jmciego
Usuario (Argentina)
Queridos amigos del grupo Telecom: Les escribo esta cartita porque -oh casualidad- me está costando un huevo y medio comunicarme con cualquiera de sus empresas. Y aquí viene la primera de mis preguntas: no son acaso un grupo de telecomunicaciones? Es mucho más fácil comunicarme con una corporación que se dedique al servicio de luz, gas o lo que sea que con ustedes. Ya esto me despierta curiosidad. La cuestión es que tengo algunas cositas que me gustaría charlar con ustedes. En principio me pregunto por qué será que cada vez que llamo, la máquina esa que me atiende (más humana que los operadores) me pide no solo que ingrese mi número de teléfono, sino que después me lo repite lentamente y me pide que ingrese “uno” si es correcto. Y una vez que hice todo eso -si tengo la enorme enorme suerte de que algún operador me atienda- éste me vuelve a pedir que le indique mi número de teléfono. Digo yo: para qué? Para qué ingresarlo, confirmarlo, apretar uno si es correcto, si luego un imbécil me lo va a pedir nuevamente? Y no sería más cómodo comprarse por 20 mangos un caller ID, de esos que venden en cualquier lado? No es que los quiera poner en gastos, claro… Bueno, ese es un tema. Lo otro que me pregunto es: por qué si estoy hablando con facturación no me pueden pasar a servicio técnico y tengo que sí o sí volver a llamar? Tan imposible es? En donde yo trabajo solo hay que apretar “flash” y el número de interno, y eso que no nos dedicamos a nada que ver con telefonía eh. Insisto: cuando llamo a cualquier empresa se puede, pero en una de telecomunicaciones no? En casa de herrero cuchillo de palo? Tan difícil es? Aparte si su empresa está organizada en “sector de reclamos”, “sector de bajas”, “sector de adquisición de productos y servicios”, “sector de facturación”, “sector técnico” y mil ochocientos más, creo que sería un buen paso para ustedes poder intercomunicarlos. No me preocupa menos el temita de los ruidos que tienen en la línea… Cuando hablo con sus operadores, hay una lluvia en la línea que me dificulta mucho escucharlos. “no te escucho nada”, “se escucha lejos” y “me lo podrás repetir?” son las frases que más salen en nuestras charlas. Si no lo tienen, les paso acá el número de reparaciones: 114. Claro, obvio, ahí viene el otro tema. Los va a atender una máquina que también les va a pedir que ingresen el número a reparar, pero de ahí a que alguien les diga “sí, ok, lo estamos reparando” es otra cosa. Seguramente les diga “su número ya está ingresado” pero se pasen meses esperando que alguien haga algo para arreglarlo, y cuando llamen al 112 les digan “no señor, para reparaciones debe comunicarse al 114″. Pero si llamo al 114 me atiene una máquina! Y la música esa de espera que ponen? Eh? No es ni más ni menos que un sistema perverso para que a los 10 minutos de esperar que te atiendan cortes por intolerancia auditiva. Según un estudio de la Universidad de Minesotta, ningún ser humano puede tolerar semejante sonido mucho tiempo. Es insoportable, denso, agotador. Y ni hablar del disco que aparece cada 18 segundos, diciendo “En este momento todos nuestros operadores se encuentran con un llamado en curso, aguarde unos instantes y será atendido”. Ahora quisiera referirle unas palabras a mis amigos personales, los simpatiquísimos operadores de Personal, y para eso recurro al campo de la filosofía: a cada pregunta que se hace, hay múltiples respuestas? Porque ante algo tan simple como “no puedo cargar crédito con mi tarjeta” puedo recibir las mil y una respuestas, o tantas como operadores haya. Algunas que escuché: “va a tener que dirigirse a la oficina central para hacer el reclamo, dado que solo se hace personalmente”, “ya le doy curso en nuestros sistemas a su pedido y en 24 has podrá ingresar el pago con tarjeta” (adivinen si eso pasó…), “es un problema del banco emisor de su tarjeta”, y por último mi preferida: “aquí en sistema me figura que no debería haber ningún inconveniente”. Noooooo! El uso del potencial! NO DEBERIA PERO LO HAY!!!! TENGO un problema! “sí señor, lo entiendo, pero aquí en sistema no me figura que exista ese inconveniente”. Otra vez la filosofía! Si tengo un problema pero no figura en sistema… El problema existe? Los odio. Y hablando del sistema… Pobre sistema, debe estar lastimado ya. Me pregunto si seré yo el mufa, porque de cada 10 veces que llamo (bah, de cada 100 que llamo, y 10 me atienden), 8 el sistema está caído. Cómo puede ser? Es posible que cada chota consulta que quiero hacer me tenga que comunicar en unas horas porque no pueden ingresar la consulta o el reclamo? Qué sistema tienen? Logo, el de la tortuguita? BASIC? Cómprense la Commodore 64, den un paso hacia adelante, dale. Bueno, no quiero aburrirlos con toda la lista de cosas que tengo para decires, ya tendré oportunidad de seguirles escribiendo. Sé que en algún momento va a pasar eso de la desregulación del mercado de telefonía (me re acuerdo de todos esos comerciales de Telecom y Telefónica en la década del ‘90 que decían “ahora vas a poder elegir” y después no pasó nada) y voy a poder tener mi propia venganza personal: pasarme a Telefónica, que seguro son tan hijos de puta como ustedes pero por ahora me caen mucho más simpáticos. Los detesto, sépanlo. Abracitos fuente
Conflicto en Gaza: esta vez Israel no se saldrá tan fácilmente con la suya La ofensiva israelí ha entrado en su fase más letal pero también la más incierta. Israel no lanzará una invasión terrestre porque no arriesgará un número significativo de bajas de las IDF (Fuerzas de Defensa Israelies); pero, por el otro lado, no puede asegurar pocas bajas a menos que reduzca a escombros todo en cada uno de los lados. Sin embargo, no puede hacer esto porque no tiene el monopolio de la cobertura periodística. Hay muchos periodistas extranjeros que testificarían en un nuevo ataque masivo militar israelí (una de las razones por las que Israel está atacando periodistas es, obviamente, aterrorizarlos para que abandonen el territorio). Tal ataque significaría, no solo el cambio de la opinión pública extranjera sino también poner a la vecindad de países arabe-musulmanes en la posición de tener que hacer algo para preservar su credibilidad, y también estos gobiernos por sus intereses propios, realmente no quieren dejar que Israel continúe con estos ataques continuos. De todas formas, hasta ahora Hamas no cederá a menos que obtengan algo a cambio (por ejemplo, el fin del sitio instalado por Israel a Palestina), mientras que Israel no deje que Hamas declare la victoria. Esto demanda un fin incondicional y unilateral a los ataques con misiles de Hamas. Entonces, tenemos un callejón sin salida y sin una invasión por tierra, la única palanca que puede accionar Israel es "accidentalmente" matar civiles, porque todos los objetivos "militares" ya han sido atacados, y necesitan aterrorizar a los palestinos hacia su sumisión. Entonces, la pregunta es: ¿Quién pestañea primero? Los ataques terroristas israelíes, ¿forzarán a Hamas a aceptar una completa derrota o los estados arabe-musulmanes y la opinión pública internacional (incluyendo EE.UU. detrás de escena) forzarán a Israel a desistir de sus ataques terroristas sin que Hamas se comprometa por sí mismo a un cese del fuego, o forzara a Israel a dar ciertas concesiones, por ejemplo, sobre el estado de sitio en Palestina? Es imposible responder esta pregunta de una u otra forma con alguna certeza. Una graciosa nota al margen a todo esto, es cómo los medios están reescribiendo la "Operación Plomo Fundido". Ahora están diciendo que Israel está usando armas de mayor precisión y que ha aprendido las lecciones de esa operación, razón por la que muy pocos civiles han sido asesinados. De hecho, el 90% de las armas aéreas que Israel usó en la OPF eran armas de precisión. De hecho, la verdadera razón por la que hay menos bajas esta vez es que en la OPF la meta era máxima destrucción y mínimas bajas del IDF. Esta vez no pueden salirse con la suya con semejante meta porque recuerdan el escándalo internacional luego de la OPF y porque esta vez no fueron capaces de cerrar fronteras y prevenir que entraran periodistas extranjeros. Hasta el reporte del New York Times desde Gaza los últimos días es malo. En una palabra, es diferente, porque esta vez Israel sabe que le será más difícil salirse con la suya por sus crímenes cometidos.
