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LA MAMPARA DEL IDEALISMO Los móviles secretos de la guerra anglo-francesa contra Alemania se encubrieron bajo una mampara de «idealismo» y «libertad», que el monopolio informativo internacional erigió mediante costosa propaganda para cegar a los pueblos. Era perfectamente claro que el movimiento bolchevique se había impuesto la tarea de extender mundialmente su doctrina marxista. El primer paso lo había dado ya por medio de la Tercera Internacional, que reclutaba elementos radicales dispuestos a servir a la conspiración internacionalista de Marx. Los partidos comunistas se nutrían en todo el mundo de utopistas bien intencionados, de intelectuales librescos, de intelectualoides soñadores, de bohemios descentrados, de mujeres viriloides y de fracasados resentidos, y lentamente iban ganando terreno en las masas carentes de criterio propio. Geográficamente, Rusia es el corazón de la tierra firme. Es el sitio desde donde todos los Continentes quedan a la menor distancia posible: Asia y América por el Oriente; Europa por el Occidente, África y Oceanía por el Sur. El marxismo eligió bien su principal base de operaciones. También era perfectamente claro que el marxismo no confiaba únicamente en esa heterogénea penetración ideológica. Contaba particularmente con los enormes recursos naturales de Rusia que le permitían levantar una gigantesca fuerza armada de agresión. Ya en 1904 el geógrafo británico Sir Halfor Mackinder describió a Rusia como el corazón del mundo por ser el sitio desde el cual todos los Continentes quedan a la menor distancia posible, y advirtió que era «la mayor fortaleza natural del planeta». Hizo notar que su extensión y recursos eran tan vastos que organizados propiamente permitirían a su poseedor aventajar a todo el orbe. Rusia posee la sexta parte de la superficie terrestre, los más variados climas y todas las materias primas imaginables. «Quien rige sobre el Corazón dé la Tierra, domina la Isla del Mundo; quien rige sobre la Isla del Mundo domina el Mundo», concluyó Mackinder. Por eso el marxismo escogió a Rusia como su principal base de operaciones. Y a pesar de esa evidente amenaza, el acrecentamiento del bolchevismo fue soslayado en 1939 por las naciones occidentales. La URSS no tenía ningún Tratado con el Occidente; su Cortina de Hierro era ya tan palpable como Churchill la vio seis años después, y los métodos tiránicos que imperaban en Moscú eran mil veces más drásticos que la dictadura de Hitler en Berlín. Pero acerca de esto nada decían ni Roosevelt, ni Churchill, ni Daladier. Roosevelt se «abochornaba» de que en Alemania fueran apedreados algunos comercios de israelitas o de que ciertos personajes de esa comunidad fueran expulsados, tales como Thomas Mann, Sigmund Freud, Eric María Remarque y Stefan Zweig, pero su humanitarismo enmudecía si actos más crueles eran cometidos por el bolchevismo soviético. Ninguno de los estadistas occidentales ignoraba la índole del régimen bolchevique. Sus complacencias con él no podían explicarse como ignorancia y sí en cambio como una secreta complicidad. Los informes diplomáticos eran incluso más precisos que los relatos de los comunistas decepcionados que esporádicamente lograban escapar de la URSS. Se sabía perfectamente, como lo dijo el general comunista español Valentín González —«La Vida y la Muerte en la URSS»— que «el Estado es la NKVD; es un Estado policiaco, único en su género, como no ha existido otro jamás. En la Alemania nazi ejercía la Gestapo una vigilancia severa y se esforzaba en destruir toda oposición al régimen; era como la OVRA italiana, una institución represiva al servicio del poder totalitario. Pero en la URSS interviene la NKVD en la vida de todos los individuos sin excepción». Igualmente se sabía que la tiranía bolchevique impedía que un ciudadano viajara sin previa autorización, y que salvo muy contadas excepciones, a nadie se permitía salir de la URSS ni entrar en ella. En el país de la «sociedad sin clases» existían hasta seis clases de obreros; un tercio de los salarios era retenido por el Estado; se castigaba con prisión cualquier falta injustificada al trabajo; el 60% de la burocracia ganaba menos de 200 rublos mensuales; el kilo de frijol costaba 35 rublos y un par de botas hasta 500, en el mercado