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Imágenes de mujeres: LA DEJADA La dejada es una militante de los rituales inversos. En vez de preparar el escenario minuciosamente para disfrutar de una tradición, olvida, improvisa, y posterga. Su rasgo principal es la incapacidad para ejecutar una tarea en tiempo y forma. Todo lo que a los demás les lleva un día, a ella le consume seis. No tiene ni memoria, ni compromiso, ni apuro de ningún tipo. Todas sus labores flotan, incompletas, en un limbo comandado por su potencia minusválida y su falta de iniciativa. Cuando tiene que hacer un trámite o pagar un impuesto, por ejemplo, en vez de abonar en término para evitar punitorios y colas interminables, espera que llegue el aviso de corte. Pero cuando llega, en vez de ir a pagarlo inmediatamente, lo vuelve a tirar en la frutera hasta la mismísima mañana en la que van a suspenderle el servicio, para poder salir corriendo, andrajosa y apurada, a suplicarle clemencia al cajero de Metrogas. Vive, además, en la más absoluta y remolona marginalidad: no tiene documento de identidad, ni legalizó su título, ni renovó el carnet de conducir, ni dio de alta la obra social. Siempre se mentaliza para hacerlo la semana siguiente, pero luego le da fiaca y lo deja para otro momento. Su casa se parece el gabinete de un inventor loco. Todos los electrodomésticos tienen un arreglo perezoso concebido como un remiendo provisional que el tiempo luego transformó en permanente. Su calefón se apaga sólo cuando cierra la llave de paso del gas, su televisor se enciende con una birome (los botones se hundieron y perdió el control remoto) y, como no las tiene llaves de la puerta de entrada, abre y cierra con medio picaporte que a menudo se olvida sobre la mesa del living. Cuando se lo deja piensa seriamente en llamar a un cerrajero, pero al final siempre se cuelga de la medianera como un gato vagabundo o le pide a un vecino que la deje treparse al techo para saltar, y se olvida del arreglo hasta la próxima madrugada que amanece en el palier. Tiene la heladera siempre vacía. No va nunca al supermercado, y las sobras de delivery se le pudren escondidas detrás de una gelatina medieval. Si alguien la visita, no puede servirle más que un vaso de agua tibia, y cuando quiere hacer una comida, se olvida siempre de comprar algún ingrediente de la receta, y para no volver a salir, hace el plato sin la cantidad de huevos o harina necesaria. Más tarde, ajusticiada a carcajadas por sus conocidos, suspira que estaba chirle y quemado pero “que igual estaba bueno”. La comida no es lo único que escasea en su hogar. Es frecuente que se olvide de reponer el jabón o el shampoo y tenga que restregarse el pelo con una piedra pómez y jabón federal, tenga que comprarse un desodorante por la calle o coserse un pantalón en el baño de la oficina porque no tenía hilo. Tampoco tiene botiquín, (porque no piensa en que va a cortarse o a sentir un malestar sino hasta que se cae en el baño y se parte la cabeza), ni herramientas, ni ahorros, ni teléfonos útiles a mano. Si tiene patio o jardín, es un depósito de sus apáticas intenciones. La ropa se pudre, mojándose con cada lluvia y secándose con cada mañana de sol, abandonada a su suerte en el tender, mientras ella la busca, indignada, en las bolsas del laverap. Hay también muchas plantas secas, una regadera oxidada y una mesa a medio pintar que se hincha, despareja, con el rocío de la mañana. Por último, la dejada es, también, la reina de la improvisación y la emergencia. Para ella, planear una actividad es delirar con una amiga o garabatear listas imposibles en un cuadernito raído que luego tira debajo de la cama. No importa cuanto proyecte; nunca mide antes de cortar o clavar. Tira la malla mojada directamente en el bolso. Va al cine sin consultar en qué horarios hay función. No pone papel de diario en el piso antes de pintar. Empieza a armar un mueble sin leer las instrucciones. Rompe los paquetes desde el centro. Lava la ropa con papeles en los bolsillos. Y nunca, pero nunca tiene un plan “B”. FUENTE: http://bestiaria.blogspot.com/2007/08/relatos-dejada-mujer-mujeres-femenino.html
¿ Sabes quien fue Jorge Donn ? EL PORQUE DE ESTE POST: Bueno es mi intención poder acercar a todos ustedes, compañeros Taringueros, algunos post que sean interesantes, respecto a personalidades ARGENTINAS que han trascendido en el mundo, pero que de alguna manera, las nuevas generaciones conocen poco o directamente nada. Con solo poder motivar a una persona me sentire inmenzamente conforme. No tengo como objetivos los puntos, POR FAVOR UTILICEN LOS PUNTOS A NOVATOS QUE LO MEREZCAN. Cualquier comentario sera bienvenido... Como decia el gran Carlitos Bala; "Como el movimiento se demuestra andando..., NOS VEMOS" !!! Y ahora si.., EL POST !! JORGE DONN (BAILARIN) Bailar es como soñar con los pies... Mucho antes de que Julio Bocca fuera conocido en todos lados o que Maximiliano Guerra conquistara los teatros de Europa se destaco otro argentino en el mundo de la danza y el ballet, el cual llegaria a ser considerado uno de los mejores del mundo. Jorge Donn nació en Buenos Aires el 25 de febrero de 1947. Comenzó a bailar a los cuatro o cinco años. Estudió en la Escuela del Teatro Colón en Buenos Aires. Su maestra era María Fux. En 1963, el joven llegaba a Bruselas para trabajar en la compañía de Maurice Bejart y pronto se hizo su bailarín principal. En 1979, interpretó por primera vez El bolero, ballet que fue hecho para una mujer. Es memorable la interpretación del Bolero que realizó Jorge Donn en el filme Los Unos y Los Otros, del director Claude Lelouch. Muchas obras de Bejart fueron creados especialmente para él: Bhakti (1968), Nijinski, clown de Dios (1971), Golestan: el jardín de las rosas (1973), Lo que el amor me dice (1974), Nuestro Fausto (1975), Leda (1978), Adagietto (1981) y otras. Desde 1976 era director artístico del Ballet del Siglo XX. En 1988 formó su propia compañía L'Europa Ballet que existió corto tiempo. En 1989, fue nominado por la fundación Konex como uno de los mejores bailarines. Murió de sida el 30 de noviembre de 1992 en Lausanne. Fue homenajeado por muchos coreógrafos: Maurice Bejart con su Ballet por la vida (o El presbiterio no ha perdido nada de su encanto ni el jardín de su esplendor), Denys Ganio (Tango... una rosa para Jorge Donn), Carolyn Carlson (Homenaje a Jorge Donn), Grazia Galante (Masticando Sueños). VIDEO DE "EL BOLERO DE RAVEL", BAILADO POR JORGE DONN Opera National de Beilgique, Cho:Maurice Bejart link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=Lnut9tB78BE Jorge Donn - Nijinsky, clown de Dios link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=0zd4mUhKZi8 VIDEO HOMENAJE link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=bWThnsArf2k FUENTES: http://es.jorgedonn.com/movies.html y Youtube

Mmmm sinceramente no se si todo son aptos; creería que si !! jaja, cualquier cosa que algún mod me aviso y lo borro !! gracias !!

