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Delfina Rossi, mon amour
Delfina Rossi, mon amour
InfoporAnónimo8/14/2015

Por Thomas Rifé @thomasrife El miércoles 12 de agosto mediante el decreto 1625/2015 publicado en el boletín oficial María Delfina Rossi, hija del ministro de Defensa Agustín Rossi, fue nombrada directora del Banco Nación de la República Argentina. Con tan sólo 26 años será la miembro más joven del directorio. María Delfina nació en 1988 en Rosario y desde el 2002 vive en Barcelona. En su cuenta de Twitter se autodefine como “Nacida en Rosario, Argentina. Politizada en Barcelona”. Su militancia política comenzó con las protestas contra el apoyo español a la guerra de Irak para luego ingresar al partido Cataluña Verde, de tendencia ecologista y de izquierda, donde logró una exitosa carrera dentro de sus filas. El año pasado fue candidata a eurodiputado pero debido a su retrasada posición en la lista no logró conseguir su banca. Su carrera profesional también se ve teñida por su carrera política ya que durante sus últimos tres años fue asesora del eurodiputado Raúl Romeva y actualmente es investigadora en Estados Unidos. Aunque su carrera política y laboral es la esperable para una joven militante lo que sorprende es su abultada formación académica. Estudió Economía en la Universidad de Barcelona, una maestría en su área en Florencia, Italia, un posgrado en Ciencias Políticas y Gobierno en la Universidad de Londres y continúa ahora su formación, como dijimos, en Estados Unidos con una Maestría en Asuntos Públicos en la Universidad de Austin, Texas. Como es esperable, en una sociedad tan predispuesta a la indignación, su nombramiento como miembro del directorio del BNA generó un amplio revuelo en los medios de comunicación y las redes sociales, comentarios ofensivos en las páginas de los diarios y facebook, inclusive una colecta de firmas en change.org para que renuncie. ¿Qué es lo que se critica a Delfina? Justamente todo lo que pusimos arriba. Que es joven, muy académica, e inclusive que su formación no es en finanzas ni bancaria (?), y su breve experiencia laboral. En cuestión, tenemos una joven prometedora, ultra preparada académicamente y con una carrera política correcta para la edad que tiene. ¿Cuál es tanto el problema? La cuestión es difícil de desenredar ya que se mezclan todas las variantes: preparación laboral, académica y portación de apellido, pero igual vamos a intentarlo, vayamos por partes. Primero vamos a puntualizar algunas cuestiones. ¿Está Delfina calificada para el trabajo? Sus credenciales académicas dirían que sí. ¿Es muy joven para el trabajo y le falta experiencia laboral? Probablemente. ¿Consiguió Delfina su puesto por ser la hija de Rossi? Absolutamente sí. ¿Debemos agarrarnos la cabeza de indignación por algo tan monstruoso? Puede ser, pero si así lo fuera deberíamos agarrarnos la cabeza constantemente ya que muchos de los vicios democráticos que se encuentran en el caso de Delfina son moneda común en el ámbito local. Lo interesante de este ejemplo no es analizar a fondo los méritos o no de esta chica, sino qué nos dice de la política local, qué refleja de nuestras prácticas como miembros democráticos. El nepotismo, la falta de preparación y la poca experiencia son algo muy común entre nuestra clase dirigente en constante proceso de degradación. A principios de 2010, Juan Carlos Fábrega fue nombrado presidente del Banco Nación tras cumplir 41 años trabajando para dicha institución. Durante su extensa trayectoria pasó por todos lados, desde gerente de la AFJP Nación hasta tener a su cargo la gerencia general del banco. El 18 de noviembre de 2013 fue nombrado presidente de Banco Central de la República Argentina sustituyendo a Mercedes Marcó del Pont, enroque festejado por los principales agentes del sistema financiero. El Senado aprobó por unanimidad su designación con 56 votos a favor, una abstención y cero votos en contra. El único detalle que se nos olvidó mencionar en este párrafo es que Juan Carlos Fábrega jamás fue a la universidad. Su máximo título académico alcanzado fue el de nivel secundario. De esto se desprende el primer interrogante ¿nadie se escandalizó por la designación de un funcionario sin credenciales académicas como responsable máximo de la institución que debe velar por respaldar el valor del peso argentino? De hecho, no. “Juan Carlos Fábrega: el fiel empleado llegó a la cima del sistema financiero” titulaba el diario La Nación el 19 de noviembre de 2013 bajando una línea de cierto heroísmo, trayectoria y culto al esfuerzo. Tan solo dos meses después, Fábrega devaluó el peso argentino un 16% en una semana generando que los bancos argentinos ganaran en enero $9.700 millones más tan solo por la revalorización de sus activo dolarizados. ¿Es la educación académica un baluarte de nuestra clase política y dirigente, un requisito indispensable a la hora de ocupar cargos públicos? No pareciera ser así. Un breve repaso por los precandidatos de las pasadas PASO a presidente (sí, presidente) nos lo demuestra. Scioli recién ahora retomó sus estudios en la UADE para terminar su Licenciatura en Comercio. Massa terminó sus estudios de abogacía en la UB recién en el 2013 a los 41 años, luego de ya haber sido intendente y jefe de gabinete. Macri es ingeniero civil por la UCA. Tal vez, la que tenía la formación más completa e interesante era la eterna perdedora Elisa Carrió que apenas sacó unos puntos y quedó eliminada de la carrera presidencial. La chica Rossi les gana a todos con sus estudios. ¿Qué pasa con la experiencia laboral? Es un tema más delicado pero casos de jóvenes que logran triunfar en el ámbito de la economía local existen, un buen ejemplo es Axel Kicillof que antes de ejercer sus cargos públicos contaba sólo con formación académica y trabajos de investigación universitaria y llegó a ser el actual Ministro de Economía. Y tampoco se escucharon voces disidentes gritando en el cielo cuando arrancó en la gestión pública. Además, como alguna vez dijo Bonavena: “La experiencia es un peine que te dan cuando te quedas pelado.” En el fondo lo que pareciera ser realmente urticante es el hecho del nepotismo, que llegue solamente siendo ‘la hija de…’. Pero otra vez esta cuestión se vuelve ilusoria y difusa. Los apellidos, la designación de parientes, las dinastías políticas, son algo común en Argentina, y no son sólo una estampa propia del kirchenerismo, que eso sí, abusa mucho de él. Si buscamos un ejemplo fuera del oficialismo es sencillo encontrarlo en el intendente de Vicente López, Jorge Macri. Que además no tiene estudios universitarios completos, abandonó la carrera de Arquitectura. Pero si pensamos un poco más hay más apellidos. Los Alfonsín, los Rodríguez Saá. Aunque en estos casos no son designados a dedo el impulso y el acceso que dan sus apellidos generan un efecto aurático innegable que los catapulta ante un electorado abierto a tales relaciones. Podemos buscar afuera también, para que veamos que no es una práctica que monopolizamos. Ahora mismo en Estados Unidos Jeb Bush, hijo del presidente Bush y hermano del presidente George Bush, es precandidato por el partido republicano para acceder a la Casa Blanca. Entonces, si no le exigimos tanto a los candidatos que tenemos la posibilidad de votar, si les pedimos tan poco cuando es nuestra decisión, si no nos indignamos en casos similares: ¿por qué la opinión pública, ese fantasma chillón, se desgarra en indignación cuando es elegida por el poder ejecutivo para ser directora del BNA, un cargo que a nadie le importa, una muchacha con mejor formación académica que casi todos los candidatos a presidente y una experiencia laboral insuficiente pero no nula, por el antiguo y muy abusado, en nuestro país, proceso del nepotismo? ¿Por qué si a unos le pedimos tan poco a ella le pedimos tanto? ¿Será porque no promete devaluar y dejar ganancias millonarias? Tampoco. Es probable que el sentimiento que anima esta ola de indignación no sea una moral cívica intachable, ni un sentimiento que procura cuidar de uno de pilares de la democracia como es la meritocracia. No, no. Lo más probable es que el sentimiento oculto que anima la indignación ante el hecho de que una piba de 26 años gane 60.000 pesos al mes, sea uno más llano, más humano, como la más pura de las envidias/////PACO Leer más notas en revistapaco.com

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Donald Trump en Argentina
InfoporAnónimo8/16/2015

