanto, sería una locura afligirse o meditar. El príncipe había provisto aquella morada de todos los medios de placer. Había bufones, improvisadores, danzarines, músicos, hermosura en todas sus formas, y había también vino. Dentro, había todas estas bellas cosas, y además, seguridad. Fuera, la “Muerte Roja”. Ocurrió hacia el fin del quinto o sexto mes de su retiro, y en tanto que la plaga, afuera, hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero obsequió a sus mil amigos, con un baile de máscaras de la mas insólita magnificencia. ¡Qué voluptuoso cuadro el de aquel baile de máscaras! Permítaseme en primer lugar describir las salas donde tuvo lugar. Había siete; una hilera imperial. En muchos palacios, estas series de salones forman largas perspectivas en línea recta cuando los batientes de las puertas se abren de par en par, de tal manera que la mirada penetra hasta el fondo sin obstáculo. Aquí, el caso era muy diferente, tal y como podría esperarse de parte del duque y de su gusto y preferencia por lo bizarre. Las salas se encontraban tan irregularmente dispuestas, que la mirada no podía abarcar sino una sola a la vez. Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas se presentaba un brusco recodo, y en cada una de estas revueltas un aspecto diferente. A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía las sinuosidades del aposento. Cada ventana ostentaba vidrios de colores en armonía con el tono dominante del decorado de la sala sobre la cual se abría. La que ocupaba la extremidad oriental, por ejemplo, estaba decorada en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. La segunda sala estaba decorada y guarnecida de color púrpura, y las vidireras eran asimismo de color púrpura. La tercera, enteramente verde, y verdes las ventanas. La cuarta, anaranjada, estaba iluminada por una ventana del mismo color. Y 1a quinta, blanca; y la sexta, violeta. La séptima estaba rigurosamente forrada de colgaduras de terciopelo negro, que revestían techo y muros y recaían en pesados pliegues sobre un tapiz de la misma tela y del mismo color. Pero únicamente en esta sala, el color de las ventanas no correspondía al de la decoración. Los cristales eran escarlata, de un color intenso de sangre. Ahora bien, en ninguna de estas salas veíase lámpara ni candelabro alguno, entre los adornos de oro esparcidos con profusión o suspendidos de los techos. Ni lámparas, ni; velas; ninguna luz de esta clase en la larga serie de salas. Pero, en los corredores que las rodeaban, y exactamente enfrente de cada ventanal, se levantaba un enorme trípode con un ígneo brasero que proyectaba sus rayos al través de los cristales de color e iluminaba la sala de una manera deslumbrante. Producíanse así una multitud de aspectos cambiantes y fantásticos. Pero, en la sala del lado poniente, en la cámara negra, la claridad del brasero, que se reflejaba sobre las negras colgaduras a través de los cristales sangrientos, era terriblemente siniestra, y les daba a las fisonomías de los imprudentes que allí entraban un aspecto de tal modo extraño, que muy pocos bailarines se sentían con el valor suficiente para entrar en aquel mágico recinto. También en esta sala erguíase, apoyado contra el muro del oeste, un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un tictac sordo, pesado, monótono; y cuando la aguja de los minutos había recorrido el cuadrante y la hora iba a sonar, salía de los pulmones de bronce de 1a máquina un sonido claro, estrepitoso, profundo y excesivamente musical, pero de un timbre tan particular y de una energía tal, que de hora en hora los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir durante un instante sus acordes para escuchar la música de las horas, y las parejas que bailaban cesaban por fuerza sus evoluciones. Una perturbación momentánea recorría a toda aquella alegre multitud, y mientras sonaban las campanas podía notarse que palidecían hasta los más vehementes, y los más sensatos y de más edad se pasaban la mano por la frente como si se hundieran en meditaciones o en ensueños febriles. Pero, apenas desaparecían del todo aquellos ecos, circulaba por toda la asamblea una leve hilaridad; los músicos se miraban los unos a los otros, sonreíanse de sus nervios y de su locura, y se juraban por lo bajo entre ellos que la próxima vez que sonaran las campanadas, no sentirían la misma impresión; y luego, cuando, después