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Usuario (Argentina)
Advertencia : si usted lector es una persona racional, abandone automaticamente el post. Quiero ser un super-heroe! Si dijera eso, y tuviera 10 años, mi madre me miraria calidamente y se sonreiria; mientras mi padre me palmearia la espalda y diria "Ya lo vas a ser, tenes que crecer un poco mas, trabajar y comprarte un traje como el de Batman". Yo lo miraria y diria, "como el de Batman no, sino seria Batman. Yo me haria mi propio traje" . Quiero ser un super-heroe!! Si dijera eso y tuviera 16 años, mi madre me miraria calidamente y se sonreiria;mi padre levantaria los ojos apartandolo del ritmo hipnotico del televisor, se acercaria, me tocaria la frente , me miraria y me preguntaria "Hijo estas bien? vos te drogas o algo ? " Y yo responderia "No viejo, es que el mundo esta podrido y hay que cambiarlo. Y hay que empezar por uno, y luego ayudar a la gente, atrapar a la bad people" . Mi viejo volveria a ver el noticiero Quiero ser un super-heroe!!! Si dijera eso y tuviera 23 años, mi madre me miraria calidamente y se sonreiria;mi padre dejaria su vaso de vino, me tomaria del hombro y diria "Hijo, seguis con tus pelotudeces, porque no te pones a trabajar de una vez! No quiero mantener a un vago" . Y yo le diria, "Viejo las cosas no son asi, ya tengo todo planeado, la estrategia, el equipo que necesito. Quizas pueda sacar un prestamo y comprarme el auto y las armas. Es posible, todo es posible". Y mi viejo se serviria otro vaso de vino y se reiria Quiero ser un super-heroe!!!! Si dijera eso y tuviera 31 años, mi madre me miraria calidamente y se sonreiria; mi padre se quejaria por cada vez que tienen que venir a verme y se apoyaria en su baston y me miraria "Hijo, no te preocupes que ya te vas a mejorar. Dicen que la semana proxima viene a verte un Doctor especialista en esto". Y yo le replicaria "viejo, ya tengo mi propio traje blanco!! Yujuuu" Conclusion/es : - Un buen sopapo a tiempo arregla años de sicologo y vagancia - Los chicos dicen pelotudeces la mayor parte del tiempo - A veces con un buen saque de morfina somos Superman, Batman, Flash y toda la Liga de la Justicia y todos contentos Gracias por no comentar! Otros textos Fin y comienzo de un delirio
DESAGRAVIO Mientras los aviones pasaban en formación y vuelo rasante hacia el río, Fabricio recordó haber leído, hacía un momento, en la pizarra de La Prensa, "Hoy, 16 de junio, desagravio a la bandera". Lo asombró la coincidencia. El día de la reconciliación con su mujer se producía ese tumulto en la Plaza de Mayo. Elisa lo había abandonado hacía dos meses, pero Fabricio estaba dispuesto a perdonar. Sólo esperaba de ella un gesto de ternura y de arrepentimiento. l también podía llamar desagravio a lo que estaba por suceder. El cielo blanco, con los aviones al fondo, brillaba como una tela mojada. Grupos de manifestantes llegaban en camiones por las calles laterales. No había carteles, no había consignas, sólo la gente que se amontonaba. Igual que ovejas, pensó Fabricio. Negras. Una manifestación de ovejas negras. No le importaba la política, las desgracias eran siempre privadas. Si la política es el arte de lo posible, solía decir, entonces toda vida es política. Repitió esa frase, porque le daba cierto sentido personal a los sucesos de los últimos tiempos. Una bandera argentina había aparecido quemada en el atrio de la catedral. El presidente Perón acusaba a los activistas de la Acción Católica. Había rumores múltiples de inquietud militar, la Marina estaba en estado de alerta y esos aviones Gloster Meteors podían ser de la Marina. Fabricio tenía sus convicciones y sus propias hipótesis. Las cosas parecían graves, pero no eran graves, sólo eran inconexas. Todos exhibían un horror deliberado y se esmeraban por parecer más escandalizados que los demás, como si prender fuego a un trapo celeste y blanco fuera una catástrofe de consecuencias incalculables. Veía todo eso extrañamente ligado a su vida. La misma lógica insensata y destructiva que llenaba las calles había llevado a su mujer a abandonarlo. Esperaba encontrarla en el bar de la Recova, en los bajos del edificio del conservatorio donde ella daba clases de violín. Lo que más extrañaba era el sonido del violín de Elisa. Formaba parte de su vida en común. Ella se levantaba temprano y antes de ir al conservatorio practicaba sus lecciones. La música llegaba como una bendición desde el fondo de la casa. Ahora, cuando Fabricio abría el negocio de óptica que había heredado de su padre, el silencio le parecía tan desolado y vacío como su propia vida. A medida que avanzaba por la Avenida de Mayo veía crecer la multitud. Unos hombres abrigados con bufandas pero con el pecho desnudo bajaban una lata de querosén de un camión estacionado