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felipe007

Usuario (Argentina)

Primer post: 15 dic 2008Último post: 9 oct 2009
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Mario Firmenich y Norma Arrostito narran cómo murió Arambu
InfoporAnónimo1/22/2009

Registrate y eliminá la publicidad! Leer atentamente la siguiente aclaración: Este artículo es la transcripción del que fuera publicado como nota principal, el 3 de setiembre de 1974 en la revista La causa peronista. Carece de Copyright y se considera de dominio público desde la desaparición de la editorial responsable de la mencionada publicación. El relato realizado por dos de sus principales protagonistas, constituye un documento histórico de singular importancia para el estudio de la violencia armada desatada en Argentina en la década del 70. Introducción El 29 de mayo de 1970 las radios de todo el país interrumpieron su programación para dar cuenta de una noticia que poco después conmovería al país. "Habría sido secuestrado el Teniente General Pedro Eugenio Aramburu". Era la una y media de la tarde. Esquivando puestos policiales y evitando caminos transitados, una pick up Gladiator avanzaba desde hacia cuatro horas rumbo a Timote. En la caja, escondido tras una carga de fardos de pasto, viajaba el "fusilador" de Valle escoltado por dos jóvenes peronistas. Lo habían ido a buscar a su propia casa. Lo habían sacado a pleno día, en pleno centro de la Capital y lo habían detenido en nombre del pueblo. Uno de los jóvenes peronistas tenía a mano un cuchillo de combate, ante cualquier eventualidad, ante la posibilidad de una trampa policial, ante la certeza de no poder escapar de un cerco o una pinza, iba a eliminar al jefe de la Libertadora. Aunque después cayeran todos. Así se había decidido desde el principio". El "fusilador" tenía que pagar sus culpas a la justicia del pueblo. Era el 29 de mayo de 1970. El día en que el Onganiato festejaba por última vez el Día del Ejército. El día en que el pueblo festejaba el primer aniversario del Cordobazo. Habían nacido los Montoneros. El "Aramburazo", como lo bautizó el pueblo, que jamás tuvo dudas respecto de los autores del operativo, fue el lanzamiento público de una organización político militar que habría de transformarse, en poco tiempo en ejemplo y bandera del peronismo, en la máxima expresión de la lucha del pueblo contra el imperialismo y todos sus aliados y sirvientes nativos. En este primer operativo firmado, llevado a cabo por un grupo de combatientes muy jóvenes, en absoluta precariedad de medios y contra un enemigo que, entonces, parecía todopoderoso. Montoneros definió su proyecto y mostró un camino. El "Aramburazo" logró, en ese sentido, la mayoría de sus objetivos. El primer objetivo del "Operativo Pindapoy", como lo bautizaron en un principio los Montoneros era el lanzamiento público de la Organización, se cumplió con éxito. En cuestión de horas, días cuanto más, todos los argentinos supieron que las luchas peronistas, las de la Resistencia; las del Plan de Lucha, la de los Uturuncos y toda las expresiones combativas del peronismo, se habían sintetizado en un grupo de jóvenes dispuestos a triunfar o morir por su pueblo. Esto lo supieron los gorilas de quince años atrás y los gorilas de entonces. Y lo supo también la clase trabajadora, la que siempre había creado nuevas formas de lucha contra cada nueva estrategia imperialista, la que había dado su ejemplo a estos Montoneros que ahora avanzaban un paso más en la guerra: tomaban las armas hasta sus últimas consecuencias. El segundo objetivo era ejercer la justicia revolucionaria contra el más inteligente de los cabecillas de la Libertadora. Porque si Rojas fue la figura más acabada del gorilismo, Pedro Eugenio Aramburu fue, en cambio, su cerebro y artífice. En Aramburu, el pueblo había sintetizado al antipueblo. El vasco era responsable directo de los bombardeos a la Plaza de Mayo, de las persecuciones y las torturas. Aramburu era culpable directo, además, del fusilamiento de 27 patriotas durante la represión brutal de Junio del 56. Sobre él ejerció Montoneros la justicia de ese pueblo. Por primera vez el pueblo podía sentar a un cipayo en el banquillo y juzgarlo y condenarlo. Eso hizo Montoneros en Timote: mostró al pueblo que, más allá de las trampas, las argucias legales y los códigos para reprimir a los trabajadores, había un camino hacia la Verdadera Justicia, la que nace de la voluntad de un. Aramburu fue, además, culpable de un delito que a los peronistas los había herido e indignado como pocas veces se indignó este pueblo. Aramburu había sido el artífice del robo y desaparición del cadáver de la compañera Evita. El pueblo lo sabía. Por esa intuición que lo caracteriza, el pueblo sabía, sin tener que preguntarle a nadie, que Aramburu era culpable de ese robo y de la mutilación del cuerpo de la Abanderada de los Trabajadores. Su recuperación, uno de los objetivos fundamentales del Aramburazo, no se pudo lograr. La negativa del "fusilador" a confesar, amparándose en un pacto "de honor" con otros gorilas, impidió que Montoneros supiera exactamente el paradero del cuerpo. El último objetivo del Aramburazo se inscribía en la situación política que vivía el país en aquel momento. Aramburu conspiraba contra Onganía. Pero el proyecto de Aramburu para reemplazar el régimen corporativista de Onganía era políticamente más peligroso. Aramburu se proponía lo que luego se llamó el Gran Acuerdo Nacional, la integración del peronismo al sistema liberal a través de "peronistas" de la calaña de Paladino, Coria y todos los burócratas y participacionistas. Aramburu, que fragoteaba con varios generales en actividad, había superado hacía mucho la torpeza gorila del 55 en materia política. En 1970 era un agente hábil del Imperialismo, un hombre que intenta vaciar al peronismo de contenido popular, en una maniobra eleccionaria de trampa. Usar al "peronismo de corbata" y a los traidores que aparecían como dirigentes para aniquilar al Movimiento, para aislar definitivamente al General de los peronistas. No le hubiera resultado muy difícil "engrupir a la gilada", ofreciendo el olvido de viejos rencores, el mea culpa por los muertos, la negociación de los restos de Evita. En fin, todo lo que intentó Lanusse tres años después y que desbarató el pueblo. Pero en un momento en que las fuerzas del peronismo estaban lejos de ser óptimas. Y este objetivo también lo logró Montoneros. La dictadura tuvo que esperar dos años para intentar la trampa. Para entonces aquel reducido grupo era una organización poderosa. Y sus cantos de guerra ya no eran las lagrimas de algún viejo peronista emocionado por el acto de justicia histórica de "los muchachos de la guerrilla" ahora la voz de las multitudes que enfrentaban al régimen en todos los frentes de batalla con las banderas de todos los jóvenes que, un 29 de mayo, se largaron al todo o nada para enseñarle al imperialismo como contraataca y cómo golpea el pueblo a medida que se va organizando en la lucha. Preparativos previos MARIO: El ajusticiamiento de Aramburu era un viejo sueño nuestro. Concebimos la operación a comienzos de 1969. Había de por medio un principio de justicia popular -una reparación