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Zurdinga

Usuario (Argentina)

Primer post: 23 oct 2009Último post: 8 abr 2013
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La Mentira del Martin Fierro y El Chacho Peñaloza
La Mentira del Martin Fierro y El Chacho Peñaloza
InfoporAnónimo1/9/2011

La Mentira del Martin Fierro y El Chacho Peñaloza Muy pocos tienen presente que el mayor exponente de la literatura argentina y hablo de José Hernandez autor del Martín Fierro, tuvo su primera experiencia en la publicación de un folleto sobre la vida y el miserable asesinato del General Don Vicente Ángel Peñaloza "El Chacho". La historia liberal ha querido limitar y ocultar este explosivo relato que hiciera José Hernandez sobre el asesinato del Chacho Peñaloza, por obra y gracia de los unitarios Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, esté último muy conocido por su frase "las ideas no se matan", pero que no tiene mucha publicidad que también dijo "no trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes". Sarmiento ese miserable vende patria, alegaba que las ideas no se mataban, lo que en realidad había que matar era gauchos, y poblar el país con extranjeros. En la escuela se pude esneñar el Martín Fierro, pero del folleto del mismo José Hernandez sobre el asesinato del Chacho Pañaloza, nada se dice. En internet se podrá encontrar miles de copias del Martín Fierro, pero Ninguna de La Vida del Chacho. Siendo que el Martín Fierro está inspirado en la vida y la suerte del mismo Chacho Peñaloza. La historia escrita por Mitre y Sarmiento, siempre intentó minimizar a José Hernandez como un simple poeta gauchesco, cuando en realidad José Hernandez fué antes que nada pediodista e investigador. Es así con el mote de poeta, se lo redujo simplemente a autor del Martín Fierro y nada más. Si en las escuelas se leyera la Vida del Chacho y el Martín Fierro, veríamos a simple vista las ponzoñozas intenciones de Sarmiento al escribir su Facundo, para justificar y mitificar la zoncera argentina que advirtiera Jauretche de "Civilización y Barbarie". La guerra Civil entre Federales y Unitarios fué una guerra de exterminio, los porteños querían exterminar al gaucho, pues el gaucho no formaba parte de su idea de convertir Argentina en una pequeña europa y a Buenos Aires en una mini París. Es así como dirigieron todos sus esfuerzos a extirpar, decapitar y humillar, todos y cada uno de lo valores criollos y de los patriotas caudillos que los defendieron. Los inmundos unitarios derramaron rios de tinta para ocultar sus crímenes, y falsificar nuestra historia con el solo objeto de vanagloriar su memoria personal en monumentos, nombres de avenidas y hacer desaparecer de todo registro lo sucedido realmente. Fué una guerra a muerte y exterminio, y una vez exterminados los gauchos y sus caudillos que para la historia oficial eran la barbarie, los iluminados y civilizados unitarios, se dedicaron a esconder, ocultar, y justificar las masacres de argentinos que hicieron, y que siguen haciendo pero ahora no con fusiles y cañones sino por otros medios, pricnipalmente sometiendo a la Provincias económicamente al arbitrio y capricho del Gobierno de turno. Es por tal motivo que traigo para ustedes ese folleto ocultado por la hisotira liberal de Rivadavia, Mitre, Sarmiento, Roca y sus secuaces salvajes unitarios. VIDA DEL CHACHO ASESINATO ATROZ El General de la Nación D. ängel Vicente Peñaloza ha sido cosido a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabezade regalo, al asesino de Benavidez, de los Virasoro, Ayes, Rolin, Giménez y demás mártinres, en "Olta" en la noche del 12 actual. El General Peñaloza contaba con 70 años de edad, encanecido en la carrera militar, jamás tiñó sus manos en sangre, y la maldad del partido unitario, no tendrá que acusarle un solo acto que venga a empañar el valor de sus hechos, la magnimidad de sus rasgos, la grandeza de su alma, la generosidad de sus sentimientos y la abnegación de sus sacrificios. La historia tiene para el General Peñaloza, el lugar que debe ocupar el caudillo más prestigioso y más humano, y el guerrero más infatigable. El asesinato del Gral. Peñaloza es la obra de los salvajes unitarios; es la prosecución de los crímenes, que van señalando sus pasos desde Dorrego hasta hoy. Que la maldición del cielo caiga sobre sus bárbaros matadores. Los militares argentinos a quienes el General Peñaloza ha salvado la vida, rogarán por él. EL GENERAL PEÑALOZA HA SIDO DEGOLLADO. Rosario, Noviembre 23 de 1863 "Señor D. José hernandez. Mi estimado amigo: "Le escribo bajo la dolorosa impresión que ha causado en este Pueblo la trste noticia que tengo que comunicarle. "El General Peñaloza ha sido asesinado- El hombre a quien las balas de mil combates habían respetado, acaba de ser bárbaramente degollado, en su cama, y ¿por quien? Mi amigo, por un oficial de los salvajes unitarios, a quien él había salvado la vida no hacía mucho- La población está consternada con este suceso: no se puede Ud. imaginar el efecto que aquí ha producido, y sólo ahora han podido calcularse las inmensas simpatías que este decidido y patriota defensor de la causa de los Pueblos tenía entre nosotros- Voy a referirle a Ud. los detalles de ese horrendo crimen tal cual se conocen aquí. CONTINUARA ...

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Los Caudillos Argentinos Una Lanza Un Voto
Los Caudillos Argentinos Una Lanza Un Voto
InfoporAnónimo1/8/2011