cerca del edificio del Cabildo. Era una especie de tambor redondo y estaba vacío y un hombre alto de pelo colorado con cara de ratón se lo ató a la cintura con una correa y empezó a golpearlo y a gritar consignas contra los curas y los vendepatrias. Usaba un guante de lana en la mano derecha y golpeaba la lata con un caño de plomo. Fabricio cruzó entre ellos, con cara de simpatía, como si también él fuera un peronista que iba a la plaza a gritar idioteces y a golpear latas vacías. No iban a amendrentarlo. Se sentía protegido. Desde hacía meses andaba armado. Llevaba un revólver en la cintura, calzado en el cinto. Había conseguido el permiso de un juez que era cliente de la óptica. Muchas veces había imaginado que un hombre decidido y desesperado —un suicida, un amante abandonado— podía ser capaz de hacer lo que otros no podían hacer. Por ejemplo matar a Perón. Si alguien piensa matarse, entonces puede hacer lo que quiera. Esa idea lo tranquilizaba. A veces, en las noches de insomnio que sucedieron a la decisión de Elisa, se veía esperando a Perón en un zaguán. Había visto el dibujo de un atentado contra el zar en una vieja revista uruguaya. Se veía un carruaje y un hombre parado en medio de la calle con el brazo izquierdo extendido y un arma gatillada en la mano. La imagen volvía, como un recuerdo personal. Perón bajaba sonriendo de un auto y Fabricio levantaba el brazo y lo mataba de un tiro. Veía el horror en los ojos de Perón, atrás de su sonrisa simpática. No podía sacarse esa idea de la cabeza. La sangre, la muchedumbre, los gritos. Estaba ya frente a la Plaza de Mayo. Cada vez más gente se amontonaba confusamente en las calles laterales, donde los que bajaban de los camiones se habían reunido y empezaban a gritar. Era igual a todos los días pero a la vez era distinto y era extraño, como en un sueño. Los trolebuses y los autos circulaban por las avenidas, los negocios estaban abiertos, los transeúntes cruzaban indiferentes entre los manifestantes enardecidos. Primero la queman y después le hacen desagravios, pensó Fabricio, y buscó los aviones en el aire helado. Tenía que llegar al Bajo, a Paseo Colón. Elisa salía del conservatorio todos los días a la misma hora y se sentaba en el barcito de la Recova a tomar un café con leche. La había vigilado semanas enteras. La conocía bien. ¿La conocía bien? Lo había dejado, de un día para otro, sin explicarle la razón, sin pedirle nada. Le dijo que había decidido vivir cada día de su vida como si fuera el último. Qué quería decir eso, Fabricio no lo entendía. Sólo entendía que había chocado contra una plancha de metal desde la tarde en la que volvió a su casa y encontró a su mujer vestida para salir. Ya tenía la valija preparada. Los celos lo estaban volviendo loco. La veía con otros hombres, oía voces, estaba alucinado. El esfuerzo de apartar a esa mujer de su mente lo había reducido a un estado mental imposible de describir. Desagravio, le gustaba esa palabra. Pero Elisa no sabía que ése era el día elegido. No sabía que él iba a buscarla para llevarla de vuelta a casa. Había preparado todo con tanto cuidado que no podía volver atrás ni cambiar el plan y se imaginaba los hechos con precisión, la cena con champagne, el dormitorio, la noche cuyo final era el perdón. No había buscado un día especial. Sencillamente había decidido que ése era el día y se había encontrado con ese tumulto en la Plaza. Sólo temía que su mujer cambiara los hábitos ante la posibilidad de disturbios. Pero la vio salir del café de la Recova, como había imaginado que la vería, bella y elegante con el traje sastre que él le había ayudado a elegir. Elisa estaba en la esquina. Parecía querer cruzar, alejarse de la plaza, tomar el subte. Llevaba el pelo rubio, recogido con sencillez, y se movía con elegancia y sensualidad. Fabricio se preguntó por qué se sentía tan agitado al verla, no podía respirar, le latía el corazón. Lo deprimía que la simple proximidad de Elisa destruyera de tal modo su valor. No era valor lo que precisaba, sino habilidad para convencerla. En ese momento los aviones se acercaron otra vez a la plaza desde el fondo del río. La multitud se movió nerviosamente cuando los aviones cruzaron a media altura y giraron para acercarse desde el fondo. Hubo gritos. Corridas. Fabricio comprendió que el azar estaba de su lado. Iba a decirle que pasaba por ahí, sólo quería llevársela con él, alejarla del peligro. Cruzó entre la gente y caminó rápidamente hacia ella. Elisa parecía mirarlo pero no lo vio, atenta a los extraños movimientos de los aviones que sobrevolaban la plaza mientras la multitud se movía en círculos. Fabricio ya estaba junto a ella. Era más bajo, macizo y parecía feliz. Elisa tuvo un gesto de sorpresa y de contrariedad. Se dio vuelta para escapar. l la