richisad
Usuario (España)
Bienvenidos a Hizbolandia A pocos kilómetros de Beirut, la guerrilla terrorista libanesa patrocinada por Irán ha abierto un parque temático, en el que muestra al turista «trofeos» de sus guerras DANIEL IRIARTEDANIEL IRIARTE / enviado especial a beirut Material bélico expuesto para el público familiar pro-Hizbolá. Llegar a Mleeta no es fácil. Este lugar está escondido en lo alto de una colina, al final de una carretera que serpentea por las montañas de Jabal El Barouk, atravesando las humildes localidades chiíes del sureste de Líbano. No abundan los carteles, pero los vecinos saben perfectamente dónde está. Todos lo han visitado. Pueden permitírselo, porque la entrada apenas cuesta 2.000 libras libanesas (algo menos de 1 euro). Lo remoto de la localización se debe a que es el punto donde se libraron algunos de los combates guerrilleros más sangrientos entre Hizbolá e Israel y su aliado cristiano libanés, el Ejército del Sur del Líbano. La cueva de Mleeta, que da nombre al parque temático, sirvió de cuartel general a Sayid Abbas Musawi, el antiguo líder de Hizbolá, muerto en combate en 1992. Mleeta fue inaugurada el pasado 25 de mayo, día del décimo aniversario de la retirada israelí del sur de Líbano, y en sus primeros diez días atrajo a 130.000 visitantes. Ha costado 4 millones de dólares, pero, a efectos de propaganda, a Hizbulá le ha merecido la pena. Cierto… Israel no es invencible, se lee en uno de los carteles de la entrada. Todo el parque está pensado para glorificar la muqawama, la resistencia contra el ejército “israelí” y sus colaboradores. En los carteles, el gentilicio está escrito así, entre comillas, puesto que Hizbolá no reconoce al estado de Israel. Tal vez lo más impactante del parque sea la primera atracción, El abismo, una plataforma desde la que pueden contemplarse varios tanques Merkava despanzurrados, alrededor de los que, durante nuestra visita, transitan varias familias numerosas libanesas. Uno puede tomarse fotos junto a los vehículos oxidados, y si no ha traído cámara, no se preocupe: el parque tiene su propio fotógrafo. En el centro de la plataforma, algunos detalles ponen de manifiesto el punto kitsch siniestro del lugar: un tanque al que se le ha doblado el cañón, haciendo un nudo, y una tumba con el emblema de las Fuerzas de Defensa Israelíes, sobre la que se lee, en hebreo, Abismo. Alrededor, esparcidos, decenas de auténticos cascos de soldados israelíes muertos en la guerra contra Hizbolá. Fanfarria guerrera «Hijo, hazme una foto con los misiles, le dice un padre, visiblemente orgulloso, a su vástago, delante de una batería de cohetes Katyusha, que tanto terror han causado entre la población israelí. Durante la guerra de 2006, Hizbolá lanzó 4.000 cohetes sobre el norte de Israel, causando 43 víctimas mortales. Apenas nada, argumenta el grupo armado, comparado con los más de 1.500 civiles libaneses muertos por los bombardeos aéreos israelíes durante el mismo conflicto, según se lee en uno de los carteles del museo. Aquí, bajando la colina, maniquíes y viejos materiales de guerra muestran cómo el grupo se organizaba para realizar incursiones guerrilleras contra sus enemigos: motocicletas todoterreno para ocuparse de la mensajería, pequeños hospitales de campaña, trincheras ocultas bajo redes de camuflaje. ¡Mira, mamá, los guerreros!, exclama un chiquillo entusiasmado al divisar entre la maleza a tres muñecos que portan un bazooka, camuflados a un par de metros del camino. Todo ello, rodeado de altavoces que escupen una música épica digna de telefilme de mediodía. El lugar cuenta también con dos salas de oración separadas para hombres y mujeres, y con un cine, donde se proyecta una especie de videoclip que, entre imágenes de archivo y fanfarria, narra la historia de la resistencia chií en Líbano (no sólo la de Hizbolá: el primer atentado tuvo lugar en 1982, cuando el grupo todavía no existía). Al lado, la tienda de regalos todavía no ha sido inaugurada. Una auténtica lástima. ABC Internacional DANIEL IRIARTE enviado especial a beirut
La bofetada sonó como un disparo. A mí me dolió en lo más profundo de las tripas. Al observar a mi mujer enfrentarse a aquel niñato con la ridícula pelusa de moda en la cara, salí del coche que estaba aparcando, para acercarme a ver qué pasaba. Cuando el hijoputa aquel le estampó el guantazo en la cara, mientras ella sujetaba una bolsa de El Corte Inglés en una mano y la nena en la otra, me quedé paralizado. A apenas 20 metros lo vi todo a cámara lenta. Pero me detuve y no fui hasta allí. Fue Patricia la que se vino humillada, con media cara hinchada, enrojecida por la bofetada que le acababan de meter, los ojos vidriosos de ira. Sin mediar palabra, abrió el coche y se sentó en el espacio de copiloto, tras dejar a la nena en la sillita de atrás. Yo, que había mirado al aprendiz de talibán, más por curiosidad que por desafío, bajé la mirada cuando él me la sostuvo, no sé por qué, me di media vuelta, y caminé hasta meterme en el coche, junto a ella. Ni una palabra. Ni un reproche. El insondable vacío de la derrota y un denso silencio. ¿Cómo habíamos llegado a esto?. ¿En qué momento un pandillero del extrarradio, el más tonto de su clase y uno de los tantos conversos de reciente hornada al islam militante, fue