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julitocolon

Usuario (Argentina)

Primer post: 12 dic 2008
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¿Por qué hacemos trampa?
OfftopicporAnónimo3/2/2009

Bueno amigos taringueros les traigo este texto que saque de pagina 12 que esta muy interesante, leanlo no se van a arrepentir, y les va a dar que pensar. Por Adrián Paenza Dan Ariely fue otro que me impactó en las charlas TED. Nació en Estados Unidos, hizo su carrera en Israel, es investigador en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) y se ocupa de diseñar y organizar experimentos con humanos que sirvan para describir parte de nuestras conductas. Por ejemplo, ¿por qué hacemos trampa? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar? ¿Qué límites tenemos? ¿Qué las atenúa, o al revés, qué las estimula? Ariely publicó en febrero del 2008 un análisis de sus hallazgos en un libro que se transformó en best seller mundial: Las trampas del deseo (Predictably Irrational en el original). Lo novedoso en Ariely es su capacidad de elaborar experimentos para medir lo que él sospecha que pasa. Por ejemplo, si uno quiere descubrir en qué condiciones un humano es capaz de hacer trampa, cómo hacer para exponerlo sin necesidad de humillarlo, cómo hacerlo desde un costado científico, que no tiene el condimento de la moral, sino que sólo trata de entender. Por otro lado, la idea es tratar de descubrir cómo somos, o cómo reaccionaríamos frente a determinados estímulos, pero sin estar sujetos a lo que debería ser el resultado, o lo que él espera que sea el resultado. Algunos ejemplos Suponga que usted está trabajando en su oficina y su mujer lo llama por teléfono y le dice que le hace falta un lápiz y le pide que se lo consiga cuando llega de vuelta a su casa. ¿Usted se lleva uno de los que tiene a su disposición en su lugar de trabajo? Piense su respuesta antes de seguir leyendo. Ahora sigo yo (o mejor dicho, Ariely). La abrumadora mayoría de las personas dice que sí, que se llevaría el lápiz de la oficina (por las dudas, yo también contesté lo mismo). Ahora bien. Si en lugar de un lápiz, en el lugar de trabajo hubiera una moneda de un peso o un billete de dos pesos, que es lo que supongo que cuesta el lápiz que usted se está por llevar, ¿sacaría la moneda o el billete de la oficina para comprar el mismo lápiz? Es decir, ¿se llevaría el dinero que cuesta el lápiz para ahorrarse de pagarlo? Aquí, la contestación es distinta. Es abrumadora también, pero en sentido contrario. La gente contesta en general que no, que no se llevaría el dinero. Es decir, quedarse con dinero de otro es robar. En cambio, apropiarse de un lápiz, no. O en todo caso, pareciera que no. Dentro de nuestro grupo de reglas sociales, las que tienen que ver con nuestro comportamiento diario, hacer un poquito de trampa es tolerado. “Un poco, está bien... pero no tanta.” Se puede robar, pero hasta un determinado límite. Honor y trampa Otro ejemplo. Ariely comentó que cuando se produjo el desfalco de Enron, uno de los más grandes de la historia de Estados Unidos, se preguntó: ¿Es posible que haya diez mil personas dedicadas al mal? ¿Se pusieron todos de acuerdo? ¿Todos comparten un mismo objetivo, el de robarle a la gente? Ariely dijo que incluso haciendo un relevamiento de la vida personal de los tres arquitectos de la estafa, los directores principales de la empresa, descubrió que las tres eran personas queridas en la comunidad en donde vivían, generosas en sus obras de caridad e incluso valorados por los vecinos por la forma en la que estaban involucradas en el mejoramiento de la calidad de vida del lugar que habitaban. Intrigado por el desdoblamiento tan increíble de las personalidades, Ariely diseñó un experimento para ver hasta qué punto uno está dispuesto a trampear. Para eso, escribió un grupo de 20 preguntas de matemática, relativamente simples, que cualquiera podría resolver siempre y cuando le dieran el tiempo suficiente para hacerlo. Las imprimió, las pasó a un grupo de estudiantes y les dijo que tenían cinco minutos. Al cumplirse los cinco minutos, Ariely recogía las hojas y verificaba la cantidad de problemas que habían sido contestados correctamente y les pagaba un dólar por problema bien hecho. Es decir, a los efectos de lo que los estudiantes sabían, el objetivo era poder determinar cuántas preguntas podrían contestar en cinco minutos. Y la recompensa, o el pago por haber participado del experimento, era un dólar por pregunta bien contestada. Luego de evaluar las respuestas de este grupo de estudiantes, resultaba que en promedio habían contestado correctamente cuatro de las veinte. Después hizo lo mismo con otro grupo de estudiantes, pero tan pronto como se cumplían los cinco minutos, Ariely les pedía que rompieran la hoja en la que habían resuelto los problemas, de manera tal de que no quedara ninguna evidencia de lo que habían hecho. Inmediatamente, Ariely les mostraba cuáles eran las respuestas correctas a cada pregunta y les pedía que le dijeran cuántas habían contestado bien. Y por supuesto, seguía vigente que les pagaría un dólar por acierto. En este caso, en promedio, la respuesta de los estudiantes era “resolví siete”. Como no hay (ni había) ninguna razón para