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Ratas vs Gatos Gato Felis silvestris catus es un pequeño mamífero carnívoro de la familia Felidae. El gato está en convivencia cercana al hombre desde hace unos 9.500 años, periodo superior al estimado anteriormente, que oscilaba entre 3.500 y 8.000 años. Los nombres actuales más generalizados derivan del latín vulgar catus, palabra que aludía especialmente a los gatos salvajes en contraposición a los gatos domésticos que, en latín, eran llamados felis. Hay docenas de razas, algunas sin pelo o incluso sin cola, como resultado de mutaciones genéticas, y existen en una amplia variedad de colores. Son expertos depredadores que cazan más de cien especies diferentes de animales para alimentarse. También son animales que pueden asimilar algunos conceptos, y ciertos ejemplares pueden ser entrenados para manipular mecanismos simples. Se comunican con gemidos, gruñidos y alrededor de un centenar de diferentes vocalizaciones, además del lenguaje corporal. Se cree que el gato salvaje africano (Felis silvestris lybica) es su ancestro más inmediato. Sin embargo, al tratarse de una subespecie puede intercambiar —y de hecho lo hace— material genético con otras subespecies de Felis silvestris. Se ha detectado hibridación con el gato montés europeo.[4] Esta hibridación masiva se considera la principal amenaza para la conservación de las variantes salvajes. Está incluido en la lista 100 de las especies exóticas invasoras más dañinas del mundo de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. También, de forma excepcional, se han obtenido híbridos fértiles con gatos salvajes fuera de especie F. silvestris; en la década de los 60 la criadora Jean Mill comenzó un programa de cría cruzando gatos domésticos con un ejemplar hembra de Prionailurus bengalensis, obteniendo tras diversos cruces la actual raza de gato bengalí. Rata Rattus es un género de roedores miomorfos de la familia Muridae, conocidos comúnmente como ratas. Son roedores de mediano tamaño que no sobrepasan los 300 g de peso y los 30 cm, más una cola de similar longitud. Las patas anteriores son cortas y con cuatro dedos (el pulgar, rudimentario) y las posteriores, más largas, con cinco. El género alberga entre 56 y 65 especies. Dos de ellas, la rata parda (Rattus norvegicus) y la rata negra (Rattus rattus) son las especies de mayor distribución mundial de ecología marcadamente periurbana, son casi cosmopolitas, faltando sólo en los polos; se han extendido por toda la Tierra junto con el ser humano, aprovechando los desplazamientos por barco para colonizar nuevos territorios. Existen evidencias fósiles de R. rattus desde el Pleistoceno. No obstante la mayoría de las especies del género tienen distribuciones geográficas restringidas. Numerosas especies del género Rattus, originarias de Asia, se hallan hoy dispersas por casi todo el planeta, principalmente en las zonas habitadas por el hombre. Esto no es imputable a la negligencia por parte de éste, sino a la extraodinaria vitalidad y capacidad de adaptación de tales múridos que a veces son vehículo de graves enfermedades. Probablemente son originarias de Asia, en concreto India y Persia. Tal vez Heliano conocía ya a la rata parda, a la que daba el nombre de "ratón caspio". El primero que describió a este roedor como animal establecido en Europa fue Pallas, quien explicó cómo, tras un violento terremoto, las ratas emigraron a Europa desde orillas del Mar Caspio. Alberto Magno fue el primer naturalista en citarla entre los animales de Alemania. Gesner la consideraba como "un animalejo al que habría que conocer, ya que es muy amable". El obispo de Autun en cambio, le declaró la guerra, porque ya en su tiempo la rata se revelaba como un peligro. ahora unos videos Rata vs Gatos link: http://www.youtube.com/?watch=QkcnwJtGr0U LA RATA Y TITO link: http://www.youtube.com/?watch=CzjrTEYluos la rata sin suerte link: http://www.youtube.com/?watch=8pFsU_c9miU Raton vs Gato link: http://www.youtube.com/?watch=R_MBcgeuEok El gato y las ratas. link: http://www.youtube.com/watch?v=4jneLEJE8rk fuentes: wikipedia y youtube.

Molecular Pharming: Plantas que vacunan Hasta ahora cuando se habla de plantas transgénicas (polémicas estériles e infundadas aparte) normalmente nos referimos a plantas capaces de tolerar herbicidas o plagas, es decir plantas que producen más comida, hoy por hoy, las únicas variedades disponibles al público. Ya existe una segunda generación en las últimas fases de evaluación con las propiedades nutricionales mejoradas (es decir, plantas que producen mejor comida). Y, muy desconocida todavía, pero avanzando a paso firme existe una tercera generación de plantas transgénicas. Esta tercera generación comprende las plantas modificadas para producir compuestos de interés en medicina o en industria, y entre ellas, las plantas que vacunan. Desde el principio de la humanidad hemos sabido utilizar a las plantas no solo como alimento, sino como fábricas de productos que nosotros no sabíamos sintetizar. Entre los productos no alimentarios que obtenemos de las plantas estarían los perfumes, medicinas, colorantes, especias, conservantes o las fibras textiles. Ahora con la tecnología transgénica podemos ir más allá y optimizar la producción de estas moléculas o que sinteticen moléculas De novo. A esta técnica se le ha denominado agricultura molecular (aunque en la traducción se pierde el chiste. Molecular Pharming es un juego de palabras entre farming (cultivar en granja) y pharmacy (farmacia)). ¿Qué ventajas tiene conseguir plantas que produzcan vacunas? Muchas enfermedades endémicas en el tercer mundo podrían ser erradicadas mediante campañas efectivas de vacunación. El problema que se encuentran los gobiernos o las ONG no es únicamente el coste de las vacunas o del personal sanitario, sino los problemas derivados del transporte refrigerado, y la aplicación por vía subcutánea en zonas donde no existe la menor infraestructura que garantice la higiene. En muchas ocasiones la escasez de medios provoca que las campañas de vacunación sirvan para propagar otras enfermedades por tener que reutilizar las agujas o utilizar material en mal estado. La primera ventaja es que teniendo plantas transgénicas que sinteticen las vacunas conseguimos abaratar y simplificar el coste de producción. La segunda es que esta estrategia nos permite realizar campañas de vacunación en lugares remotos llevando las semillas al lugar de aplicación, así pasamos de la nevera con batería a una bolsa de semillas, que requiere el mismo cuidado que el paquete de garbanzos del súper. Una vez cosechadas en el lugar de aplicación se puede conseguir la inmunidad ingiriendo la planta (generalmente tomate o arroz), o realizando una purificación simple a partir de plantas no alimentarias (tabaco, por ejemplo). En algunos casos la purificación puede ser tan sencilla como hacer que la planta fabrique la vacuna y la acumule en el exudado (el liquido que secretan algunas plantas), con lo que simplemente recogiendo ese líquido tendremos la vacuna casi pura. De un plumazo hemos eliminado el problema de mantener la cadena del frío (las semillas no lo necesitan) y de las jeringuillas (se pueden administrar por vía oral). Hoy en día hay muchísimas vacunas que se están desarrollando por medio de plantas transgénicas. Las más llamativas son una variedad de lechuga que inmuniza contra la hepatitis B, o las patatas y tomates que protegen del cólera. Las ventajas no acabarían aquí. Una de los problemas de las explotaciones ganaderas es que a pesar de cuidar la salud de los animales, suelen verse atacados por incómodos visitantes (ratas o murciélagos) que propagan enfermedades como la rabia. Tener vacunas baratas de administración por vía oral permite atajar este problema. Instalar comederos con vacunas orales permitirá inmunizar a los roedores, frenando la propagación de enfermedades que causan estragos en las cabañas y que pueden acabar infectando al ser humano. Usan plantas de tabaco en una vacuna contra el cáncer Los investigadores se ocuparon de un tipo de cáncer conocido como linfoma folicular de células B, un tipo de linfoma no Hodgkin que ataca el sistema inmunológico. El cáncer produce un anticuerpo específico que no se encuentra en células saludables. En una prueba sobre 16 pacientes con linfoma folicular de células B, el 70 por ciento de las personas inyectadas con la vacuna desarrolló una respuesta inmune y ninguna presentó efectos colaterales. Levy dijo que el estudio sugiere que las vacunas personalizadas contra el cáncer podrían fabricarse de manera económica y eficiente empleando plantas. El ensayo en estadio temprano sólo se centró en la seguridad y la capacidad de estimular la inmunidad que tenían las vacunas. Se necesitarán análisis futuros para mostrar cuán efectivas son como tratamiento. El tratamiento, que consistiría en la vacunación de los pacientes con cáncer contra sus propias células tumorales, se genera empleando un nuevo enfoque que convierte plantas de tabaco genéticamente modificadas en fábricas de vacunas personalizadas. "Esta es la primera vez que una planta se utiliza para crear una proteína para inyectar en una persona", manifestó el doctor Ron Levy, de la Escuela de Medicina de la Stanford University en California, cuya investigación fue publicada en la revista Proceedings, de la National Academy of Sciences. ¿Cuál es la ventaja de la vacuna sobre otros complementos? Una gran ventaja de la vacuna es su rápida y barata preparación. Es más fácil pedirle a un paciente con cáncer que espere por algo rápido, a pedirle que espere por procesos complejos y costosos. Si en los estudios venideros el desempeño de la vacuna experimental es exitoso, esta podría ser administrada inmediatamente, luego de una semana del diagnóstico, como una terapia a corto plazo que mantendría el tumor controlado. ¿Cómo funciona la vacuna? La vacuna es preparada específicamente para cada paciente. El tipo de tumores que padecen presenta en su superficie un tipo de anticuerpos que genera el cuerpo con el fin de combatir al tumor. El proceso de elaboración de la vacuna comienza con una muestra de éste anticuerpo. Luego es sintetizado y reinsertado en el paciente. Aparentemente, si se llena el cuerpo con el antígeno, el sistema inmunológico genera las defensas suficientes para controlar al tumor. La planta de tabaco se utiliza como planta de producción del anticuerpo. Primero las plantas son infectadas con un virus llamado TMV (Virus mosaico de tabaco) y luego se contrapone dicho virus con el anticuerpo generado por el paciente. La planta reproduce grandes cantidades de este anticuerpo, el cual es aislado al cabo de una semana e inyectado en el organismo del paciente. Antecedentes de la vacuna La vacuna fue inyectada en dieciséis pacientes. El 70% de los pacientes desarrollaron las respuestas inmunitarias buscadas. Algunos efectos secundarios observados fueron hinchazón en la zona del pinchazo y síntomas de gripe sin importancia. Ninguno de estos síntomas se extendió más de una semana. Debe considerase que aunque tres de los pacientes vacunados no pudieron sobrevivir al cáncer, éstos eran los de edades más avanzadas. En el resto de los pacientes vacunados, la enfermedad no avanzó tras haber sido administrada la vacuna. Como estos pacientes también son tratados con quimioterapia, el rol de la vacuna en su enfermedad no puede ser determinado por completo. Levy asegura que se sigue trabajando para descubrirlo. Conclusión Es recalcable la necesidad de desarrollar tratamientos alternativos que controlen cualquier tipo de tumores, con el fin de minimizar las consecuencias de los tratamientos invasivos, y con la esperanza de estos sean los caminos hacia las curas definitivas. Plantas Medicinales Hierbas naturales para enfermedades Inflamaciones: malva, malvavisco, lino, nogal, tila, agrimonia, alquemila, peral, perifolio. Insomnio: amapola, caléndula, celidonia, lechuga, pasionaria (ver nervios). Intestino: Manzana, cebolla, col, pepino, alcachofa, tomate, perejil, menta, manzanilla, laurel, espliego, hierbaluisa, ciprés, acedera, ajedrea, albahaca, alquemila, artemisa, caléndula, coriandro, genciana, grosellero rojo, lilo, marrubio, ruibarbo, zanahoria silvestre, sen. Intoxicación: uva, tomate, cereza, pepino, limón, zanahoria, alcachofa, zarzaparrilla, arraclán, retama negra, roble. Jaqueca: albahaca, angélica, grosellero negro. Lactancia: comino, zanahoria, albahaca, verbena. Leucorrea: nogal, tomillo, brezo, enebro, ortiga muerta, pino silvestre, roble, rosal, camalote. Nervios: tila, melisa, manzanilla, valeriana, hierbaluisa, aloe, amapola, espliego, orégano, árnica, ajedrea, albahaca, angélica, aquilea, artemisa, caléndula, castaño, celidonia, gordolobo, helécho hembra, helécho macho, sauce, hiedra trepadora, lechuga, oxiacanta, pasionaria, pino silvestre, serpol, márcela hembra, sanguinaria. Obesidad: cebolla, limón, alquemila. Plantas medicinales curativas Hemofilia: zurrón de pastor. Hemorragias: alquemila, cardo, fresno común, helécho hembra, helécho macho, ortiga, rosal, zurrón del pastor, sándalo. Hemorroides: ciruela, uva. espinaca, acedera, albaricoque, aquilea, arraclán, avellano, cardo, mirtilo, perifolio, roble, rosal, palan palan. Heridas:agrimonia, alquemila. aquilea, caléndula, cardo, oreja de gato, oreja de ratón, ombú, helécho hembra, helécho macho, helenio, ortiga, ortiga muerta, verbena, zanahoria silvestre, hierba de la perdiz, sanguinaria, tala, ombu. Hidropesía: berro, abedul, abrótano macho, achicoria, alquemila. castaño, enebro, marrubio, retama negra, zanahoria silvestre, nísperos. Hígado: berro, alcachofa, zanahoria, salvia, romero, diente de león, menta, boldo, nogal, ajenjo, aciano, achicoria, agrimonia, almendro, agracian, boj, caléndula, celidonia, espárrago, frambueso, fumaria, genciana, grama, grosellero negro, grosellero rojo, lechuga, lilo, pino silvestre, ruibarbo, carqueja, hierba meona, yerba lucera. Hipergliccmia (ver Diabetes) hipertensión: arroz, tomate, limón, ajo. olivo, árnica, muérdago, branca ursina bastarda, oxiacanta. Impotencia sexual: ajedrea, alholva, branca ursina bastarda, taco de reina, tulipán. Infecciones: alholva, bardana, branca ursina bastarda, caléndula, capuchina, grama, grosellero rojo, hiedra terrestre, mirtilo mostaza negra, pino silvestre, rosal, serpol. Infusiones curativas Estomatitis: apio, salvia, rábano, limón, higo, berro, geranio, roble. Estreñimiento:ciruela, uva, cereza, tomate, naranja, trigo, borraja, higo, cebolla, lino, ricino, acedera, achicoria, albaricoque, arraclán, caléndula, capuchina, escaramujo, frambueso, fumaria, grosellero rojo, melocotonero, mostaza blanca, mostaza negra, peral, ruibarbo, abrojo, tártago. Fatiga física y/o mental: dátil, ciruela, col, remolacha, germen de trigo, manzana, achicoria, angélica, branca ursina bastarda, brezo, cardo, coriandro, enebro, escaramujo, fresno común, genciana, helenio, liquen de Islandia, lúpulo, perifolio, serpol. Fiebre: abrótano macho, acebo, acedera, achicoria, almendro, boj, cardo, castaño, frambueso, fresno común, genciana, grosellero negro, lilo, lúpulo, marrubio, barba de tigre, cepa caballo, cinacina, macachín. Fragilidad vasos sanguíneos: naranja, corteza de limón. Frigidez sexual: ajedrea, branca ursina bastarda. Garganta: cebolla, limón, geranio, agrimonia, ajedrea, consuelda media, frambueso, grosellero negro, helenio, mostaza blanca, roble (ver estomatitis). Ginecología: alquemila, ortiga, ortiga muerta. Hierbas medicinales para dolencias Cuero cabelludo: bardana, capuchina, ortiga, berro, aguacate, taco de reina. Desmineralización: cebolla, espinaca, apio, trigo, fresa, calabaza común. Diabetes: cebolla, achicoria, agrimonia, alholva, alquemila, bardana, frambueso, lechuga, mirtilo, sanguinaria, sarandí blanco, pata de vaca. Diarrea: arroz, alcachofa, ciprés, encina, árnica, acedera, agrimonia, albaricoque, calabaza común, castaño, celidonia, escaramujo, fresno común, gordolobo, tala, grosellero negro, tilo, liquen de Islandia, mirtilo, roble, rosal, verbena, zanahoria silvestre, camalote, carqueja, culé, carnicera. Dispepsia: uva, melisa, ajenjo, acacia, acedera, aciano, aquilea, coriandro, estragón, fumaría, genciana, lechuga, lilo, melocotonero, serpol, verbena, zanahoria silvestre, pico de loro. Dolores de origen nervioso: manzanilla. Espermatorrea: lúpulo. Estomago: menta, hierbaluisa, espliego, laurel, manzanilla, paico, orégano, ruda, boldo, ciprés, alquemila, angélica, arraclán, branca ursina bastarda, calabaza común, cardo, celidonia, coriandro, frambueso, gordolobo, grosellero negro, grosellero rojo, lechuga, liquen de Islandia, mirtilo, ccrpol, carqueja, cedrón, chinchilla, cilantro, márcela. Hierbas medicinales para enfermedades Artritis: ajo, cebolla, zanahoria, manzana, limón, fresa, uva, apio, rábano, ciruela, tomate, estigmas de maíz, girasol, diente de león, abedul, cereza, pepino, acebo, aciano, achicoria ajedrea, abaricoque, angélica, bardana, brezo, calabaza común, coriandro, espárrago, frambueso, fresno común, grama, grosellero rojo, helécho hembra, helenio, hiedra trepadora, lilo, mostaza negra, nabo, ortiga, pino silvestre, retama negra.ulmaria, verbena, guaco, carqueja. Blenorragia: perejil, estigmas de maíz, brezo, enebro, lúpulo, pino silvestre (ver Infecciones). Boca: ajedrea, consuelda media, frambueso, grosellero negro, mirtilo, abrojo. Bronquitis: apio, rábano, berro, laurel, anís, árnica, acebo, aciano, ajedrea, castaño, frambueso, helenio, hinojo, mostaza negra, ortiga muerta, pino silvestre. Celulitis: (limón, diente de león, grama, hiedra trepadora. Ciática: rábano (ver dolores nerviosos). Circulación sanguínea: limón, alcachofa, salvia, orégano, muérdago, arraclán, brezo, oxiacanta, retama negra. Cistitis: manzana, uva, zanahoria, brezo, celidonia, grama, grosellero rojo, peral, pino silvestre, zurrón de pastor. Plantas para dolencias Aerofagia: anís, comino, ajedrea, albahaca, angélica, coriandro, hinojo, lilo, serpol, zanahoria silvestre. Albuminuria: frambueso, grosellero rojo, retama negra, madreselva. Amenorrea: manzanilla, comino, orégano, ajenjo, abrótano macho, angélica, aquilea, artemisa, avellano, caléndula, capuchina, celidonia, lúpulo, ortiga, ortiga muerta, verbena, zurrón de pastor, sauce, aloe. Anemia: zanahoria, manzana, col, remolacha, espinaca, berro, ciruela, dátil, germen de trigo, nogal, abrótano macho, albari-coque, alholva, capuchina, escaramujo, nabo, pino silvestre, roble. Arrugas: zanahoria, pepino. Arteriosclerosis: ajo, cebolla, limón, tomate, ciruela, árnica. fuentes: plantamedicinales.net/, amazings.es, www.ciencias.es
