sapopy
Usuario (Paraguay)
Ya empece con un post anterior el relato de las figuras y heroes de mi querido Paraguay, que permanecen, en el olvido de la juventud actual...en un post anterior hable del Capitan Matias Bado, "el tronchador de cabezas"...ahora le toca el turno al Coronel Valois Rivarola... Estas historias reales de la guerra de la triple alianza que se desarrollo entre 1865 y 1870 fueron recopiladas por Juan Emiliano O'leary alla por el año 1900, cuando eso todavia era un tabu hablar de la guerra, y este escritor vino a enceder la chispa del reconocimiento a estos heroes a traves de testimonios de los sobrevivientes. He aqui uno de esos relatos... Mi post anterior http://www.taringa.net/posts/info/8614105/Capitan-Matias-Bado.html Valois Rivarola Después de la batalla de Ytororo (6 de noviembre de 1868) el general Bernardino Caballero movió a su gente hacia el arroyo Avay, acampando al otro lado del paso principal. Esta posición no ofrecía ventajas algunas de ninguna clase, pero era la más abrigada que podía encontrarse en las vastas cuchillas villetanas. La ocuparon los paraguayos por falta de otra mejor, y, sobre todo, cumpliendo órdenes terminantes del Mcal. López. No se trataba de vencer al enemigo. Solo se trataba de embarazar su avance arrollador, mientras defendíamos precipitosamente nuestro nuevo frente en Lomas Valentinas. Tal fue el único objeto de la batalla que acababa de librarse en el desfiladero de Ytororo -las Termópilas del Paraguay- y tal iba a ser el fin de la que iba a librarse de un momento a otro. Caballero ocupaba así un puesto de sacrificio, dependiendo de el la suerte de nuestro ejercito. Pero no sintió ni un solo instante desaliento. Alegre y decidido, miro tranquilo el porvenir, disponiéndose al sacrificio, sin dudas, sin temores. Lo seguro era morir. Pero la muerte no era, por cierto, la peor de las probabilidades en aquellas horas terribles, de cruento sacrificio. Hacia rato que los paraguayos miraban a la muerte como una liberación... En la tarde del 8 de diciembre nuestras tropas estaban ya atrincheradas junto al puente del Avay. Después de recibir como refuerzo un batallón de infantería y un regimiento de caballería, Caballero logro reunir 4500 hombres, con los que tenía que dar batalla a más de treinta mil brasileños. Toda su artillería se componía de seis piezas volantes, a las órdenes del intrépido mayor Ángel Moreno. ¡El enemigo tenia más de cuarenta cañones! Pero Caballero contaba con un elemento que no tenía el invasor, y que el solo valía por un ejército. Caballero tenia a su lado al coronel Valois Rivarola, centauro de milagroso valor, "jinete alado y fiero", que dijera Juan de Dios Pesa. Con un compañero así se podía dudar de la victoria, pero no era posible temer al peligro, ni desesperar ante la fuerza abrumadora del contrario. Rivarola era un prodigio. No conocía el miedo y ejercía sobre el enemigo una extraña sugestión. No acaudillaba a los soldados, peleaba entre ellos, o, mejor dicho, en medio de ellos. Cada combate en que tomaba parte era un duelo singular para el. Buscaba siempre medirse personalmente con sus contrarios, blandiendo su lanza o esgrimiendo su filosa y enorme espada. Cuando era alférez y mandaba un destacamento avanzado en Chichi-Rugua, se precipito con diez soldados sobre sesenta jinetes del Regimiento San Martín, llegando el primero como un huracán, y destrozando a los argentinos antes que entraran en acción sus compañeros. Aquel día recibió dos ascensos seguidos. Tal fue su pasmoso heroísmo. En Tuyutí hizo locuras increíbles al frente de sus regimientos atropellando trincheras, saltando sobre los cañones y dispersando a los artilleros a sablazos. Siempre en cuantas acciones tomo parte, peleo así, como un suicida, pero con una extraña fortuna. Y su fama fue creciendo por momentos, siendo uno de los héroes predilectos de nuestro pueblo. Alto, rubio, tostado por el sol, de hercúlea musculatura, era una arrogante figura. Los soldados le querían, con filial cariño, porque aquel fiero