javier73
Usuario (Argentina)

La Cábala o Kabbalah La Cábala o Kabbalah, la pronunciación cierta es: Kabalá (del hebreo קבלה kabalah pronunciado kabalá , cabalá «recibir») es una de las principales corrientes de la mística judía. La base estructural de este estudio consiste en el análisis del Árbol de la Vida. Entre los judíos, es la tradición oral que explica y fija el sentido de la Sagrada Escritura, y por tanto entiéndase por Cábala al conocimiento en cuanto a las cosas celestiales mediante el ejercicio del estudio y cumplimiento de preceptos y reglas superiores. En la antigua literatura judaica, kabbalah era el cuerpo total de la doctrina recibida, con excepción del Pentateuco. Así pues, incluía a los poetas y los hagiógrafos de las tradiciones orales incorporadas posteriormente a la Mishná. Orígenes Aunque la Cábala propiamente dicha [1] surge hacia fines del siglo XII, sus orígenes pueden remontarse hasta el incipiente judaísmo de la diáspora helenística (cerca del siglo I a. C.) e incluso antes. Y tanto es así que, según la leyenda y los autores clásicos Pico della Mirandola, Johannes Reuchlin y Wilhelm Schickard, la cábala no sería sino un saber de carácter esotérico que Dios habría revelado primero a Adán, después a Abraham y luego a Moisés en el monte Sinaí al tiempo que le hacía entrega de las Tablas de la Ley, que los judíos situaban alrededor del siglo XIII a. C. También se pretende que Dios enseñó sus verdades y misterios a través del ángel Raziel tras la caída del primer hombre. Una importante contribución a la Cábala se la debemos a Abraham Abulafia (nacido en Zaragoza en 1240). Una de las fuentes más importantes de la cábala es el Zóhar o Libro del Esplendor, escrito por Simeón Ben Yojai. La idea básica allí expuesta es que, del seno mismo de la Divinidad Oculta o Infinito (el Ain Sof), surgió un rayo de luz que dio origen a la Nada (Ain), identificada con una esfera (sefirá) o región, que recibe el nombre de Kéter (‘corona’). A partir de esta corona suprema de Dios emanan otras nueve esferas (las sefirot). Estas diez esferas constituyen los distintos aspectos de Dios mediante los cuales éste se automanifiesta. Este sistema descrito, se multiplicó y volvió a multiplicar, generando progresivamente miles y miles de sistemas similares de diez esferas interiores poseedoras de luminosidad cada vez más reducida. Este proceso derivó en la formación del mundo en el que vivimos (véase Numerología y Cábala Cáp. XXI). Explicación de la Cábala La Cábala precede a cualquier religión o teología y fue dada a la humanidad por el mismísimo Dios, sin prerrequisitos ni precondiciones. Según las enseñanzas cabalísticas, el universo funciona de acuerdo a ciertos principios supremamente poderosos. Al entender estos principios y al aprender a actuar de acuerdo con ellos, la vida mejora enormemente en lo inmediato, y se logra a mediano y largo plazo la verdadera plenitud, para uno mismo y para toda la humanidad. Así, de la misma manera en que las leyes físicas básicas, tales como la gravedad y el magnetismo existen independientemente de nuestra voluntad y de nuestra conciencia, las leyes espirituales del Universo influyen en nuestras vidas cada día y a cada momento. La Cábala brinda el poder de entender y vivir en armonía con estas leyes, y además, de usarlas para beneficiarnos a nosotros mismos y al mundo. La Cábala es mucho más que un sistema filosófico intelectualmente convincente. Es una descripción precisa de la naturaleza entrelazada entre la realidad espiritual y la física; y es un compendio total de métodos poderosos, a la vez que prácticos, para lograr objetivos dignos dentro de esas realidades. Dicho de manera simple, la Cábala da las herramientas que se necesitan para obtener felicidad, plenitud y para llevar la Luz del Creador a la vida propia. Es la manera de alcanzar la paz y la alegría que todo ser humano desea y merece, en la más profunda esencia de su ser. La explicación anterior se refiere a la visión moderna y actualizada del kabalismo. La Cábala sale a la luz como tal entre los siglos XII y XIII en la Provenza y Cataluña a través de las comunidades judías de la zona vinculadas indefectiblemente a Oriente Próximo. Así, podemos decir que la cábala nace en Sefarad, la comunidad judía española. La Cábala como tal es el pozo de todas las tradiciones místicas judías que se fueron acumulando desde antes de Cristo y que llegaron a reinterpretar las Escrituras de tantas y tan variadas maneras que llegaron a crear una mística cercana al gnosticismo o al hasidismo. En esencia, la Cábala (palabra que significa «recibir» para algunos, «clave» para otros) es una «ciencia» que busca en la Torá (el Pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia), el significado del mundo y la «verdad». Pretende interpretar los sentidos ocultos de los cinco libros y en ellos busca la revelación. Puede entenderse de una forma metafísica, buscando la iluminación, o se puede entender como un medio a través del cual llegar a conocer la realidad que nos rodea. Kabalística es la afirmación de que «el conocimiento absoluto no tiene objeto sino que es un medio». Para los Kabalistas, el lenguaje es creador y la Torá contiene todos los textos, todas las combinaciones que pueden darse para crear otros mundos y otras realidades. Los Kabalistas entienden que el nombre de Dios está formado por todas las letras que componen el alfabeto y que éste, por tanto, tiene múltiples formas. Dios se sirvió de las letras para crear el universo a través de sus emanaciones o sefirot. De todas formas hay quien dice que existe una cábala cristiana, a lo que otros responden diciendo que lo más cercano al misticismo judío de la Cábala es el catarismo. Especulativa La cábala especulativa investiga los sentidos recónditos relativos a la Sagrada Escritura, y a los misterios de la naturaleza y la creación, y se subdivide en artificial o simbólica, y real o dogmática. * En la cábala especulativa simbólica, se prescriben determinadas reglas hermenéuticas para descifrar el sentido oculto de los textos de la Biblia. Así, para descifrar el sentido oculto de los textos de la Biblia (a los que se considera acompañados de un sentido recóndito) se colocan verticalmente unas encima de otras las palabras de diferentes versos de la Sagrada Escritura, resultando nuevas palabras de las letras en lectura vertical. Las palabras se disponen en forma de cuadro para poder ser leídas verticalmente o en bustrófedon. Las palabras se juntan totalmente y se las separa de nuevo, etc. A reglas de este orden responden las tres variedades de cábala especulativa simbólica: o La Gematría considera el valor numérico de la palabra o palabras del texto, cuyo sentido se indaga, el cual será el de otra palabra extraña cuyas letras sumen el mismo valor numérico que aquella o aquellas. Así, en el Génesis XLIX, 10, se lee: «No se le quitara la vara de mando a Judá, ni (faltará) el legislador (la antorcha suprema) de entre los de su generación (descendencia) hasta que venga el Pacífico (Shiló Yabosh)». Para saber quién es el pacífico, los cabalistas suman los valores de número de las palabras hebreas «hasta que venga el pacífico», que dan Yod es igual a 10, Bet es igual a 2, Alef es igual a 1, Shin es igual a 300, Yod es igual a 10, Lámed es igual a 30, He es igual a 5, total 358. Como que los valores de las letras que entran en la palabra מָשִׁיחַ Mashíaj son igualmente 358, el pacífico será el Mesías. En el Notaricón se juntan, a manera de acróstico, las letras iniciales o las finales de las palabras de una frase cuyo sentido quiere interpretarse para, con la palabra resultante, descubrir éste. Así, las palabras hebreas que corresponden a las tres primeras de las que dijo Abraham a Isaac en el acto de sacrificarle: «La víctima, hijo mío, la proveerá Dios» (Génesis XXII, 8) empiezan por Alef, Yod, Lámed que unidas forman la voz AIL (heb), Carnero, y en efecto, el carnero se halla indicado en el versículo 13. o En la Temurá, el nuevo sentido sacado de una palabra sale transponiendo las letras de que se compone, o separándolas de manera que formen diferentes palabras; es decir, un procedimiento anagramático. Se ha hablado mucho de la numerología relacionada con la cábala. Cada letra como elemento creador tiene asignado un número, lo que le confiere significados aún más crípticos a textos como la Torá o, en realidad, a cualquier otro. La lectura cabalística a través de los tres mecanismos básicos descritos (gematria, notaricón, temurá) de la Torá, escrita en el lenguaje de Dios, (y numerada según la progresión de Fibonacci) revela no sólo un mensaje divino sino una descripción del mecanismo del mundo, y funciona como el «manual de instrucciones» para intervenir en él. La Temurá consiste en la permutación de letras al modo de un anagrama. Ya que en el hebreo no hay vocales, de la lectura de una palabra como YHWH se sigue WHYH, HWYH, cada una con un posible significado simbólico concreto. La Gematria es otra disciplina de interpretación que consiste en cálculos numéricos obtenidos a partir de las letras del Alefato. Éste sintetiza 10 significaciones posibles en cada letra, a saber: relativas al concepto que encubren; a su significado estricto; a su forma; su número; su significación celeste (zodiacal y astrológica); su localización temporal (en estaciones, días de la semana y meses); su relación con el cuerpo humano, su efecto sobre las habilidades y los dones del hombre; simbolizando a personajes importantes de la historia de Israel e incluso especificando la dirección de los canales que unen a las diez sefirot). El Notaricón, por último, «lee entre líneas» reveladas las respuestas que el lenguaje divino mantiene ocultas para un lector no iniciado. Básicamente, se trata de tomar las iniciales de una serie de palabras, o las letras finales, y extraer de ahí nuevo material profético, «no-revelado» y preciso. Dado que el hebreo no tiene vocales, se puede obtener una considerable cantidad de palabras ocultas. Umberto Eco cita un ejemplo del Eclesiástico que pregunta: «¿Quién subirá por nosotros al reino de los cielos?». Tomando las letras iniciales y las finales de cada palabra, se obtiene la siguiente respuesta: «Los justos verán a Dios». * La cábala especulativa dogmática explica los sentidos ocultos de ciertas palabras de la Biblia, con aplicación a los fenómenos de la historia de la creación. Es de dos especies, la ciencia de la Merkabá, que trata del mundo supralunar, o sea de la teología y la metafísica, y la ciencia de Bereshit, que se ocupa en el mundo sublunar. Esto es, el de los fenómenos. Cábala práctica La Cábala práctica persigue fines como la curación de un enfermo, la expulsión de un demonio, mediante la invocación o escritura del tetragramático nombre (Adonay) o ciertos pasajes o palabras de la Biblia, en tablillas colgándolas del cuello del paciente. La cábala se encuentra compuesta por diez esferas (sefirot), enumeradas habitualmente en el orden en que el rayo de Dios desciende para crear el mundo, que es la misma numeración que es utilizada por la europeizada cábala hermética. Se encuentran listados a continuación sus nombres y el significado traducido del hebreo: 1. Kéter (La Corona. Providencia equilibrante). 2. Jojmá (La Sabiduría). 3. Biná (La Inteligencia siempre Activa). 4. Jésed (La Misericordia. Grandeza). 5. Gevurá (La Justicia. Fuerza). 6. Tiféret (La Belleza). 7. Nétsaj (La Victoria de la Vida sobre la Muerte). 8. Hod (La Eternidad del Ser. Gloria). 9. Yesod (El Fundamento. La Generación o piedra angular de la Estabilidad). 10. Maljut (El Reino. Principio de las Formas). En la Cábala hermética, muy influida por Eliphas Lévi y Aleister Crowley, se considera el camino místico del hechicero como un recorrido en el sentido inverso al rayo de Dios: esto es, empezando por Maljut y acabando en Kéter. Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1bala http://www.corazones.org/apologetica/practicas/cabala.htm
Así hablaba Friedrich Nietzsche Nietzsche (1844-1900) no necesita mayor presentación: es uno de los filósofos más importantes de la modernidad, un pensador poderoso y excelente prosista, que no sólo capturó con lucidez la naturaleza humana y penetró con agudeza las almas e instituciones de su época, sino que también se adelantó en muchos sentidos al espíritu del siglo XX, un siglo que entró en puntillas poco después de su muerte. Lo que posteo a continuación es una colección de aforismos extraidos de algunas de sus obras. Como buenos humanos demasiado humanos, juzguen por ustedes mismos. "Humano, demasiado humano" Un alma delicada se siente molesta al saber que hay que darle las gracias; un alma grosera, al saber que tiene que darlas. Es indefectible: cada maestro no tiene más que un alumno, y este alumno le llega a ser infiel, pues está predestinado a ser maestro también. Las mujeres llegan a ser, por medio del amor, lo que son en la mente del hombre que las ama. Se olvida la arrogancia cuando se está entre hombres de mérito; estar solo hace orgulloso. Los jóvenes son muy arrogantes, pues frecuentan sus semejantes, todos los cuales, no siendo nada, quieren pasar por mucho. No sólo se ataca para hacer daño a alguien, para vencerle, sino a veces por el mero deseo de adquirir conciencia de la propia fuerza. Pocas gentes habrá que, cuando se sientan perplejas en la elección de tema de conversación, no revelen los secretos más importantes de un amigo. El cristianismo nació para dar al corazón alivio; pero luego necesita primeramente abrumar el corazón para poder en seguida consolarle. Un escritor debería ser considerado como un malhechor que no merece, sino en casos rarísimos, el perdón o la gracia. Esto sería un remedio contra la invasión de libros. La distinción que encontramos en el infortunio (como si fuera un signo de vulgaridad, de falta de ambición, sentirse feliz) es tan grande, que si decimos a una persona "¡Pero, qué feliz es usted!", por lo general protesta. La ventaja de la mala memoria es que se disfruta varias veces de las mismas cosas por primera vez. El que nos encontremos tan a gusto en plena naturaleza proviene de que ésta no tiene opinión sobre nosotros. "Así hablaba Zaratustra" ¿Por qué son tan frecuentes las imágenes de animales en Así habló Zaratustra? Se me ocurren diferentes hipótesis que no tienen por qué ser excluyentes: 1. Su presencia resalta la ausencia de auténticos hombres. 2. Los animales caricaturizan al hombre y, por lo tanto, amplifican y hacen más diáfanos sus defectos y sus virtudes. 3. Hay algo en Zaratustra del cinismo de Diógenes. En más de una ocasión parece preguntarse si es mucho más noble ser hombre que perro o, al menos, si es mucho más innoble ser perro que hombre. 4. Quizás se sugiere que el hombre podría preferir rebajarse a la condición de animal antes que elevarse a la de superhombre. 5. ¿O quizás quiere comparar al animal, en tanto que artista, con el hombre en tanto que sabio? En todo caso, ahí están los animales: * El gusano: "Habéis hecho el camino del gusano de tierra al hombre, y aún quedan en vosotros abundantes características gusaniles." En un momento determinado Zaratustra se insulta a sí mismo llamándose "gusano dormido". * La serpiente y el águila: Son los primeros seres vivos que acompañan a Zaratustra. Son animales altivos y sagaces y por eso mismo le servirán de guías. "Así le pido yo a mi altivez de siempre ir de la mano de mi sagacidad". El águila posee la ligereza del ave; la serpiente, la prudencia, la lentitud calculada, la inteligencia. Pero además de la serpiente que junto al águila acompaña a Zaratustra, hay otra serpiente: la pesada y negra que le ha mordido a un pastor en la lengua y de la que éste no puede desprenderse. Zaratustra intenta liberarlo inultilmente de ella, hasta que comprende que la solución es otra: "¡Muerde! -le grita- ¡Muerde! ¡Córtale la cabeza! ¡Muerde!" * El camello y el león son, junto al niño, los protagonistas de la alegoría de las tres metamorfosis. Los tres nos ofrecen completas las imágenes de la animalidad del hombre. El camello es la bestia de carga, sufrida, paciente, resistente, domesticada, obediente, hundida bajo el peso del deber los valores que acarrea. El león es el gesto rebelde del esclavo. El niño es el juego del inocente. Si el camello, en un extremo, se niega a sí mismo en su obediencia, el niño, en el otro, se afirma así mismo en su juego. * De la vaca que rumia, como animal filosófico reminiscente ya hemos hablado otras veces aquí: Una, dos y tres. * El burro es el animal de carga que mezcla sin pudor su rebuzno con las voces de los mejores hombres. * El mono: "¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión y una vergüenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa". * El toro blanco: "Debiera imitar al toro y su felicidad debiera oler a tierra y no a desprecio de la tierra". * Perro y rebaño: "¡No será Zaratustra pastor y mastín de rebaño! Separar a muchos del rebaño, esa es mi misión". * De las moscas de la plaza del mercado poco hay que decir. Respecto a los otros bichos, "¡qué importa que escarabajos e insectos se posen en mi carga!" * La paloma: "... pensamientos que vienen con pies de paloma y gobiernan el mundo." * Las abejas: "Mira, yo estoy harto de mi sabiduría como las abejas que han acumulado demasiada miel". * Los cerdos: "Nosotros colocamos nuestra silla en el medio -eso me dice vuestra sonrisa satisfecha-, y a igual distancia de los gladiadores agonizantes que de los cerdos divertidos (...). Pero eso es... mediocridad, aunque se llame moderación". Aforismos Vuestro honor no lo constituirá vuestro origen, sino vuestro fin. Es preciso saberse amar a sí mismo, con amor sano y saludable, para saber soportarse a sí mismo y no vagabundear. En el fondo no amamos más que a nuestros hijos y a nuestras obras; y el amarse mucho a sí mismo es un signo de fecundidad. No debéis tener más enemigos que aquellos que sean dignos de odio, pero no tengáis enemigos dignos del menosprecio: debéis estar orgullosos de vuestros enemigos. Hubo un tiempo en que el espíritu fue Dios; luego se hizo hombre y, por último, plebe. El hombre es algo que debe ser superado; el hombre es un puente y no un fin. Los hombres "no" son iguales: así lo dice la justicia; y ellos no pueden querer lo que yo quiero. Cualquier que sea el mal que puedan hacer los malos, el mal que hacen los buenos es el más nocivo de todos los males. Te castigan por tus virtudes. Sólo perdonan sinceramente tus errores. El que busca conocimiento pasa por entre los hombres como por entre animales. ¡Oh soledad! ¡Soledad, patria mía! ¿Tenéis valor? No el valor ante los testigos, sino el valor de los solitarios, el valor de las águilas que no tienen ningún dios espectador. Voluptuosidad: sólo para los marchitos es un dulce veneno; mas para los que tienen voluntad de león, es el mayor reconstituyente y el rey de los vinos conservado con veneración. "Filosofía general" Sólo las almas ambiciosas y tensas saben lo que es arte y lo que es alegría. Así, como somos, nos hacemos recalcitrantes ante un "tú debes". Nuestra moral debe decir "yo quiero". La estimación de la autoridad aumenta en relación de la disminución de fuerzas creadoras. Un hombre que se creyera absolutamente bueno sería espiritualmente un idiota. Llamamos buena o mala a una cosa en relación con nosotros, no con la cosa misma. El hombre es ante todo un animal que juzga. ¿Hay aún filósofos? En realidad, en nuestra vida hay mucho de filosófico, sobre todo en los hombres científicos; pero filósofos propiamente dichos, hay tan pocos como verdaderos nobles. ¿Por qué? Ya no se cree en los filósofos, ni aun entre los sabios; éste es el escepticismo de una época democrática, que abjura de los hombres superiores. La psicología del siglo va dirigida esencialmente contra las naturalezas superiores. Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos. Puede creerse que llegará un tiempo en que el hombre se eleve tanto, que las cosas que hasta aquí le han parecido más sagradas, por ejemplo, la creencia en Dios, le parezcan infantilmente conmovedoras y que haga con ellas lo que ha hecho con todos los mitos: que las transforme en cuentos para niños. El placer de hacer daño, porque trae consigo un acrecentamiento del sentimiento de poder, sobre todo cuando precede una disminución de éste, es decir, en la venganza. "Más allá del bien y del mal" Lo que se hace por amor, se hace también más allá del bien y del mal. El desilusionado habla: "Yo esperaba ecos y no he encontrado más que elogios". No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que a su igual o a su superior. A riesgo de escandalizar los oídos inocentes, doy por hecho que el egoísmo pertenece a la esencia de las almas nobles; quiero afirmar esta creencia inmutable de que un ser tal como "somos nosotros" debe tener sometidos a otros seres, otros seres deben sacrificarse por él. Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes. Las mujeres, hasta el presente, han sido tratadas por los hombres como pájaros que, habiendo descendido de una altura cualquiera, se han perdido entre ellos: como una cosa delicada, frágil, salvaje, extraña, dulce, encantadora, pero también como algo que es preciso poner en una jaula para que no se vuele. Ser dueños de nuestras cuatro virtudes: el valor, la penetración, la simpatía, la soledad. "Tratados filosóficos" El amor y la crueldad no son dos cosas opuestas: siempre se encuentran juntos en los caracteres más firmes y mejores. Debemos desechar todo escrúpulo de conciencia en lo que se refiere a la verdad y el error, mientras se trate de la vida, para que luego podamos emplear la vida en servicio de la verdad y de la conciencia intelectual. Esto es para desesperar: la historia nos enseña que ninguno de los grandes hombres ha triunfado sin un gran orgullo y una buena dosis de injusticia. "Aurora" ¿Qué haremos para estimularnos cuando estemos fatigados y cansados de nosotros mismos? Unos recomiendan la mesa de juegos, otros el cristianismo, otros la electricidad. Pero lo mejor, mi querido melancólico, es "dormir mucho", en el sentido propio y figurado. Así terminaremos por tener de nuevo nuestra mañana. Un alarde en la sabiduría de la vida es saber intercalar a tiempo el sueño bajo todas sus formas. Sólo cuando el hombre haya adquirido el conocimiento de todas las cosas podrá conocerse a sí mismo. Pues las cosas no son sino las fronteras del hombre. Lo que es muy difícil de comprender por los hombres es su ignorancia con respecto a ellos mismos. ¡Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños! El hombre libre es inmoral, porque en todas las cosas quiere depender de sí mismo y no de un uso establecido. Es necesario que el maestro ponga a sus discípulos en guardia contra él. La virtud principal del trabajo es impedir los ocios de las naturalezas más vulgares. "El ocaso de los ídolos" Para vivir hay que ser un animal o un dios -dice Aristóteles-. Falta el tercer caso: hay que ser lo uno y lo otro; esto es, un "filósofo". Guardarse de la mediocridad. ¡Antes la muerte! Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir. "El eterno retorno" Temo que los animales consideren al hombre como un ser de su especie que, con gran peligro para él, ha perdido su buen sentido animal; que le consideren como un animal absurdo, como un animal que ríe y que llora, como un animal nefasto. ¿Cuántos hombres hay que sepan observar? Y entre el pequeño número de los que saben, ¿cuántos hay que se observen a sí mismos? "Cada cual es lo más lejano para sí mismo". El que sabe que es profundo se esfuerza por ser claro; el que quiere parecer profundo se esfuerza por ser oscuro. "La voluntad de dominio" Para que el hombre pueda tenerse respeto a sí mismo es necesario que sea capaz también de ser malo. Fuentes: http://www.dim.uchile.cl/~anmoreir/ideas/nietzsche.html http://elcafedeocata.blogspot.com/2009/02/zaratustra-zoosofo.html Otros post de NIETZSCHE: http://taringa.net/posts/downloads/1599456/Friedrich-Nietzsche.html http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2665081/Friedrich-Nietzsche---La-visi%C3%B3n-dionisiaca-del-mundo.html http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2668477/De-c%C3%B3mo-Nietzsche-perdi%C3%B3-la-raz%C3%B3n.html Recomiendo: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2665548/Friedrich-Nietzsche-(Parte-I).html http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2665561/Friedrich-Nietzsche-(Parte-II).html Saludos! Contribuciones de usuarios:(gracias a todos) dijo:la arrogancia cuando se está entre hombres de mérito; estar solo hace orgulloso. Los jóvenes son muy arrogantes, pues frecuentan sus semejantes, todos los cuales, no siendo nada, quieren pasar por mucho Diegoc02 dijo:"La diferencia entre dios y yo es que yo existo." Jaz05
Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas Friedrich Nietzsche Primera conferencia Ilustres oyentes, el tema sobre el que tenéis intención de reflexionar conmigo es tan serio e importante, y en cierto sentido tan inquietante, que también yo, como vosotros, prestaría atención a cualquiera que prometiese enseñar algo al respecto, aun cuando se tratara de una persona muy joven, y aun cuando debiera parecer totalmente inverosímil que ésta, espontáneamente y con sus propias fuerzas exclusivamente, pudiese ofrecer algo suficiente e idóneo para semejante problema. Sin embargo, es posible que haya oído algo verdadero con respecto al inquietante problema del futuro de nuestras escuelas, y quiera ahora contároslo nuevamente a vosotros; es posible que haya tenido maestros importantes, a los cuales convendría ya en mayor medida profetizar el futuro, inspirándose, igual que los arúspices romanos, en las vísceras del presente. En realidad, debéis esperar algo semejante. Por circunstancias extrañas, pero en el fondo totalmente inocentes, fui una vez testigo de una conversación que sostenían precisamente sobre este tema hombres notables, y los puntos esenciales de sus consideraciones, así como el modo de afrontar este problema, se quedaron grabados en mi memoria demasiado profundamente como para no encaminarme yo también en la misma dirección, siempre que reflexiono sobre cosas semejantes. Sólo que quizá yo no tenga ese valor lleno de fe de que entonces, delante de mí y para maravilla mía, dieron prueba aquellos hombres, al pronunciar audazmente verdades prohibidas y al construir sus esperanzas con mayor audacia todavía. Así, pues, me ha parecido tanto más útil poner por escrito por fin dicha conversación, para animar a otros a emitir un juicio sobre opiniones y declaraciones tan sorprendentes. Y para ese fin, por razones particulares, he creído poder aprovechar precisamente la ocasión que me han proporcionado estas conferencias públicas. En efecto, soy consciente de cuál es el lugar en que ahora insto a una reflexión general sobre aquella conversación y a un examen amplio de ella: verdaderamente, se trata de una ciudad que intenta fomentar -en un sentido incomparablemente grandioso- la cultura y la educación de sus ciudadanos, en tal medida que puede incluso provocar rubor a Estados más grandes. Así, pues, en este lugar desde luego que no me equivoco al suponer que donde se hace tanto por estas cosas se debe de pensar otro tanto sobre ellas. Por otro lado, al contar de nuevo aquella conversación, sólo podré ser completamente comprensible para aquellos oyentes que adivinen al instante lo que puede que se haya indicado solamente, que completen lo que haya debido omitirse, que en general necesiten, no ya recibir instrucción, sino simplemente que se les refresque la memoria. Y ahora oíd, ilustres oyentes, mi inocente experiencia y la conversación -menos inocente- de aquellos hombres. Pongámonos en la situación de un joven estudiante, o sea, en una situación que, en el movimiento impetuoso e incesante del presente, es sencillamente algo increíble: hay que haber vivido esa situación para poder creer semejante ilusión despreocupada, en semejante gozo arrancado al instante, y casi fuera del tiempo. Yo pasé un año en ese estado, junto con un amigo mío de mi edad, en la ciudad universitaria de Bonn, junto al Rin: un año que por la ausencia de proyecto y objeto alguno, y por la libertad con respecto a cualquier clase de propósito para el futuro, se presenta a mi modo de sentir actual casi como un sueño, delimitado antes y después por dos periodos de vela. Nosotros dos permanecimos impasibles, a pesar de vivir en compañía de gente que en el fondo tenía otros intereses y otras aspiraciones. Tal vez nos costara trabajo satisfacer o rechazar las exigencias, demasiado vigorosas en cierto modo, de aquellos contemporáneos nuestros. Pero incluso ese juego con elementos contrastantes tiene hoy, cuando trato de recordarlo, un carácter semejante al de los obstáculos de todas clases que encontramos en los sueños, cuando creemos poder volar, por ejemplo, pero nos sentimos contenidos por obstáculos inexplicables. Con mi amigo tenía en común numerosos recuerdos de aquel periodo anterior de vela, de la época en que estábamos en el instituto: uno de dichos recuerdos debo precisarlo mejor, ya que explica el paso a mi inocente experiencia. En un viaje anterior por el Rin, emprendido a finales del verano, había concebido un proyecto junto con aquel amigo -casi al mismo tiempo y en el mismo lugar, pero cada uno de nosotros lo había pensado por su cuenta-, de modo que ambos nos sentimos obligados a realizarlo, precisamente por aquella insólita coincidencia. Decidimos entonces fundar una pequeña sociedad, rica en frutos, formada por pocos compañeros, con el fin de dar una organización sólida y vinculante a nuestras tendencias productivas en el arte y en la literatura. O, por expresarme de modo más sencillo, cada uno de nosotros debía comprometerse a enviar cada mes una producción propia, una poesía, o un ensayo, o un proyecto arquitectónico, o una composición musical: después, cada uno de los otros tenía derecho a pronunciar un juicio sobre dichas producciones, con la franqueza sin reservas que conviene a una crítica amistosa. De ese modo, vigilándonos mutuamente, pensábamos estimular, y al mismo tiempo refrenar, nuestros impulsos culturales: y en realidad el éxito fue tal, que nos hizo recordar con sensación de gratitud, o, mejor, de solemnidad, aquel momento y aquel lugar que nos habían sugerido semejante idea. Aquella sensación de gratitud solemne encontró muy pronto un modo justo de expresarse, cuando prometimos recíprocamente hacer todo lo posible para visitar cada año -en aquel día- la localidad solitaria, cerca de Rolandseck, donde en aquella ocasión, hacia el final del verano, sentados pensativamente uno junto al otro, nos habíamos sentido repentinamente inspirados para adoptar una misma decisión. La verdad es que no cumplimos aquella promesa con el suficiente rigor; pero precisamente porque teníamos en la conciencia varios pecados de omisión, decidimos los dos con la mayor firmeza -aquel año de vida estudiantil en Bonn, cuando vivimos a orillas del Rin por un largo periodo de tiempo- obedecer en aquella ocasión no sólo a nuestra ley, sino también a nuestro sentimiento, a nuestro impulso de gratitud, y visitar solemnemente, el día correspondiente, la localidad cercana a Rolandseck. No fue fácil, ya que precisamente aquel día la numerosa y alegre compañía de estudiantes, que nos impedía volar, nos dio mucho que hacer, y se aferró con todas sus fuerzas a todos los hilos que podían mantenernos abajo. Nuestra compañía había decidido para aquel día una gran excursión solemne a Rolandseck, para cerciorarse una vez más -al final del trimestre estival- de la fidelidad de todos sus miembros, y para enviarlos después a casa con el mejor recuerdo de aquella despedida. Era uno de esos días perfectos que pueden presentarse, por lo menos en nuestro clima, sólo a finales del verano: cielo y tierra estaban uno junto a la otra, plácidamente fundidos en armonía, maravillosamente mezclados por el calor del sol, por el frescor del otoño y por una infinitud azul. Vestidos del modo más variopinto y fantástico -es decir, de un modo que ya sólo puede divertir a los estudiantes, dada la tristeza de todos los demás trajes-, subimos a un barco de vapor, festivamente engalanado en nuestro honor, y colocamos sobre la cubierta la bandera de nuestra sociedad. De las dos orillas del Rin resonaba de vez en cuando un disparo, que por orden nuestra comunicaba a los habitantes del Rin o, sobre todo, al posadero de Rolandseck, la noticia de que nos aproximábamos. No voy a contar la bulliciosa entrada, que del lugar del desembarco nos condujo a través del pueblo excitado y curioso, ni las diversiones y bromas -no al alcance de todos- que nos permitíamos entre nosotros. Paso por alto el banquete cada vez más agitado, hasta volverse salvaje, y un increíble espectáculo musical, en el que hubieron de participar todos los convidados, ya con ejecuciones de solistas, ya con intervenciones de conjunto, y que yo, como consejero musical de nuestra sociedad, había tenido que estudiar previamente y entonces tuve que dirigir. Durante el final un poco desordenado y cada vez más veloz yo había hecho ya una señal a mi amigo, e, inmediatamente después del acorde final -semejante a un alarido-, ambos salimos y desaparecimos, cerrando tras de nosotros, por decirlo así, un abismo aullante. De repente, la quietud reparadora y silenciosa de la naturaleza. Las sombras se habían alargado ya un poco, el sol resplandecía inmóvil, pero ya en el ocaso, y de las ondas verduscas y chispeantes del Rin soplaba un fresco hálito sobre nuestros rostros sudorosos. Nuestro solemne aniversario nos comprometía sólo a las horas más avanzadas de aquel día, así que habíamos pensado dedicar los últimos momentos de sol a una de aquellas diversiones de solitarios que estaban entonces a nuestra disposición. En aquella época sentíamos pasión por el tiro de pistola, y esa habilidad técnica fue muy ventajosa para cada uno de nosotros en nuestra posterior carrera militar. El sirviente de nuestra sociedad conocía nuestro campo de tiro -algo alejado y en posición elevada- y ya había llevado allí arriba nuestras pistolas. Aquel campo se encontraba en el margen superior del bosque que cubre las bajas colinas de detrás de Rolandseck, sobre una pequeña meseta accidentada, y bastante cercano al lugar en que debíamos conmemorar nuestra fundación. Sobre la pendiente boscosa, a un lado de nuestro campo de tiro, había un pequeño claro, que invitaba a sentarse y permitía extender la mirada hacia el Rin, por encima de los árboles y de la vegetación: de ese modo, el horizonte