franu
Usuario (Jamaica)
El mundo|Martes, 13 de Enero de 2009 OPINION Continuidades Por Boaventura de Sousa Santos * Todo hace pensar que el 2008 no terminó el 31 de diciembre. El tiempo inerte del calendario deja paso al tiempo incierto de las transformaciones sociales. Mucho de lo que se desencadenó el año pasado va a proseguir, sin solución de continuidad, en 2009 y más allá. Analicemos algunas de las principales continuidades. ¿Crisis financiera o noche de gala de las finanzas? Los últimos cuatro meses revelaron claramente las dos partes en que el mundo está dividido: el mundo de los ricos y el de los pobres, separados pero unidos para que el mundo de los pobres continúe financiando al de los ricos. Dos ejemplos. Hoy se habla de crisis porque alcanzó al centro del sistema capitalista. Hace treinta años que los países del llamado Tercer Mundo atraviesan una crisis financiera y para resolverla solicitan, en vano, medidas muy similares a las que ahora generosamente son adoptadas por los Estados Unidos y la Unión Europea. Por otro lado, los 700 mil millones de dólares del salvataje están siendo entregados a los bancos sin restricción alguna y no llegan a las familias que no pueden pagar la hipoteca o la tarjeta de crédito, que pierden el empleo y congestionan los bancos de alimentos. En el país más rico del mundo, uno de los grandes bancos rescatados, el Goldman Sachs, declaró en su informe fiscal que el último año apenas pagó el uno por ciento de impuestos. Mientras tanto, fue apoyado con dinero de los ciudadanos que pagan entre un 30 y un 40 por ciento de impuestos. A la luz de esto, los ciudadanos de todo el mundo deben saber que la crisis financiera no está siendo resuelta en su beneficio y que eso será evidente en este 2009. En Europa, los jóvenes griegos fueron los primeros en darse cuenta y cabe esperar que no sean los únicos. Zimbabwe: el fardo neocolonial. La crisis de Zimbabwe es la mejor prueba de que las cuentas coloniales todavía siguen impagas. Su importancia reside en que la cuestión subyacente –la cuestión de la tierra– podría estallar próximamente en otros países, en Africa del Sur, Namibia, Mozambique, Colombia, etc. Cuando Zimbabwe se independizó, en 1980, unos 6 mil agricultores blancos poseían 15,5 millones de hectáreas, en tanto 4,5 millones de agricultores negros apenas poseían 4,5 millones de hectáreas, casi todas de tierra árida. Los acuerdos de la independencia reconocieron esta injusticia y establecieron el compromiso de Inglaterra de financiar la redistribución de las tierras. Pero eso nunca sucedió. Robert Mugabe es un líder autoritario que suscita muy poca simpatía y cuyo poder puede estar llegando a su fin, pero hasta ahora su supervivencia se asienta en la idea de justicia anticolonial, con la que los zimbabuenses están de acuerdo, incluso quienes consideran incorrectos los métodos de Mugabe. Recientemente se habló de una posible intervención militar, una cuestión que divide a los africanos y en la que, una vez más, los Estados Unidos podrían meter la mano (con el recién creado Comando Africano). Sería un error fatal no dejar que siga su curso la diplomacia africana. Sesenta años de derechos poco humanos. La celebración en 2008 del 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dejó un sabor amargo. Los avances tuvieron lugar más en los discursos que en las prácticas. La inmensa mayoría de la población mundial no es sujeto de derechos humanos, antes es objeto de derechos humanos, objeto de discursos por parte de los reales sujetos de derechos humanos, los gobiernos, las fundaciones, las ONG, las iglesias, etc. Será preciso un año mucho más largo que el 2008 para revertir esta situación. Cuba: ¿el comienzo de la transición? Pese a que los cincuenta años de la Revolución Cubana se celebran este año, en 2008 se habló mucho de Cuba. La enfermedad de Fidel Castro planteó la cuestión de la transición. ¿Desde dónde y hacia dónde? Va a ser otro tema del largo 2008, más importante para el futuro del mundo de lo que puede imaginarse. Porque si es posible decir que Europa y Norteamérica serían lo que son aun cuando no hubiera sucedido la Revolución Cubana, no puede decirse lo mismo de América latina, de Africa y Asia, o sea, de las regiones del planeta donde vive cerca del 85 por ciento de la población mundial. La dolorosa verdad es que Cuba se transformó en un problema difícil para la izquierda socialista mundial y, particularmente, para la de Latinoamérica. Decir que Cuba es un problema difícil para la izquierda implica aceptar tres ideas: que, en su estado actual, Cuba dejó de ser una opción de izquierda viable; que los problemas que enfrenta, sin ser insuperables, son de difícil solución; y que, si esos problemas fueran resueltos en los términos de un horizonte socialista, Cuba podría volver a ser un motor de renovación de la izquierda, pero sería entonces una Cuba diferente, que podría construir un socialismo diferente del que fracasó en el siglo XX y, de ese modo, contribuir a la urgente renovación de la izquierda mundial, una renovación sin la cual la izquierda no entrará en el siglo XXI. ¿Un réquiem por Israel? El aspecto más trágico del largo 2008 está ocurriendo en Palestina, con la más reciente y más brutal masacre del pueblo palestino cometida por las fuerzas de ocupación israelíes, que cuentan, más allá del poderío militar, con la complicidad criminal del mundo occidental. Esta complicidad está hecha de silencio, hipocresía y una grotesca manipulación de la información que transforma a los ocupantes en ocupados, a los agresores en víctimas, a la provocación ofensiva en legítima defensa. El Estado de Israel constituye el más reciente (nunca el último) acto colonial de Europa, tanto por las condiciones en que fue creado como luego apoyado por Occidente. Hace sesenta años, unos 750 mil palestinos fueron expulsados de sus tierras ancestrales y condenados a una ocupación sangrienta y racista para que Europa expiase el repugnante crimen del Holocausto contra el pueblo judío. Hoy es evidente que, para los sionistas de Israel, el verdadero objetivo, la solución final de la cuestión palestina es el exterminio del pueblo palestino, y es eso lo que está en curso. ¿Habrán olvidado que las “soluciones finales” terminan siempre con la eliminación de quienes intentan realizarlas? ¿No temen que muchos de los que defendieron la creación del Estado de Israel hoy se cuestionen si, en estas condiciones –y repito, en estas condiciones–, el Estado de Israel tiene derecho a existir? * Doctor en Sociología del Derecho; profesor de la Universidad de Coimbra (Portugal) y de la Universidad de Wisconsin (EE.UU.). Traducción: Javier Lorca. FUENTE http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-118111-2009-01-13.html
"En la década del sesenta publiqué un estudio sobre este ser humano que titulé: “Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?”, en la revista Todo es Historia, que dirigía Félix Luna, fallecido hace unas horas. Siempre le agradeceré a Falucho Luna ese gesto, de permitirme publicar en sus páginas investigaciones sobre los héroes libertarios que actuaron en nuestro país en las primeras décadas del siglo pasado." Osvaldo Bayer Ese primero de mayo de 1919 amaneció frío pero con sol; luego hacía el mediodía se iría nublando como presagiando tormenta. Tormenta que no sería de truenos y relámpagos sino de balazos, sangre y odio. Los diarios no traían muchas novedades, salvo el nacimiento de Juliana, la princesa heredera de Holanda, y del estreno en el Odeón de “Casa paterna” con Emma Grammática como primera actriz. Pero más de un lector habrá leído con un poco de zozobra dos pequeños anuncios que parecían tener pólvora en cada una de sus letras. Se anunciaban dos actos obreros: uno organizado por la Unión General de Trabajadores (socialistas), que cita a las 3:00 p.m.: hablarán A Mantecón y Alfredo L palacios: el otro, es el de la FORA (anarquista) que invita a la concentración en Plaza Lorea para marchar por Avenida de Mayo, Florida hasta Plaza San Martín y de allí por Paseo de Julio hasta la Plaza Mazzini. Con los socialistas no va a pasar nada, ya es sabido, pero… ¿y los anarquistas? El país vive una situación interna bastante difícil. Gobierna Figueroa Alcorta un mundo que se va y una irrupción incontenible: la masa de la nueva raza argentina, la inmigración y sus descendientes. Las bombas, el cientificismo, las ideas económicas, todo repercute en Buenos Aires que se está estirando cada vez más, que cada vez más se parece a una ciudad Europea. Enseguida después de mediodía La Plaza Lorea comienza a poblarse de gente extraña al centro: mucho bigotudo, con gorra, pañuelo al cello, pantalones parchados, mucho rubio, algunos pecosos, mucho italiano, mucho ruso y bastantes catalanes. Son los anarquistas. Llegan las primeras banderas Rojas: ¡Mueran los burgueses! ¡Guerra a la burguesía! Son los primeros gritos escuchados. Llegan estandartes rojos preferentemente con letras doradas. Son las distintas “asociaciones” anarquistas. A las 2 de la tarde la plaza ya está bien poblada. Hay entusiasmo, se oyen gritos, vivas, cantos y un murmullo que va creciendo como una ola. El momento culminante lo constituye la llegada de la asociación anarquista “Luz al Soldado”. Parece ser la más belicosa. Han llegado por la calle Entre Ríos y según los partes policiales a su paso han roto vidrieras de panaderías que no cerraron sus puertas en adhesión al Día del Trabajo, han bajado a garrotazos a guardas y motoristas de tranvías y han destrozado coches de plaza y soltado los caballos. Pero falta la otra piedra del yesquero para que se origine la chispa. En avenida de Mayo y Salta se detiene de improvisto un coche. Es el coronel Ramón Falcón, jefe de policía. La masa lo reconoce y ruge: ¡Abajo el coronel Falcón! ¡Mueran los cosacos! ¡Guerra a los burgueses! Las banderas y los estandartes se agitan. Falcón se yergue. Su rostro impasible mide la masa. No es un gesto de cinismo no de compadrada. En ese momento está calculando las fuerzas enemigas, como un general en la batalla. Falcón es un militar de los de antes, un sacerdote de la disciplina. Severo, impertérrito, incorruptible, “Es un perro”, dirán los subordinados que pertenecen a la categoría de los flojos. Pero lo dirán con miedo. Falcón, en una oportunidad, como única respuesta a un petitorio de suboficiales de policía, los reúne a todos en el patio del departamento central, le arranca las jinetas al cabecilla y lo saca a empujones a la calle para que nunca más vuelva. Así es Falcón. Es viudo, sin hijos, no tiene vicios ni lujos. No habla nunca de sí mismo. Sólo de vez en cuando le gusta decir que él es descendiente de moros y que su apellido tiene dos cualidades guerreras: falcón es una especie de cañón usado antiguamente y a la vez quiere decir halcón. Ahí está el hombre enjuto, sin carnes, de mirada de halcón frente a esa masa que a su criterio es extranjera, indisciplinada, sin tradiciones, sin orígenes, antiargentina. Los insultos caen sobre el rostro de Falcón como una lluvia fina que apenas moja. Hay oficiales que se muerden los labios de rabia por no poder emprenderla a palos contra la turba. Falcón habla brevemente con Jolly Medrano, jefe del escuadrón de seguridad, y se retira. Minutos después ocurre el choque. Como siempre, las versiones serán contradictorias. La policía dirá que fue atacada por los obreros y los obreros dirán que la represión comenzó sin previo aviso. Pero lo cierto es que el es una de más grandes tragedias de nuestras luchas callejeras. Alguien prende la mecha y dispara un tiro. Se desata el tiroteo. Se lucha a balazo limpio. Ataca la caballería. Los obreros huyen, pero no todos. Hay algunos que no retroceden, ni siquiera buscan el refugio de un árbol. Luchan a cara limpia. Es una época donde muchos son los trabajadores que quieren ser mártires de las ideas. Después de media hora de pelea brava la plaza queda vacía. El pavimento esta sembrado de gorras, bastones, pañuelos… y 36 charcos de sangre. Son recogidos tres cadáveres y 40 heridos graves. Los muertos son: Miguel Bech, español, de 72 años, domiciliado en Pasco 932, vendedor ambulante; José Silva, español, de 23 años, Santiago del Estero 955, empleado de tienda, y Juan Semino, argentino, de 19 años, peón de albañil. Horas después morirán Luís Pantaleone y Manuel Fernández, español, de 36 años, guarda de tranvía. Los heridos son casi en su totalidad de nacionalidad, española, italiana y rusa. La conmoción de la ciudad es tremenda. Falcón no se duerme, hace detener de inmediato a 16 dirigentes anarquistas y clausura todos los locales de esa tendencia. La policía informa que llama la atención la forma en que han actuado los elementos rusos que forman parte de la masa cosmopolita de obreros. En el sumario policial han sido agregados manifiestos escritos “En lengua hebrea que encierran una propaganda violentísima”. Según la policía “se aconseja en ellos el asesinato y saqueo de la masa pública”. Y para dar más verismo a estos asertos, se informan oficialmente cosas como está: “al herido Jacobo Besnicoff, ruso de 22 años, no se le pudo tomar declaración porque no sabe castellano” El sector obrero también reacciona: los socialistas se unen a los anarquistas y declaran el paro general por tiempo indeterminado. Lo levantarán solamente si renuncia Falcón. Todo el ataque se centra en el jefe de policía. La población, ese domingo, espera con temor el día siguiente. Se dice que reinará el terror en las calles, que los anarquistas no permitirán que nadie cumpla con su trabajo. Pero en la mañana del lunes nace una esperanza: los diarios aparecen igual a pesar de que la Federación Gráfica Bonaerense se ha adherido al paro. Es decir, el gobierno ha logrado romper ya la unidad de movimiento. A medida que avanzan las horas se va notando que el paro sólo tiene un éxito parcial. Se suceden los hechos de violencia: motoristas de tranvías con atacados y malheridos y un capataz de la playa de los mataderos es asesinado por los huelguistas. En Cochabamba 3055 es asaltada la fábrica Vasena por un grupo de obreros, pero éstos son rechazados. Cinco mil personas se agrupan frente a ka morgue para reclamar los cadáveres de los anarquistas muertos. Ante el pedido obrero de que renuncie Falcón, el presidente Figueroa Alcorta responde en forma contundente: “Falcón va a renunciar el 12 de octubre de 1910, cuando yo termine mi período presidencial”. La policía informa que fueron detenidos “nueve rusos nihilistas” y “La prensa” relata en forma patética las declaraciones de la esposa del anarquista Fernández, muerto en Plaza Lorea. Dice Antonia Rey de Fernández que ya hace tres años que se había separado de su esposo debido a las “ideas violentas de éste”. A medida que pasan los días se va desinflando el paro general. Los anarquistas demuestran que son anarquistas hasta en la organización. Pero eso sí, los políticos y las clase alta y media son sorprendidos por la extraordinaria manifestación de duelo constituida por la columna de 60.000 obreros que acompañan al cementerio los restos de los compañeros caídos. Y es justo a la salida del cementerio -pero el de la Recoleta- en donde tendrá lugar el segundo acto del drama. El coronel Falcón vuelve en su milord luego de haber asistido a las exequias de su amigo Antonio Ballvé, director de la Penitenciaría Nacional y viejo funcionario policial. Falcón está apesadumbrado pero no es hombre flojo. Más bien está pensando en el informe que acaba de presentar al ministro del interior, sobre la base de lo investigado por el comisario de la sección Orden Social, José Vieyra. Tema: actividades anarquistas. Allí se da cuenta de la indagación realizada para prevenir y hacer frustrar el atentado criminal que intentó realizar el anarquista Pablo Karaschin en la capilla, del Carmen. En el momento en que iba a depositar una bomba en la nave principal fue sujetado por Fernando Dufraichou y Rafael Grisolía. Falcón sabe que Karaschin -que vivía con su esposa y dos hijitas en la empresa de limpieza “La Española”, Junín 971- es jefe de un grupo de activistas terroristas. Por eso, en pocos días piensa someter a la consideración del ministro Avellaneda las medidas que a su juicio es imprescindible tomar para prevenir hechos análogos. El coche sigue avanzando despaciosamente. Ahora ha tomado por la avenida Quintana. Lo conduce el italiano Ferrari, buen cochero que ingresó en la repartición en 1898. Al lado de Falcón el joven Alberto Lartigau, de 20 años de edad, único varón de una familia de nueve hijos, y que ha sido puesto por su padre como secretario privado de Falcón para que al lado de éste “se haga hombre”. Desde la tragedia de Plaza Lorez, en mayo de ese año, muchas son las amenazas que se ciernen sobre Falcón. Los anarquistas lo han señalado como su principal enemigo. Y todos saben como se las gastan los anarquistas. Pero Falcón no teme. Va a todos lados sin custodia. Y siempre está en todos los lugares de peligro. Pero está vez está preocupado por el grupo de Karaschin. ¿Se quedarán tranquilos ahora que el jefe está entre rejas? ¿O buscaran vengarse con un golpe sensacional? El coche ya dobla por la avenida Callao rumbo al sur. Y es en ese momento que dos hombres -el chofer José Fornés, que conduce un automóvil detrás del coche de Falcón, y el ordenanza Zoilo Agüero del ministro de Guerra- observan que un mocetón con aspecto de extranjero comienza a correr a toda velocidad atrás del carruaje del jefe de policía. Lleva algo en la mano. ¿Qué habrá pasado, se habrá caído algo del coche y el muchacho quiere devolverlo? ¿Por qué no grita para llamar la atención? Pero ahí está la verdad. Al doblar el coche, el desconocido se acerca en línea oblicua y arroja el paquete al interior del mismo. Medio segundo después la terrible explosión. El terrorista mira para todos lados y comienza su huida hacia la avenida Alvear. Después del primer momento de sorpresa, Fornés baja del coche secundado por Agüero comienza a correr al desconocido, que les lleva unos 70 metros. Dan grandes voces y se les van engrosando más perseguidores, entre ellos los agentes Benigno Guzmán y Enrique Muller. El perseguido corre desesperadamente, quema todas sus fuerzas para ganar un metro de distancia: sabe muy bien que la gente lo linchará o lo matará a tiros. Ya siente el gusto de la muerte en la lengua y en los pulmones que le revientan de fatiga. Dobla por avenida Alvear y ve una obra en construcción. Hacia ella se dirige como si hubiera encontrado refugio, un nido donde esconder por lo menos la cabeza. Se para. Ya tiene encima a sus perseguidores. Saca un revólver y comienza a correr nuevamente. Y así a la carrera se dispara un tiro sobre la tetilla derecha y cae redondo sobre la acera. Falcón es de los que saben morir. El también ha ido en el coche al muere. Los anarquistas saben preparan bombas y está no ha fallado. Ha sido lanzada con maestría. Ha caído ha espaldas del cochero y a los pies de Falcón y Lartigau. Al explotar ha desgarrado músculos, roto arterías y venas, cortado nervios y se ha adentrado bien en la carne antes de que las víctimas se dieran cuenta de lo que ocurría. Falcón siempre creyó que su cara y su mirada de halcón pararían la mano de cualquiera que atentara contra su vida. Pero es que ni le han dado la voz de alto. Ni siquiera él ha podido decir: “¡soy el coronel Falcón!”