de la huida de los sesenta minutos que comprendían los tres mil seiscientos segundos de la hora pasada, se escuchaban de nuevo las campanas del fatal reloj, se producía la misma turbación, el mismo escalofrío y las mismas ensoñaciones febriles. Pero a despecho de todo esto, la orgía continuaba alegre y magnífica. El gusto del duque era muy especial. Tenía un ojo certero en lo tocante a los colores y sus efectos. Desdeñaba los gustos de la moda. Sus planos eran temerarios y salvajes y sus concepciones brillaban con un esplendor bárbaro. Hay personas que lo hubieran juzgado loco. Pero sus cortesanos sabían bien que no lo estaba; pero era preciso comprenderlo, verlo, tocarlo para estar seguro de que, en efecto, no lo estaba. Con ocasión de esta gran fiesta, se había ocupado personalmente de la decoración y del mobiliario de las siete salas, y fue su gusto personal el que dirigió el estilo de los disfraces. No cabía duda de que eran concepciones grotescas. Era deslumbrador, brillante; había cosas chocantes, fantásticas; mucho de lo que después se ha visto en Hernani. Había figuras verdaderamente arabescas con siluetas y ropajes incongruentes; fantasías monstruosas como la locura; había mucho de bello, de licencioso, de extraño, algo de terrible y no poco de lo que podría producir repugnancia. En resumen, era como una multitud de sueños que se pavoneaban de un lado a otro por las salas. Y estos sueños se contorsionaban en todos sentidos, tomando el color de las salas; hubiérase dicho que la extraña música de la orquesta era el eco de sus propios pasos. Y, de tiempo en tiempo, se oye el reloj de ébano de la sala de terciopelo. Y entonces, durante un momento, todo se detiene, todo enmudece, excepto la voz del reloj. Los sueños se quedan helados, paralizados en sus posturas. Mas los ecos de la sonería se desvanecen —no duraron sino un momento— y, apenas huyen, una hilaridad leve y mal contenida circula por doquier. Y la música suena de nuevo, reavívanse los sueños; aquí y allá los danzarines se retuercen más alegremente que nunca, reflejando el color de las ventanas a través de las cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero ninguna cara osa ahora aventurarse en aquella sala que queda allá, al oeste; porque la noche ha avanzado y una luz más roja fluye al través de los cristales de color de sangre, y la negrura de las colgaduras fúnebres es aterradora; y para aquél que ponga el pie sobre la negra alfombra, brota del reloj de ébano un resonar más pesado, más solemnemente enérgico que el que llega a los oídos de las máscaras que se divierten en las salas más apartadas. Pero en estas otras salas había una densa multitud y el corazón de la vida latía allí febrilmente. Y la fiesta continuaba siempre su torbellino, cuando al cabo sonaron los tañidos de medianoche en el reloj. Entonces, como ya se dijo, calló la música y se detuvieron las evoluciones de los que bailaban; se produjo donde quiera, como antes, una ansiosa inmovilidad. Pero el tañido del reloj debía ahora componerse de doce campanadas. Por eso fue tal vez que, teniendo más tiempo, se insinuó una mayor cantidad de pensamientos en las meditaciones de los pensativos que se hallaban entre los que se divertían. Y quizás por eso mismo muchas personas de entre la multitud, antes de que se ahogaran en el silencio los últimos ecos de la última campanada, tuvieron tiempo de notar la presencia de una máscara que hasta ese momento no había llamado la atención de nadie. Y habiendo corrido en un susurro la noticia de aqúella intrusión, se suscitó entre la concurrencia un cuchicheo, un murmullo significativo de asombro y desaprobación, y luego, por último, de terror, de horror y de repugnancia. En una reunión de fantasmas como la que he descrito, era preciso sin duda una aparición del todo extraordinaria para causar tal sensación. La licencia carnavalesca de aquella noche, era, a la verdad, casi ilimitada; pero el personaje en cuestión había sobrepasado la extravagancia de un Herodes, y franqueado los límites —muy amplios, no obstante— del decoro impuesto por el principe. Hay en los corazones más temerarios, cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. Incluso entre los depravados, entre aquellos para quienes la vida y la muerte son igualmente un juego, hay cosas con las que no se puede jugar. Toda la concurrencia pareció entonces sentir profundamente el