que resaltaba contra el grupo de árboles estaba formado precisamente por las líneas bellas y sinuosas del Siebengebirge y, sobre todo, del Drachenfeld, mientras que el centro de aquel sector circular estaba constituido precisamente por el Rin centelleante, que tenía entre los brazos la isla de Nonnenwörth. Tal era nuestro lugar, consagrado por sueños y proyectos comunes, y allí, en las horas siguientes de la tarde, queríamos retirarnos, o, mejor, debíamos hacerlo, si deseábamos concluir el día con el espíritu de nuestra ley. A un lado, sobre aquella pequeña meseta accidentada, se erguía a poca distancia el tronco poderoso de una encina, destacándose solitario de la superficie sin árboles ni matas, y de las colinas bajas y onduladas. Sobre aquel tronco habíamos tallado en colaboración -tiempo atrás- un pentagrama, bien visible, que los huracanes y temporales de los últimos años habían marcado todavía más, con lo que ofrecía un excelente blanco para nuestra habilidad de tiradores. Cuando llegamos a nuestro campo de tiro, la tarde ya estaba muy avanzada, y el tronco de nuestra encina extendía una sombra amplia y acabada en punta sobre la meseta inculta y árida. La calma era profunda; los árboles más altos que estaban a nuestros pies nos impedían mirar directamente hacia el Rin. Tanto mayor fue la sacudida producida en aquella soledad por el sonido lacerante -repetido por el eco- de nuestros pistoletazos. Apenas había disparado el segundo proyectil hacia el pentagrama, cuando sentí que me agarraban vigorosamente por un brazo, y al mismo tiempo vi que interrumpían de igual modo a mi amo mientras estaba cargando su arma. Volviéndome bruscamente, descubrí el rostro irritado de un viejo, y al mismo tiempo sentí que un perro robusto me saltaba a la espalda. Antes de que yo y mi amigo -inmovilizado del mismo modo por otro individuo algo más joven- pudiéramos rehacernos, aunque sólo hubiera sido con una palabra de estupor, resonó la voz del viejo, con tono amenazante y violento. «¡No, no!», nos gritaba, «¡aquí no se hacen duelos! ¡Vosotros menos que nadie tenéis derecho a hacerlo, jóvenes estudiantes! ¡Abajo las pistolas! Calmaos, reconciliaos, daos la mano. ¡Cómo! Vais a ser la sal de la tierra, la inteligencia del futuro, la semilla de nuestras esperanzas, ¿y ni siquiera sabéis liberaros de ese insensato catecismo del honor, ni de sus reglas, dictadas por el derecho del más fuerte? Con esto no quiero inmiscuirme en los asuntos de vuestro corazón, pero todo esto no dice mucho en favor de vuestro cerebro. Vosotros, cuya juventud ha tenido como educadores la lengua y la sabiduría de la Hélade y del Lacio, vosotros, sobre cuyo joven espíritu se han hecho descender precozmente -con una solicitud que no podréis nunca apreciar como se merece- los rayos luminosos de los hombres sabios y nobles de la hermosa antigüedad, ¿vais a tomar como norma de vuestra conducta el código del honor caballeresco, es decir, el código de la insensatez y de la brutalidad? Pero considerad de una vez por todas dicho código como hay que considerarlo, reducidlo a conceptos claros, descubrid su miserable estrechez, y adoptadlo como banco de pruebas, no ya de vuestro corazón, sino de vuestro intelecto. Si este último no lo rechaza ahora mismo, vuestro cerebro no está hecho para trabajar en un campo en el que las condiciones indispensables que se requieren son una enérgica capacidad de juicio que pueda romper con facilidad los lazos del prejuicio, y un intelecto orientado rectamente, que esté en condiciones de separar con claridad lo verdadero de lo falso, aun cuando el elemento distintivo esté profundamente oculto, y no ya, como ocurre ahora, al alcance de la mano. Así, pues, en el caso de que vuestro cerebro no sea apto para todo eso, buscad, queridos amigos, otro modo honorable de andar por el mundo: haceos soldados o bien aprended un oficio y perseverad en él.» A aquel discurso agrio -aunque cierto- nosotros respondimos excitados, interrumpiéndonos el uno al otro: «En primer lugar, se equivoca usted con respecto al punto esencial, ya que nosotros no estamos aquí, desde luego, para hacer un duelo, sino para practicar el tiro de pistola. En segundo lugar, parece que no sepa usted cómo se desarrolla un duelo: ¿acaso piensa que nosotros podríamos enfrentarnos en esta soledad como dos bandidos de caminos, sin padrinos, sin médicos, etcétera? En tercero y último lugar, cada uno de nosotros tiene su propio punto de vista sobre el problema del duelo, y no queremos vernos cogidos por sorpresa, ni espantados, por adoctrinamientos como los suyos». Aquella réplica, poco cortés indudablemente, había causado mala impresión al viejo. En un primer momento, al notar que en realidad no se trataba de un duelo, nos había mirado más amistosamente, pero nuestras rotundas palabras lo enojaron y le hicieron refunfuñar; cuando nos atrevimos a mencionar nuestros puntos de vista, él agarró impetuosamente el brazo de su acompañante, y nos gritó enojado, mientras se alejaba: «¡Hay, que tener pensamientos, y no sólo puntos de vista!». Y el acompañante intervino para exhortarnos: «¡Un poco de respeto, aun cuando un hombre como éste se haya equivocado!». Durante ese tiempo, mi amigo había vuelto a cargar su arma, y gritando «¡atención!» disparó de nuevo sobre el pentagrama. Aquella repentina detonación a sus espaldas puso furioso al viejo; se volvió otra vez, miró con odio a mi amigo, y bajando la voz dijo al individuo más joven que lo acompañaba: «¿Qué debemos hacer? Estos jóvenes quieren acabar conmigo con sus explosiones». Y el más joven, volviéndose hacia nosotros, empezó a decir: «Debéis saber, en realidad, que vuestras ruidosas diversiones son en este caso un auténtico atentado contra la filosofía. Observad a este hombre venerable: es capaz incluso de rogaros, para que no disparéis en este lugar. Y cuando un hombre como éste ruega...». «Eso es, se sigue haciendo lo mismo», le interrumpió el viejo, mirándonos severamente. En el fondo, no sabíamos bien qué pensar de lo que estaba ocurriendo. No éramos claramente conscientes de lo que pudieran tener en común con la filosofía nuestras ruidosas diversiones, y tampoco lográbamos comprender por qué debíamos abandonar nuestro campo de tiro, en función de incomprensibles consideraciones de cortesía. En aquel instante debíamos de tener probablemente un aspecto muy indeciso y malhumorado. El acompañante vio nuestra momentánea perplejidad, y nos explicó la situación. «Nos vemos obligados», dijo, «a esperar aquí durante dos horas, a pocos pasos de vosotros. Tenemos una cita: un amigo importante de este hombre tiene que venir aquí esta tarde; y para ese encuentro hemos escogido un lugar tranquilo en el que existen algunas banquetas, aquí en el bosquecillo. Verdaderamente, no es agradable seguir espantándose con vuestros cercanos ejercicios de tiro. Suponemos que vuestros propios sentimientos os impedirán seguir disparando aquí, una vez aclarado que quien ha escogido esta soledad tranquila y apartada para encontrarse con un amigo es uno de nuestros filósofos más importantes.» Aquella explicación nos inquietó todavía más. Nos vimos amenazados por un peligro todavía mayor que la simple pérdida de nuestro campo de tiro, y preguntamos precipitadamente: «¿Dónde está ese lugar tranquilo? ¿No será aquí a la izquierda, en el bosquecillo?». «Exactamente.» «Pero ese lugar nos pertenece a nosotros dos, esta noche», intervino mi amigo. «Ese lugar debemos ocuparlo nosotros», exclamamos los dos. En aquel momento nuestra solemne fiesta, decidida desde hacía tiempo, era más importante para nosotros que todos los filósofos del mundo, y la expresión de nuestro sentimiento fue tan vivaz e impetuosa, que quizá nos hiciera parecer un poco ridículos, por aquel deseo nuestro, en sí incomprensible, pero manifestado con tanta insistencia. Por lo menos, nuestros filósofos aguafiestas nos miraron con una sonrisa interrogativa, como si entonces nos tocara hablar a nosotros, para justificarnos. En cambio, guardamos silencio, ya que habríamos hecho cualquier cosa con tal de no traicionarnos. Y, así, los dos grupos siguieron callados, el uno frente al otro, mientras las copas de los árboles, en una gran extensión, habían adquirido el color rojo del ocaso. El filósofo miraba el sol, el acompañante miraba al filósofo, y nosotros dos nuestro escondite en el bosque, que precisamente aquel día peligraba. Una sensación casi de rabia se apoderó de nosotros. ¿Para qué sirve la filosofía, pensábamos, si nos impide estar apartados y gozar de la amistad en soledad, si nos disuade de llegar a ser filósofos a nosotros mismos? Efectivamente, creíamos que nuestro aniversario era verdaderamente de naturaleza filosófica. En semejante ocasión, deseábamos formular intenciones y planes serios para nuestra existencia posterior; en solitaria meditación, esperábamos encontrar algo que pudiera satisfacer y formar para el futuro la parte más íntima de nuestra alma, como había hecho en el pasado la actividad productiva de los años precedentes de la adolescencia. En eso precisamente debía consistir aquel acto de auténtica consagración. Eso era lo único que habíamos decidido precisamente: estar solos, sentarnos a meditar, como entonces, cinco años antes, cuando nos habíamos concentrado juntos y habíamos llegado a aquella decisión. Debía tratarse de una ceremonia silenciosa, totalmente proyectada hacia el recuerdo y el futuro: entre las dos, el presente debía intervenir únicamente como una línea de puntos suspensivos. Y ahora, en nuestro círculo mágico se había introducido un destino adverso, y no sabíamos cómo alejarlo: al contrario, en la extrañeza de toda aquella coincidencia sentíamos algo misteriosamente excitante. Permanecimos callados por un rato, unos junto a los otros, en grupos hostiles, mientras por encima de nosotros las nubes de la tarde se volvían cada vez más rojas, y la tarde se volvía cada vez más serena y más apacible; escuchábamos en cierto modo la respiración regular de la naturaleza, mientras ésta, contenta de su obra de arte, concluía una jornada perfecta, su trabajo cotidiano. Y, de repente, en medio de la quietud crepuscular confusos gritos de júbilo, se elevaron violentos y procedentes del Rin. Se oyeron muchas voces en lontananza: debía de tratarse de los estudiantes, nuestros compañeros, que se habían propuesto dar un paseo en barca por el Rin precisamente a aquella hora. Pensamos que debían de haber notado nuestra ausencia, y nosotros mismos echamos a faltar algo. Alcé la pistola, y casi simultáneamente la alzó también mi amigo. El eco respondió a nuestros disparos, y con el eco llegó hasta nosotros desde abajo, como señal de reconocimiento, un alarido muy conocido. Efectivamente, en nuestra sociedad éramos célebres, y al mismo tiempo teníamos mala fama, como tiradores de pistola fanáticos. Sin embargo, en aquel mismo momento sentimos nuestro comportamiento como la más grave descortesía hacia los silenciosos forasteros filosóficos, que hasta entonces habían permanecido quietos, en serena contemplación, y después saltaron a un lado, aterrorizados, ante nuestro doble disparo. Nos acercamos rápidamente a ellos, exclamando a nuestra vez: «Perdonadnos. Estos disparos han sido los últimos: hemos disparado para avisar a nuestros compañeros que están en el Rin. Y ellos han comprendido. ¿Los oís? Si queréis a toda costa quedaros en ese lugar tranquilo, a la izquierda, en el bosquecillo, permitidnos al menos que también nosotros nos sentemos allí. Existen varias banquetas. No os estorbaremos: estaremos sentados tranquilos y callados. Pero, ya son más de las siete, y ahora debemos bajar allí». «Todo esto parece más misterioso de lo que es», añadí después de una pausa; «existe entre nosotros una seria promesa de pasar allí abajo las próximas horas: también tenemos razones poderosas para hacerlo. Ese lugar es sagrado para nosotros a causa de un bello recuerdo, y, por eso, está destinado a inaugurar también un bello futuro para nosotros. Así, pues, también por eso, nos esforzaremos para no dejaros un mal recuerdo, después de haberos espantado y molestado tantas veces.» El filósofo siguió callado; pero el compañero más joven dijo: «Desgraciadamente nuestras promesas y nuestros acuerdos nos comprometen de igual modo, para el mismo lugar y para las mismas horas. La responsabilidad de esta coincidencia podemos atribuirla a algún destino o a algún geniecillo». «Por lo demás, amigo mío», dijo el filósofo calmado, «ahora estoy contento, más que antes, de nuestros jóvenes tiradores de pistola. tesas notado qué tranquilos estaban hace un momento, cuando mirábamos el sol? No hablaban, no fumaban, estaban quietos: casi creo que meditaban.» Y volviéndose bruscamente hacia nosotros: «¿Habéis meditado? Contádmelo, mientras caminamos juntos hacia nuestro común lugar de quietud». Entonces dimos algunos pasos juntos, y trepamos por un lado en la atmósfera caliente y húmeda del bosque, que ya estaba bastante obscuro. Mientras caminábamos, mi amigo expuso francamente sus pensamientos al filósofo, diciéndole que había temido por primera vez, aquel día, que un filósofo le impidiera filosofar. El viejo se echó a reír. «¡Cómo! ¿Teméis que el filósofo os impida filosofar? Algo así puede ocurrir: ¿no lo habéis experimentado? ¿No habéis tenido alguna experiencia así en vuestra universidad? Pero, ¿no escucháis las lecciones de filosofía?» La pregunta era embarazosa para nosotros, porque no se había tratado de eso en absoluto: Por lo demás, en aquella época todavía creíamos inocentemente que quien tenga en una universidad el cargo y la dignidad de filósofo debe ser también. un filósofo: precisamente carecíamos de experiencia y estábamos mal informados. Declaramos lealmente que no habíamos seguido ningún curso de filosofía, pero que desde luego corregiríamos nuestra negligencia. «Pero, ¿qué entendéis», preguntó, «por filosofar?» Y yo dije: «Con respecto a la definición, estamos en un aprieto. No obstante, por lo que creemos comprender, a nosotros nos basta con esforzarnos seriamente para reflexionar sobre la mejor manera de poder llegar a ser hombres cultos». «Eso es mucho, pero también poco», murmuró el filósofo: «¡lo esencial es que meditéis bien sobre todo eso! Aquí están nuestras banquetas: vamos a estar muy lejos unos de otros. Desde luego, no quiero estorbar vuestras meditaciones sobre el modo de llegar a ser hombres cultos. Os deseo buena suerte, y... puntos de vista, como sobre el problema del duelo, o sea, puntos de vista correctos, originales, cultos, nuevos. El filósofo no quiere impediros filosofar, con tal de que no lo espantéis con vuestras pistolas. Por hoy imitad sólo a los jóvenes pitagóricos; tenían que guardar silencio durante cinco años, como discípulos de una auténtica filosofía, y vosotros quizá lo consigáis durante cinco cuartos de hora, al servicio de vuestra propia cultura futura, de la que os preocupáis con tanta premura.» Habíamos llegado a nuestra meta: se inició nuestro aniversario. Una vez más, como cinco años antes, el Rin se deslizaba entre suaves brumas, una vez más el cielo resplandecía, el bosque estaba perfumado. El ángulo más apartado de una banqueta alejada nos amparó: allí nos sentamos casi escondiéndonos, para que ni el filósofo ni su acompañante pudieran vernos el rostro. Estábamos solos; la voz del filósofo, cuando llegaba apagada hasta nosotros, ya se había transformado en una música natural, a través del movimiento apenas perceptible del follaje, a través del murmullo y el susurro de mil existencias hormigueantes arriba, en lo alto del bosque. Aquella voz actuaba como un sonido, era semejante a un lejano y monótono lamento. Verdaderamente, no había nada que nos molestara. Pasó así un tiempo, durante el cual el ocaso se oscurecía cada vez más y el recuerdo de nuestra juvenil empresa cultural se presentaba cada vez más claro ante nosotros. Así, pues, pensamos que debíamos la mayor gratitud a nuestra extraña asociación: había sido, no sólo un complemento -por decirlo así- de nuestros estudios de bachillerato, sino también la auténtica sociedad rica en frutos, en cuyo marco habíamos introducido también nuestro instituto, considerado como un medio particular para nuestra aspiración universal hacia la cultura. Éramos conscientes de no haber pensado en la llamada profesión, gracias a nuestra sociedad. La explotación casi sistemática de esos años por parte del Estado, que quiere formar lo antes posible a empleados útiles, y asegurarse de su docilidad incondicional, con exámenes sobremanera duros, todo esto había permanecido alejado mil millas de nuestra formación. Y el hecho de que ninguno de los dos supiéramos todavía con precisión lo que seríamos y de que ni siquiera nos preocupáramos lo más mínimo de ese problema demostraba lo poco que habíamos estado determinados por instinto utilitario alguno, por intención alguna de obtener rápidos avances y de recorrer una veloz carrera. Nuestra asociación había alimentado semejante despreocupación dichosa: en el aniversario de aquélla nos sentíamos agradecidos de todo corazón a dicha despreocupación. Ya he dicho una vez que semejante goce del instante, sin objetivo alguno, semejante balanceo en la mecedora del instante debe parecer casi increíble -y, en cualquier casó, censurable nuestra época, hostil a todo lo que es inútil. ¡Qué inútiles éramos! Cada uno de nosotros habría podido disputar al otro el honor de ser el más inútil. No queríamos significar nada, representar nada, tender hacia nada, queríamos carecer de porvenir, lo único que queríamos era no ser útiles para nada, cómodamente tendidos en el umbral del presente: ¡y realmente éramos todo eso, bueno para nosotros! Efectivamente, así pensábamos entonces, ilustres oyentes. Inmerso en aquellas solemnes meditaciones sobre mí mismo, estaba a punto de abordar -con la misma actitud jactanciosa- también el problema relativo al porvenir de nuestras escuelas, cuando comencé lentamente a advertir que aquella música natural, que resonaba desde la lejana banqueta del filósofo, había perdido su carácter anterior, llegaba hasta nosotros bastante más penetrante y articulada. De improviso, tuve la conciencia de que estaba escuchando a hurtadillas: estaba escuchando con pasión, con los oídos aguzados. Toqué a mi amigo -quizás algo cansado- y le susurré: «¡No te duermas! Para nosotros, ahí arriba hay algo que aprender. Es válido para nosotros, aunque no vaya dirigido a nosotros». Efectivamente, oía al joven acompañante defenderse con cierta agitación y al filósofo, en cambio, atacarlo con un timbre de voz cada vez más fuerte. «No has cambiado», le apostrofaba, «desgraciadamente no has cambiado. Me parece increíble que seas todavía el mismo de hace siete años, cuando te vi por última vez, y me despedí de ti con escasas esperanzas. Desgraciadamente debo quitarte nuevamente -desde luego, no con placer- ese barniz de cultura moderna con que te has cubierto en este tiempo. Y debajo, ¿qué encuentro? Indudablemente, el mismo e inmutable carácter inteligible, como lo entiende Kant, pero desgraciadamente también un carácter intelectual inalterado: verosímilmente, también éste es una necesidad, pero una necesidad poco consoladora. Me pregunto con qué fin he vivido como filósofo, si años enteros, vividos por ti en intimidad conmigo, no han dejado, sin embargo, impresiones más claras, a pesar de tu deseo real de aprender y de tu inteligencia no obtusa. Hoy te comportas como alguien que no haya oído nunca, en relación con cualquier clase de cultura, el principio cardinal, al que me referí tantas veces, en la época de nuestra antigua intimidad. Pues bien, ¿cuál era el principio?» «Lo recuerdo», respondió el discípulo reconvenido. «Solía usted decir que ningún hombre tendría inclinación por la cultura, si supiera lo increíblemente pequeño que es, en definitiva, el número de las personas que poseen una auténtica cultura, y que tiene por fuerza que ser así. A pesar de ello, no será posible ni siquiera ese pequeño número de personas verdaderamente cultas, si no se dedica a la cultura una gran masa, decidida a ello exclusivamente por un engaño seductor, y en el fondo impulsada a ello contra su propia naturaleza. En consecuencia, no hay que revelar nada públicamente con respecto a esa desproporción ridícula entre el número de las personas verdaderamente cultas y el enorme aparato de la cultura. El verdadero secreto de la cultura debe encontrarse en eso, en el hecho de que innumerables hombres aspiran a la cultura y trabajan con vistas a la cultura, aparentemente para sí, pero en realidad sólo para hacer posibles a algunos pocos individuos.» . «Ése es el principio», dijo el filósofo, «y, sin embargo, ¿has podido olvidar su auténtico significado hasta el punto de creer ser tú mismo uno de esos pocos? Has pensado en eso, ya lo veo. Por lo demás, eso forma parte de las características despreciables de nuestra época, que pretende poseer la cultura. Se democratizan los derechos del genio, para eludir el trabajo cultural propio y la miseria cultural propia. Cuando es posible, todos prefieren sentarse a la sombra del árbol que ha plantado el genio. Quisieran substraerse a la dura necesidad de trabajar para el genio, con el fin de hacer posible su aparición. ¡Cómo! ¿Eres demasiado orgulloso como para querer ser un profesor? ¿Desprecias a la multitud de los que se agolpan, deseosos de aprender? ¿Hablas con desprecio de la misión del profesor? ¿Y te gustaría entonces, alejándote hostilmente de esa multitud, llevar una vida solitaria, imitándome a mí y mi modo de vivir? ¿Crees que puedes alcanzar sin más, de un solo salto, lo que yo he conseguido conquistar, después de una larga lucha obstinada, dirigida hacia la exclusiva meta de vivir como filósofo? ¿Y no temes que la soledad se vengue contra ti? ¡Prueba, entonces, a ser un solitario de la cultura! Cuando se quiere vivir con las propias fuerzas exclusivamente, y se quiere vivir para todos los demás, ¡hay que poseer una riqueza sobreabundante! ¡Curiosos discípulos! Creéis que debéis siempre imitar precisamente la cosa más difícil y más elevada, aquélla precisamente que sólo ha sido posible para el maestro, cuando, en realidad, vosotros precisamente deberíais saber lo difícil y peligroso que es, y que muchos talentos de primer orden pueden resultar destruidos por eso.» «No quiero ocultarle nada, maestro», dijo entonces el acompañante. «He aprendido demasiadas cosas de usted, y he estado junto a usted demasiado tiempo, como para poder dedicarme totalmente a los problemas actuales de la cultura y de la educación. Siento con demasiada claridad esos errores y esos inconvenientes insalvables que usted solía señalar, y, sin embargo, me esfuerzo en vano por encontrar en mí la fuerza con que podría tener éxito, luchando con más coraje. Se ha apoderado de mí un desaliento general: la huida a la soledad no ha sido cosa de orgullo ni de presunción. Me agrada describirle las características que he descubierto en los problemas de la cultura y de la educación, hoy discutidos tan vivaz e insistentemente. En el momento actual, nuestras escuelas están dominadas por dos corrientes aparentemente contrarias, pero de acción igualmente destructiva, y cuyos resultados confluyen, en definitiva: por un lado, la tendencia a ampliar y a difundir lo más posible la cultura, y, por otro lado, la tendencia a restringir y a debilitar la misma cultura. Por diversas razones, la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible: eso es lo que exige la primera tendencia. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y se ponga al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo, del Estado. »Creo haber notado de dónde procede con mayor claridad la exhortación a extender y a difundir lo más posible la cultura. Esa extensión va contenida en los dogmas preferidos de la economía política de esta época nuestra. Conocimiento y cultura en la mayor cantidad posible -producción y necesidades en la mayor cantidad posible-, felicidad en la mayor cantidad posible: ésa es la fórmula poco más o menos. En este caso vemos que el objetivo último de la cultura es la utilidad, o, más concretamente, la ganancia, un beneficio en dinero que sea el mayor posible. Tomando como base esta tendencia, habría que definir la cultura como la habilidad con que se mantiene uno a la altura de nuestro tiempo, con que se conocen todos los caminos que permitan enriquecerse del modo más fácil, con que se dominan todos los medios útiles al comercio entre hombres y entre pueblos. Por eso, el auténtico problema de la cultura consistiría en educar a cuantos más hombres corrientes posibles, en el sentido en que se llama corriente a una moneda. Cuantos más numerosos sean dichos hombres corrientes, tanto más feliz será un pueblo. Y el fin de las escuelas modernas deberá ser precisamente ése: hacer progresar a cada individuo en la medida en que su naturaleza le permite llegar a ser corriente, desarrollar a todos los individuos de tal modo, que a partir de su cantidad de conocimiento y de saber obtengan la mayor cantidad posible de felicidad y de ganancia. Todo el mundo deberá estar en condiciones de valorarse con precisión a sí mismo, deberá saber cuánto puede pretender de la vida. La alianza entre inteligencia y posesión, apoyada en esas ideas, se presenta incluso como una exigencia moral. Según esta perspectiva, está mal vista una cultura que produzca solitarios, que coloque sus fines más allá del dinero y de la ganancia, que consuma mucho tiempo. A las tendencias culturales de esa naturaleza se las suele descartar y clasificar como egoísmo selecto, epicureismo inmoral de la cultura. A partir de la moral aquí triunfante, se necesita indudablemente algo opuesto, es decir, una cultura rápida, que capacite a los individuos deprisa para ganar dinero, y, aun así, suficientemente fundamentada para que puedan llegar a ser individuos que ganen muchísimo dinero. Se concede cultura al hombre sólo en la medida en que interesa la ganancia; sin embargo, por otro lado se le exige que llegue a esa medida. En resumen, la humanidad tiene necesariamente un derecho a la felicidad terrenal: para eso es necesaria la cultura, ¡pero sólo para eso!» «En este punto quiero añadir algo», dijo el filósofo. «A partir de esa perspectiva -caracterizada de una forma que no carece de claridad- surge el grande, incluso enorme, peligro de que en un momento determinado la gran masa salte el escalón intermedio y se arroje directamente sobre esa felicidad terrenal. Eso es lo que hoy se llama problema social. Efectivamente, podría parecer a esa masa, a partir de lo que hemos dicho, que la cultura concedida a la mayor parte de los hombres sólo es un medio para la felicidad terrenal de unos pocos: la cultura cuanto más universal posible debilita la cultura hasta tal punto, que se llega a no poder conceder ningún privilegio ni garantizar ningún respeto. La cultura común a todos es precisamente la barbarie. Pero no quiero interrumpir tu exposición.» El acompañante continuó: «Para esa extensión y esa difusión de la cultura, fomentadas con tanto ímpetu por doquier, existen otros motivos, independientemente de ese dogma, tan popular, de la economía política. En algunos países, el miedo a una opresión religiosa está tan arraigado, que todas las clases sociales se aproximan con deseo vehemente a la cultura, y asimilan precisamente aquellos elementos suyos que habitualmente anulan los instintos religiosos. Por otro lado, a veces ocurre que un Estado, con el fin de asegurar su existencia, procura extender lo más posible la cultura, ya que sabe que todavía es lo bastante fuerte para poder someter bajo su yugo incluso a una cultura desencadenada del modo más violento, y ve confirmado eso en el hecho de que, en definitiva, la cultura más extensa de sus empleados o de sus ejércitos acaba siempre en ventaja para el propio Estado, en su competencia con los otros Estados. En este caso, los cimientos de un Estado deben ser tan amplios y sólidos como para poder sostener la complicada bóveda de la cultura, del mismo modo que, en el primer caso, los vestigios de una opresión religiosa anterior deben ser todavía bastante perceptibles como para hacer recurrir a un remedio tan desesperado. Por consiguiente, cuando el grito de guerra de la masa exige la cultura más amplia posible para el pueblo, yo suelo distinguir si lo que ha provocado dicho grito de guerra ha sido una tendencia exagerada a la ganancia y a la posesión, o bien el estigma dejado por una opresión religiosa anterior o bien, por último, la clara conciencia que un Estado tiene de su propio valor. »En cambio, me ha parecido que por muchos lados se entona otra canción -desde luego no con tanta sonoridad, pero por lo menos con el mismo énfasis-, a saber, la de la reducción de la cultura. »En todos los ambientes eruditos, habitualmente se susurra al oído, en cierto modo, esa canción. En realidad, se trata de un hecho general: con la utilización -ahora perseguida- por parte del estudioso de su ciencia, la cultura de dicho estudioso se volverá cada vez más casual y más inverosímil. Efectivamente, el estudio de las ciencias está extendido tan ampliamente, que quien quiera todavía producir algo en ese campo, y posea y tenga buenas dotes, aunque no sean excepcionales, deberá dedicarse a una rama completamente especializada y permanecer, en cambio, indiferente a todas las demás. De ese modo, aunque éste sea en su especialidad superior al vulgus, en todo el resto, o sea, en todos los problemas esenciales, no se separará de él. Así, pues, dicho estudioso, exclusivamente especialista, es semejante al obrero de una fábrica, que durante toda su vida no hace otra cosa que determinado tornillo y determinado mango, para determinado utensilio o para determinada máquina, en lo que indudablemente llegará a tener increíble maestría. En Alemania, donde se sabe cubrir incluso estos hechos dolorosos con el glorioso manto del pensamiento, se admira mucho en nuestros estudiosos esa limitada moderación de los especialistas y su desviación cada vez más acentuada de la auténtica cultura, y se considera todo eso como un fenómeno ético. La fidelidad en los detalles, la fidelidad del recadero se convierten en temas de ostentación, y la falta de cultura, fuera del campo de especialización, se exhibe como señal de sobriedad. »Durante siglos y siglos, entender por hombre de cultura al estudioso, y sólo al estudioso, se ha considerado sencillamente como algo evidente. Partiendo de la experiencia de nuestra época, difícilmente nos sentiremos impulsados hacia una aproximación tan ingenua. Efectivamente, hoy la explotación de un hombre a favor de las ciencias es el presupuesto aceptado por doquier sin vacilaciones. ¿Quién se pregunta todavía qué valor puede tener una ciencia, que devora como un vampiro a sus criaturas? La división del trabajo en las ciencias tiende prácticamente hacia el mismo objetivo, al que aspiran aquí y allá conscientemente las religiones, es decir, a una reducción de la cultura, o, mejor, a su aniquilación. Pero eso que para algunas religiones, con arreglo a su origen y a su historia, es una exigencia totalmente justificada, podría, en cambio, conducir a la ciencia a arrojarse en un momento determinado a las llamas. Ahora hemos llegado ya hasta el extremo de que en todas las cuestiones generales de naturaleza seria -y, sobre todo, en los máximos problemas filosóficos- el hombre de ciencia, como tal, ya no puede tomar la palabra. En cambio, ese viscoso tejido conjuntivo que se ha introducido hoy entre las ciencias, es decir, el periodismo, cree que ese objetivo es de su competencia, y lo cumple con arreglo a su naturaleza, o sea -como su nombre indica- tratándolo como un trabajo a jornal. »Efectivamente, en el periodismo confluyen las dos tendencias: en él se dan la mano la extensión de la cultura y la reducción de la cultura. El periódico se presenta incluso en lugar de la cultura, y quien abrigue todavía pretensiones culturales, aunque sea como estudioso, se apoya habitualmente en ese viscoso tejido conjuntivo, que establece las articulaciones entre todas las formas de la vida, todas las clases, todas las artes, todas las ciencias, y que es sólido y resistente como suele serlo precisamente el papel de periódico. En el periódico culmina la auténtica corriente cultural de nuestra época, del mismo modo que el periodista -esclavo del momento presente- ha llegado a substituir al gran genio, el guía para todas las épocas, el que libera del presente. Ahora dígame usted, maestro, qué esperanzas podía abrigar, en una lucha contra el desbarajuste -que se da por doquier- de todas las auténticas aspiraciones, dígame usted con qué coraje podía presentarme, como profesor aislado, aun sabiendo que, apenas se arrojara una simiente de cultura auténtica, pasaría por encima de ella inmediata y despiadadamente la apisonadora de esa pseudocultura. Piense en lo inútil que debe resultar hoy el trabajo más asiduo de un profesor, que por ejemplo desee conducir a un escolar hasta el mundo griego -difícil de alcanzar e infinitamente lejano- por considerarlo como la auténtica patria de la cultura: todo eso será verdaderamente inútil, cuando el mismo escolar una hora después coja un periódico o una novela de moda, o uno de esos libros cultos cuyo estilo lleva ya en sí el desagradable blasón de la barbarie cultural actual». «¡Deténte de una vez!», le interrumpió en aquel punto el filósofo, con voz fuerte y lastimera. «Ahora te comprendo mejor, y antes no debería haberte dicho cosas tan duras. Tienes razón en todo, menos en tu desánimo. Ahora voy a decirte algo para consolarte.» Friedrich Nietzsche Fuente: http://www.nietzscheana.com.ar/primera_conferencia.htm Aclaración En estos cinco post he puesto las cinco conferencias de Nietzsche sobre este tema que a mi me resulta interesante. Son los textos completos y originales (traducidos) y aunque creo que pecan de simples por carecer de imagenes, creo que no resulta necesario adornarlos, por eso no lo hago. Conferencias segunda: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2823294/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de__(II-conferencia).html tercera: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2833247/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de_(III-conferencia).html cuarta: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2838912/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de__(IV-conferencia).html quinta: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2839466/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de___(V-conferencia).html