Por Thomas Rifé @thomasrife Donald John Trump nació un 14 de junio de 1946 en Queens, Nueva York, en el marco de una familia descendiente de inmigrantes. Estudió negocios en la universidad de Pensilvania y desde 1971 controla la compañía Trump Organization. El 16 de junio pasado, en una de sus tantas torres de Nueva York, anunció su precandidatura a la presidencia de los Estados Unidos de América por el Partido Republicano. Para la sorpresa de todos, y la conmoción de no pocos de los republicanos, su nombre encabeza las encuestas para las primarias del partido y el próximo 6 de agosto enfrentará su primer gran desafío en la carrera presidencial, el debate de los 10 primeros precandidatos del Partido Republicano que transmitirá la cadena Fox desde Cleveland. ¿Cómo sucedió esto? La respuesta no es sencilla pero delimitar los rasgos de esta figura, en primer lugar, podría ayudarnos. Trump es un multimillonario de bienes raíces con emprendimientos inmobiliarios en todo el mundo, desde casinos y hoteles hasta edificios de apartamentos. Pero su fama mundial también está relacionada con el espectáculo. Durante la última década condujo el ciclo The Apprentice por la cadena NBC, en el cual empresarios compiten por un premio de 250.000 dólares y un contrato para dirigir una de las empresas de Donald. También durante los 90, luego de su peor crisis económica, que llevó a la bancarrota a su empresa, adquirió acciones del concurso Miss Universo y desde entonces los maneja. Como si fuera poco lleva publicados varios libros sobre consejos financieros y económicos basados, en parte, en cómo sorteó su dura crisis. La revista Forbes le estima una fortuna mayor a los 4.000 millones de dólares. Durante muchos años se lo relacionó con la política y los rumores de una posible candidatura era comunes, sobre todo en las pasadas elecciones presidenciales de 2012, aunque en varios casos fueron interpretados como movimientos publicitarios para su programa televisivo. Ha sido orador en distintos eventos políticos, inclusive del Tea Party, y se ha rumoreado también una posible candidatura a la gobernación de Nueva York, la cual desestimó. La Presidencia es su primera gran apuesta política. Para su fortuna, los números lo ayudan. Según las encuestas de Fox News Trump le saca, con 26 puntos en la intención de los votantes primarios de partido, más de 10 al ex gobernador de Florida Jeb Bush, el primer candidato serio que tienen los republicanos. ¿Pero en qué base su campaña Trump más allá de su popularidad y carisma? Básicamente en un discurso incendiario que responde a los lugares más comunes de la derecha norteamericana. Apelando a los sectores más reaccionarios y conservadores de la sociedad Trump fundamentó su campaña en las agresiones indiscriminadas contra sus competidores dentro del partido, en la xenofobia racial y el escepticismo científico. Respecto a lo último, se lo ha visto defender, a pesar del total desacuerdo de la comunidad científica, la relación entre las vacunas y el aumento del autismo, como a su vez negar la existencia del calentamiento global y alegar que es un invento de los chinos para que Estados Unidos pierda competitividad. Aunque lo que más despertó revuelo de su campaña fueron los dichos sobre los inmigrantes mexicanos. Según el multimillonario, México envía lo peor de su país a EE.UU., es decir, violadores, asesinos, ladrones y narcos. ¿La solución que propone? La construcción de un muro que recorra toda la frontera entre ambos países y que deberán costear y construir los mexicanos. La desaprobación de los sectores latinos y progresistas no se hizo esperar. Distintas figuras del ambiente artístico lo repudiaron en público, sean de origen latino o no, desde Shakira hasta Maná, pasando por Rob Shcneider y Angelina Jolie. Casi todas las cadenas que trabajaban con las transmisiones de Miss Universo y Miss América cortaron los vínculos comerciales con Trump como a su vez la mayoría de sus conductores de origen latino. ¿Algo de esto mermó su candidatura? Todo lo contrario, desde que anunció sus intenciones presidenciales no para de subir en las encuestas y esto ha generado no pocos dolores de cabeza, tanto entre los demócratas como entre los propios republicanos. Para los primeros es un fenómeno que se les escapa de las manos mientras que la atención de los medios aumenta. Hilary Clinton, la principal candidata demócrata que está en un proceso de estancamiento en las encuestas, salió al cruce duro con el multimillonario. A su vez los periodistas del New York Times discuten el rol de los medios en el abultamiento de los índices de Trump y afirman con un optimismo desesperado que tarde o temprano el candidato va a caer. Aunque esta bomba de popularidad pueda estallar realmente en las manos de los republicanos que saben a ciencia exacta que el discurso de Trump es muy efectivo dentro del público interior del partido, que votará en las primarias, pero que tiene pocas chances de relevancia a nivel nacional. De esta forma, el progreso de Trump dentro de las internas puede llevar un fracaso en las generales. Por lo pronto el jueves Donald Trump se juega su primer gran encuentro en el debate de Fox y es donde todos sus detractores esperan verlo caer. El magnate tiene cero experiencia en esas cuestiones y no podrá soltar su lengua venenosa contra sus competidores, que a su vez, tendrán su primera oportunidad de responderle en un ámbito donde están cómodos. Ya veremos qué sucede con el destino de Donald en su carrera presidencial pero mientras tanto es imposible que todas estas cuestiones no nos lleven a preguntarnos sobre nuestra política, más en el marco inminente de las PASO. ¿Es posible un candidato como Donald en la escena política argentina? En el caso de que aparezca, ¿Gozaría de tanta popularidad? El multimillonario devenido en político no nos es ajeno y mucho menos la farandulización de la política. No son fenómenos propios. Si tuvieras que responder a la fuerza un primer paralelismo podría ser el jefe de gobierno porteño y precandidato presidencial por el Pro en el frente Cambiemos, Mauricio Macri. Pero en esta primera comparación notamos la primera gran diferencia que tenemos con la democracia norteamericana. Mauricio lleva 8 años de gestión e innumerables elecciones hasta alcanzar su primera gran oportunidad a nivel presidencial. El electorado argentino parecería ser mucho más pragmático a la hora de elegir a sus líderes, exige gobernabilidad y gestión. Mientras que eso no parecería suceder con los electores estadounidenses. La posibilidad de que un multimillonario aparezca y financie su propia campaña es un fenómeno que ya vieron los norteamericanos y es una de esas posibilidades las que se ocupa el largo proceso de primarias y debates que tienen, filtrar el delirio que el acceso irrestricto al dinero permite. En Argentina las PASO son jóvenes y su necesidad es discutida, los políticos argentinos con pretensiones serias y que desfilan por la punta de las encuestan llevan años de experiencia en la arena política. Pero esta no es la cuestión más interesante para explorar. Lo interesante para pensar es ¿podría un candidato con un discurso tan cargado de intolerancia y prejuicios hacer pie en la pantanosa política local? Me animaría a decir que no. La sociedad argentina, tan fanática del progresismo y la corrección política, casi hasta límites asfixiantes y dogmáticos, ya habría cubierto de oprobio al precandidato Trump. Ni siquiera los sectores más conservadores se animarían a asomar la cabeza detrás de un candidato así. A partir de este punto hay una comparación más precisa para hacer con el magnate norteamericano con uno de nuestros especímenes políticos, una comparación más precisa que la hecha con el dirigente del PRO. Estoy hablando de Lilita Carrió y no me refiero a la evidente similitud física, el mismo color de pelo artificial y brillante, la piel bronceada a la fuerza todo el año y la cantidad de tejido adiposo que cubre sus espantosos cuerpos. No. Estamos hablando de que Elisa, al igual que el multimillonario, no tiene real experiencia en gestión política y sustenta esa carencia con un discurso hiriente y lleno de malas intenciones contra todos los rivales que se construye. Pero sobre todo ambos acuden a un nacionalismo desteñido: Trump busca que Estados Unidos sea grande y domine el mundo otra vez, Lilita quiere proteger la pureza y la grandeza de la República. Aunque Lilita, eso sí, sabe en dónde está y adueñándose del discurso progresista, como si hubiera otra posibilidad, corre a todos sus rivales apropiándose de la voz de los pobres, que desde luego, no es la propia. El jueves veremos qué pasa con Trump y el domingo son nuestras primarias, las PASO, y por suerte no tenemos ningún millonario con peluca con serias pretensiones, y aunque parezca raro, no es poca cosa///// PACO Leer más notas en revistapaco.com

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Un negro menos en Gran Hermano
Un negro menos en Gran Hermano
InfoporAnónimo8/3/2015