libre. Los estadistas occidentales sabían asimismo que si los obreros de la URSS eran pobres siervos en las fábricas, los campesinos vivían en peores condiciones, pues el 50% de su producción era para el Estado, el 40% para la burocracia y sólo el 10% para ellos. Tampoco era un secreto que en los campos de trabajo forzado se consumían en condiciones infrahumanas 18 millones de desafectos al régimen. Y que cuando en alguna región había síntomas de descontento o rebeldía, la «ingeniería social» bolchevique entraba en acción para desarraigar del lugar a miles y aun millones de habitantes, que eran dispersados y canjeados por los de otras regiones. El ex Embajador americano en Rusia William C. Bullit, enumeraba que Alemania había cometido 26 violaciones a pactos internacionales, y la Unión Soviética 28, y se mostraba sorprendido de cómo el mundo occidental parecía ignorar la gigantesca amenaza del bolchevismo. Ya entonces había ocurrido la «purga» de los famosos «procesos de Moscú», durante la cual más de cinco mil personas fueron aniquiladas. La religión era sistemáticamente combatida por el régimen y en las escuelas se enseñaba a odiarla. No obstante todo esto, Roosevelt y sus propagandistas judíos ocultaban su complicidad con el marxismo —y consecuentemente su criminal traición a los pueblos occidentales— bajo la falsa actitud de luchar por la libertad, por la dignidad humana y por las creencias religiosas. Igualmente falsa era la actitud de los gobernantes británicos. Se proclamaron defensores de la libertad, pero mantenían bajo su dominio a 470 millones de habitantes de sus colonias; se decían idealistas, pero habían hecho una guerra a China para asegurar el comercio del opio, que anualmente enriquecía a veintenas de magnates ingleses y mataba a 600,000 chinos; se ostentaban como abanderados de la integridad de Polonia, pero no tenían ninguna objeción si media Polonia era anexada a la URSS. Inglaterra siempre había sabido encontrar en los vericuetos de la hipocresía diplomática el camino de la propia conveniencia. Para esto había necesitado mantenerse impasible e indiferente ante los ideales, la sinceridad y la lealtad, como cuando quemó viva a Juana de Arco y como cuando asesinó a 27,000 boeres en el Transvaal. Pero en 1939 no pudo conservar su frío cálculo utilitarista. Churchill se dejó cegar por el despecho y el odio hacia un vecino europeo que prosperaba, Alemania, y automáticamente se convirtió en dócil instrumento de intereses internacionales no británicos. En ese odio que Churchill sintetizó al decir que si tuviera que asociarse con el diablo lo haría, con tal de vencer a Hitler, el Imperio Británico dio un paso hacia la ruina. Se apartó de su antigua ruta, que oscura y tortuosa, había sido no obstante eficaz y fructífera para su propio beneficio, y se dejó empujar por intereses ocultos que habían penetrado profundamente en el egoísta, pero sano instinto vital del Imperio Británico. Con un intervalo de 19 años comenzaba a cumplirse un augurio hecho por Henry Ford en 1920: «El judaísmo tolerará incluso a monarcas, mientras pueda sacar provecho de ellos. Probable es que el último de los tronos que se derrumbe sea el inglés, porque si de un lado el sentir inglés se da por muy honrado al servir de protector del judaísmo, participando así de las ventajas que de ello se derivan, representa, según criterio judío, una ventaja sumamente importante poder utilizar tal potencia mundial para sus objetivos particulares. Un clavo saca otro clavo, y esta sociedad limitada durará exactamente hasta que el judío decida lanzar a la Gran Bretaña a la ruina, lo cual puede hacerse en cualquier momento. Existen indicios de que el judaísmo se halla próximo a emprender esta tarea». La simbiosis británico-judía ha existido preponderantemente desde hace siglos. El rabino Aarón Weisz decía a su hijo Stephen: «En tanto Inglaterra viva, el judío está a salvo». Y el profeta israelita Teodoro Herzl afirmaba en 1904: «De Gran Bretaña llegará un gran bien para Sión y para el pueblo judío». Al calor de las prestigiosas palabras de «libertad», «democracia», «religión», el movimiento político judío infiltrado en la Casa Blanca tendió una mampara de idealismo, utilizó el odio de Churchill contra Hitler para lanzar a Inglaterra a la contienda, y con Inglaterra fue