consciente de la capacidad de imponer con desparpajo y total impunidad sus recientemente adquiridas normas universales de comportamiento a mi mujer... y a mí?. Confieso que, cuando Patricia se acomodó el vestidito liviano de verano que llevaba, y que había sido el motivo del violento reproche del vigilante de las buenas costumbres, estuve casi a punto de culparla por terca, por empecinarse en seguir saliendo a la calle sin pensar en estos matones que imponían mafiosamente su voluntad. Me contuve. Ella estaba a punto de romper a llorar y no estaba el horno para bollos. No delante de Marina que, con 2 años parecía comprender que algo extraño acababa pasar. Así que, según avanzábamos lentamente en el atasco de la autopista M30 de camino a casa, barbudos sonrientes y chicas con chador se acercaban a los coches y ofrecían flores y estampitas de Abu Mansour a cambio de donativos para la causa de los mártires. Mi mujer, aprendida la lección, se ponía un chal sobre el vestido y yo, en silencio, cavilaba sobre cómo, a los 41 años, acababa de permitir algo que, a mis 18, me hubiera hecho romper los dientes al que se hubiera atrevido, no ya a eso: a la mitad. Entre miradas disimuladas y de reojo a Patricia, que mantenía la vista fijamente en el parabrisas, trataba de imaginarme cómo todos estos personajitos iletrados, que iban cambiando sus nombres de Alberto y Miguel por los de Omar y Alí, habían pasado del rap y las litronas a los grupos de estudio coránicos en los barrios de las afueras. Y, de allí, en apenas tres años, habían tomado el centro, ante la secuencia de burla, curiosidad, desconcierto y, en último término, temor de los que nos creíamos hasta entonces los legítimos dueños. Eran muchachos españoles. Incluso algún latinoamericano, no los musulmanes inmigrantes que vimos crecerse en los primeros momentos. Los que se atrevieron a asaltar la Alhambra, los que "liberaron" las mezquita en Córdoba. Tampoco los marroquíes que, como posesos, saltaron la valla de Melilla aquel día, que quemaron la sinagoga de la ciudad con 47 personas dentro, de ellos 11 niños, mientras los policías de la ciudad observaban, como sedados, el espectáculo. Luego dijeron que los habían retenido, confinado, que la turba los había superado. Que nada pudieron hacer y su esfuerzo se concentró en impedir un mayor derramamiento de sangre, apaciguando a algunos chicos locales que estaban empeñados en enfrentarse a "los moros". Las grabaciones que llegaron a la red no los mostraba presos ni encadenados, pero ellos insistían que, desarmados, poco podrían haber hecho para enfrentarse a las milicias de Al Murabitun. Casi mejor, decían todos, que el gobierno hubiese decidió evacuar la plaza de militares sólo 3 meses antes. Las repercusiones de un posible enfrentamiento en las calles de la ciudad podrían haber sido gravísimas Nuestros aliados europeos y el Secretario de Estado norteamericano alabaron nuestra moderación y la madura contención demostrada por nuestro gobierno y la sociedad española en general. ¿Acaso debíamos nosotros librar la batalla que ninguno de sus poderosos ejércitos evitaron cuando hace poco más de un lustro abandonaron a Israel a su suerte?. Si ellos fueron capaces de reclamar mesura y tranquilidad cuando los israelíes pedían histéricamente ayuda para responder a las dos bombas, la de Tel Aviv y la de Haifa. Decían que se trataba de evitar la escalada incontrolada de violencia y enfocarse en aclarar lo antes posible la autoría real de esos actos de "terrorismo nuclear", los primeros de la historia. Ante eso, ¿qué podíamos hacer nosotros en España, que no tenemos ni la fuerza, ni la capacidad de los americanos, los británicos o los franceses? Recuerdo aquellos días como en duermevela. Todo sucedió tan rápido. Los israelíes contraatacaron pero, para sorpresa de muchos, los americanos no les siguieron. Recuerdo las voces desesperadas de estupor de la embajadora de Israel, o lo que quedaba de él, en Naciones Unidas cuando el representante de EEUU se abstuvo de apoyar la propuesta que Canadá hizo para condenar el ataque y enviar una fuerza de interposición. El voto de rechazo de la ONU, aplastante, selló el final de toda esperanza para los judíos. Mientras los corresponsales en todo el mundo reportaban las celebraciones en los países árabes, la riada de voluntarios para la yihad que iba llegando a Tierra Santa, las noticias de la zona eran confusas. Los hebreos parecían adoptar una actitud numantina y seguían enviando los pocos aviones que les iban quedando contra Siria, contra Líbano, contra Irán... Y cuando los regímenes saudí y jordano se sumaron a caballo ganador, ya no hubo nada que hacer. Muchas cosas se han aprendido de todo esto. El famoso lobby judío quedó en nada. Movilizaron a algunas estrellas del espectáculo para un telethón, pero el boicot de intelectuales y otros artistas dio al traste con él y al final muchos actores y cantantes se echaron atrás. Peor fue en Londres, donde un acto de solidaridad con Israel fue asaltado por una multitud de barbudos enfervorecidos que la policía no pudo contener. Hubo siete muertos. La lección fue rápidamente aprendida: estos tipos están dispuestos a todo, no se andan con chiquitas y mejor no enojarlos. Por otra parte, la respuesta en la mayoría de las televisiones