Por Facundo García Valverde @marmotachico Asfixiado por el mundo victoriano en que le tocó vivir, John Stuart Mill condenó la censura. Uno de los argumentos que daba en On Liberty es que si una proposición verdadera no era desafiada, se convertía en un dogma. Aunque sepamos que una proposición es falsa, censurarla equivale a hacer de la proposición verdadera algo mustio, muerto y asfixiante; quizás tan asfixiante que preferiríamos afirmar la proposición falsa. Esta edición de Gran Hermano no tiene buenos números de rating aunque supera por tres puntos el promedio de América TV. Las razones son varias pero se dirigen al mismo culpable: la producción. Al no contar con un personaje descollante, los editores de los informes diarios y semanales no tienen mejor idea que pasar enteras las farragosas discusiones verbales, las estrategias poco pensadas y dejarse llevar por la anodina vibración de la casa. GH El Debate, el satélite para los fanáticos y los turistas debería traccionar la trama diaria del reality. Sin embargo, apenas carretea con una Pamela David que sólo presenta las notas, un Gabriel Levinas satisfecho con su rol de intelectual juzgando a los participantes de exhibicionistas y frívolos y una Sofía Gala aburrida hasta que se trata alguna problemática de género. En la casa, sin embargo, pasó algo interesante. Brian Lanzelotta era, desde el primer día, el favorito para ganar Gran Hermano. De condición humilde y barrial, cantante de cumbia y de respuestas rápidas, Brian se debe haber dado cuenta que ganaba caminando. Como un Tevez televisivo, él conocía la calle y sus códigos; conoció la violencia familiar y la angustia de ser pobre y tener un hermano discapacitado. Supo ser simpático y desconfiado con quienes se le arrimaban pero directo y agresivo con quienes se le opusieron. Se puso de novio con la chica libre y desinhibida del country, tuvo sexo en la casa, pasó algunas placas de nominación y no se dejó dominar. Sus planes se desarmaron cuando #NiUnaMenos entró en la casa. Una noche, un poco borracho, discutió con Marian por un ataque de celos y se escucharon gritos de dolor. Marian corrió al confesionario y dijo que la había empujado, que Brian era un golpeador. Las redes sociales no oficiales de Gran Hermano estallaron; la hermana de Marian pedía expulsión por Twitter y las acciones de Brian bajaron a tasas argentinas. Gran Hermano debía representar el control social, debía servir para algo, debía dejar un mensaje: basta de violencia de género. Basta de maltratar a nuestras mujeres. Finalmente, se mostró la escena entera en la Gala. Brian no había golpeado a Marian aunque su actitud sí había sido agresiva. Diez días antes, Brian había dejado de fumar como respuesta a una sanción de la producción. La breve disminución del stress que produce fumar un cigarrillo había desaparecido y los recursos emocionales de Brian brillaban por su ausencia. Brian fue sancionado y enviado a placa por haber sido agresivo con Marian. En una medida insólita, Marian también fue sancionada por no tomarse en serio la violencia de género. Ambos pasaron esa placa pero el comienzo del fin había empezado. Las redes sociales habían tomado el dogma del #NiUnaMenos, lo masticaron como pudieron y se hicieron de un blanco donde calibrar sus miradas acusadores: esto es violencia de género, esto no. Ya vuelvo al tema de la expulsión de Brian pero quiero desarrollar algo. Los dogmas impiden la creatividad y dificultan el progreso en razonamientos mínimamente complejos. Sin embargo, tienen una capacidad amplísima de generar identidad, lealtades y funcionar como evaluaciones sociales; hacen más sencillo nuestro fútil transito en la vida, añadiendo certezas y eludiendo dudas y complejidades. Como lo sabe bien el catolicismo, los dogmas pueden falsos o improbables pero generan una tradición de pensamiento y, principalmente, de criterios normativos. Caído el ídolo pobre, las acciones de la víctima subieron. La víctima es Matías Schrank. Probablemente, nadie que no vea seguido este Gran Hermano sepa quién es Matías Schrank. Matías es el virgen de 19 años. Matías no hace nada. Tardó una semana en abrir la boca. Juega a no jugar. Como un adolescente que no logra adaptarse, juega a que no le importa. Mira a las cámaras, hace gestos cuando habla con alguien y toma agua obsesivamente en un vaso verde. Matías tiene la mayor cantidad de fans de Gran Hermano. De hecho, una de sus cuentas de Twitter más activas se llama El Vaso de Matías. Obviamente, Matías es objeto de burlas, insultos y de “juegos mentales” por parte de los participantes más grandes, especialmente, de Francisco Delgado, el supuesto papá garrón de la hija de Gissella Bernal y quien ha demostrado unas capacidades inmejorables de psicopatía. La construcción del héroe se redondeó. Matías es víctima de Bullying. Matías es víctima de la trata de personas. Matías es beneficiario de los Dogmas. Matías va a ganar Gran Hermano. El viernes pasado, Brian y Marian tuvieron una nueva pelea después de una fiesta donde GH fue generoso con el alcohol. Sin poder fumar, borracho, acicateado por el psicópata de Francisco y envuelto en una combinación de celos, resentimiento y frustración, Brian empujó el rostro de Marian. Salió del sauna, abrió la puerta de la casa y caminó por el pasillo hasta que vió dos personas que lo detenían. Se asustó y volvió a entrar. La mañana del sábado, la escena había sido viralizada a través de las capturas de pantalla y de los videos que los fanáticos graban desde sus celulares. Esa misma noche, después de una hora de generar expectativa y rating, Jorge Rial entró a la casa y le comunicó la expulsión inmediata de la casa. Brian no atinó a hacer nada; ni a justificarse ni a intentar revertir la situación ni a pudrirla definitivamente, como algunos esperábamos. Solamente saludó a sus ex compañeros, besó a Marian y fue tragado otra vez por ese pasillo que debió haberlo visto salir como el ganador. Poco importa que Marian lo defienda, envuelta en una intersubjetividad imposible y turbulenta. Poco importa que Rial haya estado paternal con el golpeador. Poco importa que #NiUnaMenos considere que el mensaje de Rial fue confuso, que la decisión de GH fue confusa y menos que nadie haya aprendido nada. Lo que verdaderamente importa es que el Dogma se impuso y que cuando eso ocurre, los pobres son expulsados y los vírgenes ganan////// PACO Leer más nota en revistapaco.com

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¿Quién controla internet?
¿Quién controla internet?
InfoporAnónimo8/18/2015

Por Nicolás Mavrakis @nmavrakis En 1932, Albert Einstein le preguntó en una carta a Sigmund Freud si alguna vez iban a terminarse las guerras. “Lo ideal sería ‒escribió Freud‒, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida instintiva a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a vínculos afectivos entre ellos, pero es muy probable que sea una esperanza utópica”. Ochenta años más tarde, no sería difícil el recorrido por los modos en que esa dictadura de la razón quiso materializarse a través de la política, ni encontrar en el siglo XXI el traslado de esa fantasía ‒incluida la presunta “renuncia a los vínculos afectivos”‒ hacia las posibilidades de la tecnología (a la respuesta a Einstein, de paso, se podría añadir la de Martin Heidegger a Der Spiegel sobre qué ocupaba ahora el lugar de la filosofía: la cibernética). ¿Pero están la política y la tecnología tan desconectadas como parece? Ante una conectividad del 42% de la población mundial ‒algo más de 3.000 millones de personas‒, cómo consensuar un control sobre la web y cómo establecer un poder sobre ese poder son cuestiones prioritarias para las democracias y también para los totalitarismos más modernos. Para pensar esa diferencia ante el problema de internet, podría servir la paradoja de Aquiles y su carrera imposible contra la tortuga. Incluso ante figuras dramáticamente disruptivas como Julian Assange o Edward Snowden, el poder coercitivo de las democracias avanza a pesar de sus propias posibilidades siempre un paso detrás de los efectos de la tecnología sobre los hábitos y las normas ciudadanas. En ese sentido, que las argucias jurídicas y tecnológicas de los mayores transgresores aún logren resultados ‒y no se trata de que WikiLeaks siga en funcionamiento, sino también de cuestiones más simples, como el hecho de que ver “pirateada” cualquier serie o película online aún sea posible a pesar de las prohibiciones formales‒ revela hasta qué punto los pliegues en la persecución entre los intereses de los estados y las empresas son parte ‒y no menor‒ de la dinámica democrática. David Runciman insiste en eso cuando en Política (2014) analiza a Google: “Si eliminamos esa barrera ‒si concedemos a Google el derecho a decidir dónde, cuándo y cómo emplear su tecnología para espiar a la gente‒, los abusos no tardarán en llegar. Y puede que no pase mucho tiempo antes de que también llegue la guerra. ¿Quién preferiríamos que controlara nuestra tecnología, un programador o un político?” Cuando se trata de internet, en cambio, los totalitarismos destruyen la paradoja: Aquiles no solo alcanza sino que aplasta a la tortuga (no es casual, dice Runciman, que el lazo entre tecnología y política sea elocuente en China, cuyos últimos líderes han sido ingenieros). En China, plataformas como Baidu y Weibo ‒supervisadas por la Administración de Ciberespacio‒ funcionan como reemplazo de Google y Twitter, una red social bloqueada igual que Facebook, YouTube, Gmail, Instagram, The Pirate Bay o Scribd, entre muchas otras plataformas prohibidas por la Gran Muralla de Fuego de China (como se conoce a los firewalls con los que se controlan datos informáticos). En ese punto del Lejano Oriente no solo sería imposible para cualquier “tweetstar” occidental disfrutar de la celebridad invisible que ofrece internet, sino también ver pornografía en Pornhub. Sin embargo, cuando hace pocas semanas Hou Tianxu y su novia Yutian, dos estudiantes de la Escuela de Negocios de Beijing, subieron a WeChat ‒la versión china de WhatsApp‒ sus siete segundos de sexo en un vestidor de Uniqlo en Beijing, Aquiles tembló. Escritas mientras millones viralizaban el video contra la voluntad de la censura, las últimas palabras de Hou Tianxu antes de ser encarcelado necesitan leerse en términos más políticos que sociales: “Espero que puedan darnos un poco de privacidad”. Filmado en la mejor tradición del porno amateur occidental, el éxito del video en la web más vigilada ‒a excepción de Corea del Norte, donde solo algunos tienen acceso a Kwangmyong, una red estatal aislada del resto de internet‒ demostró que ciertos hábitos de la cultura digital están más allá de cualquier control. La excitación fue tan anómala y democrática que al mismo tiempo que las autoridades hablaban de “desactivar el material vulgar y resguardar la seguridad el ecosistema digital”, en Taobao, la versión china de eBay, se empezaron a vender remeras conmemorativas mientras los adolescentes visitaban el local de Uniqlo y se sacaban selfies (algo que, por otro lado, demuestra que las performances de postporno resultan ridículas solo porque se están llevando adelante en países tolerantes, y no donde podrían ser necesarias). ¿Pero fue ese evento realmente espontáneo? En junio, por ejemplo, hackers chinos se apoderaron de los secretos ‒incluidos los sexuales‒ de un alto número de funcionarios estadounidenses que habían sido recopilados a través del formulario SF-86, una medida para la asignación de accesos a cargos vinculados con la seguridad nacional. Aunque China negó la operación ‒útil como material extorsivo a cambio de información‒, no es la primera vez que un gobierno occidental acusa a la principal potencia asiática de espionaje digital. En 2012 el gobierno británico determinó que la minera inglesa Río Tinto había sufrido un ataque de hackers a través del cual no solo le habían robado secretos industriales, sino que el gobierno chino los había usado para renegociar el precio del acero para la construcción de infraestructura en su país. La expansión gratuita de internet planificada por Mark Zuckerberg en África a través del programa Facebook Zero, mientras tanto, también preocupa a los defensores de la neutralidad de la red. El motivo es que los usuarios beneficiados solo pueden usar la conexión para acceder gratis… a Facebook. Como portavoz de los valores del libre mercado, Zuckerberg se defendió explicando que el rol de Facebook es ayudar a los proveedores de internet en todo el mundo “para que cada vez más personas paguen por planes de datos al darles una muestra gratis”. En tal caso, incluso por detrás de las formalidades diplomáticas o las especulaciones sobre algún tipo de organismo multilateral dispuesto a regir un mundo en el que los intereses materiales están cada vez más digitalizados, el tenor de la batalla ideológica sugiere que los estados no son meros espectadores ingenuos. “Admito que me invade el horror cuando contemplo esta escena, ese mismo horror que se apodera de mí cuando contemplo a los niños que juegan con suhttps://twitter.com/nmavrakiss computadoras” escribía el filósofo Vilém Flusser en los años setenta en El universo de las imágenes técnicas (Caja Negra, 2015) ante lo que intuía ‒como la esperanza utópica freudiana‒ como el avance de una cibernética cuyo horror era el del mamífero que se niega a contemplar su transformación en un ser emancipado. “Superado el horror, reconozco el clima existencial, el clima cerebral de nuestros nietos. Lo que más me impresiona en esta emergencia de la nueva especie humana no es tanto la superación de toda ética y política, sino sobre todo la superación de toda ontología”. Hoy el escepticismo de filósofos como Byung-Chul Han tal vez suene menos entusiasta, pero también más preciso al medir los alcances de la ética, la política y el ser ante pantallas que, mientras dan cada vez más sentidos a nuestras vidas, son disputadas por los poderes más influyentes del planeta. Basta cambiar “local electoral” por “el partido” y “la polis” por “el pueblo” para zanjar algunas diferencias ideológicas. “En el ágora digital, donde coinciden el local electoral, el mercado, la polis y la economía, los electores se comportan como consumidores. La propaganda electoral se mezcla con la propaganda comercial. Los votos negativos son eliminados mediante nuevas ofertas atractivas. Aquí ya no somos agentes activos, no somos ciudadanos, sino consumidores pasivos”/////// PACO Leer más notas en revistapaco.com

