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Una maestra de inglés de una preparatoria de Utah fue sentenciada este jueves a una pena de prisión de entre dos y 30 años por tener relaciones sexuales con tres de sus alumnos menores de edad. Brianne Altice, de 36 años, fue llevada a juicio luego de que la madre de uno de los menores se enteró de las relaciones extraclase que tenía con su hijo. Dos de los menores tenían 16 años y el tercero tenía 17 años. El abogado de Altice dijo durante la audiencia en la que un juez la sentenció, que la mujer comenzó a coquetear con los alumnos debido a que era menospreciada en casa y tenía problemas de autoestima, reportó la televisora local KSTU, afiliada de CNN. "Soy humana", dijo la maestra de la preparatoria Davis de Kaysville, Utah, durante la audiencia, en medio de lágrimas. "He aprendido lecciones más allá de lo que se puedan imaginar", sostuvo mientras se disculpaba por su comportamiento. Aunque la mujer había sido acusada de más de una docena de cargos, incluyendo violación, abuso de menores y sodomía, ella se declaró culpable en abril pasado de tres cargos de abuso sexual, por lo que le fueron retirados el resto de los cargos. Los fiscales reconocieron que los estudiantes también le coquetearon a la maestra, pero ellos dijeron al juez que ella tuvo la opción de negarse y sin embargo permitió que su relación con los alumnos siguiera fuera del aula. La mujer estaba enfrentando el proceso en libertad, pero cuando las autoridades se enteraron que todavía tenía contacto con uno de los estudiantes, decidieron emitir una orden de arresto en su contra a principios de este año. El juez Thomas Kay sentenció a Altice a una pena de entre 1 y 15 años de prisión por cada cargo de abuso sexual, dos de los cuales deberán de cumplirse consecutivamente. Además, deberá de pasar por un tratamiento para delincuentes sexuales. Kay no creyó en las palabras de la acusada cuando se disculpó. "No sé si usted está tomando la responsabilidad", dijo el juez. "También me pregunto si está en negación con lo que ha hecho", agregó. La suerte que ningún Taringuero pudo tener, todas nuestras profesoras eran viejas de 50 años
En la ciudad brasileña de San Pablo, un australiano alcanzó la gloria en el famoso "cubo mágico" link: https://www.youtube.com/watch?v=L3tSb_SsOtM Para Felikz Zemdegs 6 segundos son más que suficientes. Porque este joven australiano, campeón mundial por segundo año consecutivo, sólo necesitó 5,695 segundos para resolver el famoso cubo de Rubik en el torneo celebrado en Sao Paulo.. Yo nunca pude resolverlo por mas que me esfuerze y este lo completa en 5,695

Esto va a ser terrible Copy-paste así que no se esperen mucho, tenía ganas de hacer un post y se me ocurrió esto. Seguro todos les van a parecer malisimos pero bueh ahí va. Una Noche en Las Hurdes Antes de nada decir que esto no es algo inventado, es algo que nos pasó a un grupo de amigos y a mi en una zona de las Hurdes, así que no esperéis cosas fantásticas o muy espectaculares. Pero si te puedo decir que lo que relato aquí es muy real. No busco ni convencer ni nada, es algo que me carcome por dentro y solo quiero sacarlo fuera, porque internet es anonimo y nadie sabrá nunca quien soy excepto aquellos que vivieron conmigo esto. Espero que si hay alguien que sepa que podría haber sido esto que nos lo diga por favor. Nos gusta ir de ruta, sobretodo las rutas por la naturaleza y la alta montaña, que es un deporte muy bueno para el que no tienes que estar muy preparado y es la excusa perfecta para estar entre la naturaleza, conocer lugares nuevos y pasar el rato con los colegas. Todo esto comenzó así... Solíamos salir alrededor de las cinco y media para por un lado llegar al sitio con las primeras luces, andar bastante y que nos de tiempo a regresar cuando anochezca. Y por otro lado para en el caso de acampar que nos de tiempo de atacar mucho terreno y a la vez disponer de tiempo suficiente para montar la tienda y cenar bien. Siempre lo hacemos igual: El coche lo pone uno de nosotros, un viejo ford fiesta del 91 y aunque todos sabemos conducir, quiere demasiado a su coche como para dejárnoslo conducir a ninguno de nosotros, eso si la gasolina corre a medias entre todos, igual que con la comida. Sobre las 10 llegamos a un pueblo llamado Rubiaco, esta clase de pueblos pequeños y pintorescos que ya no se encuentran y que con la crisis parece que han recuperado en parte gracias a las familias jóvenes que se habían ido a la ciudad y perdido su empleo. Nos dimos una vuelta por el pueblo y nos paramos en una tienda local. Tenían unos chorizos ibéricos de la zona que tenían una pinta muy buena así que compramos unos pocos para hacernos de cena. Mas tarde empezamos a dar vueltas por los alrededores hasta que un amable señor nos indicó una zona por la que hacer una ruta Así que regresamos al coche, cogimos nuestras mochilas y nos echamos a andar por esa tierra tan bella. Nos comimos unos bocatas cuanto nos entró hambre y seguimos andando primero por campos labrados luego por zonas boscosas y montañosas y al final decidimos quedarnos a acampar en la zona así que no nos preocupamos por el tiempo para regresar Como se estaba haciendo de noche decidimos acampar entre esos árboles, no sería la primera vez, así que montamos nuestra quechua de estas del decathlon. Nos encendimos una lumbre para no pasar frío y calentarnos un poco y empezamos a hablar. Cuando el fuego ya había echado sus brasas nos hicimos las salchichas estas de cerdo y joder que buenas estaban. Al final ya os podéis imaginar, hartos de comer y cansados como nosotros solos, nos decidimos dormir para irnos al siguiente día, empezaba a hacer frío y