Leanlo, sin desperdicio, si logro que uno solo de los que nunca leyeron a Cortazar se interese en Él, me conformo... (Pueden seguir leyendo "Lucas, sus pudores", o el genial "Casa Tomada" Un Tal Lucas, Julio Cortazar - Lucas, sus compras En vista de que la Tota le ha pedido que baje a comprar una caja de fòsforos, Lucas sale en piyama porque la canìcula impera en la metròpoli, y se constituye en el café del gordo Muzzio donde antes de comprar los fòsforos decide mandarse un aperital con soda. Va por la mitad de este noble digestivo cuando su amigo Juàrez entra también en piyama y al verlo prorrumpe que tiene a su hermana con la otitis aguda y el boticario no quiere venderle las gotas calmantes porque la receta non aparece y las gotas son una especie de alucinògeno que ya ha electroecutado a màs de cuatro hippies del barrio. A vos te conoce bien y te las venderà, venì en seguida, la Rosita se retuerce que no la puedo mirar. Lucas paga, se olvida de comprar los fòsforos y va con Juàrez a la farmacia donde el viejo Olivetti dice que no es cosa, que nada, que se vayan a otro lado, y en ese momento su señora sale de la trastienda con una kòdak en la mano y usted, señor Lucas, seguro que sabe còmo se la carga, estamos de cumpleaños de la nena y dése cuenta justo se nos acaba el rollo, se nos acaba. Es que tengo que llevarle fòsforos a la Tota, dice Lucas antes que Juarez le pise un pie y Lucas se comida a cargar la kòdak al comprender que el viejo Olivetti le va a retribuir con las gotas ominosas, Juàrez se deshace en gratitud y sale echando putas mientras la señora agarra a Lucas y lo mete toda contenta en el cumpleaños, no se va a ir sin probar la torta de manteca que hizo doña Luisa, que los cumplas muy felices dice Lucas a la nena que le contesta con un borborigmo a través de la quinta tajada de torta. Todos cantan el apio verde tuyù y otro brindis con naranjada, pero la señora tiene una cervecita bien helada para el señor Lucas que ademàs va a sacar las fotos porque ahì no tienen mucha cancha, y Lucas atenti al pajarito, ésta con flash y éesta en el patio porque la nena quiere que también salga el jilguero, quiere. - Bueno - dice Lucas - yo voy a tener que irme porque resulta que la Tota. Frase eternamente inconclusa puesto que en la farmacia cunden alaridos y toda clase de instrucciones y contraòrdenes, Lucas corre a ver y de paso a rajar, y se encuentra con el sector masculino de la familia Salinsky y en el medio el viejo Salinsky que se ha caìdo de la silla y lo traen porque viven al lado y no es cosa de molestar al doctor si no tiene fractura de coxis o algo peor. El petiso Salinsky que es como fierro con Lucas se le agarra del piyama y le dice que el viejo es duro pero que el pòrlan del patio es peor, razòn por la cual no serìa de excluir una fractura fatal màxime cuando el viejo se ha puesto verde y ni siquiera atina a frotarse el culo como es su costumbre habitual. Este detalle contradictorio no se le ha escapado al viejo Olivetti que pone a su señora al teléfono y en menos de cuatro minutos hay una ambulancia y dos camilleros, Lucas ayuda a subir al viejo que vaya a saber por qué le ha pasado los brazos por el pescuezo ignorando por completo a sus hijos, y cuando Lucas va a bajarse de la ambulancia los camilleros se la cierran en la cara porque estàn discutiendo lo de Boca versus River el domingo y no es cosa de distraerse con parentescos, total que Lucas va a parar al suelo con el arranque supersònico y el viejo Salinsky desde la camilla jòdete, pibe, ahora vas a saber còmo duele. En el hospital que queda en la otra punta del ovillo, Lucas tiene que explicar el fato, pero eso es algo que lleva su tiempo en un nosocomio y usted es de la familia, no, en realidad yo, pero entonces qué, espere que le voy a explicar lo que pasò, està bien pero muestre sus documentos, es que estoy en piyama, doctor, su piyama tiene dos bolsillos, de acuerdo pero resulta que la Tota, no me va a decir que este viejo se llama Tota, quiero decir que yo tenìa que comprarle una caja de fòsforos a la Tota y en eso viene Juàrez y. Està bien, suspira el médico, bajale los calzoncillos al viejo, Morgada, usted se puede ir. Me quedo hasta que llegue la familia y me dan plata para un taxi, dice Lucas, asì no voy a tomar el colectivo. Depende, dice el médico, ahora se usan indumentos de alta fantasìa, la moda es tan versàtil, hacele una radio de cùbito, Morgada. Cuando los Salinsky desembocan de un taxi Lucas les da las noticias y el petiso le larga la guita justa pero eso sì le agradece cinco minutos la solidaridad y el compañerismo, de golpe no hay taxis por ninguna parte y Lucas que ya no puede màs se larga calle abajo pero es raro andar en piyama fuera del barrio, nunca se le habìa ocurrido que es propio como estar en pelotas, para peor ni siquiera un colectivo rasposo hasta que el final el 128 y Lucas parado entre dos chicas que lo miran estupefactas, después una vieja que desde su asiento le va subiendo los ojos por las rayas del piyama como para apreciar el grado de decencia de esa vestimenta que poco disimula las protuberancias, Santa Fe y Canning no llegan nunca y con razòn porque Lucas ha tomado el colectivo que va a Saavedra, entonces bajarse y esperar en una especie de potrero con dos arbolitos y un peine roto, la Tota debe estar como una pantera en un lavarropas, una hora y media madre querida y cuàndo carajo va a venir el colectivo. A lo mejor ya no viene nunca se dice Lucas con una especie de siniestra iluminaciòn, a lo mejor esto es algo asì como el alejamiento de Almotàsim, piensa Lucas culto. Casi no ve llegar a la viejita desdentada que se le arrima de a poco para preguntarle si por casualidad no tiene un fòsforo. © Julio Cortazar Un tal Lucas - 1979
Balada de la Primera Novia de "Crónicas del Angel Gris", por Alejandro Dolina. El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años. Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas mas serias que su amor inaugural. Por cierto, los mercaderes, los Refutadores de Leyendas y los aplicadores de inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito y las comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocuparnos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten. Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda. El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenía entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenía -ni tuvo nunca- la audacia guaranga de los papanatas. Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron modestas. Allen creía recordar una mano tierna sobre su mentón, una blanca vecindad frente a un libro de lectura y una frase, tan solo una: "Me gustás vos." En algun recreo perdió su amor y más tarde su rastro. Despues de una triste fiestita de fin de curso, ya no volvió a verla ni a tener noticias de ella. Sin embargo siguió queriéndola a lo largo de sus años. Jorge Allen se hizo hombre y vivió formidables gestas amorosas. Pero jamás dejó de llorar por la morocha ausente. La noche en que cumplía treinta y tres años, el poeta supo que había llegado el momento de ir a buscarla. Aquí conviene decir que la aventura de la Primera Novia es un mito que aparece en muchísimos relatos del barrio de Flores. Los racionalistas y los psicólogos tejen previsibles metáforas y alegorías resobadas. De ellas surge un estado de incredulidad que no es el más recomendable para emocionarse por un amor perdido. A falta de mejor ocurrencia, Allen merodeó la antigua casa de la muchacha, en un barrio donde nadie la recordaba. Después consultó la guía telefónica y los padrones electorales. Miró fijamente a las mujeres de su edad y también a las niñas de doce años. Pero no sucedió nada. Entonces pidió socorro a sus amigos, los Hombres Sensibles de Flores. Por suerte, estos espíritus tan proclives al macaneo metafísico tenían una noción sonante y contante de la ayuda. Jamás alcanzaron a comprender a quienes sostienen que escuchar las ajenas lamentaciones es ya un servicio abnegado. Nada de apoyos morales ni palabras de aliento. Llegado el caso, los muchachos del Angel Gris actuaban directamente sobre la circunstancia adversa: convencían a mujeres tercas, amenazaban a los tramposos, revocaban injusticias, luchaban contra el mal, detenían el tiempo, abolían la muerte. Así, ahorrándose inútiles consejos, con el mayor entusiasmo buscaron junto al poeta a la Primera Novia. El caso no era fácil. Allen no poseía ningun dato prometedor. Y para colmo anunció un hecho inquietante: - Ella fue mi primera novia, pero no estoy seguro de haber sido su primer novio. - Esto complica las cosas -dijo Manuel Mandeb, el polígrafo-. Las mujeres recuerdan al primer novio, pero difícilmente al tercero o al quinto. El músico Ives Castagnino declaró que para una mujer de verdad, todos los novios son el primero, especialmente cuando tienen carácter fuerte. Resueltas las objeciones leguleyas, los amigos resolvieron visitar a Celia, la vieja bruja de la calle Gavilán. En realidad, Allen debió ser llevado a la rastra, pues era hombre temeroso de los hechizos. - Usted tiene una gran pena -gritó la adivina apenas lo vió. - Ya lo sé señora... dígame algo que yo no sepa... - Tendrá grandes dificultades en el futuro... - También lo sé... - Le espera una gran desgracia... - Como a todos, señora... - Tal vez viaje... - O tal vez no... - Una mujer lo espera... - Ahi me va gustando... ¿Dónde está esa mujer? - Lejos, muy lejos... En el patio de un colegio. Un patio de baldosas grises. - Siga... con eso no me alcanza. - Veo un hombre que canta lo que otros le mandan cantar. Ese hombre sabe algo... Veo también una casa humilde con pilares rosados. - ¿Qué más? - Nada más... Cuanto más yo le diga, menos podrá usted encontrarla. Váyase. Pero antes pague. Los meses que siguieron fueron infructuosos. Algunas mujeres de la barriada se enteraron de la búsqueda y fingieron ser la Primera Novia para seducir al poeta. En ocasiones Mandeb, Castagnino y el ruso Salzman simularon ser Allen para abusar de las novias falsas. Los viejos compañeros del colegio no tardaron en presentarse a reclamar evocaciones. Uno de ellos hizo una revelación brutal. - La chica se llamaba Gomez. Fue mi Primera Novia - ¡Mentira! -gritó Allen. - ¿Por qué no? Pudo haber sido la Primera Novia de muchos. Entre todos lo echaron a patadas. Una tarde se presentó una rubia estupenda de ojos enormes y esforzados breteles. Resultó ser el segundo amor del poeta. Algunas semanas después apareció la sexta novia y luego la cuarta. Se supo entonces que Jorge Allen solía ocultar su pasado amoroso a todas las mujeres, de modo que cada una de ellas creía iniciar la serie. A fines de ese año, Manuel Mandeb concibió con astucia la idea de organizar una fiesta de ex-alumnos de la escuela del poeta. Hablaron con las autoridades, cursaron invitaciones, publicaron gacetillas en las revistas y en los diarios, pegaron carteles y compraron masas y canapés. La reunión no estuvo mal. Hubo discursos, lágrimas, brindis y algún reencuentro emocionante. Pero la chica de apellido Gómez no concurrió. Sin embargo, los Hombres Sensibles -que estaban allí en calidad de colados- no perdieron el tiempo y trataron de obtener datos entre los presentes. El poeta conversó con Ines, compañera de banco de la morocha ausente. - Gómez, claro -dijo la chica-. Estaba loca por Ferrari. Allen no pudo soportarlo. - Estaba loca por mí. - No, no... Bueno, eran cosas de chicos. Cosas de chicos. Nada menos. Amores sin cálculo, rencores sin piedad, traiciones sin remordimiento. El petiso Cáceres declaró haberla visto una vez en Paso del Rey. Y alguien se la había cruzado en el tren que iba a Moreno. Nada más. Los muchachos del Angel Gris fueron olvidando el asunto. Pero Allen no se resignaba. Inútilmente buscó en sus cajones algún papel subrepticio, alguna anotación reveladora. Encontró la foto oficial de sexto grado. Se descubrió a sí mismo con una sonrisa de zonzo. La morochita estaba lejos, en los arrabales de la imagen, ajena a cualquier drama. - ¡Ay, si supieras que te he llorado....! Si supieras que me gustaría mostrarte mi hombría... Si supieras todo lo que aprendí desde aquel tiempo... Una noche de verano, el poeta se aburría con Manuel Mandeb en una churrasquería de Caseros. Un payador mediocre complacía los pedidos de la gente. - Al de la mesa del fondo le canto sinceramente... De pronto Allen tuvo una inspiración. - Ese hombre canta lo que otros le mandan cantar. - Es el destino de los payadores de churrasquería. - Celia, la adivina, dijo que un hombre así conocia a mi novia... Mandeb copó la banca. - Acérquese, amigo. El payador se sento en la mesa y aceptó una cerveza. Después de algunos vagos comentarios artísticos, el polígrafo fue al asunto. - Se me hace que usted conoce a una amiga nuestra. Se apellida Gómez, y creo que vivía por Paso del Rey. - Yo soy Gómez -dijo el cantor-. Y por esos barrios tengo una prima. Despues pulsó la guitarra, se levantó y abandonando la mesa se largó con una décima. - Aca este amable señor conoce una prima mía que según creo vivía en la calle Tronador. Vaya mi canto mejor con toda mi alma de artista tal vez mi verso resista pa' saludar a esta gente y a mi prima, la del puente sobre el Río Reconquista. Durante los siguientes días los Hombres Sensibles de Flores recorrieron Paso del Rey en las vecindades del río Reconquista, buscando la calle Tronador y una casa humilde con pilares rosados. Una tarde fueron atacados por unos lugareños levantiscos y dos noches después cayeron presos por sospechosos. Para facilitarse la investigación decían vender sábanas. Salzman y Mandeb levantaron docenas