por los asesinatos de junio del 56-, pero además queríamos recuperar el cadáver de Evita, que Aramburu había hecho desaparecer. Pero hubo que dejar transcurrir el tiempo, porque aún no teníamos formado el grupo operativo. Entre tanto, trabajábamos en silencio: le ejecución de Aramburu debía significar precisamente la aparición pública de le organización. A fines del 69 pensamos que ya ere posible encarar el operativo. A los móviles iniciales, se había sumado en el transcurso de ese año le conspiración golpista que encabezaba Aramburu para dar una solución de recambio al régimen militar, debilitado tras el cordobazo. Por la Importancia política del hecho, por el significado que atribuíamos a nuestra propia aparición, fuimos a la operación con el criterio de todo o nada. El grupo Inicial de Montoneros se juega a cara o ceca en ese hecho. ARROSTITO: Toda la "organización" éramos doce personas, entre los de Buenos Aires y los de Córdoba. En el operativo jugamos diez. Lo empezamos a fichar a comienzos del 70, sin mayor información. Para sacar direcciones, nombres, fotos, fuimos a las colecciones de los diarios, principalmente de La Prensa. En una revista, Fernando encontró fotos interiores del departamento de la calle Montevideo. Eso nos dio una idea de cómo podían ser las cosas adentro. MARIO: Pero dedicamos el máximo esfuerzo al fichaje externo. El edificio donde él vivía está frente al colegio Champagnat, y averiguamos que en el primer piso - de ese colegio - había una sala de lectura o una biblioteca. Entonces nos colamos y fuimos a leer ahí. El que inauguró el método fue Fernando, que era bastante desfachatado. Más que leer, mirábamos por la ventana. Nos quedábamos por periodos cortos, media hora, una hora. Nunca nadie nos preguntó nada. ARROSTITO: Allí lo vimos por primera vez, de cerca. Solía salir alrededor de las once de la mañana, a veces antes, a veces después, a veces no salía. Lo vimos tres veces desde el Champagnat. Después fichamos desde la esquina de Santa Fe, en forma rotativa. Llegamos a hacer relevos cada cinco minutos. Teníamos que hacer así porque en esa esquina había un cabo de consigna, uno rubio, gordito, y no queríamos llamar la atención. MARIO: A medida que chequeábamos, fuimos variando el modelo operativo. La primera idea había sido levantarlo por la calle cuando salía a caminar. Pensábamos llevar uno de esos autos con cortina en la luneta y tapar las ventanillas con un traje a cada lado. Le dimos muchas vueltas a la idea hasta que la descartamos y resolvimos entrar y sacarlo directamente del octavo piso. Para eso hacía falta una buena "llave". La mejor excusa era presentarse como oficiales del Ejército. El Gordo Maza y otro compañero habían sido liceístas, conocían el comportamiento de los militares. Al Gordo Maza incluso le gustaba, era bastante milico, y le empezó a enseñar a Fernando los movimientos y las órdenes. Ensayaban juntos. ARROSTITO: Compraron parte de la ropa en la casa Isola, una sastrería militar en la Avenida de Mayo, al lado de Casa Muñoz. Fernando Abal tenía 23 años, Ramus y Firmenich 22, Capuano Martínez, 21. Cortándose el pelo pasaban por colimbas. Así que allí compramos las insignias, las gorras, los pantalones, las medias, las corbatas. Para comprar algunas cosas, hasta se hicieron pasar por boy-scout. Un oficial retirado peronista donó su uniforme: simpatizaba con nosotros, aunque no sabia para qué lo íbamos a usar. El problema es que a Fernando le quedaba enorme. Tuve que hacer de costurera, amoldárselo al cuerpo. La gorra la tiramos -era un gorrón- le bailaba en la cabeza pero usamos la chaquetilla y las insignias. Cómo entramos MARIO: Una cosa que nos llamó la atención es que Aramburu no tenía custodia, por lo menos afuera. Después se dijo que el ministro Imaz se la había retirado pocos días antes del secuestro, pero no es cierto. En los cinco meses que estuvimos chequeando, no vimos custodia exterior ni ronda de patrulleros. Solamente el portero tenía pinta de cana, un morocho corpulento. A alguien se le ocurrió: Si no tenía custodia, ¿Por qué no íbamos a ofrecérsela? Era absurdo, pero esa fue la excusa que usamos. Justo en esos días que la operación iba tomando forma, a alguien se le ocurre arreglar la calle Montevideo, una de esas reparaciones de luz o de gas que siempre están haciendo; vaya a saber. Lo cierto es que rompieron media calle, justo del lado de su casa y nosotros teníamos que poner la contención ahí. Era un problema. Pensamos cortar la calle con uno de esos letreros que dicen "En reparación", "Hombres trabajando". Pero lo descartamos. Después nos fijamos que el garaje del Champagnat daba justo frente a la puerta del edificio y que en dirección a Charcas había otro garaje, y que ahí el pavimento no estaba roto. Entonces la contención iba a estar ahí: un coche sobre la vereda del Champagnat, el otro en el garaje. La hora señalada MARIO: La planificación final la hicimos en la casa de Munro donde vivíamos Capuano Martínez y yo. Allí pintamos con aerosol la pick-up Chevrolet que iba a servir de contención. La pintamos con guantes, hacíamos todo con guantes, para no dejar impresiones digitales. No sabíamos mucho sobre el asunto pero por las dudas no dejábamos huellas ni en los vasos y en las prácticas, llegamos a limpiar munición por munición con un trapo. ARROSTITO: La casa operativa era la que alquilábamos Fernando y yo, en Bucarelli y Ballivián, Villa Urquiza. Allí teníamos un laboratorio fotográfico. La noche del 28 de mayo, Fernando lo llamó a Aramburu por teléfono, con un pretexto cualquiera. Aramburu lo trató bastante mal, le dijo que se dejara de molestar o algo así. Pero ya sabíamos que estaba en su casa. Dentro de Parque Chas dejamos estacionados esa noche los dos autos operativos: la pick-up Chevrolet y un Peugeot 404 blanco; y tres coches más que se iban a necesitar: una Renoleta 4L blanca mía, un taxi Ford Falcon que estaba a nombre de Firmenich, y una pick-up Gladiator 380, a nombre de la madre de Ramus. La mañana del 29 salimos de casa. Dos compañeros se encargaron de llevar los coches de recambio a los puntos convenidos. La Renoleta quedó en Pampa y Figueroa Alcorta, con un compañero adentro. El taxi y la Gladiator cerca de Aeroparque, en una cortada, el taxi cerrado con llave y un compañero dentro de la Gladiator. En el Peugeot 404 subieron Capuano Martínez, que iba de chofer, con otro compañero, los dos de civil pero con el pelo bien cortito y detrás, Maza con uniforme de capitán y Fernando Abal, como teniente primero. MARIO: Ramus manejaba la pick-up Chevrolet y la "flaca" (Norma) lo acompañaba en el asiento de adelante. Detrás iba un compañero disfrazado de cura, y yo con uniforme de cabo de la policía. ARROSTITO: Yo llevaba una peluca rubia con claritos y andaba bien vestida y un poco pintarrajeada. El Peugeot iba adelante por Santa Fe. Dobló en Montevideo, entró en el garaje. Capuano se quedó al volante y los otros tres bajaron. Le pidieron permiso al encargado para estacionar un ratito. Cuando vio los uniformes, dijo que si enseguida. Salieron caminando a la calle y entraron en Montevideo 1053. Nosotros veníamos detrás con la pick-up. En la esquina de Santa Fe bajé yo y fui caminando hasta la puerta