Es casi innecesario aclarar que el título de este ensayo pretende asumir irónicamente la clásica antinomia de Sarmiento, aceptando la condición de la barbarie para los argentinos que en sus páginas aparecen; pero esta índole quedará, tal vez, como algo bastante discutible cuando el lector aprecie los documentos a través de los cuales se expresaron los caudillos aquí convocados. De todos modos, el rótulo de "bárbaros" puede ser aceptado provisoriamente para definir una línea histórica cuyos protagonistas no se singularizan tanto por esa supuesta condición sino más bien por el sentido federalista de su lucha, el recelo antiporteño de su pensamiento, el signo popular de su trayectoria y la impronta tradicionalista de sus personalidades. Va de suyo entonces que frente a estos personajes tradicionalistas, populares, antiporteños y federalistas se perfilan como contrafiguras quienes se caracterizan por ser centralistas, portuarios, minoritarios y renovadores. Pues si sólo a través de aquellas connotaciones puede generalizarse una línea integrada por figuras tan distintas como Artigas, Ramírez, Quiroga, El Chacho y Varela, es indudable que Rivadavia, Mitre, Sarmiento y los dioses menores del Olímpo liberal pueden también reconocerse en las pautas que hemos señalado para los "hombres de la civilización", de acuerdo con los términos de la antinomia sarmientina. La versión liberal de la historia no es otra cosa que la superestructura intelectual del programa de gobierno instaurado en el país después de Pavón. La generación de Mitre sabía que construir una Nación importaba algo más que poblar desiertos o levantan ciudades; se requería un contenido espiritual sustentado en el pasado argentino que armonizara con las nuevas pautas nacionales basadas en el orden, la autoridad legal, la cobertura jurídica de la propiedad, la prevalencia de una clase social y la postergación de las exaltaciones populares en aras de un proceso basado en el adelanto material. Ese contenido lo daba una versión ejemplar de nuestro pasado como la que forjaron Mitre, López y los que siguieron su escuela. Era una historia que prefiguraba todo lo que el régimen posterior a Pavón podía realizar, como esos cuentos infantiles donde el malo es castigado y el bueno recibe siempre su premio... La versión liberal de nuestro pasado mostraba que después de muchas peripecias, después de aventuras y contrastes, los buenos recibían su merecido galardón y los malos quedaban sepultados bajo el juicio condenatorio del país , después de haber estado a punto de triunfar. Era una versión simplista y maniquea, con hombres de orden y hombres de horda, con Olimpo y Averno, con bárbaros empeñados en sus propias pasiones y civilizados llenos de lucidez y sabiduría, derrotados a veces por las explosiones inorgánicas de un pueblo ignorante pero cuyo pensamiento renacía ahora a través de la obra de gobierno de sus continuadores. Mitre, López y sus seguidores propusieron e impusieron una coherente visión de nuestro pasado, apta para servir a la formación de un pueblo que empezaba a alear sus elementos vernáculos con los llegados de afuera; una historia ideal para las celebraciones escolares, los cromos conmovedores y la mitificación rápida de sus héroes y por supuesto la inevitable condenación de sus monstruos. A casi cien años de distancia pensamos que ese tipo de historia fue el que convino al país en ese momento. Pero una tal versión adolecía necesariamente de mayúsculas fallas, de omisiones fácilmente señalables, de manganetas y prestidigicaciones mentales que alguna vez tenían que denunciarse. Adolfo Saldías inició el ataque contra esa arquitecturación de nuestro pasado, en vida todavía de su máximo constructor. Después -y por más de medio siglo- se sucedieron las aportaciones con sentido revisionista; no todas con la grandeza y la vastedad de conocimientos que evidenciaron los primeros historiadores clásicos. Y también en este tipo de historiografía se cometieron excesos. Pero ahora la Argentina está preparada para asumir la verdad de su propia historia. No necesita anteojeras ni falsos pudores que le veden el conocimiento de las inevitables canalladas de todo proceso de formación nacional. Los pueblos inmaduros necesitan adobar su historia al uso de su propia vanidad. Nosotros constituímos un pueblo en acelerado proceso de realización y la condición de esta madurez es la tranquila vocación de verdad con queremos conocer nuestro pasado. A los niños hay que darles fantasías hasta que llegue la edad en que puedan hacerse cargo de la cruda realidad de las cosas: la Argentina no es un país niño y sin embargo se lo quiere seguir alimentando con esquemas pueriles o asustarlo -para caer en el otro extremo- con un tremendismo negativo que se goza en no dejar títere con cabeza en nuestro siglo y medio de vida independiente. Eso tiene que terminar. La historia tamizada, depurada y desinfectada ya nos resulta chirle. Queremos la historia tal como fue: con sus personajes realiz, no acartonados ni idealizados; en su sangre y su cuero, con sus errores y miserias; como es la gente. Tal cual. Naturalmente, Sarmiento, Mitre y sus continuadores académicos armaron la historia que ellos querían, porque justificando ciertos próceres se justificaban ellos mismos y condenando ciertos personajes hundían a sus enemigos contemporáneos. Los revisionistas -algunos de ello, por lo menos- hicieron exactamente igual. De este modo se ha ido operando este extraño fenómeno que hace que la mitad de los historiadores argentinos opine exactamente lo contrario de la otra mitad... Esto no es positivo. El país no puede carecer de historia verosímil ni puede presentar dos versiones contrapuestas, a elección del consumidor. No se trata de acuñar un tipo definitivo de historia. Ya tenemos amargas experiencias de lo que es una "historia oficial". Se trata, simplemente, de decir la verdad objetiva de los hechos, sin dejar ninguna carta en la manga: partiendo de esa base las reglas de juego serán más limpias y la interpretación ya no podrá basarse en conceptos retóricos o en esquemas ideales, sino en la pura realidad de los hechos concretos. Estas precisiones no están nutridas por ninguna agresividad. En la historiografía argentina ha pasado para siempre la etapa de la agresividad. Frente a la prevalencia incontestable de la versión liberal de la historia, las corrientes revisionistas adoptaron en un comienzo -como toda minoría combatiente- una actitud ruda, insolente y no pocas veces injusta. Además, el revisionismo, posición intelectual, se integró por momentos con corrientes políticas de esencia generalmente inconformista, para encontrar mayor apoyo para su labor difusora; y a la vez nutrió esas corrientes con sus aportes de conocimientos y de teoría.Pero ese maridaje entre lo que debía ser posición intelectual pura y política militante, está llegando a su fin; las corrientes políticas han tomado del revisionismo lo que les convino o lo que combinaba con su propia temática y después los historiadores han seguido haciendo historia y los políticos, política, lo cual fue bueno para unos y para otros. Pero la lucha de los escritores revisionistas ha dejado un saldo positivo por encima de los desafueros y exageraciones en que a veces incurrieron. Ya no es necesario decir que Rivadavia era un coimero o Sarmiento un vendepatria para demostrar que el Chacho no era un bandido o Artigas un anarquista. La polémica seguirá mucho tiempo más, porque los argentinos estamos divididos hasta en la historia. Pero en la historiográfico, la síntesis dialéctica es fácticamente inevitable. Ahora ya se puede ser revisionista sin cargar con el cartel de nazi y se puede ser liberal sin rolar decipayo. La lucha historiográfica entreverada con la lucha política hizo todo más confuso: en la medida que ella cese, se podrá trabajar mejor, "sine ira et studio", poniendo las cosas en su lugar tal como fueron en el pasado. Y quien dice esto es un hombre que ha escrito bastante historia y ha hecho mucha política, pero que trató siempre de no misturar una cosa con la otra... Una de las verdades irrefutables que quedan como saldo de la decantación historiográfica que se ha ido produciendo, es la que intentaremos afirmar en estas páginas. La que demjuestra que los caudillos federalistas fueron protagonistas auténticos y mayores de la historia y expresaron un rostro de la Patria que merece respeto. No fueron bandoleros ni tigres sedientos de sangre Quiroga, el Chaco o Varela. Tampoco -tenemos que señalarlo- fueron esos próceres inmaculados que pretendió cierto revisionismo. Fueron hombres de su tiempo, con todos los defectos y las virtudes de su época. Porque también hay que señalar que el endiosamiento de los próceres en que incurrió la historiografía liberal se corresponde con la idealización de los caudillos en que fácilmente caen los revisionistas: es gracioso, por ejemplo, comprobar el flaco favor que hace Pedro de Paoli a Juan Facundo Quiroga describiéndolo como un buen burgués, con actividades bursátiles y querida. En la elección me quedo con la pintura de Sarmiento, que inmortalizó a Facundo retratándolo como un varón de características única, sangriento a veces y a veces magnánimo, tormentosamente sincero, genial para su medio y sus años. Es con ese espíritu con que venimos a recrear las figuras de los hombres que fueron representativos de los sentimientos y las expectativas de miles de argentinos durante más de medio siglo. Hombres que en estilo arisco y montaraz se metieron a empellones en la historia y allí quedaron. Son figuras, algunas de ellas, que forman parte más de la leyenda que de la historia: pertenencen a la copla, al romance y a la conseja que se cuenta en las noches de la tierra, cuando la intimidad familiar o amistosa va convocando la memoria y los hechos sucedidos o inventados -tando da- empiezan a desovillarse. Son imágenes mucho más poderosas que la realidad que fueron. El historiador debe rescatar la verdad: pero no puede sustraerse a la sugestión de la leyenda que surge sola de los mismos papeles, de las cartas y proclamas, de las notas y esquelas que han sobrevivido a la vorágine montonera de donde salieron. son estos documentos los que hemos seleccionado para preparar este libro: todos aquellos documentos que salieron directamente de las filas de la barbarie y que constituyen testimonios desnudos de su índole. Señalaremos que no son muchos. Los bárbaros no escribían. Sabían pelear y sabían morir; pero no sabían escribir. Al menos, no conocían ese oficio tanto como sus antagonistas. La historia la han escrito los vencedores: los Mitre, los Sarmiento. De los bárbaros sólo quedó el recuerdo en la entraña memoriosa del pueblo. Pero de todos modos, a veces suele aparecer un mensaje escrito en quebradizos papeles, con tintas desvaídas, que lleva la firma trabajosa de los caudillos mayores o de los capitanejos que los rodeaban. Y entonces, a través de esa enrevesada sintaxis y de la caprichosa ortografía -o superando las alambicadas frases coladas por el cagatintas de turno- se pueden descubrir las entretelas de sus luchas, la drástica decisión que los convocaba, la ferocidad acorralada con que se defendían. No son muchos esos papeles: los hemos reunido aquí, los que pudimos, para que los bárbaros puedan defenderse, ya que estas pocas páginas tienen que enfrentarse con libros rotundos y definitivos que los han condenado sin apelación posible. Cada uno de los caudillos de que se habla en este libro ha cargado una personalidad singular y ha representado determinados valores en su tiemo: pero las pautas que hemos señalado más arriba les son constantes. El signo popular que caracteriza su trayectoria, por ejemplo, se da en todos por definición. "Caudillo" de "cabdillo", "cauda", vale tanto como cabeza. Todos ellos encabezaron, fueron cabeza de movimientos fervorosamente sentidos por el común. Por eso cada uno de esos caudillos ejerció una suerte de elemental democracia. "Cada lanza, un voto", apunta Gabriel del Mazo. Cada lanza expresaba la misma voluntad soberana que hoy se expresa en la urna electoral -con la diferencia que empuñar una lanza significaba asumir un compromiso donde se jugama la mismísima vida. Y que no se diga que la popularidad de los caudillos era forzada o que sus huestes estaban compulsivamente reclutadas. Era una popularidad espontánea e irresistible: la misma que hacía reunirse a los gauchos de Santa Fe y Córdoba en las postas por donde pasaría Quiroga en su viaje al norte, antes de Barranca Yaco, para ofrecerle sus servicios, por la sola fuerza de su prestigio; o la que arrastraba tras de Artigas a más de 15.000 orientales, hombres, mujeres y chicos, rumbo al campamento del Ayuí... Lo popular es la impronta suprema que caracteriza la jefatura de los bárbaros, en contraposición con la soledad de todo fervor popular en torno a la jefatura ejercida por los hombres de la civilización. En los bárbaros, la popularidad es auténtica, desmelenada y sin interferencias jerárquicas, en el compartido azar de las luchas y el reconocimiento pacífico de una superioridad personal. Era una popularidad que debía ganarse y tenía que defenderse cotidianamente, porque su precio podía ser una mala muerte, como le ocurrió a Urquiza cuando perdió la confianza de su gente. El Chacho, en su laboriosa prosa, explica esto muy bien en una carta al Dr. Marcos Paz: "Esa influencia, ese presitigio lo tengo porque como soldado he combatido al lado de ellos por espacio de 43 años, compartiendo con ellos los azares de la guerra, los sufrimientos de la campaña, las amarguras del destierro y he sido con ellos más que jefe, un padre que, (he) mendigado el pan del extranjero prefiriendo sus necesidades a las mías y propias. Y por fin, porque como Argentino y como Riojano he sido siempre el protector de los desgraciados, sacrificando lo último que he tenido para llenar sus necesidades... Así es, señor, como tengo influencia, y mal que (les) pese la tendré..." Razón tenía Arturo Jauretche cuando decía que "el caudillo era el sindicato del gaucho"... Pero algo más que remediar necesidades era la cualidad del caudillo. Pues a esta altura nos asalta una duda: que el lector crea que por popularidad entendemos sólo la proximidad física del pueblo junto a su jefe. También hay algo de sto y sin ese reiterado comercio humano el caudillo no disfrutaría de su ascendiente. Lo confirma Sarmiento hablando del Chacho, cuando refiere: "Su lenguaje era rudo... pero en esa rudeza ponía exageración y estudio, aspirando a dar a sus frases, a fuerza de grotescas, la fama ridícula que las hacía recordar, mostrándose así cándido y al igual del último de sus muchachos. Habitó siempre en una ranchería de Guaja... Hacía lo mismo con sus modales y vestido: sentado en posturas que el gaucho afecta, con el pie puesto sobre el muslo de la otra (pierna)". La ojeriza de Sarmiento parecía impedirle reconocer que el lenguaje del Chacho, sus actitudes y formas de vida eran auténticas en un hombre que se consideraba un gaucho más, un paisano entre sus paisanos, un "vecino alzado", como se definiría años más tarde otro gran caudillo, Aparicio Saravia. Porque tal vez aquí estriba una de las diferencias esenciales de los caudillos de que hablamos con el Restaurador de las Leyes: éste era un señorito agauchado, aquéllos eran gauchos con señorío... De todos modos, al aludir a la impronta popular que singularizaba a los jefes bárbaros, no nos referíamos tanto a su autenticidad como hombres del común y su contigüidad física al pueblo, sino más bien a su representatividad. Es decir, a la fidelidad con que los caudillos representaban el ánimo de su gente. Esta fidelidad confirmaba el cuño popular de los jefes bárbaros y constituía la esencia de su legitimidad, que no podía afirmarse en la ley ni en la soberanía electoral. La representatividad que deriba de la fiel interpretación del ánimo del pueblo fue definida claramente por un caudillo de un siglo más tarde, que libró su lucha bajo soles muy distintos -aunque tal vez igualmente feroces- que los que alumbraron a Facundo o el Chacho. Pues es el dirigente tunecino Bourguiba quien explicó "Yo no puedo pedir a mi pueblo más que aquello que responde a sus aspiraciones profundas y a veces secretas, que no siempre son conscientes pero que yo adivino porque estoy hecho para eso: porque es mi oficio". Claro que la popularidad, tomada en estos aspectos, tiene también sus gajes. Uno de ellos, creer que es eterna y hace invulnerable a su titular. Conjetura Borges: "Esta cordobesada bochinchera y ladina (meditaba Quiroga) qué ha de poder con mi alma? equivocada creencia que permitió a los ladinos cordobeses escondidos en el monte de Barranca Yaco, hacer pasar a mejor vida al general riojano... Pero también es condición de la popularidad una cierta temeridad, sin la cual el beneficiario corre el riesgo de administrar demasiado su coraje y quedarse corto por veces. Revolver en el granero de la historia permite, entre otros placeres menores, la posibilidad de verificar la inexistencia de problemas que el país ha superado; cuestiones que en su momento envenenaron la vida de la Nación y ahora sólo son curiosidades para eruditos. Uno de esos problemas ha sido el generalizado recelo del país frente a Buenos Aires, aparecido casi contemporáneamente a la Revolución de Mayo, acentuado antel la política del Directorio y mantenido en alternativas explosivas o latentes a través de casi un siglo: hasta que la federalización del puerto y la evolución política posterior resignó a las provincias a una sumisión de hecho frente al gobierno nacional asentado en la ciudad del Plata. Pero la palatra "recelo" resulta suave en muchos casos: en realidad puédese hablar de un real y fervoroso odio contra todo lo porteño, que comprendía desde la desconfianza a cualquier iniciativa originada en Buenos Aires, hasta el rechazo instintivo de las más inofensivas modalidades de la ciudad europeizada y próspera. Llega un momento, bajo el Directorio, en que "porteño" es sinónimo de opresor, monarquista, pro-portugués y aritocratizante. Los "Pueblos Federales" nucleados en torno a Artigas aborrecen el nombre porteño y todo cuanto huela a Buenos Aires. Un lustro más tarde, Rivadavia hará todo lo necesario para que la ciudad afirme su mala fama de potencia centralista y malintencionada, despectivamente adversa a la causa de las provincias: el santiagueño Ibarra recibiendo en calzoncillos al enviado del Congreso Nacional que le trae un ejemplar de la Constitución unitaria es, gráficamente, una expresión de los sentimientos que inspira la ciudad de las luces entre los pueblos del interior. Estos sentimientos persistirán por varias décadas. Rosas consiguió disipar en alguna medida esa desconfianza, al adoptar las consignas formales de la Federación. Pero cuando los quiroguistas Zarco Brizuela o Chacho Peñaloza se enjaretaron la divisa unitaria, no lo hicieron tanto por identificación con el partido de los emigrados cuanto por una reacción institiva contra el gobierno de Buenos Aires. Fuera Rosas o fuera Mitre el titular del poder bonaerense, había que estar contra él; porque ya sabían que inevitablemente, Rosa o Mitre estarían alguna vez contra ellos. Lo dice con mucha claridad el Chacho, dirigiéndose a Urquiza en 1863: "Me he puesto a la cabeza del movimiento de libertad, igual al que Vd. hizo el 1º de Mayo en esa heroica provincia contra la