Karl Marx Biografía: # Nace: 5 de mayo de 1818 # Lugar: Tréveris, Prusia # Muere: 14 de marzo de 1883 # Lugar: Londres, Inglaterra dijo:Firma de Karl Marx Filósofo, sociólogo, economista y pensador socialista, padre ideológico del comunismo y algunas variantes del socialismo. Karl Marx fue el tercero de siete hermanos de una familia judía de clase media, de padre rabino y abogado. Terminada su educación primaria, ingresó en la Universidad de Bonn para estudiar derecho, pero al tiempo los abandonó para estudiar filosofía en la Universidad de Jena, doctorándose en 1841. Un año después Karl Marx comenzó a elaborar trabajos sobre la realidad social para el diario "Gaceta Renana". En 1843 se casó con Jenny von Westphalen, cuyo padre lo inició en el interés por las doctrinas racionalistas de la Revolución francesa y por los primeros pensadores socialistas. Karl Marx trabajó algún tiempo como profesor y periodista, pero sus ideas políticas le obligaron a dejar Alemania e instalarse en París (Francia), donde conoció y estableció una fuerte amistad con Friedrich Engels, que lo acompañaría durante toda la vida. En 1845 sus artículos revolucionarios provocan que lo expulsen de Francia, trasladándose a Bruselas (Bélgica), donde fundó la "Liga de los Comunistas", donde publicó junto a Friedrich Engels el "Manifiesto del Partido Comunista". Vuelva a ser expulsado y se traslada a Londres, en donde desarrolló la mayor parte de su trabajo. La dedicación hacia el trabajo y su honestidad intelectual hicieron que Karl Marx sufriera grandes dificultades materiales, superadas gracias a la ayuda económica de Friedrich Engels. En 1864 participo de la fundación y organización de la Primera Internacional y tras la derrota de la Comuna de París (1871), abandonó la lucha política y se abocó a sus escritos. Karl Marx se propuso desarrollar una teoría económica capaz de aportar explicaciones a la crisis, pero a la vez, como incansable activista por los derechos de los trabajadores, de interpelar al proletariado a participar en ella activamente para producir un cambio revolucionario. Obras destacadas: * Manifiesto del Partido Comunista (1848) * Salario, precio y ganancia (1865) * El Capital (1877) * Manuscritos económicos y filosóficos (1844) * Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864) * Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro (1841) Influenciado por:Adam Smith - Georg Wilhelm Friedrich Hegel - Immanuel Kant - Jean Jacques Rousseau - Lord Byron - Ludwig Feuerbach - Robert Owen. Influencia a: André Breton - Che Guevara - Erich Fromm - George Bernard Shaw - John Maynard Keynes - Josef Stalin - León Trotsky - Mao Tse Tung - Michal Kalecki - Miguel De Unamuno - Noam Chomsky - Ricardo Flores Magón - Rosa Luxemburgo - Salvador Allende - Simone De Beauvoir - Vladimir Lenin. fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Marx Frases célebres de Karl Marx: Filósofía "Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo". "La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas". "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo". "Todo lo sólido se desvanece en el aire". "Mi primer trabajo, emprendido para resolver las dudas que me asaltaban, fue una revisión crítica de la filosofía hegeliana del Derecho". Religión "La religión es el opio del pueblo". "La religión es el reconocimiento del hombre mediante un rodeo, a través de un mediador". "La religión aporta satisfacciones imaginarias o fantasticas que desvían cualquier esfuerzo racional por encontrar satisfacciones reales". "El cristianismo. . . Imparte a los hombres una doble vida y ofrece los goces imaginarios del cielo como un solaz para las miserias reales de esta vida". "La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado alma de un mundo desalmado, porque es el espíritu de los estados de alma carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo". Poder "El poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra". Historia "La historia no es ni hace nada. Quien es y hace es el hombre". "Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa". "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos". "Los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado". Hacer "Charlar y hacer son cosas diferentes, más bien antagónicas". Política "El ejecutivo del Estado moderno no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía". Sociedad "Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de lucha de clases". "El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan". "La burguesía no solo forja su propia destrucción, sino también a su propio sepulturero: el proletariado". "El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia". Comunismo "El comunismo no priva al hombre de la libertad de apropiarse del fruto de su trabajo, lo único de lo que lo priva es de la libertad de esclavizar a otros por medio de tales apropiaciones". "El significado de paz es la ausencia de oposición al socialismo". "Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar". Ciencia "La manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría". "Bienvenida sea cualquier crítica inspirada en un juicio científica. Contra los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que nunca hice concesiones, mi divisa es, hoy como ayer, la frase del gran florentino: "Sigue tu curso y deja que la gente hable". Libertad "Nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás. La libertad ha existido siempre, pero unas veces como privilegio de algunos, otras veces como derecho de todos". Amor "Si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia". Desarrollo "...los hombres contraen determinadas relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales". "No partimos de lo que los hombres dicen, piensan, o imaginan, para llegar a los hombres de carne y hueso. Partimos de los hombres realmente activos y estudiamos el desarrollo de los reflejos y ecos ideológicos de sus verdaderos procesos vitales como nacidos de estos procesos vitales. […] No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. La religión, en cuanto eco ideológico, es la conciencia invertida de un mundo invertido". Fuente: http://www.frasesypensamientos.com.ar/autor/karl-marx_3.html Otro post de KARL MARX con descargas de sus obras: http://taringa.net/posts/downloads/1591865/Karl-Marx---libros--.html

25 de Mayo de 1810 Se conoce como Revolución de Mayo a la serie de eventos revolucionarios que sucedieron en mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, por aquel entonces capital del Virreinato del Río de la Plata, una dependencia colonial de España. Como consecuencia de la revolución fue depuesto el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y reemplazado por la Primera Junta. La Revolución de Mayo inició el proceso de surgimiento del Estado Argentino sin proclamación de la independencia formal, ya que la Primera Junta no reconocía la autoridad del Consejo de Regencia de España e Indias, pero aún gobernaba nominalmente en nombre del rey de España Fernando VII, quien había sido depuesto por las Abdicaciones de Bayona y su lugar ocupado por el francés José Bonaparte. Aun así, los historiadores consideran a dicha manifestación de lealtad (conocida como la máscara de Fernando VII) una maniobra política que ocultaba las auténticas intenciones independentistas de los revolucionarios. La declaración de independencia de la Argentina tuvo lugar durante el Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816. Los acontecimientos de la Revolución de Mayo se centraron en una semana conocida como la Semana de Mayo, transcurrida entre el 18 de mayo, cuando se confirmó de manera oficial la caída de la Junta de Sevilla, hasta el 25 de mayo, fecha de asunción de la Primera Junta. Causas externas La declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776 de su metrópoli inglesa sirvió como un ejemplo de que una revolución e independencia eran posibles para los criollos. La Constitución estadounidense proclamaba que todos los hombres eran iguales ante la ley (aunque, por entonces, dicha proclamación no alcanzaba a los esclavos), defendía los derechos de propiedad y libertad y establecía un sistema de gobierno republicano. Se comenzaron a difundir los ideales de la Revolución Francesa de 1789, en la cual una asamblea popular finalizó con siglos de monarquía con la destitución y ejecuciones del rey Luis XVI y su esposa María Antonieta y la supresión de los privilegios de los nobles. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, cuyos principios eran "Liberté, égalité, fraternité" ("Libertad, igualdad, fraternidad" en francés) tuvo una gran repercusión entre los jóvenes de la burguesía criolla. La revolución Francesa motivó también la expansión en Europa de las ideas liberales, que impulsaban las libertades políticas y económicas. Algunos liberales políticos influyentes de dicha época, opuestos a las monarquías y los poderes absolutos, eran Voltaire, Jean-Jacques Rousseau, Montesquieu, Denis Diderot y Jean Le Rond d'Alembert, mientras que el principal liberal económico era Adam Smith, autor del libro La riqueza de las naciones que proponía el libre comercio. Aunque la difusión de dichas ideas estaba severamente limitada en los territorios españoles, y no se permitía el ingreso de tales libros a través de las aduanas o la posesión no autorizada, igualmente se difundían en forma clandestina: en el proceso instruido a raíz de las revoluciones en Chuquisaca y La Paz se menciona a Rousseau y su libro El contrato social como cuerpos del delito.[1] Las ideas liberales alcanzaron incluso al ámbito eclesiástico: Francisco Suárez sostenía que el poder político no pasa de Dios al gobernante en forma directa sino por intermedio del pueblo. Éste sería entonces, de acuerdo con Suárez, el que posee el poder y lo delega en hombres que manejan al Estado; y si dichos gobernantes no ejercieran apropiadamente su función de gerentes del bien común se transformarían en tiranos y el pueblo tendría el derecho de derrocarlos o enfrentarlos y establecer nuevos gobernantes. Gran Bretaña comenzó la revolución industrial, y para satisfacer ampliamente las necesidades de su propia población necesitaba nuevos mercados para vender su creciente producción de carbón, acero, telas y ropa. Gran Bretaña ambicionaba que el comercio de las colonias españolas en América dejara de estar monopolizado por su metrópoli. Para lograr este fin se procuraba conquistar a las colonias (lo cual se intentó, en forma fallida, mediante las Invasiones Inglesas) o bien promover su emancipación. En Europa se desarrollaban las Guerras Napoleónicas, entre cuyos principales contendientes se encontraban el Imperio Napoleónico contra el Reino Unido y el Reino de España. Las fuerzas francesas tuvieron una gran ventaja inicial, y mediante las abdicaciones de Bayona se forzó la renuncia de Carlos IV y su hijo Fernando VII, los cuales fueron reemplazados por José Bonaparte, hermano de Napoleón. La monarquía española intentó resistir formando la Junta de Sevilla y, tras la derrota de ésta, el Consejo de Regencia de España e Indias. Causas internas Durante la época del virreinato el comercio exterior estaba monopolizado por España, y legalmente no se permitía el comercio con otras potencias. Esta situación era altamente desventajosa para Buenos Aires, ya que España minimizaba el envío de barcos rumbo a dicha ciudad. Esta decisión de la metrópoli se debía a que la piratería obligaba a enviar a los barcos de comercio con una fuerte escolta militar, y ya que Buenos Aires no contaba con recursos de oro ni de plata ni disponía de poblaciones indígenas establecidas de las cuales obtener recursos o someter al sistema de encomienda, enviar los convoyes de barcos a la ciudad era mucho menos rentable que si eran enviados a México o Lima. Dado que los productos que llegaban de la metrópoli eran escasos y caros, e insuficientes para mantener a la población, tuvo lugar un gran desarrollo del contrabando, que por dicha situación solía ser respetado por la mayoría de los gobernantes locales. El comercio ilícito alcanzaba montos similares al del comercio autorizado con España.[2] En este contexto se formaron dos grupos de poder diferenciados en la oligarquía porteña: los ganaderos, que reclamaban el libre comercio para exportar su producción en mejores condiciones (principalmente el cuero, la carne no era aún un producto exportable internacionalmente ya que aún no existían técnicas de congelación que pudieran conservarla por períodos extensos), y los comerciantes contrabandistas, que rechazaban el libre comercio ya que si los productos entrasen legalmente disminuirían sus ganancias. dijo:Sitios en donde se desarrollaron las Invasiones Inglesas En la organización política, especialmente desde la fundación del Virreinato del Río de la Plata, el ejercicio de las instituciones residentes recaía en funcionarios designados por la corona, casi exclusivamente españoles provenientes de Europa, sin vinculación con los problemas e intereses americanos. Legalmente no había diferenciación en clases sociales entre españoles peninsulares y del virreinato, pero en la práctica los cargos más importantes recaían en los primeros. La burguesía criolla, fortalecida por la revitalización del comercio e influida por las nuevas ideas, esperaba la oportunidad para acceder a la conducción política. La rivalidad entre los habitantes nacidos en la colonia o en la España europea dio lugar a una rivalidad entre los partidarios de la autonomía y los partidarios de conservar la situación establecida. Los partidarios de la autonomía se llamaban a sí mismos patriotas, americanos, sudamericanos o criollos, mientras que los partidarios de la realeza española se llamaban a sí mismos realistas. Los patriotas eran señalados despectivamente por los realistas como insurgentes, facciosos, rebeldes, sediciosos, revolucionarios, descreídos, herejes o libertinos; mientras que los realistas eran a su vez tratados en forma despectiva como sarracenos, godos, gallegos, chapetones, matuchos o maturrangos por los patriotas. Buenos Aires logró un gran prestigio ante las demás ciudades del Virreinato luego de expulsar a las tropas inglesas en dos oportunidades durante las Invasiones Inglesas. Este prestigio fue utilizado como argumento por Juan José Paso para justificar en el cabildo abierto el que Buenos Aires tomara la iniciativa de reemplazar al virrey sin consultar previamente a las otras ciudades. La victoria contra las tropas inglesas alentó los ánimos independentistas ya que el virreinato había logrado defenderse solo de un ataque externo, sin ayuda de España. Durante dicho conflicto se constituyeron milicias criollas que luego tendrían un importante peso político, la principal de ellas era el Regimiento de Patricios liderado por Cornelio Saavedra. Una variante que se consideró antes de la revolución fue apoyar la intención de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII, de ponerse al frente de todas las colonias españolas como regente. Estaba capacitada para hacerlo por la derogación de la Ley Sálica en 1789, y su intención era prevenir un posible avance francés sobre las mismas. El intento no era apoyado por los españoles peninsulares, pero sí por algunos núcleos revolucionarios que veían en ello la posibilidad de independizarse en los hechos de España. Entre ellos se encontraban Castelli, Beruti, Vieytes y Belgrano; otros revolucionarios como Mariano Moreno o Juan José Paso estaban en desacuerdo. Sin embargo, la propia infanta renegó de tales apoyos, y denunció al virrey las motivaciones revolucionarias contenidas en las cartas de apoyo que le enviaron. Sin ningún otro respaldo importante, las pretensiones de Carlota fueron olvidadas. Incluso después de la revolución algunos mantuvieron la idea de su coronación como estrategia dilatoria, pero la infanta estaba completamente en contra de los sucesos ocurridos. En una carta enviada a Juan Manuel Goyeneche dijo: dijo:En estas circunstancias creo de mi deber rogarte y encargarte que emplees todos tus esfuerzos en llegar cuanto antes a Buenos Aires; y acabes de una vez con aquellos pérfidos revolucionarios, con las mismas ejecuciones que practicaste en la ciudad de La Paz. Cronología de la Semana de Mayo La Semana de Mayo es la semana que transcurre entre el 18 y el 25 de mayo de 1810, que se inició con la confirmación de la caída de la Junta de Sevilla y desembocó en la destitución de Cisneros y la asunción de la Primera Junta. El 14 de mayo arribó al puerto de Buenos Aires la goleta de guerra británica HMS Mistletoe procedente de Gibraltar con periódicos del mes de enero que anunciaban la disolución de la Junta de Sevilla al ser tomada esa ciudad por los franceses, que ya dominaban casi toda la Península, señalando que algunos diputados se habían refugiado en la isla de León en Cádiz. La Junta era uno de los últimos bastiones del poder de la corona española, y había caído ante el imperio napoleónico, que ya había alejado con anterioridad al rey Fernando VII mediante las Abdicaciones de Bayona. El día 17 se conocieron en Buenos Aires las noticias coincidentes llegadas a Montevideo el día 13 en la fragata británica HMS John Paris, agregándose que los diputados de la Junta de Sevilla habían sido rechazados estableciéndose una Junta en Cádiz. Se había constituido un Consejo de Regencia de España e Indias, pero ninguno de los dos barcos transmitió esa noticia. Cisneros intentó ocultar las noticias estableciendo una rigurosa vigilancia en torno a las naves de guerra británicas e incautando todos los periódicos que desembarcaron de los barcos, pero uno de ellos llegó a manos de Manuel Belgrano y de Juan José Castelli. Éstos se encargaron de difundir la noticia, que ponía en entredicho la legitimidad del virrey, nombrado por la Junta caída. También se puso al tanto de las noticias a Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, que en ocasiones anteriores había desaconsejado tomar medidas contra el virrey. Saavedra consideraba que, desde un punto de vista estratégico, el momento ideal para proceder con los planes revolucionarios sería el momento en el cual las fuerzas napoleónicas lograran una ventaja decisiva en su guerra contra España. Al conocer las noticias de la caída de la Junta de Sevilla, Saavedra consideró que el momento idóneo para llevar a cabo acciones contra Cisneros había llegado. El grupo encabezado por Castelli se inclinaba por la realización de un cabildo abierto, mientras los militares criollos proponían deponer al virrey por la fuerza. Viernes 18 de mayo Ante el nivel de conocimiento público alcanzado por la noticia de la caída de la Junta de Sevilla, Cisneros realizó una proclama en donde reafirmaba gobernar en nombre del rey Fernando VII, para intentar calmar los ánimos. Cisneros habló de la delicada situación en la Península, pero no confirmó en forma explícita que la Junta había caído, si bien era consciente de ello. Parte de la proclama decía lo siguiente: dijo:En América española subsistirá el trono de los Reyes Católicos, en el caso de que sucumbiera en la península. (...) No tomará la superioridad determinación alguna que no sea previamente acordada en unión de todas las representaciones de la capital, a que posteriormente se reúnan las de sus provincias dependientes, entretanto que de acuerdo con los demás virreinatos se establece una representación de la soberanía del señor Fernando VII.[ El grupo revolucionario principal se reunía indistintamente en la casa de Nicolás Rodríguez Peña o en la jabonería de Hipólito Vieytes. Concurrían a esas reuniones, entre otros, Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Juan José Paso, Antonio Luis Beruti, Chiclana, Darragueira, Thompson, Juan José Viamonte. Otro grupo se reunía en la quinta de Orma, encabezado por fray Ignacio Grela y entre los que destacaba Domingo French. Algunos criollos se reunieron esa noche en la casa Rodríguez Peña. Cornelio Saavedra, quien se hallaba en San Isidro, fue llamado de urgencia y concurrió a la reunión en la que se decidió solicitar al virrey la realización de un cabildo abierto para determinar los pasos a seguir por el virreinato. Para esa comisión, fueron designados Castelli y Martín Rodríguez. Sábado 19 de mayo Tras pasar la noche tratando el tema, durante la mañana (sin dormir) Saavedra y Belgrano se reunieron con el alcalde de primer voto Juan José de Lezica y Castelli con el síndico procurador, Julián de Leyva, pidiendo el apoyo del Cabildo para gestionar ante el virrey un cabildo abierto, expresando que de no concederse, lo haría por sí solo el pueblo. Domingo 20 de mayo Lezica transmitió a Cisneros la petición que había recibido, y éste consultó a Leyva, quien se mostró favorable a la realización de un cabildo abierto. Antes de tomar una decisión el virrey citó a los jefes militares para que se presenten a las siete horas de la tarde en el fuerte. Según cuenta Cisneros en sus Memorias, les recordó: dijo:(...) las reiteradas protestas y juramentos de fidelidad con que me habían ofrecido defender la autoridad y sostener el orden público y les exhorté a poner en ejercicio su fidelidad al servicio de S.M. y de la patria. Como Cisneros reclamó una respuesta a su petición de apoyo, el coronel criollo Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios e integrante de la Sociedad de los Siete, respondió a nombre de todos los criollos diciendo: dijo:Señor, son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España? (...) ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella. Al anochecer se produjo una nueva reunión en casa de Rodríguez Peña, en donde los jefes militares comunicaron lo ocurrido. Se decidió enviar inmediatamente a Castelli y a Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros en el fuerte, facilitando su ingreso el comandante Terrada de los granaderos que se hallaban de guarnición ese día. El virrey se hallaba jugando a los naipes con el brigadier Quintana, el fiscal Caspe y el edecán Coicolea cuando los comisionados irrumpieron. Martín Rodríguez en sus Memorias relató como fue la entrevista, en donde Castelli se dirigió a Cisneros así: dijo:Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió: dijo:¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Pero Rodríguez (según sus Memorias) lo detuvo advirtiéndole: dijo:Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El cabildo abierto se celebraría el 22 de mayo siguiente. Lunes 21 de mayo A las 3, el Cabildo inició sus trabajos de rutina, pero se vieron interrumpidos por 600 hombres armados, agrupados bajo el nombre de "Legión Infernal", que ocuparon la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo, y exigieron a gritos que se convocase a un Cabildo Abierto y se destituyese al virrey Cisneros. Llevaban un retrato de Fernando VII y en el ojal de sus chaquetas una cinta blanca que simbolizaba la unidad criollo-española.[21] Entre los agitadores se destacaron Domingo French y Antonio Beruti. Estos desconfiaban de Cisneros y no creían que fuera a cumplir su palabra de permitir la celebración del cabildo abierto del día siguiente. El síndico Leiva no tuvo éxito en calmar a la multitud al asegurar que el mismo se celebraría como estaba previsto. La gente se tranquilizó y dispersó gracias a la intervención de Cornelio Saavedra, jefe del Regimiento de Patricios, que aseguró que los reclamos de la Legión Infernal contaban con su apoyo militar. El 21 de mayo se repartieron 450 invitaciones entre los principales vecinos y autoridades de la capital. La lista de invitados fue elaborada por el Cabildo teniendo en cuenta a los vecinos más prominentes de la ciudad; pero el encargado de su impresión Agustín Donado (compañero de French y Beruti) imprimió muchas más de las necesarias y las repartió entre los criollos. dijo:El Excmo. Cabildo convoca á Vd. para que se sirva asistir, precisamente mañana 22 del corriente, á las nueve, sin etiqueta alguna, y en clase de vecino, al cabildo abierto que con avenencia del Excmo. Sr. Virrey ha acordado celebrar; debiendo manifestar esta esquela á las tropas que guarnecerán las avenidas de esta plaza, para que se le permita pasar libremente. Martes 22 de mayo De los 450 invitados al cabildo abierto solamente participaron unos 251. French y Beruti, al mando de 600 hombres armados con cuchillos, trabucos y fusiles, controlaron el acceso a la plaza, con la finalidad de asegurar que el cabildo abierto fuera copado por criollos. El cabildo abierto se prolongó desde la mañana hasta la medianoche, contando con diversos momentos, entre ellos la lectura de la proclama del Cabildo, el debate, "que hacía de suma duración el acto", como se escribió en el documento o acta, y la votación, individual y pública, escrita por cada asistente y pasada al acta de la sesión. El debate en el cabildo tuvo como tema principal la legitimidad o no del gobierno y de la autoridad del virrey. El principio de la retroversión de la soberanía planteaba que, desaparecido el monarca legítimo, el poder volvía al pueblo; y que éste tenía derecho a formar un nuevo gobierno. Miércoles 23 de mayo Tras la finalización del Cabildo abierto se colocaron avisos en diversos puntos de la ciudad que informaban de la creación de la Junta y la convocatoria a diputados de las provincias, y llamaba a abstenerse de intentar acciones contrarias al orden público. Jueves 24 de mayo El día 24 el Cabildo, a propuesta del síndico Leyva, conformó la nueva Junta, que debía mantenerse hasta la llegada de los diputados del resto del Virreinato. Estaba formada por: * Presidente y comandante de armas: Baltasar Hidalgo de Cisneros * Vocales: Cornelio Saavedra (criollo), Juan José Castelli (criollo), Juan Nepomuceno Solá (español) y José Santos Incháurregui (español). Viernes 25 de mayo Durante la mañana del 25 de mayo, una gran multitud comenzó a reunirse en la Plaza Mayor, actual Plaza de Mayo, liderados por los milicianos de Domingo French y Antonio Beruti. Se reclamaba la anulación de la resolución del día anterior, la renuncia definitiva del virrey Cisneros y la formación de una Junta de gobierno. El historiador Bartolomé Mitre afirmó que French y Beruti repartían escarapelas celestes y blancas entre los concurrentes; historiadores posteriores ponen en duda dicha afirmación pero sí consideran factible que se repartieran distintivos entre los revolucionarios. Ante las demoras en emitirse una resolución, la gente comenzó a agitarse, reclamando: dijo:"¡El pueblo quiere saber de qué se trata!" La multitud invadió la sala capitular, reclamando la renuncia del virrey y la anulación de la resolución tomada el día anterior. El Cabildo se reunió a las nueve de la mañana y reclamó que la agitación popular fuese reprimida por la fuerza. Para esto se convocó a los principales comandantes, pero éstos no obedecieron las órdenes impartidas. Varios, entre ellos Saavedra, no se presentaron; los que lo hicieron afirmaron que no sólo no podrían sostener al gobierno sino tampoco a sí mismos, y que en caso de intentar reprimir las manifestaciones serían desobedecidos. Cisneros seguía resistiéndose a renunciar, y tras mucho esfuerzo los capitulares lograron que ratificase y formalizace los términos de su renuncia, abandonando pretensiones de mantenerse en el gobierno. Esto, sin embargo, resultó insuficiente, y representantes de la multitud reunida en la plaza reclamaron que el pueblo reasumiera la autoridad delegada en el Cabildo Abierto del día 22, exigiendo la formación de una Junta. Además, se disponía el envío de una expedición de 500 hombres para auxiliar a las provincias interiores. Pronto llegó a la sala capitular la renuncia de Cisneros, "prestándose á ello con la mayor generosidad y franqueza, resignado á mostrar el punto á que llega su consideración por la tranquilidad pública y precaución de mayores desórdenes".[30] La composición de la Primera Junta surge de un escrito presentado por French y Beruti y respaldado por un gran número de firmas. Sin embargo, no hay un criterio unánime entre los historiadores sobre la autoría de dicho escrito. Algunos como Vicente Fidel López sostienen que fue exclusivamente producto de la iniciativa popular. Para otros, como el historiador Miguel Ángel Scenna, lo más probable es que la lista haya sido el resultado de una negociación entre tres partidos, que habrían ubicado a tres candidatos cada uno: los carlotistas, los juntistas o alzaguistas, y el "partido miliciano". Belgrano, Castelli y Paso eran carlotistas. Los partidarios de Álzaga eran Moreno, Matheu y Larrea. No hay duda de que Saavedra y Azcuénaga representaban al poder de las milicias formadas durante las invasiones inglesas; en el caso de Alberti, esta pertenencia es más problemática.[31] Los capitulares salieron al balcón para presentar directamente a la ratificación del pueblo la petición formulada. Pero, dado lo avanzada de la hora y el estado del tiempo, la cantidad de gente en la plaza había disminuido, cosa que Leiva adujo para ridiculizar la pretensión de la diputación de hablar en nombre del pueblo. Esto colmó la paciencia de los pocos que se hallaban en la plaza bajo la llovizna. A partir de ese momento (dice el acta del Cabildo): dijo:...se oyen entre aquellos las voces de que si hasta entonces se había procedido con prudencia porque la ciudad no experimentase desastres, sería ya preciso echar mano a los medios de violencia; que las gentes, por ser hora inoportuna, se habían retirado a sus casas; que se tocase la campana de Cabildo, y que el pueblo se congregase en aquel lugar para satisfacción del Ayuntamiento; y que si por falta del badajo no se hacía uso de la campana, mandarían ellos tocar generala, y que se abriesen los cuarteles, en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta entonces se había procurado evitar. Cabe señalar que el badajo de la campana del cabildo había sido mandado retirar por el virrey Santiago de Liniers tras la Asonada de Álzaga de 1809. Ante la perspectiva de violencias mayores, el petitorio fue leído en voz alta y ratificado por los asistentes. El reglamento que regiría a la Junta fue, a grandes rasgos, el mismo que se había propuesto para la Junta del 24, añadiendo que el Cabildo controlaría la actividad de los vocales y que la Junta nombraría reemplazantes en caso de producirse vacantes. La Primera Junta estaba compuesta de la siguiente manera: Presidente * Cornelio Saavedra Vocales * Dr. Manuel Alberti * Cnel. Miguel de Azcuénaga * Dr. Manuel Belgrano * Dr. Juan José Castelli * Domingo Matheu * Juan Larrea Secretarios * Dr. Juan José Paso * Dr. Mariano Moreno La Junta estaba conformada por representantes de diversos sectores de la sociedad: Saavedra y Azcuénaga eran militares, Belgrano, Castelli, Moreno y Paso eran abogados, Larrea y Matheu eran comerciantes, y Alberti era sacerdote. Acto seguido, Saavedra habló a la muchedumbre reunida bajo la lluvia, y luego se trasladó al Fuerte entre salvas de artillería y toques de campana. El mismo 25, Cisneros despachó a José Melchor Lavín rumbo a Córdoba, para advertir a Santiago de Liniers lo sucedido y reclamarle acciones militares contra la Junta. Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Revoluci%C3%B3n_de_Mayo La Revolución vista por los grandes pensadores argentinos Esteban Echeverría ESCRITOR (1805-1851) "¿Qué quiere decir Mayo? Emancipación, ejercicio de la actividad libre del pueblo argentino, progreso: ¿por qué medio? Por medio de la organización de la libertad, la fraternidad y la igualdad, por medio de la democracia. Resolved el problema de organización y serviréis a la causa de la patria, la causa de Mayo y del progreso. Y advertid que, así como no hay sino un modo de ser, un modo de vida del pueblo argentino, no hay sino una solución adecuada para nuestras cuestiones, que consiste en hacer que la democracia argentina marche al desarrollo pacífico y normal de su actividad, hasta constituirse en el tiempo con el carácter peculiar de democracia argentina. Fuera de ahí no hay sino incursiones a tientas, trabajo estéril, dañino: repetición fastidiosa de lo hecho en el transcurso de la revolución; volver a empezar con escombros un edificio que se ha venido abajo cien veces, para que vuelva a desplomarse y sofocar toda vida, toda actividad, todo progreso bajo sus ruinas." Ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en el Plata (1846) Domingo F. Sarmiento PRESIDENTE (1811-1888) "La revolución, excepto en su símbolo exterior, independencia del rey, era sólo interesante e inteligible para las ciudades argentinas, extraña y sin prestigio para las campañas. En las ciudades había libros, ideas, espíritu municipal, juzgados, derechos, leyes, educación, todos los puntos de contacto y de mancomunidad que tenemos con los europeos; había una base de organización, incompleta, atrasada, si se quiere; pero precisamente, porque era incompleta, porque no estaba a la altura de lo que ya se sabía que podía llegar a ser, se adoptaba la revolución con entusiasmo. Para las campañas, la revolución era un problema; sustraerse a la autoridad del rey era agradable, por cuanto era sustraerse a la autoridad. La campaña pastora no podía mirar la cuestión bajo otro aspecto. Libertad, responsabilidad del poder, todas las cuestiones que la revolución se proponía resolver eran extrañas a su manera de vivir, a sus necesidades." Alfredo Palacios DIPUTADO (1880-1965) "El movimiento que culminó en Mayo venía de lejos. Eran fuerzas latentes y oscuras que se exteriorizaban con energía e iban buscando una meta. Pronto se convirtieron en un sentimiento que encontró su expresión en la inteligencia, hasta que se manifestaron concretamente, interviniendo entonces la voluntad con la conciencia del derecho y de la furza, además de la representación del porvenir. El fondo nebuloso se fue aclarando en la lucha y apareció la idea revolucionaria que es idea fuerza, la cual, encarnada en la masa que en Buenos Aires era todo el pueblo, formó un conjunto homogéneo donde los factores de la evolución mental se transformaron en actos. Aunque procedamos aparentemente movidos por una idea, ello se debe a que esa idea se transforma en sentimiento en el momento de la acción. El carácter de un acto depende de la naturaleza del sentimiento que lo origina. El principio de la soberanía del pueblo germinaba y crecía en la entraña de los hijos de la tierra." El pueblo en la Revolución de Mayo, 1959 Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Cap. IV: Revolución de 1810. (1845) Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/especiales2/2005/05/25/l-982995.htm Comentar es agradecer!