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¿Tecnología o política?
InfoporAnónimo8/4/2015

Por Nicolás Mavrakis @nmavrakis Detrás del enorme volumen de novedades que proponen a diario las redes sociales, hasta casi usurpar lo que se percibe como la totalidad programática de internet, no se esconde un deseo de dominación tecnocientífica al estilo Skynet ni una feroz batalla de marketing entre plataformas detrás de la seducción definitiva de todos los usuarios conectados a la red. Pero lo que sin dudas permanece en un lejano segundo plano, escondido entre presuntas obviedades y un crudo desinterés por interrogar la realidad ‒algo que el astrofísico Stephen Hawking sintetizó bien al decir que “la filosofía ha muerto” porque ahora son los científicos “quienes llevan la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda por conocimiento”‒, es la pregunta acerca del sentido profundo de la expansión tecnológica. ¿No es esa una pregunta pertinente? Y si lo es, ¿por qué el mercado y la ciencia parecen más entusiasmados por la velocidad y la expansión casi instantánea de las posibilidades tecnológicas antes que por cuestionar sus motivos? Desde las ciencias políticas, en tal caso, David Runciman (Inglaterra, 1967) propone en Política (Turner, 2014) una lectura de la tecnología que cuestiona su aporte no tanto al desarrollo contemporáneo como a la reelaboración de lo que se percibe en sí mismo como “política” ‒y cuáles son las responsabilidades de la burocracia estatal en esa nueva percepción‒, mientras que, desde la filosofía, Slavoj Žižek (Eslovenia, 1949) desarrolla en Acontecimiento (Sexto Piso, 2014) una crítica no solo a la ausencia sintomática de inquietudes alrededor del desarrollo tecnológico, sino también a quienes creen que la tecnología es una moda cuyos conflictos pueden resolverse evadiéndose ‒por fobia o esteticismo hípster‒ de todos los hábitos que rige. Pero, en primer lugar, ¿qué significa exactamente hablar de tecnología? Siguiendo a Martin Heidegger, Žižek delimita una frontera: la esencia de la tecnología, explica, no está en la suma o las variaciones de determinados dispositivos tecnológicos ‒cada nuevo smartphone o la última red social de moda‒ sino en la capacidad de estructurar el modo en que nos relacionamos con la realidad. “Llevada al extremo, la tecnología no designa una compleja red de máquinas y actividades, sino la actitud hacia la realidad que asumimos cuando nos involucramos en dichas actividades”, escribe antes de concluir que, por lo tanto, “la tecnología es el modo en que la realidad se nos revela en la actualidad”. El peso de esa revelación en el plano de la política, por otro lado, se ha ido convirtiendo según Runciman ‒profesor de teoría política en Cambridge y columnista en The Guardian‒ en el peligro de hacerla parecer obsoleta. En este punto, y leídas en sintonía con los reclamos más fastidiados a cuestiones concretas como el régimen de elecciones primarias o los balotajes ‒¿por qué votar dos veces en vez de una?‒, e incluso el voto electrónico ‒¿no se podría votar a distancia por internet?‒, las ideas de Runciman sobre el cruce entre tecnología y política pueden resultar más delicadas que lo aparente. “Los cambios son tan veloces que el gobierno parece lento, pesado, torpe y, a menudo, irrelevante. La tecnología también puede hacer que el pensamiento político resulte insulso al lado de las grandes ideas surgidas de la industria tecnológica”, escribe Runciman en respuesta a premoniciones como las de la Universidad de la Singularidad en Silicon Valley, cuyo principal patrocinador es Google y donde para 2030 prometen robots inteligentes e implantes de software en el cerebro. Basta tener una cuenta en Facebook para comprobar el resto de su hipótesis: “Los avances informáticos han propiciado que nos replanteemos qué significa poseer algo, compartir algo y tener una vida privada. Estas son algunas de las cuestiones básicas de la política moderna. Con todo, las nuevas respuestas rara vez se formulan en clave política; suelen consistir, más bien, en expresiones de frustración con la política y, a veces, de desprecio”, explica Runciman para desnudar el que podría uno de los verdaderos núcleos conflictivos de la modernidad a comienzos del siglo XXI: una tecnología que ya no se considera un medio para mejorar la política sino para esquivarla por completo. ¿Pero qué tiene la política todavía para decir en nuestra sociedad digital? Es cierto que muchos políticos intentan usar Twitter y que la mayoría solo consigue llamar la atención “explorando nuevas maneras de hacer el ridículo”, pero también es cierto ‒advierte Runciman‒ que sin gobiernos no existiría una industria tecnológica de las proporciones que se conocen hoy. “Y esto no se debe simplemente a que para defender los derechos de propiedad de los que depende su dinamismo todas las industrias necesitan unas instituciones políticas estables y fiables; se debe a que fue la inversión gubernamental la que en un primer momento hizo posible la revolución tecnológica”. Como contracara de la política analógica, desde sus respectivos ángulos Runciman y Žižek coinciden al prestar especial atención al sospechoso espíritu resolutivo y formalmente objetivo de los nuevos tecnócratas. Aquellos que en una época de irrestricto dominio de los hábitos digitales aseguran ser poseedores de la verdadera habilidad para “hacer que las cosas funcionen” incluso más allá de cualquier ideología (asunto que tras los eventos entre Grecia y la Unión Europea hizo que Žižek no dudara en afirmar que la democracia, al menos para los tecnócratas del poder financiero, se estaba volviendo un concepto vacío). ¿Cuál sería, entonces, la perspectiva de un poder regido nada más que por la tecnología? “A nadie le gusta que los políticos empleen la tecnología como un instrumento de control ‒señala Runciman‒, pero debemos recordar cuál es la alternativa a una industria tecnológica sometida al control político: una política sometida al control de la industria tecnológica”. Pero si la tecnificación de nuestra actitud ante la realidad ‒en el plano político y económico pero también sexual, va a indicar Žižek‒ puede funcionar como una trampa a partir de la cual una elite de especialistas defina cuáles son nuestras prioridades, el rechazo disfrazado de “renacimiento espiritual” tampoco es una solución. Ante el shock de futuro que impone el desarrollo tecnológico y los cambios sociales que lo acompañan, “el recurso al taoísmo o al budismo proporciona una salida que da mejores resultados que las huidas desesperadas a las viejas tradiciones: en lugar de intentar lidiar con el ritmo acelerado del progreso tecnológico y social ‒escribe Žižek‒, mejor sería que renunciáramos a esforzarnos por mantener el control sobre lo que sucede, rechazándolo por tratarse de la expresión de la lógica moderna de la dominación”. Esa es exactamente la posición que para el autor de El sublime objeto de la ideología funciona como “complemento ideológico perfecto del capitalismo”, y que disfrazada de posicionamiento crítico o incluso religioso en realidad anula cualquier posibilidad de conciencia individual y respuesta cívica. Con entusiasmos más moderados que los que predominan entre los científicos, el hecho de que más del 40 por ciento del mundo ‒unas tres mil millones de personas‒ esté conectado a internet y que ese porcentaje represente un incremento de la conectividad global de más del 700 por ciento desde el inicio del siglo XXI, todavía inspira algunas meditaciones y bastantes preguntas en el viejo corazón de las humanidades. Leídas en tándem, las interrogantes de Runciman y Žižek resultan particularmente útiles y hasta vandálicas bajo augurios necrológicos como los de Stephen Hawking/////PACO