Acá. José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, vive acá. En la entrada del rancho hay una cuerda donde cuelgan las ropas de un niño —pobre—; una casucha de ladrillo gris a medio hacer —pobre—; un desmadre de plantas: juncos, pastos crecidos, yuyos; una hectárea de tierra recién surcada; y perros, muchos perros. Chuchos que circulan con el paso lerdo de los animales viejos y que cada tanto buscan esquinas de sombra allá en el fondo, pasando unos arbustos, en la casa de José Mujica. Allá. José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, descansa allá: en cuatro ambientes de paredes desconchadas donde hay una cocina, un sillón rojo, una perra de tres patas —la mascota de Mujica es tullida— y una estufa a leña. Desde ese bajofondo austero, casi marcial, este hombre emergió infinitas veces —primero como legislador nacional, luego como candidato presidencial— a recibir a la prensa. Y recibir, en el planeta de Mujica, es un verbo imperfecto. Mujica ha recibido periodistas recién bajado del tractor, sin la dentadura puesta, con el pantalón arremangado hasta las rodillas y con una gota de sudor colgando de la nariz. Mujica ha recibido periodistas con un afectuoso cachetazo y con esta frase: “Cortala con el bla bla y andá a laburar, que es lo que necesita el país”. Mujica ha recibido periodistas en días preelectorales, con alpargatas pero sin dientes —bueno, ha dado conferencias de prensa enteras sin dientes—, jugando con su perra manca y haciéndose cortar el pelo por un desconocido que había ido a pedirle trabajo. Mujica ha recibido periodistas la mañana misma de los comicios presidenciales y los ha recibido en pijama, con la barba crecida y con las encías rumiando esta única frase: “A pesar del ruido, el mundo hoy no va a cambiar”. Era, ese entonces, la mañana del veintinueve de noviembre de 2009. Y aunque el mundo no cambió, ese día el Uruguay torció su propio rumbo: con el cincuenta y dos por ciento de los votos —ganados a Luis Alberto Lacalle en un ballotage— Mujica se convirtió en el presidente más impensado del Uruguay y probablemente de la tierra. No solo por su austeridad llevada hasta el paroxismo sino por su pasado, que no es otra cosa que el origen de todo lo demás. Mujica militó en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), una guerrilla que nació y se fortaleció al calor de la revolución cubana; estuvo dos veces preso en una cárcel que hoy —maravillas de la globalización— es un shopping; huyó de ese penal en uno de los escapes más espectaculares que tiene la historia carcelaria universal; vio demasiados amigos morir y esperó demasiadas veces la muerte propia; estuvo diez años aislado en un pozo durante la dictadura militar de 1973, donde sobrevivió a la posibilidad de la locura; y llegada la democracia festejó esa sobrevida del único modo posible: arando y militando. Esta vez, desde un marco legal. En 1995, Mujica devino el primer tupamaro en ocupar un puesto como diputado nacional. Luego fue senador. Después fue ministro. Y a fines de 2009 se transformó en el primer “exguerrillero” en llegar a la presidencia del Uruguay y en completarle el sentido a una lucha ideológica por la que se inmoló buena parte de América Latina. —El Pepe llegó, primero, porque sobrevivió —dirá días después José López Mercao, compañero de Mujica en la cárcel de Punta Carretas—. Segundo, porque el movimiento armado salió muy honrado frente a la población: siempre estuvo esa idea de que los tupamaros eran buena gente. Y por último, porque Pepe siempre fue un tipo muy humano, muy enamorado, muy zorro y muy austero. Hoy, Mujica se traslada en un Chevrolet Corsa más bien viejo. No usa corbata. No tiene celular. No tiene tarjeta de crédito. Prohíbe a los empleados de gobierno usar Facebook o Twitter o cualquier cosa parecida. Tiene una esposa —la senadora Lucía Topolansky— tan asceta como él. Y no vive en la residencia presidencial sino en esta chacra de huesos flacos en Rincón del Cerro: un páramo rural a veinte minutos de Montevideo, donde el campo es más un esfuerzo que un vergel. Mujica pasa aquí sus días desde mediados de la década de 1980, cuando salió del pozo carcelario con la certeza de que —todo junto— volvería a la política y se compraría una granja. Lo acompañan Lucía Topolansky, también tupamara, y tercera en la cadena de mando de Uruguay; Micaela, su perra de tres patas; dos familias que, por no tener lugar mejor donde caerse muertas, fueron a hablar con Mujica y recibieron a cambio un pedazo de tierra dentro de esta misma estancia (por eso la construcción gris a medio hacer; por eso las ropas de niño colgando de una cuerda); y dos hombres uniformados que ahora se interponen en la entrada y dicen, amablemente, lo que vinieron a decir: “Pida una entrevista en la torre presidencial”. Desde que asumió su cargo, Mujica —famoso hasta entonces por su disponibilidad mediática— dio solo tres entrevistas y todas fueron a un único medio. La razón: sus jefes de prensa saben que Mujica habla del mismo modo en que vive —sin cortesías y con la casa en construcción— y, ahora que es un mandatario, quieren cuidarlo. Para eso ponen infinitos filtros y para eso, entre otras cosas, está esta guardia: dos tipos de pecho hundido, acompañados por un perro labrador que se tira panza arriba y recibe mis caricias. —Esta es la casa del presidente —dice uno. —Además el presidente no está —dice el otro. —Ah —digo yo. Nos miramos en silencio. Atrás de estos dos hombres se ve la ropa gastada pendiendo de una soga, la casa a medio hacer, los juguetes de niño entre los pastizales. Pero lo que no se ve es lo otro: el inmenso cúmulo de duda que se yergue sobre este escenario de insólita simpleza. Porque José Mujica vive acá, eso está claro. La pregunta es cómo eso es posible. La pregunta es por qué. —Yo no quería que Pepe fuera presidente. Julio Marenales es uno de los líderes históricos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y es visto por Mujica como “un hermano”. Militaron juntos, juntos cayeron en el penal de Punta Carretas, juntos también se fugaron, y juntos, aunque separados en distintos establecimientos, padecieron diez años de encierro en los pozos cuartelarios. La distancia entre Marenales y Mujica llegó recién en este último tiempo: Mujica fue avanzando en el terreno político, mientras que Marenales, si bien respalda a Mujica, se quedó en la organización. Hoy representa el ala radical y se ha transformado en una suerte de guardián de la pureza ideológica del Movimiento. —El Pepe no puede hacer una presidencia con las ideas que tenía como tupamaro. Ha tenido que adaptarse. Se amoldó al pensamiento general del Frente Amplio, que es una fuerza donde hay trabajadores pero también empresarios, y a los empresarios les gusta el sistema capitalista. Por tanto las ideas que sustentó el compañero Mujica años atrás las tiene, supongo, en el congelador. Es decir: el Pepe no va a hacer la revolución. Lo que no quita que este sea, por lejos, el mejor gobierno que tuvo este país. Marenales sonríe: tampoco tiene demasiados dientes. Algo pasa con los tupamaros y sus dientes. Quizás sea el paso del tiempo, pero tampoco: el tiempo se ha vuelto una forma cortés de explicar las cosas. A Marenales, en cualquier caso, siempre le dijeron El Viejo. Ahora tiene ochenta y un años pero arrastra ese apodo desde que tenía treinta y tantos. En ese entonces, junto a Raúl Sendic (máximo líder de la organización, ya muerto y hoy mítico) fundó el Movimiento que luego albergó a Mujica y a buena parte de la cúpula que hoy gobierna el Uruguay. Una historia muy breve, puerilmente breve, del MLN-T sería más o menos así: los tupamaros surgieron públicamente en 1966 en apoyo a una revuelta de cañeros de azúcar (los asalariados más pobres del Uruguay) y en un contexto de presión social fuerte: el fin de la posguerra europea había traído aparejado una mayor producción industrial en el Primer Mundo, y eso significaba que América Latina había empezado a llenarse de productos importados y a ver la debacle de su industria nacional. Hacia 1968, Uruguay dejó de ser “la Suiza de América” y se metió de lleno en el fango latinoamericano: empezó a tener despidos, problemas gremiales, militarización de los espacios de trabajo y un endurecimiento del Estado que hacía flamear el fantasma de un golpe militar. En ese contexto surgió el MLN-T: una organización armada que —alentada por el triunfo de Fidel Castro en Cuba— creía que la revolución era un destino posible y cercano, y que en cuestión de meses logró crear su propia mística. Cada vez más gente simpatizaba con el MLN-T. Esto se debe a que los tupamaros no tenían el gatillo fácil y a que empezaron a emprender maniobras delictivas que muchas veces favorecían a las clases bajas. Además de los procedimientos estándar (robo de armas, de bancos, vaciamiento de financieras, secuestro de algún embajador, etcétera) cada tanto detenían un camión de mercadería y la repartían entre los asentamientos de la zona. Esa propaganda hizo que la organización creciera de un modo exponencial. Hacia 1971, el Movimiento, que había nacido con doscientos miembros, llegó a tener cinco mil integrantes activos, con un radio de influencia de treinta mil personas, y eso lo transformó en el fenómeno de más rápida acumulación de fuerzas en la historia de cualquier asociación política. Fue ese crecimiento —y lo dicen ellos mismos— lo que los arruinó. A más gente, empezó a haber también más errores. Para el momento en que llegó la dictadura militar —que en Uruguay sucedió entre 1973 y 1985, con el golpe de estado de Juan María Bordaberry— el Movimiento estaba débil, con demasiadas muertes a cuestas, propias y ajenas, y con muchos miembros en la cárcel. La cúpula militar aprovechó esa flaqueza y le asestó el mayor golpe a la organización: identificó a los nueve cabecillas del MLN-T y los confinó durante diez años en calabozos subterráneos ubicados ya no en cárceles, sino en cuarteles. A esos hombres se los llamó “los nueve rehenes”; eran el recurso que tenían los estrategas de la dictadura para asegurarse de que el MLN-T no siguiera accionando: cualquier movimiento en falso y les mataban un líder. Los nueve rehenes fueron Mauricio Rosencof (escritor, actual director de la división de Cultura de la Intendencia de Montevideo), Eleuterio Fernández Huidobro (hoy senador), Raúl Sendic (muerto en París en 1989), Henry Engler (experto en neurociencias), Adolfo Wassen (muerto de un cáncer de columna meses antes de salir en libertad), Jorge Zabalza (hoy distanciado del Movimiento), Jorge Manera (también distanciado), Julio Marenales y José Mujica. De todos ellos, se dice que Henry Engler y José Mujica fueron quienes salieron más perturbados. Engler, hoy establecido en Suecia, fue candidato al Nobel de Medicina y protagonizó un documental —El Círculo— que cuenta su proceso de locura en el encierro. Y Mujica, bueno, él dice que llegó a hablar con ranas y hormigas. Marenales tiene una explicación para esto: “Si pasás doce años en un espacio de un metro cuadrado, las experiencias son tan limitadas que tenés que hacer un gran esfuerzo por distinguir si las cosas las pensaste, las viviste o las soñaste. Todo el movimiento se hace con la mente y eso es peligroso. Todo, en un punto, puede volverse ficción”. Marenales jadea cuando habla: es apenas una aspiración de más, el comienzo de una asfixia que