Desarrollo de la teoría de la evolución El pensamiento en la antigüedad El filósofo griego Anaximandro (611-547 a.C.) y el romano Lucrecio (99-55 a.C.) acuñaron el concepto de que todas las cosas vivas se encuentran relacionadas y que ellas cambiaron en el transcurso del tiempo. La ciencia en su época se basaba principalmente en la observación y, sorprende la similitud con los conceptos actuales de la evolución. dijo:Anaximandro (611 - 547 a.C) Otro filósofo griego, Aristóteles desarrolló su Scala Naturae, o Escala de la naturaleza, para explicar su concepto del avance de las cosas vivientes desde lo inanimado a las plantas, luego a los animales y finalmente al hombre. Este concepto del hombre como la "cumbre de la creación" todavía subsiste (como una plaga) en muchos biólogos evolucionistas modernos. Los "científicos" post-Aristotélicos fueron restringidos por los pensamientos prevalentes en la Edad Media que exigía la aceptación del mito judeocristiano, es decir lo que estaba escrito en el libro del Génesis perteneciente al Viejo Testamento, con su especial creación del mundo construido literalmente en seis días. El Arzobispo James Ussher de Irlanda, a mediados del siglo 17, calculó la edad de la Tierra basado en la genealogía desde Adán y Eva de acuerdo al libro bíblico del Génesis yendo hacia atrás desde la crucifixión de Jesús de Nazaret. De acuerdo a sus cálculos, la Tierra se formó el 22 de Octubre, 4004 a.C. Estos cálculos forman parte de la su Historia del Mundo, y la cronología que el desarrolló fue impresa en la primera página de las Biblia. Las ideas de Ussher fueron rápidamente aceptadas, en parte debido a que no contrariaban el orden de los tiempos y, por otra parte, sus confortables ideas no alteraban la relación entre iglesia y estado. Los geólogos dudaron durante un cierto tiempo de la "verdad" de una tierra de 5.000 años de antigüedad. Leonardo da Vinci (el pintor de La Última Cena , de la Mona Lisa, escultor e ingeniero; calculó, en base a los sedimentos del río italiano Po, que debió haber tomado unos 200.000 para formarse los depósitos. Galileo Galilei: Hereje convicto por haber sostenido que la Tierra no era el centro del universo. Estudió los fósiles (evidencias de vida pasada) y concluyó que eran reales y no artefactos inanimados. dijo:Que la Tierra no era el centro del Universo fue una opinión sostenida hasta que la Inquisición le pidió aclaraciones..... El acta de la Inquisición señala "habiendo informado el señor Cardenal Belarmino que Galileo Galilei, matemático, fue advertido en debida forma por la Santa Congregación de que abandonara la opinión que hasta entonces sostenía, que el Sol es el centro de las esferas y se halla inmóvil y que la Tierra se mueve, y habiendo aceptado....La leyenda dice que cuando se retracta, pronunció la famosa frase "e pur si muove", " y sin embargo se mueve" James Hutton, considerado el padre de la moderna Geología, desarrolló (en 1795) la teoría del uniformismo, la base de la geología y paleontología moderna. De acuerdo al trabajo de Hutton, ciertos procesos geológicos operaron en el pasado en la misma forma que lo hacen hoy en día. Por lo tanto muchas estructuras geológicas no podían explicarse con una Tierra de solo 5.000 años. Por ejemplo ver abajo las geoformas resultantes de la erosión en Ischigualasto (del quechua: sitio donde se posa la luna) El geólogo británico Charles Lyell (mas tarde sir Charles Lyell) refinó las ideas de Hutton durante el siglo 19, y concluyó que el efecto lento, constante y acumulativo de las fuerzas naturales había producido un cambió continuo en la Tierra, su libro Los Principios de la Geología tuvo un profundo efecto en Charles Darwin (quien lo leyó durante su viaje) y Alfred Wallace. La edad de la Tierra La datación radioactiva permite medir tiempos geológicos que se asigna en base a la velocidad de desintegración de los isótopos radioactivos, que no fueron descubiertos hasta fines del siglo 19. Como cada isótopo radioactivo termina convirtiéndose en un producto de desintegración final y estable (Uranio 238-->Plomo 206; Uranio 237--->Plomo 207), por ejemplo conociendo dicha velocidad puede inferirse el tiempo de desintegración en cualquier mineral que contenga uranio, lo cual con otras pruebas dice mucho sobre la historia geológica de una roca examinada. Los datos de estos métodos sugieren que la Tierra tiene mas de 4,5 mil millones de años, teniendo la roca mas antigua conocido 3,96 mil millones de años (encontrada en los gneiss de Acasta, zona de rocas al sureste del lago Gran Oso en los territorios del nordeste canadiense. Rocas tan antiguas se encontraron en Groenlandia, Labrador y Australia Occidental). El tiempo geológico se divide en eones (del griego aion = edad), eras, y unidades menores. La historia de la Tierra se divide por convención en tres eones: Arcaico, abarca desde el origen del planeta hasta hace unos 2.500 millones de años; Proterozoico, duró hasta hace unos 2.000 millones de años; Fanerozoico, comenzó hace unos 540 millones de años. Pensamiento acerca de la evolución en el Siglo XVIII Erasmus Darwin (1731-1802; abuelo de Charles Darwin) médico y naturalista británico, propuso que la vida había cambiado, pero no presentó un mecanismo claro de como ocurrieron estos cambios, sus notas son interesantes por la posible influencia sobre su nieto. Georges-Louis Leclerc, Comte de Buffon (1707-1788) entre mediados y bien entrado su siglo, propuso que las especies ( pero solo las que no habían sido el producto de la creación divina...) pueden cambiar. Esto fue una gran contribución sobre el primitivo concepto que todas las especies se originan en un creador perfecto y por lo tanto no pueden cambiar debido a su origen. El botánico sueco, Linneus , nacido 1707, en Stenbrohult, en la provincia de Småland en el sur de Suecia, ntentó clasificar todas las especies conocidas en su tiempo (1753) en categorías inmutables. Muchas de esas categorías todavía se usan en biología actual. La clasificación jerárquica Linneana se basaba en la premisa que las especies eran la menor unidad clasificable, y que cada especie (o taxón) estaba comprendida dentro de una categoría superior. William "Strata" Smith (1769-1839) empleado por la industria minera inglesa, desarrolló el primer mapa geológico preciso de Inglaterra. El también, de sus viajes desarrolló el Principio de la Sucesión Biológica. La idea sostiene que cada período de la historia de la Tierra tiene su particular registro fósil. En esencia Smith dio comienzo a la ciencia de la estratigrafía, la identificación de las capas de roca basada, entre otras cosas, en su contenido fósil. Georges Cuvier (1769-1832), brillante paleontólogo, experto en anatomía y zoología, adversario de peso de las teorías de la evolución; propuso la teoría de las catástrofes para explicar la extinción de las especies. Pensaba que los eventos geológicos dieron como resultados grandes catástrofes (la mas reciente, el diluvio universal). Esta visión era bastante confortable para la época y fue ampliamente aceptada. Cuvier propuso la existencia de varias creaciones que ocurrieron luego de cada catástrofe. Louis Agassiz (1807-1873) propuso entre 50 y 80 catástrofes seguidas de creaciones nuevas e independientes. Jean Baptiste de Lamarck (1744-1829) el científico que acuñó el término biología, el que separó invertebrados de vertebrados, concluyó audazmente, que los organismos mas complejos evolucionaron de organismos mas simples preexistentes. El propuso la herencia de los caracteres adquiridos para explicar, entre otras cosas, el largo del cuello de la jirafa. La teoría Lamarckiana dice que el cuello de las jirafas actuales es largo en razón que sus antepasados progresivamente ganaron cuellos mas largos por el esfuerzo de conseguir comida en niveles cada vez mas altos de los árboles. El trabajo de Lamarck dio vida a una teoría que señalaba la existencia de cambios en las especies en el tiempo debido al uso o desuso de sus órganos y postuló un mecanismo para ese cambio. Un par de días antes del Año Nuevo de 1830, en la sección indigentes del cementerio de Montparnasse en París, se descendió el cadáver de un hombre de 85 años a una fosa común, era Jean Baptiste de Monet más conocido por todos por el apelativo de su título nobiliario: caballero de Lamarck. Evolución por Selección Natural La idea (hecha pública por Lamarck) que las especies pueden cambiar a lo largo del tiempo no fue inmediatamente aceptada por muchos: la falta de un mecanismo creíble conspiraron contra la aceptación de la idea. Charles Darwin y Alfred Wallace, ambos trabajando independientemente, realizaron extensos viajes y, eventualmente, desarrollaron la misma teoría acerca de como cambió la vida a lo largo de los tiempos como así también un mecanismo para ese cambio: la selección natural. En Inglaterra, Charles Darwin estudió medicina sin concluirla en la Universidad de Edimburgo y para clérigo en Cambridge (¿demoró por ello la difusión de sus escritos?) también sin concluir, allí en cambio se manifestó su inclinación por las ciencias naturales. Obtuvo, a sus veintidós años, una plaza ("ad honorem", por recomendación de sus profesores de Cambridge) en el H.M.S. Beagle (His Majesty's Ship) al mando de Robert FitzRoy, de veintiséis. Reinaba por aquel entonces la reina Victoria. Este viaje dio a Darwin una oportunidad única para estudiar la adaptación y obtener un sinnúmero de evidencias que fueron utilizadas en su teoría de la evolución. Darwin dedicó mucho tiempo a coleccionar especimenes de plantas, animales y fósiles y a realizar extensas observaciones geológicas. El viaje que incluyó, entre otros puntos, toda la costa atlántica sudamericana (desde allí partió su expedición a los Andes y en la cual contrajo una fiebre que persistió por el resto de su vida, (¿Chagas?) y el paso por el estrecho de Magallanes. Una de las escalas mas importante fue la del archipiélago de las Galápagos, frente a Ecuador, en cuyas áridas islas observó a las especies de pájaros (pinzones), las famosas tortugas gigantes y notó sus adaptaciones a los diferentes hábitats isleños. Al retornar a Inglaterra en 1836, comenzó (con la ayuda de numerosos especialistas) a catalogar su colección y a fijar varios puntos de su teoría: 1. Adaptación: todos los organismos se adaptan a su medio ambiente 2. Variación: todos los organismos presentan caracteres variables, estos son una cuestión de azar, aparecen en cada población natural y se heredan entre los individuos. No los produce una fuerza creadora, ni el ambiente, ni el esfuerzo inconsciente del organismo, no tienen destino ni dirección, pero a menudo ofrecen valores adaptativos positivos o negativos. 3. Sobre-reproducción: todos los organismos tienden a reproducirse mas allá de la capacidad de su medio ambiente para mantenerlos (esto se basó en las teorías de Thomas Malthus, señaló que las poblaciones tienden a crecer geométricamente hasta encontrar un límite al tamaño de su población dado por la restricción, entre otros, de la cantidad de alimentos). 4. Dado que no todos los individuos están adaptados por igual a su medio ambiente, algunos sobrevivirán y se reproducirán mejor que otros, esto es conocido como selección natural. Alguna veces se hace referencia a este hecho como "la supervivencia del mas fuerte", en realidad tiene mas que ver con los logros reproductivos del organismo mas que con la fuerza del mismo. Ejemplo de la adaptación de un organismo a su medio ambiente: A diferencia de Darwin que pertenecía a la clase alta inglesa, Alfred Russel Wallace (1823-1913) también inglés, provenía de un estrato social diferente. Wallace pasó muchos años en Sudamérica, publicó sus notas en Viajes en el Amazonas y el Río Negro en 1853. En 1854, Wallace abandonó Inglaterra para estudiar la historia natural de Indonesia, donde contrajo malaria. Se dice que presa de la fiebre Wallace (¿dará la fiebre ideas convergentes....?) se las arregló para escribir sus ideas acerca de la selección natural: "...que la perpetua variabilidad de todos los seres vivos tendría que suministrar el material a partir del cual, por la simple supresión de aquellos menos adaptados a las condiciones del medio, solo los más aptos continuarán en carrera"... En 1858, Darwin recibió una carta de Wallace, en la cual detallaba sus conclusiones que eran iguales a la aún no publicada teoría de Darwin sobre la evolución y adaptación. Darwin y sus colegas leyeron el trabajo de Wallace el 1º de Julio de 1858 en una reunión de la Sociedad Linneana, junto con la presentación del mismo Darwin sobre el mismo tema. El trabajo de Wallace, publicado en 1858, fue el primero en definir el rol de la selección natural en la formación de las especies. En conocimiento del mismo Darwin se apresuró a publicar, en noviembre de 1859 su mayor tratado: El origen de las especies. Este libro influyó profundamente en el pensamiento acerca de nosotros mismos y, conjuntamente con las teorías astronómicas de Copérnico y Galileo (siglos XVI y XVII), cambió la forma de pensar del mundo occidental, es claro que estos pensamientos se contradicen con la interpretación literal de la Biblia. En sus censuradas memorias (censuradas por su esposa y recuperadas por su nieta) Darwin llegó a escribir "Nunca llegué a percibir cuán ilógico era afirmar que creía en lo que no podía entender y en lo que de hecho es ininteligible. Podría haber dicho con absoluta verdad que no deseaba discutir ningún dogma; pero nunca llegué al absurdo de sentir y decir, "creo en lo que es increíble". En base a lo relatado si bien la teoría de la evolución se atribuye generalmente a Darwin, para ser correcto es necesario mencionar que ambos Darwin y Wallace desarrollaron la teoría. La reina Victoria nunca los hizo caballeros. Los restos de Darwin, fallecido en 1882 fueron sepultados en la Abadía de Westminster, al lado de Newton. Años después a su lado fue sepultado quién lo había obligado a escribir El origen de las especies: Alfred Rusell Wallace. Si bien con algunos cambios esta teoría elaborada en 1859, (los mas notables debido a la incorporación de la genética y del los conocimientos del ADN) es aceptada por la mayoría del los científicos como una guía en la cual se basa la biología moderna. La cuidadosa observación en terreno de los organismos y su medio ambiente llevaron a Darwin y Wallace a definir el rol de la selección natural en la formación de las especies. También utilizaron el trabajo del geólogo Charles Lyell y las ideas de Thomas Malthus. Malthus publicó sus ideas en 1798 (Essay on the principle of population), e hizo notar que la población humana era capaz de duplicarse cada 25 años. En ese caso se llegaría a un punto en el que faltaría la comida llevando esto al hambre, desnutrición y a la guerra, lo cual reduciría la población. Wallace y Darwin adaptaron las ideas de Malthus acerca de como la influencia de la falta de recursos afectan a las poblaciones. La Teoría de la evolución en la actualidad Ni Darwin ni Wallace pudieron explicar cómo ocurre la evolución, ni como pasaban las variaciones de una generación a otra (el moje agustino Gregor Mendel había publicado sus trabajos acerca de la genética pero Darwin no llegó a conocerlo, Mendel luego de sus trabajos fue nombrado abad de su monasterio y en ello ocupó el resto de su vida). Redescubiertos los trabajos de mendel en 1900, la genética proveyó las respuestas necesarias. La combinación de los principios de la genética mendeliana y la teoría de la evolución de Darwin se cooce como teoría NEODARWINIANA o Teoría sintética de la evolución (Sintética: unión de dos o más elementos). 1. Los individuos en una población tiene niveles variables de agilidad, tamaño, capacidad para obtener comida y diferente éxito en reproducirse. 2. Libradas a si mismas, las poblaciones tienden a expandirse exponencialmente, llevando esto a que los recursos escaseen. 3. En el curso de su existencia algunos individuos son mas exitosos que otros, lo que los lleva a sobrevivir en mayor grado y a reproducirse mas exitosamente. 4. Estos organismos de mayor supervivencia y reproducción dejarán mas descendientes que aquellos individuos menos adaptados. 5. Con el tiempo las variaciones heredables darán lugar a cambios genotípicos y fenotípicos de la especie cuya resultante es la transformación de la especie original en una nueva especie, distinta de la especie que le dio origen. dijo:Vale la pena citar a Richard Dawkins él, en "El gen egoísta", nos dice: la "supervivencia de los mas aptos" es un caso especial de una ley más general relativa a la supervivencia de lo estable y, extiende la competencia a las moléculas del caldo primordial que, en un principio, habrían dado lugar a replicadores. "Aquellos replicadores han recorrido un largo camino. Ahora se los conoce con el término de genes, y nosotros somos sus máquinas de supervivencia". La astronomía nos mostró que no somos el centro del Universo y la biología que, hasta donde la ciencia lo puede mostrar, no somos fundamentalmente diferentes de otros organismos en cuanto orígenes o lugar que ocupamos en la naturaleza. La visión moderna de la evolución "Sin la variación, la selección natural no tendría nada sobre lo cual actuar" Poblaciones Una población es un grupo de individuos que viven en una misma área geográfica y que comparten un mismo conjunto de genes. El conjunto de genes o genoma es la suma de toda la información genética que poseen los miembros de la población. También se usa el término pool génico para denominar a la suma de todos los alelos de una población. Para que una población evolucione, sus integrantes deben poseer variabilidad, como materia prima para la selección. Medida de la variabilidad genética ¿Porqué siguen existiendo los alelos recesivos? Punnett estaba asombrado de porqué tenemos dedos largos, si el alelo de la braquidactilia (dedos cortos) es dominante. G.H.Hardy (matemático inglés) y G. Weinberg (médico alemán), trabajando de manera independiente, demostraron que la recombinación genética que ocurre en cada generación de una población de organismos diploides, no cambia por si misma la el pool génico de la población. Para ello consideraron una población ideal, con estas características: No existen mutaciones; no hay migración entre poblaciones; la población es lo suficientemente grande como para que se puedan aplicar las leyes de probabilidades; el apareamiento es al azar; todos los alelos son viables, no son afectados por la selección natural. Considerando un gen con solo dos alelos: A y a, y en las condiciones anteriores, la frecuencia o proporción de estos alelos en la población no cambiará de una generación a la siguiente; tampoco la frecuencia de los tres genotipos posibles; AA, Aa y aa. El reservorio genético está en equilibrio, expresado con la equación: p2 + 2 pq + q2 = 1 p y q son la frecuencia de cada alelo, la suma de p y q debe ser igual a 1, (o sea el 100% de los alelos de ese gen). p2 y q2 es la frecuencia de los homocigotas y 2pq la de los heterocigotas. Los agentes de la variabilidad Para entender la evolución hay que conocer los mecanismos por el cual se presenta la variabilidad: La recombinación por REPRODUCCIÓN SEXUAL incrementa la variación por el intercambio de información genética de los padres que resulta en nuevas combinaciones de sus hijos. Las MUTACIONES producen nuevos alelos. Otras fuentes adicionales son: flujo de genes deriva genética apareamiento no aleatorio Mutaciones "Una mutación es cualquier cambio heredable del ADN." Las mutaciones pueden ser cambios puntuales que cambien un solo nucleótido por otro, pueden implicar una deleción, duplicación o transposición de una porción de ADN o ser tan drásticos como cambios en el número de cromosomas. Que la mutación sea buena, neutral o dañina, depende de como afecte a la supervivencia del individuo y su éxito reproductivo, tambien depende del ambiente y como éste puede cambiar. Las moscas domésticas presentan una mutación que les otorga resistencia al DDT (insecticida) pero también reduce su tasa de crecimiento; antes de la aparición de este insecticida, esta mutación era defavorable. La velocidad de mutación varía mucho entre las especies e inclusive entre los genes de un individuo. Las mutaciones son causadas por errores en la replicación del ADN, por productos químicos o radiaciones. Efectos en gran escala de una mutación solo se producen cuando la mutación se combina con otros factores que alteran el conjunto de genes. La tasa de mutaciones espontáneas es baja, varía de 1/1000 a 1/1.000.000. En diferentes genes y hasta en diferentes alelos tienen diferentes tasas de mutación. La selección natural actúa sobre los individuos, no sobre los genes individuales. Los organismos con períodos muy cortos entre generaciones y ciclos haploides como los procariotas, solo pueden evolucionar rápidamente mediante mutaciones. Sin embargo en la mayoría de los animales y vegetales, su condición diploide y sus ciclos de vida largos previenen que la mayoría de las mutaciones afecten de manera significativa a la variación de la población. Estos organismos dependen de la reproducción sexual para producir la variabilidad genética que hace posible la adaptación. Reproducción sexual Sin lugar a dudas la fuente más importante de variabilidad en los eucariotas es la reproducción sexual. Promueve nuevas combinaciones de genes por tres mecanismos: 1. distribución independiente en la meiosis 2. crossing over o intercambio de genes 3. combinación de dos genomas diferentes (pateno y materno) en el momento de la fecundación. Microevolución Existen agentes cuya variación puede causar cambios en los pool de genes (cada uno correspondiente con cada una de las condiciones de la población ideal de Hardy- Weinberg). Dado a que estos cambios en las frecuencias alélicas y genotípicos de una población son cambios evolutivos a pequeña escala se considera microevolución. Deriva genética: el equilibrio de Hardy- Weinberg sólo se aplica a poblaciones grandes, en una población pequeña, un evento fortuito puede tener un efecto desproporcionadamente grande. La frecuencia de aparición de los alelos puede cambiar de generación en generación solo como resultados de las probabilidades de recombinación en un conjunto (pool) genético pequeño. Es una causa de microevolución en poblaciones de 100 individuos o menos. Algunos ejemplos de deriva genética son: El efecto fundador: Cuando una población se origina de uno o pocos individuos, los cuales se separaron por alguna razón de una población mayor, las probabilidades pueden producir que la frecuencia de aparición de ciertos alelos raros, sea diferente (y mayor) al de la población original. Muchas especies isleñas (como los famoso pinzones de Darwin en las Galápagos) o grupos humanos aislados, por ejemplo por causas tales como sus creencias religiosas, muestran un denominado efecto fundador. Así, en el grupo religioso Amish muchos individuos portan un alelo que produce polidactilia y enanismo. La colonia Amish desciende de unos pocos individuos, por casualidad uno de ellos debe haber sido portador del gen. Cuello de botella: Reducciones drásticas del tamaño de las poblaciones causadas por desastres naturales o predadores pueden dar como resultado que por azar, los sobrevivientes representen solo una pequeña parte del conjunto genético original. Aún cuando la población se incremente luego a su tamaño original, una parte de la diversidad genética original se habrá perdido, este hecho llamado cuello de botella , es el problema de muchas especies en peligro de extinción. En estos grupos existe una pérdida dramática de la variabilidad, como en el animal mas veloz: los chitas. Un cuello de botella por otra parte, puede hacer que estén excesivamente representados ciertos alelos, como en la población judía asquenazí donde la alta incidencia de la enfermedad de Tay-Sachs parece debida a un cuello de botella experimentado por esa población durante su persecución en la Edad Media. La migración hacia o desde una población puede romper las diferencias genéticas entre poblaciones. Las mutaciones producidas en una población pueden distribuirse a otras poblaciones por la migración. Esto introduce nuevos alelos en las poblaciones. Flujo de genes: es la ganancia o pérdida de alelos por el movimiento de individuos (emigración / inmigración) o de gametas (espermatozoides o esporas de las plantas) cuando son transferidos de una población a otra. Apareamiento no aleatorio: el caso extremo es la autopolinización de las plantas, en animales el comportamiento puede variar con los casos de polimorfismo (cuando hay como mínimos dos formas (fenotipos) de individuos en una población). Por ejemplo los gansos de las nieves existen en dos colores: azules y blancos, y tienen tendencia a aparearse con los del mismo color, por ello hay disminución en la presencia de heterocigotos. Fuentes: http://fai.unne.edu.ar/biologia/evolucion/evo1.htm http://www.ucmp.berkeley.edu/help/timeform.html y textos propios Valoren el trabajo; comenten... saludos!

