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Austerity in the U.K. Por: Theodore Dalrymple Este artículo fue escrito antes de los disturbios de la semana pasada en Inglaterra, pero supongo que el autor no le cambiaría ni una coma por ellos. Traducido por mí. Gran Bretaña descubre que reducir el tamaño del gobierno es mucho más difícil que aumentarlo. En Gran Bretaña, el gasto gubernamental es tan alto, representando más de la mitad de la economía, que cada vez es más difícil distinguir entre el sector privado y el público. Muchas empresas supuestamente privadas son tan dependientes de la generosidad del gobierno como si fueran beneficiarios de la asistencia social, y gran parte del dinero con que el gobierno les paga, es prestado. El déficit de la nación en el presupuesto 2010, a raíz de la crisis financiera, fue del 10,4 por ciento del PIB, después de haber sido un 12,5 por ciento en 2009, incluso antes de la crisis, el país logró equilibrar su presupuesto solo durante 3 de los últimos 30 años. Los déficits son como la adicción al tabaco: difíciles de abandonar. Se pueden cortar sólo a costa de auténticas dificultades, para las muchas personas que se han convertido en dependientes de ellos para su subsistencia. Por lo tanto los síntomas de abstinencia es probable que sean graves, y la dureza es siempre es políticamente peligrosa de infligir, incluso cuando se trata de un correctivo necesario a los excesos anteriores. Esto es lo que Gran Bretaña enfrenta hoy. Para algunos políticos, acumular déficits no es un problema sino una ventaja, ya que al hacerlo se crea una población permanente esclava de ellos por los favores de la que vive. Los políticos son así como los traficantes de drogas, aprovechadores de la dependencia de su clientela, sin embargo en una escala incomparablemente mayor. Los socialdemócratas suecos entendieron hace mucho tiempo que si más de la mitad de la población llega a ser económicamente dependiente del gobierno, ya sea directa o indirectamente, ningún gobierno de ningún partido podrá cambiar la situación. No fue un simple sistema de partido único que los socialdemócratas buscaron, sino un sistema de política única, y casi lo lograron. Para los países que operan como un sistema de política única, sobre todo tan malamente como Gran Bretaña lo hace, la realidad económica administra choques desagradables de vez en cuando, lo que requiere acciones gubernamentales. Cuando el nuevo gobierno de coalición, liderado por David Cameron de los conservadores y Nick Clegg, de los demócratas liberales, llegó al poder el año pasado, la situación económica era catastrófica. El déficit fiscal era enorme, el país tenía un déficit comercial exterior grande, su población se encontraba entre las más endeudados del mundo, y la tasa de ahorro era nula. El margen de maniobra, por lo tanto era muy limitado. Los años anteriores del oro de los tontos (inflación de activos provocado por el crédito barato) había permitido al gobierno laborista ampliar enormemente el gasto público, sin dañar la prosperidad aparente. Gordon Brown, laborista, Ministro de Hacienda desde 1997 hasta 2007 y después Primer Ministro durante tres años, se jactaba de que había encontrado el elixir de crecimiento: su auge, a diferencia de todos los demás en la historia, no seguiría una caída. Durante los años de Brown en el cargo, sin embargo, tres cuartas partes de los nuevos puestos de trabajo de Gran Bretaña fueron en el sector público, una quinta parte de ellos en el Servicio Nacional de Salud. El gasto en educación y salud se disparó. La economía de muchas zonas del país se volvió tan dependiente del gasto público que se convirtieron en partes de una Unión Soviética con supermercados. Gran Bretaña estaba viviendo con dinero prestado, el consumo de hoy lo tendría que pagar mañana, pasado mañana, y también el día después, la deuda nacional aumentó a un ritmo sin precedentes en tiempos de paz, y cuando la música se detuvo, el Estado se encontró con obligaciones sin precedentes y sin posibilidad de pagarlas. Sin reformas agresivas, estaba claro, Gran Bretaña pronto tendría que impagar su deuda o corromper su moneda. Ambas alternativas llenas de terribles consecuencias. Al final, el nuevo gobierno decidió atacar el déficit por los dos