de pedidos. Finalmente, la tarde que Jorge Allen cumplía treinta y cuatro años, el poeta y Mandeb descubrieron la casa. - Es aquí. Aquí están los pilares rosados. Mandeb era un hombre demasiado agudo como para tener esperanzas. - No me parece. Vámonos. Pero Allen tocó el timbre. Su amigo permaneció cerca del cordón de la vereda. - Aquí no es, rajemos. Nuevo timbrazo. Al rato salió una mujer gorda, morochita, vencida, avejentada. Un gesto forastero le habitaba el entrecejo. La boca se le estaba haciendo cruel. Los años son pesados para algunas personas. - Buenas tades -dijo la voz que alguna vez había alegrado un patio de baldosas grises. Pero no era suficiente. Ya la mujer estaba más cerca del desengaño que de la promesa. Y allí, a su frente, Jorge Allen, más niño que nunca, mirando por encima del hombro de la Primera Novia, esperaba un milagro que no se producía. - Busco a una compañera de colegio -dijo-. Soy Allen, sexto grado B, turno mañana. La chica se llamaba Gómez. La mujer abrió los ojos y una niña de doce años sonrió dentro suyo. Se adelantó un paso y comenzó una risa amistosa con interjecciones evocativas. Rápido como el refucilo, en uno de los procedimientos más felices de su vida, Mandeb se adelantó. - Nos han dicho que vive por aquí... Yo soy Manuel Mandeb, mucho gusto. Y apretó la mano de la mujer con toda la fuerza de su alma, mientras le clavaba una mirada de súplica, de inteligencia o quizás de amenaza. Tal vez inspirada por los ángeles que siempre cuidan a los chicos, ella comprendió. - Encantada -murmuró-. Pero lamento no conocer a esa persona. Le habrán informado mal. - Por un momento pensé que era usted -respiró Allen-. Le ruego que nos disculpe. - Vamos -sonrió Mandeb-. La señora bien pudo haber sido tu alumna, viejo sinvergüenza... Los dos amigos se fueron en silencio. Esa noche Mandeb volvió solo a la casa de los pilares rosados. Ya frente a la mujer morocha le dijo: - Quiero agradecerle lo que ha hecho.... - Lo siento mucho... No he tenido suerte, estoy avergonzada, míreme.... - No se aflija. El la seguira buscando eternamente. Y ella contestó, tal vez llorando: - Yo también. - Algun día todos nos encontraremos. Buenas noches, señora. Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese único sentido es indispensable buscar a la Primera Novia. El hombre sabio debera cuidar -eso sí- el detenerse a tiempo, antes de encontrarla. El camino está lleno de hondas y entrañables tristezas. Jorge Allen siguió recorriéndolo hasta que él mismo se perdió en los barrios hostiles junto con todos los Hombres Sensibles.
Hola gente..., bueno reflexionando un poco acerca del dia internacional del amigo (una de las pocas festividades a nivel global); recordé un texto de Alejandro Dolina y lo quise compartir con ustedes, amigos taringueros... Es mi deseo que puedan compartir y recordar momentos hermosos con la gente que quieren. Un abrazo !!! LA DECADENCIA DE LA AMISTAD ( de Alejandro Dolina, "Crónicas del Angel Gris ) Muchos pensadores han creido notar que, en estos tiempos, la amistad es mas un tema de conversacion que una actividad concreta. Por cierto, es relativamente facil encontrar personas dispuestas a componer canciones sobre los amigos. En cambio es bastante dificil conseguir que esas mismas personas le presten a uno dinero. Segun parece, el sentimiento amistoso se halla en decadencia. Todos los dias uno tropieza con canallas que lejos de preocuparse por la escasez de amigos, se jactan de ella. -Yo, amigos, lo que se dice amigos, tengo muy pocos, o ninguno- nos gritan en la cara . Y no advierte que el sujeto esta esperando que lo feliciten por semejante hazaña. En los años dorados de Flores, cuando alcanzaban su apogeo la comprension, la poesia y el juego del codillo, tambien existian enemigos de la amistad que preocupaban a los Hombres Sensibles. Manuel Mandeb, el metafisico de la calle Artigas, colecciono algunas de sus obtusas opiniones en un opusculo titulado maliciosamente Los amigos. Como ya es costumbre, transcribimos algunos parrafos. "... La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavia, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Despues casi todo el mundo consigue algun empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota. "...A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho mas divertidos que el tio Jorge. Du- rante mas o menos una decada nadie estara mas cerca de nuestro corazon que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese periodo. Despues sera demasiado tarde..." Segun se aprecia, el criterio de Manuel Mandeb es interesante y tal vez verdadero. Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: companieros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad estan lejos, probablemente encerrados en circulos parecidos. Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan palidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no estan. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos:las vive con ellos. A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb, existio en Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios. Fue la celebre Proveeduria de Amigos de Ocasion. Sus fines de lucro eran innegables. Todavia hoy se recuerda su 'slogan' publicitario: "Tenga un amigo desinteresado. Paguelo en cuotas". Con solo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un clima amistoso y am- plio. Los empleados sabian como atacar. -Buenas tarde. No sabes lo que me hizo esta mañana la bruja de mi mujer. Y a los treinta segundos uno se sentia entre amigos. Despues, entre palmadas, guiños, pellizcones y confidencias, los comerciantes iban mostrando el amplio catalogo de la proveeduria. Tenian amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta veces la historia de una operacion. Amigos complacientes, siempre amables y elogiosos. Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedian a los gritos. Amigos divertidos, ruditos en cuentos picantes y expertos en bromas pesadas. Tambien se prestaba un servicio un tanto oneroso, especialmente para personas encumbradas. Consistia en el alquiler de una cohorte de adulones que acompaña- ban al cliente a todas partes, se reian de sus chistes, aplaudian sus ocurren- cias y suscribian con entusiasmo cualquiera de sus pensamientos. Precediendo a esta comparsa, solia marchar un corneta, que abria la puerta de los bares y asomando la cabeza gritaba: -Ahi viene el doctor Del Prete...! El trabajo se hacia tan bien, que muchos de los contratantes ya no podian prescindir de el nunca mas. Muchos profesionales del barrio extinguieron su fortuna pagando este servicio de la agencia. Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los Amigos de Ocasion en sus horarios. Cuando vencia el plazo estipulado, se termianba la amistad. Sin saludar, los contratadso daban media vuelta y se iban, muchas veces interrumpiendo una carcajada o librandose bruscamente de un abrazo fraternal. Sin embargo, hay que admitir que algunos aspectos del funcionamiento de la prooveduria eran bastante nobles. Por ejemplo, la Seccion Niños permitia que los padres eligieran a los amigos de sus hijos, sin correr riesgo alguno. Para ello se contaba con un numeroso plantel de chicos e incluso enanos, adiestrados en diferentes actitudes. Segun el gusto paterno, podian encontrarse pibes atorrantes para avivar a los pequeños pelandrunes, niños estudiosos para estimular a los adoquines, y criaturas educadas y juiciosas para serenar a los mas piratas. Desde luego, no pudo evitarse que muchos chicos se resistieran a la decision de los padres. Asi se oian con toda frecuencia en Flores frases como esta: - Camine a jugar con los amiguitos que le alquilo su padre, caramba...! Asimismo existia un departamento para Damas, con un amplio surtido de chimentos. Algunos malintencionados decian que las mujeres no contrataban amigas, sino enemigas, pero ese es otro asunto. El fracaso mas estruendoso fue el de la seccion Amistades Mixtas. Nada cuesta razonar que los caballeros que solicitaban amigas escondian casi siempre otras intenciones. No se espante el lector pensando que nos internaremos en un tema tan manoseado como el de la amistad entre la mujer y el hombre. Vale la pena - eso si- recordar lo que dijo Manuel Mandeb a una amiga suya, tal vez alquilada en la proveeduria. -Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No tratare de seducirla ni me pondre romantico ni le hare propuestas indecorosas. Pero sepa que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que exista una posibili- dad en un millon de que algo surja entre nosotros. Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo salga corriendo. Pero es unicamente en vir- tud de esa remotisima chance que yo estoy aqui oyendo su conversacion como un imbecil. Los Hombres Sensibles nunca fueron buenos clientes de la agencia Amigos de Ocasion. Quiza porque sus presupuestos eran muy humildes. O a lo mejor porque les gustaba que los quisieran gratis. En cualquier caso, los muchachos del Angel Gris tenian un criollo pudor en estas cuestiones. Para ellos andar declarando publicamente el grado de amistad que sentian por alguien era cosa de afeminados. Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y Moron fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se contentaban con saber que el otro estaba alli. Ya en su ultima etapa, la preveeduria empezo a ofrecer viejos amigos. En un principio la idea consistia en rastrear -a pedido del cliente- el para- dero de personas ausentes y lejanas. Pero como advirtieron que la tarea era de- masiado complicada, resolvieron que era mas facil inventar antiguas amistades que rescatarlas del pasado. Se preparo entonces un magnifico grupo de viejos mentirosos que ante la entrada de algun candidato de cierta edad, fingian reconocerlo y le soltaban cuatro o cinco recuerdos para ir tomando confianza. Esta seccion trabajaba mucho en las cenas anuales que suelen realizar los ex- alumnos de los colegios. Su mision consistia en ir reemplazando a los fallecidos y mantener siempre firme la concurrencia. Asi, en cierta reunion de egresados del Colegio Nacional Nicolas Avellaneda, promocion 1921, se dio el curioso caso de que ninguno de los asistentes habia pisado jamas ese establecimiento, lo que no les impidio evocar a profesores, reirse de pasadas travesuras y brindar por encuentros futuros. Con el tiempo, la actividad de la agencia fue amenguando. Contribuyo a este hecho cierta mala prensa que siempre tiene la amistad entre los espiritus escepticos. En Flores, y en todos los barrios, se contaban leyendas sobre las traiciones de los amigos y sobre las ventajas de la soledad. Todavia en nuestro tiempo hay personas que se complacen en declarar que los perros son mas leales y sinceros que los humanos. Cabe sobre esto una pequeña reflexion. Tal vez sea cierto que los perros no traicionan. Pero esto no es en realidad una virtud del animal. Ocurre simplemente, que la modica organizacion mental del perro le impide realizar procesos tan complicados como una estafa. Es decir: los perros no pueden traicionarnos, por la misma razon que no se les permite es cribir novelas. Hoy cuando ya no existe la Agencia Amigos de Ocasion, vale la pena preguntar- se si no sera necesario inventar algo para reemplazarla. Sera dificil, desde luego. Nadie podra rescatar a los amigos perdidos. Poco podra hacerse para librarnos de los desconocidos que llenan nuestro tiempo. En todo caso, cada uno de nosotros debera cuidar lo poco que tenga. Sin com- poner canciones ni escribir poemas. Se trata unicamente de sentarse un rato en la vereda o de matear en silencio con los que estan mas cerca de nuestro espi- ritu. Si uno no tiene ya a los de antes, cabe decir que tal vez existen en el mundo amigos viejos a los que todavia no conocemos. Yo mismo, las otras noches resolvi salir de mi encierro y lleno de ilusiones me encamine a cierta esquina que conozco. Tenia ganas de fumar en silencio jun- to a tres o cuatro sujetos que se estacionan en ese lugar. Pensaba ademas cosechar algun guiño amistoso despues de estos años en que estuve tan ocupado. Pero algo raro debe haber sucedido, porque no habia nadie. FUENTE: http://www2.informatik.uni-muenchen.de/dolina/msg00010.html
Gente les dejo otro cuento mio; es muy "Dolinesco", espero les guste: La extinción de las golosinas preciadas Por MRC En los días que corren hoy existen miles de preocupados hombres que se agrupan en defensa de cientos de especies que están en real peligro de desaparecer con el fin de truncar el accionar de los malhechores sin escrúpulos; entonces tenemos que la WWF se ocupa de los Osos Panda; Greenpeace de la Ballena Azul y la Fundación Vida Silvestre Argentina del Tute Carreta, entre otras instituciones nobles en defensa de la Flora y Fauna. Pero existió un pequeño grupo secreto en la Ciudad de Buenos Aires formado por algunos muchachotes de buen corazón que se hacían llamar (por ellos mismos ante la rigurosidad de su carácter oculto) “La Corporación de guarda de las golosinas preciadas”; Institución que tenía sede en el Barrio de Almagro, sus reuniones eran siempre en las escalinatas del Subte “B”; en horarios cercanos al cierre de la línea; bien es sabido que a esa hora usan el Subte “B” solo sus empleados o algún cadete de alguna empresa del centro que se ha quedado dormido en los vagones. El fin de esta sociedad era el recupero y conservación de las golosinas que tanto los habían regocijado en la niñez. Sus miembros se tomaban muy en serio tan altruista tarea y en sus reuniones debatían duramente la mejor forma de que se vuelva a vender el Alfajor Suchard negro de tapas duras