. Su barranca Yaco está allí, en avenida Quintana y Callao. Y allí se desangra por sus piernas desgarradas y rotas, allí, tirado en la calle hasta que algún acomedido le trae un colchón. Es curioso. El estampido ha sido terrible y sin embargo apenas si los caballos dieron un salto, hociquearon y respondieron a las riendas del asustado italiano Ferrari. Mientras tanto Lartigau y Falcón se habían deslizado por el boquete abierto por la bomba en el piso del coche y habían caído a la calle. La sangre que fluía por las heridas hechas por decenas de clavos y recortes de hierro los iba rodeando igual que las caras de los despavoridos curiosos. Falcón no pierde el conocimiento. Tirado sobre el colchón que le han traído señala con ademán autoritario que lo atiendan primero al “joven Lartigau”. A la pregunta de los curiosos responde “No es nada, ¿hubo más herido?”. La sangre que pierde es mucha. Mientras esperan la ambulancia de la Asistencia Pública, dos o tres vecinos tratan de vendarle las destrozadas piernas con vendas y trozos de sabanas. A Lartigau, que ha perdido el conocimiento, lo llevan al sanatorio Castro, muy cerca de allí. Llegan las ambulancias. Conmueve ver a todos esos hombres que se esfuerzan por levantar el colchón con el hombre herido y meterlo en el coche. Llegan al consultorio central y los médicos que lo atienden no ven otra salida que amputarle la pierna izquierda a la altura del tercio superior del muslo. Pero ya es tarde, Falcón está ya casi vacío de sangre. No aguanta el shock traumático y expira a las 2 y cuarto de la tarde. La juventud de Lartigau se defiende más. Sus heridas son tan profundas como las de Falcón pero igual le han tenido que amputar una pierda -a él la derecha- y la pérdida de sangre ha sido tremenda. Aguanta hasta las 8 de la noche. Los dos serán velados en el departamento central. Pocas veces Buenos Aires asistirá a una expresión de duelo tan grande. Con delegaciones policiales de todo el país y del exterior. El ejército argentino y la policía lo han tomado como una afrenta. Y por eso para ellos no habrá jamás perdón para el asesino. Pasarán muchos años pero la consigna seguirá siempre fresca: no habrá perdón para el asesino de Falcón. Consigna que sólo logrará quebrar un cabezadura: Hipólito Yrigoyen. El terrorista ha caído en la calle. Pero lo levantan del pelo y de la ropa. Lo dan vuelta y lo acuestan cara al sol. Es desagradablemente blanco, el pequeño bigote es rojizo, medio lampiño, las facciones huesonas, mandíbula de boxeador, ajos aguachentos y las orejas grandes tipo pantalla. Indudablemente es ruso, un anarquista, un obrero. Ahí está tirado, resollando como un chancho jabalí cercado por los perros. Lo insultan. Le dicen “ruso de porquería” y algo más. El tiene los ojos bien abiertos, asustados, esperando recibir la primera patada en la cara. Está perdido y por eso no pide perdón sino que grita dos veces seguidas: “¡Viva el anarquismo!”. Cuando los agentes Muller y Guzmán le dicen “ya vas a ver lo que te va a pasar”, responde en un castellano quebrado y gangoso: “No me importa, para cada uno de ustedes tengo una bomba”. Son las últimas dentelladas del animal acorralado. Pero la policía hace una excepción. No cumple con la ley no escrita de vengar la muerte de uno de los suyos. Aparece el subcomisario Mariano T Vila de la comisaría y ordena cargarlo en un coche de plaza y llevarlo al hospital Fernández porque el terrorista está perdiendo mucha sangre por el costado derecho del pecho. Al registrar sus ropas le encuentran otra arma: una pistola máuser que tiene en la cintura que tiene a la cintura. Lleva un cinto charolado que contiene balas de revólver y cuatro cargadores con nueve balas cada uno del calibre nueve. El hombre había ido dispuesto a todo. En el hospital Fernández lo revisa el médico de guardia y el diagnostico es: herida leve en la zona pectoral derecha. Con una vendas provisorías, el preso es enviado al calabozo de la comisaría 15ª rigurosamente incomunicado. Los interrogatorios se suceden pero el terrorista no habla. Sólo ha dicho que es ruso y que tiene 18 años de edad. De ahí no lo sacan. El parte policial sólo se complementa con las prendas de vestir del detenido: “Viste saco azul marino, pantalón negro, botines de becerro, sombrero chambergo negro, usa corbata verde con cuello volcado de camisa de color, no teniendo ningún papel por el cual pudiera descubrirse su identidad”. Reina intranquilidad en el gobierno. El presidente, los ministros y altos jefes militares son custodiados para evitar ser víctimas de nuevos atentados. Figueroa Alcorta establece el estado de sitio y a los diarios se les prohíbe terminantemente cualquier información sobre el preso y sobre actividades anarquistas. Luego de varios días de febril trabajo, la policía logra identificarlo: se trata de Simón Radovitzky o Radowitzky, ruso, domiciliado en el conventillo situado en la calle Andes 194. Llegó al país en marzo de 1908 dirigiéndose a Campana donde se empleó de obrero mecánico en los talleres del ferrocarril Central Argentino. Posteriormente regresara a Buenos Aires, donde trabajara de herrero y mecánico. Son solicitados antecedentes a las embajadas argentinas y el entonces ministro argentino en París, doctor Ernesto Bosch, contesta que Radowitzky ha participado en disturbios en Kiev, Rusia, en 1905 y que por ello fue condenado a 6 meses de prisión. En esos disturbios recibió heridas de las que le quedaron cicatrices. Además, el informe contiene algo muy interesante. Señala que Radowitzky pertenece la grupo ácrata dirigido por el intelectual Petroff, juntamente con los conocidos revolucionarios Karaschin (el del atentado en el funeral de don Carlos de Borbón), Andrés Ragapeloff, Moisés Scutz, José Buwitz, Máximo Sagarín, Ivan Mijin y la conferencista Matrena; apellidos, todos ellos, para poner los pelos de punta a los tranquilos porteños de aquellos tiempos… Identificado y reconocido el crimen por el reo, sólo queda esperar el día y hora en que será fusilado. . Porque eso de que tiene apenas 18 años no lo cree nadie. Tener 18 años significa ser menor de edad. Y todos los diarios sin excepción señalan que Radowitzky es un hombre de más de 25 años. No hay nadie que lo defienda. Ni “La Protesta”, el diario anarquista que ha sido silenciado por muchachos del barrio norte. El lunes 15 forzaron las puertas del taller de Libertad 839, y destruyeron todo lo que los anarquistas fueron haciendo, pesito a pesito. No hay nadie en las esferas que levante la voz para que no se trate con severidad a Radowitzky. Militares, políticos, funcionarios estaban por el castigo ejemplar. Y nadie hesitaba en decir que para aplicar la pena de muerte no había que tener en cuenta en este caso la edad del reo. El dictamen del agente fiscal, doctor Manuel Beltrán, es por demás claro de lo que aquí se quería hacer con el preso. “Simón Radowitzky -dice el fiscal- pertenece a esa casta de ilotas que vegetan en las estepas rusas arrastrando su vida miserable entre las inclemencias de la naturaleza y las esperanzas de una condición inferior”. Y no hay perdón para el extranjero: “En su primera indagatoria el detenido se presentó al juez de Instrucción soberbio, resuelto a resistirse a toda interrogación sobre su identidad personal; se niega a contestar las preguntas que se le dirigen pero, contrastando con ese propósito, se apresura a confesarse autor del hecho que se investiga jactándose de su origen y celebrando que el señor Lartigau haya fallecido también”. Al tosco herrero lo hacen aparecer como un asesino sutil y refinado: “La sangre fría y la altanería con que se expresa demuestran el propósito exhibicionista, la pose del sectario en esta primera confesión, en que el orgullo de la hazaña lucha visiblemente con el temor de la sanción. Por eso se jacta del hecho que no puede negar y oculta, el mismo tiempo, los antecedentes de su persona, creyendo que de este modo podrá dificultar la instrucción”. Y esa es una tremenda contradicción del agente fiscal. Porque Radowitzky está diciendo la verdad: tiene 18 años. Más todavía: reconoce que él solo ha cometido el crimen, encubriendo a un compañero que estuvo en Callao y Quintana a la hora del atentado pero que jamás se podrá determinar su identidad. Sigue el informe del fiscal: “La fisonomía del asesino tiene caracteres morfológicos que demuestran bien acentuados todos los estigmas del criminal. Desarrollo excesivo de la mandíbula inferior, prominencia de los arcos cigomáticos y superciliares, depresión de la frente, mirada torva, ligera asimetría facial, constituyen los caracteres somáticos que acusan a Radowitzky el tipo de delincuente”. El fiscal ve en Radowitzky a un criminal nato, como esos que asesinan para robar. No reconoce que es un hijo de la desesperación, nacido en una tierra donde reina la esclavitud y el látigo para el pobre, donde el castigo es terrible para el desobediente al régimen absolutista de los zares. Aunque tiene unas palabras de descargo por el origen racial del preso, lo hace con un profundo desprecio y asco: “Parias de los absolutismos políticos de aquel medio, sometidos a los poderes discrecionales del amo, perseguidos masacrados por la ignorancia y fanatismo de un pueblo que ve en el israelita a un enemigo de la sociedad, emigran al fin, como Radowitzky, después de sufrir condenas por el solo hecho de profesar ideas subversivas”. Está última frase del Dr. Beltrán no concuerda con lo que exige párrafos más adelante. Pide que “a los efectos de la profiliaxis social” los juicios “sean verbales y de rápida aplicación”. Termina su presentación pidiendo la pena de muerte para el anarquista. Sólo se le opone el “pequeño” inconveniente de la edad. Para los menores de edad, las mujeres y los ancianos no hay pena de muerte en la Argentina de aquellos tiempos. Pero el Dr. Beltrán encuentra un método original para encontrarle la vuelta a la dificultad. Hace calcular la edad del preso por “peritos médicos”. Algunos calculan que tiene 20 años de edad, y otros 25. Entonces el fiscal dice: 20 más 25 son 45, la mitad es de 22 y medio. Radowitzky tienen 22 años y medio. Es decir, está maduro para el pelotón. Con toda tranquilidad dará su dictamen: “Debo manifestar aquí que no obstante ser la primera vez que en el ejercicio de mi cargo se me presenta la oportunidad de solicitar para un delincuente la pena extrema, lo hago sin escrúpulos ni vacilaciones fuera de lugar, con la más firme conciencia de deber cumplido, porque entiendo que nada hay más contraproducente en el orden social y jurídico que las sensiblerías de una filantropía mal entendida”. Y para terminar con los pruritos que pudieran tener los pusilánimes, Beltrán finaliza: “En las consideraciones de la defensa social debemos ver en Radowitzky un elemento inadaptable cuya temibilidad está en razón directa con el delito perpetrado, y que sólo puede inspira la más alta aversión por la ferocidad del cinismo demostrando, hasta el extremo de jactarse hoy mismo de ese crimen y de recordarlo con verdadera fruición”. Todo venía mal para Radowitzky. Nadie quería creer en sus 18 años. La prensa, influida por los sectores poderosos de la población, pedía la pena de muerte. Así estaban las cosas hasta que un buen día apareció en escena un personaje singular, con algo de rabino y ropavejero. Dijo llamarse Moisés Radowitzky y ser el primo del terrorista. Envuelto con papel de estraza en forma de rollito tenía un documento que iba a dar un vuelco de 180 grados al proceso. Era la partida de nacimiento de Simón Radowitzky. Un documento extraño, escrito con caracteres cirílicos. Al dar la información, “Caras y Caretas” dice: “Radowitzky tiene cada vez menos años. Al principio se le atribuía hasta 29, y desde los 29 le fueron rebajando hasta dejarlo en lo imprescindible para el fusilamiento: 22. El afirmaba siempre que tenía 18 y parecía dispuesto a no pasar de esta edad en mucho tiempo, pero ¿quién le creía? Sin duda que ni los anarquistas. Era lógico suponer que Radowitzky trataría de hacerse pasar por menor de edad. ¿El punto de la edad de Radowitzky ha sido por fin aclarado? El señor Vieyra, comisario inspector, acaba de recibir el documento que reproducimos en facsímile y que, a jugar por la pinta, es copia fiel de la fe de bautismo de Radowitzky. Según afirman los traductores del señor Vieyra, ese documento a vueltas de tantos garabatos y caracteres estrafalarios, viene a decir que Simón Radowitzky nació en la aldea de Santiago, provincia de Kiev, Rusia, el 10 de noviembre de 1891. Según lo cual Radowitzky tendría ahora 18 años y 7 meses”. Pero el documento no será reconociendo por los jueces por falta de legalización. Eso sí, tendrá una influencia directa en el ánimo de los jueces, que no se animarán a mandar al patíbulo a un menor de edad. Aplicarán el criterio de “en duda abstente” Radowitzky se salva del fusilamiento. Pero es condenado a la muerte lenta: penitenciaría por tiempo indeterminado, con reclusión solitaria a pan y agua durante 20 días todos los años al aproximarse la fecha de su crimen. Empezaba la larga noche para el muchacho anarquista. Toda su juventud detrás de las rejas y los silenciosos muros. Pasará 21 años -de los cuales 10 años en calabozo, aislado- entre la basura de la sociedad: asesinos de niños, sanguinarios individuos que matan sin pestañear por robar, ladrones, degenerados. Diecinueve de esos años los pasará en Ushuaia, un presidio que no necesitó de calificativos para infundir miedo. Pero Radowitzky no desaparecería de la opinión pública. Al contrario, al cerrarse las puertas de la cárcel comenzaría el segundo capítulo de su vida, de su aventura por la vida. Un capitulo con sabor a “Conde de Montecristo”. Lo que sí queda cerrado para siempre es el capítulo del asesinato de Falcón y del joven Lartigau. Radowitzky no hablará jamás de ello ¿Quién inspiró? ¿Fue idea propia? ¿Fabrico él la bomba? ¿Acaso sus compañeros le ordenaron cometer el atentado porque era menor de edad y se podía salvar de la pena de muerte? Cinco años después ocurrirá un atentado similar que originará la primera gran guerra mundial. Garbillo Princip -también menor de edad- será el autor de la tragedia de Sarajevo. Sus compañeros serán todos fusilados menos él, por no haber cumplido 21 años. Pero morirá tuberculoso tres años después en una cárcel austriaca. Radowitzky, en cambio, soportará todas las torturas, la