imaginar que los estudiantes se habían transformado ni en más capaces ni en más rápidos, es aceptable conjeturar que las personas del segundo grupo estaban haciendo trampa. Es decir, al romper la hoja y que ya no hubiera más evidencia de lo que habían hecho, los estudiantes, en promedio, trampeaban el resultado. Y en lugar de cuatro el número de respuestas correctas ascendía a siete. Con todo, Ariely señaló algo interesante: ¡ningún estudiante de ningún grupo del experimento dijo que había resuelto las veinte! Lo que se deduce es que la abrumadora mayoría mintió, si, pero sólo “un poquito”. Como si solamente un poquito estuviera permitido. La pregunta entonces es: ¿por qué solamente un poquito? Ariely propone dos posibles explicaciones: por la probabilidad de que a uno lo descubran y porque el dinero en juego no es (era) suficiente, no valía la pena. Honor y dinero Para ver cómo incidía el dinero, modificó el pago por respuesta correcta. Hizo el mismo experimento pagando 10 centavos por pregunta correcta, y luego pasó por 20 centavos, 50 centavos, dos dólares, cinco dólares... Y los resultados fueron muy parecidos. O sea, no parecía que el dinero fuera un factor determinante. Entonces modificó el otro potencial factor, la probabilidad de ser descubierto. Primero, en lugar de romper la hoja por completo, indicó que la rompieran sólo por la mitad o que salieran de la habitación y se pagaran a sí mismos retirando el dinero de una billetera que contenía 100 dólares. Los resultados no variaron sustancialmente. Es decir, siempre había trampa pero no en forma inaceptable, como habría sido o sería contestar las 20 preguntas. Pero nunca se reducía totalmente. La pregunta que surgía entonces es: ¿Por qué hacer trampa hasta un determinado nivel y después parar? ¿Por qué parar? Ariely y sus colaboradores empezaron a sospechar que lo que adquiría importancia es la posibilidad de seguir mirándose al espejo y sentirse relativamente bien con uno mismo, algo así como la posibilidad de seguir pensando de nosotros mismos como buena gente. Es decir, existe un umbral que varía con la persona, hasta el cual uno puede hacer trampa pero aún sentirse bien con uno mismo. ¿Cómo testear ese umbral? ¿Cómo estar seguros de que la conjetura es cierta? Se trataba de diseñar un experimento que hiciera sentir a la gente menos cómoda si trampeaba, para que por lo tanto hiciera menos trampa, pero que también contemplara la posibilidad de hacerlos sentir más cómodos si trampeaban y luego verificar si eso sucedía. Se les ocurrió hacer lo siguiente: antes de hacerlos contestar las preguntas de matemática, los invitaban a participar en un experimento de memoria. A la mitad se le preguntaba el título de diez libros que hubieran leído en el secundario. A la otra mitad se le preguntaban los diez mandamientos. La idea era averiguar si habría diferencias entre los dos grupos. ¿Cómo reaccionaría el segundo grupo, el que tenía que recordar los mandamientos, respecto de hacer trampa comparado con el primero? Ariely se ocupó en señalar que le parecía muy difícil que la gente pudiera recordar los mandamientos, salvo que fueran muy religiosas. A la persona común, los mandamientos nos resultan virtualmente imposibles de reproducir. Con este grupo de estudiantes sucedieron dos cosas para destacar: el número de mandamientos que recordaban no tenía ninguna conexión con cómo contestaban los problemas de matemática, pero el nivel de trampa disminuía radicalmente y en algunos casos desaparecía totalmente. Es decir, independientemente del número de mandamientos que pudieran recordar, ese grupo ¡hacía menos trampa en sus respuestas! Ariely averiguó también cuán religiosos eran los participantes y concluyó que eso no incidía en la prueba: ni los más religiosos hicieron menos trampa ni los menos religiosos, más. La trampa virtualmente desapareció de ese grupo. Bastó que uno apelara a la moral para que eso fuera suficiente para cambiar la actitud. Para quitar a los mandamientos del medio (si es que esto le causó o causa algún respingo), Ariely les propuso adherir al código de honor de la institución en la que estaba haciendo el experimento (en el caso del MIT, por ejemplo, no existe ningún código). Los estudiantes que participaron del experimento firmaron que cada uno de ellos sabía que había un código de honor en el establecimiento y que estaban dispuestos a cumplirlo. Este grupo contestó como pudo las preguntas de matemática que le dieron, rompió la hoja como le habían propuesto, pero no hizo trampa. Recordarle a la gente inmediatamente antes de hacer la prueba de la existencia del código de honor es más que suficiente para cambiar su conducta. Por supuesto, no pretendo con este artículo sacar una conclusión general sobre nuestras conductas. En todo caso, valdría la pena conocer un poco mejor cómo somos. Ariely y su grupo van y fueron mucho más allá de lo que yo puedo incluir en esta nota, pero ciertamente sus experimentos ponen en evidencia cuán diferente somos de lo que creemos que somos. Y cuán lejos estamos aún, como sociedad, de respetarnos más, de ser más solidarios, de ser más generosos, y eso tiene que ver también, aunque no lo parezca, con pagar los impuestos, evitar la coima o en general... no trampear. FUENTE