tiranía de Rosas. Si Vd. estuviese en estos pueblos vería también que este movimiento es contra otra tiranía peor que la de Rosas". Y por supuesto, el "modus operande" de los Arredondo, los Sandes o los Irrazábal, como jefes de las expediciones pacificadoras porteñas después de Pavón, no contribuyó a hacer más amable el nombre de Buenos Aires. Felipe Varela, el último montonero, tiene palabras terribles contra Buenos Aires en su proclama insurgente de 1866: "...el centralismo odioso de los espúreos hijos de la culta Buenos Aires... el monopolio de las tierras públicas y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser patrimonio de los porteños, condenando a los provincianos a cederles hasta el pan que reservaran para sus hijos. Ser porteño es ser ciudadano exclusivista; y ser provinciano, es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Ésta es la política del general Mitre... A él (Urquiza) y a vosotros (los entrerrianos) obliga concluir la grande obra que principiasteis en Caseros... ¡Atrás los usurpadores de la renta y derechos de las provincias en beneficio de un pueblo vano, déspota e indolente!" De modo que para el Chacho y Varela, la acción de Caseros no es sino el comienzo de una lucha antiporteña que debe completarse; y para el último, que empieza discriminando a "los espúreos hijos de la culta Buenos Aires", el pueblo porteño resulta al final de la proclama, "vano, déspota e indolente". Ya se ve, pues, los sentimientos que inspiraba la ciudad del Plata. Los bárbaros la odiaban aunque se sintieran -los que la conocían más de cerca- oscuramente fascinados por ella. Como ocurría en roma, la conquista de la "urbs" era el objetivo último de su pelea y de tiempo en tiempo, así como paseaban por el "forum" los jefes bárbaros reducidos por los tratados o comprometidos en rehén, así también Buenos Aires vio pasar por sus sonoras calles, enculados y recesosos, a un Ramírez o un Quiroga... Con estos elementos, su magnífica imaginación y estupenda prosa, fácil sería a Sarmiento, articular su teoría sobre civilización y barbarie en la Argentina, ubicando de un lado a la ciudad y del otro a la campaña. Pero los jefes bárbaros argentinos no odiaban a la ciudad: odiaban a Buenos Aires. O, si se quiere suavizar la cosa, odiaban al poder derivado de la posesión de la ciudad portuaria, que nunca había sido usado en provecho del interior. Al ubicarlos en el término rural de su antinomia, Sarmiento tenía caminada la mitad del camino en la demostración de la barbarie, la ignorancia, la rusticidad y la enemistad hacia toda forma de civilidad y organización por parte de los caudillos. Lo cual era, retóricamente muy efectivo, pero no respondía a la realidad. Pues lo que nunca se esforzó Sarmiento por comprender fue esta verdad: que los caudillos eran elementos constitutivos de otra Patria que no era la de él. Sarmiento ansiaba un país alambrado y codificado, surcado por ferrocarriles, poblado de inmigrantes, sembrado de escuelas, vivificado por la cultura y la sangre europea y proyectado al futuro en el ejercicio de la práctica democrática. Los caudillos, en cambio, concebían otro rostro para su país. Un rostro más difícil de definir, puesto que ninguno de ellos supo fijar su programa con la maestría de Sarmiento. Tal vez -conjeruramos nosotros- soñaban con una patria donde todavía valiera el coraje y la lealtad, donde las provincias tuvieran una voz más resonante, donde se dejaran tranquilos a los pueblos en una modalidad de vida cuyos defectos y anacronismos no fueran barridos tan drásticamente. Es difícil reconstruir la patria de los bárbaros: la que soñarían en las vigilias de los "campamentos en marcha" o en la rabiosa esperanza del alzamiento. Acaso un país con olor a cuero y ganado pampa, regocijado en sus fiestas tradicionales y con un poco de ferocidad de cuando en cuando para seguir sintiéndose machos... Y cabalmente, como estas dos concepciones no podian coincidir jamás, unos y otros lucharon como si los enemigos fueran extranjeros. Se entremataron con el fervor que enardece las guerras de liberación. Unos y otros tenían que desaparecer del mapa, tal como profeticamente sentenciaba Quiroga en 1831: "Estamos convenidos en pelear una sola vez para no pelear toda la vida... El partido feliz debe obligar al desgraciado a enterrar sus armas para siempre". Por supuesto, en la lucha desaparecieron los más débiles. El "partido desgraciado" enterró sus armas y sus muertos. Frente a los servidores del rémington, el telégrafo y la vía férrea, los hombres del cuero y el algarrobo tenían que perder. Así ocurrió y no debemos lamentarlo. Al fin, vivimos y sobrevivimos en la patria de Sarmiento, aunque la de los montoneros aparezca de tanto en tanto en la superficie, como para denunciar que aquella no es tan sólida como aparenta... No podemos lamentar que haya desaparecido la Patria montonera. Pero al menos podemos pedir respeto para esa concepción del país que en estas páginas intentamos reconstruir desde la prosa trabajosa y la horrenda sintaxis de sus proclamas, sus partes, sus cartas; escasos testimonios de los motivos de una lucha que no se nutrió de pensamientos orgánicos sino de sentimientos. Y que por esto mismo debe respetarse más. Los caudillos que en estas páginas hemos agrupado bajo el género de "bárbaros" forman -ya se ha dicho- una línea histórica que empieza a correr inmediatamente a la Revolución de Mayo y recién desaparecerá hacia 1870. Esa línea, conceptualmente indefinida por sus protagonistas pero perfectamente diseñable a través de la ubicación de sus hombres representativos, alcanzó sus momentos más dramáticos en dos períodos históricos: entre 1819/1831 y entre 1862/1868. El primer período es el que asiste a una resistencia activa de los bárbaros frente a la política centralista, aristocrizante y pro-portuguesa del Directorio primero, y luego frente a la aventura rivadaviana y sus secuelas. El segundo período en que la referida línea histórica cobra intensidad, es el que enmarca la resistencia bárbara frente a la política inaugurada en Pavón. Los personajes mayores del primer período se llamas Artigas, Ramírez y Quiroga, fundamentalmente; los del segundo serán el Chacho y Varela. Cabalmente, los personajes de que nos ocuparemos en particular más adelante. Ahora bien: corresponde señalar que esos dos instantes históricos se caracterizan por la aparición de presiones internas e internacionales que tienden a insertar la Argentina en forma hermética y definitiva dentro del régimen económico-financiero dirigido coetáneamente por los grandes países europeos. En efecto: el primer momento histórico es la época de las fantásticas gestorías rivadavianas en Londres, del "boom" de los valores rioplatenses en la City, los intentos de colonización escocesa y de mestización ovina y vacuna en las praderas bonaerenses, los conatos de explotación minera en el Famatina, la creación de un Banco Nacional manejado por los comerciantes británicos, la concreción del crédito de Baring Bros. Es un período durante el cual se establece un activo ir y venir de mercaderes, gestores y aventureros entre Buenos Aires y Europa. "Todos los sentimientos o inclinaciones políticas están hoy avasallados por un espíritu de especulación pecuniaria: establecimiento de bancos, compañías mineras, empréstitos públicos, etc., todos de filiación británica" apuntaba el agente americano Forbes en 1825, que alidía también al "somnoliento patriotismo que adormece hoy al país". Se ha descripto esa época con suficientes datos como para hacer sobreabundante su reseña. En síntesis, podemos señalar que entre 1819 y 1826, al amparo de los enunciados de George Canning, las provincias del Río de la Plata adquieren un ritmo precapitalista desconocido hasta entonces. Y ese ritmo se frena ante la intuitiva pero enérgica resistencia de los caudillos federales: no resulta casual que sea Quiroga quien desbarata los negocios de la River Minning Co., planeados por Rivadavia. Y algo semejante ocurre entre 1862 y 1868: se está llevando a cabo por entonces un nuevo intento de unificación nacional sobre la base de la hegemonía porteña, más feliz en el plano político y militar que el ensayado por Rivadavia treinta y cinco años antes. Mitre, albacea ideológico de "el más grande hombre civil de los argentinos" ha conseguido la virtual anulación de Urquiza y deberá ser un característico caudillo bárbaro como Peñaloza quien asuma la resistencia contra esa política, que se hace efectiva mientras en Buenos Aires se da una secuencia muy semejante a la de la época rivadaviana: se planean y construyen ferrocarriles, se busca pasar de la era del tasajo a la de la carne congelada, se fundan empresas de colonización, la Bolsa de Comercio funciona activamente. Otra vez se respira en el país un clima de negocios y empresas, inexistente a través del período rosista y los años de la secesión porteña. No intento afirmar que la línea bárbara se haya opuesto consciente y racionalmente a la instauración de un régimen capitalista en el país. Ni los caudillos ni los propios beneficiarios del nuevo sistema estaban en condiciones de caracterizarlo y mucho menos de plantearle una alternativa. Lo que afirmo es que, frente al desplazamiento del país hacia la órbita de las potencias que protagonizan el sistema capitalista y postulaban en los hechos una división internacional del trabajo, fueron los jefes bárbaros quienes promovieron la resistencia popular, como si intuyeran que en esa revolución llevaban todas las de perder. Pretendían detener una evolución que era, en los hechos, indetenible; y por eso la trayectoria de casi todos ellos está marcada con el signo trágico que suele sellar aquello que está condenado irremisiblemente. Esto nos lleva a considerar otra de las características que hemos señalado al principio como propia de los bárbaros, es decir, su tradicionalismo. Porque la resistencia a todo lo que tendiera a insertar el país dentro del esquema capitalista no era sino una expresión del natural conservatismo de los caudillos, apegados a los valores tradicionales y a una realidad del país que iba desapareciendo, derrotada por la técnica y el capital. La figura del Chacho enlazando en La Tablada los cañones del matemático Paz parece todo un símbolo de esa lucha. En el período 18198/1831 tal vez no se notó tanto, porque recién empezaban a sentirse los efectos de la revolución en los países más adelantados. Pero en 1862/1868 los adelantes de las técnica industrial, comercial y financiera eran lo suficientemente poderosos como para establecer esquemas muy definidos que en contraste con el país tradicional aparecían todavía más marcados. "El ferrocarril -afirmaba Sarmiento- llegará a tiempo a Córdoba para estorbar que vuelva a reproducirse la lucha del desierto, ya que la pampa está surcada de rieles. Las costumbres que Rugendas y Pallière diseñaron con tanto talento, desaparecerán con el medio ambiente que las produjo y estas biografías de los caudillos de las montoneras figurarán en nuestra historia como los megateriums y cliptodontes que Bravard desenterró del terreno pampeano: monstruos inexplicables, pero reales". En este período, último de la resistencia bárbara, será obstinación en el país inalambrado, con empresas comerciales de dimensión aldeana y habitantes acostumbrados a corajear su propio derecho sin hacerlo depender de textos codificados. En un momento en que se estaba iniciando en la Argentina el montaje de los instrumentos legales que debían brindar garantías jurídicas al ciudadano, al capital y a la propiedad, la imagen del Chacho impartiendo justicia en su sede de guaja al modo de los "homebuenos" del derecho foral español -tal como lo describe Zinny- constituye una contrafigura bastante elocuente. Se me ocurre señalar la significación de este episodio: cuando inmediatamente después de Pavón los batallones de línea porteños avanzaron sobre las provincias, el Dr. Abel Bazán, político liberal de La Rioja, fue enviado desde Córdoba a su provincia para neutralizar al Chacho y volcar la ansiedad por revalorizar ciertos personajes, ciertas actitudes políticas, cierto folklore que de algún modo ayudan a rehacer el orstro de una Argentina olvidada. Es cuando Ricardo Rojas escribe su "Restauración Nacionalista", cuando David Peña pronuncia sus conferencias sobre Facundo, cuando empieza a hacer escuela la picada hisoriográfica abierta por Saldías y Quesada. A partir de entonces los caudillos abandonaron el predio clandestino en que permanecían arrinconados y entran a poblar los territorios de la imaginación. ¡Cuántas veces Facundo ha sido convocado por poetas, dramaturgos, cuentistas, compositores, novelistas, argumentistas! El Chacho, Pancho Ramíres y tantos otros caudillos menores ¡cuántas veces han sido revestidos de nueva vida en las obras de los escritores contemporáneos! Desde los novelones de Eduardo Gutiérrez hasta las insignes recreaciones de Borges -por sólo mentar a uno-, esos personajes despreciados hace un siglo por su barbarie han conquistado ahora una existencia póstuma embellecida por el arte y la literatura. Es decir, siguen moviéndose como personajes de una mitología nacional que inspira y nutre las creaciones propias del espíritu argentino. Son categorías estéticas que ya pertenecen definitivamente al acervo cultural de la Nación y en las cuales cualquiera puede meter mano. Esos gauchos que fueron en su tiempo la anti-cultura, la anticivilización, paradójicamente triunfan sobre sus detractores convirtiéndose en materia sustancial para la creación de una cultura que hunde sus raíces en la temática nacional: que es, por consiguiente, más cultura para nosotros que aquélla que predicaban con sus galicismos los hombres de la civilización. Al final, entonces, regresando a sus esencias originarias, los caudillos aparecen como elementos constitutivos de una mitología hondamente nacional, no alienada. Y recordando a sus detractores, tan orgullosos de sus fraques, sus monturas inglesas, sus tics afrancesados, viene naturalmente a la memoria la cita de Tácito cuando hablaba de la adquisición por los britanos de las modas, los vestidos y las costumbres de sus conquistadores, los romanos: "A todo lo cual aquellos simples llamaban civilización, en tanto no era sino parte de su servidumbre". Los caudillos cuyas semblanzas y testimonios podrán leerse a continuación y cuyas principales características se han señalado en los párrafos precedentes, eran representativos de amplios sectores populares: aquellos que en su momento fueron vituperados sucesivamente como anarquistas, montoneros y bárbaros. La continuidad de su presencia en la historia del siglo pasado -desde Artigas hasta Varela, medio siglo corrido- induce a pensar que la existencia de esos sectores no respondió a episodios cincunstanciales sino que expresaba una realidad auténtica, trascendente, asistida por sus particulares motivos, acuciada por sus propios ideales y representativa de un modo de sentir y pensar ampliamente compartido en gran parte del país. Y además, con suficiente vitalidad como para proyectarse sobre sus propios infortunios y su especial inorganicidad. Sin embargo, esta persistente línea histórica, este firme y duro rostro del país desaparece pocos años después de Varela. Los bárbaros parecen liquidados, absorbidos o transformados. La corriente histórica que había logrado proyectar al escenario nacional figuras como la de Artigas, Ramírez, Quiroga, El Chacho y Varela, queda repentinamente cegada, estéril, olvidada. Pero ¿es así realmente? ¿Desaparecen esos bárbaros en una derrota definitiva o esa corriente sigue fluyendo subterráneamente, en lo más escondido de los corazones populares? Para mí, esto último es lo que ocurre. Ese modo de concebir el país que encarnaron los caudillos quedó postergado, subsumido bajo las duras estructuras de la civilización triunfante. Sobrevivía, tal vez, en la memoriosa nostalgia de los viejos soldados del Chacho o Varela; en el aire empacado de los compadritos alsinistas, en el oscuro resentimiento de los criiollos de la ciudad y la campaña, que viraban desde la vereda de enfrente cómo los gringos nos construían el país. Quedó, también, en unos poco hombres: en Ricardo López Jordán en José Hernández y seguramente en el hijo del mazorquero Alem. Indiferente a eso que le llamaba progreso -y que lo era sin duda- la corriente bárbara se mantenía en un rabioso desapego frente a esta Argentina de cuya elaboración estaba excluída. Pero no estaba segada. Y por eso la vieja corriente popular afloró tumultuosamente, con el explosivo regocijo de lo que estalla después de mucho esperar, cada vez que alguien la conjuró a emerger. Claro, había que conocer las claves del conjuro y no quien quiere es brujo... Pero cuando alguien supo decirlo, la barbarie rebalsó sus napas subterráneas y afloró inconteniblemente, a cielo abierto, en las calles y en las plazas, como una negra inundación sonora. Por eso, en ciertos recodos de nuestros años argentinos, surge explosivamente una marea popular, allí donde hasta la víspera no había nada: un hombre dice las palabras adecuadas y a su conjuro crece un bramido de pueblo enamorado. Y esas convocatorias civiles del último medio siglo siguen teniendo el mismo perfin que tuvieron las que condujeron antaño los caudillos ecuestres. El mismo perfil arrolador, jocundo, feroz, testarudo y sobrador; aunque sus protagonistas numerosos se llamen radicales, yrigoyenistas o peronistas. Porque son los mismos de antes y la tierra que pisan es la de siempre. Porque son parte de la Patria, tan permanente como ella y por eso también, tan amigada con nuestra ternura. Y sin embargo, la corriente bárbara nunca pudo trajinar sola en el destino nacional. Sus limitaciones lo hacían demasiado vulnerable. Sus aporter eran -son- indispensables para la construcción del paía. Todos los grandes objetivos nacionales -la emancipación, el sistema republicano, la organización federal- fueron conquistados por el esfuerzo conunto de las corrientes populares, armonizadas para ese efecto con otros sectores de la vida nacional. Y también la soberanía popular a través del voto, la justicia social como valor permanente de la comunidad y el desarrollo nacional como condición de la presencia argentina en el mundo han sido planteados políticamente a través de grandes movimientos integradores. Pues ser Nación -propósito último y superior de la voluntad nacional- supone la vertebración de todos los sectores, todos los esfuerzos, todas las regiones; y la decisión de ser Nación no puede asumirse por una parte del país en soledad, sino por una vigorosa conjunción de voluntades armonizada en el propósito de realizarla. Aquellos bárbaros de ayer, éstos de hoy, aportan al ser nacional lo mejor de su sustancia, o sea la condición popular, sin la cual nada trascende puede elaborarse, sin cuya presencia se marchitan y corrompen hasta los emprendimientos mejor concebidos. Por eso necesitamos a los bárbaros cuyos campamentos circundan a las ciudades del progreso y a aquéllos que en el jugoso litoral, en el áspero norte, en la ancha pampa mediterránea, en el duro sur, siguen aguardando las palabras de hechicería que volverán a convocarlos. Sarmiento planteó su alternativa sin concesiones, drásticamente; nosotros creemos que la civilización y la barbarie pueden encontrar la fórmula de su síntesis. Deben encontrarla: la Argentina lo necesita, para su salud.

