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gandalfoide

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Primer post: 3 jun 2007
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Usos de la tecla ALT
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InfoporAnónimoFecha desconocida

Gentuza amiga... ustedes pensarán que estoy muy al pedo... pero no, nunca en el año estuve tan ocupado. Resulta que desde hace unos días, desde que creé mi imagen de HAY TABLA, que cada vez que la quería agregar en algun post, tenia que ir a "Agregar" porque no sabia como corno meter el corchetito ese poronga []. Cuestión que hoy me cansé... estaba haciendo una monografía para la facu de cómo se incide sobre el cuerpo del ser humano, y especificamente sobre el de la mujer, en base a estándares culturales, religiosos, etc; y haciendo una analogía entre las técnicas de tratamiento del cuerpo posteriores a la decada del '60 (lease cirugia estetica, dieta, gimnastica, farmacopea, etc) y la ablación (castración genital femenina) en Africa y otros lugares del mundo. Bueno, me fui al carajo... me fui de tema. Como decía, estaba haciendo esa monografía, y quería agregar nuevamente esos putos corchetes para citar a Foucault, y no sabía como mierda ponerlos... asi que me puse uno a uno con la tecla ALT + todos los números del teclado numérico, y resultó esto que les presento ahora... Qué se logra haciendo esto! Asi que voilá! Ah, adjunto una breve información que me pareció piola compartir: Antes que los fabricantes descubrieran que muchos usuarios no escribíamos en inglés, los caracteres especiales sólo podían ser ingresados a través del teclado numérico y la tecla ALT. Aún hoy, ALT + 64 escribirá el símbolo @. Esta técnica, es llamada genéricamente Alt code. El número corresponderá a dos tipos diferentes de caracteres, si el primer dígito no es cero, se corresponde con el código de página 437 en U.S. o el 850 en Europa Occiedental (Multilingual Latin-1), que es un código ASCII extendido y permite ingresar valore de 8 bits (0 a 255) con lo cual se pueden generar 256 caracteres. Los valores 1 a 31 son llamados caracteres de control y se muestran en Windows como caracteres gráficos: ♪☺☻♥♦♣♠•◘○◙♂♀♪♫☼►◄↕‼¶§▬↨↑↓→←∟↔▲▼ Los valores 48 a 57 son los números, los comprendidos entre 64 y 90 corresponden a las letras mayúsculas y entre el 97 y el 122 están las letras minúsculas. Todos los demás, hasta el 127 son símbolos comunes (coma punto, paréntesis) y el resto, son caracteres gráficos varios y las letras "especiales" entre ellas, los acentos: ALT+160 es la á, ALT+161 la í, ALT+162 la ó, ALT+163 la ú, ALT+164 la ñ, ALT+165 la Ñ, ¿y la é? pués es ALT+130, ALT+129 es la ü y así, todo lo demás. Si el valor tipeado es precedido por un cero el carácter tipeado corresponde al código ASCII Windows-1252 que contiene códigos de control especiales (bell, backspace, tab) aunque los valores entre 32 y 126 son iguales para ambos. Los superiores son complejos y para encontrar la correspondencia, hay que sumarle 256: ALT+130 = ALT+256+130 = ALT+386 y, en ambos, caso, se escribe é ¿Confuso? imaginen lo que significaba escribir una carta en Word. http://vagabundia.blogspot.com/2007/03/alt64.html ALT Fijense que del 20 en adelante, puse las decenas no más, me dió paja escribir numerito por numerito 0- 1-☺ 2-☻ 3-♥ 4-♦ 5-♣ 6-♠ 7-• 8-◘ 9-○ 10-◙ 11-♂ 12-♀ 13-♪ 14-♫ 15-☼ 16-► 17-◄ 18-↕ 19-‼ 20-¶ § ▬ ↨ ↑ ↓ → ← ∟ ↔ 30-▲ ▼ ! " # $ % & ' 40-( ) * + , - . / 0 1 50-2 3 4 5 6 7 8 9 : ; 60-< = > ? @ A B C D E 70-F G H I J K L M N O 80-P Q R S T U V W X Y 90-Z [ \ ] ^ _ ` a b c 100-d e f g h i j k l m 110-n o p q r s t u v w 120-x y z { | } ~ ⌂ Ç ü 130-é " ä à å ç ê ë è ï 140-î ì Ä Å É æ Æ ô ö ò 150-û ù ÿ Ö Ü ø £ Ø × ƒ 160-á í ó ú ñ Ñ ª º ¿ ® 170-¬ ½ ¼ ¡ « » ░ ▒ ▓ │ 180-┤ Á À © ╣ ║ ╗ ╝ ¢ 190-¥ ┐ └ ┴ ┬ ├ ─ ┼ ã Ã 200-╚ ╔ ╩ ╦ ╠ ═ ╬ ¤ ð Ð 210-Ê Ë È ı Í Î Ï ┘ ┌ █ 220-▄ ¦ Ì ▀ Ó ß Ô Ò õ Õ 230-µ þ Þ Ú Û Ù ý Ý ¯ ´ 240- ± ‗ ¾ ¶ § ÷ ¸ ° ¨ 250-· ¹ ³ ² ■ 256- desde acá se empieza a repetir desde el número 1 Mis dedos!

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Argentina Sub 20 en Cuartos de final!
InfoporAnónimoFecha desconocida

Ultimo Momento El Sub 20 fue mucho más que Polonia y está en cuartos Se impuso por 3-1 en Toronto y avanzó de ronda en el Mundial de Canadá. Los europeos se pusieron en ventaja a través de Janczyk, expulsado en el final. Pero el equipo de Tocalli se recuperó y lo dio vuelta a puro fútbol. Di María y Agüero, con dos golazos, anotaron para Argentina, que ahora espera por el ganador de México y Congo. Un nuevo paso del Sub-20 en su misión de quedarse con el título del Mundial de Canadá. Esta vez, el equipo de Hugo Tocalli venció ajustadamente, aunque con claridad, a Polonia por 2-1, en un partido disputado en Toronto. Los europeos se pusieron en ventaja a través de Janczyk, pero Argentina pudo dar vuelta la historia gracias a los goles de Di María y Agüero. El próximo rival saldrá del choque entre México y Congo. En lo netamente futbolístico, los chicos argentinos fueron superiores desde el vamos. Con actitud y empuje, dominaban el trámite en el arranque y jugaban en campo polaco. Sin embargo, los problemas defensivos traían dolores de cabeza. Así fue que el arquero Romero apareció apara evitar la caída de su arco en el comienzo, en un mano a mano con Janczyk. La respuesta llegó de la mano de Agüero, quien definió de cachetada entrando por derecha y se topó con Bialkowski. A once del descanso, la sorpresa. Janczyk, el único punta de Polonia, recibió llamativamente solo por derecha y resolvió con un remate cruzado ante Romero. El 1-0 no se acoplaba a lo que había reflejado el desarrollo. Apenas cinco minutos le duró la ventaja al seleccionado europeo. Se enchufaron Moralez y Agüero, tiraron una pared bárbara y luego de un toque hacia el medio, Di María anticipó y tocó a la red. El reemplazante del lesionado Mauro Zárate, ausente por un dolor en la rodilla, pagaba su presencia. Y el entretiempo llegaba con todo como al principio: igualados, pero 1-1. En la segunda parte, a los de Tocalli les bastó con mantener el nivel y ser constantes. Sólo se jugaba un minuto de los 45 finales y Argentina ya lo había dado vuelta. Agüero recibió de espaldas al arco en le medialuna del área, le tiró un sombrerito divino a un defensor y terminó la obra de arte con un zurdazo bajo y cruzado. El 2-1 tenía otro color. Y estaba bien. Pudo liquidarlo antes, pero la imprecisión el la última puntada no se lo permitió. A cinco del cierre, sí, llegó la frutilla del postre. Moralez, de enorme partido, buscó a Agüero, la pelota dio en un defensor polaco, y el Kun definió con maestría. Dejó sentado al arquero y tocó con el arco libre. 3-1, justa victoria y una demostración de fútbol que contagia de cara a lo que viene. México o Congo será el obstáculo a eludir para meterse en las semis. http://www.clarin.com/diario/2007/07/12/um/m-01455723.htm

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Zildjian Day 2007 en Argentina!
InfoporAnónimoFecha desconocida

Gentuza amiga... me acabo de enterar de esto, el lunes 24 se hace el Zildjian Day en el Ateneo. GROOOSO Cuarteto de bateros El Zildjian Day 2007 reunirá a Cindy Blackman (Lenny Kravitz), Brady Blade (Dave Matthews Band) y los locales Sebastián Cardero (Los Piojos) y Andrés Vilanova (Carajo). Una clase abierta, para disfrutar entre expertos. ¡Atención bateros argentos! El lunes tendrán la posibilidad de ver juntos, sobre un mismo escenario, a la batera de Lenny Kravitz y al baterista de Dave Matthews Band. La propuesta argentina se suma con la presencia de Sebastián Cardero de Los Piojos, y Andrés Vilanova de Carajo. Juntos estarán haciendo un set de quince minutos donde mostrarán sus trabajos. Ciudad.com mantuvo una charla telefónica con ambos, donde contaron qué espera cada uno para el lunes. ¿Qué van a mostrar en el set que armaron? Andrés: Tenemos un momento de cada uno donde vamos a improvisar, y después vamos a tocar algunos arreglos unísonos que hicimos. Sebastián: Nos juntamos a armar una secuencia medio de hip hop con condimentos de rock que dura quince minutos. En el medio van a ir pasando duetos nuestros y un solo de cada uno de cinco minutos. La idea es mostrar en poco tiempo lo que hacemos habitualmente. A lo largo de su experiencia, ¿qué les costó más aprender como bateros? A: Cuando fui por primera vez a un profesor me hizo un ejercicio bastante básico de rudimentos, que me costaba bastante. Lo pude superar y eso fue como un click para que pueda sentir que podía seguir con eso. S: Las cosas que me costaron fueron las que no me interesaron demasiado y las veía como que había que tocarlas o aprenderlas para tenerlas dentro del vocabulario de cada uno. El poco interés hacía que no le prestara atención. ¿Esperan aprender algo el lunes de Cindy Blackman y Brady Blade? A: Sí, siento que siempre hay que seguir aprendiendo. Soy bastante joven y me parece que todo lo que uno puede aprender de la música hacen que uno sea mejor baterista, guitarrista o lo que sea. S: Yo espero poder disfrutarlo, ir y pasarla bien. Si algo de lo que hacen me queda, buenísimo. Pero si me pongo en el plano de ir a estudiar no da, pienso en ir a escuchar y ver a dos buenos bateristas. Acá fotos de los que van a estar en el Zildjian Day: Cindy Blackman CINDY BLACKMAN. La baterista de Lenny Kravitz llega a la Argentina para participar del Zildjian Day. Brady Blade BRADY BLADE. Además de baterista es productor discográfico y compositor. Andrés Vilanova ANDRES VILANOVA. Empezó en A.N.I.M.A.L. y hoy es el baterista de Carajo, con quienes grabó 5 discos. Sebastián Cardero SEBASTIAN CARDERO. Es el baterista de Los Piojos, con quienes grabó cuatro discos. FUENTE:

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Top Ten: los mejores riffs
InfoporAnónimoFecha desconocida

Bueno... otro ranking mas de la apestosa Rolling Stone... y van cuantos tops chotos!? Lo pongo igual para ver no mas... los odio pero igual me gusta estar informado Top Ten: los mejores riffs Una selección de los fraseos de guitarra más recordados en cuatro décadas de rock and roll. ¿Cuál es tu favorito?Aquellos fraseosPegadizos, estúpidos, inolvidables, geniales: los riffs de guitarra (dícese de aquellos fraseos que dominan la estructura de una canción) son parte integral de las vidas de todos los amantes del rock and roll. Esta selección (que, una vez más, generará polémica entre quienes visitan RSLA.com) trató de ser lo más equilibrada posible en cuanto a nombres, décadas y estilos musicales. Sabiendo que, una vez más, no van a estar de acuerdo y que muchos de sus favoritos no estarán en el listado, acá van nuestros elegidos. ¿Cuáles son los tuyos?El Top Ten1"Smoke on the Water" por Deep Purple La anécdota es casi infalible: el 99% de quienes comienzan a darse maña con una guitarra arrancan su trayectoria tocando este clásico de Ritchie Blackmore y Deep Purple. La leyenda dice que un incendio en medio de un show de Frank Zappa sirvió como inspiración para el tema.2"(I Cant' Get No) Satisfaction" por The Rolling Stones"Que la inspiración te sorprenda trabajando", solía decir Pablo Picasso, y eso fue lo que le pasó a Keith Richards: horas tocando y tocando hasta que salió el riff de "Satisfaction". Lo grabó, y se quedó dormido. Al día siguiente Mick Jagger lo escuchó, y el resto es historia conocida...3"Seven Nation Army" por The White Stripes "¡Oh oooooh oh!". Cómo un fraseo se impuso tanto como marca registrada de un grupo, cómo ese riff puede ser coreado como un hit tribunero por todas las tribus del rock y cómo, al mismo tiempo, puede consagrar a ese combo. Jack White lo hizo con "Seven...", clásico de clásicos desde su aparición.4"Smells Like Teen Spirit" por Nirvana Imaginen a Kurt Cobain intentando escribir la canción definitiva, con los Pixies como musa. Un riff que sale, y Krist Novoselic calificándolo de "ridículo". Menos mal que sus compañeros no le hicieron caso: nos hubiesen privado del himno de los 90.5"Purple Haze" por Jimi Hendrix Los sueños y la lisergia, unidos de la mano de la visión cósmica del mundo que tenía el genial Jimi Hendrix (su "Discúlpame mientras beso al cielo" es una clara muestra de eso) para su primer suceso mundial. Su fraseo de inicio fue miles de veces imitado, y los fracasos en esa titánica tarea, innumerables.6"Ziggy Stardust" por David Bowie Sin dudas que la carta de presentación de un marciano que viene a salvar al mundo de la mano del rock tiene que estar acompañada por un riff demoledor, que debe influir a varias generaciones. Bowie lo sabía, y tanto Bauhaus como Placebo le deben su carrera a "Ziggy...".7"Sweet Child O' Mine" por Guns N´Roses Los Guns N' Roses en su apogeo, con un Axl romántico, un Izzy monolítico y una base rítmica de fierro para sostener la circularidad de la guitarra de Slash, que con pocos pero contundentes acordes construyó un infaltable en esta clase de listas.8"Houses of The Holy" por Led Zeppelin Jimmy Page, o el mejor hacedor de fraseos de la historia del rock. "Houses...", que pertenece a Physical Graffiti (o el Album Blanco de Led Zeppelin) condensa todas las virtudes de un gran riff, esas que fueron descriptas en la intro: recordación, gracia, sandez y gancho.9"Teenage Riot" por Sonic Youth La banda de sonido de la revuelta que sólo existió en la alucinada mente de los Sonic Youth: la de un grupo de adolescentes contra la administración Reagan, consagrando a J Mascis (de Dinosaur Jr.) como presidente. Un riff ganador y optimista, en donde la afinación no covencional de las guitarras es preponderante.10"How Soon Is Now?" por The Smiths Quizás el tema por el que siempre se recordará a The Smiths: una guitarra Rickenbaker con vibrato (cortesía del guitarrista por excelencia de los 80, Mr. Johnny Marr) construyendo un riff que acompaña, entrando y saliendo del tema, al mejor Morrissey.FUENTE:http://www.rollingstonela.com/musica/musica_cs.asp?tema_id=268&nota_id=937175&pid=3086416&toi=5346PS: Soy yo o los White Stripes le estan pagando a la rolling stone para q los pongan en todos los rankings en buena posicion??

