sol_ramonera
Usuario
Falta de Deseo Sexual La falta de deseo sexual es un tipo de disfunción sexual también conocida como: * Frigidez * Falta de libido * Anafrodisia * Deseo sexual inhibido. * Deseo sexual hipoactivo Esta situación se da tanto en hombres como en mujeres y se caracteriza por la falta de interés para mantener relaciones sexuales, inclusive la persona que sufre de anafrodisia, puede llegar a evitar cualquier circunstancia que implique contacto sexual. Clasificación Esta condición puede ser: * Primaria: en la cual la persona nunca ha sentido interés sexual * Secundaria: en donde la persona solía tener interés en el sexo, y ya no le es así * Situacional: cuando la falta de deseo sexual solo se presenta con alguien en especifico * Generalizada: Cuando la disminución de la libido es con cualquier persona por igual Síntomas * Incapacidad para conseguir el orgasmo * Evasión de contacto intimo * Falta de deseo de hacer el amor * Disminución de la excitación * Perdida del deseo sexual * Dificultad para iniciar o responder a actividades sexuales con la pareja En ocasiones lo que se presenta no es la falta de deseo como disfunción sexual, si no una diferencia en los niveles de excitación y de interés sexual entre los miembros de la pareja, siempre que estos niveles se encuentren del limite normal. ___________________________________________________________________________________________________________ Muchas veces, no se trata de que uno de los miembros de la pareja tenga deseo sexual inhibido sino de que la otra persona tiene un deseo sexual hiperactivo ___________________________________________________________________________________________________________ ¿Por qué se da la falta de deseo sexual? Las causas de sufrir falta de deseo sexual suelen ser bastante comunes, entre ellas se encuentran: * Problemas de comunicación en la pareja * Falta de afecto no sexual entre los miembros de la pareja * Peleas o riñas entre los compañeros * Poco tiempo a solas para la pareja * Educación sexual restrictiva * Información incorrecta con respecto al sexo * Traumas sexuales * Fatiga * Depresión * Estrés * Preocupaciones * Insomnio * Padecer otras disfunciones sexuales tales como dolor relacionado con el acto sexual o problemas de eyaculacion. * Poca o nula intimidad emocional en la pareja. * Menopausia . Sea cual sea la causa de la falta de deseo sexual, quienes la sufren viven una situación cargada de angustia e incomodidad, además de sentir una gran culpa. En muchos casos, quien padece deseo sexual hipoactivo, accede a mantener relaciones sexuales para complacer a la pareja y no porque realmente lo desee, provocando esto, mas malestar en la persona y agravamiento del problema. Tratamiento Es importante descartar causas físicas y otras disfunciones sexuales que conlleven a la falta de libido para iniciar un tratamiento. Con frecuencia el tratamiento para la falta de deseo sexual se orienta individualmente a eliminar los factores que provocan la disfunción sexual. Por otro lado la terapia de pareja es beneficiosa cuando el gran problema se resuelve en los conflictos que esta tiene, es por ello necesario que los miembros sean abiertos y puedan expresarse con claridad para juzgar su relación interpersonal y encontrar una solución que mejore su vida intima. La pareja debe poner especial atención en estos detalles: * Hablar sobre el concepto de sexualidad de cada uno. * Mejorar la comunicación de pareja. Establezcan algún momento durante el día para conversar, ya sea en la tarde luego del trabajo o en la noche antes de irse a dormir. * Mantengan la mente abierta a probar nuevas formas de relacionarse. Existen variadas técnicas sexuales que evitarán quela rutina les disminuya el deseo sexual. * Presten atención a los gustos del otro, sean detallistas y receptivos, sean creativos y sorprendan a su pareja con ideas románticas . * Asuman la responsabilidad de ambos en sus conflictos íntimos de pareja. Aprendan a aceptar sus errores y a encontrar soluciones a los mismos. * No olviden incluir en cada acto sexual la seducción y el romance . Estos favorecen la relación mediante la ilusión y emoción que crean estos factores. Aclaración: las palabras en azul son links

Hedy Lamarr Escrito por Carolina Aguirre Sección: Bestiaria en papel, Mujeres reales La vida de Hedy Lamarr fue como la de todas las divas de Hollywood: puro glamour. Le decían “la mujer más linda de las películas”, se casó seis veces y fue la primera actriz en aparecer desnuda en el cine. En su carrera hizo unos veinte films como productora, treinta y ocho como intérprete (junto a Jimmy Stewart, Spencer Tracy y Clark Gable), y rechazó dos papeles memorables: le dijo no a “Gaslight” de Alfred Hitchcock y al rol de Ilsa Lunde (que luego interpretó Ingrid Bergman) en la película “Casablanca”. Hasta ahí la versión oficial. Lo que muchos no saben, es que antes de pisar Hollywood, en su Austria natal, Hedy Lamarr fue ingeniera, lesbiana por conveniencia, cleptómana, y espía para los aliados. Sus padres la habían casado con un rígido nazi llamado Fritz Mandl, que la tenía encerrada en una habitación bajo la custodia de una asistenta con quien Hedy, sin embargo, mantenía un romance clandestino. Hedy aprovechó esos cuatro años de reclusión para estudiar telecomunicaciones y sonsacarle información a los ingenieros nazis en las fiestas de su marido. Luego, en 1937, drogó a su asistenta, saltó por la ventana y huyó a Los Angeles. Allí, entre otras cosas, conoció a Louis B. Mayer, se convirtió en actriz de fama mundial, le cedió los datos sobre la tecnología alemana al gobierno estadounidense