tomó del brazo. —Soltame, ¿qué hacés? -dijo ella. —Te vine a buscar. —Pero no ves el lío que hay. —Por eso, quiero que vengas conmigo. —Estás loco. Yo con vos no quiero saber nada. —No mientas —dijo Fabricio—. Todo va a ser igual que antes. Yo ya te perdoné. Ella lo miró con una sonrisa rara. —Pero qué decís, sonsito. Ni muerta vuelvo con vos. La vulgaridad lo sorprendió. Le habló como si él fuera un chico. Después ella se movió para irse. Fabricio la sostuvo fuerte del brazo, por encima del codo. Sentía la tela áspera del traje de tweed. Y entonces, en ese momento, los aviones empezaron a bombardear la plaza. Caían en picada y volvían a levantar y caían otra vez hacia la ciudad, rozando la Casa de Gobierno, ametrallando las calles. Una explosión extraña, sorda, se oyó en el borde de la Recova y el trole se quebró al recibir la bomba. La gente caía una sobre otra; se los veía por la ventanilla moverse y agitarse, lejanos, como suspendidos en el aire sucio. Los asientos vacíos arrancados. Una mujer abría y cerraba los brazos, gritaba, en silencio, del otro lado del vidrio. Todo sucedió en un instante. Elisa retrocedió, Fabricio no la soltó. La gente corría, el ruido era intermitente. Estaban sobre Paseo Colón, a resguardo. La arrastró hacia la Recova. El humo y los escombros ensombrecían el cielo. De golpe empezaron a sonar las sirenas de alarma. Recién en ese momento Fabricio supo lo que había venido a hacer. —Tranquila —dijo, y sacó el arma. Ella lo miró, sorprendida. —No —dijo. Y se santiguó. Se oyó un ruido seco, como el de una rama que se parte. El estruendo se perdió en los sonidos de la ciudad en llamas. Había humo en las calles, escombros, autos incendiados. Elisa estaba tirada sobre la vereda. Tenía los ojos abiertos y en los ojos persistía una expresión de asombro y de ironía. Fabricio la empujó con el pie y se guardó el revólver en la cintura. —El subte no debe funcionar —dijo—. Voy a tener que caminar. Era un hombre de cara angulosa y pelo encanecido que se alejaba hacia el sur de la ciudad, murmurando y haciendo gestos, entre los cadáveres y las ruinas. FUENTE : http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2006/11/18/u-01311425.htm
Les comparto otra pequeña obra propia. Creo que la escribi un viernes, como hoy, que estaba quemado del laburo. El escritor Hoy se que es el día. Lo presiento Tengo esa sensación dentro mió, que me incita a liberar todos mis sentimientos y pensamientos. Una explosión espontánea, que me obliga a sentarme delante de la computadora y tipear todas las palabras, que surgen como un fuego incontrolable desde la boca de un dragón. Pero debo contenerme. No todo es mágico ni perfecto. Tengo que encontrar la estructura de mis ideas. Encontrar el inicio y el fin.No basta con una sola idea para conformar y sostener todo un mundo mágico creado solo desde la imaginación. El estomago se me revuelve. La ansiedad me genera picazón en las manos, y los ojos lloran de desesperación. Acelero el paso, me olvido del mundo que me rodea. Unos instantes después, podrían haber sido horas que no me hubiera percatado, llego agitado a mi hogar. Enciendo la computadora. Escucho su ronquido, su lento despertar luego de años de inactividad. Pero por fin, ahora me ha vuelto la inspiración del escritor. Me dirijo a un armario y extraigo una pequeña imagen del niño Jesús. Siempre en la angustia de los momentos culminantes de una historia, me aferro a él; para no perder el rumbo, ni para desvariar o perderme para siempre en mi mundo inventado. Eso es real. Es la fe en mi mismo. Por fin. La pantalla blanca rodeada de botones y funcionalidad “cut&paste”, “font” y otras, aparecen ante mi, y me siento confortado. Dejo la imagen del Cristo a un costado, detrás del monitor y me siento pausadamente en la silla con ruedas. Se queja de mi peso, por no haberle prestado atención todo este tiempo. Pero es así. De vez en cuando debo volver a la realidad. Debo transitar entre los normales. Y observo la pantalla blanca, la W flotando a un costado superior. Y me trabo. Siento que pierdo la chispa, el instante. Que las ideas se esfuman. Aprieto mis manos contra el escritorio, hasta el punto de volverse blancas, rechino los dientes, pataleo; y súbitamente encuentro el punto de partida.; y me tranquilizo. Ya se como comenzar, en que basarme. Ya encuentro el pequeño agujero que, a medida que pase el tiempo, crecerá y liberara toda esa inventiva latente. Debo escribir de mi, del traspaso del mundo real, al mundo imaginario. Y comienzo a tipear, primero lento y luego rápidamente, hasta terminar las primeras ideas. Me relajo y apoyo la espalda contra el respaldo de la silla, sabiendo que es un buen comienzo. Releo con lentitud las primeras oraciones. “Hoy se que es el día. Lo presiento” Y por fin, sonrío.