mal gusto y la inconveniencia de conducta y de vestido de aquel extraño. El personaje era alto y delgado y estaba envuelto en un sudario de la cabeza a los pies. La máscara que ocultaba su rostro representaba tan bien el semblante de un cadáver rígido, que el análisis más minucioso difícilmente hubiera descubierto el artificio. No obstante, todos aquellos locos alegres hubieran podido soportar, si no aprobar, aquella burda broma. Pero la máscara había llegado hasta a adoptar el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras estaban manchadas de sangre, y su amplia frente, lo mismo que los rasgos de su rostro, estaban salpicados del horror escarlata. Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre esta figura espectral —la que, con movimientos lentos, solemnes, enfáticos, como para mejor representar su papel, se paseaba por aquí y por allá entre los que bailaban, se le vio, en primer lugar, conmoverse por un violento estremecimiento de terror y de asco; pero un segundo después, su frente enrojeció de ira. —¿Quién se atreve —preguntó con voz ronca a los cortesanos que se hallaban junto a él—, quién se atreve a insultarnos con esa ironía blasfema? ¡Apoderaos de él y desenmascaradle! ¡Que sepamos a quién hemos de ahorcar en nuestras almenas al salir el sol! Era en la sala del este, o sala azul, donde se encontraba el príncipe Próspero cuando pronunció estas palabras. Resonaron fuerte y claramente a través de los siete salones, porque el príncipe era un hombre imperioso y robusto y la música había enmudecido a una señal de su mano. Era en la sala azul donde estaba el príncipe, con un grupo de pálidos cortesanos a sus lados. Primero, mientras él hablaba, hubo entre el grupo un leve movimiento de avance en dirección del intruso, quien durante un momento estuvo casi al alcance de sus manos, y que ahora, con paso deliberado y majestuoso, se acercaba más y más al príncipe. Pero, por cierto terror indefinible que la audacia insensata de la máscara había inspirado a todos los allí reunidos, no hubo nadie que pusiera la mano en ella, aun cuando, sin encontrar ningún obstáculo, pasó a dos pasos de la persona del príncipe; y en tanto que la inmensa asamblea, como si obedeciera a un solo movimiento, retrocedía del centro de la sala a las paredes, la máscara continuó su camino sin interrupción, con aquel mismo paso solemne y mesurado que la había singularizado desde el principio, de la sala azul a la sala púrpura, de la sala púrpura a la sala verde, de la verde a la anaranjada, de ésta a la blanca, y de la blanca a la violeta, antes de que nadie hiciera un movimiento decisivo para detenerla. Fue entonces, cuando el príncipe Próspero, exasperado de ira y de vergüenza por su momentánea cobardía, se lanzó precipitadamente a través de las seis salas sin que nadie lo siguiera, porque un terror mortal se había apoderado de todo el mundo. Blandía un puñal y se había aproximado impetuosamente a una distancia de tres o cuatro pasos del fantasma que se batía en retirada, cuando éste, llegado a la proximidad de la sala de los terciopelos, se volvió bruscamente y afrontó a quien lo perseguía. Sonó un grito agudo, y el puñal se deslizó relampagueante sobre la alfombra fúnebre, donde el príncipe cayó muerto un segundo después. Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, una multitud de máscaras se precipitó a la vez en la sala negra, y, asiendo al desconocido que se mantenía, como una gran estatua, rígido e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, se sintieron sofocados por un terror sin nombre, al ver que no había ninguna forma palpable bajo el sudario y la máscara. Todos reconocieron entonces la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y todos los convidados cayeron uno a uno en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la postura desesperada de su caída. Y 1a vida del reloj de ébano desapareció con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y las Tinieblas, y la Ruina, y la Muerte Roja tuvieron sobre todo aquello ilimatado dominio.