extremos: reduciendo el gasto y subiendo los impuestos. Como muchos comentaristas señalaron, este enfoque corría el riesgo de una reducción de la demanda agregada tan grande que a corto plazo el crecimiento sería imposible y habría una recesión prolongada, incluso una depresión sería muy probable. La demanda interna se desplomaría, y crecimiento de las exportaciones, como muchos temían, no sería capaz de rescatar a la economía, por dos razones: en primer lugar, la industria de Gran Bretaña estaba debilitada en tal manera que su competitividad en los mercados sofisticados que no se podría restaurarse de un día para el otro por una devaluación y, segundo, los mercados tradicionales de exportación del país estaban experimentando sus propias dificultades. Pero el argumento económico general no fue lo que alimentó las fuertes protestas de intelectuales y de la calle que en los últimos meses se han opuesto a los esfuerzos del gobierno para reducir el déficit, esfuerzos hasta la fecha más simbólicos que reales, de hecho las necesidades de financiamiento del Estado sólo han aumentado desde la llegada de la coalición en el poder. Tampoco fueron las protestas en contra de la subida de impuestos. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los británicos se han acostumbrado a la idea de que el dinero en sus bolsillos es lo que el gobierno acepta amablemente dejarles después de que ha tomado su parte. Cuando (como rara vez ocurre) el Ministro de Hacienda reduce un impuesto en lugar de aumentarlo, incluso los periódicos conservadores dicen que ha "dado dinero" como si todo el dinero saliera de él en primer lugar. Si la riqueza es del gobierno, para quienes creen esto, ningún aumento de impuestos les va a parecer o bien ilegítimo u opresivo. . Lo que provocó la furiosa oposición fue la propuesta del gobierno para reducir el gasto en áreas como educación y salud, así como su plan para aumentar las cuotas en las universidades públicas. Cientos de miles de manifestantes, integrados mayoritariamente por trabajadores públicos y estudiantes, se reunieron en las calles de Londres. Uno de los manifestantes, Charlie Gilmour, se hizo famoso, hijo adoptivo del guitarrista de Pink Floyd que tiene una fortuna personal estimada en $ 160 millones, era la imagen misma del anarquismo caviar. Vestido costosamente de negro y con botas haciendo juego, con sus rizos oscuros flotando poéticamente al viento, pisoteó los techos de los coches y tomó por asalto el Cenotafio, el monumento más importante de Londres. Más tarde, afirmó no haberse dado cuenta de que monumento era, aunque él es un estudiante en Cambridge, de historia nada menos, y que tendría que ser analfabeto o ciego para no ver las palabras inscritas en el monumento. Su arrepentimiento y la aparición en la corte de traje y corbata, en un intento de evitar una pena de prisión, ofreció algo de divertimento a la nación en estos momentos tan difíciles. Imagen de Charlie Gilmour -balanceándose en la bandera británica- que circula por internet, donde las palabras grabadas en el Cenotafio han sido reemplazadas por: Una sentencia de 16 meses, Charlie? JAJAJAJA. Fue condenado en julio a 16 meses de prisión, que ya los está cumpliendo, por una figura penal discutida equivalente al “desecrar los símbolos patrios”, pero la sentencia está en apelación y su padre debe estar pagando un buen abogado. Los estudiantes que se manifestaron tenían razón para estar enojados, pero su furia estaba mal dirigida. Solo protestaban contra la posibilidad de pagar por su educación, lo que los obligaría a ellos o a sus padres a considerar el difícil pero importante dilema de si la educación universitaria que reciben vale la deuda que contraen. ¡Qué fácil es inscribirse en la universidad sin tener que considerar asuntos tan sórdidos, o hacer cálculos tan difíciles, porque el Estado -es decir los contribuyentes- te subsidian! De hecho, los jóvenes británicos han sido víctimas de un engaño grave, que si lo reconocen, les enojaría mucho mas que a los manifestantes. El anterior gobierno decretó que el 50 por ciento de los jóvenes británicos deberían asistir a la universidad, independientemente de los logros educativos de los alumnos o de la capacidad de la economía para hacer uso de tantos graduados. De este modo, se