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En la Argentina, como en otros países latinoamericanos, la palabra clientelismo huele a feo. En esta etiqueta suele haber sustrato moral y maniqueo cuando se lo usa para descalificar a otro, mucho más si lo que está en juego es el intercambio de recursos del Estado. Gabriel Vommaro y Hélène Combes proponen, en cambio, entrar al clientelismo para poder salir de él. El clientelismo político es un intento de sentar bases para alcanzar una idea más acabada de este fenómeno; para ello proponen una definición que supere las más convencionales y simplificadoras. El clientelismo “es una relación política personalizada entre actores provistos de recursos desiguales, en la que hay intercambio de bienes por lo general públicos; una relación regulada por principios morales puestos en juego de manera contradictoria a la vez por los actores involucrados en ella”. En una extendida charla, Vommaro cuestionó las miradas instrumentalistas del término y planteó una discusión política profunda y desmitificadora del término. –En el libro El clientelismo político definen la noción de clientelismo. ¿Qué papel juega la dimensión moral en esta definición? –Intentamos reunir allí miradas de tipo instrumentalistas que ven al clientelismo como una negociación calculada, y la mirada culturalista de la antropología que da peso a la dimensión normativa, esto es, cómo los patrones culturales intervienen en la creación de hábitos culturales del clientelismo. Hay una larga tradición que analiza cómo el clientelismo se entrelaza con vínculos de parentesco, de amistad, con otro tipo de relaciones sociales muy arraigadas en ciertas comunidades. –¿La definición que ustedes proponen estaría a mitad de camino entre estas dos miradas? –Nuestra definición toma las relaciones clientelares como relaciones moralmente construidas, donde los criterios de justicia, el cómo y el qué del intercambio son criterios morales que se arman por las partes en una relación reflexiva y recursiva. Intentamos no pensar los vínculos clientelares como gobernados por materia inconsciente que hace que los clientes actúen siguiendo cierto patrón que no comprenden pero que los lleva. –De hecho, en el libro ponen en cuestión la idea mecanicista del cliente como autómata que no racionaliza. –Esa es una primera cuestión. La segunda –para la cual fue importante el alcance comparativo de nuestra investigación, que trabaja terrenos, países y contextos históricos muy diferentes– es pensar que el clientelismo en la actualidad es un asunto moral en un doble sentido. Tal como decía, los actores negocian la justicia y aquello que se intercambia, así como el cómo y la forma en que se producen esos vínculos. –¿A qué se refiere con “el cómo y la forma”? –Me refiero a qué es merecer un bien y qué es ser un buen referente, un buen dirigente: ser agradecido, ser leal, ser bueno. Son formas de construir estos vínculos personalizados en términos morales. El segundo sentido de la moralidad se relaciona con que el clientelismo es cada vez más un problema de tensión pública, en el que se interesan las ONGs vinculadas con los derechos humanos, con el tema de la transparencia y con la corrupción, así como los organismos multilaterales que financian programas sociales y quieren que el gasto no sea usado para fines políticos. Y es un problema público que también se moviliza en campañas electorales, entre candidatos que se denuncian mutuamente; eso ocurre tanto a nivel general como local. El clientelismo es también una etiqueta, no solo una relación. –¿Con qué sentido es usada como etiqueta? –Es un término usado para descalificar. Eso lleva a preguntarse a qué cuestiones está asociado el clientelismo como problema en diferentes momentos históricos y en diferentes contexto regionales. Hay buenos trabajos de etnografía que muestran muy bien cómo, por ejemplo en barrios populares, circulan denuncias de clientelismo entre los propios actores. Ya no se trata de un tema que se apropia el investigador ilustrado para echar luz a un fenómeno culto, pasa a ser una categoría que usan los actores. En estos lugares se usa la etiqueta para acusar, denunciar actores, partidos que consideran que actúan de modo inapropiado. En un barrio puede pasar que haya referentes