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El Clan y los dos demonios
InfoporAnónimo8/20/2015

Por Facundo Falduto @elfaco 1. El Clan, de Pablo Trapero. Drama argentino de 108 minutos, producido por Fox International y El Deseo, entre otros. Con un muy buen Guillermo Francella, poco ayudado por el diálogo, y un Peter Lanzani cuyas limitaciones terminan ajustándose bien a la parquedad que requiere el personaje. Trapero logra una reconstrucción impecable de la Buenos Aires de los ’80 (que, como siempre estamos una década atrasados, parece, vista de lejos, de los ’70). Soundtrack adecuado pero inexplicable: ¿Por qué aparece dos veces un tema en inglés de los ’60 (Sunny Afternoon) en medio de puros hits del rock/pop nacional de los ’80? ¿Por qué no usar la versión de Baccarat de Just A Gigoló? Hasta ahí la ficha técnica, pero, ¿qué nos dice El Clan? 2. La historia del Clan Puccio y su familia es directa, redonda. ¿Hasta qué punto puede ser simple una historia sobre crímenes ocurridos en torno a, pero no durante, la última dictadura militar? Arquímedes Puccio es un militar retirado por la fuerza de las Fuerzas Armadas Argentinas que, spoilers, se encuentra transformado en mano de obra desocupada al finalizar el Proceso de Reorganización Nacional. Comillas a gusto. Es, a la vez, respetable jefe de una familia católica apostólica y romana (tradición familia y propiedad) de San Isidro. Padre de Alejandro, una estrella del equipo de rugby de CASI, con alguna participación en los Pumas; otros dos hijos, también dedicados al deporte, que intentan huir del país (y del horror); y dos hijas en roles menores (no es mi culpa, la película y tal vez la historia las ubicaron en esos roles, reclámenle a Trapero, #niunamenos). Arquímedes, Alejandro y otros dos desempleados de la Fuerza se dedican a secuestrar empresarios (o familiares de), conocidos de San Isidro, compañeros de club de Alejandro, aprovechando la ingeniería social de los vínculos. Los capturan, cobran el rescate, y los asesinan. Es una historia clásica de hybris: Arquímedes intenta seguir con los golpes, a pesar de que su antiguo superior le avisa que ya no cuenta con protección. Un tercer secuestro sale mal. El cuarto se dilata hasta la Policía los descubre, los allana y los apresa. El Clan cierra con un epílogo algo kitsch, que recuerda a Esperando La Carroza, con un tumultuoso griterío final y placas sobre negro que cuentan la historia final de cada miembro de la familia. 3. Sería fácil ver El Clan como una historia de la violencia continuada de la última dictadura cívico-militar extendida en tiempos democráticos. Como una trama de violencia cubierta por “el silencio hipócrita de la sociedad sanisidrense de la época y las instituciones como la Iglesia, el club de Rugby y las propias fuerzas armadas”. Seguramente varias críticas lo vean así. Pero El Clan no aparece en un vacío. Se estrenó en simultáneo con una miniserie, un buen libro sobre la investigación que realizó Rodolfo Palacios para la miniserie, y un centenar de notas en todos los medios gráficos y digitales del país. Mirtha Legrand lleva a Francella a su mesa para hablar del caso, Intratables entrevista a parientes de las víctimas en prime time. Un hype que no se justifica solo por el 30 aniversario del descubrimiento del caso. Y si todos los dedos apuntan para el mismo lado, a veces conviene enfocar hacia la mano, el codo y más allá del hombro. 4. Al principio de la película, casi se puede sentir lástima por la pobreza de los Puccio, como familia de clase media alta venida a menos, que es una de las formas más trágicas de pobreza. Arquímedes es un psicópata, sí, y ni siquiera un psicópata querible, como los que nos gustan a nosotros, como Tony Soprano o Don Draper. En una era prenarcisista, hay más de culpa judeocristiana en la dinámica familiar que de deseo de realización personal. La esposa, Epifanía, y los hijos, están al servicio de la causa mayor, que es la familia, y Arquímedes cree que él también lo está. Pero la religión aparece solo lateralmente: Arquímedes llama por teléfono a las familias de sus víctimas desde un teléfono público naranja de ENTEL, enfrente de la Catedral de San Isidro, sí, y todos rezan en la mesa, también. Pero la institución religiosa no forma parte a priori de la patología criminal. Tampoco el Rugby: hasta el final, aparece como un ente normalizador de las relaciones, pero no se muestra como especialmente violento. ¿Entonces? 5. La violencia. Siempre el tema es la violencia. No hay excesos en el uso de la fuerza en el modus operandi del Clan. Sí, por supuesto, secuestran, golpean, mantienen en cautiverio, matan. La película se promociona como impactante, casi gore. Pero llama la atención una cierta asepsia en los operativos, viniendo de un grupo de exrepresores, y por ende extorturadores. Resulta mucho más violenta y brutal la irrupción final de la Policía, de la represión estatal, del monopolio del uso de la fuerza. Entonces, ¿cuál violencia es la barbarie? ¿Cuál es cuál? ¿Quién es el violento? ¿De dónde viene la violencia? 6. Una lectura posible es contraponer El Clan a Relatos Salvajes. Trapero comenzó a filmar cuando la película de Damián Szifrón ya era una de las más vistas de la historia argentina. En Relatos, la violencia es siempre ajena, exógena, extraña. Hay gentes malas, al decir de Iorio, que provocan el mal, en un alumno bulleado, en las instituciones que llevan a la locura a un ingeniero, en una vendetta en el medio de la ruta. La violencia genera violencia, la violencia viene de afuera, la gente buena es víctima de violencia. La violencia son los otros. Otra forma de ver El Clan es en contraste con obras anteriores de Trapero. En El Bonaerense, un cerrajero “de pueblo” es víctima de una cama y debe escapar. Un tío de la policía homónima lo rescata y lo manda a trabajar en la fuerza, en el conurbano. La institución que lo salva es la misma que lo persigue. En Argentina, en especial en el magma allende la General Paz, las instituciones son plásticas. La línea entre la institución y el exterior es difusa. Y a la larga, nada nos salva de la barbarie. Que son los otros, sí, pero también somos nosotros. 7. Arquímedes Puccio es un outsider. La película sugiere lo que su biografía confirma: es un peronista ferviente (fue dos veces funcionario de tercera línea, se cree que estuvo en la Triple A) y nacionalista en una San Isidro gorila y liberal. Esa otredad se ve acentuada cuando pasa a ser mano de obra desocupada. Desprecia a la gente que lo rodea, que rodea a su familia, las personas que eventualmente serán sus víctimas. La escena clave es el planeamiento del secuestro de Emilio Naum: Arquímedes se reúne con un informante que lo pone al día de sus movimientos y, sobre todo, de cómo y en qué gasta fortuna malhabida (toda fortuna es, en cierta medida, malhabida). Puccio, insinúa Trapero, se puede ver en sus ojos, no odia lo que Naum posee, sino lo que es. ¿Es ese el origen de su violencia? 8. Una última comparación posible es con Born. El libro de María O’Donnell que narra el secuestro de Montoneros a los hermanos Born en 1975 y que, coincidentemente, salió el mismo año que El Clan y también es un éxito de ventas. Born es también una historia sobre violencia ocurrida en torno a la dictadura, tal vez causa o consecuencia de ella, pero no durante. Puede ubicarse en el boom de libros de no-ficción-o-más-o-menos sobre la década del ’70. Agotados los temas sobre la propia dictadura, con los juicios a represores rumbo a su conclusión, y con la mayoría de los responsables muertos o presos, ¿qué nos queda? Explorar los resquicios, rascar el fondo de la olla, revisar otros crímenes. ¿Born intenta justificar la teoría de los dos demonios o se limita a contar una historia? 9. El Clan, Born, y hasta Relatos Salvajes miran hacia la neblina de la próxima transición democrática que marcará el fin del kirchnerismo y, de una forma u otra, de su política de Derechos Humanos. Resulta difícil pensar que Macri o Massa continuarían en esa dirección. Daniel Scioli, con más chances de llegar a la presidencia, promete mantener la línea. En cierta medida ya lo hizo en la provincia de Buenos Aires con Remo Carlotto, la “línea blanca” de los organismos, a la cabeza. Pero concluidos los juicios, ya no habrá mucho que hacer al respecto, al menos, de la dictadura. Y es poco probable una eventual persecusión a los “responsables civiles”, que plantearon los sectores más ultras del oficialismo y que afectaría, sin dudas, al “clima de negocios” que (se espera) sobrevendrá. Hay que apuntar la linterna, de nuevo, hacia los resquicios. ¿Cuáles quedarán cegados y cuáles seguirán a oscuras? 10. El Clan, entonces, no es un retrato del horror de la violencia de la dictadura que siguió por sus propios medios. No habla de las supuestas dos caras de una sociedad hipócrita y predemocrática. No intenta plantear otra visión sobre el Proceso, ni refutar unos hipotéticos “dos demonios”. Tampoco indaga sobre el origen de la violencia. Con sus errores a cuestas, El Clan cuenta un solo demonio, una sola violencia, una única víctima. Y no es el que canta Charly García al final de la película, cuando sobre los créditos suena Encuentro Con El Diablo. El demonio somos nosotros. Siempre somos nosotros///////PACO Leer más notas en revistapaco.com

