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Primer post: 30 abr 2013Último post: 7 abr 2014
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Género y estereotipos
Apuntes Y MonografiasporAnónimo4/30/2013

Género y estereotipos Por Iván Pablo Orbuch* De lunes a viernes, cerca de la medianoche, millones de personas sintonizan Telefe para mirar una novela cuyo libreto no tiene muchas aspiraciones ni grandes secretos, dado que la temática principal fue expuesta en el primer programa y, luego de meses, no presenta variaciones. Por qué es tan vista sería la pregunta. No obstante, una mirada más aguzada nos revela que el programa Dulce Amor deja mucha tela para cortar en lo concerniente a la caracterización que hace de la familia y de cada uno de los miembros que la integran. En efecto, varios estereotipos salen a la luz tras un detallado análisis. Las familias provenientes de los sectores populares no dialogan, gritan; las madres de los trabajadores cocinan, planchan y lavan todo el día; las de los sectores más acomodados tienen un don para el mando; mientras que las hijas tienen inclinaciones artísticas y su rebeldía es vista como una “desviación” de lo esperado y esperable acerca de su conducta. Estos estereotipos gozan de buena salud en amplias franjas de la sociedad. El muchacho posesivo que encarna Sebastián Estevanez es uno de ellos, tal vez el más extendido. Pero no es el único. Nos parece relevante señalar algunas características tanto de hombres como de mujeres en la novela, a los fines de develar la impronta que los lenguajes poseen en la formación de las filiaciones sociales con un minucioso detenimiento en la construcción mediática de las identidades de género. El programa nos demuestra que las diferencias entre hombres y mujeres, en cuanto a lo que la sociedad espera de cada uno, son una construcción histórico-social. Las actitudes y comportamientos que diferencian lo masculino y lo femenino son incorporados por cada chico en el proceso de socialización. En esa construcción de la diferencia la escuela cumplió, y lo sigue haciendo, un rol decisivo. Basta rememorar el dictado de la materia Economía doméstica a principios del siglo XX, con la que se iba forjando a las futuras amas de casa. Georgina Barbarossa encarna a la perfección el prototipo de esa ama de casa que la escuela fue construyendo. Madre abnegada y sobreprotectora, suele, también, como se hacía a principios del siglo XX, dar refugio en su hogar a personajes caídos en desgracia, que no guardan lazos de parentesco con su familia. Uno de ellos es el interpretado por Esteban Prol, quien es un jugador compulsivo, lo que parece confirmar que las mujeres siguen siendo las responsables del cuidado de las personas que no pueden valerse por sí mismas, sean chicos, discapacitados o adultos mayores dependientes. El trabajo de cuidado, que consiste en proporcionar bienestar físico y emocional a las personas, conlleva una gran importancia social y política, así como es pocas veces reconocido su valor económico. Pese a los numerosos cambios operados en más de un siglo de existencia del Estado nacional, algunas cosas parecen no variar mucho en esta ficción. La persistencia de la figura del pater familias, encarnado por Cacho Castaña, que aparece esporádicamente congregando las ilusiones de las mujeres de la familia, pone de manifiesto también el peso que todavía conserva en el imaginario popular el concepto de capiti diminutio, que establecía la incapacidad de hecho de la mujer casada. Esto significó una clara distinción entre la posesión del derecho y su ejercicio: la mujer, al igual que el niño, era incapaz de ejercerlo. De allí a la sujeción a la autoridad del marido, al padre, al hermano o a los hijos, siendo objeto de protección y corrección doméstica en el ámbito familiar, existe sólo un paso, cuestión que se ve reflejada en la particular relación entablada entre madre e hijo, es decir entre Barbarossa y Estevanez. En esa dirección, las diferencias hacia el interior de la familia pueden ser pensadas en términos de relaciones de poder. Para concluir, podemos afirmar que toda identidad es sexuada y que, de algún modo, la organización de esta distinción constituye el epicentro de la sociedad. La diferencia entre hombre y mujer es un hecho siempre presente que determina la experiencia, influye en la conducta y estructura las expectativas a futuro. La identidad sexual se organiza dentro de un vasto entramado de relaciones sociales, que se producen no sólo en instituciones como la familia, sino en todos los niveles de la sociedad. “Masculinidad” y “feminidad” son los productos concretos de un tiempo y de un espacio histórico determinado. En ese sentido, podemos decir que el programa Dulce Amor construye y reproduce masculinidades y feminidades tradicionales en pleno siglo XXI. * Docente de Historia (UBA, Unsam, Flacso).