Me sumo a la movida literaria autoctona. Espero que les guste Hombres de Gris Mi vida comienza temprano, a poco tiempo de salido el sol. El ruido del exterior me avisa que ha comenzado el movimiento. Mi cuerpo me fuerza a levantarme de la cama mientras mi mente pelea por un rato mas de descanso. Por fin cede, y abandono mi cama. Me visto pausadamente, y desayuno algo de lo poco que encuentro: un poco de pan lactal medio duro con un dulce amargo, con gran posibilidad de ser arrojado a la basura. Acomodo mi corbata oscura, ato los cordones de mis zapatos negros, y sacudo las mangas de mi traje gris. Me paro por un instante frente al festejo, para encontrarme con la misma imagen de cada mañana; los ojos se esfuerzan por mantenerse abiertos y evitar que se noten mis cada vez mas oscuras ojeras. Estiro la manga del saco junto con la de la camisa, blanca, y muevo los hombros para ajustar la ropa a mi cuerpo. Mi traje, como el uniforme de un soldado comando, me mimetiza con mi ambiente. Me dirijo a la puerta, y recojo a la pasada mi maletín, también gris del que nunca saco nada, y el celular, que cuelga del cargador. Desciendo por el pequeño ascensor del edificio, solo; hasta la planta baja, donde debo atravesar un largo pasadizo lleno de penumbras que me lleva a la jungla, de cemento, nombre más que conveniente. Cierro la puerta al salir, sin esperar que el “trabapuertas” cumpla su trabajo; hago un par de pasos por la calle, y vuelvo sobre mis pasos para certificar que se encuentra cerrada. No confío. No confío ni en mis ojos ni en mi memoria. Camino un par de cuadras, en dirección al centro, llego a la avenida y doblo a mi izquierda, para luego bajar por las escaleras del subte; la gente pasa a mi lado, apresurada; yo paso también apresurado, un joven “dark” me golpea con su, acorde, mochila; pienso en chistarle para que me preste atención y regañarlo, pero lleva la música de su iPod muy elevada, ni lo intento. Una señora mayor de cabello blanquecino baja lentamente tomándose del pasamano mientras con la otra mano se apoya en su viejo bastón de ébano, la esquivo. Paso el molinete metálico, luego de que se ha devorado mi último pasaje. Hago un bollo de la tarjeta y lo arrojo en alguna dirección donde supongo que se encuentra el cesto de residuos. A la vuelta compraré más. Me conozco los pasillos de memoria. Los mismos carteles luminosos, los mismos grafittis en las paredes, el mismo ciego tocando en su violín la melodía marchita de todos los días, mientras “ruega” por una limosna. Todo igual, a veces cuesta distinguir cuando un día es lunes o jueves u otro. Una joven, de largo pelo oscuro y una pollera roja, seguro no es de aquí, se frena, lo observa al violinista y arroja un par de monedas, que tintinean al chocar unas con otras. Pienso algo por primera vez en el día. Qué esperan las personas lograr con su lástima, dando limosnas a indigentes que adoran ser pobres? Quizás nunca se lo preguntan, y siguen soñando que realmente el mundo puede cambiarse. Termino el recorrido, y me detengo frente al kiosco, a un costado del paso del subte; justo detrás de la línea que alguna vez fue amarilla. La mujer, joven, fresca, con su pollera roja, también para a un costado mío, mirando en varias direcciones quizás buscando guiarse. Su cartera se mueve hacia todos los costados, con soltura, acompañando sus idas y vueltas. Un fuerte viento fresco proviene del túnel, cuando un par de ojos ya han captado una víctima. Se acerca lento, como un gato pardo observando a su presa, y luego se apresura. La mujer sigue mirando en varias direcciones, un poco desconcertada; de pronto un chico, no mayor de 13 años, pasa por detrás, del lado de las vías, toma la cartera de ella con fuerza, tironeando. La mujer se da cuenta, y hace fuerza para mantener un brazo junto al cuerpo, las tiras de la cartera resisten un instante, pero el chico hace mas fuerza y sale corriendo, provocando que la joven gire sobre si misma, pierda el equilibrio y caiga hacia atrás. Las personas alrededor miramos todo el suceso, repetido, vemos al chico correr delante nuestro y huir, sin que podamos, ni queramos, hacer nada. Ella mientras, intenta balancearse, pero su zapato cede, el taco se quiebra y comienza a caer de espaldas, hacia las vías; al fondo del túnel, comienzan a verse las luces del subte aproximándose a gran velocidad. El tiempo parece en cámara lenta para todos, ella sigue cayendo lentamente mientras los cuerpos se abalanzan lentamente y apiñados, como pingüinos, buscando un lugar cerca de las puertas del subte para subir de inmediato y conseguir una buena ubicación; mirando lo que sucede pero sin razonar. De repente siento un intenso calor, el tiempo vuelve a su curso normal; todo el sudor, energía contenida se libera de la masa, cada individuo irradia su deseo de luchar por un lugar. Mientras yo, inerte, en la frontera de mi concepción, veo a la mujer abalanzarse al pozo de las vías, la gravedad la empuja con soltura y ella baila una danza desesperada. Su pollera