políticos de diferentes sectores que compiten por el mismo electorado y que entre ellos circule mucha información. –¿De qué tipo? –Del tipo “bajan bolsones, se llevan a la gente de las narices”. En el vínculo más clásico –que se da entre el mediador, el cliente, el vecino de un barrio–, también puede aparecer la frase: “yo no te manipulo, vos haces lo que querés”; allí ingresa la idea de clientelismo como manipulación entre las partes. –En el libro, la dimensión moral aparecía como un aspecto externo a la definición de clientelismo que era usada para descalificar aquello concebido como clientelismo. Sin embargo, usted lo presenta como un elemento constitutivo de su definición. –Es que creo que son dos dimensiones de la vida moral del clientelismo que están íntimamente conectadas. Las podemos diferenciar. Por ejemplo, cuando las personas negocian los términos de una relación personalizada donde hay vínculos laborales difusos, que no están reglamentados, donde también hay arreglos morales mediante los cuales se negocian los términos de esa relación. Pero al mismo tiempo, en los vínculos clientelares, los clientes de un barrio son también telespectadores, lectores de diarios o redes sociales. No son personas que viven en un frasco, sino que consumen imágenes de su propio barrio y de ellos mismos. –¿Cree que reproducen –e, incluso, actúan– esos estereotipos que consumen? –Reciben los estereotipos y pueden usarlos critica o acríticamente. Pueden usarlo para confirmar el discurso: “todos los políticos son malos, todos roban…” o para decir: “no soy como ellos”. Hace un tiempo hice una comparación etnográfica junto a Julieta Quiros, que se llama “Usted vino por su propia decisión”. –¿Por qué eligieron ese título? –Porque era lo que le decía una dirigente barrial a una persona que iba a participar de un acto. Ante la mirada del observador académico, era importante dejar asentado que la otra persona estaba yendo sin ser manipulada. Los estereotipos y las observaciones críticas de cómo se da la política cara a cara son incorporadas y asimiladas por los propios actores. Por eso, volviendo a la pregunta, esas dos caras de la vida moral de las relaciones se conectan mucho y por eso son muy dependientes de la historicidad en la que se inscriben. No es lo mismo el problema clientelar de los años ‘50 para la antropología del mediterráneo, que el problema clientelar de la Argentina o de México en los años 2000. –¿Qué explican los dichos de esa dirigente? ¿En qué medida, ustedes como investigadores quedan aferrados a la “responsabilidad subjetiva” que subyace a esa frase? ¿O tienen una mirada más holística, de conjunto, de ese tipo de relación? –Dos cuestiones importantes. La primera es que las relaciones clientelares deben ser pensadas en configuraciones sociales más amplias. Pongo como ejemplo el clientelismo de la Italia de los años ‘60, donde las clases medias colocaban a sus miembros en el Estado a través de las redes de la Democracia Cristiana, eso nos lleva a pensar cómo se configura la sociabilidad de las clases medias en las ciudades del centro y sur de Italia y cómo se crean los canales de acceso al Estado. Si bien hay una reconstrucción más holística de las condiciones de profundidad que conforman al clientelismo como relación, al mismo tiempo el investigador que quiere tomar en serio esta vida moral del clientelismo debe reconstruir las configuraciones morales del clientelismo. –¿A qué se refiere, concretamente? –A analizar cómo aparece el problema clientelar en cada país, de qué tipo de sectores sociales se trata, qué bienes son intercambiados, intentamos mirar también los criterios de justicia o de vínculo que se construye en cada caso. Y junto con eso, de hablar y observar a los actores en su vida cotidiana. Eso permite remitir las formas de hablar, las formas de decir, las formas de asimilar cierto tipo de valores, que se vinculan con las variables macro que aparecen de un análisis holístico. Lo de las mediciones es un gran debate, hasta el momento la ciencia política ha fracasado en la elaboración de instrumentos viables para medir este fenómeno, porque desconoce esta vida moral del fenómeno. Puede haber variables cuantitativas, pero es necesario además tener una inmersión cualitativa en el campo. –¿A