luego se apaga. Sus manos son grandes —ha sido carpintero— pero el resto de su cuerpo se ve pequeño, delgado, incluso joven. Los años de confinamiento deben significar algo en el aspecto de este hombre: hay un tiempo muerto en el rostro de Marenales; un velo invulnerable. La última vez que lo detuvieron, en 1972, Marenales arrojó sobre su captor una granada que no explotó. En respuesta recibió catorce tiros de metralla. —Sobreviví de milagro —dice—. Todos —agrega— han sobrevivido de milagro. A unos metros de distancia, un ventilador echa aire sobre una bandera de los tupamaros. La casa huele a papeles viejos. Todo acá parece más viejo que sus años. Este lugar existe desde 1986, cuando terminó la dictadura. Y ya en 1989 se decidió que el MLN-T seguiría funcionando y mantendría este local, pero se integraría al sistema político con otro nombre, el Movimiento de Participación Popular (MPP), al que Mujica pertenece. El MPP, a su vez, pasó a integrar el Frente Amplio: la coalición de partidos de izquierda que desde hace dos períodos —primero con Tabaré Vázquez y ahora con Mujica— gobierna el Uruguay. En un rincón de la sala principal hay un cesto de basura forrado con un afiche de Mujica. Se lo ve peinado, limpio: presidenciable. —Lo bañaron para esa foto —bromeará después Eleuterio Fernández Huidobro. —Al Pepe lo pusimos nosotros —dice ahora Marenales—. Siempre trabajamos como colectivo. Más allá de las características personales de cada compañero, nosotros no creemos que la historia avance sobre la base de hombres brillantes. —¿Pero por qué eligieron a Mujica y no a otro? Marenales se acomoda la montura de los lentes —dorados— sobre los huesos —finos—, se reclina hacia delante, habla: —Porque el Pepe tenía una ventaja. A nosotros en el Frente Amplio no nos querían mucho. Decían que éramos unos palurdos. Pero Pepe tenía tres apoyos: el de nuestras espaldas, porque en el Movimiento lo hemos sostenido como hemos podido. El de su propia historia, porque Pepe viene de trabajar la tierra y nunca sintió la bota del patrón arriba, siempre trabajó más o menos por cuenta propia. Y el de los de abajo. Fueron ellos los que lo llevaron a la presidencia. Por eso el Pepe tiene un gran compromiso con la gente humilde. Y tenemos que ayudarlo a que lo cumpla. Porque no lo está cumpliendo. Marenales no ha querido ocupar cargos en el Gobierno. Hay quienes dicen que esta negativa responde a que está clínicamente loco —un oportuno sinónimo de “inadaptado”—, pero quizás exista otra forma de verlo: para que haya un Mujica dirigiendo el país, debe haber un Marenales diciéndole al oído: no olvides. —No olvides lo que alguna vez fuimos. No olvides el objetivo. Eso le digo. Lo que pasa es que lo veo cada vez menos. En las casi inexistentes fotos de esa época, hay una imagen que lo tiene a Marenales de perfil. Es 1968, lo están llevando preso a Punta Carretas, y lo que se ve es un hombre de nariz recta, pelo renegrido, ceño fruncido y rostro hermético. El hombre sólido que Marenales fue y sigue siendo. Un hombre planeando, en ese mismo instante, su fuga. “Shopping Punta Carretas”: eso se lee en la entrada. El nombre está tallado sobre el ingreso al centro comercial, en un frontis de principios de siglo XX, en el mismo lugar donde antes decía “Cárcel de Punta Carretas”. Antes todo esto era gris, pero ahora tiene el color que la imaginación neoliberal reserva para estos casos: beige. Todas estas mierdas siempre son beige. A la izquierda del ingreso hay un Mc Café, a la derecha un restaurante que dice Johnny Walker, y al fondo está el shopping, que es igual a todos los shopping de la tierra: pisos relucientes, bolsas con moño y el vapor de una música que no llega a ser fea: es fría. Cuesta imaginar en qué parte de este lugar habrá estado Mujica; en qué parte estos tipos habrán tramado su fuga. ¿En el local de Lacoste? ¿En el de medias Sylvana? Ahora hay un techo de vidrio y se puede ver el cielo, ¿pero antes? ¿Qué tamaño tenía el cielo de antes? En la sede del MLN-T, a espaldas de Julio Marenales, había una maqueta de la cárcel: se veía, en corte transversal, un penal de casi cuatrocientas celdas divididas en dos planchadas de cuatro pisos cada una, separadas por un patio central. Allí —aquí—, en 1970, llegó Mujica con el cuerpo cosido a balazos, luego de haber pasado tres meses en el Hospital Militar. El derrotero había empezado tiempo atrás en el bar La Vía, el lugar al que había acudido Mujica —junto a otros tupamaros— para planificar el robo a una familia millonaria de apellido Mailhos. Esa noche un policía reconoció a Mujica acodado en la barra y llamó para pedir refuerzos. Cuando llegaron, Mujica ayudó a escapar a sus compañeros pero no pudo zafar. Un policía lo encañonó; estaba nervioso. “Ojo, que se te puede escapar un tiro”, le dijo Mujica.Y el tiro se escapó. Mujica llegó al Hospital Militar con seis balas en el cuerpo. Pero vivo. Y tres meses después fue enviado a Punta Carretas: un lugar que —en comparación con lo que vendría después— se parecía bastante a una escuela de adolescentes pupilos. Allí —¿aquí? ¿se puede seguir diciendo “aquí”?— los militantes formaban nuevos compañeros (delincuentes comunes que terminaron sumándose al Movimiento) y entrenaban su costado estoico para hacer la revolución: sus celdas estaban limpias, sus cuerpos eran atléticos, y sus cabezas, en fin, a esta altura se entiende cómo trabajaban las cabezas de estos tipos. —Yo daba cursos de táctica y enseñaba a hacer explosivos —contó Marenales en la sede del MLN-T—. El nivel de exactitud de los dibujos era muy alto. Si en una parte había que hacer un tornillo y el compañero dibujaba un redondel, entonces yo le decía: esto no es un tornillo. Es un clavo. El tornillo tiene una ranura para el destornillador. A ese nivel de detalle. Había que ser prolijos. Con los explosivos te equivocás y es la única vez que te equivocás. Cada vez más presos comunes empezaron a ver en los tupamaros un grupo admirable, y algunos ladrones sumaron su conocimiento a la causa: enseñaron, por caso, a hacer un boquete en la pared en apenas un minuto, trabajando ya no sobre los ladrillos sino sobre la mezcla que los une. Gracias a eso, todos los muros del penal, e incluso algunos techos, tenían su agujero y todas las celdas estaban secretamente conectadas entre sí. Esa ingeniería permitió la histórica huida del seis de septiembre de 1971. —Queríamos armar un plan de fuga que no solo significara volver a la libertad, sino que fuera un duro golpe para el gobierno —dijo Marenales—. Queríamos abochornarlos. El trece de agosto de 1971, a las siete de la mañana, tras el primer control de presos en las celdas, los internos empezaron a cavar debajo de una cama. Metían la tierra en bolsas confeccionadas previamente con las sábanas del penal, y esas bolsas iban debajo de la cucheta. Cuando esa superficie se llenaba, se abría el boquete que conectaba las celdas y se pasaba las nuevas bolsas a la cama del cuarto de al lado. Así, en absoluto silencio, dos pisos del penal se saturaron de escombros. La requisa de pisos sucedía cada veintitrés días, y es por eso que los tupamaros tenían poco más de tres semanas para hacer cuarenta metros de túnel. José López Mercao, celda contigua a la de Mujica, luego recordará esta anécdota: —Una vez el Pepe agarra y dice: “¡Rápido! Tapen todo que el penado de arriba que es terrible ortiva está golpeando y dice que hay ruido acá abajo, ¡tapen que se nos cae todo!”. Nos pusimos locos. Metimos escombros, encajamos yeso, lo pintamos arriba, le pusimos secante y después nos quedamos esperando; nunca en mi vida hice algo tan rápido. Y cuando terminamos ese viejo hijo de puta nos dijo: “No, era pa’ver qué tiempo llevaba tapar todo nomás”. Luego de trabajar más de quinientas horas sin parar —y de atrasarse un día—, en la noche del seis de septiembre de 1971, ciento once hombres (ciento seis guerrilleros y cinco presos comunes) se dieron a la fuga en un operativo que ellos mismos denominaron “el abuso”. —El abuso —dirá López Mercao— porque lo que hicimos fue un abuso. Los uruguayos tienen ese humor. —El abuso se le ocurrió a Mujica. Había varios planes de fuga, pero la más famosa nació en una idea de Pepe. Él tuvo la idea de perforar todas las paredes. Y luego esa idea era como la invención de la rueda: abría varios planes de fuga; servía para muchas cosas más. Eleuterio Fernández Huidobro es, aparte de senador nacional, el otro tupamaro al que Mujica denomina “hermano”. —Pepe siempre fue pragmático. Estaban los teóricos, que para hacer una cosa la complican, y estaba Pepe, que venía de trabajar la tierra. Como dice el aforismo, el Pepe piensa como Aristóteles pero habla como Juan Pueblo. Huidobro está acodado sobre una mesa de bar. Su forma de mirar —esquiva— sumada a la gordura y el cansancio de su rostro —flojo— hacen pensar que este hombre alguna vez estuvo más entero. Hay años que duran para siempre: tal vez sea eso. Hay años que no terminan nunca. Al igual que Mujica, Huidobro estuvo en Punta Carretas, salió con “el abuso”, pasó por la Cárcel de Libertad (insólitamente ubicada en un pueblo llamado Libertad) y terminó en los cuarteles: sótanos con celdas de 1,80 x 0,60 donde los nueve rehenes debieron pasar diez años de su vida. Esa última etapa fue brutalmente distinta de las anteriores: los rehenes eran separados en grupos de tres —cada terna iba a un cuartel distinto—; los presos estaban completamente aislados entre sí; prácticamente no percibían comida ni bebida; no los dejaban ir al baño; y menos aún recibían cartas o visitas. Huidobro compartió cuartel con Mauricio Rosencof y Mujica. Apenas podían comunicarse, pero a lo largo de los años lograron ponerse de acuerdo en un punto: no había que enloquecer. Rosencof empezó a escribir mentalmente: eran poemas de versos cortos, a veces de una única palabra, para que fueran más fáciles de memorizar: Yo / no / estoy / loco, / digo. / ¿Por qué / me miras? / Yo / no / estoy / loco, / digo. / Ronda / el cuervo, / dice. / Miro / su nido. Cosas así escribía Rosencof, quien consiguió entablar largos diálogos con su calzado y al salir del penal publicó su bello, inolvidable libro de poemas Conversaciones con la alpargata. Huidobro, por su parte, pasó años enteros imaginando que corría por la playa y meaba en cualquier lado. Y Mujica se hizo amigo de nueve ranas y comprobó que las hormigas, si se las oye de cerca, se comunican a gritos. En Mujica, la completa biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica sintetiza de este modo su paso por los cuarteles: “Yo no soy afecto a hablar de la tortura y de lo mal que lo pasé. Incluso, me da un poco de bronca porque he visto que a veces ha habido una especie de carrera medida con un ‘torturómetro’. Gente que se complace en repetir ‘ah, qué mal la pasé’. Y lo que yo digo es que la pasé mal por falta de velocidad, por eso me agarraron. En definitiva, la vida biológica está llena de trampas tan inconmensurables, tan trágicas, tan dolorosas, que lo que me pasó a mí fue una pavada”. Y lo dice: una pavada. A partir del tercer año de encierro, los nueve rehenes empezaron a recibir material de lectura. No había permiso para ciencias sociales o novelas, pero daba igual: todas las palabras a esa altura eran ficción. Mujica se dedicó a las matemáticas y a la revista Chacra. —Después, el Pepe me ponía al tanto de sus lecturas y me hablaba de