roja, su única compañera, la traiciona, traba sus piernas, deteniendo su única chance de salvarse, y por fin la mujer cae a su destino. No se que impulso, ni sentimiento me motiva, me despabilo y me lanzo hacia ella, de una forma que ni en mi mejores años deportivos lo hubiera hecho, mi ser contenido salta, suelto el maletín al momento que la tomo de su brazo, la jalo hacia mi y aterrizo, en cuclillas con ella apoyando lentamente su cara en mi pecho. El subte pasa al lado nuestro a gran velocidad, revolviéndonos el pelo, exudando aceite y calor; para luego detenerse unos metros mas adelante, con un último resoplido. Las puertas se abren y la masa se apresura a ocupar sus posiciones, mientras nosotros nos miramos por primera vez. Nos quedamos así, pensativos, sin movernos. Ella me sonríe, y, por fin habla - Sabes – dice mientras estira su brazo hacia mi cabeza - tienes una flor amarilla colgando de tu pelo – y la toma en su mano.
Registrate y eliminá la publicidad! Poder Dominio Es lo que él siente Le hace bien y lo demuestra Una excusa cualquiera es buena razón Con un puño cerrado y dientes apretados, con su cinturón latigueando y silbando en el aire Cada vez tiene su encanto, su liberación, su premio Le sienta bien, y es así por la naturaleza como debe ser, el cumple su rol No piensa las consecuencias, ni le preocupan, es una necesidad y un regocijo --------------------------------- Lo ve acercarse, y tiembla recordando como fue el día anterior y temiendo por el próximo, Se acurruca en un rincón, con los brazos cruzados sobre su pecho, sollozando Y él no sabe cuanto duele, ni se imagina cuanto duran las cicatrices Hasta donde puede llegar? Cuando se detendrá? Pero recibe su castigo, en absoluto silencio comprende que no esta del todo mal Así le enseñaron que era Así fue otra vida con sus padres, ellas al final siempre, sumisas Aclaro, el cuento también tiene un interpretación visual. Espero que les guste Saludos <a href='http://b.t.net.ar/www/delivery/ck.php?n=a2afc290&cb=INSERT_RANDOM_NUMBER_HERE' target='_blank'><img src='http://b.t.net.ar/www/delivery/avw.php?zoneid=58&cb=INSERT_RANDOM_NUMBER_HERE&n=a2afc290' border='0' alt='' /></a>
Otro cuento propio. Espero comentarios Que lo disfruten Pies rápidos Cruzaron sus miradas, e intercambiaron sentimientos de odio. La competencia estaba llegando a su conclusión. La carrera no había sido fácil, todo lo contrario; ambos tuvieron que recurrir a varios trucos; el premio valía la pena. Uno levanto la mirada, venia confiado, su paso era firme; su contrincante, Dos, estaba bastante atrasado. Ya podía ver la línea de llegada; hasta creía, incluso, oír el tronar de los aplausos y el vitorear del triunfo. “Pies rápidos, pies rápidos” como solían llamarlo de chico, corriendo, escapando, descalzo pero alegre; el siempre ganaba. Acelero el paso, su pulso era constante como siempre; tenía todo bajo control. Pero Dos no se dejaría ganar fácilmente, sus fuerzas parecían intactas, no había dado todo todavía. Sus pasos eran muchos mas largos, su estrategia comenzaba ahora, en la recta final. Últimos 100 metros : Uno no podía hacer mucho, había optimizado sus energías para mantener su paso firme; no supuso que Dos se proponía esto; tampoco tuvo en cuenta el ascenso de 30°. Y eso era un caro error. El miedo comenzaba a recorrer su espalda. 60 metros . Dos le pisaba ya su sombra, el sol del atardecer daba de frente. Seria el final perfecto para esta carrera espectacular. 50 metros. Uno podía oír sus pasos, retumbando como ecos de un falso logro. En la línea de llegada un grupo observaba impaciente el resultado. 40 metros. Expiración, inspiración. Expiración, inspiración. Su fuerza mermaba, no ahora, no podía ahora. 30 metros. El sudor de Dos lo sapilcaba, sentía su calor. 20 metros. Ya llegaba, ya llegaba; la carrera era suya.”Vamos pies rápidos – decía la voz de su padre en su cabeza – yo sabia que podrías” 10 metros. La frente en alto, el pecho hacia delante. El triunfo, el éxito. Dos en su ultimo esfuerzo, estiro el brazo derecho; lo tomo del hombro y lo arrojo al piso. Con la otra mano, la que sostenía el bastón, lo golpeo en la espalda y a continuación en la cabeza. - Chango idiota- lo golpeo una vez, dos veces, tres. Los espectadores del otro lado de la línea, tan solo miraban - Idiota, idiota –El palo descendía nuevamente con mas fuerza, Uno se arrastró lo que pudo; incorporó el torso intentando levantarse. De sus ojos brotaron lágrimas de tristeza y súplica – Chango idiota, ríete ahora como te reíste cuando me golpeaste con la piedra, ríete ahora, pide ayuda – El palo caía, y retornaba manchado de sangre; y de nuevo, y otra vez; hasta que se detuvo. Dos se incorporo, seco el sudor de su frente; miro el cuerpo ya inerte; y lo escupió. Por fin se volvió, antes lanzando una mirada desafiante a sus espectadores. Y ellos como buitres que eran, descendieron a hurgar el cuerpo aun caliente del joven mexicano; mientras su mano se aferraba al borde del alambrado que lo separaba de la frontera.