y desarrolló la “conmutación por frecuencias” que es la base actual del WIFI y la telefonía 3G. Menos rocambolesca pero quizá más cruda, Marilyn Monroe también tuvo varias vidas en una. Su madre era una prostituta adicta al sexo que la abandonaba en casas de familiares para internarse en diferentes psiquiátricos. A los doce años, fue violada por un conocido, y a los dieciséis se casó para evitar volver al orfanato. Nunca pudo superarlo. Emocionalmente inestable, la mujer más sexy de Hollywood y una nena triste al mismo tiempo, se volcó con desesperación a las pastillas que la terminarían matando a los treinta y seis años de edad. El público recuerda a Judy Garland por su voz dulce y su tierna figura en la película “El mago de Oz”. En la intimidad, sin embargo, Judy era adicta a los barbitúricos y a los ataques de nervios. Algunos números resumen el resto de su vida doble vida: se casó con cinco hombres, tuvo dos hijos (a quienes manipuló psicológicamente), se intentó suicidar ocho veces, hasta que lo consiguió en el baño de su casa a los cuarenta y siete años de edad. Un último ejemplo. Joan Crawford estuvo toda su vida en el candelero. Fue una de las actrices más alabadas por el público y la crítica. Incluso cuando la despidieron de varios estudios y todos creyeron que estaba acabada, Joan resurgió una y otra vez. En contraste, su vida privada registra golpes, abusos, abortos y las noches más promiscuas de Hollywood (tanto así que Bette Davis llegó a decir que Joan se había acostado con todas las figuras de la Fox, excluyendo a Lassie). Sus cuatro hijos adoptivos tampoco la pasaron bien. En sus memorias, revelaron que Joan había sido una madre abusiva y avara que los había sometido a toda clase de castigos durante su infancia. Sin strass ni terciopelo, aquí, en la rutina plebeya, el resto de las mujeres también tenemos nuestra doble vida. Hay de todo: madres ejemplares con un pasado extravagante escondido en el placard, vedettes que fueron gorditas relegadas en su adolescencia, hippies ecologistas que arrasaban con las tangas del Wal-Mart de Miami y –aunque suene inverosímil-, líderes de un partido de derecha que al mismo tiempo ejercían la prostitución en otra localidad. Hedy Lamarr dijo que cualquier chica podía ser glamorosa. Sólo tenía que quedarse quieta y poner cara de estúpida. Parece sólo una frase ingeniosa ¿Pero no es eso lo que hacemos todo el tiempo? ¿No fabricamos glamour, superación y estilo para los demás? ¿Somos tan distintas de las estrellas que esconden una larga lista de amantes o un pasado de indigencia? ¿Qué hay de la señora venida a menos que come arroz toda la semana para poder pagar la cuota social del club de tenis? ¿O de la come sushi con palitos pero ensopa galletitas a escondidas en el café con leche? ¿Y de la que canturrea Shakira cuando está sola pero sale a la calle con una remera de los Ramones? ¿O la soltera fabulosa que dice que no hay nada como un drink y un buen amante, pero llora en silencio cuando ese mismo amante no la llama al otro día? ¿No es eso, acaso, quedarse quieta y poner cara de tonta? ¿No es pretender que somos más chic y más modernas de lo que realmente somos? ¿No son estas modestas contradicciones, acaso, una doble vida? Hay que decir, sin embargo, que no todas las mujeres fabulan por vanidad. Muchas maquillan su pasado para sobrevivir a una infancia llena de agujeros, a unos genes malditos o a un vicio fatal, y a diferencia de Marilyn Monroe o Judy Garland, algunas lo logran. El 9 de noviembre, el día del cumpleaños de Hedy Lamarr, se celebra el “Día del Inventor” en su honor. No hay duda de que el WIFI es maravilloso, pero a mí me gustaría pensar que no fue por eso que la honraron. Para mí, cuando una mujer salta ventanas para cambiar su vida, su mejor invento es ella misma. FUENTE: http://bestiaria.blogspot.com/search?updated-max=2007-11-05T23%3A18%3A00-03%3A00&max-results=5
50 formas de tener un orgasmo Escrito por Carolina Aguirre Sección: Inventaria 1. Que te den muchas muestras gratis de perfumes y cremas. 2. Hablar con un amiga por teléfono hasta la madrugada. 3. Entrar a tu casa el día que fue la empleada doméstica y que todo esté inmaculado. 4. Llegar a una cita a ciegas y que el tipo sea de tu tipo. 5. Quedarte todo el fin de semana en casa, sin bañarte, en jogging, comiendo chatarra, tomando coca cola light y viendo películas malas por cable. 6. Que te corresponda el hombre del que estuviste perdidamente enamorada mucho tiempo. 7. Ver el par de zapatos de tus sueños en una vidriera. 8. Lavarte la cabeza en la peluquería, sentir el masaje de la yema de los dedos y el agua tibia que cae, lenta, desde el nacimiento del pelo. 9. Salir de compras, cargarte de bolsas y luego desparramar todo en la cama para mirarlo detalladamente. 10. Llegar a casa y que él, de casualidad, no haya ensuciado todo. 11. Aterrizar en la cama borracha y con los pies doloridos por culpa de unos zapatos nuevos. 12. Que te hagan masajes cuando te duelen los pies o la espalda. 13. Tomar café y comer torta con una amiga, leer revistas, criticar gente, ponerse al tanto de las novedades de la otra. 14. Que tus hijos tengan un cumpleaños que dure desde el mediodía hasta la noche. 15. Descubrir que la nueva novia de tu ex novio es horrible. 16. Mirar vidrieras y e inspeccionar minuciosamente todos los productos que no vas a comprar sin que nadie te apure. 17. Subirte a la balanza y haber bajado de peso luego de matarte de hambre durante la semana. 18. Ver a al hombre que secretamente te encanta. 19. Darle el primer beso a alguien que te gusta mucho. 