guerrero era, ante todo, un hombre ingenuo y bueno, que en las horas tranquilas no prometía virtudes marciales que le caracterizaban. En medio de sus tropas, no era un jefe, era un camarada siempre dispuesto a la tolerancia y al perdón, si bien celoso cumplidor de su deber. En este sentido, tenia que ser el compañero y amigo predilecto del general Bernardino Caballero, con el que tenia tantas afinidades morales. Y en efecto, los dos héroes se amaron, de tal modo, que llego un momento en el que uno era la prolongación del otro, formando juntos una perfecta unidad, de inapreciable valor. Caballero, que no conoció la envidia, se sentía orgulloso de compartir con el su gloria, su prestigio y el amor de sus soldados llevándolo a su lado, desde el momento que lucio sus presillas de general, en todas las empresas que le encomendaron. Así Rivarola fue su lugarteniente en la batalla de Ytororo. Y así lo vemos ahora en el mismo puesto, al pie del puente del Avay. Digamos ahora lo que ocurrió en aquel histórico lugar, para pasar a referir el fin de nuestro héroe. Caballero que sabia lo que le esperaba, trato de distribuir sus tropas de la mejor forma posible, extendiendo su línea, de este a oeste, sobre el pequeño arroyo, defendiendo los tres pasos principales. En el centro coloco su artillería y en los flancos su infantería y caballería. El batallón 40 y el regimiento 8 formaban su vanguardia. Y el regimiento 1° y el batallón 43 cubrían su retaguardia. Los brasileños, entre tanto, salían de su estupor y proseguían de nuevo la marcha, pasando el 9 de diciembre frente a los paraguayos, para ir a la costa del río, donde se les incorporarían la numerosa caballería de Mena Barreto y del Barón del Triunfo, que acababan de llegar. Y el 11 avanzo resueltamente el Marques de Caxias sobre nuestras posiciones. El día había amanecido nublado y borrascoso. El calor era insufrible desde temprano, y todo aseguraba la proximidad de una tempestad. AS las diez de la mañana los dos ejércitos estaban frente a frente, midiéndose amenazadores. Caballero dirigió en aquel momento, una breve arenga a sus tropas. Y Rivarola, irguiéndose sobre sus estribos y agitando en alto su espada, dio dos vivas, una a la Patria y otra al Mcal. López. Los gritos de entusiasmo de los paraguayos fueron interrumpidos por la artillería imperial. Empezaba la batalla. Cuarenta cañones vomitaron metralla sobre nuestras líneas y una gruesa columna se adelanto después sobre nuestro frente, mientras dos columnas de caballería iniciaban un movimiento envolvente por nuestros flancos. El general Osorio en persona dirigía el ataque, marchando a cabeza de sus tropas con proverbial serenidad. Y a todo esto, los nuestros no daban señales de vida. El silencio era completo en nuestras filas. Se diría que los paraguayos habían sucumbido, todos, bajo el fuego horrendo de los brasileños. Pero no era así. Las bajas de Caballero eran insignificantes. Su silencio respondía a otra causa. Lo que buscábamos era que los imperiales se acercaran, así como venían en una columna cerrada, para batirlos con eficacia. Y así fue que solo cuando ya llegaban al puente rompió el fuego nuestra artillería y se inicio el crepitar de nuestra fusilería. Bien pronto empezó las desmoralización del enemigo y el consiguiente retroceso. Pero Osorio, reforzando sus columnas, las lanzo de nuevo al ataque, sobre nuestros dos flancos. En nuestra derecha cruzaron fácilmente el Avay, tratando de cortarnos la retirada. Pero fracasaron en su intento, siendo arrollados por el regimiento 1° y por el batallón 43 que, como dijimos cubrían nuestra retaguardia. En nuestra izquierda no fueron más felices. Allí esta Rivarola. Osorio al ver retroceder por segunda vez sus soldados, se lleno de ira, ordenando nuevos asalto, después de reforzar nuevamente a los que se retiraban. Esta vez los brasileños consiguieron cruzar el arroyo frente a nuestra izquierda, adelantándose al batallón 9° y el regimiento 15. Rivarola los vio llegar impasible, ordenando al mayor Victoriano Bernal