deficiente alimentación, el frío y la insalubridad de las cárceles y llegará a ver la libertad. Cuyos primeros destellos los vio apenas 14 meses después de haber sido apresados. El 6 de enero de 1911, Buenos Aires tiene un tema para conversar largo y tendido: los Reyes le han traído una noticia sensacional. Trece penados de la Penitenciaría Nacional se han escapado por un túnel construido por debajo del murallón. Han podido escapar dos famosos anarquistas: Francisco Solano Regis (condenado a veinte años de presido por haber atentado contra el ex presidente Figueroa Alcorta) y Salvador Planas Virilla, (que tiene una pena de diez años por tentativa de homicidio al presidente Quintanilla). Los once restantes fugados son presos comunes. Hay otro preso en la penitenciaría que no ha podido huir: Simón Radowitzky quien pocos minutos antes había sido llevado a la imprenta de la cárcel. Los anarquistas recibieron ayuda desde afuera ya que poco antes de la huida (a las 13:30 de un bochornoso día de calor) de un coche de plaza se bajaron varios bultos con pantalones, camisas y sacos que se arrojaron entre la verja y el murallón. Los reclusos salieron por un tunel que tenía forma de U, es decir, sencillo y hecho sólo para salvar el murallón de centinelas. La entrada del túnel fue hecha en un jardín con flores y evidentemente fue cavado a mano, puñado por puñado arrojándose la tierra en el mismo jardín sin hacer montículos. La salida da a los yuyales que hay entre el murallón y la verja. Es evidente que los anarquistas trabajaron en connivencia con los centinelas, soldados conscriptos del 2 de infatería. El túnel está a la altura de la calle Juncal casi esquina Salguero. Los anarquistas Regis y Planas Virilla después de cambiarse de ropas subieron a un coche de plaza que los estaba esperando y desaparecieron. Los presos comunes que aprovecharon la oportunidad y el túnel tuvieron que huir con el traje del penal; otros aprovecharon las ropas destinadas evidentemente a Radowitzky. Por supuesto, gran vergüenza para las autoridades penitenciarías, pedidos de informes, remoción de funcionarios, juicio a centinelas. Y alguien tenía que pagar los paltos rotos de todo esto: el “ruso” Radowitzky. Ningún directo del penal quiere correr el riesgo de que los anarquistas planeen otra tentativa de fuga para salvar al compañero ruso: además, se ha observado una cosa poco común en un penal: Radowitzky concita la simpatía de todos: de presos y carceleros. Así lo señala el director de la penitenciaría nacional cuando pide que lo saquen a Radowitzky de allí: “Únicamente encargándome yo en persona de la vigilancia de Radowitzky podría responder del cumplimiento de su condena, pues se trata de un penado con quien simpatizan los bomberos y los conscriptos”. Se lo describe como “el tipo del místico ruso que ni aun en la cárcel concibe que los hombres cometan mala acción y sobre todo que se conduzcan en forma perjudicial para sus compañeros. En cierta circunstancia solicitó que se le diera una celda menos húmeda y como sólo se le podía habilitar una que se estaba revocando, el director le propuso que terminara él; pero esos días el gremio de albañiles se hallaba en huelga y así que lo supo Radowitzky, prefirió continuar en el calabozo húmedo alegando que cuando un obrero se resigan a abandonar el trabajo, debe tener razón”. Ese mismo año se decide y se lleva a cabo el traslado del anarquista al penal de Ushuaia. Será la última vez en su vida que pise tierra porteña. Jamás podrá volver a su pieza del conventillo de la calle, Andes 194 (hoy José Evaristo Uriburu) de donde salió aquella mañana de noviembre de 1909 para cometer el atentado. Nos imaginamos lo que debe haber sido un transporte de presos a la Patagonia en 1911. Un guardiacárcel -Martín Chávez- relató muchos años después -en 1947-, en ocasión de levantarse el penal, un trasporte semejante. Parece entresacada de una novela de Dostoiewsky. La serie fue publicada por el diario Clarín en marzo y abril de 1947, transcribimos algunos párrafos: “Hacia dos meses que había sido nombrado para ocupar un puesto de celador en el penal de Ushuaia permaneciendo adscripto al personal de la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, hasta que estuviera en condiciones el transporte “Chaco”, que me llevaría al lejano sur. En esa aburrida espera me consumía en la penitenciaría cuando una tarde fui notificado que tenía cuatro horas para arreglar mi equipaje. A las 18 estuve de vuelta. Media hora más tarde se realizó la acostumbrada formación para el recuento y encierro en las celdas de los reclusos. No veía por ningún lado al contingente que iba a ser trasladado al sur. Una hora más tarde me incorporé a una comisión de empleados y con más de cincuenta guardianes nos internamos en los pabellones. Fuimos abriendo celdas, a las que penetraban dos soldados que sacaban al “candidato” llevándolo rumbo a la Alcaldía. El ruido de las lleves en las fuertes puertas de hierro ponía sobre aviso a todos los “vecinos” que proferían gritos de insulto. Así recorrimos cinco pabellones y al regresar a la Alcaldía, ya estaban allí mis compañeros de viaje: “62 números”, sentados en largos bancos colocados junto a las paredes. Se pasó lista y se les ordeno desnudarse. Si alguno no hacía caso o demorara en cumplirla, los guardianes se les acercaban amenazantes y los “ayudaban” a quitarse la ropa. Sesenta y dos sombras. Sesenta y dos fantasmas quedaron en el gran salón. Dos practicantes de la enfermería revisaron minuciosamente el cuerpo de los viajeros. Ningún contrabando puede pasar, las limas y cualquier otro objeto cortante es peligroso. Vestidos de nuevo, entra en funciones el herrero. Las argollas se cierran en el tobillo y se las une con una barra de hierro de 20 cantímetros de largo, que luego se remacha a golpes de martillo”. “¡Pom, pom, pom!” Resuenan los golpes como si estuvieran remachados ataúdes. En el silencio de la noche esos tres golpes sobre el negro remache suenan como una campana que dobla por la vida de los que ya no son. El alarido del llanto los acompaña. Algunos parecen más fuertes y miran la operación con indiferencia: es porque no conocen lo que son los grillos y caen cuando quieren dar un paso; entonces ellos tam bién sienten los tres golpes del martillo sobre el corazón. “Luego, en un carro celular rumbo al puerto. Allí la vigilancia es más estrechada y dos guardias se responsabilizan del penado entregado a su custodia. En 125 se evadieron 114 penados amotinándose en la bodega del “Buenos Aires”. Nunca se pudo establecer con exactitud cuál fue el penado que logró romper los grillos y luego libertad de ellos a sus demás compañeros. Se atribuye tal hazaña a Brasch, el alemán. Lo cierto es que los 114 penados se amotinaron en la bodega y a golpes de puño se abrieron paso y fugaron. Entonces les era más fácil, no vestían el uniforme a rayas, podían confundirse fácilmente en las calles. Casi todos volvieron a ser detenidos. Desde esa época se toman toda clase de medidas de precaución: guardianes de abundancia y hasta potentes reflectores que iluminan las siluetas de los fantasmas que bajan a la bodega del trasporte que antes del alba, como si tuvieran vergüenza de su carga, pone su proa rumbo a Tierra del Fuego”. “Se nos había informado que para llegar a Ushuaia eran suficientes 15 días de navegación. Nuestro viaje duró 29, en el mes de marzo de ese año. Yo iba con la oficialidad del trasporte y un día bajé al entrepuente a ver a los penados. Jamás olvidaré la impresión que recibí. Aquello era un infierno. Humedad, calor y pústulas. En Bahía Blanca se había detenido la embarcación para cargar carbón que iba depositado en la bodega ubicada debajo del entrepuente donde viajaban los presos. El polvillo del carbón se filtraba imperceptible, persiste, como una maldición sobre los hombres engrillados. Se les pegaba en la cara, lo respiraban, lo escupían, ponía máscaras en los rostros acentuados las orejas. “Fantasmas, espectros, no sé lo que vi. Salí de esa cámara de tortura con el alma dolorida, preguntándome si los directores del penal, si los jueces, si los ministros no tendrían noticias de ese bárbaro suplico. Pero el destino me reservaba comprobación más amarga aún”. “En el puerto de Ushuaia nos esperaba el director del penal, algunos empleados y muchos guardianes, los que tomaron posiciones estratégicas para el desembarco de los penados. Y los espectros salieron al aire libre, a la luz después de 29 días. ¡Cómo salieron! Sucios y enfermos es poco para dar una idea del estado de esos 62 hombres. Flacos, con la barba crecida, llagados los tobillos a causa de los aros de los grillos, cos escoriaciones sangrantes en los muslos, la ropa deshecha como pañuelos o toallas”. “Habían llegado al infierno blanco, mil veces preferible a la bodega de transportes”. Cuando Radowitzky llega al penal de Ushuaia hace ya nueve años que ha sido colocada su piedra fundamental y comenzado a construirse íntegramente por los penados. Ha sido la obsesionada idea del ingeniero Catello Muratgia la que ha hecho realidad al que será famoso penal de reincidentes de Ushuaia. Con muy poco dinero y el trabajo de los condenados se ha ido levantando esa mole de cemento y piedra destinada a mantener bajo custodia a los criminales más feroces y a todos aquellos denominados “reincidentes”, es decir, los que han repetido tres veces hachos delictuosos. Por ello los compañeros de Radowitzky serán no sólo los homicidas sino también los rateritos incorregibles, los estafadores y toda la hez de la sociedad. Pero, por supuesto, en más de una oportunidad, las puertas del penal se abrirán para presos políticos. Los que leen “La casa de los muertos” o “El sepulcro de los vivos” de Dostoiewsky y sufren con el autor los padecimientos de los condenados no sospechan tal vez que en territorio argentino existió un lugar exactamente igual de donde son muy pocos los que salieron con vida o retornaron a la sociedad con sus facultades mentales normales. Pasan muchos años para el ex hombre de Radowitzky. Todos iguales. Cuando se aproxima el 14 de noviembre, los terribles veinte días de calabozo aislado, a pan y agua, con frío húmedo del cemento que penetra en los doloridos huesos. ¿Y la conciencia? ¿Lo ablandan a Radowitzky los interminables castigos, la vida sin sentido junto a todas esas fieras? ¡Si por los menos tuviera algo que leer! Pero desde Buenos Aires lo persigue un chisme inventado por algún jefecito de turno de la penitenciaría. “Radowitzky quiere leer Denle la Biblia” Así es, en Ushuaia también. Cuando Radowitzky quiere aislarse de ese submundo y pide algo de leer, le traen la Biblia. Y todos lo gozan, los carceleros y los penados también. ¿Y sus compañeros de Buenos Aires? ¿Se han olvidado ya del mártir del movimiento, como lo llaman ellos? La primera guerra europea ha hecho perder fuerza a los movimientos obreros nacionales. Los anarquistas de Buenos Aires demostrarán ser buenos amigos. A pesar de que habían pasado nueve años, su principal aspiración era la libertad de Radowitzky. En mayo de 1918 la ciudad es inundada por un folleto editado por el diario “La Protesta” y escrito por Marcial Belascoain Sayós. Se llama “El presidio de Ushuaia” y está dedicado “A mi amigo Simón Radowitzky, ciomo una ofrenda. A los viles esbirros, como una bofetada”. El folleto está muy bien informado y, en un estilo propio de los anarquistas de aquella época, denuncia las torturas a que ha sido sometido Radowitzky. Centra su ataque en el subdirector del penal, Gregorio Palacios, y le dice: “Tú, como los tigres, como las hienas, asesinas con lentitudes siniestras de degenerado, esa voluptuosidad debes haberla sentido al matar lentamente al penado 71, a quien volvieron locos los martirios; esa misma histérica vibración de placer habrá sacudido tus nervios al ver los suplicios de Radowitzky, ayer fuerte y lozano, hoy triste, decrépito y enfermo por tu culpa. ¡Asesino infame! ¡Muere maldito!”. Como se ve, un estilo más que incisivo. En el capítulo “La sodoma fueguina” el autor acusa al subdirector Palacios de haber hecho cometer delitos sexuales contra Radowitzky y más adelante detalla los castigos a que fue sometido éste por los guardicárceles Alapont, Cabezas y Sampedro: “Estando en el calabozo Simón Radowitzky, desearon los tres experimentar la histérica sensación de ver sufrir a un hombre y se llegaron hasta el encierro del mártir”, de aquel que en aras del ideal sacrificó su vida, de ese hombre generoso y santo; fueron hasta su dolor para acrecentarlo más. Estaba aislado en un calabozo sin aire, luz ni sol, sin comida. ¿Qué había hecho? ¡Nada! Se le castiga siempre por ser quien es, no precisa dar motivos. Estaba debilitado por el ayuno, cuando llegaron los bárbaros a consumar su acción heroica. Lo agredieron por detrás, los taleros le abrieron el cráneo y los puños mancillaron aquella faz sagrada. Corrió la sangre del cautivo, pero no la hicieron brotar como él con valentía en su hecho inolvidable; ellos lo hicieron en montón, armados, contra un hombre desfallecido y sin fuerzas. Lo dejaron tendido en el suelo, agónico, exánime, tras la feroz paliza. Semejaba un cadáver, lívido y tendido en el suelo; entonces al verlo así, Cabezas, el infame, desnudó su arma y le apuñalo un brazo. Con esto se retiró satisfecho y triunfal, a contar la hazaña y a celebrarla con otros tan viles, tan infames como él. Levantar la mano contra un hombre en ese estado, contra un individuo como Radowitzky, es una profanación infame que nunca, ni por nada, podré perdonar, por ello les grito mi reproche en estás líneas; por ello los acuso de viles y cobardes, arrojándoles mi maldición tremenda, mi maldición justiciera”. El folleto es un impacto en la opinión pública. Los anarquistas logran un éxito psicológico; tanto, que el gobierno de Yrigoyen ordena un sumario administrativo para saber la verdad sobre los malos tratos. En el sumario se calificará a los tres carceleros mencionados de “personas de malas costumbres y peores antecedentes” y se los suspende. Por último en el folleto se insinúa algo que seis meses después se llevará a la práctica: “Amigo generoso, Simón, amigo del alma vives de esperanza, en la noche lóbrega, de tu martirio circundado por fieras que te acosan, sin un rayo de sol que te acaricie, pero con el corazón de tus amigos, de los que te comprenden y te aman; allí estás consagrado por el culto celoso del recuerdo; estás constante en el pensamiento de salvarte, por ello, ya que tú no llegas a implorar el olvido para tu hecho, no faltará quien lo haga por ti, lo humanamente posible debe hacerse para liberarte y no faltará quien encare esa tarea. Vayan a ti estás líneas comprendidos los efectos de los seres que te aman; de los que comienzan a preparar el magno acontecimiento de volverte a la vida arrancándote de la ferocidad de los criminales carceleros, que tanto te han hecho sufrir”. Así es. El 9 de noviembre llega a Buenos Aires una noticia que causó más sensación que las que vienen de Europa con la rendición de Alemania, la abdicación del Káiser y la revolución de los obreros alemanes: EL 7 DE NOVIEMBRE SE HA FUGADO SIMÓN RADOWITZKY DE LA CÁRCEL DE USHUAIA. El público quería saber detalles. El sentimental público porteño, olvidándose del doble crimen, estaba porque Radowitzky venciera el maleficio de Ushuaia. ¡Basta ya!, decían, Ya ha purgado bastante su delito. ¿Podrá salir de esas regiones? Nadie lo había podido hacer. Catello Muratgia, el creador del penal, lo había sostenido ante el propio presidente de la república: el penal es totalmente seguro contra fugas. Nadie podrá hacerlo. El que se aleje morirá de hambre o de frío o tendrá que entregarse. Y menos Radowitzky, con nueve años entre rejas, debilitado por los castigos y la falta de una alimentación adecuada. ¡Pero sí, es posible! Allá va ya Radowitzky metido en un pequeño cúter por el canal de Beagle hacia la libertad. Ya respiraba el aire puro y deja cada vez más el penal, con su olor característico de todos los penales, olor a hombre degradado, a mugre de cuerpo y de alma. Es que los anarquistas de Buenos Aires son buenos amigos. Prepararon los planes para derrotar la imposible y juntaron dinero. El hombre elegido para la proeza no es ni ruso, ni italiano ni catalán. Es un criollo de pura cepa: don Apolinario Barrera. Será ayudado por Miguel Arcángel Roscigna, quien años después llegará a ser el representante más sobresaliente del anarquismo expropiador. Los anarquistas viajaron a Punta Arenas. Venían “recomendados” a los dirigentes de la Federación Obrera, los chilenos Ramón Cifuentes y Ernesto Medina. En Punta Arenas alquilan el cúter “Ooky”, propiedad de una dálmata. La tripulación también es dálmata -de nacionalidad austriaca en aquella época- y muy ducha en la navegación por los canales fueguinos. La goleta, pintada de blanco, llaga a Ushuaia