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La leyenda del gran escritor - Roberto Bolaño
La leyenda del gran escritor - Roberto Bolaño
InfoporAnónimoFecha desconocida

Gentuza amiga... Les traigo aquí una muy buena nota sobre Roberto Bolaño (No, no es el chavo, es un gran escritor chileno). Es un escritor que descubrí hace un par de años, habiendo leído "Estrella Distante", y me gustó mucho... Asi q bueno, como me pasó con un post de otro gran escritor Murakami, no se que tipo de repercusión tenga esto... pero bueno... con que un par comenten yastá ROBERTO BOLAÑO: GENIO Y FIGURA Por momentos parece que el fervor de sus fans en toda América latina excede incluso los límites de una pasión. Roberto Bolaño, muerto a los 50 años, tiene todas las condiciones para ser considerado el gran escritor latinoamericano contemporáneo. ¿Pero lo es? Aquí, qué piensan Isabel Allende, Darío Jaramillo, Fernando Vallejo, Fogwill, Alberto Fuguet y 39 autores jóvenes reunidos hace poco en Colombia. La palabra leyenda viene de legenda, que en latín significa "lo que debe ser leído". Hay consenso, un acuerdo de masas lectoras, un dogma, que sostiene que Roberto Bolaño es una leyenda y que debe ser leído. También circula una certeza: Bolaño, el fallecido escritor chileno, multiplica sus lectores en forma permanente. Quienes lo leen se transforman en seguidores y suelen pasar al estadio de fans como si esa estrella a alcanzar fuera un Jim Morrison (muy escuchado por Bolaño). Y aunque sus restos hayan sido cremados y sus cenizas arrojadas al Mediterráneo, la procesión de sus fieles marcha constante y segura en busca de sus secretos, de nuevos poemas y cuentos como los que se publicaron recientemente. Van en busca de un Bolaño que tal vez no exista pero que se construye, destruye y reconstruye en sus miradas, lecturas y relecturas. Bolaño era chileno pero se reconocía como un autor latinoamericano. Hoy podría ser un escritor del mundo, su letra ya se tradujo al inglés y se vende de forma notoria en Estados Unidos, la meca de la venta literaria masiva; su voz y su imagen es reproducida al infinito en youtube.com; documentales, ensayos, tesis y monografías lo reviven en medios de comunicación y universidades. El fenómeno marcha. "Con la muerte de Bolaño empieza una leyenda", dijo Enrique Vila Matas. Esa leyenda está viva. Repiquetea por el mundo entero. Pero sería más justo decir que recién comienza, que el efecto Bolaño está subiendo la curva y que todavía se lee por primera vez, todavía se está descubriendo. Su muerte temprana a los 50 años esperando un hígado fue el primer renglón de la construcción de un mito al que Bolaño contribuyó casi de forma directa. Murió el 14 de julio de 2003, en el hospital Valle de Hebrón de Barcelona. Pasó diez días en coma sufriendo por una complicación hepática mientras esperaba en vano un trasplante. Dejó textos terminados para su publicación y otros inconclusos. Estaba preocupado por el futuro económico de su mujer y sus hijos. Entre esos papeles quedaban cinco textos que por un acuerdo entre editor y familia dieron origen a la tremenda novela llamada 2666, en la que llevó al extremo su capacidad imaginativa y fabuladora en torno de un personaje que retoma la figura del escritor desaparecido, en este caso, Benno von Archimboldi y donde también se exhibe el horror del feminicidio de Ciudad Juárez, México, donde las mujeres suelen ser presa de caza. Gracias a la buena relación entre los familiares y el editor de Anagrama Jorge Herralde, este año llegaron a la Argentina los textos encontrados y reunidos en El secreto del mal y La universidad desconocida (Anagrama). También llegaron, caros pero imperdibles, ejemplares de poesía reeditados como Los perros románticos y Tres (Acantilado). En El secreto... hay relatos aparentemente sin terminar, ensayos, referencias y algunas admiraciones sobre la literatura argentina y una mirada irónica sobre Evita y Perón puesta en boca de V. S. Naipaul. Allí denosta a Osvaldo Soriano, relativiza a Roberto Arlt y se rinde ante Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, Osvaldo Lamborghini, César Aira, entre otros. Dice: "De estas tres líneas más vivas de la literatura argentina, los tres puntos de partida de la pesada, me temo que resultará vencedora aquella que representa con mayor fidelidad a la canalla sentimental, en palabras de Borges. La canalla sentimental, que ya no es la derecha (en gran medida porque la derecha se dedica a la publicidad y al disfrute de la cocaína y a planificar el hambre y los corralitos, y en materia literaria es analfabeta funcional o se conforma con recitar el Martín Fierro) sino la izquierda, y que lo que pide a sus intelectuales es soma, lo mismo, precisamente que pide a sus intelectuales, que recibe de sus amos. Soma, soma, soma Soriano, perdonáme, tuyo es el reino. Arlt y Piglia son punto y aparte. Digamos que es una relación sentimental y que lo mejor es dejarlos tranquilos. Ambos, Arlt sin la menor duda, son parte importante de la literatura argentina y latinoamericana y su destino es cabalgar solos por la pampa habitada por fantasmas. Allí sin embargo, no hay escuela posible. Corolario. Hay que releer a Borges otra vez". La conquista de E.E.U.U. "Nocturno de Chile es lo más auténtico y singular: una novela contemporánea destinada a tener un lugar permanente en la literatura mundial". El elogio era de Susan Sontag y fue ella misma quien, en una rueda de prensa en Oviedo, en ocasión de recibir el Premio Príncipe de Asturias 2003, cargó contra los "falsos escritores", los "escritores mercenarios", y por el contrario dijo: "De lo que he leído en los últimos años, me gusta mucho Roberto Bolaño. Es una pena que haya muerto tan joven. Escribió mucho y estaba empezando a ser traducido al inglés, pero le quedaba tanto por escribir..." Bolaño desembarcó en Estados Unidos con varios títulos. Los detectives salvajes (The savage detectives) se editó este año en EE.UU. traducido por Natasha Wimmer. El periodista francés Jean Francois Fogel dice que al llegar este año a las librerías estadounidenses, la apreciación sobre Bolaño parece definitiva. Eso es así, especialmente, tomando en cuenta el extenso artículo del The New Yorker. Una de las palabras clave que utiliza la revista es "infrarrealistas", el nombre del grupo poético de Bolaño en su etapa mexicana. "Cuando los yankees se preocupan del infrarrealismo (de manera global el mundo nota el exceso de realismo en la manera gringa de actuar) no se puede negar que pasa algo", dice Fogel en su blog. Daniel Zalewski, el periodista del The New Yorker termina afirmando: "es un estilo que se merece su propio nombre: modernismo visceral". Fogel agrega: "La culpa del mundo hispanohablante es tener al producto Bolaño sin tener al servicio de marketing para vender el producto. Los ingenuos latinos hablaban de libros, los maestros del comercio proponen otra cosa: 'modernismo visceral'. Con este nombre, se va a vender como pan caliente." Con Los detectives... Bolaño ganó el Premio Herralde de novela 1998 y un año después el Rómulo Gallegos. Alex Abramovitch, en The New York Times, confirma de manera indirecta la nueva definición del escritor chileno en otra larga reseña. Recupera el término "realismo visceral" que utiliza el autor en su novela para señalar: "Los realistas viscerales tienen altas aspiraciones, pero Bolaño es demasiado pegado a la realidad para ablandarse". James Wood -crítico, profesor de Harvard y editor de The New Republic- escribió un ensayo publicado en The New York Times con el título "The Visceral Realist", en el que se refiere a la edición de The Savage Detectives como el momento en que Bolaño deja de ser un autor de culto en los Estados Unidos y se vuelve una necesidad compartida por cada vez más lectores. "Hasta hace poco", escribe Wood, "había incluso algo, un código masónico en la manera en que el nombre de Bolaño pasaba de boca en boca entre los lectores de este país". Luego añade: "Este fabulador chileno, maravillosamente extraño, a la vez un realista enraizado y un lírico de lo especulativo, que murió en 2003 a los cincuenta años de edad, ha sido reconocido ya desde hace algún tiempo en el mundo hispanohablante como uno de los más grandes e influyentes escritores modernos". El hecho de penetrar las fronteras estadounidenses ha sido fundamental y le dio actualidad a la letra de Bolaño. También hay que notar que se trata de un escritor muerto y eso permite armar no una leyenda sino varias. También hay realidades: siete traducciones al inglés en tránsito y, entre ellas, probablemente 2666. "Entonces, echamos una visceral bienvenida al Bolaño nuevo, conquistador del territorio gringo", concluye Fogel. La eterna búsqueda Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953 y creció en ciudades diversas como Los Angeles, Valparaíso, Quilpué, Viña del Mar y Cauquenes. Con 13 años, se trasladó con su familia a México donde su principal refugio era la biblioteca pública de Ciudad de México. No terminó el colegio, tampoco entró en la universidad. Paradójicamente, hoy existe la cátedra Roberto Bolaño en la universidad Diego Portales de Santiago de Chile. 1973, cae la Unidad Popular de Salvador Allende. Bolaño vuelve a su país después de un largo viaje en ómnibus, a dedo y en barco con la idea de unirse a la resistencia contra la dictadura pinochetista. Muy pronto lo detienen en Concepción y lo liberan luego de ocho días gracias a la ayuda de un compañero de estudios en Cauquenes que se encontraba entre los policías que lo habían detenido. Años después diría que no tiene nada que decirle a Allende, que "los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura, sólo les interesa el poder". En su regreso a México junto con el poeta Mario Santiago Papasquiaro (inspiración para modelar a Ulises Lima en Los detectives salvajes) fundó el movimiento poético infrarrealista, que, surgido en tertulias del Café La Habana, se opuso con furor a los pilares hegemónicos de la poesía mexicana y también al establishment literario (con Octavio Paz como figura preponderante). Bolaño y Papasquiaro se destacaron por su poesía cotidiana, disonante y con elementos dadaístas. "Se podría sostener que el infrarrealismo lo determinó como escritor de la misma forma que el alejamiento de la corriente le permitió iniciar su carrera como novelista. México para él fue central, porque lo determinó como escritor (...) el México nocturno, el México de las calles, del habla cotidiana, de un destino quebrado y a veces trágico, y el humor lo cautivaron. No es casualidad que sus dos más grandes novelas las haya centrado en México, Los detectives salvajes y 2666", comentó el narrador Juan Villoro. Tiempo después emigró a España, a Barcelona, donde ya vivía su madre. Vendimiador en verano, vigilante nocturno de un camping en Castelldefels, vendedor en un almacén, lavaplatos, camarero, estibador en el puerto, basurero, recepcionista, fueron sus actividades hasta que se convirtió en escritor de tiempo completo. También fue buen ladrón de libros, cuando no los podía pagar. En 2004, un año después de su muerte, obtuvo el premio Salambó a la mejor novela en castellano, por 2666. El jurado del premio se refirió a la novela ganadora, como "el resumen de una obra de mucho peso, donde se decanta lo mejor de la narrativa de Roberto Bolaño". Una novela que "contiene mucha literatura, que supone un gran riesgo y lleva al extremo el lenguaje literario" de su autor. Bolaño estalla en Internet. Hay miles de blogs literarios que dedican parte o su totalidad a homenajear y discutir su obra. Los detectives salvajes y Estrella distante son las obras preferidas por los cyberlectores. Muchos de ellos, lectores profusos, trazan una línea de continuidad y buscan conexiones entre Los detectives... y Rayuela de Julio Cortázar o Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. Los foros rescatan no sólo su calidad literaria, sino también el eterno camino en busca de personas perdidas, amores, esencias y territorios de los personajes de Los detectives..., Estrella distante, o 2666. Santificado en el presente, Bolaño fue en vida un personaje que solía fustigar a sus enemigos literarios. Despreciaba de frente. Sobre la autora de Paula dijo: "Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una 'escribidora'". Allende le devolvió: "Eché una mirada a un par de (sus) libros y me aburrió espantosamente". Cuando murió Bolaño agregó: "No me dolió mayormente porque él hablaba mal de todos. Es una persona que nunca dijo nada bueno de nadie. El hecho de que esté muerto no lo hace a mi juicio mejor persona. Era un señor bien desagradable". "Skármeta es un personaje de la televisión. Soy incapaz de leer un libro suyo, ojear su prosa me revuelve el estómago", calificó Bolaño. Por su parte, el ex colombiano Fernando Vallejo aseguró que la prosa de Bolaño es demasiado simple, plana, elemental, "del tipo yo Tarzán, tú Chita". A esta lista se sumó el poeta colombiano Darío Jaramillo: "Bolaño es mago de un solo truco, retorcido (como un remolino), adornado truco, pero siempre igual a sí mismo. Es ahí cuando uno puede ver con nitidez la diferencia entre la pobreza -maquillada- y la difícil y maravillosa sencillez." Bolaño tuvo otro altercado con su paisana Diamela Eltit. Ella lo invita a cenar a su casa; después él publica en Ajoblanco una crítica despiadada contra su menú y contra su anfitriona. Eltit: "«ése es un tema sobre el cual yo prefiero restarme. En parte porque ahí pasó algo absurdo, hipermagnificado. Bolaño está muerto; yo prefiero no decir una palabra sobre alguien que ha muerto". Javier Cercas, autor de Soldados de Salamina, texto en el que Bolaño cumple un papel, sostiene que hay dos leyendas en torno al escritor chileno. Una, es la que construyeron los otros, sus lectores, sus fans y otra, la del mismo autor. Ambas leyendas no se ajustan a la realidad, pero la que escribió Bolaño tiene la inmensa ventaja de que es, en cierto sentido, "más verdadera que la verdad, mientras que la otra es en lo esencial mentira o una mentira forjada con ingredientes de la verdad, que es la forma más cabal de la mentira. La leyenda que Bolaño construyó en sus libros vivirá muchos años, o eso es lo que yo creo; la que han construido los otros se esfumará pronto, o eso es lo que yo espero". El escritor español suma hechos en favor de la construcción mítica del recuerdo de Bolaño: murió joven; murió en el mejor momento de su carrera; murió dentro de cierta propensión mitómana del medio literario (con una cuota de hipocresía) de hablar bien de los muertos, entre otros elementos. "La historia de la literatura, como la otra, abunda en ejemplos de este tipo de canonización tras una muerte prematura, así que no hay de qué sorprenderse, al menos en lo que se refiere a este punto; en lo que a otros se refiere no ocurre lo mismo -dice Cercas-. Nada permitía presagiar, por ejemplo, que el mismo hombre que escribió La pista de hielo escribiera sólo tres años más tarde Estrella distante, y seis años después Los detectives salvajes; que entre 1996 y 2003, año de su muerte, escribiera lo que escribió entra de lleno en el terreno de lo asombroso". Todavía hay que dejar reposar su literatura para poder discernir si la obra de Bolaño sobrevivirá al paso del tiempo y a la de sus lectores fans que califican su obra entera como magistral, casi sin matices, todas en el mismo nivel de calidad. Muchos de sus nuevos y jóvenes lectores se asoman con ansias de investigar sobre su vida, y también muchos se desilusionan al encontrar una vida breve donde la intensidad está puesta en la literatura que superó ampliamente a su vida real. Hoy la única discusión posible gira en torno a las altas calificaciones que generan sus libros. La única pregunta que se permite hacer en esta iglesia pagana es si Bolaño es genial o extraordinario. En la última entrevista que dio Bolaño, a la periodista Mónica Maristain de la revista Playboy de México, puso en aviso a los obsecuentes. Ella le preguntó: "¿Qué dice de los que piensan que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana de la contemporaneidad?". El contestó: "Lo dicen por lástima, me ven decaído o desmayándome en las plazas públicas y no se les ocurre nada mejor que una mentira piadosa, que por lo demás es lo más indicado en estos casos y ni siquiera es pecado venial". FUENTE:http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2007/09/22/u-00611.htm

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El best seller que volvió de la muerte - Sándor Márai
El best seller que volvió de la muerte - Sándor Márai
InfoporAnónimoFecha desconocida

