brunomoli
Usuario (Argentina)
Un asesinato ocurrido en 2004 fue esclarecido accidentalmente cuando la Policía de California detuvo a un pandillero. Los agentes lo capturaron por conducir sin permiso y al tomar las fotografías de rutina descubrieron en su pecho la imagen del delito.Anthony García, miembro de la mara Rivera 13, jamás pensó que una imprudencia al volante iba a acabar por incriminarlo en un crimen del que había salido airoso años antes. Tampoco los policías de la ciudad californiana de Pico Rivera esperaban que los trámites habituales para demorar a un conductor sin los documentos habilitantes fueran a resolver un asesinato. El descubrimiento se realizó cuando los agentes le pidieron al pandillero que se quitara la camisa para fotografiarlo y vieron en su pecho grabada la imagen detallada de un mortal ataque. El dibujo era idéntico a la escena de un crimen en el que los detectives locales llevaban trabajando varios años. La víctima había sido John Juarez, un joven de 23 años, perteneciente a una mara rival de Rivera 13. El tatuaje -hallado en 2008, pero cuya trascendencia se publicó el viernes en Los Angeles Times- contiene todos los pormenores del asesinato: las luces de Navidad correspondientes a las fechas del asesinato, el nombre de la calle, la licorería donde ocurrió el suceso e incluso la posición en la que cayó el cuerpo tras recibir los impactos de bala. Sobre la imagen, se lee "Rivera Kills" y se distingue que los disparos procedían de un pequeño helicóptero o chopper, en inglés, justamente el alias de Anthony García. La historia llegó a la prensa en la actualidad, en el marco del juicio contra el pandillero que fue condenado por asesinato en primer grado. Su sentencia será dictada el próximo mes.
Gilles Bridier es periodista económico en Api.doc. Fue redactor de Le Monde, Libération, Les Echos y La Tribune Japón, tercera potencia mundial en el área de la energía nuclear para uso civil, asumió el desafío de la conjunción de riesgos: sismo y tsunami. La convergencia se produjo. Queda por saber si el accidente de la central de Fukushima se convertirá o no en catástrofe. Todas las grandes catástrofes tienen al menos dos puntos en común. Primero, no fueron anticipadas. Segundo, son resultado de varios factores de riesgo que, convergiendo al mismo tiempo en el mismo lugar, crean una situación que escapa a todo control. Ahora bien, para que lo nuclear pueda existir de cara a la opinión pública, es indispensable que todas las condiciones de seguridad sean puestas a prueba. Es el interrogante que hoy se les plantea a las autoridades japonesas. Japón forma parte de los países que, en el plano nuclear civil, se han dotado de una verdadera cultura de la seguridad. Es también un país que, teniendo en cuenta la fuerte actividad sísmica de su subsuelo (se sienten más de 1000 temblores por año), aprendió a precaverse contra los efectos de los terremotos. Por supuesto que los arquitectos que han construido las centrales han aplicado disposiciones antisísmicas que permiten por ejemplo a los rascacielos vacilar sobre su base sin derrumbarse. Nadie ignora por otra parte que los tsunamis -palabra japonesa- existen y seguirán existiendo puesto que son una consecuencia del movimiento de las placas tectónicas que deforma el fondo de los océanos (en este caso, las placas pacífica y eurasiática) y forma pliegues del terreno submarino que originan olas gigantescas. Sistemas de seguridad En Japón, los sistemas de seguridad de las centrales nucleares japonesas alcanzadas por la catástrofe del 11 de marzo se desataron cuando la tierra tembló. Las centrales permanecieron de pie, los reactores nucleares dejaron de funcionar. Pero esta única operación no alcanza para detener el proceso de fisión del átomo ya iniciado. Los reactores detenidos deben todavía ser enfriados. Un sistema de auxilio está previsto para tomar la posta del dispositivo normal de enfriamiento cuando éste se ha visto frenado. El problema es que aparentemente no se había