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Usuario (Bolivia)
Hola! Bueno, les dejo este pequeño relato que escribí, espero que les guste y sean sinceros con sus comentarios (: Deseo Cíclico Martín no sabe cómo fue que apareció en el almacén de aquel supermercado pero es claro que algo cambió a su alrededor en un instante, hasta el aire se siente diferente. Viste traje y sombrero. Lo único que trae en los bolsillos son monedas que, le dicen los empleados del supermercado, hace muchos años atrás han dejado de usarse. Sin decirle nada más que eso lo echan del almacén sin siquiera intentar ayudarlo a entender qué es lo que sucede. “Es sólo para empleados” y lo largan a la calle, a un mundo completamente diferente de aquel en el que había vivido hace tan sólo un segundo. Con mucho esfuerzo reconoce las formas y los nombres de las calles, algunos ya han cambiado. Sin saber qué más hacer sólo corre hacia su casa, pero al llegar se encuentra con un lugar que nunca antes había visto en su vida. Está seguro de que no se equivocó, es un mundo nuevo pero la estructura es casi la misma, esa es su casa. No, esa fue su casa. Ya no es más suya, ya nada de lo que le rodea es suyo. Busca ayuda de las autoridades, intentan explicarle que ya no es 1836, lo toman por loco, no se lo dicen pero está lo suficientemente cuerdo para sentirlo. Abandona la comisaría sin hacer más preguntas. De alguna forma había viajado 175 años al futuro. Y vaya qué futuro. Martín es noticia por un tiempo, los policías bromean sobre su aparición y la broma llega a un periodista. Es reconocido como mentalmente competente, aunque no está familiarizado con el término entiende que no está loco. Su caso es reconocido como el primer viaje en el tiempo, pero él no quiere fotografías ni ver su cara en un libro que dice que logró algo que en realidad nunca hizo. Él quiere volver a casa. Pero le toma un tiempo aceptar que nadie sabe cómo lo hizo ni pueden ayudarle a volver. Dentro de él siente que puede volver, pero el mundo en el que cayó le obliga cada vez a pensar más fuerte en que eso es imposible. Si, él lo hizo, pero aun así es imposible. Se contradicen. Se contradice. Ya no verá más a su familia, ni a sus amigos, nada de lo que conocía existe más. Para Martín eso es lo único seguro de momento. Entonces tiene que adaptarse a la fuerza a este nuevo mundo . Durante su corto tiempo como celebridad un hombre le ofreció trabajo “Tienes que llevar una vida normal, o intentarlo” le dijo. Fue la ayuda más sincera que le ofrecieron. Decide buscarlo. El hombre, Carlos, ahora su jefe, se encarga personalmente de enseñarle a utilizar una computadora. Todo un desafío para ambos. Le explica cómo funcionan las cosas en la oficina y los datos que debe almacenar en ese maravilloso artefacto. Su nueva vida normal empieza. Con el tiempo Martín hace algunos amigos y consigue una casa en la misma zona donde vivía allá por 1836, efectivamente lleva una vida normal, pero es una vida incómoda. Una vida que no logra terminar de entender. A una cuadra de su nueva casa, justo frente a la que fue suya se halla un pequeño parque para niños. A la hora a la que llega del trabajo ese parque está siempre vacío. La gente ya no sale más de sus casas más que para lo necesario. Salen a trabajar, llegan a casa a seguir trabajando. Los niños no juegan más en los parques por las noches, es peligroso. Depresión. Es la única palabra que se le viene a la mente cuando trata de definir este nuevo mundo al que fue arrastrado. Frente a las hamacas, donde se sienta cada noche a recordar lo que fue, hay un juego de barras paralelas que a él le recuerdan mucho a una puerta desde su perspectiva. Siente que es a través de dos simples barras colocadas de manera paralela por dónde la luz reflejada por la luna entra al depresivo mundo . Todas las noches, como un niño, las atraviesa cual portal inter-dimensional. Con los ojos cerrados, esperando que al abrirlos del otro lado, será 1836 otra vez. Será su vida y será su mundo otra vez. Martín lleva ya años subsistiendo en lo que irremediablemente es el futuro. Pero no es suficiente para acostumbrarse. Está cansado ya. De ese nuevo mundo tan radical. Durante sus odiosos viajes diarios en el bus, vienen a su memoria las agotadoras caminatas diarias de hace 180 años. Caminatas con una recompensa, Lily y James corriendo a la puerta para recibirlo con un abrazo y, ah, Mónica, la única mujer a la que puede amar a pesar de cuántos disgustos le hubiera podido provocar. Los extraña. Sabe que no los valoraba pero no piensa ponerse filosófico. Los extraña, y es todo lo que importa. Los reclamos de su jefe actual se mezclan con los de su jefe del 1836. Las peleas con su nueva novia se entremezclan con las viejas peleas con Mónica, su esposa. Porque para él sigue siendo su esposa. Se siente un maldito infiel. ¿Pero qué remedio hay?Se habla de un eclipse lunar y una alineación planetaria por esos días, grandes eventos para esa sociedad, pero él está tan cansado que no le interesan en lo más mínimo. Para él el universo puede estallar cuando quiera, ya no le importa. Esa tarde sale temprano del trabajo, luego se aguantará algunos regaños del jefe. Llega a casa otra vez y, como siempre, le echa una mirada al juego de paralelas antes de entrar. Apenas comenzaba a anochecer pero el parque ya estaba vacío. Todos buscaban el mejor lugar para ver desaparecer a la luna. ¿Por qué no? piensa. La ilusión es para él una forma de olvidar lo cansado que está. La única forma quizás. Se acerca una vez más al añorado portal de sus fantasías, el hombre en su nueva radio anuncia que el espectáculo está a punto de comenzar. Y se mezcla con el hombre de su vieja radio. El programa nocturno que tanto le gustaba escuchar sobre las nuevas teorías alocadas del universo. El programa “conspiranóico” como lo llamaba Mónica. Se mezcla el transcurso del eclipse actual con la vieja pero nueva teoría de que durante las alineaciones planetarias, cientos de portales misteriosos eran abiertos en la tierra. ¿A dónde iban? Nadie lo sabía. Intenta recordar el argumento científico respecto a la teoría pero lo único que recuerda es que no logró entenderlo en absoluto. No importa. Él sigue soñando. Cierra los ojos y, justo en el momento en que el planeta eclipsa a la luna por completo y los astros forman una perfecta línea, cruza su así llamado portal . Al abrir los ojos, Martin se encuentra en el año 1841. No puede creer que realmente funcionó. No se lo cree. Lo más seguro es que esté realmente soñando. Pero todo se siente tan real. Sabe que es real porque el aire ha cambiado, ha vuelto a ser el mismo. Está justo frente a su casa. Avanza hacia ella con toda la emoción que cabe en su pecho, ve a Mónica, ve a Lily, ve a James. Oh, Dios, han crecido. Mónica sigue tan hermosa como la recuerda a pesar de los años. Están parados sobre la acera de su vieja casa, lo están esperando. Acelera la marcha para el reencuentro, para decirles que volvió, que los ha extrañado, que nunca volverá a irse. Pero antes de llegar se detiene, alguien más sale por la puerta. Un hombre desconocido ¿Qué hace en su casa? ¿Por qué besa a su esposa? ¿Por qué los niños se ven tan felices con él? Martín lo sabe, lo entiende, pero no quiere creerlo. Aparta la mirada. La escena es muy cruel. Le da la espalda y clava la mirada en un juego de paralelas en el parque frente a su casa, un juego de paralelas que le recuerda cómo se quejaba de su vida hace cinco años. Lo cansado que estaba. Se arrepiente de su viejo deseo de desaparecer. Ya no queda nada para él en este mundo . Martín sólo quiere olvidar lo que vio y volver.