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Nacionalismo Argentino para Dummies. Argentinos a las Cosas
Nacionalismo Argentino para Dummies. Argentinos a las Cosas
InfoporAnónimo11/30/2010

Juan José Hernández Arregui nació en Pergamino en 1913 y falleció en Buenos Aires en 1974. Se afilió joven a la UCR yrigoyenista y escribió en sus órganos periodísticos Debate, Doctrina Radical y La libertad. En 1947 se produjo su primer acercamiento al peronismo de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a colaborar en el gobierno bonaerense como director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda provincial. También ejerció la docencia universitaria. Escribió Imperialismo y cultura (1957), La formación de la Conciencia Nacional (1960), ¿Qué es el ser nacional? (1963), Nacionalismo y liberación (1969) y Peronismo y socialismo (1972). El sentido de toda esta producción literaria no fue la de investigar en forma erudita y aséptica, sino colaborar en el combate patriótico al servicio de la liberación nacional. Intelectual íntegro, apasionado y frontal, consciente que la dignidad de la inteligencia nacional «debe afirmarse en el amor a la patria y en la fortaleza para soportar silencios, calumnias y hasta cárcel». La misma crítica que al liberalismo le cabe al marxismo «argentino», el cual ha sido «una de las formas de esa alienación cultural del coloniaje», un «sutil veneno» con que la dominación imperialista foránea «ha narcotizado la conciencia nacional de los pueblos jóvenes e inermes». Pero el intelectual que escribía por amor al país sabía ver más allá de los errores y carencias de esta corriente ideológica y política, por cuanto su experiencia política como intelectual no le impedía reconocer que «no hay que tenerle miedo a las ideas de izquierda», pues «lo esencial es que sirvan a la causa de la liberación nacional», es decir, «lo que interesa es el país, no los prejuicios ideológicos de las sectas». ¿Qué es el ser nacional? (1963) Capítulo 1 [fragmentos] En los últimos tiempos se oye hablar en la Argentina del “ser nacional”. Ahora bien, cuando un concepto es manejado por corrientes ideológicas contrapuestas, el mismo es una metáfora o uno de esos recursos abusivos del lenguaje, que más que una descripción rigurosa del objeto mentado, tiende a expresar un sentimiento confuso de la realidad. Y en efecto, cuando oímos hablar de “ser nacional” nos asalta la sospecha que tal concepto aloja un núcleo irracional, no desintegrado en sus partes constituidas. Es necesario, pues, analizar metodológicamente, el concepto de “ser nacional” para establecer si contiene elementos concretos, si se ajusta a alguna realidad o es una ficción mental. La exigencia de un examen del concepto es determinada por el hecho de que términos genéricos como éste, proponen en forma deliberada o no la creencia en una especie de ente metafísico flotando más allá del individuo y la sociedad. Espiritualismo dudoso que consiente toda clase de desviaciones reaccionarias, o en el menor de los casos, de escamoteos pseudo-filosóficos. Es preciso, entonces, desnudar al “ser nacional” de sus pretendidas connotaciones ontológicas, de su brumosidad irracionalista. El concepto “ser nacional” es, en primer término, un concepto general y sintético, compuesto por una pluralidad de subconceptos subordinados y relacionados entre sí. En consecuencia, debemos averiguar si tal concepto abstracto tiene un correlato objetivo, a fin de resolverlo en sus componentes verdaderos. En definitiva, el concepto “ser nacional” debe ser sometido a lo que en sociología se llama análisis factorial, consistente en la descomposición de sus factores reales -geográficos, tecnológicos, histórico- culturales, etcétera-, cuya totalidad material agota el contenido formal del concepto. De lo contrario, hablar del “ser nacional” sin decir en qué consiste, aparte de los equívocos apuntados, es pura esterilidad del pensamiento. “Ser nacional”, patria, comunidad nacional Antes de proceder al análisis factorial es ventajoso acercarnos al tema, sustituyendo la idea de “ser nacional” por otra más limitada y comprensiva. Al obrar así, intuimos que la palabra “patria” al menos desde el punto de vista emocional- expresa aproximadamente lo mismo. El “ser nacional”, en esta primera reducción de la esfera todavía mal delimitada del concepto es la patria. Pero también el concepto “patria” es muy genérico. Todos sabemos lo que queremos decir cuando hablamos de la patria. Mas la dificultad empieza cuando queremos racionalizar el sentimiento patriótico. La patria es un concepto poliédrico, no es primario. Es una categoría histórica. El primer reclamo, por lo tanto, al atentar la aprehensión del “ser nacional”, al romper su corteza formal para apresar su nódulo vital, es sumergirnos en el mundo histórico, en cuyo seno, al fundirse el concepto puro con la realidad, el “ser nacional” empieza a desplegarse ante nosotros, no como un trompo literario, sino como actividad social viviente y desgarrada. La patria, junto con otras notas específicas, es una categoría histórico- temporal experimentada como la “posesión en común de una herencia de recuerdos”. Ahora bien, sólo el hombre es capaz de recuerdos. De modo que la patria, de un lado, es un hecho psicológico vivido como experiencia individual, y el del otro, un hecho social, en tanto conciencia colectiva de un destino. Pero como dijera Napoleón: “El destino es la política”. Ya entrevemos, con esta inicial corrección de la mira, que el “ser nacional” en tanto patria, hace referencia a una comunidad de hombres. El “ser nacional” es al mismo tiempo un pueblo cultural o comunidad nacional de cultura. Pero explorando el concepto de “comunidad nacional”, menos rico, más cercano a nuestras actividades prácticas, comprobamos que el mismo engloba múltiples y contrapuestos elementos constituidos, no demarcables de primera intención. Por lo tanto, debemos taladrar la textura de esos elementos formativos del “ser nacional”, de la patria, de la comunidad nacional. El concepto de comunidad nacional tiende a desplegarse en el más comprensivo de “nación”. La nación, realidad jurídica circunscripta en el espacio y en el tiempo, con una estructura política propia, no es un ente fuera de la experiencia histórica. La nación es dato definible, pues sin territorio no hay nación, e institucional, pues sin normas sociales aceptadas por el grupo no hay vida social, y un hecho histórico, con su génesis y desarrollo, pues expresa el origen y permanencia en el tiempo del grupo institucionalizado, de la continuidad de las generaciones cuyos frutos se mantienen lozanos en el recuerdo de los vivos sobre el reposo y legado de los muertos, en primer término, por la lengua, “existencia y sangre del espíritu”, y además, por la aprobación supraindividual de parecidos valores, pasados y presentes, con los cuales la comunidad nacional se reconoce a sí misma como unidad de cultura. En estas sucesivas reducciones del concepto, vemos que el “ser nacional” es el proceso de la interacción humana, surgido de un suelo y de un devenir histórico, con sus creaciones espirituales propias - lingüísticas, técnicas, jurídicas, religiosas, artísticas-, o sea, el “ser nacional” viene a decir cultura nacional. “Ser nacional y cultura” Empero, el concepto de cultura es de una extrema complejidad. El “ser nacional” se expresa como cultura nacional. ¿Pero qué es la Cultura? En su definición más escueta -luego se ahonda en la cuestión- es el conjunto de bienes materiales y espirituales producidos por un grupo humano, y que da forma a la coexistencia y coetaneidad de una comunidad de una comunidad nacional, más o menos homogénea en su caracterización psíquica frente a otras comunidades. Mas la comunidad de cultura de un pueblo, asentado en una determinada área geográfica, si bien muestra en su taxonomía, rasgos externos que individualizan a ese pueblo como distinto a otros, no es uniforme en su internidad. Dentro de toda comunidad nacional, se comprueban divisiones económicas, vallas culturales, puntos de osificación que aíslan a las clases sociales, tanto como ramificaciones convergentes que las acercan o separan al compás de las luchas internas y las presiones externas. En suma, la comunidad nacional de cultura, es una multiplicidad de tensiones congéneres y antagonistas, cual los músculos del animal, que se expresan, según las clases sociales, como concepciones divergentes de la cuestión nacional [...]. El “ser nacional” y la cuestión colonial El problema no está agotado. Ninguna nación es autónoma. La técnica ha achicado el planeta, comprimido la geografía y copulado los contactos económicos y culturales de los pueblos. Esta transformación formidable del mundo y de la vida no es apacible. En la era del imperialismo, inaugurada durante el siglo XIX, y a cuyo tramonto y cercano incendio asistimos, hay naciones poderosas y naciones débiles, metrópolis y colonias. O como dijera Manuel Ugarte, “unos pueblos viven en mayúscula y otros mueren en minúscula”. De acuerdo a la categoría a que se pertenezca, el “ser nacional”, la patria, la comunidad nacional, la cultura nacional, a través de las clases sociales en tensión, tiende a refractarse de modo distinto en un país dominante que en un país dominado. Así el rasgo contradictorio principal del “ser nacional”, en los países uncidos a la órbita de las grandes potencias mundiales, es en determinadas clases, como proyección mental del imperialismo sobre las colonias, el sojuzgamiento acatado del “ser nacional” a la voluntad extranjera, y en otras clases, una disposición contraria de no entrega del destino nacional, de la patria, de la heredad cultural, a los poderes extraños. El “ser nacional” es entonces alterado, que es una forma de negarlo, por las clases superiores infartadas en el universo abstracto de las formas económicas y culturales del imperialismo, y al revés, el “ser nacional” es afirmado por aquellas que sufren su yugo. Y si el “ser nacional”, ahora despojado de sus velos abstractos, es afirmación y no negación, simultáneamente es conciencia antiimperialista, voluntad de construir una nación. La voluntad de ser nacionales, por esa unidad mencionada del mundo actual, no es patrimonio de colectividad incomunicada. La división del globo en países colonizadores y colonizados, hace que la cuestión colonial sea una en su generalidad, aunque diversa en sus singularidades nacionales. La lucha anticolonialista -dicho de otro modo- es mundial en relación con el sentido último de la Historia Universal, aunque en lo inmediato siempre se presente como lucha nacional. Más si la explotación de los países coloniales, debido a la internacionalización de la economía carece de circunferencia, la cuestión nacional es, al mismo tiempo, parte indivisa de la situación mundial, y en el caso de la América Ibérica, por parentesco geográfico, de lengua y de problemas, es conciencia histórica hispanoamericana, vale decir, la cuestión de la liberalización nacional es impartible de la liberación de la América latina, la gran nación inacabada por el empuje anglosajón durante el siglo XIX. En este plano de la consideración histórica del asunto, el “ser nacional”, desmondado de su cáscara ideal, no es otra cosa que el enfrentamiento de la América Latina con Inglaterra y Estados Unidos, la conciencia revolucionaria de las masas frente a la cuestión nacional e iberoamericana. Definición del “ser nacional” A través de las sucesivas reducciones operadas en el concepto, vemos que el “ser nacional” no es una categoría reseca del espíritu. Es un hecho político vivo empernado por múltiples factores naturales, históricos y psíquicos, a la conciencia histórica de un pueblo. Si entendemos por definición, la pregunta y la respuesta sobre el ser de un objetivo, y si este objeto nos es trascendente, sino un compuesto de factores reales, el “ser nacional” se convierte en algo inteligente, o sea, en una comunidad establecida en un ámbito geográfico y económico, jurídicamente organizada en nación, unida por una misma lengua, un pasado común, instituciones históricas, creencias y tradiciones también comunes conservadas en la memoria del pueblo, y amuralladas, tales representaciones colectivas, en sus clases ni ligadas al imperialismo, en un actitud de defensa ante embates internos y externos, que en tanto disposición revolucionaria de las masa oprimidas se manifiesta como conciencia antiimperialista, como voluntad nacional del destino. El “ser nacional” se ha disipado para dar lugar a un agregado de factores cuyas relaciones hay que investigar partiendo de la realidad. De la realidad que no envuelve. Y como mandato del presente. Tales factores -la vida histórica es infrangible- se muestran en reciprocidad de entrecruzamientos y perspectivas históricos - culturales, y sólo por razones expositivas pueden separarse. Si el “ser nacional” -y sólo en este sentido es ilícito utilizar el término- es el conjunto de los factores reales enunciados, es obligatorio buscar sus orígenes en la historia. Hay, pues, que retroceder a España, y al hecho de la conquista, calar en las culturas indígenas y en el período hispánico, vadear lo más cercano de la caída del Imperio Español en América con el ascenso del dominio anglosajón, de allí pasar a la época actual descifrando la influencia del imperialismo con su tendencia a la desintegración de lo autóctono y, finalmente, como resultado de este retorno a los orígenes, que el único método que explica el estado actual de una realidad histórica, denunciar enérgicamente la versión antinacional adulterada sobre estos pueblos, sancionada a través del sistema educativo por las oligarquías dominantes. Todo esto exige una revisión de la historia. Revocar la imagen aceptada sin crítica sobre España y sobre la América Hispánica, es romper con falsos nacionalismos que han marcado nuestra servidumbre material y cultural a lo largo de los siglos XIX y XX. Unicamente es legítimo -como trataremos de probarlo- hablar de un nacionalismo iberoamericano, apto para restituirnos nuestro pasado, y a través de la conciencia histórica del presente, abrirnos a un porvenir la grandeza. Una de las ideas centrales de este libro, que indaga en la existencia de la nacionalidad, es la América latina. Otra de las ideas vertebrales, la abolición del concepto sobre España, difundido por la oligarquía argentina, cuyos intereses de clase la trocaron en un apéndice del Imperio Británico. Se reivindica aquí a las poblaciones nativas, infamadas por esa misma oligarquía. Tal empresa, que ya tiene valiosos antecedentes en la Argentina, significa para muchos una inversión escandalosa de la historia, cuando en rigor no es más que el desarbolamiento de las idolatrías que aún actúan como narcóticos culturales sobre los argentinos bajo el peso muerto de las tradiciones históricas del patriciado. Para reconocernos hispanoamericanos, es perentorio conocer la historia de la América Hispánica, deformada mediante técnicas de penetración y dominio que el imperialismo utilizó durante el siglo XIX para guardarnos desunidos. L exigencia de ahondar en la realidad de la América Hispánica, responde al imperativo de contemplarnos como partes de una comunidad mayor de cultura. Y en tal orden, el estudio de la historia iberoamericana, es la substancia de nuestra formación como argentinos [...]. Los orígenes del “ser nacional” En este rastreo del “ser nacional” en el otrora, una de las falsificaciones que es necesario poner en descubierto, es el concepto de la oligarquía sobre España. El nacimiento de la nacionalidad no puede segregarse del período hispánico. La historiografía del liberalismo conservador ha procedido a la inversa. El país empieza en 1810. Desligar a estos pueblos de su largo pasado, ha sido una de las graves desfiguraciones históricas de la oligarquía mitrista que se aquilató en el poder en 1853. Esta clase es española por sus orígenes. Ya hasta en su estilo de vida. Su posición frente a España, exige por tanto una explicación. El menosprecio hacia España arranca de los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es un desprestigio de origen extranjero que se inicia con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del libro de Bartolomé de las Casas Lágrimas de los indios: relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles. El título lo dice todo. Un libelo. Con relación a esta publicación, J. C. J. Metford, recuerda que, en la dedicatoria se invoca a Cronwell para “conducir sus ejércitos a la batalla contra la sanguinaria y papista nación de los españoles”. La “leyenda negra” fue difundida por los ingleses como arbitrio político, en una época en que los Habsburgos mandaban sobre Europa y amenazaban a Inglaterra, entonces una potencia de segundo orden. Tales diatribas compartían un estado patriótico generalizado. Y fue registrado por poetas como Tennyson: “Los reinos de España, reino de los diablos, y los perros de la Inquisición”. A la inversa, Lope de Vega, llamará a Isabel de Inglaterra “sanguinaria Jezebel”. Las contiendas religiosas del siglo XVII entre España católica y la Inglaterra disidente, enmascaraban la liza por el poder mundial, hasta entonces empuñado por España. La creciente expansión inglesa se atavió de puritanismo, del mismo modo que la decadencia española de fanatismo católico. En realidad, lo que estaba en juego era el próximo desplazamiento del poder naval. Todo esto se entiende por sí mismo. Más difícil es comprender -tan mezquina es la causa- que las oligarquías criollas después de la emancipación, en lugar de conservar sus orígenes, denigrasen sistemáticamente a España a partir de la segunda mitad del siglo XIX, para romper de este modo, no con España que ya no era un peligro, sino con ellas mismas desde el punto de vista del linaje nacional. Esta infidencia de la oligarquía para su raza y estirpe histórica ha tenido efectos duraderos en la cultura argentina. España dejó de ser parte rectora de un glorioso pasado europeo para descender a menoscabo espiritual, todavía perdurable en muchos argentinos que recibieron sobre España la idea extranjera que de sí misma se formó la oligarquía de la tierra - a pesar de su genealogía española- al ligar sus exportaciones al mercado británico. En tal sentido, este sentimiento antiespañol, es la remota proyección en el tiempo, de aquella inicial rivalidad entre España e Inglaterra. Y la denegación de España, de parte de la oligarquía, en su nuez, no es más que el residuo cultural mortecino de su servidumbre material al Imperio Británico. Los pueblos, en cambio, se mantuvieron hispánicos, filiados al pasado, a la cultura anterior. Lo cual prueba el poder de esa cultura española que la oligarquía repudió para vivir en delante de prestado. España y Europa De las naciones de Europa, ninguna como España escaló tan arriba las cumbres del esplendor universal. Pero se generalizó un siglo -el XIX- que encorva el destino de España, a toda su historia europea. Al mismo tiempo, pero con signo inverso, al posterior poderío inglés, a través de una de las mudas más hipócritas y ambiguas del racismo, se lo hipostasió en superioridad civilizadora de los anglosajones. Asistimos hoy a la declinación de ese poder, sin duda sobresaliente de Inglaterra, pero nunca tan grandioso como el que congregó España. La inferioridad de lo español se convirtió en un lugar común de nuestra educación. Y coincide con la penetración mercantil inglesa en la América Hispánica. A raíz de la emancipación, en efecto, junto con las mercaderías británicas, comerciantes y cronistas, con frecuencia agentes secretos, escriben sus memorias e impresiones de viajes sobre la América Española [...]. Hoy mismo, asumir la defensa de España, es en la Argentina, motivo de resquemores ideológicos. España es el pueblo más perfilado de Europa. Un enigma para los europeos. Frente a España sólo cabe la calumnia o la admiración. No hay alternativas. Entre todos los pueblos de Europa, es culturalmente el más perfilado, en la medida quizá, que no es enteramente europeo. [...] La inquisición misma no puede desprenderse de esta duplicidad del pensamiento español, místico sí, pero oscilante entre la fe teologal y la herejía racional. En Unamuno puede comprobarse este dualismo que inunda como un torrente oscuro y luminoso a un tiempo el arte español. Este punzón critico atento en la fe, chispea en lo picaresco español. No es casual que Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, que profesaron en órdenes religiosas, fuesen al unísono realistas de la vida, maestros de una literatura sensual y nítida. Las guerras religiosas contra los árabes fueron morteros tanto del poder de la Iglesia y el patriotismo del pueblo, como estímulos contrarios a esta dirección, siempre larvados en el alma española, más cerca de la tolerancia que del dogmatismo, y que se expresó en la nunca desmentida humanidad del español, en comparación con otros pueblos de Europa, a pesar de su posición absolutista y papista en materia católica. Este desdoblamiento hace difícil comprender a España. El espíritu de la contrarreforma, a través del sistema pedagógico y militar de Ignacio de Loyola, refluyó en toda Europa. La misma Inquisición, institución típicamente española, debe interpretarse en su faz psicológica, como el candado de esa inseguridad del hombre español, intermedio entre la fe y el ateísmo, temeroso de sí, y, sobre todo, de la propia conciencia heterodoxa. Nada más problemático que a un pueblo que a sí mismo se pone cerrojos y los acepta como santos. En las hogueras, el español abrazaba su trágica conciencia irreligiosa, su íntimo demonio. A nadie como el español le conviene esta observación de Novalis: “Es extraño que aún no haya sido descubierta la vinculación interna que existe entre la voluptuosidad, la religión y la crueldad, y que los hombres no hayan comprendido que entre estas emociones existe un estrecho parentesco y una comunidad de tendencias”. No hay dudas que la inquisición quemaba herejes. Del mismo modo que en la última guerra civil los españoles incendiaban monjas. A las dos Españas les gusta el fuego. Y las cosas van por turno. A España se la ridiculiza como un leprosario de mendigos, pícaros fanfarrones y nobles de capa caída, o se la sublima con los arreboles estivales de un romanticismo bochornoso. En ambos casos, el contorno de España es siempre español. Lo definido de la cultura española es lo indefinido de su composición étnica y de su amalgamiento con civilizaciones que en España perdieron lo que les era ínsito. España es el único país autóctono de Europa, con excepción, quizá, de Rusia, también una cultura mesturada y, al mismo tiempo, profundamente nacional. Todo lo español es con respecto a Europa español. Y en parte, por la misma causa, lo hispanoamericano, no es Europa, sino la América Hispánica. [...]. España y América España es un componente real de Hispanoamérica. Parecería un contrasentido hablar del “ser nacional” argentino y, al mismo tiempo, filiarlo a la América Latina, que no es una nación, sino un racimo de regiones supuestamente soberanas e, incluso, enconadas por celos nacionales mutuos. Pero si esas fronteras fuesen ficticias y esos celos aguijoneados por focos excéntricos del poder mundial, adversos a nuestro destino común, entonces la aparente contradicción cedería a la necesidad de revisar nuestras creencias adquiridas y, por tanto, el sistema educativo que nos ha inyectado, desde la infancia, el prejuicio de que las naciones latinoamericanas son autónomas entre sí. Y en efecto, la verdad es otra. La disposición glomerular de la América latina, sus países en mosaico, no responde a causas geográficas, históricas o raciales fatales. La fracturación de la América Latina es una edificación artificial de la Europa del siglo XIX, en lo esencial, no deseada en el momento de la emancipación, por los pueblos hispanoamericanos. Y aquí cabe una aclaración preliminar. Cuando en este trabajo se habla de la América Latina, nos referimos -sin agotar la distinción- a su realidad económica y política presentes. En cambio, cuando designamos la historia y la cultura de estos pueblos, preferimos hablar de América Hispánica o Ibero América. La denominación de América Latina, a más de culturalmente imprecisa y cercana, se extendió al término de la centuria pasada, apoyada por escritores encandilados por Francia, se aclimató finalmente en este siglo XX, bajo el ascendiente de personajes como Clemenceau o Poincaré, y es en alguna medida el resabio con cosméticos modernos de aquella inquina hacia España que viene de la política continental europea de los siglos anteriores, no sólo de parte de Inglaterra, sino de Francia, interesada por igual en el reparto de los restos del antiguo Imperio Español en América. Se contrarió así el sentimiento hispanoamericano de estos pueblos que, salvo en los grupos inmigratorios postreros, permanecieron extraños a una “latinidad” irreal. La latinidad no existe. Como no existe Occidente. Lo mismo puede decirse del concepto de hispanidad, en el que se entreveran como sombras chinescas de las ideologías del presente, fantasías religiosas e imperiales con hedor a sepulcro. En esta última cuestión cabe decir que el fracaso de la idea sustentada por autores españoles y americanos sobre el anudamiento económico y cultural de América y España, a fin de resucitar la antigua conexión histórica, no ha ido más allá de una infusión de nostalgia monacal y utopismo reaccionario que aún desvaría con la restauración de un Imperio Católico Hispánico. España nada puede aportar, por su condición de potencia secundaria - y ya lo era con relación a la América Española en los preámbulos de la emancipación-, a la liberación de Latinoamérica. Tal liberación no es una cuestión de espíritu, sino de máxima concentración económica y militar en una zona del planeta a la cual España no pertenece. La misma apatía de España es la prueba de su impotencia nacional para dar forma a ese ideal, pues también las naciones se proponen sólo aquellos fines que pueden alcanzar. Y la política real impone límites a los sueños. La leyenda contra España, erigida por los anglosajones, debe ser desarmada por los hispanoamericanos, más que por los españoles, y tal criterio revisionista ha de acicatearse en nuestra realidad, puesto que el punto de vista nacional de España no es ya el nuestro [...]. Este apetito de comprendernos, revisando los fundamentos de nuestra historia, de nuestra psicología y de trazar sobre las ruinas del imperio deshecho las líneas de una federación, es la sensación que inquieta al espíritu. Esta sensación es el honrado y humano afán de ver el trozo del mundo sobre el que podemos influir con ojos de juez, que ven con justicia, y con ojos de águila que ven con magnífica grandeza [...]. Generaciones enteras de hispanoamericanos - no los pueblos - han adherido al mito de la supremacía anglosajona. El pionero fue Sarmiento. Tanto como el dominio económico, este fraude espiritual ha sido la obra maestra de las naciones imperiales. Pero América Hispánica está presente. Y la experimentamos “nuestra”. Sentimos que enclaustra una realidad pasada, presente y actual, no consumada en la esfera de la política mundial, pero siempre rediviva en la conciencia ancestral de Iberoamérica. Tal hecho emocional es el germen de una nacionalidad en potencia que rebalsa las fronteras sin causa, y cuya horizontalidad geográfica tiende por ley histórica a la verticalidad de un sentido. Este nacionalismo hispanoamericano ha sido contravenido por nacionalismos locales, que reproducen, parcializados, los intereses agrarios de las oligarquías nativas hostiles a la unidad continental. Pero Iberoamérica reúne las condiciones de una nación integral. Y el falaz nacionalismo de las repúblicas sin existencia propia, auspiciado desde afuera, será sustituido por la conciencia de la nación Iberoamericana. http://www.agendadereflexion.com.ar/2008/01/15/415-el-ser-argentino Nacionalismo no es sinónimo de Xenofobia ni Racismo Nacionalismo no es sinónimo de xenofobia. Ese es un error demasiado común entre quienes se han dejado educar por la escuela del liberalismo. El liberalismo ha impuesto la moda que el nacionalismo es malo. Osea que los intereses de un pueblo sean difusos e indefendibles para manipularlos mejor. Nacionalismo es defender los intereses propios de la nación, ya que no vamos a pretender que nuestros intereses los defiendan los extranjeros. Esa hipótesis es como dije antes producto de la educación liberal. Nacionalismo no significa odiar a nadie, simplemente defender los intereses de la nación, frente a otros intereses foráneos. Y ya que hablas de patriotas, el patriota es aquel que se reconoce en su identidad nacional, se reconoce como parte integrante del pueblo de la nación, y sabe distinguir cuales son los intereses propios, y cuales los intereses extraños que los medios intentan hacer pasar por propios para confundir y volver la identidad nacional como una idea difusa e impracticable. Nuestro pueblo, conforma nuestra nación, y dentro del pueblo existen infinidad de tendencias e intereses propios de cada sector. Pero esos intereses particulares y sectarios dentro del pueblo y apesar de ellos no deben impedir que el pueblo en su conjunto y la nación como unidad tengan en si mismos enraizados un interés supremo que defender. José Hernandez en el Martín Fierro lo dijo claramente: "si entre hermanos se pelean, los devoran los de afuera", en base a la hipótesis de Hernadez el Nacionalismo es tener en claro que los de "afuera" nos quieren devorar, y por lo tanto hay que ser inteligentes para defender nuestros intereses propios, nuestros intereses como nación en unidad. Caridad es un término que puede prestarse a la confusión fuera de contexto y dentro de una linea de dialogo también. Muchos confunden la palabra "Caridad" con el concepto cristiano de la misma. La misma palabra puede contener muchos significados que puede distraerla de su enfoque. En mi reflexión asocio la palabra "Caridad" con la definición "Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno". Y para darle mayor fuerza aún en una definición mas apropiada en "Dar de lo que no me sobra, que me obliga a privarme de ciertas cosas, a quién lo necesita más que yo". Libros que recomiendo Leer Sobre Nacionalismo Argentino J. J. Hernandez Arregui - La Formación de la Conciencia Nacional J. J. Hernandez Arregui - Nacionalismo y Liberación J. J. Hernandez Arregui - Que Es el Ser Nacional Arturo Jauretche - Manual de Zonceras Argentinas Arturo Jauretche - El Medio Pelo Argentino