misma del departamento. Me paré allí. Tenía una pistola. MARIO: Nosotros seguimos hasta la puerta del Champagnat y estacionamos sobre la vereda. "El cura" y yo nos bajamos. Dejé la puerta abierta con la metralleta sobre el asiento, al alcance de la mano. Había otra en la caja al alcance del otro compañero. También llevábamos granadas. Ese día no vi al cana de la esquina. Mi preocupación era que hacer si me aparecía ya que era "mi superior", tenía un grado mas que yo. Pasaron dos cosas divertidas. Se arrimó un Fiat 600 y el chofer me pidió permiso para estacionar. Le dije que no. Quiso discutir: -¿Y porque la pick-up sí?. Le dije -Circule!. Se fueron puteando. En eso pasó un celular, le hice la venia al chofer y el tipo me contestó con la venia. De golpe lo increíble. Habíamos ido allí dispuestos a dejar el pellejo, pero no: era Aramburu el que salía por la puerta de Montevideo y el gordo Maza lo llevaba con un brazo por encima del hombro, como palmeándolo, y Fernando lo tomaba del otro brazo. Caminaban apaciblemente. Una vez adentro MARIO: Un compañero quedo en el séptimo, con la puerta del ascensor abierta, en función de apoyo. Fernando y el Gordo subieron un piso más. Tocaron el timbre, rígidos en su apostura militar. Fernando un poco más rígido por la "metra" que llevaba bajo el pilotín verde oliva. Los atendió la mujer del General. No le infundieron dudas: eran oficiales del Ejército. Los invitó a pasar, les ofreció café mientras esperaban que Aramburu terminara de bañarse. Al fin apareció sonriente impecablemente vestido. Tomó café con ellos mientras escuchaba complacido el ofrecimiento de custodia que le hacían esos jóvenes militares. A Maza le descubrió enseguida el acento: -Usted es cordobés. -Si, mi general. Las cortesías siguieron un par de minutos mientras el café se enfriaba, y el tiempo también y los dos muchachos agrandados se paraban y desenfierraban, y la voz cortante de Fernando dijo: -Mi General, usted viene con nosotros. Así. Sin mayores explicaciones. A las nueve de la mañana. ¿Si se resistía? Lo matábamos. Ese era el plan, aunque no quedara ninguno de nosotros vivos. Afuera MARIO: Pero no, ahí estaba, caminando apaciblemente entre el Gordo Maza que le pasaba el brazo por el hombro, y Fernando lo empujaba levemente con la metra bajo el pilotín. Seguramente no entendía por nada. Debió creer que alguien se adelantaba al golpe que había planeado, porque todavía no dudaba que sus captores eran militares. Su mujer había salido. De eso me entere después, porque no recuerdo haberla visto. Subieron al Peugeot y arrancaron hacia Charcas, dieron la vuelta por Rodríguez Peña hacia el Bajo, y nosotros detrás. El viaje MARIO: Cerca de la Facultad de Derecho detuvieron el Peugeot y trasbordaron a la camioneta nuestra. Capuano, la Flaca y otro compañero subieron adelante, Fernando y Maza con Aramburu, atrás. Allí se encontró por primera vez con "el cura" y conmigo. Debió parecerle esotérico: un cura y un policía; y el cura que en su presencia empezaba a cambiarse de ropa. Se sentó en la rueda de auxilio. No decía nada, tal vez porque no entendía nada. Le tomé la muñeca con fuerza y la sentí floja, entregada. Maza, "el cura", la Flaca y otro compañero se bajaron en Pampa y Figueroa Alcorta, llevándose los bolsos con los uniformes y parte de los fierros. Fueron a la casa de un compañero a redactar el Comunicado número uno. Quedaron Ramus y Capuano adelante, Aramburu, Fernando y yo atrás, Seguimos hasta el punto donde estaban los otros dos coches. Bajamos, Capuano subió al taxi, y nosotros nos dirigimos a la otra pick-up, la Gladiator, donde había un compañero. La Gladiator tenía un toldo y la parte de atrás estaba camuflada con fardos de pasto. Retirando un fardo, quedaba una puertita. Por allí entraron Fernando y el otro compañero con Aramburu. Adelante Ramus que era el dueño legal de la Gladiator y yo, siempre vestido de policía. Durante más de un mes habíamos estudiado la ruta directa a Timote, sin pasar por ningún puesto policial y por ninguna ciudad importante. Delante iba el taxi conducido por Capuano, abriendo punta. Un par de walkie-talkies aseguraba la comunicación entre él y nosotros. Otro par entre la cabina de la Gladiator y la caja. En toda mi vida operativa no recuerdo una vía de escape más sencilla que esta. Fue un paseo. El único punto que nos preocupaba era la Gral. Paz, pero la pasamos sin problemas: no estaba tan controlada como ahora. Salimos por Gaona, a partir de ahí empezamos a tomar caminos de tierra dentro de la ruta que habíamos diseñado. El Río Lujan lo cruzamos por un viejo puente de madera, entre Lujan y Pilar por donde no pasa nadie. Si la alarma se hubiera dado enseguida, creo que igual nos hubiéramos escapado, porque la ruta era perfecta. Tardamos ocho horas en hacer un camino que puede hacerse en cuatro, pero no entramos en ningún poblado ni nos detuvimos a comer o cargar nafta. Para eso estaba el taxi, legal, que traía las provisiones. Aramburu no habló en todo el viaje salvo cuando los compañeros tuvieron que buscar el bidón en la oscuridad. -Aquí está, dijo. A la una de la tarde la radio empezó a hablar del presunto secuestro. Ya estábamos a mitad de camino. Serían las cinco y media o las seis cuando llegamos a LA CELMA, un casco de estancia que pertenecía a la familia de Ramus. El taxi se volvió a Buenos Aires y nosotros entramos. La primera tarea de Ramus fue distraer la atención de su capataz, el vasco Acébal. Esto no fue fácil porque la casa de Acébal y el casco de la estancia estaban casi pegados y Ramus tuvo que arrinconar al vasco a un costado de la entrada hablándole de cualquier cosa, mientras Fernando y el otro compañero metían a Aramburu en la casa de los Ramus. Ese compañero estaba tan boleado que bajó con la metra en la mano. Pero Acébal no sintió nada y los únicos que aparecimos frente a él fuimos Ramus y yo, que me había cambiado el uniforme de policía. El Juicio MARIO: Metimos a Aramburu en un dormitorio, y ahí mismo esa noche le iniciamos el juicio. Lo sentamos en una cama y Fernando le dijo: -General Aramburu, usted está detenido por una organización revolucionaria peronista, que lo va a someter a juicio revolucionarlo. Recién ahí pareció comprender. Pero lo único que dijo fue: -Bueno. Su actitud era serena. Si estaba nervioso, se dominaba. Fernando lo fotografió así, sentado en la cama, sin saco ni corbata, contra la pared desnuda. Pero las fotos no salieron porque se rompió el rollo en la primera vuelta. Para el juicio se utilizo un grabador. Fue lento y fatigoso porque no queríamos presionarlo ni intimidarlo y el se atuvo a esa ventaja, demorando las respuestas a cada pregunta, contestando. "no sé", "de eso no me acuerdo", etc. El primer cargo que le hicimos fue el fusilamiento del General Valle y los otros patriotas que se alzaron con él, el 9 de junio de 1956. Al principio pretendió negar. Dijo que cuando sucedió eso él estaba de viaje en Rosario. Le leímos sílaba a sílaba los decretos 10.363 y 10.364, firmados por él, condenando a muerte a los sublevados. Le leímos la crónica de los fusilamientos de civiles en Lanús y José León Suárez. No tenía respuesta. Finalmente reconoció: -Y bueno, nosotros hicimos una revolución, y