fue relativamente comprensiva con los islamistas. Aunque solían comenzar con un lamento vago y general sobre las acciones de violencia indiscriminada, insistían en los agravios históricos de los países árabes. Recordaban la larga lista de abusos y ocupación contra el pueblo palestino, que había desembocado en una expresión de ira. No justificada, claro, pero comprensible. En último término, había que seguir la posición conciliadora de la ONU, que desaconsejaba una respuesta irracional por parte de Israel. No se podía culpar a los vecinos de la acción brutal de un grupo terrorista desconocido hasta entonces y sin lazos claros con ningún gobierno: la Yihad para la Liberación de Al Aqsa y el Califato Universal. La primera vez que pusieron la grabación de Abu Mansour en la que anunciaba su inmolación como mártir con una bomba de 4 megatones en el hotel Hilton de Tel Aviv, la gente quedó perpleja. Se trataba de un muchacho francés, recién graduado en medicina, hijo de padre musulmán y madre cristiana. No tenía aspecto de magrebí. Era medio rubio y según se supo luego, se había criado en un barrio bien de Nantes. Dicen que consiguió esquivar todas las medidas de seguridad por su pasaporte y aspecto europeos, pero no está claro quiénes ni cómo le dieron la bomba. La segunda, la de Haifa, sigue siendo un misterio, pero los israelíes dijeron que había sido lanzada con un misil desde el sur del Libano. Sea como fuere, se hablaba de más de millón y medio de muertos. Yo me negué a ver las imágenes. Me llenaba de ansiedad y temor por mi familia, y, de todos modos, no había nada que yo fuera a solucionar. A las dos semanas, me crucé con una manifestación de estudiantes en Madrid. Celebraban la victoria, el nuevo paradigma. Ni Oriente ni Occidente; ni Capitalismo, ni Socialismo. La Revolución Ética, la llamaban. Ahí vi las fotos que exhibían en grandes cartelones y que yo había evitado en periódicos y en Internet. Las primeras imágenes de soldados desnudos, desmembrados, arrastrados por las calles. La explanada del Muro de las Lamentaciones tomada por una multitud celebrando con las cabezas cortadas de judíos ortodoxos cogidas como trofeos por las barbas. El viejo presidente del difunto Estado de Israel colgado en plena calle. Los pocos miembros del gobierno hebreo que cazaron vivos rapados, con trajes de presidiario, exhibidos en los campos de prisioneros donde se amontonaban. Sentí nauseas y no cené aquella noche. Se comentó mucho el cambio de tono del Papa, que pasó de la condena a la velada amenaza cuando llegaron las noticias de la matanza de la Iglesia del Santo Sepulcro. Se rieron de él y, como alguien había hecho antes, le preguntaron cuantas divisiones tenía. Nada más se supo. Mi cabeza sigue revisando estos tiempos locos cuando oigo en la silla de atrás a Marina decir "mamá guapa". Supongo que es su modo de intentar animarla. Patricia responde con una mueca que quería ser sonrisa. Nuestros ojos se cruzaron, y vi un resentimiento sordo, un reproche triste y silencioso. Yo trabajo en el departamento de finanzas de una compañía eléctrica. Los primeros días nos preparamos para un escenario apocalíptico y diseñamos planes de contingencia para una especie de invierno nuclear. Y, entonces, todos reunidos en la oficina, vimos al ex presidente Obama que la primera presidenta norteamericana había enviado para mediar en la zona, aparecer con el presidente iraní y el desconocido sobrino del rey saudí recientemente nombrado regente por el ala dura del régimen. Y en aquella histórica conferencia de prensa los iraníes rechazaron haber participado en el atentado. Y los saudíes hablaron de la necesidad de que Occidente aceptara un nuevo sistema de equilibrios y respeto (sobre la base, velada, de todas aquellas armas que los americanos les habían vendido durante años, ahora bajo su control, junto con los hidrocarburos). Y el ex-presidente aceptó sus explicaciones sin más pruebas ni demandas, y habló de un nuevo entente entre civilizaciones, de una nueva relación de igual a igual. Y de que aquellos hombres eran nuestros socios para la paz. Sorprendentemente, aquel día, los mercados, que habían estado al borde del colapso y el infarto, encontraron temporalmente la calma que buscaban. Y todos comenzaron a mirar para otro lado. Así fue que Siria anunció la anexión de Líbano, lo que fue Israel y Palestina (y algunos se rieron de la ironía de que todo esto hubiese comenzado con el afán de independencia para el pueblo palestino). Y, al final, también Jordania se integró en la Gran Siria, tras el derrocamiento de la glamurosa monarquía que encontró refugio en Australia. Y el alivio generalizado se mantuvo cuando los aviones de refugiados judíos supervivientes comenzaron a llegar a Canadá y a ser realojados en los territorios del Noroeste. La palabra clave en aquellos días era moderación. La que todos nosotros debíamos mostrar para no hacer estallar el nuevo equilibrio de fuerzas que nos aseguraba combustibles a precios razonables y paz para nuestro tiempo. Poco duró, la verdad. Los Hermanos Musulmanes, luego superados por la Yihad Islámica, tomaron el poder en Egipto, cuyo régimen cayó como fruta madura. Los "moderados" en Turquía fueron rápidamente desplazados y el primer ministro acabó pidiendo refugio en Estados