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Pirata de Razor 1911 Habla Sobre la Cárcel
Pirata de Razor 1911 Habla Sobre la Cárcel
InfoporAnónimo9/28/2010

Razor1911 es el grupo de crackers mas antiguo, empezaron rompiendo la seguridad de los juegos de commodore 64 ,y estamos hablando del año 1985. A dia de hoy no solo se han adaptado a las nuevas tecnologias ,si no que siguen siendo los numero uno. Shane Pitman, conocido por su nickname “Pitbull,” fué detenido durante el proceso de la Operción Buccaneer en el 2001. Shane fué condenado a 18 meses de prisión. Recientemente hizo declaraciones que llevan a refleccionar: "To be honest, this entire ordeal has tainted my respect for the federal governmet and our legal system. I mean, when I get sent to prison for violating copyright laws, and while I'm in prison I see the Associate Warden swapping copies of DVD movies with her secretary" - Pitbull / Razor 1911 "Para ser honesto, toda esta dura prueba ha corrompido mi respecto por el gobierno federal y nuestro sistema judicial. Osea, yo soy enviado a prisión por violar leyes de Derechos de Autor, y mientras estoy preso veo al guardia intercambiar copias en DVD de películas con su secretaria" - Pitbull / Razor 1911 La declaración de Pitbull fué realizada en la red Facebook: http://www.facebook.com/pages/Razor-1911/317095087342

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Cristina Kirchner Presidenta Fashion (2010) Sylvina Walger
Cristina Kirchner Presidenta Fashion (2010) Sylvina Walger
InfoporAnónimo9/14/2010

BJA - Biblioteca Jurídica Argentina . http://bibliotecajuridicaargentina.blogspot.com Nota del Escaneador: Quien se pondría a escanear un libro crítico del Gobierno Kirchnerista, el Kirchnerismo, sobre Néstor Kirchner y Cristina Kirchner si no es Zurdinga ?, pues nadie. El libro salió hace unas semanas y se vende a buen ritmo. Dejé colgados otros escaneos pendientes para digitalizarlo lo antes posible. Zurdinga no tiene millones de dolares, Zurdinga no compró con testaferros, Radios, ni Canales de Televisión, tampoco diarios. Zurdinga no recibe publicidad oficial. Zurdinga tampoco cuenta con un séquito de militantes, cibermilitantes, o ñoquis rentados. No lo apoyan figuras, ni tiene sponsor. Zurdinga simplemente tiene un escanner, Zurdinga escanea y digitaliza libros para compartir. Walger, Sylvina - Cristina Kirchner. De Legisladora Combativa a Presidenta Fashion (2010) Ediciones B Reseña del Libro Fuentes: http://www.abc.es/20100828/internacional/kirchner-fashion-201008280306.html http://www.futuro-digital.com.ar/editorial-mainmenu-70/49-editorial/11783-kirchner-la-presidenta-fashion.html http://www.losandes.com.ar/notas/2010/9/4/libro-relata-lado-oculto-cristina-512586.asp La historia oculta de Cristina Fernández de Kirchner, demoledora y sin concesiones, se publica este fin de semana en Argentina. La biografía, «Cristina, de legisladora combativa a presidenta fashion», de Sylvina Walger, ofrece el retrato descarnado de una mujer déspota, caprichosa, infiel, enamorada del lujo y, a los 57 años, obsesionada con su apariencia. El libro presenta un personaje vacío de poder real que vive sometido al maltrato de un marido autoritario. A Néstor Kirchner lo retrata como un «mezquino, tacaño, vengativo, envidioso» y delator durante la dictadura (1976-83). Un hombre, también infiel, al que la ira le lleva, al menos en una ocasión, a «pegarle una trompada (puñetazo)» a la jefa del Estado por no cumplir sus órdenes. «No los une el amor sino el dinero y algunos secretos atroces. De ese matrimonio sólo queda una fortuna para dividir», asegura Walger. Autora de «Pizza con champán», best-seller sobre el mandato de Carlos Menem, la periodista y socióloga mete el bisturí en las vísceras de la pareja más poderosa de Argentina para ofrecer un plato caliente de casquería política, peronismo, celos, frivolidad y ambiciones infinitas. «La bandera de los derechos humanos —reitera— la usan para amasar poder y dinero». El que lleva los pantalones, el verdadero presidente es Néstor, él toma las decisiones importantes. La idea de que ambos tienen el mismo peso y forman una sociedad igualitaria es falsa», asegura Walger. El 17 de julio de 2008, el Senado acabó con las aspiraciones de Cristina Kirchner de mantener unos impuestos al sector agropecuario. Ese día perdió la primera gran batalla. Un desatado Néstor Kirchner le pidió la dimisión. «Ella se negó, le insultó y le espetó que se marchara. El presidente paralelo —como le llama Walger— le propinó una sonora trompada. El golpe fue serio y hubo que trasladarla para que la atendieran los médicos». La escena está recogida en el libro de casi 200 páginas (Ediciones B). La «alborotada relación matrimonial» marca una gestión «con el objetivo de quedarse 16 años». Sin embargo, la autora asegura que «están de salida». La intimidad de la familia es un tabú que queda roto en el relato. A ella le atribuye aventuras «con un senador, un banquero, un gobernador y hasta su jefe de escoltas». A él, «ser amante de María Angela Girometti», una empresaria patagónica. Corrupción Otro terreno prohibido por el que se mueve el libro es una palabra que «Cristina no ha pronunciado una vez desde que llegó a la Presidencia en 2007: corrupción». En la biografía están minuciosamente analizadas las intervenciones públicas de la jefa de Estado así como una lista de los vínculos de la pareja con la palabra maldita. Entre éstos, «la fortuna inocultable —8.500.000 de euros—, con 19 casas, 14 departamentos, 6 terrenos y 2 locales; la consultora Chapelco para asesorar financieramente a inversores locales y extranjeros, el destino desconocido de más de 600 millones de euros de la provincia de Santa Cruz y el descomunal enriquecimiento de sus secretarios privados». La debilidad por las joyas y su colección de bolsos son señas de identidad de la presidenta, según Walger. «Comenzó con Vuitton y ahora son Hermes. De éstos sus preferidos son, en cocodrilo o lagarto, la Kelly bag, diseñada en honor de Grace Kelly, y la Birkin bag, en homenaje a Jane Birkin. Sólo se venden por encargo y su precio se acerca a los 40.000 euros». «Para Cristina —continúa— no hay crisis. Se cambia, por lo menos, tres veces al día y en uno solo, en la campaña 2007, llevaba encima 50.000 dólares en alhajas. Pero, ya lo había advertido entonces: para ser buena política no tengo que disfrazarme de pobre». Estética kirchnerista aparte, la biografía sin compasión de Walger ahonda en las tinieblas de la dictadura (1976-83). Años de plomo guerrillero y metralla militar, recuerda que Néstor Kirchner estuvo detenido con un amigo apenas dos días. Breve plazo que se explicaría «porque entregaron direcciones, teléfonos, informaciones varias que desembocarían en numerosas detenciones». Historia cruda la de «Cristina, de legisladora combativa a presidenta fashion». Una frase suya la termina definiendo: «Yo no soy progre, soy peronista». (…) único confiable que tienen los referentes machos de este país es su propia compañera. No confían en nadie si no es de su propia sangre. Este es un fenómeno muy argentino. El modelo es Perón y Evita. Antes de Perón ningún presidente tuvo a su mujer metida en la política. Es un tema de confiabilidad. ¿En quién podía confiar Perón? En Evita. Ella era la combativa y él ponía el aspecto reflexivo. A lo cual habría que añadirle la segunda experiencia peronista. ¿En quién confiaba el Perón enfermo que regresó al país en 1973? En Isabelita, cuya preparación y experiencia políticas eran totalmente nulas, y aun así se postuló como vicepresidenta, para “heredar” el Ejecutivo cuando Perón muriera, tal como efectivamente ocurrió. La diferencia con Cristina es que Isabelita era una mujer de pocas pretensiones. Una, reencarnarse en Evita según le había prometido López Rega. Y la otra, permitirle a su “brujo” que hiciera lo que quisiera con el país y sus habitantes. A Cristina no hay nada que le guste más que hablar y agredir al mismo tiempo, inclinación que alcanzó su clímax durante “la guerra gaucha”, como bien la definió Jorge Lanata. Cristina se había acostumbrado a la vida en Buenos Aires y cada vez le costaba más acompañar a Kirchner a Santa Cruz. Sobre todo a los actos en el interior de la provincia, donde tenía que encontrarse con gente muy humilde para gusto, en lugares muy precarios que la ponían de mal humor. Como diputada y senadora nacional había vivido diez años alejada de Néstor, y pese al cuento de hadas armados por ellos y sus más fieles, lo cierto es que durante largo tiempo ni se veían ni se hablaban. Gente de su entorno asegura que esa fue la época más feliz de Cristina, al menos la de mayor independencia y libertad. Cristina es un conjunto de estampas de la vida política de Cristina Fernández de Kirchner, un relato de lo que se ve y lo que no se ve de la actual Presidenta, la mujer más polémica de la Argentina, capaz de despertar, al mismo tiempo, admirada adhesión y enconado desprecio. ¿A Cristina se la quiere y se la odia por ig ...ual, como sucedió con Evita, porque es mujer y la política es un ámbito machista? ¿Por qué la rechaza gran parte de la clase media argentina? ¿Razones ideológicas de peso o una simple falta de feeling? Sylvina Walger, socióloga y reconocida periodista de vasta trayectoria en los principales medios del país, analiza los años políticos de esta abogada platense cuya figura ha ido mutando desde la combativa y temperamental legisladora Fernández a Cristina, la Presidenta, la mujer contenida e irritable -pero fashion- que, según dicen, cumple las órdenes de su marido. Y Walger la describe con la agudeza y la ironía con que retrató los frivolos 90, los años menemistas en los que campeaban la ostentación y el desparpajo de la "pizza con champán". No hay nada como el perfume de un libro nuevo al libro ya saben donde buscarlo

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Un Choripán La Coca y El Escarmiento Peronista
InfoporAnónimo10/9/2010

Un Choripan, La Coca y El Escarmiento Peronista Un Choripan y La Coca. Anoche salí de jarana, y la pasé muy bien. Como es mi costumbre luego de una noche agitada de música, baile y bebidas, tipo 7 de la mañana terminé en el puesto de chori de siempre, comiéndome un rico choripan con una coca, que por cierto no fué de obsequio de nadie, aboné todo de mi bolsillo. Al llegar a casa, intenté acostarme para dormir un poco, pero me fué imposible. El Vodka con Red Bull me provoca insomnio como efecto residual, y como me tomé varios no pude pegar un ojo. Harto ya de dar vueltas en la cama, me levanté tipo 8 de la mañana me pegué una ducha y salí para el centro. Como es mi costumbre semanal, me acerqué a mi librería de confianza para tomar un cafecito con el dueño que es mi amigo y charlar un rato sobre libros, y novedades editoriales. De la pila se destaca el último de Pacho O'Donnell - La Gran Epopeya. El Combate de la vuelta de Obligado, que porsupuesto también compré. El hecho que sea un lector compuslivo, no significa que sea un lector atolondrado que lee cualquier cosa. Mi tiempo vale y una regla de la lectura eficáz es que no se puede leer todo lo que hay, por lo que es necesario utilizar mucho el criterio para seleccionar el material. No voy a perder el tiempo a la librería a hojear libros, ya voy una lista en mi cabeza de libros previamente selecionados. Es mi costumbre que por mes al menos comprar 4 libros nuevos, 2 libros de la profesión y otros 2 libros de otro tema. Los libros y revistas usados que compro de segunda mano no los cuento, pero por semana voy una o dos veces a los locales con mayor variedad de libros usados y antiguos, y siempre algo me llevo. He coseguido muchos libros y colecciones imposibles en estos lugares y soy cliente fijo. Yo siempre compro, jamás vendo o canjeo. Es todo un presupuesto, pero es un gusto que me doy. Algunos se dan el gusto de mostrar relojes de precio obsceno en las muñecas, yo prefiero que mi biblioteca sea obscena de libros. Veo muy poca televisón, lo que me permite transferir ese tiempo a mi vicio de la lectura y es y sigue siendo una de las experiencias que más me gratifica. Estuve chusmeando en las estanterías de lo que yo llamo boludismos. Esos libritos de autoayuda y demases. Yo siempre de cajón voy a historia y ciencias sociales. La lectura impone el previo arte de la selección. Uno puede tener autores preferidos, o quienes resultan gratificantes en sus líneas, pero siempre hay que ser conscientes que un libro antes que nada tiene una historia, un sentido y una inclinación. Un libro es cultura, pero con la cultura inclinada hacia los intereses o ideologías del autor, eso no puede evitarse. Es por tal motivo que no existen escritores, templados y ecuánimes. A lo sumo escritores muy críticos, y que se entienda muy críticos para acá o para allá. Entonces mi ficha de selección se basa en la historia, educación, idología y tendencias de los autores además del tema abordado. Esto es básico para crecer en la lectura. Uno puede tener su punto de vista pero no resulta construcctivo rellenar una biblioteca con centenares de libros que relatan hechos o teorías siempre inclinados hacia el mismo lado, osea ladeados. Es muy simple, los libros se ladean para la izquierda o para la derecha, pero así al estar ladeados, al ordenarlos en la biblioteca se sostienen entre sí. Y no solo se sostienen en nuestra biblioteca, sino también en nuestra cabeza, para acomodar ideas. El Escarmiento Peronista. Juan B. Yofre - El Escarmiento. La ofensiva de Perón contra Cámpora y los Montoneros, 1973-1974 Editorial: Sudamericana I.S.B.N : 9789500732246 Clasificación: Derecho Y Ciencias Sociales » Politica » Nacional Formato: Rústica Publicación: 17/06/2010 Precio / Costo: $ 75,00 Contratapa "La revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para bien de la República." El responsable de esas palabras fue militar y político, acaso el más importante de la historia argentina en ambas esferas: Juan Domingo Perón. Y la frase encierra el dilema que marcó a sangre y fuego su regreso al país y su tercera presidencia: de qué manera terminar con el terrorismo sin apartarse de la ley. Un problema que no pudo resolver y en el que le fue la vida. Entretejiendo crónicas y testimonios de la época con un uso admirable de archivos hasta ahora secretos, Juan B. Yofre muestra en este libro a un Perón vital, tan empeñado en unir y pacificar la Argentina como enfurecido por el accionar de los grupos guerrilleros y de sus aliados políticos, especialmente Héctor J. Cámpora. El Perón de El escarmiento no se presta a interpretaciones erróneas ni lecturas tramposas: en las páginas de este relato absorbente aparece una y otra vez como un líder decidido a gobernar para todos los sectores, pero sin miedo a utilizar términos como escarmiento, exterminar y aplastar a la hora de hacer frente a Montoneros. Yofre revela con nitidez a Perón tal como era; ese Perón que muchos, incluso hoy, prefieren no ver Valga la redundancia, el libro me dío un escarmiento. El Ejemplar que compré venía fallado, le faltaban hojas, me dí cuenta cuando lo estaba escaneando, así que rápidamente volvía a la librería y me encontré que la mayoría de la partida de ejemplares que recibieron tenían la misma falla, así que hice mio uno de los pocos ejemplares completos sin hojas faltantes. El Escarmiento Escaneando para Digitalizarlo en Ebook PDF y DJVú Haga Patria Escanee Cualquier Libro y Difunda su Contenido Es muy recomendable la lectura de El Escarmiento, de Juan Bautista "Tata" Yofre (Sudamericana, 2010, 448 pgs.) para comprender el tiempo histórico que nos toca vivir. Es como si fuera la segunda parte de Operación Traviata, de Ceferino Reato y Santiago Senén Gonzalez, en lo que respecta a dar contenido a un movimiento político. La investigación sobre el asesinato de el sindicalista José Ignacio Rucci por parte de los Montoneros sirvió para diferenciar dentro del peronismo a aquellos que reivindican al general Juan D. Perón, clásico y ortodoxo, de aquél que quisieron imaginar los jovenes de la Tendencia, revolucionario y transgresor. El Tata había publicado recientemente "Nadie fue" y "Fuimos todos", que también hacen una revisión histórica de ese combulsionado tiempo, pero en El Escarmiento -como en Operación Traviata- ofrece al Peronismo Disidente o Federal una serie de argumentos históricamente documentados acerca del verdadero peronismo; a modo de ejemplo, infiere que Perón echó a los Kirchner de la Plaza. En su libro, los kirchneristas suelen estar en la vereda de enfrente al General. Lo más destacable del libro son los anexos de fotografías inéditas de Perón y los archivos de inteligencia de las FFAA. Se incluyen muchas transcripciones textuales de archivo y la frutilla del postre una copia del Documento Habbeger sobre los integrantes de la conducción montonera redactado por la inteligencia militar. Destaco asimismo a alusión a la Biblia de Montoneros, la Biblia del ERP y la Biblia del Ejercito, o Mamotretos. El prólogo del libro se los transcribo en la actualización de este post