cualquier revolución fusila a los contrarrevolucionarios. Le leímos la conferencia de prensa en que el Almirante Rojas acusaba al general Valle y los suyos de marxistas y de amorales. Exclamó: -Pero yo no he dicho eso! Se le preguntó si de todos modos lo compartía. Dijo que no. Se le preguntó si estaba dispuesto a firmar eso. El rostro se le aclaró quizá porque pensó que la cosa terminaba ahí. "Si era por esto, me lo hubieran pedido en mi casa", dijo, e inmediatamente firmó una declaración en que negaba haber difamado a Valle y los revolucionarios del 56. Esa declaración se mandó a los diarios, y creo que apareció publicada en Crónica. El segundo punto del juicio a Aramburu versó sobre el golpe militar que él preparaba y del que nosotros teníamos pruebas, lo negó terminantemente, Cuando le dimos datos precisos sobre su enlace con un general en actividad, dijo que era "un simple amigo". Sobre esto, frente al grabador, fue imposible sacarle nada. Pero apenas se apagaba el grabador compartiendo con nosotros una comida o un descanso, admitía que la situación del régimen no daba para más, y que sólo un gobierno de transición -para el que él se consideraba capacitado para ejercer- podía salvar la situación. Su proyecto era, en definitiva, el proyecto del GAN, que luego impulsaría Lanusse: la integración pacifica del peronismo a los designios de las clases dominantes. Es posible que las fechas se me confundan, porque los que llevamos el juicio adelante fuimos tres: Fernando, el otro compañero y yo. Ramus iba y venía continuamente a Buenos Aires. De todas manera yo creo que el tema de Evita surgió el segundo día del juicio, el 31 de mayo. Lo acusábamos, por supuesto, de haber robado el cadáver. Se paralizó. Por medio de morisquetas y gestos bruscos se negaba a hablar, exigiendo por señas qua apagáramos el grabador. Al fin, Fernando lo apagó. -Sobre ese tema no puedo hablar, dijo Aramburu, -por un problema de honor. Lo único que puedo asegurarles es que ella tiene cristiana sepultura. Insistimos en saber qué había ocurrido con el cadáver. Dijo que no se acordaba. Después intentó negociar: él se comprometía a hacer aparecer el cadáver en el momento oportuno, bajo palabra de honor. Insistimos. Al fin dijo: -Tendría que hacer memoria. -Bueno, haga memoria. Anochecía. Lo llevamos a otra habitación. Pidió papel y lápiz. Estuvo escribiendo antes de acostarse a dormir. A la mañana siguiente, cuando se despertó, pidió para ir al baño. Después encontramos algunos papelitos rotos, escritos con letra temblorosa. Volvimos a la habitación del juicio. Lo interrogamos sin grabador. A los tirones contó la historia verdadera: el cadáver de Eva Perón estaba en un cementerio de Roma, con nombre falso, bajo custodia del Vaticano. La documentación vinculada con el robo del cadáver estaba en una caja de seguridad del Banco Central a nombre del coronel Cabanillas. Más que eso no podía decir, porque su honor se lo impedía. Sentencia y ejecución Era ya la noche del 1ro. de junio. Le anunciamos que el Tribunal iba a deliberar. Desde ese momento no se le habló más. Lo atamos a la cama. Preguntó por qué. Le dijimos que no se preocupara. A la madrugada Fernando le comunicó la sentencia: -General, el Tribunal lo ha sentenciado a la pena de muerte. Va a ser ejecutado en media hora. Ensayó conmovernos. Habló de la sangre que nosotros, muchachos jóvenes, íbamos a derramar. Cuando pasó la media hora lo desamarramos, lo sentamos en la cama y le atamos las manos a la espalda. Pidió que le atáramos los cordones de los zapatos. Lo hicimos. Preguntó si se podía afeitar. Le dijimos que no había utensilios. Lo llevamos por el pasillo interno de la casa en dirección sótano. Pidió un confesor. Le dijimos que no podíamos traer un confesor porque las rutas estaban controladas. -Si no pueden traer un confesor -dijo-, ¿cómo van a sacar mi cadáver? Avanzó dos o tres pasos más. ¿Qué va a pasar con mi familia? preguntó. Se le dijo que no había nada contra ella, que se le entregarían sus pertenencias. El sótano era tan viejo como la casa, tenia setenta años. Lo habíamos usado la primera vez en febrero del 69, para enterrar los fusiles expropiados en el Tiro Federal de Córdoba. La escalera se bamboleaba. Tuve que adelantarme para ayudar su descenso. -Ah, me van a matar en el sótano-, dijo. Bajamos. Le pusimos un pañuelo en la boca y lo colocamos contra la pared. El sótano era muy chico y la ejecución debía ser a pistola. Fernando tomó sobre sí la tarea de ejecutarlo. Para él, el jefe debía asumir siempre la mayor responsabilidad. A mí me mandó arriba a golpear sobre una morsa con una llave, para disimular el ruido de los disparos. -General -dijo Fernando-, vamos a proceder. -Proceda -dijo Aramburu. Fernando disparó la pistola 9 milímetros al pecho, Después hubo dos tiros de gracia, con la misma arma y uno con una 45. Fernando lo tapó con una manta. Nadie se animó a destaparlo mientras cavábamos el pozo en que íbamos a enterrarlo. Después encontramos en el bolsillo de su saco lo que había estado escribiendo la noche del 31. Empezaba con un relato de su secuestro y terminaba con una exposición de su proyecto político. Describía a sus secuestradores como jóvenes peronistas bien intencionados pero equivocados. Eso confirmaba a su juicio, que si el país no tenía una salida institucional, el peronismo en pleno se volcaría a la lucha armada. La salida de Aramburu era una réplica exacta del GAN de Lanusse. Este manuscrito y el otro en que Aramburu negaba haber difamado a Valle, fueron capturados por la policía en el allanamiento a una quinta en González Catán. El gobierno de Lanusse no los dio a publicidad. Fuente: http://es.wikisource.org/wiki/Mario_Firmenich_y_Norma_Arrostito_cuentan_cómo_murió_Aramburu http://es.wikipedia.org/wiki/Revolución_Libertadora

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La mujer y su sueño (Para todos los lectores)
InfoporAnónimo10/9/2009

La mujer y su sueño Hace mucho tiempo, en una casa ubicada en una gran estancia alejada de la ciudad vivían los padres de Anna, Ian Spitzer y Sarah Gable. Ellos fueron muy estrictos con la educación de sus hijos. Padecían pesadillas durante las noches y tenían problemas mentales, que con el paso del tiempo afectaron a Anna en toda su infancia y adolescencia al igual que a sus hermanos. Los hermanos de Anna, se llamaban Johnny y George con quienes nunca tuvo buenas relaciones y se peleaban frecuentemente día y noche. Ambos se escapaban de la casa durante las noches y los padres casi nunca los buscaban. Ella sufría maltratos de sus padres por no pensar igual. Johnny, el hermano mayor de Anna tenía tendencias suicidas e intentó en varias ocasiones quitarse la vida y George tenía problemas con las drogas y el alcohol que nunca se los trato en un centro de rehabilitación. Anna estudió en la escuela primaria y secundaria, pero nunca estudió una carrera universitaria. Durante su niñez nunca le permitieron invitar amigos a la casa o ir a la de ellos; tampoco la dejaban viajar a la ciudad para conocer gente o a buscar trabajo. Mientras que sus hermanos se encerraban en sus cuartos sin saber que hacer, Anna comenzó a adoptar comportamientos extraños influenciados por los problemas mentales