o el Chicle Jirafa largo en los Quioscos de la Ciudad. La Corporación era muy organizada; estaba dividida en subcomisiones. En la de bebidas a cargo de un pelirrojo de la calle Yatay tenían como meta recuperar la TAB, los Naranjú originales, la bochita de plástico que venia con jugo de naranja y que luego servia como pelota de fútbol y la Bidú Cola, bebida por la cual realizaron una excursión sin mayor éxito al Oriente (más precisamente Montevideo) ante el rumor de que en la estación de trenes principal de la Capital Charrúa se seguía vendiendo. Había también una grupo encargado de chocolates, masitas y turrones; en la órden del día de sus cuestiones desfilaron entre otros los nombres del Tuby 3 y 4 (no lograron ponerse de acuerdo a la existencia a no de las versiones 1 y 2), los Alfajores Blanco y Negro, el Prestigio de Coco, los Bits, el Lila Pause, los bocaditos Holanda, el Topolino y el Aero También existió la subcomisión de cadenas en quiebra, que intento reflotar las acciones de Pumper Nic, Yogurth Time y La Lecherísima. Los procedimientos para el logro de sus metas fueron de los mas variados; al principio intentaron ganar por cansancio; asistían todos los días a los Quioscos de la zona reclamando por tales productos; luego enviaron notas a las distribuidoras y a las fábricas; incluso los mas osados se anotaron en la carrera de Administración de Empresas y Marketing con el objetivo de ingresar a la Industria de Golosinas, prosperar en las mismas hasta un puesto directivo y llegado el momento dar la inapelable órden de la reposición de todas las golosinas pasadas, al mejor estilo “Piedra libre para todos mis compas”. Pero todo fue en vano…; la insistencia fue inerte, los comerciantes de la zona en su mayoría eran Chinos y todos sabemos de la gran paciencia de los Asiáticos, las distribuidoras les respondieron que seguían órdenes de otras empresas que eran sus dueñas, y que a su vez respondían a un holding de Diarios, en vano fue la mediación aquí de Fatiga, el canillita de Corrientes y Estado de Israel; y los que habían optado por el camino de la iluminación que da el estudio sucumbieron ante el primer corte de luz; los bocharon en la primera materia. “La Corporación de guarda de las golosinas preciadas” fue un verdadero fracaso; aunque si lograron una única y agridulce victoria. Una noche de Otoño el pelado Alonso llego tarde a la reunión en la estación Ángel Gallardo, pero traía consigo una caja de cartón entre sus brazos. En la caja se leía claramente “Tuby 4”, lo había conseguido en el Puerto, de un embarque rumbo al Oriente Medio, parecía ser que ese preciado bocado de maní y caramelo bañado en chocolate se seguía fabricando solo para el mercado extranjero. Todos se sentaron alrededor de la caja, la abrieron y tomaron un Tuby cada uno; los abrieron y lo engulleron con gran premura…, pero no era lo mismo…, el gusto era igual, pero de alguna manera el sabor era diferente. Esa fue la última reunión de la Sociedad. Cuando volvieron a sus casas cabizbajos comprendieron que la única manera de que volvieran a sentir el mismo sabor, era hallándose en su niñez, en compañía de sus viejos televisores viendo sus series favoritas, o en tardes de siestas de carnaval en las que la ciudad dormía y ellos salían a regocijarse con su pandilla de amigos a vivir aventuras inolvidables y a degustar los mas sabrosos manjares que las monedas podían comprar en el Quiosco de Don Goyo. Y eso era una tarea imposible de lograr, incluso para el mas puro de los corazones.- Les dejo otro cuento posteado mio http://www.taringa.net/posts/arte/107184/Un-cuento-mio.html
Capitulo 1 del Cuento de Daniel Sorin (te vas a quedar con las ganas de mas) El dandy argentino, sobre la vida de Lucio V. Mansilla Capítulo 1 En los jardines de un antiguo castillo francés, una mañana fría de neblina baja, un hombre está por batirse a duelo. Camina con lenta cadencia, tiene la mirada fría y el ánimo dispuesto. Posee ese aire de calculada y distante indignación que distingue a quienes saben estar a la altura de circunstancias excepcionales y dramáticas. Hace frío, un frío terrible; el viento, cargado de traslúcidas gotas de agua, sopla sin piedad desde el sudoeste. El corazón le palpita, fuerte, dentro del pecho. El trabajoso laberinto de ligustrinas deja paso por fin a una meseta de cuidada gramilla verde. Faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Mientras avanza saca las manos de su abrigo, necesita que no estén demasiado calientes, pero el viento hiriente se las hace guardar de inmediato. Llega por fin al lugar de los hechos, el Otro ya se encuentra, acompañado por sus hombres. Segundos después aparece el barón de Restagne que oficiará de árbitro. Su mirada reconoce el lugar y pasa, sin querer y sin detenerse, por la del Otro. El barón ha traído, con la solemnidad que impone la ocasión, las dos cajas de madera oscura y se ubica en un lugar no lejos de él. Abre las cajas con cuidado y coloca las armas sobre una pequeña mesa redonda, bajo la mirada atenta de ambos padrinos. Tiene un fugaz escalofrío por la baja temperatura y, acaso también, por los nervios. Pero su valor, probado en tantas batallas en el Chaco sangriento, lo conduce acertadamente en un momento semejante. Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe bien, no obstante, que los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio. Se ajusta el sombrero de ancha ala doblada, se acaricia la barba en punta y dirige su mirada hacia el castillo, cree ver a alguien arriba de la gris atalaya. En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera, mostrando la cara que anuncia al triunfador. Han sorteado los turnos. Su padrino le informa que el Otro disparará primero. ¿Acaso le ha llegado el momento? Espalda contra espalda escucha al barón que pregunta si alguno tiene a bien retractarse. Silencio. Uno de los dos ha de morir esa mañana, pero ambos lavarán su honor herido, limpiarán las ofensas. Podrán, ambos, abrir o cerrar los ojos, según el caso, sin que les pese la conciencia. Caminan los veinte pasos. Al darse vuelta se cruzan sus miradas por primera vez. Ya todo es tarde. Tiene los ojos abiertos, no teme a la muerte. El Otro dispara. Escucha la sorda detonación... Aún está con vida, ¡ha fallado! Levanta el arma. Se prepara para disparar. Cree ver un destello de horror en el Otro. —¡Mansilla no dispare! Escucha sin dar crédito a lo que oyen sus oídos. —No dispare... ¡no quiero morir! Baja el arma, mira a su padrino. —Le pido disculpas, Mansilla. Silencio. —Por favor, ¡no me mate! —dice el Otro mientras cae en tierra, de rodillas. Una mano se posa sobre su hombro. Él se da vuelta, abre los ojos. —Señor, ya es hora. Lucio Victorio Mansilla despierta de su pesado sueño la mañana en que se batirá a duelo. Desayuna mate de café dulce, como en campaña. Se