arrastrada Francia, mediante los firmes lazos masónicos. La guerra que los pueblos francés y británico no querían; la guerra que Hitler se esforzó tanto en conjurar, estaba firmemente apuntalada por el poder secreto del movimiento judío. La impopularidad de esa contienda fue barnizada de idealismo, pero no perseguía ninguna de las metas que proclamaba. Su finalidad era empujar a Occidente para que combatiera contra Alemania antes de que se iniciara la lucha germano-soviética, pues de lo contrario sería punto menos que imposible convencer a los occidentales de que acudieran en defensa del marxismo israelita. Y así fue rechazada, una vez más, la mano de paz que Hitler tendió a Inglaterra y a Francia el 6 de octubre de 1939, un mes después de que le habían declarado la guerra Fuente Derrota Mundial http://www.vho.org/aaargh/fran/livres9/BORREGOdermund.pdf

OTRA VEZ HITLER TIENDE LA MANO Un hecho de la más extraordinaria importancia había ocurrido en las postrimerías de la campaña germano-polaca. El 15 de septiembre, cuando ya el ejército polaco se encontraba copado entre los dos grupos de ejércitos de von Bock — en el norte— y von Rundstedt — en el sur—, y cuando Varsovia había sido flanqueada, la URSS invadió a Polonia por el oriente. El Ejército Rojo avanzó sin resistencia en la retaguardia de los polacos y ocupó la mitad del país. La invasión alemana se había originado en el desacuerdo germano-polaco sobre la vinculación de Prusia Oriental con el resto de Alemania, esencial para la proyectada campaña alemana contra la URSS. ¿Y cuáles Concentración de cien mil hombres en el Estadio de Nuremberg. Hitler insiste en que no quiere guerra con Occidente, eran los orígenes de la invasión soviética de Polonia? Precisamente en ese año de 1939 Stalin publicó un libro, «Problemas del Leninismo», reiterando la meta marxista de la dominación mundial. Decía que la victoria del régimen bolchevique en Rusia no era sino el preludio de otras victorias en todos los demás países de la tierra. Citaba las siguientes palabras de Lenin: «Vivimos no sólo en un Estado, sino en un sistema de Estados, y es inconcebible la existencia de la República Soviética por un tiempo largo, junto a Estados imperialistas. A la postre, aquélla habrá de vencer a éstos, o éstos a aquélla». Inglaterra y Francia habían iniciado la guerra bajo la bandera de que estaban defendiendo a Polonia. Cuando Stalin atacó por la espalda a los polacos vencidos y les arrebató la mitad de su país, un sospechoso silencio se hizo en Occidente. Ese hecho lo refiere Churchill en sus Memorias con una suavidad de terciopelo: «El gobierno británico se encontró desde el principio con un dilema. Habíamos ido a la guerra con Alemania como resultado de la garantía que dimos a Polonia... Y Rusia se negaba a garantizar la integridad de Polonia». ¿Podría creerse en la sinceridad de los estadistas occidentales cuando hablaban de defender principios de libertad si los polacos eran atacados por los alemanes, y callaban si los atacantes eran bolcheviques? ¿Podría creerse en esa sinceridad cuando se empeñaban en cerrarle a Hitler el paso hacia Moscú y en cambio no tomaban ninguna providencia contra la amenazante expansión del marxismo soviético hacia el mundo occidental? Con una inconsciencia sólo explicable por su odio personal contra Hitler —odio que se evidenció desde el verano de 1932, cuando por primera vez se negó a hablar con él—, Churchill hasta se regocijó en cierto modo por la invasión soviética de Polonia y escribió: «Los rusos han movilizado fuerzas muy grandes y han demostrado capacidad para avanzar lejos y con prontitud». No procedía Churchill como estadista, porque la cualidad elemental del estadista es buscar el beneficio de su patria, y no podía ser benéfico que la URSS se desbordara sobre sus fronteras, ya que esencialmente la doctrina bolchevique era contraria al Imperio Británico. Mil veces menos dañoso para Inglaterra era el movimiento alemán hacia el Oriente, con sus metas claramente proclamadas: conquistar territorio soviético, cimentar la amistad con el Imperio Británico e incluso concertar una alianza con él. Es indiscutible la habilidad de Churchill como líder y como orador. Pero su ceguera o su mala fe como estadista es un hecho que la Historia no podrá soslayar. Es un hecho que está sufriendo