y las pesadillas de sus padres. En la madrugada del año 2006, se levantó de su cama para ir a buscar un arma que estaba guardada en el cajón de la habitación de su papá y la agarró con sus guantes de goma; se retiró del cuarto lentamente y se marchó a la cocina con el pretexto de que iba a beber agua. En cuanto llegó, sus padres estaban en la cocina discutiendo, se acercó lentamente y los mató con toda su furia y bronca. Posteriormente, fue a ver a su hermano Johnny que se encontraba en el garage tratándose de suicidar y George tomando drogas y alcohol. Mientras hacían sus cosas, apareció sigilosamente Anna y los mató con su escopeta sin decir nada. Ocurrido ésto, se llevó los cuerpos sin vida de Ian, Sarah, Johnny y George al subsuelo de la vivienda, los colocó a cada uno con el mayor de los cuidados en unos cajones grandes de madera que su padre construyo para cuando se muriera su familia. Concluido el trabajo, se fue a limpiar la sangre de la cocina y la del garage para no dejar rastros y decidió que nunca más volvería a ver a su familia asesinada en los cajones del subsuelo y cerró con llaves la puerta para que nadie pudiera acceder. Con el paso del tiempo, Anna nunca comentó a nadie sobre el asesinato de su familia y no se sentía arrepentida y no le importaba más el trágico caso. Después del asesinato a sangre fría de su familia, Anna Spitzer se casó y vivió con Arthur Marts, un hombre de 40 años de edad, que era ingeniero agrónomo y periodista que conoció en sus escapadas a la ciudad y que planeaba irse a vivir al campo de ella. Aparentaba ser una joven tranquila, simpática y retraída. Se consideraba una escritora prolífica por la cantidad de libros referidos a historias de terror, su género preferido. Arthur también se dedicaba escribir novelas y cuentos, además de la ingeniería agrónoma. Estudió periodismo en la Universidad de Yardbird, una institución privada y cara. En su tiempo libre, le gustaba leer y mirar televisión y trabajaba poco. Pero llevaba un cuaderno para anotar lo que pensaba de la vida y la propia. La familia Marts vivía en un campo apartado de las grandes ciudades y pueblos aledaños. Era tranquilo y con muchas hectáreas de tierra sin sembrar; no tenían vacas ni caballos en su estancia para cuidar. La casa donde vivía era grande, rodeada de un cerco de madera con una tranquera y estaba lejos de la ciudad. Por esto, ella nunca quiso mudarse a una ciudad grande o pequeña sino permanecer en su campo con Arthur, pues la tranquilidad y soledad eran sus prioridades. La pareja tenía un hijo con problemas mentales pero tranquilo y bueno, que hablaba solo durante la noche y a veces no regresaba a la casa, pero a la mujer no le importaba mucho y el marido le advertía que no salga de noche por lo que peligroso que era. En varias ocasiones, trató de matar a campesinos y productores que vivieron cerca de la estancia, porque creía que ellos eran los responsables de sus frecuentes pesadillas y no se animaron a denunciarlo por las amenazas. Arthur como Peter, no sabían que debajo de la casa había un subsuelo. Anna siempre guardaba las llaves del depósito en el cajón de su mesa de luz con cerradura para que nadie pueda abrirlo y robársela. Anna tenía una oficina con una biblioteca con muchos libros, revistas y álbumes con fotos de su familia. Asimismo, había una repisa con diarios y periódicos que se los compraba el marido cuando iba a la ciudad con su camioneta marca Ford color blanca. Ella era una ávida lectora y se sentaba a escribir con su maquina de escribir en su oficina día y noche. La oficina era su espacio de trabajo y tenía un televisor con un reproductor de DVD con sus películas en su armario. Luego, Anna había concluido con su trabajo y salió de su cuarto para ir a la cocina y preparar la comida; cuando terminó de cocinar, llamó a Peter y Arthur para que fueran a comer carne de conejo con arroz y ensalada de tomate y cebolla. La bebida consistió en vino tinto y agua mineral para Peter y de postre comieron unas frutas de la huerta del campo. Terminaron de comer, Anna fue al living a mirar una película de terror con su marido, pero Peter no le agradaba la idea y se fue directo a su cuarto a mirar televisión y pensar que haría durante la noche. Peter, en cambio, estaba en su cuarto mirando televisión y a la vez pensaba que haría durante la noche, pues no le gustaba dormir los día sábados sino merodear por la casa y hablar con gente muerta y hacer ruidos molestos. Después de que acabaran de ver la película, Anna se fue bañar y Arthur permaneció en el sillón pero se levantó y fue al garage a buscar unos papeles. De pronto, encontró una puerta que no conocía cerca de un armario con herramientas. Mientras ella se duchaba, intentó abrirla pero estaba cerrada con llaves, entonces fue buscarlas a la cocina pero no las encontró y se dirigió a su cuarto para ver si estaban. En ese momento, el cajón estaba semiabierto y las agarró con sumo cuidado para que nadie escuchara; salió del cuarto y caminando despacio, volvió al garage y se acercó para abrir la puerta cerrada. Una vez abierta y a punto de entrar, apareció Peter sorpresivamente y le pregunto a su papá que estaba haciendo. Lo acompañó hasta el desconocido subsuelo de la casa, entraron caminando lentamente para investigar el lugar minuciosamente hasta que hallaron cuatro cajas de madera cerradas con muchos clavos alrededor. -¿Por qué hay cuatro ataúdes aquí?- inquirió con miedo. -No lo sé, Peter-, respondió con un suspiro largo Arthur. Como no tenía nada a mano, pensó en volver al garage a buscar sus herramientas para quitar las tapas de los cajones. Mientras buscaba su caja de herramientas, Anna cerró la canilla de la ducha, se secó el cuerpo y el pelo de color castaño. Enseguida se fue a su habitación para cambiarse y luego ir a hablar con Arthur. Vestida y peinada se marchó al living a ver si estaba él. No lo encontró y fue a la cocina a tomar agua. Vio una puerta abierta y caminó para saber que estaba sucediendo. -¿Qué estás haciendo tú y Peter?-, preguntó atónita. -Encontré una puerta detrás de un estante que conduce a un subsuelo debajo del garage-, contestó tranquilo. -Y Peter apareció cuando iba a entrar solo. ¿Por qué no me contaste que había un subsuelo debajo de la casa?-, preguntó Arthur con curiosidad. -Esto es un secreto que nadie tenía que saber-, justificó con antipatía y bronca. -¿Qué hay adentro de los cajones?-, inquirió Arthur. -Mamá, ¿porque nunca nos dijiste que debajo de la casa hay un depósito?