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Primer post: 15 mar 2009
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Los "curas" también son hombres
InfoporAnónimo3/15/2009

Viendo a los sacerdotes en su justa perspectiva Un cura es, ante todo, un hombre consagrado a Dios, dotado del privilegio de hacer bajar al Señor hasta nosotros en cada consagración. Esta condición de “hombre de Dios” conlleva un enorme respeto por parte de los creyentes todos. Sin embargo, este respeto se ha desbordado y malentendido en casi todos los tiempos y lugares hasta colocar a los curas en unas alturas fuera de la realidad social y del mundo en que nos movemos. Olvidar que el cura es un hombre y no un ángel, nos ha llevado y nos sigue llevando a situaciones perniciosas para la Iglesia, a veces, hasta ridículas vistas desde fuera. Es cierto que el sacerdote es un hombre de Dios; pero no es menos cierto que no deja de ser “un hombre más" con todas las virtudes, defectos y miserias inherentes a la condición humana. Si somos sinceros, hemos de convenir que están, moralmente hablando, varios puntos por encima de la generalidad de los hombres. Olvidar este hecho nos lleva a ser injustos en los dos extremos: una alabanza irreal o un rechazo desorbitado. O delante con el cirio o detrás con la tea. La proporción de personas ineptas en su trabajo o inmorales en su conducta social es, poco más o menos, igual en todas las capas sociales: profesores, médicos, jueces, albañiles, curas, etc. Basta mirar a nuestro alrededor. Esas deficiencias están en el fondo de nuestra naturaleza humana. Se dan hoy, se dieron ayer y se seguirán dando siempre, más o menos acentuadas en unas épocas que en otras de acuerdo con las circunstancias históricas. Por eso, cuando suceden, hemos darle toda la importancia que tienen; pero no más. Sobre todo, no generalizar. Algunos se alejan de la Iglesia porque no les gustan los actos de tal o cual cura; pero seguirán yendo al trabajo aunque no les guste el jefe, y a la escuela aunque los profesores no sean buenos, y a la guerra aunque no les gusten sus mandos. Los jefes buenos no existen. Hay que trabajar con los que tenemos y procurar ayudarles para hacerles mejores. ¿Acaso somos nosotros buenos y sin tachas en nuestra profesión? ¿Nos hacemos querer en nuestra familia, entre nuestros compañeros y amigos? Las ideas preconcebidas nos hacen a menudo ser ridículos. De vez en cuando, surge a la luz la conducta reprensible de algún clérigo. TV extremeña - agosto del 93- da cuenta de uno de estos casos en un pueblecito de la provincia de Badajoz. Un paisano aparece en la pequeña pantalla diciendo: “Si lo llego a coger os quedáis sin cura en el pueblo”. Sucedió lo que a veces sucede con un guardia civil, un juez o cualquier otra persona: no actuó correctamente. Hasta hace muy poco ninguno podía ser llevado ante los tribunales, pues se daba por supuesto que los curas son perfectos. Mentir es pecado, y eso es mentir. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No tratamos de justificar nada; sino de dar a cada hecho la importancia que realmente tiene, no seguir autoengañándonos creyendo que curas, jueces o guardia civiles son extraterrestres. Sin pecados no han existido más que Jesús y María. Los demás, somos todos pecadores. Estas cosas, ni pueden, ni deben ser ocultadas, ni se debe dar la callada por respuesta; creando este clima de falso respeto hacemos un flaco favor a la Iglesia, y nos estamos engañando a nosotros mismos, aparte de que nos convertimos en cómplices por omisión. ¿Qué hacer? Los creyentes tenemos ciertas obligaciones para con nuestros sacerdotes: Ante todo, rezar por ellos continuamente; después, ayudarlos, animarlos, estimularlos y acompañarlos en su duro trabajo. Se encuentran demasiado solos como hombres. Cuando fallen, es nuestro deber, con toda delicadeza, pero con toda la energía precisa, exigirles, reprenderles, corregirles y ayudarles a salir del bache. Por supuesto, esto se hará siempre en privado para que no se resienta su prestigio ante los fieles. Si es preciso, poner el caso en manos del Obispo. Excusar caritativamente sus defectos, hasta donde sea posible, como haríamos con nuestros padres. Los fieles tenemos que ser exigentes, muy exigentes con nuestros sacerdotes, sin olvidar aplicarnos esa misma exigencia respecto a nuestras obligaciones como creyentes. Una cosa es la caridad y el amor que debemos a nuestros pastores, y otra muy distinta lo que puede llegar a ser complicidad en hechos reprobables por una prudencia, que no es más que simple cobardía a enfrentarnos con tabúes que no tienen por que existir, y que pueden hacer mucho daño a la Iglesia. Jesús también supo coger el látigo cuando hizo falta. Fustigó duramente a los fariseos. En definitiva, ante un escándalo, recordemos que curas y laicos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, ... pero de barro. FUENTE:http://es.catholic.net/temacontrovertido/331/1230/articulo.php?id=4985