anticipado que ese dispositivo de auxilio podía ser ahogado por una ola gigante, lo que impediría el enfriamiento del reactor y desembocaría en la fusión del núcleo del reactor y a la explosión de la cámara de confinamiento. Es esta conjunción de factores la que, a las 15:35 hora local (es decir, 25 horas después del temblor de la tierra), desencadenó la de la central japonesa de Fukushima nº1 al noreste del país, creando las condiciones para una catástrofe nuclear. Gestión de riesgo y filosofía de la seguridad El riesgo cero no existe. Se puede tan sólo intentar postergar el riesgo y administrar sus consecuencias lo mejor posible controlando todos los factores. En estas condiciones, surgen varios interrogantes. ¿Por qué asumir el riesgo de construir una central nuclear en una zona que se sabe cercana a una falla geológica, en una región de fuerte actividad sísmica? ¿Por qué construirla sobre el litoral cuando existe la probabilidad de que un tsunami la devaste? ¿Por qué colocarse ante la posibilidad de tener que enfrentar una convergencia de situaciones de alto riesgo -sismo más tsunami, como fue el caso el 11 de marzo- y a la multiplicación de consecuencias catastróficas? Es toda la filosofía de la seguridad la que ha quedado en falta en Japón en un área que no tolera la aproximación o la duda. Una opción radical consistiría en decidir poner fin al uso de la energía nuclear. Para Japón, la opción no es tan simple. Energía nuclear y modo de vida Los 127 millones de habitantes del archipiélago consumen cada año alrededor de un billón cien mil kwh, es decir 8500 kWh por año por persona, en comparación con los 470 mil millones de kWh consumidos en Francia en 2009 (7400 kWh per cápita). Pero Japón no dispone de importantes recursos naturales: debe importar el equivalente al 80% de su consumo de energía. La electricidad de origen nuclear le permite reducir su dependencia energética. Esta se ha convertido en un elemento del modo de vida japonés, que es de gran consumo de energía. De todos modos, aún con sus 54 reactores en uso por una potencia total de 45.000 MW (tercera potencia del mundo, detrás de los Estados Unidos y Francia según la Agencia Internacional de Energía Atómica), la nuclear sólo representa en Japón el 29% de su producción de electricidad, contra 23% para el carbón y para el gas. A modo de comparación, EDF (Electricidad de Francia) explota 58 reactores por una potencia total del orden de los 63.000MW y la electricidad nuclear representa tres cuartos de la producción. Para enfrentar mejor las necesidades en energía, Japón pone hoy el acento en las energías renovables. Utilizando recursos de zonas volcánicas, el país posee una larga experiencia en energía geotérmica, y el agua caliente sanitaria proviene frecuentemente de fuentes termales. Recientemente, la electricidad de origen solar se ha vuelto una prioridad, a fin de asegurar el desarrollo de la industria foto-voltaica. Pero la conversión ha sido tardía: la Agencia Internacional de la energía atribuyó a Japón 10% de energías renovables en su producción de electricidad, dos veces menos que a España o a Italia my menos que a Francia o Alemania, pero casi el mismo nivel que a los Estados Unidos. A la inversa, Japón ha progresado a grandes pasos en el terreno nuclear, no sólo en la construcción de centrales sino también en otros pasos del ciclo, dotándose de instalaciones para tratamiento de residuos, con apoyo de la experiencia de Areva en la materia. Es que Japón, con Mitsubishi a la cabeza, se ha lanzado con voluntarismo a desarrollar esta industria de lo nuclear. ¿Seguirá la población avalando estas aspiraciones nucleares luego del accidente de Fukushima? Todo dependerá de la capacidad de las autoridades para circunscribir las consecuencias y para demostrar que, contrariamente a lo sucedido en Chernobyl, las precauciones fueron integradas en la concepción de la central para evitar que esto se transforme en catástrofe. Pero a esta altura, estos interrogantes siguen abiertos