Sigo con mis posts literarios de poca repercusión... pero bueno... espero le sirva a alguien Sándor Márai El best seller que volvió de la muerte Hay un misterio en las novelas de Sándor Márai, en el silencio de sus personajes, en la oscura motivación de sus acciones y sus reposos tensos, en las sombras de esos escenarios opulentos y decadentes, ya para siempre perdidos. Ese misterio empezó a conquistar a millones de lectores en todo el mundo desde 1999 (diez años después del suicidio del autor y a medio siglo de su partida de Hungría), a la vez como un presagio y una clave del horror que pronto estallaría. Algo parecido pasa con su vida. Los recuerdos de su familia, que lo concibió y lo crió como la flor de una estirpe y una clase social; sus prematuras memorias; los infinitos testimonios dejados por la prensa y la crítica, que durante al menos veinte años lo reflejaron según el molde del "escritor exitoso"; y por fin, las miles y miles de páginas de los diarios personales que llevaron, durante décadas y décadas, él y su esposa; todo ese material revela, por contraste, un itinerario irreducible a cualquier esquema o mote, empezando por el que él mismo eligió ponerse: el de burgués. ¿Quién era Sándor (Alejandro) Márai?, se pregunta el lector de sus relatos, perplejo ante la reserva de sus biografías, intuyendo que en él hubo alguien capaz de mirar a los ojos la tragedia y de sobrevivir a ella. "Pero ¿qué puede responderse con palabras?", replica uno de los personajes de su novela El último encuentro. "¿Y de qué vale, en todo caso, una respuesta dada en palabras y no en la moneda de una vida entera." Así, mientras dure nuestra pasión por su literatura, quizá no nos quede otro remedio que narrarnos una y otra vez la historia de Sándor Márai, dispuestos a corregirla cuando un nuevo dato invalide el esbozo anterior; guiados apenas por la esperanza de recibir, en su moneda, el pago a la templanza que exige su lectura. El escritor que hoy conocemos como Sándor Márai nació en la primavera de 1900, cuando el Progreso llevaba a las capitales de provincia más alejadas de los imperios, a Oporto y a Calgary, a Melbourne y a Tacuarembó, los sorprendentes monumentos de la ciencia y la industria. Al pie mismo de esas montañas boscosas a las que alude el nombre Transilvania (durante siglos y siglos, el límite inestable de Europa, de la seguridad, de la civilización, del logos), los habitantes de Kaschau, la segunda ciudad de Hungría, se jactaban, no ya de sus iglesias y de los antiguos hitos de su lucha contra los bárbaros, sino de una espléndida estación de trenes sorprendentemente parecida a la de La Plata; de la flamante red de alumbrado público que permitía, en torno a la estación, el florecimiento de los cafés y en ellos una vida cultural; y por supuesto, de una media docena de palacios en los que vivían los sacerdotes del nuevo credo del "capitalismo sin cese". Entre ellos, la mansión de los Grosschmidt (tan inconcebiblemente compleja como para haber logrado albergar, no solo a cada nueva familia que se incorporaba al clan, sino incluso la sede del principal banco húngaro y un cabaret de lujo disfrazado de restaurante) se destacaba ante todo por la entrada semejante a la de un escenario por donde el gran patriarca salía, cada mañana, obeso y determinado, rumbo a las oficinas que mantenían un imperio financiero; y por donde entró, aquel anochecer del día de San Alejandro de 1900, a conocer al primogénito y a sacarlo, casi inmediatamente, a uno de los doce inmensos balcones que medía la fachada; uno se imagina a los habitantes del Kaschau contemplando allá arriba al recién nacido e intuyendo, ya, algo de esa importancia que nosotros aún no podemos definir. Y al propio chico, que habrá visto también en el horizonte lo que nadie veía: el perfil amenazante del bosque, de la barbarie, del mito. Como fuera, ese gesto paterno, que en un ámbito feudal habría simbolizado la cesión de una propiedad y un destino, en un burgués como el padre de Márai, era ante todo la revelación de algo mucho más complejo: la ciudad. No la ciudad de Kaschau en sí, adonde la familia había llegado hacía relativamente poco tiempo y a cuyos habitantes, en rigor de verdad, no consideraban súbditos; sino la ciudad como entidad moderna por excelencia, el "burgo", que los de su linaje habían extraído de las sombras del Medioevo como un trozo de oro en bruto y que habían logrado acuñar en una moneda de precisa belleza y defender "con los puños", no solo de los bárbaros, sino de los que se creían con derecho al único poder "porque así Dios lo había querido". A diferencia de la burguesía sudamericana o australiana, tan afecta a fingir origen noble, los Grosschmidt -incluido nuestro escritor- proclamaban no haberse mezclado nunca "hacia arriba". Más que al proletariado urbano, capa con la que se creían capaces de llegar a algún acuerdo, detestaban a los nobles, cuya frivolidad, ignorancia y holgazanería les gustaba ridiculizar. Más allá de la idealización que Sándor Márai hizo de las ramas de su árbol genealógico, guiadas quizá por el mero deseo de sobrevivir y por esa lógica de la ambición "sin cese" que el capitalismo imponía, es verdad que los Grosschmidt habían pasado, como lo dice el apellido, de meros "acuñadores de monedas" de un burgo de Sajonia a regentes de las minas estatales -lo que a mediados del siglo XIX les había valido un título de nobleza elegantemente menospreciado- y por fin, a contar entre sus filas a este emblemático patriarca, principal abogado de la ciudad, asesor de las compañías multinacionales y del Banco Hipotecario. Ni un solo artista en esa estirpe, no: la pasión por la ebanistería de un miembro de la familia, por ejemplo, era encauzada en la construcción de una fábrica de muebles. Y de esa "tía Julia", oriunda de Budapest, que había crecido en París y escribía novelas, se hablaba apenas, sin censura pero con coqueto menosprecio, como quien luce un pequeño toque de fantasía en un espléndido traje encargado a un sastre internacional. Pero quién sabe si, más allá de sus propias intenciones, el padre no habrá querido decirle, ese día, en el balcón: "Es esta tu ciudad, Alejandro. Escríbela." El caso es que desde aquellos primeros días, el pequeño Sándor Grosschmidt pasó a ser el protagonista del extraordinario archivo fotográfico de la familia, que acaba de publicarse parcialmente en edición de Ernö Zeltner, y que, aun cuando no se refiriera a un escritor, sería digno de un estudio de Susan Sontag o John Berger. Más que la avidez por fijar momentos y acontecimientos para una posteridad de la que querían seguir siendo los dueños; más que las fotos y fotos de ambientes sin personas, destinadas a exhibir el último mueble de firma o la última pintura pompier adquiridos en el extranjero, lo que demuestra la inteligencia con que los burgueses habían adoptado ese novísimo arte de fotografiar es el propio histrionismo con que el pequeño Sándor posa, tal como los mayores deseaban que apareciese. En una foto, a los cuatro años, lo vemos satisfecho y sonriente, al volver de un viaje por la campiña; el látigo con que posaban feroces los niños destinados a ser amos del latifundio, como aquel polaco que también se rebelaría a su destino de estanciero para convertirse en Joseph Conrad, ha sido reemplazado por un elegante bastón de explorador naturalista. A los cinco o seis años, se lo ve tendido en la sala familiar, sobre la alfombra de Bokhara, gratamente sorprendido en la lectura entre hermanitos que juegan, felices de su destino más leve; o luciendo en la mesa del té sus impecables good manners al alzar la taza de porcelana de Meissen bajo la mirada benévola del padre y la madre, o sonriendo disfrazado de húsar con aire desafiante aunque -según nos confía su biógrafo- el coletazo de una tragedia ha empezado a corromper la transparencia de la atmósfera doméstica: una hermana menor ha muerto muy pequeña y su madre, a modo de revancha, ha redoblado los cuidados del chico con una "pasión enfermiza" que no transgrede precepto alguno, no, pero los exacerba hasta la morbosidad: además del exceso perceptible en la foto del "húsar", la madre viste a Sándor como un príncipe para los mínimos actos de la vida cotidiana y manda fabricar juguetes que ella misma diseña "de modo de ir entrenándolo en su papel en el mundo". Contra la opinión del padre, y con el pretexto tan usual en las clases altas de la época del temor al contagio en los colegios, la madre obliga al niño a tomar clases privadas con una fraulein soltera que apenas si logra enseñarle nada, abrumada por el carácter indomable del chico, por esa seducción de quienes nunca dudan, y sobre todo, por un voraz amor de mujer "estéril de tan pura". Y de pronto, en una foto tomada a los nueve o diez años, el rostro de Sándor Grosschmidt muestra un trastorno brutal. Vestido aún con el típico trajecito de marinero, de pie detrás del sillón esterillado donde sonríen, tímidamente, sus tres hermanos menores, Sándor mira la cámara con una amargura tal que resulta, más aún junto a los pequeños, casi impúdica: es la actitud de quien quiere decir algo con el cuerpo, una decepción, sí, que lleva como un dolor físico y que acaso llevará toda la vida. Pero ¿cuál? A la luz de su abat jour, durante la Segunda Guerra Mundial, al cabo de una noche en que lo ha despertado su peor pesadilla recurrente (ha vuelto a ser niño), escribe: Yo no tenía unos padres desalmados ni tampoco profesores perversos o crueles, los educadores no me torturaron a mí con mayor maldad que a otros niños. Y tenía muchas alegrías: innumerables juguetes, juegos salvajes con peleas y desafíos de fuerza, días en los que no era preciso lavarse. [...] Entonces, ¿qué es lo que me resultaba tan insoportable, tan terrible y atroz incluso, de esa niñez [...]? Acaso justamente el hecho de que el horror careciera de nombre y también de forma. [...] Ser niño significa algo así como saber las cosas directamente, sin ayuda, saber algo esencial y terrible del mundo. Más adelante ese saber esencial es sustituido por la experiencia y las dudas. Quizás, su muy reciente ingreso en el colegio católico (que Márai describirá como el inicio de un largo combate entre él, ansioso por demostrarles a los curas todo lo que les falta aprender, y estos, infructuosamente empeñados en "bajarle el copete" le había revelado ya que la vida adulta no consistiría en la anulación de ese horror sino, por el contrario, en la evasión por la adopción del papel asignado en la comedia burguesa. Quizá por eso, ya tan tempranamente, Sándor intuya que su verdadero camino era desandar el camino de la experiencia hasta encontrarle otro sentido; la vieja y dura misión de la poesía. De hecho, los recuerdos más apropiados para destacar de su adolescencia se vinculan, de algún modo, con la escritura. Son recuerdos de su amistad entrañable con el condiscípulo Odón Mihály, con quien encuentran en Tolstoi y Shakespeare, como si les hiciera falta, una fuente renovada de fantasía, ambición y petulancia; Odón Mihály, que moriría muy joven, era tan esnob como para romper la amistad con Sándor al comprobar "lo incurable" de su pasión por los medios de comunicación masiva. A este respecto, una anécdota con evidentes alteraciones de leyenda, correspondiente a esta época, retrata a Sándor profundamente. Un día, al pasar casualmente por los talleres del diario de Kaschau, el "joven rebelde" queda extasiado por el funcionamiento de la imprenta, y el jefe de tipógrafos, a quien solo preocupa la ausencia por epidemia de gripe del jefe de redacción y de la mayoría de los periodistas, le ruega que, como estudiante, escriba algo, lo primero que se le cruce por la cabeza; el muchacho, como quien asiste a una revelación, ve surgir bajo su pluma un análisis sobre la educación tan profundo que al otro día aparece como editorial del periódico. Ofendido, el padre rector del colegio lo convoca a la dirección para prohibirle que vuelva a "distraerse así de sus obligaciones", a lo que Marái, primero, reacciona con el grito: "¡De acuerdo, pero todavía todavía deberán vérselas conmigo en la clase de literatura!" y horas después, con una carta en que les reprocha "no haberles enseñado nada" y les pide que, por favor, si acaso les debe "algo de otro tipo", se comuniquen directamente con su padre. Por supuesto, el viejo patriarca lo ignoraba todo y uno puede imaginar el tenso clima familiar que se vivía durante el veraneo, en que, una tarde, como un mensajero de tragedia griega irrumpe en un drama de Chéjov, el joven pariente que venía a solo a declarársele abre la tranquera y llega temblando solo para decir, en cambio: "Francisco Fernando ha sido asesinado en Sarajevo"; y cuando los Grosschmidt vuelvan de las vacaciones, ni la ciudad, ni la burguesía, ni el resto del mundo serán ya los mismos. Los historiadores marcan el verdadero fin del siglo XIX en 1914; Sándor Márai, nacido con el siglo, evocará los largos cuatro años de la Primera Guerra Mundial ("que mandaba desde larga distancia sus desechos, como un incendio expulsa en humo las pestilentes cenizas" ante todo un cambio radical en la percepción de la ciudad que lo rodeaba. Su primera novela exitosa, Los jóvenes rebeldes (1930), describirá a su protagonista y alter-ego Abel, durante aquel conflicto, ante todo como un cuerpo afiebrado, asaltado por impresiones alucinantes de hechos mínimos: trenes que llevan multitudes rugientes y devuelven ataúdes, el olor a yodo y acaroína que despuebla poco a poco los alrededores de la estación, el mapa en la vidriera de la despensa de artículos escolares en que, durante los primeros meses, el dueño marca de motu proprio los avances de las tropas nacionales y que luego abandona al polvo y las moscas, y por fin, la convocatoria "del pupitre a la trinchera", de la que un humillante y breve examen médico exceptúa por "absoluta incapacidad física". Los motivos de esta excepción permanecen desconocidos. Pero incluso si, como en el caso del protagonista del Gran Gatsby, no se trató más que de "una atención" a la posición encumbradísima de la familia Grosschmidt, las fotografías de Sándor hacen obvio que algo combatía también en el cuerpo de Márai, en contradicción entre la postura aprendida en los mejores colegios y la molicie de la carne que parece querer separarse de su estructura; algo que no puede entenderse como el mero y viejo combate entre la tentación y el temor de pecar, ni siquiera como el diálogo furibundo -que hasta el final de sus días Márai consideraría imprescindible- entre la pasión y la razón. No, algo de lo que se derrumbaba en torno se derrumbaba también en cuerpo, algo que por el momento no podía explicarse a sí mismo, y que sólo podía apaciguar transformando el dolor en furia ciega contra la generación de sus padres. Esta furia, tan pronto termina la guerra, lo lleva a una larga y ostentosa sucesión de transgresiones. Poco después de publicar su primer libro de poemas, Márai se instala en una pensión de Budapest con el supuesto propósito de cursar la carrera de derecho y seguir el destino de sus padre y su tío, Decano de la Facultad. Pero Sándor desperdicia la cuantiosa mensualidad y el tiempo en cafés donde, entre partida y partida al póquer, duerme en el piso, entre colillas; y reparte el tiempo entre amantes y una militancia política que lo lleva a apoyar la fugaz república de los Consejos Obreros, y cuando ésta cae prontamente bajo un gobierno protofascista, al prudente destierro en Alemania. Un hecho histórico imprevisto puede haber contribuido a esa ya definitiva ruptura de Sándor con el proyecto que su familia tenía para él: en 1921, por una decisión de los vencedores, Kaschau, ahora bajo el nombre de Kosice, pasa a formar parte de Checoslovaquia; y aunque el patriarca Grosschmidt logra conservar su inmensa fortuna, sí es despojado de la posibilidad de ejercer sus mútiples negocios y su enorme ascendiente en la ciudad. Como sea, Sándor reemprende sus estudios, pero en la Escuela de Periodismo de Leipzig, no en la Facultad de Derecho; y por lo demás, encarará su asistencia a clase como un modo de formación ciertamente secundario -comparado con el propio trabajo de escribir para publicaciones periódicas, en las que poco a poco, tras un duro trabajo con la lengua alemana, llegan a admitir sus artículos entre los trabajos de Stefan Szweig y Thomas Mann, autor este último con quien entabla una decisiva amistad epistolar. Este temprano interés por las formas más variadas de la escritura, y sobre todo, este afán de intervenir opinando, muestran que su idea de ser un escritor excede en mucho a la mera ambición de escribir novelas o poemas, y sigue aun muy ligada todavía al "hombre de acción y letras" tan típico del siglo XIX. Al mismo tiempo, esta aspiración y esta imagen temprana de "escritor institucional" no debería hacernos olvidar que, tanto en política como en literatura, siguió sintiéndose muy cercano a las vanguardias: al menos una vez, en Weimar, fue preso bajo la acusación de comunismo; como Borges, fue el gran introductor de Franz Kafka en su país, tradujo La metamorfosis al húngaro, e hizo pública su admiración por Georg Kaiser, Gotfried Benn y el expresionismo cinematográfico cuya influencia, quizá, se haga evidente en sus primeras obras poéticas, teatrales y aun narrativas. Sabemos -aunque sobre este período sus confesiones fueron más reticentes que ningún otra- que derivó por muchas otras ciudades alemanas, y que permaneció mucho tiempo en que conoció el "alocado Berlín" de los años 20 -porque fue allí donde un día recibió una llamada que volvió a encauzar su vida -y derivó en una escena típica de sus grandes novelas futuras. La pasión llama por teléfono Quien llamaba era Ilona Meztger, un muchacha judía, antigua vecina suya de Kaschau, heredera de una rica familia de comerciantes, a quienes supuestamente sus padres habían querido enviar muy lejos para protegerla una pasión tormentosa por un aristócrata, íntimo amigo de Márai, y que la maltrataba. Márai cita a "Lola" en un banco del Kurfursterdamm, y sobre ya ese