Unidos. Enseguida comenzaron los incidentes entre el nuevo gobierno de Ankara y la autoridades iraníes (la hermandad en el extremismo islámico no parecía garantía de estabilidad y buenas relaciones). Y con las primeras escaramuzas armadas entre éstos y la nueva facción dominante de los Saud (aquí nos hemos hecho todos medio expertos en el Oriente Medio y sus matices), todo se fue al garete, el suministro de gas y petróleo se resintió y los precios se subieron por las nubes. La economía, claro, al garete. El Norte de Africa se prendió como una cerilla. Libia, Túnez, Argelia... En Marruecos, el rey se adelantó a los elementos y dio un autogolpe, reproclamándose sultán de los creyentes del Magreb y llamando a la "repoblación pacífica" de Al Andalus. Mientras en aquel primer invierno Europa Central tiritaba de frio (los rusos se aprovecharon bien de la coyuntura), comenzaron los disturbios en la mayoría de los países. La minoría turca en Alemania se unió en un partido que entró a formar parte del gobierno de coalición con los conservadores. El programa de adaptación a un sistema "multicultural" fue inmediato. Más grave fue la situación en Holanda, Dinamarca o Suecia donde los islamistas se hicieron con la población musulmana, instaurando un sistema de gobierno paralelo al estatal, con sus representantes, sus leyes, sus jueces, su policía... En Francia los incidentes fueron violentísimos y desde entonces viven en una especie de guerra urbana de baja intensidad. En el Reino Unido los actos de terrorismo masivo e indiscriminado fueron atroces. La demolición por una bomba del Royal Albert Hall, el secuestro que acabó en tragedia en el Museo Británico y el cierre por seis meses de los aeropuertos ante la imposibilidad de garantizar la seguridad, pusieron a los ingleses de rodillas. Y ahí siguen. Con ese panorama, y ante las exigencias de repoblación pacifica del rey Mohammed, comenzaron a llegar norteafricanos a millares, a decenas de millares, en avión, en ferry, en barcas. Llegaban sin pasaportes, sin visados, la crisis humanitaria y el peligro evidente de ese gentío agolpándose en puerto, aeropuertos, playas, la incapacidad de parar la marabunta, y mucho menos de usar medios expeditivos para proteger las fronteras, llevó a la decisión de, simplemente, abrirlas y dejarlos pasar. Así es como montaron sus campamento, comenzaron a amontonarse en plazas, a imponer su dictado por la fuerza del numero y la convicción de su misión: la “repoblación” de Al Andalus. La inseguridad era pavorosa: la policía simplemente no estaba en situación de intervenir, los incidentes se multiplicaban y temor de los españoles era paralizante. Existían facciones extremistas, islamistas radicales, también habían delincuentes, habían campesinos en busca de una vida mejor, desocupados, agentes provocadores... Ya estamos llegando a casa. Al abrir la puerta del coche frente al portal, observo que los "vigilantes" han empezado a aparecer por nuestro barrio residencial. Es algo nuevo. Hasta ahora sólo habíamos recibido la educada visita de imanes, líderes considerados, casi amables, que nos educaban sobre la necesidad de adaptar nuestras hábitos con el objetivo de mantener la convivencia, favorecer la integración y respetar las costumbres de la oleada de inmigrantes magrebíes que ya se han instalando cada semana siguiendo la llamada del defensor de los creyentes. Pero ahora estos chicos andan cada vez más crecidos, y el gobierno (y también la oposición) sólo aciertan a hacer vagas imprecaciones en favor de la tolerancia y la coexistencia. Una coexistencia que, insisten, es, en cualquier caso, parte de nuestra propia historia. Ya nos lo habían dicho los imanes: no es que no pudiésemos comer jamón. Pero se trataba de no ofender con una exhibición excesiva e innecesaria. Nadie impedía beber alcohol en casa pero, ¿no era, en cualquier caso, mejor para todos evitar dependencias de sustancias que provocaban comportamientos incívicos?. ¿No estaban mejor las calles desde que los "estudiantes" las habían limpiado de traficantes y prostitutas? ¿Quién echaba de menos que sus hijos se toparan con asquerosas revistas pornográficas en el kiosco?. ¿Y no era cierto que desde que los muchachos españoles que se iban convirtiendo y uniendo a las milicias paseaban por las calles con sus uniformes negros las mujeres podían pasear tranquilamente por las calles sin ser molestadas? (en algún momento se había convertido en un verdadero problema con grupos de "repobladores" que ocupaban manzanas enteras con su actitud desafiante. Frente a todo ello, ¿era mucho pedir que las mujeres se vistieran con pudor y usaran un pañuelo en la cabeza para no provocar los instintos de aquellas personas que venían de países de costumbres más conservadoras y tendían a malinterpretar el comportamiento liberal de las españolas?. En casa, Patricia se fue directamente a acostar a Marina. Yo me refugié en nuestro dormitorio. La cabeza me daba vueltas y sólo quería caer dormido lo antes posible y olvidarme del desagradable incidente. Patricia entró, se puso el camisón y se acostó a mi lado. Cuando fui a darle un beso de buenas noches me giró la cabeza y, con la cara hacia la pared, la pude oír. Dijo, suficientemente alto como para que lo oyera con claridad: "maldito cobarde".