la Pampa húmeda —dice Huidobro. Pero cuando dice “hablar” en realidad se refiere a otra cosa: con el paso del tiempo, Rosencof, Huidobro y Mujica idearon un sistema de diálogo mediante golpes en la pared. De acuerdo con este modelo, las letras del abecedario estaban divididas en grupos de cinco. El primer golpe identificaba el grupo, y el segundo golpe daba el orden de la letra dentro de ese grupo. —Cuando le tomábamos la mano, hablábamos hasta por los codos. Es como un segundo lenguaje que te queda para siempre. —¿De qué hablaban con Mujica? —Él generalmente me hablaba de agro, de cómo mejorar la productividad del campo. Igual, cuando tenés mucha hambre, hambre por años, no hay comunicación que no empiece o termine en comida. Con Pepe hablábamos de boniatos, chanchos, vacas, pero en realidad estábamos hablando de chuletas. Por falta de bebida y alimento, Mujica se enfermó gravemente de la vejiga y los riñones. No queda claro qué tenía, pero sí se sabe que necesitaba ir seguido al baño, que no lo dejaban salir de su celda y que hoy tiene un solo riñón. Para curarse debía tomar dos litros de agua por día. Pero en las buenas rachas los militares apenas le daban una taza. Con esa taza Mujica terminó haciendo lo único posible: recicló sus propias existencias. Bebió su pis. Todos allí bebieron su pis. Años después, cuando en los cuarteles advirtieron que la situación de Mujica era clínicamente grave, los carceleros empezaron a hidratarlo con una cuchara de té y permitieron que su madre, Lucy Cordano, le llevara una pelela. Era una pelela rosa. Desde ese momento, Mujica llevó su pelela bajo el brazo cada vez que lo cambiaron de cuartel —eso sucedía cada seis meses—, y también lo hizo en 1983, cuando las presiones de organismos internacionales lograron que los nueve rehenes fueran trasladados al Penal de Libertad. —Cuando después de diez años nos devolvieron a Libertad, asunto por el cual peleábamos, para nosotros fue un paraíso —dice Huidobro—. Nosotros éramos felices, a los más altos niveles de felicidad que tú te puedas imaginar, porque teníamos medio paquete de cigarros y un lugar donde ir a mear. En Libertad había media hora de recreo por día, los reos discutían de política y hasta se jugaban partidos de fútbol. Pero Mujica no mejoraba. Nada lo sacaba de su propio encierro. Finalmente lo vio un médico y se tomó la decisión: Mujica trabajaría en el cantero floral del penal. Algo volvió a Mujica, cuando Mujica volvió a la tierra. —He dicho por ahí que soy casi panteísta —dijo en la biografía de Miguel Ángel Campodónico—. Y cuando digo que hablo con las plantas, por supuesto que no estoy diciendo que realmente hable con ellas, sino que trato de interpretarlas. Hay una multitud de lenguajes, de señales, que naturalmente a partir del momento que los conozco me despiertan admiración. Son todas formas organizadas por la naturaleza para mantener la lucha por la vida. Un terrón debe ser un laboratorio entero, tan complicado que el hombre no está ni en condiciones de remedarlo. Se puede ser religioso por analfabeto. Pero también se puede tener una actitud religiosa cuando se empieza a saber y se comprende que no se sabe nada. El catorce de marzo de 1985, cuando cayó la dictadura y Julio María Sanguinetti asumió la presidencia de Uruguay, los nueve rehenes fueron amnistiados y puestos en libertad. Mujica salió del penal con la pelela en la mano, florecida de caléndulas. Un hombre llega en moto Vespa al Parlamento. Tiene el pelo alborotado por el viento, un pantalón de jean, campera negra, bigote. Deja la moto estacionada en la entrada. —¿Cuánto piensa quedarse? —le dice el guardia. —Si no me rajan antes, cinco años —contesta el hombre. Esto —dice una leyenda que nadie niega con mucho énfasis— habría sucedido el primer día en que José Mujica, primer tupamaro diputado, llegó al Parlamento. Era 1995 y en esa misma jornada —transmitida por cadena nacional— tomaba juramento como presidente por segunda vez Julio María Sanguinetti, por lo que el precinto estaba lleno de embajadores, mandatarios invitados, jerarquías de la iglesia y solemnidades varias. Pero Mujica entró así: pelos revueltos, jeans, ninguna corbata. —Yo pensé: van a creer que es una maniobra publicitaria —dijo Huidobro en el bar, días atrás—. Ellos no saben, como yo sé, que la campera es nueva. Que el vaquero es nuevo. Que se peinó. Y que nunca más volverá a estar tan arreglado. Como le decía Sancho al Quijote: “Cada quien es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces”. Aún peor. La llegada de Mujica al Congreso significó un cambio para la política uruguaya. Primero, porque se modificaron los usos y costumbres de la Cámara —por ejemplo, llegó el mate a las sesiones legislativas—, y en segundo lugar porque esa formalidad arrastraba una modificación de fondo: Mujica usó su banca para recorrer el país e incorporar a sus discursos lo que ya tenía, desde chico, incorporado a su vida: la presencia de los sectores rurales. Mujica —hijo de una floricultora y de un padre ganadero que se fundió y se murió pronto— dio su primera disertación en el Palacio Legislativo sobre el tema del pasto. Y del pasto pasó a la vaca que se comía al pasto. Y de la vaca pasó al país ganadero. —Los que creían que el Pepe era un problema de comunicación pasajero, un producto efímero, erraron —dijo Huidobro—. Pepe fue uno de los mejores diputados de esa legislatura, un brillante orador. Él le ha dado voz a todo el interior uruguayo y ha tenido una especie de noviazgo entrañable con el público. La llegada a Diputados fue solo el comienzo. Cinco años después, Mujica fue electo senador. Y en 2004 su figura resultó clave para que la izquierda, comandada por el moderado Tabaré Vázquez, llegara por primera vez al poder. Mujica participó del gobierno de Vázquez como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y emergió airoso de ese cargo. Tanto que en el 2009 ganó por paliza las internas del Frente Amplio para ser candidato presidencial, y encaró las elecciones nacionales con propuestas impensables para cualquier candidato del siglo XXI. Mujica propuso discutir la propiedad privada de las grandes extensiones de tierra, levantar el secreto bancario, “importar” campesinos de Perú, Bolivia, Paraguay y Ecuador para que trabajen las zonas rurales “porque los montevideanos pobres acá no lo hacen” y resolver el tema de la drogadicción “agarrando a los adictos del forro del culo y metiéndolos p’adentro de una chacra”. Propuso, en fin, tomar el toro por las astas. Lo que traía dudas operativas —¿cómo se haría?— y dilemas coyunturales. Conforme Mujica empezó a hablar, se entendió que el mayor contrincante no estaba en otro partido, ni siquiera en otro cuerpo: el mayor peligro de Mujica era, en parte, su mayor capital político: su desusada franqueza. La honestidad de Mujica llegó a su punto cúlmine en octubre —a días del ballotage que definiría la presidencia a favor suyo o del liberal Luis Alberto Lacalle— cuando salió a la venta el libro Pepe Coloquios: una extensa entrevista donde Mujica —solo por dar un puñado de ejemplos— dice que la Argentina “no es un país de cuarta, no es una república bananera”, pero tiene “reacciones de histérico, de loco, de paranoico”; que “en Argentina tenés que ir a hablar con los delincuentes peronistas, que son los reyes”; que “los porteños tienen la manía de venir a bañarse acá y les gusta, porque es un paisito parecido al de ellos, pero más suave, más decente”; y que “los radicales son tipos muy buenos, pero son unos nabos”. Es decir: Mujica no dijo nada que nadie piense. Pero el mundo de la política impone sus cortesías y así fue que Mujica relativizó la mayor parte de sus dichos, salió a pedir disculpas de inmediato, bajó drásticamente sus encuentros con la prensa —una medida que aún se mantiene— y logró ganar el ballotage con un 52,53% de los votos. “Este mundo es puro maquillaje: que esto no se puede decir, aquello tampoco... ¡La libertad está hipotecada! Una de las ventajas que tiene ser viejo es decir lo que uno piensa. Pero eso parece armar un revuelo de la puta madre que lo parió.” Eso dijo Mujica días antes de la primera vuelta electoral, en una entrevista con la revista mexicana Gatopardo, cuando ya se estaba hablando del desastre del Pepe Coloquios. Serán, entonces, las ventajas de ser viejo. El próximo veinte de mayo, Mujica cumplirá setenta y seis años. —Cómo le va, Rosencof, estoy en Montevideo. ¿Se acuerda que habíamos quedado en vernos? —Nena… —… —Vos sabés que estoy en el hospital. Se me desacomodó el marcapasos, no sé qué lío de cables hicieron estos tipos… —… —… —¿Está internado entonces? —Sí, nena, esto… estamos en la era de la ortopedia. Me estoy desintegrando. Renguea. Caminando por el pasillo del Palacio Legislativo, Lucía Topolansky, sesenta y seis años, la senadora más votada del Parlamento, tercera en la línea de sucesión a la Presidencia, tupamara, compañera —ella no dice “esposa”, no dice “mujer”, dice “compañera”— de José Mujica, avanza con un moderado desacomodo en la cadera. El Parlamento está desierto; es febrero. Los pasos resuenan de otro modo. —Entrá —dice Topolansky. La sigo. Su despacho es pequeño: nueve metros cuadrados donde hay algunas carpetas, una ventana, un escritorio. Sobre la mesa de trabajo hay papeles, una caja con té de uña de gato y una pequeña tortuga de madera verde que mueve la cabeza como diciendo “sí”. Topolansky —cabello corto, blanco, discreto— acaricia suavemente la tortuga. —Decime —dice. Y le digo. Le hablo de la revista. De nuestras buenas intenciones. Topolansky escucha con una sonrisa que viene acompañada de algo más: de una amable escenificación de la distancia. Todo el mundo dice que esta mujer es dura. En tiempos de militancia clandestina la apodaban “la tronca” por lo macizo de su cuerpo, y probablemente no solo del cuerpo. Entre 1970 y 1985, Topolansky estuvo presa casi todo el tiempo. Cree que ese encierro fue necesario. —El pueblo apreció mucho que los dirigentes del MLN no se exilaran, se quedaran en Uruguay jugando la suerte de su pueblo. Toda nuestra dirigencia estuvo presa y eso a la gente le cayó bien. Esos hechos generaron prestigio. Puede parecer muy sujetivo, pero son esas razones del alma que quedan grabadas en la gente. Topolansky es hija de una familia de clase media acomodada del barrio Pocitos y estudió en el Sacre Coeur, una escuela de monjas que se hizo conocida —entre otras cosas— por su insigne caligrafía conocida como “letra Sacre Coeur”. De ahí que no quede claro por qué dice “sujetivo”. Ni por qué más adelante dirá “produto” o “adatarse”. Hay quienes dicen que podría tratarse de una pose, pero esa hipótesis anula —o deja en un segundo plano— la posibilidad de la culpa. Lo cierto es que Topolansky —pantalón color crema, camisa de gasa blanca— dice “sujetivo” y después, a diferencia de cualquier sindicalista argentino, se aguanta vivir del modo en el que habla. Y eso sucede desde hace mucho. Y eso, quizás, deba ser suficiente. Topolansky se alistó en el MLN-T a los veinte años, y desde el comienzo dio muestras de un carácter. Era 1969 y en ese entonces trabajaba en Monty: una financiera que, descubrió Topolansky, llevaba la contabilidad en negro de prácticamente todo el gabinete de ministros y de los capitostes de la oligarquía uruguaya. Cuando supo la verdad, Topolansky se preguntó qué grado de complicidad tenía con eso