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¿Lynch?
Apuntes Y MonografiasporAnónimo4/7/2014

¿Lynch? Por Julio Maier * Sólo la creencia firme de que la obra humana puede llegar a la perfección justifica la negación radical de la discusión de esa obra humana acerca de su modificación. Eso es lo que expresaba el sábado último el cartel colocado en una mesa de recolección de firmas que había en la vereda de un supermercado de los líderes: “NO a la reforma del Código Penal actual”. Desconozco si esta especie de paso previo a una consulta popular institucional o, simplemente, de consulta popular privada, se multiplicaba en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Sólo diría que el lugar de esta consulta aloja preferentemente clase urbana con poder económico o, al menos, racionalmente satisfecha en relación con sus consumos. Me pareció increíble constatar que el Código Penal –al que yo he rendido culto por más de 50 años profesionalmente, ignorado en cambio por el ciudadano de a pie– servía como atractivo de una campaña para una elección presidencial. Pero todo no hubiera pasado de una anécdota algo risueña si dos periodistas de este diario no me hubieran recordado el domingo el tema en sus artículos, con cita de la opinión anterior de una persona integrante de un Consejo de la CABA, publicada también en Página/12, y si los hechos no hubieran superado todo lo imaginable de crueldad como sistema de reacción penal. Ya es suficientemente impiadosa la privación de libertad como método correccional o de prevención delictiva, incluso fracasado en la realidad, para tolerar un regreso cavernícola a la venganza anónima mediante penas corporales, sin verificación alguna del delito y de su autor, y sin enjuiciamiento, venganza que, respecto de los vengadores, sólo puede ser calificada como asesinato o tentativa de asesinato, si la víctima, por casualidad, no falleció. Sin embargo, allí no termina el cuento. He verificado que una proporción apreciable de personas, con la cuales tengo contacto por diferentes razones, justifica los hoy llamados “linchamientos” de muy diversas maneras, pero siempre con un denominador común que puede sintetizarse con las siglas TV y campaña presidencial de un candidato determinado. Debo reconocer que el conocimiento de estos sucesos –que, al parecer, ya no significan una extravagancia, algo singularísimo– me ha sumido en una depresión horrible respecto de la sociedad argentina y su cultura. Era suficiente mi pesimismo respecto del Derecho Penal de la actualidad, para agregar ahora este regreso intolerable a las cavernas, provocado, a mi juicio, por políticos y periodistas –en el sentido de gente de prensa, con poder mediático, sobre todo en TV– irresponsables. Cuando se compara a nuestros vengadores con Charles Lynch se comete una injusticia con este último: al menos él era un revolucionario, patriota de la independencia estadounidense que reaccionó contra los tories, leales a la Corona inglesa, por razones propias de la guerra de la independencia de ese país, contexto que no lo justifica pero que explica sus acciones. Los hechos que conocemos y sus autores carecen en absoluto de esa explicación. Yo no les pido ni al candidato que hace campaña con el Derecho Penal –para colmo de males abogado recibido en la UBA, según creo por difusión pública–, ni a sus seguidores, que renuncien a postulación política alguna, ni a los personajes de la televisión regidores de las noticias policiales, que eliminen este rubro de sus informaciones; sólo les ruego –incluso desde mi egoísmo, lo confieso: defendiendo primeramente mi propia salud como ciudadano de este país– que no infecten de odio a esta sociedad, que no dividan a sus integrantes en buenos, cuyas acciones todas son legítimas o justificables, y malos o criminales, que ni siquiera pueden aspirar a ser tratados como ciudadanos de este país ni como víctimas, hecho que no significa otra cosa que uno de los más crueles e injustos modos de discriminación social. * Profesor titular consulto de Derecho Penal (UBA).

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