Esclavos en Atenas, la vida sin libertad Capturados en tierras lejanas, los esclavos se enfrentaban a una vida de trabajo y explotación de la que pocos escapaban esulta muy difícil saber qué proporción de esclavos frente a ciudadanos libres había en Atenas durante la época clásica. Los cálculos de los historiadores sugieren que esa proporción estaba próxima a un tercio de la población total. Esta considerable cifra revela un aspecto de la sociedad de la antigua Grecia que a veces tendemos a olvidar: la presencia de decenas de miles de individuos explotados como mano de obra, a veces de forma brutal, y condenados de por vida a la subordinación y el silencio, aunque algunos de ellos tuvieron la oportunidad de integrarse en la vida cotidiana de los ciudadanos de pleno derecho. La gran mayoría de los esclavos de Atenas eran bárbaros nacidos en tierras lejanas, que habían caído en la esclavitud por vías diferentes. Algunos eran apresados por piratas y bandidos, o bien eran capturados durante las frecuentes guerras, en las que mujeres y niños se convertían en un valioso botín. También podían ser vendidos por sus familias: Heródoto cuenta que algunos pueblos, como los tracios, vendían a sus hijos a traficantes de esclavos que los llevaban a los grandes mercados de esclavos de Éfeso y Bizancio, ciudades situadas en la periferia del mundo griego, desde donde eran conducidos hasta Atenas. Los esclavos llegaron a ser tan baratos y su suministro tan regular que no hubo en la época clásica ninguna necesidad de criarlos en las haciendas. Obreros, criados, policías... Los esclavos hacían trabajos muy diversos; de hecho, no había ninguno específicamente servil. En Atenas había esclavos públicos que se empleaban en la policía: son los famosos arqueros escitas, un cuerpo creado en 476 a.C. y que acampaba en el Areópago (sede del Consejo de la ciudad). También se ocupaban en la administración como secretarios, escribas y verdugos. Su presencia en los campos debió de ser escasa, pues el Ática estaba llena de pequeños propietarios agrícolas. Los esclavos trabajaban sobre todo en talleres: artesanos y comerciantes compraban al menos uno y le enseñaban su oficio con la esperanza de retirarse y vivir del trabajo de su esclavo. Algunos ciudadanos poseían negocios a cierta escala con esta mano de obra: el padre del orador Demóstenes poseía 32 esclavos fabricantes de cuchillos, y el orador Lisias tenía 120 esclavos en su taller de armas (la mayor empresa ateniense de la que tenemos noticia). Algunos amos dejaban trabajar por su cuenta a sus esclavos, que sólo estaban obligados a pagar una renta fija. Se les llamaba «los que viven aparte» y su modo de vida no sería muy diferente al de los hombres libres. Esclavos y ciudadanos trabajaban a menudo codo con codo y recibían el mismo salario, tal como sabemos por las inscripciones que registran las cuentas de las obras de los edificios públicos. Objeto de burla Los esclavos eran a veces objeto de escarnio. En este óleo, de F. Sabbate (1900), un espartano muestra a sus hijos un esclavo borracho. Escuela de Bellas Artes, París. También había numerosos esclavos domésticos. Se les incorporaba a la familia con el mismo ritual con el que se acogía a la novia: se les hacía sentar en el hogar y la dueña de la casa echaba sobre su cabeza higos y nueces. También se les daba un nombre. Por eso los esclavos eran enterrados en la sepultura familiar. En algunas fiestas, como las Antesterias, podían unirse a la diversión de toda la familia, y en las dedicadas a Crono se les daba el día libre y permiso para comer con sus amos. Un ateniense medio tenía al menos doce esclavos: un portero, un cocinero, un pedagogo (que llevaba a los niños a la escuela) y varias sirvientas que se ocupaban de las tareas de la casa. Las dirigía otra esclava, una que había llamado la atención de sus amos por su moderación en la bebida, la comida, el sueño y el trato con los hombres. Dentro de la casa, el alojamiento de las mujeres estaba separado del de los hombres por una puerta con cerrojo para evitar que procreasen sin el permiso de los amos. La dueña de la casa tenía el deber de ocuparse de los esclavos domésticos. «Una tarea te parecerá poco grata: si se pone enfermo uno de los esclavos tienes que procurar por todos los medios que se cure», advierte un ateniense a su esposa, según Jenofonte. Incluso se hacía venir al médico, pues la muerte de un esclavo suponía la pérdida de una posesión material valiosa. Los atenienses se quejaban siempre de la desvergüenza y la grosería de sus esclavos. Un buen ejemplo es el esclavo portero que aparece en un diálogo de Platón, el Protágoras, que cierra la puerta en las narices al mismísimo Sócrates. Esclavos de países lejanos Esclavo negro atado. Estatuilla de bronce. Siglos I-II a.C. Museo del Louvre, París. El palo y la zanahoria Los esclavos que movían las muelas en los molinos o las esclavas compradas por el Estado para los burdeles del puerto del Pireo llevaban una vida muy dura. Pero el peor destino de todos era el de los que trabajaban en las minas de plata de Laurio, pues malvivían en condiciones miserables. Allí, en los períodos de mayor actividad pudo haber decenas de miles, sobre todo tracios y paflagonios procedentes de regiones mineras. El Estado, que era propietario de las minas, ofrecía la concesión a particulares que la explotaban con el trabajo de los esclavos. Aunque Platón dice que «la propiedad de hombres también tiene sus dificultades», la regla era simple: recompensar a los esclavos diligentes –con mejores vestidos y alimentos, con un trato más humano y con la posibilidad de tener una compañera– y no vacilar en castigar a los que no aceptaban de buen grado su condición o eran inútiles para sus amos: se atemperaba su lujuria a base de hambre, se les encerraba para impedir que robasen, se les cargaba de grilletes para que no escapasen y se empleaba el látigo para corregir su pereza. Toda clase de castigos valía para obligarles a comportarse como un esclavo. Esclavos en las minas Esclavo trabajando en una mina. Escena de un vaso ático del siglo V a.C. La ansiada libertad Los esclavos eran, como dice Aristóteles, una «posesión animada» y no tenían, por tanto, derechos legales. Atenas sólo les protegía contra una muerte arbitraria. También podían escapar de un amo especialmente cruel acogiéndose como suplicantes en el templo de Teseo y pidiendo que se les vendiera a un dueño mejor, aunque esta opción sería rara en una ciudad donde se podía encontrar fácilmente esclavos en el mercado. Los esclavos podían declarar en los procesos judiciales, pero sólo si se les sometía a tormento; «atándolo a una escalera, colgándolo, azotándolo con un látigo, desollándolo, retorciéndole los miembros», según cuenta Aristófanes. Muchas veces, las partes implicadas ofrecían a sus propios esclavos para declarar en esas condiciones; se suponía que sólo bajo tortura se declaraba la verdad. Los amos podían conceder la libertad a sus esclavos con una simple declaración ante testigos; un esclavo también podía rescatar su persona gracias al peculio, esa pequeña cantidad de dinero que el amo le había permitido ir ahorrando, o bien por disposición testamentaria. Tras su libertad, se le consideraba como un meteco y normalmente quedaba obligado a permanecer al lado de su antiguo dueño mientras viviera o a cumplir ciertas disposiciones. Aun así, las continuas guerras y revueltas políticas les ofrecían muchas posibilidades de escapar a su destino: en casos de emergencia, la ciudad podía alistarlos como remeros y se les concedía la libertad. También en esos momentos era más fácil la huida. En los años finales de la guerra del Peloponeso, más de 20.000 esclavos huyeron de Atenas. Muchos eran, como dice Tucídides, artesanos cualificados, pero prefirieron arriesgarse en busca de la ansiada libertad.

Kinshasa, el pulso urbano del Congo En la caótica capital de la República Democrática del Congo, el arte es una manera de sobrevivir. ijese en el artista. Sale de un cobertizo que no es mayor que la celda de una cárcel, aunque está pintado de vivos colores y encima de la puerta hay un letrero que anuncia: «Place de la Culture et des Arts». El artista vive y trabaja aquí. Lleva un corte de pelo al estilo mohicano, aretes de oro, gafas ultragrandes con montura negra, botas de cowboy, cinturón de Dolce & Gabbana y una holgada camisa de tonos cobrizos. Se llama Dario, tiene 32 años y nos dice muy ufano: «Yo soy el rey de este barrio». El barrio en cuestión es Matete, un lugar superpoblado, mísero y peligroso que es conocido por sus atletas y por los ladrones. (No lo es tanto por sus artistas adictos a la moda.) Junto al cobertizo de Dario, una anciana sentada en el suelo vende montoncitos de carbón. Calle arriba se extiende un laberíntico mercado donde los comerciantes venden martillos, plátanos y cigarrillos. Un poco más abajo, una pareja de policías intenta sujetar a una mujer perturbada que se arranca la ropa del cuerpo. Estamos en el vibrante corazón de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, una urbe en la que parámetros como el índice de nutrición per cápita y la calidad del agua sugieren unas condiciones de vida cercanas a la muerte. Pero la realidad es que Kinshasa está muy viva. «Pasen», nos invita Dario. En el cobertizo no hay ninguna cama. Las paredes están llenas de cuadros del propio Dario, que no son en absoluto lo que cabría esperar del individuo presumido y fanfarrón que vi por primera vez en un concurso de sape, un evento donde los varones kinois, como se conoce a los habitantes de Kinshasa, exhiben la ropa de lujo con la que han logrado hacerse. Emergiendo de aquel extraño mar de petulantes depauperados, Dario había avanzado hacia mí, señalándose a sí mismo y alardeando: «¡Pantalones de Yohji Yamamoto! ¡Botas de El Paso! ¡Mi gorra Kassamoto cuesta 455 euros!». Y había seguido perorando hasta que salió a relucir que, además de ser un consumado sapeur, o adicto a la moda («Cuando muera, haré que entierren mi ropa conmigo»), había estudiado en la Academia de Bellas Artes de Kinshasa. «Pinto desde que tenía diez años», me dijo. Dos niños contraen el estómago, giran la cabeza y trinan como pájaros durante un rito iniciático en Kinshasa. Sus cuadros son a la vez explosivos, líricos y nostálgicos. Evocan escenas callejeras abarrotadas y los afanes solitarios de la vida diaria: un paisaje urbano frustrante –de esfuerzo inútil y sin esperanza de triunfo– aunque exuberante, el mismo que ha forjado a algunos de los artistas más destacados de África. Muchos de ellos –los pintores Pierre Bodo y Chéri Samba, los músicos Papa Wemba y Koffi Olomide, o los escultores Bodys Isek Kingelez y Freddy Tsimba, por citar solo unos pocos– son mundialmente famosos. Quizá Dario no lo consiga. Aun así, esa es su misión en la vida, buscar la belleza en el esfuerzo humano. Le pido que me pinte algo y le describo lo que tengo pensado. Acordamos un precio, que incluye un anticipo de cien dólares para que compre el material. «No tengo dinero –admite–, pero las personas como yo nunca se desaniman. Somos luchadores. Morimos con honor.» Como protesta contra la contaminación, la artista Julie Djikey se disfraza de «coche humano», con filtros de aceite en los pechos y una mezcla de aceite de motor y ceniza de neumáticos quemados untada sobre el cuerpo. Fíjese ahora en la ciudad del arte. Kinshasa, una franja de trópico de 650 kilómetros cuadrados en la orilla meridional del río Congo, bulle como el océano primordial. Unos diez millones de personas viven en lo que los colonizadores belgas llamaron en su día Léopoldville, y cada año se suma otro medio millón más. Cómo van a sobrevivir es algo que nadie sabe. La ciudad es cualquier cosa menos un fértil granero: hasta el trigo para hacer el pan se importa desde ultramar. Esto hace que, como dice un veterano asesor de ayuda humanitaria radicado en Kinshasa, «en Estados Unidos se puede comprar una caloría de alimento más barata que aquí. Esta es una de las poblaciones más malnutridas del continente africano, si no del planeta». Toda el agua procede del río Congo y sus afluentes, que es también adonde van a parar las aguas residuales de la ciudad. Apenas hay vías asfaltadas. Sus escuelas son inaccesibles para la mayoría de los kinois. Pese a su condición de capital del segundo país más extenso de África, Kinshasa es un prodigio de disfuncionalidad. Cada ministerio o departamento del Gobierno, como apunta sutilmente un funcionario estadounidense, «tiene básicamente que autofinanciarse», lo cual significa que una parte sustancial del dinero que atesora es generado mediante el soborno y la extorsión. Esto es especialmente cierto de la policía, que, en palabras del asesor humanitario, «vive cien por cien de la trampa. Cada agente ha ingresado en el cuerpo por una razón: recaudar en beneficio propio». El célebre pintor Chéri Chérin puede trabajar de noche gracias a la luz de un farolillo que sujeta su aprendiz, Makoko. Casi toda Kinshasa sufre regularmente apagones eléctricos después del anochecer. Sería lógico pensar que de esta colisión entre una pobreza galopante y un Estado fallido solo puede surgir la anarquía. Pero la confianza de Occidente en las instituciones es irrelevante en esa confluencia desaforada de metrópoli y poblado. La historia de Kinshasa tampoco responde al habitual relato africano de penalidades, represión y callejones sin salida. Tras obtener en 1960 la independencia de los belgas, que partieron sin dejar ningún patrón de gobierno, y después de haber sido engañados y expoliados por el dictador Mobutu Sese Seko, los congoleños aprendieron hace tiempo a descartar toda expectativa de que sus instituciones civiles y líderes electos vayan a actuar según lo prometido. El milagro de Kinshasa es que no ha renunciado a la esperanza. Al contrario: esta es una ciudad con un frenético espíritu emprendedor, donde todo el mundo es vendedor de lo que sea que caiga en sus manos, especialistas sin titulación –autónomos y con estilo propio–, creadores en medio del caos, artistas instalados en un cobertizo… Fui a visitar a un autor local que tiempo atrás había escrito: «Kinshasa es una ciudad donde los estudiantes no estudian, los trabajadores no trabajan y los ministros no administran». Su nombre es Lye M. Yoka. Es el director general del Instituto Nacional de las Artes, y sonrió cuando le leí su cita. «La fuerza de Kinshasa reside en dos factores –declaró–. El primero es su condición de crisol: en sus calles hay una mezcolanza de las tribus más diversas, sin que existan fricciones entre los grupos locales que conviven en la capital.» Toda la ciudad es una pasarela para los jóvenes sapeurs de Kinshasa, adictos a la moda que aquí desfilan por el barrio de Matonge con prendas de alta costura. Auténticos obsesos de la expresión personal, algunos de ellos