Países megadiversos Brasil es el país con mayor megadiversidad La megadiversidad es un concepto creado por la organización medioambiental Conservation International (CI) para llamar la atención sobre las zonas del planeta que concentran una mayor riqueza biológica y poner los medios para protegerla. Se estima que hasta un 70% de la diversidad biológica del planeta y un 45% de la población mundial, que representa la mayor diversidad cultural, se encuentran en 17 países, una superficie que ocupa el 10% del total del planeta. El continente americano alberga el mayor número de países megadiversos El Centro de monitoreo de conservación ambiental, un organismo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha identificado 17 países megadiversos. El continente americano alberga el mayor número de países megadiversos, siete en total (Brasil, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México, Perú y Venezuela), seguido de Asia, con cinco (China, Filipinas, Indonesia, India y Malasia), tres en África (Madagascar, República Democrática del Congo y Sudáfrica) y los dos restantes en Oceanía (Australia y Papúa Nueva Guinea). Todos estos países tienen unas características únicas que posibilitan una gran cantidad de especies: muchos de ellos están en los trópicos, donde las condiciones para la biodiversidad son mayores, sus paisajes ofrecen una gran diversidad de ambientes, suelos y climas, la separación de islas y continentes permite el desarrollo de floras y faunas endémicas, únicas de ese lugar, su gran tamaño favorece una mayor posibilidad de albergar más especies, su historia evolutiva se ha desarrollado gracias al contacto de varias regiones donde se han mezclado especies con orígenes distintos y la domesticación de plantas y animales por los pueblos autóctonos a lo largo de la historia ha dado lugar a una gran riqueza natural. El podio de los países megadiversos Brasil es el país con mayor número de especies de primates, anfibios, plantas y mariposas y, por tanto, el más megadiverso del mundo. Se estima que entre el 15% y el 20% de la biodiversidad mundial se localiza en el país carioca. Los científicos tienen conocimiento de 56.215 especies de plantas vasculares, 1.712 de aves, 779 de anfibios, 630 de reptiles y 578 de mamíferos. Sus selvas abarcan el 42% del país y comprenden más de un tercio de los bosques tropicales del mundo. La cuenca del río Amazonas, donde se ubican estos bosques, es la más extensa del planeta. Detrás de Brasil, un variado grupo de países alberga una gran cantidad de especies de todo tipo, aunque algunos autores señalan a Colombia como el segundo país megadiverso del mundo, con un 10% del total de especies del planeta. El número de plantas vasculares conocidas asciende a 48.000 (el 20% del total mundial), el de aves a 1.815, el de anfibios a 634, el de reptiles a 520 y el de mamíferos, a 456. En el territorio colombiano, siete veces más pequeño que el de Brasil, se unen ecosistemas tan variados como páramos, laderas andinas, selvas tropicales, humedales, llanuras y desiertos. El 56% de su superficie está cubierta por bosques naturales. Se estima que entre el 15% y el 20% de la biodiversidad mundial se localiza en Brasil La gran extensión de China y sus distintos hábitats proporcionan un hogar a gran cantidad de especies: 32.200 variedades de plantas vasculares, 1.221 de aves, 502 de mamíferos, 387 de reptiles y 334 de anfibios. Tiene más de 4.400 especies de vertebrados, más del 10% del total mundial. El continente asiático tiene en Indonesia a uno de los mayores exponentes de países megadiversos. En su superficie, cubierta en un 60% por bosques, se han encontrado 29.375 especies de plantas vasculares, 1.604 de aves, 667 de mamíferos, 511 de reptiles y 300 de anfibios. Especies emblemáticas como el elefante, el tigre, el orangután, el rinoceronte o el leopardo habitan en este país, aunque se encuentran en peligro de extinción. México es otro de los grandes países megadiversos del mundo. Su territorio alberga a 23.424 especies de plantas vasculares, 1.107 de aves, 804 de reptiles, 535 de mamíferos y 361 de anfibios. Defender la megadiversidad La destrucción de los hábitats, el cambio climático, las especies invasoras, la deforestación, la sobreexplotación de los recursos naturales, la caza ilegal y el tráfico de especies, el crecimiento urbanístico, la creación de infraestructuras sin la adecuada evaluación de su impacto ambiental o la contaminación son algunas de las amenazas que ponen en riesgo la rica diversidad biológica de estos países. Del mismo modo, la mayoría de las zonas calientes de biodiversidad ("hotspots", regiones en las que hay una gran cantidad de especies pero con un hábitat en peligro, se ubican en estos países. Para tratar de hacer frente a estas amenazas, y conservar su rica variedad biológica, en 2002 se creó en México el Grupo de los Países Megadiversos Afines. En la actualidad está compuesto por Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, China, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Filipinas, India, Indonesia, Kenia, Malasia, México, Perú, Sudáfrica y Venezuela. Los responsables de estos países firmaron la Declaración de Cancún, un acuerdo de consulta y cooperación para promover la conservación y el uso sostenible de su diversidad biológica. Algunos de sus objetivos son inéditos en el área de la conservación natural. Entre ellos, se establece la decisión de negociar los mecanismos de acceso y comercio de los recursos naturales, de manera similar al de los países exportadores de petróleo. Además, se manifiesta la necesidad de impulsar un régimen internacional que resguarde la distribución equitativa de los beneficios derivados de la diversidad biológica, o que combata la apropiación indebida de recursos genéticos. Cómo se localiza la megadiversidad La cuantificación de la megadiversidad se estima según diversos indicadores, como explica el experto peruano y profesor asociado de la Universidad Autónoma de Barcelona Nikita Shardin. Los métodos son variados: se puede elegir una hectárea de bosque natural al azar, detectar el número de especies y compararla con la de otro país. También es posible mediante un muestreo en una zona concreta para analizar cuántas especies hay. El número de variedades de cultivo es otro indicador interesante: en los Andes se han registrado agricultores que trabajan con más de 200 tipos distintos de patatas.