y qué debía hacer: si irse o denunciarlos. Tomó las dos opciones. Se enroló en el MLN-T con su información privilegiada y junto con el Movimiento logró que todas las fotocopias de los libros contables terminaran en la puerta de la casa de un juez y desataran un escándalo político que se llevó puesto a un ministro de Hacienda. Además, claro, se fue de su trabajo. —Cuando sos una gurisa pensás las cosas con otra cabeza. De repente, a la edad que tengo ahora le hubiera puesto más reflexión al asunto. Pero pertenezco a la generación sobre la que impactó la revolución cubana y las cosas hay que verlas en ese contexto. Estábamos convencidos de que podíamos hacer la revolución. Convencidos. Y cuando tú estás motivado, obviamente el riesgo se ve de otra manera. En esos tiempos, en alguna de las tantas reuniones clandestinas, Topolansky —dicen que era hermosa— conoció a José Mujica. Estuvieron juntos unos meses, pero luego ambos terminaron en la cárcel: ella en Punta Rieles (desde donde se fugó, aunque luego volvió a caer presa) y él en Libertad y luego en los cuarteles. Más allá de alguna carta en los primeros tiempos, el resto del noviazgo estuvo marcado por un largo, interminable silencio. También a eso sobrevivieron. Cuando habla de su compañera —en el libro de Campodónico— Mujica lo hace de esta forma: “Como los dos andábamos solos terminamos juntándonos. En la formación de nuestra pareja hubo un factor de necesidad, fue una especie de mutuo refugio. Nos reencontramos en una época bastante particular, bien diferente a la que habíamos dejado atrás. Creo que alguna vez se lo dije en una carta: cuando uno se aproxima a los cincuenta años piensa que una compañera debe ser una buena cocinera. El amor tiene entonces mucho de amistad, de cosas que faciliten la convivencia. Y creo que todo eso es lo que nos ha mantenido juntos, encajamos fenómeno”. Una necesidad, un refugio: el amor para ellos era esto. —En aquellos años en que andábamos a las corridas todo era ya —dice Lucía Topolansky—. Era muy difícil el después. Todo era hoy, ya, porque mañana no sé si voy a estar, y toda relación humana quedaba atravesada por esa urgencia. —¿Pero no había flechazo? Algo se ablanda —se aclara— en el rostro de Topolansky. —Por supuesto que existe la afinidad, el amor, el flechazo, la química o ponele el nombre que quieras. —O sea que podía existir, entre militantes, un pensamiento como “qué lindos ojos tiene”. —Claro. Eso es lo único que te sostiene. Te aferrás a esas cosas. La relación con Pepe pasó por tres etapas: la de los ojos lindos, luego una larga etapa de separación donde el recuerdo de eso te sirve como un oxígeno, y después una etapa que es esta, en la que logramos reencontrarnos y reconstruir todo. En 2005, Topolansky y Mujica se casaron en la cocina de su chacra. Los testigos fueron los vecinos —unos que viven en el mismo terreno, y otros que tienen un quincho en la esquina— y el evento duró poco más de una hora. Esa misma noche, el ocho de octubre, Pepe fue a un acto del MPP y mostró la libreta. —Sí. Un día a Pepe se le ocurrió casarse y nos casamos. —¿Pero te gustó la idea? —Ehh… psé… en realidad en concreto no me varió en nada, ¿no? Yo siempre fui medio anarquista desde chica, veía cómo mis tías y mis primas se complicaban la vida para casarse, así que siempre tomé opciones de andar media libre. Sin ninguna atadura. Y bueno, yo no tuve ataduras de ningún tipo. Silencio. —No sé qué habría pasado si hubiera tenido un hijo en esa época. Pero no tuvimos. Ni en esa época ni en ninguna otra. Mujica y Topolansky no han tenido hijos. Les duele. Este es el quincho de la esquina. Acá celebró José Mujica cuando ganó las elecciones. Acá reunió a su gabinete de ministros. Acá trajo al venezolano Hugo Chávez cuando quiso agasajarlo, en 2007. Y acá, en tiempos preelectorales, montó su despacho. El lugar se llama “El quincho de Varela”, queda a cien metros de la chacra de Mujica y consiste en una construcción rectangular, con techo de paja y paredes de ladrillo, ubicada frente a un campo recién arado. El lugar pertenece a Sergio “El Gordo” Varela, también apodado “el mugriento”: un comerciante mayorista de alimentos que no da declaraciones a la prensa y que durante la campaña se encargó de comunicarse con distintas empresas del Centro de Almaceneros para pedirles fondos que financiaran el acto de cambio de mando. El interior del quincho de Varela luce así: hay un piso de layota desgastado, un techo del que cuelgan dos banderas —una del Frente Amplio, otra del Uruguay—; varias imágenes del Che, Neruda, Allende y Chávez, mesas hechas con tablones donde alguien pintó “Pepe presidente”, un puñado de perros astrosos, y juguetes de niño tirados por el suelo. Una mujer gruesa y de ropas desteñidas se acerca, espanta los perros, se limpia el sudor de la frente y dice: —Bueno, esto se arregla un poquito más cuando vienen ellos. Los funcionarios del gobierno que pertenecen al Movimiento de Participación Popular (MPP) tienen tope salarial. Lo máximo que pueden ganar son treinta y siete mil pesos (mil novecientos dólares), y eso significa que la mayoría —entre ellos Huidobro, Mujica, Topolansky y el ministro Eduardo Bonomi— cobra en mano apenas el treinta y cinco por ciento de su sueldo. Los excedentes van al Fondo Raúl Sendic (donde se otorgan microcréditos a proyectos —en su mayoría cooperativos—, sin tasas de interés, sin papeles firmados y sin la exigencia de pertenecer al Movimiento) y a un Fondo Solidario con el que se auxilia a los militantes del MPP que estén pasando por una urgencia económica. En su despacho, Eduardo Bonomi, ministro del Interior, considerado la mano derecha de Mujica en el gobierno, explica el tope salarial de esta manera: —Es muy fácil dar lo que te sobra. La cuestión es dar lo que no te sobra. —¿Pero nunca te da ganas de comprarte un televisor de plasma? Bonomi se masajea el labio inferior. —Eh… Yo vivo en una cooperativa de viviendas. A esta altura terminamos de pagar la cuota entonces solo pagamos los gastos comunes. Tenemos un auto del 94… A ver: la austeridad de Pepe es única, pero que Pepe haya llegado no es casual. —¿Nada cambió en Mujica? —Operativamente Pepe tiene más responsabilidad. Pero es la misma persona. Sigue levantándose y haciéndose el mate y escuchando los pajaritos. Pero casi todos somos así. Yo me levanto a las seis, escucho las noticias... —¿Pero no hay ninguna pose por parte de Mujica? —No, es así. Es así. Él es así. Qué pose. La vida del Pepe es muy sencilla y pasa por la tierra. Cuando uno sale de licencia y se va al monte o a la playa, Pepe se va a trabajar la tierra. Y los domingos, mientras todos descansamos, él madruga para trabajar la tierra. Si no hace eso, no descansa. La tierra es el lugar donde Pepe ordena sus ideas. Cada cual es como es. Otra vez se toca: su labio inferior es —se ve— mullido. —El problema es que Pepe tiene una cultura mucho más alta y grande de lo que representa su forma de hablar. El despacho de Bonomi es ministerial pero austero: hay maderas lustrosas, muebles fuertes, sillones y cortinas de pana. Si cruzara la puerta de su oficina, Bonomi saldría a la galería del ministerio y vería un edificio igualmente fuerte y medido: apenas cuatro pisos balconeando sobre un patio central, y en el medio un obelisco con la inscripción “Homenaje a los caídos”. Dispuestas sobre el monumento, distintas placas de bronce recuerdan el nombre de los agentes policiales muertos en servicio. Alguien tiene que haberse reído de todo esto. Bonomi fue acusado hace veinte años de matar a un policía. El veintisiete de enero de 1972, el Inspector Rodolfo Leoncino, jefe de seguridad del penal de Punta Carretas, esperaba el colectivo cuando recibió un fogonazo de disparos. La orden, dicen las acusaciones, la habrían ejecutado cuatro tupamaros, entre ellos Bonomi. Pero la habrían dado, desde la cárcel, tres militantes entre los que estaba José Mujica. —Cuando salí en libertad, amnistiado, fui a parar con unos jueces y lo primero que me preguntaron fue si tal día a tal hora había hecho tal cosa, y respondí: “Me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN”. “Pero no le estamos preguntando eso, sino si tal día a tal hora…” “Bueno: yo le estoy respondiendo que me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN.” Cinco veces preguntaron y dije lo mismo. El labio. Vuelve a tocarse el labio. —Y cada vez que me preguntan respondo: me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN. Bonomi —saco azul, pantalón gris, corbata— tiene lentes, una barba espesa y una voz profunda: todos estos tipos tienen la voz honda, encallada en algo que debe ser el pasado y su aspereza. —Cuando durante la campaña de Mujica se rumoreaba que, de ganar, yo sería ministro del Interior, por acá circulaban mails acusándome de esto y de cosas nuevas también. Así que cuando asumí, en la Escuela de Policía, me tocó hablar y dije que yo sabía que habían circulado mails y que no me quería hacer el bobo y que entendía que los votos que había tenido el Frente Amplio no eran un apoyo a eso que se acusaba sino mirando el futuro con un modelo de Nación con participación de los trabajadores, los productores y los intelectuales. Y les cayó bárbaro. Bonomi vuelve a masajearse el labio. Treinta años atrás, un tiro le partió la mandíbula y hoy no puede abrirla demasiado. Costumbres de la época: cuando José López Mercao se resistió a un arresto, los militares le metieron cinco tiros y lo remataron en el suelo con un sexto balazo que le atravesó la boca. Lo creyeron muerto pero no murió: los médicos navales lo encontraron y lo llevaron al Hospital Militar. Allí recibió cuatro litros de sangre y se enteró de la presencia de Mujica: el cuadro político del que solo conocía el nombre. Era mayo de 1970. —Me acuerdo que un día vino un médico con el uniforme militar puesto y me dijo: “Qué huevos que tiene Mujica, se afirmaba en la camilla y decía ‘no me dejen morir, yo soy un combatiente’. Le dimos trece litros de sangre, que huevos tiene”. López Mercao recuerda y sonríe: tiene un rostro macizo, oliváceo, y una sonrisa por la que asoman dos dientes levemente recortados en su vértice interno: López Mercao sonríe —cuando sonríe— como un niño. A su lado está Isabel Fernández, su compañera, y por la casa rondan sus dos hijas. Todos viven en un departamento muy austero de El Cilindro, un barrio de clase trabajadora de Montevideo. En las paredes hay reproducciones de Modigliani y Van Gogh. En los rincones hay grandes ceniceros que acunan los cigarros fumados. En el living hay muebles de caña y una computadora culona. En los aparadores hay fotos recientes tomadas con una sencilla cámara de rollo: hasta las fotos nuevas parecen viejas. López Mercao, quien alguna vez se pensó que sería el jefe de prensa de Mujica —finalmente no fue— hace el relato de toda la historia que se cuenta en estas páginas: habla de Punta Carretas, del abuso, del Penal de Libertad, de la incertidumbre de los nueve rehenes, de la llegada al poder como un baño de sentido. Y lo cuenta con un hablar grave y pausado: el Negro —le dicen “el Negro”— tiene la voz endurecida por el humo. —¿Y vos has soñado con todo esto? ¿Te han llegado estos recuerdos en sueños? —No —dice—. Yo no sueño. Afuera está oscuro y llueve; suenan los grillos. Una de las hijas se acerca y busca música en la computadora del living. —Bueno —dice Isabel—, cada