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elcabeza9333

Usuario (Argentina)

Primer post: 8 abr 2013Último post: 24 nov 2014
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La cueva para el fin del mundo
La cueva para el fin del mundo
InfoporAnónimo11/24/2014

Cueva de Voronia La cueva de Voronia es el sistema de cuevas más profundo del mundo. Está situado en el macizo Arabika en la cordillera de Gagra, en Abjasia, Georgia. La cueva se divide en dos ramas, la Novokuibyshevskaya, con 1,300m de profundidad, y la principal con 2,196m, y que se ramifica en varias vertientes menores. En 2004, durante tres diferentes expediciones se registró que la cueva tenía una profundidad cada vez más grande. Por primera vez en la historia de la espeleología se rebasaron los 2,000m de profundidad. Fue en las expediciones de 2005 que se encontró que la cueva era aún más profunda, confirmándose la profundidad actual de 2,196m. La primera vez que la cueva fue explorada fue en 1960, por un equipo de espeleólogos georgianos que logró descender unos 95m. Posteriormente, la cueva fue investigada y olvidada varias veces, estableciéndose cada vez nuevos récords, pero nunca alcanzando el fondo. Ha sido una labor de varias generaciones de espeleólogos lograr determinar que este laberinto de piedra es la cueva más profunda de la que se tiene noticia, y quizá nuevas generaciones encuentren pronto otros pasadizos que resulten en nuevas ramas que nos adentren aún más en las insondables profundidades del planeta

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El autómata que jugaba al ajedrez…
El autómata que jugaba al ajedrez…
InfoporAnónimo4/8/2013

… o no. En el año 1770, Wolfgang von Kempelen, inventor, presenta a la emperatriz María Teresa de Austria “El Turco”, un autómata capaz de jugar al ajedrez… ¡y vencer! Tras el inicial revuelo causado por el artefacto, hay un gran número de solicitudes para poder jugar contra la máquina, pero su inventor las rechaza casi todas, argumentando que estaba más interesado en seguir investigando en máquinas de vapor que en la bagatela que era El Turco. Wolfgang von Kempelen, inventor Diez años pasaron, y el emperador José II requirió a Kempelen que reconstruyera al Turco (pues este había sido desmontado tras una de sus últimas partidas) y lo llevara a Viena, como agasajo para su invitado Pablo I de Rusia (que más tarde sería Zar). Una petición del emperador es difícil de rechazar (y más por aquella época), por lo que el inventor no tuvo más remedio que revivir al autómata y llevarlo a Viena. El Turco Semejante invento llamó la atención del futuro zar, que recomendó a Kempelen que hiciera una gira por Europa, exponiendo el ingenio. Aunque en un principio rechazó la oferta, Kempelen acabaría aceptando. En 1773, el Turco comienza su gira por Europa, jugando contra ajedrecistas de la talla de Philidor (uno de los grandes de aquél tiempo). Si bien Philidor ganó la partida que jugó contra la máquina, ésta fue (en sus propias palabras) “la partida más dura que había jugado nunca”. La gira incluyó países como Francia, Gran Bretaña y la actual Alemania. Todo llega en esta vida, y Wolfgang von Kempelen muere un 26 de marzo de 1804. Sin embargo, tras la muerte del inventor, el autómata aún seguía con vida y fue vendido en 1808 a Johann Nepomuk Mälzel por uno de los hijos de Kempelen. Como nota curiosa, decir que Mälzel inventó el metrónomo. El Turco entraba en una nueva etapa, en la que llegaría a jugar contra Napoleón Bonaparte (1809). Juega con Napoleón Bonaparte Con semejante artefacto entre manos, Mälzel no puede resistirse, y empieza a viajar por el mundo, exponiendo al turco como ya había hecho su inventor, y organizando partidas. En su gira incluyó también América. Finalmente, Mälzel murió en 1838 en un viaje en 1838, dejando el Turco a cargo del capitán del barco en el que viajaba. Pero, ¿era realmente el Turco un refinado autómata jugador de ajedrez? Siento decepcionaros, pero no. No era más que una elaborada treta, en la que un jugador de nivel se deslizaba en el interior de El Turco. En la presentación, se abrían diversas puertas que mostraban el interior del artefacto, mostrando diversos engranajes y maquinaria. Sin embargo, había una pequeña sección en el interior, donde la persona que manejaba al Turco podía esconderse, evitando así destapar el engaño. El jugador encargado de manejar al Turco en la época de Kempelen continúa siendo un misterio, pero la lista de jugadores detrás del ingenio mientras éste estuvo en posesión de Mälzel es larga: Johann Allgaier, Boncourt, Aaron Alexandre, William Lewis, Jacques Mouret y William Schlumberger. Durante la larga vida profesional de El Turco, surgieron diversas voces avisando de que seguramente se trataba de una engañifa. La más famosa de ellas, la de Edgar Allan Poe, que le dedicó un escrito: Mälzel’s Chess Player, publicado en 1836. Tras el Turco, surgieron diversos autómatas jugadores de ajedrez: Ajeeb, Mephisto… Todos ellos eran un fraude. Hay que esperar al año 1912 para encontrar el primer autómata ajedrecista. Es en este año cuando un español, Leonardo Torres Quevedo, construye el Ajedrecista. No obstante, este autómata no juega al ajedrez, sino que es capaz de jugar rey y torre contra rey. Más recientemente, hemos tenido los famosos duelos hombre vs. máquina con Kasparov y Deep Blue como protagonistas. Encontre este video no lo pude conseguir en español. Bueno les recomiendo este programa que lo vi en History Channel, es un programa que se llama La Magia Decodificada, esta muy bueno, muestran diferentes trucos de magia y iluciones. Aca les dejo la pagina y ven los dias que lo pasan