se gastan la mayor parte de sus ingresos en ropa de diseño. El segundo punto fuerte de la ciudad, prosiguió, «es su gran creatividad e improvisación. Para el forastero, la percepción inicial es de caos. Para mí no lo es en absoluto. Hemos desarrollado un sistema informal; y dentro de ese sistema hay una organización. Utilizamos lo que tenemos, y lo negociamos todo». Por supuesto, Yoka me estaba describiendo la esencia misma de la sensibilidad creativa. «Es bien sabido que los artistas no se fían del Gobierno –dijo–. Su actividad artística se convierte en un medio para sobrellevar la crisis personal de cada día, y es también una forma de soñar. Lo fundamental es que la pasión los induce a crear, y pasión significa dos cosas: equivale a dolor, y equivale a entusiasmo.» Así es Kinshasa, la ciudad del arte, donde la tribulación es musa. Las personas que han huido de las áreas rurales arrasadas por la guerra han adaptado los ritos étnicos tradicionales al ritmo urbano de la gran ciudad. El grupo de danza Kpou Ambitiri, que tiene artistas enanos, actúa en ceremonias tribales, pero también en festivales para ganar dinero. Encuentro a Freddy Tsimba detrás de una puerta de metal corrugado, más o menos a un metro de distancia, usando un soplete de oxiacetileno para soldar un machete a una escultura de una mujer embarazada formada íntegramente por cucharas. Tsimba paga a los niños callejeros de Kinshasa, los sheges, por buscar cucharas desechadas y traérselas. «[Los chavales] no saben lo que hago aquí dentro, creen que soy el loco del barrio que se dedica a coleccionar cucharas –me dice–. [En Kinshasa] tenemos montones de cucharas, pero, por desgracia, nada que ellos puedan llevarse a la boca.» Tsimba me explica que la escultura simboliza la epidemia de violaciones que asola el este del país. «Verá que la mujer tiene el brazo extendido –puntualiza–; es para proteger a la criatura de su vientre. Se enfrenta al soldado. Hace todo lo que puede. El machete, obviamente, es una expresión de poder y violencia.» «¿Le pregunta la gente alguna vez por qué no se concentra en crear imágenes más optimistas?» Un niño de la calle llamado Gaby trata de contener el miedo mientras lo cubren de polvos de talco como parte de un exorcismo para ahuyentar a los demonios. Tsimba se ríe y responde: «Los artistas de más edad, esos que pintan a mujeres bailando con sus gordos traseros y a juerguistas bebiendo alcohol, desaprueban mi arte. Pero la mayoría de los congoleños lo está pasando mal, y eso es lo que yo represento. No me interesa adular a las autoridades; prefiero centrarme en la realidad». Este hombre encantador y de cuerpo flexible con melena de rastas me guía por las polvorientas callejas de Matonge, el barrio en el que ha vivido durante sus 45 años de existencia. Pasamos junto al amplio lecho de un arroyo rebosante de basura. Tsimba se detiene ante una puerta metálica, la abre y me introduce en su almacén. En el interior hay quizás otra cincuentena de esculturas: algunas son mujeres encintas, muchas de ellas con las piernas separadas y las manos contra la pared. Hemos entrado en un submundo de víctimas refulgentes construidas a base de cucharas, machetes y balas. Freddy Tsimba suelda cucharas y balas para crear esculturas con un fuerte contenido político, como esta de una mujer embarazada con una maleta de botellas de agua vacías. «En 1998 conocí aquí a una mujer del este del país, una víctima de violación que se había quedado en estado –me cuenta Tsimba–. Le pregunté si cuidaría del pequeño, y contestó: “Sí, él es inocente”. Aquello me sirvió de inspiración. Le enseñé la escultura cuando la hube terminado. Le gustó, e incluso se alegró porque alguien le iba a contar al mundo lo que estaba sucediendo. “Sí –proclamó–, así fue cómo sufrí.” Vendí la figura e invertí el dinero en pagarle el hospital y ropa decente, para que ella y su bebé pudieran volver a Goma.» Desde entonces, las esculturas de Freddy Tsimba se han expuesto en toda África y en Europa, China o Washington, D.C. Recientemente, las autoridades de Estrasburgo le concedieron una residencia de artista en la ciudad francesa, donde erigió una estructura de seis metros de alto en conmemoración de los numerosos europeos orientales refugiados en Alsacia. Los fondos del proyecto sufragan el combustible del soplete, el almacén, las cucharas y las armas blancas recicladas. En otros países, un artista con la arrolladora humanidad de Tsimba habría acumulado becas, subvenciones y nombramientos académicos a título honorífico. Incluso Mobutu, pese a su declarada cleptocracia, apoyó decididamente a los artistas de Kinshasa, en particular a los que le hacían una buena propaganda. Pero los sucesores del dictador, Laurent Kabila (que derrocó a Mobutu en 1997) y Joseph Kabila (quien sustituyó a su padre tras el asesinato de este en 2001), no han prodigado más que indiferencia. La función del ministerio estatal para el arte es un objeto permanente de incertidumbre, y las dos escuelas especializadas de Kinshasa se financian en gran medida con las matrículas abonadas por los padres de los alumnos. «Existe una gran falta de visión por parte del Gobierno», denuncia Joseph Ibongo Gilungula, director del Instituto de Museos Nacionales del Congo en Kinshasa. Con una sonrisa de desesperanza, dice sobre la entidad bajo su custodia: «¿Cómo se explica si no que tengamos 40.000 piezas de arte encerradas en un almacén?». Albert Matubanza Nlandu, responsable de la Orchestre Symphonique Kimbanguiste de Kinshasa, repara un instrumento. Así pues, para llegar a ser un artista como Tsimba hay que actuar de la misma manera que lo haría cualquier kinois: en primer lugar, aceptar que la razón de ser de tu Gobierno es quitar, no dar; y después, improvisar, entregarte a la carrera artística con tanta convicción, que tus padres decidan enviarte a la Academia de Bellas Artes. El oficio de soldador lo aprendes frecuentando a unos artesanos del metal que han ocupado clandestinamente una antigua fábrica de componentes de automóvil que quebró. El material y la inspiración los encuentras en las calles. Si logras ganar algo de dinero, este procede de clientes ricos de fuera del Congo. Vives el día a día, con buenas dosis de ingenio y autosuficiencia, en una turbulenta mezcla de darwinismo urbano y provincialismo tribal, donde el tipo de riesgos artísticos asumidos por un Freddy Tsimba pueden mover a falsas interpretaciones. «Algunas personas asocian mi obra con el Mal –admite–. Califican mi arte de demoníaco. Incluso mis parientes creen que soy una especie de brujo. Ya no participo en las comidas familiares, porque temo que alguien intente envenenarme.» Comulgar con los espíritus es, para los kinois, una fuente de malignidad pero también de fuerza, el elixir que reaviva su economía sumergida, el comodín con el que la suerte de un alma atormentada puede cambiar en un instante. He leído muchas veces que los kinois creen que los espíritus de los muertos pueden alterar la vida de una persona. Pero la primera vez que lo percibo es una noche en el barrio de Matonge, bastión de la escena musical de Kinshasa. Papa Wemba, un músico de rumba de fama internacional procedente de Matonge, es aclamado por sus paisanos siempre que vuelve al barrio con su elegante traje y un cigarro puro en la boca. De noche, en las calles de Matonge reina una auténtica ebullición de melodías incorpóreas y animados asiduos de las discotecas. Al pasar frente a los atestados locales se oye un torrente de tambores, armonías vertiginosas y, naturalmente, la lánguida sensualidad de la rumba, que en las décadas de 1930 y 1940 hizo su insólito viaje desde Cuba hasta Kinshasa de la mano de peones caribeños, marineros de África occidental y los discos vendidos por los comerciantes europeos, y que los entonces colonizados kinois asimilaron de inmediato como un ritmo afín a su propio carácter. Bruce Makanga empezó a estudiar violín en su modesto hogar y ha tocado cuatro años con la Orchestre Symphonique Kimbanguiste. Una noche me reuní con Tsimba en un garito de Matonge llamado La Porte Rouge para escuchar a Basokin, la orquesta de la casa. El local es un garaje, iluminado por una ristra de cuatro bombillas colgantes, con un coche aparcado en su interior, lo que deja el espacio justo para un escenario provisional y media docena de mesas de plástico. Los vendedores ambulantes van y vienen por la sala repartiendo cerveza congoleña, brochetas de ternera a la parrilla y cacahuetes. Los miembros del grupo, todos hombres, salen a escena en fila: tres vocalistas, dos guitarras eléctricas, un bajo eléctrico, tres intérpretes de tamtan y un percusionista que en el transcurso de la actuación golpea diligentemente una botella vacía de cerveza con una baqueta. A través de un sistema de sonido cascajoso y lleno de reverberaciones, la música empieza a un ritmo sostenido, con suaves toques de percusión y un repetitivo riff de guitarra. El cantante principal, un sujeto de mediana edad que viste una camisa de rayón y se hace llamar «Mi Amor», entona a voz en cuello unas pocas sílabas. A continuación se incorporan los otros dos vocalistas en una melodía gutural y polifónica característica de la etnia songye, cuya palabra escrita en plural (basongye) ha originado la primera parte del nombre del grupo. La canción sigue su curso: el cantante sermonea enérgicamente, la batucada gana fuerza y las sinuosas cadencias de la guitarra se tornan más insistentes, en una progresión de la intensidad apenas perceptible. Pasan así unos ocho minutos hasta que, por detrás del coche aparcado, hace su aparición el cuerpo de baile. Son cuatro bailarinas, todas jóvenes, todas descalzas. Hoy visten un sencillo conjunto de falda y camiseta; pero esta misma semana, cuando vuelva a La Porte Rouge, irán ataviadas con unos espectaculares atuendos tribales amarillos y rojos. Los cantantes han moderado el papel de sus voces a unos roncos susurros de acompañamiento, mientras las danzarinas giran en el mareante torbellino de una improvisación de guitarra que ha pasado a ser un «galope» acústico abrumador. Siguiendo el compás de los tambores, las jóvenes se alzan frente al público y empiezan a simular un híbrido rítmico de sexo y parto: de cintura para abajo, se retuercen en movimientos inconmensurables; del cuello hacia arriba, parecen sumirse en un trance. Los espectadores, entre ellos Freddy Tsimba y yo mismo, quedamos atrapados en lo que cabría definir como un estado de alucinación compartido. En la panificadora de propiedad libanesa Pain Victoire, las barras denominadas kanga journée están por todas partes. El pan fue introducido inicialmente por los colonos belgas, y en los últimos años se ha incorporado a la dieta de los kinois porque es un producto barato. De repente las luces se apagan y las guitarras quedan en silencio. El generador que suministra electricidad a La Porte Rouge ha consumido su última gota de gasóleo. Basokin desaparece en la oscuridad, mientras alguien coge un recipiente de plástico y echa a correr por la calle en busca de combustible. Al cabo de media hora las bombillas se encienden, la orquesta vuelve a ocupar el escenario con estoica compostura, y una nueva espiral de sonido y movimiento, que dura unos 20 minutos, invade el garaje y –al menos en mi imaginación –la ciudad circundante. Unos días después me cito en Matonge con el cantante Mi Amor para tomar una cerveza. A la luz del sol las calles están tranquilas, y el líder del grupo musical, igual que Freddy Tsimba, se muestra a la vez cordial y gravemente serio en lo que respecta a su arte. Me cuenta que los integrantes de Basokin llevan 30 años trabajando juntos. Dos de las bailarinas son hijas de los músicos. Desde 1987 actúan en La Porte Rouge todos los lunes, miércoles y viernes. Mi Amor y otro de los miembros tienen sendos empleos en la Administración; el resto, me explica, «se mueve en la estructura informal», lo que equivale a decir que, al igual que la inmensa mayoría de los kinois, salen adelante como pueden, sin excluir las propinas que reciben del público. La dificultad para subsistir como artista en Kinshasa ha obligado incluso a los más célebres a aceptar el patrocinio de la empresa privada e insertar jingles comerciales en su repertorio. Basokin se ha resistido a estos impulsos. «Todos los miembros del grupo pertenecen a las tribus que representan la cultura songye, y lo que pretendemos es preservar las tradiciones populares más arraigadas –me aclara Mi Amor–. Las canciones folclóricas son estáticas, no dinámicas. Reemplazamos algunas palabras en las letras y sustituimos un instrumento tradicional como el xilófono por otro moderno como la guitarra. Pero nuestras canciones hablan de recuperar unos valores ancestrales que se están perdiendo. Por ejemplo, una de las piezas que nos oyó interpretar la otra noche trata de un hombre humilde y nos avisa de que no hay que menospreciarlo por su pobreza, porque nunca se sabe qué será de él mañana. A todos nos otorgan el don de la prosperidad; a cada uno le llega en su momento.» El cantante me dice también que la música misma pretende evocar lo sobrenatural, pilar básico de la espiritualidad songye, que está impregnada de hechicería y de veneración hacia los difuntos. «Cuando las bailarinas se suman a la actuación y nosotros improvisamos, se produce una concatenación de fuerzas –subraya–. Unos y otros convocamos a los ancianos songye ya fallecidos. Es como si estuviéramos de nuevo en nuestros poblados, hablando con las almas del mundo de los muertos, y ellas nos escucharan.» No hay obstáculo demasiado grande para algunos músicos kinois. El grupo Handi-Folk, compuesto por parapléjicos que sufrieron poliomielitis y otros minusválidos, ensaya en un bar. Michel Winter, un productor y agente musical de nacionalidad belga, ha viajado a Kinshasa un sinfín de veces y ha sacado del anonimato a artistas tan extraordinarios como Konono N.º 1 y Staff Benda Bilili (un grupo compuesto por varios cantantes parapléjicos reclutados en las calles que causó sensación internacionalmente y dio origen a una atractiva banda filial de músicos con discapacidades físicas llamada Handi-Folk). Winter descubrió a Basokin en 2002, y desde entonces le ha organizado giras por toda Europa. «Para mí, Basokin es algo increíble, un conjunto hipnótico –confiesa el productor–. Sus ingresos son escasos, y demuestran tener muchísimo valor tocando aquí tres veces por semana. Kinshasa está repleta de locos soñadores como Basokin y Staff, que ensayan sin descanso, día tras día. No creo que exista ningún otro lugar en la Tierra parecido a este.» El problema estriba, según Winter, en cómo transmitir a un público más amplio la efervescencia primaria que vimos en La Porte Rouge. «No sé cómo se puede reproducir en un sistema discográfico, limpio y aséptico, el impacto recibido cuando los ves en directo –se lamenta con un suspiro–. Desconozco la solución. De lo único que estoy seguro es de que tenemos que registrarlos en una grabación antes de que sea tarde.» No es difícil extasiarse ante la magia de la ciudad, o ensalzar Kinshasa, tal y como hace Yoka, como una urbe «más sensual e imprevisible que una mujer», un paisaje de «muertos de hambre y artistas de la lucha que se enfrentan al infortunio con una sonrisa, tomándoselo conforme a su estilo peculiar, es decir, con humor y sátira». Aun así, el escritor admite que el «sistema informal» dista mucho de ser el idóneo. «No intento disculpar a mi ciudad –asegura–. Vivimos en la era moderna, y existen unos estándares modernos a los que debemos adaptarnos.» Lo cierto es que el cuadro, a la vez crudo y variopinto, que ofrecen los emprendedores compulsivos en Kinshasa puede ensombrecerse en cuestión de minutos. Todas estas cosas que me ocurrieron a mí pueden pasarle a cualquiera: vas circulando por Matonge en un vehículo todoterreno y, de repente, un individuo se planta de un salto en el estribo bajo puertas. Golpea violentamente el cristal de la ventanilla; dice que tu coche ha rayado el suyo y exige una compensación inmediata. Tu guía niega los hechos y acelera. El hombre persiste en su actitud, kilómetro tras kilómetro, hasta que un guardia de tráfico se percata de la situación, te hace señal de parar… ¡y pide también dinero! Si resulta que tu guía no tiene el número de móvil del jefe de la policía, como en el caso del mío, pasarás las horas siguientes retenido hasta que aflojes la cantidad suficiente para recobrar la libertad. Bodys Isek Kingelez, cuyas maquetas de ciudades futuristas se venden por decenas de miles de euros, almacena sus obras dentro de un coche. O pongamos otro ejemplo: un atardecer te diriges al barrio periférico de Ndjili para ver actuar a un grupo musical. El asfalto ha dado paso a unas avenidas de tierra