banco nace una pasión es tan fulminante que, apenas diez minutos después, mientras todavía están diciendo las vacuidades de rigor, el joven Sándor no deja de pensar en una sola cosa: dónde han de vivir juntos. La respuesta la dará Lola, "¡en París, claro en París...!" Y fue por ella, que todavía lucía en las fotos una belleza lánguida, levemente vampírica, con ojeras a lo Jean Rhys y elegancia a la Irene Némirovsky; fue por ella, de dice, que, durante casi seis años, habían de repetir cada atardecer la misma escena: volver a la casa alquilada cerca del Bois de Boulogne, sentarse en las valijas y decirse, "mañana nos volvemos a Hungría ¿no? Sí, mañana nos volvemos a Hungría". Pero poco después, en plena noche, o al día siguiente, al despertar, encaraban otro plan inaplazable, ir a este o aquel café de Monparnasse donde alternaban con Hemingway o Djuna Barnes, o al cabaret donde cantaban Josephine Baker o Gardel, o a recorrer infinidad de bouquinistes junto al Sena, donde Márai empezó, acaso por primera vez, a apasionarse verdaderamente por la narrativa, en ediciones de bolsillo de Balzac y Stendhal. Las fotos muestran, al mismo tiempo, que si la partida fue lenta también era profunda como un autoconocimiento: Márai, con una urgencia dolorosa, ha empezado a comprender que su destino de escritor sólo puede consolidarse en la tierra de sus padres; y Lola, a quien -según su biógrafo- la convivencia con la neurosis de Márai iba templándola hasta convertirla más bien en una enfermera, empieza a tomar en las fotos el aspecto una esposa modelo, sonriendo de un modo sumamente convencional e inalterable ya hasta el final de sus días; no se trata de una derrota de su voluntad: era el recurso desesperado de alguien extraordinariamente sensible e indefenso, que había percibido tempranamente la amenaza de la historia, y decidido refugiarse, no sólo detrás del poder, sino de la inteligencia feroz del hombre amado. El noble burgués Quizá influidos por el recuerdo de esa tía "Yuliá", la escritora afrancesada que, secretamente, había alentado las ambiciones literarias de su sobrino y demolido por carta cada una de sus primeras intentonas, Lola y Sándor eligen en 1928 instalarse en el barrio de Christina, en Budapest. En departamento en el edificio familiar de la calle Milkó "apenas si podemos movernos entre los muebles", y las antiguas denominaciones, "el cuarto de los señores", "el fumoir", la "boiserie", "nos hacen sentir ridículos apenas las mencionamos. ¿Pero cómo aprender otras palabras?" Por alguna razón, sin embargo, Márai considera que éste es el escenario ideal para consolidar una obra de escritor todavía informe y vacilante; y pocos días después se presenta por primera vez en una editorial poderosa con los originales de un "diario de viaje" por Oriente Medio. Ante el editor se siente, según escribe, como un sacerdote que al llegar ante el obispo sólo escuchara recomendaciones sobre cómo vender estampitas; pero acepta el consejo y comienza "a regañadientes" a escribir novelas entre las que, al parecer, las más notables son las que lo tienen, veladamente, como protagonista. Los jóvenes rebeldes (1930), que le vale el éxito popular, mira aquellos días de la Primera Guerra Mundial en Kaschau a través de un cristal deformante que recuerda a Roberto Arlt, por la "pandilla" de juguetes rabiosos (quizá el único personaje colectivo de toda su narrativa) y por la extraña galería de personajes esperpénticos: el remendón profeta, el cómico invertido de talento sarcástica y desesperación secreta, el mutilado suicida, etc. Csutora (1931), es un ejercicio narrativo bien escrito pero monocorde en el que la mirada de un perro revela con un humor pomposo a un escritor prematuramente satisfecho de sí mismo, dotado de un snobismo que uno aprende a reconocer en ciertos datos biográficos del autor. Me refiero, por ejemplo, a esa nueva negación a mirar a las muchas cámaras que empiezan a fotografiarlo, como si su antiguo espectador ya no existiera, -lo que no le impide abrirse, como quien no quiere la cosa, el sobretodo, para lucir la calidad de un traje cruzado-; y más que nada, a la adopción del título de nobleza como su nombre literario definitivo: "Sándor de Mara". Esta tendencia a "posar" también en literatura culmina con los primeros dos tomos de Confesiones de un burgués (1933), que implican aparente aproximación en el liberalismo, quizás como reacción a la amenaza totalitaria -pero también una sutileza en la disección de su clase que nunca había demostrado, y que me atrevería a llamar única en la literatura. En las Confesiones, el orden burgués "en el que fui concebido" es el foco que merece toda su atención, su admiración incluso, como creación lógica y coherente, tan bella como una obra literaria, y más estable y armónica que la propia nación húngara; pero desde el momento en que lo considera artificio, y no un orden querido por dios ni científicamente comprobado en su perfección, Márai también deja entrever que no existe correspondencia total ni necesaria entre las leyes, la cosmovisión, de sus padres, y eso oscuro, incognoscible, que llamamos realidad -una percepción con que Michel Foucault identifica al momento final de la modernidad. Desde este punto de vista, la forma tan tradicional de las Confesiones, debe de haber dejado fuera gran parte de lo que Márai queria, al escribir, ir develando; al concluirlas, Márai debe de haberse preguntado si todavía no acababa de "posar" ante los demás, de acuerdo con formas literarias que lo obligaban a frustrar su autorretrato. El juicio "por calumnias" que le entablaron inmediatamente, en medio del suceso clamoroso, los educadores de Kaschau, lo lleva a escribir irónica pero honestamente que "desde ahora no me queda más remedio que convertirme, de una vez por todas, en un escritor...", es decir, encarar el desafío de la ficción pura. Ese íntimo temor de "no estar a la altura", o de no saber cómo empezar, quizá sea lo que amarga la expresión de los retratos de esos años inmediatamente anteriores a la guerra; o quizás, claro, la misma proximidad de una tragedia que intuye, al menos, desde que en 1933 asistió como periodista acreditado a la consagración de Hitler en el Palacio de los Deportes ("¡esa irracionalidad, esa fuerza salvaje que incuba la desesperación...!" En 1939, mientras los nazis arrasan Varsovia, Lola -que se ha convertido al catolicismo, prudentemente, varios años atrás- da a luz a un hijo, Kristof, cuyo recuerdos se confundirán por siempre en la imagen intolerable de un confuso abigarramiento de flores: las flores en que por primera vez lo vio, bajo la perenne sonrisa de Lola, las flores entre las cuales lo velaron, poco tiempo después, víctima de una hemofilia que probablemente también sufriera su madre. "No, no comprendo por qué me han hecho esto", escribe Márai en un poema poco después. "No soy capaz de perdonar. A nadie y nunca más." Entre las ruinas Si, como afirmaba Isak Dinesen, lo que había herido de muerte a la narrativa -y a la sociedad- burguesas decimonónica- era su incapacidad de enfocar la tragedia, ¿habrá tenido que ver estas tragedias, en el fantástico hallazgo de una forma novelística nueva y tan acabada, sí, como las monedas que acuñaban sus ancestros, con el una voz ficcional de pronto tanto más madura? Profundizando los aciertos anteriores de Divorcio en Buda (1936), estas nuevas novelas, La herencia de Esther (1939), Los virajes de un matrimonio (1941) (un díptico de novelas que, junto con Judith, el epílogo, recientemente se publicaron con el título de La mujer justa), La hermana (1944), sus primeras obras maestras, esbozan nuevamente un estudio de la burguesía, pero según pautas que, por un lado, heredan mucho de la tragedia griega -sobre todo, en términos de unidad-, pero en otro plano implican un giro radical. Como Borges -estricto contemporáneo de Márai, y tan afin a él en tantas cosas-, Márai ya no pretende entender lo burgués considerando el trayecto una larga vida, sino un solo acto cometido, muchas veces, involuntariamente y por uno de los personajes más laterales de su clase social; un acto por lo común impensado, cometido más por un cuerpo que por una decisión, y en que aflora algo imprevisto por el pensamiento, una obediencia a una ley anterior de la que sólo sabemos que determina que "lo que ha empezado deberá terminarse": ese acto, como en los cuentos de Borges, revela a quien lo ejecutó su propio destino, pero además, algo de otro orden que apenas podemos vislumbrar: el "corazón de las tinieblas" -un horror tanto más notable en su escritura, quizás, en tanto era amenaza perentoria. En 1944, mientras Sándor Márai festeja su onomástico los alemanes entran en Hungría, dándoles apenas tiempo para refugio en una chacra del campo, poco antes de que comiencen los fusilamientos en masa a orillas del Danubio, en donde Lola pierde a su padre; la pronta llegada de los tanques rusos la chacra de Lyenáfalu salva a ella de la deportación a Auschwitz. Como secreto agradecimiento, Márai apunta, la frase con que uno de los soldados rusos replica a una de las frases de su primer diálogo: "¿Escritor? Si usted me sobrevive, diga que yo ví cón estos ojos como soldados de su bando arrasaban con la casa de Tólstoi, en Yasnaia Polaina." La experiencia abrumadora de volver, meses después, a una Budapest literalmente arrasada por el combate demencial; la obligación de tener que ocuparse de apagar los últimos fuegos y desenterrar y enterrar los cadáveres antes mismo de pensar dónde ha de vivirse; la búsqueda, entre escombros y ratas, de al menos un libro de su biblioteca o un papel de sus archivos, dejan en Márai una lección de pesimismo que hay que sopesar con extrema prudencia y más allá de toda simplificación: a partir de entonces, Márai no sólo descreerá del comunismo, como señalan ciertos biógrafos, sino del ser humano, ligado como está a eso "otro" incognoscible. Durante el interregno que precede a la hegemonía del Partido Comunista y a la invasión soviética, él que se declaraba "socialista cristiano", aprueba incluso el reparto de los latifundios eclesiásticos y la nacionalización de las empresas de explotación del patrimonio nacional, pero no se engaña acerca de su propia condición de su "antigualla"; y, mirando atentamente a sus compatriotas, muy tempranamente comienza a elaborar el proyecto de emigrar -"escribir en húngaro, aportar a la cultura húngara, pero desde otro lugar". Muy pronto, comienza también el embate de los críticos marxistas, con Georg Lucaks a la cabeza, que lo acusan de no escribir "lo que debería escribirse"- típicamente convencidos, en fin, de la capacidad de que un escritor puede elegir la sustancia de sus imaginación.... Y sin embargo, la decisión final de tomar como excusa la invitación a un congreso en Berna para radicarse en el extranjero, es muy otra: "he disentido y criticado hasta donde creí justo al medio en que me crié, pero no por eso voy a ser cómplice de represalia..." La elección de los dos sitios de su destierro -en los que, por alguna razón inconfesada, jamás tomará contacto con los medios literarios- comporta una grandeza que, hasta donde sabemos, no ha sido suficientemente descripta. Durante aquel mismo congreso en Berna, su editor alemán le señala que podría instalarse en Berlín y devenir, de alguna manera, a la manera de Nabokov y luego de Solyenitsin, una especie de víctima paradigmática, lo que ampliaría su celebridad internacional y por supuesto la venta de sus libros. "Oh sí, que duda cabe de que los alemanes son gente extraordinaria", responde en un arrebato típicamente borgiano, cuando el otro se extiende sobre el Milagro Alemán. "Cuando no se dedican a masacrar pueblos, los construyen rápidamente." Con toda humildad, en cambio, él prefiere radicarse en Nápoles, donde un tío de Lola, activo militante de la IRO (International Refugee Organization) les consigue una pequeña casa cerca del Possilipo. Allí junto al huérfano de guerra que han adoptado antes de partir, se aplican a una vida recoleta, atormentada pero muy fructífera: otro de los mitos que ya podemos desterrar es el de la esterilidad creativa de Sándor Márai en el extranjero; aun durante las tribulaciones propias de los primeros años, fue capaz de escribir dos de sus obras maestras, el poema Oración Fúnebre (1951) y Paz en Itaca! (1952) una reescritura profundamente lírica de la Odisea en donde Ulises termina por reconocer que su verdadera patria, no en su lugar natal, sino en el propio viaje, en la poesía. "¿Un escritor germano-húngaro, yo? Qué disparate?", había declarado poco tiempo atrás. "Seré un escritor húngaro apátrida, y a mucha honra". Risas y muecas de Nápoles "No me compadezcáis", escribe en otro bellísimo poema de esos días que bien podría servir como su epitafio a lo Spoon River; y en verdad, el destierro, con todo dolor y las privaciones que adivinamos, ha de haber implicado para Márai lo que para fue Borges la ceguera: el advenimiento de un quedarse a solas con sus propios mitos cuya descripción nadie tiene derecho a "rebajar a lágrima o reproche". Con esa misma compasión, más honda que la ternura, con que Márai trata las extravagancias de sus criaturas, con esa capacidad de comprensión de las pequeñas manías que en su novelística llega a funcionar como un misterioso sucedáneo del humor, sería más digno de él describir su vida cotidiana en términos de comedia de neorralismo italiano, de ésas que llevaban a ver, muy frecuentemente, al pequeño Janos, en los cines de Nápoles. Nadie como Lola, por ejemplo, habrá sonreído ante los gags involuntarios de ese cascarrabias impenitente, siempre al borde del ataque de nervios en una ciudad "donde no hay horario que se cumpla ni servicio que funcione, donde el paisaje más hermoso del mundo convive con la más inconcebible fealdad: la de la pobreza -"pero ¿por qué no hacen algo?"-, donde las muestras de fe más hondas que haya visto jamás (en los años sesenta dedicará toda una novela al misterio de la sangre de San Genaro) "se mezclan con la más deplorable superchería". Una mañana, horrorizado, mira cómo toda una familia vecina, multitudinaria y toda de negro, después de haberse desgañitado melodramáticamente en un velorio, vuelve ruidosamente a casa a atracarse con spaghetti y canzonetas; casi ofendido, sale hasta un correo donde "¿lo creerás, Lola? "¡tuve que regatear con el empleado de correros para poder mandar una carta a Barcelona!" Al mismo tiempo, la gratitud por esa tierra que lo acoge se revela en otra controvertida anécdota con al Cónsul de Estados Unidos, que "cree comprender" la decisión de Márai de partir a New York, y deja caer una velada suspicacia. "¡Un momentito, señor...!", lo detiene Márai, poco antes de dar el previsible portazo. "Que usted es el único extranjero aquí, y debe respeto a este suelo y yo, ¡yo soy su anfitrión, porque mi patria es Europa...!" Nadie como Lola, tampoco, para entender el desgarrón de partir a América, en 1954, cuando al fin le concedieron la visa, sólo porque unos familiares de New York le había conseguido trabajo como empleada de la sección calzado de una tienda distinguidísima y a Sándor un modesto empleo como columnista de Radio Libre, desde donde cubrirá la invasión rusa de 1956. El revés del tapiz El sentido de toda biografía, se sabe, depende del hecho con que termina. A la tan comentada serie de infortunios que preceden al suicidio de Márai en San Diego en 1989-el alzheimer y el cáncer que acaban despiadadamente con Lola, la muerte imprevista de su hijo, que decide al escritor a aprender tiro a los ochenta y seis años "preparando el momento en que ya no pueda prescindir de la ayuda ajena"-; a la simplifación en términos políticos de la abismal decisión de suprimirse, ("tan poco antes de la caída del Muro", se lamenta uno de sus comentaristas), preferiríamos cerrar este artículo relatando una anécdota de aquellos mismos primeros días en la isla de Manhattan, que lo había deslumbrado por sólo por un momento, como al protagonista de la novela América de Kafka, que tanto admiraba: cuando por primera vez vio la línea de rascacielos desde la proa del barco y allí abajo, espléndida, la Estatua de la Libertad. Un día, al salir de su único refugio: la Biblioteca Pública de la Calle 42, adonde acaba de asistir a la exhibición de incunable impreso por Gutenberg "cuando en esta isla no había más que indios", una angustia fatal, final, lo impulsa a caminar velozmente, sin rumbo, como si una última revelación lo persiguiera y él no tuviera valor, todavía de comprenderla. No sabe qué le pasa, y le da miedo saberlo saberlo. Y de pronto, al mirar entre dos edificios frente al Central Park, en ese vacío, como una demostración "de la magnífica ironía de Dios", reconoce el misterio, el misterio del horror, sí, que lo ha acompañado durante toda su vida, pero de nuevo tan claro como cuando era niño, "sin nombre, ni forma" y siente unas ganas insoportables de gritar, porque ni siquiera tiene el paliativo de ningún compromiso en la tierra como para distraerse; ni siquiera, piensa, el compromiso de un lector. Pero de pronto, en ese grito ahogado que le sacude el cuerpo, reconoce imprevistamente la energía renovada para volver a la poesía, de un modo diferente, en lo que será una serie de obras maestras de la que conocemos sólo la primera, El último encuentro (1956). ¡Ya no tiene compromisos, mal que mal, su experiencia puede ser libre...! Así, entre New York y las más o menos prolongadas estadías en Italia, seguirá escribiendo títulos que abordan temas de los que durante mucho tiempo apenas se hubiera creído capaz, como si hubiera visto al otro al otro lado del tapiz burgués: la miseria pavorosa de los suburbios de Hungría; o el Brasil anárquico del fines siglo XIX, o el México de la Inquisición, que aun no han sido traducidos. Y es aquel día en Manhattan, acaso también Márai comprendió que su verdadero interlocutor no estaba en su tiempo, sino en esto que somos y seremos: su futuro. FUENTE: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=945198&pid=3231779&toi=5282