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True Detective 2
InfoporAnónimo8/11/2015

Por Sebastián Rodríguez Mora @rodriguezmoor Estados Unidos es el país de las ilusiones. Con ellas bajaron del Mayflower y corrieron al indio hasta el horizonte, inventaron la democracia y la reemplazaron por el Imperio. Pero también de ilusiones rotas el país ha construido sus cimientos telúricos. No existe área del planeta tan tematizada y exportada por el cine, la música y la literatura. Estados Unidos es las mil y un películas sobre Nueva York, el medio oeste de Fargo, el Miami de Baywatch y Scarface, el narcocorrido texano de Breaking Bad y la Baltimore nigga de The Wire. True Detective ha incluido dos escenarios más: el pantano siniestro de Louisiana y la eterna fiebre del oro en California. El domingo por la noche finalizó su segunda temporada. Nic Pizzolatto, único guionista de la serie, resume su infancia y juventud de la siguiente manera: “el lugar donde crecí te ofrece la violencia como idioma común en el medio del creole francés y el cajún que se habla allá. La violencia como una retórica de la vida cotidiana.” Graduado en literatura, tuvo un infructuoso paso por el equipo de guionistas de The Killing antes de enviar a HBO una adaptación para TV de su novela Galveston, donde está el espíritu oscuro de la serie. Quizás este total control sobre el guión, algo inédito para la industria, sea la clave del suceso que viene generando en la audiencia. En un punto, Pizzolatto decidió que la trama de True Detective no le debe muchas explicaciones al televidente: un orden violento y pretérito amenaza constantemente a los personajes y los enreda para que no puedan escapar. Lo siniestro, lo desconocido, lo inexplicable: a plena luz del día o en la noche perversa, las ilusiones norteamericanas rompen el dique, inundan todo y lo que quede se pudrirá. Si la primera temporada fue un éxito, se debe a motivos que la segunda intenta repetir, con resultados dispares. El espectacular trabajo de Matthew McConaughey y Woody Harrelson en 2014 como investigadores trastornados por una serie de asesinatos rituales irresolubles en Louisiana esconde una idea subyacente muy bien trabajada. Pizzolatto encuentra en ese escenario una expresión del gótico sureño, esa literatura donde el yanqui blanco que teme al sur negro, viejo y pobre de las plantaciones confederadas. Ese miedo a lo que no se puede entender representado con genialidad, este año viene por el lado de un verdadero policial negro en una zona industrial de California. La brutal muerte de un importante funcionario estatal pone de manifiesto la carrera febril por una multimillonaria licitación fraudulenta de tierras a explotar. La eterna fiebre del oro. El oro para la descendencia, para un futuro mejor que este. Es lo que une a los protagonistas: ya sean padres o hijos, algo está roto. Vince Vaughn, un mafioso que no puede engendrar con su esposa y es traicionado en su intento por limpiar su capital; Colin Farrell, un detective atormentado por la posibilidad de que su hijo sea fruto del violador de su ex esposa; Taylor Kitsch, agente de caminos culpógeno con un pasado de black ops; y una excelente Rachel McAdams, policía machona que lidia con su padre pastor new age a fuerza de cuchillazos. Todo pasará por lo que significa ser hombre en momentos límite. Le abrirán la caja de Pandora a poderes enormes frente a los que el individuo poco puede oponer. La dirección de Justin Lin –Rápido y Furioso– cambia el ritmo del relato respecto a la primera temporada, con más giros efectistas que quizás desilusionen pero con el paso de los episodios se sostiene. Y la excelente banda de sonido incluye a los dos reyes de la voz siniestra: Leonard Cohen y Nick Cave. True Detective, una maraña de misterios que de tan difíciles de resolver, empieza a investigar por dentro, poniendo a prueba los nervios y, como heredamos del castellano neutro, las agallas. A ver quién tiene el aguante para mirarse en serio al espejo///////PACO Leer más notas en revistapaco.com

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Sense8, lo último de los Wachowski
InfoporAnónimo8/7/2015

Por Ingrid Sarchman @gridsar Hace más de doce años, la revista Artefacto, pensamientos sobre la técnica publicó “El hombre operable: presentación del concepto de homeotécnica” de Peter Sloterdijk. Este artículo formaba parte de un trabajo más largo cuyo título era La domesticación del ser (Por una clarificación del claro) donde desplegaba entre otras cosas, las maneras en las cuales la modernidad había trastocado la relación del hombre con su entorno técnico. Recuperando el gesto heideggeriano, Sloterdijk, revisaba las categorías de tekné, técnica y por supuesto, sus consecuencias en la subjetividad de los últimos cinco siglos. En este apartado atacaba de lleno lo que él consideraba el límite para comprender los nuevos avances tecnológicos, especialmente en materia de concepción de lo viviente. Señalaba con un ímpetu envidiable la necesidad de superar “los hábitos de aspecto humanista” abandonando las certezas de la metafísica de la presencia. En definitiva, las nuevas tecnologías, especialmente en genética, traían consigo una nueva relación entre hombre y entorno que la filosofía moderna ya no podía explicar. “Si hay hombre”, decía, es porque una técnica lo ha hecho posible, por lo tanto (los hombres) “no hacen nada perverso o contrario a su naturaleza si se transforman autotécnicamente”. El humanismo como límite señalaba la imposibilidad de comprender nuevas categorías para la existencia (todo un abanico que iba desde la criopreservación de embriones hasta la clonación. En ese sentido, tomaba como ejemplo la -en ese entonces reciente- novela de Michel Houellebecq Las partículas elementales para mostrar como su argumento, cruzado íntegramente por esta evidencia, se quedaba a mitad de camino. ¿En qué consistía el salto que Houellebecq no terminaba de dar? En líneas muy generales, casi toda la obra del francés gira alrededor del agotamiento del proyecto moderno. Insiste en que hay una lógica que hace rato ha entrado en crisis en todos los ámbitos de la existencia humana. En las partículas… esa crisis se mostraba en la relación entre los dos hermanos nacidos en la segunda mitad del siglo XX, donde mientras uno encarnaba todos los males del humanismo, el otro, “el deprimido inventor de la inmortalidad biológica” (como lo llama Sloterdijk en el artículo mencionado) avizoraba un nuevo futuro para la humanidad, pero al momento de dar el paso, “desaparecía en el frío mar Atlántico irlandés”. En definitiva, Houellebecq veía el problema, pero no encontraba la forma de seguir escribiendo bajo el nuevo “régimen” y por eso volvía sobre sus pasos, reinstalándose en los cómodos escombros del humanismo. El problema radica, una y otra vez, dirá Sloterdijk en la retracción del pensamiento moderno que sólo ve dominación allí donde podría haber cooperación. La homeotecnología, para él, constituiría una nueva forma de tekné, toda vez que postula la relación no dominante, sino producente entre máquinas y hombres. Todo avance tecnológico, especialmente en el ámbito de la existencia, y por eso incluye intervenciones en el campo de la genética, no haría nada malo, siempre y cuando se entendiera al hombre como el co-responsable y co-participante de estas acciones. En otras palabras, a un nuevo estadio de existencia, le corresponde un sujeto “refinado y cooperador (…) que se forma en el trato de textos complejos y contextos hipercomplejos”. No llama la atención que los hermanos Wachowsky, los mismos que a fines del siglo pasado idearon “la matrix” como una enorme metáfora de la subjetividad moderna, presenten una de las series más originales de los últimos tiempos. Y aunque, en épocas donde este género produce constantemente nuevos productos sea arriesgado hablar de originalidad, Sense8 se construye bajo premisas disruptivas. A lo largo de 12 capítulos, el argumento despliega la historia de ocho personas, habitantes de distintas ciudades (Londres, San Francisco, Chicago, Nairobi, Bombay, Berlín, Seúl y Mexico DF) conectadas entre sí. Las razones “científicas” de esta conexión serán develadas de a poco, pero y para evitar las alertas spoiler, este artículo evitará mencionar. Sin embargo, hay algo que subsiste en la forma en la cual se presentan estos lazos que no sólo trasciende el argumento en concreto sino que actualiza los argumentos sloterdijkianos sobre la superación del humanismo. Si el escenario actual es el de un mundo hipertecnologizado donde las conexiones virtuales están a la orden del día, cada una de las ocho historias, desperdigadas a lo largo y ancho del mundo, va en una dirección diferente. Lo que se pone en cuestión son las razones del vínculo. Todo sucede como si la utopía heideggeriana de cooperación entre los entes se hiciera realidad en el cruce de cada uno de los personajes. Así, sin mediar ningún tipo de dispositivo tecnológico ni red social, cada uno de los implicados, puede conectarse para ayudar o pedir ayuda en momentos de crisis. Situaciones que mezclan la historia personal con un “proyecto colectivo”. Hasta aquí, podría homologarse el argumento a cualquier liga de superhéroes, sin embargo, nada más lejano a esto. En cada una de las subjetividades presentadas se ponen en juego características propias pero que ayudan a potenciar al resto. Si el humanismo había centrado el interés en las capacidades individuales, cerrando el cuerpo y la percepción a la empatía ajena, aquí se establece un tipo de juego que podría llamarse pre-humanista. Todo sucede como si la potencia aludiera más a la sensibilidad griega propuesta por Heidegger, que a la adquisición de un superpoder característico de personajes de una novela futurista. Queda claro que al pedido de auxilio o a la posibilidad de atravesar espacio y tiempo de cada uno de ellos, le correspondiera una mirada panvitalista, donde la potencia no es más que una extensión que se materializa en cuerpos individuales pero que la trasciende. Todo se despliega al mejor estilo heideggeriano donde el hombre, como formando parte de un mundo que se expande tuviera en sí mismo la capacidad de develar las esencias de todo lo que lo rodea, incluso la de otras subjetividades. Si cada miembro del grupo de los 8 puede captar la señal de los otros es porque hay un componente -altruista pero valiente- que lo diferencia del hombre moderno, porque sus células, su código de ADN, su cuerpo ha evolucionado y puede captar sin diferencias entre un “adentro y un afuera” las urgencias y los apremios de su prójimo. Claro que sus capacidades potenciadas encuentran su explicación en fundamentos científicos, pero eso no hace más que confirmar las predicciones sloterdijkianas acerca de las posibilidades de mejorar y superar el carácter humano a partir de los avances tecnológicos sobre la vida. La homeotecnología no sería otra cosa que la relación cooperante con las nootecnologías; una tekné revitalizada. El contexto mundial, en el que la trama se va insertando, cruzado por diferencias políticas, ideológicas, religiosas y económicas no hace más que confirmar la necesidad de trascendencia de la humanidad toda. Así, cuando todo indicaría que el destino del hombre se cierra como un embudo a la anomia y a la anulación de la singularidad, Sense8, devuelve una mirada no sólo más esperanzada sino mucho más emancipadora. Al poner en jaque la existencia obliga a cada uno de los personajes a preguntarse, en primera instancia “¿Qué está pasando?” (incluso pone la canción de 4 non Blondes entonada por los ocho, en una escena que recuerda a Magnolia, otra obra coral que trataba sobre las causalidades y casualidades de los encuentros) para después formar una especie de cadena donde cada causa personal se transforma en una colectiva, mezclando y mezclándose entre sí en una festiva orgía internacional que incluye a heteros, homos y transexuales, con las mismas dosis de amor y satisfacción. Esta aparente ceremonia de iniciación les revela, entonces, que el destino sólo depende de ellos, de su capacidad de avizorar y levantar el pie hacia el nuevo escalón al cual la humanidad debe dirigirse. Si ellos han sido elegidos, entonces queda a su cargo permanecer, nuevamente parafraseando a Heidegger, serenos ante las cosas. Solo esa actitud logrará vencer al enemigo humanista, al violento y al peligro del mal develamiento. Al fin y al cabo, no es casual que sea el propio Heidegger el que tomando los versos de Hölderlin sepa que allí donde está el peligro, también está la salvación, aún cuando en el camino, la muerte amenace con cargarse a unos cuantos///////PACO https://www.youtube.com/watch?v=TRJYCW_dCN4 https://www.youtube.com/watch?v=aNmKghTvj0E Leer más notas en revistapaco.com