qué tipo de instrumentos cuantitativos se refiere? –En las últimas décadas aparece la cuestión del problema clientelar vinculado con la manipulación de bienes de origen público. Eso está muy vinculado con la efectividad de los programas sociales en cuanto a ser o no manipulados en pos de vínculos clientelares, por ejemplo en América Latina. Hubo intentos de medir esta manipulación preguntándoles a las personas si habían sido tentadas a votar o ir a tal acto a cambio de un bolso de comida. En general, las encuestas de este tipo dan resultados muy bajos, porque muy poca gente admite eso. También se han hecho preguntas tales como: “¿Usted conoce alguien que…?” Y sí, todo el mundo dice conocer a alguien que… con lo que termina siendo una teoría del rumor más que de la práctica clientelar. La necesidad de cuantificar fenómenos de este tipo lleva a caminos sin salida. –Ciertamente, sobre todo si se proponen variables de medición discretas con el objetivo de “explicar” un tipo relación de una alta complejidad. –Claro, son relaciones de larga duración en las que las personas intercambian cosas como parte de un vínculo que por ahí tiene que ver con otras cuestiones que exceden a ese intercambio. Un fenómeno muy interesante, que se da en los casos mexicano y argentino principalmente, es que los vínculos en que median bienes de origen público están vinculados con políticas sociales que combaten la pobreza, con transferencia de recursos de los Estados a las clases populares. Y una gran parte de esas políticas pasan a través de mediaciones locales, formas de intermediación que establecen relaciones de largo plazo con las personas, entonces es muy raro que alguien llegue con bolsas de comida a un barrio y las reparta, puede pasar pero es raro. Realmente, pensar los vínculos clientelares como puro intercambio y pretender medir la frecuencia de ese intercambio, es desconocer otra dimensión que para mí es la más central. –¿Qué rasgos tiene esa otra dimensión del clientelismo que no se logra cuantificar? –La literatura muestra que, en primer lugar, las relaciones clientelares no son las únicas relaciones que hay en los barrios o la única forma que toma la política, no son tampoco las formas fundamentales en que se relacionan entre sí. Uno estudia los vínculos clientelares cuando le interesa pensar cosas más complejas. –¿Cómo cuáles? –Como la transformación del vínculo del Estado con ciertos grupos sociales, la redefinición de formas de participación política. Fuera de este contexto es común que a uno le pregunten cuán clientelar es una sociedad. –Y se pierden de vista las singularidades, que ustedes logran mostrar en esta mirada comparatista. Por ejemplo, ¿qué rasgos diferenciales presenta el caso italiano que trabajan en el libro? –Allí, los vínculos clientelares tienen que ver mucho con el modo en que las clases medias resolvían estrategias del acceso de sus miembros al Estado. El caso italiano nos permite salir de la asociación de clientelismo con hambre o necesidad, del sentido biológico de la necesidad. Se trata de relaciones personalizadas que establecen criterios locales de intercambio entre una persona que controla cierto bien y otra que quiere acceder a él. Se trata de bienes de muy diverso tipo, y el intercambio no supone que el cliente está necesitado en el sentido de que si no tiene ese bien se muere. Eso es caer en una mirada moral del observador, una mirada catastrofista que suspende cualquier tipo de comprensión del fenómeno porque todo es terrible: la urgencia, el pobre… –¿Cómo describe la relación entre el Estado y lo local, desde este tipo de vínculos? –Se trata de los vínculos de las personas con el Estado, en este caso, de cómo los partidos o movimientos son o no mediadores entre los bienes públicos y los ciudadanos. También hay cuestiones vinculadas con tradiciones culturales que son importantes. El caso japonés muestra la presión de las bases hacia los diputados, a través de los koenkai, que son clubes locales. En ciertos momentos las presiones para que los diputados se hicieran cargo de fiestas de sus seguidores fueron tan grandes que debieron sacar una ley para prohibir las erogaciones de los diputados hacia sus clientelas, no tanto para proteger al cliente de ser manipulado sino para proteger al