baña, se afeita, se perfuma, se pone las mejores ropas y sale al encuentro de su destino. Dos horas después una barcaza lo deja en el muelle. Es un muelle pequeño, construido trabajosamente con maderas de la zona, que sufren y resisten el agua limosa del Paraná y el sol inclemente del verano. Asciende desde la pequeña embarcación sin la ayuda de la escalerilla que le tienden. Las maderas crujen bajo sus botas. Camina con paso perentorio por el sendero abierto en la espesura vegetal de esa isla del Tigre, lo hace con movimientos mecánicos, actuándose a sí mismo. Algo no está debidamente controlado, piensa, no tiene la mirada fría y el pensamiento tranquilo como hubo soñado. Avanza con la vista en el suelo y el pensamiento incierto. Posee, eso sí, ese aire de calculada y distante indignación que suele fingir en circunstancias excepcionales y dramáticas. No hace frío, ni sopla, inclemente, el viento del sudoeste; no avanza a través de los cuidados y suntuosos jardines de un castillo medieval. En estas tierras meridionales reinan el calor húmedo del verano y una naturaleza virgen e inculta. El corazón le palpita, nervioso o asustado, dentro del pecho. Las manos han comenzado a transpirarle, imagina que de un momento a otro cobrarán vida propia, que no le harán caso. No camina por un laberinto de cuidadas ligustrinas, no hay atalaya, ni castillo, ni jardines, ni fuentes de agua que dejen paso a una meseta de verde gramilla como en su sueño. Pero sí faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Se preocupa por sus manos: no deben estar húmedas por ninguna circunstancia. Llega por fin al lugar del duelo. Es una abertura de buenas dimensiones en la espesa vegetación. Está rodeada de árboles vigorosos y alfombrada de ramas secas, pequeños troncos caídos y malezas. El Otro ya está. Ramírez, el director de un pequeño y oscuro periódico litoraleño, hará las veces de Restagne, el barón francés a quien él conoció en alguna lejana oportunidad. Su mirada reconoce el lugar; pasa sin querer y sin detenerse por la del Otro. Cada quien se concentra en sus tareas, como soñó en su sueño ya todo se ha dicho en algún otro momento. Ramírez abre las dos cajas de madera, Lucio piensa que tiene el mismo aire solemne que el barón; ambos padrinos están atentos a la operación. También Ramírez coloca las armas sobre la pequeña mesa redonda. ¿Qué estará pensando el Otro?, ¿cómo se llama su padrino?, no puede recordarlo. Siente que el miedo se apodera de su mente. Es peligroso tener miedo, se dice. Tiene un fugaz escalofrío. ¡Estás cagado!, se reta con rabia. Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe, no obstante, que, como en el sueño, los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio. Como en el sueño, se ajusta el sombrero de ancha ala doblada y se acaricia la barba en punta. No reza. No llegó hasta allí por Dios; y no es cosa de Dios que salga o no con vida. En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera. Pasa por su mente la mirada diáfana de Agustina, su madre. Se pregunta si morirá en esta tierra fértil y sedienta, a pocos kilómetros de Buenos Aires; si sus días terminarán lejos del desierto, el escenario de sus mejores tiempos militares. ¿Morirá, acaso, lejos de las balas paraguayas? Su padrino se acerca con la vista en el piso, caminando despacio, cuando está a su lado levanta la cabeza y sus miradas se cruzan. Lucio Victorio Mansilla sabe que ha perdido. —Él disparará primero —dice inútilmente su padrino, que quiere darle un abrazo que él rechaza; no son momentos para flojeras, no para él, que ha de jugarse la vida. Una vez más. Espalda contra espalda escucha la voz de Ramírez que pregunta si alguno de los dos tiene a bien retractarse. Silencio. —¡Uno! El viejo general de Maipú e Ituzaingó, el héroe de la Vuelta de Obligado, su padre, lo está mirando. —¡Dos! ¿Eduarda estará ya de vuelta en Buenos Aires? —¡Cinco! Sarmiento es un traidor. —¡Diez! Mariano Rosas arma un cigarrillo con la lentitud prudente del que ya no tiene tiempo. —¡Quince! Cualquier momento es malo para morir. —¡Veinte! Tengo frío, mierda. Se dan vuelta. Las miradas se cruzan, por fin. —¡A su sombrero Mansilla! —se escucha la voz del Otro, sola y cercana en el silencio. Un segundo después su sombrero vuela por el aire empujado por la certera bala. Le ha perdonado la vida. Siente un calor que le asciende desde las tripas: ¡le ha perdonado la vida! Sus manos ya no transpiran, levanta la vista, mira al Otro: hay veces que la furia se transforma en determinación, en voluntad fría. —Al botón izquierdo de su chaqueta —grita. Los padrinos se miran. Ramírez abre la boca. El Otro lo observa. Apenas una brisa cálida levanta sus cabellos. (Éste no es lugar para perdones.) La bala perfora el corazón. Ajeno de vida, el Otro cae sobre las hojas secas y la maleza.Capítulo 1 En los jardines de un antiguo castillo francés, una mañana fría de neblina baja, un hombre está por batirse a duelo. Camina con lenta cadencia, tiene la mirada fría y el ánimo dispuesto. Posee ese aire de calculada y distante indignación que distingue a quienes saben estar a la altura de circunstancias excepcionales y dramáticas. Hace frío, un frío terrible; el viento, cargado de traslúcidas gotas de agua, sopla sin piedad desde el sudoeste. El corazón le palpita, fuerte, dentro del pecho. El trabajoso laberinto de ligustrinas deja paso por fin a una meseta de cuidada gramilla verde. Faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Mientras avanza saca las manos de su abrigo, necesita que no estén demasiado calientes, pero el viento hiriente se las hace guardar de inmediato. Llega por fin al lugar de los hechos, el Otro ya se encuentra, acompañado por sus hombres. Segundos después aparece el barón de Restagne que oficiará de árbitro. Su mirada reconoce el lugar y pasa, sin querer y sin detenerse, por la del Otro. El barón ha traído, con la solemnidad que impone la ocasión, las dos cajas de madera oscura y se ubica en un lugar no lejos de él. Abre las cajas con cuidado y coloca las armas sobre una pequeña mesa redonda, bajo la mirada atenta de ambos padrinos. Tiene un fugaz escalofrío por la baja temperatura y, acaso también, por los nervios. Pero su valor, probado en tantas batallas en el Chaco sangriento, lo conduce acertadamente en un momento semejante. Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe bien, no obstante, que los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio. Se ajusta el sombrero de ancha ala doblada, se acaricia la barba en punta y dirige su mirada hacia el castillo, cree ver a alguien arriba de la gris atalaya. En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera, mostrando la cara que anuncia al triunfador. Han sorteado los turnos. Su padrino le informa que el Otro disparará primero. ¿Acaso le ha llegado el momento? Espalda contra espalda escucha al barón que pregunta si alguno tiene a bien retractarse. Silencio. Uno de los dos ha de morir esa mañana, pero ambos lavarán su honor herido, limpiarán las ofensas. Podrán, ambos, abrir o cerrar los ojos, según el caso, sin que les pese la conciencia. Caminan los veinte pasos. Al darse vuelta se cruzan sus miradas por primera vez. Ya todo es tarde. Tiene los ojos abiertos, no teme a la muerte. El Otro dispara. Escucha la sorda detonación... Aún está con vida, ¡ha fallado! Levanta el arma. Se prepara para disparar. Cree ver un destello de horror en el Otro. —¡Mansilla no dispare! Escucha sin dar crédito a lo que oyen sus oídos. —No dispare... ¡no quiero morir! Baja el arma, mira a su padrino. —Le pido disculpas, Mansilla. Silencio. —Por favor, ¡no me mate! —dice el Otro mientras cae en tierra, de rodillas. Una mano se posa sobre su hombro. Él se da vuelta, abre los ojos. —Señor, ya es hora. Lucio Victorio Mansilla despierta de su pesado sueño la mañana en que se batirá a duelo. Desayuna mate de café dulce, como en campaña. Se baña, se afeita, se perfuma, se pone las mejores ropas y sale al encuentro de su destino. Dos horas después una barcaza lo deja en el muelle. Es un muelle pequeño, construido trabajosamente con maderas de la zona, que sufren y resisten el agua limosa del Paraná y el sol inclemente del verano. Asciende desde la pequeña embarcación sin la ayuda de la escalerilla que le tienden. Las maderas crujen bajo sus botas. Camina con paso perentorio por el sendero abierto en la espesura vegetal de esa isla del Tigre, lo hace con movimientos mecánicos, actuándose a sí mismo. Algo no está debidamente controlado, piensa, no tiene la mirada fría y el pensamiento tranquilo como hubo soñado. Avanza con la vista en el suelo y el pensamiento incierto. Posee, eso sí, ese aire de calculada y distante indignación que suele fingir en circunstancias excepcionales y dramáticas. No hace frío, ni sopla, inclemente, el viento del sudoeste; no avanza a través de los cuidados y suntuosos jardines de un castillo medieval. En estas tierras meridionales reinan el calor húmedo del verano y una naturaleza virgen e inculta. El corazón le palpita, nervioso o asustado, dentro del pecho. Las manos han comenzado a transpirarle, imagina que de un momento a otro cobrarán vida propia, que no le harán caso. No camina por un laberinto de cuidadas ligustrinas, no hay atalaya, ni castillo, ni jardines, ni fuentes de agua que dejen paso a una meseta de verde gramilla como en su sueño. Pero sí faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Se preocupa por sus manos: no deben estar húmedas por ninguna circunstancia. Llega por fin al lugar del duelo. Es una abertura de buenas dimensiones en la espesa vegetación. Está rodeada de árboles vigorosos y alfombrada de ramas secas, pequeños troncos caídos y malezas. El Otro ya está. Ramírez, el director de un pequeño y oscuro periódico litoraleño, hará las veces de Restagne, el barón francés a quien él conoció en alguna lejana oportunidad. Su mirada reconoce el lugar; pasa sin querer y sin detenerse por la del Otro. Cada quien se concentra en sus tareas, como soñó en su sueño ya todo se ha dicho en algún otro momento. Ramírez abre las dos cajas de madera, Lucio piensa que tiene el mismo aire solemne que el barón; ambos padrinos están atentos a la operación. También Ramírez coloca las armas sobre la pequeña mesa redonda. ¿Qué estará pensando el Otro?, ¿cómo se llama su padrino?, no puede recordarlo. Siente que el miedo se apodera de su mente. Es peligroso tener miedo, se dice. Tiene un fugaz escalofrío. ¡Estás cagado!, se reta con rabia. Se le dibuja, como mueca, una sonrisa en sus labios. Sabe, no obstante, que, como en el sueño, los demás interpretarán esa sonrisa como un gesto de suficiencia, de seguridad y de desprecio. Como en el sueño, se ajusta el sombrero de ancha ala doblada y se acaricia la barba en punta. No reza. No llegó hasta allí por Dios; y no es cosa de Dios que salga o no con vida. En la mesa redonda los hombres arrojan una moneda, la metálica redondez gira por el aire para caer por fin sobre la madera. Pasa por su mente la mirada diáfana de Agustina, su madre. Se pregunta si morirá en esta tierra fértil y sedienta, a pocos kilómetros de Buenos Aires; si sus días terminarán lejos del desierto, el escenario de sus mejores tiempos militares. ¿Morirá, acaso, lejos de las balas paraguayas? Su padrino se acerca con la vista en el piso, caminando despacio, cuando está a su lado levanta la cabeza y sus miradas se cruzan. Lucio Victorio Mansilla sabe que ha perdido. —Él disparará primero —dice inútilmente su padrino, que quiere darle un abrazo que él rechaza; no son momentos para flojeras, no para él, que ha de jugarse la vida. Una vez más. Espalda contra espalda escucha la voz de Ramírez que pregunta si alguno de los dos tiene a bien retractarse. Silencio. —¡Uno! El viejo general de Maipú e Ituzaingó, el héroe de la Vuelta de Obligado, su padre, lo está mirando. —¡Dos! ¿Eduarda estará ya de vuelta en Buenos Aires? —¡Cinco! Sarmiento es un traidor. —¡Diez! Mariano Rosas arma un cigarrillo con la lentitud prudente del que ya no tiene tiempo. —¡Quince! Cualquier momento es malo para morir. —¡Veinte! Tengo frío, mierda. Se dan vuelta. Las miradas se cruzan, por fin. —¡A su sombrero Mansilla! —se escucha la voz del Otro, sola y cercana en el silencio. Un segundo después su sombrero vuela por el aire empujado por la certera bala. Le ha perdonado la vida. Siente un calor que le asciende desde las tripas: ¡le ha perdonado la vida! Sus manos ya no transpiran, levanta la vista, mira al Otro: hay veces que la furia se transforma en determinación, en voluntad fría. —Al botón izquierdo de su chaqueta —grita. Los padrinos se miran. Ramírez abre la boca. El Otro lo observa. Apenas una brisa cálida levanta sus cabellos. (Éste no es lugar para perdones.) La bala perfora el corazón. Ajeno de vida, el Otro cae sobre las hojas secas y la maleza. _______________ x _________________ Daniel Sorín nació en Buenos Aires en agosto de 1951. Ha publicado Error de cálculo, —Premio Emecé 1998— (Emecé, 1998), que ha sido traducida al ruso en 2004; El dandy argentino, sobre la vida de Lucio V. Mansilla (Norma, 2000), de la que aquí presentamos su primer capítulo; Palabras escandalosas (Editorial Sudamericana, 2003) y Palacios. Un caballero socialista. (Editorial Sudamericana, 2004). Algunos cuentos y artículos periodísticos fueron editados por varias publicaciones como la revista Rollingstone, Rollos del mal muerto, La voz, Tiempos del mundo y otras. Ha sido director editorial de las revistas literarias www.alt164.com.ar y www.letropolis.com.ar FUENTE: ABANICO, Revista de Artes de la Biblioteca Nacional http://www.abanico.edu.ar/2004/08/dandy.htm