Filosofía Moderna Período de la historia de la filosofía que comienza con Descartes y culmina con la filosofía kantiana (siglos XVII y XVIII). Los rasgos más importantes de la filosofía moderna son: - independencia del ejercicio de la razón y de la filosofía respecto de la fe y la teología; - estudio del sujeto (tanto del sujeto moral como del sujeto que conoce), de sus estructuras y mecanismos; - mayor preocupación por las cuestiones relativas al conocimiento (elementos, procesos y fundamentación del saber) que de cuestiones ontológicas (aunque de ningún modo éstas fueron olvidadas); - fascinación por los resultados de las ciencias y de la calidad de su conocimiento, tanto de la matemática como de la nueva ciencia o física matemática. En el siguiente esquema se citan las corrientes y autores más importantes de esta época. En el apartado relativo a la Ilustración se incluyen sólo los ilustrados franceses, pero no se debe olvidar que Locke, Hume y Kant son también destacados defensores de este movimiento: 1. Racionalismo a) Descartes (1596-1650) b) Spinoza (1632-1677) c) Malebranche (1638-1715) d) Leibniz (1646-1716) 2. Empirismo a) Locke (1632-1704) b) Hume (1711-1776) c) Berkeley (1685-1753) 3. Ilustración a) Voltaire (1694-1778) b) Diderot (1713-1784) c) Rousseau (1712-1786) 4. El Idealismo Trascendental: 1) Kant (1724-1804) 1 - Racionalismo Descartes (1596-1650) Descartes trató de aplicar a la filosofía los procedimientos racionales inductivos de la ciencia, y en concreto de las matemáticas. Antes de configurar su método, la filosofía había estado dominada por el método escolástico, que se basaba por completo en comparar y contrastar las opiniones de autoridades reconocidas. Rechazando este sistema, Descartes estableció: “En nuestra búsqueda del camino directo a la verdad, no deberíamos ocuparnos de objetos de los que no podamos lograr una certidumbre similar a las de las demostraciones de la aritmética y la geometría”. Por esta razón determinó no creer ninguna verdad hasta haber establecido las razones para creerla. El único conocimiento seguro a partir del cual comenzó sus investigaciones lo expresó en la famosa sentencia: Cogito, ergo sum, “Pienso, luego existo”. Partiendo del principio de que la clara consciencia del pensamiento prueba su propia existencia, mantuvo la existencia de Dios. Dios, según la filosofía de Descartes, creó dos clases de sustancias que constituyen el todo de la realidad. Una clase era la sustancia pensante, o inteligencia, y la otra la sustancia extensa, o física. Spinoza (1632-1677) La filosofía de Spinoza pretende una reforma del entendimiento, la religión y la política. Si se lo tuviera que comprar con Descartes se diferencia de éste por haberse ocupado de la política, excluyendo la problemática científica. Spinoza se inspira en manuales de geometria euclidiana, lo cual revela su método: todo debe ser reducido geométricamente a partir de la idea de Dios, la cual es una idea innata. Por otra parte, en claro panteísmo, todo procede de Dios y todo permanece en él. La razón, es concebida como meramente deductiva y matemática, aspecto en el cual es posible encontrar las mayores similitudes respecto a Descartes. Spinoza es quizá, un místico maravillado por la razón... o mejor, un racionalista inspirado en místicas intuiciones. Malebranche (1638-1715) Malebrache es el primero que se enfrenta con el problema donde lo ha dejado Descartes y, tratando de escapar al dualismo, concluye que -dada la heterogeneidad esencial entre alma y cuerpo- es imposible una acción recíproca. El cuerpo extenso capaz sólo de acción mecánica, no puede causar impresiones en el alma espiritual, inextensa. Las ideas, pues, no pueden provenir de los cuerpos; tampoco de la imaginación. Entonces, ¿son innatas? Imposible: ¿cómo podríamos adquirir una idea innata de cada detalle del universo? Nuestras ideas, según M., no son producidas por las cosas exteriores, sino por una iluminación divina con ocasión de las cosas exteriores. El conocimiento del hombre es, pues, una visión de las cosas en Dios (ontologismo), esto es, Dios se hace patente a nuestra experiencia. Vemos las cosas "en Dios". Las ideas son objetivas, en el sentido de que son iguales para todos; no son sensaciones subjetivas o variables. No es posible que la verdad (objetiva) proceda de las sensaciones (subjetivas) ni de la persona singular. El orden objetivo es ideal, las ideas existen en un mundo aparte, "el mundo ideal" (platonismo), que se sitúa en la Mente divina. Vemos la extensión "ideal" en Dios y a la vez vemos la existencia y naturaleza infinita de Dios. Por lo tanto, la evidencia de la verdad es la evidencia de Dios. El hombre conoce al Ser infinito porque conoce verdades objetivas. Malebranche tiene una idea tan alta de la verdad que la considera absoluta. Si algo es verdad lo es eternamente. En consecuencia, todas las verdades que la razón adquiere, como las matemáticas, por ejemplo, son indicio del acceso que la razón tiene al Ser absoluto. Leibniz (1646-1716) EL pensamiento de Leibniz es claramente ecléctico. En su obra pueden encontrarse críticas a Descartes y a Spinoza con el objeto de descartar aquellos aspectos difíciles de conciliar en una síntesis que fucione la escolástica y el cartesianismo. Condicionado por el contexto histórico (se buscaba en Europa un "equilibro de fuerzas", basado principalmente en le conflicto), la unidad de los espíritus, respetando su pluralidad, será una preocupación central del proyecto filosófico de Leibniz. El nuevo orden que propone se basa en la idea de armonía en donde intereses contrapuestos pueden complementarse solidariamente. Al igual que Descartes y Spinoza, propone una unificación de todas las ciencias, pero su intención va más allá: la unificación de la ciencia abrirá el camino a la unificación de los espíritus. El método de Leibniz tiene también las cracterísticas deductivo-matemáticas características del racionalismo. El objetivo de su matematización es la de analizar términos complejos para llegar a otros más simples e indefinibles, los cuales serían simbolizados al punto de crear un lenguaje universal que (al ser utilizado mediante claras reglas deductivas), impediría la aparición de nuevas teorías. Contrariamente a Locke intentará probar la existencia de ideas innatas. De acuerdo a su proyecto filosóficos, estas ideas serían las "semillas" que permitirían llegar a un acuerdo entre todo los hombres. 2 - Empirismo Locke (1632-1704) La teoría del conocimiento se convierte con Locke en una rama independiente de la filosofía. Su método es, lo que el denomina "método histórico", o un análisis descriptivo de lo que hay en la mente, semejante a la enumeración y clasificación que podría hacer un biólogo. El cometido de este análisis será el de comprender en alcance de nuestro concimiento. Efectivamente, a diferencia de la posición racionalista, Locke partirá de la convicción respecto a la limitación del conocimiento humano. Esto no implica que no deba confiarse en la capacidad cognitiva del hombre, sino tan solo, limitar las pretenciones de conocimiento universal. Toda idea procede de la experiencia. A propósito de este tópico, debemos señalar que Locke distingue dos clases experiencias: 1.Experiencia externa: las ideas del hombre surgen cuando este tiene las primeras sensaciones que provienen de la experiencia externa. 2.Experiencia interna: cuando la mente reflexiona sobre las sensaciones derivadas de la experiencia externa (recuerdo, raciocionio) se produce la experiencia interna generando las ideas de reflexión. Ambos tipos de ideas son consideradas por Locke como ideas simples porque son producidas por la experiencia directa. Cuando la mente las recibe, se comporta pasivamente, pero luego, estas ideas se transforman en nuevas ideas, la mente se activa y las combina hasta elaborar ideas complejas las cuales no son otra cosa que combinaciones de ideas simples. Surgen así, tres cateorías de ideas complejas: 1. Modos o propiedades 2. Substancias o soportes de los modos y 3. Relaciones Las ideas son signos de las cosas en en sentido en que son últiles para comunicar ideas los demás. Al parecer, Locke consideraba que las ideas eran independientes de las palabras puesto que sostenía que se pueden tener ideas y pensar sin necesidad de palabras. Hume (1711-1776) El término empirismo viene de la voz griega "empeiría" que se puede traducir como "experiencia". Cuando hablamos de "experiencia" en este contexto nos referimos más exactamente a la experiencia sensible o conjunto de percepciones. En un sentido amplio llamamos empirista a toda teoría filosófica que considera los sentidos como las facultades cognoscitivas adecuadas para la adquisición del conocimiento. A lo largo de la historia de la filosofía se han dado muchas formas de empirismo, unas radicales y otras moderadas; por ejemplo en la filosofía griega se puede citar la filosofía aristotélica y la filosofía atomista como filosofías más empiristas que la de Platón o la de Parménides. En el pensamiento medieval también encontramos autores muy inclinados al empirismo, como Guillermo de Occam, en la filosofía moderna el empirismo clásico, y en el siglo XX el neopositivismo. En sentido estricto, utilizamos el término “empirismo” para referirnos al empirismo clásico o empirismo inglés, movimiento filosófico que habitualmente se contrapone al racionalismo clásico y que se caracteriza por las siguientes notas: 1. Los autores más importantes nacieron en las Islas Británicas, entre los siglos XVII y XVIII (Edad Moderna) y sus representantes más destacados son John Locke (1632-1704), George Berkeley (1685-1753) y David Hume (1711-1776), a quien se considera su máximo y más radical representante. 2. El objeto del conocimiento son las ideas, no el mundo exterior. 3. El origen del conocimiento está en los sentidos. 4. Rechaza las ideas innatas. 5. La experiencia (tanto la interna como la externa) es el criterio de validez y el límite del conocimiento; la experiencia interna es la percepción interna, la percepción de la propia vida anímica; la experiencia externa es la percepción externa o percepción de los objetos físicos. 6. Niega la intuición intelectual, aceptando sólo la intuición empírica, la intuición sensible. 7. Acepta la deducción sólo para la lógica y las matemáticas, y cree que para el conocimiento del mundo sólo es adecuada la inducción. 8. Toma como modelo de ciencia la Ciencia Natural. 9. Da –particularmente Hume– explicaciones psicologistas: reduce los distintos ámbitos de objetividad (el científico, el moral y el estético) a mecanismos, procesos y actividades psicológicos. 10. Apoya los ideales éticos y políticos de la Ilustración. Berkeley (1685-1753) Berkeley manifiesta ante todo la preocupación en los ámbitos teológicos por el materialismo de Hobbes y las doctrinas de librepensadores como Toland, Collins, Shaftesbury y Mandeville. Su obra principal "Principios del conocimiento humano: donde se investigan las principales causas de error, dificultad en la ciencias como tabién el fundamento y origen del escepticismo, ateísmo y irreligión" exhibe claramente las intenciones de su labor filosófica. Berkeley dirá que la causa de todos los errores es suponer que la mente puede elaborar ideas abstractas (como las de "cuerpo" o "existencia" entonces critica así, la teoría de Locke sobre las ideas generales y propone un nominalismo absoluto: las ideas no son sino nombres de manera tal que toda idea o representación es individual, habiendo que tener mucho cuidado al usar las palabras. Para Berkeley, solo conocemos ideas y además de las ideas no existe sino la mente que las percible y Dios (que las hace percibir). Afirmar que existe un mundo material es la consecuencia de dejarse llevar por las falacias de la abstracción, considerando al "ser" de las cosas independientemente de su "ser percibidas". Se dice que Berkeley no es un empirista consecuente puesto que su filosofía puede clasificarse como una metafísica inmaterialista ya que niega la existencia del mundo corpóreo y afirmando la existencia de sustancias espirituales como "Dios" y "alma" se encuentra en una posición totalmente opuesta a Hobbes. 3 - Ilustración Voltaire (1694-1778) El carácter contradictorio de Voltaire se refleja tanto en sus escritos como en las opiniones de otros. Parecía capaz de situarse en los dos polos de cualquier debate, y en opinión de algunos de sus contemporáneos era poco fiable, avaricioso y sarcástico. Para otros, sin embargo, era un hombre generoso, entusiasta y sentimental. Esencialmente, rechazó todo lo que fuera irracional e incomprensible y animó a sus contemporáneos a luchar activamente contra la intolerancia, la tiranía y la superstición. Su moral estaba fundada en la creencia en la libertad de pensamiento y el respeto a todos los individuos, y sostuvo que la literatura debía ocuparse de los problemas de su tiempo. Estas opiniones convirtieron a Voltaire en una figura clave del movimiento filosófico del siglo XVIII ejemplificado en los escritores de la famosa Enciclopedia francesa. Su defensa de una literatura comprometida con los problemas sociales hace que Voltaire sea considerado como un predecesor de escritores del siglo XX como Jean-Paul Sartre y otros existencialistas franceses. Todas las obras de Voltaire contienen pasajes memorables que se distinguen por su elegancia, su perspicacia y su ingenio. Sin embargo, su poesía y sus obras dramáticas abusan a menudo de un exceso de atención a la cuestión histórica y a la propaganda filosófica. Cabe destacar, entre otras, las tragedias Brutus (1730), Zaire (1732), Alzire (1736), Mahoma o el fanatismo (1741), y Mérope (1743); el romance filosófico Zadig (1747); el poema filosófico Discurso sobre el hombre (1738); y el estudio histórico Carlos XII (1730). Diderot (1713-1784) El nombre de Denis Diderot se encuentra estrechamente unido al de la Encyclopédie (Enciclopedia), uno de los símbolos de la Ilustración que desempeñó un destacado papel en la creación del clima ideológico desencadenante de la revolución francesa de 1789. Diderot nació en Langres, en la región francesa de Champaña, el 5 de octubre de 1713. Hijo de un maestro cuchillero de buena posición, se educó con los jesuitas, inició la carrera eclesiástica y llegó a recibir la tonsura en 1726. Estudió después en París y se graduó en artes en la universidad en 1732. Posteriormente se dedicó a ampliar su formación en leyes, literatura, filosofía y matemáticas. No parece, sin embargo, que, pese a tantas posibilidades, su vida fuese muy desahogada, ya que se dedicó a las traducciones e incluso a escribir sermones de encargo. Después de una crisis religiosa llevó una existencia desordenada, descrita en una novela que aparecería póstumamente en 1821, Le Neveu de Rameau (El sobrino de Rameau). Frecuentaba las tertulias de los cafés y en ellas conoció a pensadores ilustrados como Étienne Condillac y el ginebrino Jean-Jacques Rousseau. En 1746, tres años después de contraer un matrimonio que pronto fracasaría, aparecieron sus Pensées philosophiques (1746), y en 1749 sufrió tres meses de arresto por Lettre sur les aveugles (Carta sobre los ciegos). En ambas obras, Diderot exponía su pensamiento, basado en un materialismo ateo que enfatizaba la dependencia del hombre respecto a los datos de sus sentidos. Desde 1745, Diderot venía trabajando, junto al matemático Jean Le Rond d´Alembert, por encargo de André Le Breton, en la traducción de la Cyclopaedia inglesa de Ephraim Chambers. Este trabajo lo llevó a concebir la idea de una gran enciclopedia que fuese el vehículo de las nuevas ideas contra las que consideraba fuerzas reaccionarias de la iglesia y el estado, y que sacase a la luz los principios esenciales de las artes y las ciencias. El fondo ideológico sería el racionalismo y la fe en el progreso de la humanidad. En 1750, después de cumplir el arresto, dio a la luz su Prospectus, que D´Alembert convertiría al año siguiente en el Discours préliminaire de la Enciclopedia. La publicación de la obra se fue realizando entre 1751 y 1772 con acogida variable, pero con un indudable éxito final. De los artículos publicados en la Enciclopedia, compuesta de 17 volúmenes de texto, Diderot escribió un buen número, pero, sobre todo, su tarea fue la de director y supervisor de la magna empresa, en la que además de los nombres citados intervinieron intelectuales como Charles de Montesquieu y Rousseau -que rompió su amistad con Diderot en 1758, el año en que D´Alembert dimitió y aquél quedó como director único de la obra-. Pese a las numerosas prohibiciones y dificultades, la Enciclopedia llegaría a convertirse en un símbolo de las teorías revolucionarias y de los pensadores más avanzados del Siglo de las Luces. Rousseau (1712-1786) "Con Voltaire termina un mundo. Con Rousseau comienza otro" Goethe Rousseau, pese a ser colaborador de la Enciclopedia, fue el gran disidente. En 1749, en el concurso de la Academia de Dijon sobre el tema ¿Ha contribuido al mejoramiento de las costumbres el progeso de las ciencias y de las artes?, su respuesta fue que no, puesto que las ciencias y las artes se originan en los vicios, los alimentan y son el origen de la desigualdad entre los hombres. Esta problemática fue la desencadenante de su pensamiento. Las ideas de Rousseau se oponían abiertamente a las de la ilustración francesa puesto que desavalorizaba la cultura, la razón y la sociedad en favor del hombre en estado natural. Su valorización del sentimiento resultaba además, escandalosa. Del mismo modo, eran polémicos sus ideales políticos. Sin embargo, sus ideas tuvieron un enorme éxito y fue el ilustrado que más influyó en los futuros revolucionarios. Consturido sobre la estructura del paso del estado natural al estado de sociedad, el pensamiento de Rousseau propone un regreso utópico al primer estadío sin abandonar el segundo en tanto que abandonarlo ya no es posible. Estado de naturaleza El hombre 'natural' (primitivo) vivía aislado. Rousseau especula que carecía de una sociabilidad natural. A diferencia de Hobbes, tampoco cree qe viviese en guerra contra todos. Introduce así la imagen del "buen salvaje", una suerte de inocencia natural (no existe el pecado original), la bondad es innata así como la igualdad absoluta. Tampoco hay moral. Pero esta condición natural, pertence a un estado que ya no existe (quizá nunca haya exisitido, improbablemente vaya a existir alguna vez) pero resulta útil para reflexionar sobre la situación acutal. El concepto de naturaleza sirve como punto de referencia y concepto directivo. El paso al estado de sociedad El hombre se vuelve menos feliz, menos libre y menos bueno. La idea del progreso es claramente atacada. Al aparecer la sociedad, el hombre comienza a perder la libertad y las desigualdades comienzan a ganar terreno cuando se establece el derecho de propiedad y la autoridad para salvaguardarlo. Entonces, la sociedad es un engaño, los hombres se unen supuestamente para defender a los débiles pero en realidad lo que hacen, es defender los intereses de los más ricos. Las diferencias son claras: ricos-pobres; poderosos-débiles; amos-esclavos. La coinciencia es el único reducto incólume, aunque casi ignorado. El hombre, fuera de sí, está alienado. Regreso a una sociedad de acuerdo a las exigencias "naturales" El primer paso es la transformación del individuo mediante la educación. En El Emilio el niño es educado con su mentor como el "buen salvaje" reproduciendo la experiencia de Robinson (novela de 1719) descubriendo por sí mismo, lo mejor de la cultura. A través de su programa educativo utópico, Rosseau critica a la educación ilustrada. El Contrato Social Lo que sigue es la transformación de la sociedad. El programa del Contrato Social se basa en el establecimiento de "una forma de asociación (...) mediante la cual cada uno, al unirse a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y quede tan libre como antes" Rousseau Se trata pues, de una nueva modalidad de contrato social que devuelva al hombre su estado 'natural' sin que por ello deba dejar de pertenecer a una comunidad. No es, como quiere Hobbes, un contrato entre individuos, ni de los individuos con un gobertante, como propone Locke: es un pacto de la comunidad con el individuo y del individuo con la comunidad. Cada uno de los asociados se une a todos y a ninguno en particular. Este pacto, crea la voluntad general que ni es arbitraria ni se confunde con las con la suma de las voluntades egoistas de las voluntades individuales de los particulares. Entonces aparece el concepto de soberanía, el soberano es la voluntad general, la cual es inalienable (no se delega, el gobierno no es sino un ejecutor de la ley que emana de la voluntad general, y puede ser siempre substituido), es indivisible (no hay división de poderes, como postulan Locke y Montesquieu. Rousseau entiende establecer de este modo simultánemante, la soberanía popular y la libertad individual. Porque, al hacer contrato con la comunidad, cada individuo está realizando también un contrato con sí mismo, en tanto que al obedecer a la "voluntad general", está siguiendo su propia voluntad. El Contrato Social inspirará a los revolucionarios frances en 1789, a la comuna de 1870 y a los comunistas del siglo XIX. Inspiró también a Jefferson (1826), autor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. 4 - El Idealismo Trascendental Kant (1724-1804) La orientación crítica que el empirismo inglés había iniciado, reconociendo y señalando los límites de la razón humana, y que la Ilustración había hecho suya, se convierte en la obra de Kant en un hito decisivo de la historia de la filosofía. El objetivo de Kant es la creación de una filosofía esencialmente crítica, en la cual se establecen de un modo autónomo los confines y posibilidades efectivas de la razón humana. Este objetivo es el de un racionalismo que se proponga, en primer lugar, la elaboración del concepto mismo de la razón. Kant identifica este racionalismo con el iluminismo, y en realidad, el concepto de la razón a que él llega está en la línea que había comenzado con Hobbes y que el iluminismo había aceptado de Locke; es la línea que ve en la razón un órgano autónomo y eficaz para la guía de la conducta humana en el mundo, pero no una actividad infinita u omnipotente, sin límites ni condiciones. Se pueden distinguir tres fases en el pensamiento de Kant: - Primer período precrítico, hasta 1760. Prevalece el interés por las ciencias naturales, durante el cual sigue las huellas del pensamiento dominante en los primeros decenios del siglo XVIII. - Segundo período crítico, hasta 1781, año en que se publica su obra principal "Crítica de la razón pura". Prevalece el interés filosófico y se determina su orientación hacia el empirismo inglés y el criticismo. Esta obra, que contiene la crítica a la que Kant somete a la razón humana, producirá, pese al escaso interés que despierta inicialmente, un giro total, que marcaría un nuevo estilo de pensamiento, un cambio radical en la orientación de la filosofía. Se evidencia una tendencia a evitar el error, más que el descubrimiento de la verdad, siguiendo la tónica de Descartes y de Locke y Hume, quienes ponen en duda diversas posibilidades de conocimiento. Esto lleva a Kant a concentrarse sobre los objetos de razón y sus límites, sus posibilidades, es decir, la crítica de la razón pura. Se inclina por una concepción de la metafísica como la ciencia de los límites de la razón humana, y no como un sistema de saber. La filosofía crítica de Kant se halla en sus tres obras fundamentales: "Crítica de la razón pura", "Crítica de la razón práctica" y "Crítica del juicio". Los elementos de este sistema los denomina Kant "filosofía trascendental" o examen al que hay que someter a la razón humana para investigar las condiciones que hacen posible el conocimiento a priori. Kant afirma que para entender la experiencia (conocimiento a posteriori), es necesario tener conocimientos que no provengan de la experiencia (conocimiento a priori); aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia. Lejos del "sueño dogmático", sólo así el conocimiento empírico puede disponer de aquellas condiciones que exige el verdadero conocimiento (universalidad y necesidad) y que la sola experiencia no puede otorgar. Esto equivale a un cambio de método y a afirmar que no es el entendimiento el que se deja gobernar por los objetos, sino que son éstos los que se someten a las leyes del conocimiento, impuestas por el entendimiento humano. Dando por sentado que son posibles la matemática y la física puras, se pregunta Kant si es posible la metafísica, a lo que concluye que todavía no se ha encontrado un camino seguro. Esto le llevará a la reflexión de que el pensamiento no conoce las cosas tal como son, pues "las cosas en sí" no se pueden conocer, lo que se conoce es "las cosas en mí" o fenómeno, en oposición al noúmeno o "cosa en sí". Esto es justamente lo que explora la Crítica de la razón pura. - Tercer período postcrítico, desde 1781 hasta su muerte, que es el de la filosofía trascendental. Kant se encuentra con el problema de la metafísica, las grandes cuestiones que exceden a la experiencia: Dios, la libertad y la inmortalidad entre otros. En "Fundamentos de la metafísica de las costumbres" establece un hecho ineludible y es que el hombre es moral, se siente responsable y, por tanto, libre. Lo único bueno sin restricción es la buena voluntad, ya que es buena en sí misma, con independencia de los frutos que se logren al ponerla en acción. La guía de la buena voluntad es la razón, y no el instinto que busca siempre la satisfacción de sus propias necesidades; de aquí surge el núcleo de la moral en Kant: la moral consiste en la acción por deber. Define el deber como la necesidad de la acción por respeto a la ley. La ley, cuya representación tiene que determinar la voluntad, será que debo obrar sólo de modo que mi máxima pueda convertirse en ley universal, prescindiendo de mi sentir particular. Esta máxima será el principio subjetivo del querer, del mismo modo que la ley práctica será el principio objetivo de nuestra razón. Ante la pregunta de por qué causa la razón pura puede convertirse en razón práctica, donde se mezclan los dos mundos, el nouménico y el fenoménico, responde Kant que es porque todo concepto moral dimana de la razón, y porque las representaciones puras del deber y de la ley moral le llegan al hombre a través de la razón. A los principios objetivos que constituyen la voluntad, Kant los llama mandatos, los cuales se expresan a través de la fórmula del imperativo, que es un deber ser sin inclinación. El imperativo categórico es aquel que ordena actuar sólo según una máxima que pueda tornarse ley universal. La clave para la autonomía de la voluntad, propia de los seres dotados de razón práctica, es la libertad; cuando el hombre se concibe como dueño de su libertad se incluye en el mundo inteligible, conociendo así la autonomía de la voluntad con su consecuencia: la moralidad. En "Lecciones de Lógica", al final de su vida, Kant dice que en la pregunta ¿Qué es el hombre?, se resumen las de ¿Qué puedo saber?, a la que responde la metafísica, ¿Qué puedo esperar?, a la que responde la religión, ¿Qué debo hacer? a la que responde la moral. En estas cuatro preguntas, y en la distinción entre filosofía escolar y el concepto mundano de la filosofía o filosofía para la vida, la más importante, desemboca la filosofía de Kant. Fuentes: http://filosofia.idoneos.com/index.php/335625 http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiamedievalymoderna/Descartes/Descartes-FilosofiaModerna.htm http://www.mercaba.org/Filosofia/Moderna/nicolas_malebranche.htm http://filosofia.idoneos.com/index.php/338141 http://filosofia.idoneos.com/index.php/335755 http://www.alipso.com/monografias/voltaire/ http://www.entradagratis.com/Enciclopedia-de-Filosofia/4798/Diderot,-Denis-pag.3.htm http://filosofia.idoneos.com/index.php/341768 http://www.nueva-acropolis.org.ar/Filosofia-moderna-Kant.386.0.html POST CON DESCARGAS DE ALGUNOS DE ESTOS AUTORES: http://taringa.net/posts/downloads/2211029/Voltaire---Obras--.html http://taringa.net/posts/downloads/2215728/Immanuel-Kant.html Comentar es agradecer!
Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas Friedrich Nietzsche Tercera Conferencia ¡Ilustres presentes! En el punto en que dejé mi relato la última vez, una pausa larga y grave había interrumpido la conversación, oída por mí tiempo atrás y cuyos elementos esenciales, que quedaron profundamente grabados en mi memoria, intento delinear aquí frente a vosotros. El filósofo y su acompañante estaban sentados, inmersos en un profundo silencio. Sobre el alma de ambos gravitaba la singular situación de angustia -discutida poco antes- de la escuela más importante, el instituto de bachillerato, como un peso que el individuo bien intencionado es demasiado débil para poder eliminar, y que la masa no es suficientemente bien intencionada para eliminar. Sobre todo, dos cosas turbaban a nuestros pensadores solitarios: por un lado, la comprensión clara de que lo que habría derecho a llamar «cultura clásica» no es hoy otra cosa que un ideal cultural fluctuante e inconsistente, que no está en condiciones de crecer sobre el terreno de nuestros órganos educativos, y, por otro lado, la comprensión de que lo que hoy se llama, con un eufemismo corriente e indiscutido, «cultura clásica», tiene simplemente el valor de una ilusión pretenciosa, cuyo efecto más notable es la circunstancia de que la propia expresión «cultura clásica» continúa subsistiendo y no ha perdido todavía su tono patético. Aquellos dos hombres honrados, al referirse después a la enseñanza del alemán, habían llegado juntos a aclarar que todavía no se ha encontrado el verdadero punto de partida para una cultura superior, que se apoye en los pilares de la antigüedad: la corrupción de la instrucción lingüística, la intrusión de tendencias eruditas e históricas en el lugar de una disciplina y hábito prácticos, la conexión de ciertos ejercicios exigidos en los institutos de bachillerato con el peligroso espíritu de nuestro ambiente periodístico, todos esos fenómenos, perceptibles en la enseñanza del alemán, les habían comunicado la certeza de que en los institutos ni siquiera se presienten las fuerzas más beneficiosas procedentes de la antigüedad clásica: me refiero a esas fuerzas que preparan para combatir contra la barbarie .del presente y que quizá transformen algún día los institutos en arsenales y laboratorios de esa lucha. Les parecía incluso que el espíritu de la antigüedad estaba ahora destinado a ser expulsado sistemáticamente de los umbrales del instituto, y que también en éste se deseaba abrir lo más posible las puertas a ese ente mal educado por las adulaciones que es la presunta «cultura alemana» de hoy día. Y, si había todavía una esperanza, para nuestros interlocutores solitarios, era la de que las cosas debían empeorar todavía, que muy pronto debería resultar llamativamente claro para muchos lo que hasta ahora habían advertido pocos, y que no debía ya estar lejana la época de las personas honradas y decididas, incluso en relación con la seria esfera de la educación del pueblo. «Tanto más tenazmente», había dicho el filósofo, «debemos mantenernos apegados al espíritu alemán, que se manifestó en la Reforma alemana y en la música alemana, y que ha demostrado -con la extraordinaria audacia y el rigor de la filosofía alemana, y con la fidelidad del soldado alemán, probada en los últimos años- esa fuerza resistente, hostil a cualquier apariencia, de que podemos esperar todavía una victoria sobre la pseudocultura de la época actual. Esperamos que una actividad futura de la escuela consista en hacer participar en esa lucha a la auténtica escuela de la cultura, y, sobre todo, al bachillerato, en el entusiasmo de la nueva generación, que ahora asciende, por lo verdaderamente alemán: en semejante escuela, hasta la llamada cultura clásica acabará teniendo su terreno natural y su punto de partida. Una verdadera renovación y una verdadera depuración del espíritu alemán, que sean profundas y potentes. El vínculo que ciñe realmente la naturaleza alemana más íntima al genio griego es algo bastante misterioso y difícil de captar. No obstante, mientras la más noble necesidad del auténtico espíritu alemán no intente coger de la mano ese genio griego, como sólido apoyo en el río de la barbarie, mientras de dicho espíritu alemán no brote una nostalgia angustiosa por los griegos, mientras la visión en lontananza -penosamente conquistada- de la patria griega no haya llegado a ser la meta del peregrinaje de los hombres mejores y más dotados, el fin de la cultura clásica del bachillerato seguirá revoloteando aquí y allá en el aire sin cesar, y por lo menos no habrá que censurar a quienes, aunque sea con espíritu limitado, quieren introducir en el bachillerato el cientifismo y la erudición, para tener presente un objetivo verdadero, sólido y aun así ideal, y para salvar a sus escolares de las tentaciones de ese fantasma brillante que se hace llamar hoy civilización y cultura.» Después de algún tiempo de silenciosa reflexión, el acompañante se dirigió al filósofo y le dijo: «Ha querido usted darme esperanzas, maestro, pero también ha aumentado mi comprensión, y, por tanto, mis fuerzas, mi valor. En realidad, ahora miro con mayor denuedo hacia el campo de batalla, y ya desapruebo mi huida demasiado rápida. Desde luego, no queremos nada para nosotros: no debemos preocuparnos de saber cuántos individuos caerán en esta lucha, ni debemos pensar que puede que caigamos nosotros mismos entre los primeros. Precisamente porque no tomamos en serio esta cuestión, no deberíamos tomar en serio nuestra pobre individualidad: en el instante en que caigamos, indudablemente otro cogerá la bandera en cuyos colores creemos. No quiero preguntarme siquiera si soy bastante fuerte para semejante lucha, si resistiré durante mucho tiempo; en cualquier caso, tendrá que ser una muerte honrosa, la de caer entre las risotadas de escarnio de los enemigos, cuya seriedad tantas veces nos ha parecido algo ridícula. Si pienso en el modo en que mis coetáneos se han preparado para mi misma misión, para la misión suprema de profesor, me convenzo de que casi siempre hemos reído precisamente de cosas opuestas, y hemos tomado en serio las cosas más diferentes...». «Amigo mío», le interrumpió riendo el filósofo, «hablas como quien desee lanzarse al agua sin saber nadar y, al hacerlo, más que ahogarse, tema no ahogarse y verse escarnecido. Por cierto, lo último que debemos temer es vernos escarnecidos: efectivamente, nos encontramos en un terreno en el que son tantas las verdades que hay que decir -verdades terribles, tormentosas, imperdonables-, que desde luego no faltará contra nosotros el odio más puro. En ciertas ocasiones será solamente el furor el que sugerirá una risa incómoda. Basta con que pienses en las inmensas escuadras de los profesores, que con la mejor buena fe han adoptado el sistema educativo anterior, para seguir aplicándolo de buena gana, y sin la menor duda seria: ¿cómo crees que se lo tomarán, cuando oigan hablar de proyectos de los que estén excluidos y, además, beneficio naturae, de exigencias que superen con mucho sus mediocres capacidades, de esperanzas que no tienen resonancia en ellos, de luchas cuyo grito de guerra ni siquiera comprenden, y en las que intervienen sólo como masa sorda, recalcitrante, plúmbea? Por lo demás, ésa tendrá que ser, sin exageración, la posición inevitable de la mayoría de los profesores en las escuelas superiores; más aún: si consideramos el modo como surge la mayoría de dichos profesores, y el modo como llegan a ser profesores de una cultura superior, ni siquiera nos asombraremos ya de la posición citada. Hoy en día, casi por doquier existe un número tan exagerado de escuelas superiores, que continuamente se necesita un número de profesores infinitamente mayor del que la naturaleza de un pueblo, aunque esté notablemente dotado, está en condiciones de producir. Llegan así a esas escuelas una cantidad excesiva de incompetentes, quienes, con su superioridad numérica y con el instinto del similis simili gaudet, determinan gradualmente el espíritu de dichas escuelas. Pero, manténganse alejados sin esperanza alguna de las cuestiones pedagógicas quienes piensen que la notoria abundancia -consistente en el número- de nuestros institutos y de nuestros profesores pueda transformarse, mediante alguna ley o alguna norma, en una auténtica abundancia, en una ubertas ingenii sin que disminuya el número. En cambio, con respecto a un punto debemos asentir, a saber, el de que la naturaleza como tal destina a un