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Ernesto Asesino Lynch :
InfoporAnónimo3/30/2009

Los defensores seculares de terroristas y tiranos buscan de cualquier forma justificar sus desmanes, excesos y crímenes. El comunismo internacional, se convirtió en la tiranía más férrea del siglo pasado. Todos ellos creyeron que sus acciones por muy violentas que fueran siempre iban a ser necesarias para obtener su logros. Por lo tanto, puede justificarse sin que siquiera les remuerda la conciencia, los ajusticiamientos en masa perpetrados por el Che Guevara, Raúl Castro y otros durante los primeros meses de la Revolución Cubana. Si cayeron inocentes, no importa, porque redundo en beneficio del propósito revolucionario. Al ejercer de abogados del diablo, claro esta, mencionan figuras egregias de la historia como Sarmiento, Bolívar y San Martín. La mención se hace a vuela pluma sin citar fuentes históricas, cifras, circunstancias, ni otros detalles que valgan a la comparación. Pero caen en una trampa porque un crimen es un crimen, sea quien sea quien lo cometa y emplear palabras como "extirpar" para suavizar con un eufemismo, como si se tratara de un grano, el hecho perpetrado, que no es otra cosa que un asesinato, no establece distinciones entre quienes emplean tales métodos de represión y violencia. Cabe preguntarse que si se justifica que alguien como el Che realice ajusticiamientos en masa sin siquiera mediar un juicio, se puede justificar también los ordenados por Stalin o Mao TseTung, Todos se dedicaron a "extirpar" a quienes calificaban de "traidores" y "enemigos de la patria". (Como si creyeran en la Patria) Lo que no podemos es justificar a unos y condenar a otros. La tiranía tiene muchas caras pero un solo propósito: la perpetuación del poder. Sean o no positivos para quienes siguen viviendo los resultados de cualquier crimen, no podemos condonarlo ni justificarlo. La muerte del Che conllevó la clásica moraleja de que el crimen se paga. Al Che lo ajusticiaron con su propia receta. En el caso del Che, la CIA lo quería vivo. El Che vivo era muy valioso. El Che muerto, por el contrario, se convertiría en un mártir valioso para el comunismo internacional. Pero el Presidente de Bolivia hizo caso omiso a la pataleta de la CIA. Evidentemente, el no estaba a su servicio. Centenares de "izquierdistas" acuden cada año a rendir tributo al líder mitológico en el poblado de Vallegrande donde lo enterraron hace 30 años. Los militares bolivianos intentaron organizar merecidamente su propio tributo al centenar de soldados que murió combatiendo a la guerrilla del Che. Pero el sorprendente homenaje a su enemigo, ahora agigantado por el fervor de sus admiradores, no ha sido prohibido ni obstaculizado. Lo lamentable es también que en Cuba no se permite que se rinda un humilde homenaje a los inocentes que murieron "extirpados" (algunos a sangre fría por su propia mano) en la ola ciega de fusilamientos que desato el Che Guevara en los predios de la Fortaleza de La Cabaña. FUENTE:http://www.geocities.com/f_franco.geo/che.htm

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Derechos de la mujer
FemmeporAnónimo4/12/2009