cuando empiezas a respirar y exhalar vaho es mejor estar a cubierto. Apagamos el fuego recogimos las basuras (esto es importante nunca dejéis basura ninguna en el monte que hay que respetarlo) y nos preparamos los sacos de dormir. Lo bueno de las quechuas estas es que no son muy caras y las jodías son calientes. Lo malo es que no solo te aislan del frío sino del aire fresco y eso hace que el olor de pies sea de todo menos agradable, pero bueno al final te acostumbras y lo quieras o no el cansancio te puede y te acabas durmiendo. Aquí señores es cuando empezó lo malo, veréis, me desperté como a las dos y media de la mañana, hacia mucho que nos habíamos intentado dormir y me desperté porque oía pasos fuera, eso no es extraño, total a quien no le han entrado ganas de mear y ha tenido que irse a los árboles. Lo malo es que estabamos todos dentro de la tienda. Y me pregunté si sería alguien de la zona o algún guardabosques porque eran pasos pesados y seguros que no podían ser de un animal, malo seria que nos pusieran una multa por encender el fuego o por algo que hubiéramos liado sin querer, pero estábamos en invierno así que lo del fuego no tenía por que ser problema. Así que medio asustado, medio jodido por tenerme que levantar me acerqué a la cremallera y la empecé a bajar, todo esto entre las amenazas de mis colegas por no dejarles dormir. Cuando bajé la cremallera y saqué la cabeza (para que no entrara el frío) no vi absolutamente nada ni linternas ni uniformes ni nada excepto árboles, el vaho que salía de mi boca y el intenso olor húmedo el monte. Pero los pasos seguían sonando mas fuertes. Puta la suerte del tiempo, A veces la luna te permite ver con bastante claridad en la noche pero esas dichosas nubes tapaban la mayor parte del cielo nocturno y la oscuridad era bastante cerrada, solo nos faltaba que empezara a llover. Pero seguían ahí los pasos. A estas alturas no era el único que los oía, ni el único que estaba despierto. Metí la cabeza de nuevo en el calor de la tienda y uno de mis amigos me preguntó si era un guardia al tiempo que se desplazaba al mismo sitio con la cremallera medio bajada que había dejado yo para ir a mi mochila. A- ¿Pero que cojones es eso?... B- Joder otra vez no J- No, esta vez no es un guardia B- ¿Entonces? J- Como quieres que lo sepa, no se ve una mierda... Nos empezamos a poner nerviosos, el camino de vuelta nos lo sabíamos de memoria pero por si acaso me puse a mirar el mapa a ver si había un pueblo cercano por lo que pudiera pasar. Si no nos equivocábamos estábamos cerca del Arroyo Seco, en plena Sierrilla de Tumbarrones, entre tres pueblos, Rubiaco, Aceitunilla y Nuñomoral, practicamente en medio. Imposible caminar de noche en esas condiciones, sin la luz de la luna solo nos quedaban los frontales, pero a pesar de haberlos cargado antes de salir ninguno de los 4 tenía batería. Era demencial. ¿Qué cojones eran esos pasos cada vez mas fuertes?, ¿Por qué no funcionaban los frontales? y ¿Por qué cada vez hacía más frío? Uno de mis amigos salió completamente de la tienda y nosotros salimos detrás de él. Empezamos a buscar y a gritar quien era, pero no se veía nada ni nadie respondía, nadie se atrevía a apartarse de la tienda, mientras casi con el rabillo del ojo mirábamos los restos del fuego que ahora deseábamos no haber apagado. Uno de mis amigos estaba diciendo que igual lo mejor sería meterse en la tienda. ¿ Sabéis los recitales estos que tienes que ir a ver porque tu sobrino o hermano pequeño canta en el? bueno, entonces seguro alguna vez habéis visto al típico niño pequeño que se le escapa un gallo y se queda sin voz muerto de vergüenza mientras todo el mundo se ríe. Bueno pues básicamente esto fue lo que le pasó al hombre este mientras decía que nos metiéramos en la tienda, la razón no la llegamos a oír porque se quedó sin habla mientras miraba a los árboles. Pero en este caso nadie se rió. Una sombra alta alargada y más grande que un hombre de pié estaba parada inmediatamente detrás de la linea de árboles delante mismo de nuestras narices. Todavía no se que me dio mas miedo, si el echo de que no respondía a las llamadas que le hacíamos, que todos nosotros estábamos temblando como condenados, o que ya no se oían pasos. No, sin duda era esa horrible figura alta completamente negra tan alta como un jugador de baloncesto que parecía no tener ni ropa ni cuerpo ni nada excepto esa horrible negrura. Nos metimos corriendo en la tienda y cerramos la cremallera al menos los móviles tenían batería. -A- estaba buscando en su mochila el inhalador, porque le había dado uno de sus ataques de asma y aunque estaba en el bolsillo mas accesible del exterior de la mochila se lo tuvo que coger -E- porque le temblaban las manos como a un loco. Y otra vez los pasos, pero esta vez no duraron mucho. Daba igual, sabíamos que estaba frente a la tienda. Y la oíamos respirar. Como si fuera la respiración de un oso. Una respiración tranquila, profunda, tranquila, segura y escalofriante como sus pasos. Empezamos a insultar a esa cosa llamándola de todo menos bonito. Que nos dejara en paz... Me viene a la mente la imagen de esos perros acorralados que muertos de miedo se ponen a ladrar como intentando amedrentar a su agresor. pero esta cosa no se amedrentaba. Nos sentamos ... tan cayados como desgraciados que estábamos... dos de nosotros lloraban en silencio y nos miramos si saber que decir o hacer, como si no fuera real lo que estábamos viviendo, intentando hacer que no era real, pero sin atrevernos a hablar ni salir de la tienda. Después de un rato los pasos otra vez. Pero esta vez alejándose. Cada vez menos fuertes y mas apagados. No se cuanto tiempo estuvimos sentados, con la única