desarrollo cultural auténtico sólo a un número extraordinariamente pequeño de hombres, y que para promover felizmente el desarrollo de ellos es suficiente también un número bastante limitado de hombres, en tanto que en las escuelas actuales, destinadas a grandes masas, deben de sentirse los menos favorecidos de todos precisamente aquellos para quienes, en resumidas cuentas, puede tener sentido el establecimiento de algo semejante. »Lo mismo se puede decir también con respecto a los profesores. Precisamente los mejores, los que en general, según un criterio superior, son dignos de ese nombre honorífico, quizá sean los menos aptos, en el estado actual del bachillerato, para educar a esta juventud no selecta, escogida, amontonada, y, más que nada, deben ocultarle, en cierto modo, lo mejor que podrían ofrecer. Por el contrario, la inmensa mayoría de los profesores se siente en su ambiente en esas escuelas, ya que sus dotes están en cierta relación armónica con el bajo nivel y la insuficiencia de esos escolares. Esa mayoría exige ruidosa e insistentemente la fundación de nuevos institutos y nuevos centros superiores: vivimos en una época en que con esas continuas exigencias, que resuenan con un ritmo ensordecedor, provoca indudablemente la impresión de que hoy una necesidad desmesurada de cultura intenta afanosamente satisfacerse. Pero precisamente ésta es la ocasión en que hay que saber entender bien, en que hay que mirar a la cara -sin dejarse turbar por el efecto pomposo de las palabras culturales- a quienes hablan tan incansablemente de la necesidad cultural de su época. Se experimentará entonces una extraña decepción, la misma que nosotros, mi querido amigo, hemos experimentado con tanta frecuencia: de repente esos chillones heraldos de la necesidad cultural se transformarán, si los miramos seriamente y de cerca, en adversarios ardientes -o, mejor, fanáticos- de la cultura auténtica, es decir, de la que es partidaria de la naturaleza aristocrática del espíritu. Efectivamente, aquéllos piensan en el fondo que su objetivo consiste en emancipar a las masas del dominio de los grandes individuos, y, en el fondo, tienden a destruir la ordenanza más sagrada del reino del intelecto, es decir, la sujeción de la masa, su obediencia sumisa, su instinto de fidelidad al servir bajo el cetro del genio. »Desde hace mucho tiempo me he acostumbrado a considerar con circunspección a todos aquellos que hablan ardientemente a favor de la llamada formación del pueblo, tal como se la entiende comúnmente. Efectivamente, en la mayoría de los casos desean consciente o inconscientemente conquistarse, en las epidémicas Saturnales de la barbarie, la desenfrenada libertad que no les concederá nunca el sagrado orden de la naturaleza: han nacido para servir, para obedecer y cualquier instante en que se agitan sus pensamientos serviles o débiles o con las alas tullidas, confirma de qué arcilla los ha formado la naturaleza o qué marca de fábrica ha impreso en dicha arcilla. Así, pues, nuestro objetivo no puede ser la cultura de la masa, sino la cultura de los individuos, de hombres escogidos, equipados para obras grandes y duraderas: nosotros sabemos ahora que una posteridad equitativa juzgará el estado cultural de conjunto de un pueblo únicamente en función de los grandes héroes de una época, que avanzan en solitario, y dará su veredicto según que dichos héroes hayan sido reconocidos, ayudados, honrados, o bien segregados, marginados, maltratados, aniquilados. Lo que se llama formación del pueblo se puede proporcionar, pero de modo totalmente exterior y rudimentario, por ejemplo consiguiendo para todos la instrucción elemental. Las auténticas regiones más profundas, en que la gran masa entra en contacto con la cultura, es decir, donde el pueblo cultiva sus instintos religiosos, donde sigue extrayendo poesía de sus imágenes míticas, donde se mantiene fiel a sus costumbres, a su derecho, a su suelo patrio, a su lengua, todas esas regiones son difíciles de alcanzar por vía directa, y, en cualquier caso, eso sólo es posible mediante violencias y destrucciones: promover verdaderamente la formación del pueblo en esas cosas serias significa precisamente limitarse a mantener alejadas esas violencias y esas destrucciones, a mantener esa saludable inconsciencia, esa placidez del pueblo, que constituyen el contrapeso y el remedio sin el cual la cultura, con la devoradora tensión y exasperación de sus efectos, no podría subsistir. »Pero nosotros sabemos cuál es el fin de quienes quieren interrumpir ese sueño sano y beneficioso del pueblo, quienes le gritan continuamente: ¡Despierta, sé consciente, sé sagaz!. Nosotros sabemos a qué aspiran quienes pretenden satisfacer una poderosa necesidad de formación, aumentando extraordinariamente todas las escuelas y produciendo de tal modo una clase de profesores conscientes de su posición. Son éstos precisamente -y precisamente con esos medios- quienes combaten contra la jerarquía natural del reino del intelecto: son ésos precisamente quienes destruyen las raíces de esas fuerzas educativas supremas y más nobles que manan de la inconsciencia del pueblo, y que encuentran su destino maternal en la procreación del genio y después en su educación correcta y en su cuidado. Sólo utilizando esta comparación de la madre podremos comprender lo importante y justa que es, en relación con el genio, la auténtica formación de un pueblo. Propiamente, el genio no surge de semejante formación: tiene, por decirlo así, un origen metafísico únicamente, una patria metafísica. Pero su aparición, su surgimiento a partir de un pueblo, el hecho de que represente casi la imagen refleja, el oscuro juego cromático de todas las fuerzas peculiares de dicho pueblo, el hecho de que revele el destino supremo de un pueblo mediante la naturaleza simbólica de un individuo y mediante una obra eterna, con lo que liga a su pueblo a la eternidad y lo libera de la esfera mutable de lo momentáneo, todo eso podrá hacerlo el genio sólo cuando madure y se alimente en el regazo materno de la cultura de un pueblo. Sin esa patria, que pueda defenderlo y darle calor, no conseguirá, en cambio, desplegar las alas para su vuelo eterno, y tristemente deberá irse temprano -como un extranjero impelido a una soledad invernal- lejos de esa tierra inhóspita.» «Maestro», dijo en aquel momento el acompañante, «me asombra usted con esa metafísica del genio, y sólo vagamente consigo advertir la pertinencia de esas comparaciones. En cambio, comprendo plenamente lo que ha dicho con respecto al número excesivo de los institutos y al consiguiente número excesivo de enseñanzas superiores. Precisamente en este terreno he recogido experiencias, que me confirman que la tendencia educativa del bachillerato debe amoldarse a la inmensa mayoría de esos profesores. En el fondo, éstos no tienen nada que ver con la cultura, y, sólo porque se los necesitaba, han escogido ese camino, haciendo valer sus pretensiones. Todos los hombres que en un momento fulgurante de iluminación han llegado a convencerse de la singularidad y de la inaccesibilidad del antiguo mundo griego, y con luchas penosas han defendido ante sí mismos semejante convicción, todos esos, repito, saben que el acceso a semejantes iluminaciones no estará abierto nunca a muchas personas, y consideran un comportamiento absurdo, o, mejor, indigno, el de ocuparse de los griegos -como si se tratara de un instrumento artesanal cotidiano- por motivos profesionales y con el fin de ganarse el pan, y el de tocar esas reliquias con manos de artesano, sin el menor respeto. Y precisamente en la clase de que procede la mayoría de los profesores de instituto, o sea, en la clase de los filólogos, ese modo de sentir burdo e irrespetuoso es la regla: por ese motivo la propagación y la transmisión de semejante modo de sentir no deberá extrañar siquiera. »Basta con observar a la nueva generación de filólogos: es muy raro ver en ellos ese sentimiento de vergüenza por el que nosotros, frente a un mundo como el griego, no tenemos siquiera el derecho de existir; en cambio, esa joven nidada construye con la máxima indiferencia y descaro sus nidos sobre los templos más grandiosos. Sería necesario que desde todos los ángulos una voz potente se dirigiera a los infinitos individuos que desde sus años universitarios se mueven satisfechos de sí mismos, sin el menor respeto, entre las maravillosas ruinas de aquel mundo: ¡Fuera de aquí, vosotros que no sois iniciados y no lo seréis nunca, huid en silencio de este santuario, mudos y avergonzados!. Pero esa voz sonaría en vano, ya que, hasta para poder simplemente comprender una maldición y un anatema griegos, hay que poseer ya en cierta medida la naturaleza griega. En cambio, aquéllos son tan bárbaros, que se instalan cómodamente, como es costumbre en ellos, entre esas ruinas: llevan consigo todas sus comodidades y sus manías modernas, y después esconden todo eso entre columnas antiguas y monumentos fúnebres antiguos. A continuación se elevan altos gritos de júbilo, al encontrar en ese ambiente antiguo lo que previamente se había introducido astutamente. Puede ocurrir que uno de esos filólogos escriba versos, por saber consultar el léxico de Hesiquio: con eso sólo se convencerá de que está destinado a continuar la poesía de Esquilo, y encontrará incluso partidarios, que sostendrán que aquél -el ladrón que escribe poesías- es congenial a Esquilo. En cambio, otro, con el ojo receloso de un policía, va buscando todas las contradicciones -y hasta la sombra de las contradicciones- de que se haya vuelto culpable Hornero: desperdicia su vida arrancando y cosiendo juntos jirones homéricos, que anteriormente ha robado, sustrayéndolos a un traje espléndido. Un tercero se encuentra a disgusto ante los aspectos mistéricos y orgiásticos de la antigüedad: se decide de una vez por todas a admitir solamente al ilustrado Apolo, al considerar al ateniense como un individuo apolíneo, sereno y sensato, pero algo inmoral. ¡Qué profundamente respira éste, cuando consigue conducir un ángulo oscuro de la antigüedad hasta la altura de su sabiduría, al descubrir, por ejemplo en el viejo Pitágoras a un honrado colega, que tiene sus mismas convicciones políticas ilustradas! Otro más se pregunta angustiado por qué condenó el destino a Edipo a realizar acciones tan pérfidas, a tener que matar a su padre y casarse con su madre. Pero, ¿de quién es la culpa? Dónde está la justicia poética? De repente, llega a descubrirlo: a decir verdad, Edipo fue un individuo apasionado, absolutamente carente de mansedumbre cristiana; cuando Tiresias lo llama el monstruo y la maldición de su tierra, se enfurece incluso de modo totalmente inconveniente. ¡Sed mansos!, quizá fuera ésta la enseñanza de Sófocles, o, de lo contrario, os casaréis con vuestra madre y mataréis a vuestro padre. Otros más pasan toda su vida haciendo cálculos sobre los versos de los poetas griegos o romanos, gozando con la proporción 7: 13 = 14: 26. Por último, existen quienes prometen resolver una cuestión como la homérica, partiendo de las preposiciones, y creen sacar la verdad del poco utilizado n y xat. Pero todos, según sus diferentes tendencias, excavan y sondean el terreno griego con tal inquietud, con tal impericia desmañada, que un amigo serio de la antigüedad tiene verdaderamente que preocuparse. Así que me gustaría coger de la mano a cualquier hombre -dotado o no dotado- que haga presagiar cierta inclinación profesional hacia la antigüedad, y me gustaría dirigirme a él con la siguiente peroración: ¿Sabes qué peligros te amenazan, joven que emprendes el viaje con un modesto equipaje de conocimientos escolares? ¿Has oído que, según la opinión de Aristóteles, la de ser aplastado por una estatua no es una muerte trágica ? Y, sin embargo, ésa es precisamente la muerte que te amenaza. ¿Te sorprendes? Has de saber, entonces, que desde hace siglos los filólogos se afanan -pero hasta ahora con fuerzas insuficientes- para levantar de nuevo la estatua de la antigüedad griega, caída a tierra y aquí desplomada: efectivamente, se trata de un coloso sobre el que esos hombres, semejantes a enanos, intentan trepar. Enormes esfuerzos conjuntados, y todas las palancas de la cultura moderna, se aplican a ese fin: en todas las ocasiones la estatua, apenas alzada de tierra, vuelve a caer, y al precipitarse tritura a los hombres situados debajo de ella. Todo eso podría tolerarse incluso, ya que todos los seres deben perecer por alguna causa: pero ¿quién puede garantizar que esos intentos no acaben por hacer añicos también la estatua? Los filólogos perecen a causa de los griegos -de eso podríamos consolarnos-, pero ¡la propia antigüedad queda hecha pedazos a manos de los filólogos! Reflexiona sobre eso, joven atolondrado, y vuelve atrás, si no eres un iconoclasta.» «En realidad», dijo el filósofo riendo, «existen hoy numerosos filólogos que han vuelto atrás, como tú deseas, y yo advierto un gran contraste con respecto a las experiencias de mi juventud. Un gran número de aquéllos, consciente o inconscientemente, llega al convencimiento de que el contacto directo con la civilización clásica es inútil para ellos y que no abre perspectiva alguna: por esa razón, ahora la mayoría de los propios filólogos considera ese estudio estéril, superado, digno de epígonos. Con ímpetu tanto mayor esa escuadra se ha lanzado sobre la lingüística: aquí, en una extensión infinita de terreno cultivable, recién removido, donde hoy día se pueden aplicar todavía de modo rentable las dotes más modestas, o donde una cierta sensatez se considera ya como señal de talento positivo, dada la novedad e inseguridad de los métodos y el continuo peligro de falsificaciones fantásticas, aquí, donde un trabajo ordenado y orgánico constituye la cosa más deseable, aquí, en resumen, quien se aproxima no se ve sorprendido por esa voz solemne que resuena desde el mundo en ruinas de la antigüedad, repeliendo a todo el mundo. Aquí se acoge con brazos abiertos a todos, e incluso a quien ante Sófocles y Aristóteles no ha conseguido nunca recibir una impresión insólita, tener un pensamiento decente, lo colocan en el telar de la etimología con cierto éxito, lo invitan a recoger residuos de dialectos muertos, y pasar así sus días, uniendo y separando, recogiendo y esparciendo, corriendo aquí y allá y consultando libros. Pero ¡un lingüista empleado tan útilmente debe hacer también de profesor! En tal caso, de acuerdo con sus obligaciones, y por el bien de la juventud del bachillerato, debe enseñar algo sobre esos autores antiguos que no han dejado en él ni impresiones ni, menos aún, conocimientos. ¡Qué incomodidad! La antigüedad no le dice nada, y, en consecuencia, no tiene nada que decir con respecto a la antigüedad. Pero, de repente, todo se le aclara. ¿Para qué sirve un lingüista? ¿Por qué escribieron aquellos autores en griego y en latín? Comienza sin más, y alegremente, desde Homero, buscando etimologías y utilizando como ayuda el lituano o el eslavo eclesiástico, pero sobre todo el sagrado sánscrito, como si las horas asignadas para la enseñanza del griego no fueran otra cosa que un pretexto para proporcionar una introducción general al estudio del lenguaje, y como si el único error de principio cometido por Homero hubiera sido el de no haber escrito en indoeuropeo primitivo. Quien conozca los institutos de bachillerato modernos sabrá también hasta qué punto se han alejado sus profesores de la tendencia clásica, y hasta qué punto ha determinado precisamente la sensación de esa ausencia semejante predominio de trabajos eruditos en relación con la lingüística comparada.» «No obstante, yo considero», dijo el acompañante, «que lo esencial, para quien quiera enseñar la cultura clásica, consiste precisamente en no substituir a los griegos y a los romanos por los otros pueblos, por los pueblos bárbaros, y en el hecho de que para él el griego y el latín no podrán ser nunca lenguas que se puedan colocar junto a otras lenguas. Para su tendencia clásica, debe ser indiferente que el esqueleto de esas lenguas coincida con el de otras lenguas, o que sea afín a ellas: las coincidencias no deben importarle en absoluto. Realmente debe interesarse de modo especial -en la medida en que quiere iniciarse en la cultura y desea remodelarse a sí mismo a partir del sublime arquetipo del mundo clásico- precisamente por lo que no es común, precisamente por lo que hace que no se considere bárbaros a esos pueblos y que se los coloque por encima de todos los demás pueblos.» «Y quisiera engañarme», dijo el filósofo, «pero tengo la sospecha de que con el modo como hoy se enseña el latín y el griego en los institutos debe perderse precisamente el dominio de la lengua, que se expresa en el habla y en la escritura, o sea, algo que distinguía a mi generación, que desde luego ahora ya está muy avejentada y ha enflaquecido bastante. En cambio, me parece que los profesores actuales tratan a sus escolares con un método tan genético y tan histórico, que en definitiva lo que saldrá de todo eso, en el mejor de los casos, serán otros pequeños estudiosos de sánscrito, u otros brillantes diablillos en busca de etimologías, u otros desenfrenados inventores de conjeturas, sin que, a pesar de todo, ninguno de ellos esté en condiciones de leer por placer, como hacemos nosotros los viejos, su Platón o su Tácito. Así, pues, los institutos pueden ser también ahora lugares en que se siembre la erudición, pero no esa erudición que es únicamente el efecto colateral -natural e involuntario- de una cultura encaminada a los fines más nobles, sino esa erudición que se podría comparar con la hinchazón hipertrófica de un cuerpo no sano. Los institutos son los lugares donde se trasplanta esa obesidad erudita, cuando no han degenerado hasta el punto de convertirse en las palestras de esa elegante barbarie, que hoy suele pavonearse con el nombre de cultura alemana de la época actual.» «Pero, ¿adónde deberán huir», volvió a hablar el acompañante, «esos pobres y numerosos profesores, a quienes la naturaleza no ha concedido las dotes que les permitan alcanzar una auténtica cultura, y que, más que nada, tienen la pretensión de aparentar que se encaminan hacia la cultura, sólo porque los impulsa una necesidad, para ganarse el pan y porque el número excesivo de escuelas exige un número excesivo de profesores? ¿Adónde deberán huir, si la antigüedad los rechaza perentoriamente? ¿No deberán caer tal vez víctimas de esos poderes de la época presente, que se dirigen a ellos todos los días desde los órganos de la prensa, incansables en su propaganda: ¡Nosotros somos la cultura! ¡Nosotros estamos en la cúspide! ¡Nosotros somos el vértice de la pirámide! ¡Nosotros somos la meta de la historia del mundo!, cuando escuchan las promesas seductoras, cuando se ensalzan ante ellos los signos más abyectos de la incivilidad, el público ambiente plebeyo de los llamados intereses culturales del periodismo, como los fundamentos de la forma más nueva, más elevada y más madura de la cultura? ¿Adónde podrán huir esos pobres individuos, cuando presientan, aunque sólo sea vagamente, que semejantes promesas son totalmente falaces? Tendrán por fuerza que refugiarse en el más obtuso, en el más micrológico y estéril cientifismo, sólo por no escuchar más ese incansable griterío en favor de la cultura. Al verse perseguidos de ese modo, ¿no acabarán tal vez escondiendo, como avestruces, su cabeza en un montón de arena? ¿No será tal vez para ellos una auténtica suerte el hecho de poder llevar una vida de hormigas, sepultados entre dialectos, etimologías y conjeturas, y de poder permanecer por lo menos con los oídos tapados, cerrados en sí mismos y sordos a la voz de la elegante civilización de nuestro tiempo, si bien mil millas alejados de la auténtica cultura?» «Tienes razón, amigo mío», dijo el filósofo, «pero, ¿existe verdaderamente una absoluta necesidad de que haya un número excesivo de escuelas de cultura, y de que, por consiguiente, resulte también inevitable un número excesivo de profesores, cuando, en realidad, comprendemos claramente que la exigencia de ese número excesivo procede de una esfera hostil a la cultura, y que las consecuencias de ese exceso sólo serán ventajosas para la falta de cultura? En realidad, se puede hablar de semejante necesidad absoluta, sólo en la medida en que el Estado moderno está acostumbrado a intervenir en esas cuestiones y suele presentar sus exigencias, mientras hace tintinear su armadura: indudablemente, ese fenómeno impresiona a la mayoría, exactamente como si a ella se dirigiera una necesidad eterna y absoluta, la ley primordial de las cosas. Por otro lado, un Estado cultural, como se dice hoy, que tenga semejantes pretensiones constituye un fenómeno reciente, y sólo en los últimos cincuenta años ha llegado a ser algo evidente, es decir, en un periodo en que -por usar una vez más esa expresión favorita- suceden muchísimas cosas evidentes pero que en sí mismas, a decir verdad, no se comprenden del todo inmediatamente. Precisamente el Estado moderno más fuerte, Prusia, se ha tomado tan en serio ese derecho a mantener una suprema tutela sobre la cultura y sobre la escuela, que ese peligroso principio así adoptado, dada la osadía que caracteriza a dicho Estado, adquiere un significado universalmente amenazador y peligroso para el auténtico espíritu alemán. Por ese lado encontramos sistematizada de modo formal la tendencia a elevar el instituto de bachillerato hasta la altura de nuestro tiempo; en Prusia están en auge todos los mecanismos que sirven para incitar a una educación de bachillerato al mayor número posible de escolares; allí el Estado ha aplicado incluso su medio más potente, es decir, la concesión de ciertos privilegios en relación con el servicio militar, con el resultado de que, según el testimonio imparcial de los funcionarios de estadísticas, son precisa y exclusivamente esos recursos los que permiten explicar la completa saturación de todos los institutos prusianos de bachillerato y la imperiosa y continua necesidad de nuevas escuelas. ¿Qué más puede hacer el Estado a favor de un número excesivo de escuelas, además de establecer una relación estricta del instituto con todos los cargos más altos de la clase de los funcionarios, así como con la mayoría de los inferiores, con el acceso a la universidad, e incluso con los más acreditados privilegios militares, y todo eso en un país en que tanto el servicio militar obligatorio para todos, aprobado con el completo apoyo popular, como la más desenfrenada ambición política de los funcionarios impulsan inconscientemente en esa dirección a todos los individuos dotados? En Prusia el bachillerato está considerado ante todo como una especie de grado honorífico, y todos aquellos que se sientan impulsados a entrar en la esfera del gobierno seguirán el camino del bachillerato. Ese es un fenómeno nuevo y, en cualquier caso, original: el Estado se muestra como un mistagogo de la cultura, y, al tiempo que persigue sus fines, obliga a todos sus servidores a comparecer ante él con la antorcha de la cultura universal de Estado en las manos: a la luz inquieta de dicha antorcha, deben reconocerlo de nuevo como el fin supremo, como lo que recompensa todos sus esfuerzos culturales. Ahora bien, este último fenómeno debería volverlos perplejos, debería recordarles, por ejemplo, esa tendencia afín, comprendida poco a poco, de una filosofía favorecida tiempo atrás por el Estado y destinada a promover los fines del Estado, o sea, la tendencia de la filosofía hegeliana; más aun: quizá no fuera exagerado sostener que Prusia, al subordinar todos los esfuerzos culturales a los fines del Estado, se ha apropiado con éxito de la parte en que la herencia de la filosofía hegeliana es prácticamente utilizable: la apoteosis del Estado, por obra de dicha filosofía llega a su apogeo indudablemente en esa subordinación.» «Pero, ¿qué fin puede tener el Estado», preguntó el acompañante, «al sostener una tendencia tan inquietante? Que se trata de fines políticos resulta ya evidente del hecho de que otros Estados admiran, consideran ponderadamente y aquí y allá imitan semejante reglamento escolar de Prusia. Evidentemente, esos otros Estados suponen que eso beneficia a la estabilidad y a la fuerza de un Estado, como ocurre con esa famosa conscripción general, que ha llegado a ser tan popular. Cuando se ve que todos llevan periódicamente y con orgullo el uniforme militar, cuando se ve que casi todos han recibido en los institutos de bachillerato una cultura nivelada de Estado, se puede hablar entonces, con exageración, casi de un reglamento digno de la antigüedad, de una omnipotencia del Estado alcanzada sólo en la antigüedad, y que el instituto y la educación estimulan a los jóvenes a considerar semejante Estado como la cima y el fin supremo de la existencia humana.» «Esa comparación», dijo el filósofo, «sería indudablemente exagerada, y cojearía de las dos piernas. Efectivamente, el Estado antiguo se mantuvo muy alejado precisamente de ese fin utilitario, que consiste en admitir la cultura sólo en la medida en que beneficia al Estado, y en aniquilar los impulsos que no resulten utilizables sin más para sus fines. En lo más profundo de su alma los griegos experimentaban hacia el Estado ese fuerte sentimiento -casi escandaloso para el hombre moderno- de admiración y de gratitud, precisamente porque reconocía que sin esa institución, que satisface las necesidades y se ocupa de la defensa, no puede desarrollarse ningún germen de cultura, y sabía que toda la cultura griega -inimitable y única en toda la historia- creció tan lozana precisamente bajo la protección primorosa y prudente de las instituciones políticas destinadas a las necesidades y a la defensa. El Estado no era para su cultura un guardián de fronteras, un regulador, un superintendente, sino un compañero de viaje, un camarada sólido, musculoso, equipado para combatir, que acompañaba a través de realidades rudas al amigo más noble, casi divino, y a cambio recibía su admiración y su gratitud. En cambio, cuando el Estado moderno pretende esa gratitud entusiasta, eso no ocurre porque sea consciente de haber intervenido caballerosamente a favor de la cultura y del arte alemán más altos: efectivamente, en este aspecto su pasado es tan vergonzoso como su presente, si pensamos en la forma como se conmemora, en las ciudades alemanas más importantes, la memoria de nuestros grandes poetas y artistas, y en el modo como dicho Estado ha apoyado los más altos proyectos artísticos de esos maestros alemanes. »Así, pues, nos encontramos ante circunstancias particulares, ya sea con respecto a esa tendencia estatal que favorece de todos modos lo que se desea llamar cultura, ya sea con respecto a una cultura favorita semejante, que se someta a esa tendencia estatal. Dicha tendencia está en guerra -declarada o no- con el auténtico espíritu alemán y con una cultura que de él pueda emanar, semejante a la que te he delineado, amigo mío, con rasgos vacilantes: el espíritu de la cultura, que es beneficioso para esa tendencia estatal, y que ésta sostiene con una participación tan activa (a causa de dicho espíritu despierta admiración en el extranjero su reglamento escolar), debe proceder, por tanto, de una esfera que no tiene ningún punto de contacto con el auténtico espíritu alemán, o sea, con el espíritu que nos habla tan maravillosamente de la esencia íntima de la Reforma alemana, de la música alemana, de la filosofía alemana, y al que esa cultura pujante por inspiración estatal considera con tanta indiferencia y tanta insolencia, como si fuera un noble desterrado. Es un extranjero que se aleja con solitaria melancolía, mientras se agita el incensario ante esa pseudocultura que entre las aclamaciones de los profesores y de los periodistas cultos ha usurpado el nombre y la dignidad del auténtico espíritu alemán, y bromea abiertamente con la palabra alemán. ¿Por qué necesita el Estado ese número excesivo de escuelas y de profesores? ¿Con qué objeto esa cultura popular y esa educación popular, tan ampliamente difundidas? Porque se odia al espíritu alemán auténtico, porque se teme la naturaleza aristocrática de la cultura auténtica, porque propagando y alimentando las, pretensiones culturales en la multitud se quiere incitar a los grandes individuos a buscar un exilio voluntario, porque se intenta escapar a la severa y dura disciplina de los grandes guías, haciendo creer a la masa que encontrará por sí sola el camino, guiada por el Estado, auténtica estrella polar. ¡Ahí tenemos un fenómeno nuevo! ¡El Estado como estrella polar de la cultura! No obstante, hay una cosa que me consuela: ese espíritu alemán, que se ve combatido hasta ese punto, que ha sido substituido por un vicario cargado de decoraciones variopintas, ese espíritu -digo- es valiente: luchando, conseguirá salvarse, abrirse camino hacia una época más pura, y conservará -siendo como es noble y consiguiendo como conseguirá la victoria- cierto sentido de compasión hacia el Estado, y lo excusará de su alianza con semejante pseudocultura, ya que la situación del Estado es extraordinariamente penosa y embarazosa. Efectivamente, ¿quién puede hacerse idea, en definitiva, de lo difícil que es la misión de gobernar a los hombres, es decir, de conservar la ley, el orden, la tranquilidad y la paz, entre muchos millones de individuos, pertenecientes a una casta que en su inmensa mayoría es descomedida, egoísta, injusta, irracional, inmoral, envidiosa, malvada y, por si fuera poco, bastante limitada y extravagante, y, además, defender continuamente, contra vecinos codiciosos y bandidos insidiosos, las posesiones que el Estado ha conseguido adquirir? Un Estado en condiciones tan tristes se une a cualquier aliado: y, cuando un aliado se ofrece espontáneamente, con frases pomposas, cuando, como ha hecho Hegel por ejemplo, lo llama organismo ético absolutamente perfecto, y establece como misión de la cultura que cada cual encuentre el lugar y la situación en que pueda servir del modo mejor al Estado, ¿quién va a tener derecho a asombrarse en tal caso de que el Estado salte al instante al cuello de semejante aliado espontáneo, y lo salude con plena convicción y con su profunda voz barbárica: ¡Eso es! ¡Tú eres la cultura, tú eres la civilización!» Friedrich Nietzsche http://www.nietzscheana.com.ar/tercera_conferencia.htm Aclaración En estos cinco post he puesto las cinco conferencias de Nietzsche sobre este tema que a mi me resulta interesante. Son los textos completos y originales (traducidos) y aunque creo que pecan de simples por carecer de imagenes, creo que no resulta necesario adornarlos, por eso no lo hago. Conferencias primera: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2822864/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de___(I-conferencia).html segunda: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2823294/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de__(II-conferencia).html cuarta: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2838912/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de__(IV-conferencia).html quinta: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2839466/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de___(V-conferencia).html
Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas Friedrich Nietzsche Quinta conferencia Si lo que os he contado, ilustres oyentes, sobre los discursos de nuestro filósofo, pronunciados en la quietud nocturna y agitados por diversas causas, lo habéis recibido con simpatía, entonces su triste decisión, que hemos referido al final, deberá de haberos impresionado como nos impresionó entonces a nosotros. Efectivamente, nos había anunciado de improviso que quería marcharse: ante el plantón que le había dado su amigo, y el poco consuelo que le había proporcionado lo que nosotros y su acompañante habíamos sabido aducir en aquella soledad, parecía ya querer interrumpir apresuradamente aquella estancia inútilmente prolongada en el monte. La jornada debía de parecerle perdida, y, al apartar de sí su recuerdo, indudablemente habría deseado hacer un haz con dicho recuerdo y el de habernos conocido. Así, pues, estaba incitándonos, enfadado, a marcharnos, cuando un nuevo fenómeno lo obligó a detenerse, y, después de haberse puesto ya en marcha, tuvo que detenerla de nuevo vacilante. Un esplendor de luces variopintas y un ruido crepitante, apagado al instante, hacia la región del Rin, atrajo nuestra atención; e inmediatamente después subió hasta nosotros desde aquella distancia una lenta frase melódica, cantada al unísono y reforzada por numerosas voces juveniles. «Ésa es su señal», exclamó el filósofo, «de nuevo llega mi amigo, y no he esperado en vano. Volveremos a vernos a medianoche: ¿cómo podemos anunciarle que aún estoy aquí? ¡Ah!, vosotros, tiradores de pistola, ¡mostrad una vez más vuestras armas! ¿Oís el ritmo riguroso de esa melodía que nos saluda? Fijaos en ese ritmo y repetidlo en una serie sucesiva de disparos.» Aquella tarea era conforme a nuestro gusto y a nuestra capacidad; cargamos con la mayor rapidez posible, y, después de habernos puesto de acuerdo brevemente, levantamos nuestras pistolas hacia la luminosa bóveda estrellada, mientras aquella penetrante progresión de sonidos, después de una corta repetición, se extinguía en lo profundo. El primero, el segundo y el tercer disparo resonaron nítidamente en la noche. Entonces el filósofo gritó: «¡Habéis desafinado!». Efectivamente, de repente habíamos dejado de realizar nuestra tarea rítmica: inmediatamente después del tercer disparo, había aparecido, rápida como una flecha, una estrella fugaz, y casi sin quererlo disparamos el cuarto y el quinto disparo simultáneamente en la dirección de su caída. «¡Habéis desafinado!», gritó el filósofo «¿quién os ha dicho que miréis a las estrellas fugaces? Ya explotan por sí solas, sin vuestra intervención; cuando se usan las armas, hay que saber lo que se quiere.» En aquel momento se dejó oír nuevamente, procedente del Rin, aquella melodía, entonada entonces por voces más numerosas y más altas. «Pero nos han entendido», exclamó riendo mi amigo, «ay, por lo demás, ¿quién puede resistirse, cuando se pone precisamente a tiro semejante fantasma luminoso?» «¡Silencio!», le interrumpió el acompañante, «¿qué cuadrilla será la que nos canta esa señal? Calculo de veinte a cuarenta voces, potentes voces masculinas, ¿y de dónde proviene su saludo? Parece que no han abandonado todavía la orilla opuesta del Rin. Pero podemos cerciorarnos, regresando al lugar donde estábamos sentados. Venid rápido allá abajo.» En el lugar donde hasta entonces habíamos estado caminando para delante y para atrás, es decir, en las cercanías de aquel imponente tronco de árbol, el denso, oscuro y alto follaje impedía ver el Rin. En cambio, ya he contado que desde aquel lugar de quietud, un poco más abajo del llano sin árboles en la cima del monte, se gozaba de una vista a través de las copas de los árboles, y que precisamente en el centro de aquella perspectiva circular se podía ver el Rin abrazando la isla de Nonnenwörth. Corrimos apresuradamente, aún preocupándonos del viejo filósofo, hacia aquel lugar de quietud: en el bosque había una densa oscuridad, y, al guiar al filósofo a derecha e izquierda, más que ver con claridad, lo que hacíamos era adivinar el camino recorrido. Apenas llegamos al banco, una luz de fuego, túrbida, vasta e inquieta, que evidentemente procedía de la otra orilla del Rin, hirió nuestros ojos. «Son antorchas», exclamé, «no hay duda alguna, allí abajo están mis compañeros de Bonn, y vuestro amigo debe ir entre ellos. Ellos eran los que cantaban, y ellos le escoltarán. ¡Mirad!, ¡oíd! Ahora están subiendo al barco: dentro de poco más de media hora el desfile de antorchas habrá llegado hasta aquí arriba.» El filósofo dio un brinco hacia atrás. «¿Qué decís?», replicó, «¿vuestros compañeros de Bonn, es decir, estudiantes? ¿Así que mi amigo viene con estudiantes?» Aquella pregunta hecha casi con rabia nos indignó. «¿Qué tiene usted contra los estudiantes?», replicamos, sin obtener respuesta. Hasta después de un rato no comenzó el filósofo a hablar lentamente, en tono quejoso, y casi dirigido a quien todavía estaba lejos: «Así que, amigo mío, incluso a medianoche, incluso en lo alto de un monte solitario, no estaremos solos, y eres tú mismo quien trae hasta mí una cuadrilla de estudiantes bulliciosos, a pesar de que sabes que evito prudentemente ese genus omne. En eso no te entiendo, amigo lejano: y, sin embargo, es algo importante volver a encontrarse y verse de nuevo después de una larga separación, y escoger para ello semejante rincón remoto y semejante hora insólita. ¿Para qué necesitábamos un coro de testigos? Y, además, ¡menudos testigos! Lo que nos invita al encuentro de hoy no es en absoluto una necesidad sentimental, propia de corazones tiernos: efectivamente, los dos hemos aprendido desde hace tiempo a vivir solos, en un aislamiento lleno de dignidad. Hemos decidido volver a vernos aquí, no, desde luego, por nosotros, por cultivar, por ejemplo, sentimientos delicados, o por recitar patéticamente una escena de amistad. Antes bien, aquí fue donde un día te encontré, en una hora memorable de solemne soledad, como si fuéramos caballeros de un nuevo tribunal secreto. Acepto que nos escuche quien pueda comprendernos, pero, ¿por qué traes contigo una turba que indudablemente no nos comprende? En eso no te reconozco, amigo lejano». No consideramos conveniente interrumpirle en sus tristes lamentaciones, y, cuando enmudeció melancólicamente, no nos atrevimos a decirle cuánto nos había disgustado aquel rechazo lleno de desconfianza hacia los estudiantes. Al final el acompañante se dirigió al filósofo y dijo: «Me recuerda usted, maestro, que en otro tiempo, antes de que yo lo conociera, también usted vivió en varias universidades, y que desde entonces circulan rumores sobre sus relaciones con los estudiantes y sobre su método de enseñanza. Por el tono de resignación con que ha hablado de los estudiantes, muchos podrían suponer que ha tenido experiencias particularmente decepcionantes; pero yo creo, más que nada, que usted ha experimentado y ha visto lo que cualquiera puede experimentar y ver en esos lugares, y que, aun así, ha juzgado todo eso más severa y correctamente que ningún otro. En efecto, por la intimidad que tuve con usted aprendí que las experiencias más notables, más instructivas, más decisivas y más íntimas son las cotidianas, pero que muy pocos son los que entienden como enigma lo que ante todos se presenta como tal, y que a los pocos filósofos auténticos existentes es a quienes van destinados esos problemas -ignorados, abandonados en el camino y casi pisoteados por la multitud-, para que los recojan con cuidado y desde ese momento resplandezcan como piedras preciosas del conocimiento. En el corto intervalo de que disponemos todavía hasta la llegada de su amigo, quizá debiera usted decirnos algunas cosas más sobre sus conocimientos y experiencias en la esfera de la humanidad, con lo que completaría la serie de consideraciones a que, sin quererlo, nos vemos obligados en relación con nuestras instituciones de cultura. Además de eso, permítasenos recordarle que en un momento anterior de la discusión me ha hecho usted incluso una promesa. Al referirse al bachillerato, ha afirmado usted su extraordinaria importancia: a su objetivo cultural, una vez establecido, deberían adecuarse todas las demás instituciones, y las desviaciones de sus tendencias afectarían de algún modo a dichas instituciones. A semejante importancia de centro motor no podría ahora aspirar ni siquiera la universidad, que en su forma actual debe considerarse, por lo menos en su aspecto esencial, como una simple continuación de la tendencia del bachillerato. En ese punto me ha prometido usted una aclaración ulterior: tal vez puedan atestiguarlo también nuestros amigos estudiantes, que pueden haber oído nuestro coloquio». «Lo atestiguamos», intervine yo. El filósofo se volvió hacia nosotros y respondió: «Entonces, si realmente habéis oído, podréis describirme, de acuerdo con lo que hemos dicho, lo que entendéis por tendencia actual del bachillerato. Por otro lado, todavía estáis bastante próximos a ese ambiente como para poder establecer una comparación entre mis pensamientos y vuestras experiencias y vuestros sentimientos». Mi amigo respondió pronta y rápidamente, como corresponde a su carácter, poco más o menos lo siguiente: «Hasta ahora siempre habíamos creído que el único fin del bachillerato es el de preparar para la universidad. Sin embargo, esa preparación debe hacernos lo suficientemente independientes, en armonía con la posición extraordinariamente libre de un universitario. En efecto, me parece que en ningún campo de la vida actual le está permitido al individuo disponer y decidir con respecto a tantas cosas como en el dominio de la vida estudiantil. Debe guiarse a sí mismo durante varios años por un terreno vasto y en el que se le deja libertad completa: por eso, el bachillerato será el que deberá intentar hacer que sea independiente». Yo continué el discurso de mi compañero. «Más aún: me parece», dije, «que todo lo que a usted le parece criticable en el bachillerato, con razón indudablemente, no es sino un instrumento necesario para producir, en una edad tan temprana, una especie de autonomía, o, por lo menos, de fe en ella. La instrucción alemana debe servir con vistas a esa autonomía: el individuo debe congratularse de sus opiniones y de sus fines, para poder caminar por sí solo, sin ayuda de muletas. Por eso, muy pronto se le invita a ofrecer una producción original, y, más pronto aún, un juicio y una crítica precisos. Y, aunque los estudios latinos y griegos no estén en condiciones de provocar en el escolar entusiasmo hacia la lejana antigüedad, aun así, gracias al método con que se llevan a cabo se despiertan el sentido científico, el gusto por la causalidad rigurosa del conocimiento, el deseo de encontrar y descubrir. Y muchos son los que, al descubrir una nueva variante textual -encontrada durante el bachillerato y captada por un olfato juvenil- quedan seducidos para siempre por los halagos de la ciencia. El estudiante de bachillerato debe aprender y recoger muchas cosas: de ese modo es posible que se despierte lentamente un impulso que posteriormente lo guiará a aprender y a recoger de forma semejante, y autónoma, en la universidad. En resumen, creemos que la tendencia del bachillerato consiste en preparar y habituar al discípulo para que después pueda seguir viviendo y aprendiendo autónomamente, de igual modo que ha tenido que aprender y vivir bajo la constricción del reglamento del bachillerato.» Ante aquellas palabras el filósofo se echó a reír, pero no con benevolencia precisamente, y replicó: «Acabáis de darme una prueba perfecta de esa autonomía. Y es justamente esa autonomía lo que me espanta tanto y lo que hace que me resulte tan deprimente la proximidad de los estudiantes actuales. Sí, queridos amigos, vosotros ya estáis formados, habéis acabado de crecer, la naturaleza ha roto ya vuestro molde, y vuestros maestros pueden ya deleitarse con vosotros. ¡Qué libertad, precisión y falta de prejuicios a la hora de juzgar! ¡Qué originalidad y agudeza a la hora de comprender! Os erigís en jueces, y todas las civilizaciones de todos los tiempos escapan corriendo. El sentido científico se ha inflamado y brota de vosotros como una llama: todos deben estar en guardia para no quemarse al contacto con vosotros. Si considero también a vuestros profesores, vuelvo a encontrar una vez más la misma autonomía, con una vigorosa y arrogante intensificación: nunca ha habido una época tan rica en las más hermosas autonomías, y nunca se ha odiado tan intensamente cualquier clase de esclavitud, entre ellas indudablemente también la esclavitud de la educación y de la cultura. »No obstante, permitidme valorar esa autonomía vuestra con el criterio de esta cultura y considerar vuestra universidad simplemente como institución de cultura. Cuando un extranjero quiere conocer la vida de nuestras universidades, pregunta ante todo con insistencia: ¿De qué modo entran en relación vuestros estudiantes con la universidad?. Nosotros respondemos: A través del oído, como oyentes. El extranjero se asombra. Sólo a través del oído?, vuelve a preguntar. Sólo a través del oído, volvemos a responder. El estudiante escucha. Cuando habla, cuando mira, cuando camina, cuando está en sociedad, cuando se ocupa de arte, en resumen, cuando vive, es autónomo, o sea, independiente de la institución de cultura. Con bastante frecuencia el estudiante escribe también, mientras escucha. Ésos son los momentos en que está unido al cordón umbilical de la universidad. Puede escoger lo que desea escuchar, no necesita creer en lo que escucha, puede taparse los oídos, cuando no desea escuchar. Ese es el método acroamático de enseñanza. »Por su parte, el profesor habla a esos estudiantes que escuchan. Lo que piensa y hace en otros momentos está separado por un inmenso abismo de la percepción del estudiante. Muchas veces el profesor lee mientras habla. En general, quiere tener el mayor número posible de oyentes de esa clase; en caso de necesidad, se contenta con pocos, y casi nunca se dirige a uno solo. Una sola boca que habla y muchísimos oídos, con un número menor de manos que escriben: tal es el aparato académico exterior, tal es la máquina cultural universitaria, puesta en funcionamiento. Por lo demás, aquel a quien pertenece esa boca está separado y es independiente de aquellos a quienes pertenecen los numerosos oídos: y a esa doble autonomía se la elogia entusiásticamente como libertad académica. Por otro lado, el profesor -para aumentar todavía más esa libertad- puede decir prácticamente lo que quiere, y el estudiante puede escuchar prácticamente lo que quiere: sólo que, detrás de esos dos grupos, a respetuosa distancia y con cierta actitud anhelosa de espectador, está el Estado, para recordar de vez en cuando que él es el objetivo, el fin y la suma de ese extraño procedimiento consistente en hablar y en escuchar. »Por eso, nosotros, a quienes debe permitírsenos considerar ese fenómeno sorprendente sólo como una institución cultural, contamos al estudioso extranjero que todo lo que es cultura en nuestras universidades pasa de la boca al oído y que cualquier educación para la cultura es, como hemos dicho, exclusivamente acroamática. Pero, como incluso el hecho de escuchar y la elección de lo que se debe escuchar se dejan a la decisión autónoma del estudiante académicamente carente de prejuicios y como, por otro lado, puede negar la autenticidad y la autoridad de todo lo que escucha, en ese caso toda la educación para la cultura compete, en sentido estricto, a él solo, y entonces la autonomía buscada a través del bachillerato se revela, con el máximo orgullo, como autoeducación académica para la cultura, y se adorna con sus plumas más brillantes. »¡Época feliz, en que los jóvenes son lo bastante sagaces y cultos como para poder guiarse a sí mismos! ¡Insuperables institutos de bachillerato, que consiguen implantar la autonomía, mientras que otras épocas creían deber implantar y trasplantar la dependencia, la disciplina, la sumisión, la obediencia, y deber rechazar cualquier clase de presunción de autonomía! ¿Veis ahora claro, queridos amigos, por qué, desde el punto de vista de la cultura, me gusta a mí considerar la universidad actual como una continuación de la tendencia del bachillerato? La cultura conseguida a través del bachillerato se presenta como un todo completo, y con pretensiones de libertad de opción, a las puertas de la universidad: exige, dicta leyes, juzga. Así, pues, no os engañéis con respecto al estudiante culto: éste, precisamente porque cree haber recibido la consagración de la cultura, sigue siendo todavía el bachiller formado por las manos de sus profesores. En cuanto tal, después de haber acabado el bachillerato y de haber entrado en el aislamiento académico, queda privado completamente de cualquier formación y guía ulterior, para vivir de ese modo con sus propias fuerzas exclusivamente y ser libre. »¡Libre! Examinad esa libertad, vosotros, conocedores de los hombres. Por estar construida sobre la base arcillosa de la cultura de bachillerato actual, es decir, sobre sus cimientos disgregados, su edificio se alza inclinado e inseguro frente al soplo de vientos turbulentos. Mirad al estudiante libre, al heraldo de la cultura autónoma, adivinad sus instintos, interpretadlo en función de sus necesidades. Decidme qué pensáis de su formación, cuando la hayáis valorado en relación con una triple escala graduada, juzgándola ante todo con relación a su necesidad de filosofía, en segundo lugar con relación a su instinto para el arte, y, por último, con relación a la antigüedad griega y romana, que es el imperativo categórico concreto de cualquier cultura. »El hombre se ve tan asediado por los problemas más serios y más difíciles, que, si se le guía correctamente hasta ellos, caerá pronto en ese asombro filosófico duradero que es en lo único en que, como sobre una base fecunda, puede fundamentarse y acrecentarse una cultura más profunda y más noble. Sus propias experiencias lo conducen con la mayor frecuencia a esos problemas, y sobre todo en el tumultuoso periodo de la juventud casi todos los acontecimientos personales se reflejan con doble luz, como ejemplificaciones de una realidad cotidiana y, al mismo tiempo, como ejemplines de un problema eterno, sorprendente y digno de explicación. En esa edad, que ve sus experiencias envueltas, por decirlo así, en un arco iris metafísico, el hombre siente la necesidad suprema de una mano que lo guíe, ya que se ha convencido repentina y casi instintivamente de la ambigüedad de la existencia y ha perdido el terreno sólido de las opiniones tradicionales sostenidas hasta entonces. »Como es fácil de comprender, ese estado natural de extrema indigencia, está considerado como el peor enemigo de la tan deseada autonomía a que debe ser guiado el joven culto de la época presente. Por eso, todos los partidarios de la época actual -refugiados en la evidencia- se esfuerzan activamente por reprimir y paralizar ese estado natural, por desviarlo o sofocarlo: y el medio preferido consiste en paralizar mediante la llamada cultura histórica ese impulso filosófico conforme con la naturaleza. Un sistema que hasta hace poco tiempo gozaba de una escandalosa celebridad mundial ha descubierto la fórmula de esa autodestrucción de la filosofía: y hoy, según la consideración histórica de las cosas, se revela por doquier tal ingenua falta de escrúpulos a la hora de transformar lo que es irracional al máximo en la razón y de presentar como blanco lo que es negro al máximo, que muchas veces podríamos preguntar, parodiando el principio de Hegel: ¿Es real esa irracionalidad?. Desgraciadamente, hasta lo irracional parece hoy la única cosa real precisamente, es decir, la única cosa operante, y justamente el hecho de reservar esa especie de realidad para explicar la historia es lo que se considera como cultura histórica propiamente dicha. En esta última el impulso filosófico de nuestra juventud se ha transformado como en una crisálida; y hoy los extraños filósofos de las universidades parecen haber conspirado para reforzar la confianza del joven universitario en esa cultura histórica. »Así, en lugar de una interpretación profunda de los problemas eternamente iguales, ha intervenido lentamente una valoración histórica o incluso una investigación filológica: ahora se trata de establecer qué ha pensado o no pensado tal o cual filósofo, de ver si tal o cual escrito puede atribuírsele con razón, o bien si hay que preferir tal o cual variante. En los seminarios filosóficos de nuestras universidades, se estimula hoy a nuestros estudiantes a sentir semejante interés neutral por la filosofía; por eso, hace mucho tiempo que me acostumbré a considerar esa ciencia como una rama de la filología, y a valorar a sus representantes según sean buenos o malos filólogos. Por eso ahora la filosofía como tal está desterrada de la universidad: con eso hemos dado una respuesta a la primera pregunta, que se refería al valor cultural de las universidades. »No podemos evitar la vergüenza al confesar qué relación guarda con el arte esa misma universidad: no guarda ninguna relación. En la universidad no se pueden encontrar ni siquiera indicios de comparación, de aspiración, de estudio ni de pensamiento en cuestiones artísticas y nadie podrá hablar en serio de un deseo de la universidad de favorecer los más importantes proyectos artísticos nacionales. En este sentido, no tiene la menor importancia que un profesor concreto se sienta por casualidad inclinado más íntimamente hacia el arte, o que se cree una cátedra para historiadores estetizantes de la literatura: pero en el hecho de que la universidad en su conjunto no esté en condiciones de someter al joven estudiante a una rigurosa disciplina artística y en el hecho de que en ese campo carezca totalmente de voluntad va implícita ya una crítica acerba a su arrogante pretensión de representar la suprema institución de cultura. »Nuestros universitarios independientes viven sin filosofía y sin arte: por eso, ¿cómo van a poder sentir la necesidad de ocuparse de los griegos y de los romanos, dado que nadie tiene ya razón para simular una propensión hacia ellos, y dado que, además, los antiguos reinan en un alejamiento majestuoso y en una soledad casi inaccesible? Por eso, las universidades actuales -con coherencia, por lo demás- no se preocupan en absoluto de tales tendencias culturales totalmente extintas, y crean sus cátedras filológicas exclusivamente para la educación de nuevas generaciones de filólogos, a quienes incumbirá la preparación filológica de los bachilleres: ciclo vital este que no va a favor ni de los filólogos ni de los institutos de bachillerato, sino que sobre todo culpa por tercera vez a la universidad de no ser aquello por lo que le gustaría hacerse pasar ostentosamente, o sea, una institución de cultura. Efectivamente, si elimináis a los griegos, con su filosofía y su arte, ¿por qué escala pretenderéis todavía subir hacia la culturas En realidad, en el intento de trepar por la escala sin esa ayuda, podría ocurrir que vuestra erudición -debéis tolerar que se os diga esto-, en lugar de poneros alas y elevaros hacia lo alto, presionará, en cambio, sobre vuestros hombros como un peso molesto. »Así, pues, si bien vosotros, personas respetables, habéis seguido teniendo una actitud honrada con respecto a esos tres grados de comprensión y si bien habéis reconocido que el estudiante actual no es apto ni está preparado para la filosofía, que carece de instinto para el arte auténtico y que, frente a los griegos, es un bárbaro que se cree libre, no por ello debéis huir horrorizados delante de él, aun cuando tal vez quisierais evitar un contacto demasiado inmediato. De hecho, tal como es, es inocente; tal como lo habéis conocido, es una acusación callada pero terrible contra los culpables. »Deberíais entender el lenguaje secreto con que ese inocente vuelto culpable habla a sí mismo: en ese caso comprenderíais también la esencia íntima de esa autonomía exhibida de tan buen grado. Ninguno de los jóvenes más noblemente dotados ha permanecido ajeno a esa necesidad incesante, debilitante, turbadora y enervante de cultura: en la época en que es aparentemente la única persona libre en una realidad de empleados y de servidores, paga esa grandiosa ilusión de la libertad con tormentos y dudas que se renuevan continuamente. Siente que no puede guiarse a sí mismo, que no puede ayudarse a sí mismo: se asoma entonces sin esperanzas al mundo cotidiano y al trabajo cotidiano. Lo rodea el ajetreo más trivial y sus miembros se aflojan desmayadamente. Pero de repente se yergue nuevamente: siente todavía intacta la fuerza que había sabido mantenerlo a flote. Orgullosas y nobles decisiones se forman y se intensifican en él. Le aterroriza la idea de caer tan pronto en una especialización estrecha y mezquina, e intenta entonces aferrarse a columnas y a puntos de apoyo para no verse arrastrado por ese camino. En vano. Esos apoyos ceden, ya que sus asideros eran falsos, y se habían aferrado a frágiles soportes. Con ánimo vacío y desconsolado, ve esfumarse sus planes. Su situación es espantosa e indigna: oscila entre una actividad frenética y una lasitud melancólica. En este último caso está cansado, siente pereza, temor al trabajo, espanto ante todo lo que es grande, se nota lleno de odio hacia sí mismo. Analiza sus capacidades y cree percibir espacios vacíos o caóticamente llenos. A continuación, desde la altura de un conocimiento imaginario de sí mismo se precipita de nuevo en un escepticismo irónico. No atribuye la menor importancia a sus luchas internas y se siente dispuesto para cualquier utilidad real, aunque sea ínfima. Entonces intenta consolarse con una acción incesante y apresurada, para esconderse, así, de sí mismo. De ese modo su perplejidad y la falta de un guía hacia la cultura lo impulsan de una forma de existencia a otra: dudas, ímpetus, necesidades de la vida, esperanzas, desesperaciones, todo eso lo impulsa en una dirección y en otra, lo que significa que por encima de él se han apagado todas las estrellas, bajo cuya guía podría tripular su nave. »Tal es la imagen de esa famosa autonomía, de esa libertad académica, reflejada en las almas mejores y verdaderamente necesitadas de cultura: frente a ellas carecen de la más mínima importancia esas naturalezas más groseras y sin prejuicios, que se congratulan de modo bárbaro con su libertad. Efectivamente, estas últimas, con un mezquino bienestar y con su estrechez oportunista, idónea para un campo reducido, demuestran que precisamente ese elemento es el que les conviene: no tenemos nada que decir en contra. No obstante, su bienestar no constituye una compensación, frente al dolor de un solo joven que se siente inclinado hacia la cultura, que necesite un guía, y que finalmente deje caer las riendas desanimado y comience a despreciarse a sí mismo. Tal es el inocente sin culpa: efectivamente, ¿quién le ha impuesto la carga insostenible de permanecer solo? ¿Quién lo ha instigado a la autonomía a una edad en que las necesidades naturales e inmediatas consisten por lo general en dejarse llevar por grandes guías y en seguir con entusiasmo el camino del maestro? »Verdaderamente, resulta inquietante reflexionar sobre los efectos a que puede conducir la represión violenta de necesidades tan nobles. Quien examine de cerca y con mirada penetrante a los partidarios y amigos más peligrosos de esa pseudocultura del presente, tan odiada por mí, encontrará también con demasiada frecuencia, entre ellos precisamente, esos hombres de cultura degenerados y descarriados, impulsados por una desesperación íntima a una furia hostil hacia la cultura, cuyo acceso nadie había querido mostrarle. No son los peores ni los más decadentes los que encontramos entonces, después de la metamorfosis de la desesperación, haciendo de periodistas o de gacetilleros; al contrario, el espíritu de ciertos géneros literarios, hoy muy cultivados, se podría caracterizar incluso como un estado de ánimo estudiantil desesperado. ¿Cómo podría entenderse, si no, esa joven Alemania -tan conocida en otro tiempo- con todos sus epígonos reproducidos hasta hoy? En eso descubrimos una necesidad de cultura que ha llegado a ser, por decirlo así, salvaje, y que al final se enardece hasta gritar: ¡yo soy la cultura! Allá abajo, ante las puertas de los institutos y de las universidades se pasea la cultura de esos grupos, que han abandonado el bachillerato y ahora se comportan de modo soberbio, a pesar de carecer, desde luego, de la erudición del bachillerato y de la universidad. Así, por ejemplo, la mejor forma de caracterizar al novelista Gutzkow sería la de considerarlo como la imagen del bachiller moderno, ya convertido en literato. »Un hombre de cultura degenerado es un problema serio, y nos sentimos profundamente perturbados, cuando observamos que todos nuestros hombres públicos, estudiosos y periodistas, llevan encima las señales de esa degeneración. ¿Cómo puede juzgarse correctamente a nuestros estudiosos -al verlos contemplar sin fastidio alguno, o incluso prestar su ayuda a la labor de seducción periodística del pueblo- si no con la hipótesis de que para ellos la erudición puede resultar algo semejante a lo que para los otros es escribir novelas, o sea, una huida ante sí mismos, una mortificación ascética de su impulso cultural, una desesperada aniquilación del individuo? De nuestro degenerado arte literario, como de la manía de escribir libros -que aumenta hasta el absurdo- de nuestros estudiosos surge un mismo suspiro: ¡ah, si pudiéramos olvidarnos de nosotros mismos! No lo consiguen: el recuerdo, no apagado por montañas enteras de papel impreso que se le han echado encima, sigue repitiendo de vez en cuando: Tú eres un hombre de cultura degenerado, has nacido para la cultura y te han educado para la no cultura, tú, impotente bárbaro, esclavo del día, ligado a la cadena del instante, ¡y hambriento, eternamente hambriento!. »¡Miserables inocentes vueltos culpables! Efectivamente, les faltaba algo que debía llegar de fuera, una auténtica institución de cultura que pudiera proporcionarles objetivos, maestros, métodos, modelos, compañeros, y de cuyo interior pudiera verterse sobre ellos el soplo fortificante y exaltante del espíritu alemán auténtico. Se consumen así en el desierto, degenerando como enemigos del espíritu que en el fondo les es íntimamente afín; acumulan culpa sobre culpa, delitos más graves que los cometidos por cualquier otra generación, mancillando lo puro, profanando lo sagrado, preconizando lo falso e inauténtico. A partir de su ejemplo podéis tomar conciencia de la fuerza cultural de nuestras universidades y podéis formularos con toda seriedad la pregunta: ¿qué intentáis favorecer en ellas? La erudición alemana, la inventiva alemana, el honrado impulso alemán hacia el conocimiento, el celo alemán capaz de sacrificio, o sea, cosas bellas y espléndidas, por las que las otras naciones os envidiarán, o, mejor, las cosas más bellas y espléndidas del mundo, con tal de que sobre ellas se desplegara, como una nube oscura, centelleante, fecundante y bendecidora, ese espíritu alemán auténtico. Pero vosotros teméis a ese espíritu, y, por esa razón, otra nebulosidad, bochornosa y pesada, se ha acumulado por encima de vuestras universidades, y por debajo de ellas vuestros jóvenes más nobles respiran fatigados y oprimidos, mientras los mejores de todos perecen. »En este siglo ha habido un intento trágicamente serio, e instructivo como ninguno, de dispersar esa niebla y abrir una amplia perspectiva hacia la alta nube -que avanza- del espíritu alemán. La historia de la universidad no registra ningún otro intento semejante, y quien quiera demostrar incisivamente lo que es urgente hacer en ese terreno no podrá encontrar nunca un ejemplo más claro. Se trata del fenómeno de la antigua y originaria corporación de estudiantes. »Con la guerra, el joven había llevado a casa el premio más digno e inesperado de la lucha, es decir, la libertad de la patria: adornado con aquella corona, pensó en cosas más nobles. De regreso a la universidad, sintió, respirando dificultosamente, aquel soplo bochornoso e infecto, que gravitaba sobre las sedes de la cultura universitaria. De improviso vio, con ojos desencajados por el terror, la barbarie no alemana, disimulada artificiosamente bajo cualquier clase de erudición, y de repente advirtió que sus propios compañeros, carentes de guía, estaban abandonados a un desagradable frenesí juvenil. Y se enojó. Se rebeló con la misma actitud de indignación más orgullosa con que en otro tiempo su Friedrich Schiller podía haber recitado ante los compañeros Los bandidos: así como Schiller había atribuido a su drama la imagen de un león y el subtítulo in tyrannos, así también su discípulo fue, a su vez, aquel león listo para saltar. Y realmente temblaron todos los tiranos. Indudablemente, aquellos jóvenes indignados, de mirada despavorida y superficial, no parecían muy diferentes de los bandidos de Schiller: sus discursos causaban una impresión terrible al oyente miedoso, como si en comparación con ellos Esparta y Roma fueran equiparables a conventos de monjas. El terror provocado por aquellos jóvenes furiosos había llegado a ser universal verdaderamente, y ni siquiera aquellos bandidos habían provocado en el ambiente de las cortes un terror comparable a ése. Y, sin embargo, un príncipe alemán había dicho, según Goethe, refiriéndose a éstos: Si yo fuera Dios, y hubiese previsto la aparición de Los bandidos, no habría creado el mundo. »¿De dónde procedía la fuerza incomprensible de aquel terror? En realidad, aquellos jóvenes indignados eran los más valientes, los más dotados y los más puros de entre sus compañeros. Sus gestos y sus trajes se caracterizaban por una magnánima falta de prejuicios y una noble sencillez de costumbres; los preceptos más nobles los unían mutuamente, impulsándoles a una bondad rigurosa y fervorosa: ¿qué se podía temer de ellos? Nunca podrá aclararse hasta qué punto se engañaba, o fingía, la gente o bien reconocía la verdad: no obstante, un instinto arraigado se expresaba a través de aquel temor y a través de aquella vergonzosa y absurda persecución. Dicho instinto odiaba tenazmente dos cosas en la corporación estudiantil: ante todo, su organización, como primer intento de una institución cultural auténtica, y, en segundo lugar, el espíritu de dicha institución cultural, es decir, aquel espíritu alemán viril, serio, melancólico, duro y audaz, aquel espíritu que se había conservado sano y salvo desde la época de la Reforma, de Lutero, hijo de minero. »Pensad ahora en el destino de la corporación estudiantil. Efectivamente, yo me pregunto: ¿acaso comprendió la universidad alemana aquel espíritu, en una época en que incluso los príncipes alemanes, con su odio, demostraban haberlo comprendido? ¿Acaso echó los brazos al cuello de sus hijos más nobles, de modo decidido y valiente, con las palabras: antes de matar a éstos, tendréis que matarme a mí? Ya conozco vuestra respuesta, y a partir de ella debéis juzgar si la universidad alemana es una institución alemana de cultura. »En aquella época el estudiante tuvo el presentimiento de la profundidad en que debe echar raíces una institución cultural auténtica: dichas raíces consisten en una renovación interior y en un estímulo de las fuerzas morales más puras. Y todo eso deberá contarse perpetuamente, para mayor gloria del estudiante. En los campos de batalla pudo haber aprendido lo que no tenía la más mínima posibilidad de aprender en la esfera de la libertad académica, es decir, que se necesitan grandes guías y que cualquier cultura comienza con la obediencia. En pleno júbilo de la victoria y con el pensamiento dirigido a su patria liberada, ¡se había prometido a sí mismo solemnemente seguir siendo alemán! Entonces aprendió a comprender a Tácito, entonces entendió el imperativo categórico de Kant, entonces le entusiasmó la lírica guerrera de Karl Maria von Weber. Las puertas de la filosofía, del arte e incluso de la antigüedad se abrieron de par en par ante él, y con uno de los hechos sangrientos más memorables, con el asesinato de Kotzebue, vengó -con profundo instinto y con imprevisión exaltada- a su incomparable Schiller, prematuramente consumido por la resistencia del mundo obtuso, Schiller, que habría podido ser para él un guía, un maestro, un organizador, y cuya falta sentía entonces con un resentimiento tan profundo. »En efecto, tal fue la suerte de aquellos estudiantes llenos de presagios: no encontraron los guías que necesitaban. Poco a poco se volvieron inseguros mutuamente, desunidos, descontentos: torpezas desdichadas revelaron muy pronto que entre ellos faltaba el genio capaz de eclipsar todo; aquel misterioso hecho sangriento reveló también, junto a una fuerza pavorosa, la peligrosidad de aquella falta. Estaban sin guía, y, por esa razón, se perdieron. »Así, que os repito, amigos míos: cualquier clase de cultura se inicia con lo contrario de todo lo que hoy se elogia como libertad académica, es decir, se inicia con la obediencia, con la subordinación, con la disciplina, con la sujeción. Y así como los grandes guías necesitan a quienes deben ser guiados, así también quienes deben ser guiados necesitan a los guías: con respecto a esto, en el orden espiritual domina una predisposición recíproca, o, mejor, una especie de armonía preestablecida. Contra ese orden eterno, al que las cosas tenderán siempre con una fuerza de gravedad conforme con la naturaleza, obra precisamente esa cultura que hoy está sentada en el trono del presente. Ésta quiere humillar a los guías, sometiéndoles a servidumbre, o bien quiere acabar con ellos: espía a quienes deben ser guiados, en el momento en que están buscando su guía predestinado, y aturde con medios embriagadores su instinto de búsqueda. Pero si, a pesar de eso, quienes están destinados el uno para el otro se encuentran juntos en la lucha, heridos, surge entonces una sensación de delicia y de profunda conmoción, como si la provocaran los acordes eternos de una lira, una sensación que sólo mediante una imagen podría intentar haceros adivinar. »¿No habéis tenido nunca ocasión, durante un ensayo musical, de considerar con cierta participación la extraña especie de humanidad arrugada y bondadosa que suele componer la orquesta alemana? ¡Qué imágenes alternas, por obra de la caprichosa diosa forma! ¡Qué narices y qué orejas, qué movimientos desmañados, dignos de esqueletos! Imaginad que fuerais sordos, que no hubieseis supuesto lo más mínimo la existencia del sonido y de la música, y que gozarais únicamente, como artistas plásticos, con el espectáculo de las evoluciones orquestales: en tal caso no os cansaríais nunca de mirar -sin que os molestara la acción idealizadora del sonido- ese espectáculo cómico que recuerda las toscas incisiones medievales en madera, esa parodia inocente del homo sapiens. »Imaginad ahora que regrese de nuevo vuestro sentido de la música, que vuestros oídos se abran y que se presente a guiar la orquesta un respetable director en la función que le compete: en tal caso dejará de existir para vosotros el espectáculo cómico de esas figuraciones y escucharéis, pero en ese caso os parecerá que el espíritu del aburrimiento pasa de ese venerable director a sus compañeros. Sólo veréis la desgana y la flojedad, sólo oiréis la imprecisión rítmica, la vulgaridad melódica y la trivialidad de los sentimientos. La orquesta se convertirá para vosotros en una masa indiferente y aburrida, o incluso desagradable. »Y, por último, introducid en esa masa, con vuestra desenfrenada fantasía, un genio, un verdadero genio: entonces notaréis al instante algo increíble. Parecerá como si por una fulminante transmigración de las almas dicho genio hubiera entrado en todos los cuerpos semianimales y como si ya todos ellos miraran a través de un único ojo demónico. Así, pues, escuchad y mirad: ¡nunca seréis capaces de escuchar bastante! Si entonces consideráis nuevamente la orquesta sublimemente tumultuosa o íntimamente lastimera, si en cada uno de sus músculos adivináis una tensión ágil y en cada uno de sus gestos una necesidad rítmica, sentiréis entonces también vosotros lo que es una armonía preestablecida entre quien guía y quienes son guiados, y comprenderéis que en el orden espiritual todo tiende a construir semejante organización. Por otra parte, a partir de mi comparación, interpretad ahora lo que entiendo por institución de cultura auténtica y comprended las razones por las que en la universidad no reconozco ni siquiera de lejos semejante institución». Friedrich Nietzsche fuente: http://www.nietzscheana.com.ar/quinta_conferencia.htm Aclaración En estos cinco post he puesto las cinco conferencias de Nietzsche sobre este tema que a mi me resulta interesante. Son los textos completos y originales (traducidos) y aunque creo que pecan de simples por carecer de imagenes, creo que no resulta necesario adornarlos, por eso no lo hago. Conferencias primera: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2822864/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de___(I-conferencia).html segunda: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2823294/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de__(II-conferencia).html tercera: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2833247/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de_(III-conferencia).html cuarta: http://taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2838912/Friedrich-Nietzsche---Sobre-el-porvenir-de__(IV-conferencia).html