diputado de la presión ejercida desde abajo. Si salimos de la simplificación de asociar clientelismo con pobreza y con necesidad podemos reconstruir estas complejidades culturales, de configuración social, organizativas, para comprender cómo resuelven ciertas personas determinados problemas o la apropiación de recursos. –En el libro retoman una idea elocuente de Denis Merklen: la relación de las clases populares con lo político no puede analizarse solo desde la relación clientelar. ¿Cómo discutir la mirada simplificadora y estereotipada de la relación de los pobres con la política? –El libro empieza definiendo el clientelismo y termina proponiendo salir del clientelismo. El libro nace de nuestra propia incomodidad: Hélène y yo estábamos disconformes con el concepto, con cómo era definido y tratado. Este libro se propone sentar bases para tener una idea más acabada del clientelismo. Creemos que es mejor pensar cómo se construye la economía moral de los vínculos políticos o cómo los actores construyen las relaciones vinculadas con un determinado rol. Hay elementos que aportan herramientas más ajustadas para pensar esos vínculos políticos personalizados que la etiqueta del clientelismo. Nosotros decidimos entrar a ese concepto y salir con una definición más compleja. Con nuestra definición asumimos que se puede permanecer en el clientelismo a condición de tomar todas estas dimensiones. Cuando yo digo salir y entrar no me refiero al fenómeno sino al concepto. Si usamos este concepto, definámoslo mejor, incorporando estas dimensiones que no habían sido pensadas. Y cuando el concepto se estira demasiado, salgamos del concepto, pensemos otras cuestiones. –¿Cómo lidia un investigador con sus propias convicciones, valores y percepciones, cuando estudia los vínculos clientelares? –Cuando me entrevistan sobre el libro, me preguntan: “¿el clientelismo es bueno o malo, le hace bien o mal a la gente?”. Como científicos sociales estudiamos actores que nos gustan y otros que no. Una primera dimensión es la comprensión del fenómeno, los mecanismos que lo constituyen, la lógica de sus lineamientos, sin la cual es imposible ningún tipo de juicio. Pero además, en los casos argentino y mexicano que estudiamos en el libro, frente al estigma de ciertos sectores sociales nos parecía que tener una definición más compleja y ajustada del fenómeno era proponer una mirada menos simplista, menos estigmatizadora del modo en que hacen política ciertos grupos sociales. Nuestra dimensión política está ahí. –¿Qué responde cuando le preguntan si el clientelismo es bueno o malo? –Que si yo hiciera el mundo de cero como una masa de plastilina, probablemente no le pondría “clientelismo” a este mundo, le pondría paz, justicia, igualdad. Pero como científico social no me dedico a hacer el mundo que deseo con plastilina, sino a comprenderlo, entonces poco importa si para mí el clientelismo es bueno o malo.
GIF ¿Qué es apostatar? apostatar. (Del lat. apostatāre). 1. Negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo. Tal y como indica el diccionario de la RAE, el acto de apostatar o apostasía implica renunciar a la fe católica, a la Iglesia y a todos sus preceptos. Así la define también el canon 751 del Código de Derecho Canónico. En la práctica, significa anular el sacramento del bautismo, por el que se nos declara católicos de facto, y romper todo lazo con la Iglesia católica. ¿Por qué apostatar? Las razones por las que una persona querría apostatar son de lo más variadas. Dado que la Iglesia Católica cuenta como católico a todo bautizado, hay ateos que sienten que es su obligación darse de baja para mantener una coherencia. También hay quien apostata por no estar de acuerdo con las doctrinas de la Iglesia aún cuando cree en Dios, entonces, apostata para que su nombre no sea parte de esa institución. La Iglesia Católica para ser escuchada argumenta que casi el 90% del país es católico (boletín AICA Nº 2500) e indirectamente apoya sus doctrinas. Es decir, se erigen en la voz del pueblo, y vos, que fuiste bautizado, sos contado como parte de ese 90%. La realidad es que el 90% del país fue bautizado, y que ni siquiera la totalidad del pequeño porcentaje de practicantes está de acuerdo con sus doctrinas Si apostatás, se anota al lado de la anotación