luz de nuestros móviles, en silencio aunque un poco mas calmados, no se cuanto tiempo estuvimos en tensión con dolor de cuello y espalda y aguzando el oído como condenados, no se cuanto tiempo pasó hasta que los frontales muertos hacia horas empezaron a encenderse dando de nuevo luz. Al final llegó de nuevo el amanecer. y en silencio lo recogimos todo, desmontamos la tienda y empezamos a andar en silencio también de regreso a Rubiaco, al coche. En el camino casi dolían por su ausencia el buen humor, las bromas y las risas del día anterior haciendo el mismo camino que deshacíamos callados. En el trayecto nos encontramos con un hombre de la zona que nos dio los buenos días, apenas se lo devolvimos con la voz ronca y sin ganas, fuera por el tono de voz o por nuestro aspecto, ese hombre se nos quedó mirando mientras seguíamos el camino. Cuando llegamos al coche y a pesar de que apenas habíamos dormido y estábamos cansados nos pusimos al volante por turnos. hasta llegar a casa. Hemos seguido con nuestra vida, quedamos de fiesta con todo el mundo nos vemos en la universidad y trabajamos en los mismos proyectos. Pero nadie ha hablado de ello nunca, realmente todo hacemos como si nunca hubiera pasado nada y ya hace un año ni nadie ha vuelto a proponer una ruta. En fin. Solo quera sacarlo porque me estaba quemando. Igual alguien de la zona puede decirnos que narices era eso que nos dio el susto de nuestra vida.... El Secretario Recién terminados sus estudios, el joven ingeniero de minas Fermín Vázquez decidió abandonar su Galicia natal y viajar a la Argentina, para trabajar a las órdenes de su tío Eduardo, que dirigía una de las principales compañías mineras de Catamarca. O al menos esa era su intención, porque una vez allí lo que sucedió fue que Fermín dejó su puesto en la empresa para casarse con una muchacha de buena familia llamada Lucía Elisa Marconi. Debemos dejar claro que el amor de Fermín hacia la señorita Marconi era completamente sincero y desinteresado, aunque lo cierto es que supuso un importante ascenso social para el joven ingeniero, quien pocos años después era el copropietario de una próspera hacienda situada cerca de la frontera paraguaya. En aquellos tiempos lo único que enturbiaba la felicidad del matrimonio era la incapacidad de doña Lucía para darle descendencia a su marido. Por este motivo decidieron adoptar a una huerfanita de pocos meses llamada Helena María (siendo hija de padres desconocidos, este nombre había sido elegido por la directora del orfanato y se debía a que la pequeña había llegado al hospicio un 18 de agosto). Todo fue bien hasta que la niña murió antes de cumplir los cuatro años de edad, a causa de la mordedura que le propinó una víbora mientras jugaba en el jardín de la hacienda. Sumidos en el dolor, don Fermín y doña Lucía optaron por adoptar a otra niña, a la que hallaron en el mismo orfanato donde habían encontrado a la primera, y que, por una casualidad que les pareció sumamente agradable, también se llamaba Helena María. Dos décadas después, don Fermín, que se había quedado viudo, seguía viviendo en su hacienda, mientras que Helena estudiaba Medicina en Buenos Aires y pasaba la mayor parte del año en su piso de la capital, aunque durante las vacaciones estivales viajaba al norte para reunirse con su padre adoptivo. Una tórrida tarde de enero (nos hallamos en el hemisferio sur), don Fermín decidió coger su vieja escopeta e ir al monte en busca de caza menor. O al menos esa era su intención, porque allí hacía tanto calor que el hacendado decidió renunciar a la cacería antes de haber encontrado un solo animal y refugiarse en una arboleda particularmente sombría hasta que empezase a refrescar. Pero su tranquilo reposo a la sombra de los árboles no tardaría en ser interrumpido por el súbito estampido de un disparo. Inmediatamente después, el sorprendido don Fermín oyó un gruñido procedente de los arbustos que había a su espalda y al volverse vio cómo un enorme puma, asustado por el disparo, huía velozmente hacia las profundidades del bosque. Alguien había salvado la vida del desprevenido hacendado, disparando al aire para espantar al felino antes de que este hubiera tenido tiempo de iniciar su ataque. Y don Fermín, todavía pálido de emoción, no tardó en darle las gracias a su misterioso salvador: este era un forastero completamente desconocido, que vestía ropas bastante viejas, cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y sólo llevaba en las manos la escopeta de caza con la cual había espantado al puma. El forastero, que dijo llamarse David Estrada, era un hombre ya maduro, de piel blanca, aunque en algunos puntos muy tostada por el sol, constitución delgada, cuerpo fibroso y expresión enigmática, aunque no desagradable. Don Fermín, bien dispuesto de antemano hacia un hombre que acababa de salvarle la vida, no pudo dejar de alegrarse cuando supo que el señor Estrada también era de origen gallego, lo cual, por otra parte, se reflejaba claramente en su acento. Según sus propias palabras, David Estrada había sido en otro tiempo un hombre de buena posición económica (en todo caso, bastaba con oírle hablar para advertir que no carecía de cultura) y un feliz padre de familia, pero ciertos reveses de fortuna lo habían condenado a la ruina y a la ruptura de su matrimonio, además de obligarlo a cruzar el Atlántico en busca de fortuna. Una vez en Sudamérica, las cosas no le habían ido mucho mejor y, no teniendo ni un trabajo fijo ni dinero para volver a España, recorría el campo argentino en busca de alguien que quisiera darle algún empleo, por humilde que fuera. Tras oír esto, el agradecido don Fermín lo invitó a acompañarlo a su hacienda, donde podría