que les saliera al encuentro. Y este valeroso jefe, al frente del regimiento 8, cayo sobre ellos, acuchillándolos sin piedad, hasta obligarlos a desbandarse en una loca carrera.. Otros cuerpos, que intentaron el asalto a nuestra artillería, corrieron la misma suerte. Fue entonces cuando Osorio, después de apelar a la suplica y al insulto, para hacer reaccionar a sus tropas acobardadas, se puso a la cabeza de ellas, encaminándose por delante hacia el puente y cayendo a poco andar, con la mandíbula destrozada por una bala. Nueva confusión entre los brasileños. Caxias empezaba a dudar de la victoria. Pero en ese momento estallo la tempestad que se preparaba desde temprano, y una lluvia torrencial apago el fuego de nuestros cañones y de nuestros fusiles a chispa. La caballería brasileña había cerrado el circulo que nos envolvía, y los paraguayos éramos fusilados sin defensa en el fondo del valle por la artillería enemiga. Caballero ordeno entonces la retirada, formando con los soldados que le quedaban un gran cuadro, que fue retrocediendo lentamente, atacado por todos lados. Valois Rivarola acaudillaba en persona en este momento los últimos jinetes de nuestra caballería. Oculto dentro del cuadro de retirada, salía a veces a la carga, estrellándose contra los nutridos regimientos imperiales. Y los brasileños retrocedían desmoralizados, batidos con empuje irresistible. Pero a corta distancia se reorganizaban para volver de nuevo, repitiéndose diez veces la misma escena en el espacio de una legua. En estos entreveros a lanza y sable, Valois Rivarola fue herido por una bala que le atravesó la garganta. Ahogado por la sangre, continuó sin embargo, peleando, sin descansar un momento. Aquella atroz herida hubiera tumbado al más fuerte, o, por lo menos lo hubiese inutilizado para la lucha. A Rivarola, lejos de abatirlo, le dio mayor entusiasmo, haciéndole delirar de heroísmo. Inútilmente trato Caballero de retenerlo a su lado. Cubierto de sangre, iba y venia a la carga, solo o acompañado, repartiendo sablazos, abriendo camino al mermado cuadro, en cuyo centro flameaba todavía nuestra bandera. ¡Nada más conmovedor que aquella retirada! Pocos episodios de nuestra guerra son tan patéticos como este. ¿Cómo mantenía organizado aquel pelotón heroico, atacado por sus cuatro costados y ametrallados por la artillería? ¡Milagros del patriotismo! Y Caballero –“en quien revivía Cambrone”, al decir del historiador Arturo Montenegro- hubiera salvado el ultimo resto de su división si no hubiese encontrado en su camino un obstáculo insalvable “un charcón bastante hondo” – según el cronista de la”Estrella”- que no pudo pasar la artillería. Inutilizados nuestros cañones antes de ser abandonados, el cuadro fue atacado por una fuerza irresistible, reduciéndose hasta no quedar en pie sino Caballero y su estado mayor. ¡Recién entonces termino la batalla! Nuestra bandera, hecha pedazos, cayó, como gloriosa mortaja, sobre los últimos sacrificados. Y Caballero, seguido de Rivarola y algunos pocos más, se abrió camino en medio de los apiñados regimientos imperiales, imponiéndose todavía a sus perseguidores. Esa misma tarde se presentaron en el cuartel general, para dar cuenta de la batalla al Mcal. López. Será mejor que oigamos aquí al cronista de la época, quien pinta así aquella entrevista: “El joven general Caballero, que nunca ha sufrido contraste en tantas jornadas que le ha cabido dirigir, venia hondamente impresionado, y al presentarse a S.E. el mariscal López le dijo: “Señor, el enemigo nos ha concluido, pero tengo la satisfacción de asegurar a V.E. que todos nuestros valientes han caído honrosamente y se han conducidos como verdaderos héroes. Yo, y los pocos que me acompañan, lamentamos no haber corrido la misma suerte”. A lo que S.E. contestó: “Habéis cumplido vuestro deber y el Dios de los ejércitos premiara el heroísmo de tan virtuosos soldados. La Patria, entre tanto, tiene aun suficientes brazos para defenderse y ser libre”. Tal fue la batalla de Avay, en la que comenzó la épica