20. Ir a tomar el té a lugares lindos, como la confitería "Las violetas" y la casa del bosque en Mar del Plata. 21. Planear un viaje 22. Viajar sola. 23. Dormir la siesta muy abrigada en un día de lluvia. 24. Ver maratones de series y sit coms hasta la madrugada. 25. Acostarse en una cama con sábanas recién lavadas y planchadas, con mucho olor a suavizante para ropa. 26. Tirar cosas viejas (puntos dobles: tirar cosas viejas y feas de tu novio que nunca habías podido tirar, por ejemplo, una campera vieja y repugnante que él adoraba). 27. Nadar desnuda. 28. Quedar atrapada con un libro y terminarlo compulsivamente de una sentada. 29. Ganar una discusión y escuchar "tenías razón". 30. Alzar cachorritos en brazos, pellizcar bebés, ver fotos de tu novio cuando era chico, comer tomates cherry y zanahorias baby. 31. Ir a comprar algo y que haya una promoción o un descuento inesperado sobre ese ítem. 32. Lograr cerrar la puerta de tu departamento justo antes de que la vecina abra la suya. 33. Ducharte con agua bien caliente después de hacer actividad física. 34. Estar recién depilada o con las manos recién hechas. 35. Que te cuenten con lujo de detalles toda la historia de otra mujer, que ni siquiera conocés ni vas a conocer. 36. Que te agarren la mano en el cine. 37. Todo lo que tenga perfume: los baños con sales y espuma, la ropa limpia, los lápices de colores nuevos, las figuritas con olor, los jabones y las velas. 38. Ir a comer afuera. 39. Dormir en posición cucharita. 40. Leer revistas chatarra gratis en la peluquería, casas ajenas o bares. 41. Vestirte con ropa nueva. 42. Que te lleven el desayuno a la cama. 43. Ver películas de amor tristísimas y llorar descontroladamente 44. Poner en loop una misma canción y escucharla una y otra vez. 45. Fantasear con personajes de películas, series o libros. 46. Llamar a una amiga después de una cita y escuchar toda la crónica. 47. Que te abrace un hombre grandote, con brazos pesados y espalda ancha. 48. Comer chocolate 49. Encontrar un programa que adorabas cuando eras chica en la televisión. 50. Y tener sexo FUENTE:

Los secretos mejor guardados de las mujeres Escrito por Carolina Aguirre Sección: Bestiaria en papel Para la mayoría de los hombres, las mujeres estamos escritas en otro idioma. Somos como actrices extranjeras, como un ovillo de lana enredado, como una piedra rosetta. No entienden nada de lo que sentimos o necesitamos. Por ignorancia, intentan acercarse a nosotras de de manera formularia y superficial, y en consecuencia, la mayoría del tiempo nos sentimos vacías e incomprendidas. No obstante, algunos hombres, por herencia o por azar, han podido entrever el nebuloso mundo femenino de otra manera. Sus hermanas charlatanas o sus incontinentes madres les han revelado, por ejemplo, que odiamos que nos ignoren, que no recuerden lo que les pedimos, o que huyan como ratas de una discusión. Sin embargo, a pesar de estos torpes esfuerzos y revelaciones parciales, las mujeres seguimos siendo para los hombres, una bolsa llena de agujeros. Tenemos tantos secretos y atajos que es imposible llegar al centro. Sigue ahora, una traducción esforzada y generosa de algunas molestas incógnitas que todavía guardamos a la sombra de la verdad. No creo que sirvan de mucho, pero mi ambición es poca: si un hombre más nos entiende, habrá valido la pena. 1. Tenemos una compulsión enfermiza por depilarnos Hace tiempo todos aceptamos que la depilación es un hábito bárbaro y machista que degrada a la mujer, y, sin embargo, cuando un hombre nos sugiere que dejemos de hacerlo, amenazamos con suicidarnos. Es la cera o la vida. ¿Cómo puede ser que hayamos podido abandonar el corset y el miriñaque, o las calurosas enaguas con puntillas y no hayamos podido zafar de esta tortura? El secreto por el cual nos depilamos reside en la privacidad de las camillas de los centros de belleza o en el corazón de cada botiquín del baño: a pesar de nuestras amargas quejas, arrancarnos esos pelos es una forma de felicidad. Nos encanta extraerlos uno por uno y verlos pegados a la cera como millones de hormigas atrapadas en la arena. Podemos pasar horas mirando nuestras piernas como palomas buscando alimento en el piso de una plaza, buscandonos pelos en las cejas frente a un espejo, o admirando los rodillos de la depiladora eléctrica trabajar. No puedo explicar por qué, pero despedirnos de ese vello que cosechamos en nuestro propio cuerpo, nos genera un doble sentimiento: la indignación de comulgar con un hábito tan salvaje, y la serena gratificación de quien realiza una artesanía. 2. Tenemos una falla en el sistema racional Es muy común que una mujer interrumpa una actividad de rutina para llorar desconsoladamente. A veces sólo basta un pequeño traspié (se quema la comida o se derrama la sal) para tener un acceso de pena. Cuando esto sucede, los hombres quedan perplejos: no logran entender por qué lloramos, si hasta entonces “estabamos tan bien”, y prefieren, entonces, pensar que estamos locas. A pesar de lo que cree la mayoría, este vicio tan irritante no es un síntoma de demencia, es una falla en el sentido común llamada golpe de estado emocional; un instante de trágico descuido en el que las emociones pisotean y derrocan a la razón tomando el control absoluto de todo el cuerpo. El sistema dramático envía agudas descargas de indignación al cerebro, y en menos de cuarenta segundos, congestiona el hemisferio izquierdo, produciendo episodios de crisis emotiva y profuso llanto. El encéfalo, desbordado y caliente como una molleja, redirige a la mujer a la manera de un escudo que rechaza toda argumentación racional o intento de postergar la disputa, recita extensos inventarios