quedarse todo el tiempo que quisiera, primero en calidad de huésped y luego, cumplidas ciertas formalidades, como su secretario particular (en realidad, don Fermín nunca había necesitado la ayuda de nadie para administrar sus bienes, pero decidió que ofrecerle un puesto de trabajo era lo menos que podía hacer por Estrada). Por supuesto, el vagabundo aceptó su ofrecimiento sin disimular su alegría y, poco después, los dos hombres se encaminaron hacia la hacienda como buenos amigos. Aquella misma noche don Fermín, tras regalarle a Estrada uno de sus mejores trajes, lo invitó a cenar con él y con su hija Helena en el suntuoso salón de la hacienda, como si fuera un verdadero amigo en vez de un simple empleado. El buen hacendado, que era un hombre agradecido, ya había decidido en su fuero interno que su paisano cenaría siempre en el salón y no con los demás trabajadores de la hacienda. O al menos esa era su intención, pero durante la cena hubo algo que le causó inquietud y enfrió, hasta cierto punto, su sentimiento de gratitud hacia Estrada. Lo cierto es que no le gustó cómo miraba el forastero a su hija Helena, quien se había convertido en una muchacha sumamente atractiva. Don Fermín, con una benevolencia un tanto forzada, se dijo a sí mismo que era normal que los hombres miraran con ojos ardientes a las jóvenes hermosas, pero lo cierto es que Estrada nunca volvió a ser invitado a la mesa de su patrón. Hay que decir que este siempre lo trató con suma amabilidad y le ofreció un buen sueldo, pero lo cierto es que no le dio más oportunidades para intimar con su hija, quien, por su parte, no parecía especialmente interesada por el nuevo habitante de la casa. Después de todo, este, aunque era un hombre atractivo, para ella no dejaba de ser un desconocido que por edad hubiera podido ser su padre. Durante algunas semanas todo fue bien: David Estrada se mostró muy competente en su nuevo oficio y los negocios de don Fermín iban viento en popa. Pero cuando ya faltaba poco para que terminase el verano y Helena volviera a Buenos Aires, empezaron los problemas. El ganado de la hacienda empezó a sufrir continuos ataques por parte de un puma, quizás el mismo animal que había amenazado la vida de don Fermín y que, aparentemente, buscaba resarcirse devorando a sus animales. No era aquella la primera ni la segunda vez que el hacendado tenía problemas con pumas o gatos monteses, pero, mientras que en otras ocasiones la cuestión había sido solucionada rápidamente de un balazo, aquella fiera parecía sumamente astuta y sabía cómo burlar la vigilancia de los guardias más avezados. Siempre atacaba de noche, pero nunca a la misma hora, y sabía elegir los puntos peor vigilados del rancho: si los guardias se concentraban en el corral donde dormían las ovejas, entraba en el gallinero, o viceversa, y cuando no podía llevarse un cerdo se llevaba un potrillo. Realmente parecía que aquel puma actuaba guiado por una inteligencia humana y entre los peones de sangre india empezaron a circular extrañas supersticiones al respecto. Finalmente, don Fermín, furioso ante lo que consideraba el resultado de una negligencia por parte de sus hombres, reunió a todos sus empleados (salvo a Estrada, cuya labor nada tenía que ver con el cuidado del ganado) y les ordenó pasar la noche siguiente en vela, así como todas las noches que fuera necesario, hasta que cazaran al maldito puma. Además les dejó claro que si la fiera moría todos ellos, y especialmente el hombre que la matara, recibirían una generosa recompensa, pero añadió que si volvía a arrebatarle una sola cabeza de ganado, o simplemente si volvía a escaparse, los responsables se lo pagarían con creces. Don Fermín era un buen hombre y un patrón comprensivo, pero aquella vez se hallaba verdaderamente enfadado y así lo comprendieron sus peones, que se armaron con escopetas y se resignaron a pasar por lo menos una noche al aire libre. Al llegar la noche, todos los habitantes de la hacienda, salvo el patrón, su hija y el secretario, se hallaban apostados en los alrededores del rancho, aguardando la llegada del felino. Como se trataba de cazarlo y no de espantarlo, todos los perros habían sido encerrados para que no lo asustaran con sus ladridos y las puertas de los corrales habían sido abiertas a propósito para tentar al merodeador nocturno. Sin embargo, pasaban las horas y el puma no hacía acto de presencia, lo cual suponía un alivio para los timoratos y un motivo de desesperación para los más ambiciosos. Ya faltaba poco para el alba cuando Juan Moreno, un mestizo paraguayo que ejercía de capataz, creyó distinguir un gemido procedente del interior del rancho. Ninguno de sus compañeros había notado nada, pero Juan, como todos los hombres habituados a la vida en el monte, se jactaba de tener un oído muy fino y, cuanto más lo pensaba, más seguro se sentía de que algo no iba bien en el interior del edificio. Arriesgándose a recibir una reprimenda del patrón por abandonar su puesto antes de tiempo, Juan les ordenó a los peones que siguieran en sus puestos y se dirigió a la puerta principal. Para su sorpresa, esta había sido cerrada por dentro y además nadie respondió a sus llamadas, por lo que su inquietud instintiva no tardó en convertirse en verdadero temor. Resignándose de antemano a lo que pudiera pasarle, Juan, que era un hombre recio y valiente, derribó la puerta y penetró rápidamente en el amplio y oscuro vestíbulo del edificio, con su escopeta preparada para disparar. Intentó encender la luz, pero esta había sido cortada, sin duda deliberadamente. “Mejor”, se dijo Juan, “ya he hecho bastante ruido al derribar la puerta y, si alguien me está esperando para dispararme, quizás la oscuridad