Hay cuentos que merecen ser recordados y recuerdos que merecen ser contados, que sino la simple fobia del descuido nos deja insensata en el olvido. Y es que no hay tantos muertos como entierros no hay tantas lágrimas como pañuelos y si miro las sumas blancas en lo verde veo que no todas tienen flores muy alegres, Para esos pocos que han sufrido ya por tantos, esos pocos no descansan todavia, pues los otros, se aprovechan de su hombria Es que escucho lo que no he vivido, y digo, perdonen, si soy atrevido Pero no me gusta tanto dulce en un plato, es que siempre, esconde algo mas amargo. Mis otros escritos
Puede ser un poco fuerte en sus sutilezas. Espero les guste -------------------------------------------- Mono hace La caja lo dice. Tan tonta, tan sabia. Atrayente Mono ve Los huecos , enormes, sonrientes, oscuros e inevitables Mono rie. Tambaleante, golpeandose, avanza.Brillante metálico en su mano. Mono hace Los huecos llamando.Él, imitador, recuerda los colores y sonidos Mono ve Y quien lo culpa? Quien no hace? Si apenas se sostenía. Los descuidos o la ignorancia Mono rie Rojo, azul fusionados. Instante y corte Mono calla Mis recomendados http://www.taringa.net/posts/arte/2203846/cuento-que-te-cuento-3_-waits.html http://www.taringa.net/posts/arte/2927398/Algunos-poemas-de-Bukowski-1.html http://www.taringa.net/posts/arte/2653941/Cuento-Propio-IX.html Mis otros escritos Pies rápidos Consentimiento El escritor Decisiones Comics hecho cuentos Hombres de gris A quien corresponda Un crucifijo Vision de los tiempos Fin y comienzo de un delirio Delirio de heroe

Para los que conviven con esto cada dia. Entorno Soy una garrapata, sobre una almohada roída y delgada. Camino entre hilachas, entre otras hermanas. Nos miramos. Vemos un animal dormido en el piso húmedo, de tierra. Y salto y me cuelgo. Soy un perro, estoy flaco, me duele la falta de comida. Salgo de la habitación de paredes de barro. Huelo algo en la cocina, buscando por alimento, no hay nada. Voy a la calle, siento el olor horrible del barrio. Unos niños corren al lado mío, e intentan patearme, y siguen corriendo. Descanso. Soy un gato, veo a un perro tirado al sol. Veo hacia delante, a otros techos de chapas sueltas. Mis uñas están gastadas, mi pelo se cae. Me paro, mi cuerpo se contrae, mis patas se tensan, y luego suelto todo. Salto, 2 metros, y caigo sobre una goma usada. El techo se mueve un instante bajo mis patas. Mi cuerpo se queja del movimiento. Antes era más sencillo. Camino un rato, buscando algo. Veo unos chicos sentados, y me acerco, esperando afecto. Soy una zapatilla. En algún momento fui blanca, en algún momento tuve otro dueño, tuve orgullo. Salgo levantada en el aire, y le pego en una costilla a un gato callejero. El gato siente el dolor y sale corriendo. Me levanto y empiezo a caminar, salgo de la villa y llego hasta la plaza. El esfuerzo, el peso me molesta más que antes, siento como de a poco me voy desarmando. Soy un cigarrillo. Salgo del bolsillo olvidado. Estoy doblado, y maltrecho. Siento calor, y como me voy consumiendo. Por lo menos esperaba que alguien disfrutara de mí, ni siquiera. Escucho unos pasos, como de tacos; y me arrojan. Soy un vestido amarillo. Soy alegre, me gusta mi vida, en un armario, o detrás de un escritorio. Es confiable. De repente cambia. Unos chicos me tironean, me rasgan. Me asusto, quiero correr, me pegan en la espalda. Duele, me caigo al piso, me corto y sangro. Me pregunto “Que es lo que cambio de hace un instante?”. Lloro, de impotencia. Soy un arma. Veo el amarillo chillón, veo los zapatos negros lustrados, la cartera nueva. Los odio, los ODIO. Siento las manos flacas y negras de tierra. No las soporto. Y me disparo, con bronca, sin dudar. Y me voy corriendo, presionada contra el pecho y sintiendo el rítmico ruido. Estoy orgullosa, estoy tranquila. Soy el vestido, que antes fui amarrillo. Soy el cigarrillo que nunca me disfrutaron, soy unas zapatillas que no elegí mi destino, soy animales incomprendidos. Soy la muerte, y a veces siento que soy injusta. -------------------------------------------------- No dejen de leer el "mejor cuento de la historia taringuera" . http://www.taringa.net/posts/arte/3264667/Cuento-propio-%28el-mas-mejor-de-taringa-y-alrededores%29.html