La identidad de la mujer no puede consistir en ser una copia del hombre; puesto que ella está dotada de cualidades y prerrogativas propias. Pretender hacer de la mujer otro hombre es una equivocación. La mujer tiene sus cualidades específicas que no debe perder, y deben ser para ella de gran valor. La familia es el fundamento de la sociedad, y sin verdaderas mujeres no es posible la familia. A propósito de la igualdad de derechos de hombres y mujeres, con frecuencia se oye añadir el femenino detrás del masculino: alumnos y alumnas, trabajadores y trabajadoras, cantores y cantoras, etc. Esto es necesario cuando el masculino no incluye el femenino: señoras y señores, actores y actrices, poetas y poetisas, etc. Pero generalmente es innecesario, pues en castellano el masculino incluye el femenino. «Todos» incluye «todas». «Todos los hombres» incluye también a «todas las mujeres», pues se refiere a la humanidad entera. En cambio «todas las mujeres» no incluye a «todos los hombres». «Los padres católicos» incluye también a las madres. Pero cuando se habla de «las madres solteras» no se incluye a los padres. Cuando en la misa se dice que Jesucristo redimió a todos los hombres, no excluye a las mujeres. En cambio, cuando se habla de las mujeres que abortan, se habla de las madres abortistas, no de los médicos abortistas. Así es el modo correcto de hablar: el masculino incluye el femenino, pero no viceversa. El feminismo que reivindica los mismos derechos para la mujer que para el hombre ante la ley, es normal y sano, pues hombre y mujer tienen la misma dignidad como persona humana 18. Delante de Dios no hay distinción entre hombre y mujer 19. Pero hay otro feminismo revanchista que resulta ridículo. Hay mujeres feministas que quieren ocupar el sitio del hombre en todo. Y algunas lesbianas hasta en el uso del sexo. Las lesbianas suelen ser feministas revanchistas. La mujer debe ser mujer. El querer ser como el hombre es una equivocación, pues es considerarse inferior al hombre. Y la mujer no es inferior al hombre, es diferente, que no es lo mismo. El hombre y la mujer son distintos en su cuerpo y en su psicología. Dice la Biblia que Dios «los creó hombre y mujer» 20. No «unisex». La feminidad es un gran valor para la mujer José María García Escudero, hablando de Lilí Álvarez, que acababa de morir, aquella gran mujer que triunfó como deportista (tenis, motorismo, esquí, etc) y como escritora católica, defensora de los derechos de la mujer, dice de ella que fue una gran feminista, pero que combatió en «marimachismo», pues lo que engrandece a la mujer es ser muy femenina, no el masculinizarse 21. Recientemente ha nacido un nuevo feminismo.Janne Haaland Matlary, secretaria de Estado para Asuntos Exteriores de Noruega afirma que la mayoría de las mujeres son madres o desean serlo.Tiene cuatro hijos, cuyas edades oscilan entre los 12 y los 7 años y es catedrática de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Oslo. En 1995, participó como miembro de la delegación de la Santa Sede en las Conferencias organizadas por las Naciones Unidas en Copenhague (sobre el desarrollo social) y en Pekín (sobre la mujer). Ahora, Janne acaba de publicar un libro en Italia, «Tiempo de florecer. Por un nuevo feminismo» (Mondadori), que está llamado a convertirse en una especie de manifiesto del feminismo, en el que se declara que ha llegado la hora de que florezcan «las cualidades femeninas» en todos los campos de la vida personal y social y «en todo rincón de la tierra». «El feminismo de los años setenta tendía a la negación de la maternidad y a la imitación de los hombres. Esto ha impedido, de hecho, todo desarrollo de las cualidades y de las contribuciones femeninas, así como la aplicación de políticas capaces de ayudar verdaderamente a las mujeres». Dice Matlary que hay que ir a las raíces, de la cuestión, es decir, «hay que reconocer que los hombres y las mujeres son muy diferentes, tienen talentos diferentes. Además, la mayoría de las mujeres son madres o quieren serlo. El desafío consiste en crear una igualdad que tenga en cuenta estas diferencias» Según Matlary, las políticas al servicio de la mujer deberían «garantizar una adecuada pausa de trabajo por maternidad, retribuida y lo suficientemente larga como para evitar el "doble trabajo". Pero, al mismo tiempo, es fundamental una pausa de trabajo para los padres. Pues aquí la mujer no es la única que está en juego, sino toda la familia. Y hay que valorar y reconocer el trabajo que se realiza dentro de toda la familia.. Por tanto, se requieren medidas de flexibilidad económica y de políticas sociales especiales. Por ejemplo, el año pasado aprobamos una ley que permite a las familias escoger entre la guardería pública y el cuidado de los niños en la propia casa. En la práctica, a las mujeres que se quieren quedar en casa se les ofrece la misma cantidad que paga el Estado a la guardería por cada niño, unos 6 mil dólares al año» 22. Así opina Juan Pablo ll: «A menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la humanidad debe su supervivencia. Ciertamente que aún queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminación. Es urgente alcanzar, en todas partes, la efectiva igualdad de los derechos de la persona y, por tanto, igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, y tutela de la trabajadora-madre» 23.También dice en su documento de agosto del 88, http://es.catholic.net/mujer/460/972/articulo.php?id=14681 Mulieris Dignitatem 24, la mujer no puede convertirse en objeto de placer y explotación, pero tampoco debe invadir el terreno propio del hombre, masculinizándose y apropiándose de las características masculinas, y haciéndose un marimacho. «La igualdad de derechos de la mujer y el hombre no debe consistir en su masculinización, en deterioro de los auténticos valores femeninos». »La identidad de la mujer no puede consistir en ser una copia del hombre; puesto que ella está dotada de cualidades y prerrogativas propias, que le confieren una personalidad autónoma, que siempre se ha de promover y alentar» 25 fuente:

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¿Anticonceptivos? No, gracias
FemmeporAnónimo4/9/2009