me salve la vida”. Por suerte, Juan estaba acostumbrado a cazar de noche en las tinieblas de la selva y además sabía moverse sin hacer ruido. Llegó sin problemas al salón y, una vez allí, la luz lunar que se colaba por las ventanas abiertas le ofreció un espectáculo horrendo. Una vez más, Juan se alegró de que la visibilidad fuera reducida, pues, pese a ser un hombre duro, nunca le había gustado contemplar de cerca el rostro de los muertos. Dos cuerpos humanos vestidos con ropa de cama yacían allí sobre sendos charcos de sangre. Eran el patrón y su secretario, y ambos parecían haber sido apuñalados hasta la muerte. Al parecer, y teniendo en cuenta la doble estela de sangre que se distinguía sobre los peldaños de la escalera que llevaba al piso superior, las víctimas no había muerto allí, sino que habían sido acuchilladas en sus habitaciones y luego su asesino (suponiendo que fuera uno solo) había arrastrado los cadáveres hacia el salón, por algún motivo que Juan no acertó a comprender. Como Juan no podía creer que la señorita Helena pudiera ser la autora del doble crimen, decidió que este sólo podía ser un intruso, que había conseguido colarse dentro del edificio sin ser advertido, y que aún podía estar allí, probablemente oculto en alguna de las habitaciones del segundo piso… quizás en el dormitorio de Helena. Fuera como fuera, Juan se dijo que su deber más inmediato era ir en busca de la señorita Helena, que quizás se hallara en grave peligro, por lo cual se dirigió a su cuarto, sin detenerse para examinar los cadáveres ni acordarse de llamar a sus hombres. A pesar de los nervios, subió las escaleras con cuidado, no sólo para no delatar sus movimientos con el ruido de unas pisadas demasiado fuertes, sino por miedo a resbalar en la sangre que cubría los peldaños. Una vez alcanzada la segunda planta, el valeroso capataz entró en la alcoba de la muchacha, cuya puerta estaba entreabierta. La luz lunar le permitió ver que Helena yacía boca arriba sobre su cama, inconsciente y pálida como una muerta, pero viva y relativamente ilesa. Tenía los miembros fláccidos y respiraba con dificultad, pero a simple vista su cuerpo no había sufrido daños físicos, dejando aparte algunos rasguños de poca importancia. En cambio, su camisón había sido desgarrado en torno a sus pechos y su cintura, como si alguien la hubiera forzado después de drogarla (el extraño olor que emanaba de un vaso vacío que se hallaba sobre la mesilla de noche, al lado de un pequeño objeto brillante, le sugirió a Juan la idea de la droga). Tan nervioso se sentía Juan que en aquel momento cometió su único error fatal: ansioso por atender a Helena, dejó su escopeta en un rincón del cuarto, cerca de la puerta. Apenas se hubo separado unos metros del arma, se percató de su imprudencia y se dio la vuelta para cogerla de nuevo, pero ya era demasiado tarde: en la puerta del cuarto, borroso y casi espectral en la penumbra imperante, se hallaba David Estrada, vivo y sonriente, con la escopeta del capataz bien sujeta en sus manos ensangrentadas. Juan comprendió rápidamente que Estrada era el asesino y que lo había engañado, manchando sus ropas con la sangre de don Fermín para hacerse el muerto, pero también comprendió que se hallaba en sus manos: el secretario sólo tendría que apretar el gatillo de la escopeta para acabar con su vida y lo único que le extrañaba era que estuviese tardando tanto en hacerlo. Estrada, adivinando el pasmo y la ansiedad del mestizo, le dijo tranquilamente: -Bien, Juan, en breves vas a morir, por lo que no tengo inconveniente en satisfacer tu curiosidad antes de enviarte a la tumba. Dejando aparte que mi verdadero nombre no es David Estrada, la historia que le conté a don Fermín no estaba muy lejos de la realidad: hace algunos años, yo vivía feliz en mi Galicia natal, con una esposa a la que quería y dos niños pequeños a los que adoraba. Pero, del mismo modo que la luz del Sol apaga la de las estrellas, todo eso se desvaneció de mi alma cuando un capricho del Destino puso en mis manos cierto libro, que me reveló cuáles son la verdadera esencia del Universo y el único camino hacia la sabiduría. Debes saber, pobre ignorante, que la esencia del Universo es el Mal, al que tú llamarías Diablo, y que si un hombre ansía el Poder y el Conocimiento debe abrir su alma a la Maldad Suprema, pasando por encima de cualquier otro interés que pueda estorbar sus propósitos. Tan bien lo comprendí que desde entonces he teñido mi vida con la negrura del pecado y la rojez de la sangre, incluida la de mis propios hijos, y a cambio he adquirido poderes y conocimientos que tú ni siquiera podrías imaginar. Pero me faltaba un pecado para alcanzar la cúspide del Mal y el don supremo que este concede a sus acólitos más avezados, es decir, la inmortalidad. El pecado que me faltaba era el incesto. Por eso he venido aquí y por eso he hecho todo esto, con la ayuda de un puma controlado por mi magia negra, que primero me permitió ganar la confianza de don Fermín y luego apartar de la casa a los peones mientras realizaba mis planes. Esa desdichada que yace sobre la cama no es hija carnal de Fermín Vázquez, sino mía: yo la concebí deliberadamente para poseerla cuando hubiera alcanzado la mayoría de edad, yo rapté y violé a su madre para asesinarla después de que hubiera dado a luz, yo la abandoné a las puertas del orfanato donde la halló su padre adoptivo hace más de veinte años… y yo he gozado esta noche de su carne. ¡Y ahora por fin soy uno con el Mal Supremo, diabólicamente perfecto e indestructible por los siglos de los siglos! ¡Ahora ya siento cómo mi nuevo poder se difunde por mis entrañas y ni siquiera todos vosotros juntos podréis