de suculentos reproches, estimula los lagrimales, y tiene violentos chispazos de ira demencial. Sólo después de varias horas, con el llanto entrecortado por el hipo, las emociones le restituyen el mando al sentido común, que nos duerme mansas y culpables hasta el otro día. 3. Creemos que 10 + 10 es igual a 7 Las mujeres tenemos una matemática simbólica paralela. Mientras para el resto del mundo un número es un número, para nosotras son dos: el que decimos, y el que callamos. Las modelos, por ejemplo, tienen noventa centímetros de cadera; todas las demás mujeres, obviamente, tienen más, mucho más. Y sin embargo ¿Alguien escuchó jamás a una amiga decir que tiene «un metro» de contorno? Lo mismo sucede con el peso: todas las mujeres pesamos 49 ó 59 kilos, y, si somos muy grandotas, 69, pero ninguna acusa 62 o 71. Nadie sabe tampoco quién usa talle large o extra large; porque todas somos (como mucho) medium, talle 1 ó 2 de medias, y 37 de zapatos. Tampoco es fácil descubrir la edad: todas las mujeres tenemos 29 ó 38 ó 49 años y medio; en 1977 y 1967 no nació nadie. Menos aún puede saber un marido «cuanto costó la remerita», porque siempre, absolutamente siempre, «estaba de oferta». Por último, nadie puede confirmar la cantidad de amantes que tuvo su novia antes, porque hay muchos “que no cuentan” y otros que es mejor olvidar. 4. Regamos sus secretos por todos lados Las mujeres tenemos un sentido de la privacidad muy difuso. Mientras los hombres apenas si le dicen a sus amigos que estan saliendo con una chica, nosotras vomitamos toda la información luego de la primera salida. Entre amigas, las confidencias viajan como un malón de indios borrachos que van a saquearlo todo. Hablamos tanto, que destruimos el tabique de intimidad que separa a la una de la otra. Somos como dos celulares con bluetooth, como un extenso túnel que nunca dobla, como una cuadra de casas sin medianera. Si bien los hombres conocen esta debilidad, no se imaginan al grado de indiscreción al que podemos llegar. Ignoran que esa amiga que viene a casa tan seguido sabe absolutamente todo sobre ellos. Que conoce todos sus movimientos en la cama como si los hubiera espiado. Que sabe que cuando eran chicos se tocaban con sus primas y jugaban con las muñecas de sus hermanas. Ignoran que a esa amiga se le desprendió la laringe de tanto reirse cuando supo que lloraron con Bambi y con la despedida de los almuerzos de Mirtha Legrand; que los detesta porque nos dejaron plantadas o nos hicieron llorar, y que nos aconseja que los dejemos cada vez que le contamos la última estupidez que hicieron. 5. Somos amazonas Cuando una mujer descubre que su marido la engaña lo primero que pregunta no es: “¿Por qué lo hiciste?“, sino “¿Quién es ella?”. No le interesan los motivos de la traición; lo que le importa saber es si la otra era más jóven o más linda, si era mejor en la cama, en dónde se conocieron y cuantas veces tuvieron sexo. Cuando yo era más jóven, por ejemplo, terminaba todos los años durmiendo con mi ex novio. Invariablemente, sin importar cuales fueran las circunstancias, luego de un tiempo caíamos en la misma rutina: nos despedíamos, nos separábamos, y volvíamos a dormir juntos cuando él estaba de novio con otra. Durante un par de años pensé que estas idas y vueltas significaban que estabamos hechos el uno para el otro; pero mi reincidencia tenía muy poco que ver con el amor. Mi deseo no era recuperarlo. Mi objetivo era probar que yo era inolvidable. Competía con ella sin importar quien fuera; tenía que demostrarle al mundo que yo era la mejor de todas. Las mujeres, a diferencia de lo que los hombres creen, estamos en constante conflicto con nuestro género. Ellos son, cuando mucho, personajes secundarios. Cuando vamos a un casamiento, por ejemplo, no nos importa llevar compañía para bailar o para conversar entre comidas. Necesitamos llevar pareja para que el resto de las mujeres no puedan jugar la carta de: “yo tendré tres pibes y pareceré un colchón mal atado pero vos ni tenés marido”, y nostras podamos, en cambio, mostrar nuestro juego: “Mientras vos fregás pañales de rodillas yo tomo cocktails con sombrillitas y me burlo de tu panza”. 6. Somos puro envoltorio No es ningún secreto que las mismas mujeres que se ofenden por una grosería, en la intimidad son mucho menos remilgadas. Sin ir más lejos, los hombres -que intuyen esta hipocresía- suelen preguntarnos incisivamente qué hacemos cuando estamos solas. Sin embargo, estos curiosos apenas sospechan el grado de impostación a la que podemos llegar. Las mujeres que apenas comen en una cita, por ejemplo, llegan a su casa y se atoran con galleta rancia, desgarran un salame entero con los colmillos y apuran una lata de salsa de tomate de un trago. Aquellas que censuran a un hombre por limpiarse con el puño, son las mismas que pescan medibachas del canasto de la ropa sucia antes de ir a trabajar, eructan como un albañil descompuesto delante de las amigas y comparten con su gato un yogur a la mañana. Y también están las que se escandalizan cuando alguien les grita cochinadas por la calle, y luego escupen cuando nadie las mira, se lanzan como una araña sobre un taxi boy o gritan como tumberas depravadas en la cama. 7. Vamos al baño juntas por necesidad A los hombres les gusta inventar fábulas femeninas de corte lesbiano-inverosímil. Están convencidos, por ejemplo, de que el baño es para nosotras un bollero hamam en el que nos embadurnamos de lapiz labial transpirado y nos acariciamos el cabello mientras nos decimos, pegajosas bajo el vapor del secamanos, qué lindo nos queda el pantalón. Es hora de que se sepa: cuando vamos al baño juntas no hablamos de ustedes ni nos manoseamos. Si vamos de a dos es porque nos llevaron a una fonda mugrienta en la que nuestra compañera tiene que sostenernos la puerta del baño o boxear contra otra mujer por el último cuadrito de papel higiénico. Mientras ustedes creen que “cuchicheamos” estamos combatiendo el cólera trepadas sobre una letrina y repeliendo murciélagos con la tapa del tacho de basura. Y ya que estamos, tampoco jugamos a la guerra de almohadas cuando dormimos juntas, no nos secamos entre nosotras en los vestuarios, ni nos sentimos extrañas y confundidas cuando le pasamos bronceador a una amiga por la espalda. 