A los 40 años de la Humanae vitae, conviene saber superar una mentalidad, muchas veces contraria a la misma dignidad de la mujer Nos inquietan, justamente, los efectos que producen en el clima, en las plantas, en los animales y en nosotros mismos, los miles de gases que salen todos los días de nuestras fábricas. Nos preocupan las consecuencias a corto y largo plazo de los humos que desprenden nuestros coches, camiones o motocicletas. Pero a veces ponemos poca atención a otras sustancias que se venden y se compran en el mercado, incluso en farmacias “para la salud”, y que pueden implicar consecuencias dañinas para la vida de quienes las consumen. Curiosamente, entre esas sustancias se han difundido y se siguen difundiendo todo tipo de preparados químicos y hormonales que buscan, simple y sencillamente, evitar que nazcan niños. El mecanismo es sencillo: las mujeres tienen un ciclo hormonal que prepara el propio cuerpo para que, si hay relaciones sexuales, pueda ser concebido un niño. Entonces, si queremos que no nazca un niño, intervenimos sobre este ciclo y sobre partes del cuerpo femenino, y así evitamos el “problema”, un embarazo no deseado. Al hacer uso de estos instrumentos “médicos” no nos damos cuenta de que vamos contra dos leyes elementales de la biología, que tienen una clara importancia ecológica. La primera: el que haya un embarazo, el que nazca un ser humano, no es algo “malo” a evitar a cualquier precio, sino que es la ley esencial según la cual hemos nacido cada uno de nosotros, y según la cual nacerán hombres y mujeres mientras respetemos los mecanismos que nos han permitido vivir en la tierra durante varios miles de años. Por lo mismo, frente a la mentalidad que lleva a algunos a ver el embarazo y el nacimiento sucesivo de un ser humano como son una especie de amenaza o como un peligro, habría que volver a descubrir la verdad profunda de la sexualidad: una apertura a la vida que merece, precisamente por lo que vale cada niño, el que las relaciones sexuales se tengan sólo entre quienes se aman hasta el punto de que están dispuestos a convertirse un día en “papá” y “mamá”, es decir, entre los que viven casados con un compromiso sincero y total. Además, al usar anticonceptivos atentamos a otra ley fundamental de la vida. Muchos grupos ecologistas protestan con pasión cuando se dan cuenta de que estamos comiendo maíz “genéticamente modificado”, es decir, maíz al que le ha sido alterado lo más profundo de sus mecanismos biológicos: su ADN, sus cromosomas. Protestan, además, cuando se dan cuenta de los peligros que tienen para la atmósfera estos o aquellos gases. Protestan cuando amenazamos la supervivencia de animales o plantas que nos gustaría fuesen nuestros compañeros de camino en los siglos o milenios que vaya a durar la vida humana en la tierra. Pues bien, los ecologistas deberían protestar cuando metemos en la mujer (o en el hombre: quizá algún día lleguen a existir anticonceptivos químicos y hormonales para hombres) sustancias que buscan solamente que las cosas no funcionen bien, es decir, que el ciclo de las hormonas, que tiene un ritmo natural de regulación, sea alterado de un modo brutal por medio de píldoras o de otros productos farmacéuticos, para evitar el que pueda producirse un embarazo. Actuar así implica hacer una violencia sobre el cuerpo femenino cuyas consecuencias sólo podrán ser descubiertas a largo plazo, pero que ya ahora nos permiten intuir que algo no va bien en el recurso a estos sistemas de “prevención”. La verdad es que ya la naturaleza ha pensado, desde hace milenios, las maneras y los modos de regular los nacimientos humanos. El ciclo de fertilidad de la mujer está “organizado” de tal modo que cada mes hay pocos días potencialmente fecundos, y no siempre coinciden las relaciones sexuales entre los esposos con esos días de fecundidad. Es por eso que se dan casos de parejas sanas fisiológicamente que no llegan a tener hijos por periodos largos de tiempo, incluso deseándolos, porque no han descubierto a fondo el ciclo femenino. Es por eso que ha habido parejas que han podido tener una abundante prole (casos de esposos con 20 hijos...) porque las relaciones coincidieron precisamente con esos días fecundos. Es por eso que otras parejas, a partir del conocimiento de las señales de fecundidad de la esposa, logran “programar”, en el máximo respeto de la mujer y de su sistema natural e integridad psicológica y hormonal, los nacimientos en los momentos mejores para todos (padres e hijos), cuando existen serios motivos para actuar de esa manera. La defensa de los valores ecológicos no puede dejar de lado esta conquista fundamental del valor del cuerpo femenino. La fertilidad no es ni puede ser vista como una enfermedad. Iniciar el embarazo, acoger a un hijo, no es lo mismo que tener un parásito que provoca la malaria. Por lo mismo, conviene superar una mentalidad, muchas veces contraria a la misma dignidad de la mujer y del hombre, que ha promovido el uso de los anticonceptivos, para sustituirla con otra que promueva una visión más responsable de la sexualidad humana y un mayor respeto a la esposa y al esposo en su integridad y riquezas biológicas, desde las cuales pueden llegar a ser madre y padre de nuevos seres humanos. fuente;

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