duplicó el gasto público en educación en tan sólo ocho años. Esta planificación centralizada tuvo un efecto predecible: los niveles de la enseñanza universitaria y la educación media se redujeron significativamente. Mientras que el número de graduados estaba en expansión, los empresarios se quejaban de que los jóvenes británicos son cada vez menos capaces de escribir una frase sencilla correctamente o hacer operaciones aritméticas básicas. Para los estudiantes, sin embargo, la connotación de la educación universitaria no está a la altura de su denotación: o sea en otras palabras, aunque la educación se redujo en calidad, los estudiantes se sentían con derecho a las mismas ventajas que había logrado los viejos graduados cuando la educación era mejor. Los graduados se quejaban de los empleos humildes que tenían que aceptar después de la universidad, que personas que no habían ido a la universidad una vez desempeñaron satisfactoriamente. No fue una sorpresa, entonces, que cuando a los estudiantes se les pidió financiar su retraso de maduración por sí mismos, estallaran en cólera. Ellos vieron la reforma no como un intento de alinear la educación con las necesidades y capacidades de la economía real, haciendo que los estudiantes cuestionen el valor de la educación y obligando a las universidades a que ofrezcan algo de valor real, sino como un medio de restringir el acceso a la educación y hacerla solo para ricos, a pesar de que el préstamo total necesario para obtener una educación universitaria, supuestamente una ventaja para toda la vida, seguiría siendo una fracción del costo de una hipoteca media. La mayor manifestación en contra de las propuestas del gobierno fue el 26 de marzo. Un cuarto de millón de personas tomaron las calles en solidaridad con… ellos mismos. Muchos eran maestros en protesta por la propuesta de recortes en el gasto educativo. Sin embargo, después de una enseñanza obligatoria que dura 11 años y un costo, en promedio, de $ 100.000 por alumno, aproximadamente una quinta parte de los estudiantes británicos que no asisten a la universidad después de la escuela, apenas son capaces de leer y escribir, de acuerdo con un reciente estudio de la Universidad de Sheffield. Teniendo en cuenta las desastrosas consecuencias personales de ser analfabeto en una sociedad moderna, esto es un escándalo descomunal, un robo a gran escala hecho por las autoridades educativas. Sin embargo, ningún anarquista nunca rompió una ventana a causa de este escándalo por lo que es imposible resistirse a la conclusión de que la manifestación fue en defensa de salarios no merecidos, no (como se alega) de servicios reales que vale la pena defender. Marcha del 26 de marzo contra los recortes proyectados. Los manifestantes también protestaban contra los recortes propuestos del Servicio Nacional de Salud. El aumento acumulado del gasto en el SNS desde 1997 hasta 2007 fue igual a un tercio de la deuda nacional. Después de todo este gasto, el Reino Unido sigue siendo lo que siempre ha sido, por lejos el país más desagradable en Europa occidental en el que estar enfermo, especialmente si uno es pobre. No por casualidad, el sistema de salud de Gran Bretaña sigue siendo el sistema más centralizado, mas parecido al de la Unión Soviética que al resto del mundo occidental. Nuestras tasas de infección postoperatoria son las más altas de Europa, nuestra tasa de supervivencia al cáncer, de la mas bajas. El abandono de los pacientes hospitalizados de edad avanzada es tan común que es prácticamente una rutina. Uno tiene la impresión de que incluso si hubiéramos dedicado nuestro PIB total a la Seguridad Social, las personas de edad todavía serían abandonadas a la deshidratación en los hospitales. De 1997 a 2007, el número de personas empleadas por el SNS aumentó en un tercio, con la duplicación del número de médicos que trabajan en ella y un aumento de salarios del 50% promedio. Sin embargo, se hizo cada vez más difícil para los pacientes ver al mismo médico dos veces, incluso durante un mismo ingreso hospitalario. El nivel de formación médica se redujo, de acuerdo con el 99 por ciento de los cirujanos en formación, mientras que los cirujanos superiores admitieron que ellos no querrían que sus alumnos operen en ellos, y una investigación