Qué provocan las partículas contaminantes finas La contaminación está a pie de calle y viaja sobre ruedas. Uno de los principales problemas de las ciudades es el de las partículas en suspensión, que pueden provocar importantes daños a la salud de los ciudadanos. En España, el tráfico rodado provoca entre un 40% y un 60% de la polución por partículas en suspensión, según un estudio del Ministerio de Medio Ambiente y del CSIC. El enemigo es invisible, aunque no así sus efectos. Las partículas contaminantes finas se dividen en dos grandes grupos. Las PM10 miden entre 2,5 y 10 micrómetros (son entre 25 y 100 veces más delgadas que un cabello humano), mientras que las PM2,5 son inferiores a 2,5 micrómetros. Las más nocivas son las más pequeñas, ya que permanecen en el aire más tiempo, viajan más lejos y pueden afectar a más partes internas del organismo. Los efectos sobre los ciudadanos son muy diversos. Una vez inhaladas, pueden causar graves riesgos para la salud, al incrementar la tasa de mortalidad por enfermedades respiratorias, cardiovasculares y cancerígenas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En altas concentraciones, se relacionan con el aumento de los nacimientos prematuros y la mortalidad infantil, los casos de asma, neumonía, bronquitis y enfermedad pulmonar obstructiva crónica, así como los ingresos hospitalarios y las visitas a urgencias por exacerbaciones de enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Además, según un estudio publicado en 2008 en el 'Journal of American College of Cardiology', las partículas finas se introducen en el sistema sanguíneo y llegan al corazón. En España, el tráfico rodado provoca entre un 40% y un 60% de la polución por partículas en suspensión La Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA) señala que la contaminación del aire puede reducir la esperanza de vida de los europeos hasta en tres años. La Comisión Europea calcula que, en términos de salud humana, causa a la economía europea un gasto de entre 427.000 y 790.000 millones de euros anuales. Se estima que las partículas finas, junto con el ozono troposférico, son responsables de la muerte prematura de unas 370.000 personas en la UE cada año. Los ciudadanos no están a salvo en el interior de sus hogares, sino más bien al contrario. Un estudio publicado en 2009 en la revista 'Environmental Health Perspectives' señalaba un aumento de los niveles de partículas contaminantes en interiores y la gravedad de los síntomas de asma entre los niños. Los responsables del estudio, un equipo de la Universidad Johns Hopkins, indicaban que en muchos casos el nivel de estas partículas finas era dos veces superior al aceptado por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) para la contaminación al aire libre. El tráfico es el principal causante de las partículas contaminantes finas (hasta el 50%, según diversos estudios), en especial en grandes ciudades, pero no es el único. Las actividades industriales, la agricultura o las calefacciones domésticas se encuentran también involucradas en este problema. En menor proporción, algunos causantes son naturales, como el polvo africano, el aerosol marino, la materia mineral natural del suelo o las emisiones forestales. En el caso de España, la situación es peor, sobre todo en las ciudades mediterráneas, según el investigador del CSIC Xavier Querol. Factores como la intensidad del viento y de la radiación solar, la escasez de lluvias, el diseño de las ciudades (edificios altos y calles estrechas) o la falta de vegetación y zonas verdes, provoca la acumulación de los contaminantes. Legislación incumplida Las partículas finas, junto con el ozono troposférico, son responsables de la muerte prematura de unas 370.000 personas en la UE cada año Los estudios científicos no permiten aún establecer límites de exposición a estas partículas con absoluta certeza, pero sí hay amplias pruebas de la necesidad de reducir sus emisiones. Por ello, en 2008, la UE aprobó la nueva directiva sobre calidad del aire en Europa. En ella se proponen por primera vez estándares y fechas límite para que los Estados miembros reduzcan la contaminación por partículas finas PM2,5 y se suma a la aprobada en 2005 para la reducción de las PM10. La nueva directiva establece 2020 como plazo máximo para alcanzar los límites de emisiones decretadas. Los Estados miembros deben garantizar que las concentraciones de PM2,5 no superen los 25 microgramos/m3 para 2015 en sus territorios respectivos y los 20 microgramos/m3, en áreas urbanas. La directiva pide recortes de PM2,5 que rondan el 20%, en comparación con los niveles registrados en 2010. La gran mayoría de los Estados Miembros, entre ellos España, incumplen los límites para ambos tipos de partículas finas. En la nueva directiva se reconocen las dificultades y se introduce un enfoque más flexible. Los países pueden posponer el cumplimiento íntegro de los límites de PM10 hasta tres años en determinadas áreas de su territorio, pero deben demostrar que la aplicación de la legislación está en curso. La Comisión Europea daba el pasado marzo un toque de atención a España por los elevados niveles de PM10, superiores a los permitidos. Cómo reducir la contaminación de partículas finas La Comisión Europea prepara diversas iniciativas para reducir los niveles de partículas finas contaminantes, como el establecimiento de niveles de emisión para vehículos nuevos. En cualquier caso, los Estados miembros son los responsables de aplicar medidas concretas. Algunos países han puesto en marcha diversas ideas, como las zonas de baja emisión, donde se prohíben los vehículos más contaminantes, hay semáforos que se ponen en rojo cuando se detecta un nivel alto de partículas finas o se limita la velocidad a 30 km/h por los cascos urbanos. Los motores diésel, que pueden generar hasta cuatro veces más partículas de carbono que los de gasolina, pueden reducir su contaminación mediante filtros específicos. Cada vez más vehículos diésel cuentan con este tipo de medidas. Las investigaciones para detectar y conocer más acerca de este tipo de contaminación son también muy importantes. El mayor estudio hasta la fecha sobre partículas contaminantes finas lleva en marcha en París desde el año pasado. Sus responsables forman parte del proyecto Megapoli, que pretende evaluar el impacto de la contaminación atmosférica en los grandes núcleos urbanos y en el cambio climático.