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Las bombas que cambiaron el mundo
InfoporAnónimo5/31/2013

Las bombas que cambiaron el mundo (foto: Museo de la Bomba Atómica, Hiroshima) A las ocho y cuarto de la mañana todos los relojes de Hiroshima se detuvieron. En un suspiro la temperatura se elevó a más de un millón de grados centígrados. El cielo se incendió y la detonación de una bola de fuego de 256 m. de diámetro arrasó la ciudad llevándose por delante la vida de decenas de miles de personas. Una media hora más tarde el fotógrafo Yoshito Matsushige tomó la primera foto tras la explosión en el puente de Miyuki, a dos kilómetros y medio del hipocentro. Luché conmigo mismo durante unos 30 minutos antes de poder hacer la primera foto. Después de la primera, me sentí extrañamente en calma y quise acercarme. Di unos diez pasos hacia delante e intenté sacar otra pero las escenas que vi eran tan espantosas que el visor de mi cámara se nubló con mis propias lágrimas. (Yoshito Matsushige) Era el 6 de agosto de 1.945. Tras seis años de investigación y un gasto de dos mil millones de dólares, Estados Unidos acababa de lanzar la primera bomba atómica de la historia sin previo aviso. La bomba atómica sobre Hiroshima (foto: US Army) Sólo unos días antes, Japón había rechazado la propuesta de rendición que recibió de los aliados ya que suponía la supresión del sistema imperial. El Emperador iba a pasar de ser un dios viviente a un criminal de guerra. El primer ministro Suzuki respondió a la propuesta aliada con una sola palabra: ‘Moksatsu’ algo así como “tratar con silencio respetuoso”. Una forma elegante de decir que no… El Emperador de Japon Hirohito Tras esta respuesta, los japoneses sabían que iban a ser atacados con fuerza. Habían previsto incluso una invasión de sus islas y disponían de un ejército de civiles formado por todos los hombres que tuviesen entre 15 y 60 años. Esperaban lo peor pero se quedaron cortos. ¿Cómo iban a prever un ataque de esas dimensiones si ni siquiera conocían la tecnología de la bomba atómica? Hiroshima tras la bomba atómica. En primer plano el Centro de promoción comercial e industrial de la Prefectura de Hiroshima, uno de los pocos edificios que quedó en pie cerca del hipocentro Tres días después, un B-29 cargado con otra bomba atómica sobrevolaba el cielo de la ciudad de Kokura. Las nubes cubrían la ciudad y, tras sobrevolar el objetivo tres veces, el avión se dirigió a su segundo objetivo: Nagasaki. A punto de quedarse sin combustible para regresar, a las 11:02 de la mañana el cielo sobre el barrio residencial de Urakami se abrió lo suficiente como para que los pilotos pudiesen reconocer su objetivo. La segunda bomba atómica explotaba en Nagasaki matando a más de 50.000 personas en el acto. La bomba atómica sobre Nagasaki (foto: US Army) Japón no podía contrarrestar el poder aliado, ni siquiera defenderse. El primer ministro Suzuki se reunió con el Emperador. Grabaron un mensaje que pudo oírse por radio en todo el país: “Anunciamos la rendición de Japón para poder conseguir una paz duradera en la vida de las siguientes generaciones”. Era la primera vez en la historia de Japón que el Emperador se dirigía directamente al pueblo. Hoy en los museos de la bomba atómica de Hiroshima y de Nagasaki podemos hacernos una idea del daño que produjeron aquellas bombas que estallaban en el cielo, como una gran bola de fuego, y arrasaban quemando todo lo que encontraban a kilómetros a la redonda. Un muro con la silueta de una escalera y un hombre que quedaron marcadas tras la explosión. El muro estaba a 4’4 kms. del hipocentro. En esos mismos museos supimos que, a pesar de la crueldad de los ataques, muchos militares americanos siguen creyendo que las bombas atómicas fueron el mejor modo para acabar la guerra. Tibbets, el piloto del B-29 “Enola Gay” que lanzó la primera bomba atómica, no se arrepintió jamás. Para él aquella fue la forma más rápida de acabar la guerra. La única forma de conseguir la rendición de Japón. Estados Unidos y los aliados ya habían planeado la que iba a ser la primera invasión por tierra de Japón. Para que se hagan una idea de lo que se esperaba de la invasión, sólo Estados Unidos mandó fabricar 500.000 medallas al mérito militar previendo que un número similar de soldados morirían durante la invasión. Después de las guerras de Corea, Vietnam, el Golfo e Irak entre otras, se calcula que aún quedan 120.000 medallas por entregar fabricadas en aquel entonces. Tras esa invasión, Japón hubiera quedado repartido