en carne propia el mismo Imperio Británico, el cual al terminar la guerra comenzó a desgajarse como si fuera un vencido y no un vencedor. Al concluir la campaña polaca, y por fin ya en la frontera de la URSS, Hitler hizo otro llamado de amistad a Francia y a la Gran Bretaña, que un mes antes le habían declarado la guerra. En sus palabras no había el menor rastro de odio y sí un visible deseo de que el Occidente se reconciliara con Alemania, cuyo propósito no era otro que combatir el bolchevismo, o sea el auténtico enemigo de la Civilización Occidental. El 6 de octubre de 1939 Hitler dijo: «Ofrecí a los detentadores del poder en Varsovia dejar salir por lo menos a la población civil... Ofrecí después no bombardear un barrio entero de la ciudad, el de Praga, reservándolo para la población... No obtuve respuesta. Entonces ordené para el 25 de septiembre el comienzo del ataque... » La devolución del Sarre era la única exigencia que consideraba yo como una condición plena e ineludible para un acuerdo germano-francés. Una vez que Francia misma ha resuelto ese problema, desapareció toda exigencia alemana a Francia. Hoy no existen más exigencias de esta especie ni volverán a hacerse valer nunca... Francia lo sabe así. Es imposible que se levante un hombre de Estado francés y pueda manifestar que he planteado jamás una exigencia a Francia cuyo cumplimiento hubiese sido incompatible con su honor o sus intereses. En lugar de una exigencia tal, lo que he dirigido siempre a Francia ha sido el deseo de enterrar para siempre la vieja enemistad. He hecho todo lo posible para extirpar del pueblo alemán la idea de una enemistad hereditaria e ineludible, inculcándole en lugar de ella el respeto por los grandes hechos del pueblo francés y de su historia, y todo soldado alemán guarda el máximo respeto por las proezas del ejército francés. » No menores han sido mis esfuerzos para llegar a un acuerdo germano-inglés e incluso a una amistad germanoinglesa... Nunca ni en ningún lugar me he opuesto realmente a los intereses británicos. Si este esfuerzo mío ha fracasado, ha sido porque había en algunos hombres de Estado y periodistas británicos una enemistad personal contra mí. » Es también perfectamente claro para mí que cierto capitalismo y periodismo judaico-internacional no sienten en absoluto el compás de los pueblos cuyos intereses dicen representar, sino que, como Eróstratos de la sociedad humana, ven el máximo éxito de su vida en la provocación de un incendio. »¿Alemania ha hecho a Inglaterra alguna reclamación que amenace quizá al Imperio británico o ponga en duda su existencia? No; al contrario. Ni a Francia ni a Inglaterra les hizo Alemania reclamaciones semejantes... Esta guerra en el Oeste no arregla ningún problema ni mucho menos, a no ser el de las malparadas finanzas de algunos industriales de armamentos». Respecto a Polonia, Hitler estaba anuente en que resurgiera como país libre mediante la previa resolución del problema de las minorías alemanas, y mediante la comunicación de Prusia y la solución del problema judío. Refiriéndose a la guerra que Francia e Inglaterra habían declarado a Alemania, agregó: «El mantenimiento del actual estado en el oeste es inconcebible. Un día quizá Francia bombardee por primera vez Saarbruck y la deje demolida. La artillería alemana, por su parte, destruirá en represalia Mülhausen... Se instalarán después cañones de más alcance y la destrucción se irá haciendo mayor... Y el capital nacional europeo reventará en granadas y la energía de los pueblos se desangrará en los campos de batalla. Y un día, empero, volverá a haber una frontera entre Alemania y Francia, pero en vez de ciudades florecientes se extenderán por ella campos de ruinas y cementerios. » En la historia no ha habido jamás dos vencedores y muchas veces no ha habido más que vencidos. Ojalá que tomen la palabra los pueblos y los gobernantes que son del mismo parecer. Y que rechacen mi mano los que creen ver en la guerra la mejor solución». Su mano fue rechazada. No ciertamente por los pueblos, que querían la paz, sino por los estadistas occidentales; por Roosevelt, por Churchill y por Daladier. Incluso el Intelligence Service Británico organizó una minuciosa conjura para asesinar a Hitler en la Cervecería de Munich, durante la ceremonia del 8 de noviembre. Pero