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Mamita
InfoporAnónimo7/27/2015

Por Paula Puebla @pepuebla Hace algunas semanas leí Hijos como trofeos , una nota muy buena en la que mi colega Agustina González Carman barajaba las cartas que la maternidad como institución sacrosanta prefiere mantener en la penumbra. Dejando de lado el manto de histórico amor como motivo condicional para reproducción –o la producción de hijos–, a la pregunta “¿por qué tenemos hijos?” se le pueden adjudicar tantas respuestas como progenitores posibles: por desprolijidades en la anticoncepción, por negligencia, para prolongar relaciones de pareja de manera forzosa, para acatar un mandato familiar o, simplemente, para ganar status y tener una muñeca a quién vestir. La carta harto jugada del amor funciona como un comodín, una respuesta que pone a salvo cualquier cuestión que pueda vulnerar la verdadera razón por la que se trae gente al mundo. Y los hijos, esos locos bajitos, pueden llegar a ser la carte blanche por la que sus padres hagan los más épicos sacrificios o cometan las locuras más infames. En las últimas líneas de la nota, @angulita explica: “A pesar de la destrucción de los matrimonios, de las complicaciones económicas, de la inexistencia del deseo de procrear, de la poca empatía que tengamos con los niños, del egoísmo, de la tendencia individualista, del peso del hedonismo, de la falta de espacio, cada año metemos entre 60 y 80 millones de niños en el mundo. El estatus sale caro, mantener hijos también, pero parece que la mayoría sigue estando dispuesta a pagar el precio”. Todo lo que pude preguntarme después –parafraseando– fue: ¿cuál es el costo de hacerle el paga Dios a los buitres de la maternidad? Tengo 31 años y a la luz de las tradiciones, soy soltera y heterosexual. Tengo un trabajo que hago sin mayores complicaciones y que me devuelve lo necesario. Leo y escribo porque me saca del tedio. Soy de Aries con ascendente en Aries, y hace poco me dijeron que tengo Luna en Escorpio, algo que en la logia de la astrología no son a priori buenas noticias. Convivo con tres varones –mi pequeño matriarcado– y la simpatía de una perra. Hago terapia desde hace más tiempo de lo que estoy dispuesta a admitir. Soy de River como mi papá y mi hermano, me gustan el fútbol y los futbolistas. En cada oportunidad que tengo me subo a un avión y me las tomo. Lo que más disfruto en el mundo es el gusto a silencio que tiene la vida cuando nadie me rompe las pelotas. Y hace pocos días, en el casamiento de una amiga y con una beba de 8 meses en brazos –el nudo a la institución no se afloja tampoco con el progresismo–, descubrí que los niños me resultan encantadores y que mi problema no es con ellos sino con las imposiciones de la maternidad. No tengo hijos. Juego con la aguja del metrónomo biológico a mi antojo. Qué digo. El tiempo tirano es quien nos tiene de hijos a nosotros. En Estados Unidos a las mujeres que no tenemos hijos –y a las que al menos desnaturalizamos la maternidad– ya nos bautizaron. Somos las NoMo –del evidente Not mothers o no madres–, una categoría todavía atípica de adultas a las que se mira con un dejo de duda, en un gesto que inclina la cabeza al costado y que despide cierta lástima. No tener hijos presenta la cualidad de la carencia, de la ausencia y el vacío, en una sociedad que equipara la calidad de ser mujer con la de ser madre. Por eso, el surgimiento de la generación NoMo comienza a construir un nuevo arquetipo femenino que ya no solo modificará a las féminas a nivel íntimo sino que, en su prolongación, hará su eco en expresiones demográficas. Un estudio realizado por la organización Pew Research Center, indica que se ha duplicado apenas en 40 años, la cantidad de mujeres americanas –de todos los grupos raciales y étnicos, y niveles de educación– que finalizan su período fértil sin descendencia. La supuesta baja del prejuicio social, la extensión de los años educativos y el posicionamiento en el mundo laboral son tres de las posibles razones que se le pueden adjudicar a esta tendencia. Entre las NoMo hay una escisión necesaria que genera, incluso dentro del grupo, diferencias irreconciliables. Las childfree (cuya torpe traducción sería “libre de niños”) son aquellas mujeres que no son madres por elección, totalmente activas en la toma de decisión de no reproducirse. Las childless (“sin hijos”, si se atiende que -less trasmite una falta) son, por el contrario, mujeres que por diversas razones no han podido tener hijos. Esa incapacidad puede corresponderse desde predisposiciones biológicas para concebir, enfermedades crónicas, la falta de recursos para hacer tratamientos médicos hasta ser una víctima más de lo que hoy se conoce como infertilidad social–síndrome que describe la imposibilidad de encontrar un compañero o una pareja adecuada para “tener familia”–. Mientras que el primer grupo, el más acotado, goza y articula su vida desde la tranquilidad de la decisión, el control y la libertad, el segundo conjunto sufre y se lamenta hasta el último instante por no haber podido hacer realidad el proyecto de la maternidad. Para ellas se organizan charlas motivacionales y conferencias –donde se resalta lo imprescindible del apoyo de las sisters para atravesar las circunstancias– y se escriben cantidad de libros de autoayuda muy al estilo norteamericano: cómo tener una vida plena sin hijos en 12 pasos, cómo ser una no mamá próspera, etc. Algunas de las recomendaciones van desde concentrarse en emprenderse en nuevas carreras universitarias a mantenerse alejadas de Facebook, el oasis de las mamis orgullosas. De la manera que sea, desnaturalizar y desnudar del manto sagrado a la maternidad no es una tarea sencilla. El precio que se paga no es a expensas de las horas sin dormir o del flagelo de los kilos post parto; es el manejo simultaneo de la fantasmática propia y la obediencia biológica social. “¿Y vos para cuándo?”, “Serías una buena madre”, “Dejá de perder el tiempo”, “Podrías congelar unos óvulos, ¿no te parece?”. Las preguntas y los comentarios son incisivos y la mayor parte de las veces sexistas, porque un hombre que no tiene hijos está mucho más asociado a la calidad de bon vivant que a la de un tipo deficitario. La procreación sigue teniendo ese tinte romántico en la que la mujer “es presa de una vida terca y extraña que todos los meses hace y deshace en su interior una cuna; cada mes, un niño se dispone a nacer y aborta en el derrumbamiento de los rojos encajes; la mujer, como el hombre, es su cuerpo: pero su cuerpo es algo distinto que ella misma”, versa El segundo sexo de Simone De Beauvoir. Cuando era más chica decía que no quería tener hijos solo por la rebeldía de ofuscar a mi madre. Ahora, con unos cuantos abriles más en mi haber, me considero una NoMo en veremos solamente por cargar con el interrogante del por qué tener hijos que plantea Mario Sebastiani, y con otra serie de preguntas que se acercan más a la nimiedad. ¿Soy capaz de soportar la demanda constante que implica hacerse cargo de un hijo? ¿Tengo ganas de cancelar mis viajes sin destino? ¿Estoy dispuesta a modificar mi vida social y laboral, a postergar mi vida sexual por otro? ¿Ser madre me va a convertir en una persona capaz de compartir la intimidad de la vida intrauterina de las ecografías en los muros de Facebook? ¿Tengo ganas de engordar, de que se me manche la piel, me salgan estrías, se me desgarre la vagina y me sangren los pezones? El imaginario materno nunca apela a la lógica, sino que recae en el amor, en la excusa perfecta de la abnegación. “El dolor de parto es el dolor más lindo del mundo”, diría mi madre, quien todavía se enfrenta al castigo de no ser abuela. Mientras tanto para mí dolor lindo es cuando me acuesto por horas en la camilla del tatuador. Me cuesta concebir una vida que no esté centrada en mis necesidades, mis caprichos o mis deseos y de momento, el instinto materno no aparece más que en breves lapsos de ternura cuando estoy con mi ahijada o los hijos de mis amigas. ¿Cuál es mi falla, Laura Gutman? ¿Será que quiero “matar a la madre”? ¿Por qué es tan difícil de aceptar que una mujer tiene la vida que quiere justamente porque no se reprodujo? Si la familia –y no los individuos– es la base de la sociedad, ¿adónde me paro para la foto? ¿Existo o existiré gracias a la existencia del Otro? Pasa el tiempo y las menstruaciones, los amantes y los novios, y me sigo preguntando por qué nos enseñaron que los hijos son condición necesaria para conocer el verdadero significado de la vida, del amor y la felicidad. Escucho que con un hijo uno nunca más va a estar solo, a la par de la amenaza de que si no me embarazo me voy a arrepentir. Demasiada presión sobre los que vienen al mundo cuando la única garantía que tenemos para ofrecerles es la muerte. Expectativas demasiado altas para una realidad bastante más hostil. ¿Dependemos de los hijos para ser felices? Mujeres, emancipación y otros cuentos cortos/////// PACO Leer más notas en revistapaco.com