y hecha anclas en un pequeño puerto de la bahía donde se halla el ex presidio militar. Allí llega el 4 de noviembre. El 7, a las 7 de la mañana, un guardián cruza las líneas de centinelas del penal. Es Radowitzky disfrazado de guardiacárcel, que no ha sido reconocido. Eduardo Barbero Sarzabal, periodista de “Crítica”, quien años después realizará un reportaje sensacional a Radowitzky, reconstruye así ese momento de la huida: “Radowitzky trabajaba entonces de mecánico en el taller del penal. Todo se había calculado matemáticamente. Allí estaba el guardia accidental que facilitaría el traje. Un cuarto de hora después de entrar Radowitzky al taller, salía del penal atravesando la línea de centinelas armados. Era un nuevo guardián también uniformado… cruza el cementerio donde están otros definitivamente muertos para ir hacia donde, en un lugar indicado, el cúter espera… Atraviesa un monte. Detrás de un añoso árbol, Barrera está oculto. Los dos hombres se encuentran. El salvador, ignorando que Radowitzky iría de guardián, echa mando al revólver presintiendo una delación”. La escena rápida es paralizada por un frito. -Apolinario -dice Radowitzky. -Simón -responde Barreda, comprendiendo. Era la consigna que presentaría a quines nunca se habían visto”. Una vez embarcado, Radowitzky cambió de ropa. Barrera fue de la opinión que una vez alejados varias millas de Ushuaia, Radowitzky desembarcara en uno de los tantos refugios de la costa. Allí se le dejarían víveres para dos meses hasta que las persecuciones y búsquedas hubieran cesado. Pasado ese tiempo se aventuraría a ir a buscarlo o a dejarle nuevamente víveres. Pero Radowitzky no acepta y allí cometerá el error que le costará doce años más de prisión, doce años de vida, de libertad. Convence a Barrera para que sigan navegando sin interrupciones hasta Punta Arenas. Allí, en esa ciudad le resultará mucho más fácil pasar inadvertido que en una isla solitaria. Mientras tanto, en el penal nadie traiciona a Radowitzky. Los prisioneros no delatan su huida. Recién a las 9:22 de la mañana, el guardiacárcel Manuel Geners Soria se presenta al director del penal para denunciar la desaparición del anarquista preso. En una parte posterior, el comisario nacional de Tierra de Fuego señala que se inició la persecución sirviéndose de los “valiosos datos proporcionados por el empleado Miguel Rocha” y una partida se embarca en una lancha a vapor facilitada generosamente por el señor Luís Fiuchui”. Pero el cúter es más veloz y se aleja cada vez más de sus perseguidores. Deja el canal de Beagle, toma por el canal ballenero y luego el de Cockburn y entra en el estrecho de Magallanes. Así amanece el cuarto día de navegación. Hasta que de pronto divisan en el horizonte el humo de una embarcación que se aproxima. Radowitzky intuye el peligro y pide que el cúter se acerque lo más posible a la costa de la península de Brunswick, tierra chilena. Así se hace hasta unos doscientos metros. Radowitzky se arroja entonces al agua helada y nada hacía la costa, en donde desaparece. El humo negro, que se aproxima era el de la escampavía de guerra chilena “Yáñez”, nave que ha ido para apresar a Radowitzky ante el llamado telegráfico de las autoridades argentinas de Tierra del Fuego. Los tripulantes del cúter declaran no haber visto al fugado, pero los chilenos conducen presos a todos hasta Punta Arenas donde luego de un severo interrogatorio uno de los tripulantes, el maquinista, declara la verdad y señala el lugar donde alcanzó tierra el buscado. Mientras la “Yáñez” ha estado al costado del cúter, Radowitzky quedó pegado a la tierra para no ser divisado. Tanta es la tensión que ni siquiera el frío le hace mover una pestaña. Una vez alejada las embarcaciones, Radowitzky, con todas sus ropas mojadas, comenzará a caminar en dirección a Punta Arenas, donde espera que encontrará refugio. Ignora que las autoridades chilenas ya saben la verdad. De Punta Arenas sale mientras tato una partida de fuerza de policía de la marina chilena: siete horas después, en el paraje conocido como Aguas Frías, apenas a 12 kilómetros de Punta Arenas, es localizado Simón Radowitzky, extenuado y con las ropas heladas. Esposado es llevado al puerto chileno donde los alojan en un calabozo del buque de guerra “Centeno”. La noticia de la captura de Radowitzky llena un poco de desazón al porteño medí, pero pronto lo olvida por otro tema: la carrera del siglo, Botafogo contra Grey Fox. Veintitrés días después de su búsqueda de la libertad entra nuevamente Radowitzky en el penal de Ushuaia. Lo entra de noche para no provocar disturbios entre los penados. Pero éstos esperan despiertos al mesías de las rejas, a su místico de calabozo. Gritan y golpean las puertas de las celdas. ¡Viva Simón! ¡Mueran los perros sarnosos! A los carceleros les han dado piedra libre esa noche con Radowitzky. Por culpa de su fuga han recibido un severo llamado de atención. Y no es cuestión de que quede impune por culpa del ruso Radowitzky. Pero tal es la amenazadora actitud de los penados que “Rasputín, el bueno” se salva esa noche de la inevitable paliza. Pero la venganza será mucho más refinada. Durante más de dos años, hasta el 7 de enero de 1921, lo tendrán aislado en la celda, sin ver la luz del sol, y sólo a media ración. En 1963 el autor de esa nota tuvo largas conversaciones con un guardicárceles de origen español que había servido durante años en el penal de Ushuaia y que le relató diversos aspectos de la vida que hacía Radowitzky allá. Sin proponérselo, el anarquista era un hombre muy peligroso: a él recurrían todos los presos cuando eran castigados a tenían algún problema. Se arreglaban para verlo en el taller o le trasmitían sus cuitas por intermedio de otro penado. Radowitzky siempre escuchaba a todos y era una especie de delegado de los hombres de trajes de rayas. En la primera oportunidad exponía el problema ante el director o ante algún visitante del gobierno. Lo hacía en forma clara y convincente y siempre traía algún problema para las autoridades o los carceleros. Cuando no lograba su propósito organizaba la resistencia por medio de hambre, de brazos caídos o de coros de protesta. Por supuesto venían las represalias y él siempre era la víctima. Aguantaba cualquier castigo y nunca le lograron quebrar el ánimo ni tampoco pidió perdón o misericordia. Era un personaje extraño, dostoievskiano, siempre rodeado de un halo místico y una inconmensurable predisposición para el dolor. Una mezcla de campesino ruso y rabino de ghetto. Eso sí, siempre de buen humor dispuesto a responder cordialmente a cualquier pregunta. Por muchos años, la vida de Radowitzky entrará en el silencio. Ya nadie habla de él como si la fuga hubiera sido su capítulo final. Sólo en los círculos anarquistas el mito de su figura iba creciendo año tras año. En 1925 -7 años después de la fracasada huída- un periodista del diario “La Razón” logra entrevistar a Radowitzky en Ushuaia. Es interesante la descripción que hace el cronista: “Simón Radowitzky es un sujeto de mediana estatura, delgado, frente despejada y alto calvo, quijada prominente, cejijunto y ojos pequeños, vivos. El rostro es pálido y en los pómulos se le observan algunos vetas rojas. Tiene 34 años y hace 16 que está en el presidio, en el que trabajo de todo. Su celda es modelo de limpieza y en ella se ven algunos retratos de familia. Cuando lo vemos se encuentra algo afiebrado y tiene envuelta en el cuello una bufanda de color azul. Es voluntarioso para hablar, casi diríamos locuaz, pero a ratos, por falta de hábito de mantener conversaciones largas, repite lo que ya ha dicho. Es sencillo en sus expresiones y de tanto en tanto de le escapa una palabra en el argot criollo pero lo corrige en seguida y reclama disculpas. Sabe que como ácrata continúa gozando de popularidad y que sus compañeros de ideas han tejido sobre él una corona de mártir, pero dice que tales manifestaciones le molestan y que no mató a Falcón para hacerse célebre sino a impulsos de sus convicciones. En víveres y medicamentos, especialmente tónicos, recibe socorros del grupo de Afinidad”. Pasan los años y el mito sigue creciendo. Radowitzky, para los anarquistas, es un santo en el poder de los herejes. Y esa figura se va adentrando también en toda la clase trabajadora y, en general, en el público porteño. Por eso, todos los petitorios, todos los actos que se hacen por su libertad cuentan con gran apoyo y simpatía. En 1928, 29 y 30 su nombre podía leerse en las paredes de la ciudad: “Libertad a Radowitzky”, y “La Razón” sostiene que su nombre “era como el broche de vigor con que cerraban las protestas en los conflictos del capital y del trabajo y en los pliegos de condiciones”. Cuando asume Hipólito Yrigoyen su segunda presidencia las diversas organizaciones de trabajadores presionan para el indulto. Es entonces cuando se origina una discusión en la prensa y en los círculos políticos y jurídicos acerca del delito de Radowitzky y su interpretación. Porque era evidentemente: Radowitzky no había matado para robar, pero había matado. Creemos que el que mejor ha interpretado este hecho ha sido Ramón Doll, en un folleto publicado en 1928. Doll -brillante periodista, hombre de lucha infatigable quien, pese a las distintas corrientes en que actuó, mantuvo una unidad de pensamiento, y a quien todavía no se ha hecho justicia en lo que atañe a su real valer- califica el delito de Radowitzky con las precisas palabras de “crimen repugnante y estúpido”, pero añade: “no es un crimen pasional o de un mercenario; es un crimen social, nace o, mejor dicho, aborta como cuerpo amorfo o monstruoso engendrado en esa escisión honda que trasciende a todas las sociedades y que la hiende en la moderna guerra de clases. He aquí pues que los jueces de estos casos judiciales -que se presentan como ineludibles aberraciones de todo fenómeno social pero que aún así anuncian el despertar de las clases explotadas y el futuro vuelco de todo el contenido social en los moldes del nuevo estado y de nuevo derecho- suelen encarnarlos con doble severidad: primero por ser crímenes y después porque son cometidos por un individuo de la clase adversaria, a la que pertenece el reo. Es evidente que un juez pertenece siempre a la burguesía y que por lo tanto sus intereses, prejuicios, su comunidad misma lo llevarán a solidarizarse con su clase y no con los de la clase proletaria, del tal modo que a la intolerancia que debe tener para todo crimen doblase lo que puede tener para el criminal que además es un adversario”. “El proletario -agrega Doll- tiene personería propia en el pleito económico y político, nadie se asusta de la lucha de clases sino tal vez los parásitos que bajo la ruda ley del trabajo se encuentran indefensos y atrofiados. Ya no hay machete ni nadie lo pide contra los socialistas, comunistas y anarquistas, y los estudiantes de derecho que en 1909 se presentaban babeantes de servilismo a pedir puestos honorarios de pesquisas en el Departamento, para incendiar bibliotecas, hoy en plena Facultad han manifestado repugnancia por la intromisión ‘académica de los militares en las aulas’”. Dice muy bien que “el crimen de Radowitzky no es ni más ni menos horrendo que los crímenes que a diario se cometen en las luchas electorales argentinas”. Y sin embargo nadie que intervino en esos crímenes recibió ni la cuarta parte de la pena impuesta a Radowitzky. “Obsérvese -dice finalmente- la actitud de la burguesía frente a dos crímenes igualmente nauseabundos: un atentado anarquista y un asesinato nocturno. En el caso del asesinato por robo se comenta, se critica quizás apasionadamente pero siempre se termina dejándolo librado a la ‘serena majestad de la justicia’; en el atentado anarquista, la burguesía toma parte en su represión, se producen razzias policiales, se agitan las guardias blancas. Y parece que mientras el crimen común obra en la sugestión de los satisfechos como amable distracción que la facilita, el atentado anarquista produce asientos, perturba el trabajo gástrico y origina dificultades posteriores. Reconocido que entre uno y otro no hay, no puede haber ninguna diferencia, que los dos son igualmente brutales (que, como decía un diputado del Congreso Nacional al discutirse la antigua ley de defensa social, uno no debe perturbar más que el otro), el reconocimiento por parte del presidente de que ello sea realmente así dentro de la masa del pueblo aunque entre los banqueros, los obispos y los generales ocurra algo distinto, permitirá reconsiderar el caso Radowitzky”. Finaliza el gran escritor nacionalista señalando que “si el presidente indultara hoy a Radowitzky no haría más que adelantarse a conceder por gracia lo que en rigor podría obtener Radowitzky por derecho en 1930 solicitando su libertad condicional”. En enero de 1930 ocurre el naufragio del “Monte Cervantes” en los canales fueguinos. Los náufragos -en gran parte personas de los sectores influyentes de Buenos Aires- son alojados en Ushuaia y los presos demuestran un comportamiento ejemplar al compartir frazadas y comida con el inesperado contingente. El diario “Crítica” envía al Sur a uno de sus mejores cronistas, Eduardo Barbero Sarzabal, con el barco que traerá a los náufragos. El periodista aprovecha las pocas horas en que el buque estará en Ushuaia para dirigirse al penal y allí se las ingenia para conseguir una entrevista que dará lugar a un reportaje que resultará sensacional. Damos la experiencia de Barbero Sarzabal: “este enviado especial consiguió una orden escrita para hablar con los presos. El alcaide interior, señor Kammerath -que actúa hace 20 días-, ordena: – Que venga a la alcaidía el penado 155. A la izquierda del hall de entrada está el despacho del alcaide. La ventana deja pasar débilmente la luz. La máquina fotográfica escondida al entrar en los bolsillos es luego ocultada debajo de la gorra de viaje y puesta encima de un sillón. Solo con el alcaide estaba el representante de “Crítica”. Radowitzky demora en llegar. Hasta que el eco de unos pasos fuertes por un largo corredor de madera que muere en la puerta de la alcaidía anunciaban la llegada. La voz fuerte del carcelero anunció: “– Aquí está el 155 ¿Puede pasar? “– Sí. “Radowitzky, sorprendido, franqueó la puerta, llevando el casquete entre las manos. Y avanzó resuelto, vestido con su traje color cebra, azul y amarillo, con grandes números en el saco y pantalón. El 155. Es de estatura mediana. De gesto enérgico. La cabeza erguida, la cara de rasgos firmes en la que se destacan sus gruesas cejas. El pelo corto, tirando a negro, descubre algunas canas. La frente amplia fuertemente, con grandes entradas. Y al expresársele que es un redactor de Crítica quien desea hablar con el, extiende la mano que aprieta fuertemente. Sonríe más bien escéptico. En breves palabras le dimos la sensación de que era un redactor verdadero de ‘Crítica’ quien hablaba con él”. Hace pocos días, Barbero Sarzabal nos contaba que la palabra mágica para despertar la confianza de Radowitzky fue “le traigo saludos de Apolinario”. Aquel Apolinario Barrera -intendente de “Crítica”- protagonista de su huida en 1918. Continuemos con el reportaje: “Las palabras de Radowitzky sonaban dentro de la alcaldía como un martillo. Radowitzky impresiona por la sensación de dinamismo hombruno. Cuando habla parece que mascara las palabras. Y ellas salen, breves, concisas, como de un percutor. Sus mandíbulas parecen que fueran de hierro. Es que hay en él, desde cualquier punto de vista que se juzgue su personalidad, un recio espíritu desbordante. Tiene individualidad propia. Dice a ‘Crítica’: ”– Me es muy grato poder hablar por su intermedio a los camaradas que se interesan por mí. Yo me hallo relativamente bien. Tengo aún un poco de anemia a pesar que desde un año no me infligen penas. Es que durante los meses de noviembre y diciembre hicimos 20 días de huelga de hambre como protesta por la actuación inhumana de un inspector llamado Juan José Sampedro, quien castigó a causa de un altercado sin importancia a un penado a quien lastimó”. (Es el mismo Sampedro que propinó la paliza a Radowitzky a principios de 1918.) “La protesta manifestada con la huelga de hambre -continúa el penado- dio resultados. Sampedro está suspendido”. ”El alcaide que escucha la entrevista, asiente. Y agrega Radowitzky: “– No deseo los choques entre obreros, En estos episodios siempre hay un provocador policial que actúa de instrumento. Yo viví intensamente aunq