8. Somos víctimas del amor colectivo Todas las mujeres compartimos sin saberlo un tórrido amorío unilateral. Como telépatas programadas nos enamoramos, sin premeditación, de un mismo hombre al mismo tiempo. Durante mucho tiempo ignoramos este tibio sentimiento que trasciende nuestros gustos personales, hasta que un día, viendo una película o una serie de televisión, nuestros suspiros se encuentran y la verdad sale a la luz. En una época fue Brad Pitt, luego vino George Clooney, después Russell Crowe y hasta hace poco, Jude Law. Sin embargo, en este preciso momento, todas quieren a Adrien Brody y a Roger Federer. FUENTE: http://bestiaria.blogspot.com/2007/07/relatos-imagenes-los-secretos-mejor.html
50 piedras con las que las mujeres tropezamos una y otra vez Escrito por Carolina Aguirre Sección: Inventaria 1. Teñirnos el pelo o probar un corte de pelo nuevo un día antes de una cita. 2. Mirarnos los granitos, la nariz, los dientes en una vidriera espejada (Si sabemos que adentro hay gente). 3. Confiar en que un hombre va a llevar a pasear, bañar y a juntar la caca del cachorro.(Mienten con esto desde los 5 años de edad) 4. Hablar de más. 5. Pesarnos después de tomar dos litros de agua pensando que nos la vamos a bancar (Y después llorar) 6. Indagar sobre un tema que sabemos que nos va a hacer mal saber. 7. Creer que vamos a poder rescindir el contrato cuando queramos. 8. Volver a probar con el autobronceante en crema todos los veranos (Es imposible no marcarse los dedos) 9. Confiar en que vamos a comer uno solo (una sola bandeja) 10. Comprar la horma entera de queso "para tener" (Tener panza) 11. Preguntarle y creerle pronósticos a la tarotista (Sólo si son buenos) 12. Ponernos al sol con aceite de cocina al mediodia porque el sabado tenemos una fiesta (Y necesitamos estar bronceadas ya mismo) 13. Creerle a todas las publicidades de productos para el cabello (Al único que hay que creerle es al photoshop) 14. Pensar que es sólo una amiga. 15. Aceptar que te presenten a un amigo del novio de tu amiga (Los hombres normales no aceptan esas cosas) 16. Hacer trabajos en grupo en la facultad (Vamos a terminar haciendo todo nosotras) 17. No ir a cambiar un pantalón que nos queda chico porque vamos a bajar de peso y nos va a entrar (De guante) 18. Ofrecer la casa para una fiesta 19. Pensar que en una relación puede haber un bueno y un malo (Si estuvieron juntos tanto tiempo...) 20. Darle otra oportunidad sabiendo que no va a funcionar 21. Creerle a un hombre que va a cambiar (Cambiar de novia) 22. Pensar que las rayas o los colores claros no nos hacen más gordas, que es un mito. (Es un mito. Lo que nos hace más gordas es comer pan) 23. Comprar una una prenda color blanco creyendo que la vamos a cuidar 24. Creer en la palabra "temporal". 25. Presentarle un novio a tu familia. 26. Pensar que "total, al otro día hacemos todo líquido" (Sí, licor y crema sin batir) 27. Perdonar a una amiga que nos robó un novio. 28. Preguntar "¿En qué estás pensando?" 29. Hacernos toda la película con un hombre luego de la primera cita. 30. Creerle a la vendedora (Que encima trabaja por comisión) 31. Suponer que sí, que después del programa y antes de quedarse dormido, efectivamente va a lavar los platos. 32. Dejar de hacer algo por un hombre. 33. Pasarnos la maquinita porque nos invitaron a una pileta de imprevisto, aún cuando habíamos jurado no volver a hacerlo nunca más. 34. Amargarnos o alegrarnos por el horoscopo del domingo. 35. Mirarnos en el espejo del ascensor. 36. Creer en la envidia sana. 37. Contestarle el teléfono a un ex novio. 38. Encargarnos de organizar algo en el colegio de nuestros hijos, de juntar la plata para una cena, de comprar el regalo de fin de año de una maestra. 39. Decir toda la verdad. 40. Creernos que "están juntos por los chicos" 41. Prestar ropa, libros o cds. 42. Confiar en el mozo que dijo que no tenía crema ni aceite. (Por favor, los cocineros de bares no saben cocinar sin crema o aceite) 43. Creer en la centella asiática, las ceramidas, la placenta de tortuga, las propiedades del té verde y del adelga-mate. 44. Pensar que quizás esta Navidad la pasamos bien. 45. Creernos que lo exterior no es importante (Pero por favor, claro que es importante) 46. Aceptar el consejo de una amiga resentida con los hombres u obsesionada con su ex marido. 47. Pagar mil doscientos pesos por un tratamiento con cápsula de ozono, algas y vendas frías (¡Chicas, sabemos que es todo mentira!) 48. Pensar que se asustaron, que perdieron tu teléfono, que tienen miedo de quedar desesperados, que están intimidados. 49. Salir con tipos muy lindos, muy preocupados por la ropa, o que conozcan muchos restaurantes y boliches. 50. Decir "te amo" antes que ellos. FUENTE:http://bestiaria.blogspot.com/2007/12/relatos-imagenes-mujeres-50-piedras-con.html