-, preguntó Peter. -No vuelvan ustedes a entrar aquí porque es mi depósito. Váyanse a sus cuartos a dormir que es tarde-, les advirtió con dureza a los dos. De esta manera, no quería que regresaran y abrieran las cajas de su familia asesinada. Se fueron a dormir a sus cuartos y Anna fue a cerrar la puerta con llaves del depósito subterráneo para que nadie vuelva a entrar, y se fue a dormir a su habitación con su esposo. Más tarde, Peter se quedó en el living sentado pensando como haría para entrar otra vez al misterioso depósito y se le ocurrió buscar las llaves que dejó sobre la mesa de la cocina su madre y poder saber que había dentro de esos cajones. Permaneció un rato descansando y esperando a que se acostaran sus padres para poder emprender su plan. Luego de descansar, se levantó y caminó lentamente por la casa para ir a tomar agua a la cocina, tomar las llaves para abrir la puerta del depósito y buscó una barreta para quitar la tapa de madera del cajón. A medida que los sacaba, escuchaba un ruido dentro del ataúd pero siguió con su terrible trabajo y de repente, los otros tres cajones comenzaron a hacer ruido y moverse solos sin que Peter se diera cuenta de lo que pasaba, pues él continuaba sacando los clavos como si todo estuviera tranquilo. Retirados los clavos del cajón rectangular, sacó la tapa con mucho cuidado y vio que era un joven llamado Johnny, con la cara sonriendo y los ojos muy abiertos, que le dijo que no estaba muerto y que se vengaría de su hermana porque el crimen que cometió. Entonces Peter comenzó a hablar con él y luego aparecieron sus padres y su hermano que salieron solos de sus cajones llenos de sangre y fueron a una caja fuerte escondida y que solo ellos conocían. En el depósito, Ian y Sarah se aproximaron a tomar las armas y salieron del subsuelo con Peter como rehén con una escopeta para ir al living. Recorrieron toda la casa para comprobar que nadie estuviera mirándolos y, cuando sintieron que tenía bajo control la situación, primero comenzaron a charlar y más tarde, le ordenaron a Peter que era lo que tenía que hacer. -¿Cómo te llamas?, – preguntó Ian. -Me llamo Peter y soy el hijo de Arthur y Anna. Qué quieren ustedes y quienes son-, preguntó Peter perturbador. -Somos la familia de Anna y nuestro propósito es vengarnos de ella porque nos mató hace muchos años-, explicó Ian sin ningún miedo. -A mi me interesa irme de aquí para siempre y no volver a ver a mis padres-, comentó Peter. -Tú no te iras de aquí y también serás asesinado-, espetó. -Deberás cerrar las puertas de la casa y apagar la luz living. George y Johnny se quedaran en la oficina con sus armas y saldrán cuando vean a Anna y el marido con vos. Yo estaré escondido con Sarah detrás del sillón y tú iras al cuarto de tus padres, con el motivo de que necesitas hablar con ellos de un asunto muy importante-, le explico Ian a Peter el plan. -Esta bien, pues yo siempre tuve deseos de matar gente. Cumpliré con su orden-, respondió suspirando. -Muy bien, señor Peter-, contestó alegre el señor Ian. -Puedo usar un arma-, preguntó Peter ansioso. -Solamente para traer a tus padres y me la entregas enseguida cuando estén en el living. -Vamos a rociar con combustible y prender fuego la casa para que no hayan rastros de nadie. Se retiró del living, caminó por los pasillos con su linterna en medio de la oscuridad hasta llegar a la pieza de sus padres. Abrió la puerta despacio, se aproximó a la cama, sacó su arma con una mano y los despertó apuntándoles en la cara a los dos. Se levantaron de la cama y acompañaron a Peter silenciosamente hasta el living donde se sentaron y esperaron para hablar. Llegaron al living, se sentaron dormidos en el sillón con almohadas mientras Peter fue a cerrar todas las puertas y apagar las luces sin que ellos se dieran cuenta y les reclamó que no hicieran nada. Y luego llamó a George y Johnny para salieran de la oficina, y después los padres de Anna salieron detrás del sillón con sus armas empuñadas y se sentaron al lado de Anna y Arthur. En este momento, Peter les dijo a sus padres que permanecieran quietos y no abrieran los ojos, se fue a encender la luz del living y ayudó a los hermanos de Anna a rociar combustible por toda la casa para que nadie resultara vivo. Terminado el trabajo, todos se reunieron y sentaron en los sillones del living mientras que Peter les pidió a sus padres que abrieran los ojos y vieran quienes estaban a su alrededor y hablaran antes de que fueran ejecutados. Entonces abrieron los ojos lentamente, observaron que las cuatro personas estaban sentadas cómodamente y apuntándoles desde los sillones. No entendían que pasaba en la casa. Ian se acercó y golpeó a Anna, le colocó cinta adhesiva en los brazos y piernas mientras que Sarah hizo lo mismo con Arthur. También los hermanos de Anna golpearon y maniataron a Peter para que no se escapara de la casa y, lo mataron a tiros sin ningún miedo. -¿Por qué nos mataste?-, preguntó Ian con dureza a su hija. -Los mate porque me maltrataban y peleaban siempre. No estoy arrepentida de lo que hice y si tuviera un arma en mis manos lo mataría de nuevo-, manifestó con furia. -Pero ahora estamos vivos y ustedes morirán. Nadie en esta casa saldrá vivo, pues arrojamos combustible por toda la casa para no dejar rastros-, respondió Ian. -Un plan inteligente, señor Ian. Pero usted también morirá por el incendio-, respondió Arthur. -Sí, señor. Efectivamente-, expresó Ian. En un largo silencio, los Marts estaban tensos y temblando; Ian y Sarah se preparaban para disparar al igual que Johnny y Georges. Pero antes de disparar, volvieron a recorrer la casa donde tiempo atrás habían vivido, con el motivo de arrojar más combustible en la oficina, las cuatro habitaciones, el baño, la cocina y el subsuelo. Retornaron al living con disimulada calma, pidieron que ambos digan sus últimas palabras antes de que fueran ejecutados. -Mátame, total ustedes también morirán-, respondió Anna con indiferencia. -Ustedes se quemaran vivos con nosotros-, expresó Arthur. -Sí, así como su hijo que esta sobre el piso con sangre y los míos-, agregó Ian. Las amenazas crecían a cada minuto y no soportaban más vivir esta pesadilla. En éste preciso momento, Ian, Sarah, Johnny y Georges apuntaron y dispararon contra la indefensa pareja a quemarropa sin miedo alguno. Les colocaron cinta adhesiva en la cara y los tiraron al piso junto a Peter. En seguida, buscaron unos fósforos en la cocina y agarraron varios de la cajita para luego lanzarlos por el suelo de cada sector de la casa. En cuanto los arrojaron, el fuego comenzó a quemar todo lo que había a alrededor y el resto de la casa. La familia Spitzer se suicidó antes de que fuera alcanzada por las llamas del fuego que los consumió poco a poco. El humo se hacía cada vez más evidente, hasta que se tornó el ambiente irrespirable. Fue cuando se Anna despertó y olía el humo de la ropa colgada cerca de la estufa. Anna que se encontraba en la cama pálida del susto, y con la mirada perdida. Tímidamente miró a los costados para ver que pasaba, y allí se dio cuenta que había tenido una pesadilla. No obstante, salió rápidamente de la cama para sacar la ropa que estaba cerca de la estufa para que no se quemara y se incendiara su habitación. Abrió la ventana de su cuarto para ver hacia el exterior y que entrara aire. Era una mañana con sol brillante y una leve brisa le arrimó una bocanada de aire fresco. Giró hacia la puerta y se encaminó al cuarto de Peter. Abrió despacio la puerta y comprobó que dormía plácidamente. Luego buscó a su esposo que se encontraba en la cocina preparando el desayuno para luego ir a trabajar la tierra. En fin, todo lo que soñó había sido una pesadilla producto de su niñez que no quiso volver a vivirla y repetirla. Fin ---------------------------------------------------------------------- Este es mi primer cuento que escribí. Me costó escribirlo pero lo logré. Espero que les guste y lo disfruten.