Personajes Aleister Crowley, mago, fauno y ocultista Semilla de maldad Pessoa, Rilke, Rodin, Xul Solar, los Beatles, Jimmy Page y Marilyn Manson se encandilaron alguna vez con él. Bautizado por su propia familia y la prensa británica como La Bestia del Apocalipsis, Aleister Crowley desafió tanto a la reina Victoria como a Mussolini y anticipó en varias décadas la consigna rockera de sexo, droga y rebelión. Ante la noticia de que Bruce Dickinson (el cantante de Iron Maiden) y Terry Jones (de los Monty Python) se preparan a rodar una película sobre él, Radar ofrece una simpática biografía del ocultista que atacó el orden social y político de su época con una única herramienta: la prédica del descontrol emocional. Por Elizabeth Sad Magos eran los de antes. Basta repasar sucintamente la historia de Aleister Crowley para comprobarlo: convivió durante décadas con un harén multitudinario, absorbió drogas full-time hasta la tercera edad, evadió decenas de acusaciones de asesinato, sobrevivió a la persecución de Benito Mussolini y –digno final– murió a las 72 primaveras, de viejo. La Bestia del Apocalipsis (cariñoso apodo con que lo bautizó su propia familia) tuvo una infancia difícil. Sus padres pertenecieron a una de las sectas religiosas más represivas de la historia: los Hermanos de Plymouth. Tal era el fanatismo desplegado por los progenitores hacia sus preceptos místicos, que le prohibían al hijo leer cualquier libro que no fuera la Biblia, se negaban a prodigarle cualquier demostración de afecto y, de yapa, solían propinarle feroces soplamocos y torturas con hierros candentes cada vez que profería alguna palabra pecaminosa. Pero Aleister se las ingenió desde purrete para mostrarle al mundo que era un pichón de rebelde: solía pasear por su vecindad completamente desnudo, señalándose el falo al grito de: “¡Cristo también tiene uno!”. Cuando transitaba su tierno octavo año de vida, un día decidió despellejar y quemar a un gato vivo; según él, había una importante tesis por demostrar: que el infeliz felino no tenía más que una sola y perra existencia, en vez de las siete vidas que se le atribuían. Se dice de mí El joven Edward Alexander Crowley –que se bautizó Aleister para no honrar el nombre paterno– nació en Leamington Spa en 1875 y estudió en Cambridge, donde se dedicó sistemáticamente a enloquecer a sus educadores. Brillante alumno, se negaba sin embargo a que le tomaran exámenes. Aun así, uno de sus profesores le propuso colaborar en una investigación sobre religiones de la antigüedad; esta tarea despertó al sedicioso ilustrado un deseo ferviente de entender las más intrincadas teorías esotéricas y los cultos derivados de antiguos dogmas pre-cristianos. Una vez alejado de la vida académica, en 1898, Crowley montó una ingeniosa operación de prensa (se hizo pasar por un excéntrico conde ruso) para estimular las ventas de su ensayo poético sobre religión y erotismo White Stains (“Manchas blancas”, en obvia alusión al fluido seminal), logrando que generara cierta expectativa dentro del ambiente intelectual de la época. “Si el cristianismo avala el sufrimiento, el castigo y la opresión sexual, pues entonces pertenezco al Diablo y me quiero ir al infierno”, vociferaba en sus conferencias a quien quisiera oírlo. En la victoriana sociedad inglesa de principios de siglo, el joven Crowley acostumbraba tomar sol desnudo en playas concurridas, practicaba abiertamente la magia blanca y la otra, promulgaba sin empacho su atracción por las mujeres pero no le hacía asco ni a los varoncitos ni a las orgías populosas y, cuando se enteró de la defunción de la reina Victoria (en 1901), organizó un ágape público para festejar “la muerte del peor símbolo de la intolerancia social y religiosa”. Por aquellos días se iniciaba su pésima relación con la prensa británica, mientras era aceptado en la sociedad secreta esotérica Golden Dawn. Crowley conoció allí al poeta William Butler Yeats y le entregó una obra de teatro de su autoría, a efectos de que la honrara con su mirada crítica. Al parecer, la pieza no fue del agrado del poeta irlandés, quien no le obsequió elogio alguno. Pero la autoestima del mago no decayó: “Igual le hice admitir su inferioridad”, le confesaría años después a su biógrafo. En 1902 Crowley trabó amistad con Somerset Maugham. De hecho, el personaje central de la novela The Magician (1908) de este último estuvo inspirado en Crowley; y no lo dejó muy bien parado, ya que describe a un mago loco y maléfico, dueño de una omnipotencia absurda, llamado OliverHaddo. Crowley sabía que semejante desprecio provenía de las insistentes burlas que le hacía a Maugham, minimizando su talento para la escritura. El Nuevo Testamento Un día de abril de 1904, el mago viajó a Egipto, convencido de que estaba a punto de recibir una revelación de los dioses. Pasó tres días deambulando dentro de la Gran Pirámide, y cuando por fin salió, escribió un libro “dictado por el dios Horus”, que según él, resumía las nuevas Tablas de la Ley. En Haz lo que quieras, su curiosa obra “sagrada”, Crowley escribió: “El ocaso del mandato de los dioses ha llegado, y no hay nada por encima de la voluntad individual. Cada hombre es su propio dios, y la nueva religión consiste en dar rienda suelta a todos los instintos y sentimientos que están ocultos en lo profundo del espíritu. Haz lo que realmente quieras y serás tu dios. Si te reprimes, serás un esclavo de la nada. Cada hombre es una estrella. El pecado es restringirse”. Otra de las máximas fundamentales del libro dice: “Es necesario disolver las relaciones con los intermediarios de la vida pública y la vida espiritual. Los líderes religiosos y comunitarios sólo obran en beneficio propio. Cada individuo es su propio soberano y tiene derecho a elegir su forma de vida, su vestimenta, su discurso, sin someterse a las formas sociales ni a los dogmas”. “Mr. Aleister Crowley abandonó Londres para partir hacia Rusia. Esto contribuirá seguramente a mitigar el riguroso invierno de San Petersburgo. Debemos felicitarnos de habernos liberado temporalmente de unos de los peores blasfemos de los tiempos modernos. Pero, deberíamos preguntarnos por qué Scotland Yard lo dejó partir en paz”, decía el periódico The Looking Glass, el 17 de diciembre de 1910. La bailarina Isadora Duncan, el poeta Rainer María Rilke y el escultor Auguste Rodin comenzaron a frecuentarlo por esos años, en París (Crowley tradujo al inglés el “Poema del Hachís” de Baudelaire, así como los Pequeños poemas en prosa, que también ilustró, y colaboró con Rodin en la edición del libro Rodin in Prose). El portugués Fernando Pessoa también quiso conocer al misterioso escandalizador. Mantuvo con él una larga relación epistolar, pero cuando por fin se concretó el ansiado encuentro, en Lisboa, Pessoa se espantó: le pareció que Crowley era un genio, pero totalmente desequilibrado. Aun así, en su libro Presencias incluyó un poema que también forma parte del volumen Magick in Theory and Practice, del temido Aleister. Xul Solar también tuvo el placer de conocer al mago, en París en 1924. Intercambiaron muchas cartas, y es fácil deducir que la fascinación que nuestro crédito local sentía por la astrología y la magia ritual fue cebada por aquel extravagante europeo, a tal punto que, en 1961, Xul lo inmortalizó en un retrato. Dos potencias se saludaron allá por 1930: Aldous Huxley y Crowley se encontraron en Alemania. Por entonces, el escritor redactaba el ensayo En busca de un nuevo placer, en el que imaginaba una droga inofensiva para la salud pero capaz de alejarnos del aburrimiento crónico, y ya tenía bastante avanzada la escritura de Un mundo feliz, que se publicaría en 1932, al parecer libre de toda influencia de La Bestia. Academias Crowley Además de internarse en las más diversas doctrinas ocultistas, desde la magia ritual a la cábala, el brujo estudió largamente el tantrismo. Esta milenaria disciplina hindú postula que, a través de la práctica de inusuales ritos eróticos, es posible lograr el entendimiento profundo de la naturaleza humana, develar las sagradas incógnitas del Universo y alcanzar el más alto grado de intuición e iluminación espiritual. Para ser rebelde hay que bancársela, habrá pensado el mago cuando encontró una marketinera forma de subsistir con su profesión preferida: trabajar de sí mismo. El polifacético personaje (experto ajedrecista, astrólogo, artista plástico y arriesgado alpinista) se entregó al sacerdocio de la docencia, y durante años se dedicó a acoger discípulos en su casa: jóvenes ricos con tristeza, ávidos de conocer los secretos de la magia negra y adentrarse en las extravagantes ceremonias iniciáticas que el gurú preparaba para sus adeptos. Crowley no era un mero teórico: nada le gustaba más que predicar con el ejemplo y solía impartir sus enseñanzas por medio de rigurosos trabajos prácticos, como colgar a sus amantes de una viga para inspeccionar zonas erógenas ignotas o afilar sus caninos hasta lo impensable para hundirlos en la piel de sus discípulos, entre otras simpáticas actividades. Heroína, cocaína, opio, hachís y mezcal perfumaban y coloreaban los sentidos del alumnado del mago, antes, durante y después de cada voluptuosa ceremonia. La búsqueda del orgasmo, la investigación de sus disparadores físicos y psíquicos, fueron su obsesión absoluta. “Quien no conoce sus zonas de placer, quien no busca traspasar los límites de su goce”, repetía a sus alumnos, “no es dueño de su vida, no reconoce su costado divino y está condenado a la pasividad y la ignorancia”. Es curioso observar cómo Crowley reitera en sus escritos un postulado que, con otro discurso y partiendo de fuentes de estudio muy diferentes, también formuló el psicólogo marxista alemán Wilhelm Reich: la estrecha relación entre opresión sexual y dominación socio-política. La comunidad organizada Corría la década del 20 cuando el mago decidió divulgar sin egoísmos la revelación que le habían conferido los dioses. Para concretar su anhelo didáctico se instaló en Cefalú, un pueblito del sur de Italia, en una mansión en la que convivió con amantes de ambos sexos, hijos y discípulos. Bautizó este nido como la “Abadía de Thelema”, denominación que tomó prestada del Gargantúa y Pantagruel de Rabelais. Policromáticas drogas, satánicas ceremonias y estrafalarias piruetas sexuales colectivas, matizaban el modus vivendi de ese hogar, dulce hogar. Las chicas del mago merecen una mención. Una de ellas fue una viuda acaudalada, que aceptó su oferta de matrimonio sin consumación para que no la acosaran potenciales pretendientes. El culebrón terminó de un color lejano al rosa: él la forzó al sexo, ella intentó matarlo pero finalmente se enamoró del maldito perverso, que para entonces no le daba ni la hora. Otras de sus amantes despegaron inexorablemente hacia el manicomio o se suicidaron. Muchos de sus devotos expiraron misteriosamente, en aparentes suicidios o muertes súbitas sin explicación. El esoterista McGregor Mathers –ex jefe de la Golden Dawn– murió convencido de que las demoníacas emanaciones de Crowley lo estaban debilitando. Las persecuciones judiciales en su contra no tardaron en iniciarse, pero nunca se comprobó que Aleister asesinara a nadie. Diversos reporteros trataron de probar que la Bestia sacrificaba niños, apoyando sus argumentos en uno de los escritos de Crowley que instaba a “aplastar miles de semillas de vida, en una operación de Noveno Grado” (no entendieron que, para los códigos de Aleister, la operación mencionada era meramente el ejercicio unipersonal de la masturbación). Algunos oficiales del ejército italiano comenzaron a realizar retiros espirituales en la “Abadía de Thelema”; cuando la información llegó a oídos de Mussolini, el dictador planeó organizar un grupo comando para fusilarlo. Sin embargo, sus asesores lo disuadieron, con el argumento de que la venganza sería terrible, en caso de que el brujo fuera una encarnación de Lucifer. El Duce optó, entonces, por expulsar a la comunidad Crowley de Italia en 1923. Más allá del bien y del mal Así como Nietzsche sostenía en El Anticristo que “el cristianismo se ha puesto del lado de todo lo débil, de todo lo bajo, de todo lo fracasado y el hombre fuerte ha sido siempre considerado como un tipo reprobable”, la secta Golden Dawn instaba a sus iniciados a perseguir la utopía de transformarse en semidioses, sometiéndolos a un ritual que consistía en pasar días enteros encerrados en una cripta mortuoria, rodeados de símbolos místicos y repitiendo invocaciones mágicas. Después de esta experiencia, aseguraban, nada podía ser igual que antes en la vida de un hombre común: ya no había hombre, sino más que hombre. En la Alemania prenazi las organizaciones secretas y mágicas se extendían como reguero de pólvora. Un diario berlinés certifica la presencia de Crowley en esa ciudad en 1930. Si bien menciona sus prácticas ocultistas (con datos reales y otros de leyenda), afirma que el mago había ido a exponer sus pinturas en Alemania. Durante la Primera Guerra Mundial Crowley había vivido en Nueva York, donde fue contratado para trabajar en el periódico pro-germano Fatherland y aprovechó este espacio editorial para defenestrar a la Corona inglesa (proponiendo, por ejemplo, que se convirtiera en una colonia de Alemania y Francia). Sin embargo, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial el mago ofreció su cooperación al servicio de inteligencia inglés. Por entonces, un agente sugirió que Crowley era el hombre indicado para interrogar al nazi Rudolph Hess. Ese agente, con el tiempo, sacaría mayores provechos de su imaginación. Se trataba de Ian Fleming, el creador de James Bond. Hierba mala... Corría el primer día del mes de diciembre de 1947 cuando el corazón de Aleister dijo basta, y decidió pasar a ¿mejor? vida. Tenía, entonces, 72 años, una edad que podría verse como lógica para la recta final de un hombre común, pero no tan lógica para una bestia que consumió más de diez gramos diarios de heroína durante sus últimas dos décadas de vida. Cuando el género humano ya tenía la certeza absoluta de haberse librado del hombre más perverso del mundo (así lo calificó siempre la prensa londinense), Aleister Crowley resucitó involuntariamente en las inquietas cabecitas de la generación del amor libre. En la portada de Sgt. Pepper’s, el mítico disco de los Beatles, está presente su imagen entre los personajes célebres del siglo que acompañan al cuarteto de Liverpool (en la edición CD se lo define como “dabbler in sex, drugs and magic”). Ozzy Osbourne compuso un tema en el que mantiene un diálogo imaginario con él: “Mr. Crowley (Blizzard of Ozz)”. En la canción “Quicksand” de 1971 David Bowie decía: “Estoy cada vez más cerca de The Golden Dawn / inmerso en el uniforme imagístico de Crowley”. El director Kenneth Anger, que había filmado un documental sobre la vida del mago en 1955, estrenó once años más tarde Inauguration of the Pleasure Dome, otro largo basado en los rituales erótico-mágicos patentados por Crowley. Incluso alquiló una mansión que le había pertenecido al mago, a orillas del Lago Ness, que posteriormente compró Jimmy Page. Devoto de la literatura ocultista, el guitarrista de Led Zeppelin adquirió también manuscritos y objetos personales de Crowley. E incluyó en la edición original del tercer álbum de la banda una inscripción con el lema del Libro de la Ley: “Haz lo que quieras”. Joy Division tomó prestado el primer verso de un libro del mago (Book of Thot) para su tema “Transmissioni”. Marilyn Manson menciona en “Missery Machine” el pensionado erótico-esotérico de Italia (“Cabalguemos a la Abadía de Thelema / donde la sangre es pavimento”) en el disco Portrait of an American Family. Créase o no, el mago también puede entrar en los rankings discográficos: en algún lugar del planeta alguien se ocupó de masterizar y digitalizar la única grabación en la que se puede escuchar su voz recitando sus poemas (a veces en inglés, a veces en un idioma incomprensible, porque al igual que Xul Solar, inventó su propia lengua). El registro original data de 1920 y fue grabado en un cilindro de cera. Este archivo de audio pronto estará disponible en Internet, según prometen en la página www.lsi.usp.br/usp/rod/magick/aleister_crowley.html. Y, por si todo eso fuera poco, Bruce Dickinson, el cantante de Iron Maiden, anunció hace poco que está dando forma a un guión cinematográfico en el que resucita a Crowley a partir de un experimento científico. A fin de este año comienza el rodaje, de la mano de Terry Jones, de los Monty Python. Desde su morada celestial, la Bestia sigue vociferando sexo, drogas y magia para todo el mundo. FUENTE http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/Radar/01-07/01-07-08/nota3.htm