agonía de Valois Rivarola. II El 21 de diciembre de 1868 se movió el Marques de Caxias después de diez días de indecisión en Villeta. En una semana habían perdido siete mil hombres y un centenar de oficiales, a mas de sus mejores jefes, entre ellos Argollo Ferrao, su mentor y el mas preparado de los generales brasileños. Y aun le quedaba el rabo por desollar, aun tenia enfrente al Mariscal López, cuyo solo nombre infundía pavor y de cuya omnímoda voluntad todo podía esperarse, aun lo inverosímil. Y el viejo caudillo imperial no ignoraba que el tiempo era el mejor aliado de los paraguayos en aquellos momentos. Si demoraba en atacarles, se fortificarían en su nuevo frente, malogrando el admirable movimiento de flanqueo por el Chaco. Avanzaron, pues los brasileños yendo a ocupar la cuchilla de Cumbarity, frente a la de Ita Ybate, donde López tenia su cuartel general. Por fin, iba a darse la batalla definitiva, que decidiría la suerte de la guerra. Para oponerse al enemigo, el Mariscal paraguayo no tenia sino cuatro mil hombres a lo largo de su extensa línea. ¡Cuatro mil contra treinta mil! Pero ya veremos como hay hombres y hombres y como la aritmética de la guerra tiene sus caprichos, restando o sumando según sea el alma de los que van a entrar en acción. A las tres de la tarde, después de un largo bombardeo, y realizado por la caballería el movimiento envolvente sobre nuestros flancos, comenzó el asalto sobre nuestro frente. Tres caminos daban acceso a nuestro cuartel general, y por ellos cargaron los brasileños. Durante horas resistieron nuestras líneas avanzadas, deteniendo la negra ola que llegaba. Genes, que mandaba a la vanguardia, hizo prodigios, rechazando asaltos y mas asaltos, con un puñado de soldados. Pero, por fin, los brasileños desbordaron por todas partes entrando victoriosos, sin encontrar enemigos. Momento crítico para el Mariscal López que mandaba en persona la batalla. ¿Qué hacer? Su única reserva eran los rifleros y los jinetes de su escolta. Había que apelar a ellos para hacer el último esfuerzo desesperado. El general Caballero recibió entonces la orden de reorganizar rápidamente las tropas que quedaban, lanzándola contra el enemigo que ya asomaba a cien metros de distancia. Fue en ese supremo instante cuando pudo verse algo inesperado, que infundio nuevos brios a los paraguayos. Llegaban los brasileños al cuartel general, junto al cual estaba a caballo el Mariscal López, cuando apareció tambaleando, apoyándose en su espada, Valois Rivarola. Gravemente herido, devorado por la fiebre, agonizaba en el hospital de sangre sin que nadie ya le recordase, cuando vio llegar triunfante al enemigo. ¡No podía ser! Era imposible que permaneciera inactivo ante la audaz insolencia del invasor. Un hombre como el no podía morir inerme, degollado en su lecho, con la femenina resignación… Ensayo levantarse, pero un vértigo lo tumbo de nuevo. Llamo entonces a su asistente, pidiéndole que lo ayudase a vestirse. Y enseguida salio, resueltamente, dirigiéndose al lugar en el que estaba el Mariscal López. A poco de andar una ola de vida corrió por sus venas y su pálido rostro comenzó a teñirse de carmín. Sus ojos arrojaban chispas. Dejo el brazo de su ayudante, desenvaino su espada y pidio que en el acto le trajeran su caballo. ¿Qué iba a hacer? ¿No estaba acaso, moribundo exangüe, febril, adolorido, con la garganta abierta por una enorme herida? ¿No se le había ordenado absoluto reposo como condición para que se salvara…? Pero allí estaba el enemigo. Pisaba los umbrales del Cuartel General. No había tiempo que perder. Rivarola monto a caballo como pudo y grito que le siguieran los pocos jinetes que aun quedaban en pie. Segundos después cargaba sobre los brasileños, llevándolos por delante, como en sus mejores días de heroísmo. Rivarola se había transfigurado. El moribundo era otra vez el centauro, casi mitológico, de la gran epopeya paraguaya. Su brazo había recobrado su vieja energía y bajo los golpes de su espada saltaban las cabezas. Pronto los brasileños