1. Introducción La música siempre ha desempeñado un papel importante en el aprendizaje y la cultura, pudiendo llegar a influir en costumbres y emociones. En muchas ocasiones la música forma parte de la tradición de un país o de una región (reggae, tango, folklore, rap, polka, salsa, samba, etc. En numerosas circunstancias se convierte la música en verdadera protagonista pudiendo serlo también los propios intérpretes o sus mismos autores. La música constituye un entramado complejo de sentidos; opera en las prácticas culturales de los jóvenes como elemento socializador y al mismo tiempo diferenciador de estatus o rol. Allá por los años 50 el "Rock and Roll" entró a formar parte de la historia de mano de su intérpretes más aplaudidos (Elvis Presley, Beatles, Rolling Stones). Desde entonces la música ha vivido cambios espectaculares, y la influencia que ha ejercido en todas las generaciones, de forma especial en los adolescentes, siempre ha supuesto una fuente de preocupación para la sociedad y las familias. Desde ya que no se intenta decir que la música solamente ha modificado a la sociedad. La sociedad, en general, ha visto modificados muchos de sus valores, primando en la actualidad el éxito y la competencia, la eficacia y el rendimiento, el poder del dinero, el bienestar y el ocio, el estatus social y la belleza. La eclosión de los medios de comunicación y, en especial, de la televisión, ha marcado notablemente la vida social. La música juega un papel importante en el refuerzo de este tipo de valores. Se intentará desentrañar los procesos invisibles que convierten a la música en una herramienta de implantación de valores, y generadora de conducta. Esta monografía se propone analizar el impacto que desarrolla la música sobre los adolescentes y jóvenes, y en la sociedad en general, desde los puntos de vista antropológico, sociológico y psicológico. Por tal motivo, es necesario primero definir cada una de estos puntos de vista, para acotar el campo de cada uno de ellos. Antropología Literalmente significa estudio del hombre, y es una rama de la ciencia que trata la evolución y el desarrollo de la especie humana. La antropología cultural, también conocida como etnología, trata de las actividades del hombre, más que de sus características corporales. Incluye el estudio de aspectos tales como la familia, la vida tribal o comunitaria, las costumbres, la crianza de los niños, los grupos de liderazgo y las creencias mágicas y religiosas. Psicología Es la rama de la ciencia que se ocupa de la mente y la conducta del hombre y de los animales. Los psicólogos investigan temas como los siguientes: cómo aprenden los seres vivos a realizar diversas actividades, cómo resuelven los problemas que se les plantean, qué los impulsa a hacer las cosas, cómo trabajan los sentidos, etc. Sociología Es el estudio de las estructuras sociales y centra ese estudio en la estructura de la familia, el Estado, los grupos religiosos y las clases sociales. Estudia los cambios de las creencias y las costumbres sociales de la gente y procura pronosticar cuáles serán los cambios en la sociedad en el futuro. 2. "Dime qué escuchas y te diré quién eres" Se sabe que los jóvenes construyen su identidad con el vestuario, el peinado, el lenguaje, así como también con la apropiación de ciertos objetos emblemáticos, en este caso, los bienes musicales, mediante los cuales, se convierten en sujetos culturales, de acuerdo con la manera que tienen de entender el mundo, y de vivirlo, de identificarse y diferenciarse. Los jóvenes se constituyen en grupo. Los amigos son el núcleo donde se generan los patrones de conducta que se le propone seguir al adolescente. El deseo de ser independiente de la familia lo va a suplir con la dependencia de un grupo. Allí se escogerán los significados sociales que atribuyen a los bienes culturales que consumen. El consumo cultural los identifica y los cohesiona, les dicta patrones de conducta, códigos, formas de aprendizaje, inclusive su lenguaje se arraiga en los objetos que consumen. En definitiva, se establece un sistema de creencias. Los miembros del grupo actúan siguiendo estas creencias. En los grupos en los cuales, el elemento de cohesión, es la música, las creencias se generan a partir de ella. Ella es la que determina la forma de vestirse, de peinarse, de moverse, la forma de hablar. Este conjunto de creencias construye la identidad de ese grupo de pertenencia. No es casualidad que la población más joven, aquella que inicia sus propios procesos de conformación de identidad, sea la que muestra mayor nivel de compra de material discográfico, porque les es preciso poseer una serie de bienes culturales para formar parte de la comunidad cultural. Ahora, ¿qué es lo que lleva a