de tu bautismo que abandonaste la fe católica, el modo católico de darte de baja. Si vos no querés ser parte de ese 90%, entonces hacé el trámite. Apostatar es tu derecho. ¡Que no hablen en tu nombre! Los ingresos de la Iglesia Católica La Iglesia católica recibe por parte del Estado financiamiento para el salario de algunos de sus miembros. Para 2016 el monto fue de $134 millones, de acuerdo con el Presupuesto aprobado por el Congreso en 2015. (177M en 2018) Estos fondos responden a la obligación del Gobierno federal de sostener al culto católico apostólico romano, como está estipulado en el segundo artículo de la Constitución. Estas transferencias se regulan a través de diferentes leyes. Una de ellas, la Ley 21.950 (marzo de 1979, ) establece que el Estado debe hacerse cargo del salario de arzobispos y obispos, que corresponden al 80% del salario de un juez nacional de primera instancia. La Ley 22.162(febrero de 1980), por otra parte, dispone la obligación de subsidiar a los sacerdotes que se encuentren en zonas de frontera o muy desfavorecidas y la Ley 22.950 (octurbe de 1983), a seminaristas.(Todas estas leyes fueron propuestas y aprobadas por el gobierno de facto de Videla y Bignone) Esto implica que en el Presupuesto de 2016 está previsto que se sostenga a 132 obispos y arzobispos, 568 sacerdotes y 1.120 seminaristas. Trámite de Apostasía ¿Cómo? Enviando una carta informando de la decisión de dejar de pertenecer a la Iglesia Católica y por lo tanto exigiendo que se modifiquen los registros donde figuramos como católicas o católicos. La carta no debería tener demasiadas justificaciones dado que la decisión de dejar de pertenecer a la institución es íntima y no es necesario dar explicaciones de ello.De todas maneras de aquí se puede descargar la carta modelo que proponemos, a la que por supuesto se pueden hacer todas las modificaciones que consideren necesarias. Es importante que la carta contenga datos del bautismo (parroquia y fecha aproximada, al menos el año). ¿Dónde? La carta debe ser enviada a la diócesis a la que pertenece la parroquia donde fueron bautizados. Aquí puede encontrarse el detalle de las diócesis y arquidiócesis de todo el pais, sus zonas de cobertura, domicilio postal, responsable y algunos datos de contacto. Puede ser enviada por correo postal o entregada personalmente, pero en todos los casos conviene tener alguna constancia de entrega. Si se envía por correo es mejor hacerlo al menos certificada, y si se entrega en persona conviene llevar una copia para que sea sellada a modo de acuse de recibo. ¿Y luego? La carta exige una respuesta favorable en el término de cinco días. Lamentablemente no conocemos ningún caso en los que se hayan respetado este plazo, pero si en el transcurso de los 15 días se han recibido respuestas informando de que se estaba tramitando la modificación de los registros. Si no llega ninguna respuesta hay dos caminos posibles. Intentar un contacto informal con la diócesis para verificar el estado del trámite y en todo caso apurarlo, o bien hacer una denuncia en la Dirección Nacional de Protección de Datos Personales. No son opciones excluyentes y bien se puede consultar primero y a falta de respuestas proseguir con la denuncia, pero para la segunda va a ser necesaria la constancia del envío y posiblemente se vuelva todo un poco más engorroso. Posibles respuestas: >Invitación a presentarse a la diócesis para demostrar su identidad o hacer la renuncia en forma personal. Si es posible asistir es recomendable porque seguramente agilizará el trámite >Invitación a hablar personalmente con un obispo/vicario/sacerdote para reconciliar posiciones. No es necesario ya que no tenemos que dar explicaciones de nuestra decisión y ellos deberán actualizar sus registros. >Aviso de que la carta debe ser enviada a la diócesis del domicilio actual del interesado y no a la diócesis correspondiente a la parroquia de bautismo. No todas las diócesis se manejan de esta manera, pero hemos visto casos en los que así sucede. En principio parece una traba burocrática más, pero también puede facilitar el trámite si es que va a ser necesario ir personalmente luego. Nada se pierde intentando. >Aviso de que se cursa el pedido a la parroquia respectiva. Todo marcha bien y el pedido está en