1 - Ralph ? – le llamo el hombre que recién había entrado, portando un maletín azul oscuro y vistiendo desalineadamente un fino traje negro. Ralph se encontraba en ese momento sentado en el bar de la esquina, como siempre en la mesa que daba al lado de la ventana, tomando un café irlandés bastante “cargado”. Su mano temblaba ligeramente cuando levantaba la taza. - Puedo sentarme? – inquirió el hombre. Ralph le indicó con la mano para que tomara asiento. - Leroy, como has estado? - Bien – respondió cortamente, típico carácter de los sureños. Acomodo su maletín por delante de sus piernas, a la altura de la ingle, y se sentó lentamente. - Que me traes hoy? Algo especial? - Es lo que pedías, tu último trabajo – Ralph no pudo evitar su asombro (y alegría), arqueó sus cejas. El hombre hizo unos movimientos por debajo de la mesa, y extrajo una carpeta, naranja, que apoyo sobre la mesa. Ralph expresó una cierta muesca de desagrado al verla - Sabes Leroy que esto no será sencillo. Solo he hecho este proceso dos o tres veces. Leroy sonrió. - No te preocupes. Será fácil para ti. - Bueno, bueno. Confias demasiado. Me imagino que realmente esta persona será muy importante como para querer rescatarla, físicamente por lo menos. - Velo por tu mismo – respondió Leroy y sus ojos brillaron por un instante, pero enseguida volvieron a su gesto duro. Ralph estiro su brazo y acerco el legajo. - Siempre tan simpático y expresivo Leroy. Tantos años que nos conocemos, y tu sigues siendo tan impávido en estas cosas – Tomo un sorbo de su café- Pero aun así me agradas, no se porque – dijo a continuación, mientras lo observaba a Leroy por detrás de una leve cortina de vapor que provenía del café aun caliente, y tomo otro sorbo. Quizás luego de leer el expediente no seguiría siendo de su agrado. - Asi es como somos en este trabajo, lo sabes – hizo una pausa, esbozó una sonrisa forzada - amigo. Ralph apoyo su taza de café a un costado, y abrió el expediente, curiosamente con pocos folios. El hombre a tratar, como siempre, no tenía nombre. Se le hizo un nudo en el estómago. 2 Ralph Pattern había sido años atrás un eminente diseñador de software sináptico, y un investigador del MIT, aunque nada excepcional; hasta el inicio de su proyecto más ambicioso y excéntrico: el Imaginador. Un software que permitía a una persona generar imágenes coherentes en base a lecturas de señales del cerebro, procesando las imágenes para evitar formas borrosas o desconocidas, aplicando en tiempo real reglas de asociación y de reconocimiento de objetos; en otras palabras, permitía recrear lo que pensaba o imaginaba una persona y generaba una impresión de una situación de una forma totalmente real. Con ciertos comandos, invocados por impresiones particulares, la persona podía manipular el software. Ralph sabíe también que las “imágenes” grabadas en el cerebro no podian ser borradas, sino debían ser reemplazadas. Este sistema no despertó demasiado interés en su comunidad científica a pesar de ser bastante revolucionario, porque no aparentaba brindar ningún beneficio; desde el gobierno, descubrieron su potencial. Leroy, jefe del departamento de Protección y Recuperación de Valores Humanos, se contacto con Ralph para adquirir su software. Ralph acepto gustoso la propuesta económica. Pero omitieron algo: el sistema estaba adaptado a los patrones mentales de Ralph, lo convertia en el único capaz de utilizarlo. En otros casos, el sistema se tornaba totalmente incontrolable, con consecuencias indeseables para la persona que lo manipulaba. Ralph abandonó su carrera de investigador para dedicarse a participar en secreto en los proyectos del gobierno; junto con otro equipo de expertos en el área de imágenes sinápticas. El grupo de Leroy estaba listo, con un sistema capaz de generar situaciones reales en base al pensamiento. Y Ralph era el hombre clave. 