llenas de baches. De pronto, el tránsito se interrumpe. Un coche ha sufrido una avería. Un segundo después todos los vehículos maniobran hacia los lados, tratando de esquivarlo, con lo que obstruyen cualquier salida y el sentido del orden se desintegra en un resonante infierno sin el menor control policial. Una riada de pasajeros se apea de los desvencijados autobuses que los traían de vuelta de sus trabajos e inunda las calles. Madres que acunan a sus bebés. Perros… Cuerpos y polvo sepultan toda la luz. Truenan las bocinas. Los hombres vociferan y descargan el puño sobre coches como el tuyo. Eres engullido por diez millones de almas en constante crecimiento, no hay escapatoria. A pesar de todo logras escapar, porque eres un privilegiado y has podido contratar a un conductor experto. No formas parte de las decenas de miles de niños callejeros que pueblan la urbe, muchos de los cuales fueron expulsados de sus casas por unos padres que habían decidido que su mala suerte como kinois se debía a la influencia de un maleficio en el núcleo familiar. «En las sociedades tradicionales, siempre que un niño pierde a sus padres es acogido automáticamente por parientes», dice Henry Bundjoko Banyata, un catedrático de historia del arte de Kinshasa al que con solo 12 años, en el entorno rural donde nació, iniciaron ritualmente en el ejercicio de la medicina tribal, lo que solemos designar como un curandero. «Pero desde que sobrevino la debacle económica de Kinshasa durante el mandato de Mobutu –añade el profesor–, algunas familias, empujadas por la falta de recursos, empezaron a deshacerse de sus pequeños. Otras se adscribieron a una iglesia buscando protección contra las fuerzas malignas, y el pastor que presidía el culto confirmó que aquellos niños eran brujos. En los poblados no se conocen tales prácticas. Es como el respeto a los ancestros y al medio ambiente, cosas que aquí también se descuidan. En la capital hemos perdido todos esos valores.» Fíjese en la ciudad reimaginada. La puerta de acceso es una rueda multicolor. Pasada la rueda se despliega, a modo de cinta, un bulevar que cruza un Jardín del Edén y finaliza en una metrópoli proyectada sobre una gran masa de agua. Los rascacielos, rutilantes, tienen unas proporciones fabulosas, a medio camino entre Dubai y Legoland. Algunos edificios ostentan el emblema de un producto comercial, como pasta dentífrica o cerveza; otros anuncian un lugar, ya sea Libia, Estados Unidos o el Himalaya. Es una ciudad impoluta, tremendamente original. Y también está totalmente deshabitada. El creador de esta intrincada maqueta urbana de cartón y plexiglás es Bodys Isek Kingelez. Erguido junto a su obra, tan orgulloso como un gallo de pelea, este kinois de mediana edad me recibe vestido íntegramente de rojo, desde las gafas de sol hasta los zapatos de piel. «Los arquitectos y los constructores de todo el mundo podrían aprender de mi percepción para ayudar a las generaciones futuras –sentencia–. Yo ideo ciudades de la paz. Como intelectual autodidacta, todavía no he llegado a la meta que quiero alcanzar. Mi deseo es ayudar a la Tierra por encima de todo. Voilà.» En presencia de este artista displicente y de sus carnavalescas maquetas comprendes enseguida que en realidad no es el altruismo lo que le mueve. De hecho, Kingelez encarna la audacia humana para reordenar y reinventar desde cero. O para ser Dios, como él mismo proclama: «Cuando Dios creó el mundo, fue Salomón quien construyó los primeros edificios importantes. En la actualidad, yo me limito a seguir la creación de Dios. Nunca hago bocetos previos. Yo soy un creador, me guío por mi propia visión». Cuenta el artista que la visión se materializó en 1979, cuando daba clases de economía en Kinshasa. «Tuve una revelación. Fue como si cayera enfermo –recuerda–. Una voz me dijo: “Tienes una tarea que cumplir. Consigue tijeras, pegamento y papel”. “¿Qué voy a hacer con ellos?”, pregunté, y el espíritu me ordenó: “Sencillamente, ponte a trabajar y pronto lo sabrás”. Me recluí en casa sin nada que comer. En un par de semanas la pequeña maqueta estaba terminada. Un familiar vino a visitarme y la vio. “¡Deberías venderla!”, me aconsejó.» A partir de entonces ha estado exponiendo y vendiendo sus maquetas por toda Europa y Estados Unidos. Hoy el insigne Kingelez vive en una urbanización vallada, aunque dice que posee 30 casas diseminadas por la ciudad. En su garaje hay estacionados cinco automóviles; dos de ellos sirven como almacén de las maquetas desmontadas. Su vivienda es más bien pequeña. Tiene una habitación entera reservada para los 22.000 euros en plexiglás y otros materiales artísticos que ha importado de Europa. La casa está llena de maletas, decenas de ellas, que atesoran su ingente colección de ropa. «Repito de indumentaria solo una vez cada seis meses –me explica–. Camisa, chaqueta y calzado deben guardar una armonía. En mi opinión, ir bien vestido forma parte del poder humano. A veces mi esposa se queja de que nos vamos a asfixiar rodeados de tantas maletas. Las mujeres son criaturas débiles. A algunas personas –añade al cabo de un instante– les cuesta entender la lógica con la que nací. Al igual que yo, mis hijos están siempre en el recinto y apenas salen al exterior. La gente de mi entorno se pregunta: “¿Por qué viven como los blancos, sin pisar nunca las calles?”. Pero los europeos que vienen de visita se sienten muy cómodos en mi casa. “Eres tan blanco como nosotros”, me dicen a menudo.» Kingelez es un ferviente admirador de Estados Unidos. En cambio, le horroriza Kinshasa, la ciudad en la que vive pero en cuya construcción jamás ha participado. «Está llena de músicos que solo saben perseguir mujeres y no mueven un dedo en beneficio de la sociedad –dice–. Por este motivo el país seguirá siendo pobre. Detesto profundamente todo ese ruido, toda esa música. No se puede pensar en el futuro cuando la música suena a pleno volumen. Si te pasas la noche gritando, saltando y bailando, por la mañana no serás capaz de hacer nada de provecho.» El total desprecio con el que Kingelez trata la decadencia de Kinshasa está sin duda exacerbado por lo poco apreciado que es él en la ciudad. «Aquí en Kinshasa no he organizado nunca una exposición –señala–. Déjeme decirle una cosa: nadie sabe ni quién soy ni a qué me dedico.» Es obvio que detrás de su ceño mayestático sangra la herida de un ego colosal. En cualquier caso, Bodys Isek Kingelez se equivoca. Su carácter no se diferencia del de su ciudad. Es, en cierto sentido, la quintaesencia del kinois, y desde luego la culminación de la metrópoli: un Picasso africano con un optimismo tan desmesurado que no necesita nada ni a nadie, tan solo su inhumana determinación, junto con los detritos muy humanos de papel y plástico para construir su cielo en la Tierra, su reino modélico. ¡Es un rey! ¡Es Kingelez! ¡Es Kinshasa! En su cobertizo, Dario sostiene ante mí el cuadro que le encargué. Es un retrato de mi perro, Bill, enmarcado en madera. La recreación es más que aceptable (incluido el ojo azul celeste), y presenta algunas florituras inusitadas: Bill aparece sentado en la ribera del río Congo, y hay unas conchas adheridas a la superficie del agua. «Lo pinté por las noches, estando a solas –dice Dario–. Son las horas en las que Dios insufla su inspiración a los artistas.» Le pago la suma pendiente, pero Dario aún no ha acabado conmigo. Me aguarda una última sorpresa y me conduce hasta ella, pavoneándose sobre sus botas de cowboy al recorrer la «pasarela» polvorienta y sofocante del mercado de Matete, donde una cohorte de niños sigue una vez más al rey autocoronado del barrio. Se detiene delante de una puerta metálica y llama con los nudillos. Sale a recibirnos una rotunda congoleña, que luce unos aros de oro en las orejas y lleva una gorra con las iniciales NYPD (Departamento de Policía de Nueva York). Enseguida pasamos a un pequeño patio lleno de verdor. Dos guitarristas acústicos y dos percusionistas están en medio de un ensayo. Resulta que Dario también es músico, y esta es su banda. «Dedico esta canción al Congo –anuncia, mirando al patio–, donde hay guerra, dolor y hambre. A mi país.» Y mientras la música retumba, Dario ataca la primera estrofa: «África es un sol vuelto del revés…». Es el prototipo del artista desinhibido, valiente y, hoy por hoy, irrefrenable.

La conspiración de los Iluminados de Baviera En 1784, las autoridades descubrieron en una ciudad del sur de Alemania una sociedad secreta que se dedicaba, supuestamente, a conspirar contra el Estado y la religión asta cumplir los 36 años, la vida de Adam Weishaupt era la de un respetable burgués en la Alemania del siglo XVIII. Nacido en Ingolstadt, ciudad del entonces Estado independiente de Baviera, descendía de una familia judía convertida al cristianismo. Quedó huérfano desde muy pequeño, pero su tío se cuidó de su educación y lo matriculó en un colegio de jesuitas. Concluidos los estudios, muy pronto Weishaupt empezó a dar lecciones en la universidad de su ciudad natal, se casó y fundó una familia. Pero en 1784, el gobierno bávaro descubrió que el digno profesor de derecho eclesiástico era un peligroso revolucionario y ordenó su busca y captura. Weishaupt, en efecto, tenía una personalidad inquieta. Siendo muy joven, había entrado en contacto con las obras de los filósofos franceses, que pudo leer en la biblioteca de su tío; ello le hizo tomar conciencia del poder que tenían la monarquía y la Iglesia para mantener a la población sometida y engañada. Convencido de que las ideas religiosas no resultaban lo bastante sólidas como para cimentar sobre ellas el gobierno de un mundo dominado por el materialismo, decidió buscar otro tipo de «iluminación» que se aviniera con sus ideas y que permitiera su aplicación práctica en la vida real. En esos años la masonería había logrado una gran expansión en Europa, incluida Alemania, y Weishaupt pensó en un primer momento en ingresar en una logia. Pero al final quedó defraudado por las ideas de los masones, y en cambio se empapó de extrañas lecturas sobre los Misterios de los Siete Sabios de Menfis, la Cábala y los secretos de la magia de Osiris. De este modo, decidió fundar una nueva sociedad secreta: la Orden de los Illuminati, los Iluminados, llamada en un primer momento también Asociación de los Perfectibilistas. Ritos a la manera masónica Los Iluminados organizaban ceremonias cada vez que uno de sus miembros ascendía a un grado superior. Por ejemplo, los que pasaban de «iluminado menor» a «iluminado mayor» eran introducidos en una gran sala ante una suerte de jurado de la Orden y, tras jurar que dirían la verdad, entregaban una confesión escrita sobre su vida pasada, incluidos detalles como sus relaciones amorosas. Grabado de 1733 Banqueros y poetas El 1 de mayo de 1776, los primeros Iluminados se reunieron para fundar la Orden en un bosque próximo a Ingolstadt, a la luz de las antorchas. Eran sólo cinco: Weishaupt y cuatro de sus estudiantes. Allí se fijaron las normas que regularían la Orden. Nadie podía acceder a ella por deseo propio, sino por consentimiento de sus miembros, y éstos sólo habrían de ser personas bien situadas social y económicamente. En ese momento, la organización interna de la Orden sólo contemplaba tres grados: los novicios, los minervales y los minervales iluminados. El término «minerval» se refería a la diosa grecorromana de la sabiduría, Atenea o Minerva, pues el objetivo de la Orden era difundir el verdadero conocimiento, o iluminación, sobre los fundamentos de la sociedad, el Estado y la religión. En los años siguientes, la Orden de Weishaupt experimentó un notable crecimiento, pese a su secretismo; se calcula que en 1782 tenía ya 600 miembros. Entre ellos se contaban personajes relevantes de la vida pública de Baviera, como el barón Adolph von Knigge o el banquero Meyer Amschel Rothschild, quien la financió generosamente. Posteriormente, la expansión no se detuvo. Si al principio los Iluminados habían sido exclusivamente estudiantes discípulos de Weishaupt, ahora se contaban entre ellos nobles, políticos y toda clase de profesionales liberales, como médicos, abogados o juristas, así como intelectuales y literatos, entre ellos Herder y Goethe. A finales del año 1784, los Iluminados aseguraban tener entre 2.000 y 3.000 miembros, repartidos por Baviera y el resto de Alemania. El barón Von Knigge tuvo un papel muy considerable en la organización y expansión de la sociedad. Como antiguo masón, favoreció la adopción de ritos típicos de la masonería. Por ejemplo, los Iluminados recibieron un nombre simbólico, tomado por lo general de la Antigüedad clásica: Weishaupt era Espartaco, Knigge era Filón, el juez Zwack se hacía llamar Catón... Asimismo, se elaboró una jerarquía de la Orden más compleja que la que inicialmente había establecido Weishaupt. En total se establecieron trece grados de iniciación divididos en tres clases. La primera culminaba en el grado de illuminatus minor, la segunda en el de illuminatus dirigens y la tercera en el nivel más elevado, el de príncipe. El propio Weishaupt explicó cuál era el fin de la sociedad que había fundado. Su propósito, escribió, era «liberar gradualmente de todos los prejuicios religiosos a los cristianos de todas las confesiones y cultivar y reanimar las virtudes de la sociedad con vistas a lograr la felicidad universal, completa y rápidamente realizable». Para ello era necesario crear «un Estado en el que florezcan la libertad y la igualdad, un Estado libre de los obstáculos que la jerarquía, el rango y la riqueza ponen continuamente a nuestro paso», y con ello «no tardará en llegar el momento en el que los hombres sean libres y felices». Escalones hacia la iluminación Pirámide masónica de Estados Unidos, con el ojo que todo lo ve en su cúspide. Traicionados desde dentro Cuando mejor parecían ir las cosas para la Orden, el horizonte se nubló de repente. Por un lado, se agriaron las relaciones entre Weishaupt y Knigge, hasta el punto de que el segundo decidió abandonar la sociedad. Al mismo tiempo, otro iluminado que se sintió postergado, Joseph Utzschneider, envió una carta a la gran duquesa de Baviera para revelarle las actividades de la Orden. Las acusaciones que se vertían en ese documento eran terribles y en buena parte imaginarias: los Iluminados, según Utzschneider, sostenían que la vida debía regirse por la pasión más que por la razón, que el suicidio era lícito, que se podía envenenar a los enemigos y que la religión era un absurdo y el patriotismo una puerilidad. También sugería que los Iluminados conspiraban a favor de Austria. Advertido por su esposa, en junio de 1784 el duque elector de Baviera promulgó un edicto por el que se prohibía la constitución de cualquier tipo de sociedad no autorizada previamente por las leyes vigentes, al tiempo que se ordenaba el cierre de todas las logias masónicas. Inicialmente, los Iluminados pensaron que esta prohibición general no los afectaría directamente y que, tras capear el temporal, pronto podrían volver a su anterior actividad. Pero unos meses después, en marzo de 1785, el soberano bávaro promulgó un segundo edicto que proscribía expresamente a los Iluminados y los conminaba a respetar las leyes del Estado. La policía bávara realizó numerosas detenciones, interrogatorios y registros. En uno de estos registros, en casa de quien fuera la mano derecha de Weishaupt, Franz Xavier von Zwack, se encontraron documentos de lo más comprometedor: una defensa del suicidio y del ateísmo escrita de su puño y letra, el plan para la creación de una rama femenina de la Orden, el proyecto de fabricación de una máquina destinada a guardar archivos o destruirlos en caso necesario, recetas de tinta invisible, fórmulas tóxicas, así como un recibo de aborto, entre otros. Las pruebas, publicitadas hábilmente en la prensa de la época, sirvieron de base para acusar a la Orden fundada por Weishaupt de conspirar contra la religión y el Estado. La cuna de los Iluminados alemania en 1783. Vista de una plaza de Kassel, capital del estado de Hesse, cuyo príncipe se afilió a la Orden de los Iluminados. Óleo por J. H. Tischbein. En agosto de 1787, el duque elector promulgó un tercer edicto en el que se confirmaba la prohibición total de la Orden y se castigaba con la pena de muerte la adhesión a cualquier secta. Para entonces Adam Weishaupt estaba a buen recaudo en Gotha, ciudad perteneciente a un pequeño principado al norte de Baviera. Allí publicó varias apologías de los Iluminados, en un intento de animar a sus compañeros, pero su lucha fue vana; la feroz represión del duque bávaro logró la total extinción de los Iluminados, salvo un puñado que marchó a Estados Unidos y fundó allí una logia que se consideraba heredera de la sociedad bávara.