los individuos a adoptar estas creencias en común? ¿Cuál es la amenaza a la que se ven enfrentados, y que resulta en este "acuerdo" de creencias? Quizás sea la intención de ser alguien en esta sociedad de masas. En un mundo que tiende a la homogeneidad extrema, la música parece ser el última salida donde mostrar una diferencia. Ser original, independiente o rebelde, e ir contra la corriente. Quizás sea buscar una identidad diferente a la de sus padres, o quizás, solo ocupar el tiempo libre, o ahogar el sentimiento de soledad, y encontrar un grupo de personas en el que ampararse ante las exigencias del sistema. El hecho es que una de las actividades que más realizan los adolescentes es escuchar música. La música une a individuos de puntos muy diferentes de la sociedad. Desde un neohippie belga con un anillo en la nariz, hasta un breakdancer de Tokio, con trenzas rasta y vaqueros anchos. Personas que no se encuentran próximas en el espacio social, pueden de esta manera, encontrarse e interactuar, por lo menos brevemente, teniendo algo en común. La música es a la vez, estilo de vida, vínculo social y fuerza espiritual. Orienta a los jóvenes en su búsqueda de autonomía y les brinda un medio de expresión. Esto no es ignorado por las compañías discográficas, que tienen bien en claro su mercado, particularmente juvenil. Este tipo de industria ha aprendido que la pertenencia a la nueva comunidad de valores culturales pasa necesariamente por la posesión, conocimiento y dominio de bienes simbólicos específicos, uno de los cuales gira alrededor de la música y sus productos. En muchos países, la participación de la industria musical en la economía alcanza grandes proporciones, llegando a ser un pilar importante en varias naciones. Por esta razón, resulta lógica la preocupación por buscar, mantener y ampliar un mercado de consumidores. En este proceso, conocer y a su vez moldear, pero también amoldarse a las preferencias musicales de los jóvenes, tiene un papel imprescindible en las estrategias de las empresas. Para esto, los medios juegan un papel muy importante, ya sea para reforzar esta idea de que para pertenecer, es necesario tener, como también, para generar nuevos mercados, atribuyendo diferentes valores a la música, que son ajenos a ella. Por lo tanto, la música tiene un aspecto sociológico. Ella es parte de la superestructura cultural, producto de las clases sociales, pero también de los medios de producción. La sociedad genera la música como su producto cultural. A su vez, ese producto modifica a la sociedad misma, porque la agrupa de diferentes maneras, genera grupos de pertenencia, produce alienación, implanta valores, ideales, los difunde, genera modelos e ídolos, inserta nuevos actores sociales, se generan nuevas creencias, todo con la consecuente resignificación de la música, formándose un ciclo de constante resignificación. Temas que antes no se trataban, como la delincuencia, las drogas, el alcoholismo, el sexo precoz, se suman a la lista de temas que sí estaban presentes en las letras de las canciones, como el satanismo o la violencia. Aquí entra en juego la fase psicológica de la música, que veremos más adelante. Pero no solo la estructura social es la que manipula la música. Los medios de producción también lo hacen, y no solo con la música, sino que la sociedad es moldeada para que consuma ciertos productos, a otros los considere de baja calidad. La industria discográfica es parte de los medios de producción. Y por lo tanto, la música es la materia prima con la que trabajan. ¿Puede la música afectar a los medios de producción, como lo hace con la estructura social? Solo hace falta recordar el combate de las grandes discográficas contra la piratería en Internet. Y si bien, en esta cuestión intervienen otros factores, como los sistemas informáticos, el producto comercializable es la música, y es lo que hace temblar a las discográficas, mientras las ventas continúan bajando poco a poco. La música produce también un impacto psicológico. Es decir, no solo produce cambios en las conductas del hombre, y en la sociedad, sino que también hay cambios internos. ¿Porqué es que la música gusta y atrae? Para contestar esta pregunta, se podría definir primero qué tipo de impacto es la música, a dónde apunta, ¿a la memoria genética, a los valores, a los juicios o a la opinión?. Seguramente en la memoria genética debe haber un