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La luz es como el agua [García Márquez]
Ciencia EducacionporAnónimo2/22/2012

Bueno gente les dejo un lindo cuento para leer y disfrutar La luz es como el agua En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos. -De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena. Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían. -No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí. -Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha. Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación. -El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible. Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio. -Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué? -Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está. La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa. Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces. -La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale. De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido. -Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo. -¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel. -No -dijo la madre, asustada-. Ya no más. El padre le reprochó su intransigencia. -Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro. Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad. En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso. El papá, a solas con su mujer, estaba radiante. -Es una prueba de madurez -dijo. -Dios te oiga -dijo la madre. El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama. Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños. Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz. Espero que lo hayan disfrutado como yo. Un saludo!

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Anclar carpetas a la barra de tareas.
InfoporAnónimo2/13/2012

Bueno gente, hoy les traigo una pequeña ayuda para poder anclar una carpeta a la barra de tareas donde, por defecto, nos abre nuestra biblioteca. Primero elegimos la carpeta que queremos anclar. La abrimos en una ventana, y copiamos la dirección de la misma. Luego, hacemos clic con el botón secundario (o botón derecho) sobre el icono de carpeta anclado en la barra de tareas. Aparecerá una lista, hacemos clic con el botón secundario (o botón derecho) sobre "Explorador de Windows" y le damos clic a propiedades. Nos va a aparecer una nueva ventana, en la pestaña Acceso directo vamos a destino y pegamos la dirección de la carpeta que queremos anclar. Finalmente damos aceptar y !Listo! Bueno espero que les sirva, cualquier cosa pregunten. Hasta el próximo Post!