curso >Fotocopia de la partida de bautismo con la notación de renuncia al margen. Feliticaciones! Estás fuera de la Iglesia Católica Fuente principal Por algunos comentarios, voy a agregar algunas cosas que figuran en la página de apostasia.com.ar Si yo no creo en la Iglesia Católica, ¿Por qué debería someterme a sus estatutos para apostatar? Si bien el trámite de alejarse de la Iglesia Católica tiene nombre propio (apostasía), conceptualmente no tiene ninguna diferencia con dejar cualquier otra institución. Si uno se afilia a un partido político, y luego por la razón que sea decide retirarse, seguirá un procedimiento interno para darse la baja, independientemente de que ya no adhiera a él. Sin la baja formal, poco importará lo que uno piense internamente, ya que en los papeles uno forma parte y la institución lo cuenta a la hora de mostrar sus integrantes para negociar poder. Quienes no confiamos en la Iglesia Católica o no apoyamos sus acciones, vemos a la Iglesia como una institución más, y nos damos de baja por las mismas razones que nos damos de baja de todos aquellos lugares a los que ya no queremos pertenecer. ¿Apostatar es una forma de hacerse ateo? De ninguna manera. Lo mismo que desafiliarse de un partido político no implica necesariamente descreer de la política, apostatar es renunciar a una fe religiosa o salir de una institución religiosa en particular sin que de ello se desprenda la no creencia en Dios. Se puede renunciar al catolicismo porque uno se convierte a cualquier otra religión lo mismo que se puede apostatar del islam para hacerse católico. Ciertamente muchos de los que apostatan son ateos o agnósticos, pero también muchos otros tienen ideas de Dios o de la moral distintas a la católica y por ello deciden apostatar de esa fe. Sabemos de seguidores de religiones afroamericanas o incluso de cristianos que han decidido salirse de la Iglesia Católica, y por supuesto esto no los convierte en ateos. ¿Qué sentido práctico tiene apostatar? Vivimos en un país donde la representatividad otorga poder. Imagine que una institución dice representar al 10% de la comunidad (con los votantes que esto implica) no se va a sentar a negociar de la misma manera que lo haría un particular que no representa a nadie más que a si mismo. Si sospecha que ese 10% da poder en una negociación, ahora piense el poder que pueda dar un 50% de representatividad. A todo esto, la Iglesia Católica sostiene que casi el 90% de los argentinos somos católicos basados en el solo hecho de figurar en sus libros de bautismo, por lo que no es difícil imaginar la enorme ventaja que esto supone a la hora de negociar cualquier cosa con, por ejemplo, el gobierno nacional. Pero la realidad es bien distinta: Las encuestas recientes muestran que sobre los temas de mayor preocupación de la Iglesia, el nivel de representatividad es muy bajo: la sociedad en su mayoría no condena a la homosexualidad, no está contra el aborto, acepta la educación sexual en las escuelas, aprueba la utilización y de hecho utiliza métodos anticonceptivos, tiene relaciones sexuales por placer y sin necesidad de casarse por iglesia, etc. Queda claro que la Iglesia no representa a la mayoría de los argentinos en estos temas, pero aún así habla por todos. Apostatar es una forma contundente de decirle a la Iglesia Católica: ¡No hablen por mí, no me representan! ¡Bórrenme de sus registros! ¡No me usen para presionar a nadie! ¿Qué se gana con mi apostasía solamente? En este sentido, apostatar es como votar. Un voto no cambia el rumbo de un país y una apostasía tampoco pretende hacerlo, pero sumando varios aportes individuales podremos hacer más fuerza. Y sino, al menos habremos sido coherentes entre nuestro pensamiento y nuestras acciones.