vez que él da alguna nota o se reúne con compañeros en un asado y recuerdan cosas, yo después lo noto distinto. Con los años la cosa se fue apaciguando pero yo noto que te quedás mal, Negro. Yo noto que te quedás como triste. Noto que soñás. La hija —Evelina— pone un tema de la banda uruguaya Cuarteto de Nos. El tema se llama “El día que Artigas se emborrachó”, hace alusión al primer libertador uruguayo —mítico héroe nacional que murió exiliado en Paraguay— y termina con esta estrofa: “Se emborrachó, porque la guerra perdió / y se emborrachó, porque alguien lo traicionó / se emborrachó, y la patria se lo agradeció / ¡Whisky para los vencidos!” En términos generales la letra es graciosa y encima aquí hay cerveza, así que todos reímos. Pero el Negro, a través de sus lentes de montura fina, con el codo en la rodilla, cavila. —La historia uruguaya es rarísima, los héroes históricos son todos derrotados con honor —dice—. Para la historia ser un triunfador no trae réditos. Miralos a Artigas, Aparicio Saravia, Leandro Gómez, Batlle Ordóñez. En general, vos vencés acá y cagaste. Pero te transformás en ídolo. Miralo al Pepe si no. Poné la otra que me gusta a mí. Evelina obedece y pone otra. Afuera la lluvia sigue y en algún momento el Negro se levanta, tira una colilla por la ventana y se va a buscar el auto para llevarme al hotel. —Yo te quiero contar algo, porque él nunca lo cuenta —murmura Isabel cuando su marido se va. Y luego dice esto: que al Negro le llegó una indemnización por veinte mil dólares. A los muy heridos parece que les llega, y el Negro y su mandíbula tienen puntaje suficiente para entrar en ese club. Pensando en el futuro —en sus hijas, en las operaciones maxilares— el hombre mandó los datos. Y desde que los envió empezó a dormir mal. Una noche, Isabel encontró a su marido diciendo “no puedo”. —No puede aceptar ese dinero. Me dijo: si lo aceptara, si buscara una compensación, sería como arrepentirme. Y yo le dije Negro, es tu cuerpo, son tus huesos, la mandíbula rota es tuya. Yo no puedo meterme en eso. No aceptes la plata si no querés aceptar la plata. Y ahí se habrá sentido liberado, porque se puso a llorar. Isabel tiene cuarenta y seis años, ojos celestes, cabello rubio: si cada edad iluminara con una luz propia, podría decirse que a esta mujer la alumbra una luz de veinte años. En eso pienso —en la nobleza de su rostro— cuando el Negro toca el timbre para avisar que está en la entrada, esperando en el auto. El regreso al hotel es en silencio. La avenida 18 de julio, el asfalto mojado, el ritmo menguante de las calles céntricas: la ciudad parece una película muda; solo se oyen los neumáticos. —Bueno —el Negro detiene el coche—. Lo último que puedo decir es que fueron los años más lindos de la vida nuestra. No especulamos con nada. Lo dimos todo. Y ahora vivimos en un ejercicio de interpelación periódica con aquel gurís que fuimos a los veinte años. Yo no quiero hacer a los sesenta cosas que me hubieran avergonzado a los veinte. Quiero irme de la vida sin amputar partes de mí. Quizás a los otros compañeros le pase lo mismo. Eso es lo último que dice el Negro antes de despedirse con un ademán seco —apenas una palmada— y de dejar abierta una pregunta: si esta historia debía ser sobre José Mujica, o sobre la maravilla colectiva que permitió que exista, con sencillez absoluta, José Mujica. Este texto es, de algún modo, una larga respuesta.

Orsai es un proyecto difícil de explicar. Si te da curiosidad podés mirar este video. Si no querés perder 18 minutos oyendo a un gordo que habla, Orsai no es para vos. link: http://www.youtube.com/watch?v=_VEYn3bXz34 Número 1 La primera edición de Orsai ya es legendaria. Más de diez mil lectores la compraron en papel sin saber de qué se trataba. La portada es de Jorge González. Dentro hay textos inéditos de Juan Villoro, Nick Hornby y Pedro Mairal, entre otras bestias. descarga Número 2 El segundo número de Orsai es invernal y gustó tanto que tuvimos que hacer un tiraje suplementario. La portada es de Javier Olivares, y adentro hay textos inéditos de Abelardo Castillo, Santiago Roncagliolo y Fabián Casas, entre otros animalitos de dios. descarga Número 3 La tercera Orsai tiene una portada de Juan Sáenz Valiente sobre el Movimiento 15M, y adentro una serie de artículos imperdibles. Hay cuentos de Javier Villafañe y Hernán Casciari; y crónicas de Edmundo Paz-Soldán y Nacho Vigalondo, entre muchos más. descarga Número 4 La cuarta edición de Orsai es también la última de la primera etapa. Por eso tiramos la casa por la ventana con textos inéditos de Miguel Rep, Leo Maslíah, Guillermo Martínez, Mario Bellatin y hasta ilustraciones del Flaco Spinetta. La portada, un lujito de Max Aguirre. descarga Número 5 La quinta edición es también la primera del segundo año. La revista se convierte en bimestral e incorpora nuevas secciones. Entre ellas, los folletines por entregas. Esta edición trae un perfil a María Kodama y un informe sobre cómo conseguir porro en Rio. descarga Número 6 El número seis de Orsai llegó con fuerza: un especial sobre el conflicto de Malvinas, con las plumas de Abelardo Castillo e Ian McEwan; una crónica sobre por qué ya no hay libros de Fontanarrosa y, entre mucho más, una entrevista post mortem a Bin Laden. descarga Número 7 La Orsai número siete llega con una entrevista al fundador de Twitter, una historia que explica el conflicto de YPF, una crónica sobre la nueva cancionística del Río de la Plata y el punto medio de los folletines de Mairal, Aguirre y Oyola. descarga Número 8 La Orsai número ocho se presenta en sociedad con una entrevista al Indio Solari, la Guerra del Paraguay vista por Rep, cuentos inéditos de Enrique Syms y Hari Kunzru, crónicas de Josefina Licitra y locuras de Mikel Urmeneta. descarga numeros 9 y 10 recien salidos descarga descarga
Pensá por un momento que tenés casi ochenta años. La espalda arqueada, dolor en todos los huesos, problemas para mear. Imagináte que hace casi treinta años mataste a otros, o los mandaste matar, y que ya no te acordás por qué. Estás cansado, el mundo no te pertenece, ni siquiera entendés cómo funciona la videocasetera. Solamente querés disfrutar de tus nietos, ese único remanso posible, y esperar la muerte con serenidad. Imaginate que entonces, cuando sólo desearías que te dejasen en paz, la Corte Suprema de tu país dice que no, que ahora tenés que ir otra vez a contar tus batallas prehistóricas, que de nuevo tenés que pasar por un calvario que ya has vivido mil veces. Ahora son las cuatro de la madrugada. No podés dormir. Hacé el esfuerzo de pensar que te duele todo el cuerpo, que ya hace muchos años que dormís más bien poco, pero que ahora, hoy mismo, otra vez el mundo te nombra. Afuera de tu casa hay guardia periodística, los sentís moverse, cuchichear; son como hormigas hijas de puta esperando fotografiar tus arrugas y tus canas. Te dan ganas de matarlos, no solamente porque no te dejan dormir, sino porque parecen felices. Imaginate, hacé el esfuerzo; pensá por un momento que mañana deberías estar disfrutando de tus nietos, en lugar de ir a los tribunales a demostrar dignidad. Has dormido unos minutos, te has dejado llevar por el cansancio, pero el sueño ha sido breve. Soñaste que eras joven, que se te paraba la pija, que ibas en bicicleta por tu barrio de Mercedes, desde el parque hasta la catedral. Soñaste con tu madre, que ya ha muerto y te adoraba, soñaste vagamente fragmentos de felicidad que hace mucho tiempo has perdido. Imagináte que ése que se despierta sos vos, que sos un viejo, que son las seis y cuarto, y que no tenés ganas de vestirte ni de salir ni de vivir. Ahora pensá que te llaman, que golpean a la puerta de tu habitación. “Don Jorge”, te dice una voz de mujer (imagináte que tu nombre es Jorge), “lo espera el coche”. Te vestís con los ojos en blanco, te mirás en el espejo y sos una máscara envejecida, sabés que no vas a luchar, que ya no, que es muy tarde. Solamente te crispan los nervios los fotógrafos, esos que tampoco han dormido para verte salir. Si no fuera por ellos, si no fuera por toda la gente que finge su felicidad de venganza tardía, te daría lo mismo. Si no fuese porque todo este circo te quita horas con tus nietos, te daría lo mismo. Elegís una corbata negra, y el mismo traje que usás para ir a misa. El oscuro. Elegís los mocasines. Elegís no desayunar. Pensá por un momento que tenés casi ochenta años, que hace muchísimo tiempo que no se te para la pija, que no sabés manejar tu teléfono móvil, que las computadoras son máquinas endemoniadas, que tus nietos deberían disfrutarte, y vos a ellos, que te gustaría leer los clásicos que te faltan, y que en lugar de eso vas en un coche con vidrios polarizados por la Avenida del Libertador, y que en la radio te nombran. Te nombran como antes, con toda la boca, y se burlan. Mirás el paisaje de Buenos Aires por la ventanilla del coche. Lo ves sin verlo, sin reconocer la ciudad. Te duelen los huesos, la corbata se arruga. Suena tu móvil. Tardás siglos en reconocer el botón verde. Por fin lo encendés y decís “hola”. Del otro lado la voz de Maxi, el menor de tus nietos, que te pregunta si vas a ir hoy a la quinta a leerle un cuento. La voz de Maxi. Imagináte la voz que más amás en este mundo, este mundo extraño que ya no es tuyo, imaginate el amor hecho voz. Esa es la voz de Maxi, es como un pájaro joven, es un chico de ojos saltones y sonrisa ladeada, y flequillo, que te quiere porque le has enseñado a andar en bici, que te quiere porque no tiene maldad, que te quiere y te llama por teléfono, y te pregunta si vas a ir a la quinta a contarle un cuento. Le decís que no, que hoy no podés porque tenés mucho trabajo. Maxi te pregunta “¿y mañana, abu?”. Imagináte esa segunda pregunta, como un puñal en el oído izquierdo, imaginátela mientras tenés ochenta años y te duelen los huesos y viajás en un coche a un interrogatorio que va a durar diez horas. Se te quiebra la voz. Tardás mucho en contestar la segunda pregunta de Maxi. Pensá por un momento que hacía siglos que no llorabas, que hacía miles de años que no se te nublaba la vista ni te temblaba la barbilla. Pensá por un momento que ni siquiera sabés si alguna vez, antes de esta mañana, habías llorado. Imaginate que ahora estás llorando, que ahora estás llorando como si fueras débil de espíritu y que, mientras llorás, pensás en la quinta y en tus manos llenas de arrugas y en tu nieto que quiere que le cuentes un cuento y en mañana, y que sabés que mañana tampoco. Imaginate que llorás de angustia, que te falta el aire porque pensás en Maxi y en el libro de cuentos a medio leer, que ha quedado sobre una repisa de la quinta, imaginate que te falta el aire y que no podés abrir la ventanilla porque te reconocerían, y que las lágrimas, que son blandas, rebotan contra la corbata de seda negra, y que el chofer, por el espejo retrovisor, te mira. Imagináte que ves los ojos del chofer a través del espejo. Que tus ojos y los suyos se cruzan en el rebote del vidrio. Imaginate que él también está llorando. Pero que no llora de angustia, que es otro llanto distinto porque también sonríe, como si estuviera viendo una película triste que acaba bien: llora y sonríe. Pensá por un momento que un chofer te lleva en coche. Imagináte que llora y que sonríe. Imaginate que Maxi te sigue preguntando, al teléfono, cuándo pensás ir a la quinta a contarle el cuento.