el acto duró menos de lo que se suponía porque Hitler sintió una indefinible premura y salió del edificio minutos antes de que estallara la bomba de tiempo colocada para matarlo. Churchill refiere en sus memorias que ciertamente Hitler se había visto sorprendido por la declaración de guerra de Francia y la Gran Bretaña, con quienes no quería pelea, pero que había supuesto que al terminar rápidamente la campaña de Polonia, su oferta de paz brindaría a Mr. Chamberlain y a Daladier la oportunidad de llegar a un arreglo decoroso. «Nunca se le ocurrió, ni por un momento —añade Churchill—, que Mr. Chamberlain y el resto de la comunidad de naciones que forman el Imperio Británico, tenían la resolución inquebrantable de darle muerte o perecer en la demanda». En verdad era difícil suponer que el odio contra una persona —en este caso Hitler— fuera más poderoso en Londres que la conveniencia del Imperio Británico, y que se prefiriera aniquilar a Alemania, aunque nada pedía de Inglaterra, que dejarle el camino libre para que se lanzara contra la URSS, cuya doctrina marxista era hostil a todo principio de libertad, hostil al Imperio Británico y declaradamente enemiga del mundo occidental. Churchill fue cegado por ese odio y automáticamente se convirtió en instrumento de otras fuerzas que desde la Casa Blanca de Washington trataban a todo trance de salvar a la URSS. Sobre este punto el escritor norteamericano Robert E. Sherwood dice en su libro «Roosevelt y Hopkins» que cuando la guerra empezó, Roosevelt evidenció una grave preocupación de que fuera a llegarse a una paz negociada. Transmitió esa inquietud al gobierno inglés e inició su «histórica correspondencia con Winston Churchill». Y es que si Alemania llegaba a una paz negociada contra Inglaterra y Francia, quedaba con las manos libres para realizar su anunciada ofensiva contra el marxismo. El pueblo americano no quería la guerra. El propio Sherwood dice que ya fuera por la experiencia de 1918 o por simpatía a la ciencia alemana, el sondeo de Roper reveló en 1939 que sólo un 2.5% de la población de Estados Unidos deseaba la intervención occidental contra Alemania, e incluso había un movimiento que proclamaba a Hitler como el adalid del antibolchevismo. Pero a pesar de que Estados Unidos era una democracia, Roosevelt no actuaba de conformidad con su pueblo, sino siguiendo los consejos prosoviéticos del grupo israelita que lo rodeaba: Wise, Baruch, Morgenthau, Frankfurter, Untermeyer, Rosenman, etc. Y los inconfesables propósitos de este grupo son parcialmente revelados por el mismo Sherwood, quien agrega que el consejero Hopkins «afirmó que la cuestión de Polonia no era, en sí, tan importante por sí misma como por representar un símbolo de nuestra posibilidad de entendernos con la Unión Soviética. Dijo que nosotros no teníamos ningún interés especial en Polonia, ni propugnábamos allí una clase concreta de Gobierno». Polonia era sólo un buen pretexto para defender al marxismo judío que desde 1917 reinaba en la URSS. Naturalmente que la defensa de Polonia no era lo que se buscaba, y los acontecimientos posteriores así lo evidenciaron claramente. No se permitía que Alemania construyera una ferrovía a través del Corredor Polaco, pero sí iba a permitirse que Rusia absorbiese al país entero. El embajador norteamericano en Polonia, Arthur Bliss Lañe, se dio cuenta de la inconcebible maniobra y renunció para escribir libremente «Yo vi traicionar a Polonia», donde refiere cómo Roosevelt, Churchill y Stalin se confabularon para subyugar al pueblo polaco. Dice que «El 90% de la población polaca se opone al comunismo, pero un Gobierno pelele hecho en Moscú fue trasplantado a Varsovia». Agrega Bliss Lañe que él se esforzó por que se garantizara el resurgimiento libre de Polonia, pero que «fue objeto de desaires que equivalían a insultos premeditados a Estados Unidos». Y sin embargo, Washington no lo apoyaba. Los polacos Jan Chiechanowski y Stanislaw Mikolajoyk también refieren pormenorizadamente que los estadistas occidentales sacrificaron a Polonia para favorecer los intereses de la URSS. ¿Era acaso que había relaciones espirituales o raciales entre el pueblo norteamericano y el bolchevismo soviético? Evidentemente no. Pero sí había relaciones espirituales y raciales entre los israelitas de la Casa