Las desilusiones más grandes de las mujeres Hay mujeres abogadas, traductoras de italiano, dermatólogas, lanzadoras de jabalina, actrices. Hay algunas que quieren triunfar en Hollywood, otras casarse y tener muchos hijos, investigar en un laboratorio, o incluso comprarse una granja en el sur. No hay una igual a la otra. Todas tenemos nuestra carrera, nuestros objetivos, nuestros sueños. Todas somos distintas. Sin embargo, nos une el amor. En materia de relaciones y sentimientos, somos todas parecidas. Nos enamoramos y decepcionamos exactamente de la misma manera. Estas nueve desilusiones que detallo a continuación pueden, en principio, parecer un escaso muestrario de la realidad. No obstante, son las que sufre cualquier mujer. Los hombres pueden encontrarlas caprichosas, o incluso superficiales, pero, desgraciadamente, no por ser arbitrarias o subjetivas duelen menos. 1. Cuando te das cuenta que tu papá ya está casado con tu mamá. Cuando tenés tres o cuatro años, estás convencida de que tu papá es también tu novio. Con picardía e ilusión, le decís a todo el mundo que cuando seas más grande te vas a casar con él. Por las tardes, lo esperas sentada al lado de la puerta, para contarle que, mientras él no estaba, tu celosa y truculenta madre te pegó con un palo, te retó, y te atiborró de acelga. Y si todos estas artimañas, no dan resultado, conspirás abiertamente para desplazarla de la cabecera de la mesa y del lecho conyugal. Llega un día, sin embargo, que, mirando una novela o conversando con un compañero de jardín, tenés una revelación precisa y sombría: tu padre, el primer hombre que te prometió todo, el que te hizo creer que eras la más linda de todas, el que te llevó de viaje y te cubrió de muñecas, el que le dijo a todo el mundo que eras su princesa, en realidad, ya está casado con otra. 2. Cuando una amiga te traiciona Desde el primer día del jardín de infantes hasta el último año del colegio secundario, la persona más importante de tu vida es otra mujer: tu mejor amiga. Vas a dormir a su casa tantas veces, que sus padres te tratan como a otra hija. Le confesás cosas tan privadas y patéticas, que luego de algunos años, compartís una intimidad soldada, conjunta. Nada puede separarlas. Juntas sobreviven a las injusticias de padres, maestros. Juntas sobrellevan las maldades de otras chicas y el pánico de la adolescencia. Juntas son una sola. Pero llega un día, en que tu mejor amiga besa al chico del que estuviste enamorada, en secreto, durante toda la secundaria. ¡Al amor de tu vida! ¡A tu futuro marido! ¡Al padre de tus hijos! Lo besa y quiebra para siempre tu cándida confianza de íntima amiga. De alguna forma, la trastornada llegó a la conclusión de que tu pasión también era la suya. Y ese beso la transforma en una persona distinta, lejana, siniestra. Una persona que nos recuerda, que una amiga es una amiga, pero también es otra mujer. 3. Cuando te cortás el pelo bien cortito pensando que ibas a quedar fantástica y quedás como Gustavo Bermúdez Cada tanto las mujeres nos levantamos insatisfechas. Algunas veces, intentamos solucionarlo comiendo cuatro kilos de masas finas, llorando frente al espejo o gastando toda la plata del alquiler en trapitos caros y mal cosidos que jamás nos vamos a poner. Pero también, de vez en cuando pasa, que ese mismo día concurren otras dos variables: hace calor y vemos una película de Halle Berry. Apenas la vemos, pensamos en lo linda que es, en lo bien que le queda el pelo corto y en lo cómodo que debe ser cuidarlo, y decidimos (como si pudiésemos decidir algo con tanta tristeza) que nosotras necesitamos un cambio como ese. Al día siguiente, le marcamos prepotentemente la foto de una modelo semi-calva al peluquero, que babea, degenerado, pensando en todo lo que va a poder tusar. Mientras nos corta el pelo, revolvemos revistas, hablamos frivolidades y nos imaginamos nuestro nuevo look. Cuando termina su tarea y gira la silla la imagen resulta tristísima. Además de una mujer deprimida, somos, desde ese momento, una mujer galletona y masculina, con el corte de un colectivero. Y no habrá hebillita, fijador de pelo o postizo que nos pueda ayudar. 4. Cuando te preparás durante días para una cita y el tipo no aparece. Hace unos siete años, cuando todavía era soltera, gasté $550 en una cita. Me compré un par de zapatos y una cartera, un perfume y ropa interior. Más tarde, fui a la peluquería y me corté el pelo, me hice un baño de crema, y me arreglé las uñas de las manos y de los pies. Un tiempo antes, una amiga me había hablado de un amigo. Me había contado, casi como si fuera un héroe legendario, que era inteligente, cariñoso, y tenía una pequeña empresa propia que adoraba. Esto podía, en principio, parecer una buena noticia. Incluso una foto había corroborado que, en efecto, era buenmozo. Sin embargo, al lado suyo, yo era un prospecto deprimente: todavía me sobraban unos cuantos kilos, estaba cambiando de carrera y mi trabajo me parecía odioso. Recuerdo que cuando me pasó a buscar, bajé aterrada. Recuerdo que el corazón me palpitaba como una bomba en la garganta. Y recuerdo, también, la desilusión que sentí al verlo. Era como la versión desprolija del príncipe azul que me habían prometido. Tendría unos treinta kilos más que en la foto, un pantalón que se apretaba debajo de su enorme panza, y coronas de aluminio en tres o cuatro dientes. Y como si eso fuera poco, su auto estaba tuneado como una barcaza infernal. Sentí una furiosa decepción. No porque fuese espantoso y además, un imbécil. Sino porque me había gastado $550 al pedo, cuando con peinarme hubiese alcanzado. Quería darle vuelta esa chata inmunda, hacerle comer su foto, pegarle con una fusta a mi amiga y, exigir el reintegro del dinero invertido en esa larga noche de terror. Las tarjetas de crédito deberían asegurar las citas, -como aseguran los viajes, las compras, los retiros en efectivo del cajero- y reintegrar el importe invertido en peluquería, si la experiencia no satisficiera las expectativas del cliente. 