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Ratajkowski corazón
Ratajkowski corazón
InfoporAnónimoFecha desconocida

Por Paula Puebla @pepuebla Si Emily Ratajkowski viviera en Buenos Aires y fuera hija de alguna periodista amiga de otra periodista que escribe sobre género para algún medio impreso, seguramente le ofrecerían el beneficio de salir a la calle con custodio por el temor al caudal insoportable de atenciones verbales que los transeúntes tendrían para ofrecerle. Los vecinos podrían maravillarse al andar con el volumen de su boca, la turgencia de sus tetas o la profundidad polaca israelí de sus ojos. Sin dudas, dejaría a su paso una estela de piropos old school como “qué avanzada está la ciencia que hasta las flores caminan”, “cuántas curvas y yo sin frenos”, el arrabalero “donde pasa esa calandria, los zorzales hacen fila” hasta llegar a las más ridículas invitaciones sexuales, reproductivas y escatológicas propuestas. Caminaría miedosa, a la defensiva. ¿Por qué tiene que escuchar esas cosas? ¿Por qué no puede caminar tranquila? Podríamos también imaginar a Emily sentada sola en la barra de un bar de moda foteando su copa de Martini con luz deficiente y contestando por DM lo que ningún jovenzuelo mordaz de la red se atreve a decirle in situ. Podríamos fantasear que su nombre en Twitter es #NiUnaMenos EmRata, que es usuaria de las bicisendas porteñas y que estudia en Fsoc. Pero no. Este no es el caso cliché del símbolo sexual nacido en Londres. Es imposible imaginarse a la maravilla Ratajkowski lidiando con los problemas reales y autoimpuestos del resto de las mortales. No hay rastros en las narración que Emily hace de sí misma que indiquen conflicto con su calidad de mujer. Tiene apenas 24 años y un prontuario de trabajo que ya alcanza una década. Hija única de una madre docente y escritora –también “feminista e intelectual”– y un padre docente de arte y pintor, comenzó a modelar a los 14 años y a hacer apariciones en el teatro californiano, donde pasó gran parte de la infancia. Pero no fue sino hasta el año 2012 que logró posicionarse como una de las mujeres más sexies del planeta. Fue tapa de la revista treats!, donde no le hizo justicia al look de ninguna productora de moda sanguinaria sino a su cuerpo desnudo fotografiado en blanco y negro. El cantante Robin Thicke la vio y junto a Diane Martel, la mujer que dirigió su video Blurred Lines, decidieron convocarla. Algunas idas y vueltas antes de cerrar el contrato, finalmente Emily aceptó bailar semidesnuda –la versión original fue censurada por YouTube en abril del 2013 por su contenido explícito– para las cámaras y el mundo. Los rumores dicen que consiguió su rol en el video en un encuentro privado –léase sexual– con el cantante, como si a simple vista Ratajkowski no estuviera debidamente calificada para bailar y seducir, como si esa extraña belleza no fuera suficiente para encantar. Después de Blurred Lines, la censura, las malas lenguas y los ataques de la policía de la moral, todo para la morocha fue éxito. Más tapas de revistas, participaciones en videos y la aparición asegurada en todos los rankings de mujeres más bellas del mundo, además del comienzo de su carrera cinematográfica en Gone Girl del director David Fincher –donde interpreta a la amante de Ben Affleck, protagonista y con quien dicen los rumores que tuvo un encuentro sexual en pleno rodaje–y su más reciente coprotagónico en We are your friends junto al ex niño de Disney Zac Efron. Pero, ¿por qué no es el repaso por su carrera lo más interesante de Emily? Lo más atractivo, o lo segundo más atractivo, es su cotidianeidad, eso que hace con lo que está al alcance de su mano y que sin productores ni intermediarios comparte con el mundo como cualquier otra chica real. La abrumadora diferencia –además de la obscena evidencia– es que supo trasladar los negociados fruto de su belleza a espacios virtuales más concretos y específicos. Instagram es, para Emily Ratajkowski, la pequeña sucursal de donde extrae su pocket money, el cambio chico comparado a los 275 millones de dólares que le dejaron hasta hoy su trabajo y su innegable talento para hacer negocios. Rankeada humildemente en el puesto número 409 de las cuentas más seguidas de Instagram (el top 5 lo conforman otras cinco mujeres bellas y millonarias: Beyoncé, Kim Kardashian, Taylor Swift, Ariana Grande y Selena Gomez, todas en un rango entre 41 y 38 millones de followers), los casi 3 millones de admiradores de Emily aportan con cada corazón, sin saberlo, lo que se necesita para mantener vivo un negocio: dinero. Una cuenta como la de @emrata posee un precio en el mercado –supera con comodidad los 200 mil dólares–, y cada fotografía instagrameada tiene también su valor. Emily Ratajkowski entiende que gustar es un negocio y que ser admirada no tiene por qué ser un martirio de género. Se anima y defiende su postura: “Creo que se puede ser una mujer sexuada, empoderada y al mismo tiempo ser feminista. La sexualidad no siempre tiene que ver con la misoginia y la explotación”. Por supuesto, declaraciones como estas y le costaron a Emily –feminista, porque no olvidemos que es muy hábil para los negocios y hoy la F word cotiza alto– breves dolores de cabeza. ¿Cómo puede esta chica decirse feminista si vive de su apariencia, si se pasea bailando en tetas frente a Robin Thicke, Pharrell Williams y millones de personas más? “Me siento afortunada de vestirme como quiero, acostarme con quien quiero y bailar como quiero”, dijo certera Emily cuando salió a defender su derecho al desnudo y ponerle cota a las acusaciones de predadora sexual. Declaración que, con gran simpleza, desarticula al feminismo que reclama derechos otorgando permisos a sus congéneres. El historial de Instagram de @emrata es un paseo idílico por su anatomía, las sonrisas familiares, los recovecos de vacaciones interminables y los amigos de siempre. Ella sabe qué fotos gustan y venden más, por eso no titubea a la hora de subir selfies con poca ropa, que cosechan un promedio de 150 mil corazones contra unos 50 mil que pueda alcanzar la imagen trillada, aburrida y asexuada de un brunch. Mostrar el continente de su piel alimenta su inmaculado narcisismo, su billetera, sus relaciones públicas. La veinteañera lucra con el doble click y los piropos, los halagos e incluso con ciertas formas de “acoso”, razón por la cual nunca podrá encajar en la fantasía de la chica porteña promedio. ¿Qué pasaría si todas las mujeres recibieran dinero por cada expresión oral que mencionara algún rasgo de belleza? ¿Continuarían las guerras por el control sobre el lenguaje? La señorita Ratajkowski es distinta y hace la diferencia. Fue la única de las mujeres afectadas por la cuestión de The Fappening –la fuga masiva de fotos privadas de famosas de la industria en Internet– que supo despegarse del discurso de la víctima. Su única objeción fue, no lo mucho que se vio, sino que se haya mostrado sin su consentimiento, es decir, sin un precio. Emily O’Hara conoce su cuerpo y sabe capitalizarlo. ¿Por qué debería esconderlo? Y más importante aún, ¿en nombre de quién debería hacerlo: del patriarcado objetivador o de un feminismo también opresivo y castigador? Ni una Emrata menos, por favor//////PACO Leer más notas en revistapaco.com

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