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A solas con Murakami (Escritor Japonés)
InfoporAnónimoFecha desconocida

Registrate y eliminá la publicidad! Gentuza amiga... después de tanto post desvariado, vengo con algo que encontré en el suplemento de La Nación que copia a la Ñ: ADN. Es una entrevista a Haruki Murakami, el escritor japonés del momento. Me leí cuatro libros de este tipo en este ultimo año, y la verdad que me encantó... tiene una sensibilidad increíble, escenas bellisimas (si, bellisimas) por su descripción, su entorno, tiene personajes entrañables, y tiene un no se que que la verdad me encanta... Si pueden leanlo... No se la verdad cuanto efecto tenga este post, no se cuan conocido es este tipo acá, se que vendió mucho... pero no se. En fin, al que lo conoce y/o leyó algo, que la lea, esta muy buena... al que le gusta la literatura, que la lea... al que le gusta lo oriental que la lea... no se, leanla! "Escribo cosas raras, muy raras" Reconocido por la crítica internacional como uno de los autores más importantes de la actualidad, el novelista de Tokio Blues señala que la soledad es el principal tema de su obra, habla de sus gustos literarios y de su interés por la cultura popular, y reflexiona sobre la importancia de la música en su escritura Son las cuatro y media de la mañana en la célebre Waikiki Beach, pero en el mar ya hay centenares de surfers esperando las olas perfectas que trae el amanecer. En tierra, sin embargo, en todo el hotel Halekulani, uno de los más tradicionales y glamorosos que dan a la emblemática playa de Hawai, hay una sola luz prendida: la de la habitación de Haruki Murakami que, como todas las mañanas, se levantó antes del alba para ponerse a trabajar. Murakami, uno de los escritores japoneses más importantes e internacionalmente aclamados de la actualidad, autor de best sellers como Kafka en la orilla (2002), After Dark (2004), Underground (1997), Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994) y Tokio Blues (1987) entre otros, luego saldrá a correr y nadar ("Hawai es el paraíso para quienes somos triatlonistas", aclarará horas más tarde a LA NACION); almorzará, dormirá la siesta, escuchará jazz, traducirá clásicos contemporáneos del inglés al japonés y estará en la cama antes de las nueve. "Escribo cosas raras, muy raras -reconoce respecto a sus historias, que mezclan realidad y fantasía, y que los críticos Occidentales han calificado de posmodernas-. Pero soy una persona muy realista. No creo en nada New Age : el horóscopo, el tarot, los sueños. Solo hago ejercicio físico, como sano, escucho música y trabajo. Sin embargo, cuanto más serio me vuelvo en la vida real, más extrañas son las cosas que escribo. Por eso uno de mis escritores favoritos es Manuel Puig, con esa imaginación tan libre. Encuentro un punto en común muy fuerte entre su literatura y la mía", comenta en un perfecto inglés, fruto de una temprana pasión por Hemingway, Scott Fitzgerald y la literatura americana en general, además de largas estadías en las universidades de Harvard y de Hawai como escritor visitante. Parte de esa seriedad implica un total rechazo a su fama en el mundo de las letras y una total aversión a ser reconocido. "Tengo pánico a convertirme en una celebridad y tomo todas las medidas necesarias para que eso no ocurra. Nunca aparezco en la televisión, no voy a las fiestas -odio las fiestas-, no doy charlas, no tengo amigos famosos, no tengo amigos escritores, no aparezco en librerías para firmar mis libros, no uso Armani sino shorts y zapatillas siempre, y no dejo que me saquen fotos ni suelo dar entrevistas salvo casos como este. Como sé que las posibilidades de que tome elsubte en Buenos Aires son bastante escasas, no me importa volverme conocido allí. Pero lo que no quiero es que la gente me reconozca en el colectivo en Tokio o no poder ir a las tiendas de discos viejos en Estados Unidos", dice. Por eso, extrema precauciones: una condición de la entrevista era que se desarrollara en la habitación de la cronista, a puertas cerradas de cualquier huésped. Y si bien Murakami (Kioto, 1949), que tiene un estado físico formidable y luce mucho menor que su edad, es encantador y entusiasta respecto a las fotos (acepta posar en el balcón del cuarto a pesar de su pánico a las alturas), es evidente su sensación de alivio cuando todo acaba y se pasa a una charla más íntima, sin grabador. "Nunca entiendo por qué los medios quieren saber de mí, porque la mayor parte del tiempo no me siento nada especial -confiesa-. Puede haber cierta magia cuando escribo, pero el resto del día soy nada más que un amante del jazz como hay millones por ahí." -¿Cómo fue su primer encuentro con el jazz? -En un cumpleaños muy especial: mis 16, cuando mis padres me regalaron una entrada para mi primer concierto. Era 1964, y Art Blakeley y The Jazz Messengers estaban tocando en Japón. Fue un instante que cambió mi vida, porque jamás había escuchado música tan sorprendente, así que me volví un gran fanático del jazz y más adelante, un escritor al cual el jazz le enseñó todo. -También hubo un instante que cambió su vida cuando decidió ser escritor, ¿verdad? Usted escribió su primera novela, Hear the Wind Sing (1979), a los 30 años. -Exactamente. Estaba en un partido de baseball en Tokio, cerveza en mano, y al mirar al bateador pegarle a la pelota en una jugada clave y luego correr hasta la seguridad de la segunda base, me pasó por la cabeza la idea de que yo podía ser escritor. No se me había ocurrido antes. Con mi mujer regenteábamos un bar de jazz y como mucho había soñado con ser músico. Pero supe que podía hacerlo, solo que no tenía amigos con los cuales hablar de literatura ni nadie que me enseñase a escribir, así que tuve que basarme en lo que sabía, que para entonces era la música. Aún hoy, al sentarme frente al teclado de la computadora, pienso que estoy ante un piano y me pongo a tocar, y ya tres décadas después de haberme vuelto un escritor profesional, sigo aprendiendo mucho de la escritura de la buena música. Por ejemplo, todavía tomo la constante autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario. -¿Cómo relaciona su escritura y la composición musical? -El ritmo es lo más importante porque es la magia, lo que invita a la audiencia a bailar y lo que yo quiero son lectores que bailen con mis palabras. No quiero que entiendan mis metáforas ni el simbolismo de la obra, quiero que se sientan como en los buenos conciertos de jazz, cuando los pies no pueden parar de moverse bajo las butacas marcando el ritmo. Luego viene la melodía, que en literatura es un ordenamiento apropiado de las palabras para que vayan a la par del ritmo y la armonía. Después llega la parte que más me gusta: la libre improvisación. Yo empiezo a escribir sin ninguna estructura, apenas con alguna imagen o una serie de personajes que me interesan. Así como los lectores, no puedo esperar a dar vuelta la página para saber qué pasa con esta gente que he creado, porque no tengo idea del argumento, simplemente dejo que la historia fluya libremente desde mi interior y me sorprendo a mí mismo. Por eso creo que la libre improvisación es simplemente llegar a la esquina sin aliento para ver qué hay al girar en ella, con un sentimiento de excitación que debería ser transferido a los lectores, lo mismo que la sensación de libertad. Esto ya es el punto final, la elevación, esa emoción que uno experimenta al completar su interpretación y sentir que ha alcanzado un lugar nuevo y significativo, que ha logrado mover a la audiencia del punto A al punto B, que la ha transformado y nunca volverá a ser la misma. Es una culminación maravillosa que no puede obtenerse de ninguna otra manera e implica que el lector o quien ha escuchado la música ya es otra persona. Cualquier libro que logra eso se ajusta a mi definición de un buen libro. -¿Qué libros lograron que usted se sintiera otra persona luego de leerlos? -Uff, muchos, Dostoievski, Kafka, Dickens, Scott Fitzgerald, Carver, García Márquez, Manuel Puig -Me sorprende que Puig sea el primer escritor argentino que menciona y no Borges, sobre todo porque varios críticos lo han comparado con él. -Borges es un gran escritor, pero nunca me sentí muy atraído por su trabajo. Por supuesto, es un honor la comparación, pero creo que la imaginación de Borges es, cómo decirlo, mucho más terrenal que la mía. En cambio, con Manuel Puig me siento muy identificado, tenemos una imaginación más posmoderna o contemporánea supongo. En los años 80 me la pasaba leyendo a Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth la debo de haber leído infinidad de veces. Me gusta mucho la imaginación de Puig, tan libre que le permitió sobrevivir a pesar de ser una persona muy sensible y solitaria, que sufrió mucho. Encuentro un punto en común muy fuerte entre su literatura y la mía: el tema de la soledad. Como soy un hijo único, criado entre mis discos y mis gatos, pude entender su fascinación por el cine, porque se trata de un lugar muy íntimo donde uno puede establecer con los personajes de la pantalla las relaciones profundas que tanto cuesta entablar con las personas de verdad. Es uno de mis escritores favoritos y sin duda mi preferido de la literatura argentina. En cuanto a la música, por supuesto que el tango es muy popular en Japón y supongo que el sueño de cualquier músico de jazz siempre va a ser el de haber podido colaborar con Piazzolla. Pero a mí me gusta el Gato Barbieri que es a quien más escucho. -Lo atrae mucho la cultura popular -Sí, soy fanático de la serie Lost en televisión, hasta compré la casa en Hawai donde se filmó la primera temporada; la única otra serie que recuerde que me haya gustado tanto fue Twin Peaks , de David Lynch, hace años. Estaba tan obsesionado con el programa que no podía esperar el capítulo siguiente. Yo no soy un tipo inteligente de gustos sofisticados: me gustan las buenas historias y punto. Si una buena historia está en un libro o en la televisión, para mí es lo mismo, la admiro. Pero a las cosas intelectualosas sin una buena historia detrás no las admiro, porque no tengo gustos académicos: antes de ponerme a escribir tenía un bar de jazz donde yo preparaba los sándwiches y servía los tragos hasta la madrugada. Soy un mero trabajador, que disfruta de la cultura popular, mientras que la mayor parte de los escritores son unos esnobs que ni a mí me gustan ni yo les gusto a ellos. -¿Se inspira en la cultura popular? -Para mí la cultura popular, incluso la más comercial, es como una gran reserva natural de donde los escritores podemos tomar infinitos temas para establecer una comunicación directa con los lectores. Si yo tomo como título de un libro el de una canción de los Beatles, como en mi novela Norwegian Wood [en castellano, Tokio Blues ]), sé que a muchos eso les va a sonar y ya así se crea algún nexo entre nosotros. A la vez, la cultura pop es como el agua, y con algo tan simple como abrir la canilla podemos tomarla para nutrirnos. Es tan imposible escapar de ella, como del aire que respiramos. Todos comemos una hamburguesa de McDonald s, miramos la televisión o escuchamos a Michael Jackson. Es algo tan natural que ni siquiera nos paramos a pensar que todo eso es cultura. Por eso, si uno escribe sobre la vida en la ciudad -sea Buenos Aires o Tokio-, no incluir estas cosas sonaría falso. Supongamos que describo a una chica cualquiera que se despierta con una canción de Madonna y se va de compras al shopping , ¿qué tiene de especial eso? ¡Nada! Y justamente yo quiero que la gente sienta que lo que escribo no es forzado. Por eso tengo que colocar referencias a la cultura popular todo el tiempo. Y además, porque me gustan los Rolling Stones, los Doors, las películas de terror, los cuentos de detectives. No es que yo quiera escribir como quienes hacen la ficción más popular en cuanto a contenido, pero sí tomar las estructuras de la cultura popular y rellenarlas con cosas mías. El resultado es que ningún escritor me quiere, ni los que escriben novelas pasatistas ni los escritores serios. Yo estoy en un punto intermedio entre ambos, haciendo algo nuevo, pero creo que voy ganando territorio, porque los otros escritores no estarán de mi lado, pero los lectores sí. -¿Por qué hay tantos gatos en su ficción? -Supongo que porque soy un amante de los gatos, los perros no me interesan nada. Desde chico fue así, yo era muy solitario pero en casa había gatos que me acompañaban. Siempre fueron buenos amigos para mí y yo no los considero mis mascotas sino mis pares, incluso muchas veces mis superiores. Suelen decirme a su manera que son mejores que yo, pero a mí eso no me importa, más bien tiendo a estar de acuerdo con ellos. -Sus escenas de sexo son mucho más fuertes de lo que tradicionalmente se encuentra en la literatura japonesa contemporánea. Incluso, para muchos, usted es el escritor que mejor retrata el sexo hoy. -Escribo las escenas de sexo porque la actividad sexual nos ayuda a abandonar por un rato el mundo exterior y entrar en nosotros mismos. Es también una forma de comunicación y a la vez es algo festivo, que implica que hubo una historia detrás. Freud sostenía que todas las actividades humanas derivan del sexo. Mi entendimiento del tema es distinto, pero sí creo que el sexo es la puerta más común para entrar en las profundidades de la mente. Hay otras puertas, como la enfermedad mental o la creación, pero el sexo es la más fácil. -¿Y divertida? -Supongo que sí, en la mayor parte de los casos, pero no para quien escribe acerca de eso. Cuando empecé a escribir sobre sexo, 26 años atrás, me daba una vergüenza tremenda y me sigue costando horrores, no sé dónde meterme. Tampoco podía escribir escenas de violencia, pero practiqué y fui mejorando, supongo. Para mí, escribir de sexo o de violencia es lo mismo: es un desafío que me pongo, parte de la responsabilidad de ser escritor y retratar la vida. Me lo propongo como un ejercicio, como si tuviera que desarrollar unos músculos en particular antes de una maratón. -Se lo califica de escritor posmoderno, ¿qué quiere decir exactamente eso? -Supongo que tiene que ver con que no me interesan nada las historias realistas, por eso amo a García Márquez o Manuel Puig. Siento que mi trabajo como escritor es entrar en lo más oscuro de mi ser, explorar las zonas más peligrosas y raras de la mente sin ningún mapa o direcciones, para sacarlas a la superficie y ponerlas sobre papel. Ahora, si uno no puede volver a la superficie, es un infierno, entonces hay que estar bajando a las profundidades más aterradoras y volviendo a subir a cada rato para no quedar atrapado dentro de uno mismo. Hay que ser un buen corredor de distancias para hacerlo, es como meterse, una vez más, en una maratón. -De maratón usted entiende bastante, es un corredor casi profesional. ¿Cómo se vincula su entrenamiento físico con su escritura? -En general no pienso en nada al salir a correr, como mucho, escucho música. Muy cada tanto me aparece una idea y pienso, ¡sí! Pero básicamente correr es parte de mi rutina como escritor y escribir es parte de mi rutina como corredor. Hawai es la Meca de los triatlonistas, y participé hace poco del triatlón de Honolulu. Mientras me entrenaba, durante ocho meses, escribí mi última novela, que saldrá en breve. Me levantaba a las cuatro de la mañana, tomaba un café y salía a correr por una hora, volvía y me ponía a trabajar hasta la hora del almuerzo, luego hacía una siesta y a la tarde traducía y escuchaba música para refrescar la mente. A las nueve de la noche a más tardar ya estaba en la cama. Jamás hago vida nocturna mientras escribo. Todo el último año estuve invitado por la Universidad de Hawai y avancé mucho en mi escritura, sobre todo porque a diferencia de lo que ocurre en Tokio, aquí no suena el teléfono a cada rato. La gente viene de vacaciones a Hawai: yo vengo a correr y trabajar, dos de las cosas que más me gustan, por eso la paso tan bien. -A partir de ese momento en que está corriendo y se le ocurre una idea, ¿cómo se va formando una novela? -En general la idea es una situación muy pequeña. Por ejemplo, en mi última novela, After Dark , arranqué con una escena en la que una chica de 19 años está en un restaurant tomando un café y leyendo y un chico de 21 se le acerca y le pregunta si su nombre es tal, ella dice que sí, y él le dice: "Te conozco". A partir de eso, sentí que podía armar toda una novela. No sabía quién era el chico ni quién era la chica, pero con esa escena llegó la confianza de que podía hacerlo. Si uno quiere escribir un libro, esa confianza es imprescindible. Yo veo mi trabajo de escritor como un oficio de paciencia, en el que solo debo esperar a que llegue esa confianza para ponerme a escribir. -¿Y qué pasa si no llega? -Siempre sé que va a venir, al menos, así me ha ocurrido en los últimos 25 años. Mientras tanto, siempre tengo traducciones para hacer, cuentos cortos y ensayos para escribir. A veces hasta intuyo cuándo va a llegar la inspiración. Mi última novela la empecé en las últimas Navidades, pero el verano anterior ya sabía que la haría e incluso que iba a ser muy larga. No puedo contar más porque es un secreto hasta que salga publicada en unos meses, pero insisto en que es un secreto muy gordo... -¿Cómo sabe si un libro suyo es bueno? -Dependo enteramente de mi mujer. Ella no escribe nada, pero es una crítica implacable. Cuando algo no le gusta, me lo dice y lo voy cambiando, en general, tres o cuatro veces hasta que me da el OK. A veces, pero muy pocas, un manuscrito le gusta tal cual se lo entregué, y entonces se lo llevo directamente al editor. Confío plenamente en ella. Además, cuando algo le gusta mucho, ¡después cocina unas cosas fantásticas para mí! -Su trabajo de traductor no es menor. Se dice que Raymond Carver es conocido en Japón porque usted lo tradujo. Y una flamante traducción suya del Gran Gatsby colocó la novela de Scott Fitzgerald en la lista de best sellers -Carver es un gran escritor que también hubiera llegado a ser conocido en Japón sin mi intermediación, pero reconozco que ayudé y con placer. Me gusta mucho traducir, me limpia la mente. No podría traducir a otros escritores posmodernos como yo (por ejemplo, Don DeLillo o Thomas Pynchon), ya que su propia locura chocaría con la mía. Pero Carver, Fitzgerald o Irving, grandes realistas que requieren una lectura muy precisa, son fantásticos para pasar al japonés porque, al tener que analizarlos tan de cerca, me van enseñando sus secretos. -Como ensayista ha escrito trabajos fundamentales para entender el Japón de hoy. Underground, el libro que hizo sobre los ataques con gas en el subte de Tokio, que mataron a casi un centenar de pasajeros, resonó mucho, en especial después del once de septiembre. ¿Cómo fue ese trabajo y qué paralelos ve entre ese atentado y lo que ocurrió en EE.UU? -Obviamente existe un fuerte paralelo entre ambas tragedias. Uno siente que la vida en la ciudad, las rutinas, se desarrollan sobre un piso firme y de repente se comprueba que no hay forma de escaparse del mundo más aterrorizador y oscuro, que uno puede estar entrando a trabajar como todos los días y de pronto la gente empieza a morir a nuestro alrededor. Es un escenario surrealista para la mayor parte de nosotros, y en el caso de Japón, yo quería realmente tratar de entender qué había pasado. Había leído todo lo que salió publicado en los diarios, pero no me era suficiente, necesitaba hablar con los sobrevivientes cara a cara y que ellos me contasen su historia. Lo sentía como parte de mi responsabilidad de escritor. Si mi habilidad es la de poner voces sobre papel, tenía que hacer que la de ellos perdurase, así que me encontré con las 64 personas, varias horas con cada uno. Fue una experiencia muy interesante. Los que colocaron el gas sarin que mató a tantas personas en teoría deberían haber sido los personajes más interesantes para un escritor. Pertenecían a un culto, de alguna manera eran idealistas en busca de un concepto más alto de Dios y la humanidad. Pero yo quedé fascinado por la gente común, sus víctimas. Eran personas con las que yo no tengo nada que ver y de quienes no podría ser amigo, gente aburrida que se mata trabajando, que vive pequeñas vidas en los suburbios. Pero me di cuenta de que podía amarlos, si no personalmente, como una fuerza, de la misma manera como un escritor ama a sus lectores. Y entonces me di cuenta también de la necesidad de escribir buenas historias. Porque, en el fondo, los miembros del culto, los terroristas, se habían creído una historia, una historia equivocada, que los llevó a matar. Yo creo que los escritores tienen la responsabilidad de llenar el mundo de historias buenas, que sirvan para acercar gente. Esto no tiene nada que ver con que esas historias contengan sexo o violencia como ingredientes. Lo que importa es que el mensaje final sea bueno para la sociedad. Las historias son demasiado poderosas como para que lo olvidemos. Y termino el post con una frase del mismo Murakami, que me pareció interesante dejar: "Soy un mero trabajador que disfruta de la cultura popular, mientras que la mayor parte de los escritores son unos esnobs que ni a mí me gustan ni yo les gusto a ellos. Para mí la cultura popular, incluso la más comercial, es como una gran reserva natural de donde los escritores podemos tomar infinitos temas". FUENTE: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=943083