sintieron la presencia del terrible enemigo, huyendo por todas partes a su encuentro. Y el Mariscal López pudo ver como era conjurado el peligro y como el enemigo era rechazado por aquel fantasma. Oscurecía cuando regreso Rivarola, casi solo. Apenas se sostenía sobre el caballo. Traía la cabeza entre las manos, abierta la frente por una nueva herida. Bañado en sangre, jadeante, se presento todavía al Mariscal, para anunciarle que el enemigo había sido rechazado mas allá de nuestras líneas. Después… cayo desvanecido en brazos de su fiel asistente, el sargento Joaquín González. La energía humana tiene su límite. Rivarola había agotado la fortaleza de su espíritu, sobreponiéndose triunfante a las miserias de la carne. Pero ya no podía más. Apenas le quedaba un resto de vida. Acababa de hacer lo que no hizo ningún héroe de la historia. ¡Los brasileños habían sido vencidos por una sombra! III Esa misma noche ordeno el Mariscal López que Rivarola fuera llevado a Cerro León para ser atendido allí, tan pronto fuera posible moverlo. Y el 23 de diciembre el practicante Juan Anselmo Patiño se encargaba de conducir al herido, cuya gravedad aumentaba por momentos. A duras penas llegaron a nuestro primitivo campamento. No había salvación para el héroe. Vivía porque era inagotable su energía. ¡Pero ya era hora que su alma se rindiese! En la noche del 25 de diciembre sucumbió, por fin, en toda la plenitud de sus facultades, despidiéndose de los que le rodeaban y enviando memorias a todos sus compañeros de armas. Así murió el héroe de Paso Cardozo, el más gallardo jefe de nuestra caballería. Solo hemos de recordar, para terminar, que cuando Rivarola abandono su lecho, para correr a la pelea, el jefe de la caballería enemiga, el Barón del Triunfo, se retiraba del campo de batalla, herido… ¡en un pie! ¡Que diferencia entre aquel “Murat brasileño” como le llamaban sus compatriotas, y el soldado sencillo que se llamo Valois Rivarola: el uno que se aleja acobardado por una lesión sin gravedad, y el otro que con la garganta atravesada vuelve a la pelea, y no se retira de ella sino después de verla terminada, a pesar de que los sesos se le escapaban por una nueva herida, que ha recibido en la lucha!. ¡He ahí, en esos dos hombres, la síntesis moral de dos razas y la mejor expresión de la psicología de dos pueblos!
Hace ya un tiempo que venia buscando info de O'leary en Internet, pero nunca habia nada, asi que me decidi a transcribir un fragmento de su obra "el libro de nuestro heroes" como esta obra ya fue escrita hace mas de un sigro, ya paso a ser una obra universal... Voy a ir posteando las hazañas del Coronel Oviedo, de Valois Rivarola de Caballero, de Escobar etc.... Dentro de la muchas hazañas que se pueden describir dentro de la rica historia de la guerra de la Triple Alianza que enfrento a Paraguay contra Brasil, Argentina y Uruguay desde 1865 a 1870, la mayoría de estas permanece ignorada por la juventud, es por eso me decidí a que tiene que estar en la red la historia de estos héroes, que fueron rescatados por la pluma de Juan Emiliano O´leary ha ya hace más de un siglo... Aquí voy a ir transcribiendo las hazañas de nuestro ejército descriptas por la pluma de Juan Emiliano O´leary, dentro de una guerra cruel y sangrienta... donde tal vez éramos inferiores en número, pero ampliamente superiores en valor, coraje y heroísmo.... Aca esta la de Valois Rivarola CAPITAN BADO Después del desastre de Tuyutí, la situación del Ejercito Paraguayo era desesperante. Había sido despedazado, y el enemigo aumentaba cada día su poder. Solano López no podía adivinar que había obtenido una esplendida victoria moral. No sabía que el enemigo estaba acobardado, atacado de parálisis, tembloroso en sus posiciones. Esperaba la prosecución de la ofensiva, el avance del invasor ¿Como detenerlo? Fue menester una voluntad muy grande para no darse por vencido. Y la voluntad del generalísimo paraguayo era todopoderosa. Agréguese a esto una actividad infatigable, y se tendrá la explicación de todos los