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Saber Leer No Elimina el Analfabetismo
InfoporAnónimo11/27/2010

Este artículo pone de relieve, en primer lugar, la persistencia en las sociedades europeas de principios de las formas modernas de transmisión de conocimientos que no implica el dominio de la lectura, pero la palabra viva y la imagen. Muestra, también, el creciente papel de la lectura como una herramienta de aprendizaje y adquisición de conocimientos y su escuela de traducción en el siglo XIX, cuando el libro se convierte en un manual y los libros que las editoriales ofrecen a los lectores de las bibliotecas populares enciclopédica. Pero el creciente número de lectores y progreso de la lectura llevado a la dispersión de las prácticas, la proliferación de la impresión popular y la polarización del campo literario entre la "literatura industrial" y el arte por el arte de "pocos felices". También llevan las denuncias de los peligros de la (mala) la lectura, heredada del siglo XVIII, y las preocupaciones sobre la ambivalencia de la obra, que es un instrumento de conocimiento, sino también de la alienación del lector. El artículo concluye con reflexiones sobre las transformaciones impuestas en la lectura de la textualidad digital. Leer para aprender. Esta fórmula nos parece una evidencia hoy en día. Desde el siglo XIX el saber leer y la práctica de la lectura definen las condiciones del acceso a los conocimientos. Leer es el instrumento imprescindible sin el cual aprender es imposible. Para nosotros analfabetismo e ignorancia se han vuelto sinónimos. Elefantes y corderos 2Como historiador debemos recordar que no fue siempre así. En primer lugar duraderamente se mantuvieron las formas de transmisión oral y visual de los saberes. La imitación de los gestos, la escucha de las palabras, la adquisición de un saber transmitido por las imágenes constituyeron modalidades dominantes de los aprendizajes no solamente de las conductas prácticas sino también de los conocimientos abstractos. Como lo ha mostrado José Emilio Burucúa, citando a San Gregorio Magno, “El divino discurso de la Sagrada Escritura es un río delgado y profundo a la vez, en el cual deambula un cordero y nada un elefante”, duradera fue la percepción de la oposición entre la cultura de los “elefantes”, es decir los sabios y letrados, que doman el leer y el escribir, y la cultura de los “corderos” iletrados. Pero esta oposición no borraba ni negaba la capacidad de conocimiento de los ignorantes. La sabiduría de los humildes, que no sabían leer, ejemplificó la reivindicación de una docta ignorancia opuesta a los falsos saberes de las autoridades. La inocencia de los “corderos” fue movilizada por rechazar los dogmas heredados, la aceptación ciega de la tradición, el sometimiento al orden impuesto por los libros. Encarnaron en los textos este saber de los iletrados las figuras del salvaje (por ejemplo, los Indios Tupinambas de Montaigne), del campesino (los Marcolfo y Bartoldo de la Italia renacentista), o los animales más sabios que los hombres que aparecen en las utopías y las estampas del mundo al revés. Tal como Cristo, los niños pueden enseñar a los ancianos, los simples a los doctos, las mujeres a los hombres. En este sentido el mundo al revés designaba paradójicamente el inesperado pero verdadero orden de la sabiduría. 3Además, aún para quienes no sabían escribir ni siquiera leer, no era imposible entrar en el mundo de la cultura escrita. Fernando Bouza ha propuesto un inventario de los diversos soportes que aseguraban en los siglos XVI y XVII este “elevado grado de familiaridad con la escritura que tenían los no letrados”: la presencia sobre los paredes y las fachadas de los carteles, edictos, anuncios o grafiti, la importancia de la lectura en voz alta que permitía transmitir lo escrito a los iletrados (pensemos en los segadores del Quijote escuchando la lectura de las novelas de caballería y las crónicas) o la creación de un nuevo mercado y de un nuevo público para los textos impresos. Los pliegos de cordel, vendidos por los buhoneros (ciegos o no) difundían en las capas más humildes de la sociedad romances, coplas, relaciones de suceso y comedias. Para los iletrados, la permanencia de las formas tradicionales de la transmisión de los conocimientos e informaciones iba de par con una fuerte familiaridad con lo escrito – por lo menos en las ciudades. 4Si la cultura escrita no borró el papel de la oralidad o de las imágenes es sin duda porqué se mantuvieron altos porcentajes de analfabetismo hasta el siglo XVIII (y salvo en la Europa del Norte). Pero, como lo observa Fernando Bouza, existe otra razón. En los siglos XVI y XVII los tres modos de la comunicación (las palabras habladas, las imágenes pintadas o grabadas, la escritura manuscrita o tipográfica) estaban considerados como formas igualmente validas del conocimiento. Semejante equivalencia no ignoraba el carácter propio de cada una estas modalidades de comunicación: así la fuerza “performativa” de la palabra que maldice, conjura o convence, la capacidad de la imagen de hacer presente lo ausente, o las posibilidades de reproducción y conservación sólo otorgadas por lo escrito. Sin embargo, la equiparación entre palabras vivas, imágenes, y escritos permitía elegir uno u otro de los lenguajes disponibles, no en función del mensaje, sino del público o de las circunstancias. Aseguró la permanencia de la fuerza cognoscitiva procurada por las voces y las imágenes en el mundo de los alfabetizados, letrados y doctos tal como en los medios sociales que ya no habían conquistado el saber leer. Oficio y ocio 5Este diagnóstico no debe ocultar no obstante que desde los siglos XVI y XVII, y quizás ya antes la invención de la imprenta en algunas partes de Europa, leer libros era la práctica dominante para aprender no solamente conocimientos y saberes, sino técnicas y prácticas. Lo muestra la presencia de los libros en las casas o los talleres de los tenderos y artesanos. En Amiens en el siglo XVI, 12% de los artesanos poseían libros, tanto libros de devoción (particularmente libros de horas) como libros utilizados en el ejercicio del oficio tal como las colecciones de modelos y planchas útiles para los varios artes. En Barcelona, durante el mismo siglo, también aparecen libros entre los bienes poseídos por la población artesanal y también puede observarse, como lo hace Manuel Peña, la importante difusión de una literatura técnica consultada en el ejercicio del oficio. Se establece así en el mundo de las profesiones manuales una relación fuerte entre la práctica profesional y la posesión, consulta y lectura de libros – una relación que caracterizaba desde los tiempos del manuscrito a los clérigos, los juristas, los médicos y cirujanos. 6Tal observación requiere dos matices. Por un lado, no podemos concluir que un libro práctico fue necesariamente leído para la práctica. Por ejemplo, los manuales epistolares que proponían reglas y ejemplos para escribir cartas conocieron en toda la Europa de los siglos XVII y XVIII una muy amplia difusión impresa, particularmente porque entraron en el repertorio de las ediciones populares, baratas y vendidas por los buhoneros. Sin embargo, es claro que sus lectores populares, que conformaban la mayoría de sus compradores, cuando escribieron cartas no se encontraban en las situaciones epistolares propias de los élites descritas por los manuales impresos y no respetaron las convenciones que les enseñaban. Debemos pensar, entonces, que estos manuales que tenían una clara finalidad didáctica y práctica fueron leídos sin preocupación de utilidad y por otras razones: como descripción de un mundo aristocrático exótico, como esbozos de ficciones epistolares gracias a las correspondencias ficticias propuestas como modelos, o como aprendizaje de un orden social donde las fórmulas de urbanidad, epistolares o no, debían siempre expresar las desigualdades de los estamentos y rangos. 7Por otro lado, no podemos limitar lo que se aprende leyendo a los requisitos del oficio. Desde el siglo XIII, como lo indica Armando Petrucci, toda una clase de “alfabeti liberi”, de lectores que quieren leer fuera de las obligaciones de la profesión, buscan libros y copian o hacen copiar los textos que desean leer por su diversión, sin respetar los repertorios canónicos, las técnicas intelectuales o las normas de lectura impuestas por el método escolástico o la glosa jurídica. En el Tesoro de la lengua castellana, en 1611, Covarrubias define así la palabra “ocio”: “No es tan usado vocablo como ociosidad, latine otium. Ocioso, el que no se ocupa en cosa alguna. El ocioso es el desocupado, el que no se detiene o se embaraza en ninguna cosa, que no tiene ocupación”. Los “ratos ociosos y desocupados” son momentos de tiempo libre, disponibles para sosegarse, divertirse o aprender. El “desocupado lector” a quien se dirige el Prólogo del Quijote es, tal como el “otiosius lector” de la tradición clásica, un lector libre de su tiempo, que no lee por necesidad, sino por el placer estético o el interés intelectual. En este sentido, el “desocupado lector” no es solamente un lector que es el dueño de su tiempo, sino también un lector liberado de las lecturas profesionales. Pero este ocioso lector es un desocupado bien ocupado, ya que “deja los negocios y, por descansar, se ocupa en alguna cosa de contento”. Contentarse y aprender no son incompatibles si se define aprender en un largo sentido, tal como lo propone Covarrubias: “Aprender es aprehender en el entendimiento y conservar en la memoria alguna cosa”. Normas escolares, literatura industrial y lecturas instructivas 8En el siglo XIX, los manuales escolares afirman fuertemente que el verdadero saber se encuentra en los libros. Un método de enseñanza de lectura y escritura francesa para las escuelas primarias, publicado por Eugène Cuissart en 1882, se dirige así a los alumnos que ya aprendieron a leer: “Ahora sabes leer, y pronto serás capaz de leer solo buenas historias en los libros. Todo el saber humano está en los libros. Si sabes leer, puedes volverte sabio”. Los enemigos contra los cuales debe hacerse el aprendizaje escolar son las prácticas empíricas, las supersticiones arcaicas, los falsos conocimientos que transmite la tradición oral. La lectura es la única manera de aprender. De ahí, la ambición de la escuela primaria, según el modelo francés: proponer un manual escolar, un libro de lecturas que es como un libro de los libros, constituido por textos breves y extractos de obras que transmite múltiples saberes (historia, geografía, moral, ciencias físicas y naturales, economía doméstica, higiene, etc.). Por lo tanto, es menester procurar a los alumnos las competencias de lectura (y de escritura) que les permitirán transformar en un instrumento de conocimiento un aprendizaje escolar cuyo fin es aprender a leer según las reglas y normas. 9Con los progresos de la alfabetización y la diversificación de la producción impresa, el siglo XVIII y aún más el XIX conocieron una gran dispersión de los modelos de lectura. Fuerte es el contraste entre, por un lado, la imposición de las normas escolares que tendían a definir un modelo único, codificado y controlado de la lectura y, por otro, la extrema diversidad de las prácticas de las varias comunidades de lectores, tanto las que estuvieron anteriormente familiarizadas con la cultura impresa como las conformadas por recientes llegados al mundo de lo escrito: niños, mujeres, obreros. El acceso de casi todos a la capacidad de leer, tal como se estableció a finales del siglo XIX en varios partes de Europa, instauró por lo tanto una muy fuerte fragmentación de las prácticas de lectura. 10Tal fragmentación condujo a reforzar dos elementos encontrados en los primeros siglos de la modernidad. Por un lado, se multiplicaron los productos impresos dirigidos a los lectores populares: colecciones baratas, publicaciones por entregas, revistas ilustradas, literatura de estación, etc. Desde este punto de vista, la producción y circulación de la cultura impresa muestra las mismas mutaciones fundamentales en todas partes de Europa: la automatización de la profesión del editor que se distingue tanto del librero como del impresor; la entrada en una economía del mercado que produce un nuevo público lector a partir de la oferta de nuevos productos editoriales; la multiplicación de las bibliotecas “públicas” vinculadas con el fenómeno asociativo de las “sociedades de hablar”: ateneos, círculos, casinos. 11En la España decimonónica, por ejemplo, la permanencia de altos niveles de analfabetismo, tal como los presentan las estadísticas basadas en los porcentajes de firmas, no deben hacen olvidar la creciente presencia de los impresos efímeros y baratos dentro de las capas populares, inclusive analfabetas. En las ciudades por lo menos, la amplia circulación de los periódicos, pliegos, almanaques, y folletines permitía una fuerte familiarización con la cultura impresa, posiblemente transmitida por las lecturas en voz alta. No debemos entonces limitar la población de los “lectores” únicamente a los alfabetizados. No debemos tampoco aislar los objetos impresos (libros o periódicos) de las otras formas de presencia de lo escrito: carteles manuscritos, inscripciones grabadas, escrituras pintadas. Se encuentran en las calles, los cementerios, los edificios públicos, las casas. En el paisaje escrito urbano, esta omnipresencia de los textos escritos produce “una especie de aculturación por impregnación ambiental”, según la expresión de Jean-François Botrel. 12Otro rasgo común en toda Europa es la constitución en el siglo XIX de un “campo literario” polarizado entre la “literatura industrial” dirigida al creciente mercado de los lectores y las formas cultas del “arte por el arte” o del saber erudito cuyas creaciones circulan dentro del público restringido de los “happy few”. Se estableció un fuerte vínculo entre la reivindicación de una cultura “pura”, sustraída de las leyes de la producción económica, distanciada de las diversiones “populares”, gobernada por la complicidad estética e intelectual entre los autores y sus lectores y, por otra parte, los progresos de una literatura comercial, dominada por el capitalismo editorial y dirigida al “gran público”. Semejante polarización introdujo una diferencia contundente entre los escritores que trataban de vivir de su pluma y que no podían sobrevivir sino poniéndose al servicio de los editores que publicaban los géneros impresos más populares y los autores cuya existencia no dependía de la escritura, sino de otro oficio: profesor, abogado, empleado de la administración. Parecía establecerse una incompatibilidad radical entre los libros instructivos y los impresos de amplia circulación, la transmisión de los conocimientos y los placeres de la ficción. 13Debe, sin embargo, matizarse esta oposición fuertemente percibida por los contemporáneos. En primer lugar, la definición escolar de las obras legítimas multiplicó la lectura por parte de lectores populares de obras transformadas en un patrimonio común. Antologías y colecciones dieron una forma editorial a un conjunto de obras y autores que identificaron la producción literaria nacional. Lo hicieron a partir de elecciones y exclusiones que delimitaron un repertorio literario canónico, definido por José-Carlos Mainer como “el elenco de nombres que se constituye en repertorio referencial de las líneas de fuerza de una literatura, y en tal sentido, es una permanente actualización del pasado”. Gracias a las bibliotecas populares y a las colecciones baratas de obras clásicas o recientes, los lectores artesanos u obreros, compartieron, aún más que en los siglos XVI y XVII, los mismos textos que los miembros de las élites. Pero como lo muestran las autobiografías obreras, leyeron estas obras canónicas en una manera intensiva basada en la repetición y la memorización. Releían más que leían; compartían a menudo los textos leídos en voz alta; y los copiaban y memorizaban. Movilizaron para la apropiación de la literatura sabia las prácticas del leer que habían duraderamente caracterizado su relación con los pliegos de cordel. 