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A solas con Murakami (Escritor Japonés)
A solas con Murakami (Escritor Japonés)
InfoporAnónimo9/19/2007

Gentuza amiga... después de tanto post desvariado, vengo con algo que encontré en el suplemento de La Nación que copia a la Ñ: ADN. Es una entrevista a Haruki Murakami, el escritor japonés del momento. Me leí cuatro libros de este tipo en este ultimo año, y la verdad que me encantó... tiene una sensibilidad increíble, escenas bellisimas (si, bellisimas) por su descripción, su entorno, tiene personajes entrañables, y tiene un no se que que la verdad me encanta... Si pueden leanlo... No se la verdad cuanto efecto tenga este post, no se cuan conocido es este tipo acá, se que vendió mucho... pero no se. En fin, al que lo conoce y/o leyó algo, que la lea, esta muy buena... al que le gusta la literatura, que la lea... al que le gusta lo oriental que la lea... no se, leanla! "Escribo cosas raras, muy raras" Reconocido por la crítica internacional como uno de los autores más importantes de la actualidad, el novelista de Tokio Blues señala que la soledad es el principal tema de su obra, habla de sus gustos literarios y de su interés por la cultura popular, y reflexiona sobre la importancia de la música en su escritura Son las cuatro y media de la mañana en la célebre Waikiki Beach, pero en el mar ya hay centenares de surfers esperando las olas perfectas que trae el amanecer. En tierra, sin embargo, en todo el hotel Halekulani, uno de los más tradicionales y glamorosos que dan a la emblemática playa de Hawai, hay una sola luz prendida: la de la habitación de Haruki Murakami que, como todas las mañanas, se levantó antes del alba para ponerse a trabajar. Murakami, uno de los escritores japoneses más importantes e internacionalmente aclamados de la actualidad, autor de best sellers como Kafka en la orilla (2002), After Dark (2004), Underground (1997), Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994) y Tokio Blues (1987) entre otros, luego saldrá a correr y nadar ("Hawai es el paraíso para quienes somos triatlonistas", aclarará horas más tarde a LA NACION); almorzará, dormirá la siesta, escuchará jazz, traducirá clásicos contemporáneos del inglés al japonés y estará en la cama antes de las nueve. "Escribo cosas raras, muy raras -reconoce respecto a sus historias, que mezclan realidad y fantasía, y que los críticos Occidentales han calificado de posmodernas-. Pero soy una persona muy realista. No creo en nada New Age : el horóscopo, el tarot, los sueños. Solo hago ejercicio físico, como sano, escucho música y trabajo. Sin embargo, cuanto más serio me vuelvo en la vida real, más extrañas son las cosas que escribo. Por eso uno de mis escritores favoritos es Manuel Puig, con esa imaginación tan libre. Encuentro un punto en común muy fuerte entre su literatura y la mía", comenta en un perfecto inglés, fruto de una temprana pasión por Hemingway, Scott Fitzgerald y la literatura americana en general, además de largas estadías en las universidades de Harvard y de Hawai como escritor visitante. Parte de esa seriedad implica un total rechazo a su fama en el mundo de las letras y una total aversión a ser reconocido. "Tengo pánico a convertirme en una celebridad y tomo todas las medidas necesarias para que eso no ocurra. Nunca aparezco en la televisión, no voy a las fiestas -odio las fiestas-, no doy charlas, no tengo amigos famosos, no tengo amigos escritores, no aparezco en librerías para firmar mis libros, no uso Armani sino shorts y zapatillas siempre, y no dejo que me saquen fotos ni suelo dar entrevistas salvo casos como este. Como sé que las posibilidades de que tome elsubte en Buenos Aires son bastante escasas, no me importa volverme conocido allí. Pero lo que no quiero es que la gente me reconozca en el colectivo en Tokio o no poder ir a las tiendas de discos viejos en Estados Unidos", dice. Por eso, extrema precauciones: una condición de la entrevista era que se desarrollara en la habitación de la cronista, a puertas cerradas de cualquier huésped. Y si bien Murakami (Kioto, 1949), que tiene un estado físico formidable y luce mucho menor que su edad, es encantador y entusiasta respecto a las fotos (acepta posar en el balcón del cuarto a pesar de su pánico a las alturas), es evidente su sensación de alivio cuando todo acaba y se pasa a una charla más íntima, sin grabador. "Nunca entiendo por qué los medios quieren saber de mí, porque la mayor parte del tiempo no me siento nada especial -confiesa-. Puede haber cierta magia cuando escribo, pero el resto del día soy nada más que un amante del jazz como hay millones por ahí." -¿Cómo fue su primer encuentro con el jazz? -En un cumpleaños muy especial: mis 16, cuando mis padres me regalaron una entrada para mi primer concierto. Era 1964, y Art Blakeley y The Jazz Messengers estaban tocando en Japón. Fue un instante que cambió mi vida, porque jamás había escuchado música tan sorprendente, así que me volví un gran fanático del jazz y más adelante, un escritor al cual el jazz le enseñó todo. -También hubo un instante que cambió su vida cuando decidió ser escritor, ¿verdad? Usted escribió su primera novela, Hear the Wind Sing (1979), a los 30 años. -Exactamente. Estaba en un partido de baseball en Tokio, cerveza en mano, y al mirar al bateador pegarle a la pelota en una jugada clave y luego correr hasta la seguridad de la segunda base, me pasó por la cabeza la idea de que yo podía ser escritor. No se me había ocurrido antes. Con mi mujer regenteábamos un bar de jazz y como mucho había soñado con ser músico. Pero supe que podía hacerlo, solo que no tenía amigos con los cuales hablar de literatura ni nadie que me enseñase a escribir, así que tuve que basarme en lo que sabía, que para entonces era la música. Aún hoy, al sentarme frente al teclado de la computadora, pienso que estoy ante un piano y me pongo a tocar, y ya tres décadas después de haberme vuelto un escritor profesional, sigo aprendiendo mucho de la escritura de la buena música. Por ejemplo, todavía tomo la constante autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario. -¿Cómo relaciona su escritura y la composición musical? -El ritmo es lo más importante porque es la magia, lo que invita a la audiencia a bailar y lo que yo quiero son lectores que bailen con mis palabras. No quiero que entiendan mis metáforas ni el simbolismo de la obra, quiero que se sientan como en los buenos conciertos de jazz, cuando los pies no pueden parar de moverse bajo las butacas marcando el ritmo. Luego viene la melodía, que en literatura es un ordenamiento apropiado de las palabras para que vayan a la par del ritmo y la armonía. Después llega la parte que más me gusta: la libre improvisación. Yo empiezo a escribir sin ninguna estructura, apenas con alguna imagen o una serie de personajes que me interesan. Así como los lectores, no puedo esperar a dar vuelta la página para saber qué pasa con esta gente que he creado, porque no tengo idea del argumento, simplemente dejo que la historia fluya libremente desde mi interior y me sorprendo a mí mismo. Por eso creo que la libre improvisación es simplemente llegar a la esquina sin aliento para ver qué hay al girar en ella, con un sentimiento de excitación que debería ser transferido a los lectores, lo mismo que la sensación de libertad. Esto ya es el punto final, la elevación, esa emoción que uno experimenta al completar su interpretación y sentir que ha alcanzado un lugar nuevo y significativo, que ha logrado mover a la audiencia del punto A al punto B, que la ha transformado y nunca volverá a ser la misma. Es una culminación maravillosa que no puede obtenerse de ninguna otra manera e implica que el lector o quien ha escuchado la música ya es otra persona. Cualquier libro que logra eso se ajusta a mi definición de un buen libro. -¿Qué libros lograron que usted se sintiera otra persona luego de leerlos? -Uff, muchos, Dostoievski, Kafka, Dickens, Scott Fitzgerald, Carver, García Márquez, Manuel Puig -Me sorprende que Puig sea el primer escritor argentino que menciona y no Borges, sobre todo porque varios críticos lo han comparado con él. -Borges es un gran escritor, pero nunca me sentí muy atraído por su trabajo. Por supuesto, es un honor la comparación, pero creo que la imaginación de Borges es, cómo decirlo, mucho más terrenal que la mía. En cambio, con Manuel Puig me siento muy identificado, tenemos una imaginación más posmoderna o contemporánea supongo. En los años 80 me la pasaba leyendo a Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth la debo de haber leído infinidad de veces. Me gusta mucho la imaginación de Puig, tan libre que le permitió sobrevivir a pesar de ser una persona muy sensible y solitaria, que sufrió mucho. Encuentro un punto en común muy fuerte entre su literatura y la mía: el tema de la soledad. Como soy un hijo único, criado entre mis discos y mis gatos, pude entender su fascinación por el cine, porque se trata de un lugar muy íntimo donde uno puede establecer con los personajes de la pantalla las relaciones profundas que tanto cuesta entablar con las personas de verdad. Es uno de mis escritores favoritos y sin duda mi preferido de la literatura argentina. En cuanto a la música, por supuesto que el tango es muy popular en Japón y supongo que el sueño de cualquier músico de jazz siempre va a ser el de haber podido colaborar con Piazzolla. Pero a mí me gusta el Gato Barbieri que es a quien más escucho. -Lo atrae mucho la cultura popular -Sí, soy fanático de la serie Lost en televisión, hasta compré la casa en Hawai donde se filmó la primera temporada; la única otra serie que recuerde que me haya gustado tanto fue Twin Peaks , de David Lynch, hace años. Estaba tan obsesionado con el programa que no podía esperar el capítulo siguiente. Yo no soy un tipo inteligente de gustos sofisticados: me gustan las buenas historias y punto. Si una buena historia está en un libro o en la televisión, para mí es lo mismo, la admiro. Pero a las cosas intelectualosas sin una buena historia detrás no las admiro, porque no tengo gustos académicos: antes de ponerme a escribir tenía un bar de jazz donde yo preparaba los sándwiches y servía los tragos hasta la madrugada. Soy un mero trabajador, que disfruta de la cultura popular, mientras que la mayor parte de los escritores son unos esnobs que ni a mí me gustan ni yo les gusto a ellos. -¿Se inspira en la cultura popular? -Para mí la cultura popular, incluso la más comercial, es como una gran reserva natural de donde los escritores podemos tomar infinitos temas para establecer una comunicación directa con los lectores. Si yo tomo como título de un libro el de una canción de los Beatles, como en mi novela Norwegian Wood [en castellano, Tokio Blues ]), sé que a muchos eso les va a sonar y ya así se crea algún nexo entre nosotros. A la vez, la cultura pop es como el agua, y con algo tan simple como abrir la canilla podemos tomarla para nutrirnos. Es tan imposible escapar de ella, como del aire que respiramos. Todos comemos una hamburguesa de McDonald s, miramos la televisión o escuchamos a Michael Jackson. Es algo tan natural que ni siquiera nos paramos a pensar que todo eso es cultura. Por eso, si uno escribe sobre la vida en la ciudad -sea Buenos Aires o Tokio-, no incluir estas cosas sonaría falso. Supongamos que describo a una chica cualquiera que se despierta con una canción de Madonna y se va de compras al shopping , ¿qué tiene de especial eso? ¡Nada! Y justamente yo quiero que la gente sienta que lo que escribo no es forzado. Por eso tengo que colocar referencias a la cultura popular todo el tiempo. Y además, porque me gustan los Rolling Stones, los Doors, las películas de terror, los cuentos de detectives. No es que yo quiera escribir como quienes hacen la ficción más popular en cuanto a contenido, pero sí tomar las estructuras de la cultura popular y rellenarlas con cosas mías. El resultado