milagros realizados en el curso de una guerra de más de cinco años. Ante el peligro, pues, no desmayo. Lejos de esto, se multiplico para terminar el gran cuadrilátero y para reorganizar rápidamente nuestros ejércitos. Pero había que estar alerta. El enemigo tenia que ser vigilado, día y noche, en sus más mínimos movimientos. Debía sorprenderse, si era posible, hasta sus más secretas intenciones. El era el alma de la patria... pero esta necesitaba a mas de tener alma y brazos, ojos escudriñadores y oídos perspicaces. Y el Mariscal, que tenia la virtud de adivinar a sus hombres, adivino al que le hacia falta en aquellos momentos. En medio de la febril actividad en que vivía tuvo tiempo para visitar los cuerpos raleados, interrogar a la tropa y buscar a su héroe. Y en uno de los regimientos de caballería dio con el. Era un mocetón pilarense, alto, delgado, de tez blanca y grandes ojos pardos. Había nacido en los campos del Ñeembucu, era consumado jinete, poseía una audacia inmensa y una fuerza colosal. Simple cabo, se había hecho notar como incomparable tronchador de cabezas. Ya se hablaba de sus hazañas en las avanzadas, de sus misteriosas excursiones, sus salidas nocturnas y sus vueltas triunfales. Era, en una palabra, el hombre que al Mariscal López faltaba. Se llamaba José Matías Bado . Llamado al cuartel general, recibió las instrucciones del caso. Y se puso enseguida en movimiento, luciendo su flamante gineta de sargento. Era junio de 1866. Hacia un frío insufrible. Caían unas heladas crueles. Per esto favorecía los planes de Bado , quien escogió siete compañeros, instruyéndolos con sumo cuidado. Todas las noches debía visitar el campamento enemigo, trayendo pruebas materiales de sus proezas. No bastaría que dijese, por ejemplo, que había llegado hasta la carpa de Mitre. Tenia que probarlo. Este era su compromiso... Y empezaron sus operaciones... Al frente de sus siete compañeros, avanzo hacia las líneas brasileñas. Entro en la selva de Sauce, salio en el Potrero de Piris y se dirigió a la retaguardia de Tuyutí. Era más de la media noche. El viento Sur cortaba. Los expedicionarios se agazaparon en una picada, tratando de orientarse. Y, luego, después, se arrastraron hacia donde habían oído un leve murmullo. Eran dos centinelas brasileños que distraían el sueño hablando en la oscuridad. Bado dijo a los suyos algunas palabras en voz baja. Reino después un corto silencio. Al cabo de algunos minutos se pudo oír entre los vagos rumores de la noche algo como un jadeo, ruido de dos cuerpos que caían, después nada. Algunas horas mas tarde llegaba Bado al primer puesto avanzado de nuestras líneas, conduciendo dos robustos soldados imperiales, atados desde los pies hasta la cabeza, como dos extraños rollos de tabaco negro... Al día siguiente fue repartido el botín entre los ocho héroes de la jornada. Y los dos prisioneros cantaron claro todo lo que sabían. La continua desaparición de los centinelas alarmo al enemigo, que tomo precauciones. Pero Bado tomo también las suyas. En las siguientes excursiones, no solo se cubrió los pies con una espesa capa de cerda, sino que se vistió con hojas de palma, como para que le confundieran con los innumerables yataís que pueblan aquellas regiones. Y los centinelas siguieron cayendo. Antes del alborear estaba, indefectiblemente, de vuelta, con la presa habitual. Algunas veces los centinelas enemigos tenían tiempo de defenderse, daban gritos y hasta llegaban a ir en su socorro. Pero esto entraba ya en el programa. En ese caso dos o tres compañeros se encargaban de reducirle, atarle y llevarle, mientras los otros hacían fuego sobre los que llegaban. Después se arrojaban al estero y desaparecían. Solía, también, operar a caballo en pleno día. Para esto tomaba un animal educado a propósito. Y, sin freno ni silla, se dirigía hacia uno de esos soldados destacados de las líneas enemigas, sobre los pasos del Bellaco. Echado a un costado de su caballo, colgado de una pierna, se aproximaba lentamente en medio del alto y espeso pajonal sin