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Ingleses construyen aeropuerto clandestino en la Patagonia
InfoporAnónimo1/5/2009

Registrate y eliminá la publicidad! Está ubicado en el paralelo 42, allí compraron cinco mil hectáreas de campo sobre la costa de mar y allí se está construyendo una pista y nadie lo está deteniendo. Es en la zona protegida de Puerto Lobos, Provincia de Río Negro pero casi en el límite con Chubut... Según informó la diputada provincial por Río Negro del ARI, Magdalena Odarda, existe gran cantidad de irregularidades con tierras muy valiosas en la Patagonia. Así lo informó para La Política Online. Los datos que tiene planeado enviar a la ministra de Defensa Nilda Garré indican que el aeropuerto se estaría levantando en un campo que adjudicó al empresario inglés Joe Lewis, controvertido dueño del Lago Escondido. “El tema este de ubicar un aeropuerto en una zona estratégica, te digo que los que primero van a reaccionar y sorprenderse son los Veteranos de Malvinas, porque es un aeropuerto en manos de ingleses. No es broma. Está ubicado en el paralelo 42, allí compran cinco mil hectáreas de campo sobre la costa de mar y allí se está construyendo una pista y nadie lo está deteniendo. Es en la zona protegida de Puerto Lobos, Provincia de Río Negro pero casi en el límite con Chubut”, afirmó la diputada. Pero eso no es todo. También denunció la creciente aparición de avisos inmobiliarios en Inglaterra donde se ofrecen valles, lagos y ríos de la Patagonia con la novedad de que ahora se ofrecen tierras cerca del Océano Atlántico y no sólo en la región cordillerana. En el aviso, aparecido nada menos que en el diario inglés Financial Times, se ofrece en venta una estancia que incluye la naciente del río Foyel y “5 millas” del Alto Río Chubut. Se aclara que está a “sólo 60 millas pavimentadas” de Bariloche y el precio por sus casi 50 mil “acres” es de más de 16 millones de dólares. “Completa privacidad, gran vista de las montañas, y la oportunidad de ser propietario de un valle entero y del nacimiento del río Foyel. La estancia está a 60 millas pavimentadas al sur de Bariloche, justo por fuera de los límites del Parque Nacional Nahuel Huapi. La estancia comprende 47.880 acres, 8 millas del río Foyel y 5 millas del Alto río Chubut. Las mejoras incluyen un nuevo albergue y las habitaciones para los empleados que se completarán en el año 2008. Precio. U$S 16.500.000”, es el texto que aparece en la sección “House & Home” del prestigioso periódico. “La gravedad de dicho anuncio radica fundamentalmente en que está promocionando la venta de tierras, incluidas 8 millas del río Foyel, y 5 millas del Alto Río Chubut. Y lo más sorprendente es que invita a quien adquiera esta fracción de incomparable paisaje, a ser propietario del nacimiento del río Joyel”, aclara Odarda en su denuncia. Y aclara: “El Artículo 73 de la Constitución Provincial es claro y contundente al garantizar el libre acceso de todos los ciudadanos a los espejos de agua, tales como costa de mar, ríos, lagos, etcétera. Asimismo, establece el derecho a transitar por sus riberas, considerándolas, junto a los espejos de agua, bienes de dominio público, o sea, que pertenecen a la provincia de Río Negro y esencialmente a todos sus habitantes”. Nota de la "Redacción de El Malvinense". ---------------------------------------------------------------- Ya somos extranjeros en nuestra propia tierra. Y no le echemos toda la culpa a Gran Bretaña y a Estados Unidos, porque si no tuvieran el apoyo de los gobernantes de turno, nada podrían hacer. Fuera los ingleses de la Argentina, y muerte a todos los cipayos vende patria, comenzando desde el primero al último. No hace falta dar nombres, y tampoco alcanzarían las hojas para mencionarlos a todos. ¿Acaso creen que las Fuerzas Armadas argentinas desconocían que se está construyendo un aeropuerto en plena Patagonia? Esto seguramente cuenta con el aval del Ministerio de Defensa y de muchos otros funcionarios del gobierno provincia y nacional. Estamos por perder la Antártida, el Mar Argentino, y ahora, nuestra Patagonia. Todo, en manos de los británicos con la complicidad del gobierno nacional. Si quiere dejar su opinión puede enviar un e-mail a: info@malvinense.com.ar COPYRIGHT (c) 2007 ELMALVINENSE. Todos los derechos reservados. Capital Federal-Buenos Aires-Argentina. Se permite la reproducción mencionando la fuente. Fuente: http://frentedefensordelpueblo.blogspot.com/2008/05/ingleses-construyen-aeropuerto.html

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La cuenta secreta del "Doctor Muerte"
InfoporAnónimo12/15/2008

El hijo de Aribert Heim, el "Carnicero de Mauthausen", relata cómo se descubrió su fortuna. Meses atrás estuvo en la región buscando al nazi Efraim Zuroff, del centro Simón Wiesenthal. Alexander Dettling, el policía de Stuttgart que dirigía la búsqueda del criminal nazi Aribert Heim, descolgó el teléfono en marzo de 1997 e hizo una llamada en la que había depositado esperanzas. Marcó el número de Rüdiger, el hijo del Doctor Muerte, y le tendió el anzuelo: "Quiero comunicarle la existencia de una cuenta a nombre de su padre en Berlín por valor de 1.400.000 marcos alemanes. No quiero comprarle, pero si su padre está muerto sus herederos cobrarán este dinero". Rüdiger Heim, de 52 años, hijo del Carnicero de Mauthausen, donde permanecieron presos unos 8.000 españoles, describe así cómo él y su madre se enteraron de la existencia de una cuenta corriente en un banco alemán que se ha presentado como la última pista para localizar al hombre que asesinó a miles de judíos. "Al día siguiente, el abogado Karlheinz Sendke, tutor en ausencia del Tribunal de Tutelas de Berlín, me confirmó la existencia del dinero", relata Rüdiger al diario español El País. Lo hizo mediante una carta en la que le informaba de que la cuenta administraba entonces 1,4 millones de marcos procedentes de la venta del terreno Tile-Wardenberg-Strasse. Y añadía: "Por desgracia, aquí se desconoce si su padre está aún con vida. Si su padre hubiera fallecido, le agradecería que se ponga en contacto conmigo. Tan pronto su muerte sea comprobada por nosotros se desbloquearía el dinero y pertenecería a sus herederos". La cuenta berlinesa de Heim tenía entonces más de nueve años de antigüedad. Se abrió en 1988; pero según asegura ahora su hijo, nunca se comunicó su existencia