lugar para la música. Así como el fuego convoca, es posible que la música también tenga algún efecto similar. Si esto fuera así, se estaría modificando toda la estructura psicológica interna, porque si la memoria genética y los impulsos primarios son los puntos más estables, estos modificarían todos los demás segmentos, y se estaría comprobando que la música tiene una muy alta influencia en las vidas humanas. Ahora, si la música apuntara a impactar en los valores, el efecto sería menor, aunque igualmente tendría una gran importancia. Como estos valores son profundamente formativos, seguramente tendrían mucho más importancia en edades tempranas, en donde, la música podría llegar a determinar la idea del bien y el mal, del honor, de la moral, y quedando estos valores implantados en el individuo. Luego, si la temática de la música se dirigiera a estos valores, entonces seguramente habría por parte del individuo una identificación, con el consecuente refuerzo de los mismos. La música también podría impactar en los juicios, y es probable que así sea, ya que los juicios son adquiridos y culturales, y por lo tanto, su efecto sobre el individuo sería menor. O simplemente producir opiniones en la gente. Parecería en esta instancia que se podría explicar la influencia de la música sobre los individuos diciendo que ésta golpea en lo más profundo del individuo, y por lo tanto lo afecta como se ha visto. Pero también se ha podido ver que hay otros factores que intervienen en este poder que tiene la música para cautivar a la gente. 3. Conclusión Por todo lo visto hasta aquí, la música tiene un efecto amplio en las vidas, y en nuestra sociedad. Es un gran instrumento de manipulación, y produce en los oyentes diversas consecuencias. Sociológicamente, se produce una constante resignificación de la música, y una reestructuración de la estructura social. También hay posibilidades de que la música, como mercancía, modifique en alguna medida la infraestructura social. En el interior de las personas puede determinar conductas, por instalación de valores. O simplemente, producir opiniones. Y genera grupos de pertenencia, creencias e identidades. Ya advertía la Biblia del poder de la música: "...poniendoos entendimiento, los unos a los otros con salmos, himnos y cánticos nuevos..."(Colosenses 3:16). Fuente : Monografias ToxiMaxe

Edgar Allan Poe - El Barril de Amontillado Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga. Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida. Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de estos. Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento. —Querido Fortunato —le dije en tono jovial—, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas. —¿Cómo? —dijo él—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval! —Por eso mismo le digo que tengo mis dudas —contesté—, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión. —¡Amontillado! —Tengo mis dudas. —¡Amontillado! —Y he de pagarlo. —¡Amontillado! —Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. El es un buen entendido. El me dirá... —Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez. —Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted. —Vamos, vamos allá. —¿Adónde? —A sus bodegas. —No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi... —No tengo ningún compromiso. Vamos. —No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre. —A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado. Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas. Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors. El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas. —¿Y el barril? —preguntó. —Está más allá —le contesté—. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva. Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez. —¿Salitre? —me preguntó, por fin. —Salitre —le contesté—. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos? —¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...! A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos. —No es nada —dijo por último. —Venga —le dije enérgicamente—. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi... —Basta —me dijo—. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos. —Verdad, verdad —le contesté—. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad. Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo. —Beba —le dije, ofreciéndole el vino. Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron. —Bebo —dijo— a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro. —Y yo, por la larga vida de usted. De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino. —Esas cuevas —me dijo— son muy vastas. —Los Montresors —le contesté— era una grande y numerosa familia. —He olvidado cuáles eran sus armas. —Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón. —¡Muy bien! —dijo. Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo. —El salitre —le dije—. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos... —No es nada —dijo—. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc. Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender. Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco. —¿No comprende usted? —preguntó. —No —le contesté. —Entonces, ¿no es usted de la hermandad? —¿Cómo? —¿No pertenece usted a la masonería? —Sí, sí —dije—; sí, sí. —¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón? —Un masón —repliqué. —A ver, un signo —dijo. —Éste —le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil. —Usted bromea —dijo, retrocediéndo unos pasos—. Pero, en fin, vamos por el amontillado. —Bien —dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo. Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París. Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban. En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo. —Adelántese —le dije—. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi... —Es un ignorante —interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí. En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto. —Pase usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano. —¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro. —Cierto —repliqué—, el amontillado. Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior. Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás. Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse. Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía: —¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je! —El amontillado —dije. —¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos. —Sí —dije—; vámonos ya. —¡Por el amor de Dios, Montresor! —Sí —dije—; por el amor de Dios. En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz: —¡Fortunato! No hubo respuesta, y volví a llamar. —¡Fortunato! Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!
Jorge Guinzburg Jorge Ariel Guinzburg (Buenos Aires, 3 de febrero de 1949 - 12 de marzo de 2008), fue un periodista, humorista, productor teatral y conductor de televisión y radio argentino. Trayectoria Se crió en el barrio porteño de Flores. Terminó la escuela secundaria en 1966 junto con Carlos Abrevaya (1949 - 8 de julio de 1994). En 1967 iniciaron la carrera de Derecho y más tarde la de Filosofía, «abandonando las dos carreras, como corresponde». En 1971, buscando algo creativo para hacer, terminaron ambos como libretistas de Juan Carlos Mareco (quien quería dejar de ser el simpático presentador «Pinocho»). Luego fueron libretistas de Fontana Show (con Cacho Fontana). En 1972 entraron al staff de la revista Satiricón. «Él era muy joven; vino con otro chico, Jorge , en el 72 diciendo que eran “chisteros”. Al poco tiempo empezaron a trabajar. Eran geniales, simpáticos y buenas personas», cuenta el escritor Carlos Ulanovsky. En 1977 ambos comenzaron a publicar la tira cómica «Diógenes y el Linyera» en el diario Clarín (con dibujos de Tabaré). En 1978 entraron en la revista Humor. En 1982, cuando Tato Bores reapareció en la pantalla chica, el dúo se encargó de escribir los libretos del «actor cómico de la nación». El 2 de abril de 1984 inauguraron el programa de radio En ayunas, que duró hasta diciembre de 1988. Desde su irrupción en 1986, La noticia rebelde se convirtió en un programa de culto, con alto rating. En aquella época -primavera alfonsinista- decían no tener rivales "salvo Nuevediario, nuestra competencia". En una emisión de La noticia rebelde de 1988 declaró: "Las mejores ideas son sencillamente irrealizables, no tanto por falta de medios sino porque no se nos ocurre cómo hacerlas". Sus comentarios en La noticia rebelde eran sutiles e incisivos, y cambiaron las reglas de contar en tele. Un problema de asma desde su juventud, lo llevó a hacerse psicoanalizar. A partir de su experiencia personal durante