Qué es la OBSOLESCENCIA PROGRAMADA: Se conoce como obsolescencia programada o planificada a la programación del fin de la vida útil de un producto para que se vuelva viejo, no funcional, inútil o inservible después de un tiempo de vida calculado de antemano por el fabricante durante su fase de diseño. Con fecha de caducidad El producto va a fallar en algún momento, obligando al consumidor a comprar otro para reemplazarlo y comenzar nuevamente el ciclo. El concepto se desarrolló por primera vez entre 1920 y 1930, y se corresponde con un nuevo modelo de mercado, el de fabricación de productos que se vuelven obsoletos de manera premeditada. Su objetivo fue y es, el lucro económico inmediato, sin que tengan ningún valor el cuidado y respeto del medio ambiente ni del ser humano, porque cada producto que se vuelve obsoleto, supone contaminación al deshacerse de él. O sea, que el actual sistema económico y de producción no se ajusta nada a la armonía ni al equilibrio. Comprar de forma acelerada y artificialmente Sin embargo, para la indústria, la obsolescencia programada estimula positivamente la demanda, al impulsar a los consumidores a comprar aceleradamente y sin necesidad real, nuevos productos. ¿Qué opinarían los consumidores si descubrieran que el fabricante invirtió una gran cantidad de dinero en traicionar los conceptos de durabilidad y calidad del producto, al contrario de lo que pregonan?... Lo que ocurre es que el empleo de la obsolescencia programada no siempre resulta fácil de determinar. Se complica con factores como: A. La constante competencia tecnológica o la sobrecarga de funciones, que si bien por un lado amplían las posibilidades de uso del producto, por otro pueden hacerlo fracasar rotundamente. B. Nuevos mercados o tecnologías sustitutivas, en las que la opción de los consumidores acaba decidiéndose por una de ellas (prácticamente no tienen más remedio) en perjuicio de otras. Por ejemplo el sistema de vídeo VHS frente al DVD, el de los televisores de Plasma, OCl, Led etc... La falsedad en la comercialización Generalmente la obsolescencia la planifica el fabricante, estudiando el tiempo óptimo para que el producto deje de de funcionar correctamente y necesite reparaciones o su substitución, sin que el consumidor pierda confianza en la marca. Otras veces crean un producto determinado, que más adelante se vende (exactamente el mismo) únicamente cambiando su diseño. Esto se hace evidente en la moda… Un año se llevan las rayas y al siguiente los cuadros, para que el usuario se vea "obligado" a cambiar sus vestidos, perfectamente correctos y en buen uso. Y otra manera más es la de comercializar productos incompletos o de menores prestaciones, a bajo precio, para afianzarse en el mercado ofreciendo posteriormente el producto mejorado (tal y como se pudo comercializar desde un principio) y con la ventaja añadida de que el consumidor (a quien tratan como a un tonto útil) se lleve la falsa imagen de empresa joven y novedosísima. En cualquier caso de lo que se trata es de que el fabricante gane más dinero, a costa de lo que sea. OEP ELECTRICS es la única marca en el mercado sin obsolescencia programada. Tras más de 9 años de investigación, Benito Muros junto a un grupo de ingenieros internacionales, ha desarrollado la tecnología y la fórmula para fabricar una línea de iluminación aplicada a la tecnología Led que tiene una duración de por vida. El hallazgo supone un nuevo concepto de modelo empresarial basado en la no obsolescencia programada. La creación de la bombilla sin fecha de caducidad, tiene detrás un proyecto de investigación de más de 9 años, liderado por Benito Muros. Dicho proyecto parte de la premisa de que pese a los avances tecnológicos antes los productos duraban más. Para llevar a cabo su investigación, Muros viajó hasta el parque de bomberos de Livermore (California), lugar en el que hay una bombilla que lleva encendida de forma ininterrumpida más de 111 años. Allí contactó con descendientes y conocidos de los creadores de esa bombilla, pero no existía documentación al respecto. Sin embargo, consiguió las bases a partir de las cuales comenzó su investigación. La bombilla creada por OEP Electrics responde a la necesidad actual de un compromiso con el medio ambiente. Al durar de por vida, no genera residuos. Al mismo tiempo, permite un ahorro energético de hasta un 92% y emite hasta un 70% menos de CO2. En definitiva, la nueva creación de OEP Electrics, responde a un nuevo concepto empresarial, basado en desarrollar productos que no sean caducos. Así, se trata de una filosofía empresarial más acorde con nuestros tiempos, gracias a la comercialización de productos que no estén programados para tener una corta vida sino que respeten el medio ambiente y que no generen residuos que van a parar a países del tercer mundo. OEP Electrics tiene una vocación de empresa tecnológica y ecológica, siempre con la misma filosofía, fabricar productos Sin Obsolescencia Programada. Ofrece a la sociedad una alternativa mejor por productos que necesitan utilizar cada día como, por ejemplo, los productos de iluminación dirigidos a particulares, empresas, y organismos públicos. La expansión internacional de OEP, se ha iniciado en Europa a través de España y desde aquí pasará al Continente Sudamericano, a países como Brasil, Chile, Colombia, Méjico y Perú así como a EEUU (Florida y California). Documental dirigido por Cosima Dannoritzer y coproducido por Televisión Española.