de la siguiente manera entre los aliados: Visto así, aquellas bombas que acabaron de un plumazo con la vida de cientos de miles de personas indefensas e inocentes, sirvieron para salvar la vida de medio millón de americanos y de la de muchos más japoneses. Sí, así son de estúpidas las guerras. Monumento en Nagasaki que marca el hipocentro de la bomba atómica Llamó la atención el ejercicio de autocrítica de los japoneses respecto a la guerra, sobre todo en el museo de Nagasaki. Justo antes y durante la segunda guerra mundial, Japón había iniciado una expansión brutal a base de invasiones que sólo podría compararse con las que la Alemania de Hitler venía haciendo por esas mismas fechas. En pocos años, Japón invadió Manchuria (China), Corea, Tailandia y también varias colonias de los aliados; a saber: las Filipinas norteamericanas, la Birmania, Malasia y Singapur británicas, la Indonesia holandesa, la Indochina francesa (Camboya, Vietnam…), la Formosa de los portugueses (hoy Taiwán) y todas las islas imaginables del pacífico norte a excepción de Hawaii. Y sus planes de expansión no acababan ahí. Japón pretendía también invadir Australia e India. En todos esos lugares infligieron invasiones brutales en las que pretendieron eliminar de raíz cualquier signo identitario de los territorios que ocuparon a la fuerza. Por lo que vimos en museos como el de Singapur, los presos de guerra que tenía Japón vivieron algunas de las torturas más salvajes que os podáis imaginar, los invasores asesinaban sin dudar a cualquiera que no obedeciera la orden más simple o estúpida, los niños eran obligados a aprender y hablar japonés desde el primer minuto. Pero, por desgracia, aquellas bombas no explotaron sólo para acabar una guerra. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki cambiaron muchas cosas. Cenotafio (tumba vacía) en la que se guardan los nombres de todos los fallecidos en el bombardeo atómico de Nagasaki. La fuerza de una de aquellas bombas sería comparable a apilar 5.200 camiones cargados de dinamita y detonarlos todos al mismo tiempo. Brutal, ¿verdad? Pero, lamentablemente, en esta comparación hay una diferencia clave: la dinamita, a diferencia de la bomba atómica, no genera radiación… Por aquel entonces, Estados Unidos desconocía los efectos de la exposición radioactiva a medio y largo plazo aunque científicos como Einstein (que participó en la investigación y desarrollo de la bomba atómica) los advirtieron. Los supervivientes de esas bombas, llamados ‘hibakusha’, y sus descendientes han vivido un auténtico calvario. Las personas que tuvieron exposiciones más directas a la radiación murieron a las pocas semanas o meses tras desarrollar extrañas enfermedades. El resto enfermaron de cáncer, leucemia, afecciones respiratorias, o sufrieron malformaciones en fetos durante varias generaciones. A ese desastre prolongado en el tiempo, se añade otra consecuencia. Se hizo evidente que el dominio de esa nueva tecnología militar nuclear iba a dar una ventaja insuperable frente a cualquier ejército que no dispusiese de ese tipo de armas. El miedo hizo que las grandes potencias mundiales iniciasen una carrera armamentística de cabezas nucleares que parecía no tener fin. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética fabricaron suficientes bombas atómicas (entre 30 y 45 mil cada uno) como para que pudieran haber destruido totalmente la civilización en el territorio de su enemigo y en el de todos sus aliados. Con la tecnología actual, las bombas atómicas se han perfeccionado hasta un punto en que una hipotética guerra nuclear podría acabar con la vida en el planeta. Ésa sí sería la última y la más estúpida guerra de todos los tiempos. Hoy en día se calcula que hay unas 20.000 bombas nucleares en el mundo. El Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT) permite a cinco naciones mantener armas nucleares: Estados Unidos, Rusia, UK, Francia y China. Otros países tienen armas nucleares como India y Pakistán, que han confirmado su fabricación y posesión, y se sospecha que otros países como Israel, Corea del norte o Irán poseen bombas atómicas aunque nunca lo han confirmado oficialmente. Lejos de un desmantelamiento continuado y decidido, muchos de los países citados continúan realizando pruebas con armas nucleares. Mientras sigan produciéndose, el alcalde de Hiroshima continuará enviando cartas de protesta a los presidentes de los países que llevan a cabo pruebas militares con armas nucleares.

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