detenerme! Mientras aquel monstruo terminaba su perorata con una carcajada sardónica, Juan, que sólo comprendía a medias aquellas palabras preñadas de pecado y locura, se había ido acercando lentamente a la mesilla y había agarrado discretamente el abrecartas que había visto brillar débilmente sobre aquel mueble al entrar en el cuarto. Aparentemente, el asesino, que debía sentirse muy seguro de sí mismo, fuera por el arma que sostenían sus manos o porque realmente se creyera inmortal, no se había percatado de sus movimientos. En un arrebato de audacia, Juan se arrojó sobre el presunto David Estrada y le clavó el abrecartas en el ojo derecho con todas sus fuerzas, antes de que su enemigo pudiera disparar o hacer cualquier otra cosa para impedirlo. Una expresión, no tanto de dolor o de miedo como de sorpresa, se dibujó en el rostro del asesino al mismo tiempo que la punta del abrecartas alcanzaba su cerebro y arrojaba su alma al Olvido. ¿Había sido su presunción de inmortalidad un mero delirio de su mente perturbada? ¿Acaso ignoraba que la muchacha a la que había violado no era su hija y que esta había muerto muchos años antes, en plena infancia y mordida por una víbora? Juan nunca lo supo y, en realidad, ni siquiera se lo planteó. Aquel brujo y asesino había pagado por todos sus crímenes, su alma había alcanzado el Infierno que tanto anhelaba, aunque no precisamente de la forma que a él le hubiera gustado, y no volvería a dañar a nadie nunca más. En cuanto al puma, no acudió al rancho aquella noche ni volvió a saberse de él en la región: al parecer, una vez desaparecida la inteligencia diabólica que lo controlaba, volvió a ser un animal inocente y perdió todo interés por el ganado de la hacienda. Helena recuperó pronto la conciencia, pero necesitó ayuda psicológica para superar el shock traumático provocado por la muerte de su querido padre adoptivo y por el cruel ultraje que ella misma había padecido. Se hizo llegar a las autoridades una versión incompleta de los hechos, de la cual se habían eliminado los elementos más extraños y rocambolescos, y la policía argentina, en colaboración con la española, no tardó en descubrir la verdadera identidad de David Estrada: un erudito aficionada a las ciencias ocultas que, tras muchos años de vida pacífica y laboriosa, había desaparecido, dejando tras él un rastro de cadáveres… sin duda un caso de locura, aunque algunos se nieguen a reconocerlo. Tras una larga y penosa meditación, Helena decidió abandonar para siempre la hacienda, que vendió a Juan Moreno por un precio muy inferior al real (y aun esto porque el capataz se negó a aceptarla como regalo), se marchó a España y se estableció en Galicia, la tierra natal de su padre adoptivo, para dedicarse a la medicina, buscando en el trabajo la paz y el olvido. O, al menos, tal era su intención, porque una vez allí descubrió que la violación no sólo había tenido consecuencias para su mente, sino también para su cuerpo: Helena estaba embarazada. El libro oscuro Ni yo mismo podría explicar qué me llevó a interesarme por el caso del profesor Hernando, aquel apacible erudito que un buen día (es un decir) salió a la calle con una pistola automática en la mano y empezó a disparar indiscriminadamente contra todos los viandantes que se ponían a su alcance. A pesar del tiempo transcurrido, los testigos aún palidecen al recordar cómo dos personas murieron y otras cuatro resultaron gravemente heridas antes de que el profesor fuera reducido por la policía. Seguramente, el número de víctimas mortales hubiera sido mucho mayor de no ser por la deficiente puntería de Hernando, pues no hay duda de que en todo momento disparó a matar. Teniendo en cuenta la naturaleza del agresor, que hasta entonces había sido un hombre de vida pacífica y retraída, se da por hecho que sufrió un súbito ataque de locura, aunque no todos los expertos que han examinado el caso concuerden con tal hipótesis. También contribuyeron a sembrar dudas sobre su salud mental las extrañas e incoherentes palabras que escribió antes de suicidarse en su celda, pocos días después de la masacre: “Engañado por las falsas seducciones del Libro Oscuro, permití que la maldad entrara en mi alma, pensando que ella me abriría las puertas del Poder y del Conocimiento supremos. Pero nadie más volverá a caer en la trampa que me ha arrojado al Infierno: ahora el Libro reposa en el lugar que le corresponde: lugar de tinieblas y olvido, donde, como dice el profeta Isaías de la condenada Babilonia, los vampiros hallarán su refugio”. Según creo, solo yo he intentado darles una interpretación coherente a esas enigmáticas líneas y lo cierto es que lo he conseguido sin demasiado esfuerzo. Por lo menos para mí, resultaba patente que se referían a cierto libro, que el profesor Hernando consideraba directamente relacionado con sus crímenes y que se hallaba oculto en algún lugar siniestro “donde los vampiros hallarán su refugio” (Isaías XXXIV, 14). Sin duda, los vampiros son criaturas mitológicas, pero es normal asociarlos a los murciélagos, aunque tal relación se deba más a las películas de terror que a una tradición legendaria genuina. Entonces pensé en cierta caverna, situada en la ladera de una de las abruptas montañas que rodean la localidad donde vivía Hernando. Dicha caverna es famosa entre los naturalistas porque en su interior se halla una de las principales colonias de murciélagos de toda Europa… lo cual me pareció desde el principio un dato muy interesante. También me pareció revelador el hecho de que la cueva, pese a hallarse relativamente cerca de la villa, casi nunca reciba visitas, pues, además de ser un lugar realmente siniestro y de difícil acceso, los gases producidos