del gobierno descubrió que la productividad en el SNS, que por cierto no es fácil de medir, había disminuido notablemente. Dondequiera que se mire el sector público se expandió, y se encuentra lo mismo: un tremendo aumento en los salarios, las pensiones y gratificaciones para los que trabajan en ella. En Manchester, por ejemplo, el número de empleados municipales que ganan más de $ 85,000 al año (un sueldazo en cualquier país del mundo) pasó de 68 a 1.746 entre 1997 y 2007. En efecto, se creó una gran nomenklatura del servicio público, con el propósito, o al menos cuyo último objetivo, fue establecer una inmensa red de clientelismo y de obligación recíproca: una red fácil de instalar, pero difícil de desalojar ya que los encargados de eliminarla serían las personas que más se benefician de ella. Uno de los regalos del gobierno laborista a los empleados públicos fue pensiones excesivamente generosas. Mientras Gordon Brown elevó los impuestos a las pensiones financiadas por el ahorro privado, aumentó las pensiones de los trabajadores del sector público. En muchos casos, estas pensiones del gobierno, si no hubieran sido pagados con los ingresos fiscales actuales y (en un grado cada vez mayor) el endeudamiento, habrían requerido billones para crear los fondos de pensión. En otras palabras, Brown fue un Bernard Madoff con poderes para crear impuestos. Dejo a los lectores decidir si eso lo hace mejor o peor que Madoff. La prensa usualmente defiende el sector público, viéndolo como una expresión de la voluntad general y una manifestación de una sociedad racionalmente planificada, a cargo de trabajadores desinteresados. Así, fueron rápidos para advertir de las peores consecuencias posibles de las medidas de austeridad de Cameron: sobrepoblación escolar, muertes innecesarias en hospitales, disminución o desaparición de servicios sociales. Según ellos, en las calles correría sangre y la pobreza masiva volvería. Por desgracia, no se deduce de la existencia de un enorme derroche en el sector público que los recortes presupuestarios se centrarán en esos derroches. Después de todo, la mayoría de los excesos son en los salarios, precisamente, el elemento del gasto público que los responsables de las reducciones propuestas estarán mas ansiosos de preservar. Por lo tanto, es su interés de que cualquier reducción del presupuesto afecte de manera desproporcionada el servicio que es su propósito fundamental proporcionar: aparecerán casos de severas privaciones, los medios de comunicación los propalarán a todo volumen, y el público culpará a los recortes en el gasto y forzará al gobierno a volver a la situación anterior. Otra ventaja de reducir los servicios en lugar de los excesos, desde la perspectiva del empleado público, es que hace que parezca que el presupuesto era ya un modelo de frugalidad, de carne pegada al hueso y no grasa. Todo se ha visto antes, cuando se hicieron necesarios recortes en el presupuesto del Servicio Nacional de Salud como periódicamente se hace. Se cerraron salas, pero los ahorros logrados fueron mínimos debido a que la legislación laboral requiere que el personal-el mayor costo del sistema- deba conservarse. Se cancelaron intervenciones quirúrgicas también, aunque de nuevo, el personal se mantuvo. Por efecto de los ahorros hechos de esta manera, el sistema se vuelve cada vez más ineficiente e improductivo. Era como si la burocracia hubiera revertido el grito de la gente al principio del libro Sylvie & Bruno de Lewis Carrol, "¡Mas pan, menos impuestos! ", sustituyéndola por" ¡Mas impuestos, menos pan!" Por lo tanto, no es de extrañar que The Guardian, que casi se le podría llamar el “vocero de los empleados públicos", ha informado de que los departamentos de emergencia de los hospitales ya están sintiendo la presión presupuestaria y el riesgo de ser abrumados, incluso antes de que los recortes se hayan implementado. Mientras tanto, todavía se pueden encontrar un montón de puestos de trabajo burocráticos anunciados en el Servicio de Salud Diario, la publicación de los empleados no-médicos del SNS. Un hospital busca un Director Adjunto de los Derechos de la Igualdad y Diversidad, y otra, en busca de un director interino adjunto de Operaciones y Transformación. Parte de la "transformación" en este caso