HOMERO Y LA FILOLOGÍA CLÁSICA Friedrich Nietzsche No existe en nuestro tiempo un estado de opinión concreto y unánime sobre la filología clásica. Tal es el sentir que predomina en los círculos de personas ilustradas, así como entre los jóvenes que se contraen al estudio de esta ciencia. Y la causa estriba en el carácter vario de ella, en la falta de unidad conceptual, en el carácter de agregado inorgánico de las diferentes disciplinas científicas que la componen y que sólo aparecen unidas por el nombre común de filología. Debemos confesar honradamente que la filología vive del crédito de varias ciencias, y es como un elixir extraído de raras semillas, metales y huesos, y que además oculta en sí misma elementos artísticos, estéticos y éticos de carácter imperativo que se resisten obstinadamente a una sistematización científica. Tanto puede ser considerada como un trozo de historia, como un departamento de la ciencia natural o como un trozo de estética: historia, en cuanto quiere reunir en un cuadro general los documentos de determinadas individualidades nacionales y hallar una ley que sintetice el devenir constante de los fenómenos; ciencia natural en cuanto trata de investigar el más profundo de los in tintos humanos: el instinto del lenguaje; estética, por último, porque de la antigüedad general quiere estudiar aquella antigüedad especial llamada Clásica, con el propósito de desenterrar un mundo ideal sepultado, presentando a los contemporáneos el espejo de los clásicos como modelos de eterna actualidad. El hecho de que elementos tan heterogéneos, allegados de distintas ciencias, y de un carácter tan ético como estético hayan sido agrupados bajo un nombre común, constituyendo una especie de monarquía, puede explicarse por la circunstancia de que la filología en sus comienzos, ha sido siempre una disciplina pedagógica. Desde el punto de vista pedagógico se le ofrecían al hombre de ciencia una serie de valores -docentes y de elementos formativos preciosos, y así, bajo la presión de las necesidades prácticas, se ha ido formando esa ciencia, o mejor dicho, esa tendencia científica que llamamos filología. Las diferentes tendencias fundamentales mencionadas han ido apareciendo en determinadas épocas, más acentuadas unas veces que otras, según el grado de cultura y el desarrollo del gusto de cada período; y también cada uno de los profesionales que con su aportación personal contribuía a la formación de esta ciencia la teñía del color particular de su visión especializada, hasta el extremo de que el concepto de la filología en la opinión pública era en cada momento dependiente y tributarlo del que la cultivaba. Ahora, es decir, en un tiempo en que cada una de las ramas de la filología ha sido cultivada por una personalidad eminente, reina una general incertidumbre, y a la vez un cierto escepticismo, en los problemas filológicos Esta indecisión de la opinión pública afecta a una ciencia tanto más cuanto que sus enemigos pueden trabajar con mayor éxito. Y los enemigos de la filología son numerosos. ¿Dónde no hallar al sempiterno burlón, apercibido siempre para dar algún alfilerazo al topo filológico, ese ser aficionado a tragarse el polvo de los archivos, a desmenuzar una vez más la gleba triturada cien veces por el arado? Mas para esta clase de adversarios la filología es un pasatiempo inútil, inocente e inofensivo; un objeto de burla, no de odio. En cambio, anida un odio invencible y enconado contra la filología allí dondequiera que el ideal es tenido como tal ideal, allí donde el hombre moderno cae en beata admiración de sí mismo, allí donde la cultura helénica es considerada como un punto de vista superado, y, por lo tanto, indiferente. Frente a estos enemigos, nosotros los filólogos debemos contar con la ayuda de los artistas y de las naturalezas artísticas, únicas que pueden comprender que la espada del bárbaro se cierne siempre sobre aquellas cabezas que tienen todavía ante sus ojos la inefable sencillez y la noble dignidad del helenismo, y que ningún progreso, por brillante que sea, de la técnica y de la industria; ningún reglamento de escuela, por muy acompasado que esté a los tiempos; ninguna formación política de la masa, por extendida que esté, nos puede proteger contra los ridículos y bárbaros extravíos del gusto ni de la destrucción del clasicismo por la terrible cabeza de la Gorgona. Mientras que la filología, como ciencia una, es vista con malos ojos por las dos clases citadas de enemigos, hay, en cambio, muchas animosidades de carácter particular procedentes de la filología misma. Son estas luchas de filólogos contra filólogos rivalidades de índole puramente doméstica, provocadas por una estúpida cuestión de rango por celos recíprocos, pero, sobre todo, por la ya referida diferencia, y aun podremos decir que enemistad, de las distintas tendencias todavía no armonizadas que se agitan, mal disimuladas, bajo el nombre de filología. La ciencia tiene de común con las artes que una y otras ven los hechos cotidianos de una manera completamente nueva y atractiva, como traídas a la existencia por arte de encantamiento, como vistas por primera vez. La vida es digna de ser vivida, dice el arte; la vida es digna de ser estudiada, dice la ciencia. Esta contraposición nos revela la íntima y a menudo desgarradora contradicción contenida en el concepto de nuestra ciencia y, por consiguiente, en la ciencia misma: en la filología clásica. Si nos colocamos frente a la antigüedad desde un punto de vista científico, ya sea que contemplemos los hechos con los ojos del historiador tratando de reducirlos a concepto, ya sea que, como el naturalista, comparemos las formas lingüísticas de las obras maestras antiguas, tratando de someterlas a una ley morfológica, siempre perderemos aquel aroma maravilloso del ambiente clásico, siempre olvidaremos aquel anheloso afán que sólo nuestro instinto estético puede descubrir en las obras griegas. Y aquí debemos poner atención en una de las animosidades más extrañas que la filología tiene que soportar. Aludimos a aquellos con cuya ayuda más parecía que podíamos contar: los amigos artísticos de la antigüedad, los ardientes admiradores de la belleza helénica, que son los que elevan la voz precisamente para acusar a los filólogos de ser los enemigos y destructores de la antigüedad y del ideal antiguo. A los filólogos reprochaba Schiller el haber destrozado la corona de Homero. Goethe, que primeramente fue partidario de las teorías de Wolff, anuncié su decadencia en estos versos, Vuestra perspicacia, digna de vos, nos ha eximido de toda veneración, y confesamos, generosamente, que la Ilíada es un zurcido. Que a nadie lastime nuestra defección. La juventud sabe de sobra que nosotros la sentimos y pensamos como un todo. Se supone que en favor de este iconoclasticismo militan profundas razones, y muchos dudan si es que los filólogos en general carecen de capacidad y de sensibilidad artística, siendo incapaces de comprender el ideal, o si en ellos el espíritu de negación les hace seguir una tendencia destructiva. Pero cuando los mismos amigos de la antigüedad clásica ponen en duda el carácter general de la filología clásica contemporánea con tales recelos y dudas, ¿qué influjo no ejercerán los ex abruptos de los realistas y las frases de los héroes del día? Contestar a los últimos, y en este lugar, en presencia de las personas aquí congregadas, sería inoportuno , como no se me permita dirigirles la pregunta hecha a aquel sofista que en Esparta trató de hacer en público la defensa de Hércules: ¿Quién le acusa? En cambio, no puedo sustraerme a la idea de que también en este círculo de personas hallan eco algunas veces aquellas objeciones que salen con frecuencia de boca de hombres distinguidos e ilustres y que hasta han hecho mella en el ánimo de un honorable filólogo, abatiendo y atormentando su espíritu, y no precisamente en los momentos de depresión. Para los individuos no hay salvación ante el divorcio descrito; pero lo que afirmarnos y sostenemos es el hecho de que la filología clásica, en su totalidad, en su conjunto, no tiene nada que ver con estas luchas y escrúpulos de sus cultivadores. Los esfuerzos artístico‑científicos de estos singulares centauros se dirigen con empeño furioso, pero con lentitud ciclópea a colmar el abismo abierto entre la antigüedad ideal, que quizás es sólo la más bella floración de la pasión germánica por el mediodía, y la real; y con ello la filología clásica no persigue otra cosa que la definitiva integración de su propia esencia, el desarrollo y unidad de sus tendencias fundamentales, al comienzo enemigas y sólo unidas por la fuerza. Aunque consideremos el fin como inaccesible, aunque lo tengamos por una exigencia ilógica, el esfuerzo, el movimiento hecho hacia dicho punto es innegable, y yo intentaría hacer patente, por un ejemplo, que el paso mas importante de la filología clásica nos ha de acercar a la antigüedad ideal en vez de desviarnos de ella, y que justamente allí donde abusivamente se habla de destrucción del sagrario es donde se construyen y elevan nuevos altares. Examinemos, pues, desde este punto de vista la llamada cuestión homérica, de cuyo problema más importante ha hablado Schiller como de una barbarie erudita. A este problema importantísimo está ligada la cuestión de la personalidad de Homero. Pero en el presente se oye afirmar con insistencia que la cuestión de la personalidad de Homero ya no es actual y es cosa aparte de la verdadera cuestión homérica. Ahora bien, hay que convenir en que para un período de tiempo determinado por ejemplo, para nuestro presente filológico, el centro de la mencionada cuestión se puede separar un poco del problema de la personalidad: actualmente se hace el delicado experimento de reconstruir los poemas homéricos sin ayuda de la personalidad de su autor, sino como la obra de muchas personas. Pero cuando el centro de una cuestión científica se encuentra allí donde surgen nuevas corrientes de ideas, es decir, en el punto en que la investigación especial toma contacto con la vida total de la ciencia, por consiguiente, cuando se señala el centro de una determinación histórico-cultural de valores, debe uno detenerse en el recinto de las investigaciones homéricas, como núcleo fecundo de todo un cielo de cuestiones. En cuanto a Homero, no diré que el mundo moderno ha encontrado, pero sí que ha intentado hallar un gran punto de vista histórico; y sin adelantar yo aquí mi opinión sobre si esta tentativa ha tenido éxito o lo ha de tener, diré que el primer ejemplo de la aplicación de dicho criterio, lo teníamos ya. Se ha sabido advertir en las formas aparentemente firmes de la vida de pueblos antiguos ideas poéticas condensadas; se ha reconocido por primera vez la maravillosa capacidad del alma de los pueblos para personalizar estados de costumbres y de creencias. Una vez que la crítica histórica se adueñó con perfecta seguridad de ese método que consiste en volatilizar las personalidades aparentemente concretas, es lícito señalar el primer experimento como un importante acontecimiento en la historia de las ciencias, con independencia de si en este caso se ha acertado. No es este el único caso en que un hallazgo que hace época va precedido de una serie de previsiones casuales y de observaciones aisladas preparatorias. También el citado experimento tiene su atractiva prehistoria, pero en un tiempo pasmosamente lejano. Friedrich August Wolff ha tenido el tino de abordar la cuestión fundamental de la antigüedad. El punto culminante alcanzado por los estudios literarios de los griegos, y también el centro de los mismos, fue la época de los grandes gramáticos alejandrinos. Hasta este punto la cuestión homérica ha recorrido la larga cadena de un proceso uniforme de desarrollo, cuyo último eslabón, el último también que a la antigüedad le era dado alcanzar, fue el punto de vista de los gramáticos. Estos concebían la Ilíada o la Odisea como creaciones de un Homero: declaraban como posible psicológicamente que obras de tan diferente carácter en su conjunto hubieran brotado de un genio en oposición a los iorizontes que las atribuían a individuos aislados y contingentes. Para explicar la diferente impresión total de las dos epopeyas por medio de la hipótesis de un poeta se acudía a la edad y se comparaba al autor de la Odisea con el sol que se pone. Por lo que respecta a la diversidad de las expresiones lingüísticas y conceptuales, el ojo de aquellos críticos demostraba inagotable agudeza y vigilancia; pero al mismo tiempo se había inventado una historia de la poesía homérica y de su tradición, según la cual estas diversidades no debían atribuirse a Homero, sino a sus redactores y cantores. Se creyó que las poesías de Homero se transmitieron durante mucho tiempo oralmente y que, en consecuencia, estuvieron expuestas a la ignorancia de los improvisadores y a la falta de memoria de los cantores. En una determinada fecha, en tiempo de Pisistrato, habrían sido coleccionados en un libro los fragmentos que vivían en boca de la gente; pero los redactores estuvieron autorizados para introducir correcciones. Esta hipótesis es la más importante que ha mostrado la antigüedad en el terreno de los estudios literarios; en particular, el reconocimiento de una difusión oral de la poesía de Homero, en oposición a la habitual presión de la creencia en una época libresca, es un punto culminante digno de admiración de la antigua mentalidad científica. Desde aquellos tiempos hasta los de Friedrich August Wolff hay que dar un monstruoso salto en el vacío; pero del otro lado de este límite hallaremos la investigación justamente en el punto exacto en que la antigüedad había encontrado su fuerza para caminar; y es indiferente que Wolff tome como segura tradición lo que la antigüedad misma había establecido como hipótesis. Como característico de esta hipótesis, se puede señalar el hecho de que se tome la personalidad de Homero en el más serio sentido, que se supongan la regularidad y armonía interior en las manifestaciones de la personalidad en todas las partes, y que por medio de dos hipótesis auxiliares se desecha como no homérico todo lo que contradice esta regularidad. Pero este mismo rasgo fundamental, el querer reconocer, en vez de una esencia sobrenatural, una personalidad palpable, corre igualmente por todos aquellos estadios que llevan a dicho punto culminante, y por cierto con mayor energía y con creciente evidencia cada vez. Lo individual es siempre más fuertemente sentido y acentuado: la posibilidad psicológica de un Homero se hace cada vez más necesaria. Si desde aquel punto culminante volvemos atrás paso a paso, encontramos luego la concepción aristotélica del problema homérico. Para Aristóteles es el artista inmaculado e infalible que tiene perfecta conciencia de sus medios y de sus fines; con esto se revela también en la ingenua inclinación a aceptar la opinión del pueblo que adjudicaba a Homero el origen de todos los poemas cómicos, un punto de vista contrario a la tradición oral en la crítica histórica. Y si de Aristóteles volvemos hacia atrás, se cuenta la incapacidad de concebir una personalidad; constantemente se van amontonando poesías bajo el nombre de Homero, y cada época manifiesta su grado de crítica precisamente en la determinación de lo que se debe considerar propiamente de Homero. En este lento retroceder se siente involuntariamente que más allá de Heródoto hay un período en el que se identificó con el nombre de Homero una multitud de grandes epopeyas. Si nos trasladamos al tiempo dé Pisistrato, entonces la palabra Homero abarca una multitud de cosas heterogéneas. ¿Qué significaba entonces Homero? Es indudable que entonces no se estaba en situación de abarcar científicamente una personalidad y sus manifestaciones. Homero había llegado a ser casi una cáscara vacía. Y ahora se yergue ante nosotros la importante pregunta: ¿Qué hay antes de ese período? ¿Acaso la personalidad de Homero llegó poco a poco, por no poder concebirla, a ser un nombre vacío? ¿O el pueblo ingenuo personificó toda la poesía épica, para hacerla intuitiva, en la figura de Homero? ¿Acaso se hizo de una persona un concepto, o de un concepto una persona? Esta es realmente la cuestión homérica, aquel problema central de personalidad. La dificultad de resolverla aumenta cuando se busca una contestación desde otro terreno, es decir, desde el punto de vista de la poesía conservada. Así como hoy es difícil y cuesta mucho trabajo cuando se trata de hacer patente el paradojismo de la ley de la gravitación, concebir que la tierra altera la forma de su movimiento cuando otro cuerpo celeste cambia de lugar en el espacio, sin que entre los dos exista un lazo material, así también cuesta hoy fatiga llegar a la perfecta impresión de aquel asombroso problema, que andando de mano en mano herido perdiendo progresivamente su sello de origen. Creaciones poéticas, para rivalizar con las cuales ha faltado el ánimo a los más grandes genios, en las cuales hemos visto insuperados modelos para todas las épocas artísticas, y, sin embargo, su autor un nombre vacío, quebradizo, en el cual no se encuentra la médula de una personalidad. Pues ¿quién se atrevería a luchar con dioses, a luchar con el Uno?; dijo el mismo Goethe, el cual, si ha habido algún genio que lo haya intentado, es el que ha luchado con aquel secreto problema de la inaccesibilidad homérica. El concepto de poesía popular parece ser como un puente echado sobre este abismo: una fuerza más poderosa y primitiva que la de cualquier individuo creador habría obrado aquí; el pueblo más venturoso en su más feliz período, en la suprema actividad de la fantasía y de la fuerza poética creadora, habría engendrado aquellos imponderables poemas. En esta su generalización, la idea de una poesía popular tiene algo de embriagadora; sentimos el desencadenamiento de una facultad natural amplia y poderosa, de gusto artístico, y experimentamos ante este fenómeno la misma sensación que ante una catarata. Pero en cuanto nos adentramos en este pensamiento y queremos contemplarlo de hito en hito, colocamos involuntariamente, en lugar del alma popular poetizante, una masa popular poetizante, una larga serie de poetas populares, ante los cuales lo individual no significa nada, y en la que lo es todo el impulso del alma popular, la fuerza intuitiva de la ubre popular, la inagotable abundancia de la fantasía del pueblo: una serie de genios primitivos, pertenecientes a una época, a un género de poesía, a un asunto. Pero es natural que esta idea suscite recelos: la naturaleza, que tan avara se muestra con el genio, ese producto raro y precioso, ¿podría haber sido pródiga hasta la locura en un determinado momento? Y aquí vuelve otra vez la temible pregunta: ¿No es explicable también aquella perfección con la hipótesis de un genio único? Imposible, tratándose de la obra en su totalidad, dice uno de los partidos; esto será aquí y allá verosímil en algunos pasajes, pero en el detalle, no en el todo. En cambio, otro partido recaba para sí la autoridad de Aristóteles, que precisamente admiraba la naturaleza divina de Homero, contemplando las líneas generales, la idea, el conjunto; cuando estas líneas flaquean y se borran, la culpa es de la tradición, no del poeta; la culpa la tienen la multitud de correcciones y superfetaciones que han ido velando paulatinamente el núcleo originario. Y cuantas más desigualdades, contradicciones y extravíos busca y, encuentra el primer partido, tanto más decididamente rechaza el segundo lo que en su sentir oscureció el plan originario para llegar a precisar en lo posible el fruto primitivo desprovisto de su cáscara secular. Es característico de la segunda tendencia hacerse fuerte en la idea de un genio epónimo, fundador de la gran épica artística. En cambio, la otra oscila entre la admisión de un genio y un número de poetas menores epígonos y la de una serie de hábiles, pero medianas individualidades juglarescas, animadas por una secreta corriente, por un profundo sentimiento artístico popular, que se habría manifestado en los cantores individuales como en un medio casi indiferente. Es natural que esta escuela alegue la incomparable excelencia de los poemas homéricos como la expresión de aquel secreto instinto. Todas estas tendencias parten de la idea de que la clave para resolver el problema del contenido actual de aquellos poemas épicos es un juicio estético: se quiere llegar a una solución fijando la línea límite que separa al individuo genial del alma poética de un pueblo. ¿Existe una diferencia característica entre las manifestaciones del individuo genial y el alma poética de un pueblo? Ahora bien; esta contraposición no está justificada y conduce a errores. Así lo demuestra la siguiente consideración. No hay en la estética moderna contraposición más peligrosa que la de la poesía popular y poesía individual, o, como se suele decir, poesía artística (Kunstdichtung). Esta es la reacción, o, si se quiere, la superstición, que la aparición de la ciencia histórico filológica, tan rica en consecuencias, trajo consigo: el descubrimiento y dignificación del alma popular. En efecto, sólo ella pudo preparar el terreno para una consideración científica aproximativa de la historia, que hasta entonces, y en muchas de sus formas, era una simple colección de materiales, en espera de que estos materiales se amontonaran hasta el infinito, sin creer que se podría llegar nunca a encontrar una ley y una regla para esta pulsación eternamente renovada. Ahora se comprende por primera vez el poder largo tiempo sentido de las grandes individualidades y de las manifestaciones de voluntad que constituyen el míninum evanescente de la Humanidad; ahora se comprende que toda verdadera grandeza y trascendencia en el reino de la voluntad no puede tener sus raíces en el fenómeno efímero y pasajero de una voluntad particular; se conciben los instintos de la masa, el impulso inconsciente del pueblo corno el único resorte, como la única palanca de la llamada historia del mundo. Pero esta nueva antorcha lanza también sus sombras, y una de éstas es precisamente la mencionada superstición, que opone la poesía popular a la poesía individual, extendiendo de una manera peligrosa el oscuro concepto de un alma popular hasta el de un espíritu popular. Por el abuso de una conclusión positivamente seductora lograda por el método analógico se llegó a aplicar al reino del intelecto y de las ideas artísticas aquel axioma de las grandes individualidades que sólo tiene su valor en el reino de la voluntad. Nunca se le ha dirigido a la masa inestética y antifilosófica mayor lisonja que ésta, poniendo la guirnalda del genio sobre su pelada testa. Se supone una especie de pequeño núcleo, alrededor del cual se van formando nuevas cortezas superpuestas; se imagina que esta poesía de las masas se va formando como los aludes, es decir, en el curso, en el flujo de la tradición. Y se complacen en suponer aquel pequeño germen infinitamente pequeño, hasta el punto de poder prescindir de él sin perder nada del conjunto. Para esta concepción la tradición es lo mismo que lo transmitido. Pero, en realidad, no existe tal oposición entre la poesía del pueblo y la poesía individual; más bien toda poesía, y, naturalmente, también la poesía popular, necesita un individuo que la transmita. Por consiguiente, aquella abusiva contraposición sólo tiene un sentido: que con el nombre de poesía individual se comprende una poesía que no ha nacido en el suelo del sentimiento popular, sino que se remonta a un creador no plebeyo, y a una atmósfera no plebeya, y a una poesía fechada en el estudio de un hombre ilustrado. Con la superstición que admite una masa poeta anda emparentada la que limita la poesía popular a un determinado período en cada pueblo, período a partir del cual se extingue como consecuencia natural de aquella primera superstición. En lugar de esta poesía popular paulatinamente extinguida, nace, según esta hipótesis, la poesía artística (la obra de cerebros particulares, no ya de grandes masas). Pero las mismas fuerzas que antes estaban en actividad siguen actuando aún, y la forma en que se modelan es también la misma. El gran poeta de una época literaria es siempre un poeta popular, y no lo es menos que cualquier viejo poeta del pueblo en un período literario. La única diferencia entre ambos no afecta a la manera de surgir su poesía, es decir, por la propagación y difusión; en una palabra, por la tradición. En efecto, ésta, sin el socorro de la letra encadenadora, se halla en eterno flujo y expuesta al peligro de admitir dentro de sí elementos extraños, restos de aquellas individualidades, a través de las cuales sigue el camino de la tradición. Si aplicarnos todos estos principios a los poemas homéricos, veremos que con la teoría de un alma popular poetizante no salimos ganando nada, y que en todo caso tenemos que recurrir al individuo creador. Y entonces comienza la tarea de cantar lo individual y distinguirlo exactamente de aquello que en el curso de la tradición oral ha sido, por decirlo así, embalsado, parte constitutiva considerablemente importante de los poemas homéricos. Desde que la historia de la literatura ha cesado de ser o de necesitar ser un registro se ha intentado apresar y definir la individualidad de los poetas. El método trae consigo un cierto mecanismo: debe declararse, debe razonarse, por qué aquella individualidad se muestra de un modo y no de otro. Entonces se utilizan los datos biográficos, los conocimientos, los acontecimientos de la época, y se cree que de la mezcla de todos estos ingredientes saldrá la buscada personalidad del poeta. Desgraciadamente, se olvida que precisamente el punto huidizo, lo individual indefinible, no puede salir de esta mezcla. Y cuanto menos nos elevamos sobre el tiempo y la vida, menos útil nos resulta dicho mecanismo. Cuando sólo se poseen las obras y el nombre, estamos desprovistos de la prueba de la individualidad; por lo menos así lo creen los partidarios del referido mecanismo; y mucho peor cuando las obras son perfectas, cuando son poemas populares. Pues donde aquellos mecanismos pueden comprobar mejor los elementos individuales, es en las desviaciones del genio popular, en las excrecencias y líneas ocultas; cuantas menos excrecencias de éstas tiene un poema, tanto más pálido es el dibujo de la individualidad poética. Todas estas excrecencias, todo lo flojo y deforme que se ha creído hallar en los poemas homéricos, era atribuido sin vacilar a la despreciable tradición. ¿Qué quedaba entonces de lo individualmente homérico? Nada más que una serie de pasajes especialmente bellos y sobresalientes, elegidos según el gusto particular de cada uno. A aquellos elementos que estéticamente tenían una fisonomía propia, según la capacidad artística del que juzgaba, los llamaba éste Homero. Este, es el punto central de los errores homéricos. El nombre de Homero no guarda desde el principio una relación necesaria, ni con el concepto de perfección estética, ni con la Ilíada o la Odisea. Homero, como poeta de la Ilíada y la Odisea, no es una tradición histórica, sino un juicio estético. El único camino por el que podemos remontar la época de Pisistrato y llevarnos al conocimiento del sentido que pueda tener el nombre de Homero nos conduce, por un lado, a través de las leyendas locales; éstas demuestran con claridad que el nombre de Homero fue identificado siempre con el de la poesía épico-heroica y que se tomaba en el sentido de autor de la Ilíada y de la Odisea, y no de otro cielo poético, como, por ejemplo, el tebano. Por otra parte, la vieja fábula de una rivalidad entre Homero y Hesíodo revela que bajo estos dos nombres se ocultan dos tendencias épicas: la heroica y la didáctica, y que, por tanto, la significación de Homero estriba en lo material, no en lo formal. Además, aquella fingida rivalidad con Hesíodo ni siquiera indica el alborear de un sentimiento previo de lo individual. Pero, desde el tiempo de Pisistrato, durante el desarrollo pasmosamente rápido del sentimiento de belleza entre los griegos, las diferencias de valoración estética, respecto de aquellos poemas, cada vez son más vivamente sentidas: la Ilíada y la Odisea sobrenadan en la corriente y quedan siempre en la superficie. En este proceso de diferenciaci6n estética, el concepto de Homero se reduce cada vez más: la alta significación de Homero, del padre de la poesía heroica, en cuanto al asunto, se convierte en la significación estética de Homero, el padre del arte poético principalmente, y a la vez su incomparable prototipo. A esta conversión acompaña una crítica racionalista que traduce el prodigioso Homero en un posible poeta, que arroja las contradicciones materiales y formales de aquellas numerosas epopeyas contra la unidad del poeta y va descargando paulatinamente los hombros de Homero de aquel pesado fardo de epopeyas cíclicas. Por consiguiente, Homero, como autor de la Ilíada y la Odisea, es un juicio estético. Nada dice esto contra el autor de los citados poemas, no quiere decir que sea un sueño, una imposibilidad estética, cosa que pensarán muy pocos filólogos. Más bien la mayor parte de ellos afirman que para la concepción total de un poema como la Ilíada hace falta un individuo y que justamente este individuo es Homero. Lo primero hay que concederlo; pero lo segundo yo tengo que negarlo, por las razones expuestas. También dudo que la mayor parte haya llegado al reconocimiento del primer punto, por las siguientes consideraciones. El plan de una epopeya como la Ilíada no es un todo, un organismo, sino una serie de escenas hilvanadas, un producto de la reflexión experimentada y guiada por reglas estéticas. Ciertamente que la medida de un artista nos la da su visión de conjunto, su poder plasmativo rítmico. La infinita riqueza en escenas y cuadros de una epopeya hace imposible tal visión de conjunto. Pero cuando no se puede mirar artísticamente, se suelen ordenar los conceptos en serie y forjarse un orden siguiendo un esquema conceptual. Este orden será tanto más perfecto cuanto mejor conozca el artista distribuidor las leyes estéticas, y conseguirá la ilusión de ver el conjunto en un solo momento como un todo intuitivo. La Ilíada no es una corona, sino un ramillete de flores. En un mismo marco están encerrados muchos cuadros, pero el que los reunía no se preocupaba de si el conjunto era agradable y rítmico. Para nada tomaba en cuenta el todo, sino los detalles. Pero es imposible que aquel conjunto de escenas hilvanadas, que denuncia un estado embrionario, aún poco madurado, de la inteligencia artística, sea el hecho propiamente homérico, el acontecimiento histórico. Más bien el plan es justamente el producto más reciente, mucho más reciente que la celebridad de Homero. Por consiguiente, los que buscan el plan originario y perfecto buscan un fantasma, pues el peligroso camino de la tradición oral estaba resuelto cuando se formó el plan; las alteraciones que introdujo la tradición no pudieron afectar al plan, que no estaba contenido en la cosa transmitida. Pero esta imperfección relativa del plan no puede ser una razón para ver en el confeccionador del plan una personalidad distinta de la del poeta. No solamente es verosímil que todo lo creado en aquel tiempo, con propósitos estéticos conscientes, retrocediera ante la fuerza impulsiva de la corriente popular poética. Es más, podemos adelantar un paso. Si comparamos los llamados poemas cíclicos, concedemos al autor de la Ilíada y la Odisea el indiscutible mérito de haberse llevado la palma en lo que se refiere a la técnica consciente del compositor, mérito que estamos dispuestos, desde luego, a reconocer a aquel mismo que es para nosotros el primero en el campo de la creación intuitiva. Quizá hasta se vea una indicación de trascendencia en esta relación. Todos aquellos defectos y deformidades, de estimación subjetiva en su conjunto, que estamos acostumbrados a considerar como los restos petrificados del período de tradición, ¿no son, quizá, los males casi necesarios con que debía tropezar el genial poeta en su gran empresa, entonces casi sin modelos e incalculablemente difícil? Nótese bien que el examen de las dos facultades tan heterogéneas como lo instintivo y lo consciente altera la posición del problema homérico y, a mi parecer, también la solución. Nosotros creemos en un gran poeta autor de la Ilíada y la Odisea; sin embargo, no creemos que este poeta sea Homero. La solución está ya indicada. Aquella época, que inventó las innumerables fábulas homéricas, que imaginó el mito de la rivalidad entre Homero y Hesíodo, que consideraba toda la poesía del cielo como homérica, expresaba el sentimiento de una singularidad, no estética, sino material, cuando pronunciaba el nombre de Homero. Homero figura en esa época en la serie de nombres tales como Orfeo, Eumulpo, Dédalo, Olimpo, en la serie de los descubridores míticos de una nueva rama del arte, a los cuales era natural que se dedicaran todos los frutos posteriores que las nuevas ramas habían de producir. Y ciertamente, aquel admirable genio al que debemos la Ilíada y la Odisea pertenece a esta posteridad agradecida; también él, sacrificó su nombre en el altar del padre de toda poesía épica de Homero. En esta medida, y severamente alejado de todo detalle, he expuesto ante vosotros, los que aquí me honráis con vuestra respetable presencia, los fundamentos estéticos y filosóficos del problema de la personalidad de Homero: en el supuesto de que las formaciones básicas de aquella múltiple cordillera, conocida con el nombre de la cuestión homérica, se comprende mejor cuanto más alejada de ella estemos y cuanto más desde arriba la miremos. Pero al mismo tiempo, yo me imagino haber traído a la memoria de aquellos amigos de la antigüedad, que nos reprochan a nosotros, los filólogos, tanta falta de piedad contra los grandes conceptos y un placer de destruir por destruir, dos cosas en un ejemplo. En primer lugar, aquellos grandes conceptos, como el de la intangibilidad de un genio poético homérico indivisible, eran, en el período prewolfiano, conceptos demasiado grandes y, por ende, interiormente vacíos y frágiles. Si la moderna filología clásica vuelve otra vez a los mismos conceptos, ya no son los mismos odres. En realidad, todo se ha renovado: odre y espíritu, vino y palabra. En general, se advierte que los filólogos han convivido casi todo un siglo con poetas, pensadores y artistas. De aquí que aquel terreno rocoso y pedregoso, que antes se designaba como antigüedad clásica, es hoy un exuberante campo de cultivo. Y aún podría evocar, en la memoria de aquellos amigos de la antigüedad que se apartan con desconfianza de la filología clásica, otra cosa. Vosotros veneráis la inmortal obra maestra del genio helénico, y os creéis más ricos y felices que cualquier otra generación que hubo de pasarse sin ella; pero no olvidéis que todo ese mundo encantado estuvo en otro tiempo enterrado, sepultado bajo enormes prejuicios; no olvidéis que la sangre y el sudor y la aplicación constante de numerosos adeptos de nuestra ciencia fueron necesarios para sacar a la superficie aquel mundo sumergido. La filología no es la creadora de aquel mundo, es cierto; no es la autora de aquella música inmortal; ¿pero no era ya un mérito, y un mérito grande, ser un virtuoso de aquella música tan largo tiempo indescifrada? ¿Quién era Homero antes de la valerosa hazaña de Wolff? Un buen viejo, en todo caso conocido bajo la rúbrica de un genio natural; en el mejor caso, hijo de una época bárbara, llena de ofensas contra el buen sentido. Pero oigamos cómo se expresaba sobre Homero, aún en 1783, un excelente erudito: ¿Dónde se esconde este amado varón? ¿Por qué permanece tanto tiempo incógnito? A propos, ¿pueden ustedes darme su silueta? Gratitud pedimos, claro que no para nosotros, que somos un átomo, pero sí para la filología, que no es, ciertamente, ni una musa ni una gracia, pero sí mensajera de los dioses; y así como las musas descendían a las almas inquietas y turbadas de los campesinos beocios, así desciende ahora a un mundo de sombríos cuadros y colores, lleno de los más profundos e incurables dolores, y nos habla, para consolamos, de las bellas y luminosas figuras de un lejano país encantado, azul, feliz. Y basta, aunque debo aún decir dos palabras muy personales, pero que la ocasión de este discurso justificará. También un filólogo puede condensar la meta de sus esfuerzos y el camino que lleva a ella, en la breve fórmula de una profesión de fe; y así lo haré yo, invirtiendo una frase de Séneca: Philosophia facta est quae filologia fuit. Con esto quiero expresar que toda actividad filológica debe estar impregnada de una concepción filosófica del mundo, en la cual todo lo particular y singular sea condenado como algo despreciable, y sólo quede en pie la unidad del todo. Y así, permitidme confiar que yo, inspirado en esta tendencia, no seré ya un extraño entre vosotros. Dadme la seguridad, ya que conocéis mis orientaciones, de que podré tomar parte en vuestras tareas, y sobre todo permitidme creer que he sabido corresponder de una manera digna a la confianza con que las autoridades de este Instituto me han honrado. Friedrich Nietzsche Basilea, 28 de mayo de 1869. Fuente: http://www.nietzscheana.com.ar/homero.htm