Un plan para cambiar la salud mundial Thomas Pogge recorre el mundo con su propuesta para incentivar a los laboratorios a producir medicamentos para pobres. Aquí, explica en qué consiste el método y por qué la Argentina podría jugar un papel clave. Por Mariana Carbajal Thomas Pogge es uno de los filósofos “globales” más reconocidos del momento. Nació en Alemania pero vive desde hace tres décadas en Connecticut, Estados Unidos. Aunque, en realidad, últimamente ha pasado más tiempo volando que en tierra firme. Desde que comenzó el año, recorrió el equivalente a cinco vueltas al mundo con un objetivo primordial: promover el Fondo de Impacto sobre la Salud (The Health Impact Fund), una nueva propuesta para estimular la investigación y desarrollo de fármacos para las llamadas enfermedades de la pobreza, las olvidadas, que afectan a millones de personas pobres en el planeta, como la malaria, el dengue y, en la Argentina, particularmente el Mal de Chagas, cuya cura no es un desafío para los grandes laboratorios dado que los potenciales clientes-pacientes tienen sus billeteras vacías. La iniciativa consiste en brindar a las compañías farmacéuticas la opción de vender al costo y cobrar un monto adicional por el impacto en la salud que cause una nueva droga. Cuanto más efectiva, cuantos más individuos logre curar, más ganancias tendrá la empresa. En su periplo, Pogge estuvo en Buenos Aires, donde dio un par de conferencias, y partió luego rumbo a Brasil. Para el filósofo, Argentina puede ser un país clave para di- seminar la idea del Fondo en la región. En una entrevista con Página/12, en su acotada agenda, explicó los detalles del proyecto. La prensa alemana lo apodó “el pensador-para-cambiar-el mundo”. Pogge está convencido de que se puede (y se debe) terminar con la pobreza. “Todo lo que se necesita para que nadie quede por debajo de la línea de pobreza es el uno por ciento del ingreso mundial”, enfatiza Pogge, con la intención de mostrar que no se trata de un escenario inevitable. Entre otros libros, editó La pobreza como violación de los derechos humanos. –¿Alguna experiencia personal lo empujó para involucrarse con esta temática? –Sí, tres experiencias. Nací en Alemania. La generación de mis padres hizo algo terrible (sostener el nazismo), por lo tanto a los 6 o 7 años entendí que uno tenía que desconfiar de los juicios morales de sus padres. En segundo lugar, la guerra de Vietnam, los bombardeos estadounidenses me hicieron identificarme con los países en desarrollo. En tercer lugar, un viaje que hice mientras era estudiante de posgrado, y fui desde Estambul a Japón: en ese recorrido vi una pobreza increíble que nunca me había imaginado, en Deli, Pakistán, Bangladesh, Tailandia..., ver a nenas que se vendían como objeto para prostitución en las estaciones me impactó muchísimo –cuenta Pogge. Habla sin exaltarse. Explica con paciencia docente. Discípulo de John Rawls, actualmente es director del Programa de Justicia Global y profesor de Filosofía y de Asuntos Internacionales en la Universidad de Yale. Además, dirige un programa de investigaciones en la Universidad de Oslo y también se desempeña en el Centro de Filosofía Aplicada y Etica Pública en la Universidad Nacional de Australia. En Buenos Aires, dio una conferencia invitado por Flacso-Clacso y otra en la Facultad de Derecho de la UBA, donde fue presentado por la decana Mónica Pinto. Hacer Justicia a la Humanidad: Problemas de Etica Práctica contiene sus ensayos más importantes traducidos al castellano (México, Fondo de Cultura Económica, 2009). –¿De qué trata el Fondo de Impacto sobre la Salud? –El Fondo es una nueva forma de incentivar la innovación en la industria farmacéutica. En el sistema actual, la innovación es recompensada con un monopolio temporario: a través de las patentes, durante un período, la compañía puede recargar el costo de producción y cobrar un precio muy superior. Bajo el sistema del Fondo, la empresa que genera una innovación medicinal puede elegir ser retribuida de una forma distinta: la retribución en ese caso está vinculada con el impacto del medicamento en la salud. El laboratorio, entonces, se comprometería a vender el medicamento al costo. Pero a cambio recibiría, además, una retribución por la mejora efectiva que produzca en la salud ese medicamento. –¿Reemplazaría al sistema de patentes? –No, sería una alternativa. El innovador siempre tendrá la posibilidad de elegir. Si lo que descubre es una droga cosmética, un producto para la caída del cabello, no va a ir nunca al Fondo. Pero si descubre la cura de la malaria, sí. En el sistema actual hay dos problemas: uno es que hay muchos medicamentos que son muy caros y no toda la gente puede pagarlos, y otro es que hay muchos medicamentos que son muy baratos y no generan incentivos para su producción. –¿Qué ventajas tendría el Fondo? –Tres grandes ventajas. En primer lugar, logra que sea muy conveniente económicamente investigar y producir drogas para las llamadas “enfermedades olvidadas”, como la malaria y el dengue: una nueva droga que consiguiera