parece ser una reducción en el presupuesto del hospital, y es instructivo que la persona que solo será el segundo al mando de esa reducción cobrará entre $ 1.000 y $ 1.300 por día. El legado del anterior gobierno de Gran Bretaña, que expandió el sector público en forma incontinente, es, pues, un conflicto casi marxista de clases, no entre ricos y pobres (muchas de las personas en el servicio público están bien acomodadas por cierto), sino entre los que pagan impuestos y quienes los consumen. En este conflicto, un lado está obligado a ser más militante y más despiadado que el otro, ya que los impuestos se incrementan progresivamente, y todo el mundo se va acostumbrando a ellos, pero los trabajos se pierden forma instantánea y catastrófica, con las peores consecuencias personales. Así que aquellos que se oponen a los aumentos de impuestos y favorecen la reducción del gobierno rara vez se comportan de manera tan agresiva como los que van a sufrir personalmente de las reducciones presupuestarias. Por otra parte, cuando, como en Gran Bretaña, zonas enteras han vivido de la caridad del gobierno durante muchos años, con millones que dependen de ella para casi cada bocado de comida, cada pieza de vestido, cada momento de distracción de la televisión, un simple sentido común de humanidad previene contra la alteración abrupta del sistema. La extrema dificultad de la reducción de las subvenciones una vez se les ha concedido debería servir como una advertencia contra la institución de ellas en primer lugar, pero Gran Bretaña, al parecer, nunca aprenderá. Parece que estamos atrapados en un ciclo eterno, en el que un período de excesos de gastos gubernamentales y de intervencionismo lleva a una crisis económica y por lo tanto, a un período de austeridad, que una vez que se consolida, se sustituye por un nuevo período de gobierno de gastos excesivos, promovido por políticos, medio charlatanes y medio profetas de auto-engaño, que prometen al electorado el sol, la luna y las estrellas. . Cuando nuestro nuevo gobierno llegó al poder después de un período en la oposición durante el cual -por temor a la impopularidad- falló en explicar la situación fiscal real a los electores aunque había una amplia aceptación a regañadientes, de que algo desagradable habría que hacer, de lo contrario, el Reino Unido pronto sería como Grecia pero sin la reconfortante luz del sol. Sin embargo, la aceptación fue sólo por motivos estrechos, y esto es preocupante ya que implica que estamos muy lejos de liberarnos del ciclo de atracones seguidos de austeridad. Una gran parte de la población todavía considera al Estado como proveedor de primera instancia, lo que significa que el público seguirá siendo lo que ahora es: el siervo de sus servidores públicos. Tan pronto como se supere la crisis, aunque esto no ocurrirá por algún tiempo, los políticos tenderán de nuevo a prometer seguridad pública y excitación, riqueza y ocio, educación y distracción, aumentos de capital sin la necesidad de ahorrar, salud y seguridad, felicidad y antidepresivos, y todos los desiderata de la existencia humana. El público les volverá a creer a los políticos, porque-para adaptar un poco el dicho del gran Louis Pasteur-las promesas políticas imposibles las cree solo la mente preparada. Y nuestras mentes han sido preparadas durante mucho tiempo, desde la época de los fabianos, al menos. Fabianos= Los fabianos, a diferencia de Karl Marx, que predicaba el cambio revolucionario, creen en la evolución gradual de la sociedad hacia el socialismo, y apuestan por el trabajo discreto y reformas graduales que, en su opinión, llevarán poco a poco al socialismo. La Sociedad Fabiana creada a fin del siglo XIX desapareció virtualmente en los años 30 debido a la controversia sobre como juzgar al Stalinismo, pero ha resurgido en los últimos años cuando los integrantes del laborismo británico se ven casi forzados a integrarla. Theodore Dalrymple, un médico inglés, es editor colaborador de City Journal. Su nombre verdadero es Anthony (A.M.) Daniels, ha trabajado toda su vida como médico y siquiatra en el este de África primero y en Inglaterra después, en el NHS (National Health Service, llamado SNS Servicio Nacional de Salud en el artículo), hoy está retirado y se dedica a la escritura. Fuente