Bueno, el cuento es medio largo pero es genial, de lo mejor que leí en algún tiempo... Irlandeses detrás de un gato (este cuento integra la edición del libro Los oficios terrestres) El chico que más tarde llamaron Gato apareció sin anuncio ni presentaciones contra la pared norte del patio, durante el último recreo anterior a la cena. Nadie sabía desde cuándo estaba acurrucado junto a la ventana de la galería que comunicaba los claustros. En realidad, allí no tenía nada que hacer, porque era a fines de abril y las clases habían estado funcionando un mes entero, devorando la última luz del fastidioso otoño interrumpido por largos y aburridos períodos de lluvia. Estaba oscureciendo y el patio era muy grande, consumía el corazón mismo del enorme edificio erigido en los años diez por piadosas damas irlandesas. La penumbra, pues, y el vasto espacio que ni siquiera ciento treinta pupilos entregados a sus juegos podían empequeñecer, explican que nadie lo viera antes. Eso, y la propia naturaleza oculta del recién venido, que lo impulsaba a permanecer distante y camuflado, con su cara gris y su guardapolvo gris contra el borrón de la pared más alejada del comedor hacia el que, insensiblemente, habían ido deslizándose durante los últimos veinte minutos las bolitas, la arrimadita y la payana. El chico parecía enfermo, su rostro era como un limón inmaduro espolvoreado de ceniza. Aún no había cumplido doce años, era muy flaco y los primeros que se le acercaron vieron que los ojos le brillaban febrilmente. Tenía una manera de moverse extraña e inhumana, hecha de bruscos arranques y fogonazos de pasión, o lo que fuera, mezclados con el más sutil escurrimiento, alejamiento, de un cuerpo sinuoso y evasivo. Era alto, y sin embargo podía parecer mucho más pequeño gracias a un solo movimiento, en apariencia, de la cintura y de los hombros, como si no tuviera huesos a pesar de su flacura. Todo esto resultaba inquietante y ofensivo. Este chico al que más tarde llamaron el Gato y que en pocas horas más iba a revelar una porción tan inesperada de su naturaleza gatuna, había viajado la mayor parte del día, y toda la noche anterior, y el día anterior, porque vivía lejos, con una madre que iba envejeciendo, con la que estaban rotos los puentes del cariño y que al traerlo lo paría por segunda vez, cortaba un ombligo incruento y seco como una rama, y se lo sacaba de encima para siempre. Es cierto que en el último minuto, cuando lo dejó en la rectoría con el padre Fagan, consiguió derramar unas lágrimas y besarlo tiernamente, pero el chico no se engañó con eso, porque él mismo lloró un poco y la besó, y sabía perfectamente que tales gestos no importan mucho fuera del momento o el lugar que los provocan o estimulan. Lo que predominaba en la mente del chico era una perseguidora memoria de caminos embarrados bajo una amarilla luz de miel, de pequeñas casas que se desvanecían y de hileras de árboles que parecían las paredes de ciudades bombardeadas; porque todo eso había pasado continuamente ante sus ojos durante el largo viaje en tren y se había sumergido de tal modo en su espíritu que aún de noche, mientras dormía a los sacudones sobre el banco de madera del vagón de segunda, había soñado con esa combinación simplísima de elementos, ese paupérrimo y monótono paisaje en que sintió disolverse a un mismo tiempo todas sus ideas y sueños de distancia, de cosas raras y desconocidas y gente fascinante. Su desilusión en esto tenía ahora el tamaño de la infatigable llanura, y eso era más de lo que se atrevía a abrazar con el solo pensamiento. Exigencias más urgentes vinieron luego a rescatarlo. El padre Fagan lo transfirió al padre Gormally, y el padre Gormally lo llevó al borde del patio enmurado, inmerso, hondo como un pozo, rodeado en sus cuatro costados por las inmensas paredes que allá arriba cortaban una chapa metálica de cielo oscureciente —esas paredes terribles, trepadoras y vertiginosas— y le mostró los ciento treinta irlandeses que jugaban, y cuando volvió a mirar las paredes verticales, él que nunca había visto otra cosa que la llanura con sus acurrucadas rancherías, una sensación de total angustia, terror y soledad lo poseyó. Fue sólo una erupción de puro sentimiento, que le puso de punta cada pelo de la piel; algo parecido a lo que siente la piel de un caballo cuando huele un tigre en el horizonte. Tal vez comprendió que estaba a punto de conocer a la gente de su raza, a la que su padre no pertenecía, y de la que su madre no era más que una hebra descartada. Les temía intensamente, como se temía a sí mismo, a esas partes ocultas de su ser que hasta entonces sólo se manifestaban en formas fugitivas, como sus sueños o sus insólitos ataques de cólera, o el peculiar fraseo con que a veces decía cosas al parecer comunes, pero que tanto perturbaban a su madre. A primera vista, sin embargo, parecían completamente inofensivos esos chicos campesinos, pecosos, pelirrojos, de uñas y dientes sucios, bolsillos abultados de bolitas, medias marrones colgando flojamente bajo las rodillas, con sus amarillos botines Patria de punteras gastadas por la costumbre de patear piedras, latas y pelotas de fútbol, plantas, raíces de árboles y hasta sus propias sombras; piernas fuertes y macizas bien calzadas en esos pesados botines trituradores, cazadores, que uno (él) veía instintivamente apuntados a sus tobillos, o a la parte blanda de la rodilla, donde el agua se junta y se hincha durante semanas. Lo cierto es que ahí estaba ahora, el Gato acorralado, contra una ventana, y por supuesto lo primero que dijo Mulligan, que parecían mandar el grupo, cuando lo vio allí acurrucado, como listo para saltar, y no queriendo saltar sin embargo, no queriendo pelear, ni siquiera hablar, lo primero que se dijo, tal vez en su idioma, tal vez en el idioma de su madre que él oscuramente comprendía, dijo Mulligan: —Hé, parece un gato, y cuando hubo obtenido la razonable cuota de reconocimiento y de risa, y el sobrenombre quedó pegado para siempre al chico que desde entonces llamaron el Gato, inciso en su corazón o en lo que fuera más receptivo al castigo y a la burla, en cualquier cosa que se abriera como un tajo para recibir el cuchillo (porque la herida está allí antes que el cuchillo esté allí, la parte blanda antes que la parte dura, la carne antes que la hoja), cuando estuvo así marcado y al fin sabiendo lo que era, alguien, que podía ser Carmody, Delaney o Murtagh, dijo: —Cómo te llamas, pibe, planteando el terreno, firme para ellos y para él desconocido, porque pudo sospechar que una pregunta tan sencilla tenía un sentido oculto, y por lo tanto no era en absoluto una pregunta sencilla, sino una pregunta muy vital que lo cuestionaba entero y que debía meditar antes de responder, antes de seguir, como siguió, un curso oblicuo y propiciatorio, antes de decir —O'Hara —como dijo. Pero el nombre ofrecido no quiso hundirse, simplemente flotó como una manzana descartada o una papa podrida flotan en el río. Se lo tiraron de vuelta, chorreando desprecio y exasperación: —Ese no. Tu verdadero nombre, como si fuera transparente para ellos. Entonces dijo: —Bugnicourt, que era, ése sí, el nombre de su padre, al que nunca amó ni siquiera conoció bien, un hombre perdido para siempre en las arenas movedizas del agrio recuerdo y la invectiva, su memoria pisoteada por los hombres que siguieron, un fantasma apenado que tal vez espiaba a través de los agujeros de la ácida memoria a la mujer que fue su esposa y después, sin explicación, se volvió la puta del pueblo, pero una puta piadosa, una verdadera puta católica que llevaba al cuello una cadena de oro con una medalla de la Virgen María. —¿Qué clase de nombre es ése? ¿Sos polaco? —y en seguida, con sombría sospecha—: ¿Judío? —No —gritó—. No soy judío —profundamente lastimado, sintiendo por primera vez ese impulso de arañar a ciegas cuyo síntoma fue que flexionó suavemente los dedos, como si los guardara y replegara hasta sentir el filo de las uñas en las palmas. —¿O'Hara es tu madre? —preguntaron. —Sí. —¿De dónde es? —De Cork. Cork en Irlanda. —Corcho —tradujo Mullahy, que sabía geografía—. Un corcho en el culo —mientras el Gato se movía inquieto en la penumbra, y luego, con repentina decisión, se anotaba el primer punto, su primera movida exitosa frente a la batalla inminente y la pregunta inevitable. —Mi madre es una puta —dijo sin afectación y así los demoró un instante, horrorizados, incrédulos o secretamente envidiosos de la audacia que permitía decir una cosa como ésa, capaz de hacer temblar el cielo donde planeaban con sus grandes alas membranosas las madres invulnerables y de precipitarlas en un monstruoso cataclismo. —Oyeron eso —murmuró Kiernan, indagando en la general consternación, en el silencio, en la distancia abierta que ahora sólo podía franquear un jefe. —Bueno, Gato —dijo Mulligan—. Bueno, Gato —dijo—. Eso me gusta. Sos el polaco, el franchute o el judío más cojonudo que conozco. Lo único que tenés que hacer ahora es pelear con uno de nosotros, después te dejaremos estar y hasta nos olvidaremos de tu vieja, aunque sea una yegua que coge. —No quiero pelear —repuso el Gato—. Estoy cansado. —No tenés que pelear conmigo, Gato, yo podría hacerte tiras con una mano atada. Vas a pelear con Rositer, que no tiene más que un buen juego de piernas, pero no pega con la zurda, y al fin y al cabo es un pajero. —Déjenme solo —dijo el Gato—. No quiero pelear con nadie. —Pero si te pegamos, Gato —dijo Mulligan—. Si yo te pego. No vas a hacer un papelón, y además tenemos que saber en qué lugar del ranking te ponemos, o vos te crees que esto es un quilombo. —No sé —dijo el Gato, y de pronto le vieron en la cara una sonrisa extraña, soñadora y cenicienta—. ¿No podríamos dejarlo para mañana? —tomándolos nuevamente de sorpresa. Parecieron deliberar, sin decir nada, las preguntas y las respuestas iban y venían en el parpadear de un ojo, el tic de una mejilla, una larga y acalorada discusión sin palabras, hasta que nació un consenso, no el resultado de una votación democrática, sino del peso y la autoridad que fluían por sus canales naturales, hasta que los últimos remolinos de disentimiento se desvanecieron y el lago de la conformidad mostró su cara inocente y pacífica. —Está bien —dijo Carmody, porque esta vez fue él quien, frente a la pesada inmediatez de Mulligan, inclinó la balanza—. Está bien —desconcertado, sin saber por qué condescendía, si no era por el aguijón de lo nuevo e inesperado y en consecuencia teñido, aún en perspectiva, con algo de lo diabólico. Ahora, de todos modos, era el custodio de la voluntad general y se proponía hacerla cumplir. Pero otros, por disciplinados que estuvieran en la aceptación de esa voluntad general se alarmaron. Sólo alguien que fuese absolutamente extraño a ellos, más, alguien que en verdad participara de la condición de un Gato, podía postergar una de piñas. Por lo tanto, pensaron, esto ya no era un juego, si es que alguna vez lo había sido. Y así ocurrió que Carmody, después de imponer su punto de vista, quedó malparado, resbalando sobre un ilusorio punto de equilibrio, sintiéndose abandonado e incapaz de evitar nada de lo que pudiera seguir. Porque tal es la naturaleza de las inciertas victorias que se ganan sobre oscuros pálpitos del corazón. Mulligan sintió volver la marea, esa honda corriente que hace el prestigio. —Eh, Gato —dijo—. Eh, ¿cómo es que llegas tan tarde al colegio? El Gato lo miró de frente y algo parecido a una partícula de ceniza, un diminuto destello, pareció moverse en cada uno de sus ojos. —Estaba enfermo —respondió, y ahora retrocedieron, como si temieran tocarlo. El Gato lo sintió, una fugitiva sonrisa volvió a jugar en su cara flaca y hambrienta; con asombrosa previsión se lanzó sobre ese fragmento de la suerte, lo arrebató, lo manejó como una pelota atada a una gomita. —Tiña —dijo, y sacudió la cabeza, y les mostró—. El que me toca se jode —tocándose, en honda burla y parodia de sí mismo. De nuevo retrocedieron, sin dejar de mirar, y a la luz del crepúsculo creyeron ver en la cabeza del Gato manchas amarillas y grises, y más tarde Collins aseguró que eran como algodón sucio o flores de cardo. Todo el mundo comprendió entonces que la cosa sería más difícil de lo que pensaban, porque el corazón humano se resiste a golpear llagas infestadas o males escondidos, y la índole del obstáculo que ahora los frenaba era, más o menos, del mismo orden que impide o impedía en viejos tiempos levíticos que un hombre toque a su mujer en ciertos días. Con la cabeza agachada el Gato subrayaba su ventaja y se reía por dentro, observándolos desapasionadamente desde sus ojos curvados hacia arriba, eligiendo a éste o aquél para los futuros días de la retribución y del placer gatunos, porque no menospreciaba la caza ni ignoraba las mudanzas del tiempo. Los puños se abrieron, ola tras ola de placer desaparecido, de legítima excitación robada escalaron como nubecitas de humo las vertiginosas paredes. En mitad de ese asombro sonó la campana llamando a cenar. Formaron sin ganas contra la pared del comedor, bajo los ojos saltones e inyectados del celador de turno que —certeros para atrapar el motivo central de cualquier desgracia— llamaban la Morsa, por esos dos incisivos que, como largas tizas, quedaban siempre a la vista, aun cuando cerrara la boca. Sin que nadie se lo indicara, el Gato encontró su lugar en la fila, y ese lugar que encontró sin previo ensayo le cuadraba perfectamente de modo que ahora quedaba inadvertido entre Allen y O'Higgins, aunque la fila entera sentía su presencia impune como un ultraje. Después del rezo, el Gato comió despacio. Bajo la lámpara de pantalla verde, entre los azulejos y sobre las mesas de mármol, en esa enfermiza y espectral blancura que daba al comedor el aire de una sala de hospital, su aspecto no mejoró. Parecía más enfermo, ladino y gris, incómodo para mirar, irradiando esa escandalosa certeza de que uno no podía ser él, bajo ninguna circunstancia y mediante ningún esfuerzo de la imaginación, mientras que podía ser Dashwood, o Murtagh, o Kelly, casi sin desearlo, como en efecto ocurría a veces. Su ajenidad era abominable, y los seis chicos sentados con él en la última mesa, que eligió con la misma precisión con que había tomado su lugar en la fila, apenas se decidían a comer. El guardapolvo nuevo del Gato brillaba con un lustre metálico y verdoso, usaba corbata negra y el cuello de su camisa estaba arrugado. Pero lo que más impresionó a los que realmente se atrevieron a inspeccionarlo fue el largo, largo cuello, y la forma en que se arrugaba cuando ladeaba de golpe la cabeza, y el espectro, el fantasma, la adivinada y odiosa sombra de un bigote gris. Era feo el Gato. Luego los platos y las fuentes quedaron vacíos, y todos los ojos vacíos miraron al frente, y a una sola señal de la Morsa, la conversación murió. Exteriormente, nada había ocurrido. Sin embargo, en el alma misma del rebaño acababa de producirse un cambio. Silenciosamente, entre el primero y el séptimo y el último bocado de la sémola friolenta, blancuzca, apelmazada que noche a noche mantenía al pueblo con vida, sus líderes fueron derrocados, mediante un proceso desconocido inclusive para ellos. Mulligan y Carmody lo supieron, aunque nadie dijo una palabra. Habían fallado ante su gente, y otros desconocidos aún, ocupaban sus lugares. Así debía ser. El pueblo no quedaba ligado por la palabra dada en un momento de debilidad por un sentimental fracasado como Carmody. ¿Lo adivinó el Gato? Apenas tragó la última cucharada, sus pies comenzaron a moverse sin ruido, pedaleando sobre el piso en un estacionario corre-corre-corre, como un ciclista que se entrena o un boxeador haciendo sombra contra el cercano futuro que se agranda, zambulléndose en la corriente de los hechos, siendo arrastrado cada vez más lejos por su propia ansiedad, corriendo en una amortiguada pesadilla. La Morsa lo sintió también mientras rondaba el callado comedor, poniéndose cada vez más colorado, sintiendo la necesidad de decir algo, oliendo oscuramente el aire asesino, enfureciéndose, hasta que al fin se paró frente a todos y barbotó: —¡Pórtense bien, ustedes! ¡O les rompo el alma a patadas! Y de este modo se expuso a un silencio ridículo. Salieron al patio y la noche y volvieron a ponerse en fila. Había en el aire un mensaje de los campos tras las altas paredes, un aroma dulzón que el Gato sintió, y entonces miró al cielo que en ese preciso momento, siete de la noche, fines de abril de 1939, ostentaba una Cruz majestuosa y una proliferante Argonave. Pero el suelo era de piedra, grandes lajas de pizarras grises o celestes, pulidas por el tropel de las generaciones hasta un hermoso acabado de finas vetas, extendiéndose lejos hacia las gráciles arcadas de los claustros que brillaban casi blancos contra el mar de sombra que empezaba detrás. En algún momento del día había llovido, quedaban charquitos de agua en las hondonadas de la piedra, y el Gato los cotejó contra las suelas de sus botines nuevos, mientras algo todavía refrenaba a la Morsa, que no daba la orden de romper filas, y por un momento pareció que volvería a hablar, pero al fin se encogió de hombros, dio la orden y el Gato saltó. Saltó, otros dicen que voló por encima de sus cabezas, elevándose tal vez dos yardas, y la fuerza de su quemante impulso lo llevó hacia adelante como en un sueño, planeando, cinco, diez yardas, navegando sobre su flotante guardapolvos hasta que al fin tocó la piedra y las