3 El primer trabajo fue dentro de uno de los jueces más influyente de Ciudad Capital, y eso no era poco. Un caso de soborno lo había alejado totalmente de sus actividades, habiendo sido sometido a juicio político. Totalmente desprestigiado luego de haber sido declarado culpable, el juez se abandono totalmente, volviéndose un alcohólico, cayendo finalmente en un intento de suicidio. Falló, pero quedó en estado de coma. La mujer desesperada recurrio a personas influyentes del gobierno para intentar recuperar a su marido de alguna forma. Leroy intervino gustosamente: debía recrear la carrera del juez antes del momento de haber recibido el soborno, y suponer que había sufrido un grave accidente que lo dejó en coma durante dos años. El proyecto fue catalogado en amarillo. El proyecto tardo unos meses, fue un éxito. Hoy el juez vive apartado de su antigua vida política, en una pequeña ciudad costera. Unos casos después, se presentó otro catalogado “naranja”, que quedó en la memoria de Ralph. Mark Polack, un joven soldado canadiense que peleó en la última guerra en el oriente medio. El muchacho vivió experiencias aterradoras durante cinco meses, el cual estuvo en cautiverio, y sorpresivamente sobrevivió a un ataque con armas químicas. Aún dudan de cómo pudo haber sobrevivido, y suponen que desarrolló un instinto caníbal para subsistir. Luego de estar internado bajo tratamiento siquiátrico y que se lo declarara demente irrecuperable, el gobierno de su país decidió hacerse cargo del costoso tratamiento de “renovación”. Ralph creó una obra digna de un héroe: había abandonado su puesto de soldado para alistarse en los cascos blancos. Se perdió en la selva de Camboya durante meses, hasta que pudo ser salvado. Muchas historias habían pasado por esa máquina, casi incontables, se habían recuperado personas al borde de la muerte o de la locura; tapando oscuros secretos o borrando pecados innombrables. Ralph tenía conciencia del poder de su obra: jugaba el papel de un predicador que moldeaba las almas de otros. Pero a un precio personal muy alto. Muchas veces podía sentir lo que la otra persona sufría y lo que había hecho. Pasaba noches enteras de insomnio. Los secretos ajenos lo acosaban, los fantasmas de otros lo estaban afectando. Sus manos ya mostraban signos, ese ligero temblequeo, que paulatinamente iba cobrando intensidad. Estaba llegando al límite. 4 Rápidamente Ralph leyó el expediente. - Debí haber supuesto que esto sucedería en algún momento. Tengo alguna opción? - preguntó, pero ya sabia la respuesta - Recuerda por todo lo que has trabajado estos años – Leroy conocía las palabras adecuadas para motivar a Ralph, sin necesidad de llegar a la amenaza – Toda esa obra se perdería contigo, piensa en las vidas que se seguirán salvando. Ralph quedó en silencio. Tomo otro sorbo de café, mientras miraba hacia fuera, sin observar - Ojala confiara en que eso, es así como me lo dices - replicó. Otro silencio. Ralph sentía en su interior una convulsión de rabia y ansiedad, le revolvía el estómago. El café ahora le pareció exageradamente ácido. - Cuando quieras, puede empezar - asintió Leroy. Ralph miró abajo, sus brazos apoyados sobre la mesa en un inútil intento de ocultar su padecimiento. Una marcada cicatriz atravesaba su antebrazo hasta la muñeca y nunca recordó como se la había hecho. A veces suponía porque. - Leroy, quiero preguntarte algo - No se si se te lo podré responder - Hace cuanto realmente te conozco? Leroy levantó la mano, haciendo un gesto para que se detenga - No te lo puedo decir – un nuevo silencio, con un dejo de amargura - aunque quisiera – de pronto notó un pequeño acento extranjero en su habla. Hizo un ruido con su garganta, como quitándose el sabor amargo del café, y del momento. - Quisiera conocer la Isla de Pascua – añadió Ralph - siempre tuve un extraño deseo de estar allí. - Haré lo posible –tomo el maletín, y le extendió la mano. Recibió un apretón sin fuerza.- Te espero pronto – Antes de marcharse, lo miró a los ojos - Ralph, te digo que algunas preguntas son las mismas que yo me hago. - No me sirve de consuelo – alego cortante. Leroy se marchó. Mmovió el legajo a un costado, mientras empujaba el último rastro de café hacia su garganta. Su nombre en el documento retumbaba en su cabeza. Extrañamente se sintió aliviado. Se levanto de su lugar y se marchó del bar; sin pagar.