a la familia, ni a su abogado, ni a la prensa. El origen de aquella suma es una casa en Berlín, con 34 apartamentos de alquiler, que el Doctor Muerte había comprado en 1958. Desde 1979, año en que se formalizó contra el criminal la acusación del Tribunal de Baden-Baden, la casa estuvo embargada por la justicia alemana para lograr que el fugitivo, huido desde 1962, se entregara. Un tribunal en Berlín, facultado para expropiar a viejos nazis y creado por los aliados al terminar la Segunda Guerra Mundial, le había multado con 510.000 marcos alemanes, el valor estimado del edificio en aquella época. "Desde entonces, este abogado nombrado por el tribunal administró la casa de mi padre. La tutela en ausencia fue necesaria porque el Tribunal de Baden-Baden no consintió la venta de la casa para pagar aquella multa. Quizá para garantizar futuros gastos administrativos que querían cobrarle una vez capturado. Nosotros siempre pensamos que el patrimonio de mi padre estaba perdido", explica su hijo. En 1988, los inquilinos de la casa de alquiler protestaron por el estado del edificio, pero el embargo de la casa impedía su restauración. La presión de los vecinos logró que el Tribunal de Baden-Baden levantara la confiscación y vendiera el edificio de Heim. El precio de venta superó el valor estimado en 1979, y el excedente fue de nuevo embargado por el Tribunal de Jurados de Baden-Baden. El dinero se invirtió en fondos líquidos y acciones. "Así nació la famosa cuenta de mi padre, de la que nunca supimos nada hasta la llamada de ese policía en 1997. Creían que mi padre ya habría muerto y utilizaron esa táctica para cerrar el caso. La policía se fabricó ella misma un indicio que tenía desde hacía 10 años. Jamás, ni mi hermano ni yo, hemos reclamado ese dinero", afirma Rüdiger. Rüdiger Heim asegura tener vagos recuerdos de su padre. "Algún que otro flash", dice. Cuando el nazi huyó, él tenía seis años y medio. "Mi madre me dijo que mi padre tenía que trabajar en un hospital en Berlín. Yo la creí porque sólo era un niño. A los 15 años me empecé a hacer preguntas y comprendí que pasaba algo. Fue muy duro". El Carnicero de Mauthausen conoció a su mujer en 1948 y un año después se casaron. Los dos trabajaban como médicos. "Mi madre no sabía nada de su historia y no sospechó porque no se ocultaba. Prueba de ello es que en 1948 jugaba en un equipo de hockey sobre hielo y quedaron subcampeones de Alemania. Los nombres de todos los jugadores salían en los periódicos. Se exponía al público. Publicaba trabajos en revistas médicas y estaba en contacto con médicos españoles y norteamericanos", recuerda su hijo. El matrimonio Heim se instaló en 1955 en Baden-Baden. Lo hicieron en casa de los padres de ella. Allí trabajó como ginecólogo hasta 1962, el año de su fuga. "Nunca fue detenido. Mi tía, una hermana de mi padre, me contó que en 1961 un policía alemán vino a identificarlo a casa y que él le dijo: ´Sí, soy Aribert Heim y trabajé en Mauthausen´. En aquella época empezaron en Alemania los juicios de Auschwitz. Algunos testigos acusaban a mi padre. Había miles de casos con acusaciones de todo tipo. En 1962 se dictó su búsqueda y captura. Contactó con un abogado para saber qué podía hacer y huyó. Ésa es la versión que he recibido de mi familia". Rüdiger Heim declina dar detalles sobre las causas del divorcio de sus padres. Una separación legal que sucedió en 1967, cinco años después de su desaparición. "Es algo íntimo, pero usted comprenderá que él ya no estaba. Se había ido". Su madre inició una nueva relación sentimental que todavía perdura. Madre e hijo viven juntos en su casa de Baden-Baden. ¿Han recibido ustedes alguna noticia de su padre durante estos 46 años de ausencia? "Entre 1963 y 1967 aparecieron en el buzón de casa dos cartas, supuestamente de él, donde decía: ´Estoy bien´. Desde entonces nunca más hemos vuelto a saber nada. En 2005 recibimos una carta parecida, pero era sólo una provocación. Venía a nombre de mi madre y estaba fechada en un pueblecito de la Costa Azul francesa donde se refugiaron muchos alemanes que huían del nazismo. No supimos nada de su paradero. Nunca hemos dicho que haya muerto. No quiero especular. El fiscal dice: ´El caso estará cerrado cuando tenga sobre mi mesa el cadáver de Heim´. Yo pienso igual". A principios de 2005, Efraim Zuroff, cazanazis del Centro Simón Wiesenthal, presentó en Berlín la Operación Last Chance (la última oportunidad), y la vieja cuenta de Heim, embargada por el Tribunal de Baden-Baden en 1988, volvió a la actualidad. Ese mismo año, el Tribunal de Jurados de esa ciudad alemana envió una comisión rogatoria a España y otra a Suiza para que se investigaran supuestos pagos en favor del Doctor Muerte. La policía alemana seguía una pista falsa: el rastro de los 300.000 euros que Rüdiger entregó al pintor italiano Tano Pisano y a su esposa francesa Blandine Pellet, establecidos en Palafrugell (Girona), un matrimonio que desconocía que su amigo era hijo del criminal nazi. Aquellos pagos no eran para abonar los gastos de una residencia de ancianos en el Levante español, donde supuestamente vivía el criminal nazi, sino para la compra de cuadros, con los que Rüdiger decora edificios en Alemania. Rüdiger asegura que los Mossos d´Escuadra presionaron a sus clientes para que le convencieran de que colaborara. "En la comisaría les dijeron que en caso contrario sus nombres saldrían en la prensa. Me pasaron el teléfono y el propio policía que llevaba el caso me dijo que tenían un problema con la prensa. Que yo podría ayudar a mis amigos. Bastaría decirles dónde se encuentra Aribert Heim. No fui nada diplomático y le pregunté si en España estaban bajo el mando de la prensa o de la Constitución". Las investigaciones abiertas en España y Suiza resultaron un fiasco. Los pagos eran legales, estaban justificados y nadie había tocado un marco de la vieja cuenta del Carnicero de Mauthausen porque continúa embargada. El Tribunal de Baden-Baden lo reconoce en un documento fechado el pasado 18 de julio. "Hace pocos días, la policía llamó a un primo mío", comenta Rüdiger. El caso sigue abierto. JOSÉ MARÍA IRUJO EL PAÍS INTERNACIONAL -------------------------- Fuente: Diario Río Negro http://www.rionegro.com.ar. Link de la página: http://www.rionegro.com.ar/diario/2008/12/15/1229304554185.php

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