es que ningún escritor me quiere, ni los que escriben novelas pasatistas ni los escritores serios. Yo estoy en un punto intermedio entre ambos, haciendo algo nuevo, pero creo que voy ganando territorio, porque los otros escritores no estarán de mi lado, pero los lectores sí. -¿Por qué hay tantos gatos en su ficción? -Supongo que porque soy un amante de los gatos, los perros no me interesan nada. Desde chico fue así, yo era muy solitario pero en casa había gatos que me acompañaban. Siempre fueron buenos amigos para mí y yo no los considero mis mascotas sino mis pares, incluso muchas veces mis superiores. Suelen decirme a su manera que son mejores que yo, pero a mí eso no me importa, más bien tiendo a estar de acuerdo con ellos. -Sus escenas de sexo son mucho más fuertes de lo que tradicionalmente se encuentra en la literatura japonesa contemporánea. Incluso, para muchos, usted es el escritor que mejor retrata el sexo hoy. -Escribo las escenas de sexo porque la actividad sexual nos ayuda a abandonar por un rato el mundo exterior y entrar en nosotros mismos. Es también una forma de comunicación y a la vez es algo festivo, que implica que hubo una historia detrás. Freud sostenía que todas las actividades humanas derivan del sexo. Mi entendimiento del tema es distinto, pero sí creo que el sexo es la puerta más común para entrar en las profundidades de la mente. Hay otras puertas, como la enfermedad mental o la creación, pero el sexo es la más fácil. -¿Y divertida? -Supongo que sí, en la mayor parte de los casos, pero no para quien escribe acerca de eso. Cuando empecé a escribir sobre sexo, 26 años atrás, me daba una vergüenza tremenda y me sigue costando horrores, no sé dónde meterme. Tampoco podía escribir escenas de violencia, pero practiqué y fui mejorando, supongo. Para mí, escribir de sexo o de violencia es lo mismo: es un desafío que me pongo, parte de la responsabilidad de ser escritor y retratar la vida. Me lo propongo como un ejercicio, como si tuviera que desarrollar unos músculos en particular antes de una maratón. -Se lo califica de escritor posmoderno, ¿qué quiere decir exactamente eso? -Supongo que tiene que ver con que no me interesan nada las historias realistas, por eso amo a García Márquez o Manuel Puig. Siento que mi trabajo como escritor es entrar en lo más oscuro de mi ser, explorar las zonas más peligrosas y raras de la mente sin ningún mapa o direcciones, para sacarlas a la superficie y ponerlas sobre papel. Ahora, si uno no puede volver a la superficie, es un infierno, entonces hay que estar bajando a las profundidades más aterradoras y volviendo a subir a cada rato para no quedar atrapado dentro de uno mismo. Hay que ser un buen corredor de distancias para hacerlo, es como meterse, una vez más, en una maratón. -De maratón usted entiende bastante, es un corredor casi profesional. ¿Cómo se vincula su entrenamiento físico con su escritura? -En general no pienso en nada al salir a correr, como mucho, escucho música. Muy cada tanto me aparece una idea y pienso, ¡sí! Pero básicamente correr es parte de mi rutina como escritor y escribir es parte de mi rutina como corredor. Hawai es la Meca de los triatlonistas, y participé hace poco del triatlón de Honolulu. Mientras me entrenaba, durante ocho meses, escribí mi última novela, que saldrá en breve. Me levantaba a las cuatro de la mañana, tomaba un café y salía a correr por una hora, volvía y me ponía a trabajar hasta la hora del almuerzo, luego hacía una siesta y a la tarde traducía y escuchaba música para refrescar la mente. A las nueve de la noche a más tardar ya estaba en la cama. Jamás hago vida nocturna mientras escribo. Todo el último año estuve invitado por la Universidad de Hawai y avancé mucho en mi escritura, sobre todo porque a diferencia de lo que ocurre en Tokio, aquí no suena el teléfono a cada rato. La gente viene de vacaciones a Hawai: yo vengo a correr y trabajar, dos de las cosas que más me gustan, por eso la paso tan bien. -A partir de ese momento en que está corriendo y se le ocurre una idea, ¿cómo se va formando una novela? -En general la idea es una situación muy pequeña. Por ejemplo, en mi última novela, After Dark , arranqué con una escena en la que una chica de 19 años está en un restaurant tomando un café y leyendo y un chico de 21 se le acerca y le pregunta si su nombre es tal, ella dice que sí, y él le dice: "Te conozco". A partir de eso, sentí que podía armar toda una novela. No sabía quién era el chico ni quién era la chica, pero con esa escena llegó la confianza de que podía hacerlo. Si uno quiere escribir un libro, esa confianza es imprescindible. Yo veo mi trabajo de escritor como un oficio de paciencia, en el que solo debo esperar a que llegue esa confianza para ponerme a escribir. -¿Y qué pasa si no llega? -Siempre sé que va a venir, al menos, así me ha ocurrido en los últimos 25 años. Mientras tanto, siempre tengo traducciones para hacer, cuentos cortos y ensayos para escribir. A veces hasta intuyo cuándo va a llegar la inspiración. Mi última novela la empecé en las últimas Navidades, pero el verano anterior ya sabía que la haría e incluso que iba a ser muy larga. No puedo contar más porque es un secreto hasta que salga publicada en unos meses, pero insisto en que es un secreto muy gordo... -¿Cómo sabe si un libro suyo es bueno? -Dependo enteramente de mi mujer. Ella no escribe nada, pero es una crítica implacable. Cuando algo no le gusta, me lo dice y lo voy cambiando, en general, tres o cuatro veces hasta que me da el OK. A veces, pero muy pocas, un manuscrito le gusta tal cual se lo entregué, y entonces se lo llevo directamente al editor. Confío plenamente en ella. Además, cuando algo le gusta mucho, ¡después cocina unas cosas fantásticas para mí! -Su trabajo de traductor no es menor. Se dice que Raymond Carver es conocido en Japón porque usted lo tradujo. Y una flamante traducción suya del Gran Gatsby colocó la novela de Scott Fitzgerald en la lista de best sellers -Carver es un gran escritor que también hubiera llegado a ser conocido en Japón sin mi intermediación, pero reconozco que ayudé y con placer. Me gusta mucho traducir, me limpia la mente. No podría traducir a otros escritores posmodernos como yo (por ejemplo, Don DeLillo o Thomas Pynchon), ya que su propia locura chocaría con la mía. Pero Carver, Fitzgerald o Irving, grandes realistas que requieren una lectura muy precisa, son fantásticos para pasar al japonés porque, al tener que analizarlos tan de cerca, me van enseñando sus secretos. -Como ensayista ha escrito trabajos fundamentales para entender el Japón de hoy. Underground, el libro que hizo sobre los ataques con gas en el subte de Tokio, que mataron a casi un centenar de pasajeros, resonó mucho, en especial después del once de septiembre. ¿Cómo fue ese trabajo y qué paralelos ve entre ese atentado y lo que ocurrió en EE.UU? -Obviamente existe un fuerte paralelo entre ambas tragedias. Uno siente que la vida en la ciudad, las rutinas, se desarrollan sobre un piso firme y de repente se comprueba que no hay forma de escaparse del mundo más aterrorizador y oscuro, que uno puede estar entrando a trabajar como todos los días y de pronto la gente empieza a morir a nuestro alrededor. Es un escenario surrealista para la mayor parte de nosotros, y en el caso de Japón, yo quería realmente tratar de entender qué había pasado. Había leído todo lo que salió publicado en los diarios, pero no me era suficiente, necesitaba hablar con los sobrevivientes cara a cara y que ellos me contasen su historia. Lo sentía como parte de mi responsabilidad de escritor. Si mi habilidad es la de poner voces sobre papel, tenía que hacer que la de ellos perdurase, así que me encontré con las 64 personas, varias horas con cada uno. Fue una experiencia muy interesante. Los que colocaron el gas sarin que mató a tantas personas en teoría deberían haber sido los personajes más interesantes para un escritor. Pertenecían a un culto, de alguna manera eran idealistas en busca de un concepto más alto de Dios y la humanidad. Pero yo quedé fascinado por la gente común, sus víctimas. Eran personas con las que yo no tengo nada que ver y de quienes no podría ser amigo, gente aburrida que se mata trabajando, que vive pequeñas vidas en los suburbios. Pero me di cuenta de que podía amarlos, si no personalmente, como una fuerza, de la misma manera como un escritor ama a sus lectores. Y entonces me di cuenta también de la necesidad de escribir buenas historias. Porque, en el fondo, los miembros del culto, los terroristas, se habían creído una historia, una historia equivocada, que los llevó a matar. Yo creo que los escritores tienen la responsabilidad de llenar el mundo de historias buenas, que sirvan para acercar gente. Esto no tiene nada que ver con que esas historias contengan sexo o violencia como ingredientes. Lo que importa es que el mensaje final sea bueno para la sociedad. Las historias son demasiado poderosas como para que lo olvidemos. Y termino el post con una frase del mismo Murakami, que me pareció interesante dejar: "Soy un mero trabajador que disfruta de la cultura popular, mientras que la mayor parte de los escritores son unos esnobs que ni a mí me gustan ni yo les gusto a ellos. Para mí la cultura popular, incluso la más comercial, es como una gran reserva natural de donde los escritores podemos tomar infinitos temas". FUENTE: http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=943083 El post tuvo irregularidades tecnicas... pego los comments que se hicieron xq me parecen productivos a efectos de informar sobre Haruki axdny Mandale un mensaje! | 19.09.2007 00:20:42 dijo: Un escritor de la san p*ta! Me agarro con "Spunik, mi amor"; me enamoro con "Tokio Blues" (porque le pusieron ese nombre?) y me case con "Kafka a la Orilla" Tiene libros que uno se da cuenta que terminaron porque se paso todo el dia leyendolos. Es un escritor de una prosa unica, que tiene muchisima imaginacion a la hora de escribir. Ah, y los que gustan de la literatura japonesa, les recomiendo Banana Yoshimoto. +10 por promocionarlo axdny Mandale un mensaje! | 19.09.2007 00:22:11 dijo: Y me re olvide de "Cronica del Pajaro que da cuerda al mundo", un libro "limadisimo" si se le puede decir asi gandalfoide Mandale un mensaje! | 19.09.2007 00:26:23 dijo: uhuh fana como yo!!! Yo lei x 1 vez tokyo bllues y me fascino... segui con "al sur de la frontera al oeste del sol" y me fascino x segunda vez, y mas todavia q la 1 vez... lei despues "Cronica del Pajaro que da cuerda al mundo", me gusto menos q los otros 2, pero la fascinacion se mantuvo.... y Kafka en la orilla es esssssselente... y ahroa quiero seguir leyendo, pero estoy con policiales a pleno en la facu y no doy a basto! pero gran escritor, muy recomendable... che y ya q estamos, Banana Yoshimoto es un escritor o un libro?? xq dsp de murakami lei un par de K. Oe no mas... y queria seguir investigando hesiodo Mandale un mensaje! | 19.09.2007 00:33:00 dijo: es la segunda nota sobre este que leo, asique un dia de estos pego un par de libros, en la otra nota, le periodista contaba como le daban con un caño en Japon acusandolo de careta, y de escribir de un modo simplicado solo para poder vender los libros fuera de su pais, y que lo mas odiaban de él, era su pseudo devocion por EEUU; mas allá de eso si mal no recuerdo "kafka en la orilla" fue elejida como la mejor novela del año 2006 por el NY Times (no recuerdo si era Times, pero alguna revista asi de importante e influyente era) gandalfoide Mandale un mensaje! | 19.09.2007 00:50:35 dijo: sisi hesiodo... mejor novela del año en 2006 x el ny times... lo q decis de las criticas q le hacen en Japon yo tb lo lei... la verdad no se cuanto respete la cultura japonesa o q... pero a mi me encanta lo q escribe y como lo escribe... Lo de su amor o gusto x lo yanqui se percibe, pero no descarademente, no en un mal sentido... q se yo, es fanatico del jazz.. q se le puede reprochar!