punteras de fierro de sus botines arrancaron de la dormida piedra un chaparrón de chispas, un doble chorro de fuego, signo por el cual fue reconocido más de una vez en esa larga noche, cuando ya parecía haber desaparecido para siempre. ¡Fogoso Gato! ¡Tu terrible desafío aún vibra en mi memoria, porque yo era uno de ellos! ¡Pero qué fue más admirable, ese espantoso salto, o la serena determinación con que Irlanda mandó al frente a sus guerreros! Fácilmente se desplegaron, casi a paso de marcha, Dolan en una punta, Geraghty en el centro, el pequeño pero ingenioso Murtagh a retaguardia, y este único y sencillo movimiento bloqueó todas las posibles retiradas y siguió invisible hacia adelante, entre la renovada prestidigitación del dinenti y el candor del hoyo-zapatero y las conversaciones que disimulaban todo, de suerte que ni siquiera los ojos adiestrados de la Morsa (siempre al acecho de algo que mereciera castigo excepcional) vieron otra cosa que ese enloquecido chico nuevo, el Gato, que como un rayo pasaba en diagonal hacia el claustro de la derecha. En algún lugar del patio se oyó el sonido de la armónica, que Ryan tocaba en un agudo bailarín y gozoso, como un pífano guerrero, alentando la fiebre del combate. A la izquierda Murtagh corrió un poco, apenas lo bastante para taponar la galería entre los claustros, y llegó a tiempo para ver la sombra del Gato, a sesenta yardas de distancia en el extremo opuesto. El Gato probó allí la primera cucharada de un amargo dilema. A su derecha estaba la puerta abierta de la capilla, exhalando un enfermizo olor a cedro, cirios y flores marchitas. Se asomó y vio a un cura muy viejo arrodillado ante el altar, murmurando una oración o, tal vez, durmiendo en voz alta, con los ojos cerrados. A su izquierda el largo corredor, con una puerta de vidrio que daba a la rectoría y la agazapada sombra de Murtagh en contraluz. Y al frente, una escalera que se internaba en la oscuridad. Subió ciegamente. Murtagh abrió una ventana de la galería y con el pulgar hacia arriba hizo una seña a Geraghty, que aguardaba sin prisa en el centro del patio. Geraghty, a través de anónimos mensajeros, comunicó la novedad a Dolan, que se había quedado muy atrás, a la derecha del largo semicírculo de cazadores, y sobre quien había descendido silenciosamente el águila del mando. Dolan reflexionó y dio sus órdenes. Mandó a Winscabbage, que era estúpido pero de anchas espaldas, a retener la encrucijada que tanto había desconcertado al Gato e impedir a toda costa su regreso. Después transmitió a Murtagh la señal de tomar sus propias disposiciones, y Murtagh llamó al pequeño Dashwood y le ordenó que se quedara allí y gritara si venía el Gato, porque el pequeño Dashwood no podía pelear a nadie, pero era capaz de exorcizarse los propios demonios del aullido. Hecho esto, la línea entera se replegó, mientras los jefes se reunían para deliberar y escuchar el consejo de Pata Santa. Pata Santa Walker tenia una pierna más corta que la otra, terminada en un botín monstruosamente alto, rígido, inanimado como un tronco muerto que arrastraba al caminar, y una noble cara afilada y olivácea de ojos visionarios. No era un líder y nunca podría serlo, aunque aseguraba descender de reyes y no de pobres chacareros de Suipacha, pero la intensidad y concentración de sus ideas lo sustraían al círculo de la piedad en que otros simples desgraciados —un epiléptico y un albino, dos rengos más y un tartamudo— chapoteaban. A Pata Santa le sobraba tiempo para pensar mientras los demás jugaban al fútbol o al hurling, y los líderes tenían que escucharlo. —Subirá al dormitorio —vaticinó como si realmente estuviera viendo al Gato—, y después irá hacia atrás. —¿Y después? —Puede aparecer a nuestra espalda. Si lo dejamos bajar, lo perdemos. Se convierte en uno de nosotros. —Hay que mantenerlo arriba —concordó Murtagh. Dolan mandó a Scally y Lynch a cubrir las otras dos salidas del patio. El Gato estaba ahora en una trampa. Cuatro lados, cuatro ángulos, cuatro escaleras, cuatro salidas, todas custodiadas. Moviéndose cautelosamente en la oscuridad, encontró un descanso y una puertita de madera que daba al coro. Se asomó y vio una vez más el altar, el cura inmóvil, el Cristo sangrante y repulsivo y el par de arcángeles de plumas azules sosteniendo candelabros eléctricos. En el coro había un órgano empinando la silueta en la penumbra y rosetas de vidrio que daban a alguna parte de la noche y del cielo. Pero algo ajeno a él mantenía al Gato en movimiento; retrocedió, siguió subiendo y volvió a encontrarse en los ángulos rectos de la decisión. A su izquierda había una larga serie de puertas que se abrían sobre un pasillo; a su derecha, un dormitorio con dos hileras de camas blancas. Se acurrucó, reflexionó, después, caminó sigilosamente por el desierto dormitorio, la interminable perspectiva de camas. No había luz, salvo dos bombitas de veinticinco vatios, separadas por cincuenta pasos, como dos grandes gotas traslúcidas de sangre. El Gato se asomó a una ventana, vio un parque con luz de estrellas, oscuros pinos y araucarias, el portón de entrada por donde había venido con su madre y, más lejos, el blanco camino pavimentado y la señal del ferrocarril que cambiaba de rojo a verde. Así que ése es el sur, pensó, pero no exactamente el sur. Bajó la vista al camino de guijarros; la distancia era siete u ocho veces la altura de su cuerpo, y de todas maneras él no quería volver al sur. Ahora trató de recordar el aspecto que tenía el edificio cuando lo vio por primera vez esa tarde, pero no pudo, y maldijo la estéril emoción que bloqueaba ese recuerdo. Su madre iba de regreso al pueblo en un tren lejano. En el patio la Morsa se paseaba frenéticamente, persiguiendo la persecución, exigiendo una parte en la invisible ceremonia, pero cada movimiento sospechoso resultaba pertenecer a un juego inofensivo que, cuando se paraba a preguntar, se le aferraba en forma de otras preguntas inocentes, dirigidas en debida y respetuosa forma a un superior y adulto, robándole tiempo y atención, embotando su iniciativa y de ese modo impidiéndole ubicar la zona donde verdaderamente transcurría el mal. En eso también la comunidad era astuta, su población civil distraía al enemigo o al intruso. Y así la Morsa no descubrió nada y supo que no iba a descubrir nada a menos que mentalmente pudiera identificar al jefe, pero apenas pensó en Carmody lo vio a cuatro pasos de distancia, cambiando el Pez Torpedo por Bernabé Ferreyra, y en seguida vio a Mulligan junto a la pared midiendo con la palma chata sobre el suelo las chapitas de la arrimada. Así que maldijo en voz baja, sabiendo que debía esperar casi una hora antes de tocar la campana para el rosario, y volvió a maldecir contra la luz fangosa del patio e incluso contra esas viejas piadosas y amarretas de la caritativa Sociedad de San José. Fue entonces cuando en el centro del patio estalló una falsa gresca, y al amparo de esa conmoción Dolan y sus secuaces de derramaron por la escalera posterior de la derecha, mientras Murtagh y los suyos iban por la izquierda seguidos por la armónica que alternaba el fino sentimiento de Mother Machree con el denuedo de Wear on the Green. Arriba el Gato siguió avanzando hasta encontrarse nuevamente en un ángulo recto, en un rellano, mirando hacia abajo, a la sombra, y queriendo tomar una decisión. Bruscamente resolvió probar las defensas allí y bajó como una catarata. Desde el centro del patio, donde la ilusoria pelea se desvanecía rápidamente en presencia de la Morsa, la escena se vio así: primero hubo un grito penetrante, luego un breve choque, y en seguida el pequeño Dashwood salió despedido, pateando y gimiendo como un cachorro loco. En el acto se formó a su alrededor un círculo, y entonces todos observaron la marca del Gato: una serie de profundos rasguños, paralelos y sangrientos, en su mejilla derecha. McClusky y Daly ocuparon silenciosamente su lugar, mientras otros lo llevaban al surtidor para lavarle la cara y oírle decir: —¡Le pegué! ¡Le pegué! ¿No me quieren creer? Se corrió la voz: el Gato había golpeado. Ahora las caras estaban sombrías, pero nadie perdió su valor. Tras enfrentar y aporrear a Dashwood, el Gato desanduvo su camino. La pelea estaba ahora dentro de él, se derramaba por su sangre en una incesante, incontenible filtración. Sentía su propio olor, acre, humeante, inhumano, como el que deja un rayo al golpear la tierra, y un deseo casi intolerable de matar y huir, de hacer frente y volver a golpear y huir nuevamente, que le inundaba el cerebro y lo dejaba a merced de oscuras corrientes que fluían insensatas por su cuerpo. Se sentía transportado y repelido, se agazapaba y se zambullía y se ocultaba y volvía a cargar sin un momento de reflexión, nadando en esa poderosa corriente de miedo y de odio mientras dejaba atrás otro pasillo y otra hilera de puertas que probó y encontró cerradas con llave menos una, fileteada de luz, que filtraba una música lánguida y envolvente, y que no quiso probar. Escuchó allá delante un tropel de pasos, se apelotonó y rodó al interior de un baño, el hedor de una letrina, y oyó pasar voces amortiguadas y llenas de excitación, "Por aquí, tiene que haber venido por aquí". El Gato adivinó que enseguida volverían, las aletas de la nariz empezaron a temblarle, llegó a pensar Aquí no, y salió antes que la red terminara de cerrarse. Lo vieron, giraron sin prisa, como si estuvieran seguros de que ahora no podría escapar. Ese pausado movimiento asustó más al Gato que una arremetida, y aun antes de volver a saltar comprendió por qué: habían dejado un retén en el descanso. Eran dos y lo esperaban, sólidos, inconmovibles, sin miedo, con las piernas bien separadas, los puños enarbolados. "Venga, gatito" dijo uno. "Vamos, minino, ahora tiene que pelear." Vio la brecha entre ambos y se zambulló, y ese movimiento tan simple volvió a tomarlos desprevenidos porque eran peleadores a golpe de puño que no concebían otro tipo de lucha. El Gato cayó sobre el codo derecho y el hueso propagó por todo su cuerpo un instantáneo ramaje de dolor. Sus perseguidores se habían precipitado sobre sus piernas y no sólo lo golpeaban a él sino que se daban entre ellos. Ahora el Gato estaba parado, arrastrando a uno que se aferraba a su guardapolvo, y los demás venían a toda carrera. El Gato hizo un solo movimiento con la cabeza, una breve media vuelta, y el hueso de la frente chocó en carne blanda, que podía ser una mejilla o un ojo. El otro chico no gritó ni soltó el guardapolvo hasta que se desgarró, y ese gran pedazo de tela gris fue Llamado la Cola del Gato y llevado en triunfo desde entonces como un trofeo, un estandarte, un anuncio de la próxima victoria. Pero el Gato estaba libre y corría hacia una puerta, y detrás de la puerta otra larga sala penumbrosa con dos hileras de camas, y mientras corría, de una cama tras otra se alzaban espectrales sombras que se sentaban y lo miraban con ojos huecos como los muertos saliendo de sus tumbas, y fue entonces cuando sus ferrados botines volvieron a arrancar de los mosaicos de la enfermería un doble surtidor de chispas y por primera vez imaginó que eso no estaba ocurriendo, pero no se paró, una nueva inyección de pánico se resolvió en otro gigantesco salto y de ese modo había llegado a la cuarta esquina en lo alto del mundo. En el patio la Morsa se había apoderado de Dashwood y lo sacudía sin conseguir que hablara o por lo menos que dejara de balbucir una absurda invención de haberse golpeado contra una pared. Lo dejó parado en el centro del patio y por un momento pensó en llamar en su ayuda a Dillon que estaría en su pieza leyendo novelas policiales o escuchando valses en su viejo fonógrafo, pero no lo llamó. Puedo arreglarme, pensó. Y luego: Yo les voy a enseñar, poniéndose al acecho en uno de los claustros hasta que vio una sombra que cruzaba silenciosamente la arcada, diez pasos más lejos. Corrió tras ella, atrapó a Murphy por el cuello y lo abofeteó en la oscuridad. Murphy chilló y la Morsa volvió a abofetearlo. —¿Así que se divierten, eh? ¿Dónde están todos? —¿Quiénes? —gimió Murphy—. ¿Quiénes? —No te hagas el imbécil. Los que persiguen al nuevo. —No sé nada —dijo Murphy—. Tengo que vestirme para la bendición. —Ah, sí —dijo la Morsa dándole un coscorrón en la cabeza. —¡El padre Keven me espera! —chilló Murphy. —Ah, sí —dijo la Morsa, y entonces otra voz a su lado dijo—: Ah, sí —y vio la mandíbula de fierro y los ojos helados del padre Keven que con la estola en la mano lo miraba desde la puerta de la sacristía—. Véame mañana, en la rectoría —mientras acariciaba suavemente a su lastimado monaguillo. Dolan y su estado mayor aguardaban en el cuarto descanso. Oyeron el tumulto en la enfermería y de golpe el Gato apareció cruzando la puerta, se paró y se quedó mirándolos. —Hola —dijo Dolan, que no era alto, pero sí era fuerte y tenía ojos pardos en una cara cuadrada y maciza como la de un bulldog, con un mechón de pelo amarillo, caído sobre la frente, que se sacudía cada vez que hablaba—. Hola —dijo. —Me doy por vencido —jadeó el Gato. Al oírlo todos se echaron a reír. —Peleo con el que quieran —dijo. —No habrá pelea —dijo Dolan—. Te dimos una chance y no quisiste. ¿Sabes lo que habrá? Te desnudaremos hasta el hueso. —Uno de ustedes tiene que pegar primero —propuso el Gato—. Déjenme pelear con ése. —¿Para qué? —Para que vean que no le tengo miedo a ninguno. Volvieron a reírse y sin embargo un cuña había penetrado en ese sólido frente, el desafío colgaba como un trapo rojo y el grupo empezó a disolverse en individuos y a deliberar en silencio como antes, mientras el Gato se movía sin moverse, se deslizaba casi imperceptible y resbaloso y gris hacia una puerta oscura, lenta pero rápidamente mejorando su posición, sintiendo contra la espalda la dura pared que le daba una nueva seguridad, la promesa de un redoblado brinco, pero sin quitar los ojos de Dolan, que ahora vaciló un instante, y eso bastó para que alguien saltara al frente diciendo: —Déjenme, y antes que Dolan pudiera oponerse hubo una gran ovación que sólo fue quebrada por el Gato mismo, alzando una mano y ordenando casi a los demás que retrocedieran, cosa que hicieron casi con pesar sintiendo una absurda salpicadura de autoridad que de pronto emanaba del Gato quien al fin se había colocado en guardia, lúgubre y sereno y plantado con justeza, y entonces todos vieron el buen estilo y el perfil medido, el puño izquierdo alargado casi con despreocupación, el dorso del derecho levemente apoyado en la base de la nariz bajo los ojos deslumbradoramente vivos, el Gato que empezaba a girar en círculo alrededor y alrededor de Sullivan, hasta que su espalda estuvo contra el oscuro hueco de la puerta, y entonces simplemente caminó hacia atrás y se fue, jugándoles la última pero más fantástica broma de esa noche. Aquel refugio final era el lavadero, una gran habitación cuadrada y sofocante con una sola puerta y una ventana en la que se recortaban sombrías arboledas. En el centro se erguía una enorme máquina de lavar cuyos cilindros de cobre brillaban suavemente en la luz almacenada y reflejada por montañas de sábanas que se alzaban desde el piso hasta el techo exhalando un ácido olor a sueño, transpiración y solitarias prácticas nocturnas. El Gato tropezó, cayó, se hizo una pelota y salió convertido en fantasma hacia la ventana, guiando la caliente ola de persecución que de pronto inundó la estancia con un sordo reverbero de pasos y de gritos. Casi en un solo movimiento abrió la falleba y trepó al antepecho. Una mano lo sujetó, pero ya saltaba hacia la vertiginosa oscuridad. Diez minutos antes de lo establecido la Morsa tocó la campana llamando a bendición y empezó a meter a todo el colegio en la capilla, casi por la fuerza, yendo y viniendo con prisa frenética a lo largo de la fila, gruñendo y matoneando, "Vamos, vamos, pronto", sin detenerse a contarlos, "Pronto, no se queden dormidos", mientras rezagados y desertores de la cacería volvían trotando y se incorporaban sin ser interrogados, porque mañana habría tiempo para eso, para la distribución de culpas y castigos que esta vez, se prometió apretando los dientes, haría temblar a las piedras, "Pronto, dije", dando un coscorrón al último y allá adelante Murphy prendía las velas del altar mientras el padre Keven salía en oro y esplendor mirando desconfiado hacia la puerta y Dillon bajaba la escalera ajustándose la corbata para recibir su turno con la cara llena de sueño y de estupor. —Después te explico —le dijo—, y empezó a subir por el camino del Gato. Debajo de la ventana del lavadero había una leñera con techo de chapas que resonó como un cañonazo bajo el impacto del Gato, poblando el aire nocturno de chillidos de pájaros y remotos ladridos de perros. Mientras se incorporaba sintió que se había recalcado el tobillo y recordó la mano que lo había sujetado desviándolo de su línea de