14Se multiplicaron también los libros instructivos dirigidos a estos mismos lectores. Pura Fernández describe así las características formales de los libros de utilidad: “cubiertas y papel resistentes, formatos manejables, tendencia a la agrupación de títulos en colecciones o bibliotecas de aspecto sobrio pero cuidado, el acicate de las ilustraciones que orientan la lectura”. En toda Europa, semejantes “bibliotecas” propusieron a los lectores volúmenes de divulgación del saber científico o histórico. En Francia, la Biblioteca Charpentier inauguró en 1828 este tipo de colección con su pequeño formato (in-8° Jesús), su bajo precio (3, 50 francs cada libro) y sus varias series dedicadas a la publicación de autores clásicos y contemporáneos: la “Biblioteca francesa”, (dividida entre “Literatura antigua” (es decir medieval), “Memorias y correspondencias”, “”Clásicos de los siglos XVI, XVII y XVIII”, “Escritores contemporáneos”), las “Bibliotecas” inglesa, alemana, italiana, española, las “Bibliotecas” griega y latina (en traducción), la “Biblioteca filosófica” (dividida entre “Filosofía medical”, “Filosofía y Ciencias”, “Filosofía y Religión”). La dimensión de conocimiento entraba así en un proyecto que fundamentalmente trataba de construir un repertorio de obras literarias canónicas para los lectores sin muchos recursos. Ya antes de la Biblioteca Charpentier, en 1825, otra colección se había dedicado a la divulgación de las ciencias y artes, L’Encyclopédie portative ou Résumé universel des sciences, des lettres et des arts. El título mismo, que hace hincapié en el carácter portátil y la dimensión de sumario de los conocimientos de los volúmenes, indica claramente que el proyecto se inscribe en la herencia de modelo enciclopédico de los diccionarios de la Ilustración. Tres años después, L’Encyclopédie populaire, ou les sciences, les arts et les métiers mis à la portée de toutes les classes propuso una serie de tratados sobre las diversos conocimientos humanos, traducidos del inglés a partir de la Library of Useful Knowledge inspirada por la filosofía utilitarista y publicada por la Society for the Diffusion of Useful Knowwledge. Numerosas bibliotecas enciclopédicas siguieron, cuyos títulos subrayaban sea la utilidad de los conocimientos que proponían o la universalidad social de su público: así, la Bibliothèque populaire en 1832, la Bibliothèque des connaissances utiles en 1842, la Bibliothèque pour tout le monde en 1849. En España las lecturas instructivas pudieron apoderarse en la segunda mitad del siglo de los 75 volúmenes de la Biblioteca enciclopédica popular ilustrada, publicados en Madrid entre 1877 y 1884, o de los 136 volúmenes de la Biblioteca universal ilustrada. Colección de obras históricas y literarias editada en Barcelona a partir de 1887. Los peligros del leer 15En el siglo XIX el crecimiento de la producción impresa dirigida a los lectores que querrían aprender tenía su peligroso doble: la invasión de las lecturas por los “malos libros” o, peor, los impresos de diversión que no son libros, pliegos de cordel, publicaciones por entregas, revistas ilustradas. De ahí, las condenas y censuras de estos textos que alejan del conocimiento, transmiten malos ejemplos y corrompen a los lectores. Con una insistencia aún más fuerte; se repiten las denuncias tan frecuentes en el siglo XVIII de las malas lecturas y de los malos lectores – o lectoras. Los diagnósticos de los tiempos de la Ilustración designaban los efectos físicamente desastrosos de la captura del lector por la ficción. Enunciaban de manera nueva, apoyándose en las categorías de la psicología sensualista, las denuncias más antiguas de los peligros que amenazan al lector de las obras de imaginación. Por ejemplo, en la Castilla del Siglo de Oro, un lazo fuerte unía tres elementos: la referencia reiterada al motivo platónico de la expulsión de los poetas de la República, el empleo de un léxico de la alienación (embelesar, maravillar, encantar) para caracterizar el olvido del mundo real por el lector de fábulas, y la conciencia de que los progresos de la lectura en silencio y en soledad favorecían, mucho más que las lecturas hechas en voz alta, para los otros o para uno mismo, la confusión entre el mundo del texto y el del lector. 16En el siglo XVIII, el discurso se medicalizó y construyó una patología del exceso de lectura considerado una enfermedad individual o una epidemia colectiva. La lectura sin control es peligrosa porque asocia la inmovilidad del cuerpo con la excitación de la imaginación. Por lo tanto, produce los peores males: la obstrucción del estómago y de los intestinos, el desarreglo de los nervios, el agotamiento físico. Los profesionales de la lectura, los hombres de letras, son los más expuestos a tales desarreglos, fuentes de la enfermedad que es por excelencia la suya: la hipocondría. El ejercicio solitario de la lectura conduce a un desvío de la imaginación, al rechazo de la realidad, a la preferencia otorgada a la quimera. De ahí proviene la cercanía entre el exceso de lectura y los placeres sexuales solitarios. Las dos prácticas producen los mismos síntomas: la palidez, la inquietud, la postración. El peligro es máximo cuando la lectura es lectura de una novela y el lector, una lectora retirada en la soledad. La relación con lo escrito fue así pensada a partir de sus efectos corporales. Semejante “somatización”, que indica una fuerte mutación de las representaciones de la relación con los libros, permanecerá durante el siglo XIX y fundamentará el enfoque, particularmente en los aprendizajes escolares, sobre las lecturas “correctas”, tanto por el contenido de los textos como por las posturas de los lectores. 17Es en contra tales representaciones, que multiplicaban las advertencias contra los peligros de las “malas lecturas”, que se afirmó la definición de la lectura como instrumento privilegiado o único del acceso al conocimiento del mundo, del pasado, de la sociedad o de sí mismo. La certidumbre que todo el saber se encuentra en los libros, por los menos en los “buenos libros”, no fue una solamente una idea de las autoridades o de los doctos sino que movilizó los esfuerzos de “nuevos lectores” que conquistaron la lectura y la escritura para entender y posiblemente transformar el mundo injusto en el cual vivían. Una tensión que atraviesa toda la historia de la cultura escrita es la que enfrenta a las autoridades, que intentan imponer el control o monopolio sobre lo escrito, contra todos aquellos y, aún más, aquellas para quienes el saber leer y escribir fue la promesa de un mejor control de su destino. Los enfrentamientos entre el poder establecido por las poderosos sobre la escritura y el poder que su adquisición confiere a los más débiles oponen a la violencia ejercido por lo escrito su capacidad de fundamentar, tal como lo enunciaba Vico en 1725, “la facultad de los pueblos de controlar la interpretación dada por los jefes a la ley”. 18Impreso o manuscrito, el escrito ha sido investido de forma duradera con un poder a la vez deseado y temido, necesario y peligroso. Es posible leer el fundamento de tal ambivalencia en el texto bíblico, con la doble mención del libro comido tal como aparece en el Apocalipsis de Juan, X, 10 (“Y tomé el librito de la mano del ángel, y lo devoré; y era dulce en mi boca como la miel; y cuando lo hube devorado, fue amargo en mi vientre”). El libro dada por Dios es amargo, como el conocimiento del pecado, y dulce como la promesa de la redención. La Biblia, que contiene este libro de la Revelación, fue ella misma considerada como un libro poderoso, que protege y conjura, aparta las desgracias, aleja los maleficios. En toda la Cristiandad, el libro sagrado fue objeto de usos propiciatorios y protectores que no suponían necesariamente la lectura de su texto, pero que exigían su presencia material lo más cerca posible de los cuerpos. 19El libro es, de este modo, el depositario de conocimientos poderosos pero temibles. Calibán, que lo sabe, piensa que el poder de Próspero será destruido si se capturan y queman sus libros: “Burn but his books”. Pero los libros de Próspero no son más que un único libro: el que le permite someter a su voluntad a la Naturaleza y a los seres. Este poder demiúrgico representa una terrible amenaza para quien lo ejerce, y copiar no siempre alcanza para conjurar el peligro. El libro debe desaparecer, ahogado en el fondo de las aguas: “Y allí donde jamás bajó la sonda/ yo ahogaré mi libro [I’ll drown my book]”. Tres siglos más tarde, Borges nos enseña que es en otras profundidades, aquellas de los anaqueles de la biblioteca de la calle México en Buenos Aires, donde debió ser sepultado un libro que, para ser de arena, no era menos inquietante. Si, por supuesto, se debe leer para aprender, es menester también aprender lo que se debe leer, y cómo se debe leerlo. Lo expresa de manera contundente dos temores contradictorios han habitado la Europa moderna, y que todavía nos atormentan: por un lado, el temor ante la proliferación indomable de los escritos, la multiplicación de libros inútiles o corruptores, el desorden del discurso, y, por otro, el miedo a la pérdida, la falta, el olvido. Leer y aprender frente a la pantalla 20Es una tensión comparable que caracteriza nuestros tiempos confrontados a los desafíos lanzados por una nueva forma de inscripción, comunicación y lectura de los textos. La revolución digital de nuestro presente modifica todo a la vez, los soportes de la escritura, la técnica de su reproducción y diseminación, y las maneras de leer. Tal simultaneidad resulta inédita en la historia de la humanidad. La invención de la imprenta no modificó las estructuras fundamentales del libro, compuesto, tanto antes como después de Gutenberg, por pliegos, hojas y páginas reunidos en un mismo objeto. En los primeros siglos de la era cristiana, esta nueva forma del libro, la del codex, se impuso a costa del rollo, pero no estuvo acompañada por una transformación de la técnica de reproducción de los textos, siempre asegurada por la copia manuscrita. Y si bien la lectura ha conocido varias revoluciones, señaladas o discutidas por los historiadores, todas ocurrieron durante la larga duración del codex: tal como son las conquistas medievales de la lectura silenciosa y visual, la fiebre de lectura que caracterizó el tiempo de las Luces, o incluso, a partir del siglo XIX, como lo hemos visto, la entrada en la lectura de recién llegados: los medios populares, las mujeres y los niños. 21Al romper el antiguo lazo anudado entre los textos y los objetos, entre los discursos y su materialidad, entre los dos sentidos del libro entendido, a la vez, como soporte y como obra, la revolución digital obliga a una radical revisión de los gestos y nociones que asociamos con lo escrito. A pesar de la inercia del vocabulario, que intenta domesticar la novedad denominándola con palabras familiares, los fragmentos de textos que aparecen en la pantalla no son páginas, sino composiciones singulares y efímeras. Y, contrariamente a sus predecesores, rollo o codex, el libro electrónico no se diferencia de las otras producciones de la escritura por la evidencia de su forma material. La ruptura existe incluso en las aparentes continuidades. La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, atada al fragmento. ¿Acaso no resulta, por este hecho, la heredera directa de las prácticas permitidas y suscitadas por el codex? En efecto, éste último invita a hojear los textos, apoyándose en sus índices o bien a “sauts et gambades” como decía Montaigne. El codex invita también a comparar diferentes pasajes, como lo quería la lectura tipológica de la Biblia, o a extraer y copiar citas y sentencias, así como lo exigía la técnica humanista de los lugares comunes. Sin embargo, la similitud morfológica no debe engañar. La discontinuidad y la fragmentación de la lectura no tienen el mismo sentido cuando están acompañadas de la percepción de la totalidad textual contenida en el objeto escrito, tal como la propone el codex, y cuando la superficie luminosa donde aparecen los fragmentos textuales no deja ver inmediatamente los límites y la coherencia del corpus de donde fueron extraídos. 22La descontextualización de los fragmentos y la continuidad textual que no diferencia más los diversos discursos a partir de su materialidad propia parecen contradictorios con los procederes tradicionales del aprender leyendo, que supone tanto la comprensión inmediata, gracias a la forma de su publicación, de valor del conocimiento procurado por los diversos discursos como la percepción de las obras como obras, es decir en su totalidad y coherencia. Las mutaciones contemporáneas no son sin riesgos como lo muestra la inquietante capacidad del mundo digital a dar credibilidad a las falsificaciones o errores, a someter la jerarquía los conocimientos a la lógica económica de las más poderosas empresas multimedia, o a establecer la dominación cada día más fuerte del inglés como única lengua del saber. Estos temores son plenamente legítimos y deben inspirar posibles maneras de limitar sus efectos desastrosos. Sin embargo, no deben hacer olvidar otras realidades más prometedoras. 23El sueño de la biblioteca universal parece hoy más próximo a hacerse realidad que nunca antes, incluso más que en la Alejandría de los Ptolomeos. La conversión digital de las colecciones existentes promete la constitución de una biblioteca sin muros, donde se podría acceder a todas las obras que fueron publicadas en algún momento, a todos los escritos que constituyen el patrimonio de la humanidad. La ambición es magnífica, y, como escribe Borges, “cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”. Pero, seguramente, la segunda impresión debe inspirar una reflexión sobre lo que implica la conversión digital que propone a los lectores contemporáneos textos cuyas formas materiales no son más aquellas donde sus lectores del pasado los leyeron. Semejante transformación no carece de precedentes, se podría decir, y fue en códices, y ya no en los rollos de su primera circulación, que los lectores medievales y modernos se apropiaron de las obras antiguas o, al menos, de aquellas que han podido o querido copiar. Seguramente. Pero para comprender las significaciones que los lectores del pasado han dado a los textos de los que se apoderaron, es necesario proteger, conservar y comprender los objetos escritos que los han transmitido. La “felicidad extravagante” suscitada por la biblioteca universal podría volverse impotente amargura si se traduce en la relegación o, peor aún, la destrucción de los objetos impresos que han alimentado a lo largo del tiempo los pensamientos y sueños de aquellos y aquellas que los han leído. La amenaza no es universal, y los incunables no tienen nada que temer, pero no ocurre lo mismo con las más humildes y recientes publicaciones, sean o no periódicas. Es la razón por la cual las bibliotecas deben mantenerse en el mundo de la red como un lugar y una institución fundamental donde los lectores seguirán aprendiendo en los libros. 24Al mismo tiempo que modifica las posibilidades del acceso al conocimiento, la revolución digital transforma profundamente las modalidades de las argumentaciones y los criterios o recursos que puede movilizar el lector para aceptarlas o rechazarlas. Por un lado, la textualidad electrónica permite desarollar las argumentaciones o demostraciones según una lógica que ya no es necesariamente lineal ni deductiva, tal como lo implica la inscripción de un texto sobre una página, sino que puede ser abierta, estallada y relacional gracias a la multiplicación de los vínculos hipertextuales. Por otro lado, y como consecuencia, el lector puede comprobar la validez de cualquiera demostración consultando por sí mismo los textos (pero también las imágenes, las palabras grabadas o composiciones musicales) que son el objeto del análisis si, por supuesto, están accesibles en una forma digitalizada. Semejante posibilidad modifica profundamente las técnicas clásicas de la prueba (notas del pie de páginas, citas, referencias) que suponían que el lector hiciese confianza al autor sin poder colocarse en la misma posición que éste frente a los documentos analizados y utilizados. En este sentido, la revolución de la textualidad digital constituye también una mutación epistemológica que transforma las modalidades de construcción y acreditación de los discursos del saber. Puede así abrir nuevas perspectivas a la adquisición de los conocimientos otorgada por la lectura, cualquier sea la modalidad de inscripción y transmisión del texto del cual se apodera. 25Como siempre es el “ingenio lego”, Cervantes, el que puede aclarar las contradicciones apuntadas por este texto. Sancho, que no sabe ni leer ni escribir, es sin embargo el depositario de una sabiduría sentencial transmitida por los refranes y cuentos de su pueblo. Sancho aprendió sin leer. Don Quijote, que ha leído hasta la locura, muestra la profunda ambivalencia de la lectura - y de los libros. Pueden hacer el hombre más sabio, cuerdo y discreto, como lo indica el hidalgo al caballero del verde gabán, pero pueden también hacerle perder el juicio. En este sentido, Don Quijote leyó sin aprender, por lo menos sin aprender lo que requieren el entendimiento y la prudencia. Leer para aprender, pero sabiendo que existen conocimientos que no se encuentran encerrados en las páginas de los libros; aprender a leer, pero trazando su propio camino en la selva o los jardines de los textos: tales son, hoy en día, las advertencias que nos dejan don Quijote, un elefante que era “seco de carnes”, y Sancho, un cordero que tenía “la barriga grande y las zancas largas”. Bibliografía Botrel, Jean-François, Libros, prensa y lectura en la España del siglo XIX, Madrid, Fundación Sánchez Ruipérez, 1993. Bouza, Fernando, Comunicación, conocimiento y memoria en la España de los siglos XVI y XVII, Salamanca, Publicaciones del SEMYR, 1999. Bouza, Fernando, Palabra, imagen en la corte. Cultura oral y visual de la nobleza en el Siglo de Oro, Madrid, Abada Editores, 2003. Burucua, José Emilio, Cordeos y elefantes. 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Fernandez, Pura, « Lecturas instructivas y útiles », en Víctor Infantes, François Lopez y Jean-François Botrel, ed., Historia de la edición y de la lectura en España 1472-1914, Madrid, Fundación Sánchez Ruipérez, 2003, pp. 672-681. Lyons, Martyn, « Los nuevos lectores del siglo XIX: mujeres, niños, obreros », en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, ed., Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998, pp. 473-517. Mainer, José-Carlos, Historia, literatura, sociedad (y una coda española), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000. Olivero, Isabelle, L’invention de la collection. De la diffusion de la littérature et des savoirs à la formation du citoyen au XIXe siècle, Paris, Editions de l’IMEC y Editions de la Maison des Sciences de l’Homme, 1999. Peña, Manuel, El laberinto de los libros. Historia cultural de la Barcelona del Quinientos, Madrid, Fundación Sánchez Ruipérez, 1997. Petrucci, Armando, Alfabetismo, escritura, sociedad, Barcelona, Gedisa, 1999. 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Leer es Peligroso y No Hacerlo Suicida
Leer es Peligroso y No Hacerlo Suicida
InfoporAnónimo10/8/2010