El Festival de los Colores El Holi significa alegría, el triunfo del bien sobre el mal, es una fiesta que se celebra en todo el país con una lluvia de pintura y pétalos de colores. Con la primavera llega la máxima explosión de color a India. En este enorme país donde la indumentaria siempre luce alegre, sus templos están pintados con tonos estridentes y sus deidades son excepcionalmente vistosas, en marzo llega el Holi, la máxima explosión de color que se pueda imaginar. Llamado el Festival de los Colores, el Holi es una de las fiestas más alegres y populares de India, durante la cual no solo se celebra el cambio del invierno a la primavera, sino también, según el hinduismo, la victoria del bien sobre el mal. Durante la celebración, que este año tendrá lugar los días 17 y 18 de marzo, la gente se pinta y se lanza polvos de colores llamados «gulal» mientras se desean un «feliz Holi». La celebración de Holi tiene lugar cada año durante el mes de marzo en toda India. El fuego purificador El Holi comienza con el gran fuego de Holiká que representa el fin de un rey que se creía dios en la hoguera, aunque existen diversas versiones del origen de la fiesta. El segundo día, llamado Dhulhendi, se celebra el triunfo del bien sobre el mal con alegría y un baño de pintura de mil colores y pétalos. Entonces toda la población vestida de blanco invade las calles para formar parte de esta impresionante fiesta que impregna no solo su indumentaria sino sus corazones. Durante el festival se celebran diversas actividades en las que participan personas de todas las edades y en los hogares se preparan menús con platos y dulces especiales para la ocasión. Religión y tradición El Holi es una de las fiestas más alegres y populares de India, durante la cual no solo se celebra el cambio del invierno a la primavera, sino también, según el hinduismo, la victoria del bien sobre el mal. El Holi también se celebra en ciudades de todo el mundo que cuentan con una comunidad india numerosa, como Londres. Y desde hace unos años se han sumado Berlín, Dresde, Hanover y Múnich. En Barcelona este año tendrá lugar su cuarta edición. Rajastán El Holi se celebra con variaciones según las distintas zonas del país. En Rajastán los elefantes se decoarn con vivos colores. El gran fuego de Holiká Aunque existen diversas versiones del origen de la fiesta, ésta comienza con el gran fuego de Holiká que representa el fin de un rey que se creía dios en la hoguera. Pintura y pétalos Toda la población vestida de blanco invade las calles para formar parte de esta impresionante fiesta de color que impregna no solo su indumentaria si no sus corazones. link: https://www.youtube.com/watch?v=i4atKTpZ1aA

Independencia de Panamá de España El 28 de Noviembre se celebra el Día de la Independencia de Panamá de España, proceso emancipador por el cuál Panamá rompió los lazos coloniales que existían entre su territorio y el Imperio español. Antecedentes En Panamá, al igual que muchas naciones americanas, comenzaron a surgir ideas revolucionarias e independentistas, que eran la respuesta de una serie de inconformidades que el pueblo fue acumulando y que fueron dando paulatinamente en todo el continente. Entre ellas están: El abuso continúo de los gobernantes de turno, que fueron los causantes de la grave situación económica del Istmo, debido a las grandes restricciones que imponía España, lo que llevó a una lamentable miseria. La Feria de Portobelo, cuya última versión en 1748 debilitó el papel transitivista del Istmo, causando la crisis económica que llevó al despoblamiento de las ciudades comerciales y al tránsito hacia el interior. La Revolución francesa, que representó una extraordinaria muestra de democracia, al abolirse la monarquía vigente y eliminarse todas las bases económicas y sociales que con ella funcionaban e implantarse una nueva forma de sociedad, la República. De igual forma impusieron la proclama de los Derechos del Hombre en lo referente a libertad, igualdad y fraternidad. El notable debilitamiento de España a causa de las invasiones de Napoleón, lo que originó los primeros movimientos independentistas. El surgimiento de líderes de la talla de Simón Bolívar, José de San Martín, Francisco Miranda y muchos otros, que comenzaron a plasmar las ideas revolucionarias que surgían de las sociedades subyugadas por la monarquía establecida en América, libertándolas y proclamando nuevas repúblicas libres e independientes. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos, la cual estableció un gobierno democrático, suceso que para las otras naciones subyugadas fue una circunstancia decisiva para su independencia. Las independencias o procesos independentistas dados en esa misma época en el Sur de América. El surgimiento del primer periódico de la historia de Panamá, La Miscelánea del Istmo, el cual comenzaba a divulgar, las opiniones políticas de diversos personajes revolucionarios que iban en contra del régimen español establecido en Panamá y también de los diferentes movimientos independentistas de América. La circunstancia de que Juan de la Cruz Mourgeon y Achet, viajó en octubre de 1821 al Ecuador para combatir a los rebeldes independentistas y mientras duraba su ausencia, el mando del Gobierno del Istmo de Panamá lo encargó al militar panameño José de Fábrega, que en ese momento desempeñaba como gobernador de Veraguas. Este incidente fue decisivo en las pretensiones independentistas de la villa de Los Santos y Panamá. Pero sin duda alguna, la razón más importante que produjo la independencia de Panamá, fueron los hechos del 10 de noviembre de 1821, y es que la Independencia de la Villa de Los Santos, aceleró de manera decisiva el proceso independentista de Panamá. Situación Económica A diferencia de la demás colonias, Panamá fue una colonia fiel a la Corona Española debido al comercio. A comienzos del siglo XIX, la postrada economía del Istmo se reactivó, a causa de las medidas tomadas por España, la cual le dio autorización al comercio con posesiones extranjeras en el Caribe. En 1808 el gobernador Juan Antonio de la Mata abrió el río Chagres a las transacciones mercantiles con Jamaica y pronto Portobelo se sumó a tales actividades. No se hizo esperar el aumento del contrabando y la rápida obtención de ganancias por parte de los comerciantes locales. Estos ante la invasión de Napoleón Bonaparte en la Península Ibérica, enviaron fuertes donativos en dinero y especias a las juntas que luchaban contra tal imposición en el trono español. Tales gestos de lealtad de los criollos panameños hacia la Corona Española y a Fernando VII, no se circunscribieron en el ámbito europeo; también existieron los donativos patrióticos para contribuir a la sofocación de las revueltas independentistas en Hispanoamérica y en especial con el restablecimiento del virreinato en Panamá. Mientras el virrey Benito Pérez obtenía fuertes contribuciones de los mercaderes locales, ignoraba el desmedido contrabando procedente de Jamaica y ampliaba el comercio de los istmeños con los lejanos puertos del Pacífico mexicano. Dio, además, su aprobación para que en Panamá se creara un Tribunal de Consulado con jurisdicción propia aunque tal proyecto no prosperó por la intervención de la Real Audiencia y el desinterés de las autoridades metropolitanas. Desde entonces, Panamá pasó a ser el bastión realista y punto de envío de tropas españolas para la sofocación de los rebeldes independentistas en América del Sur. Por otro lado, al esta cerrada la ruta por el Cabo de Hornos por las fuerzas patriotas del Sur de América, nuevamente cobró vida el tránsito de mercadería por Panamá. Sin embargo, para el año de 1814, con la intensificación de las batallas por la independencia, la Corona Española ordenó la cancelación del libre comercio con Sudamérica. Este acto provocó un descontento masivo en los mercaderes y en la población en general. Fue así, que comienza a germinar un sentimiento de nacionalismo y autodeterminación; nace en los istmeños los deseos de independencia. Aunado a esto, la población no soportaba más la carga de tributos de guerra, el reclutamiento forzoso para la guerra, las persecuciones políticas y la paralización de las operaciones mercantiles, particularmente por el cierre del puerto en el río Chagres. Primeros Intentos de Independencia Inicialmente el proceso de la independencia de Panamá no fue planificado por los istmeños, sino por los libertadores del Sur de América quienes veían en Panamá un punto estratégico, tanto político como militar. El primero de ellos fue Francisco de Miranda, quien en 1790 propuso al ministro británico William Pitt amplias facilidades de tránsito por Panamá a través de un futuro canal interoceánico a cambio del apoyo militar de Inglaterra para la independencia de América del Sur. A juicio de Miranda, esto beneficiaría a Inglaterra ya que abría la posibilidad de la expansión del comercio ingles hasta China, Japón, entre otros territorios. Desde el punto de vista militar, Miranda también le dio especial importancia a Panamá, ya que la mayor parte de las tropas expedicionarias para la emancipación podrían concentrarse en el río Chagres como en la Bahía de Panamá. Sin embargo estos proyectos no prosperaron, a pesar de que aun en 1801 Miranda y otros conspiradores en Londres pretendían apoderarse de puntos estratégicos en Panamá para así fomentar actividades mercantiles; así como para atraer a más criollos del continente para que levantaran las armas contra el Imperio Español. Entre 1814 y 1819, dos expediciones foráneas fracasaron en su intento de independizar a Panamá del Imperio Español. En la primera fecha, el comandante francés Benito Chaserieux (Benoît Chassériau) ataco sin éxito a Portobelo y, a principios de 1819, el general Gregor MacGregor recibió instrucciones para conducir sobre Portobelo la expedición que, bajo la vigilancia de la Agencia en Londres de las Provincias Unidas de la Nueva Granada se formaba con el concurso pecuniario de varios comerciantes ingleses. La expedición constante de 417 hombres salió de Inglaterra en diciembre de 1818 en dos fragatas y un bergantín armados en guerra. Después de tocar en Santo Domingo y en los Cayos de San Luis, tomó la isla de San Andrés de donde enderezó rumbo al continente poniéndose a la vista de Chagres el 8 de Abril de 1819. Continuando rumbo al Oriente la escuadrilla echó anda en la ensenada de Buenaventura el día siguiente, desembarcando sin dificultad 300 hombres que, bajo el mando del doctor José Elías López Tagle, emprendieron la marcha sobre Portobelo, arrollando las avanzadas españolas en el camino y tomando posiciones dominantes cerca del castillo de Santiago. A la mañana siguiente se disponía MacGregor iniciar el ataque sobre la fortaleza, supo que el Gobernador, Juan M.Van Herch, con la guarnición había abandonado durante la noche la plaza, circunstancia que le permitió entrar en la ciudad sin ninguna oposición. MacGregor organizó inmediatamente el gobierno civil de la provincia, a cuyo frente puso al doctor López y al doctor José Joaquín Vargas, ambos emigrados granadinos, en tanto que el elemento militar se ocupaba en alistar bajo las banderas de la libertad un cuerpo de voluntarios portobeleños que debía servir de vanguardia en la campaña que se preparaba sobre Panamá. La toma de Portobelo causó en Panamá distintas emociones, pues agitó vivamente en unos la esperanza de otros triunfos sucesivos en pro de la causa independentista, y en otros, con la alarma consiguiente, el propósito de arrojar del territorio al invasor. El Gobernador de Panamá Alejandro Hore reunió a toda prisa y por todos los medios una fuerza respetable de la cual hacía parte el veterano batallón "Cataluña" mandado por el Coronel Isidro de Diego. Con esa fuerza emprendió por caminos extraviados la marcha y, luego de reforzar la guarnición del Castillo de San Lorenzo, llegó con 500 hombres a las cercanías de Portobelo el 28 de Abril. Los ingleses estaban confiadamente entregados a los placeres y la orgía, habiéndose en pocos días relajado la disciplina en las filas, mermadas además por las enfermedades. Hore resolvió atacar el 30, a cuyo efecto dividió el ejército en dos columnas mandadas respectivamente por el Coronel de Diego y por el Teniente coronel José Santa Cruz. La plaza fue sorprendida en la madrugada del citado día, pudiendo Santa Cruz adueñarse sin mayores esfuerzos del edificio de la Aduana, donde cayeron prisioneros y fueron degollados sin misericordia con otros varios oficiales, los doctores López y Vargas. MacGregor logró, junto con algunos compañeros, lanzarse al agua y ganar a nado los buques, salvándose así de una segura e ignominiosa muerte. Entre tanto, de Diego atacaba con su columna el fuerte de San Jerónimo, donde el Coronel Bafter opuso la más obstinada resistencia. Diezmados sin embargo los defensores después de largo combatir por los certeros disparos de los atacantes, aceptaron las propuestas de una capitulación en los momentos casi en que MacGregor los instaba a sostenerse, pues se preparaba a ayudarlos con los fuegos de artillería de la escuadra. En la confianza de que se les permitiría reembarcarse, se presentaron en la plaza mayor 340 ingleses que depusieron las armas ante los vencedores. Hore, violando la promesa hecha, ordenó maniatar a los rendidos conducirlos a las prisiones. Más tarde fueron destinados al servicio de las obras públicas en Panamá, Portobelo y el Darién. Hore regresó con el ejército vencedor á la capital, donde se le hizo un aparatoso recibimiento La toma de Portobelo en manos de los rebeldes no duró mucho tiempo. Aprovechándose de la excesiva confianza de los invasores, el gobernador de Panamá, Alejandro Hore, reconquistó Portobelo. Cabe señalar que el verdadero objetivo de MacGregor era la construcción de un canal interoceánico en el Istmo con capital británico. La independencia de Panamá, fue un movimiento en cierto modo diferente a las grandes campañas de Simón Bolívar en el Sur, sin embargo, Bolívar influyó de manera decisiva en la independencia del Istmo, por sus ideales y liderazgo en pro de la liberación de las naciones americanas. Panamá fue una de las últimas naciones de América en independizarse de España, y la razón era, que en vista de las diferentes guerras de independencia, en el Sur de América principalmente, el Istmo de Panamá se convirtió en el núcleo central de las campañas en contra de los rebeldes americanos. Después de la Batalla de Carabobo (24 de junio 1821), pensó Bolívar hacer la campaña emancipadora de Panamá, con parte del ejército que había conquistado nuevas glorias en esa inmortal jornada. El general Rafael Urdaneta fue designado para conducir la expedición que se mandó preparar al efecto en Santa Marta; más por impedimento físico de aquel jefe, se nombró como sustituto al coronel Bartolomé Salom. Cuando se activaban los preparativos de la empresa, surgieron algunas conmociones en Venezuela que obligaron a movilizar parte del ejército expedicionario; y Bolívar, considerando la importancia de apoyar las operaciones que ejecutaba el general Antonio José de Sucre contra los realistas de Quito, desistió por el momento de sus proyectos sobre Panamá, para recomendarlos, sin embargo, al vicepresidente general Francisco de Paula Santander, cuando en diciembre del mismo año marchaba de Bogotá a incorporarse al ejército del Sur que lo precedía. Preocupada la Corona Española, cada día más, del progreso de la lucha por la emancipación en América, dispuso mejorar la condición defensiva del Istmo, aumentando su guarnición y confiando el mando del país al brigadier Tomás de Cires. Así mismo confió al mariscal de campo Juan de la Cruz Mourgeón y Achet el Gobierno de Quito y del Nueva Granada, con el título de capitán general y el derecho de tomar el de virrey, cuando reconquistase para la Corona las dos terceras partes del territorio de aquellas provincias. A mediados de agosto de 1821, llegó Murgeón a Panamá con alguna fuerza que sacó de Puerto Cabello, y desde luego puso sus esfuerzos en organizar una expedición militar para dirigirse al sur, a fin de contener el avance del ejército colombiano sobre Quito. Con este propósito, alistó en Panamá un contingente de tropas que había de reducir considerablemente la guarnición de la plaza. Exhausto, empero, el tesoro para sufragar los gastos de la expedición, echó Murgeón manos de los fondos de las cofradías y de la Iglesia en calidad de préstamo; así pudo equipar aquella y salir con rumbo a la costa de Esmeralda el 22 de octubre del citado año. Primer Grito de Independencia Dado el 10 de noviembre de 