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El avión de la Bella Durmiente
El avión de la Bella Durmiente
OfftopicporAnónimo12/12/2008

Acá les dejo un cuento de Gabriel García Marquez, es del libro, Doce cuentos peregrinos. Disfrutenlo Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia 1928—) El avión de la Bella Durmiente Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesiá que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo. Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía en primavera. Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista. “Claro que sí”, me dijo. “Los imposibles son los otros”. Siguió con la vista fija en la pantalla,de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no fumar. —Me da lo mismo —le dije con toda intención—, siempre que no sea al lado de las once maletas. Ella lo agradeció con una sonrisa comercial sin apartar la vista de la pantalla fosforescente. —Escoja un número —me dijo—: tres, cuatro o siete. —Cuatro. Su sonrisa tuvo un destello triunfal. —En quince años que llevo aquí —dijo—, es el primero que no escoge el siete. Marcó en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos. —¿Hasta cuándo? —Hasta que Dios quiera —dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que será la nevada más grande del año. Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales, los vastos sementeras de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar. Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió nuevos ánimos para esperar. A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella. El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió. Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental. Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York. Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiano que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, v aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla. Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba. —A tu salud, bella. Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y limpida, y el avión parecía inmóvil entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. “Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de mis brazos maniatados”, pensé, repitiendo en la cresta de espúmas,de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de¡ placer era verlas dormir. Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud. —Quién iba a creerlo —me dije, con el amor propio exacerbado por la champaña—: Yo, anciano japonés a estas alturas. Creo que dormí varias horas, vencido por la champaña y los fogonazos mudos de la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos. Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro. El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz. “Carajo”, me dije, con un gran desprecio. “¡Por qué no nací Tauro!”. Despertó sin ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en la amazonia de Nueva York. Junio 1982.

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Diez razones para reirse viendo los simpsons
HumorporAnónimoFecha desconocida

Registrate y eliminá la publicidad! Más abajo deje el rap de homero con algunos dialogos de los que no nos vamos a olvidar 1- APU: me pregunto si el infarto del sr homeros ha sido por culpas de mis patatas rancias? CLIENTE: hola, me da una bolsa de patatas fritas? APU: claro, quiere vodka para compañar? 2- MOE: barney no te robes cerveza mientras no estoy BARNEY: oye piensas que soy un ebrio miserable y cochino? ohh alguien dejo cerveza en el cenicero!! 3- HOMERO: todo lo que pueda comer? yahoo!! EMPLEADO: espere señor! no se lleve el baño maria!! 4- DETECTIVE: a partir de este momento su nueva identidad sera homero thompson. cuando le diga "hola sr thompson" usted responda "si". HOMERO: entendido DETECTIVE: hola sr thompson HOMERO: ........creo que le habla a usted 5- PROFESOR: este examen consta de 50 preguntas de cierto-falso HOMERO: cierto PROFESOR: homero estoy describiendo el examen HOMERO: cierto PROFESOR: homero todavia no empezamos HOMERO: falso 6- BART & LISA: papa papa, hicimos algo terrible!! HOMERO: chocaron el auto? BART & LISA: no HOMERO: revivieron a un muerto? BART & LISA: si!! HOMERO: pero el auto esta bien? 7- TODOS: monorriel, monorriel, monorrieeeel !!! HOMERO: mono.... ouu 8- AGENTE DE SEGUROS MEDICOS: donde dice "infarto" tacho 3 y puso 0 ? HOMERO: ah si, es que crei que decia hemorragia cerebral... 9- BART: mama eso es una basofia! MARGE: Bart donde aprendes a hablar asi? HOMERO (al telefono): si, todo fue basofia, basofia y mas basofia. era todo pura basofia 10- MARGE: Homero quieres que tu hijo sea juez de la suprema corte o un desnudista? HOMERO: no podria ser las dos cosas, como esos jueces de Florida? MARGE: no hay jueces desnudistas en Florida! HOMERO: ay si, como no, eres tan ingenua link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=Bg7gQ6lT-OE Gracias Señor 10 razones

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