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Mamihlapinatapai - Palabra Guiness Record!
Mamihlapinatapai - Palabra Guiness Record!
InfoporAnónimo6/3/2007

Gentuza amiga... Hace poco mas de una semana vino a mi facultad Guillermo Arriaga, el guionista de las pelis de Iñarritu (Amores Perros, 21 gramos, Babel). En un momento de la charla, el tipo dice q aca en Argentina se creo una palabra que para el era de una increible profundidad. La palabra en cuestion es "Mamihlapinatapai". Entre las numerosas acepciones q tiene la palabra, una es algo asi como "dos personas enfrentadas que tienen mucho para decirse pero q no se dicen nada". Hace poco me ocurrio algo muy parecido en una "cita" con una mina... y me parecio copado para q todos los T estuvieran al tanto de esta palabra... Porque, a quien no le paso de estar con una mina en frente, q sea obvio q la mina tiene onda, q vos tenes onda, y no pasa nada y se dilata todo en una charla muy copada pero que evade y pospone lo inevitable, y lo q los dos quieren. Bueno, aqui lo poco q pude encontrar, q lo disfruten y q les sirva mucho! De paso se me ocurrio dejar algunas otras palabritas con significados copados -o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o- Mamihlapinatapai (a veces escrita incorrectamente como mamihlapinatapei) es una palabra del idioma de los indios yámanas de Tierra del Fuego, listada en el Libro Guinness de los Récords como la "palabra más sucinta del mundo", y es considerada como uno de los términos más difíciles para traducir. Describe "una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar". La palabra consta de un prefijo ma(m) de corte reflexivo pasivo (marcado por la segunda m antes de una partícula inciada por vocal); la raíz ihlapi, que significa "estar confundido sobre lo que hacer después"; seguida por el sufijo condicionante n y por el sufijo at(a), que implica "logro"; y coronada por apai, que al ser compuesto con ma(m) adquiere un significado de reciprocidad. www.wikipedia.com.ar -o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o- La palabra "Mamihlapinatapai" figura en el Guinness de los records como la palabra mas suscinta, aunque algunos la consideran la más difícil de traducir. Una primera aproximación: 'mirarse uno a otro esperando que los demás hagan lo que hay que hacer porque a todos nos convendría pero nadie tiene ganas de hacerlo'. Como no podía ser de otra manera, esa palabra se originó en nuestro país. Aunque corresponde al idioma de los indios Onas (ya extinguidos). Por un lado, sorprende que tuviesen tan claro el concepto. Recién en la década del '60 se lo redescubrió, y su aparición surgió de un ejercicio teórico: buscar situaciones paradójicas que predijera la teoría de juegos. Se conocía el 'dilema de los prisioneros', pero una búsqueda -haciendo un poquito de combinatoria- mostró que había en total 6 situaciones de relaciones sociales simétricas 'problemáticas'. Mamihlapinatapai es la descripción de una: hay que hacer algo sí o sí, pero nos miramos entre todos confiando que otro lo haga. Ejemplos: en un accidente, ¿vamos a mirar los muertitos y/o agonizantes entre los hierros retorcidos o llamamos una ambulancia? Los servicios de emergencias de todo el mundo presentan casos donde nadie los llamó (siempre se habla después de la demora de la ambulancia). http://demairena.blogspot.com/ -o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o- Esto lo encontre en una pagina q tiene diferentes palabras con significados amplios. Algunas son realmente curiosas y otras muy acertadas: Mokita -> Nueva Guinea -> verdad que todo el mundo conoce pero nadie se atreve a pronunciar Razbliuto -> Rusia -> sentimiento de cariño que se tiene por una persona a la que un día amamos Mono no aware -> Japón -> la tristeza subyacente en el paso inexorable del tiempo Mamihlapinatapai -> dialecto de la Tierra del Fuego -> el acto de buscar o mirar a los ojos de otro, con la esperanza de que el otro inicie lo que ambos desean pero que ninguno tiene el coraje de empezar Ah-un -> Japón -> comunicación tácita entre viejos amigos o amantes Saudade -> Brasil -> la expresión portuguesa que mejor define un estado de ánimo en el que se mezcla la melancolía y el recuerdo Shibui -> Japón -> la apariencia amarga de lo que es positivamente hermoso Treppenwitz -> Alemania -> respuesta bien dada que se nos ocurre dos horas después Torschlüsspanik -> Alemania -> miedo que las personas solteras sienten ante la idea de carsarse Mbuki-mvuki -> lengua bantú -> Despojarse de la ropa expontaneamente y bailar de alegría desnudo (esto me gustaría hacerlo algún que otro día, si señor!!) Googly -> UK -> proviene del criquet, pero se ha extrapolado a otros ámbitos con un significado parecido: pelota que se lanza como si fuera hacia el campo opuesto al bateador, pero realmente va hacia la parte del campo a su espalda (en castellano sería algo así como meterte un gol por la escuadra) -o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o- Palabras maravillosas Con tan ilustre precedente, y con todas las cautelas posibles, he aquí una lista de palabras sorprendentes de todo el mundo. Tienen en común el expresar un concepto complejo que, en la mayoría de los idiomas comunes requiere de una frase completa. Gran parte de estos términos se han tomado del ingeniosísimo libro de Adam Jacot de Boinod The meaning of Tingo, libro al que llegué a través del mundo real de las librerías. El autor es una de esas personas enfermas que ha leído varios diccionarios de idiomas más o menos extraños, lo que le ha permitido entresacar una amplia lista de palabras sorprendentes. En las críticas de Amazon los lectores argumentan que las palabras que han encontrado en sus idiomas de origen a veces tienen muchas incorrecciones. Personalmente puedo indicar que el autor dice algo asín como que "en español, es común el término cebolla para referirse a la cabeza". Luego puede que algunas de estas palabras no sean del todo precisas o tal vez totalmente incorrectas. Esta es una selección de su libro y de otras fuentes, que iré citando: nakhur del idioma persa. Un camello que no dará leche salvo que se le cosquillee encima del labio superior. areodjarekput del Inuit. Intercambiar esposas sólo durante unos pocos días. cigerci del turco. Vendedor de pulmones e hígados. seigneur-terrasse del francés. Persona que pasa mucho tiempo en un bar pero gastando poco dinero Torschlusspanik del alemán. Miedo a perder oportunidades a medida que se va envejeciendo (a menudo se aplica al miedo de las mujeres a que se les pase la edad de poder tener hijos). pana po'o del hawaiano. Rascarse la cabeza para intentar recordar algo. Schadenfreude del alemán. El malvado sentimiento de placer al ver a alguien - que no nos gusta - caer en desgracia. Ohrwurm del alemán. Música que se te mete en la cabeza en contra de tu voluntad y que no te la puedes quitar de encima. (literalmente gusano de la oreja). Tingo del idioma de la Isla de Pascua. Ir tomando prestadas las cosas de casa de un amigo, una por una, hasta que no queda nada más. El idioma albanés tiene 27 palabras para diferentes tipos de bigote. El arcoiris tiene siete colores, pero en el idioma Shona de Zimbabwe sólo tiene cuatro y en el Basa de Liberia sólo existen las palabras "ziza" (para el rojo, naranja y amarillo) y "hui" (para el verde, azul y violeta). neko-neko de Indonesia. El que tiene una idea creativa que sólo hace que las cosas se pongan peor. skeinkjari de las Islas Feroe. El hombre que va entre los invitados a una boda, ofreciéndoles bebidas alcohólicas. koro del japonés. El miedo histérico a que el propio pene se esté hundiendo - y desapareciendo - dentro del cuerpo. Del libro In other Words escrito por C.J.Moore, una bella selección de palabras para sensaciones: yoko meshi del japonés. La sensación de estrés que produce tener que hablar en una lengua extranjera. saudade del portugués. La sensación de pena y el recuerdo de algo que se ha perdido, que nos es lejano, pero que tal vez alguna vez volvamos a recuperar en un futuro. Una especie de placer morboso en la adversidad. litost del checo. Usada por Milan Kundera, se define como "una sensación de tormento creada por la visión repentina de la propia miseria." razbliuto del ruso. La melancolía por haber perdido un amor. El sentimiento que se tiene hacia una persona que se quería pero por la que ya no se siente lo mismo. lagom del sueco. Un estado intermedio entre los extremos; ni mucho ni demasiado poco, simplemente la cantidad justa. mamihlapinatapei del idioma indígena de la Tierra de Fuego. Un expresivo y lleno de significado silencio. igunaujannguaq del idioma inuit. Literalmente, morsa muerta congelada, es el nombre de un juego en que uno de los participantes tiene que quedarse totalmente quieto mientras pasa a través de un aro. sunasorpok del idioma inuit. Comerse las sobras de la comida de otra persona. kejeblos de Indonesia. Caerse accidentalmente por un agujero. desortijarse del castellano del Caribe. Devolver el anillo de compromiso. mencomot de Indonesia. Gente que roba objetos de poco valor para divertirse. karoshi del japonés. Muerte causada por el sobreesfuerzo en el trabajo. pu'ukaula del hawaiano. Usar la propia esposa como garantía de una apuesta. katahara itai del japonés. Reír hasta que te duela la barriga. gigi rongak del malayo. El espacio que hay entre los dientes. bakku-shan del japonés. Una chica que parece atractiva vista desde espaldas pero que no lo es cuando se la ve de frente. Kummerspeck del alemán. El sobrepeso que se gana cuando se come de más por problemas emocionales. Backpfeifengesicht del alemán. Una cara que está pidiendo a gritos llevarse una buena bofetada. uitwaaien del holandés. Salir a pasear cuando hace viento, por diversión. koshatnik del ruso. Tratante de gatos perdidos. aviador del castellano de Centroamérica. Un funcionario del gobierno al que sólo se le ve en su puesto de trabajo el día que se cobra. Vori Vori de Fidji. Hombre casado que regularmente es infiel a su(s) esposa(s). age-otori del japonés. Tener peor aspecto después de un corte de pelo. iktsuarpok del idioma inuit. Salir fuera frecuentemente para ver si alguien viene. Scheissenbedauern del alemán. La molestia que se siente cuando uno se da cuenta de que las cosas no eran tan malas como uno había esperado en un principio. dozvonit'sya del ruso. El tiempo que se espera desde que se llama a la puerta hasta que te abren. -o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o- Este es el blog del tipo q hizo el libro q tiene boocha de palabras con significados raros: http://www.themeaningoftingo.com/

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A 25 cm de la realidad - Nacho Vidal (Entrevista)
A 25 cm de la realidad - Nacho Vidal (Entrevista)
InfoporAnónimo11/15/2007

A 25 cm de la realidad El español, que vino a la Argentina para el Festival de Cine Erótico que arranca mañana en Costa Salguero, asegura que es uno de los pocos actores del género que no recurre al viagra para funcionar a pleno. Además, cuenta que, como productor, le gusta que la casa donde filman se convierta en una gran orgía. Lo invitaron a una fiesta. Aceptó. Conoció una prostituta. Se enamoró. Empezaron a realizar espectáculos de sexo en vivo para que ella abandonara los clasificados –algo así como el Café Concert, pero porno-. Esa fue su gran escuela. El director del Festival Erótico de Barcelona (FICEB) lo vio en uno de esos shows y le dio la oportunidad de filmar su primera película. El actor italiano Rocco Siffredi, una leyenda del cine triple X, lo apadrinó y lo llevó a los Estados Unidos. Así podría resumirse el comienzo de la carrera de Ignacio Jordá González, más conocido como Nacho Vidal, el pornostar español, y uno de los más importantes del mundo, que llegó a la Argentina para participar de la primera edición del Festival Erótico de Buenos Aires (FICEBA), que desde mañana y hasta el domingo tendrá lugar en Costa Salguero. ¿Qué recordás de la primera película que hiciste? Que tenía 21 años y que fui el único chico de la película que empalmaba (que lograba la erección) y tuve que follarme a todas las actrices. En esa época no había muchos actores ni existía el viagra: funcionabas o no funcionabas. Por eso digo que soy una vaca sagrada. Fueron tres días en los que hice todas las escenas. Viniendo del live show porno, no tenías problemas con el tema de la inhibición. Estaba curadísimo. Hacer teatro fue como la universidad del cine porno. Estoy acostumbrado a estar frente a tres mil personas que te gritan "fóllatela, fóllatela". Los demás están acostumbrados a cinco o seis personas en un set, donde nadie hace ruido. Es otra matemática en tu cabeza. Quizás esa es una de las claves por las que he trabajado tanto y he logrado hacerme un nombre. Pero, ¿como te preparabas para estar delante de tanta gente y mentalizarte que debías excitarte? Cuando estás en live show te mentalizas. Cuando estás en cine, todo es animal, más corporal. Lo que quieras sentir lo puedes hacer porque estás solo, pero en el teatro en vivo es todo control mental, es saber que tienes que estar ahí y olvidarte que si no empalmas te gritan "maricón, maricón". Abriste la puerta a muchos hispanos en el mercado norteamericano. Sí, totalmente. Lo mejor es he logrado que se vea a los actores pornos como seres humanos y no como animales o como penes sin cerebro. Somos personas que tenemos una hipoteca, una familia, pareja, hijos, problemas como cualquier otro. Eso ha hecho que se abran muchas puertas para que actores españoles vayan allá a trabajar y, sobre todo, para que después sean reconocidos en su país como estrellas porno. ¿Hoy ya no existe ese prejuicio? No. Ahora hay una cantera que antes no existía. Antes éramos tres, ahora somos 25 actores por lo menos. ¿La valoración de un actor porno pasa estrictamente por la medida de su pene? Como productor y director lo que quiero es un pene que tenga las condiciones básicas: que se vea. Que tenga un tamaño considerable, de unos 13 a 17 centímetros. Pero lo que realmente necesito es que el actor sepa qué hacer con la mujer, que no me pregunte a mí. Que yo sea un espectador y filme lo que él haga. Necesito un tipo que sepa llevarme la escena sin que le diga "bueno ahora cambiá de postura". ¿Vos eras de dominar la escena? Desde que empecé a trabajar, nunca nadie me ha dicho nada. Yo hago una escena en 45 minutos cuando otros la hacen en 3 o 4 horas porque no saben cómo ponerse, cómo mostrar. Al venir del teatro siempre tienes que mostrar al público, entonces sé donde está la cámara sin buscarla y sé que si está detrás tengo que levantar la pierna, por ejemplo. A un actor quiero decirle "acción" y "corten", y que ya haya hecho todo. ¿Disfrutás cuando hacés las películas? Siempre intento disfrutar cuando trabajo. De ahí viene el éxito de cualquier persona que se dedica a lo que sea. Una persona que jamás disfruta de lo que hace, nunca puede considerarse un artista. Existe la fantasía de que durante la filmación de una porno, el estudio es una gran orgía. ¿Cuánto hay de cierto? En mis rodajes, sí pasa. Intento que la casa donde estamos rodando sea la casa Playboy, que las chicas se paseen desnudas y se estén follando entre ellas para que se cree ese ambiente que luego se ve reflejado en mis películas. Yo lo hago, no quiere decir que todos. ¿Cuál es la vida útil de un porno star? La que tú quieras tener, la que la gente te quiera dar. Ron Jeremy tiene 50 años y sigue trabajando, Rocco tiene 44 y también... ¿Cómo ves el boom del porno amateur? Me parece fantástico porque todos quieren ver follar a la vecinita de al lado, ver cómo lo hace. A todos nos atrae la chica que pasa por delante de nosotros, esa chica sencilla sin maquillaje ni mansión, como en las películas. A mí me encanta ver a una mujer con vello púbico y, en la pornografía, desgraciadamente casi ninguna tiene. FUENTE: http://www.ciudad.com.ar/nota.aspx?id=01470632

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