Blanca y los que habían impuesto al pueblo ruso la doctrina del israelita Marx. Aunque la tradición le impedía jugar por tercera vez como candidato presidencial, Roosevelt lo hizo disfrazado de pacifista para engañar a los votantes. Y hablando de paz, porque al fin las palabras no son actos, pero actuando para precipitar a Occidente a la guerra, volvió a burlar al pueblo americano. Un testigo de ese doble juego, testigo valioso por su prominente ingerencia en el Gobierno Norteamericano, dice: «Sus consejeros de la Casa Blanca lo convencieron (a Roosevelt) de que si decía la verdad perdería en las elecciones de 1940. El Presidente sabía que la guerra se acercaba —supuesto que él mismo la propiciaba-—, pero en su discurso de campaña política, dijo: "Ahora que hablo a ustedes, madres y padres, les diré algo más que los tranquilizará: he dicho esto antes, pero lo repetiré una y otra vez: los hijos de ustedes no serán enviados a ninguna guerra en el extranjero". La moralidad presidencial llegó así a su nivel mínimo, pero el señor Roosevelt ganó las elecciones (2a. reelección)» Además, cada día destinaba mayores cantidades del presupuesto para nutrir el «New Deal» y creó la WAP, que teóricamente serviría para ayudar a los cesantes, pero que en la práctica era un arma disfrazada a fin de asegurarse la reelección. Hopkins (el discípulo del judío Dr. Steiner) manejaba los fondos de esa institución, pese a que según confiesa Sherwood, compañero de aquél en la Casa Blanca, «no cabe atribuir a Hopkins las virtudes de un hombre sano en cuestiones de manejo de dinero...» Pero seguro del «Poder Secreto del Mundo», Hopkins decía: «Habrá impuestos y más impuestos, gastos y más gastos, y seremos elegidos una vez y otra». Hitler decía a su Ministro Speer: «La forma en que Inglaterra se ha deslizado hacía la guerra, es algo singular. El hombre que llevó toda la intriga es Churchill, títere de la judería que mueve los hilos. Al lado suyo, el pretencioso Edén, bufón sediento de dinero, y el ministro judío de la Guerra, Hore Belisha» Roosevelt y Hopkins. Robert E. Sherwood. «Cómo los Estados Unidos Ganaron la Guerra y Por qué Están a Punto de Perder la Paz». — William C. Bullit. Fuente Derrota Mundial Salvador Borrego http://www.vho.org/aaargh/fran/livres9/BORREGOdermund.pdf
Apolo 20 La Mision Secreta ... APOLO 20. La misión secreta a la Luna ruso-norteamericana, Apollo 20, realizada en agosto de 1976, estaba tripulada por William Rutledge, Leona Marietta Snyder y Alexis Leonor. La NASA la ocultó para no ponerse en evidencia, porque uno de los propósitos de la misión era precisamente examinar una nave extraterrestre accidentada que la Apollo 11 había detectado en la cara oculta del satélite. Todos los videos subidos a Youtube) sobre la Apollo 20 son falsos, pero la filmación original existe y se encuentra en poder de la NASA, que obviamente la mantiene oculta. Rutledge tenía una copia auténtica, pero fue visitado por HOMBRES DE NEGRO ¿Es necesario decir que no cumplieron lo que prometieron?, Sigue leyendo MAS sobre esta misión, que segun la NASA, nunca se dió, y observa las impactantes fotos de la supuesta nave que fueron a investigar. La tripulación que estaba planificada para el Apollo 20 antes de su cancelación, era la compuesta por Stuart Allen Roosa, Don Leslie Lind y Jack Robert Lousma, aunque finalmente estaría formada por el propio William, Leona Marietta Snyder y Alexey Leonov. Sus dos compañeros son sovieticos ya que la misión, a pesar de encontrarse ambas potencias en plena guerra fría, era conjunta (y así es más dificil comprobar la veracidad de los otros dos tripulantes). William habria sido seleccionado por su ateismo, que sería un valor importante para la misión del Apollo 20: investigar una posible nave alienígena abandonada en la cara oculta de la Luna. En la imagen, se puedo notar a la derecha de la misma un objeto con forma de puro, (presunta nave), La foto son de opinandosobreelmundo.wordpress.com Al parecer, tambien en la decada de los 90, hubo un Italiano, ex-militar piloto, que publico un video supuesto sobre este viaje, lo cual fue desmentido y catalogado como engaño, ya que recibia beneficio económico de las mas de 3 millones de visitas que recibió. Aquí les dejo una imagen comparativa del tamaño de la nave contra la Ciudad de Nueva YORK.