Cada quien tiene su propio estilo de escritura y su propia forma de entender sus textos, sin embargo, en muchas ocasiones podemos dar paso a malas interpretaciones o a una lectura difícil si redactamos de manera muy complicada, rebuscada o… mamona. La dificultad que le damos a los lectores no sólo se ve afectada por un estilo complicado, también por errores ortográficos o gramaticales que pueden pasar desapercibidos a la hora de escribir y afectar el significado de la oración (no es lo mismo “huele a traste” que “a traste huele”), sobre todo cuando se trata de los tan temidos acentos diacríticos que son los que se emplean para diferenciar dos palabras que se escriben igual pero significan distintas cosas (sólo = solamente, solo = una persona). A continuación pondré los errores más frecuentes que he encontrado (y que aparentemente son muy “inocentes”) para que puedas tener una guía de referencia antes de publicar tus escritos. Acentos Diacríticos: Cuando las palabras suenan igual, pero no significan lo mismo. Ahí vs ¡Ay! vs Hay Creo que es de los errores más comunes, ya que las tres palabras suenan igual. Ahí: sirve para indicar una dirección, un lugar. * Ahí está la salida. * El camino correcto es por ahí. Hay: viene del verbo HABER, por lo tanto se escribe con hache y significa que existe algo. * En esta caja hay tres juguetes. * Todavía hay posibilidades de ganar el partido. ¡Ay!: es una exclamación, esto significa que lo utilizarás cuando ocurra algo sorpresivo. * ¡Ay, mis hijos! * ¡Ay! Me diste un balonazo. Compara: * ¡Ahí nos vemos! * ¡Ay que dolor! * Todavía hay mucho por hacer. Tú vs Tu Tú: hace referencia a tu interlocutor (segunda persona). Es un pronombre, por lo que siempre va a usarse cuando quieras indicar a alguien. * ¡Solamente tú puedes salvar al mundo! * Tú vales mucho y mereces respeto. Tu: lo utilizarás cuando quieras indicar que una segunda persona posee algo. * Tu perro apesta. * Éste es tu libro Compara: * Fuiste tu verdugo (esa persona fue su propio verdugo). * Fuiste tú el culpable (esa persona tiene la culpa). El vs Él El: es un artículo (igual que la, los y las). * El perro es blanco. * Estoy buscando el sombrero gris. Él: éste es otro pronombre y al igual que “tú”, se utiliza cuando hagas referencia a alguien. * Él escribe de maravilla. * No estoy seguro, pero creo que es él a quien buscamos. Compara: * El viernes tenemos junta con el alcalde. * Él siempre está contando chistes. Sólo (Solo) vs Solo Solo: cuando una persona se encuentra en soledad (si puedes sustituirlo por “solito”, entonces no lo acentúes). * Después de la fiesta se quedó solo en su habitación [... se quedó solito en su habitación]. * Se sentía tan solo que decidió comprarse un caballo [... tan solito que decidió...]. Sólo: si puedes sustituir en tu oración la palabra “sólo” por “solamente“, entonces lleva acento. * Prometo escribirte una canción, pero sólo si me perdonas [… pero solamente si me perdonas]. * Sólo quiero saber por qué no acentúas bien [Solamente quiero saber...]. Compara: * Si no estuviera tan solo, estaría más acompañado. * Si sólo pudiera conseguir la llave, saldría más rápido. Mas vs Más Mas: sin acento es una conjunción, esto quiere decir que une dos oraciones (equivale a: pero, aunque, sin embargo, no obstante, antes bien). * Quisiera un Ferrari, mas no tengo suficiente dinero [... pero no tengo suficiente dinero]. Más: adverbio de cantidad, significa que al comparar dos cantidades o medidas una será mayor. * Quiero más sopa. * Canadá tiene más territorio que Filipinas Compara: * No puedo más. * No puedo, mas lo intento. Que, Quien, Como, Donde, Cuando vs Qué, Quién, Cómo, Dónde, Cuándo Aunque parezca confuso, estos son los más fáciles de distinguir: si utilizas signos de admiración (¡!) o interrogación (¿?)… entonces ¡ponle tilde! Otra forma de saber si le pones o no le pones acento es preguntándote: ¿me refiero a una pregunta o exclamación? Si la respuesta es sí, entonces ponle tilde. * ¿Cómo puedo saber si lleva acento? * Durante el asalto no sabía ni quién estaba junto a mí [“... quién estaba junto a mí”, al llevar acento, da una muestra de inquietud, duda o desconocimiento de lo que se está hablando, por lo que sigue siendo una pregunta aunque no se encuentre entre signos de interrogación. Si no llevara a acento, “... quien estaba junto a mí” estaría dando un sentido de señalización y por lo tanto de seguridad o confianza. Ejemplo: él fue quien estaba junto a mí (dando respuesta a la pregunta “quién estaba junto a mí”)]. ¿Cuándo no le debo poner acento? Cuando no te refieras a una pregunta o exclamación (observa con cuidado las oraciones anteriores). * Cuando termines tu comida tendrás tu postre. * Donde veas el árbol torcido da vuelta a la izquierda. Compara con atención: * No sé para cuándo terminaré mi tarea. * Cuando termine la tarea podré salir a jugar. * Donde te vuelva a ver, te mato. * ¿Dónde dejaste las llaves? * Quien se atreva a tocar mi comida, recibirá su castigo. * ¿Quién es Hideki Cuamatzi? * Volveré como pueda. * ¡Cómo te atreves a mentirme! * He visto ahora cómo lo has hecho. * Como pasta todos los días [Aquí podemos observar una particularidad del “como”: puede referirse tanto a la manera en que algo es realizado y a la conjugación del verbo “comer” en primera persona del presente (yo como pasta...)]. * Si hubiera sabido que se me haría tarde, habría despertado antes. * ¿Qué color te gusta más? * Cuando sea grande quiero ser piloto * ¿Cuándo es tu cumpleaños? Este/Esta, Aquel (y similares) vs Esté/Está vs Éste, Aquél (y similares) No llevan acento cuando a lo que te estás refiriendo se encuentre seguido inmediatamente (o en la misma oración) del pronombre. Llevan acento cuando el objeto, persona o lugar se encuentra atrás del pronombre, por ejemplo, en una oración antecesora de donde estás usando la palabra ‘este’, ‘aquel’, etc. Las únicas excepciones son ESTO, ESO, ESTOS y ESTOS ya que NUNCA SE ACENTÚAN. [Hay una particularidad con “este”. Hay que fijarse en qué contexto se está utilizando, ya que cuando no lleva acento, puede referirse a una dirección cardinal: oriente. Es muy fácil identificar estas situaciones. Ejemplo: El Sol sale todos los días por el este/oriente.] Cuando se acentúan funcionan como pronombres; cuando no se acentúan funcionan como artículos (?). Compara con atención: * Esto es lo más difícil que he visto en mi vida. * Este perro me mordió * Necesito éste y éste [No estás mencionando a lo que te refieres en la misma oración donde usas ‘éste’, por lo tanto, queda implícito que se trata de algo ya mencionado o tomado en cuenta (quedó “atrás” de la oración usada). Para que no llevaran acento, el enunciado quedaría así: “Necesito este y este" (como cuando se señala algo)]. * Aquel policía quiere mordida. * No me refería a ti, sino a aquél. * ¿Ha visto a esta sospechosa? * ¿Y a ésta? Nota importante: En español, los signos de admiración e interrogación son dos: uno que abre la oración y otro que la cierra. En otros idiomas solamente se utiliza el que la cierra. Aunque nos dé flojera escribir el signo que abre la exclamación o interrogación, es necesario usarlo ya que nos indica el tono de la oración al leerla (así nos damos cuenta al principio de la misma y no al final, cuando ya nos hayamos equivocado al leerla). ¡Ah!… Y no es necesario utilizar más de uno. * ¡No puedo creer cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos! * No puedo creer, ¡cuánto tiempo ha pasado! * No puedo creer cuánto tiempo ha pasado… ¡diez años! Para finalizar Como seguramente habrás podido observar, algunas palabras podrían cambiar completamente el significado de la oración, aunque por lo general no se nota ya que los lectores también ignoran estas reglas, mas no por eso podemos permitir que baje la calidad de nuestro trabajo. Estos han sido sólo algunos ejemplos importantes (y frecuentes) pero aún hay muchos que no se mencionan ya que de por sí es cansado leer muchos ejemplos sobre horrografía… perdón ortografía. Próximamente habrá más tips para que podamos dar a entender nuestras ideas sin posibilidad de malas interpretaciones (que podrían hacernos quedar mal). Actualización: La RAE permite que se omita el tilde para diferenciar ambas palabras (solo, sólo), pero lo mencionamos como un ejemplo más de palabras que pueden cambiar el significado, mas no es necesario que acentúes si no quieres.
En junio pasado el vice de Boca, Juan Carlos Crespi, minimizó la presencia de las violentos en el fútbol: "Hasta Cristo tenía barras. Los apóstoles eran barras que usaba para predicar la palabra" y allí surgió #labarradecristo, hoy nuevamente TT en el país #labarradecristo, es hoy el tema más mencionado en Twitter en la Argentina, un hashtag surgido en junio pasado cuando el vicepresidente de Boca, Juan Carlos Crespi, negó la existencia de barras en el club "xeneize" y luego minimizó la cuestión cuando dijo que "hasta Cristo tenía barras. Los apóstoles eran barras que usaba para predicar la palabra" - Cristo no se murió, cristo no se murió, cristo se fue de putas y a los tres días apareció #LaBarraDeCristo (@AzulAlavandina2) - Che testigo che testigo, que amargado se te ve, si te sacamos todos los timbres que carajo vas a hacer? #labarradecristo (@juanmujica22) - Che ateo che ateo, no te lo decimos mas, vos te hacés el diferenteee, no festejes navidad! #LaBarraDeCristo (@javitelechea) - Ahí está, en el taller, es el cornudo de José!!! Ahí está, en el taller, es el cornudo de José!!! #LaBarraDeCristo (@nanoricchetti) - Che ateo che ateo, no te lo decimo más, si te vemo' en la parroquia, te mandamo' al hospital #LaBarraDeCristo" (@SerGioPlazaA) - Aplaudan aplaudan no dejen de aplaudir, los milagros de cristo que ya van a venir ! #LaBarraDeCristo (@AguusCerrone) - Cristo, mi buen amigo, tirame el truco paaa cambiar el agua a vinoooo #LaBarraDeCristo (@gaspachotate) - No me jodas che judío, No me jodas musulmán, Cristo te hace vino el agua, y te multiplica el pan #LaBarraDeCristo (@Blogudiarieces) - Moishe, mi buen amigo, en Rosh Ashana ni esperes al ungido, van 6 mil años, ya se acabó, reconoceme que el mesias te plantó #LaBarraDeCristo (@DonRamongo) - Y dale una misa una misa a mi corazón, lo único que te pido es un buen sermón, cumplir los 10 mandamientos es mi obsesión.. #LaBarraDeCristo (@PabloFerreira9) - Che testigo che testigo, ya te lo dijo un mormón, hacete hincha de Cristo y aceptá la transfusión #LaBarraDeCristo (@MarzoCrivelli) - Ay ay ay ay que risa que me da, decis que sos ateo y festejas la navidad #LaBarraDeCristo (@martserra) - Judas vos sos traidor, judas vos sos traidor, te vendiste por plata, sos pecho frió y estafador #LaBarraDeCristo (@phbre) - Un mano a mano, uno x uno, vamos a ver si bancan el ayuno! (@santiori) - Llegan los cristianos del tablón, llego la hinchada, esa hinchada que grita y reza sin parar, vamos Cristo vamos a rezar (@NicoCarp94) - Que te te , que toca toca, esta hinchada está re loca. somos #LaBarraDeCristo el Diablo las Pelotas! (@Todomorbo) - Ateo no chamuyes mas, ateo no chamuyes mas, te esperamo' en el purgatorio, para ver alegres q al infierno te vas #LaBarraDeCristo (@Magoo_25) - Volveremos volveremos... Volveremos otra vez... Volveremo al tercer día... Como hizo a los 33..." #LaBarraDeCristo (@JohnNoizz)

#mequieroir Estos son algunos de los mensajes que la gente le está dejando a Hernán Lorenzino en Twitter tras el incidente que protagonizó en la televisión griega cuando lo entrevistaban. En un momento se le preguntó sobre la inflación y no quiso contestar, más aún le dijo a sus asesores que se quería ir. Así se divierten los internautas con este acto fallido del ministro de Economía de Argentina, quien además no tenía en claro cuál era el índice de inflación, tras negar que de ese tema no se habla ni siquiera con los medios locales. Malena Guinzburg @mguinzburg13mLorenzino nunca tuvo que chamullar en un examen?? Parecía un nene al que le tomaban prueba sorpresa… y obviamente no sabía!! #MeQuieroIr Lalo Zanoni @zanoni17mEn realidad Lorenzino ya se fue, porque nunca estuvo #mequieroir E. Valiente Noailles @evnoailles40mEn la Argentina el autoritarismo muta más rápido de lo que puede evolucionar la democracia. #mequieroir Angelina López F. @AngelinaLopezF2mMuy pronto en la calle, las remeras con la expresión " ME QUIERO IR",,,#mequieroir Paula Cardoso @polincardoso2m" #mequieroir "la ultima parte de la saga "El Gran Escape"protagonizada por el ministro de economia Andres Cardenal @andrescardenal57sTe vamos preparando el helicóptero Lorenzino? #MeQuieroIr