loquito_12
Usuario (Argentina)
En un mundo materialista obsesionado por medir y pesar todo, decía Einstein: "No todo lo que puede ser contado cuenta, y no todo lo que cuenta puede ser contado”. Afirmación que mantiene plena vigencia, en particular si hablamos de los objetivos de desarrollo del milenio de Naciones Unidas, que incluyen desde reducir la pobreza extrema hasta frenar la propagación del sida y garantizar el acceso a una educación primaria, a 2015, impulsando diversas políticas para suplir las necesidades de los más pobres. La magnitud de este drama global se ha determinado en relación al dinero que un individuo dispone diariamente para atender sus necesidades. En 2005 vivían con menos de 1,25 dólares al día 1.390 millones, lo que significaba un 25% del total de la población mundial; hoy un sexto de la población mundial vive con menos de 1,25 dólares al día (no está claro si verde o el azul). Es un gran progreso pero vale aclarar que su reducción más que por el esfuerzo universal proviene principalmente de China, donde 660 millones de personas superaron ese umbral entre 1981 y 2008. Una dimensión más profunda de la pobreza fue destacada por el Papa Francisco, quien afirmó al asumir su pontificado: "Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres". Ahora, frente a embajadores en el primer discurso importante sobre finanzas desde su elección en marzo, afirmó: "En muchos casos, el valor de las personas es juzgado por su capacidad para consumir" y "El dinero tiene que servir, no gobernar", instando a los Estados a tomar un mayor control de sus economías y proteger a los más débiles. La crisis económica, según Francisco, empeoró la vida de millones de personas, tanto en países ricos como pobres... "generó temor y desesperación, disminuyó el goce de la vida e incrementó la violencia y la pobreza, mientras más personas tienen problemas para subsistir y lo hacen en condiciones indignas". Agregando: "Este desequilibrio es resultado de las ideologías que sostienen la absoluta autonomía de los mercados y la especulación financiera y, por lo tanto, niegan el derecho de control a los Estados, que son los encargados de bregar por el bien común". A la profundidad ética y moral destacada, acá se le agrega otra dimensión de la pobreza que, más allá de la carencia de bienes físicos y de servicios básicos, se da en relación a bienes socio-emocionales que son parte del hoy llamado capital social. Es decir, la disponibilidad de una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento o reconocimiento mutuo, que facilita el acceso a recursos probables o potenciales. Este capital social es un recurso que ayuda a los individuos en la consecución de sus propios intereses y fines. En la determinación de éstos se verifica una muy estrecha relación entre la pobreza, conocimiento y tiempo. A la falta de bienes materiales se suma el déficit de información, que limita el conocimiento útil, y en consecuencia reduce sus probabilidades futuras a los límites y condicionamientos del presente. Así, Jeremy Rifkin afirma: "En las culturas industriales, los pobres son pobres con respecto a lo temporal como lo son con respecto a lo material". Esta reducción del tiempo individual sólo al presente deviene en la incapacidad para pensar alternativas, lo que limita gravemente su proyección personal. La vida que pueden esperar quienes sufren esta condición se limita frecuentemente a satisfacer la situación actual de carencias de lo imprescindible para la supervivencia, lo que constituye lo determinante de su vida. Mal se puede, entonces, pensar o siquiera imaginar una vida que exceda la satisfacción de sus necesidades básicas. Se les ha expropiado el futuro, siendo que la proyección del futuro personal o social es un elemento necesario y orientador para planificar la vida. Pensar un futuro más allá de las limitaciones del presente constituye un derecho tan importante como satisfacer el hambre y la sed.