las sesiones de psicoanálisis, publicó una columna dominical en el diario porteño Clarín titulada «Desde el diván» donde relataba y analizaba la realidad. Su análisis duró más de treinta años. En el año 2006 publicó el libro Sesiones extraordinarias (desde el diván) que reune sus columnas publicadas. En radio, creó más de veinte programas entre los que se encuentran: * En ayunas (en conjunto con Carlos Abrevaya) * El ventilador * Vitamina G. Se desempeñó en varias agencias de publicidad, actividad que le redituó varios premios. En teatro creó, dirigió, produjo y/o protagonizó diversas obras: * Gracias por venir (productor), con Moria Casán. * La era del pingüino (que tuvo la mayor recaudación del verano en 2007 en Villa Carlos Paz). * "Planeta Show", en Villa Carlos Paz, nuevamente primera en recaudaciones de la temporada veraniega de 2008 en esta ciudad. En gráfica trabajó en las famosas revistas Satiricón y Humor. Además, fue guionista, junto a Héctor García Blanco, de la tira cómica «Diógenes y el linyera» en el mismo diario Clarín. En televisión, fue autor, conductor de numerosos ciclos humorísticos y periodísticos: * Semanario insólito * La noticia rebelde * Peor es nada * tres tristes tigres del trece * Guinzburg & Kids * El legado * El legado kids * La Biblia y el calefón * Mañanas informales (en Canal 13). En una de las emisiones de este último programa el conductor perdió una apuesta y tuvo que afeitarse el bigote en cámara, después de 30 años llevándolo consigo. Todo comenzó el 23 de marzo del 2007 cuando Gastón Recondo (columnista deportivo del programa) manifestó estar cansado de sus kilos de más (96, 8 kg) entonces decidió ponerse a dieta. Prometió que el viernes 4 de mayo, día de su cumpleaños, iba a pesar 83 kg o menos. Jorge, sin creer que Recondo logre su cometido, le dijo: «Si vos pesás 83 kilos o menos, yo me saco el bigote». Luego de corroborar que Recondo había logrado su objetivo, tuvo que cumplir con lo pactado. Sus filosas entrevistas fueron uno de los puntos más reconocidos de su trayectoria y le valieron el mote de «enano maldito», por su baja estatura y su rol implacable a la hora de preguntar lo que fuera necesario. Nominaciones * Premios Martín Fierro 2006 o Mejor labor en conducción masculina (por Mañanas informales). * Premios Martín Fierro 2007 o Mejor labor en conducción masculina (por Mañanas informales). Nominación posterior a su muerte. Fallecimiento Jorge Guinzburg falleció el miércoles 12 de marzo de 2008 después de las 10:30 h (hora de verano de Argentina [GMT -2]), luego de haber sido internado en la clínica Mater Dei seis días antes por la fractura de una vértebra. Tenía 59 años de edad, y estaba afectado por una enfermedad pulmonar (un derrame pleural y una neumonía generados a partir de un cáncer pulmonar). Si bien desde hacía mucho tiempo sufría esta enfermedad y la gran mayoría de personas y periodistas que trabajaban en los medios de comunicaciones lo sabían, nunca nadie informó sobre esto, ya que el no lo quería decir. A fines de 2007 en una entrevista con el periodista Samuel "Chiche" Gelblung, éste le pregunto sobre su enfermedad y Jorge sólo contestó que tenía una infección pulmonar pero nunca quiso decir que padecía de cáncer. Se encontraba internado en el sanatorio Mater Dei en Buenos Aires. Guinzburg falleció 4 días antes del comienzo previsto para la cuarta temporada del exitoso programa Mañanas informales. La señal de noticias del Grupo Artear, TN, el canal Volver y Canal 13 al igual que en la oportunidad cuando falleció el periodista Mario Mazzone y el cronista policial Enrique Sdrech, lució un lazo negro sobreimpreso en el margen superior derecho de la pantalla. Imagenes De mi parte En dos palabras, Jorge Guinzburg era : "Un Genio". Se lo recuerda con mucho, muchisimo aprecio. Se recuerda todas las mañanas en las que te hacia reir, se recuerda la Biblia y el Calefon, y mas programas que son inolvidables. La verdad se extraña muchisimo. Sigo mirando Mañanas Informales porque creo que es lo unico que safa a la mañana pero ya no es lo mismo. El programa el año pasado era lo mejor. La verdad me puso muy triste hacer este post porque es una pena que haya fallecido una gran estrella como el, pero no se puede regresar en el tiempo, ¿O si? Ojala se pudiera. Jorge Ariel Guinzburg se te extraña muchisimo, muchisimo. Por lo menos de mi parte, se te extraña. Fuente Gracias