por las deyecciones de los murciélagos hacen el ambiente casi irrespirable. Un buen lugar, sin duda, para ocultar algo. Así, dispuesto a probar la veracidad de mis conjeturas, me hice con el equipo adecuado para una expedición espeleológica, me encaminé hacia la montaña donde se halla la caverna y penetré en aquel reino de tinieblas, donde, tras una larga y ardua búsqueda, encontré un paquete envuelto en tela impermeable. Tras asegurarme de que aquel paquete contenía el objeto de mi búsqueda, retorné al mundo exterior y, tras un breve descanso, examiné con suma atención aquel viejo volumen de tapas negras y páginas amarillentas, que Hernando había llamado “el Libro Oscuro”. Al reconocer la verdadera identidad del libro, recibí una sorpresa tan grata como turbadora, pues, aunque había oído hablar de él en numerosas ocasiones, hasta entonces había considerado su existencia una mera leyenda: se trataba de un ejemplar íntegro (quizás el único que quedaba en el mundo) de la edición francesa del Al-azif, financiada por el conocido ocultista Collin de Plancy e impresa clandestinamente en París a mediados del siglo XIX. Como domino la lengua francesa, no tardé en sumergirme con verdadera pasión de bibliófilo en las enrevesadas líneas de aquel libro diabólico: acaso el tratado de magia negra más temido de todos los tiempos, cuya versión original había sido redactada en árabe durante la Edad Media, y que durante siglos había circulado en secreto entre los magos del Oriente y los hechiceros de la Europa medieval, pese a que su lectura había sido terminantemente prohibida por las autoridades religiosas de cristianos y musulmanes. Me bastó con leer un par de páginas para comprender por qué el profesor Hernando había disparado contra personas inocentes a las que ni siquiera conocía… y qué esperaba obtener a cambio. El Libro Oscuro demostraba, con argumentos irrefutables, que la verdadera esencia del universo es el Mal y que los sostenes de toda realidad, en especial de la naturaleza humana, son el Pecado y la Destrucción. Por el contrario, aquellas cosas que nosotros consideramos fuente de vida, como el amor o la felicidad, apenas tienen importancia en el verdadero esquema de las cosas. De hecho, apenas existen, sólo son finísimas películas de grasa flotando sobre un océano de profundidad inconmensurable, o efímeros chispazos de luz que alteran durante un instante la negrura de una noche eterna y luego se desvanecen para siempre. Como consecuencia de todo ello, el hombre sabio es aquel que renuncia a esas falsas ilusiones y une su alma a la Fuerza Primordial del universo, es decir, la Maldad, que a cambio le otorgará poderes y conocimientos más allá de los límites ordinarios. Pero, si ello es así, ¿por qué el profesor Hernando no había recibido su recompensa por haber llevado el horror y la muerte a sus estúpidos vecinos? Entonces reflexioné y hallé la respuesta: como ya he dicho antes, el difunto profesor había disparado contra personas inocentes a las que ni siquiera conocía. Aquel fue su error, el error fatal que deslegitimó su apuesta por el Mal y le impidió acceder a la suprema sabiduría del Infierno. Dice Jesús en el Evangelio de San Mateo: “Amad a vuestros enemigos. (…) Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? (…) Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?” Y del mismo modo el Mal, que, siendo más real que el Bien, no puede ser menos exigente, dice: “Dañad a vuestros amigos. Pues si dañáis a los que os ignoran, ¿qué recompensa tendréis? Y si herís sólo a vuestros enemigos, ¿qué hacéis de más?” Por tanto, llevar el miedo y la muerte a personas desconocidas, como hizo el difunto Hernando, carece de todo mérito. Lo que hay que hacer es llevar el miedo y la muerte a quienes nos aman, nuestros amigos o, mejor aún, nuestros padres, hijos o hermanos, pues sólo así se alcanzarán las verdaderas cumbres del Pecado y el Premio correspondiente. Así pues, yo, que no me he limitado a leer el Libro Oscuro con los ojos, sino que también he sabido interpretarlo con mi inteligencia, triunfaré donde el necio profesor Hernando fracasó miserablemente. El verdadero horror empezará pronto y yo seré su emisario. Pero antes, y por mucho que le pese a mi corazón de bibliófilo, debo deshacerme del Libro Oscuro para siempre, pues yo ya le he extraído toda su sustancia y no deseo que otros ojos se posen sobre él en el futuro… NOTA DEL EDITOR: Aquí terminan las notas que escribió X, director de la Biblioteca Municipal de O…, antes de asesinar brutalmente a toda su familia (esposa, padres e hijos). El psiquiatra forense se empeña en relacionar los crímenes con un claro caso de perturbación mental, aunque es posible que la historia del Libro Negro sea cierta (se ha comprobado que el asesino había estado en la cueva de los murciélagos unas cuantas horas antes de la masacre y además se ha hallado en la chimenea del salón de su casa un amasijo de cenizas, que podría ser el resultado de la cremación del libro). El resto de la historia es bien conocido por el público, pese a que aún hay muchos puntos oscuros al respecto: pocos días después de haber sido arrestado, X fue trasladado al hospital provincial, a raíz de unas anomalías orgánicas que habían empezado a manifestarse inmediatamente después de su detención y que exigían un examen médico imposible de realizar en la cárcel. Pero X nunca llegó al hospital, sino que desapareció para siempre, dejando tras él los cadáveres horrorosamente mutilados de los dos agentes que lo custodiaban. Aún hoy resulta imposible explicar cómo un hombre de constitución física más bien débil, y que debía estar esposado, pudo eliminar de tal manera a dos guardias jóvenes, fuertes