Leer Es Peligroso. Puede inducirnos a Pensar, Razonar y Hacernos de una Idea Propia, Que Horror ! La lectura en los niños En estos últimos tiempos las tendencias han cambiado mucho, ya no se les regala libros a los niños en su lugar se les regala vídeo juegos o dispositivos para escuchar música lo que provoca que los niños cada vez valoren menos una buena lectura y hasta encuentren aburrido que alguien tan solo le sugiera que lean. Por esto es muy importante fomentar la lectura desde que son muy pequeños, lo mejor es dejarlos que exploren libros diferentes, aunque sea las imágenes y poco a poco hacer que queden atrapados con alguna lectura nuestra y así les ira atrapando la lectura y sentirán que es un momento para compartir y disfrutar. Al mismo tiempo que los queremos ingresar a la lectura , debemos enseñarles el cuidado de los libros y que luego de usarse deben ser guardados y por ningún motivo dejarlos que rayen un libro. Recordemos que la lectura, es una forma de enriquecer el vocabulario y además los ayuda con la imaginación que en la primera etapa de su niñez es muy importante que el niño imagine y cree sus propias historias. Debemos tener presente que cuanto antes comencemos a leerles más fácil será que incorporen el habito de la lectura, el momento que escojas para leerles un cuento debe ser un momento de tranquilidad y deben disfrutar atendiendo, pero nunca debe ser un momento de estrés sino se puede lograr la calma es mejor suspender por un rato y buscar otro momento para ver si se logra la calma. Es un buen momento para compartir una lectura con los más pequeños y si no es conveniente a que volvamos a regalar libros. LEER GENERA VOCABULARIO Y CON VOCABULARIO NOS EXPRESARNOS MEJOR Y AL MISMO TIEMPO INCREMENTAMOS NUESTRA BASE LIBGUÍSTICA PARA COMPRENDER LOS TEXTOS Cuidado Se Puede Leer Y No Entender Nada El primer paso para fomentar la lectura es enseñar a leer. La lectura tiene como sujeto activo al lector. El libro es como una partitura que el lector tiene que interpretar. Para interpretar un libro hay que conocer el lenguaje narrativo. Cuando un lector interpreta un libro pone en juego todos sus recursos de conocimiento. La lectura es una experiencia estética, un acto creativo. Parece que leer es un acto que se consigue uniendo consonantes con vocales. ¿Conocemos a alguien que reconozca no saber leer? Se acepta que un pintor tiene que aprender a pintar, un músico a hacer música, un escritor a escribir, aunque tampoco está claro para muchos que pueda hacerlo, pero un lector no necesita aprender a leer. Esta idea se basa en entender la lectura como entretenimiento y al lector como un sujeto pasivo al que le llega la información del libro como si fuera un jarabe. La realidad es que es el lector el que crea una lectura. La lectura es una experiencia estética donde el sujeto activa todos sus recursos. Los libros son como partituras, un autor las escribe y un lector las interpreta, de manera que el lector tendría que conocer el lenguaje literario como el músico conoce el lenguaje musical, tendría que saber algo sobre construcción de personajes, narradores, estructura, descripción, recursos narrativos. El conocimiento musical es un tipo de conocimiento que modifica de manera inmediata y para siempre la capacidad de interpretar la música y el conocimiento de técnicas narrativas funciona de la misma manera. Es la clave para profundizar en la lectura y no es más que la llave para que pueda darse una interpretación llena de matices, esa es la parte creativa, la parte más individual. En el fomento de la lectura, no está contemplada esta enseñanza. Se da por hecho que se sabe leer y se da por hecho que da igual lo que se lea, como si leer cualquier cosa tuviera validez. Así que, mientras en música la gente aprende con los grandes músicos, en literatura, se intenta captar lectores con textos sin valor, precisamente por la facilidad. Los buenos libros, por buenos, capaces de suscitar lecturas más creativas, no pueden ser leídos por lectores sin los conocimientos necesarios para poder decodificarlos. Mientras este problema no se solucione, el de aclarar la necesidad de aprender a leer, la literatura será de minorías. EL LECTOR CONSCIENTE Y EL INCONSCIENTE QUE LEE CUALQUIER COSA Cual sería el valor literario de un libro que regalan por comprar 3 bombachas ? LA CULTURA Y LA EDUCACION DE UN PUEBLO SE MIDE POR EL POLVO ACUMULADO EN LOS LIBROS DE SUS BIBLIOTECAS PUBLICAS CUANTO MENOS POLVO MAS EDUCADO Y CULTO Zurdinga Dixit

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Inseguridad Delito Violencia y Pelotudez
Inseguridad Delito Violencia y Pelotudez
InfoporAnónimo10/7/2010

Inseguridad Delito Violencia y Pelotudez Cuando la sociedad se ve sorprendida por la escalada de Inseguridad, los Delitos y la Violencia van de la mano. La Sociedad se ve consternada por los hechos violentos y reacciona irreflexivamente, en un círculo de intolerancia exigiendo mano dura y un sin fin de proposiciones inocuas. La mayoría de la masa intimidada por la violencia delictiva de asesinatos, secuestros, violaciones y robos, no reflexiona en los orígenes de la violencia social. INSEGURIDAD - SOLUCION = + CARCELES NO ES SOLUCION Esta ecuación cae por su propio peso, en razón que no se intenta abordar los orígenes de gestación del delito y la violencia, sino simplemente esconderlos tras los muros carcelarios. INSEGURIDAD - SOLUCION = + POLICIA NO ES SOLUCION El Delito se previene con la Policía. Pero mayor número de policía tampoco asegura un resultado. La principal función de la policía es la disuación como resultado de su prescencia. Pero la policía no puede estar en todos lados todo el tiempo. Tampoco se puede militarizar aún más la policía. La policía necesita de recursos, humanos, técnicos y logísticos adecuados a la cantidad de población que protege. INSEGURIDAD - SOLUCION = LEYES MAS DURAS NO ES SOLUCION La ley que sanciona los delitos, tiene por objeto disuadir incoscientemente a que los delitos sean cometidos. Es una medida de psicosociológica, que lleva en su extremo a que la voluntad de hombre se sienta intimidada por la sanción que pudiera recibir y comete un hecho delictivo. Pero el delito y la violencia no razonan, son actos irreflexivos impulsados por muchos factores. La ley es una herramienta, pero por sí misma no detiene la violencia ni hace más segura una sociedad. INSEGURIDAD - SOLUCION = LIBRE PORTACION DE ARMAS NO ES SOLUCION La masa de la sociedad, cuando siente que el estado no la protege ni le brinda la seguridad necesaria, reacciona a tomar medidas por mano propia. Las armas son siempre un peligro en potencia, y si bien nuestra legislación es una de las más restricctivas en relación a la portación y uso de armas con fines civiles, también es cierto que los delincuentes no usan menos armas porque la ley lo prohibe. La seguridad es una sensación, y si bien el ser humano puede sentirse más seguro con un arma para defender sus familia y sus bienes, eso no detiene el delito ni tampoco disminuye la violencia, hasta incluso puede resultar un factor que potencie la violencia al multiplicarse los enfrentamientos armados. Sin embargo hay que tener presente que la legislación relacionada a la portación y tenencia de armas es tan restrictiva hasta el absurdo, que finalmente es la misma ley la que contribuye a que la ciudadanía obtenga armas de forma irregular y sin control, con lo que se logra es que la misma ley sea ineficaz. Una ley que nadie respeta ni cumple. ---------------------------------------- DELITO Y VIOLENCIA = SOCIEDAD ENFERMA ? El delito y la violencia, son un fiel reflejo de la misma sociedad. Hay algo en lo que como sociedad estamos fallando. No existen soluciones mágica e inmediatas, lo más importante es realizar un estudio profundo de factores que dan origen y razón a la escalada de delitos y violencia. La sociedad está enferma ?. Si, la sociedad sufre una enfermedad que es la apatía y la indiferencia, que solo se sobresalta cuando cuando estalla la violencia, pero mientras tanto no quiere ver como se van desarrollando y reproduciendo los factores que la potencian: la desigualdad, la marginación, la falta de oportunidad, el hambre, la enfermedad y la drogadicción. El delito y la violencia se miden y se analizan de un punto de vista simplista que roza la pelotudez. La mayoría de la sociedad no quiere ver lo que no le molesta o por lo que no se siente tocado en sus intereses. El común de la gente no reflecciona sobre las causas del delito y la violencia, solo parece buscar una peligrosa combinación de venganza irracional y violencia. La sociedad en su conjunto debe tomar consciencia que ella misma es parte del problema que origina. La enfermedad del delito y la violencia nace de la misma sociedad, no la importamos ni la vinieron a sembrar extraterrestres. DELITO Y VIOLENCIA SOLUCION ? No existe una única solución, ya que así como el delito y al violencia son consecuencia de innumerales factores, la solución tiene que partir de la premisa de una combinación de elementos que proyectados en el tiempo tengan por finalidad disminuir los elementos que alimentan e incentivan el delito y la violencia. Hay que decirlo de una buena vez, el delito y la violencia son producto de un largo proceso social, no son de generación espontánea. LA POLITICA NO BUSCA SOLUCIONES SOLO PARCHES EDUCACION + INTEGRACION La educación no es marketinera, es preferible invertir miles de millones en televisar fútbol que invertirlos en la educación básica y media de los estratos sociales más vulnerables. LOS POLITICOS NO PUEDEN MOSTRAR UN POBRE MAS EDUCADO E INTEGRADO A LA SOCIEDAD EN UN SPOT TELEVISIVO LA EDUCACIÓN ES LA BASE DE TODAS LAS SOLUCIONES CONJUNTAMENTE CON LA INTEGRACIÓN SOCIAL, VAN DE LA MANO. LA EDUCACIÓN GENERA OPORTUNIDADES, EXPECTATIVAS DE VIDA. SOCIEDAD MAS EDUCADA = MENOS VIOLENCIA UN POBRE Y UN MARGINADO NO TIENE EXPECTATIVAS DE VIDA ES SU ESTIGMA SOCIAL LA EDUCACION ES LA UNICA HERRAMIENTA QUE NOS PERMITE CRECER COMO SOCIEDAD LA EDUCACION ES LA APUESTA A FUTURO DE UNA MEJOR SOCIEDAD Pero como dije antes, con educación solamente no alcanza, se necesitan otras políticas públicas que conjuntamente y a largo plazo brinden las condiciones necesarias para una mayor paz social. Y para eso se necesitan invertir recursos a conciencia, sin buscar réditos polítcos sino simplemente el bien común. EDUCACION + PAN + TRABAJO = PAZ Zurdinga Dixit

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Chespirito A Juicio por Piratear Musica (Exclusivo)
Chespirito A Juicio por Piratear Musica (Exclusivo)
InfoporAnónimo10/5/2010

BJA - Biblioteca Jurídica Argentina . http://bibliotecajuridicaargentina.blogspot.com Chespirito A Juicio por Pirata Roberto Gomez Bolaños A Juicio por Pirata Chespirito A Juicio por Piratear Musica Roberto Gomez Bolaños A Juicio por Piratear Musica Chespirito Roba la Música a Jean-Jacques Perrey y Disney Roberto Gomez Bolaños Roba la Música a Jean-Jacques Perrey y Disney Chespirito El Hipócrita de Los Derechos de Autor Roberto Gomez Bolaños El Hipócrita de Los Derechos de Autor Chespirito Ladrón de Musica Roberto Gomez Bolaños Ladrón de Musica Chespirito Es Un Ladrón Roberto Gomez Bolaños Es Un Ladrón Si hay algo que tienen denominador común los programas de Chespirito es el robo, y la piratería. Chespirito se apropió de la música utilizada en toda la serie Chespirito, El Chavo del Ocho y El Chapulín Colorado y todas sus series televisivas sin pagar un centavo por la música. Las series de TV de Chespirito son mundialmente conocidas y reconocidad por la música utilizada, pero particularmente por los temas que identifican a Chespirito, El Chavo del 8 y EL Chapulín Colorado. Album Moog Indigo (1969) De donde Chespirito robó las canciones "An Elephant Never Forgets" y "Country Rock Polka" Y estos temas son: Chespirito: "Country Rock Polka" El Chavo del 8: "An Elephant Never Forgets" El Chapulín Colorado: "Baroque Hodeown" La demanda fué entabalada en USA y en México ante la negativa a reconocer por parte de Televisa S.A. de C.V. y Chespirito S.A. de C.V.los derechos de los autores originales de la música: Jean-Jacques Perrey, Gherson Kignsley, Robert Breuer, Anthony Breuer, Frances Breuer y Sylvain Meunier. Jean-Jacques Perrey Chespirito jamás pagó un centavo en concepto de derechos de autor, a los compositores e intérpretes originales de la música utilizada en sus series, simplemente se la apropió de manera tan burda que además licenció sobre la misma la comercailización de VHS y DVD con las series que siguen incluyendo la música de los demandantes y se hace el desentendido. Chespirito simplemente pirateó toda la música que incluia en sus series televisivas. Fué tan burdo el robo y la impunidad que en ninguna de sus series incluyó siquiera los creditos correspondientes a los autores originales por la música utilizada. Chespirito es un hipócirta y un caradura, ya que no duda en entablar juicios a diestra y siniestra contra ex miembros de su equipo como "La Chilindrina" y "Quico" por cuestiones de derechos de propiedad del personaje, pero se olvida de aplicar los mismos principios cuando se trata de la música que robó impunemente. Chespirito se ha convertido en un duro defensor de "sus derechos de autor", pero parece haberse olvidado que los derechos de autor son para todos, no solamente para él y sus productos. A Chespirito le ha llegado el momento de pagar por su robo, ya se hablan de cifras multimillonarias del monto indemnizatorio, ya que Chespirito al responder la demanda ha negado haber violado los derechos de autor, sin aportar ninguna prueba, simplemente una negación. Se calcula que el juicio durará varios años, que podría llevar a la decomisación de los DVD's en venta, la prohibición de la emisión de las series de Chespirito, y demandas similares para todas las cadenas de Televisión del Mundo que emitan las series El Chavo del 8, Chespirito, El Chapulín Colorado que llevarían a la quiebra a Chespirito y sus empresas. La mejor estrategia de los abogados de los músicos ha sido alertar de igual modo al departamento legal de DISNEY, sobre el hecho que Chespirito se apropió ilegalmente de la música de sus películas exitosas pirateándola sin tapujos. Por lo que se espera otra demanda multimillonaria de DISNEY, y todos sabemos que DISNEY pisa fuerte en serio cuando derechos de autor se trata. Y LA FUENTE ? Estoy escribiendo un artículo para la editorial jurídica "La Ley", sobre Música y Derechos de Autor como parte de mi curricula de Tesis Doctoral en Derecho sobre el mismo tema Derechos de Autor en la Música, un tema poco profundizado e ideal para realizar una tesis doctoral. Llevo 4 años trabajando en la tesis y en el análisis sobre el desarrollo y la aplicación normativa y el régimen internacional de protección de los derechos de autor en la musica utilizada en Televisión y Cine me encontré con un universo paralelo. Por tal motivo el lugar de utilizar referencias de casos foraneos y poco conocidos, dedicí estructurar sobre un caso testigo, de una serie de televisión hiper-recontra-archi conocida. Elegí las series de Roberto Gomez Bolaños. Pero me encontré con una pared, me cansé de escribirles y en un año jamás me respondieron. Incluso un amigo en méxico me hizo el favor de hacerse presente en las oficinas centrales de Televisa S.A. de C.V. y Chespirito S.A. de C.V. para solicitar información con respecto a la música en las series, y lo despacharon de mala manera. Siempre me supuse que algo irregular había en lo referido a los derechos de autor en la música de las series de chespirito, casualmente por eso mi elección como caso testigo a analizar, pero jamás pensé encontrarme con lo que me encontré, que no hace otra cosa que pintar en crudo la hipocresía de Chespirito. Es así como al no poder contar con un lado de la campana concurrí al otro me comuniqué con Jean-Jacques Perrey. Le expliqué que me encontraba realizando mi tesis doctoral y etc., y me derivó con su abogado Joseph L. Golden y estalló la bomba. Cuando el abogado empezó a buscar en sus registros, no existía ninguno para Televisa, ni Chespirito, ni Bolaños, ni ninguna Cadena de TV de USA o México con licencia para la música, el panorama se puso de gris, a negro azabache. Ahora que el registro es público puedo publicar las partes de la demanda correspondiente que me fué enviada por el abogado de Jean-Jacques Perrey en el 2009 y que pongo a continuación. Como reflexión diría: Chespirito pagale a Jean-Jacques Perrey (81 Años) lo que le debés por su obra, por su música, ya que sin ella tus series no serían lo mismo. Justicia es dar a cada uno lo que le corresponde, entonces Chespirito deberías darle el crédito que le corresponde a Jean-Jacques Perrey. Fuente: La fuente es la misma demanda. Recibí por email la demanda del abogado de Jean-Jacques Perrey Mr. Joseph L. Golden Copia Fiel de la Demanda que Recibí por Fax y luego Digitalizada. Causa CV-09-6508-FMC (RZx)

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