llamar la atención de nadie. Y, de pronto, se lanzaba en una vertiginosa carrera, cogiendo al enemigo por el cuello, o por el brazo, y arrastrándolo hasta nuestras posiciones. Parece esto inverosímil, y he aquí uno de los hechos más reales de nuestra fantástica guerra. Esta hazaña fue repetida por el Coronel Meza y otros jinetes de nuestro ejército. Pero aquí no termina la audacia de Bado . A veces se internaba, completamente solo, en el campamento de los aliados. Y vestido con el uniforme de una de sus victimas, se paseaba tranquilamente por todo Tuyutí, tomando buena nota de las obras de defensa y de todas las novedades del campamento. Y para convencer al superior de la veracidad de sus noticias, se insinuaba en el cuartel general, con su cara tiznada de negro, con el cuello del capote levantado y el kepí metido entre la ceja, no despertando sospechas, oyendo lo que se hablaba Y ocultando en sus bolsillos lo que encontraba a mano. Así solía llegar hasta Itapiru, donde frecuentaba el comercio, departiendo con las gentes más noveleras e imprudentes que comentaban a voz en cuello el último episodio, las noticias recién llegadas, los proyectos militares que se maduraban, las intimidades e intrigas del invasor. De estas excursiones regresaba lleno de informaciones, trayendo diarios y tal cual papel pescado en esta o en aquella carpa, mientras sus dueños dormían o estaban ausentes. En esta forma nada ignorábamos. La llegada del famoso globo de Caxias se supo mucho antes en nuestras líneas. Igualmente se supo la llegada de la división de Porto Alegre y la próxima ofensiva en Curuzu y Curupayty. Los diarios del Plata solían comentar lo bien informado que estaba Solano López… “El Semanario” de Asunción, en efecto, tenia en Bado un corresponsal sin precedentes, que se adelanto a Marconi en eso de las comunicaciones inalámbricas. Gracias a el, publicaba lo que pasaba en el mundo, pudiendo decirse que estábamos tan informados de todo como los mismo aliados. Per oeste hombre astuto, inteligente y audaz, era también un héroe extraordinario. Para probarlo nos bastaría pintar su muerte, episodio el mas épico de nuestra historia. Pero antes de hacerlo, queremos insistir en uno de los rasgos característicos, en su fuerza colosal. No era robusto, más bien delgado. Pero era todo músculo, vale decir, todo energía. Ya Capitán y jefe de los renombrados Aca-Morotí, solía adiestrar a la gente en el arte de tronchar cabezas. Para el ser un buen sableador quería decir ser capaz de saltar de un mandoblazo una cabeza. Los enormes corbos debían segar el enemigo con limpieza. Sus soldados debían poner cierta elegancia en al terrible operación. Y era de ver –dicen sus contemporáneos- como se lanzaba a la cabeza del escuadrón, agitando en alto su filosa espada y como arremetía al primero sin medir el peligro ¡decapitando a cuantos encontraba a su paso, con un refinado arte! Claro esta que la fama de Bado lleno el país. Se contaban de el las historias más maravillosas. El enemigo temblaba al solo eco de su nombre. Se decía que era invulnerable, que los proyectiles se embotaban en sus carnes sin herirle. Era el Aquiles de la nueva Iliada, la renovación del viejo mito de la Epopeya homérica. ¡Y sin embargo, murió Capitán! ¿Cómo explicar este hecho? No era que el Mariscal López desconociera sus meritos, era que los reconocía demasiado. Su puesto estaba al frente de su escuadrón más famoso. Era el primer guerrillero de nuestro ejército y su misión estaba indicada en la vanguardia. Nadie podía reemplazarle. Por eso el Presidente paraguayo dijo una vez que Bado seria general, pero al terminar la guerra, y que entonces no seria otro el que entraría a su lado en Asunción. Desgraciadamente, no verían sus ojos el día de la apoteosis. Estaban contadas las horas de vida. Cuando nuestro ejercito se retiro hacia Pikysyry, Bado quedo al frente de 200 hombres, sobre el paso del arroyo Yacare, como avanzada del reducto que defendía el paso del Tebicuary. El 28 de agosto de 1868 fue atacado por la vanguardia