y bien armados, pero los hechos están ahí y, aunque no podemos explicarlos, tampoco podemos ignorarlos. Lo único claro es que desde entonces no hemos vuelto a tener noticias de X, pese a los esfuerzos de la policía y la Guardia Civil para hallar su paradero. Un amigo mío, bibliófilo y amante del ocultismo, lamenta la pérdida del Al-azif, suponiendo que realmente tal volumen hubiera sido hallado y posteriormente quemado por el asesino, pues afirma que la presunta destrucción del Libro Negro ha sido una verdadera pérdida para la Humanidad. Yo, en cambio, opino que ha sido, más bien, una suerte. Posesión Esta historia sucedió en el verano de 2002 a unos amigos míos de toda la vida. He de decir que no viví la experiencia en persona, ya que cuando sucedió me encontraba fuera de la ciudad por vavaciones. Pero al volver me contaron lo sucedido y por las caras que pusieron al explicarme la historia pondría la mano en el fuego por ellos. Era una cálida tarde de agosto, el sol estaba rabioso y picaba fuerte, así que Paco, Eva y Macarena decidieron romper con la monotonía y el aburrimiento improvisando una sesión de ouija en casa de Paco en la que sólo éste tenía algo de experiencia, aunque nunca había tenido éxito así que al principio no lo tomaron en serio. El ritual empezó, encendieron velas, se pusieron en círculo y todo lo que se suele hacer en estos casos. Cuando llevaban un rato y parecía que, como siempre, nada sucedía lo dejaron estar y dieron por acabada aquella sesión. Aburridos y decepcionados se pusieron a ver la tele. De pronto Macarena se empezó a encontrar mal, decía sentirse fatigada, le faltaba energía. También tenía frío, escalofríos recorrían todo su cuerpo, estaba empezando a ponerse pálida así que decidió ir al baño a mojarse la cara. Aún no había llegado que empezó a chillar, decía que algo la había empujado en el pasillo. Paco y Eva se preocuparon y fueron a calmarla. Le querían hacer entrar en razón, que lo que le pasaba era mera sugestión, producto de los nervios de haber hecho la ouija. Pero la cosa fue a peor, empezó a decir cosas que no tenían sentido, gritaba como si la estuvieran torturando. El pánico se había apoderado de la casa. Paco intentó sacar a Macarena del inmueble creyendo que así terminaría todo pero era imposible, estaba fuera de control. Macarena estaba ahora hostil con sus dos amigos, les escupía e insultaba, lo peor fue cuando Macarena, poseída, se encerró en el baño en un abrir y cerrar de ojos y empezó a destrozarlo todo. En un estado de terror absoluto, Eva decidió ir a pedir ayuda a la parroquia mas cercana pero fue repudiada y tratada como una lunática, prácticamente la echaron a patadas de allí. Al final Paco decidió llamar a una tía suya, médium y curandera. Ella a través del teléfono, les dijo que la única manera de arreglar aquello era acabando la sesión de ouija de la manera más ortodoxa posible, a todo esto Macarena seguía encerrada en el baño destrozándolo todo, chillando y dando golpes por doquier. Todo se arregló tras seguir las instrucciones de la tía de Paco. Macarena se puso bien y todo quedó en un susto para ella. Pero no todo acabó a gusto de todos, Paco se tuvo que mudar del piso ya que a partir de entonces tuvo experiencias poltergeist, sombras en mitad de la noche, objetos que cambiaban de sitio sin explicación y pesadillas nocturnas que hacía imposible vivir de forma tranquila como antes de la sesión. PD. Macarena adelgazó muchos kiilos aquel día, no se cuantos pero se quedó echa una calavera. Parece una historia de fantasía, pero fue real. Niebla .- ¡Corre Daren, casi nos alcanzan apresúrate¡ .- ¡Estoy corriendo lo más rápido que puedo, ya casi no me quedan fuerzas¡ Exhausto. Daren y su acompañante están huyendo lo más rápido que pueden ¿pero de qué?, Daren voltea a mirar atrás, pero no ve nada excepto una densa niebla que se va acercando tan rápido como ellos corren, pero entonces poco a poco entre la niebla van apareciendo las formas de extrañas criaturas que luchan por alcanzarlos, o para ¿salir de aquella niebla?. No le importaba solo sabía que tenía que correr lo más rápido que podía para evitar que la niebla con esas cosas lo alcanzaran. Pero entonces su acompañante se tropieza y cae bruscamente contra el suelo lastimándose la pierna izquierda, se levanta tan rápido como puede, pero el dolor que sentía en la pierna le impedía volver a correr rápido otra vez, volteo atrás y se dio cuenta de que no podría seguir… entonces le grito a Daren. .- ¡Queda poco tiempo, sigue corriendo debes evitar…¡ Fue en aquel momento donde Daren se volteó para saber por qué razón su acompañante había gritado, pero lo que vio lo hizo estremecerse. La niebla y las criaturas lo habían alcanzado y lo arañaban lentamente en los brazos, cortes pequeños y profundos por los cuales comenzó a emanar mucha sangre, luego comenzaron a morderlo en el pecho y el estómago hasta casi llegar a los huesos, Daren escuchaba los gritos de dolor y auxilio que profería, pero estaba paralizado el terror lo había dominado totalmente. Luego entre cuatro de esas cosas lo tomaron cada uno por una extremidad y lo comenzaron a tirar, entonces las criaturas que estaban alrededor del cuerpo se abalanzaron sobre este y comenzaron a rajarlo para llevárselo lentamente hacia la niebla, como si se tratase de un gran trozo de carne. La niebla volvió a avanzar, lentamente mientras tomaba velocidad, pero Daren no podía moverse, lo que había visto lo dejo como en un estado de shock y cuando la niebla estuvo a unos diez pasos de alcanzarlo cerro los ojos mientras gritaba, sabiendo que era su final. Eso es todo, les ha hablado Dross y les deseo buenas noches, aunque sean malas las historias