Como parte de una campaña para “visibilizar la diversidad sexual”, la secretaría de Derechos Humanos de la Nación difundió una de sus piezas creativas. “Visibilicemos la heterosexualidad. Cualquiera sea tu orientación, todxs somos parte de la diversidad sexual”, dice. 1 – Nunca te van a cancelar la compra de un ramos de rosas para tu pareja. Como a K. Los primeros días de diciembre de 2017, K buscó una florería en Mercado Libre. El 14 era su aniversario con C y ella iba a estar de viaje por trabajo. Cumplían un año y quería regalarle 14 rosas. Después le pareció mejor lo tradicional, una docena. Y rojas, todas rojas. Encontró un negocio con buen puntaje que hacía repartos sin cargo por la zona. Les escribió y obtuvo una respuesta rápida. K pagó con débito y, al acreditarse el pago, le pidieron los datos, una dedicatoria y de quién para quién. El mensaje era bastante lineal: “Te amo. Feliz aniversario”. De K para C. Dos nombres de mujer. La respuesta de la florería llegó diez minutos después: “Nos acaban de avisar del área de producción que no contaremos al final con envío para esta semana, le pedimos mil disculpas. ¿Puede cancelar la compra?”. K comprobó después que sí había stock. Cancelaron la compra porque eran dos mujeres. 2 – Nunca te perseguirá un ejército de fachos para ridiculizarte. Como a F. F. tiene 16 años y es trans. Se sacó una foto con un cartel que dice “Aborto legal para los chicxs trans”. Estaba escrito a mano. En letras verdes. Como persona gestante reclama su derecho en un país donde se realizan 370.000 y 522.000 abortos clandestinos al año. La mayoría mujeres, pero también hay otras identidades y están invisibilizadas. F. subió la foto a redes sociales. El tuitero de derecha Agustín Laje se apropió de la imagen y la compartió en su cuenta de Instagram para denigrarlo. Un ejército de fascistas lo acosó durante días. 3- Nunca te van a llevar presx por besar a tu pareja en la calle. Como a Rocío y Mariana Mariana estuvo siete horas detenida por besar a su esposa Rocío en una estación de subte en Constitución. La excusa de la policía para golpearla y detenerla fue que estaba fumando en una zona no permitida. Ella lo apagó e igual la siguieron hostigando por ser lesbiana. “Pibe, vas a ser detenido”, le dijo un oficial antes de tirarla al piso. La justicia después repitió el disciplinamiento: la procesó y elevó a juicio su caso por “resistencia a la autoridad, en concurso con lesiones graves”. Nunca la citaron a declarar. El que sí declaró fue el oficial Jonatan Maximiliano Rojo, quien aseguró que Mariana lo agredió “con sus pechos”. 4 – Nunca te van a pegar una piña en la cara para “corregirte”. Como a una integrante del colectivo La Tribu. “Ya sabemos, lesbiana de mierda”. Esas fueron las palabras de los dos hombres que atacaron en 2017 a una integrante del Colectivo La Tribu. “La abordaron por la espalda a dos cuadras de la radio y le pegaron una piña en la cara. Cuando ella cayó al piso, volvieron a golpearla tanto en el rostro como en las piernas y salieron corriendo. Esa no fue la primera vez que ella los veía. 5- Nunca te van a desfigurar en un Mc Donalds. Como a Jonathan. Jonathan Castellari esperaba junto a un amigo un pedido en el Mc Donalds de Avenida Córdoba al 3200. Entró un grupo de ocho varones que empezaron a burlarse de ambos. Para evitarlos, Jonathan salió al estacionamiento a fumar un cigarrillo. Ellos lo siguieron y al grito de “puto” empezaron a golpearlo. Jonathan quedó en el piso bañado en sangre y debió ser internado. Él pertenece al Club de Rubgy Siervos Pampas, el primer equipo de América Latina que promueve la diversidad sexual. Así lo contaban en un comunicado. 6- Nunca te van a intentar violar para “corregirte”. Como a Higui. El 16 de octubre de 2016, Eva Analía de Jesús, Higui, fue atacada por una patota liderada por Cristian Rubén Espósito. “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana”, le dijo él. Después la tiraron al piso. Higui sintió que eran varios hombres los que la atacaban: muchos pies los que le daban duro contra el piso. Le desgarraron el pantalón y el boxer. En el medio de los golpes, con una mano intentó cubrirse la cara y con la otra buscó desesperada la navaja que llevaba entre las tetas. Levantó el brazo para defenderse, segura de que la iban a violar. Un rato después una linterna le iluminó la cara, deformada por los golpes. Estaba semi inconsciente. Las luces azules del patrullero titilaban a unos metros. Ya no estaba en el pasillo, alguien –supuso- la movió. Unos metros más adelante, estaba el cadáver de Espósito con una puñalada en el pecho. Alguien lo levantó en la caja de una camioneta para trasladarlo al hospital. A ella se la llevaron detenida. Estuvo presa 6 meses. 