5. Cuando te rompen el corazón por primera vez. El primer hombre que me rompió el corazón fue Christopher Reeve. Me enloquecía su ceñido traje de superhéroe y el rulito congelado que llevaba en la frente. Quería casarme con él, tener sus hijos, zurcirle las medias, plancharle las camisas. Mi mamá consiguió la dirección de su fan club y le escribí una esmerada carta declarándole mi amor. Contra todos los pronósticos, a las seis semanas recibí una respuesta. El sobre contenía la agradecida fotocopia de una carta impresa, una foto de Superman parado en la luna, y un folleto con filmografía y otros datos. No me desmotivaron su dedicatoria impersonal ni su firma mentirosa, pero la lista de sus películas me partió el alma. Yo sabía que Christopher Reeve era Superman, y que Superman era Clark Kent, y podía vivir con eso. Tenía amor para los tres. Pero no para los otros. Según su filmografía, mi hombre era también cuatro sacerdotes (dos pobres y dos cobardes), un estafador profesional, un mayor del ejército, un bostoniano remilgado y un astronauta. No fue el primero en hacerme creer que era alguien que no era y romperme el corazón con sus mentiras, pero si el primero. Y dicen que el pega primero, pega dos veces. 6. Cuando te das cuenta que tu marido es igual a todos los maridos de las series del canal Sony Me enamoré de mi marido porque era brillante, ingenioso y porque escribía bien. Pero también porque era diferente. El no iba a ser un abogado proveedor y yo su incubadora postergada. Íbamos a ser compañeros. Íbamos a leer, a viajar, a ver películas, a cocinar, a criar un gato. Sin embargo, llegó un día en el que mi marido empezó a mutar. Comenzó con un hábito premonitorio que francamente no supe interpretar: dejaba pirámides de vasos y envases de postrecitos en la mesa de luz. Luego siguieron las peores fechorías: toallas húmedas en el piso, regueros de yerba húmeda coronando el tacho de basura, botellas y leches vacías en la heladera, o lo que es peor, dedos con mermelada en mi notebook y en la lectora de dvd. Sin embargo, nada de esto constituía un peligro concreto. O eso creía yo. Hasta que llegó el día del canapé. Como mi marido es de los que lloran cuando tienen hambre, antes de las comidas, yo suelo hacerle una entradita mientras mira televisión. Desgraciadamente, un día, distraído con un partido de tenis, tiró todas las tostaditas con paté al piso. Cuando entré, estaba se chupaba los dedos hipnotizado con un tie break, como si al lado de la cama no hubiese una serpentina de cebollín y tostadas adheridas al piso a la manera de ventosas. Shockeada, le dije: “Gordi, ese piso estaba limpio…” Y él contestó, feliz y sorprendido: “¡Ay! ¡No sabía!” Y se agachó, junto las tostadas, y se las comió. 7. Cuando te meten los cuernos La comedia romántica es mi género preferido. Me encantan las películas de Drew Barrymore, de Renee Zellwegger y de Meg Ryan, porque son como yo: imperfectas, torpes, vulnerables, impulsivas. Odio, en cambio, las de Cameron Díaz, Julia Roberts o Gwyneth Paltrow porque son como ellas tres: gélidas, almidonadas e inverosímiles. El caso de Jennifer Aniston es más complejo. Sus comedias siempre me resultaron insulsas y ella misma no me generaba ninguna empatía, sin embargo, un buen día se divorció de Brad Pitt y todo cambió. Desde entonces, ella tiene, para mí, un candor especial, y sus comedias, siendo las mismas, me hacen reír. No hay ninguna enfermedad que se propague de forma tan efectiva como el síndrome de Jennifer Aniston. No hace falta más que hablar con una amiga o prestarle una revista para contagiarla. A las mujeres, nos conmueve cualquier cosa, pero sólo una realmente nos quiebra: que le rompan el corazón a otra mujer. Somos capaces, quizá, de cerrarle la puerta a un perro que pide comida o de ahorrarnos una limosna, pero jamás podríamos darle vuelta la cara a una mujer engañada por su marido. El de Jennifer Aniston es, además, el caso extremo (casi rozando la pesadilla). Su marido la engañó con la mujer más sexy del mundo, se casó con ella, adoptó a todos sus hijos, la embarazó de mellizos y salió en millones de revistas cargando pañales y enfriando mamaderas. Todas buenas razones para que a mí me gusten ella y todas sus películas. 8. Cuando hacés dieta y no adelgazás ni 100 gramos. Una mujer que hace dieta una semana y luego no baja de peso, además de ser una gordita, es un brusco animal herido. En efecto cuando se baja de la balanza, se parece más a un toro al que le clavan las primeras banderillas que a una mujer decepcionada. Es tal su enojo, que, en la mayoría de los casos, se arroja sobre una montaña de panes con manteca o una bañadera de mayonesa, creyendo, ilusa, que es una suerte de venganza contra el Dr. Cormillot. Esta obtusa vendetta, lejos de serenarla, ensancha el problema hacia el infinito. Con seguridad, la semana siguiente, aun habiendo esquivado chorizos pecadores y una pastafrola tendenciosa, la balanza le hará pagar, con adiposidades, cada despechado mignoncito. Y a su vez, esta misma experiencia potenciará un nuevo festival de lágrimas y carbohidratos, que no tardarán en hacerse cadera y pantorrillas. Una mujer que hace dieta una semana y no baja de peso, no es una gordita triste, es una crisálida de hiperobesa. 9. Cuando te prometen todo y te dejan a los 4 días. Así como hay sádicos a los que les gusta amagar que van a levantarse y bajarse del colectivo para ilusionar a la gente que va parada, también hay hombres a los que les encanta usar el tiempo futuro, decir “nosotros” en todas las oraciones e, inmediatamente después, desaparecer. Los síntomas no tienen misterio. En general, declaran amor a primera vista y te presentan a sus amigos en la segunda cita. También adoran decirte “cuando nos casemos” y “cuando vayamos juntos de vacaciones” en la misma semana que dicen “fuimos demasiado rápido” y “necesito espacio”. El problema es que, no importa cuánto hayamos madurado, caemos siempre en la misma trampa, y no por sacar la venda de un tirón, la herida duele menos. FUENTE: http://www.blogcatalog.com/blog/bestiaria/16ac6d4c592a7e218efa207d0f00d609

