gorilin14
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Pasó un viernes de noviembre. Hacía frío y debía partir a las 23hs con destino a la provincia de Entre Ríos. El viejo Scania ya estaba listo y cargado a tope con rollos de los montes paranaenses. Sergio, mi “copiloto”, esperaba en la puerta fumando el último pucho de una cajita que había comprado ese día. Por fín, al concluir con algunos papeleos subimos al camión y partimos. La ruta estaba calma, con mucha neblina de a ratos, pero para nuestra suerte, sin mucho tránsito. Le sugería a mi acompañante que prendiera la radio o pusiera un cassette y comenzara a cebar el mate. Puerto Esperanza se abría majestuosa a la vista, con sus árboles y sus senderos. Llegamos a Eldorado como a las 1am y estacionamos “el poderoso” frente a la avenida “Fundadora”. Bajé un breve instante para habilitar el esfínter, que, para ese momento estaba pidiendo auxilio. Una vez más tranquilo subí nuevamente al Volkswagen y continuamos el viaje. La ruta serpenteaba entre cerros y caprichos de un verde oscuro, incendiado levemente por la gran luna que alumbraba esa noche. El Piray Guazú estaba al frente, con su característica curva que desembocaba en los altos peñascos ocultos entre la maraña y la ruta que continuaba. “¡Che!, ¿vo pensá que va stá hoy?”, me preguntó mi copiloto y encogiéndome de hombros con la vista al frente, le respondí que sí, que era muy posible. El km 6 se aproximaba y a la tan (involuntariamente) esperada pasajera se la podía apreciar a una buena distancia, levantando las manos en señal de “detenderse”. Yo siempre la llevaba sin problemas, pero en esa ocasión, resultó casi una de las experiencias más trágicas para mí. Mermé un poco la velocidad y antes de fijarme si había subido, la dama ya estaba allí, con su habitual prenda blanca y sus cabellos largos que cubrían todo su rostro. Miré por el retro y continué el camino. Generalmente ella viajaba sólo algunos kilómetros, hasta antes de llegar a “La Ita”, pero esa vez no se bajaría sino y hasta alcanzar Puerto Rico. Sucedió llegando a la entrada de la bella ciudad de Montecarlo. Me empezó a hacer señas para que bajara el vidrio, pero ignoré tal solicitud. Dos o tres veces más me hizo el gesto con las manos, desde el estribo que era donde viajaba. A la cuarta lo rompió directamente y clavé los frenos en seco, hecho que la despidió sin que yo pudiera ver dónde. Unos pocos metros más adelante vimos un viejo Canadá cargado a tope con yerba que, con su cubierta pinchada del lado izquierdo, había desviado su carril. Si no hubiera sido por el frenazo del susto, nos hubiéramos encontrado de frente y el resultado habría sido fatal. La dama volvió a aparecer y subir cerca de Paranaí. Y me vi viajando con el vidrio de la puerta roto y sus extraordinarios cabellos acariciando y generando escalofríos en mi transpirada nuca. Título: “La dama del km 6”. autor: Martín Hugo Villalba. Escritor Misionero. Todos los derechos reservados.