1821, representó el primer movimiento independentista de Panamá, este no era producto de las campañas de Simón Bolívar, pero si se inició bajo sus ideales y ante el descontento de la sociedad santeña ante los abusos de España en el territorio. Juan de la Cruz Mourgeon y Achet, tuvo una propuesta de la Corona Española; si lograba recuperar el control de varias colonias sublevadas sería nombrado virrey. Debido a ello realizó un viaje hacia el Ecuador con el propósito de formar un batallón y desde este punto geográfico arremeter contra los granadinos. Su viaje lo realizó el 22 octubre de 1821. La multitud nombra como líder de su movimiento a Segundo Villareal, quien formaba un batallón de voluntarios que atacó la cárcel de Panamá, en cuyo lugar estaba la mayoría de los presos políticos reprimidos por los gobiernos dictatoriales de turno. Cuenta la historia, que para ese tiempo existió una joven llamada Rufina Alfaro que era cocinera del cuartel militar español, y al tener acceso a tan importante lugar, según historiadores panameños, sustrajo información de que el istmo de Panamá quedaría con una cantidad mínima de soldados, ya que estos se irían a combatir al Ecuador y que sería la ocasión perfecta para iniciar la gesta independentista. Aprovechando precisamente la ausencia de gran cantidad de soldados del ejército español, ese 10 de noviembre de 1821, se proclama la Independencia de la Villa de Los Santos, declarándola libre y soberana del Imperio Español. Luego de proclamar ciudad independiente a la villa de Los Santos, el Cabildo Abierto cuyo presidente fue Julián Chávez, invitó a todos sus miembros además de los concejales, a deliberar acerca de la escogencia de Segundo Villareal como el jefe de las nuevas fuerzas libertadoras de Los Santos, luego de lo cual se confirmó por unanimidad la moción expuesta confirmando su cargo. Esta decisión tomó en cuenta la infranqueable postura de Segundo Villareal de libertarla al precio que fuese, incluso exponiendo su propia vida. Esta noticia del Grito de Independencia de la Villa de Los Santos, se difundió por todo el territorio panameño y fue respaldada por los pueblos de Las Tablas, Macaracas, Las Minas, Parita, Ocú, Penonomé, Pocrí, Pesé, Natá de los Caballeros, San Francisco de Veraguas y Alanje, en la provincia de Chiriquí. La Proclamación de la Independencia Tras los acontecimientos del 10 de noviembre en la Villa de Los Santos, la independencia de Panamá ya era un hecho. Todo esto y la circunstancia de que un panameño ocupara el primer puesto del país, avivó en los istmeños la idea de emanciparse por sus solos esfuerzos de España, considerando que José de Fábrega no haría una oposición invencible al propósito de libertar su propia patria. A raíz de estos acontecimientos, el coronel José de Fábrega, ya identificado con los patriotas, convocó el 20 de noviembre a una reunión en su propia casa, a la cual asistieron todas las fuerzas políticas, civiles y eclesiásticas, pertenecientes principalmente a la élite criolla. Lo propuesto en dicha junta, no fue el repudio a los acontecimientos originados con la proclamación de Independencia de la Villa de Los Santos, sino la organizada coordinación de la revolución mediante la consulta popular. Pero suponiendo como natural la resistencia de la guarnición a todo movimiento de independencia y para destruir ese peligro, acordaron los patriotas comenzar la deserción en filas del elemento militar, reuniendo para el caso un fondo con el concurso pecuniario de varias prominentes personas. Inclusive la Iglesia católica apoyaba el movimiento independentista de Panamá y contribuyó con fondos para la causa. Fue entonces, mediante sobornos, que el ejército español comienza desertar de tal manera que apenas quedaban soldados suficientes para el servicio en las cárceles y cuarteles. Sin embargo, ante el temor de cualquier represalia por parte de España hacia el movimiento independentista, los istmeños habían conformado un ejército, de manera insipiente, con palos, piedras y algunos mosquetes y fusiles, dispuestos a combatir para asegurar la independencia. Sucedió de esa manera, que el 28 de noviembre de 1821, en un cabildo abierto en la ciudad de Panamá, se proclama la "Independencia de Panamá". Pero la falta de presupuesto, el poco armamento militar con el que se contaba y la inseguridad de ser reconquistados por España, pone en peligro el seguir con la aventura independentista del istmo, por lo que se propone la unión con algunas de las nuevas naciones americanas, entre ellas los vecinos de la unión centroamericana y la nación del Perú, que había sido el principal socio comercial del Istmo en la época colonial. Pero finalmente, mediante el voto popular y aprobación de toda la población, se decide la unión voluntaria a la Gran Colombia de Simón Bolívar, unión que fue motivada debido a la gran admiración y liderazgo de Bolívar en las campañas independentistas del Sur de América. Panamá se une a Colombia y a cuyo Congreso iría a representar oportunamente su diputado. Una vez proclamada, se procedió a redactar el Acta de Independencia de Panamá. Sin embargo, dos días después de proclamada la independencia, es decir, el 30 de noviembre, durante la ceremonia formal de juramentación del nuevo gobierno ya a cargo de Fábrega, un suceso inesperado que conmocionó a la nueva nación, puso a prueba la voluntad y capacidad del recién nombrado gobernador: dos fragatas de guerra de la marina española, La Prueba y La Venganza, de cincuenta y cuarenta y cuatro cañones respectivamente, acompañadas de otros navíos pertenecientes a la flota del mariscal Mourgeon, amanecieron en la isla de Taboga, ubicada en el Pacífico en la bahía de Panamá frente a la ciudad, para buscar al resto de las tropas españolas en el istmo. Inmediatamente, Fábrega ordenó que todo hombre apto para tomar un fusil o una espada, se armase y prestase servicio en defensa de la nación ya emancipada. Una vez más, las habilidades diplomáticas y la fortaleza de carácter de Fábrega, lograron producir una tregua, que les permitió a los navíos españoles permanecer en las aguas que comenzaban a reconocerse como colombianas, lo estrictamente necesario para reabastecerse y partir. El coronel Fábrega sabía que un enfrentamiento militar con los españoles hubiese dejado graves secuelas. Los capitanes españoles José de Villegas y Joaquín de Soroa, firman un tratado de paz con el coronel José de Fábrega (ascendido a general de brigada y nombrado jefe civil y militar del Istmo por Simón Bolívar) el 4 de enero de 1822, entre la monarquía española y los patriotas, donde acuerdan la no agresión a los territorios del istmo y la retirada de las tropas y todos los barcos de la Corona Española de la nueva nación istmeña. Fue su primer conflicto como gobernante, que se resolvió satisfactoriamente, y su gobierno inició con bases sólidas. Simón Bolívar, supo en enero de 1822 de la independencia de Panamá, y desde su Cuartel General de Popayán destacó a uno de sus edecanes, el capitán Daniel Florencio O'Leary, para que se trasladara a Panamá como portador de una nota laudatoria para Fábrega y para que presentara a los istmeños las felicitaciones a que eran acreedores por la libertad de su patria. Y asi Panama se unia voluntariamente a la Gran Colombia, cuya separacion de ella sera en otro post dentro de 4 a 5 semanas.

El valor de los kapayó Esta tribu amazónica ha vencido a rancheros y mineros y es famosa por haber impedido la construcción de una presa. Hoy sus líderes deben volver a la lucha o arriesgarse a perder su estilo de vida. ra fácil caer en la tentación de pensar que estábamos retrocediendo en el tiempo, despojándonos de las ligaduras del mundo moderno para abrazar la vida tribal en lo que es uno de los últimos bastiones de la cultura indígena, en permanente peligro pero todavía viva, intacta, invicta. Los primeros forasteros que hace siglos se aventuraron en la cuenca del Amazonas –misioneros, buscadores de El Dorado,traficantes de esclavos, cazadores de jaguares, caucheros, sertanistas (una profesión brasileña que reúne las habilidades del explorador, el etnógrafo, el aventurero y el activista en favor de los derechos de los indios)– navegaban los ríos en esforzadas singladuras. Nosotros volábamos en un Cessna monomotor, con buen tiempo, una mañana de septiembre al final de la estación seca. La avioneta se abría paso entre el humo de los incendios forestales en torno a la ciudad fronteriza de Tucumã, en Brasil. Tras media hora de vuelo en dirección sudoeste a cien nudos de velocidad, cruzamos el serpenteante curso del fangoso río Branco. De pronto desaparecieron los fuegos, las carreteras, los pastos irregulares recortados en el tapiz de la selva, punteados de reses blancas; no se veía más que una selva compacta envuelta en neblina. A nuestros pies estaba la tierra de los indios kayapó, cinco territorios colindantes reconocidos oficialmente que en total constituyen una superficie similar a la de Islandia. La reserva, una de las áreas de bosque lluvioso tropical protegido más extensas del mundo, está bajo el control de 9.000 indígenas. Con un mono araña huérfano sobre los hombros, Nhàktàt, una joven kayapó, pasea por Kendjam, un poblado del norte de Brasil. A veces los kayapó cuidan de las crías de monos y de otros animales que cazan y que quedan desamparadas. La mayoría de ellos no saben leer ni escribir y conservan un estilo de vida primordialmente de subsistencia en 44 poblados comunicados solo por vías fluviales y senderos casi invisibles. Nuestro equipo de National Geographic se dirigía a uno de los más remotos, Kendjam, cuyo nombre significa «piedra erguida» en alusión al oscuro monte grisáceo de 245 metros de altura que de pronto se materializó ante nosotros, alzándose sobre el dosel del bosque como una ballena que emerge a la superficie para respirar. Un poco más allá centelleaba la red de canales del río Iriri, el afluente principal del Xingu, a su vez importante afluente del Amazonas. La avioneta aterrizó en una pista de tierra que tajaba la selva entre la roca y el río y rodó frente a pequeños huertos y casas con techo de paja, dispuestas en círculo en torno a una plaza de arena. El poblado de Kendjam, que en kayapó significa «piedra erguida», debe su nombre al monte Kendjam, una escarpada formación que ofrece una excepcional panorámica del territorio de esta tribu. Los kayapó suelen hacer ascensiones a estas montañas para buscar plantas medicinales. Cuando salimos, una docena de niños, desnudos o sin más vestimenta que un pantalón corto, se arremolinaron alrededor de la avioneta y se acuclillaron a la sombra de las alas. Si los mirábamos, se reían con timidez, desviaban la vista y comprobaban subrepticiamente si seguíamos observando. Los más pequeños llevaban conos de madera insertados en las orejas. Los kayapó perforan los lóbulos a los bebés para simbolizar su capacidad de comprensión del lenguaje y la dimensión social de la existencia; en su lengua, «idiota» se dice ama kre ket, que literalmente significa «orejas sin agujero». Los chiquillos no perdían detalle mientras descargábamos el material, que incluía obsequios para nuestros anfitriones: anzuelos, tabaco, 10 kilos de cuentas de alta calidad fabricadas en la República Checa… Barbara Zimmerman, directora del Proyecto Kayapó, de la ONG International Conservation Fund of Canada y la estadounidense Environmental Defense Fund, nos presentó al jefe del poblado, Pukatire, un hombre de mediana edad que lucía gafas, bermudas y chancletas. «Akatemai –dijo, estrechándonos la mano, y añadió el saludo en inglés que había aprendido en un viaje a América del Norte–: Hello! How are you?» Ynhire, un guerrero kayapó, inspecciona un pecarí de collar recién cazado, uno de los alimentos esenciales de la dieta de este pueblo. Después los cazadores descuartizarán y limpiarán este pequeño jabalí en el río Iriri y lo llevarán a la aldea de Kendjam, donde distribuirán la carne entre varias familias. Los kayapó capturan y comen cada día tortugas de tierra y diversos peces. Kendjam parece un asentamiento inmemorial, pero en realidad se fundó en 1998, cuando el jefe Pukatire y sus seguidores se escindieron del poblado de Pukanu, aguas arriba del Iriri, tras una disputa acerca de la explotación forestal. Este tipo de «fisiones», como las denominan los antropólogos, suele ser la solución que dan los kayapó a las disensiones o a la escasez de recursos en una zona concreta. Hoy el poblado tiene 187 habitantes y, a pesar del aspecto arcaico, incorpora modernidades que dejarían boquiabiertos a los antepasados de Pukatire: un generador eléctrico en una enfermería construida por el Gobierno, una instalación de paneles solares vallada con alambre de espino, antenas parabólicas montadas en palmeras… Unas cuantas familias tienen en sus casas televisores en los que disfrutan de los vídeos de sus propias ceremonias y de las telenovelas brasileñas. El jefe Pukatire nos mostró la escuela de dos aulas que levantó hace unos años el Gobierno brasileño, una estructura de hormigón color pistacho con cubierta de tejas, persianas y el súmmum del lujo: un retrete con cisterna alimentada con agua de pozo. En el porche, plantamos las tiendas. Comenzaba a apretar el calor y una paz somnolienta se asentó sobre el poblado, quebrada de vez en cuando por una pelea de perros o por un gallo que ensayaba el canto del amanecer siguiente. La ngobe (la casa de los hombres) estaba vacía. En el borde de la plaza central (el kapôt), sentadas a la sombra de los mangos y las palmeras, las mujeres descascaraban frutos y asaban pescados envueltos en hojas y cubiertos con trozos de carbón. Algunas se acercaban a la tierra carbonizada de sus huertos, arrancados a la selva a fuego y golpe de machete, para atender los cultivos de mandioca, banana y boniato. Un cazador de tortugas volvía de la selva cantando a voces como dicta la costumbre kayapó para anunciar el éxito de la expedición; no en balde las tortugas de tierra son parte fundamental de la dieta del poblado. El jefe Pukatire deja el tocado y las gafas sobre una piedra y se sumerge en el Iriri para darse un baño al final del día. Pukatire es una figura fundamental en la negociación de los derechos de los kayapó. En diversas ocasiones ya ha movilizado a su pueblo para proteger su territorio, y volverá a hacerlo de nuevo. Al caer la tarde el calor cedió. Un grupo de jóvenes guerreros jugaba con un balón de fútbol. Una veintena de mujeres con sartas de cuentas coloridas al cuello y bebés a la cadera se reunieron en el kapôt y empezaron a entonar canciones mientras llevaban el paso. Los chiquillos lanzaban piedras con sus tirachinas a avefrías y golondrinas. Las familias iban bajando hasta el río Iriri para darse el baño nocturno de rigor, pero como en las aguas había caimanes, no se demoraban. A ocho grados al sur del ecuador, un sol rojizo como una naranja sanguina se escondía con rapidez. Los monos aulladores se imponían con su alboroto al canto plano y monótono de las cigarras, y una vorágine de olores a tierra y vegetación inundaba el aire. En un primer momento Kendjam se antoja una suerte de edén. Y quizá lo sea. Pero eso no significa ni mucho menos que la historia del pueblo kayapó sea un idilio pastoril ajeno a las persecuciones y enfermedades que han diezmado la práctica totalidad de las tribus indígenas del continente americano. En 1900, a los 11 años de la fundación de la República del Brasil, la población kayapó sumaba unos 4.000 individuos. A medida que mineros, madereros, caucheros y ganaderos entraban en masa en el territorio indígena, diversas organizaciones misioneras y agencias gubernamentales emprendieron proyectos de «pacificación» de las tribus aborígenes, a cuyos integrantes se ganaban con artículos tales como paños, cacerolas de metal, machetes y hachas. En muchas ocasiones el efecto secundario de aquellos contactos fue la introducción del sarampión y otras enfermedades infecciosas en comunidades que carecían de inmunidad natural contra ellas. A finales de la década de 1970, terminada la carretera Transamazónica, la población se había reducido a unos 1.300. Dos guerreros kayapó dan cuenta del pez sargento que acaban de pescar en el río. Quedaron tocados, pero no hundidos. En las décadas de 1980 y 1990 los kayapó se organizaron, dirigidos por una generación legendaria de jefes que hicieron valer su cultura guerrera para alcanzar objetivos políticos. Líderes como Ropni y Mekaron-Ti orquestaron protestas con precisión militar, comenzaron a ejercer presión e incluso llegaron a matar a intrusos que sorprendían en su territorio. Batidas