Imágenes de mujeres: Algunas profesoras Escrito por Carolina Aguirre Sección: Mujeres fantásticas Está comprobado que en los colegios secundarios, seis de cada diez profesoras de literatura española son viejas solteronas con voz de pito, polleras de lana y brochecitos en forma de roseta. Se sabe también que dan la misma clase hace cuarenta años, sin ninguna modificación, con la intención de aniquilar cualquier tipo de amor potencial por los libros que puedan desarrollar sus alumnos. Que se las ingenian para hacer del Quijote un mamotreto gris e interminable, que jamás llevan fotocopias (prefieren dictar) y que en todas sus preguntas agregan “justifique” o “explique por qué”. Alrededor de ellas giran mitos y leyendas que se alimentan desde los primeros días del colegio. Que las dejaron plantadas en el altar o que el novio se murió antes de casarse son dos clásicas del género. Alguna debe ser cierta, pero nadie sabe bien cuál es. La mitad de las profesoras de inglés tiene el mambo británico (una patología similar a la de esos piraditos que miraron mucho “Dragon Ball Z” en la adolescencia y ahora hacen aikido, estudian japonés, llevan sushi en una luncherita de Hello Kitty, se masturban con Hentai, consumen cine de terror coreano y usan la cara de Sailor Moon como si fuese la foto de su cédula de identidad). Casi todas se re bautizan como las monjas, pero en vez de ponerse Sor Piedad, las ex Margaritas renacen como Miss Margaret y las Patricias, como Miss Pat. Tienen, además, un desfasaje espacial peligroso: muchas de ellas creen que no están aquí, sino en Inglaterra. Cuando se despiertan leen “The Times”, miran la BBC y en sus diálogos casuales, incluyen expresiones típicamente británicas a la fuerza. Absolutamente todas leen Harry Potter y trabajan en clase con canciones de Robbie Williams (antes usaban temas de los Beatles). Se alimentan sólo con té y galletitas en las preceptorías de los colegios (de hecho, es imposible pescarlas sin una taza en la mano o calentando agua en el microondas) y viven una década atrasadas: luchan por transformar el saludable acento americano de sus alumnos, graban documentales en VHS, y usan un maletín de lona negra lleno de cassettes que se escuchan mal y que arrancan diciendo “Unit 1” después de una música con trompetas. Otro grupo de profesoras son las blanditas, que pueden dar cualquier materia y tienen dos exponentes famosos: la primeriza y la debilucha. La primeriza tiene veinte años y es como la casa de paja de “Los tres chanchitos”. Como no puede controlar al malón de vagos y agrandadas que le tocaron como alumnos, se angustia y toma las peores decisiones para sofocar el motín: pega grititos quebradizos, los acusa con la directora, o rompe en llanto en su escritorio. La debilucha, por el contrario, no les tiene miedo. Cuando sus alumnos molestan, sonríe y sigue dando clases. Es pequeñita, pobre y tiene varios hijos. El marido es remisero y ella hace doscientos cincuenta colegios por día para llegar a fin de mes. Para Mayo los estudiantes se aburren de que los ignore, y la empiezan a querer. En el día del maestro le regalan un televisor y la hacen llorar por única vez en el año. De todas las profesoras, la más pesada es una vieja charlatana con Alzheimer y olor a polilla, que siempre tiene algún tipo de anomalía bucal: escupe cuando habla, tiene aliento a viejo, o se le quedan mendicrimes en las comisuras. Mientras da clase, exaspera a sus alumnos con su cháchara inconexa y sus digresiones. Se va por las ramas y opina sobre todos los temas, desde videojuegos hasta economía, pero como es una anciana senil, sus alumnos –en vez de odiarla hasta el vudú- le toman cariño sincero. Sin embargo, ese amor tiene fecha de vencimiento: dura sólo hasta el examen final, en el que siempre, pero siempre, la vieja sádica toma todo el programa como si alguna vez hubiera dado clase en serio. Otra profesora muy arraigada en las universidades y colegios es una suerte de entusiasta negadora, que no quiere enfrentar que su materia es un cachivache de relleno que no le importa a nadie. En general, dicta una materia práctica y cuatrimestral (taller, trabajo de campo, actividades prácticas, por ejemplo), que se promociona haciendo un choricito de plastilina; sin embargo, ella exige clases especiales, lecturas, y monografías, como si su programa fuese la base esencial de la carrera. Y eso no es todo. Hay más. La mayoría de las profesoras se visten mal, consumen galletitas Express hasta volverse celíacas, leen a Felipe Pigna, le dan señaladores con frases conmovedoras a los alumnos que terminan quinto año (o postercitos con “Desiderata”), organizan colectas de dinero para los regalos de otros profesores (para comprar siempre un saquito) y todas, pero absolutamente todas, regalan un muñequito de goma eva con un caramelo misky abrochado para el día de la primavera. Fuente: http://bestiaria.blogspot.com/2007/10/relatos-mujeres-profesoras-particulares.html