del ejército aliado en marcha. Ante la noticia que iban a vérselas con Bado ,los imperiales perdieron los estribos, disponiendo el ataque como si se tratase de un poderoso enemigo. El Barón del Triunfo (el “Murat brasileño”) avanzo por el frente con la 3°, 8° y 11° brigadas de caballería. El Mayor Fernández de Oliveira vadeo el arroyo con su escuadrón de tiradores y lanceros, para caer sobre su retaguardia. Ya todas esas fuerzas se le agrego después el Coronel Niedeauter, acaudillando un regimiento de caballería… ¡Todo contra los 200 Aca-Morotí del valeroso Capitán Bado ! Per aquel despliegue de fuerzas no amedrento al sereno guerrero. La primera y segunda carga de los regimientos del Barón del Triunfo fueron rechazadas. Y cuando se sintió amenazado por uno de sus flancos y por atrás, hizo un hábil movimiento, replegándose tranquilamente al reducto del Tebicuary. Los brasileños quedaron con la boca abierta, viendo como se les escapaba, cuando ya lo creían irremediablemente perdido. Se aproximaba el instante supremo del héroe. En el pequeño reducto no había, en total, sino doscientos hombres. El jefe de la posición era el mayor Miguel Rojas, siendo Bado su segundo. Pronto llegaron los imperiales, extendiendo su línea de asedio. El 30 de agosto comenzó el asalto, después de un furioso bombardeo. Miles de enemigos en una compacta columna se precipitaron sobre los paraguayos. No vamos a dar detalles de esta acción. Y corremos al desenlace de la tragedia. Cuando Bado lo vio todo perdido, ordeno la retirada, lanzándose los soldados al río ganando la opuesta orilla. Entre tanto el, con un puñado de compañeros, defendía la posición rechazando los asaltos y sosteniéndose bajo un diluvio de fuego. Rojas había caído y casi todos estaban heridos. El mismo Bado hacia un enorme esfuerzo por mantenerse en pie, casi exague y ahogado por la fatiga… Por fin callaron nuestros cañones y el enemigo entro triunfante en nuestro reducto. Y allí estaba Bado , sobre un tendal de muertos, apoyado en un cañón desmontado, negro de humo, con la ropa empapada en sangre. Aún vivía. Sus ojos resplandecían, iluminados por un fulgor extraño. Los brasileños se aproximaron a el con religioso respeto. Y lo miraban, llenos de asombro, sin acabar de creer la realidad que contemplaban. Bado había llegado a contornos mitológicos. Había algo de brujería en sus proezas. Se le tenia por un ser sobrenatural. Pronto cundió la noticia. Y era de ver como llegaban los negros, llenos de superstición, a examinarle. Todos querían mojar sus pañuelos en su sangre, para llevarla sobre el pecho como un amuleto que les infundiera coraje y les defendería del peligro. Pero, sobre todo, querían verle, querían conocerle, medir sus proporciones, examinar su brazo… Felizmente para Bado , un largo desmayo le libró de presenciar esta estupida novelería. Cuando volvió en si, estaba bajo una carpa, bien curado, lleno de vendajes. Y un oficial se acerco a decirles que sus compatriotas de la Legión venían a visitarle. “No quería verles”, fue la respuesta de Bado . Pero estos le traían un regalo y se empeñaban en entregarle. Habían hecho una contribución, reuniendo una buena cantidad de libras esterlinas. A pesar de todo, participaban de la admiración general y se sentían orgullosos de su gloria. Y no veían mejor manera de tributarle un homenaje que yendo a visitarle para ofrecerle aquella dadiva generosa. Bado, tuvo que verlos llegar, por ultimo. Y una inmensa ira le agito cuando empezaron a hablarles, a el, que era la lealtad en persona, aquellos cínicos traidores. Fue aquel el momento mas angustioso de su vida. Fue aquella la ultima copa de amargura apurada en su agonía. ¡No, no quería verles! No, no quería oírles! Y cuando le alargaron la bolsa resonante, rechazo aquellas monedas impregnadas de infamia. No las quería “porque le quemarían las manos”. Y no hablo más. Aquella misma noche se arranco las vendas y se desgarro las heridas, muriendo en silencio sin proferir una queja. Prefería la muerte a continuar prisionero.