de guerreros kayapó expulsaban a ganaderos y mineros de oro ilegales, a veces dándoles a elegir entre salir del territorio indígena en menos de dos horas o morir en el acto. Los guerreros kayapó se hicieron con el control de vados fluviales estratégicos y patrullaban las fronteras; tomaban rehenes; devolvían a los intrusos a la ciudad, desnudos. En su lucha por la autonomía y el control de sus tierras, los jefes de aquella generación aprendieron a hablar portugués y lograron obtener el apoyo de organizaciones conservacionistas y personajes famosos, como el cantante Sting, que viajó con el jefe Ropni (también llamado Raoni). En 1988 los kayapó contribuyeron a incorporar los derechos de los indígenas en la nueva Constitución brasileña, y en última instancia obtuvieron el reconocimiento legal de su territorio. En 1989 se opusieron a la construcción de la presa de Kararaô en el río Xingu, que habría inundado parte de sus tierras. El proyecto original, que preveía crear seis presas en la cuenca fluvial, se desestimó a raíz de las masivas manifestaciones de rechazo, en las que distintos colectivos conservacionistas se unieron a los kayapó en lo que hoy se conoce como la Reunión de Altamira. «En la concentración de 1989 en Altamira, los líderes kayapó tomaron sus tradiciones guerreras y las utilizaron con brillantez adaptándolas a la tradición del espectáculo mediático del siglo XX –dice el antropólogo Stephan Schwartzman, de Environmental Defense Fund–. Cambiaron las condiciones del debate.» Los kayapó que viven cerca de la frontera, en cambio, complementan su dieta de subsistencia con visitas al supermercado, como este de Tucumã Hoy la población kayapó crece a buen ritmo. Desde escopetas y lanchas motoras de aluminio hasta páginas de Facebook, han tenido la inteligencia de adoptar las tecnologías y prácticas de la sociedad monetarizada que los rodea sin poner en peligro la esencia de su cultura. Se han hecho con videocámaras para grabar sus ceremonias y danzas y documentar sus contactos con las autoridades. Un ejemplo de su habilidad para incorporar elementos foráneos es un dibujo que hoy se estila en los collares de cuentas kayapó: está basado en el logo del Banco de Brasil. Para consternación de algunos conservacionistas, varios jefes de poblados se asociaron con empresas mineras extractoras de oro en los años ochenta y vendieron concesiones de tala de caobas en los noventa, pactos que al final lamentaron y que hoy han pasado a la historia. La mayoría de los kayapó aprendieron a organizarse y dejar a un lado sus rencillas para trabajar por un objetivo común. Como resultado, quizás hoy sea la tribu indígena más rica y poderosa de las aproximadamente 240 que quedan en Brasil. Sus ceremonias, sus sistemas de parentesco, su lengua de la familia ge, su conocimiento de la selva y su concepto de continuidad entre los humanos y la naturaleza resisten incólumes. Y lo que quizá sea el quid de la cuestión: tienen su propio territorio. «Los kayapó no llegan al siglo XXI como un pueblo derrotado. No se están degradando –me dijo Zimmerman–. No han perdido la noción de sí mismos.» Al menos de momento. Una cosa es enseñar las habilidades y ceremonias de la cultura tradicional; otra muy distinta es instilar la convicción de que es útil saber emponzoñar la punta de una flecha o amontonar tortugas en las mentes de una generación seducida por los iPhones y la comodidad de comprar el alimento en una tienda. En Kendjam sigue palpándose un vivo interés por la indumentaria tradicional, los abalorios y las costumbres ancestrales, pero no es común a todos los kayapó, y aunque lo fuese, las amenazas exteriores son inmensas. Unos guerreros kayapó recorren la selva armados de escopetas y hachas en busca de caza. «El Gobierno brasileño intenta aprobar leyes que eximan de la obligación de consultar a los indígenas si se quiere generar electricidad en sus ríos, extraer minerales e incluso redibujar las fronteras de sus tierras», dice Adriano (alias Pingo) Jerozolimski, director de la Associação Floresta Protegida, una organización kayapó sin ánimo de lucro que representa a unos 22 poblados. El pasado junio, en la aldea de Kokraimoro, 400 jefes manifestaron su oposición a la avalancha de decretos, ordenanzas y propuestas de ley y de reforma constitucional que les impedirían controlar como hasta ahora sus tierras y les imposibilitarían –a ellos y a cualquier otro grupo indígena– sumar territorios. Las medidas se perciben como parte de una campaña para que mineros, madereros y agricultores puedan soslayar los derechos indígenas, garantizados hoy a su pesar por la Constitución brasileña. Entre las múltiples caras de esta disputa política, quizá la más dolorosa en este momento sea la lucha por frenar un proyecto que los kayapó dieron por frustrado hace más de 20 años. El proyecto de Kararaô ha resucitado con un nuevo nombre: el complejo hidroeléctrico Belo Monte. El segundo día que pasamos en el poblado de Kendjam descendimos el Iriri con dos tiradores kayapó: Okêt, de 25 años, padre de tres hijas y cuatro hijos, y Meik"re, de 38, padre de dos chicos y cinco chicas. (En los poblados kayapó la división del trabajo sigue los cánones de siempre: los hombres cazan y pescan; las mujeres cocinan, cultivan la huerta y recogen frutos.) Meik"re llevaba brazaletes de cuentas de color amarillo verdoso y una larga pluma azul prendida en una vincha. Navegábamos en dos lanchas de aluminio con motor Rabeta, aptas para las aguas someras propias de la estación seca. En una estampa más relajada, un padre vestido de gala espera que empiece la ceremonia de imposición de nombre de su bebé Al llegar a un tramo ancho, casi una bahía, Okêt viró hacia un área abierta de la orilla oeste del Iriri y paró el motor. Trepamos a tierra firme. Okêt y Meik"re se internaron en la selva con soltura; Meik"re llevaba arco y flechas al hombro; Okêt, una escopeta. Después de cinco minutos de inclinarme, contorsionarme y retorcerme para abrirme paso por la maraña de helechos llenos de espinas y ramas caídas, parando constantemente para desengancharme de las lianas y tratar de convencer a mis glándulas suprarrenales de que no había serpientes venenosas acechando bajo cada montoncillo de hojas, no tenía ni idea de dónde estaba el este y dónde el oeste, era incapaz de señalar hacia dónde había quedado el río, no tenía la menor esperanza de volver a la lancha solo. Distinguimos un rastro vago. Meik"re señaló los excrementos de un pecarí de collar (un jabalí pequeño) y a continuación, al lado mismo del rastro, una zona de vegetación aplastada donde el animal había estado durmiendo. Okêt y él salieron como una flecha. Al cuarto de hora sonó un disparo, al que siguieron otros dos. Cuando los alcancé, un pecarí de collar yacía muerto sobre un lecho de hojas. Meik"re improvisó una ligadura con una tira de corteza de árbol y le ató las pezuñas. Cortó otra cinta de corteza, se la pasó por las patas traseras y delanteras y se echó los 14 kilos de pecarí al hombro. Los kayapó que habíamos dejado pescando no habían perdido el tiempo. Primero habían taponado las salidas de un nido de alacranes cebolleros sudamericanos en un banco de arena y luego habían excavado y capturado un puñado de ellos para engancharlos en los anzuelos y pescar pirañas. A continuación despiezaron las pirañas sobre un remo de caoba y usaron los trozos como cebo para pescar peces sargento y piabañas. Encendieron una primorosa fogata en la orilla con mecheros Bic y asaron la comida en unas brochetas que confeccionaron allí mismo. A media tarde partimos a contracorriente rumbo a Kendjam. Meik"re iba reclinado en la proa, contemplando las aguas hipnóticas como un oficinista que regresa a casa en el tren tras una larga jornada laboral. YNHIRE expresa su identidad como guerrero con un tocado de plumas de loro. Aquella noche el jefe Pukatire vino a nuestro campamento con una linterna. «Lo único que necesitamos de la cultura blanca son las chancletas, las linternas y las gafas», dijo con afabilidad. Me pregunté si le habrían hablado de mi magistral travesía por la selva aquella tarde, porque dijo que se le había ocurrido un nombre para mí: «Rop-krore», que en kayapó significa jaguar moteado. Tenía buen humor. El padrón del poblado indica que Pukatire nació en 1953, y recoge los nombres de su esposa, su hija de 38 años y sus tres nietos. Nos explicó que había nacido cerca de Novo Progresso, al oeste de Kendjam, antes de que se produjera el contacto con el mundo exterior. Su pueblo fue atacado por los kayapó de Baú, y durante ese ataque vio morir a su madre y una hermana, que era un bebé. Pukatire y su hermano fueron llevados a Baú, donde se criaron. Tendría 6 o 7 años, y hasta los 12 o 13 no volvió a ver a su padre. «Fue una alegría. Lloramos los dos», me dijo. Pukatire aprendió algo de portugués de los misioneros y fue captado para ayudar en el programa de pacificación del Servicio de Protección del Indio, precedente de la Fundación Nacional del Indio (FUNAI), la agencia estatal que hoy representa los intereses de los pueblos aborígenes de Brasil. «Antes del contacto nos matábamos los unos a los otros y todos vivíamos en el miedo –explicó–. Sin duda alguna, las cosas han mejorado muchísimo, porque hoy la gente no se dedica a abrirse la cabeza a mazazo limpio.» Pero Pukatire expresó la misma queja que oí una y otra vez: «Me preocupan los jóvenes que imitan a los blancos, que se cortan el pelo y se ponen esos ridículos pendientes que se ven en las ciudades. No hay un solo joven que sepa preparar el veneno para las flechas. En Brasília siempre dicen a los kayapó que van a perder su cultura y que lo dejen por imposible. Los ancianos tienen que levantar la voz y decir a los jóvenes: “No podéis usar las cosas de los blancos. Que los blancos tengan su cultura, que nosotros ya tenemos la nuestra”. Si empezamos a copiar demasiado a los blancos, dejarán de temernos y vendrán a quitarnos todo lo que es nuestro. Pero mientras mantengamos nuestras tradiciones, seremos distintos, y mientras seamos distintos, nos tendrán un poco de miedo». UKATIRE, el poderoso jefe de Kendjam, lleva el cuerpo pintado con pigmentos de frutas, nueces y carbón. Era tarde; Pukatire se levantó y nos dio las buenas noches. A la mañana siguiente nos esperaba un gran día. El líder kayapó Mekaron-Ti y el gran Ropni, que décadas atrás recorrieron el mundo defendiendo la selva, venían a Kendjam para retomar la batalla contra la presa. Tras 40 años de proyectos que se remontan a la época de la dictadura militar de Brasil, 40 años de estudios, protestas, reformas, sentencias dictadas, sentencias revocadas, bloqueos, llamamientos internacionales y múltiples demandas judiciales, en 2011 empezaron finalmente las obras de Belo Monte. Este complejo de canales, embalses, diques y dos presas, cuya construcción costará 10.000 millones de euros, está situado unos 500 kilómetros al norte de Kendjam, allí donde el río Xingu describe un enorme meandro conocido como Volta Grande. El proyecto, que tendrá una capacidad máxima de generación de 11.233 megavatios y se prevé entrará en funcionamiento en 2015, ha dividido el país. Sus defensores alegan que permitirá suministrar la tan necesaria electricidad, mientras que los ecologistas lo denuestan como un desastre social, medioambiental y financiero. En 2005 el Congreso brasileño resucitó el proyecto aduciendo que la energía generada era esencial para la seguridad de una nación en rápido crecimiento. Los kayapó y otras tribus afectadas volvieron a reunirse en Altamira en 2008. Un ingeniero de Eletrobras, la eléctrica estatal, fue agredido y sufrió un «corte profundo y sangrante en el hombro», según la prensa. Alegando que el estudio de impacto ambiental del proyecto era deficiente y que no se había consultado como era debido a la población indígena de la región, la fiscalía federal brasileña presentó una serie de demandas judiciales para paralizar el complejo, con las que en esencia generó un enfrentamiento entre dos departamentos del Gobierno. NGREIKATÃR lleva las largas sartas de cuentas de vidrio de colores tan populares entre las mujeres kayapó. Los casos llegaron al Tribunal Supremo, pero los fallos se han aplazado y entre tanto no se han paralizado las obras. Aunque el complejo se limite a dos presas, el impacto sobre la cuenca del Xingu será inmenso debido a las carreteras y a la llegada de unos 100.000 obreros e inmigrantes. Las presas inundarán un área del tamaño de Madrid. Los cálculos oficiales prevén unos 20.000 desplazados; los independientes sugieren que la cifra podría ser el doble. Las presas generarán metano (consecuencia de anegar la vegetación) en cantidades equiparables a las emisiones de gases de efecto invernadero de las centrales térmicas de carbón. Al desviar alrededor del 80 % del caudal del Xingu en un tramo de 100 kilómetros, se secarán áreas que dependen de las crecidas estacionales y que albergan especies en peligro. «Ahora la clave es lo que ocurrirá a continuación –dice Schwartzman–. Según el Gobierno solo se llevará a cabo el proyecto de Belo Monte, pero la propuesta original hablaba de otras cinco presas, y hay quien se pregunta si Belo Monte será rentable en solitario o si más adelante el Gobierno alegará que hay que construir el resto.» La mañana que llegaban los dos grandes jefes a Kendjam, más de 20 mujeres kayapó con los pechos desnudos, ropa interior negra y sartas de cuentas de colores realizaron lo que parecía un ensayo matutino de vestuario, cantando y marchando alrededor del kapôt. A eso de las cuatro de la tarde el ruido de un avión atrajo a los vecinos a la pista de aterrizaje. PHNH-ÔTI se ha afeitado en la cabeza una V invertida, una práctica ceremonial femenina. Ropni y Mekaron-Ti descendieron acompañados de otro jefe del sur, Yte-i. Ropni es uno de los cinco ancianos kayapó que aún lucen el disco labial, un círculo de caoba del tamaño de una galleta grande que dilata el labio inferior. Portaba una maza de guerra de madera. Cuando se detuvo al pie del avión, una mujer se acercó a él, le tomó la mano y estalló en sollozos. A Ropni no pareció extrañarle, y también él rompió a llorar. Aquellas lágrimas no eran la reacción a ninguna desgracia reciente, sino una forma ritual de llorar a los amigos comunes fallecidos. Esa noche, en la casa de los hombres, Ropni se dirigió a los habitantes de Kendjam. Hendía el aire con las manos y blandía la maza: «No me gusta que los kayapó imiten la cultura blanca. No me gustan los mineros del oro. No me gustan los madereros. ¡No me gusta la presa!». Uno de los objetivos de su visita a Kendjam era averiguar por qué los jefes de la zona oriental del territorio estaban aceptando dinero de Eletrobras. En el porche de la sede de la Associação Floresta Protegida había apiladas cajas de flamantes motores náuticos de 25 caballos. El poblado de Ropni, así como otros del sur, habían rechazado una y otra vez el dinero que les ofrecía Eletrobras, un dinero que según los activistas pretendía enfriar la oposición indígena a Belo Monte. El consorcio constructor de la presa financiaba pozos, dispensarios y carreteras en la zona y abonaba a una docena de poblados cercanos un estipendio de 30.000 reales al mes (unos 9.500 euros) para la adquisición de alimentos y otras provisiones; según Schwartzman, un soborno en toda regla. BEPRAN-TI luce un espectacular tocado de plumas para su ceremonia de esponsales, un rito de paso kayapó. Los primeros contactos de los kayapó con los mugrientos billetes brasileños condujeron a la acuñación de su evocador término para denotar el dinero: pe-o caprin, «hojas tristes». Cada vez son más las hojas tristes que intervienen en la existencia de este pueblo, sobre todo en las poblaciones próximas a las ciudades fronterizas, las que limitan con los territorios indígenas. En el poblado kayapó de Turedjam, cerca de Tucumã, la contaminación producida por la corta a tala rasa y la ganadería ha arruinado la pesca, y no es raro ver a los kayapó comprando jabón y pollo congelado en los supermercados. Durante tres noches Pukatire llevó a Ropni, a Mekaron-Ti y a Yte-i a nuestro campamento. Se acomodaban en el porche de la escuela y contaban anécdotas fumando sus pipas y bebiendo café, mientras los murciélagos cruzaban volando el cerco mortecino de un fluorescente. «En los viejos tiempos los hombres eran hombres –dijo Ropni–. Los criaban para ser guerreros; no temían morir. No temían sumar hechos a las palabras. Respondían a los rifles con arcos y flechas. Murieron muchos indios, pero también muchos blancos. Así me formé yo: en la tradición guerrera. Nunca he