equilibrio. Resbaló cautelosamente por la pared del cobertizo, vio las caras blancas de sus perseguidores allá arriba en la ventana y mientras rengueaba hacia un alto cerco de alambre oyó la campana en la capilla que llamaba a bendición, como la serena voz de Dios o como esas otras voces dulces que a veces se oyen en sueños, incluso en los sueños de un Gato. En el oscuro centro del patio, el pequeño Dashwood estaba olvidado. Sabía que la caza continuaba porque no había visto regresar a los líderes. Pe un momento deseó correr a la capilla, arrodillarse y rezar con los demás, unir su voz al coro rítmico y cálido que en elogio de la Santa Virgen María brotaba ahora de la puerta en ondas mansas y apaciguadoras. Pero nadie lo había relevado de su deber. Además, estaba herido en combate y quería saber cómo terminaba. Acalló sus temores y empezó a deambular por el vasto edificio, buscando una señal o un ruido. Desde el lavadero, Dolan vio al Gato que se alejaba en la sombra. A su espalda se ataban sábanas para formar una larga cuerda, mientras Murtagh y otros bajaban corriendo la escalera y saldrían por los fondos en, quizás, treinta segundos. La lucha no había concluido. Amargado, sombrío, sentado en una pila de sábanas, Walker callaba y despreciaba. De puro pálpito, gracias a una imaginación infatigable y certera, había conseguido estar en el lugar de la batalla en el momento justo, para que ese montón de imbéciles la dejara evaporarse. No podía correr, como había hecho Murtagh, no podía volar, como en ese mismo instante estaba haciendo Dolan, sólo podía pensar. Tardaría más de cinco minutos en bajar la escalera y salir por el fondo. Su rostro se desfiguraba en una mueca de tormento espiritual al ver cómo los dioses se perfilaban nuevamente contra él. El Gato no trató de saltar el cerco. Una sola mirada, dada por el tobillo lastimado, el dolor incluido en el circuito de visión, le demostró que era inútil. Además, detrás del cerco estaban el mundo y su casa, adonde no quería volver. Prefería jugar su chance aquí. Se tendió tras una pila de cajones, apoyando la cara en el pasto dulce y frío, y a través de los resquicios de la pila vio los guerreros que se derramaban por el campo, desde el frente y desde el fondo, y luego a Dolan que bajaba flotando como una enorme araña nocturna en su plateado hilo de sábanas. De los vitrales de la capilla venía un manso arroyo de palabras extrañas, destinadas quizás a condoler y aplacar —Turris ebúrnea Pray for us! pero el Gato no se sintió condolido ni aplacado. El pequeño Dashwood había encontrado su camino hacia la puerta del frente y salió al penumbroso parque de pinos y araucarias. Ahora temblaba un poco porque estaba completamente solo en un mundo exterior cuyas reglas ignoraba. Nunca se había atrevido a ir tan lejos. De golpe lo asaltó una aguda nostalgia de su madre. No se oía otro ruido que el sordo retemblor de un camión en la ruta o el chistido más agudo de las gomas de un auto, hasta que repentinamente todas las ranas se pusieron a cantar. Dobló hacia la izquierda, canturreando él también, en voz muy baja, para no tener miedo. Los cazadores se habían desplegado en un amplio semicírculo cuyos extremos se apoyaban en el cerco. Dolan les ordenó algo mientras examinaba el terreno. Vio a la izquierda un gran tanque de agua sobre pilotes de cemento; chorreando sonoramente su exceso en una charca; en el centro, oscuros matorrales; a la derecha, una pila de cajones. En algún lugar de ese semicírculo de ochenta yardas de diámetro debía esconderse el Gato, pero no tenían que apretujarse alrededor sino formar una barrera en terreno despejado hasta encontrar un método que lo sacara de su escondite. Se sentó en el pasto y encendió un cigarrillo mientras pensaba. En la capilla el padre Keven mostraba la custodia a un soñoliento auditorio. Era un hombre áspero, con una úlcera que lo roía especialmente durante los oficios divinos, lo que sin duda era debido al enfermizo olor del incienso. El celador Dillon miró su reloj y se ubicó junto a la entrada. La Morsa recorría a la inversa la ruta de la caza. En el descanso del lavadero pasó junto a una sombra acurrucada en la oscuridad, sin verla. Era Walker que había agotado la tortura de la cavilación y se sentía nuevamente guiado por una furiosa certeza que en seguida volvió a ponerlo en movimiento, arrastrando escaleras abajo su pata inútil y pesada como una culpa, tomándose de la baranda y dejándose caer escalón por escalón. Cuando la Morsa entró en la enfermería, los enfermos se alzaron unánimes en una ola llena de índices y exclamaciones que por supuesto lo mandaron en la dirección equivocada, y cuando lo vieron irse se arracimaron nuevamente junto a una ventana lateral que les permitía observar algo de lo que ocurría abajo. La Morsa bajó por la otra punta del edificio, salió al campo, ambuló, perdido, rumbo a la desierta cancha de paleta. El Gato vio apagarse las luces de la capilla, después del destello de agonía de los cirios del altar, sintió un flujo de movimiento hacia arriba, una tibia corriente de vida que ascendía rumbo al sueño por sus cauces prefijados, dejándolo solo, él y sus enemigos, ese oscuro círculo señalado de tanto en tanto por la brasa de un cigarrillo. Una raya instantánea de luz recorrió las ventanas superiores del dormitorio. Entonces Dolan dio una orden y una rala hilera de exploradores comenzó a converger sobre el escondite del Gato, mientras los demás se aguantaban en campo descubierto. El Gato miró hacia el este, vio un manchón de luz cenicienta entre las ramas bajas de los árboles. Estaba saliendo la luna. Su mano apretaba una piedra del tamaño de una manzana mientras el terror volvía a cabalgarle en la sangre. En el parque, Dashwood se había cansado y extraviado. Su hermosa cara estaba desfigurada por el zarpazo del Gato, la sentía inflamada y dolorida. De tanto en tanto había creído oír los ecos de la caza, un grito, un acorde suelto de la armónica, pero siempre se había equivocado. Las campanadas de la bendición quedaban muy atrás, entre sus recuerdos de ayer y del pasado en general. Ese corte en el flujo de la realidad lo asustó: bruscamente sintió ganas de correr hacia el camino y no volver más, nunca más. El edificio del colegio se alzaba como un dragón alto y sombrío con su reluciente dentadura de luces en los dormitorios. Quería que su madre lo hiciera dormir. De pronto se sintió muy triste y se sentó en el pasto, metió la mano en el pantalón y empezó a acariciarse. Eso le dio consuelo, una especie de indefinida felicidad, como flotar muy alto sobre los campos y los pueblos, liviano como un chajá que baña su plumaje en la luz del sol y la altura de las nubes, un placer sereno que nunca llegaba a culminar, porque era muy chico para eso, pero ya no le importaba que el dragón avanzara sobre él con sus dientes amarillos y lo devorase. La parábola de la piedra estuvo medida al centímetro. Silbó aguda en la noche, sin que nadie la oyera salvo el Gato, hasta que chapoteó sordamente en la charca debajo del tanque. Entonces ya nadie quiso escuchar las órdenes y maldiciones de Dolan, el círculo se fundió en una única embestida, la red se disolvió en una sola ola de excitación y coraje, y hasta la armónica asumió los primeros compases de la Carga de la Brigada Ligera, alegrando inclusive el corazón del Gato que ya se arrastraba invisible hacia la leñera, empujaba la puerta entreabierta, se confundía con la tiniebla que olía a humedad y piquillín, a sarcasmo y a refugio. Allí su suerte lo alcanzó. La puerta se abrió de un golpe o de un grito, y allí estaba Walker, recortado en la luna, arrastrando su pata santa y su quemante aliento, la cara saturnina brillando con la luz de la verdad y la revelación. El Gato se ordenó saltar, pero en cambio gimió, atrapado en el aura supersticiosa que emanaba de su verdugo, en la ley que ordenaba que el más pesado y lento de todos, el que no podía correr ni volar, lo reclamara como presa. Cuando llegó al lugar Richard Enright, 23 años, por mal nombre la Morsa, la batalla había sido librada, y ganada y perdida. Las sombras de los guerreros seguían filtrándose por las entradas del edificio dormido y la luna brillaba sobre la forma casi insensible del chico que desde entonces llamaron el Gato, tendido sobre el pasto, diciendo palabras que Enright no intentó comprender. El celador lo miró, terriblemente golpeado como estaba, y comprendió que ya era uno de ellos. La enemistad de la sangre había sido lavada, ahora quedaban todas las otras enemistades. En diez días, en un mes, se convertiría realmente en un gato predatorio al acecho de tentadores pajaritos. Los aguardaría en un pasillo oscuro, detrás de la puerta de un baño, escondido en un matorral, y golpearía. Si le daban botines de fútbol, trituraría tobillos; si le daban un palo de hurling, apuntaría astutamente a las rodillas. Con un poco de libertad, con un poco de suerte, con un poco de la fiebre del deseo, con un relumbre de la gloria de las batallas, el águila del mando bajaría a su turno sobre él. Y sin embargo Enright sabía que el alma del Gato estaba llagada y sellada para siempre. Trató de imaginar lo que sería cuando fuera un hombre, trató de inducir alguna ley más general. Pero no pudo, no era demasiado inteligente y al fin y al cabo no era cosa suya. —Vamos, pibe —le dijo tomándolo de la mano, ayudándolo a levantar, aguantándose firme contra la mirada fija y sangrienta con que un solo ojo del Gato lo miraba—. Vamos —palmeándole la espalda, como los demás lo palmearían mañana, la semana que viene—. Parece que perdiste el camino al dormitorio. El Gato sollozó brevemente, después retiró la mano. —Puedo caminar solo —dijo. Fuente http://www.elortiba.org/walsh.html El que no sepa quién fue Rodolfo Walsh puede hacer clic acá al lado http://es.wikipedia.org/wiki/Rodolfo_Walsh Otro terrible cuento de Walsh posteado en taringa (Los oficios terrestres, propiamente)
"Detrás de ellos está la sombra de los asesinatos cometidos también durante el gobierno de Yrigoyen de la Semana Trágica y de los hacheros de La Forestal." Lo que me llamó la atención de esa frase de Osvaldo Bayer(figura en el artículo "Soy agente foráneo, prochileno y delirante", en la ya clásica contratapa del página, día 7/07/07) fue mi completa ignorancia acerca de "La Forestal", y más que nada, el hecho de aparecer nada menos que al lado del sangrientísimo episodio de la Semana Trágica. Por eso busqué un poco sobre el tema y me pareció interesante que otros también se enteren de lo que pasó en el Chaco Austral bajo un gobierno democráticamente electo hace menos de cien años. La Forestal La Forestal (The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited) es el nombre de una empresa argentina de capitales extranjeros que manejó buena parte de la actividad política y económica de un sector del norte argentino a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX. Su nombre es tristemente recordado por haber significado la destrucción de una parte importante de los recursos naturales, la explotación de sus trabajadores y los obscuros contactos con el poder de turno. La devastación natural Esta empresa de origen inglés, pero además con capitales franceses y alemanes, fue iniciada en 1872 a raíz de un empréstito que la Argentina obtiene con la empresa Murrieta de Londres. Esta firma llevó a la desastrosa explotación de 1.500.000 hectáreas de quebrachales en el Chaco Austral (norte de la provincia de Santa Fe, sur de la provincia del Chaco y noreste de la provincia de Santiago del Estero). Según algunas versiones, la explotación llegó hasta la zona de El Impenetrable chaqueño. La empresa exportaba postes y durmientes para el ferrocarril, rollizos y, esencialmente, tanino. Mecanismos espurios La firma se propagó y llevó adelante el usufructo, a saber: compra de tierras a precios miserables, subsidios de la nación y de las provincias sin pagos de devoluciones y constantes sobornos a funcionarios públicos. Un caso por antonomasia era el de Lucas González, quien era uno de los representantes de la firma Murrieta en el país pero, a la vez, era el funcionario nacional encargado de negociar con la misma empresa sobre los alcances de la misma. Estado dentro de un Estado La Forestal resultó ser un gran negocio para sus múltiples dueños que contaba con ferrocarriles, puertos propios y pagaban a sus vapuleados trabajadores con vales que éstos a su vez debían de canjear en los almacenes de la mismísima empresa. El caso alegórico fue de Aniceto Barrientos de Villa Ana (Santa Fe) que, durante su vida de asalariado en la empresa, fue contabilizando cuántas veces recibía el mismo vale con el mismo número y, llevando la anotación en un cuaderno, registró 137 veces. Moneda de La Forestal La Forestal además tenía una fuerza propia de represión: la "gendarmería volante" (popularmente conocida como "los cardenales", financiada por la propia empresa, y armada y uniformada por el gobierno provincial del gobernador Enrique Mosca quien sería luego candidato a vicepresidente por la Unión Democrática en 1945. Las huelgas: muerte y represión Las grandes luchas obreras contra la empresa comenzaron en 1919 y contaron con la colaboración de los anarquistas de la FORA además de socialistas y sindicalistas libres. La primera huelga en el mes de julio fue en reclamo de un aumento salarial, jornada de solo 8 horas de trabajo y suspensión de masivos despidos compulsivos. La segunda huelga se produjo entre diciembre de 1919 y enero de 1920, en la cual el gobierno nacional movilizó a soldados del Regimiento de Infantería Nº 12 con asiento en Rosario. La tercera huelga en La Forestal del año 1922 fue la más importante y culminó con una salvaje represión, donde la "gendarmería volante" y otras formaciones parapoliciales impunemente patrocinadas por el gobierno de Hipólito Yrigoyen actuaron despóticamente con un saldo de centenares de muertos y 19 dirigentes huelguistas condenados a la cárcel. En el cuaderno del capataz Aniceto Barrientos registraba lo siguiente: “a los muertos los apilaban uno sobre otro, le clavaban el cuchillo en la nuca por si estaban vivos, desde ese día tenía miedo de volver a trabajar porque nos miraban con odio, como si fuéramos perros sarnosos”. El final de la empresa La firma se retiró del país en el año 1966 debido a la brusca caída de los aranceles internacionales de la madera y el tanino, reemplazado por nuevos productos. La Forestal dejó graves consecuencias económicas, ecológicas, y humanas. La acentuación de la tala del quebracho agotó ese recurso natural, en lo humano y económico el 95% de sus trabajadores no pudieron jubilarse, muchos perdieron sus hogares, las industrialización fue destruida, los pueblos se empobrecieron y su gente alimentó los suburbios de las grandes ciudades creando villas miseria. (Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/La_Forestal, acá también se pueden encontrar dos notas del diario Clarín acerca de La Forestal) Nota de Bayer sobre la Forestal En los caminos vacíos de La Forestal http://ar.geocities.com/veaylea2000/bayer/01-07-07forestal.htm Soy agente foráneo, prochileno y delirante (de donde saqué la cita del principio) http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87743-2007-07-07.html

Bueno, la cuestión es que esta información ya fue posteada, pero como lo pusieron en la sección novatos nadie se enteró. Como me pareció muy interesante, pensé que estaría bueno dar a conocer esta información. Como mi única función en el asunto es copiar y pegar, aparte de que dudo seriamente de los poderes mágicos de los puntos, si quieren dejar alguno, vayan al post original. De paso el autor se hace Full. Compañeros Taringueros de Buenos Aires: ¿Cómo va? Me encuentro repitiendo esta información que aunque técnicamente sea un repost, considero que no debe quedar en el olvido (¿Acaso el lema de esta página no es "Inteligencia Colectiva"?) Si ingresan a la siguiente página (Click en la foto): Encontrarán más de 1200 talleres culturales gratuitos del Programa Cultural en Barrios, ofrecidos en 37 Centros Culturales de toda la Ciudad. Hay talleres de lenguaje teatral, musical, corporal, plástico y visual, audiovisual, comunicación social, arte textil, artesanías y oficio y más. Informes: en el Centro Cultural de tu barrio, de 18 a 21 hs. Programa Cultural en Barrios: Av. de Mayo 575 PB, of. 16. Tel. 4323 9400, int. 2765. Consultas: Lunes a viernes de 11 a 17 hs. Espero que aquellos interesados puedan acercarse y aprovecharlo. Yo hace un par de años estuve en un taller de teatro, y en un taller literario y ambas experiencias fueron muy buenas. Saludos, LudoMatic.- Fuente: http://www.buenosaires.gov.ar/areas/cultura/cen_culturales/talleres_culturales/buscador.php?area El Post Original: http://www.taringa.net/posts/arte/1077149/Talleres-culturales-gratis-(Teatro,-Literatura,-Cine)---BsAs.html