curar esos males tendría un impacto enorme porque hay millones de personas que las padecen. De esa forma, se promovería la innovación que bajo el sistema actual no se produce porque se trata de pacientes pobres. En segundo lugar, tendríamos drogas muy baratas desde el primer día. La tercera ventaja es que las empresas se preocuparían por un problema que existe ahora que es que los medicamentos lleguen a las personas pobres: si llegan, curan, generan impacto y reciben dinero por eso. Argentina tiene una oportunidad única y valiosa para un liderazgo global para promover esta iniciativa. –¿Por qué lo dice? –El Fondo apunta a un modelo global diferente. Hay dos razones por las que Argentina tiene una gran oportunidad para promover la implementación del Fondo. Por un lado, es un vocero reconocido de los países en desarrollo y, al mismo tiempo, por su idioma, por el hecho de ser un país de habla hispana: el español se está transformando en uno de los idiomas más importantes. De modo que si la Argentina se sumara al proyecto sería un participante clave para difundirlo y tener una masa crítica que permita adoptarlo. –¿Cómo surgió la idea de este Fondo? –La idea original surgió hace seis o siete años, cuando trabajaba en el Instituto Nacional de la Salud en Washington, de un grupo que se armó con abogados, economistas, investigadores del campo de la Medicina. Ahora la estamos promoviendo políticamente. –¿La plantearon en la Organización Mundial de la Salud? –La OMS tiene un grupo de expertos que se reunió durante dos años para explorar nuevas formas de financiamiento de la salud. Evaluaron 90 propuestas. El Fondo fue una de las cinco propuestas elegidas como más promisorias. –¿Cree que es posible implementarlo frente a la voracidad de la industria farmacéutica, que hasta ha sido acusada de inventar enfermedades con tal de ganar dinero? –Pienso que sí, porque no es un sistema que perjudique a los laboratorios. Pueden elegir. Además, las compañías farmacéuticas tienen un problema de imagen, nadie las quiere, especialmente en el Hemisferio Sur. Esta es una oportunidad para mejorar su imagen sin perder dinero. –¿Quiénes se han interesado hasta ahora por el Fondo? –Estamos trabajando en veinte países clave. Hemos tenido más éxito al plantearlo en Europa, China e India. Se necesitan muchos gobiernos que pongan dinero. China e India están dispuestos a apoyarlo pero están esperando ver qué harán países europeos y americanos. El Partido Socialdemócrata alemán adoptó la propuesta e incluso ha puesto dinero para organizar una gran conferencia en marzo en Bruselas, donde está el corazón del gobierno europeo. El gobierno de Estados Unidos es más difícil que se interese. No suele apoyar iniciativas multilaterales. –Otro de los tópicos que investiga es la justicia global. ¿A qué se refiere? –Sí, empecé trabajando en filosofía política y después me dediqué a ese gran tópico. Es la evaluación moral de las instituciones que surgen a escala global. A partir de la globalización cada vez más el mundo está sujeto a reglas supranacionales, que son sumamente injustas. Las reglas de omercio, de inversión, sobre proteccionismo, el régimen de propiedad intelectual. A mediados de los ’90 se globalizó el sistema de propiedad intelectual y todos los países del sur fueron forzados a sumarse a una protección muy estricta de la propiedad intelectual. Esa fue una catástrofe para los pacientes pobres, porque se acabaron los genéricos de los medicamentos baratos. –Otro de sus temas de estudio es el problema de la pobreza. Hay quienes sostienen que pobreza siempre hubo y siempre existirá. ¿Piensa igual? –La pobreza se podría terminar fácilmente. Hoy la mitad de la población del mundo gana menos de 2,50 dólares por día. En realidad, están 40 por ciento lejos de alcanzar 2,50 dólares, es decir, se tienen que arreglar con 1,50 dólar por día. Lo que falta para que superen el umbral de los 2,50 –que es donde marca el Banco Mundial la línea de pobreza– es el uno por ciento de ingresos de la Humanidad. Transferir el uno por ciento del ingreso mundial terminaría con la pobreza. Si un país como EE.UU. redujera en un tercio su presupuesto bélico, sería suficiente. Hace 200 años se hubiera necesitado un porcentaje infinitamente mayor que ese uno por ciento. Es cierto, la pobreza siempre existió pero nunca fue tan escandalosa. Es interesante ver el problema de la pobreza desde una perspectiva de género. La mayoría de las personas pobres son mujeres. Las estadísticas lo ocultan porque dan por hecho que en un hogar todos reciben lo mismo, pero no es así. Por ejemplo, la comida no se distribuye de forma igualitaria: las mujeres comen menos, ellas comen después de que lo hacen sus hijos y el marido, y con frecuencia el acceso a la educación también es desventajoso para ellas. La mejor forma que se ha encontrado para erradicar la pobreza involucra a las mujeres: los microcréditos dirigidos a las mujeres son un muy buen camino y está demostrado que son mucho más efectivos para erradicar la pobreza que si se los dieran a los varones.