tenido miedo de expresar lo que creo. Nunca me he sentido humillado ante los blancos. Tienen que respetarnos, pero también nosotros a ellos. Sigo creyendo que la tradición guerrera no ha muerto. Los kayapó volverán a guerrear si se ven amenazados, pero el consejo que he dado a los míos es que no vayan buscando pelea.» BEPRÔ lleva las cuentas y los pendientes con algodón que recibió en su ceremonia de imposición de nombre. El día que los jefes partieron hubo cierto papeleo; debían firmar cartas, documentos de la FUNAI para autorizar varios asuntos que habían debatido. Mekaron-Ti, tan desenvuelto en el mundo occidental como en el de la selva, firmó con la celeridad de quien ha escrito mil cartas, pero Ropni sostenía el bolígrafo con torpeza. Era llamativo verlo pelearse con las letras de su nombre sabiendo lo expertas que eran aquellas manos en otras habilidades, habiéndolo visto hacer un cinturón de frutos de palmera, insertar un disco labial, tallar una punta de flecha de una cola de raya o enfatizar la oratoria que había labrado un futuro para su pueblo. En el valle del Xingu no se habían conocido manos más capaces, pero en el mundo que exigía pericia caligráfica, el gran jefe era como un niño. Seis meses más tarde, 26 líderes kayapó se reunieron en Tucumã para firmar una carta en la que se negaban a aceptar más dinero del consorcio que construía la presa: «Nosotros, los kayapó mebengôkre, hemos decidido que no queremos ni un céntimo de vuestro dinero sucio. No aceptamos Belo Monte ni ninguna otra presa en el Xingu. Nuestro río no tiene precio, nuestro pescado no tiene precio y la felicidad de nuestros nietos no tiene precio. Jamás dejaremos de luchar. […] El Xingu es nuestro hogar y vosotros no sois bienvenidos» No sé cómo, pero corrió la voz: el rostro pálido de orejas sin agujeros iba a subir al monte Kendjam. Eran las dos y media de la tarde. No habíamos llegado ni a la mitad de la pista de aterrizaje y a nuestro equipo de senderismo ya le seguía un grupo de chiquillos. Eran alrededor de 15, unos cuantos chicos y chicas adolescentes y preadolescentes con la cara pintada y provistos de botellas viejas de refresco rellenadas de agua, además de un personajillo vivaracho que no tendría más de cuatro años: descalzo y a su aire, sin padre ni madre que lo atosigase por si se perdía o se lo merendaba un jaguar o le mordía una víbora venenosa o se clavaba las púas y espinas que guarnecían todas las plantas del lugar. No llevaba nada más que un pantalón corto (a diferencia de mí, que iba con botas, sombrero, camisa, pantalones largos, gafas de sol, crema solar de factor tres millones y tres bandanas para empapar cantidades industriales de sudor). Durante un trecho caminamos en fila, pero luego los chiquillos se adelantaron corriendo para arremolinarse en torno a unos arbustos altos llamados ingas; tiraron de las ramas hacia abajo y cortaron las vainas de los frutos. MEKARON-TI, el gran jefe, habla portugués y es un influyente valedor de su pueblo. A los tres cuartos de hora el camino empezaba a hacerse empinado. La piedra gris de la montaña se erguía ante nuestra vista: paredes cortadas a pico, sin fisuras ni grietas evidentes. Las caras norte, sur y oeste parecían imposibles de escalar, pero la oriental descendía en pendiente hasta perderse en la selva. Los adolescentes subían la pronunciada cuesta entre risas y charlas, saltando por encima de los troncos y colgándose de las lianas. Un estrecho sendero zigzagueaba ladera arriba y atravesaba una hendidura en la que había que izarse a fuerza de palmas sudorosas por encima de una peña lisa. Una rampa larga conducía a la redondeada cumbre, donde aguardaban los chicos sentados, recortados contra un cielo azul lechoso. Los alcancé por fin, sin aliento. Lagartos de piel gris amarronada correteaban por el suelo. Los niños también correteaban, flirteando sin miedo con el vacío allí donde la roca caía en vertical 150 o 180 metros, si no más. No había barandillas. Ni cartelitos de advertencia. Ni adultos vigilantes. El niño de cuatro años brincaba al borde del abismo, riendo eufórico, como si aquel fuese el día más fantástico del año. Cuando todos emprendimos el descenso, el pequeño se adelantó corriendo. Yo me descubrí a mí mismo recordando la primera noche tras la partida de los grandes jefes, cuando vino a vernos nuestro guía Djyti y le planteamos una pregunta crucial: «¿Se puede ser kayapó sin vivir en la selva?». Djyti meditó unos instantes, luego negó con la cabeza y dijo que no. Entonces, como si la idea le resultase inconcebible, añadió: «Sigues siendo kayapó, pero sin tu cultura». En el pasado algunos antropólogos idolatraron la pureza cultural y vieron con malos ojos la introducción de tecnologías modernas. Pero las culturas evolucionan de la misma manera oportunista que las especies (los caballos de los indios de las praderas de América del Norte llegaron con los españoles) y las culturas tradicionales potentes aprovechan las oportunidades que se les presentan, haciendo las adaptaciones que según ellos garantizarán su futuro. Podemos debatir si un hombre que luce tocado de plumas de loro y funda fálica vale más que otro que lleva camiseta de Batman y pantalón corto de deporte, ¿pero cómo negarnos a ver su conocimiento de la fauna y la flora selváticas o el valor indiscutible de unas aguas limpias, un aire puro y el tesoro genético y cultural de la diversidad? Una de las mayores ironías de la Amazonia es que los extranjeros supuestamente civilizados que pasaron cinco siglos evangelizando, explotando y exterminando a los aborígenes ahora recurren a aquellos primeros habitantes para salvar ecosistemas que hoy se sabe son críticos para la salud del planeta, y para defender zonas esenciales de territorio virgen del apetito insaciable del mundo desarrollado. Mi pequeño amigo, del que nunca alcancé a saber su nombre, había llegado corriendo a su casa mucho antes de que yo posase mis destrozados pies sobre la pista de aterrizaje. Era de noche. A lo mejor su madre lo había plantado frente a la tele para ver el vídeo de alguna ceremonia kayapó o una telenovela brasileña. Y quizá para él aquel día no había sido distinto de otro. Aun así, era difícil imaginar una vida más perfecta para un niño de cuatro años que la de un kayapó que corre veloz y libre en la selva que llama hogar. Ojalá siga corriendo mucho tiempo.
Cuando una persona escucha a otra que le habla, no sólo reacciona a lo que se le está diciendo -a esas consonantes y vocales ensartadas en palabras y oraciones- sino también a otras características del habla, como el tono emocional y el género del hablante, por ejemplo. Ahora, un reporte difundido por la revista Current Biology, de Cell Press, proporciona las primeras evidencias de que los perros también diferencian y procesan esos diversos componentes de la voz humana. "Aunque no podemos decir qué tanto o de qué manera los perros pueden entender la información del discurso, es posible afirmar que reaccionan tanto a los registros verbales como a la información relacionada con el hablante, y que esos componentes parecen ser procesados en diferentes áreas del cerebro del animal", dice Victoria Ratcliffe, de la Escuela de Psicología en la Universidad de Sussex. Estudios previos han demostrado que los perros tienen sesgos hemisféricos -cerebro izquierdo contra el derecho- cuando procesan sonidos de la vocalización de otros perros. Ratcliffe y su supervisor David Reby dicen que era lógico investigar si los perros mostraban sesgos similares frente a la información que se transmite a través del lenguaje humano. Los científicos pronunciaron un discurso a cada lado del perro para que captaran los sonidos con cada uno de sus oídos, al mismo tiempo y con la misma amplitud. "El aporte de cada oído es transmitido principalmente al hemisferio opuesto del cerebro", explica Ratcliffe. "Si un hemisferio está más especializado en el procesamiento de cierta información en el sonido, entonces esa información es percibida como proveniente del oído del lado opuesto". Si el perro ha volteado a su izquierda, eso demuestra que la información en determinado sonido fue escuchada más prominentemente por su oído izquierdo, lo que a su vez sugiere que el hemisferio derecho se ha especializado más en procesar ese tipo de información. Los investigadores observaron sesgos generales en las respuestas de los perros a aspectos particulares de la voz humana. Cuando los animales fueron expuestos a órdenes de una voz familiar en las que los componentes más significativos de las palabras se hicieron más evidentes, mostraron un sesgo en el procesamiento del hemisferio izquierdo, como lo indicaron al girar hacia la derecha. Cuando, en cambio, se exageró la entonación o las señales vocales relacionadas con los hablantes, los perros mostraron un sesgo significativo en el procesamiento del hemisferio derecho. "Esto es particularmente interesante porque nuestros resultados sugieren que el procesamiento de los componentes del discurso en el cerebro del perro se divide entre los dos hemisferios, en una manera realmente muy similar a como es discriminado en el cerebro humano", expone Reby. Por supuesto, eso no significa que los perros entiendan todo lo que los humanos pudiéramos decir o que ellos tengan una habilidad similar a la humana para el lenguaje, ni mucho menos. Pero, dice Ratcliffe, estos resultados apoyan la idea de que nuestras compañías caninas ponen atención, "no sólo a quiénes somos y cómo decimos las cosas, sino también a lo que decimos". Todo esto debería ser una buena noticia para muchos de nosotros, los seres humanos amantes de los perros, ya que pasamos un tiempo considerable hablándoles. Ellos no siempre te entienden, pero es un hecho que están escuchando.
Introducción a Suramérica Introducción a la Topografia, fauna y flora. En este mapa se muestra las principales culturas, ciudades y zonas habitadas en Suramérica Las montañas de los Andes Para cualquier persona que visita por primera vez Los Andes, percibee dos realidades geográficas abrumadoras: las costas deserticas del pacifico, que se extiende por miles de kilometros desde Perú hasta Chile y las altas montañas de los Andes que estan paralelas a las costas. Estos contraste de regiones -costa desertica y las altas montañas en el este. ( donde el grueso de la poblacion precolombina vivía por encima de 10.000 pies). Estas poblaciones podrian , y en varios momentos de la historia andina unirse en una sola entidad politica. Por lo que es posible hablar de una unica poblacion Andina. Un indicador de esta unidad es que incluso ahora: Quechua, una de las lenguas andinas, que aún ahora es hablado por unos 10 millones de personas desde el norte de Ecuador hasta el norte de Argentina, una distancia de varios miles de kilómetros. link: https://www.youtube.com/watch?v=2Wz78FC_OJc Los Andes se componen de una amplia serie de extremadamente altas mesetas coronadas por picos aún mayores que forman una muralla intacta a una distancia de unas 5.500 millas, desde el extremo sur de América del Sur hasta la costa septentrional del continente en el Caribe. La separan una zona costera occidental estrecha del resto del continente, lo que afecta profundamente las condiciones de vida dentro de los mismos rangos y en las zonas circundantes. Los Andes contienen los picos más altos en el hemisferio occidental. El más alto de ellos es el Monte Aconcagua (22.831 pies) en la frontera de Argentina y Chile. Estas montañas bloquean la producción de nubes de lluvia procedentes del este, por lo tanto - el lado oriental de las montañas es muy húmedo y el lado occidental de la cordillera es muy seco. En el lado occidental de la cordillera, a menudo la única agua disponible para la pequeña vida animal y vegetal que existe, es la condensación de las neblinas de gran espesor que forman. Los Andes flora y fauna La capacidad de los animales y las plantas para vivir en los Andes depende en gran medida de la altitud, aunque la existencia de comunidades de plantas también está determinada por el clima, la disponibilidad de la humedad y el suelo. La existencia de vida animal está determinada por la abundancia de fuentes de alimentos, por lo que la línea de nieve permanente es el límite superior de su habitad. Algunas plantas y animales pueden vivir en cualquier altitud, y otros pueden vivir sólo en ciertos niveles. Los gatos rara vez viven por encima de 13.000 pies, mientras que los ratones de cola blanca por lo general no permanecen en altitudes inferiores a 13.000 pies y pueden vivir hasta 17.000 pies. Los camélidos (llama, guanaco, alpaca, vicuña) son animales principalmente del Altiplano (aka. la Puna - los altos Plataues - 11.200 a 12.800 pies), aunque pueden vivir bien en altitudes más bajas. Se cree que el cóndor puede volar hasta 26.000 pies. link: https://www.youtube.com/watch?v=z0xsccVQO7U Las Cordilleras Es probable que las presiones atmosféricas bajas de las grandes altitudes son menos importantes para la vegetación, pero la altitud impone una serie de variables-como la temperatura, el viento, la radiación solar, y la sequedad-que determina qué tipos de plantas crecen en diferentes partes de Los Andes. En general, los Andes se puede dividir en bandas altitudinales, cada uno con la flora y la fauna típicas predominantes; Por supuesto latitud (cercanía a la línea ecuatorial) impone las diferencias entre el norte y el sur, y la proximidad al Pacífico y la cuenca del Amazonas, en el oriente se refleja en las diferencias entre las laderas externas e internas de las cordilleras Occidental y Oriental Cordilleras. Una zona en una latitud aproximadamente a 35 grados sur separa dos regiones diferentes de los Andes. Hacia el sur, en los Andes patagónicos, la flora es magníficas, selvas tropicales en latitudes medias de las coníferas; Araucaria y el roble, coigüe (siempre verde utilizado para techar), Chusquea, ciprés y alerce también se encuentran. Las Características jacia el norte son diferentes. La Cordillera Occidental (la más occidental de las dos en Bolivia, se extiende generalmente de norte a sur por cerca de 750 millas a través de la longitud del país. La Cordillera Real (oeste) separa las tierras bajas de la cuenca del río Amazonas, al este de las altas mesetas de la altiplano al oeste). Es extremadamente seco en el sur, ligeramente húmedo (con humedad y escasas lluvias) en el centro y el norte de Perú, y húmedo, con lluvias fuertes o moderados en Ecuador y Colombia. La vegetación sigue el esquema climático: en el sur es pobre y desértico, aunque en las zonas altas estepa la vegetación existe. link: https://www.youtube.com/watch?v=WEjlZTdZY-g Los Animales Los animales incluyen la guemul, puma, vizcacha, cuy (conejillo de indias), chinchilla, camélidos, ratones y lagartos, entre las aves son el cóndor, la perdiz, la parina, huallata y fochas. El potencial agrícola es pobre. El lado este de la Cordillera Oriental (este) hacia el norte de Bolivia tiene una exuberante vegetación, el bosque la mayor parte tropical con una rica fauna de la selva. La Meseta En la meseta (valles, llanuras, cordilleras y laderas internas de las cordilleras), la vida otra vez está estrechamente relacionado con la altitud. Palmeras tropicales y nieves eternas se encuentran a pocos kilómetros el uno del otro, donde la altitud puede variar de 1,600 pies en las gargantas profundas a más de 20.000 pies de los picos y crestas. Hasta una altura de 8000 pies, la vegetación refleja el clima tropical y subtropical seco, aquí la agricultura es importante: la gran industria del café de Colombia se encuentra principalmente en los valles cálidos de esta zona. Entre 8.200 y 11.500 metros se encuentra la zona más poblada de los Andes, algunas de las principales ciudades de los países andinos están ahí, y la zona es compatible con la mayor parte de la agricultura andina. Las temperaturas varían de cálido en los valles bajos a moderados (por debajo de 50 - F) en las llanuras, sabanas y laderas, y hay lluvias estacionales y el agua de los ríos. Esta zona también es adecuado para la ganadería y la avicultura. El Terreno entre 11.500 y 13.400 pies suele ser duro y difícil para la agricultura. En Colombia esta zona se denomina páramo y sub-páramo, con precipitaciones estacionales, en Ecuador la lluvia es abundante, y en Perú y Bolivia el páramo tiene de moderada a escasas lluvias. De 13.400 a 15.700 pies (la puna), la vegetación se compone de plantas que resisten el frío y la congelación de la noche, por encima de 16.000 pies, la vegetación es casi ausente. La parte 2 de este post dentro de 4 a 5 semanas. Gracias!!