7- Nunca vas a ser víctima de un crimen de odio. Como Diana. En la madrugada del 11 de octubre de 2015, en su casa del barrio de Flores de la Ciudad de Buenos Aires, la referente social y política Diana Sacayán fue asesinada. El imputado es Gabriel David Marino, de 24 años, quien podría afrontar una pena de cadena perpetua. El cuerpo fue encontrado dos días después. Estaba atada de pies y manos. Tenía 14 puñaladas en el cuerpo y golpes y cortes en los brazos, por lo que se supone que se defendió antes de que la mataran. Para los fiscales, Marino la asesinó “por su condición de mujer trans y por su calidad de miembro del equipo del Programa de Diversidad Sexual de INADI, impulsora de la lucha por los derechos de las personas trans, líder de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays y Bisexuales (ILGA) y dirigente del Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación (MAL)”. Y la lista sigue. BONUS TRACK – María Riot, Ismael Eme y Lucas Gutierrez -Fauno- tiran la posta María Riot es trabajadora sexual y militante de AMMAr. Para ella pedir la visibilización de la heterosexualidad es un error porque es la más visible. “Las demás orientaciones e identidades son las que no son visibilizadas. En lo cultural, la televisión, la literatura o cualquier tipo de entretenimiento mainstream lo que prima son relaciones, formas de vida y familias heterosexuales”, dijo a Cosecha Roja. “Quienes formamos parte del colectivo LGBT+ en algún momento de nuestras vidas tuvimos que salir del closet y eso habla desde ya de la diferencia que hay con las personas heterosexuales: en ningún momento tuvieron que sentarse con su familia o amigos para contarlo o vivir con miedo de que sepan, nosotros sí”, dijo. “La heterosexualidad es la norma preestablecida. No estamos hablando de una sexualidad que necesita ser visibilizada porque es justamente lo normal o lo entendido como normal. La heteronorma que impone a la heterosexualidad como regla y es un privilegio porque cuando vivís bajo lo esperado”, dijo Ismael Eme, persona trans no binaria, docente en Diseño y Estudios de género. “Las relaciones heterosexuales idealizadas se institucionalizan y se equipara con lo que significa ser humano. En el momento en que no sos heterosexual, en cierta manera, dejas de ser entendido como humano”, agregó. Para Lucas Gutierrez, periodista y performer, pedir que se visibilice la heterosexualidad opera como una necesidad de ningunear los reclamos desde la no heteresexualidad. “Es ningunear por salirnos de la heteronorma: de todas estas normatividades que impone el pensamiento heterocentrado que ataca y daña a todas nuestras conductas. ¿Incluso a la heterosexualidad? Y sí, pero nunca vi a un compañero en el colegio para cargarlo le digas hetero. Entonces que se visibilice una heterosexualidad es inventarle situaciones o problemas al lado privilegiado de la historia”. ¿Por qué hablar de disidencias en vez de diversidad sexual? María: “La heterosexualidad es parte de la diversidad sexual que es un término que se utiliza para hacer referencia a toda la variedad que existe de orientaciones sexuales e identidades de género. La disidencia sexual la formamos quienes con nuestras identidades, orientaciones sexuales, prácticas y pensamientos políticos no estamos alineados con la norma social y culturalmente impuesta de la heterosexualidad y que además la cuestionamos”. Isma: “Para mi la disidencia tiene un tinte más combativo. La diversidad tiene un tono conciliador. Para mi la diversidad es esa comunidad que buscan ganar derechos dentro del mismo sistema y la disidencia vienen a ser las personas que están por afuera de todo eso”. Lucas: “Porque no queremos ser más esa imagen rococo o esa imagen de tira de franja de horario central en los medios hegemónicos. No queremos ser esa diversidad sexual que les viene a decorar las casas y a alegrar la fiesta. Seremos la disidencia: lo que no quieren oír. Seremos lo abyecto. Y es un orgullo para nosotros. Porque para nosotros el orgullo no es ser el lugar que nos han asignado sino ir a por todo. Por nuestros derechos, por levantar nuestra voz y porque se reconozca situaciones como ahora el asesinato de Diana Sacayán fue un travesticidio. Cuando decimos disidencia, decimos que no somos esa imagen que ellos quieren sino una voz muy potente que tiene mucho para decir, le pese a quien le pese”.